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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio de Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Texto bíblico1

1 Al Señor me acojo,
¿por qué me decís:
«escapa como un pájaro al monte,
2 porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
3 Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?»
4 Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo,
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.
5 El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
6 Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.
7 Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Lectio

Al leer este salmo para hacer lectio con él, es muy importante que caiga en la cuenta de que el orante del salmo 11 no se dirige a Dios, ni dialoga con Dios, ni en el salmo no aparece ninguna petición a Dios. Ciertamente se habla de Dios, invocado como Señor (Yahweh) en el v. 1a y en los vv. 4-7; pero en el centro del salmo (vv. 1b-3) no aparece ninguna mención a Dios.

Puedo considerar el salmo como un diálogo, pero no un diálogo entre el orante y Dios, sino entre el salmista y unos personajes, cuyo nombre no aparece, que aconsejan a éste, y que puedo llamar los «amigos» del orante, pero con comillas. La estructura del salmo me ayudará a comprender su contenido y la dinámica de este diálogo:

  • -El salmo comienza con una breve, pero contundente, proclamación inicial de confianza en el Señor por parte del orante (v. 1a).
  • -Sigue el rechazo a la propuesta de los «amigos» (vv. 1b-3), que está entre comillas y en el que no aparece el nombre de Dios. En esta propuesta se describe con detalle la acción de los malvados (v. 2) y la falta de esperanza de estos consejeros (v. 3).
  • -En oposición a este consejo (marcada con el «pero» del v. 4), el salmista expresa su confianza en el Señor (vv. 4-7), basada en lo que el Señor es y en lo que el Señor hace. Es aquí donde aparece 4 veces el nombre del Señor (Yahweh) y 9 verbos que describen el ser y la acción de Dios. Dentro de esa descripción aparece el juicio del Señor (vv. 5-7) y la diferente acción de Dios sobre los malvados (v. 6) y los buenos (v. 7).

Como en otros salmos (p. ej. Sal 9-10) aparece el triángulo de personajes: Dios-justo-enemigos, que en este caso se ve ampliado por un cuarto personaje: los «amigos».

Puedo detenerme a descubrir como son las diferentes relaciones entre los distintos personajes de este salmo, que me ayudarán a comprenderlo y a orar con él:

-Los malvados y el justo [v. 2]

La oposición entre los malvados y el justo -con el que se identifica el orante del salmo- provoca una clara persecución que busca la eliminación del salmista. Para esta persecución nuestro salmo utiliza la imagen de la caza o de la guerra con un claro matiz de acecho por sorpresa. Ciertamente estas imágenes de violencia física pueden indicar otro tipo de persecución por medio de la calumnia o de la falsa acusación. De este modo el salmo queda abierto para que yo pueda identificarme con el orante en cualquier tipo de persecución, física, verbal o moral que pueda sufrir.

-Los «amigos» y el justo [vv. 1b-3.4-7]

Este nuevo grupo, añadido al clásico triángulo Dios-justo-enemigos, no se identifica claramente en el salmo, pero tiene un papel esencial, porque son los que dan origen a la profesión de confianza del salmista haciéndole una propuesta llena de sentido común, pero carente de fe.

Estos «amigos» conocen la inocencia del salmista y la fiereza de los malvados (de hecho, son los que describen su acción en el v. 2) y proponen al orante la huida al monte, como lugar seguro e inaccesible. Seguramente, estos consejeros no mencionan a Dios en ningún momento porque no cuentan con él. Representan la lógica humana bienintencionada que busca la solución más razonable, pero que, en la práctica, se convierten en un obstáculo para el acto de fe del creyente. Suponen un peligro distinto al de los enemigos, pero real y muy tentador. Lo puedo experimentar en mi propia vida.

Es probable que el ambiente del salmo, en el que se da este encuentro entre el orante y sus «amigos», sea el templo de Jerusalén en el que el salmista busca refugio de los enemigos. Los «amigos» (quizá los mismos sacerdotes del templo) le dicen que allí no encontrará refugio y es preferible que huya al monte.

