Seleccionar página

Descargar este documento en formato Pdf

Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Introducción

Hemos ido contemplando a través de la lectura de estos capítulos del Éxodo que Dios va preparando y enseñando al pueblo con el hambre y la sed para que se sienta pobre, se sepa necesitado y se haga humilde. Los prodigios que Dios realiza en esas situaciones tienen la finalidad de que Israel sepa que tiene un Salvador y lo recuerde cuando no pueda darse a sí mismo lo que necesita. Eso es lo mismo que el autor sagrado pretende suscitar en nosotros con su relato: que nos reconozcamos humildes y dependientes. Es lo que descubrimos en otros lugares de la Escritura y que está dirigido a nosotros hoy:

Guárdate de olvidar al Señor, tu Dios, no observando sus preceptos, sus mandatos y sus decretos que yo te mando hoy. No sea que, cuando comas hasta saciarte, cuando edifiques casas hermosas y las habites, cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes en todo, se engría tu corazón y olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres, para afligirte y probarte, y para hacerte el bien al final. Y no pienses: «Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas». Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza, a fin de mantener la alianza que juró a tus padres, como lo hace hoy (Dt 8,11-18).

Con estas palabras el autor inspirado quiere recordarnos que aunque nos estabilicemos, tengamos medios económicos y todo nos vaya bien, todo se lo debemos al Señor, porque él es quien nos ha liberado de pecados, pasiones y ataduras; el que nos ayuda a recorrer el desierto de esta vida; el que en medio del desierto que supone este mundo sin Dios ha hecho brotar de la roca que es Cristo, el agua viva que es el Espíritu; es él quien nos alimenta con el maná de la Eucaristía y el que nos aflige y nos prueba. No es justo atribuir a Dios los bienes e intentar justificar a Dios por los males: todo procede de Dios, los bienes y los males. Por medio de los males nos aflige, nos prueba y nos fortalece. Con una cosa y con otra nos recuerda que es él quien nos da fuerza: él permite las pruebas y él da la fuerza para superarlas. Sin él no podemos hacer nada. Nunca nos ha prometido un camino cómodo, sino que nos ha garantizado su protección siempre y en todo.

Mientras el hombre está muy debilitado, maltratado por la perversa tiranía, no rechaza por sí mismo al enemigo tampoco puede. Otro es el que se hace compañero de combate de los débiles, el que hiere al enemigo con sucesivos golpes. Pero, una vez que ha sido liberado de la esclavitud de los opresores y ha sido endulzado por el leño y ha descansado de la fatiga en la acampada de las palmeras y ha conocido el misterio de la piedra y ha participado del alimento del cielo, entonces no rechaza al enemigo por mano de otro sino que, como quien ha abandonado la edad de la niñez y ha alcanzado la cima de la juventud, él mismo lucha cuerpo a cuerpo contra los adversarios, sin tener ya como general a Moisés el siervo de Dios, sino al mismo Dios del cual es siervo Moisés (San Gregorio de Nisa, Sobre la vida de Moisés, 148).

San Gregorio de Nisa muestra como el pueblo de Dios, al principio, necesita que Dios luche por él sin que pueda hacer nada, como cuando le libra de las manos del faraón en el paso del mar Rojo. Pero, después de todas las experiencias que ha tenido en el desierto se va fortaleciendo para luchar por sí mismo con la ayuda de Dios. Desde luego, este santo padre interpreta todos estos acontecimientos desde el punto de vista de la vida cristiana, y nos dice que todo ese camino tiene también para nosotros el mismo efecto, porque también nosotros, después de ser liberados y recibir de Dios el reposo, la dulzura, la comida y la bebida espiritual, estamos preparados para la lucha que nos toca.

La victoria sobre Amalec (Ex 17,8-16)


Pauwels Casteels (1649–1677), Josué venciendo a Amalec

Texto bíblico

8Amalec vino y atacó a Israel en Refidín. 9Moisés dijo a Josué: «Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón de Dios en la mano». 10Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; entretanto, Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte. 11Mientras Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel; mientras las tenía bajadas, vencía Amalec. 12Y, como le pesaban los brazos, sus compañeros tomaron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras, Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así resistieron en alto sus brazos hasta la puesta del sol. 13Josué derrotó a Amalec y a su pueblo, a filo de espada. 14El Señor dijo a Moisés: «Escribe esto en un libro para recuerdo y trasmítele a Josué que yo borraré la memoria de Amalec bajo el cielo». 15Moisés levantó un altar y lo llamó «Señor, mi estandarte», 16diciendo: «Porque su mano se ha levantado contra el estandarte del Señor, el Señor está en guerra con Amalec de generación en generación» (Ex 17,8-16).

Lectio

[v. 8] Se trata del primer combate al que se enfrenta el pueblo de Dios después de salir de la esclavitud de Egipto.

Los amalecitas son una tribu nómada del desierto que se dedicaba fundamentalmente a la cría de ganado en pequeños rebaños y al robo. Eran temidos por los egipcios, que reforzaban la frontera este de su imperio para defenderse precisamente de estos amalecitas. Vivían al sur de Palestina, debajo del Negueb, en la parte norte de la península del Sinaí. Las caravanas que atravesaban la península del Sinaí eran conscientes del peligro de ser asaltadas por estas tribus nómadas. Al encontrarse con los israelitas, los amalecitas los atacan con el objetivo de quedarse con su ganado y con todo el botín que habían conseguido de los egipcios (Ex 12,35-36).

