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1. Introducción

Un retiro es una magnífica oportunidad para descansar junto a Dios, para conocerle mejor y profundizar en su Palabra. Es un don y una ocasión privilegiada para estar con el Señor, compartir sus sentimientos y crecer en su cercanía. No se trata, por tanto, de aprender cosas nuevas, sino de asimilar contemplativamente el alimento que Dios nos da a través de la Iglesia.

En nuestro caso, para este retiro proponemos, como materia, la contemplación del Sagrado Corazón. Es indudable que a muchos cristianos el «sagrado Corazón de Jesús» les suena a una devoción que estaba fuertemente arraigada hace unos decenios, pero que hoy parece un tanto anticuada. Por eso, lo primero en lo que debemos detenernos es en distinguir lo que es una devoción piadosa personal, sujeta a los vaivenes de las distintas sensibilidades particulares y de las condiciones culturales cambiantes, de lo que es un elemento esencial de la vida cristiana.

La devoción personal se refiere a la veneración particular que podemos tener hacia un aspecto de lo sagrado, sea éste importante o secundario, que nos ayuda al crecimiento espiritual personal. Por el contrario, los misterios de la fe se proponen a todos los cristianos, y por todos han de ser creídos, contemplados y vividos de una forma permanente; y, en la medida en que son más centrales, han de ser más cuidadosamente meditados y profundizados.

Un misterio central de la fe puede al mismo tiempo ser objeto de una especial devoción personal por parte de un cristiano o de un grupo de cristianos: por ejemplo, hay personas que tienen gran devoción a la Eucaristía o a la Santísima Trinidad. En tanto que es un fervor religioso personal, supone para el sujeto una ayuda subjetiva para vivir la fe, o incluso una perspectiva desde la que contemplar los demás misterios. Pero, naturalmente, la devoción no es la forma primaria, ni la más importante, de abordar una verdad dogmática central; sino que lo primero que estas verdades han de provocar en nosotros es la acogida en fe de una realidad que nos desborda, y que hemos de conocer y profundizar. Sólo en un segundo paso se puede convertir esa verdad de fe en elemento de veneración subjetiva.

El sagrado Corazón de Jesús es una devoción que ha suscitado con frecuencia un fervor religioso en torno a la humanidad de Cristo y a su amor, y que ha inspirado una espiritualidad rica de la que se han derivado obras de penitencia y reparación1. Sin embargo, nosotros no pretendemos en este retiro acrecentar una devoción particular, sino sumergirnos en el misterio del amor de Dios manifestado en Jesucristo, que se expresa en la imagen del Corazón de Jesús, sede de la misericordia divina, que lleva al Hijo encarnado a morir en alabanza al Padre por amor a los hombres. Así pues, no pretendemos suscitar una devoción piadosa, sino profundizar en este misterio de la fe a partir de la Escritura.

2. La imagen del corazón aplicada a Dios

La palabra «corazón» no sólo designa el órgano que bombea la sangre, sino que alude también a la sede del amor, de la intimidad, de la volición humanos. Cuando un chiquillo dibuja un corazón y pone en él el nombre de una chica, cuando una madre llama a su hijo «mi corazón», cuando al sufrir decimos que nos duele el corazón… todos sabemos de qué estamos hablando, y que no nos referimos al órgano físico que tiene aurículas y ventrículos.

El corazón es, figuradamente, la sede del amor. Esta forma de hablar es adecuada para la vida cristiana, porque Dios la utiliza en la Sagrada Escritura aplicándosela a sí. En el profeta Oseas, al referirse Dios a sí mismo y al hablar de su amor excesivo que se encuentra con la infidelidad y la ingratitud, y que no puede ceder a la ira, dice: «¿Cómo podría abandonarte, Efraín, entregarte, Israel?… Mi corazón está perturbado, se conmueven mis entrañas» (Os 11,8).

En Dios, hay que interpretar el concepto «corazón» en el mismo sentido figurado que decíamos antes: como la sede del amor. A Dios se le conmueve el corazón porque ama a los hombres. Más en concreto: me ama a mí. Y no por ser bueno, o el más valioso, o el que merece más ese amor. Al contrario, precisamente por ser débil, Dios «se enamora», es decir siente el impulso de entregarme el amor que se aloja en su corazón:

Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad. Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud (Dt 7,6-8).

El misterio de nuestra elección, de la seducción que ejercemos sobre el corazón de Dios, es precisamente nuestra pequeñez. Porque somos pequeños hemos conmovido el corazón de Dios, y lo hemos predispuesto a inclinarse sobre nosotros. Dios tiene un corazón de padre, que se vuelca sobre su niño pequeño, precisamente porque es pequeño y necesitado; y encuentra su complacencia y su alegría en jugar con él y ayudarle: «Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer…» (Os 11,4). Naturalmente, a esa elección del corazón de Dios por nosotros, sus pequeños, debe corresponder la elección de nuestro propio corazón. Dios nos elige, pero nosotros tenemos que elegirle a él libremente.

Además de la imagen del Padre con el corazón conmovido ante su hijo, el Antiguo Testamento utiliza otra imagen para expresar el amor de Dios por nosotros, que es la del amor esponsal: Dios está enamorado del hombre. Se consume de celos por su pueblo. Y no duda en volver a aplicarse a sí mismo la imagen del corazón: «Me has robado el corazón, hermana mía, esposa; me has robado el corazón con una sola mirada tuya» (Cant 4,9).

«Robar» significa sustraer con una cierta violencia. Significa que Dios ya no tiene su corazón, sino que con violencia se lo han quitado. Esta «dulce violencia» la ha ejercido el alma con una sola mirada. Una mirada que ha dejado indefenso a Dios. Dios es vulnerable, es robable. Sólo hay que acertar con la mirada adecuada. Esa mirada es la de la pobreza y la de la confianza. Es la mirada del Buen Ladrón en la cruz. Es también la mirada del leproso que le «expolia» armado de su confianza: «Señor, si quieres, puedes limpiarme» (Mt 8,2).

Esa vulnerabilidad, que parece una debilidad, es sin embargo una fortaleza. Dios quiere que le roben, lo está deseando, porque es rico: tiene un corazón inagotable. Yo sí soy pobre. Como tengo un corazón raquítico, me aferro a él y no dejo que nadie me lo robe. Mi debilidad consiste en no poder amar, por temor a quedarme sin nada. Por eso, soy duro de corazón y no me dejo robar, ni cedo ante la dulce violencia del amor. No me dejo seducir por la mirada de Dios, ni siquiera por su mirada en la cruz.

En el Cantar de los Cantares, la esposa le roba el corazón al esposo con la irresistible «violencia» de su mirada. Y lo roba para dejar en él la huella indeleble de su amor: «Grábame como sello en tu corazón, grábame como sello en tu brazo» (Cant 8,6). Y Yahweh, como siempre, cede al asedio amoroso de su esposa: «Mira, te llevo tatuada en mis palmas» (Is 49,16). El corazón de Dios está grabado con el rostro de su amada, estamos permanentemente ante su mirada pues nos tiene grabados en las palmas de sus manos.

Así pues, Dios tiene un corazón para poder amarnos, un corazón que ha sido «robado», un corazón entregado por amor a una muchacha de la que se ha enamorado: esa muchacha es Israel. Esa muchacha, que roba el corazón de Dios, soy yo, en cuanto que pertenezco a su nuevo pueblo, la Iglesia. Cada uno de nosotros podemos sentirnos amados por el divino Corazón. Y saberse llamado a ser contemplativo es una de las expresiones de ese enamoramiento de Dios por mí.

3. El corazón humano de Jesucristo

Pero, si todo esto ya es una locura, cuando pasamos del Antiguo al Nuevo Testamento, la imagen figurada del corazón de Dios tiene un desarrollo imprevisible. Dios no sólo tiene un corazón para amar a su pueblo; sino que, por si alguien pensaba que esto era sólo una bella imagen poética, Dios «se hace» un verdadero corazón de carne para poder amar en pleno sentido humano a los suyos.

La encarnación expresa esa voluntad del Padre de estar con los suyos y esa determinación de hacerlo como uno más. Dios quiere tener un corazón humano. Por ello, «en el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María» (Lc 1,26-27). Y, ante la respuesta de la Nazarena, surge el prodigio: muy cerca del corazón físico de María, comienza a latir otro pequeño corazoncito, que es el corazón físico de Dios.

El Espíritu Santo ha hecho un templo para el Hijo, dándole una humanidad, cuerpo y alma, como la nuestra. Ese templo tiene una parte más noble, su altar: el corazón humano del Hijo de Dios. Y el corazón de Jesús ha empezado a latir al compás del corazón de María. Ese corazón físico proviene del corazón de María y de la obra del Espíritu Santo. El sagrado Corazón de Cristo es fruto del inmaculado Corazón de María. Del amor de éste y de la obra del Espíritu Santo surge el amor encarnado del Padre. Por lo tanto, el camino más rápido para conocer el sagrado Corazón es unirse al inmaculado Corazón. Sólo el corazón que latió acompasado durante nueve meses con el del Señor puede introducirnos en el conocimiento de su Corazón. De manera que, si unimos nuestro corazón al de María nos acercamos al de Cristo. Por eso hay que abrazarla.

