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Introducción

Seguimos dentro de la nueva etapa en la que el enemigo se disfraza de ángel de luz e intenta engañar con falsas consolaciones. En este momento vamos a adentrarnos en las reglas que nos ayuden a discernir las «consolaciones con causa precedente» para averiguar si son inspiradas por el buen espíritu o por el enemigo. Recordemos que estamos hablando de consolaciones en las que hay un objeto previo a la misma (pensamiento, imagen, sentimiento) en el que el sujeto actúa conscientemente de modo que puede relacionar directamente su actuación como la causa proporcionada de la consolación. Valgan de ejemplo, como ya dijimos, las meditaciones que propone hacer san Ignacio en los Ejercicios Espirituales y que pueden ser causa de consolación espiritual, si Dios lo concede. Se trata de comprender bien las reglas cuarta a séptima de la segunda semana (EE 332-335), lo que algunos llaman «tratadito sobre la consolación con causa».

1. La estrategia del enemigo al provocar una falsa consolación con causa

En la cuarta regla de la segunda semana, san Ignacio nos explica el modo de proceder del enemigo en esta nueva situación. Ciertamente se trata de una regla «instructiva», que simplemente describe, pero implica, como las demás, un mandato y una tarea: descubrir esta acción del enemigo y oponerse a ella.

La cuarta: es propio del ángel malo, que se disfraza de ángel de luz, entrar con lo que le gusta al alma devota y salir con el mal que se pretende; es a saber, traer pensamientos buenos y santos conforme a esa alma justa; y después, poco a poco, procura salirse con la suya, trayendo al alma a sus engaños cubiertos y perversas intenciones (EE 332).

Recuerda lo que ya había explicado el santo de Loyola al principio de la primera semana. La segunda regla de la primera semana ya nos había advertido de que, en los que van de bien en mejor, «es propio del mal espíritu morder (con escrúpulos), entristecer y poner obstáculos, inquietando con falsas razones para que no pase adelante», actuando en contra de la acción de Dios. Pero en esta cuarta regla de la segunda semana se introducen las novedades propias de la nueva situación en la que se encuentra el alma. En la primera semana el enemigo perseguía su propósito con pensamientos contrarios a la consolación: «oscuridad del alma, turbación en ella, inclinación por las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a desconfianza, sin esperanza, sin amor, hallándose el alma toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor» (regla cuarta de la primera semana). Ahora entra con el «alma devota» y «trae pensamientos buenos y santos», ciertamente con fines contrarios a la consolación con causa procedente del buen espíritu: «salir con el mal que se pretende… salirse con la suya, trayendo al alma a sus engaños cubiertos y perversas intenciones». Esto hace que la acción del enemigo sea más peligrosa y más difícil de detectar que en la primera etapa.

Al hablar de estas tentaciones demoniacas no se piense que estamos hablando de fenómenos extraños y prácticamente inexistentes, tal como dijimos al hablar de las consolaciones sin causa precedente:

Consolaciones sin causa precedente: háganse los ejercicios como san Ignacio manda, y verá el director que ni son raras ni poco frecuentes, cuando llega el momento oportuno… Y lo mismo las consolaciones del demonio: alcanza hacer bien el examen, y aparecen, en personas espirituales que están en esa situación… He visto consolaciones demoníacas… en los religiosos al abandonar sus más sagrados compromisos, en madres y esposas en el momento de traicionar amores verdaderos en aras del supuesto «verdadero amor», en luchadores sociales que saltaban sobre la moral y la disciplina eclesiástica procurando liberaciones ilusorias, en pastores entusiasmados precisamente en el momento de atentar contra los más elementales derechos del rebaño… No pensemos en situaciones extrañas de místicos desaparecidos, sino en la propia vida espiritual1.

Esta cuarta regla de la segunda semana nos describe cómo suele actuar el enemigo en esta circunstancia concreta en la que se disfraza de ángel de luz (cf. 2Co 11,14). Esto sólo sucede cuando hay una vida espiritual intensa: el demonio entra con el «alma devota». El enemigo para entrar en esta alma, purificada de los pecados, con deseos de santidad, utiliza esa misma intensidad de vida de fe para alimentar el engaño. No busca el punto débil, sino el punto incandescente. No la debilidad del oponente, sino su fuerza (como se hace en el judo o en el toreo). Sin esa intensa vida espiritual no funciona este engaño. Es más, el demonio tiene especial interés en derribar o entorpecer a los que van más adelantados.

