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1. Introducción

La mayoría de los cristianos están convencidos de que la vida cristiana consiste en cumplir los mandamientos de Dios y de la Iglesia, vivir según la moral y el estilo de vida evangélicos y, así, salvar su alma. Esta visión, con todos los matices y diferencias que pueda presentar, en el fondo presupone que Dios tiene un plan de salvación común a todas las personas, y al que debemos atenernos para alcanzar la salvación.

Sin embargo, una simple mirada a la acción de Dios en el Antiguo Testamento y, especialmente, en el Evangelio, nos muestra claramente a Dios actuando en la historia de la humanidad de un modo único, a través de acciones perfectamente adaptadas a cada persona y en sus circunstancias concretas.

Es impensable que el Dios que nos presenta Jesús en el Evangelio no tenga un plan detallado para cada uno de nosotros; un plan en virtud del cual nos pensó desde toda la eternidad, nos creó y nos redimió. El Dios Padre («Abbá») que cuida de nosotros al detalle, hasta tener contados nuestros cabellos (Mt 10,30) no encaja en la visión del Ser Supremo que crea el mundo y lo redime en función de un proyecto global de salvación.

Entonces, si Dios tiene un plan preciso para cada uno de sus hijos, el sentido de la vida, el fruto de la misma, el seguimiento de Cristo y la salvación a la que debemos aspirar deben encajar en el plan divino que define a cada persona. Y, si esto es así, resulta de vital importancia conocer dicho plan para poder cumplirlo en lo concreto de nuestra existencia. Sin este conocimiento no podríamos tener ninguna garantía del cumplimiento de la voluntad de Dios y de la verdadera salvación.

Evidentemente, si por salvación entendemos llegar al cielo de cualquier manera, quizá no necesitemos conocer el proyecto de Dios sobre nosotros en detalle y nos baste con cumplir los mandamientos. Pero Dios no nos ha creado simplemente para poder «entrar» en el cielo, sino para vivir en la eternidad la plenitud del proyecto concreto para el que él nos creó y redimió; una plenitud que pasa por vivir ese proyecto en el mundo, llevando a cabo en todo momento cada detalle del mismo.

De la necesidad de conocer el plan de Dios para nosotros con el fin de poderlo cumplir en nuestra vida real y concreta surge la exigencia del discernimiento espiritual, como tarea habitual del cristiano, por la que aplica la fe a su propia vida para darle toda la densidad evangélica posible, como único modo de conseguir el fruto sobrenatural que Dios espera de nosotros y permitirnos alcanzar la vida eterna.

2. Necesidad del discernimiento espiritual

A. Salvación y santidad

Según lo que acabamos de ver, podríamos realizar una primera aproximación al discernimiento evangélico afirmando que es el modo de descubrir la voluntad de Dios en nuestra vida concreta y un medio imprescindible para alcanzar la santidad. Está afirmación ya introduce un elemento que necesita concretarse: por santidad no entendemos la mera «salvación». Esto debe quedar claro como base de nuestro trabajo, pues, como queda dicho en la introducción, la mayor parte de los cristianos aspiran, como mucho, a salvarse; por eso se conforman con alcanzar los mínimos que permitan la salvación. Para lograr este objetivo no se necesita de especial discernimiento, basta con cumplir los mandamientos de Dios y de la Iglesia.

Sin embargo, la santidad es un objetivo bien diferente: consiste en alcanzar la plenitud de gloria a la que Dios nos tiene destinados desde siempre, según el proyecto personal y único para el que nos ha creado. Esta plenitud se realizará en el cielo, pero tiene que pasar necesariamente por la plenitud de vida cristiana desarrollada en esta vida. Y aquí es donde entra el discernimiento, pues no podemos vivir como cristianos «plenos» si no es cumpliendo en todo la voluntad que Dios tiene para cada momento y cada acontecimiento de nuestra vida.

Y esta voluntad no es algo que se pueda conocer espontáneamente, sino que necesita de un trabajo concreto y sistemático, de un método. A partir de ese conocimiento puede desarrollarse la vida evangélica en fidelidad a la voluntad concreta de Dios sobre nosotros en cada detalle de nuestra vida.

No se busca la voluntad de Dios por curiosidad o por mero interés intelectual, sino para ordenar la vida. Ésta es la razón por la que encontramos muchas resistencias ante el discernimiento, puesto que el descubrimiento de la voluntad de Dios nos compromete seriamente, y todos tenemos demasiados intereses afectivos, espirituales o materiales que no queremos arriesgarnos a poner en manos de nadie que no seamos nosotros, aunque se trate del mismo Dios.

Pero precisamente en eso consiste la santidad: en cumplir de verdad la voluntad de Dios con todas sus consecuencias, entregarle todo para que él pueda entregárnoslo todo, es decir, a sí mismo. Hay que entender que esto nos duele y nos cuesta, y la salida fácil es conformarnos con salvarnos en lugar de ser santos.