Desde el momento de la encarnación, y ya para siempre, la segunda persona de la Santísima Trinidad tiene un corazón humano. Cuanto estaba revelado en las antiguas Escrituras acerca del corazón de Dios tiene un nuevo e insospechado cumplimiento.

Ese corazón, que empieza a latir en el vientre de María, madurará y se desarrollará en el misterio divino de la vida oculta de Nazaret. Allí, bajo la atenta mirada de su Madre y el ejemplo sublime de su padre adoptivo, Jesús, el Hijo de Dios, aprenderá a ser hombre y a ejercer su inmensa capacidad de amar. Toda su vida será un acto de amor permanente, que se expresa en el servicio y en la entrega. María y José serán sus maestros y referencias. De modo que, también para nosotros, Nazaret, María y José siguen siendo los mejores maestros para sintonizar con el Corazón de Cristo. Allí se forjó ese corazón, allí aprendió a amar, y allí es donde el corazón del contemplativo puede aprender a latir al unísono con el de Jesús.

Pero, si el corazón de Jesús se forma y crece en Nazaret, nunca dejará de desarrollarse a lo largo de su vida con nuevas experiencias humanas, tales como el sufrimiento, las ilusiones, las decepciones, el cansancio, el miedo… Pero, de entre todas las experiencias humanas que fueron conformando el sagrado Corazón, merece la pena que nos fijemos en una de las más importantes, que es la amistad. Jesús tuvo compañeros, con los que compartió afanes misioneros, cansancio por los caminos, dificultades e ilusiones. Y a los que llamó amigos: «A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15), haciéndolos tan suyos como a los miembros de su propia familia: «El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,50). Nosotros también estamos invitados a incorporarnos a esa familia. Es decir, somos de los que estamos invitados a zambullirnos en el corazón de Cristo para conocer a Dios2.

Cristo nos ofrece su amistad, es decir, la posibilidad de conocerle y de compartir su vida. El contemplativo se caracteriza por haber recibido una llamada para conocer internamente al Señor y, en él, a la Santísima Trinidad. La invitación, cuanto más ilusionada e íntima es, más requiere una respuesta clara y generosa.

Pero, donde el amor de Dios adquiere su mayor expresividad será en la pasión del Hijo: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Es en este contexto donde Jesús se confidenciará con el discípulo amado. El pasaje es bien conocido:

El que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó (Jn 13,23-25).

Además de María, es Juan el único del que tenemos constancia que escuchara en su vida terrena el latido del corazón de Cristo. Sólo María y Juan han escuchado los latidos del corazón físico de Jesús. Es el discípulo amado el que sabe encontrar la sede de la intimidad y del amor del Maestro. Y resulta significativo que esa experiencia compartida con María les unirá ya para siempre. Jesús unirá antes de morir de una forma indisoluble a María y a Juan, porque ya se habían unido antes en la escucha de su Corazón. María nos lleva a Cristo, pero el corazón de Cristo nos vincula a María. No se pueden compartir determinadas experiencias con cualquiera, porque sólo quienes han pasado por ellas las entienden de verdad3. Para unirse de verdad a María hay que tener el privilegio de escuchar el latido del corazón de Cristo, y para ser de verdad confidente de Jesús hay que imitar a Juan:

Nadie puede comprender el Evangelio si no ha reclinado su cabeza sobre el pecho de Jesús y no ha recibido de él a María como madre4.

Pedro intuye ese misterio de intimidad y, cuando quiere sacarle una confidencia a Jesús, acude a Juan, consciente de que el Maestro no le negará nada a quien ha reposado sobre su corazón. Juan sabe aproximarse a Jesús por el único lugar que es «vulnerable», «accesible»: por su corazón. Quien no escucha sus latidos no comprenderá sus sentimientos y será incapaz de dar con la nota afinada que sintonice con el corazón de Cristo. Eso le pasará a Marta que, como no sabe reposar a los pies de Jesús, acabará agobiada por las actividades y se perderá las confidencias del Señor. Él nos llama a escuchar su Corazón y quizá tenga que dirigirnos el mismo reproche que a su amiga: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada» (Lc 10,41-42). Recordemos que la llamada que Cristo hace al contemplativo a compartir su misión es secundaria con respecto a la vocación a estar en él. Aquí el orden es muy importante: «Instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14-15).

El secreto para forjar una verdadera comunidad, una auténtica hermandad, es unirse todos en la escucha del corazón de Jesús junto a María. Las actividades, los proyectos, las carreras… nunca pueden suplir a lo que les da sentido. Lo único necesario es responder al amor que se ha recibido junto al corazón de Cristo. Por eso, una comunidad que no se edifica sobre la comunión en el corazón de Cristo, a través de la oración y de la Eucaristía, se edifica sobre arena. Y se hunde. No basta con dar fruto, el Señor ha venido para que demos fruto y nuestro fruto permanezca (cf. Jn 15,16). Y nuestro fruto sólo puede permanecer si lo guardamos en el corazón del Señor.

Juan se convierte en experto del corazón de Jesús. A este respecto es curioso que santa Margarita María de Alacoque -el apóstol de la devoción al sagrado Corazón- tuviese la primera de sus visiones sobre el sagrado Corazón en la fiesta de san Juan, el 27 de diciembre de 1673. También nosotros podemos pedir a san Juan que nos incorpore a esa experiencia. Los santos son nuestros hermanos mayores: acudamos a ellos, pues no podemos conseguir frutos espirituales sin utilizar medios espirituales.

4. El corazón abierto de Jesús en la cruz


La lanzada del Centurión – Rubens

Para poder acceder al corazón de Cristo tenemos que ir de la mano de María y de Juan. Pero, como nosotros somos tan torpes, y quizá no sabemos adentrarnos en los misterios de ese Corazón, Dios ha querido facilitarnos penetrar en él. Ha querido abrir una hendidura en el sagrado templo de su cuerpo para que tengamos acceso al sagrado Corazón. Por esa hendidura «destila» el corazón de Cristo la salvación y por esa hendidura se accede al interior de Cristo. El pasaje nos lo relata san Juan:

Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis (Jn 19,32-35).

La lanza horada el costado de Cristo y llega hasta su corazón. Abre una grieta en el templo santo, y del altar brota sangre y agua. Es, curiosamente, el discípulo amado el que lo narra.

La lanza pertenece al verdugo pagano: Dios se sirve precisamente del pecado para que fluya el antídoto del pecado. El pecado es impotente frente al bien: lo acaba provocando. Pero alguien paga el precio de ese choque. Si no fluye más vida de la Iglesia es porque no hay muchos cristianos que estén dispuestos a ofrecerse para que el mal impacte en sus corazones y acabe abriendo la fuente de la salvación. Eso es el martirio.

1. Del corazón de Cristo brota la salvación

a) La roca

El texto de san Juan que acabamos de citar tiene muchas resonancias, que explican la interpretación que la Iglesia le ha dado. Más allá del recurso a los Santos Padres o a los exegetas, el mismo Jesús nos indica el sentido profundo del agua que mana de su costado:

El que tenga sed, que venga a mí y beba, el que cree en mí; como dice la Escritura: «de sus entrañas manarán ríos de agua viva» (Jn 7,37-38).

Cristo es la fuente de la salvación, de la que estamos todos llamados a saciarnos. El peregrinar por el sequedal de esta vida sería imposible -caeríamos muertos en el desierto- si Dios no hiciera brotar agua viva del costado de Cristo, traspasado por la lanza. La imagen de Jesús, golpeado por un madero, manando agua para que beba el pueblo, fue misteriosamente prefigurada en la roca de la que Moisés hizo brotar agua para saciar a Israel:

«Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo». Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá (Ex 17,5-7).

No nos inventamos esta aplicación, sino que la Escritura nos la da por medio de san Pablo, quien, al interpretar este texto, concluye:

Y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo (1Co 10,4).

Cristo era la roca que, golpeada por el bastón, hizo que brotaran de sus senos el agua de la vida para los que tenían sed. La roca fue golpeada por Moisés, el servidor de Dios, para que brotara agua. En el Calvario fue el soldado impío, en nombre de todos los pecadores del mundo, el que traspasó el corazón de Cristo para que manaran los sacramentos que nos sacian. Infinitamente más dura fue esta violencia que la que se ejerció sobre la roca del desierto, pues allí el golpe provocó el torrente, pero aquí la lanzada no sólo hizo manar el líquido salvador, sino que originó una hendidura en la Roca, a través de la cual los hombres tienen ya acceso a la fuente misma de la que mana la salvación.

