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Introducción
La vida contemplativa, como todo en la vida cristiana, no nace de nuestra decisión, sino que surge de la iniciativa de Dios. Y esa iniciativa toma la forma de una atracción hacia Dios que él mismo siembra en nuestro interior. El contemplativo debe poder identificar claramente el momento y el modo en el que Dios hizo surgir esa atracción que pone en marcha una nueva forma de vida. Tan importante es esta atracción -que toma la forma de una verdadera seducción amorosa- que no basta con recordarla, sino que hay que revivirla.
El contemplativo debe tener en cuenta que tras esa seducción no queda ya plenamente unido al Amado, sino que la atracción de Dios sembrada en su corazón se convierte en una necesidad y en una tarea: buscar a Dios. Una búsqueda que no tiene su término aquí en este mundo, sino que tiene como horizonte la plena unión con Dios en la vida futura, que es lo que en definitiva debe mover toda la vida del contemplativo.
Merece la pena dedicar tiempo y silencio para revivir la seducción inicial que cambió radicalmente nuestra existencia, avivar nuestra búsqueda de Dios y experimentar con fuerza la atracción de la unión definitiva con Dios en el cielo.
Revivir la seducción del Señor
La vida contemplativa comienza a brotar en el corazón del bautizado por una seducción de Dios: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jr 20,7). Se trata de una seducción que mueve a la persona y la orienta completamente hacia Dios, empapando toda su existencia de la tensión de Dios (Fundamentos, V.1. El fundamento del ser del contemplativo secular, p. 99).
Cuando Dios sale a nuestro encuentro, lo que hay en su corazón no es un plan de trabajo, ni ningún interés, sino la decisión de seducirnos que surge de su amor gratuito, del amor infinito y desbordante de la Trinidad. Dios quiere enamorarnos mostrándonos su amor, atrayéndonos con lazos humanos y vínculos de amor (cf. Os 11,4). Hemos de dirigir nuestra mirada a esta iniciativa de Dios para descubrir el inicio y la razón de nuestra vida contemplativa: un Dios enamorado de mí, como estaba enamorado de su pueblo al sacarlo de Egipto.
Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto (Dt 7,7-8).
También el Señor se enamoró de cada uno de nosotros y nos eligió por puro amor. No hay ningún mérito por nuestra parte, nada que pueda conquistar el amor de Dios, salvo nuestra pobreza. Es el Dios enamorado de mí de un modo inexplicable pero real el que toma la iniciativa de seducirme, de conquistarme mostrándome su amor. Y para ello el Señor me lleva a la soledad y me habla al corazón:
Por eso voy a seducirla; voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón (Os 2,16).
Mi respuesta a esta seducción de Dios no puede ser otra que entrar en el desierto de la oración para que él me pueda hablar al corazón. Por eso, el contemplativo ama el silencio y necesita tiempo para estar con Dios: porque es en ese sereno diálogo con el Amado donde Dios conquista su corazón, le enamora y le mueve a entregarse a él. La oración prolongada y serena es la manera en la que el Señor me lleva a la soledad y al silencio para poder hablarme; y, permaneciendo en ese diálogo, es como «me dejo seducir», tal como dice el profeta Jeremías.
No es una opción personal ni un imperativo moral lo que pone en camino al contemplativo y mueve toda su vida, sino el amor que le muestra el Amado. Por eso necesito escuchar de nuevo la llamada que el Dios enamorado me hace directamente a mí, para renovar después la entrega al que es el motor de toda mi vida:
Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente (Cant 2,13b).
Es la misma Palabra de Dios la que pone en mis labios la respuesta que debo dar a Dios en el silencio y en la intimidad de la oración.

Mi amado es mío y yo suya (Cant 2,16a).
La voz del Dios enamorado no nos deja tranquilos, sino que nos pone en movimiento, a pesar de los inconvenientes e incomodidades que supone responder a su llamada amorosa.