Por otra parte, hemos de considerar que la santidad se suele ver como algo prácticamente imposible, o muy difícil, porque entraña un cambio radical de vida que nadie puede lograr por sí mismo. Pero, en realidad, la verdadera dificultad no está en la imposibilidad de dicho cambio, para el que siempre contaremos con la gracia de Dios, sino en que no queremos llegar hasta el final. Lo que es difícil, realmente imposible, es ser santos sin querer ser santos, pretender cambiar sin que cambie nada, entregarnos sin perder nada. Si Dios no nos diera la gracia y el llamamiento a la santidad, lo que resultaría muy difícil no sería ser santos, sino, incluso, ser verdaderamente buenos, que es a lo que a duras penas llegamos con nuestras solas fuerzas.

En este sentido hemos de señalar que la aspiración a la «bondad» por quienes han recibido la capacidad para ser santos es una de las tentaciones más peligrosas contra la santidad a la que Dios le llama. Nos hace buscar la bondad como sucedáneo y sustituto de la santidad, de manera que si llegamos a conformamos con ser buenos nunca seremos santos. El que quiere alcanzar la santidad sin morir a sí mismo, para que Dios le transforme en santo, se embarca en un trabajo agotador que se apoya en las propias fuerzas y no produce más fruto que la simple «bondad» natural. A partir de ese esfuerzo agotador tendrá que justificar que no se puede llegar más allá de esa bondad que se ha conseguido tan duramente, y con la que deberá conformarse, puesto que el mismo proceso pone en evidencia que no se puede subir más arriba. Ésta es la razón por la que el pecador tiene más facilidad para reaccionar y convertirse en santo que el que se ha instalado en una bondad que ha sustituido a la santidad. En gran medida, los fariseos del evangelio encarnan perfectamente esta actitud porque no cuentan con la gracia ni con el proyecto concreto de Dios para cada persona, encerrándose en el cumplimiento de unas normas frías que les agotan, les frustran y les impiden hacer otra cosa.

También es una tentación y una trampa buscar la bondad como un paso previo y necesario para ser santos. Como esta búsqueda nos encierra en nuestras propias fuerzas nos conduce al fracaso y a la frustración, y acabamos creyendo que, si no logramos alcanzar la bondad a la que creemos poder aspirar, debemos abandonar la aspiración a la santidad, que se nos presenta todavía más imposible: «Si intentándolo durante tanto tiempo y con tanto empeño no consigo llegar a ser bueno, ¿cómo voy a pretender alcanzar el escalón superior que es la santidad?» Y así nos quedamos tan tranquilos, sin darnos cuenta de que el planteamiento es absolutamente falso, porque la santidad no es un peldaño superior en la escalera de la bondad, sino otra escalera diferente o, mejor dicho, el ascensor del que habla santa Teresa del Niño Jesús (cf. Manuscrito C, 2vº-3rº).

La realidad es que si aspiramos locamente a la santidad resulta enormemente fácil alcanzarla, porque todo lo hace el Señor, ya que todo «sirve para nuestro bien» (Rm 8,28). Así pues, lo único que está en nuestra mano es desear apasionadamente la santidad. Cuando coincide este deseo sincero con el deseo de Dios, es fácil que él nos haga santos. Lo difícil es ser santos sin desearlo con todo el corazón.  Pero si realmente lo deseamos, nuestra única tarea consistirá en «dejarnos hacer». Y esto no es «difícil», aunque sí puede resultar «duro»; lo cual nos sitúa ante el verdadero problema, que no es conseguir ser santos, sino conseguir dejarnos hacer santos por Dios.

Por esta razón es muy importante reconocer la gracia del llamamiento a la santidad en forma de ilusión y pasión por alcanzarla, a partir de la cual hay que reconocer que la santidad no es un paso cuantitativo sobre la bondad, sino que supone otra cosa, un salto cualitativo, una auténtica transformación.

En conclusión, hemos de tomar conciencia de que por nosotros mismos sólo podemos aspirar a ser buenos, pero esto supone un esfuerzo extraordinario que siempre nos dejará insatisfechos. Pero la luz de la fe nos abre el verdadero camino, más bien maravilloso atajo, consistente en aspirar con todas las fuerzas a la santidad, sabiendo que es imposible y aceptando vivir en absoluta docilidad a la acción de Dios, que quiere y puede hacernos santos. Sin este anhelo, sincero y apasionado, por la santidad el discernimiento no es posible.

B. Fe y discernimiento

El presente trabajo no pretende ser un manual para «controlar» el discernimiento -en el sentido de dominarlo-. No se trata de aprenderse todo lo que aquí se expone para aplicarlo de manera mecánica a las elecciones evangélicas. Lo importante no es el método, sino la fe. Lo que pretendemos es ofrecer un material que dé una idea clara de por dónde debe ir el discernimiento y que ayude a crear una determinada sensibilidad espiritual que haga posible, de manera natural, el discernimiento evangélico ordinario, es decir, vivir en estado de discernimiento, aplicando la fe a la vida ordinaria.