Del templo de su corazón manaron las aguas de vida. Así lo enseñaba Orígenes cuando afirmaba que «esta piedra no manará agua si no es golpeada; sin embargo, golpeada produce fuentes»5. Pero hay dos formas de golpear esta piedra: con la violencia del pecado y con la violencia suave del amor. Esta segunda es otra violencia más suave, pero no menos eficaz. Ya hemos visto lo que decía la Palabra de Dios: «Me has robado el corazón… con una sola mirada tuya» (Cant 4,9). Hay formas de hacer que la Roca, que es Cristo, se quiebre y destile perfume: «El reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan» (Mt 11,12). Esa roca se «quiebra» ante la súplica de María en Caná y de ella brota vino. También se agrieta ante la mirada de María, la hermana de Marta, y rezuma palabras de vida eterna. Esa roca destila confidencias íntimas cuando se siente oprimida por el peso del amigo. Cristo tiene un corazón sensible dispuesto a ser golpeado por la impiedad o por el amor. En ambos casos, de su seno siempre «saldrá agua para que beba el pueblo». Sería bueno que cada uno se hiciera consciente de con cuál de los dos instrumentos golpea el corazón de Cristo -con el pecado o con el amor-, porque de hecho lo hace.

b) El manantial del templo

Esa agua que mana para dar vida nos recuerda a las aguas salutíferas que manaban del templo, según la visión de Ezequiel. Ya hemos aludido a que el cuerpo de Cristo es un templo, según sus mismas palabras: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Y, ante la extrañeza de los oyentes, san Juan explicita la interpretación de esa afirmación: «Él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2,21). He aquí el texto profético:

El hombre me hizo volver a la entrada del templo. De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este -el templo miraba al este-. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar […] Me condujo por la ribera del torrente. Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda. Me dijo: «Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal. Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia […] En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales» (Ez 47,1.6-9.12).

Cristo es el templo de cuyo interior mana un río cada vez más profundo, que ningún ser humano puede vadear. Demasiado profundo y poderoso para poder ser atravesado sin ahogarse en él. La fecundidad de ese torrente hace que en sus dos riberas crezca una gran arboleda. Esa arboleda son los fieles, que regados por la Palabra de vida, dan fruto abundante; así lo dice la Escritura refiriéndose al justo: «Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto» (Jr 17,8). Esos árboles variados son los hijos de la Iglesia, nacidos del costado de Cristo por el bautismo y regados por la Palabra de Dios, que producen frutos abundantes y frecuentes. Pueden alimentar a los demás y tienen el poder de curar, pues producen hojas medicinales.

La fecundidad del manantial que brota del Templo-Corazón llega hasta el punto de que el río que surge de él no sólo produce fruto en las riberas, sino que sanea las aguas en las que desemboca. Aquí tenemos una nueva imagen: el agua pura que nace del santuario -del sur del altar- acaba con la salinidad del mar Muerto, y provoca, allí donde nada podía vivir, una explosión de vida. Un ecosistema nuevo en el cual «bullen, sin número, animales pequeños y grandes» (Sal 104,25). Allí habrá peces en abundancia. La imagen iluminada por el sacrificio del Calvario tiene un sentido profundo: del costado de Cristo brota el bautismo que limpia el pecado que asfixia la creación, y en cuyas aguas pueden nacer nuevos cristianos6, que repueblan la faz de la tierra.

c) El río del Apocalipsis

A la luz del texto que acabamos de considerar, podemos entender mucho mejor la descripción que el Apocalipsis nos ofrece de la nueva Jerusalén y del misterioso río que corre por el centro de su plaza:

Y me mostró un río de agua de vida, reluciente como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de su plaza, a un lado y otro del río, hay un árbol de vida que da doce frutos, uno cada mes. Y las hojas del árbol sirven para la curación de las naciones (Ap 22,1-2).

Cuando el Vidente describe la nueva Jerusalén, lo hace rememorando el Paraíso en el que fueron colocados Adán y Eva: «En Edén nacía un río que regaba el jardín» (Gn 2,10). También en la Jerusalén celeste aparece un misterioso río «de agua viva» que brota del trono de Dios y del Cordero. Así como del Edén nace un río, y otro río brota del templo según la visión de Ezequiel; así como de la roca de Meribá mana copiosa agua para saciar al pueblo, así, también, el Apocalipsis describe un «río de agua de vida, reluciente como el cristal», que fluye desde el trono de Dios y del Cordero. Es un río de una fecundidad extraordinaria, aunque ahora no se nos habla ya de una gran arboleda, sino de un único árbol, que está a la vez en uno y otro lado del río. Es un árbol misterioso, con el que la humanidad ha soñado desde que lo contemplara en el Paraíso: «El árbol de la vida en mitad del jardín» (Gn 2,9). Un árbol que da doce cosechas, una por mes. Y de nuevo, se subraya que ese árbol tiene propiedades curativas, pero no ya sólo para los individuos, sino para las naciones enteras. Ese árbol es Jesucristo: «[La sabiduría] es árbol de vida para quienes la acogen» (Pro 3,18). La sabiduría es Cristo. De modo que el mismo que es el origen del agua viva -en cuanto templo-, recibe su abundancia y su poder curativo -en cuanto árbol- gracias a la fecundidad del mismo río que mana de su seno.

d) El agua es el Espíritu

Como hemos visto, Cristo es la fuente de agua viva. Pero, ¿en qué consiste esta agua que tiene la propiedad de saciar la sed del hombre, de limpiar y renovar las aguas salobres, de producir una fecundidad extraordinaria y de contener una potencia curativa sorprendente? Una vez más es el apóstol Juan, el confidente del sagrado Corazón, el que nos aclara la duda en una glosa evangélica, que añade inmediatamente después de narrar la invitación de Jesús a beber de él:

Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado (Jn 7,39).

Ahora podemos entender plenamente. Del costado de Cristo brota la vida nueva que es el Espíritu. Ese Espíritu sacia la sed del hombre, limpia, vivifica, fecunda, cura a todo aquel que lo recibe. El corazón de Cristo es la fuente donde podemos beber la salvación que es el Espíritu. Edén, la roca de Meribá, el templo… todo son prefiguraciones del corazón de Cristo. Del trono de Dios y del Cordero brota el Espíritu que refresca, fecunda y sana el mundo entero. Por eso, la Iglesia canta con gozosa alegría, invocando al Espíritu: «Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo»7. Y, por eso, la Escritura nos invita a acercarnos al sagrado Corazón: «Oíd, sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero» (Is 55,1), y «sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación» (Is 12,3). Agua para beber, agua fecunda que produce prados verdes a los que quiere conducirnos Jesús: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas» (Sal 23,1-2).

e) Sangre y agua: el nacimiento de la Iglesia

Del costado abierto de Cristo brota la vida del Espíritu. Pero la descripción que hace san Juan relata dos manantiales paralelos que fluyen del Crucificado. «Salió sangre y agua» (Jn 19,34). Los Santos Padres siempre han identificado esa agua como imagen del bautismo, y esa sangre como imagen de la Eucaristía. De modo que del costado abierto de Cristo brotan los sacramentos que generan, configuran y nutren a la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía.

Se cumplió, además, un misterio inefable, pues «ahí salieron sangre y agua». No accidentalmente o por casualidad brotaron tales arroyos, sino porque la iglesia había sido fundada a partir de ambos. Sus miembros saben esto, puesto que han venido a la vida por el agua y son alimentados por la carne y la sangre. Los misterios tienen su fuente ahí, de modo que cuando te acerques al cáliz sobrecogedor debes ir como si fueses a beber de su mismísimo costado8.

Lo mismo que Dios modeló a Eva del costado de Adán dormido, del costado de Cristo dormido Dios modela a la Iglesia. La esposa surge del Esposo, para que Cristo pueda decir como Adán: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!» (Gn 2,23). Por eso, san Pablo habla de la Iglesia como del Cuerpo de Cristo, y refiere lo que predica sobre el matrimonio entre cristianos a la relación entre la Iglesia y Cristo:

Nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia (Ef 5,29-32).

2. El interior del corazón de Cristo

El corazón de Cristo expresa lo más íntimo de su ser encarnado. De él mana su amor, que se dispensa a todos los que quieren beber de las fuentes de la salvación. Pero la lanza abre una brecha por la que podemos también acceder al interior de ese Corazón. Podríamos decir que el costado abierto de Cristo hace posible una comunicación en los dos sentidos, permitiendo que fluya al exterior su vida, y que nosotros podamos acceder al interior de su ser. Si tenemos en cuenta que su Corazón es la entrada al Corazón de la Trinidad podemos comprender las inmensas posibilidades que se nos ofrecen. El velo del templo rasgado en dos tras la muerte de Cristo (cf. Mt 27,51) señala que la cortina ha desaparecido y ahora hay acceso libre al Santo de los Santos, que ya no hay nada vedado para el hombre, sino que, a través de Cristo, éste puede alcanzar el Corazón de Dios.