El enemigo no ataca de frente la entrega y el fervor del alma, sino que se infiltra en ellos, los promueve y los utiliza. Por eso provoca pensamientos buenos y santos que encajen en la persona con esta vida espiritual intensa (ésa es la causa de la consolación). Pensamientos que el sujeto suele tener en la oración. Sugerencias buenas en sí mismas, pero que no coinciden con lo que le pide el Señor, al menos en ese momento; o que, aun siendo buenas para el sujeto, el enemigo le propone formas malas de llevarlas a cabo. «Poco a poco» irá desviando a la persona para conseguir alejarle del camino de Dios, porque si lo hiciera bruscamente sería descubierto fácilmente, actuando con nosotros como se hace para cocer los cangrejos vivos sin que se den cuenta. El demonio sabe esperar. Y así pervertirá la obra de Dios en esa persona y conseguirá su fin, que no suele ser sólo apartarla de Dios, sino perjudicar a los que le rodean2. Estos engaños son «encubiertos», y le conviene al enemigo que no aparezcan claramente al final: el demonio sigue manifestándose como ángel de la luz y la persona puede quedar engañada.

Para terminar este punto hay que dejar claras las tres etapas del engaño del enemigo en la consolación (lógicamente con causa precedente)3:

  • 1ª. Se adapta a las santas disposiciones del sujeto.
  • 2ª. Va dosificando el engaño poco a poco a lo largo del tiempo.
  • 3ª. Llega a su propósito (de forma encubierta).

Precisamente en este punto final es en el que nos vamos a fijar para intentar descubrir la acción del enemigo.

2. Discernimiento de la consolación con causa comparando el final de la consolación con su inicio

El primer paso para este discernimiento de la consolación con causa lo propone san Ignacio en la quinta regla de la segunda semana:

La quinta: debemos advertir mucho el curso de los pensamientos; y si al principio, medio y fin es todo bueno, inclinado a todo bien, es señal de ángel bueno; pero si el curso de los pensamientos que trae acaba en una cosa mala o distractiva, o menos buena que la que antes el alma había propuesto, o la debilita, inquieta o conturba, quitándole la paz, tranquilidad y quietud que antes tenía, es señal clara que procede del mal espíritu, enemigo de nuestro provecho y salvación eterna (EE 333).

Por lo tanto, para descubrir la procedencia de la consolación con causa hay que examinar bien el «curso de los pensamientos»4. No se trata de fijarnos en cualquier aspecto de la consolación, sino en los pensamientos y no de forma aislada sino en su «discurso», que tiene su unidad, su proceso, su principio, medio y fin. El que quiera hacer este discernimiento debe acostumbrarse a aislar este «discurso» de los pensamientos del barullo de sentimientos y pensamientos que no pertenecen a él. Especialmente debe determinar el comienzo y el fin de ese discurso.

De nuevo esto es posible por el ejercicio constante del examen de la oración, la atención a lo que sucede en el alma, al diálogo propio de una dirección espiritual auténtica y la petición al Espíritu Santo5. A través de ese ejercicio se aprende a hacer el relato de lo que sucede en el interior.

Lógicamente, en la consolación con causa precedente el principio siempre es bueno, tanto si lo provoca el buen espíritu como si lo provoca el enemigo. El pensamiento que suscita el enemigo para provocar la falsa consolación consiste siempre en proponer algo bueno, en consonancia con el deseo de entrega propio del que se encuentra en esta segunda etapa; puesto que no le serviría para nada proponer algo claramente malo u opuesto a la entrega que pretende el individuo. De esta forma, si el principio fuera malo, se podría descartar inmediatamente que se trate de una falsa consolación propia de esta etapa. Estaríamos ante una burda tentación propia de la primera, lo cual no necesita de este discernimiento afinado.

Si se comprueba que en el resto del discurso de los pensamientos (medio y fin) no se filtran ni ideas, ni deseos, ni propósitos malos o menos buenos (como precisaremos en seguida), podemos pensar que esa consolación procede del buen espíritu, y, por tanto, es fiable y debemos seguirla6. Para tener esta seguridad es preciso que no se filtre nada malo en ningún lugar del proceso de los pensamientos.

Lo que san Ignacio nos dice que hay que buscar como un signo de que el Espíritu Santo nos está moviendo es una experiencia completa en la que todos los elementos se validan entre sí, una experiencia de pensamientos, sentimientos e impulsos para elegir una acción, todos relacionados entre sí… Aceptar una experiencia como marcada por el Espíritu Santo sólo porque comienza por lo que parece, o incluso por lo que realmente son, verdaderos pensamientos santos o consolaciones espirituales (o ambas a la vez) es exponernos a un peligroso engaño7.