Los «amigos» son conscientes de que no sólo se tambalean los cimientos del templo, sino del orden social que permite la paz y la seguridad (v. 3). Pero se olvidan de que el sustento firme es Dios, él es la roca firme: «¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?» (Sal 38,2); «solo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré» (Sal 62,3). Y este terrible olvido elimina la confianza y la esperanza para ellos y para el orante. Debo detectar y corregir ese olvido en mí o en los demás cuando considero las luchas y dificultades.

El orante reacciona con claridad y firmeza ante esta propuesta con una rotunda confesión de confianza en Dios que abarca los vv. 4-7. Mi oración debe sintonizar con esa reacción; ésa es la respuesta confiada que el salmo pone en mi corazón y en mis labios ante las situaciones de peligro, persecución o sufrimiento, y ante los consejos bienintencionados pero que se olvidan de la ayuda de Dios. La repetición orante del salmo me ayudará también a mí a manifestar valientemente mi confianza ante estos consejeros tan lógicos, pero tan miedosos a causa de que no tienen en cuenta a Dios.

-El justo y Dios [vv. 1a.4-7]

La relación del justo con Dios (siempre invocado con el nombre Yahweh) está marcada por una absoluta confianza que aparece clara desde el principio del salmo: «Al Señor me acojo» (v. 1). Por eso no acepta la recomendación a huir. La pregunta «¿Por qué me decís?» expresa la irritación y el rechazo del orante a esa recomendación. Su confianza no está en el templo, ni en el cálculo de la fuerza de los enemigos, sino en el mismo Dios. El salmo es una profesión de fe y confianza en Dios, no sólo ante el peligro, sino ante el desánimo de los «amigos» consejeros.

A todos los cálculos del sentido común de sus supuestos amigos, el salmista opone la realidad de Dios, con el «pero» del v. 4 que marca el cambio de la visión de los «amigos» a la visión de fe del justo orante. Dios no sólo está en su templo de Jerusalén, sino que está en su trono del cielo. Los orantes de otros salmos también proclaman que su esperanza se apoya en que Dios está en su templo y desde allí juzga con justicia.

Defendiste mi causa y mi derecho,
sentado en tu trono como juez justo […].
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar (Sal 9,5.8).

Desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos (Sal 18,7; cf. 20,7).

El Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte (Sal 102,20-21).

Lo mismo hacen los profetas. Por ejemplo, Habacuc, el que afirma que «El justo por su fe vivirá» (Hab 2,4), proclama: «Pero el Señor está en su santo templo: ¡Silencio ante él toda la tierra!» (Hab 2,20), en una situación también desesperada humanamente: «Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador. El Señor soberano es mi fuerza, él me da piernas de gacela, y me hace caminar por las alturas» (Hab 3,17-19).

El justo orante puede confiar porque Dios es el Juez y el Rey que puede verlo todo desde el cielo y juzgarlo todo con rectitud, que tiene su trono en el cielo, por lo que su reino no tiene fin. En el salmo Dios-Juez indaga, sentencia y ejecuta el castigo. El justo confía porque este justo Juez está al lado de los inocentes, castigará a los malvados y mostrará su rostro a los justos (vv. 5-7). Pone su confianza y su esperanza sólo en Dios, sólo le importa el juicio de Dios, no teme porque Dios, el juez justo, actuará.

Debo tener en cuenta que Dios es justo, pero no es imparcial. Dios se pone de lado del justo, porque él mismo «es justo y ama la justicia» (v. 7). En el juicio del Señor, los «buenos» (vv. 7 y 2), que hay que identificar con el justo del v. 3 y los «inocentes» del v. 5, y con el propio salmista, reciben un premio que va más allá de la defensa del enemigo en la situación concreta de peligro: «Verán su rostro», que es una forma de expresar una vida dichosa en comunión con Yahweh, en definitiva, la salvación con todas sus consecuencias. Esta promesa es especialmente sorprendente cuando la doctrina del Antiguo Testamento es que no se puede ver a Dios y permanecer con vida (cf. especialmente Ex 33,20). Esta promesa del Señor, que hará justicia a los desvalidos, haciendo que vean su rostro, apunta más allá de esta vida terrena. Este último verso hace una profesión plena de la confianza en Dios («los buenos verán su rostro»), que engancha con que la hizo en las primeras palabras del salmo («al Señor me acojo»).