Por eso, no podemos considerar el corazón de Cristo sólo como la fuente de nuestra salvación, sino también como el lugar de nuestra plenitud, como nuestra verdadera morada. Jesús nos dijo que todo aquél que le ame será anfitrión de la Trinidad: «Vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23); y lo que ahora se nos ofrece es que vayamos nosotros a él y habitemos en él, de manera que podamos incorporarnos al cielo en la tierra, y podamos participar ya de la vida que viviremos plenamente en la Trinidad.

Esta posibilidad de incorporarnos al sagrado Corazón es una fuente de inenarrable dicha, la única verdadera alegría digna de tal nombre, que podemos gozar ya en esta vida. Permanecer en el sagrado Corazón nos permite desarrollar aspectos esenciales de nuestra fe. Analicemos algunos de estos aspectos, que nos parecen especialmente relevantes, para poder profundizar en ellos.

a) Conocer a Dios

La fe de la Iglesia ha encontrado en ese costado abierto el pasadizo por el que accede al Corazón de Dios. Es un costado que se abre para que el hombre pueda penetrar por él. Por ese costado abierto el hombre tiene acceso a los tesoros de gloria escondidos en Cristo, pues, como dice san Juan de la Cruz, hay «mucho que ahondar en Cristo; porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término; antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá. Que por eso dijo san Pablo (Col 2,3) del mismo Cristo, diciendo: In quo sunt omnes thesauri sapientiae et scientiae Dei absconditi, que quiere decir: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría de Dios escondidos»9.

Por tanto, el único lugar desde el que se puede penetrar en el conocimiento profundo de Dios es el corazón de Cristo. De hecho, cuando Moisés quiere crecer en el conocimiento de Yahweh, y le pide contemplar su gloria, Dios le responde que sólo puede acceder a ese conocimiento si es metido en una «hendidura de la roca», lugar desde el que puede ser introducido en el conocimiento profundo de Dios, protegido del apabullante peso de su excelsa majestad:

Entonces, Moisés exclamó: «Muéstrame tu gloria». Y él le respondió: «Yo haré pasar ante ti toda mi bondad y pronunciaré ante ti el nombre del Señor, pues yo me compadezco de quien quiero y concedo mi favor a quien quiero». Y añadió: «Pero mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida». Luego dijo el Señor: «Aquí hay un sitio junto a mí; ponte sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te meteré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después, cuando retire la mano, podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás» (Ex 33,18-23).

Moisés necesita refugio para poder contemplar la «espalda de Dios», que es lo único que puede ver sin morir, y para ello Yahweh le mete en un sitio junto a él, «en una hendidura de la roca» y le cubre con su mano. Sin estas precauciones, Moisés no podría aguantar el peso de la gloria de Dios. Cristo es esa roca10 en cuya hendidura nos introduce el Padre para que, cubiertos con su «mano»11 -el mismo Espíritu que cubrió con su sombra a María- podamos contemplar no ya su espalda sino el rostro de Aquél que anhela nuestro corazón. Lo que vivió Moisés, el siervo de Dios, es figura de lo que se nos ofrece a nosotros, los amigos de Dios (cf. Jn 15,15).

Por tanto, para conocer a Dios es necesario introducirse en la hendidura de la roca. Hendidura a la que se tiene acceso sólo si Dios nos «mete» en ella, porque nadie puede conquistar ese recinto amurallado si Dios no se lo entrega. La conquista de Jericó es una buena imagen para comprender esa verdad. Lo mismo que los israelitas sólo pudieron conquistar Jericó cuando sus murallas se vinieron abajo como fruto de su confianza y de su oración (cf. Jos 6,20), así los hombres sólo podemos acceder al Corazón de Dios cuando el costado sagrado se abre ante la presión de la humilde confianza y el asedio de la incesante oración. Sólo quien cerca con paciente confianza el corazón de Cristo puede ver cómo se desploman para él las defensas, para que pueda internarse por la brecha abierta en la muralla.

El corazón traspasado de Cristo se convierte en el lugar de donde brota la vida, y el camino por el que se penetra a la fuente de la salvación. El mismo apóstol Tomás recibirá el verdadero conocimiento de Dios y de Jesús metiendo su mano en el costado de Cristo: «Luego dijo a Tomás “Trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”» (Jn 20,27-28). Porque, como dice el Señor, «ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Al meter su mano en el costado abierto accedió al corazón de Jesús y pudo conocer a Dios. Al encontrarse con el costado abierto de Cristo, Tomás recibe el don de la fe sobrenatural y de la vida de la gracia, y puede proclamar: «¡Señor mío y Dios mío!».

Nadie puede conocer a Dios sin tener acceso al corazón de Cristo. No se puede ser maestro (cf. Jn 3,10) en la Iglesia sin haberse zambullido previamente en Cristo. Sin esto, nadie puede alcanzar la sabiduría divina a la que está llamado el contemplativo. Porque la ciencia de los libros no sirve para edificar el Cuerpo de Cristo sin la experiencia personal que fluye de Cristo Cabeza: «Hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto» (Jn 3,11). El conocimiento doctrinal y teológico, si carece de la experiencia de Dios, puede ser un peligro para quien lo tiene y para quienes dependen de él.

b) Encontrar refugio seguro


La santísima Trinidad, Rubens

El corazón de Cristo no es sólo el lugar donde se adquiere la sabiduría de Dios, sino que también es el ámbito seguro donde hallamos reposo, refugio y protección. Ya en el Antiguo Testamento encontramos el deseo de Dios de conducir al hombre a la seguridad de su presencia, y la necesidad del hombre de buscar refugio seguro en Dios. Hay muchos textos donde se prefigura lo que se va a manifestar plenamente cuando los hombres conozcan el corazón de Cristo.

Los salmos dan buena cuenta de esa ansia del hombre pequeño y pobre: «Llévame a una roca inaccesible» (Sal 61,3), a un lugar en el que no pueda penetrar el enemigo, ni ningún otro peligro; un lugar donde el mundo y su ruido no tenga acceso. La roca inaccesible se constituye en la morada de todo el que quiere encontrar refugio seguro frente a Satanás. Sólo en el corazón de Cristo -la Roca- encuentra el hombre completa seguridad; y bajo el manto de María, que es como una prolongación del corazón de Jesús.

Otros salmos utilizan la sugerente imagen de estar «bajo las alas de Dios» para invitar al fiel en peligro al refugio seguro. Esa poética expresión describe felizmente lo que representa el corazón de Cristo como lugar de protección para el hombre de fe: «Habitaré siempre en tu morada, refugiado al amparo de tus alas» (Sal 61,5). El salmista invoca al Señor pidiéndole protección: «Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme» (Sal 17,8). Allí, bajo esas alas, quiere permanecer hasta que pase el peligro: «Misericordia, Dios mío, misericordia, que mi alma se refugia en ti; me refugio a la sombra de tus alas mientras pasa la calamidad» (Sal 57,2). Y allí quiere agradecer al Señor la protección cuando ha pasado el riesgo: «Fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo» (Sal 63,8). Allí, a salvo de todo peligro, da gracias y testimonia el amor de Dios por los suyos: «¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!, los humanos se acogen a la sombra de tus alas» (Sal 36,8).

Las alas prefiguran la realidad del corazón de Cristo, y expresan la ternura compasiva de Dios, que cubre y defiende al pequeño. La imagen de las alas remite al Dios protector que guarda al hombre frente a las amenazas que le aterran. El salmista se alegra de encontrar un lugar plenamente seguro junto a Dios, sin conocer todavía que ese lugar no es otro que el corazón del Mesías:

Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en ti».
Él te librará de la red del cazador,
de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas te refugiarás:
su verdad es escudo y armadura (Sal 91,1-4).

Pero quizá es el salmo 84 el que nos ofrece una prefiguración más cercana del sagrado Corazón como refugio, porque nos ayuda a comprender lo que puede representar el corazón de Cristo para el hombre que vive en el mundo, hostigado por los peligros y cansado de sinsabores, y que anhela un nido donde cobijarse y reposar:

¡Qué deseables son tus moradas,
Señor del universo!
Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
retozan por el Dios vivo.
Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor del universo,
Rey mío y Dios mío.
Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote siempre […]
Fíjate, oh Dios, escudo nuestro,
mira el rostro de tu Ungido.
Vale más un día en tus atrios
que mil en mi casa,
y prefiero el umbral de la casa de Dios
a vivir con los malvados (Sal 84,2-5.10-11).

La Palabra de Dios nos invita a vivir deseando permanentemente las moradas de Dios. Sus atrios, su umbral, son mucho más deseables que las casas de los hombres. Lo humano cansa y amenaza ruina, el corazón de Cristo protege y llena de alegría. El texto nos invita no sólo a visitar, sino a establecernos permanentemente en el corazón de Cristo. La lanza abrió el costado de Cristo y por esa hendidura el alma descubre un lugar donde anidar: «Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor del universo, Rey mío y Dios mío».

