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Introducción

El sufrimiento, aunque a veces no queramos reconocerlo, marca la vida humana y la vida cristiana. El mismo misterio de Cristo está atravesado por el sufrimiento1. No podemos eliminar el sufrimiento y la Cruz de la vida y de la misión de Cristo, bajo pena de ponernos directamente en contra de Cristo ejerciendo el papel del tentador:

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16,22-23).

Tampoco debemos intentar eliminar el sufrimiento de nuestra propia vida, porque nos convertiríamos en la práctica en enemigos de la cruz de Cristo (cf. Flp 3,18-19)2.

Por otra parte, no resulta fácil hablar del sufrimiento, especialmente al que sufre, porque cualquier especulación teórica puede resultar gravemente ofensiva al que está encadenado a un sufrimiento que le resulta oscuro e insoportable. Pero, a pesar de ello, y precisamente porque el sufrimiento nos desconcierta y nos derrumba y en numerosas ocasiones no sabemos como «manejarlo», quizá pueda ayudarnos el distinguir diferentes tipos de sufrimiento que reclaman respuestas determinadas. Podemos describir tres tipos de sufrimiento que merecen valoraciones bien distintas y tienen sus respectivos efectos en nuestra vida, y que podemos relacionar con el destino definitivo del hombre después de la muerte: purgatorio, cielo e infierno. Por lo tanto, un sufrimiento que purifica, un sufrimiento con el que podemos unirnos al sufrimiento de Dios y un sufrimiento inútil que hay que evitar a toda costa3. Pero antes debemos hacer algunas consideraciones previas sobre el sufrimiento y cómo acercarnos a él.

Acercarse al misterio del sufrimiento

El sufrimiento es un misterio

No debemos perder nunca de vista que el sufrimiento es un misterio y como tal debemos acercarnos a él con todo el respeto y la delicadeza de lo que es incontrolable y nos desborda. No podemos hablar del sufrimiento como si afectara sólo a los demás, como si no fuera igualmente incontrolable y demoledor para el que intenta hablar de él, como si nosotros tuviéramos una respuesta definitiva al sufrimiento y el que sufre fuera un ignorante.

No hace muchos años publicaba Laín Entralgo un pequeño librito con un magnífico título: «Mysterium Doloris», «El misterio del Dolor» y con sólo esas dos palabras centraba ya el tema que hoy nos reúne aquí: El dolor es un misterio y hay que acercarse a él como uno se acerca a la zarza ardiente: con los pies descalzos, con respeto y pudor. Nada realmente más grave que acercarse al dolor con sentimentalismos y no digamos con frivolidad. No vamos a resolver un problema, a hacer un juego literario, no tratamos de elaborar unas bonitas teorías que creen aclarar lo que es, por su propia naturaleza, inaclarable. Al dolor hay que acercarse como nos acercaríamos al misterio de las dos naturalezas en Cristo o a los misterios de la vida y de la muerte: de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tendremos que acercarnos con delicadeza, como se acerca un cirujano a una herida. Y también con realismo, sin aceptar que unas bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad4.

Todo sufrimiento es un misterio, pero el sufrimiento de Cristo es especialmente insondable porque nos introduce en el misterio más grande del sufrimiento de Dios y en el de la solidaridad de Jesucristo con el sufrimiento de Dios y de los hombres, que se manifiesta en la Cruz5.

Acerquémonos temblando al misterio del sufrimiento de Cristo. Digo bien el misterio del sufrimiento, y no el sufrimiento a secas (Molinié, El coraje de tener miedo, 227)6.

Sin embargo, a pesar de todo ello, y contando con todo esto, debemos hablar del dolor, del sufrimiento de Cristo y de los hombres, iluminándolo con la luz que nos da la fe.

El sufrimiento humano suscita compasión, suscita también respeto, y a su manera atemoriza. En efecto, en él está contenida la grandeza de un misterio específico. Este particular respeto por todo sufrimiento humano debe ser puesto al principio de cuanto será expuesto a continuación desde la más profunda necesidad del corazón, y también desde el profundo imperativo de la fe. En el tema del sufrimiento, estos dos motivos parecen acercarse particularmente y unirse entre sí: la necesidad del corazón nos manda vencer la timidez, y el imperativo de la fe -formulado, por ejemplo, en las palabras de San Pablo recordadas al principio7– brinda el contenido, en nombre y en virtud del cual osamos tocar lo que parece en todo hombre algo tan intangible; porque el hombre, en su sufrimiento, es un misterio intangible (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 4).

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Creo que nosotros, cristianos, debemos ser tremendamente prudentes al intentar responder a estas preguntas que, de hecho, hoy están destrozando el alma de casi media humanidad. ¿Quién puede ignorar que un altísimo porcentaje de crisis de fe se produce, precisamente, al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuantos millares de personas -sinceras, honestas- se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido, si Él es, como siempre les han predicado, un Padre bueno y cariñoso? Dar explicaciones a medias es casi siempre contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar sencilla y humildemente lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: Confesar que «el sentido del sufrimiento es un misterio, somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones». Hay sí algunas respuestas que pueden aclarar unos céntimos del problema y que debemos usarlas puesto que eso es lo único que tenemos los humanos, pero sabiendo siempre que al final nunca explicaremos el dolor de los inocentes o por qué triunfan tantas veces en el mundo los malos8.

No resistirse al sufrimiento

Una forma de no respetar el misterio del sufrimiento es la de acercarse a él con la mentalidad del científico -o del teólogo- orgulloso que piensa que lo puede comprender y analizar de tal modo que no se le escapa nada de un fenómeno controlable para la inteligencia humana. Pero hay otra forma de hacerse incapaz de penetrar en el misterio del sufrimiento, que consiste en resistirse a él, como si fuera posible luchar y vencer el sufrimiento, con la rebeldía del que puede mirarlo de frente y derrotarlo.

Resulta muy difícil evitar esta resistencia al sufrimiento, especialmente cuando se hace largo e incierto, porque éste nos hace perder el control de nuestra propia existencia, e intentamos recuperar ese control con cálculos y esfuerzos inútiles. Entonces sufrimos más por no querer sufrir, por no aceptar el sufrimiento. Esta resistencia dañina sólo se puede eliminar cuando realizamos el acto de aceptación del sufrimiento, propio de los niños, incluso de los animales:

Un enfermo escribía: «Es muy difícil, y es simple a la vez, acoger cada sufrimiento con el peso exacto que tiene en realidad, sin agravarlo con nuestros repliegues sobre él». Retengamos esta fórmula, tomemos ejemplo de los animales. Cuando sufren, no se hacen historias; eso no les impide gritar, pero no exageran. Eso que hacen así sin mérito, los santos aprenden a hacerlo por una libre elección. Dios no nos impide gritar, llorar o gemir, pero nuestra impaciencia exagera: «¿Va a durar eso mucho tiempo?» Los animales y los santos saben callarse… (Molinié, Quién comprenderá el corazón de Dios, 7,3, apartado La dulzura trinitaria)9.

Quizá esta resistencia sea posible con ciertos niveles de sufrimiento, pero, mientras mantengamos esa lucha contra el sufrimiento y no dejemos que nos desborde reconociendo que no podemos vencerlo, no podremos penetrar en el misterio del sufrimiento.

Mientras nuestros sufrimientos no sobrepasen ciertos límites, no estamos en el misterio del sufrimiento. Es una región que no podemos alcanzar por nosotros mismos […] Los sufrimientos a los que se llega a hacer frente a fuerza de energía, decía más arriba, no son el misterio del sufrimiento. El misterio del sufrimiento comienza, en efecto, cuando no se puede más hacer frente (Molinié, El coraje de tener miedo, 157-158)10.

Por supuesto, esto no significa que no haya que luchar contra el dolor y la enfermedad, especialmente por los medios que ofrece la medicina. Pero, además de no olvidar la distinción entre el dolor físico y el dolor moral (que va más allá de la enfermedad), hay que ser conscientes de que hay un sufrimiento humano que la ciencia no puede eliminar y que es el que nos obliga a penetrar en el misterio del sufrimiento, buscando con temblor y humildad un sentido a ese sufrimiento que nos desborda11.

Es cierto, también que hoy se lucha más y mejor que nunca contra el dolor y la enfermedad: son cientos de miles los médicos y enfermeras, se han multiplicado infinitamente los hospitales y sanatorios, los científicos descubren cada día nuevos remedios, nuevas medicinas para devolver la salud… Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Incluso, cuando hemos derrotado una enfermedad, aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (¿cómo olvidar el Sida?) que viene a tomar el puesto de las derrotadas. Sé que es amargo y doloroso decir todo esto. Pero sé también que no debemos cegarnos a nosotros mismos y que es preferible partir -y partir humildemente- de una terrible constatación: en lo que respecta al dolor, a la enfermedad y a la muerte podemos ganar muchas batallas, pero la guerra la tenemos perdida. Ya sé que ni a vosotros ni a nadie le gusta esta afirmación y menos en nuestro siglo vitalista para el que los grandes tabúes son la enfermedad y la muerte12.

Más allá de niveles de sufrimiento con los que podemos y debemos luchar13, cuando hablamos de acercarnos al sufrimiento como un misterio, necesitamos una actitud que ya no se resiste al sufrimiento porque comprendemos que nos vence y nos desborda y sabemos que la solución no está ya en hacerle frente, sino en aceptarlo como una realidad misteriosa que precisa de una respuesta diferente.

Mientras se es capaz de resistir, de hacer frente al sufrimiento, no se conoce el misterio del sufrimiento, no se ha entrado en el monasterio del dolor. Este comienza precisamente en el momento en que ya no se soporta el choque, o toma proporciones de agonía y de muerte […] Los que no han penetrado en el misterio del sufrimiento, estiman que se puede y se debe hacerle frente. Los que han entrado ven bien que no se puede hacerle frente (Molinié, El coraje de tener miedo, 227-228).

Asociada a la necesidad de no resistirse ante el sufrimiento está la tentación de delimitar el sufrimiento que se puede soportar, pensando que no se puede más. Tentación especialmente más peligrosa cuando el sufrimiento que se rechaza tal vez sea el último, el sufrimiento final que da paso a la liberación y a la paz. Es lo que puede llamarse la tentación de la tercera caída:

La rebelión del hombre consiste precisamente en decir: «Basta ya, he sufrido bastante, no puedo más». Y yo repito que no hay sufrimiento verdadero sin la tentación de rebelarse contra estas recaídas incesantes: pero el hombre que no ha sido tentado, ¿qué sabe? La gran prueba de nuestra vida es, en el fondo, la sed de Dios, sufrimiento bienaventurado, pero que se vuelve peligroso cuando engendra la impresión de que esta sed no será saciada jamás. Como dijo Teresa de Ávila, el alma se arriesga a descorazonarse y abandonar la partida cuando está a dos pasos de la fuente. En efecto, es en el momento en el que vamos a ser liberados, cuando va a estallar el absceso que nos atormenta, cuando nuestra fiebre va a bajar en la dulzura de Dios; es en ese momento quizá cuando la angustia y una cierta desesperanza alcanzan su punto culminante: podría llamarse a este momento el de la tercera caída, la que da la impresión de condenarnos a una serie de caídas interminables… cuando es la última (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 18)14.

Para vencer esta tentación puede servir la enseñanza y el ejemplo luminoso de santa Teresa del Niño Jesús en los sufrimientos de su larga y dolorosa enfermedad:

Momento a momento se puede soportar mucho (Cuaderno amarillo, 14.6).

Tal vez llegue a no poder más, pero nunca tendré demasiado, de esto estoy segura (Cuaderno amarillo, 27.5.2).

Le hablaba incesantemente de ese miedo, que nunca me abandonaba, a verla sufrir todavía más. -«Los que corremos por el camino del amor creo que no debemos pensar en lo que pueda ocurrirnos de doloroso en el futuro, porque eso es faltar a la confianza y meternos a creadores» (Cuaderno amarillo, 23.7.3).

Aunque sufra mucho, y cada día más, no tengo miedo: Dios me dará fuerzas y no me abandonará (Cuaderno amarillo, 31.7.14; cf. 23.8.1).

Dios me da el valor en proporción a mis sufrimientos. Creo que de momento no podría soportar más, pero no tengo miedo, pues si los sufrimientos aumentan, Dios aumentará al mismo tiempo mi valor (Cuaderno amarillo, 15.8.6).

-«¡Cuánto sufres! ¡Y qué duro es! ¿Estás triste?» -«No. No me siento en absoluto desdichada. Dios me da justamente lo que puedo soportar» (Cuaderno amarillo, 25.8.2).

Le hablaba de mi tristeza al pensar en lo que todavía tendría que sufrir: -«Estoy dispuesta a todo… Sin embargo, ya ves que hasta ahora no me ha pasado nada que fuera superior a mis fuerzas… Hay que abandonarse. Y quisiera que tú te alegraras» (Cuaderno amarillo, 25.8.8).

-«No pareces nunca cansada de sufrir. ¿Lo estás en realidad?» ‑«Pues no. Cuando no puedo más, no puedo más, eso es todo» (Cuaderno amarillo, 24.9.4).

No juzgar el sufrimiento

Una consecuencia de acercarse al sufrimiento como un verdadero misterio es no juzgar el sufrimiento de los demás, como si desde fuera pudiéramos valorar el sufrimiento del otro y, especialmente, como si pudiéramos medir si ha entrado o no en el misterio del sufrimiento porque ha dejado de resistirse a él.

Es importante desde el punto de vista de la caridad fraterna, pues nunca se puede saber con certeza si alguien está comprometido en el misterio del sufrimiento o si no lo está […] Prestad atención a esto: hay que saber, al menos teóricamente, que no es fácil juzgar a los demás, y que no tenemos derecho a ello […] En el fondo, cuando un hombre nos da la sensación de haber llegado a ese punto, aun cuando sea manifiestamente culpable hasta el punto de que haya que resistirle sin manifestar compasión (porque la mayoría de las veces eso no sirve para nada), siempre es posible hacer una cosa: prosternarse interiormente ante el misterio de su sufrimiento como ante algo que nos sobrepasa y que no es del mundo en el que se vive (Molinié, El coraje de tener miedo, 227-228).

Para el que se acerca al sufrimiento ajeno supone una llamada de atención la actitud de los amigos de Job que, en lugar de compartir en silencio su sufrimiento como hacían al principio (cf. Job 2,11-13), intentan dar una explicación al sufrimiento de Job afirmando que es la consecuencia de su pecado. El juicio equivocado que sus «amigos» hacen desde fuera causa mayor sufrimiento a Job y no encuentra desde luego la aprobación de Dios (cf. Job 42,7-8)15.

Al final Dios mismo reprocha a los amigos de Job por sus acusaciones y reconoce que Job no es culpable. El suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 11).

A la hora de suspender el juicio sobre el sentido y el valor del sufrimiento de los demás, hay que tener en cuenta que muchos de los que sufren no son conscientes ellos mismos del grado de sufrimiento que padecen y se adentran indefensos en el misterio del sufrimiento de una manera inconsciente. Pensemos, por ejemplo, en el sufrimiento de los niños y de los discapacitados.

Los enfermos encamados están aislados de toda comunicación con los demás, no se sabe lo que pasa por su cabeza, es un planeta prohibido, estos seres son casi muertos vivientes. Los occidentales dudan que valga la pena vivir en esas condiciones. Pues bien, un sacerdote parisino está convencido de que estos niños tienen una vida interior. ¡Ha querido fundar una congregación con ellos! Y se encuentra con que uno de ellos ha podido testimoniar lo que pasaba en el interior de su alma. Murió a los doce años (muchos mueren jóvenes), pero, algunos meses antes, recibió el poder milagroso de comprender y de hablar con una inteligencia normal.

Dijo: «Siempre he estado con Dios, siempre he estado en paz, siempre he estado con alegría, y me he entregado totalmente a Jesús. Cuando Cristo dijo “Bienaventurados los pobres de espíritu”, pensaba primero en nosotros, en aquellos que son como yo; lo siento, estoy en comunión con ellos». Y murió… (Molinié, Quién comprenderá el corazón de Dios, 5,2, apartado Tres historias de niños)16.

Por otra parte, al abstenernos de juzgar y valorar el sufrimiento del otro, nos hacemos capaces de ofrecerle la ayuda humilde -pero verdadera y eficaz- de la verdadera cercanía. Pero para ser capaces de esta cercanía sencilla hay que renunciar al control y a la eficacia, y adentrarse ya en el misterio del sufrimiento del otro.

Si tenemos esta actitud interior, nos arriesgaremos menos a descuidar las pequeñas cosas que se pueden hacer. Una simple sonrisa, una mirada que parece decir «Sí, lo sé»: el misterio del sufrimiento es un misterio del abandono…

El humanismo no favorece mucho este desarrollo privilegiado de la caridad fraterna: al rechazar lo que es sobrehumano, rechaza también el misterio del sufrimiento. Los que se hallan sumergidos en él, están a veces en regiones más inaccesibles que si hicieran un viaje al planeta Marte. Desde que la situación de los demás sobrepasa nuestras dimensiones ordinarias, estamos de mal humor y somos crueles para Dios, cuyo corazón sufre en los miembros del Cuerpo místico.

La caridad fraterna es como el resto: no es de este mundo, y los que son de este mundo no pueden practicarla verdaderamente (Molinié, El coraje de tener miedo, 228-229).

Sin duda, la propia experiencia de sufrimiento y el haber penetrado nosotros mismos en el misterio del sufrimiento al haber renunciado a oponerle resistencia nos ayuda a acercarnos al sufrimiento de los demás y nos permite ser realmente compasivos con los que sufren17.

Ahora bien, hay un abismo entre la filosofía que uno puede hacerse antes de penetrar en este monasterio [del sufrimiento], y lo que queda después. Por más que amemos a Jesucristo con todo nuestro corazón, nuestra concepción de la vida no puede ser la misma en los dos casos, a no ser que el mismo Jesús nos atraiga hacia la contemplación de la cruz (Molinié, El coraje de tener miedo, 227).

El que no se resiste al propio sufrimiento y no prejuzga el sufrimiento de los demás se hace sensible al sufrimiento y se deja conmocionar por él, no sólo por el de los demás seres humanos, sino también por el del mismo Cristo. Y eso le pone en el camino de participar de los sufrimientos de los demás y de comulgar con el sufrimiento de Jesucristo.

Mientras tanto, debemos ser realistas, y buscar lo que Dios nos pide hoy; antes del combate o de la persecución que Soljenitsin nos deja prever. Nuestro primer deber, lo repito, es no cerrar los ojos cobardemente ante la violencia soportada por nuestros hermanos, a causa de sus pecados quizá, pero a causa de su fe y ciertamente de nuestros pecados.

No basta con saberlo, hace falta ser conmocionados, incluso y sobre todo si uno se siente impotente ante un sufrimiento semejante, porque nos queda el poder de la oración, que sería infinitamente más grande si tuviéramos un poco más de fe y si aceptáramos precisamente ser un poco más conmocionados. Eso no impediría para nada ser conmocionados también por la miseria de los pueblos del Tercer Mundo y por la iniquidad despiadada de los pudientes del Occidente, supuestamente cristiano. Eso no impediría, sobre todo, y todavía mucho menos, ser conmocionados por los sufrimientos y la agonía de Jesús crucificado; pues dejándonos tocar por todo sufrimiento, y singularmente por el de los perseguidos, es como conseguiremos la gracia de que se nos ampute nuestro corazón de piedra para recibir un corazón de carne capaz de compadecerse del misterio de Jesús crucificado… y de los sufrimientos que nuestro pecado le inflige ininterrumpidamente.

Si es difícil ser heroico, no es difícil ser conmocionado; pero no queremos ser conmocionados, y merecemos así la condena del Cura de Ars: «¡Pueblo insensible!» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 19)18.

La tentación en el sufrimiento

Antes de descubrir los valores del sufrimiento que nos puede unir al sufrimiento amoroso y salvador de Jesucristo (el sufrimiento del cielo), y del sufrimiento que nos purifica y nos prepara para la unión con Dios (el sufrimiento del purgatorio), debemos señalar el peligro que supone el sufrimiento, que se puede convertir en una verdadera tentación. Ya hemos mencionado la dificultad que supone para la fe de muchos la existencia del sufrimiento, especialmente el de los inocentes.

En efecto, el sufrimiento no puede ser transformado y cambiado con una gracia exterior, sino interior. Cristo, mediante su propio sufrimiento salvífico, se encuentra muy dentro de todo sufrimiento humano, y puede actuar desde el interior del mismo con el poder de su Espíritu de Verdad, de su Espíritu Consolador […]

Pero este proceso interior no se desarrolla siempre de igual manera. A menudo comienza y se instaura con dificultad. El punto mismo de partida es ya diverso; diversa es la disposición, que el hombre lleva en su sufrimiento. Se puede sin embargo decir que casi siempre cada uno entra en el sufrimiento con una protesta típicamente humana y con la pregunta del «por qué». Se pregunta sobre el sentido del sufrimiento y busca una respuesta a esta pregunta a nivel humano. Ciertamente pone muchas veces esta pregunta también a Dios, al igual que a Cristo. Además, no puede dejar de notar que Aquel, a quien pone su pregunta, sufre Él mismo, y por consiguiente quiere responderle desde la cruz, desde el centro de su propio sufrimiento. Sin embargo a veces se requiere tiempo, hasta mucho tiempo, para que esta respuesta comience a ser interiormente perceptible. En efecto, Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 26).

Todo sufrimiento, especialmente si es grande, supone una tentación porque la naturaleza se resiste a sufrir. Incluso para Cristo, que asumió nuestro sufrimiento con todas las consecuencias.