A esta visión cara a cara tras la muerte parece apuntar el enigmático texto de Job 19,25-27:

Yo sé que mi redentor vive
y que al fin se alzará sobre el polvo.
después que me arranquen la piel,
ya sin carne, veré a Dios.
Yo mismo lo veré, y no otro;
mis propios ojos lo verán.
¡Tal ansia me consume por dentro!

Esta promesa del Dios justo que profesa el salmista, que ha comenzado el salmo «acogiéndose» a Dios (v. 1), se relaciona con otras promesas de salvación a los que se acogen a Dios y refugian en él:

  • -Una de ellas tiene forma de bienaventuranza:

¡Dichosos los que se refugian en él! (Sal 2,12).

  • -Puede expresarse de forma negativa:

No será castigado quien se acoge a él (Sal 34,23).

  • -Pero puede abrirse a una esperanza mayor:

Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para los que te temen,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos (Sal 31,20).

Habitaré siempre en tu morada,
refugiado al amparo de tus alas (Sal 61,5; cf. 91,4).

Que se alegren los que se acogen a ti,
con júbilo eterno (Sal 5,12; cf. 64,11).

También en otros salmos esta confianza, que se manifiesta en «refugiarse» en Dios, se basa en lo que Dios es y en lo que hace:

Tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha (Sal 17,7).

Él es escudo para los que a él se acogen (Sal 18,31; cf. v.2; 144,2).

Esta contemplación y confesión de Dios que lleva a la confianza puede responder a la pregunta que planteaban los «amigos» del orante: cuando todo falla, cuando no hay seguridades humanas y no se puede esperar justicia humana, ¿qué puede hacer el justo? La respuesta es clara y la daba nuestro salmista desde el principio: acogerse a Dios.

-Dios y los malvados [vv. 4-6]

Dios, que es justo juez y que lo observa todo desde su trono del cielo (v. 4) examina a todos los hombres, justos y malvados, pero aborrece al que ama la violencia (v. 5), que es la característica de los malvados, tal como han sido descritos en el v. 2, y es una constante a la hora de describir a los enemigos en todo el salterio. Dios juzga a todos, pero no es equidistante: ama y odia: ama la justicia y odia la violencia (vv. 7 y 5). Y, según me colocamos en un ámbito o en otro, me pongo bajo el ámbito del amor o del odio de Dios. Ante Dios-Juez comparecen los justos y los malvados y Dios separa a unos de otros con sentencias opuestas, que no sirven sólo para ese momento, sino que apuntan al destino final de cada uno: lo mismo que el destino de los buenos apunta más allá de este mundo, el castigo de los malvados tiene un carácter definitivo. No se trata sólo de la derrota o del sufrimiento en ese momento, sino de la eliminación total en la que resuena el terrible castigo a los habitantes de Sodoma: «El Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego desde el cielo» (Gn 19,24; cf. v. 6).

-Dios y los «amigos»

Nada se nos dice de la relación de Dios con los «amigos» del salmista, ni de la opinión que tiene Dios de su consejo, pero no sería descabellado aplicarles lo que dice el Señor a los «amigos» de Job: «Estoy irritado contra ti y contra tus dos compañeros, porque no habéis hablado rectamente de mí, como lo ha hecho mi siervo Job» (Job 42,7).

· · ·

Al final de esta lectura atenta queda claro que me encuentro ante un salmo en el que el justo es atacado por los malvados. Pero es un salmo muy distinto a otros, en los que, en similares circunstancias, el orante, con la confianza puesta en la justicia de Dios, le dirige una petición apremiante de ayuda.

Señor, Dios mío, a ti me acojo,
líbrame de mis perseguidores y sálvame (Sal 7,2).

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo (Sal 31,2; cf. 71,1).

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios» (Sal 16,1-2).

En ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores (Sal 141,8-9).

Pero en el salmo 11 no encuentro petición alguna. No es un salmo que me invite o me ayude a hacer una petición confiada ante el peligro.

