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Introducción

Vamos a entrar en un retiro espiritual que resulta necesario para poner una base imprescindible para la vida contemplativa, que es la verdad, porque rescatar la verdad es imprescindible para construir una vida espiritual auténtica. Eso nos va a exigir una contemplación profunda de Cristo y una sincera revisión de nuestras actitudes, tomando como referencia las palabras y el comportamiento del Señor. Es una tarea que puede parecer simple, pero que requiere de mucho trabajo y, sobre todo, de una gran valentía. Ya decía Sigmund Freud que «el mayor esfuerzo que pueda hacer un ser humano es ser sincero consigo mismo». Lo cual se comprende bien si tenemos en cuenta que es imposible engañar a Dios, que no es fácil engañar a los demás, pero es sencillísimo engañarnos a nosotros mismos, porque estamos siempre dispuestos a tragarnos nuestras propias mentiras.

El que ha tenido la gracia del encuentro personal con Cristo, el que ha descubierto su vocación personal a la santidad -la vocación contemplativa- queda comprometido, lo quiera o no, a ser fiel a la verdad recibida; porque, de lo contrario, se condena a sí mismo a perderse en el sinsentido de la mediocridad, como decía san Bernardo: «¡A cuántos he conocido muy tristes por percibir la verdad y mucho más porque no podían acogerse a la ignorancia como excusa, por no cumplir lo que conocían como una exigencia de la Verdad!» (SC 74,8). Estas palabras son enormemente importantes porque nos plantean si no es ésa la razón de nuestra tristeza. La Verdad que nos revela Dios por medio del Espíritu Santo, que es Cristo, y que tiene que ser fuente de gozo, con frecuencia se convierte en fuente de tristeza y de desesperanza porque no podemos acogernos a la excusa de que no sabemos la verdad. Conocer a Cristo es extraordinario, luminoso y fascinante, pero comprometido. Y, una vez que lo conocemos, ya no es fácil salir de ese compromiso sin caer en la mentira. Y negar la verdad, de la forma que sea, lleva a la mediocridad, a la tristeza de no aspirar a la santidad. Se trata de la mayor tristeza que podemos experimentar, pues, en palabras de Léon Bloy, «la única verdadera tristeza que existe es la tristeza de no ser santos». Pretender olvidarnos de la verdad que hemos recibido para defendernos de sus exigencias, pretextando que desconocemos la verdad, nos sitúa necesariamente en el ámbito de la mentira, en el que ya podemos justificar cualquier cosa.

Seguir a Jesucristo, y, sobre todo, orar, es dejar que la Verdad, como bisturí afilado, nos abra en canal, para que salga toda la podredumbre que habita en nosotros y así, vaciados de nosotros mismos, podamos entregarnos en verdad al que es la Verdad absoluta. Y, si la oración no es un ámbito de verdad, no es auténtica oración.

Pero, para eso, hemos de conocer bien el lugar que ocupa en nuestra vida la mentira como tentación, riesgo y realidad. No porque «digamos» mentiras -que es algo fácil de descubrir-, sino porque deformamos la visión de Dios. La mentira tiene muchas caras y muchas formas, y es el arma habitual que utiliza el demonio, con la que nos lleva a separarnos de Dios y del plan de santidad personal que tiene para cada uno de nosotros. Así, a través de alguna de las muchas caras de la mentira, es como se deforma la visión de Dios, se pierde la pasión en la vida espiritual y en la oración, y se cae en la mediocridad.

La pasión, que es una característica esencial del amor y signo de que nuestro amor al Señor es verdadero, cuando falta en nuestra vida, nos indica claramente que hemos entrado en el terreno de la mentira. Sin darnos cuenta, nos acostumbramos a la mentira en algunas de sus formas más sutiles, pero no menos peligrosas. Por eso, si notamos estos síntomas negativos y queremos liberarnos de la fuerza del mal que es la mentira para poder crecer interiormente, debemos reconocer el problema y ponerle remedio de manera clara y radical. Y a eso es a lo que se orienta el presente retiro espiritual: a ayudarnos a reconocer en nosotros esas formas de mentira que condicionan toda nuestra vida espiritual.