Santo Tomás distingue [en Cristo] el grito de la naturaleza que se niega a sufrir (voluntas ut natura) y el grito de la voluntad que acepta sufrir (voluntas ut ratio). Esta distinción parece inherente a todo sufrimiento, porque no hay ningún sujeto sufriente que no desee no sufrir. En este sentido, todo sufrimiento es portador de una tentación. Todo sufrimiento es tentación: lo percibimos con claridad cuando se vuelve suficientemente intenso para manifestar este carácter, pero es inherente al sufrimiento como tal (Molinié, El buen ladrón, Nota A, II,1, apartado La Agonía y el infierno)19.

Pero el peligro no está en el sufrimiento en sí mismo, sino en que nos obliga a tomar una decisión libre entre la docilidad y el endurecimiento, entre la entrega y la resistencia, entre la gracia de Dios y la rebeldía que propone el demonio. El sufrimiento es una ocasión especialmente intensa, pero no la única, en la que se da ese combate. Como sucede siempre, si sabemos comprender lo que está sucediendo es más fácil vencer la tentación.

No hay nada que temer del sufrimiento si se comprenden bien las cosas, pero hay que temer todo del combate que se desarrolla en nosotros con motivo del sufrimiento y de la muerte, cuando nuestra libertad puede zafarse de la gracia para escuchar al demonio de la desesperación y del empecinamiento.

De modo que el verdadero peligro se refiere al misterio de la gracia y de la libertad, con ocasión del sufrimiento sin duda, pero no exclusivamente. Hay otras tentaciones provocadas por el sufrimiento, mucho más peligrosas a fin de cuentas. Hasta con ocasión de la debilidad de la carne, lo que es temible en el juego de nuestra libertad, es siempre la libertad de no darse, de no ser bastante humilde, de no acoger el Amor (Molinié, El cara a cara en la noche, II, apartado La Cruz)20.

El sufrimiento, especialmente si es intenso, nos pone en una situación que requiere una entrega heroica o una rebeldía que también es heroica, aunque de dramáticas consecuencias. En muchas ocasiones el temor al sufrimiento surge de que nos pone ante la necesidad de una decisión marcada por el heroísmo. Pero no somos conscientes de que esa decisión se juega, en gran medida, en las decisiones más fáciles que tomamos en el día a día.

El sufrimiento y la muerte pueden llevarnos a la heroicidad en un sentido o en otro, pero la elección que hacemos en ese momento depende de lo que hacemos antes de ser heroicos, en las pequeñas cosas, en todo instante de la vida, decidiendo cada vez ser un poco más humildes o un poco más orgullosos, un poco más cariñosos o un poco más despiadados. Es esta elección diaria la que construye poco a poco, en el silencio de la vida escondida, el sí o el no que ofreceremos a la hora de la visita, la gran visita de Dios que viene a invitarnos a ingresar en el Cielo, en ese momento en que, cualquiera que sea el grado del sufrimiento, el demonio hace un esfuerzo último para arrancarnos a la Misericordia (Molinié, El cara a cara en la noche, II, apartado La Cruz)21.

Como sucede en otras muchas tentaciones, el engaño del enemigo consiste en hacernos creer que, en la situación concreta que vivimos -en este caso el sufrimiento-, no podemos decir «sí» a Dios; dicho de otra manera: que el pecado es inevitable. Es un terrible error pensar que el sufrimiento nos va a encerrar en la rebeldía o en la huida, del mismo modo que es falso creer que la ausencia de sufrimiento nos ayuda a entregarnos a Dios y a aceptar su voluntad. La libertad que se entrega cuando todo va bien está preparada para entregarse cuando aparece el sufrimiento.

Es una doble ceguera creer que ante el sufrimiento no podremos decir nunca sí, y que sin el sufrimiento no diremos nunca no. Al contrario, es en el placer y el éxito, en la abundancia de luces y gracias, cuando corremos los peligros más grandes, esos que han precipitado a las tinieblas a las criaturas inocentes y espléndidas que eran Lucifer y nuestros primeros padres. Son las horas de luz las que son temibles, no las horas de tinieblas ni la de la Cruz. La Cruz ha sido inventada para salvarnos, no para perdernos.

Por tanto, si sabemos escapar del peligro de la libertad ante la embriaguez de la felicidad y de nuestra propia excelencia, será gracias a una humildad más meritoria que todo heroísmo y que toda valentía; una humildad que consiste en amar, pura y simplemente, en amar a Dios, en amar al otro, en dejar al amor pulverizar nuestra personalidad en su hoguera… Si sabemos decir sí a esta invitación dulce y peligrosa (peligrosa por su dulzura misma, pues podemos pisotearla siempre), entonces podemos pedirlo todo y conseguirlo todo, en particular no decir no en la hora del sufrimiento y del heroísmo.

La misma ceguera que nos enmascara la gravedad del peligro en las horas de gracia, nos enmascara también la seguridad infalible en la que nos hemos sumergido frente a las peores pruebas, si hemos sabido escapar del peligro que nos acecha cuando todo va bien. Triunfando por la humildad, conseguimos que el Todopoderoso nos ayude a sufrir como se sufre en el purgatorio, sin combate y sin peligro.

Ciertamente Cristo mismo señala el peligro que proviene, no del sufrimiento, sino de la debilidad de la carne frente al sufrimiento. Pero el remedio que propone no es valor ni heroísmo, es la oración y la vigilancia (Velad y orad) de las que nos desvía el esplendor del espíritu, «pronto a exaltarse» (Mc 14,38). Si este esplendor no nos ciega, sabremos velar y orar; Dios cumplirá entonces indefectiblemente en nosotros lo que es imposible para los hombres: superar la debilidad de la carne (Molinié, El cara a cara en la noche, II, apartado La Cruz)22.

Ciertamente, Dios y el demonio utilizan de modo distinto el sufrimiento, también el sufrimiento que provoca el pecado y que precisa la conversión. El demonio intentará llevarnos a los extremos: o que el sufrimiento -y el castigo- sean lo menos posible para evitar que nos haga reaccionar, o llevarlos al paroxismo para impedir que los aceptemos y sean saludable para nosotros. Si caemos en la tentación de minimizar el sufrimiento o en la de verlo intolerable, haremos imposible el efecto saludable que el sufrimiento puede tener para el que sufre y especialmente para el pecador, que consiste en volverse hacia Dios.

Para el demonio es importante que el castigo sea, en este mundo, tan poco doloroso como sea posible. Es aquí donde la libertad del pecador juega un papel decisivo, según se endurezca más o menos contra los sufrimientos de su estado: cuando permanece suficientemente vulnerable a sufrirlos (como Dios desea), el demonio se esfuerza entonces en llevar este sufrimiento a su paroxismo, de forma que lo hace insostenible e intrínsecamente maléfico.

El mismo Dios desea que Caín experimente lo más posible su situación (y la muerte que está al final) como un anticipo temporal y provisional de las penas del infierno; ya que su dolor le invita a la conversión sin desviarlo a la desesperación.

Esto parece difícil si consideramos la dinámica infernal del pecado, porque el endurecimiento llama al endurecimiento: pero la gracia redentora encuentra siempre una complicidad en la naturaleza, en la medida en que sale de las manos de Dios. A fuerza de sufrir podemos endurecernos cada vez más para sufrir cada vez menos: pero el movimiento natural de un ser que sufre es gritar a Dios y volverse hacia él, y tanto más cuanto más sufre; no para hacer proezas de confianza o de abandono, sino simplemente para pedir auxilio…, y es en cierta medida lo que hace Caín: «Mi pena es demasiado pesada para llevarla», preparando así la respuesta de Cristo: «Venid a mí, los que estáis cargados» (Molinié, La Virgen y la gloria, primera parte, capítulo II)23.

· · ·

El peligro de Sancho es evidentemente la tibieza, que no desea seriamente ni la gloria ni el esplendor de una naturaleza unificada. La salvación deseada se degrada fácilmente en él en una felicidad muy espesa, un equilibrio de poca monta.

Sólo que hay para Dios un modo muy simple de arrancar a Sancho de la tibieza: exponerlo a todas las variedades posibles del sufrimiento. A partir del momento que se tiene hambre, o sed, o miedo, se vuelve necesariamente profundo; incluso si esta hambre, esta sed o este miedo afectan también a objetos muy prosaicos…, humanos, demasiado humanos.

En ese momento sólo queda ya rebelarse o pedir auxilio: Sancho no tiene la talla de los que se rebelan, este peligro para él es muy débil, entonces le es fácil a la gracia enseñarle a pedir auxilio. Si se deja hacer, Sancho es purificado enseguida en cuanto a la manera en que pide algo (es llevado a la renuncia por la pobreza de una súplica que se abandona), mucho antes de serlo en cuanto al objeto de su petición, que puede seguir siendo muy visceral y poco reluciente.

En definitiva, no sabiendo lo que pasa -no sabiendo que desear ni que pedir, sabiendo sólo que tiene necesidad de ser salvado-, Sancho abandona con bastante facilidad sus sueños para entregarse a Alguien… Así, por una paradoja verdaderamente divina, aprenden a realizar el movimiento que a nuestros primeros padres y a los Don Quijote más espirituales les cuesta tanto hacer; el que los malos ángeles rechazaron para la eternidad: renunciar al oxígeno del que tenemos necesidad para vivir, mientras pedimos para tenerlo (Molinié, La Virgen y la gloria, segunda parte, capítulo I)24.

El sufrimiento de la cruz

Si hay un sufrimiento positivo, que se debe contemplar y abrazar con generosidad, es el sufrimiento de Cristo, especialmente el sufrimiento de Cristo en la cruz, porque es un sufrimiento salvador, que se confunde con el amor y con la misma alegría, y porque es el reflejo de un sufrimiento y un amor más profundo: lo que llamamos el sufrimiento de Dios a causa de la condenación de los hombres, que le lleva a entregar a su Hijo por nosotros, y que es un elemento esencial de su misericordia. Como ese «sufrimiento» de Dios no es incompatible ni con el amor ni con la alegría, podemos llamarlo el sufrimiento del cielo. Es el sufrimiento que podemos llegar a compartir con Cristo como nos enseñan los santos.

El sufrimiento de Cristo

Ya hemos intentado penetrar en otras ocasiones en el misterio del sufrimiento de Dios y en el sufrimiento de Cristo manifestado en el Verbum Crucis25. Baste en este momento recordar lo esencial del sufrimiento de Dios y de Cristo para poder entender bien de qué estamos hablando cuando nos sentimos llamados a participar de este sufrimiento, que podemos llamar «sufrimiento del cielo» porque es compatible con el amor y con la alegría.

Lo que podríamos llamar los sufrimientos del cielo son los sufrimientos de la cruz. La agonía de Cristo implicaba la invasión de su ser por la alegría del cielo, pues es el amor de Dios quien fue crucificado en su Persona, y este amor es esencialmente alegría, bienaventuranza, dulzura infinita… Los sufrimientos del cielo no penetran nunca hasta la región más íntima del alma, aquella donde reina la paz de Dios. Esta región no está, sin embargo, preservada del sufrimiento: está simplemente más allá del sufrimiento… como Dios mismo (Molinié, El coraje de tener miedo, 229).

Aunque hay que hablar con toda precaución del dolor de Dios, ‑porque no puede ser una imperfección de Dios, una «pasión» que niegue la trascendencia e inmutabilidad de Dios‑, debemos hablar del «sufrimiento» de Dios como una cualidad o perfección del amor de Dios, opuesta a la indiferencia respecto del pecado y del infierno, cualidad que es el motor de la misericordia que impulsa el misterio salvador que se manifiesta y realiza en la Cruz26.

Respecto al dolor de Dios, he hablado mucho, escrito mucho. No rechazo nada de lo que he dicho de este asunto. Sin embargo, en el punto donde estoy hoy, hablaría más bien de la comunión de Dios con la desdicha de los réprobos y de los que toman el camino del infierno.

Esta comunión no es dolor, está más allá del dolor. Es el atributo infinitamente trascendente de la Misericordia misma. Hay que subrayar sólo que este atributo, si es rigurosamente compatible con la impasibilidad divina, es en cambio absolutamente opuesto a la idea de indiferencia, que es una blasfemia. La Misericordia, es la no-indiferencia de Dios frente al infierno. Esta no-indiferencia no es dolor, pero tampoco es nada, es una sensibilidad infinita que se arraiga en el Amor infinito, duplicada por el conocimiento infinito de la desdicha de los réprobos (en contra de un Dios ignorante del mal: ¿cómo sería compasivo si lo ignorara?)

Yo la llamo comunión con la desdicha de los réprobos, por supuesto sin la mínima «pasión». Es una comunión activa e infinitamente violenta, cuyos efectos son precisamente los frutos de la Misericordia. Y el primer fruto de la Misericordia, el más elevado de todos, es a la vez ofrecer y pedir a su Hijo encarnado reflejar en su carne esta no-indiferencia y esta comunión con la desdicha del infierno. Es el Verbum crucis: Jesús, sufriendo la herida divina, la proclama y la manifiesta más allá de todas las palabras humanas; incluyendo el dolor, porque es mucho más (Molinié, El cara a cara en la noche, III, apartado El holocausto)27.

Jesucristo, Dios y hombre verdadero, puede participar de nuestro sufrimiento y del «sufrimiento» de Dios. Sin duda, la cruz, el momento máximo de la comunión del Hijo con nuestro sufrimiento y con el del Padre, tiene un aspecto salvador; pero también tiene un aspecto revelador del sufrimiento de Dios, que es amor, dolor y alegría; y, a la vez, tiene un aspecto de regalo gratuito del que quiere unirse al sufrimiento-amor de Dios. La cruz de Cristo es sufrimiento, es más que sufrimiento y está más allá del sufrimiento.

Hoy querría llevar al interior del misterio de la Cruz, y en suma desde este mundo, este más allá del sufrimiento. Subrayo pues que la Cruz no es esencialmente un misterio de sufrimiento. (El purgatorio es un sufrimiento químicamente puro, pero el purgatorio no es la Cruz). Ésta se define menos por el sufrimiento que por el misterio del mal y del infierno, opuestos al Cielo. Aparece como una alquimia entre el Cielo y el infierno en el interior del corazón humano; alquimia que es un holocausto al mismo tiempo, donde las tinieblas y el horror del rechazo de amar son abrasados por el Amor mismo que el infierno rechaza28.

Este abrasarse es a la vez el castigo de los condenados y la bienaventuranza de Cristo resucitado, en la medida que esta bienaventuranza es la del Amor, herido por el rechazo que le oponen la libertad de Satanás y de los réprobos. Esto no es sufrimiento, pero tampoco es nada: es la Cruz en su dimensión eterna. Es un aplastamiento si se quiere, pues es necesario emplear palabras, y todas son insuficientes…

Después de haber pagado el precio de esta meditación un poco vertiginosa, y sólo entonces, puede decirse sólidamente que Jesús ha muerto de Gloria en la Cruz, que su Sacrificio fue un sacrificio de holocausto que engloba, sobrepasa y consume en el fuego de la Misericordia, el sacrificio sangriento del Viernes Santo, que era una preparación (Parasceve) a este holocausto (Molinié, El cara a cara en la noche, III, apartado El holocausto)29.

Detrás del sufrimiento de Cristo está el deseo de Jesús de comulgar con el dolor del Padre por puro amor, no sólo para expiar nuestro pecado. Es esta perspectiva de comunión con el amor-sufrimiento de Dios lo que ilumina el sufrimiento de los santos, que se asemeja al sufrimiento de Cristo.

El dolor de Dios coincide con su Bienaventuranza, y Jesús lo ve claramente en la Visión. Su Padre eterno es infinitamente feliz, pero ve también que está infinitamente dolorido por la herida infligida por su padre temporal. La visión de esta herida infinita engendra en él un deseo devorador de comulgar con el dolor de su Padre; ya no para expiar, sino para comulgar gratuitamente con ese dolor, por puro amor: el deseo de expiar es superado infinitamente por el de compartir el dolor del Padre…, y la visión cara a cara no basta, porque ella no puede hacerle sufrir.

Entonces Cristo conoció el dolor a través de la persecución de las tinieblas. Al sufrir el peso del pecado, Jesús conoció en cuanto hombre algo de Dios que los ángeles no conocen de esta forma, porque este dolor, por más que se identifica con la Bienaventuranza, refractado en la psicología humana bien merece llamarse dolor, y no puede ser de otra forma.

Así, en el corazón carnal y glorificado de Jesús nace de forma devoradora, y yo diría casi terrible, el deseo de sufrir que va a caracterizar a los santos cristianos (Molinié, Que mi alegría permanezca, II, 2, apartado La satisfacción)30.

Sería un error pensar que el sufrimiento de Cristo, movido por el amor e invadido por la alegría, es menor que los sufrimientos que nosotros padecemos, marcado tantas veces por la resistencia y la rebeldía. La realidad es que el sufrimiento depende en gran medida de la sensibilidad y de la apertura al mismo sufrimiento. Y esa sensibilidad y apertura son infinitamente mayores en Jesús que en nosotros. Además, Cristo no sólo experimenta el sufrimiento causado por el martirio de la cruz, el odio de sus enemigos y el rechazo de los suyos, sino el sufrimiento que provoca en él el pecado del mundo y sus consecuencias eternas: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores […] Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes» (Is 53,4-5). El misterio del sufrimiento de Cristo abraza y supera infinitamente el misterio del sufrimiento humano.

Eso no quiere decir que Cristo haya sufrido menos. Por el contrario, sufría más, padeciendo el combate entre la dulzura divina y las tinieblas del infierno: tal es, en el fondo, la cruz. El sufrimiento es un misterio espiritual; aumenta con la sensibilidad. Cuanto más saboreaba Cristo la dicha de Dios, más sufría al experimentar en su corazón la desgracia de los hombres que rechazan tal amor (Molinié, El coraje de tener miedo, 229).

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Las palabras de la oración de Cristo en Getsemaní prueban la verdad del amor mediante la verdad del sufrimiento. Las palabras de Cristo confirman con toda sencillez esta verdad humana del sufrimiento hasta lo más profundo: el sufrimiento es padecer el mal, ante el que el hombre se estremece. Él dice: «pase de mí», precisamente como dice Cristo en Getsemaní. Sus palabras demuestran a la vez esta única e incomparable profundidad e intensidad del sufrimiento, que pudo experimentar solamente el Hombre que es el Hijo unigénito […] Después de las palabras en Getsemaní vienen las pronunciadas en el Gólgota, que atestiguan esta profundidad -única en la historia del mundo- del mal del sufrimiento que se padece. Cuando Cristo dice: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», sus palabras no son sólo expresión de aquel abandono que varias veces se hacía sentir en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos y concretamente en el Salmo 22 [21], del que proceden las palabras citadas. Puede decirse que estas palabras sobre el abandono nacen en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre, y nacen porque el Padre «cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53,6) y sobre la idea de lo que dirá San Pablo: «A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros» (2Cor 5,21). Junto con este horrible peso, midiendo «todo» el mal de dar las espaldas a Dios, contenido en el pecado, Cristo, mediante la profundidad divina de la unión filial con el Padre, percibe de manera humanamente inexplicable este sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios. Pero precisamente mediante tal sufrimiento Él realiza la Redención, y expirando puede decir: «Todo está acabado» (Jn 19,30) (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 18).

También nosotros debemos tener en cuenta esta proporción que tiene el dolor con la sensibilidad, y el dolor profundo que produce la comunión amorosa con el dolor de Dios y de los hombres. Así podremos comprender el sufrimiento de los santos y el del los que, como ellos, quieren compartir los sufrimientos de Cristo.

En este punto debemos tener presente que, normalmente, el sufrimiento más destructivo es el interior. De hecho, las circunstancias más duras se pueden vivir con paz interior, mientras que cualquier inconveniente que afecte directamente a nuestra sensibilidad puede vivirse como un auténtico martirio. Por tanto, la clave para identificar la cruz debe buscarse más en lo interior que en lo exterior, especialmente en aquellas realidades más duras y que tienen un mayor eco en nuestra psicología o afectan a la misma relación que tenemos con Dios. Esto lo vemos claramente en la pasión del Señor, en la que el sufrimiento que más destaca no es el físico, sino especialmente el sufrimiento moral que supone la experiencia de fracaso, la incomprensión de los suyos, el abandono de los cercanos, la negación de Pedro o la traición de Judas, y, sobre todo, el sentimiento de lejanía de Dios que le lleva a exclamar a Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46).

Cada una de estas realidades podría ser encajada aisladamente por el Señor; pero todas juntas explican que su dolor y su angustia en Getsemaní fueran tan intensos como para hacerle sudar sangre. Tengamos en cuenta, además, que el sufrimiento es mayor en la medida en que la sensibilidad del sujeto también lo sea; y Cristo ha sido el ser humano que ha tenido la mayor sensibilidad posible. Ése es el motivo por el que ha sufrido de manera inimaginable, especialmente el mayor de los sufrimientos, que es el sentimiento de lejanía del Padre. Y precisamente en el huerto de los olivos es donde Jesús abraza la cruz y le da su sentido más profundo. Luego vendrán más sufrimientos, a los que se unirán los dolores físicos; pero cuando él se rompe en la cruz del Calvario, ya se ha roto antes, más profundamente, en esa otra cruz interior que es Getsemaní31.

El sufrimiento de los santos

Todo ser humano sufre, tanto el que es cristiano como el que no lo es. No hace falta ningún esfuerzo para descubrir esta realidad. Lo que necesitamos descubrir, con la ayuda de la fe, es la posibilidad de participar en el sufrimiento de Cristo, un sufrimiento que redime, glorifica y desemboca en la alegría. Pero no sólo es necesario descubrir esa posibilidad, es preciso abrazarla.

El Redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre. Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo […] Si un hombre se hace partícipe de los sufrimientos de Cristo, esto acontece porque Cristo ha abierto su sufrimiento al hombre porque Él mismo en su sufrimiento redentor se ha hecho en cierto sentido partícipe de todos los sufrimientos humanos. El hombre, al descubrir por la fe el sufrimiento redentor de Cristo, descubre al mismo tiempo en él sus propios sufrimientos, los revive mediante la fe, enriquecidos con un nuevo contenido y con un nuevo significado (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 19.20)32.

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Los cristianos sufren más o menos, y de múltiples formas. La unidad profunda de todos estos sufrimientos es la participación en la Agonía de Jesús, que he denominado glorificación por medio del dolor de Dios. Si los no cristianos pueden conocer esa glorificación, cuánto más los cristianos que, a través de Jesús, contemplan esta agonía en forma de cruz (como decía el Cura de Ars) y son abrasados por este espectáculo, si quieren dejarse hacer, hasta el momento en que el sufrimiento estalla en Alegría (Molinié, El buen ladrón, Conclusión general)33.

Dios nos invita a experimentar su «sufrimiento» ante el mal, no como un castigo, sino como una forma de participar en su reacción frente al pecado y como una forma de superar nuestro propio pecado. Lejos de intentar evitar el castigo o entender el perdón como un simple «no tener en cuenta» el pecado, el pecador consciente del don y el precio de la misericordia transformante descubre la posibilidad de comulgar con el sufrimiento que lo ha redimido. Esta participación en el sufrimiento de Dios es dolorosa, pero el dolor no es su objetivo, sino hacer posible que el pecador participe también en el misterio de la Misericordia.

Si Dios invita a una criatura a experimentar lo que él experimenta ante el Mal, la primera fase de esta iniciación se traduce, pues, en un sufrimiento terrible: es sólo después de haber pasado este primer contacto con el «dolor» de Dios cuando la criatura puede experimentar que este dolor supera la noción de dolor y coincide con la bienaventuranza infinita. Yo llamo muerte -según un significado poco explotado de este término- al momento en que el dolor pierde su nombre para transmutarse en Alegría eterna […] Por hermosa que sea esta iniciación, y precisamente porque es dolorosa, sólo merece ser ofrecida en estricta justicia a un pecador: el que no ha herido el corazón de Dios no merece, en resumen, ser iniciado al sufrimiento de Dios. Pertenece a la lógica del amor divino ofrecer algo mejor a los que le han herido, pero también más oneroso, que a los inocentes: castigo, porque es doloroso; misericordia, porque es iniciación al secreto trinitario según un modo inaccesible a los inocentes, y por esto nos envidian los ángeles (Molinié, El buen ladrón, Nota A, II,1, apartado La Agonía y el infierno)34.

Son los santos los que tienen una especial sensibilidad al sufrimiento, en concreto al sufrimiento del infierno: el sufrimiento destructor que la obstinación en el pecado provoca en el hombre, y el sufrimiento de Dios por los que se pierden. Y, a la vez, ellos son los que saben unir su sufrimiento al de Dios y encontrar un camino que lleva del sufrimiento a la paz y a la alegría.

El infierno trastorna a los santos mucho más que a nosotros, que no creemos en él, o creemos mal. Su dolor es intolerable, y sólo encuentra consuelo en la contemplación de Cristo en la cruz: allí pueden sumergir su sufrimiento en el de Jesús y en el de Dios, allí encuentran la paz, e incluso la Alegría. Porque si el infierno crucifica a Jesús a manos de los pecadores, el pecado crucifica a Dios, y Cristo es la Encarnación de este dolor divino.

El grito de los miserables humanos que somos nosotros, el que traduce el fondo de nuestro corazón, sería fácilmente: «el pecado sí, el infierno no». Nosotros aceptamos el pecado porque, según nuestra opinión, Dios no sufre: no podríamos hacerle mal. Esto es realmente inadmisible y los santos lo sienten con toda claridad. Si Dios reacciona violentamente ante el pecado de Israel y ante la traición de los cristianos, es que Dios no es indiferente, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo…, y no sólo el Verbo encarnado como tal. Dios no soporta el pecado, no porque sea un atentado o una injuria contra la gloria de la que estaría celoso, sino porque hiere su amor por nosotros, y esa herida es infinita como todo lo que está en Dios. Repito que los santos sienten esto, que gobierna su conducta y su contemplación de Cristo en la Cruz. «¡Pueblo insensible!, gritaba el cura de Ars, ¡no sentís el amor que Dios os tiene!» (Molinié, Que mi alegría permanezca, I, 3, apartado El infierno)35.

Los santos pueden participar del sufrimiento de Cristo -del sufrimiento del cielo36– porque además de no resistirse a él y superar las tentaciones inherentes al sufrimiento, descubren en el sufrimiento una llamada.

Hay pues una interrogación y una duda que pueden ser peligrosos: «¿Por qué nos cae encima esto, si no hemos hecho nada?» La respuesta de Dios -respuesta que no está destinada a disipar las preguntas sino a estimularlas en un clima de admiración y no de sospecha, duda o desconcierto- es decir:

-«No es justo que esto te caiga encima, ¿es justo que caiga sobre Jesús? No. Entonces, si he querido que esto caiga sobre él que es mi Hijo, quizá puedas aceptar que caiga un poco sobre ti, que eres también mi hijo querido, de modo un poco inferior, pero en fin… por otra parte si aceptas, te parecerás a mi Hijo, ¡que tampoco está mal!»

-«Pero ¿por qué has querido esto, Señor?»

-«No puedes entenderlo, pero tu pregunta me gusta, continua, a condición de que te admires».

-«Oh, al menos, ¿por qué has querido estas cosas? Oh Dios mío, es extraordinario, Cristo en la cruz… como dice el buen ladrón que no piensa en el pecado original, nosotros, nosotros lo merecemos a causa de nuestros pecados personales, pero él no ha hecho nada» (Molinié, Culpable de todo por todos, 3, apartado Sesión de preguntas del 24 de octubre de 1997: La admiración)37.

Hay que tener en cuenta que, si el cristiano -especialmente el santo- puede participar del sufrimiento de Cristo, es porque antes ha participado del poder transformador del misterio pascual, como podemos contemplar en san Pablo:

Verdaderamente el Apóstol experimentó antes «la fuerza de la resurrección» de Cristo en el camino de Damasco, y sólo después, en esta luz pascual, llegó a la «participación en sus padecimientos», de la que habla, por ejemplo, en la carta a los Gálatas. La vía de Pablo es claramente pascual: la participación en la cruz de Cristo se realiza a través de la experiencia del Resucitado, y por tanto mediante una especial participación en la resurrección. Por esto, incluso en la expresión del Apóstol sobre el tema del sufrimiento aparece a menudo el motivo de la gloria, a la que da inicio la cruz de Cristo (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 21)38.

El sufrimiento de los santos es muy distinto del sufrimiento necesario -y saludable- para la purificación de los propios pecados, porque surge de la comunión con la Misericordia y, aunque pase por el dolor, desemboca en la alegría, como el mismo sufrimiento de Dios. Por eso no hay que «compadecerse» del sufrimiento de los santos, a la vez que se debe intentar evitar el sufrimiento del purgatorio.

Teresa no se compadecía de los santos que sufren, porque su sufrimiento es precioso, bendito de Dios, deseado por los ángeles. Se compadecía unida a la Iglesia de las almas del purgatorio, porque su sufrimiento no es precioso, hay que esperar evitarlo. Vemos cómo sus intuiciones juegan sobre abismos teológicos, y cómo debemos «releer» el misterio de la redención en su escuela. Hay sufrimiento y sufrimiento, Justicia y Justicia, reparación y castigo. Teresa claramente quiere ofrecerse como víctima para consolar al Amor misericordioso herido por la negativa de las criaturas, no para apaciguar a la Justicia vindicativa (Molinié, Lo elijo todo, 5, apartado Justicia y misericordia)39.

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Los santos nunca me han dado pena… pero los que no son santos, los que no saben sacar provecho de sus sufrimientos, ¡oh, cómo les compadezco! ¡Me dan lástima! Usaría todos los medios para consolarles y aliviarles» (Citado en Molinié, Lo elijo todo, 7, apartado El mensaje, que hace referencia al Cuaderno rojo de sor María de la Trinidad)40.

El sufrimiento de los santos no es simplemente la comunión con los dolores redentores de Cristo, sino también comunión con el misterio del amor y de la alegría que se manifiesta en la Cruz. Por lo tanto, el sufrimiento de los santos no tiene que ver sólo con colaborar a la salvación de los hombres, sino con dejarse inundar por la dulzura de la Misericordia, que, al abrazar la miseria humana, no sólo experimenta dolor, sino también amor y alegría.

La santísima Virgen y los santos estaban sumergidos en la unción del Espíritu Santo, más allá del sufrimiento; sólo que esta misma paz es fuente de suplicio para las regiones inferiores, pues ella mantiene el sentido de esta alegría dificultada por los asaltos del demonio y sus secuaces. Se ha dicho a menudo: es el Tabor y el Calvario a la vez. Los santos sufren tanto más cuanto más dichosos son, se puede decir que son crucificados por la alegría y que mueren de alegría…

Tal muerte es a veces terrible: se tiene la impresión de que el sufrimiento lo invade todo. Es que, en efecto, la paz de Dios supera verdaderamente todo sentimiento humano, y no hay que extrañarse de que sea imperceptible, tanto más imperceptible cuanto más pura… […]

Los santos sufren de alegría: la alegría les hace daño, porque está en prisión. Son los torrentes de amor de la Trinidad, quisieran esparcirse y están comprimidos, oprimidos por el pecado del mundo y del individuo mismo (Molinié, El coraje de tener miedo, 230-231).

Santa Teresa del Niño Jesús puede hablar de «deseo de sufrir» porque ha experimentado el vínculo entre el sufrimiento y el amor, no sólo en el sufrimiento de Cristo, sino también en el suyo.

María la prepara [a su segunda comunión] hablándole del sufrimiento y le dice que probablemente no andará por ese camino, sino que Dios la llevará «como a una niña». Ahora bien, fue precisamente al día siguiente cuando por primera vez siente nacer en su corazón el deseo de sufrir: «Al día siguiente, después de comulgar, me volvieron a la memoria las palabras de María. Y sentí nacer en mi corazón un gran deseo de sufrir, y, al mismo tiempo, la íntima convicción que Jesús me tenía reservado un gran número de cruces. Y me sentí inundada de tan grandes consuelos, que los considero como una de las mayores gracias de mi vida. El sufrimiento se convirtió en mi sueño dorado. Tenía un hechizo que me fascinaba, aun sin acabar de conocerlo. Hasta entonces, había sufrido sin amar el sufrimiento; a partir de ese día, sentí por él un verdadero amor. Sentía también el deseo de no amar más que a Dios y de no hallar alegría fuera de él» (Molinié, Lo elijo todo, 2, apartado El alba, que cita Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, 36rº-36vº)41.

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«¡Las ilusiones! Dios me concedió la gracia de no llevar NINGUNA al entrar en el Carmelo… mis primeros pasos encontraron más espinas que rosas… Sí, el sufrimiento me tendió los brazos, y yo me arrojé en ellos con amor…». Llegaba para salvar almas y sobre todo para rezar por los sacerdotes: «Jesús me hizo comprender que las almas quería dármelas por medio de la cruz; y mi anhelo de sufrir creció a medida que aumentaba el sufrimiento. Durante cinco años, éste fue mi camino. Pero al exterior, nada revelaba mi sufrimiento, tanto más doloroso cuanto que sólo yo lo conocía» (Molinié, Lo elijo todo, 3, apartado La Santa Faz, que cita Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, 69vº-70rº)42.

Por ese vínculo entre el amor y el sufrimiento y por los beneficios que se pueden sacar de él, santa Teresa del Niño Jesús puede hablar del sufrimiento como un tesoro43.

Al principio de la enfermedad de su padre, en junio de 1888, decía: «Sufro mucho, pero creo que puedo soportar todavía mayores sufrimientos». Pero el 12 de febrero, cuando le internaron en el Salvador de Caen, entonces: «¡¡¡No, ese día ya no dije que podía sufrir todavía más!!!… Algún día, en el Cielo, nos gustará hablar de nuestras gloriosas tribulaciones… Los tres años del martirio de papá me parecen los más preciosos, los más fructíferos de toda nuestra vida. No los cambiaría por todos los éxtasis y revelaciones de los santos. Mi corazón rebosa de gratitud al pensar en ese tesoro que debe de despertar una santa envidia en los ángeles de la corte celestial…» (Molinié, Lo elijo todo, 3, apartado La Santa Faz, que cita Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, 73rº)44.

Este deseo de sufrir, que sólo tiene sentido en el descubrimiento de la relación entre el amor y el dolor que ella contempla en el rostro sufriente de Cristo, lleva a la santa carmelita a contemplar el sufrimiento del cielo, es decir, el de Cristo y el del mismo Dios, y eso la hace volar por los senderos de la perfección en el amor.

Sufre entonces sin comprender por qué, hasta el día en el que recibe la gracia del deseo de sufrir; siempre sin comprender por qué, pero en relación con Cristo, cuya sangre quiere recoger para derramarla sobre las almas y apagar su sed. Únicamente queda por establecer el lazo con el presentimiento del Cielo, que permanece lejano.

Con la Santa Faz se anuda este lazo: ella vuelve a encontrar la proximidad del Cielo, tan fuertemente como en su infancia e incluso más. El sufrimiento del que tiene sed es el velo detrás del que se esconde (y se adivina) el rostro glorioso de Jesús, y por tanto el Cielo… más profundamente el de la misericordia. Todo esto lo comprenderá progresivamente, en una intuición que estallará más tarde.

De este modo, dejándose fascinar por Jesús sufriente, contemplando su rostro, más que sus llagas e incluso que su corazón (a diferencia de María, su hermana), se deja fascinar por la gloria del Cielo y más allá por el rostro de Dios mismo a través de aquel «que ya no tenía rostro humano». Esta noción de Dios que se oculta, de la gloria que se deja adivinar a través del velo puesto sobre la cabeza del señor Martin, será el centro unificador de lo que llama «toda su piedad». Ella mira a Dios mediante su forma humana, porque encuentra el reflejo de su divinidad en las huellas de sus sufrimientos.

Entonces se deja arrastrar por ese rostro con el deseo de sufrir, compartiendo la oscuridad impuesta a la gloria de Jesús por la opresión del infierno (y secretamente por la misericordia). «Mi deseo de sufrir se vio colmado. No obstante, mi amor al sufrimiento no decreció, por lo que pronto mi alma participó también en los sufrimientos de mi corazón. La sequedad se hizo mi pan de cada día. Mas aunque estaba privada de todo consuelo, era la más feliz de las criaturas, pues veía cumplidos todos mis deseos… No era ya caminar por los senderos de la perfección: ¡volábamos las cinco!» (Molinié, Lo elijo todo, 3, apartado La Santa Faz, que cita Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, 73rº-73vº)45.

Pero este deseo de sufrir que experimenta santa Teresa del Niño Jesús no es sólo para ella, sino que se ofrece a todos los que quieran entrar en el caminito que ella propone46.

No se puede ser pequeño sin presentir que Dios sufre, y es un primer pasito (un paso muy pequeño) en la dirección que lleva a desear el sufrimiento: no nos podemos entregar al Amor sin presentir que sufre por verse rechazado, y querer consolarle. Por tanto, no podemos entregarnos al Amor sin aceptar sufrir con él, por poco que sea… lo que ya es compartir con Cristo crucificado. Pero podemos ir más o menos lejos en esta actitud. Una vez purificada de toda tentación de hacer grandes cosas, o siquiera de reparar siguiendo a Jesús, la humildad de los pequeños les lleva a sumergirse en el dolor de Dios… más o menos, pero al menos un poco.

He ahí como las almas que llegan hasta el extremo de esa entrega, no pueden ignorar todo deseo de sufrir, ni en consecuencia todo sufrimiento en relación con el pecado: Celina lo dice a propósito de la muerte de amor, que no puede ser completamente indolora. Teresa le reveló después de su muerte: «Nos entregamos al amor en la medida que nos entregamos al sufrimiento». Hay que distinguir entre las almas que «no ponen límites a la efusión del amor divino», y las que «no se exponen plenamente a sus ardores» (Molinié, Lo elijo todo, 8, apartado El catecismo de Celina)47.

La santa de Lisieux nos ayuda a entender el deseo de sufrir de los santos, ligado al deseo del Dios-amor trinitario que quiere desbordar su amor fuera de sí mismo en la creación y en la redención.

La percepción teresiana que está en la base del acto de ofrenda conlleva dos niveles de hondura:

1. Ofrecerse a la herida del Amor para consolarle del rechazo de los pecadores y sobre todo de los incrédulos.

2. Comulgar el cáliz del dolor del Amor ante ese rechazo.

Hay una conexión estrecha entre estos dos niveles y las diferentes facetas de la intuición teresiana: confianza, pobreza, valor infinito de la simplicidad creada; deseo de sufrir prácticamente sin límite, asociado a la percepción de una debilidad y de una miseria igualmente sin límites. Todo esto se distingue y es una sola cosa: si llegamos a comprenderla, habremos entrevisto lo que nos quiere decir Teresa, o más bien, Dios a través de ella.

También encontramos escondido en esa intuición el verdadero sentido del deseo de sufrir que el Espíritu Santo da a todos los santos (sin excluir el temor y la repugnancia, al contrario). Es un hecho masivo, fácil de verificar: el primero en recibir ese deseo fue Jesús en su humanidad, después María. San Pablo proclama que el sufrimiento de Jesús es redentor, pero hubiera podido redimirnos con menos esfuerzo, esto esta adquirido en buena teología. Sólo el Espíritu Santo le empujó a cumplir la voluntad del Padre respecto a esto: el lujo de los sufrimientos de la Pasión sigue siendo, pues, inexplicable, ni siquiera por la lógica de la Redención. El Espíritu Santo insufla un extraño deseo de sufrir, primero a Cristo, luego a los cristianos: al final, no sabemos por qué.

He sugerido con insistencia que el sufrimiento introduce a Cristo y a los santos en un atributo misterioso, correspondencia divina del dolor. Una vez superado el sufrimiento al llegar a la gloria, esta iniciación permanece eternamente: pero es imposible de esta manera sin haber pasado el sufrimiento. Los ángeles ven claramente el atributo en cuestión, pero ven con la misma claridad que no lo conocen en sus entrañas como Jesús y los cristianos, porque ellos no han pasado por el sufrimiento. Ésta es una verdad que sugiere toda la tradición cristiana, no podemos huir de esta evidencia, que es en definitiva un hecho tradicional, si tenemos ojos para ver y orejas para oír lo que se dice y se hace en la Iglesia.

Por tanto, hay que ligar la decisión creadora con este secreto al que los santos son iniciados mediante el sufrimiento: éste les concede conocer en sus entrañas el motor que ha empujado a Dios, eternamente, a salir de sí para comunicarse a la criatura aceptando el riesgo del pecado y del infierno, y queriendo la locura de la Cruz. Los ángeles buenos nos envidian esta iniciación… […]

Tanto amó Dios al mundo que le entregó su único hijo. Primero creó por amor, por necesidad de comunicarse a las pobres criaturas: el movimiento creador ya es misericordioso, los santos viven en esta perspectiva profunda. Este amor no es un acontecimiento, es una decisión eterna (y no «un buen día»). Cuando los santos contemplan el amor de Dios hacia ellos, sienten que éste responde a una generosidad divina cuya locura pertenece a la esencia misma de Dios. La decisión de crear es libre (Dios no nos necesita), pero no es un accidente: expresa a su modo la esencia de Dios, desvela un Atributo irreductible al Amor trinitario, cuya locura llega hasta la locura de la cruz.

Abrahán no podía saber estas cosas como los cristianos, porque Cristo no podía ser predicado como lo fue por san Pablo. La locura de la cruz debe ser experimentada, vivida en el amor, para tener un sentido auténtico: pero debe ser dicha igualmente con toda claridad, con las palabras que constituyen, precisamente, o desarrollan el Verbum Crucis (la Palabra de la Cruz).

¿Por qué Teresa es una mensajera privilegiada de este misterio constante en la Iglesia? Porque quiso ser el Amor: no el amor en general, sino el Amor creador que inventó la locura de la Cruz. Supo adivinar que el correspondiente divino al misterio del sufrimiento es la imposibilidad, para Dios, de contentarse con ser Dios. Esto me parece el nudo del misterio en tanto lo podemos balbucir en este mundo. ¿Por qué la decisión creadora? ¿Por qué la Trinidad no estaba contenta de la Trinidad? En virtud de ese «no sé qué que se halla por ventura», canta san Juan de la Cruz, algo que es una nota del Amor en tanto que no le basta ser feliz, ni siquiera según la comunicación infinita de los Tres: quiere el riesgo de una comunicación a los pobres (Molinié, Lo elijo todo, 8, apartado A modo de epílogo. Conclusión)48.

Para terminar esta meditación sobre el sufrimiento de los santos hay que dejar claro que toda esta relevancia del sufrimiento en la vida y en la enseñanza de santa Teresa del Niño Jesús -y de todos los santos- no tiene nada que ver con dar valor al sufrimiento por sí mismo. Se trata de comprender la relación del sufrimiento con la humildad necesaria en el camino hacia Dios y la relación del sufrimiento, no con el castigo que aplica la justicia, sino con el ofrecimiento a la Misericordia de Dios para que se pueda volcar en nosotros.

No se trata de predicar el sufrimiento, sino la humildad en la escuela de Teresa. Simplemente hay que saber que la humildad verdadera nos transforma infalible e inmediatamente en víctimas de holocausto al Amor misericordioso. Nos enseña a no resistir a este holocausto ni al descendimiento al infierno que conlleva: el primer descenso al infierno es descubrir nuestro pecado, lo que coincide muy bien con la humildad… (Molinié, La irrupción de la gloria, II, apartado Las aguas del Jordán)49.