En el fondo, se trata de aplicar a la vida diaria la sensibilidad específica que emana de la fe y que nos muestra la realidad en su más profunda dimensión sobrenatural. La fe nos descubre cómo en todo lo humano se hace presente Dios para darnos su amor, llamarnos a la unión con él, invitarnos a colaborar en la salvación del mundo y permitirnos alcanzar la plenitud de la comunión trinitaria en la gloria. El que vive de la fe -en definitiva, el contemplativo- aspira a la santidad y necesita instalarse de forma natural en un estado de discernimiento permanente. La sensibilidad que proporciona la fe le permite descubrir la presencia y la voluntad de Dios en su vida. Así, puede salir del estado permanente de sorpresa de quien, siempre tarde, descubre que estaba Dios en determinado acontecimiento y esperaba algo muy concreto de él.

El hecho de que el discernimiento sea un aspecto de la fe viva y, por lo tanto, algo normal y «natural» para la persona de fe, no excluye que sea necesario un determinado trabajo y algún tipo de método para realizarlo. Pero en este punto hay que subrayar que resulta muy peligroso pensar que lo más importante en la tarea del discernimiento y la elección es el método. Por necesario que resulte el sistema, lo que realmente importa es la actitud que debe preceder y sustentar este sistema, que es un verdadero y eficaz interés por conocer y cumplir la voluntad de Dios. Alguien con un gran interés y sin apenas medios acabará alcanzando la meta, mientras que otro que dispone de todos los medios apenas avanzará si no tiene auténtico interés. No basta que una persona crea o manifieste que busca la voluntad de Dios: sólo habrá verdadero discernimiento si demuestra su intención con una eficaz disposición a buscar apasionadamente la voluntad divina, asumiendo el precio real que ésta tenga en su vida.

Todos los ejercicios de discernimiento tienen, en efecto, la finalidad de adquirir una actitud constante de discernimiento. Hay una gran diferencia entre el discernimiento como ejercicio espiritual dentro de un momento de oración y la actitud de discernimiento adquirida ya como habitus, como actitud constante y orante a la cual llevan todos los ejercicios de oración. La actitud de discernimiento es un estado de atención constante a Dios y al Espíritu, una certeza experiencial de que Dios habla, se comunica y de que ya mi atención a Él es mi conversión más radical. Es un estilo de vida que invade todo lo que soy y lo que hago. La actitud de discernimiento consiste en vivir constantemente una relación abierta, es la certeza de que lo que cuenta es fijar la mirada en el Señor y de que no puedo cerrar el proceso de mi razonamiento sin la posibilidad objetiva de que el Señor se pueda hacer oír (precisamente porque es libre) y así me haga cambiar de idea1.

C. Discernimiento espiritual y discernimiento de espíritus

A la hora de hablar del discernimiento hemos de comenzar distinguiendo claramente dos maneras de buscar la voluntad de Dios en nuestra vida2.

La primera manera es el «discernimiento de espíritus»3, que se realiza a partir del conocimiento y distinción de los impulsos que crean en el alma Dios y el demonio y que se denominan «mociones»4, y su discernimiento se realiza normalmente en el ámbito de la oración, con el que solemos afrontar las grandes elecciones de nuestra vida.

Cuando Dios quiere mostrar el camino a alguien le da la luz para que lo descubra, lo desee y lo lleve a cabo. Igualmente puede mover su sentimiento o su voluntad para impulsar al creyente en la tarea de secundar la voluntad divina. El fruto de la acción de Dios son gracias, en forma de impulsos positivos, mociones, luces, deseos, etc. De igual modo, aparecen en el alma sus opuestos: sombras, oscuridad, incertidumbres, repugnancias, etc. Este tipo de realidades espirituales o «mociones» se analizan en el «discernimiento de espíritus» para descubrir los espíritus que influyen en el alma -Dios y el demonio- y sus efectos sobre la misma.

Podemos decir que el discernimiento de espíritus es el trabajo espiritual por el que se analiza la acción de Dios y del demonio en el alma, principalmente en la oración, para descubrir la voluntad de Dios en aquellos asuntos importantes de la vida que deben ordenarse según Dios lo quiere o sobre los que Dios ofrece unas determinadas pistas significativas que obligan a plantearlos evangélicamente.

La otra manera de discernimiento es el «discernimiento espiritual», el que nos permite que todo esté ordenado de forma evangélica. Buscamos la voluntad de Dios en la vida ordinaria, en todos los detalles de la existencia y, en consecuencia, no podemos contar con el tiempo, la tranquilidad y la ayuda de la que disponemos para el discernimiento de espíritus.