Para no confundirnos en la aplicación de esta importante regla es imprescindible tener en cuenta que, cuando hablamos de «discurso de los pensamientos», nos referimos a un proceso que no tiene que tener necesariamente una continuidad en el tiempo. Hay una continuidad y concatenación en cada paso por el que nos va llevando el enemigo, pero puede haber paréntesis temporales entre un paso y otro, por cansancio o porque otro asunto llama nuestra atención. La continuidad del proceso no se descubre hasta que el sujeto se detiene a reflexionar sobre él. Tener en cuenta esta continuidad no temporal implica que los pensamientos que interrumpen el proceso y no forman parte de él no deben ser tenidos en cuenta para valorar el curso de los pensamientos y deben ser evaluados al margen de él. Puede suceder que todo el proceso sea del buen espíritu y alguno de esos pensamientos que interrumpen el proceso venga del enemigo o simplemente no tengan un origen espiritual. También puede suceder que en un proceso engañoso haya pensamientos ajenos a él, aunque insertados temporalmente en él, que provengan del buen espíritu o sean simplemente distracciones8.

Para detectar la acción del enemigo en este momento (quinta regla de la segunda semana) se fija ante todo en la comparación entre el fin y el principio del curso de los pensamientos de la consolación con causa precedente9: si el final se contrapone de alguna manera al principio, es que ha actuado el enemigo de alguna manera llevándonos a su propósito10. Pero ese final de la consolación distinto del principio puede ofrecer varias formas11:

a) En los propósitos:

  • -Proponer alguna cosa mala: a) en sí misma (que atente contra la moral); b) para el sujeto, quitando algo necesario (oración, penitencia, medios espirituales…), o exagerando algo bueno, de tal manera que sea dañino para él (penitencias, opciones, ideologías…).
  • -Distraer a la persona de algún modo, sacándola fuera del camino que antes tenía o simplemente apartándola de algún medio o propósito necesario o útil para la vida cristiana del sujeto.
  • -Aplazando el propósito con el pretexto de realizarlo de un modo mejor.
  • -Plantear algo bueno, pero menos bueno de lo que se tenía en principio, para que la persona no esté abierta plenamente a la voluntad de Dios.

b) En los sentimientos (sin necesidad de cambiar los propósitos)12:

  • -Debilitar el alma, quitándole ánimo, disminuyendo la fuerza de su decisión. A veces, simplemente cansándolo haciéndole recorrer una y otra vez el mismo camino de la decisión.
  • -Inquietar a la persona, minando la paz y turbando la claridad que tenía13. El engaño es más sutil cuanto más imperceptible es la disminución.

Cualquiera de estas formas de lograr que el final de la consolación sea distinto del principio es señal de que el enemigo se ha revestido de ángel de luz para engañarnos. Esta diferencia es más difícil de percibir en la medida en que estos discursos encajen con los gustos o debilidades del sujeto. Esta señal es más fácil de percibir para el que está acostumbrado al examen de la oración y al discernimiento de espíritus.

Hay que tener en cuenta que, en estos engaños, el fin del enemigo no es sólo la perdición, sino la disminución de la paz, de la santidad, del provecho, de la participación de la vida eterna, etc.14.

Recapitulando: esta regla supone que hace falta que todos los elementos del proceso sean buenos para que la consolación sea considerada del buen espíritu, y basta que uno de esos elementos sea malo para que se considere del malo.

También es importante tener en cuenta que la existencia de una consolación con causa concreta que viene del Espíritu Santo no es suficiente para establecer de forma definitiva la voluntad de Dios sobre una persona. Hace falta un buen número de estas experiencias, y de otras formas de discernimiento de espíritus, para que vayan construyendo por su coincidencia el dibujo perfilado del plan de Dios para una persona.

3. Analizar el proceso de engaño del enemigo para aprender

Cuando, con la ayuda de la regla anterior, se ha descubierto el engaño del enemigo por medio de una consolación con causa, no basta con rechazar los propósitos y pensamientos que producen los pensamientos que salen de la consolación engañosa. Queda una tarea importante por hacer, que consiste en analizar el proceso que ha llevado, poco a poco, desde los pensamientos buenos y santos del principio a los propósitos y sentimientos malos o menos buenos del final. El objetivo de este análisis no pretende principalmente revisar la consolación engañosa que se ha sufrido, ni buscar culpas, sino conocer las malas artes del padre de la mentira y conocerme mejor a mí mismo para prevenir sus ataques en un futuro. De este modo, san Ignacio nos muestra el camino para ir afinando la sensibilidad y poder percibir con más claridad el modo de proceder del enemigo de cara al futuro. Así es como se adquiere verdadera experiencia espiritual15.

Es lo que propone san Ignacio en la sexta regla de la segunda semana:

La sexta: cuando el enemigo de la naturaleza humana fuere sentido y conocido por su cola serpentina y el mal fin a que induce, aprovecha a la persona que fue tentada por él, mirar luego el curso de los pensamientos que le trajo, y el principio de ellos, y cómo poco a poco procuró hacerla descender de la suavidad y gozo espiritual en que estaba, hasta traerla a su intención pervertida, para que, sacando experiencia de este conocimiento, en adelante se guarde de sus engaños acostumbrados (EE 334).