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¡Es tan difícil explicar por qué se ama el sufrimiento! Pero yo creo que se explica, porque no es al sufrimiento tal como éste es en , sino tal como es en Cristo, y el que ama a Cristo, ama a su Cruz. Y yo de esto no sé salir, aunque lo comprendo (Hermano Rafael)50.

El miedo al sufrimiento y el rechazo del sufrimiento

Al hablar del sufrimiento humano e, incluso, al contemplar el sufrimiento de Jesús y de los santos, es muy frecuente que surja el miedo a sufrir. Aunque comprendamos el valor de nuestro sufrimiento unido al de Cristo, no dejamos de sentir miedo por el sufrimiento presente y, especialmente, por el futuro51. Se trata de un miedo que puede paralizarnos si es muy intenso, pero en otras ocasiones ese miedo nos hace pensar que somos demasiado débiles e indignos para dar el paso al frente que nos pide el Señor, como si el que quiere abrazar el sufrimiento de Cristo y de los santos no tuviera que sentir nunca miedo. Para evitar estas trampas que nos impiden abrazar el sufrimiento con Cristo es imprescindible que comprendamos la diferencia entre tener miedo del sufrimiento y rechazar el sufrimiento. Sentir miedo de sufrir no tiene nada que ver con rechazar el sufrimiento y cerrarnos así a la comunión con los padecimientos de Cristo. Es más, pasar por el miedo para unirnos a la cruz de Cristo forma parte del sufrimiento que hay que aceptar y ofrecer, pero sin permitir que el miedo nos lleve a rechazar el sufrimiento y nos haga huir de nuestra cruz.

No hay que confundir el miedo del sufrimiento y el rechazo del sufrimiento. El rechazo es un cerrar el corazón, el cual rechaza también entonces la alegría, la vida, la dicha… porque sería necesario darse. El rechazo del sufrimiento es una rebelión, que puede muy bien ejercerse aun cuando no se tenga miedo en absoluto. Por ejemplo, Pedro rechazó siempre la cruz de Cristo, se opuso a ella violentamente… hasta el momento en que tuvo miedo, traicionó y se desfondó. Ya veis cómo el miedo es menos peligroso que el rechazo…

Cristo tuvo mucho miedo y, sin embargo, no rechazó nada. Los santos tampoco rechazan nada, ni siquiera en el primer movimiento, pues se han hecho incapaces de esa estrechez y de ese quiste que implica el rechazo. Tienen «el corazón líquido», como decía el Cura de Ars: rechazar es coagularse. La carne de Cristo y de los santos se contraía ante el sufrimiento: su alma gemía, pero no se contraía. Lo que llamamos coraje no se da nunca sin una cierta retracción, un esfuerzo por protegerse; mientras que el alma de los santos, habiéndose hecho puramente oblativa permite al sufrimiento penetrar hasta el centro donde encuentra el océano de la dulzura de Dios… y ellos atraviesan el sufrimiento, escapan a él por la dulzura, sin resistirle.

Comenzáis quizá a vislumbrar la importancia de nuestro tema inicial: dejaos hacer. A eso nos invita el Espíritu Santo. Mientras se resiste a eso, se resiste a Dios. Imaginar los sufrimientos que han de acaecernos es ya una retracción y un rechazo… (Molinié, El coraje de tener miedo, 232-233).

Aunque, si hemos comprendido que antes de abrazar el sufrimiento nos tenemos que dejar transformar por la gloria y que, además, el sufrimiento de la cruz no viene sólo ni principalmente del dolor y del pecado, sino especialmente de la invasión de la dulzura de la misericordia de Dios que se encuentra con el rechazo propio de los condenados, entonces nos daremos cuenta de que puede surgir -y surge con frecuencia- un miedo distinto: el miedo a dejarse invadir por la misericordia y a dejar que en nosotros se dé el encuentro de la dulzura de Dios con nuestra realidad pecadora y la de nuestros hermanos.

Cuando meditamos sobre la cruz, hay que penetrar en el interior para encontrar allí la unción. Habría que tener un poco menos miedo de la cruz y un poco más de la unción: eso sería más serio. Se ha podido hablar de «la dulzura insoportable de Cristo y de la santísima Virgen al pie de la cruz…». Cristo no resistió, no apretó los dientes, se dejó desarmar por completo. Cuando se asoman los ojos sobre el abismo de esta dulzura, es mucho más vertiginoso y terrible que la misma cruz…, pero es un vértigo que atrae.

Existe una atracción hacia la cruz: ella es la puerta que se abre sobre el vértigo del amor. Se puede meditar sobre esto toda una vida… (Molinié, El coraje de tener miedo, 233-234).

Los santos, y el mismo Cristo, nos enseñan que para superar el miedo al sufrimiento no es necesaria una especial capacidad para resistir el sufrimiento o un esfuerzo titánico para soportarlo. No se trata de soportar o de resistir, de hacerle frente o de vencerlo. Más bien se trata de acogerlo y dejar que nos rompa y nos deshaga, sin defendernos, abandonándonos a Dios y dejarnos penetrar por el Espíritu Santo. Por eso, la clave para reaccionar adecuadamente ante el sufrimiento no está en el momento preciso en que aparece, sino mucho antes, cuando decidimos ser dóciles a los planes de Dios y a su acción de Dios en nosotros. Esa docilidad es la que debe estar preparada para acoger el sufrimiento y la unción de Dios.

Nosotros no comprendemos esto desde ningún punto de vista. Cuando se alababa el coraje y la generosidad de Teresa del Niño Jesús, ella respondía sencillamente: «No es eso…»

No, no es cuestión de coraje, de fuerza y de generosidad. La generosidad entra en juego, por el contrario, en el momento en que la cosa marcha bien, cuando Dios nos propone algo: decir Sí o No. No es frente a la cruz donde va a jugarse nuestro destino, pues cuando estemos ante el misterio de la cruz, aquél se habrá ya jugado. Nuestro destino se juega a propósito del misterio de Dios: ¿abrimos la puerta a su amor, sí o no?

Dios ha dado suficientes pruebas de su misericordia para que no tengamos nada que temer de nuestra debilidad, y temamos en cambio a nuestra dureza de corazón. Nos preguntamos: ¿Cómo hacen los santos para soportar? Ellos no soportan. Lo que llamamos «soportar» es reaccionar contra el sufrimiento, rechazar acogerlo con pleno corazón porque va a descomponer todo y a hacernos morir. Soportar el sufrimiento es luchar contra esta descomposición… El secreto de los santos está precisamente en no luchar: en acoger sin defenderse y dejarse descomponer.

Alguien me decía a propósito de un sufrimiento físico: «No se puede comparar con ninguno de los sufrimientos conocidos. Con los peores sufrimientos puedes todavía ser hombre, mientras que con eso, no se puede ya ser hombre». En el fondo, lo que se llama soportar el sufrimiento es intentar permanecer siendo hombre bajo sus golpes. Es justamente lo que los santos y Cristo no han intentado hacer, porque no sentían necesidad de intentar seguir siendo hombres; en una palabra, no tenían nada que temer. Podían abandonarlo todo, porque tenían la unción del Espíritu Santo. Cuanto menos se lucha, más nos penetra esta unción, que es estable, pues es Dios mismo…, es el Ser. Entonces no hay necesidad de preocuparse: «¡Entrad, entrad!»

Lo que ocurre es que nosotros no sabemos hacer ese movimiento. Creemos que no llegaremos a ello a causa del sufrimiento mismo y del miedo que nos causa. Pero no es verdad: lo que nos impide hacer este movimiento es que no estamos en estado de oblación (Molinié, El coraje de tener miedo, 231-232).

Aprender a mirar el sufrimiento de Cristo

Los santos también nos enseñan a mirar la cruz de Cristo de forma que podamos sentirnos atraídos por ella. Como fruto importantísimo de esa contemplación surge el deseo -o la necesidad- de compadecer con Cristo y también la capacidad de mantener esa misma mirada ante el sufrimiento de los demás52. Necesitamos esa mirada contemplativa que, más allá del sufrimiento de Cristo en la cruz, ve el amor manifestado en ella para que, de ese modo, podamos superar el miedo al sufrimiento y empecemos a sentirnos atraídos por ella (cf. Jn 12,32).

Los santos, llevados por los ríos de agua viva, tienen entonces una mirada distinta a la nuestra sobre el sufrimiento y la muerte, que son un escándalo para nosotros: «A causa del misterio de la iniquidad, la caridad de muchos se enfriará» (Mt 24,12). No están al abrigo de la duda, sino que están poseídos por algo distinto al horror y a la repulsión frente a los sufrimientos de los «más pobres de entre los pobres»; ellos son atraídos por «el buen olor de Cristo».

¿Qué quiere decir? Pues bien, para ellos la visión del sufrimiento y de la muerte es siempre la de Cristo en la Cruz, y ante Cristo en la Cruz (pero sólo ante él) sufren como María la presión amenazante del Cielo recibida en la contemplación. Entonces, a pesar del horror y, yo diría, a través del horror, son atraídos, no por el sufrimiento sino por el Cielo que se filtra a través del espectáculo de Cristo en la Cruz, cuya carne comen en el sacramento de la Eucaristía, cuya gloria contemplan asistiendo a la misa (Molinié, Quién comprenderá el corazón de Dios, 10,2, apartado El mandamiento nuevo)53.

Esa mirada que nos permite contemplar la cruz de Cristo y descubrir el misterio de amor que encierra es lógicamente un don, y, como todo don, algo que hay que pedir, acoger y ejercitar.

El don del Espíritu Santo es saber mirar a Cristo en la Cruz como la manifestación del secreto más íntimo de Dios, el de su Amor por nosotros. A través del Crucificado la Iglesia contempla incansablemente el Amor que dice a la carmelita de la que ya he hablado: «Tú cuentas para mí», a Ángela de Foligno «no es broma que te amé». Frente a la Cruz, ella mira menos el sufrimiento que el Cielo presentido por el buen ladrón: «Acuérdate de mí cuando estés en tu reino».

Los impíos «vident crucem, non vident unctionem», ven la Cruz, no ven la unción, es decir, el Cielo. Si vemos la Cruz sin ver el Cielo estamos en peligro de perder la fe como los apóstoles. Hay que pedir la gracia de sentir el Cielo a través de la mirada de Cristo que nos dice «esta misma tarde estarás conmigo en el paraíso» (Molinié, Quién comprenderá el corazón de Dios, 9,3, apartado El Cielo a través del Crucificado)54.

Esta mirada de fe permite contemplar el sufrimiento y la cruz como parte y comienzo del misterio pascual, que en su conjunto ofrece la salvación y lleva a la victoria. El que tiene esta mirada luminosa de los sufrimientos de Cristo en la cruz puede participar de esos sufrimientos y descubrir que los sufrimientos humanos quedan penetrados por la fuerza salvadora de la pascua.

Quienes participan en los sufrimientos de Cristo tienen ante los ojos el misterio pascual de la cruz y de la resurrección, en la que Cristo desciende, en una primera fase, hasta el extremo de la debilidad y de la impotencia humana; en efecto, Él muere clavado en la cruz. Pero si al mismo tiempo en esta debilidad se cumple su elevación, confirmada con la fuerza de la resurrección, esto significa que las debilidades de todos los sufrimientos humanos pueden ser penetrados por la misma fuerza de Dios, que se ha manifestado en la cruz de Cristo. En esta concepción sufrir significa hacerse particularmente receptivos, particularmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la humanidad en Cristo (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 23).

También el contemplativo, como no puede ser de otra forma, experimenta el rechazo al sufrimiento y el miedo a la cruz. Pero la contemplación de la cruz de Cristo, si es verdaderamente cristiana, le impulsará a abrazarla.

Sin embargo, y a pesar de su deseo de amar la Cruz, cuando intenta abrazarla de verdad, nota cómo se rebela interiormente todo su ser contra ella, negándola, rechazándola o tratando de eludirla de las maneras más diversas.

Pero si he contemplado la luz de Dios en el Crucificado, ya no puedo huir de la cruz; sólo puedo abrazarla por amor o, de lo contrario, alienarme, huyendo de mí mismo, de la realidad… y de Dios. La huida de la cruz se convierte así en una de las más dramáticas formas de autodestrucción55.

Sin embargo, esta mirada profunda que le permite ver el amor de Dios en la Cruz y vislumbrar el aspecto pascual del sufrimiento, no hace al contemplativo menos sensible al sufrimiento de los demás, ni le lleva a buscar el sufrimiento por sí mismo. Todo lo contrario. Pero, a pesar de que tiene una mayor sensibilidad hacia el sufrimiento de Dios y del hombre, contempla siempre el sufrimiento a la luz del Crucificado y puede abrazar el misterio de amor que descubre en el sufrimiento de su Amado.

Esto no significa que a uno le agrade la cruz o que se alegre espontáneamente con el sufrimiento o la pobreza, buscándolos con el afán egoísta de encontrar una satisfacción patológica en ellos. Todo lo contrario: la sensibilidad del contemplativo y su mirada sobrenatural acentúan la experiencia de dolor que le provoca la vista del mal y el dolor que le rodea y que anida en su interior, haciéndola especialmente intensa y dolorosa. Pero el hecho de que le duela enormemente la cruz y que su pobreza lo desgarre no le impide contemplarlos al trasluz del Crucificado y descubrir en ellos el manantial más profundo del amor que ansía y por el que vive, y lanzarse a abrazarlos con una pasión que nada tiene que ver con la aceptación de un compromiso nacido de la mera voluntad56.

El que se siente atraído por el amor de Dios se topa tarde o temprano con el sufrimiento y la cruz: con el sufrimiento de Cristo, con el propio y con el de la humanidad sufriente. Y puede sentirse engañado pensando que buscando el amor ha encontrado el dolor; y que, ofreciéndose a la invasión de la misericordia, se ha convertido en víctima doliente por el pecado. No debemos confundirnos: estamos llamados por el Amor al amor, pero eso no quiere decir que evitaremos el sufrimiento. Pero no un sufrimiento que sustituye al amor, sino el sufrimiento que va unido al amor. Por eso es imprescindible que miremos al amor y sólo al amor, que miremos sólo la cruz de Cristo, y lo hagamos con los ojos iluminados por el Espíritu que permiten ver allí el amor y la salvación de Dios. Y después, con esa mirada, podremos contemplar todos los sufrimientos al trasluz de la Cruz, porque el contemplativo sólo contempla a Cristo y todo lo mira a través de él.

Y así Celina insiste en nombre de Teresa: su consagración nos entrega al amor y no al sufrimiento. Pero eso no quiere decir que no sufriremos, ni que sufriremos menos. San José mismo sufrió, y la esencia de la Misericordia está ciertamente en estigmatizar a Jesús, y después a los cristianos, en el fuego de la herida divina frente al infierno. Teresa no dudó en proclamar que no se puede amar sin sufrir, y sufrir mucho.

Entonces, ¿es una trampa? No, porque la consagración teresiana conlleva sufrir de otra manera, y en cierto sentido más fácilmente que si se rechaza hacerlo. Esta «facilidad» viene de la dulce herida del Amor, anterior a todo sufrimiento y más profunda que todo sufrimiento: en este sentido, Teresa y Celina no han engañado a las almas. Ellas no tienen miedo al sufrimiento, ni siquiera a mirarlo, se entregan al Amor y deben mirar sólo al Amor. Si se deriva el sufrimiento, será como por añadidura y sin enterarse; éste no es el fondo del programa ni del misterio (a no ser que Jesús mismo nos dé el deseo del sufrimiento, como se lo dio a Teresa: pero esto mismo es también un añadido). El Amor conlleva el sufrimiento de Dios, pero él es el Amor, más fuerte que la muerte y el sufrimiento: almas que tembláis, no miréis otra cosa, esto es lo que gritan Teresa y Celina (Molinié, El cara a cara en la noche, III, apartado La consagración teresiana)57.

¿Completar los sufrimientos de Cristo?

La contemplación luminosa del sufrimiento de Cristo en la cruz nos impulsa a desear participar de ese misterio en que se funden el amor, el dolor, la salvación y la alegría. Podemos entender que Cristo nos ofrece como un regalo la participación en sus sufrimientos porque así nos introduce en el misterio de la misericordia que reacciona frente al pecado y al infierno. Incluso podemos descubrir la alegría que se encierra en ese sufrimiento compartido, no por sí mismo, sino porque nos une a Cristo que ama hasta el extremo. Pero resulta más difícil entender lo que dice san Pablo en la carta a los Colosenses:

Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia (Col 1,24).

Después del recorrido que hemos hecho, no debe sorprendernos que el apóstol -y nosotros mismos- encuentre una fuente de alegría en los sufrimientos cuando se pueden unir a lo que hemos llamado el sufrimiento del cielo.

«Suplo en mi carne -dice el apóstol Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento- lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Estas palabras parecen encontrarse al final del largo camino por el que discurre el sufrimiento presente en la historia del hombre e iluminado por la palabra de Dios. Ellas tienen el valor casi de un descubrimiento definitivo que va acompañado de alegría; por ello el Apóstol escribe: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros». La alegría deriva del descubrimiento del sentido del sufrimiento; tal descubrimiento, aunque participa en él de modo personalísimo Pablo de Tarso que escribe estas palabras, es a la vez válido para los demás. El Apóstol comunica el propio descubrimiento y goza por todos aquellos a quienes puede ayudar -como le ayudó a él mismo- a penetrar en el sentido salvífico del sufrimiento (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 1).

Es necesario que intentemos comprender a qué se refiere san Pablo, evitando el error de pensar que le falte algo a la pasión salvadora de Cristo. Es el santo papa polaco el que nos ayuda a entender que la Palabra de Dios, sin quitarle plenitud a la salvación realizada por Cristo, nos habla de nuestra unión profunda con él a través de la Iglesia y de una redención abierta a nuestra participación, que se realiza constantemente en el mundo. Merece la pena reproducir toda la explicación:

En el misterio pascual Cristo ha dado comienzo a la unión con el hombre en la comunidad de la Iglesia. El misterio de la Iglesia se expresa en esto: que ya en el momento del Bautismo, que configura con Cristo, y después a través de su Sacrificio ‑sacramentalmente mediante la Eucaristía‑ la Iglesia se edifica espiritualmente de modo continuo como cuerpo de Cristo. En este cuerpo Cristo quiere estar unido con todos los hombres, y de modo particular está unido a los que sufren. Las palabras citadas de la carta a los Colosenses testimonian el carácter excepcional de esta unión. En efecto, el que sufre en unión con Cristo ‑como en unión con Cristo soporta sus «tribulaciones» el apóstol Pablo‑ no sólo saca de Cristo aquella fuerza, de la que se ha hablado precedentemente, sino que «completa» con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos de Cristo. En este marco evangélico se pone de relieve, de modo particular, la verdad sobre el carácter creador del sufrimiento. El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención del mundo. Este bien es en sí mismo inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadirle nada. Pero, a la vez, en el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. En cuanto el hombre se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo ‑en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia‑, en tanto a su manera completa aquel sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo.

¿Esto quiere decir que la redención realizada por Cristo no es completa? No. Esto significa únicamente que la redención, obrada en virtud del amor satisfactorio, permanece constantemente abierta a todo amor que se expresa en el sufrimiento humano. En esta dimensión ‑en la dimensión del amor‑ la redención ya realizada plenamente, se realiza, en cierto sentido, constantemente. Cristo ha obrado la redención completamente y hasta el final; pero, al mismo tiempo, no la ha cerrado. En este sufrimiento redentor, a través del cual se ha obrado la redención del mundo, Cristo se ha abierto desde el comienzo, y constantemente se abre, a cada sufrimiento humano. Sí, parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar.

De este modo, con tal apertura a cada sufrimiento humano, Cristo ha obrado con su sufrimiento la redención del mundo. Al mismo tiempo, esta redención, aunque realizada plenamente con el sufrimiento de Cristo, vive y se desarrolla a su manera en la historia del hombre. Vive y se desarrolla como cuerpo de Cristo, o sea la Iglesia, y en esta dimensión cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra redentora de Cristo. El misterio de la Iglesia ‑de aquel cuerpo que completa en sí también el cuerpo crucificado y resucitado de Cristo‑ indica contemporáneamente aquel espacio, en el que los sufrimientos humanos completan los de Cristo. Sólo en este marco y en esta dimensión de la Iglesia cuerpo de Cristo, que se desarrolla continuamente en el espacio y en el tiempo, se puede pensar y hablar de «lo que falta a los padecimientos de Cristo». El Apóstol, por lo demás, lo pone claramente de relieve, cuando habla de completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia.

Precisamente la Iglesia, que aprovecha sin cesar los infinitos recursos de la redención, introduciéndola en la vida de la humanidad, es la dimensión en la que el sufrimiento redentor de Cristo puede ser completado constantemente por el sufrimiento del hombre. Con esto se pone de relieve la naturaleza divino-humana de la Iglesia. El sufrimiento parece participar en cierto modo de las características de esta naturaleza. Por eso, tiene igualmente un valor especial ante la Iglesia. Es un bien ante el cual la Iglesia se inclina con veneración, con toda la profundidad de su fe en la redención. Se inclina, juntamente con toda la profundidad de aquella fe, con la que abraza en sí misma el inefable misterio del Cuerpo de Cristo (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 24).

Si entendemos correctamente estas palabras de san Pablo, podremos descubrir que no estamos hablando simplemente de una medida física o jurídica que debe completarse porque no lo está, sino que estamos inmersos en el misterio de la superabundancia del amor y de la salvación para completar, no la medida matemática de un precio a pagar, sino del esplendor de lo que se ha realizado y manifestado en la cruz.