Junto al discernimiento evangélico de asuntos importantes o aislados, la santidad exige que todo lo que hacemos esté ordenado, conscientemente, también de manera evangélica, según aquello de san Pablo: «Ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Co 10,31). Esta forma de discernimiento tiene que ser habitual y constante para el cristiano, lo que exige una metodología diferente a la que se emplea en el discernimiento sobre mociones o «espíritus». Y ése es, precisamente, el objetivo que pretendemos en el presente trabajo. Se trata, pues, de un discernimiento constante, que no excluye ninguna situación, y es al que vamos a dedicar el presente tema.

Hecha la distinción, hay que señalar que ambos tipos de discernimiento poseen una metodología diferente, pero no se excluyen, de manera que el discernimiento «espiritual» supone que se ha realizado el discernimiento «de espíritus». Pero hemos de señalar que, en la práctica, es frecuente que después de dedicar un notable esfuerzo al discernimiento de espíritus para tomar alguna decisión importante, como una vocación o cambio de vida, se descuide el trabajo constante de discernimiento espiritual que permita que esa voluntad de Dios que se ha descubierto pueda llevarse a cabo en el día a día. Por lo tanto, es necesario subrayar que el «discernimiento de espíritus» para los momentos claves de la vida no nos dispensa del «discernimiento espiritual» permanente.

En este punto debemos señalar que cierta forma de realizar la dirección espiritual también puede suponer una excusa para evitar este discernimiento espiritual constante. Esto sucede con frecuencia cuando se acude al director espiritual para descargar en él la tarea del discernimiento ordinario, presentándole las inquietudes y preocupaciones que tiene el interesado sobre algún asunto en lugar del ejercicio de discernimiento evangélico que el director espiritual debe supervisar. Esta forma de entender la dirección espiritual termina por imposibilitar el discernimiento en el dirigido, y hace que vea la voluntad de Dios como algo que se le impone desde fuera o algo que por sí mismo no puede llegar a ver.

3. ¿Qué es el «discernimiento espiritual»?

Por discernimiento espiritual entendemos el ejercicio espiritual por el que descubrimos la voluntad de Dios en los acontecimientos ordinarios de nuestra vida de un modo habitual, sencillo y cómodo5, de forma que en todo lo que hacemos tengamos la certeza -en fe- de que estamos cumpliendo la voluntad de Dios, dando gloria al Padre y colaborando -en Cristo- a la salvación del mundo.

El discernimiento es, por tanto, el arte de la vida espiritual en el que uno comprende cómo Dios se le comunica o, lo que es igual, cómo Dios salva, cómo actúa en uno mismo la redención en Cristo Jesús, que el Espíritu convierte en salvación para mí. El discernimiento es aquel arte en el que se experimenta la libre adhesión a un Dios que libremente se ha entregado en mis manos en Cristo. Por tanto, es un arte en el cual mi propia realidad, la de la creación, la de las personas de mi entorno, la de mi historia personal y la historia general dejan de ser mudas y comienzan a comunicarme el amor de Dios. No sólo eso: además el discernimiento es el arte de llegar a evitar el engaño, la ilusión, y llegar a leer y descifrar la realidad de forma verdadera, venciendo los espejismos que se me puedan presentar. El discernimiento es el arte de hablar con Dios, no el de hablar con las tentaciones, ni siquiera aquellas que versan sobre Dios6.

Este tipo de discernimiento es consecuencia del amor providente de Dios, que cuida de nosotros hasta el detalle, y de la acción del Espíritu Santo, que nos configura con Cristo, haciéndonos participar de su mirada, sus pensamientos y sus sentimientos, hasta poder decir, con san Pablo, que «nosotros tenemos la mente de Cristo» (1Co 2,16).

En este sentido, el discernimiento espiritual bebe de la conciencia de la presencia del Señor en nuestra vida y de la acción del Espíritu en el alma; es decir, de la vida espiritual del creyente. En la oración, éste va compulsando su vida con el modelo absoluto de vida, que es Jesús; y allí, por la acción del Espíritu, encuentra la luz para orientar su existencia del modo más acorde con dicho modelo. Luego, los sacramentos, principalmente la reconciliación y la eucaristía, le darán la fuerza para vencer las dificultades y llevar a la práctica lo que ha visto en la oración.

Aunque hablamos de un «ejercicio» espiritual, como tarea concreta, el discernimiento no es tanto una mera acción cuanto un «camino». Es verdad que requiere un trabajo específico que supone aplicar los criterios evangélicos a la vida ordinaria, pero no se trata de algo mecánico, ni mucho menos mágico. No es una acción que tiene un resultado inmediato y constatable, sino una disposición y actitud interior que nos ayuda a actuar en conformidad con el Evangelio y nos garantiza que no nos salimos de su cauce. Es, por tanto, un itinerario continuado, por el cual, quien trata de vivir permanentemente identificado con Cristo va tomando las decisiones a las que le enfrenta la vida, y va actuando en ellas del modo más acorde con el estilo de vida de Jesús y con sus actitudes y valores7.