Es cierto que el salmo tiene elementos en los que se proclama lo que Dios es y lo que hace, que ocupan la segunda mitad de la oración (vv. 4-7), que es como un himno que proclama la grandeza de Dios. En esta parte del salmo, Dios es prácticamente el único sujeto de todas las acciones: está en su templo, tiene su trono en el cielo, sus ojos observan, sus pupilas examinan, examina a inocentes y culpables, odia al violento, hace llover fuego sobre los malvados, es justo y ama la justicia. Con todo ello se puede componer un hermoso himno a Dios. Pero estos elementos tienen una función muy distinta en este salmo: defender la opción de confianza en el Señor del salmista en la situación de peligro ante los «amigos» que proponen otra salida.

Por todo esto debo darme cuenta de que me encuentro ante un salmo marcado por la confianza en Dios, pero que manifiesta esa confianza para defenderse, no de los enemigos, sino del consejo prudente, pero falto de fe, de los «amigos». Y eso hace que este salmo me sea enormemente útil en multitud de situaciones en las que el sentido común de amigos, familiares, incluso cristianos y sacerdotes, intenta alejarme de la entrega generosa, del testimonio valiente o de la fidelidad radical. El salmo me ayuda a fundamentar mis decisiones en el poder de Dios y no en las previsiones meramente humanas, que no tienen en cuenta el amor y la gracia de Dios. No sólo me sirve para alimentar mi confianza, sino para aprender a defenderme con ella de los que pretenden apartarme del camino de Dios con sus cálculos ajenos a la fe.

· · ·

La lectura serena y la repetición orante del salmo me ayudarán a que algunas de sus palabras iluminen mi alma y me impulsen a convertirla en mi oración personal. Esa iluminación es don de Dios, que puede señalarme distintos caminos de oración, que recorreré en un momento o en otro según Dios me lo vaya indicando.

Si se ilumina la expresión de confianza inicial «al Señor me acojo», deberé aplicarla ante esa situación que me inquieta o mina mi confianza en Dios, con la firme esperanza de que seré dichoso si me acojo a él, porque tiene reservada para mí su bondad. Quizá me resulte difícil decirla, quizá me consuele, pero en cualquier caso la repetición provocará que la Palabra haga su efecto. También puedo sembrar en mi corazón esa palabra para utilizarla más adelante en cualquier circunstancia en que la necesite. Tal vez experimente la promesa de salvación y felicidad para los que se acogen y refugian en Dios, que sintoniza con otros salmos que ya he tenido ante los ojos al leer el salmo:

¡Dichosos los que se refugian en él! (Sal 2,12).

Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para los que te temen,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos (Sal 31,20).

Habitaré siempre en tu morada,
refugiado al amparo de tus alas (Sal 61,5).

Que se alegren los que se acogen a ti,
con júbilo eterno (Sal 5,12).

La pregunta dirigida a los «amigos», «¿por qué me decís…?» también me puede servir a mí para rechazar los planteamientos que intentan alejarme de la confianza en Dios cuando él me mueve a la generosidad y a la fidelidad en la entrega. En la repetición tendré que contraponer lo que mis «amigos» me dicen en concreto.

Las palabras del salmo me pueden ayudar a contemplar y repetir las características y las acciones de Dios, que me lleven a comprobar lo que ha hecho conmigo y a esperar confiadamente que lo haga en las dificultades presentes o futuras. El Señor no tampoco ha desaparecido para mí: «Está en su templo santo, tiene su trono en el cielo»; él ve todo lo que pasa: «Sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres»; él sabe juzgar con rectitud a justos e injustos y reacciona ante los violentos que parece que quedan impunes: «El Señor examina a inocentes y culpables, y al que ama la violencia él lo odia», por la sencilla razón de que «el Señor es justo y ama la justicia». Uniéndome al «pero» del salmista puedo ir oponiendo la realidad de Dios a esas realidades que se me imponen como insuperables y no lo son.

Aunque quizá la repetición pueda tener un efecto bumerán y me dé cuenta de que el Señor también ve mi violencia y la odia en mí.