Esta regla nos recuerda de forma realista que los engaños del enemigo volverán; pero también encierra un mensaje esperanzador para el cristiano que avanza y se siente acechado por el enemigo: A pesar de que el enemigo se disfrace de ángel de luz, siempre puede percibirse, con atención y aprendizaje, su cola serpentina16.

En la quinta regla de la segunda semana, para detectar la engañosa consolación con causa nos fijábamos en el final del discurso de los pensamientos, para saber si era malo o menos bueno que el principio. Ahora, una vez detectada la acción del enemigo, nos fijamos en el proceso, en el «poco a poco» con el que ha ido llevándonos de los pensamientos buenos y santos a sus perversas intenciones17.

En el proceso de los pensamientos, hemos de descubrir el modo concreto en que el enemigo nos llevó del buen principio al mal fin, sabiendo que descubrir el modo en que nos ha engañado nos ayuda también a descubrir con más claridad la intención del enemigo, a la que debemos oponernos. Veamos cómo podemos descubrir este engaño18:

  • -Hay que estar atentos al inicio de la experiencia, para descubrir en él el enganche por el que entró el enemigo: los buenos pensamientos que utilizó para producir el engaño, que fueron útiles para su fin y que encajaron con mi debilidad o mis desórdenes.
  • -Identificar el momento en el que el tentador introdujo el desvío imperceptible de los buenos pensamientos hacia el fin que pretendía.
  • -Encontrar los pequeños saltos por los que introduce la mentira y las ambigüedades que empleó para ir confundiéndome.
  • -Descubrir las falsas razones que se van introduciendo: «razones aparentes, sutilezas y continuos engaños». Detectar la lógica que siguió el enemigo a partir de esos principios.
  • -Reconocer las emociones que hizo surgir gradualmente para desviarme, a través de los pensamientos con los que intenta suscitar esos sentimientos.
  • -Recordar si, en el proceso del engaño, ha existido alguna luz del Espíritu Santo para avisarme del error y moverme a la verdad. Y, si la habido, por qué no la he reconocido y seguido.
  • -Estudiar los efectos que produjo el enemigo con su discurso en el alma: «la debilita, inquieta o conturba, quitándole la paz, tranquilidad y quietud que antes tenía».

Es necesario tener en cuenta, como dijimos en las reglas anteriores, que el enemigo se adapta a las características de la persona, aprovechando lo que le atrae y le gusta (incluso espiritualmente), sus debilidades y miedos, los pensamientos que le son familiares19. También hay que tener presente que, normalmente, el tentador intenta aprovechar esas debilidades y características del mismo modo, con «sus engaños acostumbrados», utilizando el mismo patrón, por lo que descubrirlo una vez nos será muy útil para el futuro20. De alguna manera, este análisis del curso de los pensamientos por el que el enemigo nos engaña nos lleva también al conocimiento de nosotros mismos (debilidades, gustos, preferencias, miedos), que debemos tener en cuenta y fortalecer en previsión de los futuros ataques del tentador21. Su engaño es, por tanto, un proceso muy personal, por lo que no se pueden aplicar clichés válidos para todos; también el provecho del discernimiento será personal y no aplicable directamente a otros.

En adelante el sujeto podrá reconocer las malas artes del demonio sub angelo lucis antes de llegar al mal fin: ya en el tobogán del poco-a-poco, si tiene in mente la tal experiencia conocida y notada, puede darse cuenta. Ya está experto en reconocer al demonio disfrazado de ángel de luz antes de verle la cola serpentina. La presencia y advertencia de un poco-a-poco como los que ha conocido y notado, le dará a este ejercitante la alarma de estar ante el mal espíritu22.

Antes de terminar la explicación de esta regla debemos señalar algunas precauciones a la hora de hacer este trabajo de discernimiento:

  • a) Este trabajo debe hacerse cuanto antes, y es conveniente hacerlo por escrito, porque con el tiempo se pierden los detalles del proceso de pensamientos que ha llevado al mal fin.
  • b) No olvidemos nunca que todo este trabajo es muy difícil de hacer sin la ayuda de un buen director espiritual.
  • c) Hay que pedir constantemente la ayuda del Espíritu Santo.