De este modo es como se origina y desarrolla la vida del verdadero cristiano, que consiste, fundamentalmente, en reproducir a Cristo en sí mismo. Al ir plasmando en su vida concreta las actitudes y valores del Señor, su discípulo no sólo reproduce su vida, sino que se va «acostumbrando» a ella, de manera que experimenta una sintonía, cada vez más fuerte entre Jesús y él, entre la vida del Maestro y la suya. El discernimiento no me impone desde fuera la voluntad de Dios, sino que me ayuda a reproducir la vida de Cristo. Así es como se origina y se desenvuelve el camino cristiano, como proceso humano que orienta nuestra vida hacia la plenitud de la comunión con Cristo que hemos iniciado en la tierra. Este proceso es lo que llamamos «santidad» y el discernimiento espiritual es la realización concreta de este proceso en el que aplicamos la luz de la oración y la fuerza de la gracia a las decisiones de nuestra vida concreta. Teniendo en cuenta todo esto, podríamos resumir la función de este discernimiento como el ejercicio por el que el creyente que camina seriamente en el seguimiento de Cristo se orienta en dicho camino para mantenerse en él con la mayor fidelidad, sin desviarse del estilo de vida de Jesús y de los valores evangélicos que representa.

Este tipo de discernimiento está íntimamente asociado a la vida de fe y aparece en la Iglesia desde el primer momento. De hecho, los primeros cristianos están persuadidos de que su vida debe desarrollarse en el cumplimiento de la voluntad de Dios, con todas las consecuencias; lo que para muchos de ellos supondrá la muerte. Recordemos a Esteban, que muere por ser fiel a la voluntad de Dios (Hch 7), o a Pedro que lo expresa públicamente, diciendo que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Y san Pablo comenzará su vida cristiana preguntando a Jesús en el camino de Damasco: «¿Qué debo hacer, Señor?» (Hch 22,10). Luego pedirá a los cristianos que busquen conocer la voluntad de Dios para ajustarse a ella en todo:

No dejamos de orar por vosotros y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esa manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificando en toda obra buena, y creciendo en el conocimiento de Dios, fortalecidos plenamente según el poder de su gloria para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, dando gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz (Col 1,9-12).

Para alcanzar esa fidelidad a Dios en las diferentes situaciones de la vida, será necesario ir «examinando todo», para desechar lo que no es de Dios y quedarse «con lo bueno», lo que es conforme a su voluntad:

Os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los apocados, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos. Mirad que nadie devuelva a otro mal por mal; esmeraos siempre en haceros el bien unos a otros y a todos. Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno. Guardaos de toda clase de mal (1Tes 5,15-21).

La vida del creyente consiste en el ofrecimiento de todo su ser al Padre, en unión con la ofrenda sacrificial de Cristo; lo que exige la transformación interior para acomodarse plenamente al criterio de Dios, aprendiendo a discernir su voluntad en todo momento:

Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rm 12,1-2).

Y, finalmente, recordemos que, siguiendo al Apóstol, el discernimiento no es una labor intelectual o táctica, desligada de la fe, sino que forma parte de la esencia de la misma, lo cual lo convierte en un ejercicio de verdadero amor por el cual el discípulo de Cristo expresa su amor por él y su deseo de identificarse con él hasta en los pequeños detalles de la vida, porque el amor hace iguales (cf. 1Jn 3,2; 4,17):

Y esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios (Flp 1,9-11).

En el tema de formación de nuestra web: «El discernimiento de espíritus» ofrecemos una amplia introducción a «El discernimiento de espíritus en el Nuevo Testamento». En ella, además de recorrer los datos sobre el discernimiento que aparecen en los evangelios, también se profundiza en «El discernimiento en la vida cristiana según san Pablo», en el que se analizan estos textos del Apóstol junto con otros más.

4. ¿Quién tiene que hacer discernimiento espiritual?

Si tenemos en cuenta lo dicho hasta aquí, el discernimiento es una de las expresiones fundamentales de la vida de fe; por lo tanto, forma parte de la misma vida cristiana y deberían hacerlo todos los que se llaman cristianos8.

Sin embargo, hemos de reconocer que muchos cristianos se conforman con asentir a unas verdades morales y poner en práctica unos preceptos y ritos que, en muchas ocasiones, no tienen una gran repercusión concreta en su vida. Ciertamente habría que dudar de la verdadera condición de cristianos que tienen estas personas, pero, en cualquier caso, no están capacitados para buscar la voluntad de Dios en los detalles de su vida.