Este ataque está descrito en otros lugares de la Biblia:

Recuerda lo que te hizo Amalec en el camino, a tu salida de Egipto; cómo te salió al paso en el camino cuando ibas agotado y extenuado y atacó por la espalda a todos los rezagados, sin temor de Dios (Dt 25,17-18).

En este relato aparece como los amalecitas se aprovechan del cansancio del pueblo de Dios que caminan por el desierto y atacan la columna por la parte más vulnerable, por los rezagados.

Los israelitas, después de tantos años de esclavitud, no están preparados para la batalla, y Dios quiere a entrenar a su pueblo para que pueda conquistar la Tierra Prometida. Como decía san Gregorio de Nisa, Dios los va educando: en el mar Rojo es Dios el que lucha solo porque no tienen capacidad de oponerse al ejército del faraón, pero ahora ya no van a ser simples testigos de la victoria de Dios; es Dios el que va a vencer, pero ellos van a tener que combatir contra los amalecitas. Con estos combates, Israel se irá fortaleciendo y capacitando para las batallas que les esperan.

[vv. 9-13] Es Josué el que está al frente de los guerreros de Israel, pero el autor del libro del Éxodo no duda en atribuir la victoria a Dios por medio de la oración de Moisés. El pueblo de Israel deberá tener siempre claro que la victoria es de Dios; y que, si olvidan esta realidad y se creen autosuficientes, serán derrotados. Han de ser siempre conscientes de que la victoria no se la dan las armas, el número de soldados o la estrategia militar, sino que Dios luche a su favor, o mejor dicho, que ellos luchen las guerras de Dios. Podemos verlo en el caso de rey David contra Goliat, un gigante enorme, bien pertrechado y acostumbrado a la batalla, al que se enfrenta David, un muchacho que ni siquiera puede ponerse la armadura de los guerreros porque no está entrenado a llevarla. Es evidente, desde la lógica de la guerra, que David no puede vencer; pero ante las bravuconadas blasfemas de Goliat, ésta es la respuesta de David:

David le respondió: «Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina. En cambio, yo voy contra ti en nombre del Señor del universo, Dios de los escuadrones de Israel al que has insultado. El Señor te va a entregar hoy en mis manos, te mataré, te arrancaré la cabeza y hoy mismo entregaré tu cadáver y los del ejército filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra. Y toda la tierra sabrá que hay un Dios de Israel. Todos los aquí reunidos sabrán que el Señor no salva con espada ni lanza, porque la guerra es del Señor y os va a entregar en nuestras manos» (1Sm 17,45-47).

Queda claro, por las palabras de David y por la desproporción entre ambos combatientes, que es Dios el que otorga la victoria.

Para nosotros esta realidad es muy desconcertante porque, una vez más, pone sobre el tapete que Dios es parcial, que Dios va con un pueblo que es su propiedad.

En el caso de Judas Macabeo aparece la misma convicción de fe del pueblo de Dios, cuando con un puñado de soldados judíos se tiene que enfrentar a un ejército pagano bien organizado que viene a atacarlos. Los compañeros de Judas le dicen que es preferible huir y volver con refuerzos:

Judas respondió: «Es fácil que muchos caigan en manos de pocos, pues al Cielolo mismo le cuesta salvar con muchos que con pocos; la victoria no depende del número de soldados, pues la fuerza llega del cielo» (1Mac 3,18-19).

Se juegan la vida en una lucha desigual en virtud de la confianza en que Dios les va a dar la victoria, y así sucede.

Es justo lo opuesto a lo que hacemos nosotros en las tareas pastorales y eclesiales: contamos con nuestras fuerzas, capacidades, organización. Nos apoyamos en nuestra eficacia y así nos va. Si no batallamos las batallas de Dios con las armas de Dios y con la confianza puesta en él, todos nuestros esfuerzos e iniciativas serán un fracaso. Es lo mismo que hace Jesús cuando envía a los setenta y dos y les dice: «No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias» (Lc 10,4), porque la eficacia no depende de los medios ni de las capacidades humanas. Tampoco en lo personal debemos hacer depender nuestra entrega y nuestro compromiso de tener los medios y las capacidades humanamente necesarios. La formación es buena, pero no pensemos que la eficacia de nuestro apostolado depende de nuestra formación. Nosotros ponemos signos que señalen a Cristo, como hizo Juan el Bautista al señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29), pero no está en nuestra mano conseguir la fe y la conversión de los demás, como si dependiera de nuestras capacidades y métodos. Si pretendemos tener la seguridad de una eficacia basada en nuestras fuerzas para exigirle luego la victoria al Señor, el fracaso estará asegurado, porque la victoria es del Señor y no permite que nadie se la arrebate.

Este relato de la lucha de Israel contra los amalecitas nos enseña que para que se dé la victoria se necesitan dos acciones:

  • -Por un lado, como es normal, hace falta el esfuerzo de los combatientes: su tarea es la lucha. Es verdad que Moisés no le da gran importancia al número de soldados, simplemente le dice a Josué: «Escoge unos cuantos hombres» (v. 9). No le dice que salga con todos los hombres posibles, ni calcula cuántos hombres tiene y cuántos necesita. Lo cual es señal de que confía en la ayuda de Dios, como hará más tarde Judas Macabeo.
  • -Por otro lado, Moisés sube al monte a orar con el bastón en la mano. La tarea de Moisés es la intercesión.