4. Detectar el origen de la consolación sin causa en su comienzo

Igual que la primera serie de normas terminaba con un grupo de imágenes que ayudaban a entender la acción del enemigo23, san Ignacio propone al final de esta segunda serie dos imágenes que nos ayudan a diferenciar la acción de uno y otro espíritu al comienzo de la consolación con causa. Se trata de la regla séptima de la segunda semana:

La séptima: a los que proceden de bien en mejor, el ángel bueno toca el alma dulce, leve y suavemente, como gota de agua que entra en una esponja, y el ángel malo toca agudamente y con ruido e inquietud, como cuando la gota de agua cae sobre la piedra. A los que proceden de mal en peor, los dichos espíritus tocan de modo contrario; la causa de esto es que la disposición del alma es contraria o semejante a los dichos espíritus. Porque cuando es contraria entran con estrépito, sensible y perceptiblemente; y cuando es semejante entran con silencio, como en propia casa a puerta abierta (EE 335).

Aunque esta regla pueda parecer semejante a las reglas primera y segunda de la primera semana, en las que se hablaba de «los que van de pecado mortal en pecado mortal» y de los que van «de bien en mejor», no debemos olvidar que seguimos hablando del discernimiento en esta segunda etapa, en la que se trata de una persona que ha progresado espiritualmente y que está acostumbrada al discernimiento en esta fase en la que el enemigo se disfraza de ángel de luz. Por lo tanto, «los que proceden de mal en peor» en esta séptima regla no son las personas carnales de la primera regla de la primera semana, que van de pecado mortal en pecado mortal, sino los que se alejan de la voluntad de Dios con sus pensamientos, sentimientos o decisiones24.

Como ya hemos visto en las reglas anteriores, cuando el enemigo engaña con falsas consolaciones es muy peligroso fijarse en el principio de la consolación y en su contenido, porque el engaño consiste precisamente en que estos comienzos se confunden fácilmente con los que produce el buen espíritu (especialmente para el sujeto solo). Por ello san Ignacio nos propone fijarnos en algo que aparece en los inicios pero es distinto al contenido de la consolación espiritual (pensamientos, sentimientos). Se trata de «la disposición del alma» cuando empieza la consolación con causa precedente25.

La clave de esta regla es sencilla: si la disposición del alma está en armonía con el toque del espíritu que provoca la consolación, habrá silencio y quietud; pero si la disposición del alma y el espíritu son contrarios, habrá ruido, estrépito e inquietud26. Nótese que el ruido o el silencio son semejantes tanto si el toque viene del buen espíritu o del malo, por lo que no intentamos distinguir la consolación fijándonos en el contenido o el modo de ese toque inicial27. Lo único que podemos percibir es la disposición del alma y la reacción (ruido o silencio) que provoca el inicio de la moción. Dicho de otro modo: la presencia o la ausencia de ese ruido sólo nos sirve para compararlo con la disposición previa del sujeto.

Para explicar esta regla san Ignacio utiliza dos imágenes (aunque desarrolla más la primera):

  • -Cuando toque y disposición son semejantes, el toque es como una gota de agua y el alma es como una esponja en la que la gota entra suavemente y sin ruido. Cuando son distintos, el toque también es como una gota (porque las consolaciones son semejantes siempre), pero el alma es como una piedra en la que la gota provoca ruido y estrépito28.
  • -Cuando son semejantes, el espíritu entra en su propia casa, abriendo la puerta con suavidad y sin ruido. Cuando son distintos, el espíritu entra como en casa ajena, con ruido y violencia porque tiene que forzar la puerta.

Aplicando esto a las diversas disposiciones del alma y a los diversos espíritus, tenemos cuatro posibilidades (en las que aparece de nuevo el principio de contrariedad):

  • a) En los que van de bien en mejor:

-El buen espíritu toca suavemente (como la gota en la esponja), porque son semejantes el toque y la disposición del alma29.

-El mal espíritu produce estrépito (como la gota en la piedra), porque son contrarios.

  • b) En los que van de mal en peor:

-El buen espíritu produce estrépito (como la gota en la piedra), porque son contrarios.

-El mal espíritu toca suavemente (como la gota en la esponja), porque son semejantes.

Subrayemos algunas diferencias de esta séptima regla de la segunda semana con las dos primeras reglas de la primera:

  • -En la séptima regla de la segunda semana, los dos espíritus producen algo semejante: consolación (la gota de agua), y los dos hacen ruido o estrépito según sea la actitud del sujeto. En la primera semana las acciones del buen y el mal espíritu no son intercambiables: el buen espíritu consuela y remuerde la conciencia; el mal espíritu produce verdadera desolación y adormece la conciencia.
  • -El ruido que provoca la disonancia entre la disposición del alma y el espíritu que actúa es más sutil que el que produce la desolación o el remordimiento en la primera semana, y requiere tener los sentidos del alma más avezados.
  • -En la primera semana las dos primeras reglas ponen en contraposición a los que avanzan hacia Dios con los que se alejan de él como opción fundamental de su vida, que se identifican con el hombre carnal y el espiritual de san Pablo. Esta séptima regla de la segunda semana se refiere a personas espirituales que, avanzando en la vida evangélica, en un momento determinado se acercan o alejan del plan que Dios tiene en concreto para ellos30. En principio, este alejamiento al que se refiere la séptima regla de la segunda semana no tiene que ver con el pecado, como en las primeras reglas de la primera semana.
  • -Esta séptima regla se fija sólo en el comienzo de la consolación.