Por eso podríamos comenzar afirmando que el discernimiento es imprescindible para el que quiere tomarse la fe en serio y ser santo. Es más, el ejercicio del discernimiento permanente es la prueba de la autenticidad de la fe y del anhelo de santidad; de modo que evitar el discernimiento es aceptar la mediocridad. En consecuencia, el discernimiento no le sirve al que se conforma con los mínimos de la vida cristiana o pretende vivir ésta sin desentonar del mundo e ir más allá de sus mismas necesidades o pasiones.

Además, el discernimiento es para el que busca permanentemente la voluntad de Dios. Realmente no se puede hacer discernimiento de manera aleatoria o intermitente. Puesto que se trata de un camino, debemos ajustar el itinerario ante cada cruce, desvío o confluencia con la que nos encontremos. No podríamos llegar a la meta atendiendo al mapa de vez en cuando, después de haber dejado atrás varias encrucijadas sin revisar nuestro rumbo. De igual forma, es imposible hacer discernimiento evangélico ante un acontecimiento puntual si no lo venimos haciendo de los hechos anteriores, de los que depende, en alguna forma, la presente decisión.

Ya hemos dicho que el discernimiento espiritual es un proceso continuado que va acompañando la vida del creyente, y necesitaremos este medio en la medida en que vivimos la fe como un itinerario vital. Quien pretende vivir cristianamente haciendo una profesión de fe, por sincera que sea, y cumpliendo materialmente unos determinados compromisos, sólo necesita conformar su vida a esa profesión y esos compromisos en un primer momento; luego le basta vivir de las rentas de esa decisión. Pero la vida real no se mueve por patrones prefijados, y el desarrollo sorprendente de toda existencia humana va acompañado por la voluntad de Dios, no menos sorprendente. Dios se ajusta en cada instante al devenir de los acontecimientos para hacer posible que permanezcamos siempre en el camino que él ha trazado desde toda la eternidad para cada uno de nosotros. Por esta razón, tiene que hacer discernimiento el que vive su fe de manera «dinámica» y necesita encontrar la luz nueva que Dios le ofrece en cada instante para iluminar todas las realidades que conforman su vida.

En la misma línea, tiene que hacer ejercicio de discernimiento el que entiende la vida como una vocación y una misión. Nuestra vida no es fruto de la casualidad, sino de un proyecto personal y detallado de Dios, que él nos comunica, en lo que llamamos «vocación», para orientarnos hacia una meta y un fruto concretos, que constituyen nuestra «misión». Para poder escuchar esta llamada y llevar a cabo su objetivo no tenemos más remedio que descubrirlos en su fuente, que es la voluntad de Dios. No olvidemos que vocación y misión no son realidades estáticas, sino que poseen un permanente dinamismo que las va adaptando a todas las circunstancias, interiores y externas, que conforman nuestra existencia. Este dinamismo nos obliga a vivir en permanente estado de discernimiento si queremos ser verdaderamente fieles al designio de Dios sobre nosotros.

Como ya anticipamos anteriormente, incluso cuando, como fruto del discernimiento de espíritus hacemos una elección de vida, ésta no se podrá desarrollar adecuadamente si no se acomodan todos los detalles de la vida a dicha elección. De esta manera, podemos ver aquí con claridad cómo se unen y relacionan el discernimiento de espíritus y el discernimiento espiritual. Un ejemplo de esta relación nos lo puede ofrecer el joven que descubre que Dios le llama a la vida consagrada, realiza un adecuado discernimiento de espíritus y acepta dicha vocación, disponiéndose a entrar en un noviciado; pero debe acompañar ese primer discernimiento con otro que aplique dicha vocación inmediatamente a su vida concreta actual, ayudándole a descubrir la voluntad de Dios en el aquí y ahora. Sin este segundo discernimiento actual o «espiritual» el otro discernimiento fundamental o «de espíritus» correrá un serio riesgo de fracasar.

Por último, sólo puede hacer discernimiento el que es libre; más aún, debe hacerlo el que quiera ser realmente libre. Sólo podemos descubrir lo que Dios quiere de nosotros si no estamos atados a ningún otro condicionante. El que no se puede desprender de la presión del mundo o de sus propios intereses y pasiones no puede «elegir» nada, porque ya ha elegido, aunque sea de modo inconsciente. De este modo, el discernimiento forma parte del progreso en la libertad, por el cual, quien es libre, ejercita su libertad en un ejercicio que le hace más libre. Mientras que, por el contrario, quien está atado por algo que no sea Dios y busca conocer su voluntad se verá abocado a una tensión estéril, que le llevará al fracaso en su propósito9.

5. ¿Qué se debe discernir?