La Pasión está completa, la Redención cumplida, no falta nada a su integridad; falta mucho a su esplendor, falta la integridad de la Iglesia […] Si, de hecho, la Palabra de Dios es ante todo el Verbum Crucis (la Palabra o proclamación –kerigma– del misterio de la Cruz), y si el núcleo del Verbum Crucis es el acontecimiento de la Pasión y de la Resurrección, palabra más profunda que toda explicación (incluso dada por Dios), la muerte de los mártires y de los santos no es una simple repetición del Verbum Crucis: sin embargo, no le añade nada, salvo en esplendor y superabundancia (completamos en nuestro cuerpo lo que falta al esplendor de la Pasión). Cada santo contribuye así a hacer pasar algo del sentido pleno al sentido literal, continúa encarnando y desarrollando el Verbum Crucis (Molinié, La irrupción de la gloria, IV, apartado La plenitud de la Revelación)58.

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La necesidad de expiar o de satisfacer al amor ofendido responde a una necesidad de Justicia; pero la necesidad de ofrecer un dolor humano para «completar» lo que falta al dolor infinito del Padre compete a la superabundancia, porque no le falta nada a ese dolor…, si no es precisamente sobreabundar (Molinié, Que mi alegría permanezca, Nota C. La redención, apartado La superabundancia redentora)59.

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Quiso ser tentado en el desierto, tentado en la Agonía lo que es mucho peor, y ha confiado a todos los místicos que los dolores de su alma excedieron infinitamente a los de su cuerpo a lo largo de toda su vida en la tierra. Y este mismo exceso no ha sido suficiente al Padre y al Hijo en la locura de su nuevo amor: han querido que Jesús tuviera hermanos que completaran en su corazón, en su cuerpo y en su alma, lo que falta en esplendor al misterio de esta nueva amistad. Por eso era necesario que los sufrimientos de Jesús no permanecieran ocultos, que fueran exhibidos lo más posible: spectaculum facti sumus… Si Jesús hubiera muerto de agonía durante las noches que pasaba orando, el dolor de su pasión no habría sido menor, habría bebido tan profundamente la copa del dolor de Dios, habría pedido que se alejara con el mismo desamparo cum clamore valido…, pero nada de todo esto podría haber sido predicado a los cristianos como lo hace la Iglesia de forma incansable en el vía crucis y más aún en la misa, memorial de la Pasión (Molinié, Que mi alegría permanezca, I, 4, apartado El nuevo Adán)60.

Por eso, las misteriosas palabras sobre «completar» lo que falta a la pasión de Cristo constituyen una llamada dirigida a los cristianos y un privilegio de la Iglesia61.

En principio, Jesús habría podido morir bajo el derrumbamiento de la torre de Siloé: habría podido ofrecer esta muerte a su Padre para la Redención del género humano. Habría podido, pero esa muerte no habría sido la expresión del misterio interior de la Agonía que Dios quiso conocer para compartir nuestro sufrimiento. No habría podido ser el signo visible que permite al Espíritu Santo iniciar en plenitud a los hijos de Pentecostés en el misterio de la Cruz…, los que están invitados a completar conscientemente en su cuerpo lo que falta a la Pasión de Cristo, a convertirse en un pueblo de salvadores; mientras que los demás hombres sólo pudieron llevar el signo de la muerte de Cristo de una manera inconsciente o consciente de forma muy imperfecta (Molinié, El misterio de la redención, primera parte, capítulo IV, apartado La pasión inevitable)62.

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Es un privilegio de la Iglesia militante completar en su Cuerpo lo que falta en esplendor a la Pasión de Cristo… y esto se llama la perfecta «imitación de Cristo» (Molinié, La irrupción de la gloria, IV, apartado La muerte del hombre viejo)63.

De este modo podemos comprender que el sufrimiento es un don, según las palabras del apóstol san Pablo: «Porque a vosotros se os ha concedido, gracias a Cristo, no solo el don de creer en él, sino también el de sufrir por él» (Flp 1,29). Palabras que corrobora el apóstol san Pedro: «Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios» (1Pe 2,20)64.

Pero también debemos descubrir que no sólo estamos llamados a completar los sufrimientos de la pasión, sino también la gloria y la alegría que le están unidas.

En efecto, es imposible completar la Pasión sin conocer un misterio análogo al de la Cruz: y este misterio no consiste solamente en morir de muerte mientras amamos a Dios; sino en morir de gloria más que de muerte, según la economía de la victoria pascual. El toque divino que nos lleva a este misterio se ofrece a los creyentes en este mundo, y pasa por la humanidad de Jesús: iniciados por la predicación, éstos entran en contacto, por el camino de los sacramentos, con el cuerpo de Cristo; en el que habita la plenitud de la divinidad […] Podemos imitar o prefigurar la Pasión sin morir de gloria, pero no completarla en el Cuerpo místico (Molinié, La Virgen y la gloria, tercera parte, capítulo I, apartado El contacto del Cuerpo de Cristo)65.

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Cristo desea prolongar en nosotros su victoria contra el pecado glorificándonos por medio de una agonía análoga a la suya. Y, desde luego, en cuanto sacrificador, tiene todo el poder para realizar este deseo. Es lo que san Pablo llama completar en el cuerpo de los elegidos lo que falta a la Pasión de Cristo (Molinié, El misterio de la redención, segunda parte, capítulo II, apartado Cristo, sacerdote y sacrificador)66.

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Lo que Dios ha amado tanto en el mundo es el rostro de su Hijo en agonía: la Santa Faz, el rostro creado más distinto de los Tres y el más cercano de los Tres… el más trinitariamente distinto de los Tres. Si comprendemos esto, podemos comprender también que Dios quiera, a la vez, ofrecernos y pedirnos que participemos de este desamparo: la comunicación a Jesús de la plenitud trinitaria sería imperfecta si su humanidad no fuera fecunda a imagen de la fecundidad trinitaria. Él quiso hacer de Jesús crucificado el primogénito de una multitud de hermanos que serían su fecundidad espiritual y completarían en su cuerpo la plenitud de este desamparo antes de recibir una recompensa análoga, y completar en su cuerpo la alegría plena de Cristo resucitado (Molinié, El misterio de la redención, primera parte, capítulo IV, apartado El desamparo de la muerte)67.

El contemplativo en el mundo debe entender el misterio de comunión con los padecimientos de Cristo que se contiene en estas palabras del Apóstol, no para saberlo, sino para vivirlo.

Este texto es muy importante y, a la vez, muy delicado porque nos habla de «completar» la pasión de Cristo. ¿Cómo debe entenderse? En principio hay que afirmar que la pasión de Cristo ‑su redención‑ es completa y definitiva. En ese sentido no necesita completarse. Pero el que sea completa no significa que no sea posible participar íntimamente de ella, continuándola en la historia actual. Esto es posible; es más, es a lo que estamos llamados los cristianos; y no porque el Redentor lo necesite, sino porque quiere hacernos participar realmente de su cruz, como el momento clave de la salvación y la expresión máxima de su amor al Padre y a los hombres. Por consiguiente, la gracia de esta comunión redentora es una exigencia vital para el contemplativo, que vive así la identificación con Cristo en plenitud y alcanza el verdadero fruto de su vida.

En consecuencia, cuando vivo el mismo misterio que vive Jesús en la cruz, y lo hago presente en el ahora concreto de mi vida real, lo hago más visible y actual, añadiéndole una mayor sacramentalidad y actualidad. Podemos afirmar que, del mismo modo que Cristo hace presente en la historia su mensaje o su perdón de forma visible a través de su Cuerpo, que es la Iglesia, también hace presente su pasión en cada rincón de la historia a través de sus miembros. Lo que no necesita Jesús para completar la eficacia salvadora de su pasión, sí lo ha querido necesitar para hacerla presente a través de personas concretas que, unidas a él, reviven, actualizan y encarnan esa misma pasión. Así, la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, participa de ese misterio, no sólo sacramentalmente en la Eucaristía, sino también existencialmente en la vida del cristiano. En la Eucaristía se representa litúrgicamente y se actualiza realmente la pasión del Señor, sin añadirle nada, pero prolongando su eficacia en la historia; y, del mismo modo, el cristiano que se une a la cruz de Cristo actualiza ésta y la hace presente, también sin añadirle nada, pero haciéndola visible y eficaz en el aquí y ahora de su vida. Lo cual no supone que la pasión de Cristo no sea actual; sino que yo puedo añadirle más actualidad al revivirla en mi carne. Diríamos que hago que la pasión de Jesucristo, que tiene una perenne actualidad gloriosa, también tenga en este momento una actualidad humana en mi vida mortal. Por eso, aunque la pasión del Señor sea una realidad «completa», podemos decir en verdad que la «completamos» al unir nuestra cruz a la suya. Y así, nuestra cruz ya no es nuestra cruz; sino que, unida a la del Señor, es su misma cruz proyectándose más lejos y más «humanamente» ‑bien entendido esto‑ en la historia68.

La fecundidad del sufrimiento


Beatificación de monseñor Romero

Sin caer en el error de canonizar el sufrimiento por sí mismo o de olvidarnos del misterio que supone y al que debemos acercarnos con suma delicadeza, no podemos dejar de hablar de la fecundidad del sufrimiento que podemos -y, como cristianos, debemos- descubrir a la luz de la fe.

Si la enfermedad iluminaba mi fe, he de añadir que, mucho más la fe iluminaba mi enfermedad. Creo haber dicho ya que lo importante en la enfermedad es descubrir su «sentido». Pues bien, encontrar que desde mi enfermedad participo más viva y verdaderamente en la pasión de Jesús ha sido para mí la fuente primordial de mi esperanza y mi alegría. Quiero proclamar que esa idea de que la enfermedad es realmente «redentora» no es un tópico teológico, sino algo radicalmente verdadero. Aclararé, para no caer en un masoquismo equivocado, que lo que Dios espera de nosotros no es nuestro dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es uniéndonos apasionadamente a su cruz y a su labor redentora. ¿Qué otras cosas tenemos en definitiva, los hombres para aportar a su tarea?69

Las palabras del Señor en el mismo Evangelio nos ponen en la pista de la fecundidad del sufrimiento. Lo que Cristo manifiesta antes de su pasión para anunciar la fecundidad de su muerte vale también para el sufrimiento del cristiano.

En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor (Jn 12,24-26).

En un mundo que huye de todo sufrimiento porque no descubre su sentido, y en una Iglesia que tiene la tentación de buscar la eficacia con los medios del mundo, es necesario volver a proclamar la fecundidad del sufrimiento del cristiano, por supuesto cuando se vive unido a Cristo como expresión de entrega y amor: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Sin ese sufrimiento aceptado y ofrecido no tiene valor la caridad, ni el apostolado. El apóstol san Pablo asoció claramente el sufrimiento y el apostolado: «Hijos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros» (Gal 4,19).

Queda una cuestión que prácticamente no hemos abordado: ¿Por qué Dios pidió a Cristo que sufriera tanto? ¿Por qué también ese instinto y ese deseo de sufrir (ofrecido luego a los cristianos como Teresa), cuando la Justicia no parece suficiente para explicarlo? El Cordero sin mancha podía apaciguarla con una sonrisa, y sin embargo Teresa escribe: «Sólo el sufrimiento es capaz de engendrar almas» (Molinié, Lo elijo todo, 4, apartado La hermana Febronia, que cita Manuscrito A, 81rº)70.

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La fecundidad apostólica es precisamente la descomposición de la cruz acogida sin resistencia («Si el grano no muere»). La dulzura de Dios es redentora y nada más: primero en Cristo y después en los que completan lo que falta a la Pasión de Cristo. Lo demás no es fecundidad: es el trabajo del servidor cuyas obras son bendecidas o no lo son según vengan o no de la dulzura de Dios. En esta dulzura nos hacemos verdaderamente padre y madre en el sentido espiritual.

Resumiendo, se puede distinguir:

1. La actividad desplegada al servicio de Dios para el bien de los hombres: es el apostolado en sentido amplio.

2. El carisma concedido a algunos para expresar lo que contemplan y permitir a su contemplación sobreabundar en fecundidad gratuita. Estos cantan gratuitamente, por la alegría de cantar… y su alabanza es asumida por la gracia de Dios que la hace fecunda y la utiliza como instrumento de conversión o de edificación de los hombres.

3. El sufrimiento redentor: es también otro canto, el más divino y el más fecundo de todos… (Molinié, El coraje de tener miedo, 234).

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Aunque pueda resultar paradójico, la fecundidad de la Iglesia sigue estando hoy también ahí, en la Cruz, como lo estuvo en la cima del Calvario hace dos mil años.

En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12,24).

Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados ‑judíos o griegos‑, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres (1Co 1,23-25).

Y por esa misma razón, la Iglesia necesita de miembros que sean capaces de revivir en su propia carne el misterio de dolor de la humanidad crucificada y el misterio de amor redentor del Salvador crucificado […]

Descubrimos aquí un don y una llamada peculiares, que no se orientan fundamentalmente a un quehacer determinado, sino que van más allá, creando un «ser» que fundamenta cualquier misión o vocación en la Iglesia, y sin el cual ésta no podría actualizar adecuadamente la proyección salvífica y eterna, que da sentido y eficacia a su misión. Un ser que contiene todos los ecos de todas las vocaciones y misiones que Cristo confía a su Iglesia, y que tiene su más acertada expresión en el feliz descubrimiento de santa Teresa del Niño Jesús, que afirmaba: «En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor»71.

Esto explica que el contemplativo tenga una vocación, única y extraordinaria, que le lleva a la unión de amor con el Amado, a la vez que le ofrece la mayor proyección apostólica de su vida, a través de la vivencia entrañable del misterio escandaloso de la cruz. Es una vocación personal que sustenta cualquier otra vocación particular, ya sea monástica, apostólica, misionera, matrimonial, etc. De modo que en el monasterio ‑y, más aún, en el mundo‑, el contemplativo está llamado fundamentalmente a vivir conscientemente este ser y esta misión singulares que lo definen72.

El sufrimiento es un regalo no un tesoro

Hemos podido descubrir que nuestro sufrimiento, unido al de Cristo, no sólo tiene un sentido, sino un valor y una fecundidad. El ejemplo de los santos nos empuja a abrazar el sufrimiento y convertirlo, gracias al ofrecimiento de Cristo, en ocasión de amor y de entrega. Pero debemos tener cuidado de no salirnos de la dinámica del amor y de la pobreza convirtiendo el sufrimiento en un tesoro nuestro, en un mérito, con el que pretendemos comprar el amor o la salvación propia o ajena. Claro que el sufrimiento puede y debe ofrecerse, pero como un regalo que nace del amor agradecido, no con la mentalidad farisea que piensa en el sufrimiento como un mérito más que se puede esgrimir ante Dios para conseguir su favor73.

Los que salvan almas son los que cantan, y no es el sufrimiento el que da valor a su canto, es el hecho de cantar por amor lo que da valor a sus sufrimientos, porque les concede convertirse, en la escuela de Cristo, en un eco de la alabanza trinitaria.

También en esto nuestros contemporáneos experimentan con fuerza la tentación de conceder más valor a una alabanza que sufre que a una alabanza de pura alegría. Es cierto que, a los ojos de Dios, el sufrimiento posee una seducción absolutamente incomprensible para nosotros, sin la cual Dios no habría elegido la cruz para salvarnos; pero es, también aquí y siempre, una seducción de superabundancia.

Vemos el error en que corren el riesgo de caer las almas de buena voluntad, que de ningún modo tengo intención de condenar; pero cuyos sufrimientos corren el riesgo de volverse estériles porque, al ofrecerlos, les dan más importancia a ellos que a la gratuidad inútil de su canto de amor. «Aunque Jesús no supiera que sufro por él, decía más o menos Teresa, estaría feliz de dárselo…», simplemente porque, en sus regalos, sólo tenía en cuenta la alegría de dar, y no el valor de lo que daba.

Hace falta mucho amor para entender esta actitud en el mismo sufrimiento: el sufrimiento tiene mucha importancia para nosotros, no sería sufrimiento si no nos pareciera soberanamente importante, visceralmente importante, no sufrir o sufrir menos. No es el momento de escrutar este gran misterio de la condición humana: sólo digo que una cosa es conceder legítimamente la mayor importancia, con todas las fuerzas de nuestro pobre cuerpo, a la desaparición o incluso a la suavización de todo sufrimiento, y otra cosa es conceder importancia al sufrimiento como regalo, como don ofrecido a Dios. Ciertamente hay un sufrimiento indecible establecido por el mismo Dios, que quiere que el sufrimiento tenga valor en unión con el de Cristo…; pero, para ser pura, la ofrenda de nuestra cruz exige que renunciemos absolutamente a calcular el valor de lo que damos y, sobre todo, a evaluarlo según la intensidad del sufrimiento: hilarem datorem diligit Deus, Dios ama al que da con alegría, y si pretendemos que es imposible hacerlo en el sufrimiento, esto viene a decir que es imposible darlo realmente…; lo que, en efecto, es un verdadero milagro del que hablaremos («lo que es imposible a los hombres es posible para Dios»). Yo sólo quiero subrayar la relación absoluta que hay que establecer entre don, alegría, superabundancia, gratuidad, inutilidad: todas estas nociones no son más que una, y es grande la exigencia práctica de que sean así para nosotros (M.-D. Molinié, La visión cara a cara, segunda parte, capítulo I, apartado Los dones del Espíritu Santo y la «psicología del Cielo»)74.

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Pero Teresa nos libera de la trampa que nos acecha a todos: pensar que hemos hecho algo grande o importante por el sufrimiento. No se trata de eso, y mientras no lo comprendamos, es mejor no codiciar el sufrimiento. Hay que consolar a Dios ofreciéndonos a su amor para que él pueda derramar la dulzura, el consuelo, el perdón, sobre los grandes pecadores, sin perspectiva de penitencia previa a sufrir, por pequeña que sea. Primero hay que arraigarse en esta actitud: «Hablando, un día, de la oración de la fiesta de santa Teresa del Niño Jesús, ella (la madre Inés), dijo con convicción: “Fijaos, la Iglesia no nos hace pedir seguirla en el camino de un amor ardiente, sino de la humildad y la sencillez de corazón”».

La Iglesia siempre ha profesado la doctrina de Teresa, pero no con esa fuerza, porque ese lenguaje es inaccesible a los corazones burdos: hay que ser pequeños o pecadores muy agobiados para entenderlo: «¡Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias, Dios mío!» (Salmo 50).

Así pues, al que ha comprendido que Dios perdona todo y da todo sin pedir nada (si no es ser pobre de espíritu, y ahí está lo difícil, dice Teresa), a ése Dios le exige acoger sin medida las olas de ternura infinita que existen en él… con el dolor de no poderse derramar. El que comprende esto no corre el riesgo de entusiasmarse ante la idea de sufrir: acoge el sufrimiento o el deseo de sufrir acogiendo el Amor de Dios… y de ningún otro modo. Recibe el deseo de sufrir o el sufrimiento como el regalo de Dios, no como el regalo que él hace a Dios, a no ser el de dejarse colmar (Molinié, Lo elijo todo, 8, apartado El catecismo de Celina)75.

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El deseo de sufrir no es nada si no se ha desarrollado en el gozo de ser pobre e impotente: este deseo puede incluso llegar a ser un error monstruoso si nos hace salir de la pequeñez para complacernos en el heroísmo (Molinié, Lo elijo todo, 8, apartado A modo de epílogo. Conclusión)76.

Ciertamente el sufrimiento -cuando no es la consecuencia de nuestro pecado- es expiatorio, pero no como el pago de un recibo, sino como unión al pecado de todos como hizo Cristo.

El alma que sufre por otra cree implícitamente que este sufrimiento tiene un sentido y un valor, sin el cual Dios no se lo infligiría. En efecto, Dios es el único responsable de todos los sufrimientos que no son consecuencia inmediata del pecado; la enfermedad es un ejemplo cotidiano de esos sufrimientos. Esto significa que este sufrimiento es una obra de justicia. Justicia rigurosa de la que la Iglesia nos dice que castigará las faltas de los elegidos en el purgatorio si no supieron expiarlas en la tierra.

Ante eso, una vez más, nuestra inteligencia tropieza; se representa un tendero reclamando el pago de sus facturas, porque nuestra manera de comprender estas cosas es indigna de Dios. Las almas del purgatorio las comprenden perfectamente… y su fe pierde ahí todo su mérito. Renunciemos pues a discutir, aceptemos que todo sufrimiento es expiatorio cuando no viene del pecado mismo, sin comprenderlo bien. En todo caso yo no lo comprendo; pero Dios me pide creer en ello y, pobremente, le ofrezco este regalo.

A partir de ahí, otra explosión de nuestra inteligencia: la familia humana es un inmenso organismo del que somos miembros. Familia condenada a partir del primer Adán, salvado mirabilius (maravillosamente) a partir del segundo Adán. En esta perspectiva, puede empezar a atisbar el sentido de la fórmula de Dostoyevski: «Somos culpables de todo por todos», con su conclusión extraordinaria: «Si todos lo comprendieran, sería el paraíso en la tierra».

Particularmente, los dos Adán son culpables de todo por todos. El primero en nombre de la Justicia, de la «consustancialidad» de los humanos y del amor que un padre debe a sus hijos; el segundo, por el mismo título, pero añadiendo el amor gratuito que le ha empujado a tomar sobre él el castigo que pesaba sobre nosotros ‑como el instinto que empuja a Teresa Neumann a tomar la enfermedad del seminarista‑: de acuerdo con su Padre, y bajo la moción del Espíritu Santo, Jesús ha querido comulgar con la culpabilidad colectiva del género humano (Molinié, Culpable de todo por todos, 4, La luz del purgatorio)77.