El nido para el alma es el corazón de Cristo, allí encuentra el alma el calor y la seguridad. También encuentra en él el medio idóneo para criar a sus pequeños. Esta realidad es muy importante para el alma contemplativa, llamada a la maternidad espiritual. No podemos sacar adelante la progenie que Dios nos ha dado, si no es anidando en su corazón y colocando allí a nuestros polluelos.

Especial relevancia para nosotros tiene la referencia a los «altares», donde el gorrión y la golondrina colocan sus nidos. El altar es el lugar donde se realiza la ofrenda, y ya hemos dicho que es el lugar más sagrado del templo. El sacrificio de Cristo se realizó allí donde podemos poner nosotros nuestro nido, o sea, en su Corazón. Ése fue el altar del Templo de su carne en el que el Sumo Sacerdote se ofreció a sí mismo como Víctima, según la enseñanza de la carta a los Hebreos: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo […] para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Heb 10,6-7; cf. Sal 40,7-9). Es en su Corazón donde Cristo ha ejercido su labor sacerdotal ofreciendo la víctima que es él mismo. En ese altar sagrado yo soy invitado a anidar y a criar a la prole que me ha dado. Fuera de ese recinto no encontraré lugar seguro donde vivir, y mis crías, los que han de nacer a la fe por mi fe, se me morirán.

c) Permanecer en Cristo

Cuando Jesús nos invita a amar a Dios y a amarle a él, utiliza repetidamente, según recoge san Juan, una expresión misteriosa y significativa: «Permaneced». Con ese imperativo se nos pide que nos establezcamos sólidamente en él, que descansemos en él, que establezcamos nuestra morada en él. Para eso él estableció su morada entre nosotros (cf. Jn 1,14).

Ese reposo se entiende muy bien profundizando en la realidad del sagrado Corazón de Jesús. Se trata de reposar serena y amorosamente nuestra cabeza en el pecho de Jesús, como hizo san Juan en la última cena. Se trata de establecernos definitivamente allí, cualquiera que sea nuestra actividad. Vivir al compás de los latidos del corazón de Cristo, sintonizando con los sentimientos de su corazón, acompasando nuestros latidos a los suyos, como María. Ése es el origen de la oración del corazón, que vemos descrita, por ejemplo, en El Peregrino ruso. Jesucristo ansía esa unión íntima de corazones: «Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy» (Jn 17,24). Diríamos, pues, que se trata de habitar en el corazón de Cristo, para lo cual hemos de custodiar nuestro propio corazón de modo que no entre en él nada que sea impuro, nada que rompa esa comunión de amor divino a la que Jesús nos invita. Habitar y permanecer.

Pero sólo podemos permanecer en Cristo si hacemos su voluntad. El Señor es muy claro: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor», y él mismo reduce sus mandamientos a uno solo: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12). De modo que permanecer en él es amar como él, y a continuación explicita en qué consiste ese «como yo os he amado», diciéndonos que «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Se trata, por tanto, de prolongar su mismo amor en nuestra vida, de manera que no sólo recibamos el amor de Cristo, sino que nos convirtamos en una nueva efusión de ese amor. Con esto se relaciona lo que diremos enseguida acerca de convertirnos en el corazón de Cristo, porque nadie puede permanecer en él sin convertirse en él. No se trata tanto de una permanencia estática, cuanto de incorporarnos a una corriente de vida que pasa por nosotros y que produce frutos más allá de nuestras capacidades, tal como él mismo nos lo reveló con una imagen sugerente: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante» (Jn 15,5).

5. Un Corazón que desea ser amado

Un aspecto de enorme trascendencia en el ámbito de la relación de amor que suscita el corazón de Cristo es la necesidad de que ese amor sea recíproco, para que sea verdadero. Teniendo en cuenta que afirmar que Dios «necesite» esa correspondencia no significa que a él le falte algo, o que sin nuestro amor carezca de algo sustancial; porque la realidad es que Dios, sin necesitar nada, en virtud del amor que nos tiene, quiere necesitar de la correspondencia de amor para la cual decidió crearnos; una correspondencia que no es, por tanto, una necesidad egoísta, sino, por el contrario, es la evidencia de la seriedad que para él tiene el amor que ofrece al hombre, que, para ser verdadero, exige la entrega plena y mutua. Así pues, podemos decir que la «necesidad» que tiene Dios de nuestro amor no es otra cosa que su deseo por establecer con nosotros una relación verdadera de amor, a imagen del amor trinitario, que se identifica con nuestra plenitud y nuestra salvación.

Para entender esto puede ayudarnos el caso frecuente de la madre que ve cómo un hijo suyo se aleja de ella y cae en el infierno de las drogas, o arruina su vida de cualquier otra forma y siente un dolor intensísimo por su hijo. Sin duda que el motivo principal de su dolor es la autodestrucción de aquél a quien ama; pero no es menos doloroso para ella perder, con eso, la relación de amor con su hijo.

Esta realidad tan conocida nos puede ayudar a atisbar algo de los sentimientos propios del Corazón de Dios y del sagrado Corazón de Jesús. La Escritura, de hecho, abunda en expresiones del dolor de Dios por Israel. Dios ve y sufre. Los profetas lo manifiestan con un impresionante lirismo: «¡Ay mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las paredes del corazón, me palpita con fuerza, no puedo callar […] Mi pueblo es insensato, no me reconoce; son hijos necios que no recapacitan: diestros para el mal, ignorantes para el bien» (Jr 4,19.22).

A Dios le duele el corazón por el pecado del pueblo, por la autodestrucción a la que lleva ese pecado12 y la imposibilidad de mantener la relación de amor que ese pecado ha roto.

Pero, como hemos dicho, no hay verdadero amor, por gratuito que sea, que no ansíe la correspondencia. Incluso en el caso de nuestra respuesta al amor de Dios, porque al corresponder a su amor llega a plenitud el amor gratuito que nos regala.

Desde el principio de los tiempos, cuando Dios creó todo, su anhelo profundo era pasearse «por el jardín a la hora de la brisa» (Gn 3,8) con el hombre. De hecho, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza para establecer con él una relación de intimidad, como la de un padre con su hijo13, o la de un esposo con su esposa14. Y esas relaciones, que buscaban ante todo el beneficio del hombre, también reclamaban la reciprocidad del amor. Por eso, Dios se siente traicionado y se llena de celos cuando Israel le es infiel15, y por ello se siente abandonado16. Por eso, el precepto fundamental que exige a su pueblo es: «Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5).

Dios quiere ser amado porque ése es el bien del pueblo y para lo que lo ha elegido: «Observa los mandatos y preceptos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos, después de ti, y se prolonguen tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre» (Dt 4,40). Incluso ese deseo de correspondencia adquiere con los profetas tintes apasionados: «¡Efraín es mi hijo querido, él es mi niño encantador! Después de haberlo reprendido, me acuerdo y se conmueven mis entrañas. ¡Lo quiero intensamente!» (Jr 31,20).

Cuando Dios se hace un corazón humano y encarna en él su amor apasionado, no sólo quiere manifestar su amor de forma humana a sus criaturas, sino que también anhela recibir en su corazón humano el amor de los hombres. Jesús posee desde el seno de María un corazón extraordinariamente sensible para dar; pero esa misma sensibilidad le capacita de forma excepcional para recibir. A lo largo de su ministerio público encontramos numerosas pruebas de que no es indiferente a las muestras de afecto humano y de correspondencia en el amor. Él mismo, que exige un amor total a Dios17, aspira a ser amado por los suyos de la misma manera, por encima de todo vínculo humano, incluso los más sagrados: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37).

En la Última Cena es donde afloran con especial fuerza los sentimientos de Jesús. Mientras los evangelistas sinópticos narran el anuncio de la traición de Judas de una forma externa, Juan, el discípulo amado, el que conocía el corazón de Jesús, lo relata expresando los sentimientos que llenaban el corazón del Maestro: «Diciendo esto, Jesús se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: “En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar”» (Jn 13,21). Esa turbación expresa un dolor agudo del corazón por la acción que Judas va a realizar. Podríamos restringir ese dolor al daño que Judas se va a hacer a sí mismo como fruto de su pecado, o al daño que va a hacer al reino de Dios, pero quedarnos ahí supondría minimizar el sufrimiento de Cristo si no subrayáramos que al Señor le duele el desamor de un discípulo amado y, especialmente, la imposibilidad de establecer una relación verdadera de amor con él. Sin embargo, ese corazón dolorido será inmediatamente aliviado por el contacto de la cabeza del amigo amado, que le permite dejar salir la confidencia que sólo a él estaba destinada: «“Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado”. Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote» (Jn 13,26). El corazón de Jesús recibe sufrimientos y alegrías, sangra y goza como el corazón de cualquiera de nosotros, pero con la salvedad de que su extremada sensibilidad multiplica en proporción desmesurada todos esos sentimientos.