Lo sorprendente es que el autor sagrado atribuye la victoria no tanto a Josué, sino a Moisés orando con los brazos en alto. De que mantenga la oración o no depende que venza uno u otro bando (v. 11).

En este relato encontramos varias imágenes que nos conducen a Cristo. El que conduce la batalla es Josué, que es el mismo nombre en hebreo que Jesús. Moisés ora con los brazos en alto, como Cristo en la cruz, que eleva al Padre su oración. La lucha dura hasta el atardecer, cuando culmina la pasión de Cristo. Los Santos Padres también indican la piedra sobre la que se apoya Moisés, sin la cual no puede mantener su oración con los brazos en alto, lo que supondría la derrota de Israel: la roca, como ya sabemos, es Cristo (cf. 1Co 10,4).

También nosotros en la Eucaristía rezamos no sólo por Cristo y con él, sino también en él, apoyados en él como Moisés en la roca.

Este pasaje del libro del Éxodo tiene una gran importancia porque nos muestra que sólo se vencen las batallas de Dios si hay adoradores e intercesores. No sólo hacen falta «soldados» (predicadores, catequistas, misioneros), sino también intercesores que se dedicar a orar, que, según nos dice aquí la Palabra inspirada, son aún más necesarios.

Cuando nosotros queremos realizar obras, aunque sean para Dios, y lo intentamos sólo con nuestras propias fuerzas, nos estamos olvidando que es necesario orar y nos dirigimos al fracaso. Esto debe ser una llamada de atención a la Iglesia actual que tiende a dar una primacía a la acción, a la planificación, a los medios humanos, y se olvida de la oración y de la intercesión, de que «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal 127,1).

Esto nos ayuda a descubrir que en la Iglesia hay dos vocaciones: activa y contemplativa, aunque estas dos vocaciones se hacen presentes en cada persona, porque todos de un modo u otro tenemos que luchar y que orar. No debemos olvidarnos de la dimensión orante de nuestra vida cristiana desarrollando sólo la actividad y el compromiso. También hay una lucha en la oración, imitando al Señor que pasa las noches en oración y que lucha y vence al enemigo en la oración del desierto y en el combate de Getsemaní, como veremos enseguida.

Podríamos encontrar en este relato una tercera vocación: los que sostienen los brazos de Moisés. Podemos descubrir aquí que el que intercede lleva demasiado peso y no puede llevarlo él solo, necesita alguien que le sostenga. Es lo que hace el Señor cuando va a orar en el Huerto y le pide a los apóstoles: «Quedaos aquí y velad conmigo» (Mt 26,38). No se trata de una mera compañía, sino de una verdadera ayuda en la oración. El Señor les pide que le sostengan, pero los apóstoles se durmieron.

Hay elegidos que no pueden llevar a cabo su misión si no hay otros que les sostengan, como el hermano León que acompaña a san Francisco: no es el que recibe la misión ni lleva a cabo la tarea encomendada, pero es el que sostiene al elegido por Dios. Una demandadera de un monasterio está al servicio de los que oran para que puedan realizar su misión intercesora.

Vemos que la lucha es del pueblo en su conjunto: cada uno tiene su lugar y su responsabilidad. Nadie puede dejar su puesto para cubrir el de otro.

También aquí podemos detectar otro grave error de la Iglesia de nuestro tiempo: estamos abandonando la intercesión para que los llamados a esta tarea cubran otros puestos que nos parecen más importantes. Nadie está en su sitio: los monjes se dedican a la vida activa, los religiosos y sacerdotes se dedican a tareas seculares y los laicos o se diluyen en el mundo o añoran tareas clericales. Cada uno debe ser fiel a su vocación para que la Iglesia pueda llevar a cabo su misión con éxito. Es cierto que en todos hay una necesidad de oración, una tarea de intercesión y unas acciones en la vida cotidiana que hay que realizar, una coherencia de vida entre la oración y la acción. Pero cada uno tiene una vocación concreta que debe descubrir para estar en el puesto en el que Dios le ha colocado. No sólo hace falta una Iglesia misionera que salga al mundo, también hace falta la Iglesia orante que desde una celda mueve a los misioneros y obtiene las conversiones: el monje se introduce a su manera en el corazón del mundo, por medio de su tarea intercesora en lo oculto.

[vv. 14-16] Aparece al final una oposición entre Amalec y Dios, porque ha atacado a su pueblo; una oposición que durará para siempre, hasta que los amalecitas desaparezcan:

Por eso, cuando el Señor, tu Dios, te conceda descanso de tus enemigos de alrededor, en la tierra que el Señor, tu Dios, te da en herencia para que la poseas, borrarás la memoria de Amalec bajo el cielo. No lo olvides (Dt 25,19).

En 1Sm 15,7-9, vemos como se cumple está promesa:

Saúl batió luego a Amalec, desde Javila a la entrada de Sur, que está frente a Egipto. Capturó vivo a Agag, rey de Amalec. En cambio, entregó al anatema a todo el pueblo, exterminándolo completamente a filo de espada. Pero Saúl y el pueblo perdonaron a Agag y a lo más selecto de las vacas y de las ovejas, de los segundos partos, de los corderos y todo lo bueno. Y no quisieron entregar al anatema sino los objetos despreciables y de poco valor (1Sm 15,7-9).

Amalec queda destruido completamente porque ha atacado al pueblo que es propiedad de Dios. Aunque la desobediencia que comete Saúl en ese momento le costará ser depuesto por Dios como rey de Israel.