De nuevo estamos ante una regla que puede parecer meramente instructiva, pero que tiene una aplicación práctica inmediata. Se dirige a los que han ido avanzando en el camino del discernimiento con causa porque han aprendido a comparar el final de la consolación con su principio (quinta regla de la segunda semana) y al análisis del proceso del engaño que han sufrido (sexta regla)31. A estos se les propone aguzar el oído y estar atentos para poder distinguir, desde el principio, cuando «entra» el espíritu que provoca la consolación. La clave del discernimiento consiste en conocer la disposición en la que está el alma y descubrir si el comienzo de la consolación provoca silencio y quietud o, por el contrario, ruido y turbación. No se trata, por tanto, de «mirar» el contenido de la consolación, sino de sentir con el «oído» o con el «tacto» espirituales el efecto que produce al principio la consolación con causa.

Tal discernimiento se funda primero en la impresión afectiva que brota, inadvertida y espontánea, libre de censuras desde lo más hondo de un sentido espiritual de intuición; pero lo verificamos de modo semejante a lo que hacemos habitualmente con la armonía de los sonidos y la sintonía de los colores. Por medio de esta percepción intuitiva, más allá de todo cálculo premeditado, captamos de modo espontáneo la conveniencia para nosotros de aquello concreto cuya presencia acabamos de percibir32.

Esta regla también se puede emplear en sentido inverso: Podemos descubrir que ha habido un engaño al comparar el fin al que nos ha llevado el enemigo disfrazado de ángel de luz, empleando la quinta regla de la segunda semana. Veremos que ha entrado con suavidad, y podremos conocer la disposición de nuestra alma ante la voluntad de Dios en ese momento, comprobando que no hay contrariedad con el engaño del enemigo y, en consecuencia, sí hay contrariedad con la inclinación a la voluntad de Dios; lo que evidencia que no tenemos la disposición adecuada.

Del mismo modo, el fruto de este análisis será un indicador muy útil para el discernimiento en el futuro, porque nos descubrirá que cuando se ha tomado con claridad una opción correcta, por cualquiera de los modos propuestos, el estrépito inicial en una moción que afecte a esa opción será señal de la aparición del enemigo33.

Desde luego, el empleo de este «discernimiento por connaturalidad» no excluye que haya que tener en cuenta las otras reglas de discernimiento de la consolación con causa precedente, especialmente la que compara el inicio y el final del proceso que inició la consolación.

Ciertamente estamos ante una regla y un trabajo que no es difícil; pero, en su simplicidad, se trata de una tarea delicada, con la que hemos llegado a lo más sutil del discernimiento de espíritus34.