Puesto que el discernimiento espiritual busca conocer la voluntad de Dios en lo concreto de nuestra vida ordinaria, eso quiere decir que materia de discernimiento es todo lo que afecta a nuestra vida y sobre lo que debemos ejercer la voluntad. Aquí entran, lógicamente, tanto las cosas más importantes como las pequeñas o intrascendentes, todo lo que decidimos debe acomodarse al designio divino. Y, dentro de cada situación que analizamos, hemos de considerar la realidad considerada en sí misma, las circunstancias que condicionan dicha realidad, la finalidad a la que ésta apunta y sus consecuencias.

Dicho esto, hay que aclarar que muchas de las acciones que realizamos en el día a día se repiten inexorablemente, por lo que no exigen un análisis espiritual detallado cada vez que tenemos que llevarlas a cabo, sino que basta con que «actualicemos» en su momento el discernimiento que realizamos en un principio.

Igualmente hemos de recordar una norma general básica del discernimiento ignaciano que nos dice que no se puede elegir algo malo. El mal está siempre descartado, de modo que cuando vamos a elegir entre dos objetos y uno de ellos no es bueno, hemos de sospechar que el mero planteamiento de dicha elección es una tentación que pretende sacarnos del ámbito de la búsqueda de la voluntad divina. Sólo se puede discernir entre realidades que sean buenas y, además, indiferentes entre sí; puesto que si algo es claramente mejor deberíamos inclinarnos por ello10.

Aquí debemos hacer una salvedad sobre las realidades que, siendo buenas, provienen del enemigo11. Éstas son las que impiden algo mejor, mueven a hacer mal o imperfectamente algo bueno o dificultan el bien realizado hasta ese momento12.

Y, en el mismo ámbito, hemos de puntualizar que la afirmación sobre si un objeto es mejor o peor que otro tiene que hacerse siempre en el ámbito personal. Elegimos lo que es mejor para nosotros, independientemente de que para otra persona lo mejor sea el otro objeto de elección.

Debemos tener siempre presente que el discernimiento sobre la voluntad de Dios significada es siempre personal. Dios quiere algo concreto para cada uno de nosotros, que no tiene que ser igual que lo que les pide a otros. Por eso, la referencia o comparación con los demás no sirve para la elección evangélica. Del mismo modo, no podemos proyectar nuestro discernimiento a los demás; no podemos hacer discernimiento sobre lo que otros deben hacer. Aquí hay que tener en cuenta el peso que suele tener la moda, las costumbres, las opiniones o valores comúnmente aceptados, etc. Todo esto hay que tenerlo en cuenta para desecharlo como elementos de discernimiento, aunque sean cosas buenas, legítimas o, incluso, excelentes.

6. Tiempo y ritmo del discernimiento espiritual

Al igual que decimos que hay que discernir todo lo que decidimos, hemos de afirmar que hay que discernir siempre. Y aquí surge inevitablemente la pregunta de que si esto es posible. Ciertamente, cuando buscamos la voluntad de Dios es natural que nos propongamos el trabajo espiritual que supone el discernimiento en virtud del tiempo que necesitamos y de acuerdo con las condiciones y capacidades de que disponemos. Esto puede valer, en general, para el discernimiento de espíritus y cuando se trata de tomar decisiones fundamentales para nuestra vida. En esos casos, que suelen ser muy pocos, podemos incluso forzar las circunstancias para disponer del tiempo necesario para realizar unos ejercicios espirituales o para retirarnos a orar y discernir largamente.

Sin embargo, la vida ordinaria no se detiene para darnos tiempo holgado para discernir, y si queremos descubrir la voluntad de Dios sobre las realidades ordinarias que jalonan nuestra vida diaria, no nos queda más remedio que ajustarnos al tiempo real que la misma vida nos proporciona. Hemos de ser muy conscientes de que, como veremos más adelante, cada discernimiento tiene su tiempo, que es del que disponemos, no el que nos gustaría tener. Esto puede parecernos un inconveniente, incluso un serio obstáculo para el discernimiento, pero no es así; de hecho, Dios cuenta con ello. Por difícil que nos parezca la tarea de descubrir la voluntad de Dios al ritmo de la vida, no olvidemos que él tiene más interés que nosotros por mostrarnos la luz que necesitamos y no dejará de dárnosla.

Dicho esto, no es menos cierto que las pistas que Dios nos ofrece en medio del tráfago de nuestra vida cotidiana exigen de una atención y una actitud específicas para descubrirlas. Fundamentalmente se requiere de un tono general de paz y serenidad evangélicas, sin las cuales nos arrolla la presión y las urgencias del entorno; además de un estado habitual de atención a Dios, que nos hace vivir conscientemente en su presencia y en dependencia de él. En el fondo no se requiere más que la actitud propia de la verdadera fe, que nos lleva a vivir buscando la presencia de Dios en todo, de manera natural, para mostrarle nuestro amor en el cumplimiento de su voluntad. Esto, que no es tan difícil como puede parecer, se resume en un simple cambio de orientación. El enfoque habitual que le damos a la vida suele llevarnos a que, ante los acontecimientos de la misma, nos preguntemos: «¿Qué pasa aquí?», «¿quién tiene la culpa?», «¿cómo se resuelve?», etc. Luego, después de tratar de responder a estas cuestiones, quizá nos podamos plantear: «¿Qué quiere Dios de mí aquí?» Pero esto ya llega retrasado y mediatizado por lo anterior.