La visita de Moisés a Jetró (Ex 18,1-12)

Texto bíblico

1Jetró, sacerdote de Madián, suegro de Moisés, se enteró de cuanto había hecho Dios en favor de Moisés y de Israel, su pueblo, y cómo el Señor había sacado a Israel de Egipto. 2Jetró, suegro de Moisés, tomó a Séfora, mujer de Moisés, a la que este había despedido, 3y a sus hijos: uno se llamaba Guersón (pues Moisés dijo: «Forastero soy en tierra extraña») 4y el otro se llamaba Eliécer (pues dijo Moisés: «El Dios de mi padre me auxilió y me libró de la espada del faraón»).

5Jetró, suegro de Moisés, fue a ver a Moisés, con los hijos y la mujer de Moisés, al desierto, donde estaba acampado junto al monte de Dios, 6y mandó a decir a Moisés: «Yo, tu suegro Jetró, vengo a verte con tu mujer y tus dos hijos». 7Moisés salió al encuentro de su suegro, se postró, lo besó y, después de saludarse los dos, entraron en la tienda.

8Moisés contó a su suegro todo lo que el Señor había hecho al faraón y a Egipto en favor de Israel y todos los contratiempos que habían tenido por el camino, y cómo les había librado el Señor. 9Jetró se alegró de todo el bien que el Señor había hecho a Israel, librándolo de la mano de los egipcios, 10y dijo: «Bendito sea el Señor que os ha librado de la mano de los egipcios y de la mano del faraón y ha salvado al pueblo del poder de los egipcios. 11Ahora reconozco que el Señor es más grande que todos los dioses, porque os libró del dominio egipcio cuando os trataban con tiranía». 12Después Jetró, suegro de Moisés, ofreció un holocausto y sacrificios a Dios; y Aarón y todos los ancianos de Israel vinieron a comer con el suegro de Moisés en presencia de Dios (Ex 18,1-12).

Lectio

[vv. 1-7] Recordemos que Jetró, sacerdote de Madián, es el que acoge a Moisés cuando huye del faraón. Moisés se casa con Séfora, hija de Moisés; y, viviendo en casa de su suegro, Moisés tiene a su primer hijo Guersón (cf. Ex 2,15-22). En esta ocasión nos enteramos de que Moisés tiene un segundo hijo, Eliécer. Pastoreando el rebaño de Jetró es cuando Moisés se encuentra con Dios por medio de la zarza ardiente (Ex 3,1-2).

Es significativo que los hijos de Moisés y su descendencia prácticamente desaparezcan de la historia de Israel1, a diferencia de lo que sucede con la importancia que tendrán los hijos de Aarón, dentro de la tribu sacerdotal de Leví. La generosidad de Moisés hace que renuncie a sus intereses personales, no busca que sus hijos sean herederos del sacerdocio, aunque el Señor le ofrezca formar a su pueblo sólo de su descendencia (cf. Ex 32,10-14).

Cuando el texto dice que Moisés «había despedido» a Séfora no significa que la haya repudiado, sino que la había dejado en casa de su padre mientras iba a liberar a su pueblo de la esclavitud del faraón.

Jetró se entera de todo lo sucedido a Moisés y al pueblo de Dios y sale a su encuentro, con la mujer y los hijos de Moisés. El v. 5 nos informa de que el pueblo está ya muy cerca del monte de Dios, el Sinaí; y el v. 8 nos habla de la hospitalidad propia de los pueblos del oriente.

[vv. 8-12] Después de que Moisés relata a su suegro todo lo sucedido, este hombre se da cuenta de que Yahweh es el Dios más poderoso, más poderoso que los dioses de Egipto. Y lo proclama él que es sacerdote de otro dios: no sabemos si Jetró se convirtió hasta el punto de abandonar a sus dioses, pero reconoce que sólo el Dios de Israel es capaz de hacer semejantes prodigios.

La institución de los jueces (Ex 18,13-27)

Texto bíblico

13Al día siguiente, Moisés se sentó a resolver los asuntos del pueblo y todo el pueblo acudía a él, de la mañana a la noche. 14Viendo el suegro de Moisés todo lo que hacía este por el pueblo, le dijo: «¿Qué es lo que haces por este pueblo? ¿Por qué estás sentado tú solo mientras todo el pueblo acude a ti, de la mañana a la noche?». 15Moisés respondió a su suegro: «El pueblo acude a mí para consultar a Dios; 16cuando tienen un pleito, vienen a mí y yo decido entre unos y otros, y les enseño los mandatos del Señor y sus instrucciones». 17El suegro de Moisés le replicó: «No está bien lo que haces; 18os estáis matando tú y el pueblo que te acompaña. La tarea es demasiado grande y no puedes despacharla tú solo. 19Ahora, escúchame: te voy a dar un consejo, y que Dios esté contigo. Tú representas al pueblo ante Dios y presentas ante Dios sus asuntos. 20Incúlcales los mandatos y las instrucciones, enséñales el camino que deben seguir y las acciones que deben realizar. 21Después busca entre todo el pueblo algunos hombres valientes, temerosos de Dios, sinceros y enemigos del soborno, y establece de entre ellos jefes de mil, de cien, de cincuenta y de veinte. 22Ellos administrarán justicia al pueblo regularmente: los asuntos graves, que te los pasen a ti; los asuntos sencillos, que los resuelvan ellos. Así aligerarás tu carga, pues ellos la compartirán contigo. 23Si haces lo que te digo, cumplirás lo que Dios te manda y podrás resistir, y el pueblo se volverá a casa en paz».