Reconocer el problema

En un mundo -y en una Iglesia- en la que, con frecuencia, se oculta y se manipula la verdad, a veces abiertamente, necesitamos fomentar una actitud sólida y permanente de búsqueda apasionada y de defensa de la verdad1. Porque no basta con buscarla a ratos o cuando conviene, sino siempre; y, además, con radicalidad, porque la verdad sólo se encuentra y se defiende en la radicalidad.

El diálogo personal con el Señor a través de la oración es el ámbito imprescindible para descubrir la verdad de Dios -no de las verdades con las que se construye la mentira-; para reconocer y aceptar nuestra propia verdad -algo que no es nada fácil-, y la de la situación real en la que nos encontramos. El encuentro personal con el Señor es incompatible con la mentira, y por eso la oración nos obliga a instalarnos en la verdad. Necesitamos orar -y orar mucho, como un verdadero trabajo- para escapar de la mentira y alcanzar la verdad; y no para alcanzarla como el logro personal del que encuentra algo por sus capacidades o méritos, sino como el que recibe un don inmerecido por su actitud humilde y sincera. Van muy unidas, de hecho, la mentira y la soberbia: mentimos para autoafirmarnos o para no quedar mal; y, por otra parte, también están muy ligadas la verdad y la humildad.

Estamos llamados, no a reconocer las verdades a medias que todo el mundo acumula, posee y arroja a los demás, no a buscar componendas entre la verdad y la mentira, sino a buscar la verdad completa y plena; y no sólo a encontrarla o conocerla, sino a poseerla -o, mejor dicho, a dejar que nos posea- y se haga vida en nosotros.

Y para poder vivir la verdad completa, sin deformarla, es imprescindible descubrir y relacionar tres ámbitos de la verdad que no pueden separarse: la verdad sobre Dios, la verdad sobre mí mismo y la verdad sobre la situación que me rodea. Sin esos tres ámbitos de verdad, todo se falsea. ¡Cuántas veces vamos a la oración desde un «yo» que es mentira a entablar un diálogo con un «Dios» que es mentira y desde una «realidad» que yo me invento y que también es falsa! Esto supone que, a la oración, hemos de añadir el ejercicio de atención a la realidad y la reflexión necesarias para captar lo que realmente sucede en nuestro interior y en el exterior, en sus auténticas dimensiones. Sólo caminaremos en la verdad, si dejamos que Dios ilumine nuestra propia realidad y nuestras circunstancias con su luz. Y ése es uno de los fines esenciales de la oración, algo que solemos olvidar, pues, con frecuencia, vamos a la oración a contarle a Dios nuestras cosas, en las que se mezclan nuestras pequeñas verdades y nuestras mentiras. Le contamos todo esto a un Dios, que no es verdadero, al que le hacemos tragar todo nuestro artificial discurso. Por eso, hemos de purificar mucho la oración para instalarnos en la verdad.

La clave -y la dificultad- para vivir en la verdad está en «no negar nada». Nos cuesta un enorme trabajo darle vueltas a nuestras justificaciones y explicaciones para quedarnos tranquilos ante nuestros problemas, agobios y conflictos. Aparentemente, estamos buscando la verdad del problema, de sus causas, del culpable, de la solución… Pero estamos haciendo apaños y poniendo parches para evitar realizar el duro trabajo de darle vueltas a las diferentes piezas de la verdad hasta que todas ellas encajen en verdad. Y éste es el único trabajo que merece la pena. Ésa era la tarea permanente de la Virgen María en el nacimiento de Jesús o durante su vida oculta, como nos dice el evangelio: «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51). Ella también vivió, como nosotros, una vida llena de problemas y situaciones desconcertantes y, al meditar todo en su corazón, buscaba la forma de encajar las cosas en Dios; en un encaje que no se realiza automáticamente. No estamos acostumbrados a este trabajo: tenemos que desacostumbrarnos a encajar las cosas de un modo meramente humano y mundano. Por eso es tan importante no negar nada. La tentación que impide que realicemos este trabajo es la que nos empuja a eliminar las piezas de la realidad que nos sobran, que nos estorban o que no sabemos colocar, para evitarnos así el duro ejercicio de meditar, rumiar y dar vueltas a la realidad completa y verdadera en lo profundo del corazón delante de Dios hasta que todo encaje según su luz y su voluntad. Seleccionamos las verdades, manipulamos la realidad y escogemos una visión de la realidad a nuestro gusto. Y lo hacemos porque la verdad duele. Sin embargo, tendríamos que realizar el trabajo que conlleva encajar todas las piezas, no para evitar el dolor, sino para que el puzle de la realidad que conforma nuestra vida se armonice en un conjunto verdadero y evangélico, que sólo se puede alcanzar a la luz de Dios.