Las últimas palabras del salmo «los buenos verán su rostro», pueden llevarme, no sólo a la confianza del resultado de mi bondad y fidelidad, sino a un deseo ardiente de ver el rostro de Dios que me impulse a la bondad, a la inocencia y a soportar persecuciones de los malos e incomprensiones de los cercanos.

Este deseo de ver al Señor desborda el encuentro con Dios en el templo, se ve saciado en parte en la contemplación del rostro de Cristo, pero me hace anhelar ver el rostro de Dios con una plenitud aún mayor.

Las bienaventuranzas proclaman, sin lugar a duda, que contemplar el rostro de Dios forma parte de la dicha plena del reino. Especialmente las que encajan con los buenos -al pie de la letra, los «rectos de corazón» (v. 2)- y los perseguidos del salmo.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8).

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros (Mt 5,10-11).

San Juan, en su primera carta, anuncia que la promesa de ver a Dios es claramente para más allá de esta vida y conlleva una trasformación que el salmista todavía no podía conocer:

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (1Jn 3,2).

El carácter pleno y último de la promesa de ver el rostro de Dios aparece en el capítulo que cierra el Apocalipsis y la Biblia entera:

Y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le darán culto. Y verán su rostro, y su nombre está sobre sus frentes (Ap 22,3-4).

La contemplación que anuncia el salmo se ve cumplida en este mundo en la contemplación y en la mística, y alcanzará su plenitud cuando veamos a Dios cara a cara.

· · ·

Según lo que el Señor me haya dicho en su Palabra, así ha de ser mi respuesta orante.

Quizá algunas frases que se han iluminado interiormente y hemos ido asimilando con la repetición pueden servirnos para dirigírselas a Dios en la oración, pero transformando el salmo en un diálogo con Dios, no con los «amigos»: «A ti, Señor, me acojo» (cf. v. 1); «Pero Señor estás en tu templo santo» (cf. v. 4); «Tus ojos están observando, tus pupilas examinan a los hombres» (cf. v. 4); «, Señor, examinas a inocentes y culpables, y al que ama la violencia tu lo odias» (cf. v. 5); «, Señor, eres justo y amas la justicia» (cf. v. 7).

Esta oración dirigida directamente a Dios puede y debe tener en cuenta lo que me hace experimentar la persecución de mis «enemigos» y los tibios consejos de mis «amigos», para irlo diluyendo en el diálogo con Dios. Quizá tengamos que repetir muchas veces lo que es y hace el Señor para poder terminar diciéndole con sinceridad: «A ti, Señor, me acojo».

También la promesa de ver el rostro de Dios puede convertirse en oración, en la que me puedo apoyar en otros salmos:

¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome?
¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? (Sal 13,12).

Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro».
Tu rostro buscaré, Señor.
No me escondas tu rostro (Sal 27,8-9).

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia (Sal 31,17).

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? (Sal 42,3).

Oh Dios, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve (Sal 80,4).

· · ·

A pesar de que el salmo 11 es un diálogo del justo perseguido cruelmente por los «enemigos» que se enfrenta a sus «amigos», la oración con él puede desembocar fácilmente en el silencio de la contemplación en el que gusto a Dios sin palabras.

Puedo llegar a ese silencio de comunión a través de hacer mía la acción fundamental del salmista: «acogerme» a Dios, pero ya sin palabras ni intermediarios.

Si Dios lo concede, la contemplación puede realizar ya el anticipo de la promesa del salmo: «ver el rostro de Dios», aunque sea en la oscuridad luminosa de la fe.

Saber que el Señor «es», «ve», «está», «ama» y «odia», puede conducir fácilmente, si él lo concede, a gustar silenciosamente, sin necesidad de decir ni pedir nada, a Dios al que se accede sin intermediarios en la contemplación.

Si Dios concede el don de la contemplación por uno de estos caminos o por el que él quiera, acojámoslo con humildad, agradecimiento y responsabilidad. Y si no lo concede, deseémoslo, pidámoslo y esperémoslo.