24Moisés aceptó el consejo de su suegro e hizo lo que le decía. 25Escogió entre todo Israel hombres valientes y los puso al frente del pueblo, como jefes de mil, de cien, de cincuenta y de veinte. 26Ellos administraban justicia al pueblo regularmente: los asuntos complicados se los pasaban a Moisés, los sencillos los resolvían ellos. 27Luego Moisés despidió a su suegro, que se volvió a su tierra (Ex 18,13-27).

Lectio

Como en pasajes anteriores, p. ej., el de las codornices, tenemos un relato paralelo en el libro de los Números, y surge la duda de si este suceso se localiza aquí en Refidín como hace el libro del Éxodo o sucede después de la alianza en el Sinaí, como indica el libro de los Números.

  • -Podemos pensar que sucede en este momento, porque Moisés no hubiera podido aguantar mucho tiempo llevando el sólo todo el peso del pueblo de Israel. A lo largo del relato del Éxodo comprobamos que Dios los va organizando desde muy pronto, por lo que es muy verosímil que la institución de estos jueces se realizara una sola vez y antes de llegar al monte Sinaí.
  • -Pero, por otro lado, cuando llegan al Sinaí y Moisés tiene que subir al monte para recibir las tablas de la ley, él pone a Aarón y a Jur al frente de los asuntos del pueblo (Ex 24,14). Parece que no tendría sentido, si ya se habían elegido los jueces con anterioridad.

Moisés se desvive por el pueblo y atiende sus asuntos de la mañana a la noche. Jetró se da cuenta de que ese ritmo es insostenible para Moisés y que para el pueblo es un problema tener que esperar tanto tiempo a que se resuelvan sus pleitos. Su suegro le da un consejo que Moisés acepta. De nuevo aparece la humildad de Moisés que, después de haber actuado con poder en nombre de Dios, acepta el consejo de su suegro. La humildad de Moisés le permite encontrar la voluntad de Dios: Moisés habla con Dios cara a cara, pero acepta que sea su suegro el que le haga ver el problema y la solución.

A nosotros nos viene bien saber que la luz y la verdad nos pueden llegar por cualquier camino. Debemos estar atentos porque Dios puede indicarnos su voluntad de mil maneras. Para reconocer la voluntad de Dios por medio de cauces más pobres y sorprendentes se necesita humildad, y nosotros a veces no nos dejamos guiar debido a nuestra soberbia.

Es muy interesante lo que dice Moisés en el v. 16, porque él no hace sólo de juez, sino de maestro (cf. también el v. 20). Al dirimir los pleitos va creando toda una jurisprudencia con la que va aplicando lo que le muestra el Señor. No sólo juzga, sino que instruye al pueblo según la mentalidad de Dios. Esta enseñanza es muy necesaria para que el pueblo vaya aprendiendo la voluntad de Dios.

Es necesario caer en la cuenta de que, en toda esta enseñanza, que viene de Dios, hay también influencias de las culturas que rodean a Israel. Moisés recibe la palabra de Dios, pero no hay que olvidar que fue educado como príncipe de Egipto, estudió la sabiduría de los egipcios y sus leyes, probablemente se le preparó para ser una especie de ministro de los hebreos. A la vez, en el tiempo que pasó en el desierto, conoció el estilo de vida y las normas de las tribus del desierto. También estaba en contacto con las normas de los patriarcas que seguían vivas en su pueblo, que era celoso de su tradición. No debemos pensar que todas las normas que Moisés enseña son totalmente nuevas, sino que muchas de ellas estaban en el ambiente; algunas las iba descubriendo y aplicando según aparecían las dificultades ayudado por la gracia ordinaria de Dios, y, sin lugar a duda, muchas también fueron inspiradas directamente por Dios. Moisés va aplicando en lo concreto lo que el Señor le va enseñando, de manera que cuando el pueblo acude a Moisés, espera que él le enseñe y lo juzgue en nombre de Dios. En esto consiste es el profetismo de Moisés: hablar en nombre de Dios.

Nosotros tenemos algo similar en la Nueva Alianza: san Pablo aplica las normas que él ha recibido, pero en algunas cuestiones él da su opinión, y esa opinión que aparece en las Escrituras inspiradas nos vincula porque son Palabra de Dios. Por ejemplo, en 1Co 7,8-12, donde distingue lo que Dios dice a las comunidades y lo que a la luz de Dios va descubriendo y añadiendo a la doctrina.

Ahora bien, a los no casados y a las viudas les digo: es bueno que se mantengan como yo. Pero si no se contienen, cásense; es mejor casarse que abrasarse. A los casados les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido; pero si se separa, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con el marido; y que el marido no repudie a la mujer. A los otros les digo yo, no el Señor: si un hermano tiene una mujer no creyente y ella está de acuerdo en vivir con él, que no la repudie (1Co 7,8-12; cf. v. 25).

Moisés asume una labor pedagógica, es como la nodriza que cría y educa al pueblo, por eso Dios le da tantos dones, de modo que pueda conocer a Dios y mostrárselo al pueblo.