Santa Teresa del Niño Jesús nos ayuda a comprender el verdadero sentido del sufrimiento como mérito y reparación, que tiene más que ver con acoger la misericordia que Dios no puede derramar en los que se cierran a ella, que en sufrir el castigo que merecen los demás. De nuevo el sufrimiento se convierte en regalo que tiene sentido en la dinámica del amor gratuito de Dios.

Distinguimos primero satisfacer y merecer. Satisfacer es ofrecer a la Justicia que perdona un sufrimiento que equilibre la ofensa o la herida provocada por el rechazo del amor. En ausencia del amor, esta ofensa sólo podría provocar el castigo infligido por la Justicia que condena; por el contrario, desde que abre su corazón al Amor, el castigo se detiene, y la Justicia ya no condena. Pide que se comparta la herida hecha al amor: esto es reparar (o satisfacer, que viene a ser lo mismo). Jesucristo la hizo a la perfección: no podemos añadir nada a esa Satisfacción.

Pero en el lenguaje corriente (el de Teresa y los suyos), cuando se evoca el gesto salvador de Cristo, se piensa más bien en el Amor que le inspira, y que tiene que ver con otra noción, la de mérito. El sufrimiento es, en efecto, un regalo precioso ofrecido a Dios, como la misma oración: es gratuita en todo. Dios decide responder distribuyendo milagros y gracias que podría distribuir de todas maneras, pero él quiere hacerlo en respuesta a ese regalo de la criatura: esto es lo que significa la palabra mérito.

Jesús mereció infinitamente, pero cualquier criatura puede añadir gratuidad a esa gratuidad, no hay razón para detenerse. Y cualquier rechazo de esta gratuidad es una herida u ofensa, que podemos «reparar» aceptando la gracia en lugar del que la rechaza.

Teresa conoció y aprobó esta lógica de reparación meritoria y gratuita. Lo descubrió en particular cuando, después de su gracia de Navidad, Jesús la invitó a recibir las gotas de su sangre, para derramarlas sobre las almas. Repito que aquí estamos de lleno en la lógica del Amor que repara acogiendo y dando. En la cumbre de esta lógica, el alma puede ofrecerse como víctima, como el señor Martin: ella llega hasta la cumbre de la acogida y del don, ofreciendo no ya esto o aquello, ni siquiera el sufrimiento, sino ofreciéndose ella misma por completo. Teresa estaba totalmente de acuerdo, a precio de preservarse cuidadosamente de las desviaciones en relación con la Cólera y la Justicia que condena.

Toda esta lógica del Amor se sostiene, sin duda, por el presentimiento de la Misericordia que nos la propone: Misericordia que nos ha dado Jesucristo, después de ofrecer el sufrimiento, después de ofrecerse como víctima, etc. Pero para ofrecerse como víctima, tenía que estar purificado hasta la igualdad de amor: un alma no purificada que se ofrece como víctima comete un acto de presunción (Molinié, Lo elijo todo, 5, apartado Victima del holocausto al Amor misericordioso)78.

Como ya hemos descrito en otro lugar, es necesario distinguir la ofrenda como víctima de holocausto al Amor misericordioso, a la que están llamadas todas las almas pequeñas, de los sufrimientos terribles de Teresa del Niño Jesús, tanto físicos durante su larga enfermedad como espirituales en la más terrible oscuridad respecto al cielo79. Este sufrimiento no se debe pedir y sólo se explica por un deseo especial de salvar almas y apoyado en una confianza heroica.

Si preguntase a santa Teresa sobre sus sentimientos relativos a su gran prueba y a sus sufrimientos físicos intolerables, presiento que estuvo tentada hasta preguntarse con angustia si la Víctima de Amor no estaba entregada al sufrimiento exactamente igual que la Víctima de Justicia. Pero enseguida la oigo, después de este relámpago tenebroso, responder con seguridad:

«¡Nunca hubiera creído que fuese posible sufrir tanto! ¡Nunca! ¡Nunca! No puedo explicármelo, a no ser por los ardientes deseos que he tenido de salvar almas»80.

El sufrimiento físico y moral es, por tanto, en nuestra santa, el resultado de su cooperación voluntaria con la Pasión de Cristo, cooperación implícita, muy evidentemente, en su Acto de Ofrenda, según la medida misma de la voluntad del Señor.

Creo que se pueden inferir, en la vocación de Teresa, dos planos cronológicamente distintos y que no se deben confundir, ni, desde luego, tampoco oponer:

Desde julio de 1887, Teresa tenía catorce años, deseo de sufrimientos para salvar almas por la Cruz.

El 9 de junio de 1895, en la festividad de la Santísima Trinidad, en la cima de su vida espiritual, ofrenda como víctima al Amor misericordioso, para aliviar a este Amor ignorado y rechazado.

En su lecho de muerte, escucho a mi santa hermanita afirmar: «Afortunadamente no pedí el sufrimiento, pues si lo hubiera pedido, sería mi sufrimiento para mí, y temería no tener fuerzas para soportarlo»81.

Así no confundía sus deseos de toda una vida con una petición formal que la hubiera encadenado irrevocablemente. Vemos de inmediato el matiz.

El alma que se ofrece al Amor no pide el sufrimiento, pero, entregándose por entero a los designios del amor, acepta todas las alegrías, los trabajos y las pruebas que la Providencia permita para ella, y cuenta con la infinita Misericordia para soportar alegremente la carga y santificarla (Molinié, Lo elijo todo, 8, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina)82.

Pero el sufrimiento ofrecido como regalo no sólo sirve como ofrenda gratuita al amor misericordioso, sino que también nos introduce en un conocimiento nuevo, más profundo, del amor de Dios.

Aquí el mensaje de Teresa sugiere claramente lo que la unanimidad de los místicos siempre presintió: a saber, que el sufrimiento de algún modo tiene una respuesta por parte de Dios. Una respuesta que no es la del sufrimiento (de ningún modo la del sufrimiento, ni siquiera superado), pero a pesar de todo es una respuesta, es decir, algo en lo que el sufrimiento va a iniciar a los santos de una manera irremplazable: hay algo de Dios que únicamente el sufrimiento ofrecido como regalo por amor permite conocer experimentalmente.

Ése es el último motivo de toda vocación apostólica, sobre todo la de Teresa. Suprimid esa tendencia de las perfecciones divinas, suprimid el sufrimiento infligido por los pecadores, y todo se derrumba: se vuelve imposible sufrir para «consolar a Dios de la ingratitud de los malvados». Se sufre para aplacar la cólera divina, lo que está en las antípodas del mensaje teresiano: ¿Cómo consolar a Dios de un dolor que él no siente? Es muy necesario, entonces, que el sufrimiento de Cristo primero, de los cristianos a continuación, tenga una respuesta por parte del Amor infinito, aunque Dios no sufre… (Molinié, Lo elijo todo, 8, apartado El catecismo de Celina)83.

El contemplativo llamado al sufrimiento de los santos

El contemplativo, que acoge de forma especialmente consciente y responsable la llamada a la santidad, lógicamente también experimenta la llamada a entrar en el monasterio del sufrimiento a imitación de los santos, es decir, a abrazar el sufrimiento del cielo, el sufrimiento fecundo de Cristo.

Hay que partir del hecho de que el contemplativo está especialmente capacitado para abrazar este sufrimiento.

Los contemplativos abandonan los placeres y las agitaciones del mundo; pero es para escuchar mejor el desamparo del que no quieren dejarse distraer. Experimentan en su propio corazón las tinieblas que nos separan de Dios, y su gran tentación, como lo confesaba el Cura de Ars, no es la complacencia sino la desesperación. Así, situados entre las realidades del mundo, están a un nivel solamente comparable a los que sufren los desamparos más extremos; sólo estos no pueden hacer nada y han franqueado el umbral por debajo del cual se entra en una especie de monasterio del sufrimiento: campos de concentración, locura, niños mártires, agonizantes… sin hablar de los desgarramientos invisibles en los cuales los hombres de acción no pueden ni siquiera detenerse.

¿Cómo es posible esto? Precisamente a causa del silencio, del amor y de la Alegría. El silencio: al escuchar a Dios puede escuchar al mundo mejor que el mundo se escucha a sí mismo y descubrir en estas tinieblas los únicos gritos que merecen ser oídos, es decir los que son verdaderos. La oración puede escuchar los desamparos sin fondo porque escucha la alegría de Dios que no tiene fondo (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 13)84.

Esta capacidad de unirse a los sufrimientos de Cristo del contemplativo nace y se desarrolla en la vida en el mundo:

Si no olvidamos que desde hace dos mil años los «humillados y ofendidos» son los miembros sufrientes del Cuerpo de Cristo y son el mismo Jesús a los ojos de los que creen, esperan y aman, comprenderemos hasta qué punto, en tierra cristiana, la mejor iniciación a la vida contemplativa es la vida activa; la que contempla el dolor de los otros esforzándose en aliviarlo y, a fuerza de contemplarla así, acaba por incorporarse a ella, hacerla suya y penetrar por ahí en un mundo inaccesible a los esfuerzos humanos […] Pero comprenderemos también que la verdadera vida activa a los ojos de la Iglesia no es la preocupación de su eficacia, sino dar gratuitamente, y a veces inútilmente, por amor (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 18)85.

Para el contemplativo, compartir este sufrimiento amoroso de Cristo es lo mismo que abrazar la cruz de su Señor.

Aceptar ser contemplativo en medio del mundo es un modo extraordinario de abrazar la «locura de la cruz» (cf. 1Co 1,18-25), que consiste en vivir conscientemente y en carne viva la presencia de Dios en medio de un mundo que ignora y rechaza a Dios; en querer vivir apasionadamente el amor y el bien en medio del egoísmo y la violencia, sufriendo misericordiosamente las consecuencias de la fuerte oposición que provoca el enfrentamiento entre unos valores y otros; en apostar la vida por unos valores que no tienen ninguna rentabilidad humana y carecen muchas veces de resultados visibles.

Y esto sólo se puede hacer cuando estamos convencidos plenamente de la fuerza intrínseca que tiene la vida de Cristo y todo lo que ella contiene: el amor redentor, la fidelidad a Dios, la entrega total, el servicio a todos, la humildad, la pobreza, la atención permanente a Dios y al prójimo, el olvido de sí, la mansedumbre, la renuncia a la violencia, la bondad de corazón… En la medida en que buscamos únicamente vivir a Cristo en nuestra vida, sin esperar ningún tipo de gratificaciones o de resultados humanos, este camino -que no es otro que el camino de la cruz- se convierte en el único modo de vivir. De otro modo, no podemos entender los valores evangélicos y acabamos enfrentados escandalosamente con el misterio incomprensible de la cruz86.

La participación del sufrimiento salvador de Cristo con el propio sufrimiento es un elemento imprescindible del ser y la misión del contemplativo en el mundo, pero que se ofrece a todo cristiano.

Este modo de colaborar con Cristo, desconocido para muchos cristianos, forma parte, sin embargo, del patrimonio común de la Iglesia, tal como refleja el Catecismo de la Iglesia Católica:

Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por sus acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf. Col 1,24) (Catecismo de la Iglesia Católica, 307).

La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres» (1Tm 2,5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, «se ha unido en cierto modo con todo hombre» (GS 22,2), él «ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual» (GS 22,5). Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16,24) porque él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1P 2,21). Él quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10,39; Jn 21,18-19; Col 1,24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2,35) (Catecismo de la Iglesia Católica, 618).

Ésta es la manera en la que el contemplativo hace posible este milagro de la gracia. Él revive conscientemente el drama de la lucha a muerte entre la gracia y el pecado, que tuvo su máxima demostración en la Cruz y que sigue librándose en cada esquina del mundo; y sufre en su alma la dureza de ese combate, en el que se siente implicado como especial protagonista. Por ello, su misión fundamental no consiste en pronunciar discursos, cambiar estructuras o convencer a alguien. Si tiene que hacerlo, ha de ser como expresión y consecuencia de su unión con Cristo crucificado y en cumplimiento de la voluntad del Padre. Su vocación estriba en revivir en su cuerpo el misterio del cuerpo crucificado del Hijo de Dios, manteniendo una lúcida mirada, a la vez, al amor infinito de Dios y al insondable mar de pecado del mundo; haciendo suyos los sentimientos del mismo Cristo, su mirada, su actitud…, hasta consumirse, como él, en ansias de salvación del mundo y de glorificación del Padre. Sólo desde ahí podrá asumir la misión que Dios y la Iglesia le encomiendan para representar eficazmente a Cristo enseñando, curando a los enfermos, consolando a los desanimados, etc.87.

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La Iglesia necesita de miembros que sean capaces de revivir en su propia carne el misterio de dolor de la humanidad crucificada y el misterio de amor redentor del Salvador crucificado. Sólo a través de esta doble comunión de vida podremos decir que el Cuerpo de Cristo completo -Cristo Cabeza y su Cuerpo, que es la Iglesia- participa de la pasión; y así, Cristo crucificado, que asumió todo dolor humano, se hace presente en todas las cruces de la humanidad a través de los miembros de su Cuerpo88.

El contemplativo debe identificar claramente su cruz y, a la vez, saber valorarla y abrazarla de una forma determinada.

Ha de encontrar e identificar claramente la cruz, que no es, como suele entenderse, cualquier sufrimiento o problema, por grande o doloroso que sea, sino aquel sufrimiento -o conjunto de sufrimientos- que resulta imposible aceptar, afrontar y amar; y que, además, lo percibimos con la fuerza de algo que nos destruye. La cruz es, en definitiva, lo que más nos duele, hasta resultarnos insoportable, y, además, aquello que somos absolutamente incapaces de vencer.

Pero, a la vez, ese sufrimiento es la puerta que nos permite entrar en el camino del amor que nos lleva al Corazón traspasado del Redentor, nos introduce en el seno de la Trinidad y nos hace entrar en el cielo, incluso desde nuestro hoy en la tierra. Esto es lo que el contemplativo más desea en esta vida y para lo que reconoce que ha sido creado89.

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El auténtico contemplativo intuye la extraordinaria oferta de amor, luz, gracia y misericordia que Dios le hace a través de la cruz; por eso buscará todo lo que le hace pobre, se someterá a ello, lo abrazará con amor y lo ofrecerá a Dios con humilde confianza, para poder decir, con san Pablo: «Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Co 12,10)90.

La sensibilidad hacia el sufrimiento de Dios y de los hermanos, y la capacidad de dejarse afectar por él es un elemento necesario para la intercesión, que forma parte de la misión esencial del contemplativo:

Es característico de la intercesión que nos sintamos afectados por los problemas y situaciones que descubrimos; de modo que nos veamos espontáneamente movidos a hacer nuestro el problema o el sufrimiento de los demás; y, a la vez, a hacer nuestro también el sufrimiento y el anhelo de Dios. Esta doble sensibilidad es signo de que Dios está detrás, moviéndonos a la intercesión. En ocasiones, incluso, tiene lugar una fuerte experiencia de sufrimiento, que uno vive como una especie de sufrimiento «vicario», que le lleva a sufrir en lugar de los otros; como si descargara con su dolor el dolor de los demás; al estilo de Jesús, que «llevó nuestros pecados en su cuerpo» (1Pe 2,24; cf. Is 53,4-6; Sal 68,20). Hablamos de un sufrimiento real, no imaginario; que puede llegar a ser fuerte y desgarrador; pero que, al no salir del ámbito de la gracia, se padece con fe, esperanza y amor91.

El sufrimiento del infierno

No es lo mismo el sufrimiento de Dios -y de los santos- por los que se condenan, es decir, el sufrimiento-amor que se manifiesta en la Cruz y permanece en el cielo, que el sufrimiento de los condenados, que nada tiene que ver con el amor y con la alegría, que no purifica ni da fruto. Un sufrimiento al que debemos reaccionar de manera muy distinta, pero que no nos es totalmente ajeno en la medida en que participamos de él a causa de nuestros pecados.

Existen también los sufrimientos del infierno, que nosotros conocemos en la medida en que pecamos. Son inherentes al pecado como tal: «Te es duro resistir contra el aguijón». Este sufrimiento es a menudo atenuado aquí abajo por nuestra falta de lucidez, voluntaria o involuntaria: aparece, pues, sobre todo en los que se rebelan o desesperan conscientemente (Molinié, El coraje de tener miedo, 235).

Al contrario de lo que sucede con el sufrimiento de Cristo -que hay que mirar y que contiene una fuerte llamada a comulgar con él-, este sufrimiento de los condenados no debe ser contemplado directamente, ni puede ser compartido. Esa mirada al infierno, al margen de la mirada misericordiosa y sufriente de Dios hacia los condenados, puede ser fuente de una terrible tentación contra la esperanza, como si Dios quisiera o enviara ese sufrimiento. El contemplativo contempla sólo a Jesús y todo lo demás lo contempla en él.

El sufrimiento [del infierno] no es bueno: no podemos apiadarnos, ni siquiera mirarlo. Si lo miramos, el demonio puede despertar en nosotros el temor y hacernos creer que Dios puede enviárnoslo. Entonces tendremos la impresión de ser incapaces de soportarlo, lo cual es perfectamente verdad: en primer lugar, porque no podemos soportar nada antes de que Dios lo envíe realmente, luego y sobre todo, porque Dios no puede nunca «enviar» tal sufrimiento. Lo permite como permite el pecado, pero no lo quiere de ninguna manera para sus hijos.

El sufrimiento del pecado presenta un rostro intolerable e indignante, precisamente porque viene de la rebelión misma. Hay que desconfiar de las descripciones que hacen algunos de su sufrimiento; hacen de él una montaña tal, que la esperanza parece imposible en su caso. Y así es de hecho: pero precisamente porque se niegan a esperar […] Si no conseguimos ser benévolos con nuestros hermanos (con tal hermano), el primer acto de caridad que debemos practicar con ellos es el de no mirarlos… o el de mirarlos con los ojos de la fe, es decir, mirar a Jesús solo. Eso es muy importante, pues si caéis en una historia tenebrosa, no saldréis nunca de ella: os encontraréis en la turbación y en la confusión. Para dejarse turbar, no es necesario estar de acuerdo con Satanás, con el mal: basta con mirar. Satanás no tiene necesidad de darnos convicciones falsas, le basta sacudir nuestro juicio para hacernos perder el equilibrio. La simple mirada sobre las tinieblas basta para ello, aunque se diga: ¡esto son tinieblas! (Molinié, El coraje de tener miedo, 235.236-237).

Al contrario de lo que sucede con los sufrimientos propios del purgatorio, que surgen del pecado, pero son purificadores, los sufrimientos de los condenados no son dignos de compasión. La compasión que provoca en nosotros los que se pierden hay que dirigirla a Cristo.

Existe una compasión natural que es buena cosa en sí, pero que puede extraviarnos. Si sentís en vosotros tesoros de compasión inutilizados, volveos hacia Cristo: ahí podéis ir, vuestra compasión no será nunca excesiva. Los sufrimientos de Cristo son los únicos que merecen absolutamente nuestra compasión. En el fondo, nuestro mayor sufrimiento es el rechazo de sufrir: los santos están libres de ese sufrimiento (Molinié, El coraje de tener miedo, 235-236).

Hay que reconocer el peligro de contemplar el sufrimiento (especialmente el del infierno) y perder la paz. De ningún modo resulta verdadera compasión el dejarse arrastrar por la mirada desesperada de los que sufren de ese modo, ni es misericordia intentar justificar el pecado que los lleva a sufrir así.

Cristo sufrió más que ningún hombre, pero permaneció en la paz. Si alguien intenta justificar su ausencia de paz por el peso de sus tormentos, si os dice: «¡No sabéis lo que es esto!», habéis de responder en el fondo de vosotros mismos: «No, no lo sé, y no quiero saberlo, porque no debo». Entrar en el juego de tales palabras, no es ofrecer la misericordia al naufragado, sino comenzar a naufragar con él.

No se trata de juzgar a los otros, sino de resistir a las tinieblas que los oprimen. Hay que contemplar el fondo de su alma, pero sin detenerse en torno a sus tinieblas. Estamos en peligro desde el momento en que nos detenemos como la mujer de Lot: no hay que mirar hacia atrás.

No juzgar no es excusar una conducta inexcusable. No juzgar es ignorar, pasar de largo, cerrar los ojos. Debemos saber que nuestros hermanos son amados por Dios, pero no hay que romperse la cabeza para hallar buena una acción mala. Hay que aceptar incluso sufrir profundamente cuando se teme (sin juzgar) que alguien repugna al Espíritu Santo y que parece rechazar la luz. No digamos entonces: «Sus intenciones son quizá limpias.» Hay que cerrar los ojos y pensar que son amigos de Dios, lo que debe bastarnos para «amar a Jesús en su corazón», como dice Teresa (Molinié, El coraje de tener miedo, 236).

En determinadas ocasiones necesitamos conocer el mal para combatirlo o para interceder, pero con la prudencia de conocer sólo lo que nos exige nuestra responsabilidad, sin dejarnos llevar por ningún tipo de curiosidad. Nuestra tarea no es comprender el sufrimiento, sino pedir que el pecador comprenda su sufrimiento y con esa gracia pueda convertirse.

Tengamos la prudencia de la serpiente: no saber más que lo que estamos absolutamente obligados a saber. Temer por saber demasiado, temblar por saber demasiado. No añadáis ni un miligramo a lo que vuestro deber os exige conocer y saber. Es preciso avanzar en la noche de la fe con la prudencia de la serpiente.

Para volver a la compasión, el demonio puede hacernos contemplar sufrimientos malos. Hay que prestar ayuda a todo sufrimiento, pero eso no quiere decir contemplar; la verdadera compasión consiste a menudo en pedir a Dios que conceda a estos hombres la gracia de comprender (Molinié, El coraje de tener miedo, 237).

Aquí encontramos una gran diferencia con el sufrimiento de los santos, especialmente con el de la Virgen, que sí puede ser contemplado porque está unido al sufrimiento de Cristo.