· · ·


Luis de Vargas, El prendimiento de Cristo (1505-1567)

El salmo puede conducirme también a la contemplación de Cristo por medio de los evangelios, que presentan situaciones de Jesús que encajan con nuestro salmo:

-En Mt 16,22-23 puedo encontrar a un «amigo» de Jesús proponiéndole que rechace la cruz que acaba de anunciar. La reacción del Señor es radicalmente opuesta a la propuesta de sentido común de Pedro:

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
-«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
-«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16,22-23).

No se habla aquí de confianza y de refugio, como en el salmo, pero yo sé muy bien cómo termina la fidelidad del Señor a su misión, que pasa por soportar la violencia de sus enemigos:

Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró (Lc 23,46).

-De otra forma, los «amigos» proponen a Jesús «huir» de la persecución de los enemigos por medios que nada tienen que ver con la confianza en Dios, ni con seguir su plan. Jesús toma el camino opuesto:

Ellos dijeron:
-«Señor, aquí hay dos espadas».
Él les dijo:
-«Basta» (Lc 22,38).

Viendo los que estaban con él lo que iba a pasar, dijeron:
-«Señor, ¿herimos con la espada?».
Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino, diciendo:
-«Dejadlo, basta» (Lc 23,49-51).

-¿Y no puedo pensar que la tentación que sufre Jesús en Getsemaní es de huida y que su reacción es de entrega confiada en manos del Padre, a pesar de que sabe lo que se le viene encima?

Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22,42).

-Al contemplar a Jesús a la luz de este salmo puede surgir la dificultad de que en varias ocasiones parece que Jesús «huye» del peligro inminente:

  • ·Después de la curación del hombre de la mano paralizada:

Al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron (Mt 12,14-15).

  • ·En la sinagoga de Nazaret:

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino (Lc 4,28-30).

  • ·En las disputas con los judíos:

Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo (Jn 8,59).

  • ·En el templo, en la fiesta de la Dedicación:

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos (Jn 10,39; cf. v. 31).

  • ·Después de la resurrección de Lázaro:

Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos (Jn 11,53-54).

  • ·En las proximidades de la última Pascua de Jesús:

«Todavía os queda un poco de luz; caminad mientras tenéis luz» […]. Esto dijo Jesús y se fue y se escondió de ellos (Jn 12,35-36).

Pero no debo engañarme, no se trata de que Jesús no confíe en Dios o que huya de la cruz, sino que conoce perfectamente el plan de Dios, sabe cuándo es la hora de la entrega en la que manifestará su confianza plena en el Padre:

En aquella misma ocasión, se acercaron unos fariseos a decirle: «y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte». Y les dijo: «Id y decid a ese zorro: “Mira, yo arrojo demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día mi obra quedará consumada. Pero es necesario que camine hoy y mañana y pasado, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén”» (Lc 13,31-33).

Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora (Jn 7,30; cf. 8,20).

Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre (Jn 12,27-28; cf. 13,1).

Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti (Jn 17,1).

Jesús no huye de la persecución ni de la cruz, no le falta la confianza en el Padre, pero sabe cuál es la misión que tiene que completar y el momento de dejar de huir para confiar en el Padre y entregarse a él.

Por otra parte, puedo mirar a Jesús a través de los evangelios y descubrir en él el justo juez que hace que podamos confiar en él a pesar de que el sentido común me haga pensar que sería mejor huir de los poderes de este mundo (o incluso aliarme con ellos), porque parece que van a triunfar.

-Él me ofrece refugio:

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt 11,28).

-Él es el juez y rey celestial; su juicio me da confianza para ponerme del lado de los pobres y esperar una recompensa más allá de lo que dicta el sentido común:

Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey… (Mt 11,31-34).

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos (Hch 10,42).

-Él, glorificado en el cielo, tiene todo poder para hacer justicia:

Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28,18).

-A pesar de las dificultades que encuentre puedo confiar en él y refugiarme en él, porque él ha vencido al mundo:

Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo (Jn 16,33).