Ciertamente, es un trabajo que puede darnos pereza. Pero no nos da pereza darles vueltas y vueltas a nuestras preocupaciones, comentar lo que nos pasa buscando culpables y soluciones… Eso, que es agotador, nos parece natural, mientras que hacer un ejercicio de sinceridad radical nos resulta imposible. Pero la mayor dificultad que comporta esta tarea no es tanto la pereza, sino la necesidad de una disponibilidad plena para realizar esta tarea: estar dispuestos a ceder el protagonismo de nuestra vida a Dios, renunciando a tenerlo nosotros. Y es que necesitamos poseer la verdad y llevar razón, lo que nos lleva a innumerables enfrentamientos que oponen diferentes verdades y razones, entre quienes creen poseer la verdad y tener la razón.

Pero la verdad no se puede poseer. Ella es una gran señora que exige que se la busque con todo el corazón y que se la sirva incondicionalmente; de lo contrario, se oculta y se hace inaccesible. ¿Qué significa que la verdad es una gran «señora»? Que no puedo poseerla, ni puede ser mi esclava. Con frecuencia vemos como la gente se defiende de las opiniones ajenas afirmando: «Te crees en posesión de la verdad». Y, normalmente, quienes lo dicen se sienten en posesión de la verdad y, por lógica, no pueden permitir que haya otros «dueños» de la verdad que no sean ellos. Y tienen que evitarlo a base de discusiones y enfrentamientos. Precisamente por eso hemos creado el relativismo, como el modo de permitir este tipo de manipulaciones de la verdad, para que todos podamos tener «nuestra verdad»: si la verdad no existe, yo puedo ser dueño de «mi verdad» y todos la tienen que aceptar. Pero lo cierto es que la verdad nunca puede ser «poseída» por nadie, porque ella es la que nos posee: no podemos ser sus amos, sino sus siervos; no podemos poseer la verdad, sino ser poseídos por ella. Ésta es la gran dificultad que me impide alcanzar la verdad, no tanto la pereza para realizar el trabajo de armonizar toda mi vida en verdad, sino la falta de humildad que me impide dejar que alguien que no sea yo me posea o me domine. ¡Ojalá nos dejáramos poseer por la verdad!

Pero, ¿es posible encontrar la verdad entre tanto estrépito de juicios, razones y mentiras? Claro que sí. Tenemos la garantía de poder alcanzar la verdad porque Dios puede y quiere revelárnosla y porque nos ha dado la capacidad de encontrarla al darnos la razón y la revelación, y, sobre todo, el Espíritu Santo. La única dificultad seria para que recibamos la verdad radica en si tenemos o no la actitud necesaria que permite que la verdad se nos muestre, estando dispuestos a aceptarla y servirla incondicionalmente.