La actitud propia de la fe a la que nos referimos es la que, ante cualquier circunstancia o acontecimiento, se plantea: «¿Dónde estás aquí, Señor, para que te busque, te encuentre y te adore, ofreciéndote mi amor en el cumplimiento de tu voluntad concreta en este acontecimiento y en este momento?» No hay nada que pueda sustraerse a este planteamiento, por lo que debemos habituarnos a vivir en la disposición necesaria para realizarlo en todo momento y ocasión.

Por último, debemos aludir al problema que suponen las urgencias y complicaciones que nos impone a veces la vida y que parecen dificultar cualquier decisión. Ya hemos dicho que una actitud serena y libre permite afrontar dichas presiones con la paz necesaria para descubrir fácilmente la huella de Dios que nos indica el camino a seguir. Pero, si a pesar de esto, nos vemos envueltos en conflictos y perplejidades, tendremos que aplicar el principio ignaciano que nos dice que «en tiempo de desolación nunca hacer mudanza»13. Cuando estamos revueltos y zarandeados por diferentes presiones que dificultan la mirada sobrenatural y las decisiones libres, hemos de posponer el discernimiento para otro momento en el que recuperemos las disposiciones necesarias para el mismo.

Retrasamos las decisiones porque nos cuesta tomarlas. Por la misma razón evitamos tomarlas y, en cuanto nos es posible, nos sacudimos la carga y le encajamos a otro la responsabilidad de tomarlas […] Nos cuesta decidirnos porque nos cuesta definirnos14.


NOTAS

  1. M. I.Rupnik, El discernimiento, Burgos 2015 (Monte Carmelo), 35-36.
  2. En el tema de espiritualidad de nuestra web: «El discernimiento de espíritus», capítulo 1: «Introducción», apartado 3: «Discernimiento espiritual y discernimiento de espíritus», puede verse con más detalle la diferencia y la relación entre estos dos tipos de discernimiento.
  3. Puede verse el amplio tema de espiritualidad dedicado a «El discernimiento de espíritus» en nuestra página web.
  4. Para profundizar en las mociones y los espíritus, puede verse en nuestra página web, en el tema de espiritualidad: «El discernimiento de espíritus», capítulo 2: «Fundamentos del discernimiento de espíritus», apartado 2: «Mociones y espíritus».
  5. «El discernimiento es el arte de descubrir la voluntad de Dios en las situaciones concretas de la vida» (T. H.Green, La cizaña entre el trigo. Discernimiento: lugar de encuentro entre la oración y la acción, Madrid 1992 (Narcea), 72).
  6. Rupnik, El discernimiento, 23-24.
  7. «Es el punto de encuentro de la oración y la acción, donde la oración es entendida como la relación de amor entre el alma y Dios. San Ignacio lo llama discreta caritas, amor discernidor, captando hermosamente esa verdad fundamental de que el discernimiento es una función de nuestra amorosa relación personal con el Señor. Y por consiguiente su solidez y profundidad estará dictada por la relación misma. El verdadero discernidor debe ser una persona orante y amante» (Green, La cizaña entre el trigo, 80).
  8. Pueden recordarse aquí las breves notas sobre el «Sujeto de la elección», en el tema de formación de nuestra web: «El discernimiento espiritual y la elección evangélica», apartado 6,b.
  9. Aunque de algún modo hemos anticipado aquí algunas de las actitudes necesarias para el discernimiento (la libertad, la continuidad, el sentido vocacional de la vida), dedicaremos a esta importante cuestión todo el capítulo 3, titulado «La actitud necesaria para el discernimiento».
  10. Véase San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 170-174. Recuérdense las breves notas sobre la «Materia de elección», en el tema de formación de nuestra web: «El discernimiento espiritual y la elección evangélica», apartado 6,e. Véase también el comentario que hace Green, La cizaña entre el trigo, 98-103.
  11. Cf. en este sentido el tema de espiritualidad de nuestra web: «El discernimiento de espíritus», capítulo 10: «Discernimiento de la consolación sin causa», apartado 3: «El peligroso momento de posterior a la consolación sin causa», y capítulo 11: «Discernimiento de la consolación con causa», apartado 1: «La estrategia del enemigo al provocar una falsa consolación con causa».
  12. Cf. Eusebio Hernández García, Guiones para un cursillo práctico de dirección espiritual, Burgos 1954 (Miscelanea Comillas), 271.
  13. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 318.
  14. C. G. Vallés, Saber escoger, Santander 1988 (Sal Terrae, 2ª ed), 34.35.