Solamente los sufrimientos de Cristo y de María deben ser contemplados en plenitud. El sufrimiento de María (la compasión) puede ser contemplado sin peligro, porque no ensombrece el sufrimiento de Cristo. El sufrimiento de María no era el suyo, como la doctrina de Cristo no era la suya, sino la del Padre (Molinié, El coraje de tener miedo, 238).

Del mismo modo que no debemos mirar los sufrimientos del infierno, tampoco podemos compartirlos; al contrario de lo que debemos hacer con los sufrimientos de Cristo, a imitación de la Virgen y de los santos, o con los sufrimientos del que padece la injusticia de los demás. Eso no significa renunciar a la misericordia, que mueve a la conversión y conduce a la paz; pero sí negarse a una «compasión» que comparta la rebeldía que provoca ese tipo de sufrimiento.

No hay que confundir compasión y misericordia. La misericordia perdona y convierte, la compasión comparte los sufrimientos del otro. No hay que compartir los sufrimientos que vienen del pecado. Hay que ser bueno y dar la paz de Cristo, es la única cosa que los hombres tienen derecho a esperar de nosotros, la única que a menudo esperan de hecho: un poco de paz (Molinié, El coraje de tener miedo, 238-239).

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El rebelde sufre por no llegar hasta el final de su rebeldía, por no endurecerse definitivamente. Ese sufrimiento es intrínsecamente malo y no mueve a ninguna compasión. Lo que mueve a misericordia es el desamparo por el que el pecador no sufre (o no lo suficiente) y cuya desaparición no llega a querer perfectamente (Molinié, El misterio de la redención, primera parte, capítulo I, apartado El pecador encerrado en el estado de pecado)92.

El sufrimiento del purgatorio

Existe un sufrimiento que tiene relación con el pecado, pero que es purificador, porque sirve para salir del pecado y eliminar sus consecuencias. No es el sufrimiento redentor de Cristo al que se unen los santos, movido sólo por el amor; no es el sufrimiento sin culpa de los mansos y de los niños93; pero tampoco es el sufrimiento del infierno cerrado en sí mismo, que no tiene ningún beneficio. Es el sufrimiento propio de las almas del purgatorio, que sirve para la transformación necesaria para alcanzar el cielo; y que tampoco nos es ajeno en la medida en que, como pecadores, necesitamos abrazarlo en el camino de nuestra conversión94.

Ya en el Antiguo Testamento notamos una orientación que tiende a superar el concepto según el cual el sufrimiento tiene sentido únicamente como castigo por el pecado, en cuanto se subraya a la vez el valor educativo de la pena sufrimiento. Así pues, en los sufrimientos infligidos por Dios al Pueblo elegido está presente una invitación de su misericordia, la cual corrige para llevar a la conversión: «Los castigos no vienen para la destrucción sino para la corrección de nuestro pueblo» (2Mac 6,12).

Así se afirma la dimensión personal de la pena. Según esta dimensión, la pena tiene sentido no sólo porque sirve para pagar el mismo mal objetivo de la transgresión con otro mal, sino ante todo porque crea la posibilidad de reconstruir el bien en el mismo sujeto que sufre.

Este es un aspecto importantísimo del sufrimiento. Está arraigado profundamente en toda la Revelación de la Antigua y, sobre todo, de la Nueva Alianza. El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 12).

Se trata de nuestro sufrimiento, el que cada uno ha creado con su pecado, no del sufrimiento que Cristo nos ofrece para introducirnos en el misterio de la misericordia de Dios. Pero es un sufrimiento que tiene la capacidad de ayudarnos a purificarnos de nuestro mismo pecado, a diferencia del sufrimiento del pecador que se encierra en la rebeldía.

Mientras el sufrimiento siga siendo nuestro sufrimiento (y no el de Cristo reflejado en nosotros), no es redentor. ¡Quiera Dios que sea, al menos, purificador! (Molinié, El coraje de tener miedo, 235).

Por eso, a diferencia del sufrimiento del infierno, este sufrimiento del purgatorio es aceptado por amor y como un verdadero don de Dios.

Los condenados no quieren la desaparición del infierno, sino la del Cielo y del amor de Dios. Si comenzamos a comprender esto, que es un abismo, comprendemos a la vez el sufrimiento de los condenados, castigo aceptado como castigo y rechazado como don del amor; y también el sufrimiento de las almas del purgatorio, querido también por su amor, aunque no tenga ningún valor redentor ni ningún mérito: les concede expiar, y su amor tiene efectivamente un deseo devorador de expiar. Su sufrimiento responde también a su deseo, es recibido realmente como un regalo de Dios (Molinié, Que mi alegría permanezca, I,3, apartado El infierno)95.

Este sufrimiento purificador refleja el tremendo contraste y la lucha que se da en nosotros entre el pecado y la gracia, entre el hombre viejo marcado por el orgullo y el hombre nuevo que empieza a nacer. El combate que expresa san Pablo de forma dramática, pero que termina en victoria para el que se une a Cristo:

En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco; y si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con que la ley es buena. Ahora bien, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo. Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí. Así, pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal. En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor! Así pues, yo mismo sirvo con la razón a la ley de Dios y con la carne a la ley del pecado (Rm 7,15-25).

Se trata de la lucha entre la carne -la debilidad del hombre viejo- y el Espíritu -el Espíritu Santo que actúa en nuestra debilidad-.

Pues los que viven según la carne desean las cosas de la carne; en cambio, los que viven según el Espíritu, desean las cosas del Espíritu. El deseo de la carne es muerte; en cambio el deseo del Espíritu, vida y paz. Por ello, el deseo de la carne es hostil a Dios, pues no se somete a la ley de Dios; ni puede someterse. Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis (Rm 8,5-13).

· · ·

La conversión supone una moción que lleva a la voluntad, por lo menos un momento, al equilibrio de la gloria; y que la psicología humana no puede adaptarse a este equilibrio sin sufrir una mortificación o una cauterización dolorosa: la glorificación lenta.

Sin embargo es inevitable y moralmente justo que el sufrimiento infligido por la glorificación lenta sea singularmente agravado si ha sido precedida de un endurecimiento del corazón; especialmente si la resistencia ha sido mortal. La agonía de la psicología (burda pero inocente) invadida por la caridad perfecta se convierte en la alergia de una psicología endurecida en relación con una vida divina experimentada desde entonces como un enemigo. Esa bestia horrenda de la que habla san Juan de la Cruz, y que nos devora como la ballena engulló a Jonás.

El conflicto entre la impureza de la criatura y la pureza de Dios se convierte en el conflicto entre el corazón de piedra y el corazón de carne cuyo germen nos ha sido devuelto; pero que es durante mucho tiempo la más pequeña de todas las semillas en un organismo infectado por la rebeldía. La lucha entre la humildad normal de la criatura y la humildad trinitaria de los bienaventurados se convierte en la lucha entre el orgullo del infierno y la dulzura de Dios: espíritu contra espíritu, dice san Juan de la Cruz (Molinié, El buen ladrón, segunda parte, capítulo II, apartado El aguijón de las purificaciones pasivas)96.

Esta lucha es dolorosa, pero esperanzada: «Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará» (Rm 8,18).

De algún modo, en estos sufrimientos purificadores del purgatorio confluyen los del cielo y los del infierno.

En estos sufrimientos hay todavía un cierto rechazo de sufrir, por lo que se asemejan a los del infierno: el hombre viejo reacciona aún, se defiende contra la muerte. Nuestro corazón no está completamente fundido y dilatado, guarda una cierta contracción, no sabemos todavía atravesar el sufrimiento sin mirarlo.

Pero esta agonía está alimentada en el fondo por el progreso mismo del amor de Dios. A causa de ello, estos sufrimientos se asemejan a los del cielo: en menos profundidad, porque nos protegemos contra ellos; en más aspereza y más desesperación, por la misma razón. Se parece algo a un sufrimiento de alegría, pero una alegría que no puede estallar completamente, porque no conseguimos acoger con pleno corazón ni la alegría ni el dolor. Ni uno ni otro llegan a tomar plenamente posesión de nuestro ser: y eso mismo es el sufrimiento original del purgatorio. No podemos suprimirlo a nuestro antojo, lo mismo que la contracción que lo causa. Hay que esperar que todo esté consumado (Molinié, El coraje de tener miedo, 238).

No podemos pensar que los sufrimientos del purgatorio no tengan importancia por el hecho de que sean purificadores o se haya evitado ya el peligro de la condenación.

Los sufrimientos de Jesús son poca cosa al lado de los sufrimientos del purgatorio, pero el combate conocido por su libertad en esa ocasión no es poca cosa. Constituye el misterio de la Cruz como sacrificio agradable a Dios, oblación eterna al Padre de la humanidad de Jesús como víctima de la Misericordia. Es así como él es Jefe de la Iglesia y Cabeza del Cuerpo místico.

La Iglesia de la tierra se llama militante a causa de este combate que desaparece en el Cielo; combate de la libertad tentada de zafarse del sufrimiento, de la muerte, del aplastamiento del infierno que crucifica la Gloria y es crucificado por la Gloria («estoy crucificado para el mundo y el mundo para mí», Gal 6,14). En parte para que este combate sea posible, para que esté a la altura del hombre, fue el combate de la carne miserable de Cristo, ya que el sufrimiento está atenuado considerablemente por la propia carne, en comparación de lo que tiene lugar en el purgatorio, reino del sufrimiento (Molinié, El cara a cara en la noche, II, apartado La Cruz)97.

Se trata de un sufrimiento sin tentación ni combate, y que, por lo tanto, no es meritorio.

En el Cielo la caridad no tiene mérito, tampoco el sufrimiento en el purgatorio. La caridad meritoria es la que lucha y hace regalos a Dios…, regalos que no puede ofrecer cuando las luchas han cesado, lo mismo que si se sufre en el purgatorio, o se arde en el cielo en la igualdad de amor (Molinié, Lo elijo todo, 5, apartado Víctima de holocausto al Amor misericordioso)98.

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Santo Tomás dice tranquilamente que Cristo sufrió menos que las almas del purgatorio: no es algo del mismo orden, es un sufrimiento de esta tierra, ¡y los sufrimientos del purgatorio son otra cosa! No hay comparación posible. Podemos decir que en este mundo la carne «tapona» el dolor: mientras el cuerpo sufre, no es supremamente neurálgico, aunque el dolor se vuelva intolerable. No hay medida común. Los sufrimientos del purgatorio son inconmensurables, incluso respecto de los sufrimientos de Cristo.

Sin embargo, ¡las almas del purgatorio no tienen la más mínima tentación de escapar del sufrimiento! Por eso son envidiables. Los sufrimientos del purgatorio son peores que los de Cristo en la Agonía, sin embargo provocan menos miedo, y con razón, porque ya no se arriesga nada desde el punto de vista de la salvación; no se corre el riesgo de agitarse o de tener miedo, de decir «ya basta». En resumen, se es muy feliz: ¿cómo comprender algo de eso? Mientras que nuestra inteligencia no haya sido convenientemente desestabilizada sobre este punto como sobre muchos otros, no podrá acoger el misterio de la Redención.

Vayamos más lejos aún. Las almas del purgatorio ya no son libres, mientras que Cristo era libre (Molinié, Que mi alegría permanezca, Nota C. La redención, apartado El purgatorio)99.

El sufrimiento del purgatorio es el sufrimiento del pecador, pero no del que se obstina en el pecado, sino del que comienza a salir de él y se encamina a la santidad. Nos encontramos así con la paradoja, que puede resultar desconcertante, de que en la medida en que salimos del pecado y cuanto más avanzamos en la santidad, más fuerte se hace la conciencia de pecado y el sufrimiento que provocan nuestras faltas.

En definitiva, cuanto más caminamos hacia la santidad redentora, más lloramos nuestros pecados…, incluso si no hemos pecado personalmente. Los santos no distinguen ya entre sus pecados y el pecado del mundo, pero eso no quiere decir que sus pecados sean lavados en el pecado del mundo. Es exactamente lo contrario: ellos se sienten cada vez más como los únicos responsables del pecado, y en este sentido Jesús experimenta el peso de la cólera divina. Ya he dicho en qué era un error esto, pero no hay que olvidar en qué es una verdad: el bautismo en el pecado no disuelve a Jesús y a los santos en una especie de pecado anónimo; al contrario, hace converger sobre su persona, como si fuera el único culpable, todo el peso del dolor de Dios. Por esta razón los santos se presentan sinceramente como «el mayor pecador que la tierra haya jamás soportado…»

Lo que es verdad de los cristianos es verdad también antes de Jesucristo. Un pecador no sufre las consecuencias espirituales de su pecado (si no es cuando se convierte, y llora la dureza de su corazón); pero sufre las consecuencias psíquicas, siendo la más profunda este baño en el sufrimiento del Mal, que pesa sobre los justos tanto más profundamente cuanto más se acercan a la santidad. El sufrimiento que resulta de ahí (y en consecuencia el sentimiento de ser un pecador) no disminuye ni aumenta con el progreso de la santificación: ése es el parecido fundamental de todos los santos con Cristo, y el fundamento de su glorificación por medio del dolor de Dios.

Pero se les ofrece a los que progresan -incluso a los principiantes apenas han entrado en el Amor de Dios- conocer ya ese sufrimiento a través de las consecuencias de su pecado (y el de su entorno). No saben aún llorar convenientemente, porque están lejos de ser convertidos y lavados por el don de lágrimas: pero desde que están en estado de gracia pueden sufrir ser pecadores, participando así en el dolor de Dios; y comienzan a veces a experimentar la glorificación lenta (Molinié, El buen ladrón, primera parte, capítulo I, apartado El misterio de la conversión)100.

La relación de este sufrimiento con la lucha del hombre viejo y el hombre nuevo que nace de la gracia, y su presencia purificadora en el camino hacia la santidad, nos ayuda a comprender que este sufrimiento propio del purgatorio se identifica, en esta vida, con el sufrimiento de las purificaciones pasivas, que acompaña al proceso espiritual que lleva a la unión esponsal tal como puede realizarse en este mundo101.

No hay diferencia seria entre los sufrimientos de la Noche del espíritu (o de las sextas moradas) y los sufrimientos redentores: a partir del momento en que la glorificación por medio del dolor de Dios se ejerce sin tregua y sin atenuación, poco importa que el pecado que alimenta esta agonía sea nuestro pecado o el del mundo (Molinié, El buen ladrón, tercera parte, capítulo III, apartado Los niños en la hoguera)102.

Por último, podríamos señalar, considerando el ejemplo de santa Teresa del Niño Jesús, que los sufrimientos de la purificación pueden ser simultáneos con los sufrimientos redentores: podemos unirnos al sufrimiento de Cristo, mientras se va realizando la purificación de nuestros pecados por medio del sufrimiento del purgatorio aceptado durante nuestra vida en el mundo.

Desde luego, Jesús «tomó sobre sí el castigo que pesaba sobre nosotros». Comprendemos entonces que Jesús, María (y Teresa) hayan podido sufrir a pesar de su inocencia: desde el principio, los sufrimientos de Teresa tenían una dimensión redentora. Sin duda debía ser purificada de su narcisismo afectivo y de su amor propio. Pero el conflicto entre el amor propio y la pureza divina no debería haber sido doloroso, pues Teresa ya no merecía sufrir: había hecho todo lo que podía con una fidelidad implacable, ¿por qué Dios le pedía cada vez más? Veo con dificultad que castigara a Teresa por un único pecado personal: Dios, por el contrario, siempre le dijo o hizo que le dijeran que sus faltas no le apenaban. No sólo ni en primer lugar porque había cometido muy pocas y ligeras, sino sobre todo porque siempre supo pedir perdón según el secreto del camino de la infancia.

Entonces, ¿por qué su purificación fue tan dolorosa? Lo repito: porque los sufrimientos de su noche eran corredentores, según el motivo de su entrada en el Carmelo («Vengo a rezar por los pecadores»). No esperaba ser una santa porque sus sufrimientos tuvieran esa intención, esa intención y ese alcance, Celina lo atestigua formalmente. Sufrió según un esquema que no era exactamente el de Jesús y María, porque no era inmaculada; sin embargo, sufrió también el peso de los castigos merecidos, no por sus pecados, sino por los del género humano.

Entonces, se parece a Jesús en cuanto al sentido de sus sufrimientos, aunque se parece a los pecadores en cuanto a su naturaleza (Molinié, Lo elijo todo, 3, apartado Introducción)103.