El acontecimiento de Getsemaní nos permite seguir ahondando en los sentimientos internos del Maestro. Cuando la angustia le llena el corazón y siente una tristeza mortal en su alma, Jesús acude al Padre; pero, al mismo tiempo, recurre a sus amigos para que le acompañen en esa hora terrible y, con su presencia, alivien su sufrimiento: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo» (Mt 26,38). Y cuando, vencidos por el sueño, dejan sólo al Amigo, Jesús les reprenderá, dolido, no con una regañina, sino con un reproche que sale de su corazón abandonado y su preocupación porque no serán capaces de vencer la prueba que se avecina: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación» (Mt 26,40-41).

En este sentido hemos de entender cómo afectó al corazón de Cristo la soledad de la cruz, el abandono de casi todos18 y la muerte, y cómo su único consuelo fue confiar en la eficacia salvadora de su sacrificio para alabanza del Padre y salvación de los hombres, que permitiría restablecer la comunión de amor deseada por Dios desde el principio. El corazón de Cristo, acostumbrado a latir desde el principio con el corazón de María, sufre por la soledad que ansía la comunión: quiere volver a latir al unísono con los suyos.

Ciertamente que Cristo se sentía inmensamente amado por el Padre19, y su relación con él constituía su alegría y su sustento. Pero, también anhelaba el amor de los hombres que el Padre le ha dado20, y aspiraba a que el corazón de sus discípulos latiera con el mismo amor al Padre que late en su sagrado Corazón: «El que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré […] El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 21.23). De este modo, el corazón del discípulo alberga a la Trinidad a imagen del corazón de Jesús.

Pero quizá el momento en el que el Señor reclama más explícitamente el amor a los suyos sea cuando requiere de Pedro una triple profesión de amor (Jn 21,15-17). Es cierto que ese requerimiento tiene como delicado objetivo que Pedro pueda compensar su negación, y reafirmar entre sus compañeros su amor a Jesús. Pero el Señor nunca hace o dice nada al azar. Por eso, cuando pregunta a Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» (Jn 21,15), no lo hace de manera retórica, sino totalmente en serio, expresando con claridad una voluntad completamente real de ser amado de una forma especial por su amigo.

Este deseo del corazón de Jesús de ser amado, tal como hemos visto en los momentos más significativos, tiene también su huella en muchos otros acontecimientos de su vida, en los que reclama, acepta de buen grado o agradece las expresiones de amor, afecto y atención. Todos estos detalles expresan de diferentes maneras el gran deseo del Señor que va más allá de la salvación: «Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste» (Jn 17,24). Como cuando trata a sus discípulos como amigos porque conocen todos sus secretos (Jn 15,15), y expresa su necesidad de descansar junto a ellos (Mc 6,31). O cuando señala la ingratitud de los nueve leprosos que no regresan (Lc 17,12-18). De hecho, le gusta la espontánea confianza de los niños que se acercan a él (Mc 10,13-14) y no rehúsa las expresiones de afecto que le manifiestan las masas que le siguen (Lc 19,36-40) y se preocupa por ellas (Mt 9,36). Igualmente, no rechaza los gestos de agradecimiento de la pecadora arrepentida (Lc 7,37-39), ni el detalle de María de Betania, la hermana de Lázaro y Marta, que «tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera» (Jn 12,3). Una acción que suscitó el escándalo de los supuestos amantes de los pobres, pero que el Señor aceptó serenamente agradecido, anunciando que ese gesto de amor tendría perenne memoria en el corazón de los creyentes como modelo de cómo hay que tratarle a él: «En verdad os digo que en cualquier parte del mundo donde se proclame este Evangelio se hablará también de lo que esta ha hecho, para memoria suya» (Mt 26,13).

Como hemos visto en la pregunta que le hace Jesús a Pedro (Jn 21,15), su Corazón sólo quiere de él su amor, lo demás vendrá como consecuencia. Como siempre la vocación al amor prima sobre la llamada a la misión. Y con ello se nos abre un magnífico horizonte, porque también el Señor reclama de nosotros una profesión de humilde amor, expresada también con gestos y detalles humanos.

6. Consolar y reparar


Aparición del Sagrado Corazón a santa Margarita María de Alacoque

Jesús me invita a habitar en él, por mí y por los míos, los que el Padre me ha dado y quiere darme. Pero en realidad, Jesús anhela que esté ahí no sólo porque sea lo mejor para mí y el único ámbito donde puedo tener descendencia espiritual, sino, también, porque me quiere y me necesita.

No debemos olvidar este aspecto de la vida contemplativa, porque es su fundamento: hemos sido llamados no sólo para interceder por los hombres, sino, sobre todo, para consolar a Dios. Ese consuelo, cuando va referido al corazón de Jesús, tiene un nombre: reparación. Establecerse de forma permanente en el corazón de Cristo es la manera de compensar al Señor por tanta indiferencia y por tantos rechazos como recibe. Jesús me quiere necesitar para que cure, consuele y repare su Corazón ultrajado. Y, a través del suyo, para que cure, consuele y repare el Corazón traspasado del Padre. Estamos llamados -incorporados al amor de Cristo- a consolar, reparar, compensar y amar al «Corazón de la Trinidad». La reparación del Corazón de Dios es la vocación de todo el que es de Cristo.

Jesús es el lugar donde reposar. Él quiere que encontremos en él descanso para nuestras almas (cf. Mt 11,29), y nos ofrece su sagrado Corazón: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). San Juan le hizo caso y reposó su cabeza en el pecho del Maestro. «Pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58). Jesús no tiene donde reclinar su cabeza, donde descansar21; nadie le permite ser quien es, mostrarse en su intimidad amorosa.

En su vida terrena muchos le ofrecieron hospedaje, pero casi siempre fue para examinarle como Maestro en un ambiente de controversia. Muy pocos le acogieron como amigo y le permitieron ser quien es. Por eso valoraba tanto la casa de Lázaro, Marta y María en Betania, porque ellos eran sus amigos y allí podía ser, en gran medida, quien es. Jesús, hoy como entonces, busca, como un pobre, morada22. Y sigue añorando un corazón donde poder descansar en la amistad y en el amor: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco» (Mc 6,31). Jesús no tiene casa u hogar. Va de un lado para otro. También él, como el gorrión o la golondrina, como la zorra, quiere un nido o una guarida donde poder reposar23.

En este contexto podemos entender la intuición de santa Teresa del Niño Jesús: la satisfacción de las propias ofensas y la reparación por los pecados de los hombres es algo muy grato a Dios. Y ella quiere embarcarse en esa empresa: «Quiero trabajar por tu Amor, con el único fin de agradarte, de consolar a tu Sagrado Corazón y de salvar almas que te amen eternamente»24. Pero la santa de Lisieux descubre, junto con la necesidad de compensar los pecados, otra necesidad más interna del corazón de Cristo: el corazón de Jesús rebosa de Amor misericordioso y la mayoría de las veces no le consentimos que su Corazón nos ame según su infinito caudal, sino que le imponemos el acomodarse a nuestra mediocridad. Le obligamos a dejar remansado su amor sin permitir que lo derrame por entero sobre nuestras almas. Santa Teresa, dolorida, descubre esa realidad:

Pensaba en las almas que se ofrecen como víctimas a la justicia de Dios para desviar y atraer sobre sí mismas los castigos reservados a los culpables. Esta ofrenda me parecía grande y generosa, pero yo estaba lejos de sentirme inclinada a hacerla.

«Dios mío, exclamé desde el fondo de mi corazón, ¿sólo tu justicia aceptará almas que se inmolen como víctimas…? ¿No tendrá también necesidad de ellas tu amor misericordioso…? En todas partes es desconocido y rechazado. Los corazones a los que tú deseas prodigárselo se vuelven hacia las criaturas, mendigándoles a ellas con su miserable afecto la felicidad, en vez de arrojarse en tus brazos y aceptar tu amor infinito…

«¡Oh, Dios mío!, tu amor despreciado ¿tendrá que quedarse encerrado en tu corazón? Creo que si encontraras almas que se ofreciesen como víctimas de holocausto a tu amor, las consumirías rápidamente. Creo que te sentirías feliz si no tuvieses que reprimir las oleadas de infinita ternura que hay en ti…

«Si a tu justicia, que sólo se extiende a la tierra, le gusta descargarse, ¡cuánto más deseará abrasar a las almas tu amor misericordioso, pues tu misericordia se eleva hasta el cielo…!

«¡Jesús mío!, que sea yo esa víctima dichosa. ¡Consume tu holocausto con el fuego de tu divino amor…!»25.

Y se determina a ofrecerse formalmente como víctima al amor misericordioso a través de su ofrenda:

Me ofrezco como víctima de holocausto a vuestro Amor misericordioso, suplicándoos que me consumáis sin cesar, dejando desbordar en mi alma las oleadas de ternura infinita que se hallan encerradas en Vos, y que así llegue yo a ser Mártir de vuestro Amor, ¡Dios mío!26.