NOTAS

  1. Gil, Discernimiento según San Ignacio, 307. En la p. 316 recuerda que no estamos hablando de apariciones del demonio, sino de la forma habitual de actuar del enemigo cuando ya no le valen los engaños de la primera etapa. Green, La cizaña entre el trigo, 173, advierte que «tal vez sea importante recordar que estas consolaciones “falsas” no son indicaciones de que somos malos o poco sinceros. Nos ocurren con muchísima frecuencia y son muy normales hasta en la vida de los mejores orantes».
  2. Toner, A Commentary on Saint Ignatius’ Rules, 223, n. 11, señala que el enemigo utiliza estos engaños especialmente en los procesos para averiguar la voluntad de Dios.
  3. Cf. Gil, Discernimiento según San Ignacio, 320.
  4. Si ante la desolación había que mantenerse firme, ahora, ante la posibilidad de la consolación engañosa lo que hace falta es una intensa vigilancia y un extremo cuidado.
  5. Green, La cizaña entre el trigo, 184, advierte de que el examen debe hacerse después de la oración, no debe interrumpirla.
  6. Gil, Discernimiento según San Ignacio, 327, nos avisa del peligro de mantener una duda excesiva en el discernimiento. Si no encontramos nada malo en el discurso de los pensamientos, tenemos que aceptar que viene del buen espíritu y seguir el camino que nos indica: «Discernir, en efecto, es todo lo contrario de andar sospechando de todo. Discernir no es preferir la duda y la abstención, como “política de prudencia”; discernir es buscar y hallar la voluntad de Dios y no conformarse con menos» (cf. p. 340-341).
  7. Toner, A Commentary on Saint Ignatius’ Rules, 230.
  8. Cf. Toner, A Commentary on Saint Ignatius’ Rules, 225-226. En la p. 233 repite de nuevo que lo que sucede en las interrupciones y no forma parte del proceso no debe tenerse en cuenta en el discernimiento del proceso como un todo. Estas interrupciones pueden ser malas, pero no forman parte de un proceso que es bueno de principio a fin en los elementos que están concatenados -aunque no tengan continuidad en el tiempo-. Esas interrupciones con signos de la presencia del maligno no indican que el proceso principal en su conjunto provenga del enemigo.
  9. Del medio se ocupa en la regla sexta de la segunda semana y del principio en la séptima. Pero éste es el punto clave del discernimiento para san Ignacio.
  10. Esta norma recuerda a la quinta regla de la primera semana en la que se contrapone lo que se tenía antes de la consolación y lo que propone la desolación.
  11. Cf. Gil, Discernimiento según San Ignacio, 328-333. Toner, A Commentary on Saint Ignatius’ Rules, 225, expone diversos modos de actuar del enemigo para llevarnos del buen comienzo a sus engaños: a) puede sugerir ventajas aparentes pero irreales a la hora de llevar a cabo las inspiraciones de Dios; b) puede sugerir desventajas reales para llevar a cabo el servicio de Dios; c) puede aislar la verdad propuesta de las verdades que la equilibran y llevar al sujeto a la exageración o a la obsesión; d) puede producir un intrincado proceso de asociaciones que lleve a conclusiones equivocadas; e) puede inspirar un razonamiento aparentemente más lógico, pero desvirtuando el sentido de las palabras y conceptos.
  12. Recuérdese lo dicho más arriba a propósito del modo de actuar del enemigo: no actúa directamente sobre los sentimientos, sino a través de pensamientos y sugerencias que el sujeto acepta, pero puede rechazar.
  13. Toner, A Commentary on Saint Ignatius’ Rules, 232, señala que, incluso sin estos elementos, el mal espíritu puede traicionarse con sentimientos de desolación que reemplazan a los de la anterior consolación (cf. p. 234).
  14. «Para que, si no la lleva a todo el mal que desea, al menos le haga odiosa la vida espiritual y pueda más fácilmente sugerirle el abandonarla o disminuir su intensidad» (Ruiz Jurado, El discernimiento espiritual, 245).
  15. «No basta tener mociones y tentaciones para tener experiencia espiritual: hace falta el examen, que recoja, condense, exprese, relacione, note, advierta, etc.» (Gil, Discernimiento según San Ignacio, 346; cf. p. 348-350). Se trata, de nuevo, de una llamada al aprendizaje del discernimiento, como sucede con la décima regla de la primera semana, en la que el que está en consolación debe prepararse para la desolación futura, y en la novena regla de la primera semana en la que se invita a analizar la causa concreta de la desolación para reaccionar adecuadamente a ella. Es algo parecido a lo que hace un científico al aislar un virus para conocer su modo de propagarse y poder contrarrestar eficazmente su acción.
  16. «Por mucho que trate de imitar a Dios en la paz y el gozo de la consolación, la “cola serpentina” siempre resultará evidente para aquéllos que tienen ojos para examinar y paciencia para escudriñar sus experiencias». «Es verdad que las cosas son más complejas y menos simplistas de lo que a veces ingenuamente nos creemos, pero el discernimiento es un arte. Lo que al primer momento resulta complejo se va haciendo más sencillo según vamos adquiriendo experiencia… El demonio puede ser un adversario muy traidor, pero a fin de cuentas, y contra su voluntad, también acaba siendo uno de nuestros mejores maestros» (Green, La cizaña entre el trigo, 170.176; cf. 177ss).
  17. Toner, A Commentary on Saint Ignatius’ Rules, 226, señala que a veces el proceso puede ser rápido, y que otras veces lo que sucede es que el proceso engañoso entero se repite varias veces para obtener más fuerza.