Jetró, en el v. 19, define la doble misión de Moisés: de cara a Dios representa al pueblo, y de cara al pueblo lo instruye en nombre de Dios. La primera la podríamos llamar sacerdotal: representar al pueblo ante Dios; la va a ejercer de modo especial después del pecado de Israel. Pero también tiene una misión que podría denominarse pastoral, porque debe instruir al pueblo, dirigiéndose a ellos en nombre de Dios.

Esta doble misión es la típica de toda mediación, que aparece claramente, p. ej., en los presbíteros en la celebración de la Eucaristía: bendice y predica en nombre de Dios, y en la plegaria eucarística se dirige a Dios en nombre del pueblo. Pero, como el bautismo nos hace a todos mediadores, todo cristiano debe ser consciente de esta doble misión: presentar ante Dios las necesidades del mundo y llevar a los hombres las palabras de Dios: intercesión y apostolado.

El consejo de Jetró es que busque colaboradores, organizando al pueblo por grupos pequeños, de 20, con sus jefes, que se articulan en grupos más grandes, hasta de mil (50 grupos de 20), que tienen también sus jefes. Lo significativo son las características que deben tener esos jefes (v. 21): «valientes, temerosos de Dios, sinceros y enemigos del soborno». Han de ser valientes porque deberán enfrentarse con Dios y con los hombres, van a tener que decirle al pueblo lo que no le gusta y no pueden dejarse llevar por las presiones. Deben ser temerosos de Dios, deben tener más respeto a Dios y a su ley que a los hombres, sus costumbres y sus presiones. Sinceros y enemigos del soborno, sin dejarse llevar por intereses, sino que sean claros y fieles a la voluntad de Dios.

Nuestra Iglesia debe aprender de la valentía para ser libre de decir la verdad a un mundo que no quiere escucharla: ser fiel al mensaje de Dios exige hoy una gran valentía, especialmente por parte de los pastores. También hay que ser valientes para ponerse ante Dios y decir como Moisés: «Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo haciéndose dioses de oro. Pero ahora, o perdonas su pecado o me borras del libro que has escrito» (Ex 32,31-32).

Estos jueces se encargarán de los casos cotidianos más sencillos y Moisés de los más complicados.

Dios busca siempre un trabajo en comunidad. La misión es demasiado grande, incluso para el pueblo; pero es el mismo Dios quien quiere contar con nosotros. Los elegidos por Dios son de una forma singular los que tienen más conciencia de que necesitan la ayuda de otros. El mismo Dios pide esa colaboración, por ejemplo, a Isaías: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?» (Is 6,8). A la vez que hay una responsabilidad clara en los elegidos de Dios que conlleva unos dones y una tarea determinada e irremplazable, es necesaria la participación de todos según su vocación, dones y misión. La colaboración en la Iglesia no se realiza al modo de las democracias, por simple elección, mucho menos por luchas de unos contra otros. Camina la comunidad entera, pero esa comunidad tiene una estructura, es un cuerpo. La delegación no es algo meramente práctico, sino algo que el Señor quiere.

La comunidad de los israelitas se va estructurando, de modo que va a llegar al Sinaí con una experiencia de que Dios responde a sus necesidades y como un cuerpo organizado. Dios no quiere que su pueblo sea un grupo amorfo, sino que tenga una armonía como la de un organismo. Esto que vemos en la elección de los jueces llega a su culmen en la imagen de la Iglesia como un cuerpo que ofrece san Pablo (1Co 12,4-30), que manifiesta la predilección de Dios por la armonía dentro de la diversidad, por medio de la colaboración de todos desde la propia identidad y gracia recibida.

Lo más opuesto a lo que Dios quiere es una comunidad, una parroquia o un grupo en el que uno manda y los demás son la tropa que simplemente obedece. Cada uno debe descubrir cuál es su lugar en el cuerpo de la Iglesia en sus diversos niveles, lugar que depende de su propia vocación y misión. Hace falta un discernimiento personal para encontrar el lugar en el que Dios me pone, que encajará necesariamente con los demás. Esta falta de discernimiento es signo de una comunidad con una fe muy débil. El demonio lo que quiere es confusión, falta de claridad en la misión de cada uno, que necesariamente llevará a la división y romperá la armonía querida por Dios. Un ejemplo muy claro de esta diversidad de carismas en la Iglesia constituida como un organismo lo tenemos en la Iglesia naciente, en la que enseguida surgen los ministerios y funciones que son necesarios y que precisan de armonía.

· · ·


Jacob de Wit, Moisés elige setenta ancianos (1739)

Esta misma institución de los jueces la encontramos en el libro de los Números. En esta ocasión, el relato está unido a las quejas del pueblo, cansado de comer maná y al que Dios le promete darle carne para comer:

14«Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues supera mis fuerzas. 15Si me vas a tratar así, hazme morir, por favor, si he hallado gracia a tus ojos; así no veré más mi desventura».

16El Señor respondió a Moisés: «Tráeme setenta ancianos de Israel, de los que te conste que son ancianos servidores del pueblo, llévalos a la Tienda del Encuentro y que esperen allá contigo. 17Bajaré a hablar contigo y apartaré una parte del espíritu que posees y se la pasaré a ellos, para que se repartan contigo la carga del pueblo y no la tengas que llevar tú solo» […].

24Moisés salió y comunicó al pueblo las palabras del Señor. Después reunió a los setenta ancianos y los colocó alrededor de la tienda.

25El Señor bajó en la Nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. En cuanto se posó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar. Pero no volvieron a hacerlo.

26Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque eran de los designados, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento.

27Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento».

28Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: «Señor mío, Moisés, prohíbeselo». 29Moisés le respondió: «¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!».

30Luego Moisés volvió al campamento con los ancianos de Israel (Nm 11,14-17.24-30).

También encontramos este acontecimiento narrado por el propio Moisés al comienzo del libro del Deuteronomio:

9Entonces yo os dije: «Yo solo no puedo cargar con vosotros. 10El Señor, vuestro Dios, os ha multiplicado, y hoy sois tan numerosos como las estrellas del cielo. 11Que el Señor, Dios de vuestros antepasados, os haga crecer mil veces más y os bendiga, como os prometió. 12Pero ¿cómo voy a soportar yo solo vuestras cargas, vuestros asuntos y vuestros pleitos? 13Elegid entre vuestras tribus hombres sabios, prudentes y expertos, y yo los nombraré jefes vuestros». 14Y me contestasteis: «Está bien lo que nos propones».

15Entonces tomé de los jefes de vuestras tribus, hombres sabios y expertos, y los constituí jefes vuestros: jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez, y oficiales para vuestras tribus. 16Y di esta orden a vuestros jueces: «Escuchad a vuestros hermanos y juzgad con justicia las causas que surjan entre vuestros hermanos o con emigrantes. 17No seáis parciales en la sentencia, oíd por igual a pequeños y grandes; no os dejéis intimidar por nadie, que la sentencia es de Dios. Si una causa os resulta demasiado difícil, pasádmela, y yo la resolveré». 18En aquella circunstancia os mandé todo lo que teníais que hacer (Dt 1,9-18).

Aparecen enseguida algunas diferencias con la narración de Ex 18:

  • -En el libro de los Números, la idea de instituir jueces que ayuden a Moisés no es de Jetró, sino la respuesta de Dios a la queja de Moisés. En el Deuteronomio aparece como una iniciativa de Moisés.
  • -En Números se habla de 70 ancianos, mientras que en los otros dos se habla de jefes de grupos en distintos niveles2.
  • -Si el Éxodo subrayaba la valentía necesaria para estos jueces, en Números sólo se dice que sean «servidores del pueblo», mientras que Deuteronomio insiste en que no deben ser parciales y da una razón poderosa: «La sentencia es de Dios» (Nm 1,17): han de oír a todos, independientemente de su riqueza o su poder, teniendo la libertad necesaria para no dejarse intimidar por nadie, porque la respuesta que deben dar no es la que a ellos se les ocurra, sino la que Dios quiere dar.

En cualquier caso, sea de quien sea la iniciativa, el último sujeto de la institución de los jueces es Dios, que se apiada de Moisés. Dios es consiente de lo que se queja Moisés, porque es imposible que uno solo realice la misión (Nm 11,17). La misión siempre genera una implicación que afecta a toda la vida y es agotadora. Dios dispone colaboradores por un motivo práctico, porque uno solo no puede, pero también porque es el estilo del Señor. Lo podemos ver también en los santos, como san Francisco Javier, que agotado de su misión busca colaboradores y envía cartas a la universidad de París y pide ayuda por tantas almas que se pierden por no conocer a Jesús.

Aparece de nuevo la humildad de Moisés, que desea que otros le ayuden por su propio bien, pero también por el bien del pueblo.

En este caso los requisitos necesarios para ser llamados a esta misión no comienzan por la valentía como en el libro del Éxodo, sino que le conste que sean «ancianos servidores del pueblo» (Nm 11,16), personas con experiencia y prestigio, que sirvan al pueblo. En este relato se afirma que se les elige para darles una participación del espíritu de Moisés (Nm 11,25). No se trata de que a Moisés le quede menos espíritu, sino que sucede como con un fuego que prende en los demás, sin dejar de arder con toda fuerza en su origen. San Cirilo de Jerusalén dice que esto sucedió «sin dividirse el Espíritu, sino dividida la gracia según los receptáculos y la capacidad de los que la recibían»3.

En cuanto el espíritu se posa sobre ellos comienzan a profetizar. En el caso de Jesús, el Espíritu Santo no se posa, sino «reposa», porque hay una distancia entre recibir una efusión del Espíritu en orden a una misión determinada, y el caso de Jesús que tiene el Espíritu Santo en posesión para darlo a los demás. En el caso de los jueces, el espíritu de Moisés se reparte. Podemos ver aquí un signo y anticipo de lo que sucede en Pentecostés:

Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse (Hch 2,3-4).

También sobre los apóstoles se posa el Espíritu Santo e inmediatamente produce el efecto de que comienzan a hablar de forma extraordinaria, como expresión inequívoca de que se ha recibido el Espíritu.

El Señor manda a Moisés que los lleve a la Tienda del Encuentro para que esperen allí (Nm 11,16), porque en este caso ya ha sucedido la revelación del Sinaí, y Moisés ha recibido las instrucciones para construir la tienda (Ex 25-27). Más adelante (Nm 11,24) el texto dice que Moisés colocó a los ancianos alrededor de la tienda. La tienda representa a María: del mismo modo que los apóstoles estaban reunidos en torno a María, los jueces se reúnen en torno a la tienda. María es el templo de Dios, porque ella acoge a Cristo en quien habita la plenitud de la divinidad. En la tienda está prefigurada María: ella es la tienda en la que podemos encontrarnos con Dios. Podemos descubrir ya en esta elección de los jueces la presencia de María.