Santa Teresa del Niño Jesús percibe que a Dios le duelen tanto -¿quizá más?- los pecados como las sutiles maneras que tenemos de impedirle amarnos con todo su Corazón. Lo tremendo para el corazón de Cristo no es, sobre todo, que le ofendamos, sino que no queremos ser amados con toda intensidad por él, y así le imponemos nuestros «filtros protectores» y le impedimos actuar a lo grande.

No se trata ya de dar sólo consuelo al sagrado Corazón a través del propio amor, sino de consolarle dejando que Dios me ame sin límites, según su deseo. Esa nueva perspectiva de reparación es una invitación para todas esas almas pequeñas que ella profetizó serían llamadas27 como víctimas, y una posibilidad que se le abre al contemplativo para abrazar un martirio que está en perfecta sintonía con su vocación. El verdadero contemplativo está llamado a acoger el amor desmedido de Dios, abriéndose a esas oleadas de amor misericordioso que brotan del corazón de Cristo crucificado, que le consumen y que le convierten en una víctima de holocausto del amor misericordioso.

7. Convertirnos en el corazón de Cristo

Todo cristiano está llamado a ser otro Cristo. Tiene que reproducir su vida, su visión, sus sentimientos. Debe ser una réplica lo más perfecta posible de su modelo. De modo que, para el contemplativo -como cristiano pleno-, zambullirse en el sagrado Corazón no es sólo recibir la gracia de un amor que se entrega, sino también escuchar la llamada de un amor que reclama que lo reproduzcamos, lo prolonguemos, lo actualicemos, lo concretemos y lo acerquemos a los hombres. Supone escuchar la llamada a constituirse como en una representación del sagrado Corazón de Jesús. Teniendo muy en cuenta que la respuesta a esta llamada comporta acoger la invitación a ser una nueva encarnación del amor del Padre, una réplica del corazón de Jesús, tal como lo deseaba santa Isabel de la Trinidad:

¡Oh, Fuego abrasador!, Espíritu de Amor, «desciende sobre mí» para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo. Que yo sea para Él una humanidad suplementaria en la que renueve todo su Misterio28.

Se trata de ofrecerle a Jesucristo un nuevo cuerpo, una «humanidad suplementaria», que le ofrezca la oportunidad de tener otro corazón en la tierra para seguir prolongando de forma visible su amor por los hombres. El sagrado Corazón de Jesús genera nuevos corazones de Jesús.

Esto, que es de enorme importancia, define la más profunda identidad del cristiano porque es lo que realmente le cristifica al hacer suyo el corazón de Cristo. Pero, para que se haga realidad esta sustitución es imprescindible que aspiremos a recibir el nuevo corazón, que sólo Dios puede darnos, y renunciemos a mantener nuestro viejo corazón con la falsa esperanza de purificarlo hasta hacerlo como el del Señor. Lo que el Padre demanda y los hombres secretamente buscan no es un amor humano «elevado» por un ejercicio más o menos espiritual, sino el mismo amor que brota del sagrado Corazón. Por tanto, no puede ofrecerse al Señor un nuevo corazón «suplementario» con el que él pueda amar aquí y ahora al Padre y a los hombres, no puede uno llegar a ser un nuevo corazón de Jesús, a través de un ejercicio de purificación, sino que tiene que ser un don que venga de lo alto, que se pide, se prepara, se recibe y se agradece.

No podemos caer en la tentación de utilizar el corazón de Cristo sólo como beneficio para nuestra satisfacción personal. Al contemplativo no le basta considerar el corazón de su Señor como una ocasión de sentir el amor de Dios, sino que está obligado a reproducir ese amor en su propio corazón. Cuidado, pues, con la tentación de orar para mí, de profundizar para paladear egoístamente una vida espiritual que no me compromete con Dios y con los demás, sino que me repliega más sobre mí. Se necesita una opción y elección claras y decididas de poseer, como Cristo, un amor pleno para Dios y los hombres, que sea fuente de bendición para los demás. Ser contemplativo es, ante todo, una llamada a ser de Dios y, desde él, ser don para los demás, no una forma de tener ventaja para la propia comodidad humana o espiritual. Salvando las distancias, podríamos aplicar a nuestra vocación contemplativa lo que san Agustín decía de su condición de obispo.

Desde que se me impuso sobre mis hombros esta carga, de tanta responsabilidad, me preocupa la cuestión del honor que ella implica. Lo más temible en este cargo es el peligro de complacernos más en su aspecto honorífico que en la utilidad que reporta a vuestra salvación. Mas, si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros29.

Es preciso que nuestro corazón sea modelado según la imagen del corazón de Cristo. San Pablo tuvo experiencia de esa identificación con el corazón traspasado de Cristo, y se la enseñó a los suyos: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5). Ese amor va de corazón a corazón: del corazón de Cristo al corazón de los cristianos. Y los que beben de él se convierten, también ellos, en dispensadores del Espíritu: «El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14). Si estamos unidos a Cristo, nos convertimos en un templo del que también manará el Espíritu Santo. Hemos de dejar que nuestros corazones sean golpeados por el bastón sagrado de la cruz para que se abran y pueda brotar de ellos el agua que sacie a los demás.

De este modo, se produce la paradójica situación de que el sediento se convierte en fuente de agua para los demás: «El que tenga sed, que venga a mí y beba, el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”» (Jn 7,37-38). Jesús, desde la cruz, manifiesta su sed (cf. Jn 19,28), justamente antes de derramar el agua de la vida (cf. Jn 19,34). Esa sed de Dios y del hombre la recibe el que se sacia del agua viva, para convertirse, él mismo, en surtidor para saciar a otros sedientos. Larga cadena de los que no tienen nada y dan a manos llenas, «como pobres, pero que enriquecen a muchos, como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2Co 6,10).

La vocación a ser una réplica del corazón de Jesús exige de nosotros la pureza de corazón. Nuestros corazones han de ser puros para purificar. Debemos, por ello, sentir la urgencia de vivir la bienaventuranza a fondo: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Sólo si tenemos un corazón limpio, un corazón de niño, virginal e inocente, haremos posible que el Espíritu fluya de él y sanee las aguas salobres que le rodean. Ese corazón no es obra humana, ni fruto de nuestros propósitos o esfuerzos; es un don gratuito que recibimos con la gracia de la vocación contemplativa, y que hemos de cuidar, proteger y hacer crecer:

Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos (Ez 36,26-27).

Este nuevo corazón no es otro que el de Cristo, que ocupa ya el lugar de nuestro antiguo corazón de piedra arrancado. Si en el centro del ser del cristiano se ha colocado el manantial del que brota el amor de Jesús, se puede entender por qué san Pablo proclama con absoluta y desconcertante convicción: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). En lo más íntimo del templo espiritual que somos, Dios quiere poner el Altar del que fluye el agua de la vida, de modo que, sin que perdamos nuestra identidad personal, podamos decir con verdad que es Cristo -su Corazón- quien vive en mí.

Una vez acogido ese corazón nuevo, lleno de pureza y de humildad, ya unificado con el de Cristo, estamos fundidos en una única realidad, de modo que vendremos a ser lo que amamos, cumpliendo así las palabras del Maestro: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,28).

Esa pureza de corazón, consecuencia de permanecer en el corazón de Cristo, produce en nosotros frutos sorprendentes. Como los árboles al borde del río30, nos capacitamos para dar de comer a quienes se nos encomiendan, y podemos curar todas las enfermedades que aquejan hoy a la torturada humanidad. El contemplativo que permanezca en el corazón de Cristo «será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin» (Sal 1,3).

Permanecer en el sagrado Corazón genera en nosotros, por ósmosis, los mismos sentimientos de Cristo, cumpliendo con lo que nos pide san Pablo: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2,5). Así, nuestro corazón se debe ir conformando con el de Cristo, consumiéndose en su misma pasión y aprendiendo de él a amar totalmente a Dios y a los hombres, según el antiguo precepto: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,6; cf. Mt 22,37). Ese «con todo» habla de un corazón polarizado en Dios, que ama en él a todas las demás criaturas.