  18. Cf. Gil, Discernimiento según San Ignacio, 346.
  19. «En cada caso podrá descubrir cómo el enemigo generalmente se adapta a la personalidad del sujeto falsamente consolado por él, proponiendo como tema de sus consolaciones inducidas lo que va más en consonancia con las inclinaciones o defectos que en él predominan… Si está afectado por algunos conflictos inconscientes, puede servirse de aquellos fondos, o del ansia de salir de ellos y de curar sus inconsistencias, para atraerlo a determinaciones irracionales o imposibles» (Ruiz Jurado, El discernimiento espiritual, 245-246).
  20. «El mal espíritu, disfrazado de ángel de luz, se repite en sus jugarretas; y sus engaños, para quien lo ha ido reconociendo, son engaños acostumbrados» (Gil, Discernimiento según San Ignacio, 350).
  21. Como enseñaba la regla decimocuarta de la primera semana.
  22. Gil, Discernimiento según San Ignacio, 349-350.
  23. Reglas duodécima a decimocuarta de la primera semana.
  24. «El ejercitante que busca la voluntad de Dios hacia él, ya en una misteriosa pero grande cercanía de las Divinas Personas, a veces se mueve en la dirección por donde se halla la voluntad divina para él, otras veces se descamina, o se aparta, o se aleja de ella» (Gil, Discernimiento según San Ignacio, 356). No se trata, por tanto, de culpa moral, sino de engaño espiritual. Lógicamente el enemigo intentará apartar al alma de la voluntad de Dios proponiendo cosas buenas, incluso mejores, pero distintas de la voluntad de Dios. Para Ruiz Jurado, El discernimiento espiritual, 241, siguiendo a A. Galiardi, se trata de personas que «comienzan a proceder de mal en peor, a enfriarse, perder espíritu y disiparse, caen en tibieza…y son equiparables en su actitud con respecto a la perfección, a la de los malos en su actitud hacia la gracia».
  25. Nótese que en este «tratadito de la consolación con causa» para la segunda etapa, la quinta regla se fijaba en el final de la consolación para compararlo con el inicio, la sexta aprendía del «poco a poco» en el transcurso de los pensamientos de la consolación y esta séptima etapa se fija en el inicio para buscar luz a través de la disposición que el alma tiene en esos momentos.
  26. En este sentido es importante conocer esta disposición del alma para el discernimiento de la consolación sin causa, como lo era saber si la persona se alejaba o se acercaba a Dios en las reglas primera y segunda de la primera semana para saber reconocer qué espíritu estaba actuando en esa persona.
  27. Resulta muy peligroso tratar de discernir por uno mismo si el ruido o el silencio que provoca la moción provienen del buen o del mal espíritu. Un director espiritual experimentado podría reconocer las diferencias existentes entre la quietud que provoca el buen espíritu en el alma bien dispuesta y la tranquilidad que surge en ella cuando la mala disposición del sujeto encaja con la acción del mal espíritu. Se trata, pues, de distinguir la paz y la alegría verdaderas de las falsificaciones del enemigo.
  28. La imagen tiene el límite de que mientras la gota de agua no entra en la piedra, la consolación sí entra en el alma, aunque lo haga con ruido.
  29. Toner, A Commentary on Saint Ignatius’ Rules, 239, ofrece algunos matices: a) El Espíritu Santo actúa tan dulcemente en este caso que puede pasar desapercibido si no se está acostumbrado y atento a percibir su presencia; b) en un primer momento el impulso puede sorprender e inquietar, pero enseguida dará paz; c) la paz que produce el Espíritu Santo puede estar mezclada con dolor o miedo si empuja a afrontar algo doloroso o difícil; d) incluso en los que avanzan puede haber dimensiones que aún no están dirigidas hacia Dios y experimenten cierta inquietud.
  30. «Es más bien la opción coyuntural, la disposición provisoria, las aproximaciones y alejamientos respecto al camino concreto que Dios tiene dispuesto para él» (Gil, Discernimiento según San Ignacio, 369). En la p. 364, relaciona la disposición del alma con la actitud del ejercitante en el proceso de hacer elección: si se dispone hacia una parte u otra de la elección, o si ha alcanzado el grado de libertad y humildad suficiente: tercer binario y tercer grado de humildad. Recuérdese lo dicho en la n. 24.
  31. «Será necesario haber tomado antes experiencia del final, y del medio, para poder, tal vez, distinguir también los comienzos» (Gil, Discernimiento según San Ignacio, 362).
  32. Arzubialde, Ejercicios Espirituales, 750. En la p. 750-751 perfila este tipo de discernimiento señalando que se basa en una relación con Dios en la que todo se sitúa y es interpretado desde el amor y la entrega incondicional a Dios, gracias a una comunión habitual con el Espíritu Santo.
  33. Cf. Gil, Discernimiento según San Ignacio, 371.
  34. Por eso Gil, Discernimiento según San Ignacio, 361, propone no plantear esta regla si no se tiene suficiente humildad y docilidad. Buckley, Discernment of the Spirits, 35, señala las etapas del crecimiento de la sensibilidad espiritual capaz de detectar este engaño en el comienzo de la consolación: a) con la regla sexta de la segunda semana se aprende a percibir las consecuencias malas o menos buenas cuando aparecen claramente una vez que ya se ha dado el engaño; b) al hacer repetidamente este ejercicio con las consolaciones engañosas pasadas, se aprende a percibir cuando los pensamientos empiezan a desviarse en el trascurso mismo del proceso; c) al final se llega a percibir la huella del enemigo en la experiencia original de la consolación.