Los ancianos se ponen a profetizar (Nm 11,25). Se trata del primer caso de profetismo colectivo que encontramos en la Biblia. Habrá comunidades de profetas en tiempos de Elías. Pero hay algo que no está claro en el texto que afirma que no volvieron a profetizar. Puede suceder que este profetizar sea simplemente un fenómeno carismático temporal que expresa la efusión del espíritu de Moisés que han recibido. Pero con un ligero cambio de las vocales en el texto hebreo -que se añadieron con posterioridad- este versículo diría algo muy diferente: «empezaron a profetizar sin poder detenerse», porque se trataba de un carisma permanente.

En otros lugares de la Biblia, el espíritu de un elegido del Señor se comparte con otras personas. Aparece claramente en el caso de Eliseo, cuando Elías está punto de ser arrebatado al cielo por el carro de fuego:

Mientras cruzaban, dijo Elías a Eliseo: «Pídeme lo que quieras que haga por ti antes de que sea arrebatado de tu lado». Eliseo respondió: «Por favor, que yo reciba dos partes de tu espíritu». Respondió Elías: «Pides algo difícil, pero si alcanzas a verme cuando sea arrebatado de tu lado, pasarán a ti; si no, no pasarán» (2Re 2,9-10).

Sabemos que Eliseo ve el carro de fuego y comprueba que ha recibido el espíritu de Elías golpeando el agua del Jordán con el manto del profeta y viendo como se separan las aguas para que pase sobre terreno seco (2Re 2,14-15). Y, ante este prodigio, la comunidad de profetas proclama: «El espíritu de Elías se ha posado sobre Eliseo» (2Re 2,15).

Lo que les sucede a Eldad y Medad es extraño (Nm 11,26): aunque habían sido elegidos, no han acudido a la convocatoria, no están en torno a la tienda; y, sin embargo, se ponen a profetizar como signo de que han recibido el espíritu de Moisés como los demás ancianos. Así aprendemos que Dios no se circunscribe a nuestros estrechos límites, que el don de Dios es gratuito, no depende de que el sujeto que lo recibe esté más o menos atento. El mismo Moisés es consciente de que no puede impedirlo porque es un don gratuito que viene de Dios.

Aparecen entonces los celos de Josué que quiere preservar la autoridad de Moisés (Nm 11,28). Lo mismo les pasa a los discípulos de Jesús:

Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros». Jesús respondió: «No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro» (Mc 9,38-40).

También los apóstoles tienen la mirada corta que les lleva a pensar que la acción de Dios tiene que encajar en sus previsiones. Viven como una amenaza que otros hagan milagros en nombre de Jesús. La respuesta del Señor es clara: dejarlos actuar, porque no pueden estar en contra si hacen milagros en su nombre.

La respuesta de Moisés (Nm 11,29) es magnífica porque él no tiene celos, sino un sueño: que todo el pueblo reciba el espíritu del Señor y profetice, como signo de que todo el pueblo de Dios tuviera acceso libre e inmediato a Dios. Sin saberlo bien, Moisés está anunciando y deseando lo que Dios quiere porque su corazón está en sintonía con el de Dios, que quiere derramar el Espíritu sobre su pueblo en los tiempos mesiánicos como anuncia el profeta Joel:

Derramaré mi espíritu sobre toda carne, vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes verán visiones. Incluso sobre vuestros siervos y siervas derramaré mi espíritu en aquellos días (Jl 3,1-2).

En ese momento, el Espíritu ya no será para unos pocos elegidos, sino para todo el pueblo de Dios. Esto es lo que proclama cumplido san Pedro el día de Pentecostés:

Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. No es, como vosotros suponéis, que estos estén borrachos, pues es solo la hora de tercia, sino que ocurre lo que había dicho el profeta Joel: Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y aun sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días, y profetizarán (Hch 2,14-18).

Y a la vez que la profecía de Joel, con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés se está cumpliendo el anhelo de Moisés.

Moisés es humilde. No quiere la exclusividad del don, sino que el pueblo de Dios crezca, madure y se fortalezca.

En la medida que una comunidad va creciendo, el pastor es cada vez menos necesario en cierto sentido, y sin embargo es imprescindible. El horizonte del pastor no puede ser mantener permanentemente en la dependencia y en la inmadurez a su comunidad, sino que madure hasta que llegue un momento en que puedan asumir todas las tareas que les corresponden y el pastor pueda asumir la tarea que señalan los apóstoles: «Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra» (Hch 6,2-4). La estructura de la Iglesia debe encaminarse a que cada persona sea consciente de su llamada, de su misión y de su tarea, que se complementan en la armonía y ayudan al crecimiento del cuerpo de la Iglesia. Ésa es la alegría del pastor, y no que todos dependan de él. Lo mismo que la alegría de una madre no es que su hijo dependa permanentemente de él, sino que vaya siendo cada vez más autónomo.

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.


NOTAS

  1. Sólo encontramos una referencia a Jonatán, hijo de Gersón y nieto de Moisés en Jue 18,30. Él y sus hijos fueron sacerdotes en el santuario de Dan, que perteneció al reino del Norte y cayó en la idolatría (el v. 31 menciona una imagen que allí adoraban).
  2. Se puede apreciar claramente la diferencia: en el Éxodo los grupos más pequeños son de veinte, mientras que en Deuteronomio son de 10; los otros niveles coinciden: mil, cien y cincuenta.
  3. San Cirilo de Jerusalén, El Espíritu Santo, Catequesis 16, 25.