-Él sabe que me esperan persecuciones que no debo evitar y me promete la protección de Dios y una victoria final. Si hay que huir es para completar la misión de llevar el mensaje del Señor:

Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero ¡cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles. Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros […]. Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. En verdad os digo que no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre. Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! […]. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones. A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos (Mt 10,16-20.22-25.28-33).

-Todo el libro del Apocalipsis es el anuncio de la victoria definitiva de Cristo, el cordero degollado que ha vencido definitivamente al mal, para que los cristianos perseguidos puedan mantener fielmente el testimonio de la fe:

  • ·No sólo el Padre, que está sentado en el trono, aparece como juez, sino también el Hijo. Ese juicio es la esperanza de los perseguidos como lo es para nuestro orante, con la diferencia que aquí se trata claramente del juicio final y definitivo:

Vi un trono blanco y grande, y al que estaba sentado en él. De su presencia huyeron cielo y tierra, y no dejaron rastro. Vi a los muertos, pequeños y grandes, de pie ante el trono. Se abrieron los libros y se abrió otro libro, el de la vida. Los muertos fueron juzgados según sus obras, escritas en los libros (Ap 20,11-12).

Y vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco; su jinete se llama «Fiel y Veraz», porque juzga con justicia y combate. Sus ojos son como llama de fuego, muchas diademas ciñen su cabeza, y lleva grabado un nombre que nadie conoce sino él. Va envuelto en un manto empapado en sangre, y es su nombre «el Verbo de Dios» […]. En el manto y en el muslo lleva escrito un título: «Rey de reyes y Señor de señores» (Ap 19,11-13.16).

Se encolerizaron las gentes, llegó tu cólera, y el tiempo de que sean juzgados los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, y a los santos y a los que temen tu nombre, y a los pequeños y a los grandes, y de arruinar a los que arruinaron la tierra (Ap 11,18).

  • ·Los que esperan ese juicio son los que se han mantenido fieles en la persecución y así han dado testimonio de Cristo, con la misma firmeza que caracteriza a nuestro salmista. La novedad que aporta el Nuevo Testamento es que se puede vencer gracias a la sangre del Cordero:

Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados por causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantenían. Y gritaban con voz potente: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin vengar nuestra sangre de los habitantes de la tierra?» (Ap 6,9-10).

Ellos lo vencieron en virtud de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio que habían dado, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte (Ap 12,11).

Por eso, mirando a Jesús, podemos decir con tanta o más confianza que nuestro salmista: «Al Señor me acojo». Aunque parezca que se derrumba la estructura humana de la Iglesia, incluso aunque tiemblen sus cimientos, puedo confiar en que Cristo es la roca en la que puedo refugiarme y que no va a caer. Sólo Cristo es el refugio seguro.

· · ·

Este salmo me lleva de forma inmediata a pensar en los mártires porque expresa perfectamente la situación de la Iglesia perseguida a la que se le ofrece la posibilidad de huir pero que confía en la protección y en la justicia de Dios. En los mártires contemplo también la respuesta de Cristo en sus miembros.

No es infrecuente que a los mártires, como a nuestro salmista, se les presente la tentación de huir, o incluso de apostatar (cf. 2Mac 6,21-22; 7,24-29). Sirva de ejemplo el testimonio de Perpetua, martirizada el año 203:

De allí a unos días, se corrió el rumor de que íbamos a ser interrogados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, se acercó a mí con la intención de derribarme y me dijo:

-Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivir. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente, si a ti te pasa algo.

Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las manos, se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarlo, diciéndole:

–Allá en el estrado sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder sino en el de Dios.

O el caso más moderno de los monjes cistercienses del Monasterio de Tibhirine (Argelia) en el año 1996:

Los monjes, procedentes de Francia, se dedicaban a la oración y al servicio. Era una manera silenciosa y llena de amor de testimoniar su fe en Cristo y su amor a los hombres, también a aquellos que pertenecen a una religión diferente de la propia.

Querían mostrar que era posible una convivencia fecunda entre cristianos y musulmanes, que el Amor de Dios se ofrecía a todos, que existían caminos para unir a personas de culturas, razas y religiones distintas.