Yo dormía, pero mi corazón velaba. ¡Un rumor…! Mi amado llama: «Ábreme, hermana mía, amada mía, mi paloma sin tacha; que mi cabeza está cubierta de rocío, mis rizos del relente de la noche». Me he quitado la túnica, ¿cómo vestirme otra vez?; me he lavado los pies, ¿cómo mancharlos de nuevo? Mi amado introdujo su mano por el postigo, y mis entrañas se estremecieron por él. Me levanté para abrir a mi amado, y mis manos destilaban mirra; mis dedos goteaban mirra, en el pestillo de la cerradura. Abrí yo misma a mi amado, pero mi amado ya se había marchado. ¡El alma se me fue tras él! Lo busqué y no lo encontré, lo llamé y no me respondió. Me encontraron los centinelas, que hacen la ronda por la ciudad; me golpearon, me hirieron, me desgarraron el velo los centinelas de las murallas. Os conjuro, muchachas de Jerusalén, si encontráis a mi amado, ¿qué habéis de decirle? Que he sido herida de amor (Cant 5,2-8).
Como podemos comprobar en este hermoso cántico, la llamada seductora de Dios no nos lleva a la tranquila posesión del Amado, sino que nos introduce en una búsqueda permanente que sólo termina en el cielo. Esa necesidad de encontrar al Amado se convierte en una verdadera herida de amor que explica todas las «locuras» de la vida contemplativa.
El que ha sido seducido por el Señor y se ha dejado seducir busca incansablemente al Amado y cuando lo encuentra no lo suelta, sino que se aferra a él con todas las fuerzas.
En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma; lo buscaba, y no lo encontraba. «Me levantaré y rondaré por la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré al amor de mi alma». Lo busqué y no lo encontré. Me encontraron los centinelas que hacen la ronda por la ciudad. ‑«¿Habéis visto al amor de mi alma?». En cuanto los hube pasado, encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté, hasta meterlo en mi casa materna, en la alcoba de la que me concibió (Cant 3,1-4).
Por medio de la oración debemos hacer nuestra la inquietud del que busca y dejar que surja la necesidad de no soltar al Amado cuando lo encontremos.
Sugerencias para orar
El silencio y la oración del retiro es el lugar ideal para que pueda revivir la seducción de Dios. Y eso, a veces significa dejar que surja el anhelo de Dios que me deja inquieto y me pone en camino; otras veces, escuchar la voz del Amado que me seduce y me mueve; otras, responder a la seducción de Dios con la escucha, con la palabra o aferrándome a él. Pero he de ser consciente de que no soy yo sino él quien elige lo que va a realizar en este proceso de seducción. Simplemente debo dejar que surja un elemento u otro de la seducción en lo hondo del corazón para intentar responder generosamente a él.
La búsqueda de Dios
A partir de aquí, la vida del contemplativo se podría definir fundamentalmente como una búsqueda permanente de Dios, que orienta toda su existencia hacia el encuentro con él.
Tu mirada ha de ser solamente para Dios, tu deseo solamente para Dios, tu dedicación solamente para Dios; no queriendo servir sino a Dios solo, en paz con Dios, llegarás a ser causa de paz para los otros (San Simeón el Estudita, Catequesis menores) (Fundamentos, V.1. El fundamento del ser del contemplativo secular, p. 99).
El que ha sido seducido por Dios no puede ya dejar de buscarlo como la esposa del Cantar de los Cantares. Pero la búsqueda del contemplativo, seducido por Dios, no puede ser intermitente, cómoda o parcial -por ejemplo, meramente intelectual o moral-. Tiene que ser permanente y abarcar todos los elementos y aspectos de la vida humana. Esta búsqueda de Dios ha de hacerse con «todo el corazón» y «con toda el alma», no puede ser un elemento más de nuestra vida, y mucho menos un hobby.
Buscarás allí al Señor, tu Dios, y lo encontrarás si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma (Dt 4,29; cf. Jr 29,13).
Este tipo de búsqueda con todo el ser es lo que define la vida del contemplativo y tiene que ver con la respuesta necesaria al amor que recibimos de Dios:
Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser (Mc 12,30; cf. Dt 6,5).
La necesidad de buscar a Dios hace que el contemplativo intente aprovechar todas las ocasiones para encontrarlo que le ofrece la gracia de Dios:
Buscad al Señor mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca (Is 55,6).