8. Concreciones

Para terminar, y como síntesis de todo lo expuesto anteriormente, podríamos decir que el contemplativo, que se ha identificado con el corazón de Cristo, necesita asumir el estilo que brota de ese misterio en una vida caracterizada por las siguientes actitudes:

  • -Anidar en el corazón de Cristo, vivir sobre la roca inaccesible
  • -Aceptar el corazón de Jesús como mi Tierra Prometida. Establecerme en su corazón, renunciando a seguir buscando compensaciones y novedades en otros lugares.
  • -Refugiarme a la sombra de las alas de Dios
  • -Ahondar permanentemente en el corazón de Cristo para descubrir en él las ricas vetas de tesoros escondidos. Vivir en lo oculto de su morada, zambullido en él, sin que nadie note nada.
  • -Ejercer la suave violencia de mi amor sobre el corazón de Jesús, reposar mi cabeza en su pecho, de modo que me permita expoliarle, para que los tesoros de su intimidad alcancen a cuantos me están encomendados.
  • -Desear apasionadamente amar con el mismo corazón de Cristo, y pedir insistentemente que se me conceda ese corazón nuevo
  • -Arder de amor en el corazón de Jesús, cuidando la permanente intimidad con él en la vida ordinaria, evitando que el viento del mundo apague ese fuego
  • -Dejar huella sólo en el corazón de Cristo. Desear sinceramente que el mundo me desconozca, y si me conoce, me ignore; para que sólo él pueda ver lo bueno y hermoso que hay en mí: «Para ti es mi música, Señor» (Sal 101,1).
  • -Evitar la trampa de sustituir el corazón de Jesús por mi corazón parcheado. Aceptar que el amor que el mundo espera y que el Padre me reclama no puede brotar de mí; que sólo puedo actualizar la redención y completar «en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia»
  • -Beber incesantemente del corazón de Cristo. Acudir continuamente a la Iglesia, a los sacramentos, a la Escritura… Y llevar allí a los míos, renunciando a saciarlos con otra agua.
  • -Dejar que el agua del Espíritu brote de mi corazón y se convierta en un gran torrente para que riegue, sane y haga fructificar a aquellos a los que alcance
  • -Derramarme por amor a los demás. Evitar que fluyan de mis heridas la amargura o el resentimiento. Permitir que brote de mi seno el agua que consuela y el vino que fortalece. Dejar que de un muerto que soy yo (en la medida en que muero a mi pecado), brote la salvación de Dios.
  • -Estar al lado del río, que es el Espíritu, para dar frutos que puedan alimentar a los demás. Renunciar, por tanto, a ofrecer otros frutos distintos a los que salen del corazón del Señor.
  • -No ceder a la tentación de separarme del altar del templo, para satisfacer a mi descendencia, sino ofrecerles protección segura en el corazón de Cristo y bajo el manto de su Madre. No caer en la trampa de salir de ahí para buscar nuevos polluelos (no conseguiré nuevos y se me morirán los que se me han dado).
  • -Ser planta medicinal para poder curar
  • -Aceptar ser comido para ser alimento y eucaristía. Dejarme consumir por los demás. No reservarme.
  • -Dejar que otros reclinen su cabeza en mi pecho. Ofrecer intimidad, consuelo, descanso a los demás. Que nadie que me conozca pueda pensar que no tiene dónde reclinar su cabeza.
  • -Ser lugar de encuentro para los demás, donde entren en comunión todos los que aman a Jesús y a María. Y, por el contrario, aceptar el rechazo de aquellos que desprecian los valores que brotan de los corazones de Jesús y María.
  • -Ser instrumento de misericordia, especialmente para los pecadores y los que viven en soledad. Aportar esperanza cierta a quien busca a Dios en la vida ordinaria.
  • -Frecuentar el sagrado Corazón para saber conducir a él a quienes dependan de mí. Conducirlos a las fuentes tranquilas
  • -Consolar el corazón de Jesús, dejándome amar por él sin condicionar ese amor por mis cálculos, miedos, pecados o limitaciones psicológicas.
  • -Consolar al Padre, permitiéndole que encuentre en mí un nuevo «corazón de Cristo», de modo que le ofrezca la oportunidad de amar concretamente, por el Espíritu, a quienes me rodean.
  • -Aceptar el reto de ser mártir del Amor misericordioso. No rechazar ningún don del amor de Dios, por crucificante que sea. Aceptar ser una de esas pequeñas almas que se ofrecen como víctimas de holocausto al amor misericordioso, de las que hablaba santa Teresa del Niño Jesús
  • -Aceptar la cruz como el lugar donde doy la verdadera gloria al Padre, sin rehuirla, atemperarla ni acomodarla.
  • -Abrazar con amor la cruz para permitir que aquellos que, como el Buen Ladrón, buscan, puedan descubrir a Dios en mí; aunque me desprecien como un fracasado los enemigos de la Cruz. De modo que quien me mire le vea, y que los que no busquen a Dios encuentren en mí el escándalo de la cruz.
  • -Tener la misma mirada compasiva de Cristo en la cruz. No juzgar, no condenar. Compadecer a los hombres que están como ovejas sin pastor. Interceder por ellos «porque no saben lo que hacen»
  • -Mostrar a los demás mis propias heridas, transfiguradas en señales de amor a Dios, para que puedan identificar en ellas la presencia del Resucitado y el testimonio del poder de Dios.
  • -En definitiva, vivir en el mundo, pero sin ser del mundo. Hacer de su sagrado Corazón mi hogar permanente y estable en esta tierra a la espera de que sea, por toda la eternidad, mi hogar definitivo en el cielo.

NOTAS

  1. «Rasgos de la devoción al corazón de Jesús…: amor, confianza, sentido de intimidad con el Dios hecho hombre, reparación por los pecados, deseos de la cruz, consuelo a Jesús, celo por la salvación y santificación de los hombres, devoción a la eucaristía» (Jesús Solano, Teología y vivencia del culto al Corazón de Cristo, Parte Histórico-Pastoral, Madrid 1979 (Apostolado de la Oración), 406).
  2. El buceador ve un espectáculo totalmente diferente del bañista: éste aprovecha el mar para encontrar comodidad personal y relajo; aquél se sumerge en él para conocerlo profundamente y descubrir sus misterios, aún a riesgo de su vida. Nosotros estamos llamados a bucear en la intimidad de Dios.
  3. Ése es el sufrimiento de los veteranos de guerra y de los que han pasado por experiencias extremas y traumáticas: sólo pueden ser entendidos por quienes han vivido lo mismo.
  4. Orígenes, Comentario al Evangelio de Juan, 1,6, Madrid 2020 (Ciudad Nueva), 108.
  5. Orígenes, Homilías sobre el Éxodo, XI,2; Madrid 1992 (Ciudad Nueva), 187.
  6. Recordemos que la primera tradición cristiana llamaba a los cristianos «peces», derivando esta denominación del acróstico griego «Ichthys» (= pez), que se aplicaba a Jesús y que significaba: «Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador».
  7. Secuencia de Pentecostés.
  8. San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de Juan, 85,3; Madrid 2001 (Ciudad Nueva), 277.
  9. San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 36,3.
  10. «Y la roca era Cristo» (1Co 10,4).
  11. El justo es cubierto por la mano protectora de Dios: «Me cubres con tu palma» (Sal 139,5). Yahweh lo esconde bajo su mano poderosa: «Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba» (Is 49,2).
  12. Cf. Jr 4,19-20: «Escucho el toque de trompeta, oigo el alarido de guerra, se anuncia derrota tras derrota: ¡el país ha quedado devastado! En un instante, las tiendas destrozadas; en un momento, los pabellones arrasados».
  13. Cf. Os 11,1-4: «Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí: sacrificaban a los baales, ofrecían incienso a los ídolos. Pero era yo quien había criado a Efraín, tomándolo en mis brazos; y no reconocieron que yo los cuidaba. Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer».
  14. Cf. Os 2,21-22: «Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor».
  15. Cf. Os 2,4: «Acusad, a vuestra madre, acusadla, porque ella ya no es mi mujer ni yo soy su marido; para que aparte de su rostro la prostitución y sus adulterios de entre sus pechos».
  16. Cf. Os 2,10-11: «Y es que ella no comprendía que era yo quien le había dado trigo, mosto y aceite virgen, quien le había prodigado plata y oro: los convirtieron en ídolos. Por eso volveré a recuperar mi trigo en su sazón, el mosto en su estación; le arrancaré mi lana y mi lino, que cubrían su desnudez».
  17. Cf. Mt 22,37: «Él le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”».
  18. Cf. Mt 26,56: «En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron».
  19. Cf. Jn 16,32: «Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre».
  20. Cf. Jn 17,11: «Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado».
  21. «¡Qué pena!, tengo la impresión de que las almas pocas veces le dejan dormir tranquilamente dentro de ellas. Jesús está ya tan cansado de ser él quien corra con los gastos y de pagar por adelantado, que se apresura a aprovecharse del descanso que yo le ofrezco» (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, 75vº).
  22. «Estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa» (Ap 3,20).
  23. Cf. Sal 84,4; Mt 8,20.
  24. Santa Teresa del Niño Jesús, Oraciones, 6, Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso.
  25. Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, 84rº.
  26. Santa Teresa del Niño Jesús, Oraciones, 6, Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso.
  27. «Te suplico que hagas descender tu mirada divina sobre un gran número de almas pequeñas… ¡Te suplico que escojas una legión de pequeñas víctimas dignas de tu AMOR…!» (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito B, 5vº).
  28. Santa Isabel de la Trinidad, Elevación a la Santísima Trinidad.
  29. San Agustín, Sermón 340, 1.
  30. Recuérdese lo dicho más arriba a propósito de Ez 47,12; Jr 17,8; Ap 22,1-2.