El territorio en el que se encontraba el monasterio llegó a ser, con el inicio de las violencias, sumamente inseguro. Grupos armados podían moverse con bastante facilidad entre las montañas, sin que el ejército lograse controlar sus movimientos.

Las autoridades de la zona ofrecieron a los monjes la posibilidad de ser protegidos por la policía, o de refugiarse en alguna ciudad más segura. Los monjes se negaron. Luego fue un jefe de los grupos terroristas quien les pidió que se marchasen. También dijeron que no: estaban allí como hombres de paz, como religiosos, y el mismo Corán alaba la vida de quienes se dedican por entero, como ellos, al servicio de Dios.

El 24 de diciembre de 1995 se presentó un grupo de terroristas. Pidieron medicinas y dinero. También pidieron que uno de los monjes, el hermano Luc (un médico de 80 años, muy amado por la gente del lugar), dejase el monasterio para atender a los terroristas heridos. El abad, padre Christian de Chergé, respondió que sus peticiones eran imposibles. No tenían dinero, y el hermano médico era muy anciano para ir a las montañas.

Después de esta «visita», el abad y los demás trapenses sabían que su vida corría peligro. Pensaron en dejar el monasterio, para evitar un «suicidio colectivo».

A los pocos días se presenta el obispo y habla con la comunidad. Respeta la decisión que han tomado, pero les pide que reflexionen en el significado de su «huida»: muchos otros religiosos y religiosas se dejarán llevar por el pánico, y abandonarán a sus comunidades.

El abad invita a los monjes a la oración. Desde el diálogo con Dios, cada uno debía decidir si permanecer en el monasterio o abandonar la zona. Uno por uno da su sí a la idea de seguir en el lugar en donde Dios los había destinado. El martirio se convierte, desde ese momento, en una posibilidad real, muy cercana2.

· · ·

Y vosotros, ¿queréis iros? Irse, Jesús sabe lo que es: contrariar al Padre que nos da a él, contravenir el Don que me atrae a Ti, y en Ti, voy al Padre. ¿A quién iremos? Estar aquí para ir a Ti. Esto está más allá de una opción de múltiples términos. No estamos aquí en la encrucijada de caminos diversos, sino delante de Ti: camino que se abre (Del diario del hermano Cristophe)3.

Pero ellos confían en el Señor y se refugian en él. Rechazan lo que dicta el sentido común de sus amigos, se apoyan en la fe y, en vez de huir, afrontan valientemente las consecuencias de su testimonio.

Como parece intuir ya este salmo y aparece claramente en el Nuevo Testamento -de forma especial en el Apocalipsis-, se les promete a los mártires la salvación en el juicio definitivo de Dios, en el que ellos serán juzgados dignos de ver su rostro. No se trata de aferrarse sólo a la ayuda que Dios pueda prestar en este mundo a los perseguidos (cf. Mt 10,24-30; Lc 21,12-19), sino de saber que Dios los salvará de los enemigos de una forma plena, haciéndoles participar de la resurrección de Cristo a los que se han unido a él en su pasión.

¿Cuántos cristianos de nuestro tiempo viven el salmo 11 cuando permanecen firmes en su fe ante tantas persecuciones, mortales o no, que existen en nuestro mundo? Podría decir que el salmo es para ellos, pero seguramente soy yo el que tengo que meditar y aprender en el salmo lo que ellos manifiestan con su vida.

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.


NOTAS

  1. En este salmo hemos preferido la puntuación que propone la edición actual de la liturgia de las Horas, coincidiendo con varios comentarios (Schökel-Carniti, Kraus, Collantes, Aparicio), en la que aparece más claramente la extensión de la propuesta de los «amigos» del orante, clave en este salmo, señalada por las comillas que empiezan en v. 1b y terminan en v. 3.
  2. Tomado de https://es.catholic.net/op/articulos/22712/cat/46/siete-martires-trapenses-de-argelia.html
  3. Le souffle du Don, Diario de Frère Christophe, Avril 1999, Bayard Editons, p.107, tomado de https://www.moines-tibhirine.org/es/les-7-freres/textos-escogidos/65-pour-mediter-avec-les-7-moines-de-tibhirine.html