Por lo tanto, he de ser consciente de que no puedo pretender buscar a Dios cómo y cuándo yo quiera o me apetezca. Es más, debo mantener una mirada especial para descubrir la posibilidad de buscar y encontrar a Dios en circunstancias y ocasiones en las que a la mayoría le puede parecer que Dios no está presente, pero en las que lo encuentra de forma especial el que sabe buscar: en la debilidad, en el fracaso, en la enfermedad…, en definitiva, en la cruz1.
Sugerencias para orar
En la soledad y el silencio que me permiten el retiro espiritual debo dejar surgir con sinceridad esas otras «búsquedas» que compiten en mi corazón con la búsqueda de Dios, para reconocerlas y desecharlas. Después iré dejando que Dios haga nacer y crecer en mí la necesidad de buscarle que abarca y abrasa todo mi ser.
En diálogo con el Señor puedo ir descubriendo serenamente las ocasiones en las que él se deja encontrar y me pasan desapercibidas o me cuesta aprovechar.
En definitiva, debo dejar que la oración movilice todas las capacidades de mi ser y todos los elementos de mi vida para buscar a Dios y amarle en respuesta a su amor.
La atracción de la vida futura

Es un encuentro que se vive ya aquí y ahora, pero como anticipo y preparación de su plenitud, que tendrá lugar en la vida eterna. Por tanto, el contemplativo vive en la esperanza de la vida futura, como centinela que vigila, en medio de la noche, la llegada del amanecer (Fundamentos, V.1. El fundamento del ser del contemplativo secular, p. 99).
El contemplativo, seducido por Dios, busca encontrarse con él con todo su corazón, pero es consciente de que, por muy fuerte que pueda ser la unión con Dios en este mundo, la plenitud de esa comunión amorosa sólo llegará a plenitud en el cielo. En consecuencia, a la vez que busca a Dios de todo corazón en esta vida y en este mundo, tiene la mirada y el corazón puestos en el cielo, donde hallará por fin el encuentro con el Amado.
Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra (Col 3,1-2).
El contemplativo secular vive en el mundo, pero tiene su meta en el cielo, donde está su tesoro (cf. Mt 6,20-21). Por eso, mientras peregrina por esta tierra buscando a Dios se considera «ciudadano del cielo» (cf. Flp 3,20) porque su meta y su patria es Dios (cf. Heb 11,16) y sabe que es allí donde se dará en plenitud el encuentro que anhela.
Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel (Heb 12,22-24).
El contemplativo, que se identifica con la esposa del Cantar de los Cantares que busca a su amado por calles y plazas, siente también el anhelo de la esposa del Apocalipsis que clama por el encuentro definitivo con el Señor:
El Espíritu y la esposa dicen: «¡Ven!» Y quien lo oiga, diga: «¡Ven!». Y quien tenga sed, que venga. Y quien quiera, que tome el agua de la vida gratuitamente (Ap 22,17).
El verdadero buscador de Dios no puede dejar de perseguirlo con el ansia del animal que se muere de sed (cf. Sal 42,2), pero a la vez sabe que sólo podrá saciar su sed de Dios en la Jerusalén del cielo, donde encontrará la comunión plena con Dios, ya sin búsqueda ni lucha:
Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo. Y oí una gran voz desde el trono que decía: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios». Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: «Mira, hago nuevas todas las cosas». Y dijo: «Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas». Y me dijo: «Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente. El vencedor heredará esto: yo seré Dios para él, y él será para mí hijo (Ap 21,2-7).
Sugerencias para orar
En el silencio de la oración debo dejar que aparezca en mi interior la vanidad de muchos de mis objetivos y metas, y permitir que vaya naciendo con fuerza el deseo de Dios que me impulsa necesariamente al encuentro definitivo con él en el cielo.
NOTAS
- Téngase en cuenta que en nuestra página web hay un retiro dedicado exclusivamente a la búsqueda de Dios, que puede ayudar a profundizar de forma orante en este elemento tan fundamental de la vida contemplativa.
