NOTAS

  1. «Si el tema del sufrimiento debe ser afrontado de manera particular en el contexto del Año de la Redención, esto sucede ante todo porque la redención se ha realizado mediante la cruz de Cristo, o sea mediante su sufrimiento» (San Juan Pablo II, Carta apostólica Salvifici doloris sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano (1984), 3).
  2. «Es importante, a este respecto, que no proyectemos sobre la realidad de la cruz una visión materialista de la vida, que valora ésta en la medida del placer que proporciona y justifica todo lo que permite evitar el sufrimiento. El materialismo olvida que el dolor forma parte ineludible de la condición humana pecadora, por eso propone la eliminación del sufrimiento, lo que resulta imposible y lleva necesariamente al fracaso y a un mayor sufrimiento, puesto que al dolor inherente a nuestra vida se le añade el que comporta la lucha imposible por eliminarlo» (Hermandad de Contemplativos en el Mundo, Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, Madrid 2019 (2ª ed. corregida), 143).
  3. Antes de acercarse a este tema resulta imprescindible haber leído y asimilado el tema anterior titulado «Confianza y misericordia: el coraje de creer en el infierno», no sólo para aclarar las ideas sobre el infierno, sino para introducirse en el misterio ineludible del sufrimiento de Dios. Quizá pueda relacionarse esta división del sufrimiento con lo que dice Molinié, El buen ladrón, primera parte, capítulo 1,3, apartado La gran prueba: M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, VIII, Le Bon Larron et les stigmates, Paris 2001 (Téqui), 28, n. 29: «En definitiva, la caridad sólo puede conocer tres sufrimientos: el primero no es un sufrimiento propiamente dicho, ya que es el dolor de Dios ante el Mal, es decir, la Misericordia; el segundo es el de no ver a Dios; el tercero es el sufrimiento inconsciente o apenas consciente de la caridad imperfecta, obligada a contentarse con un alimento burdo».
  4. J. L. Martín Descalzo, Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad, conferencia de José Luis Martín Descalzo leída en Congreso de las Hospitalidades Españolas Nuestra Señora de Lourdes, El Escorial, Noviembre 1990.
  5. Para contemplar el sufrimiento de Cristo también resulta imprescindible adentrarse en el Verbum Crucis, la palabra de la Cruz, que nos introduce en el misterio de la Cruz, a lo que puede ayudarnos el apartado «Comprender» el misterio de la cruz para hablar de Dios de nuestro tema «Escuchar a Dios, hablar de Dios».
  6. M.-D. Molinié, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad, Madrid 1979 (Paulinas, 2ª ed.).
  7. Se refiere a Col 1,24: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia», palabras que para el papa «parecen encontrarse al final del largo camino por el que discurre el sufrimiento presente en la historia del hombre e iluminado por la palabra de Dios. Ellas tienen el valor casi de un descubrimiento definitivo que va acompañado de alegría; por ello el Apóstol escribe: “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros”. La alegría deriva del descubrimiento del sentido del sufrimiento» (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 1). Pero para llegar hasta este «tipo» de sufrimiento, tenemos que partir del misterio del sufrimiento y distinguir este sentido último de los otros «tipos» de sufrimiento que vamos a analizar.
  8. Martín Descalzo, Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad.
  9. M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, Paris 1994 (Saint-Paul), 115-116.
  10. «Cuando el sufrimiento se hace excesivo, el organismo humano no puede soportarlo sin recurrir a una fuerza complementaria; consciente o inconscientemente cambia de velocidad y se encuentra conectado a fuerzas que lo sobrepasan, divinas, angélicas o demoníacas. Las fuerzas demoníacas pueden conferirle un ánimo terrible (el demonio tiene sus mártires, escribe Maritain) o al contrario un desaliento horroroso, mezcla de debilidad y rebelión cuyo espectáculo es muy peligroso. La debilidad humana nunca es neutra, cuando el sufrimiento es intolerable es sostenida por Dios o por el demonio. No hay que creer que la desesperación sea inevitable, como el demonio trata de persuadirnos. Teresa del Niño Jesús conoció esta fuerza perversa, comprendió desde dentro la tentación que empuja a los enfermos a envenenarse para no sufrir, sintió que esta tentación estaba alimentada por el demonio. La llamada del suicidio no está sólo en la miseria y la debilidad humana, es una fuerza perversa, es el demonio que sufre en nosotros, como Cristo sufre en los mártires» (Molinié, El cara a cara en la noche, II, apartado La Cruz: M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit. Méditation sur le mystère du mal, Paris 2000 (Téqui), 66-67).
  11. «Puede ser que la medicina, en cuanto ciencia y a la vez arte de curar, descubra en el vasto terreno del sufrimiento del hombre el sector más conocido, el identificado con mayor precisión y relativamente más compensado por los métodos del “reaccionar” (es decir, de la terapéutica). Sin embargo, éste es sólo un sector. El terreno del sufrimiento humano es mucho más vasto, mucho más variado y pluridimensional. El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones. El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma. Una cierta idea de este problema nos viene de la distinción entre sufrimiento físico y sufrimiento moral. Esta distinción toma como fundamento la doble dimensión del ser humano, e indica el elemento corporal y espiritual como el inmediato o directo sujeto del sufrimiento. Aunque se puedan usar como sinónimos, hasta un cierto punto, las palabras “sufrimiento” y “dolor”, el sufrimiento físico se da cuando de cualquier manera “duele el cuerpo”, mientras que el sufrimiento moral es “dolor del alma”. Se trata, en efecto, del dolor de tipo espiritual, y no sólo de la dimensión “psíquica” del dolor que acompaña tanto el sufrimiento moral como el físico. La extensión y la multiformidad del sufrimiento moral no son ciertamente menores que las del físico; pero a la vez aquél aparece como menos identificado y menos alcanzable por la terapéutica» (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 5).
  12. Martín Descalzo, Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad.
  13. «Permítanme por ello que yo empiece felicitándoles: lo que ustedes hacen es una gloria de la humanidad, una bendición del cielo. Tengan ustedes el coraje de mantener siempre bien alta esta vocación de “combatientes contra el dolor”, el combate más digno de un ser humano, una tarea que puede no ser agradecida o comprendida, que puede que tenga menos frutos visibles de los que todos desearíamos, pero que es, sin duda, necesaria y ennoblecedora hasta el extremo» (Martín Descalzo, Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad). Puede leerse con provecho el capítulo VII de Salvifici doloris (n. 28-30), en el que el san Juan Pablo II desgrana la respuesta activa al sufrimiento humano que está incluida en el «evangelio del sufrimiento», y que no elimina el conocimiento del sentido salvífico del sufrimiento, que se adquiere al penetrar en el misterio del sufrimiento.
  14. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), 2, 49-50.
  15. Martín Descalzo señala otra forma de oponer un juicio teórico a la verdadera escucha del que sufre, pero en sentido contrario a los amigos de Job: «Y aquí quisiera, antes, prevenirles contra algo que me parece un gran error y que está muy difundido entre personas de buena voluntad. Y es la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo objetivamente bueno. Creo, sinceramente, que se ha hecho, especialmente entre los cristianos, mucha retórica sobre la supuesta bondad del dolor. ¿Quién no ha oído descender de muchos púlpitos melifluas melopeas explicando que Dios envía el dolor a sus preferidos o cantando la dulzura de la enfermedad? Ya sé que esto se hace con mucha buena voluntad y mucha mala teología. Pero no creo que quienes sufren de verdad la compartan y temo que a muchos les provoque más a la rebeldía que a la clarificación. Me parece a mí que, al hacer esas afirmaciones, se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose con la Gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos» (Martín Descalzo, Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad).
  16. M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, 75-76.
  17. El modelo lo tenemos en el mismo Jesucristo: «No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (Heb 4,15; cf. 2,16-18).
  18. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, II, 66-67.
  19. M.-D. Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 230-231.
  20. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 71. Véase también Molinié, El coraje de tener miedo, 59: «El sufrimiento es doloroso (por definición), pero no peligroso: Dios no lo envía para ponernos en peligro, sino para salvarnos del peligro. No es por el sufrimiento por lo que corremos el riesgo de pasar al lado de la puerta estrecha. A Lucifer y a nuestros primeros padres, no fue el sufrimiento el que los hizo caer, sino el misterio mismo de Dios… y su libertad. El peligro no está en donde nosotros suponemos».
  21. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 71.
  22. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 73-74.
  23. M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, VII, La Sainte Vierge et la gloire, Paris 2001 (Téqui), 84-85.
  24. M.-D. Molinié, La Sainte Vierge et la gloire, 112.
  25. Véase el apartado La respuesta de Dios al infierno del tema «Confianza y misericordia: el coraje de creer en el infierno», y el apartado «Comprender» el misterio de la cruz para hablar de Dios del tema «Escuchar a Dios, hablar de Dios».
  26. Hay que recordar que es el amor revelado en Cristo, especialmente en la Cruz, el que nos ayuda a plantearnos el sufrimiento de una forma totalmente nueva: «Para poder percibir la verdadera respuesta al “por qué” del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente. El amor es también la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento, que es siempre un misterio; somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Cristo nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el “por qué” del sufrimiento, en cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino. Para hallar el sentido profundo del sufrimiento, siguiendo la Palabra revelada de Dios, hay que abrirse ampliamente al sujeto humano en sus múltiples potencialidades, sobre todo, hay que acoger la luz de la Revelación, no sólo en cuanto expresa el orden transcendente de la justicia, sino en cuanto ilumina este orden con el Amor como fuente definitiva de todo lo que existe. El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo» (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 13).
  27. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 86.
  28. También para San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 14.16, es claro que Cristo en la cruz toca el «sufrimiento definitivo» que es la pérdida de la vida eterna: «El hombre “muere”, cuando pierde “la vida eterna”. Lo contrario de la salvación no es, pues, solamente el sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazados por Dios, la condenación. El Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre, ante todo, de este mal definitivo y del sufrimiento definitivo. En su misión salvífica Él debe, por tanto, tocar el mal en sus mismas raíces transcendentales, en las que éste se desarrolla en la historia del hombre. Estas raíces transcendentales del mal están fijadas en el pecado y en la muerte: en efecto, éstas se encuentran en la base de la pérdida de la vida eterna […] Precisamente por medio de su cruz debe tocar las raíces del mal, plantadas en la historia del hombre y en las almas humanas. Precisamente por medio de su cruz debe cumplir la obra de la salvación. Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor».
  29. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 86. Cf. también Molinié, Quién comprenderá el corazón de Dios, 10,1, apartado La Misericordia es una herida: M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, 160.
  30. M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, X, Que ma joie demeure, Paris 2001 (Téqui), 76.
  31. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 144.
  32. A lo largo de Salvifici doloris, 20-21, el santo papa va mostrado como aparece en el Nuevo Testamento esta posibilidad real de participar de los sufrimientos de Cristo.
  33. M.-D. Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 206.
  34. M.-D. Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 234-235.
  35. M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 33-34. En el mismo sentido dice Molinié: «Repito que el dolor divino viene del pecado: el infierno no le añade nada. Es muy diferente de nuestra reacción, que se acomoda muy bien al pecado, pero que se rebela ante el infierno y su eternidad. Sin embargo, el pecado es eterno o no lo es. Eterno por sí mismo, eterno en los demonios, eterno en intención en los humanos, aunque Dios se sirva de su miseria para convertirlos y arrancarlos de esta eternidad de desgracia: la eternidad del infierno es la eternidad del pecado que hace sufrir a la Misericordia. Este sufrimiento es infinito y nosotros no podemos comprenderlo, pero los santos perciben algo de ello a través de la contemplación de Cristo en la Cruz. Como decía Jesús a Consummata, los sufrimientos físicos de la Pasión fueron poca cosa comparados con los de su alma, y a su vez los de su alma son reflejo de un sufrimiento divino del que Consummata habla expresamente» (Molinié, Que mi alegría permanezca, I, 3, apartado El infierno: M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 34-35). No hay que pensar que esta sensibilidad frente al pecado y el sufrimiento que provoca va disminuyendo con el avance en la santidad: «En la medida en que los santos atraviesan las purificaciones descritas por san Juan de la Cruz, cada vez tienen más horror al pecado: cuanto menos replegados están sobre ellos mismos, más sufren por estarlo aún, por poco que sea. Llevemos esta ley hasta la desaparición del fomes, y este sufrimiento llega a su paroxismo: ése es precisamente el misterio de Cristo: sufrir infinitamente por el repliegue sobre sí mismo, precisamente porque es incapaz del menor repliegue y porque esa impureza le provoca horror, pero la siente vivir en sí por su intimidad con el género humano pecador» (Molinié, Que mi alegría permanezca, I, 4, apartado Papel del fomes peccati: M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 53-54).
  36. En este sentido cabría señalar que el sufrimiento de los santos, unido al de Cristo, permanece -purificado- en el cielo: «No es por nada que el Cordero del Apocalipsis permanece inmolado eternamente. No es el recuerdo de nuestros sufrimientos lo que permanecerá en el cielo; son nuestros sufrimientos mismos, sin la imperfección con la que los sufrimos sobre la tierra; ¡es la alegría del momento en que decimos: “¡Sí, hágase tu voluntad!”. La gracia y la gloria de sufrir permanecen eternamente, las imperfecciones del sufrimiento solo duran un momento» (Molinié, Culpable de todo por todos, 7, apartado Eucaristía y dolor de Dios: M.-D. Molinié, Coupable de tout pour tous. Variations sur le mystère du Salut, Feucherolles 2008 (La Nef), 206).
  37. M.-D. Molinié, Coupable de tout pour tous, 90-91.
  38. Por eso, se puede afirmar que la participación en el sufrimiento de Cristo no consiste sólo en dejarse afectar por la cruz de Cristo, sino también por su gloria: «En efecto, nadie puede soportar el sufrimiento sin una ayuda especial. Pero esta ayuda consiste precisamente en entrar en la Tiniebla… todavía más temible que el sufrimiento. De este modo, nadie puede llevar su Cruz sin recibir la Gloria; y la gloria es más insoportable que la cruz: pero al que realiza el movimiento de los ángeles buenos y de la Virgen, Dios le da el poder de soportar la Gloria y entrar en la Tiniebla; y, por lo tanto, de soportar la Cruz» (Molinié, La irrupción de la gloria, Prólogo, 2, apartado Madre Teresa y el pecado de los ángeles: M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, IX, L’irruption de la gloire, Paris 2001 (Téqui), 21).
  39. M.-D. Molinié, Je choisis tout. La vie et le message de Thérèse de Lisieux, Chambray-lès-Tours 1992 (CLD), 120. Molinié ha hablado antes de estos sufrimientos a causa de la purificación de los pecados: «La bienaventuranza de las lágrimas es más hermosa que la de los ángeles, le ofrece a la criatura amar dolorosamente, y no sólo en la alegría. Al atravesar este dolor, la criatura alcanza un atributo misterioso que supera el dolor (o la ofensa): alcanza en las lágrimas una alegría más allá de las lágrimas, la de la Misericordia. La criatura que acoge la Misericordia es invitada, por tanto, a sufrir (poco o mucho, esa no es la cuestión de momento). El amor y su diálogo se convierten para la eternidad en un diálogo de dolor que atravesar, que superar con las lágrimas, después con una Alegría que mantiene el beneficio y el sabor irreemplazables. En adelante es imposible que el amor de Dios se nos proponga sin un mínimo de sufrimiento: el de la penitencia o de la conversión. En la medida en que los hombres no acepten este sufrimiento sin reserva y sin límite, no aceptan completamente el amor de Dios: le imponen un cierto bloqueo que, aunque venial, les somete a la Justicia del purgatorio» (Molinié, Lo elijo todo, 5, apartado Justicia y misericordia: M.-D. Molinié, Je choisis tout, 119-120).
  40. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 182.
  41. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 40.
  42. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 68.
  43. San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 25, puede hablar en este sentido de «evangelio» del sufrimiento: «El Evangelio del sufrimiento significa no sólo la presencia del sufrimiento en el Evangelio, como uno de los temas de la Buena Nueva, sino además la revelación de la fuerza salvadora y del significado salvífico del sufrimiento en la misión mesiánica de Cristo y luego en la misión y en la vocación de la Iglesia».
  44. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 71.
  45. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 72. Téngase también en cuenta: «Al comprender la verdadera gloria, Teresa no sólo tiene sed de sufrir, sino de ser olvidada -no sólo por humildad, sino para imitar a Dios y contemplar el Cielo. Percibía oscuramente que hay una relación entre el Cielo y el sufrimiento, en adelante sabrá que esa relación es la Santa Faz, en la que ella desea hundirse hasta la muerte de amor» (Molinié, Lo elijo todo, 3, apartado La Santa Faz: M.-D. Molinié, Je choisis tout, 71).
  46. Más adelante, en el apartado El sufrimiento es un regalo no un tesoro de este mismo tema, podremos delimitar el sufrimiento que corresponde al caminito (la ofrenda al Amor misericordioso) y el que se une al sufrimiento por el pecado, más profundo y peligroso.
  47. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 205, que cita Procès informatif, Teresianum, p. 315.
  48. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 223-225. «El dolor ante la desgracia de los que se niegan es la Cruz. Así, Dios desea de nosotros el darnos su Amor, y el que se ofrece para recibirlo repara su dolor de no poder hacerlo. Pero también codicia compartir su dolor ante los que lo han perdido todo: para esto se manifiesta en la Cruz; si no, nos hubiera rescatado con menos esfuerzo» (Molinié, Que mi alegría permanezca, Nota B. El dolor de Dios: M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 168-169).
  49. M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 90-91.
  50. San Rafael Arnáiz, 25 de marzo de 1938 (1124), citado en Molinié, Cartas a sus amigos, nº 44: M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, III, 167-168.
  51. Para profundizar en este punto y dentro de la sección de espiritualidad titulada «La tentación y sus técnica» puede leerse el apartado Tentación del fututo de nuestro tema «Las tentaciones fundamentales» y los apartados Tentaciones ante el sufrimiento y la muerte y El miedo y la tentación del tema «Tentaciones en situaciones concretas».
  52. Ya en el tema anterior «Escuchar a Dios, hablar de Dios», en el apartado «Comprender» el misterio de la cruz para hablar de Dios, hablábamos de la necesidad de mirar la cruz con fe y amor como los santos para hablar de Dios y recogíamos allí el interesante texto sobre la mirada de los santos a la Cruz tomado de Molinié, Reflexiones para un catecismo, apartado La locura de la Cruz: M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, I, Une divine blessure, Paris 2001 (Téqui), 167-169.
  53. M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, 166. Cf. Molinié, El cara a cara en la noche, III, apartado La caridad fraterna: M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 107.
  54. M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, 152.
  55. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 142.
  56. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 147-148.
  57. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 120-121.
  58. M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 192.193.
  59. M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 209.
  60. M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 49.
  61. «Entonces, ¿qué frontera separa a los hombres sencillamente salvados de aquéllos a los que Dios ofrece además ser salvadores? En cierto sentido la demarcación no es absoluta, ya que todo hombre salvado lleva el signo de la muerte de Cristo que le configura fundamentalmente al Salvador; pero hay una diferencia infinita en el plano de la conciencia y de la aceptación voluntaria. Los judíos fueron iniciados insuficientemente a este misterio: desde Pentecostés, Dios ofreció a los hombres una iniciación perfecta que les permite llegar a ser salvadores en plenitud, es decir, completar consciente y voluntariamente en su cuerpo lo que falta a la Pasión de Cristo» (Molinié, El misterio de la redención, segunda parte, capítulo II, apartado Los hijos de Pentecostés, salvadores con Jesucristo: M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, VI, Le mystère de la Rédemption, Paris 2001 (Téqui), 217). «En estas condiciones, José y Juan Bautista pudieron ir más lejos en “la imitación de Cristo”, más lejos que muchos cristianos e incluso santos. Lo que les ha faltado es completar en su carne una Pasión que todavía no existía y, en consecuencia, morir de gloria: su glorificación fulgurante sólo pudo intervenir después de la muerte de Cristo, a diferencia del buen ladrón, crucificado en el Antiguo Testamento y muerto en el Nuevo» (Molinié, El buen ladrón, Nota A, II,2, apartado Las dos muertes: M.-D. Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 239-240).
  62. M.-D. Molinié, Le mystère de la Rédemption, 148.
  63. M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 201. A continuación, Molinié relaciona esta capacidad de completar los sufrimientos de Cristo con el proceso espiritual: «[La perfecta imitación de Cristo]sólo tiene lugar después de la Noche del espíritu, es decir, de la muerte del hombre viejo: entonces hay igualdad de Amor; y además los privilegios de la igualdad de Amor que son la dote de la Iglesia militante y permiten prolongar el combate de Cristo. (La Iglesia sufriente no prolonga el combate de Cristo: sufre pero no combate, porque no es tentada). La Noche del espíritu prolonga el combate de Cristo (el cristiano es estigmatizado), pero de una forma todavía imperfecta a causa de las tinieblas del hombre viejo. Conoce la igualdad de Amor y la estigmatización; no los privilegios de la igualdad de Amor que son los del Matrimonio espiritual, que permite decir: «Veo los cielos abiertos». En la Noche del espíritu, no sólo la estigmatización no está consumada, sino que es imperfecta, es decir, suavizada a causa del obstáculo del hombre viejo: todavía no es la perfecta imitación de Jesucristo característica del Matrimonio espiritual» (p. 201-202).
  64. Por eso el Apóstol puede afirmar que el sufrimiento, así vivido, es causa de alegría, como dice al comienzo de Col 1,24: «Me alegro de mis sufrimientos por vosotros», y corrobora el apóstol san Pedro: «Estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante. Si os ultrajan por el nombre de Cristo, bienaventurados vosotros, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros» (1Pe 4,13-14).
  65. M.-D. Molinié, La Sainte Vierge et la gloire, 181 y n. 5.
  66. M.-D. Molinié, Le mystère de la Rédemption, 206.
  67. M.-D. Molinié, Le mystère de la Rédemption, 132.
  68. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 133-134.
  69. Martín Descalzo, Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad.
  70. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 102.
  71. Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito B, 3vº.
  72. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 137-138.
  73. «Queda por precisar de qué manera y en qué medida Dios ofrece a los seres que así le seducen participar en su sufrimiento ante del infierno. Es el regalo más grande que les hace, así como ellos hacen a Dios el más hermoso regalo que él desea, dándole lo que son: culpables de todo por todos, comiendo a la mesa de los pecadores, etc.» (Molinié, Culpable de todo por todos, 4, La luz del purgatorio: M.-D. Molinié, Coupable de tout pour tous, 152-153).
  74. M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, IV, La Vision face à face et le régime du Ciel, Paris 2001 (Téqui), 109-110. Cf. Molinié, El coraje de tener miedo, 73-75.
  75. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 206.
  76. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 225. Más adelante (p. 226) añade: «El deseo de sufrir es el don que Dios hace a los que le complacen: es la correspondencia de la locura que empuja a Dios a salir de él».
  77. M.-D. Molinié, Coupable de tout pour tous, 148-149.
  78. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 131-132.
  79. Véase el apartado El martirio de amor en nuestro tema «El martirio, la Eucaristía y la contemplación». Por ejemplo: «Teresa estaba poseída por estos dos deseos, habla según uno o el otro a la vez sin preocuparse siempre de distinguirlos, pero ella no los confundía. Una carta al abad Bellière da fe de ello: “Me dice, hermano mío, que pida para usted la gracia del martirio. Esta gracia la he pedido muchas veces para mí, pero no soy digna de ella, y verdaderamente se puede decir con san Pablo: No es cosa del que quiere o del que corre, sino de Dios que es misericordioso. Y como el Señor parece no querer concederme otro martirio que el del amor, espero que me permita recoger, gracias a usted, esa otra palma” [Carta 224]. Del mismo modo ella invitaba a las almas al martirio del Amor, pero ante el pavor de sor María del Sagrado Corazón rectifica instintivamente el error combatido aquí por Celina, diciendo que sus propios deseos de martirio forman parte de las “riquezas que nos vuelven injustos”. Celina tiene mucha razón al decir que la consagración al Amor Misericordioso, sin excluir formalmente esos deseos, no los alienta. Además, en su catecismo del Acto de ofrenda, dice que el deseo de sufrir fue superado en la misma Teresa, al final de su vida, por el de abandonarse a la voluntad de Dios. Pero es cierto que Teresa estaba sorprendida de tener que sufrir tanto, que tuvo dudas acerca de su promesa de que el acto de consagración no expusiera a sufrimientos excepcionales. En efecto, entre esos dos martirios hay un vínculo orgánico: pero sólo la voluntad de Dios rige ese vínculo, y no por entregarse al Amor se entrega uno al sufrimiento, o a más sufrimiento. Pensar esto, sería quebrar la misma confianza que Teresa quiere provocar con esa insistencia, sería hacerle el juego al demonio y no al Espíritu Santo: por eso la madre Inés y Celina combatieron tanto esa interpretación» (Molinié, Lo elijo todo, 8, apartado A modo de epílogo. Comentario: M.-D. Molinié, Je choisis tout, 221).
  80. Santa Teresa del Niño Jesús, Cuaderno amarillo, 30.9.
  81. Cf. Santa Teresa del Niño Jesús, Cuaderno amarillo, 11.8.3: «Si pidiese sufrimientos, serían sufrimientos míos, y tendría que soportarlos yo sola, y yo nunca he podido hacer nada sola».
  82. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 203.
  83. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 205.
  84. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, I, 249-250. Es interesante tener en cuenta lo que a continuación dice Molinié, para no creer que es la «superioridad» de los contemplativos lo que les hace capaces de compartir el sufrimiento de Cristo y del mundo: «Sobre todo, no vayamos a creer por ello que los contemplativos sean mejores que los demás. Al contrario, si tuviera que decir lo que es en primer lugar un contemplativo, contestaría: un pecador que tiene conciencia de serlo; esta conciencia es llevada en él al rojo vivo como el amor mismo, porque se toma bajo la luz de Dios» (p. 250).
  85. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, II, 44-45.
  86. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 132.
  87. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 134-135.
  88. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 137.
  89. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 141-142.
  90. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 148.
  91. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 197.
  92. M.-D. Molinié, Le mystère de la Rédemption, 33, n. 21.
  93. «Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. La figura del justo Job es una prueba elocuente en el Antiguo Testamento» (San Juan Pablo II, Salvifici doloris, 11).
  94. Al hablar de los sufrimientos del Purgatorio, hay que tener en cuenta que «a medida que el tratamiento avanza, se aprende a contemplarse cada vez menos. Incluso los sufrimientos del purgatorio son peligrosos de contemplar. Repito, solamente los sufrimientos de Cristo y de María deben ser contemplados en plenitud (Molinié, El coraje de tener miedo, 238).
  95. M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 38-39.
  96. M.-D. Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 126.
  97. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 70.
  98. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 134.
  99. M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 221.
  100. M.-D. Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 69-70.
  101. Molinié, El coraje de tener miedo, 238: «Acabamos de evocar los sufrimientos del infierno, nos queda por hablar de los del purgatorio o de las purificaciones pasivas».
  102. M.-D. Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 204.
  103. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 64-65.