Esta disponibilidad lleva necesariamente a una actitud que está muy desprestigiada actualmente, que es la radicalidad. Precisamente, el relativismo es la negación de la radicalidad de la verdad. Uno no puede ser poseído por la verdad sin vivir en coherencia con ella, lo cual comporta una fuerte presión del mundo, que nos empuja a la indiferencia, la ambigüedad y la mentira. Y por eso, el mundo, que es tan radical e intransigente en esta actitud relativista, atacará con fuerza al que busca y defiende la verdad, tachándolo de radical. No se nos permite ser radicales en la verdad, coherentes y auténticos, pero sí nos obligan ser radicales en la oposición a la autenticidad. De modo que cualquiera que intente ser coherente, será tachado de radical por los verdaderos radicales. Pero, ¡bendita radicalidad la nuestra si se parece a la de Cristo, que es la radicalidad del verdadero amor! Por eso, en este retiro debemos contemplar la radicalidad de Cristo que nos abre a descubrir esa radicalidad, con todo lo que comporta de receptividad, humildad y servicio a la verdad.

Quizá nos ayude a entenderlo bien esta pequeña historia que nos habla del precio de la verdad y la razón por la que nos resistimos a adquirirla:

No podía dar crédito a mis ojos cuando vi el nombre de la tienda: la tienda de la verdad. Así que allí vendían verdad.

La correctísima dependienta me preguntó qué clase de verdad deseaba yo comprar: verdad parcial o verdad plena. Respondí que, por supuesto, verdad plena. No quería fraudes, ni apologías, ni racionalizaciones. Lo que deseaba era mi verdad desnuda, clara y absoluta. La dependienta me condujo a otra sección del establecimiento en la que se vendía la verdad plena.

El vendedor que trabajaba en aquella sección me miró compasivamente y me señaló la etiqueta en la que figuraba el precio. «El precio es muy elevado, señor» me dijo. «¿Cuál es?», le pregunté yo, decidido a adquirir la verdad plena a cualquier precio. «Si usted se la lleva», me dijo, «el precio consiste en no tener ya descanso durante el resto de su vida».

Salí de la tienda entristecido. Había pensado que podría adquirir la verdad plena a bajo precio. Aún no estoy listo para la Verdad. De vez en cuando ansío la paz y el descanso. Todavía necesito engañarme un poco a mí mismo con mis justificaciones y mis racionalizaciones (Tony de Mello, El canto del pájaro).

La verdad es un gran tesoro, pero sólo lo podremos encontrar si lo buscamos en serio, dispuestos a pagar el precio que sea, cueste lo que cueste. Y para orientarnos en este camino vamos a dar unas cuantas pistas y sugerencias que nos ayuden a profundizar, no sólo en el valor de la verdad y en la importancia de buscarla, sino en el descubrimiento de su luz -el «esplendor» de la verdad, del que habla san Juan Pablo II-, que nos lleve a amarla de tal modo que ilumine toda nuestra vida. Estas pinceladas no constituyen un proceso completo y orgánico para encontrar la verdad, sino simples orientaciones que nos ayuden a la contemplación, y que deben usarse en el orden y en la medida en que cada uno lo necesite y le sirva. Para ello, propondremos algunos textos de la Escritura que pueden descubrirnos muchos matices que nos permitirán reconocer nuestra situación y nos indicarán el modo de entrar en el camino de una auténtica conversión que nos sitúe realmente en la verdad. Y aquí, lo importante no es tanto comprender con la cabeza cuanto que nos dejemos interpelar por Dios a través de su Palabra.

La Verdad es Cristo

Debemos partir de una base tan contundente y sólida como la que nos ofrece Jesús al decirnos: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Así pues, la única verdad que lleva a Dios, la verdad que necesitamos y hemos de buscar apasionadamente, no es una verdad abstracta, ni es un conjunto de ideas, ni algo que podamos inventar o construir…, sino una persona: Jesucristo, el Hijo de Dios y el Verbo de Dios, «lleno de gracia y de Verdad» (Jn 1,14). Él vivió y murió por defender la verdad, como profetizó Isaías: «Le dieron sepultura con los malvados y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca» (Is 53,9), porque «él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca» (1Pe 2,22).

Podemos recordar aquí lo que ya contemplamos en otra ocasión:

La autenticidad del Señor no se construye desde el voluntarismo o el esfuerzo del hombre hecho a sí mismo, sino desde su ser de Verbo de Dios. El Evangelio nos permite contemplar lo que él es desde la eternidad, que como Verbo encarnado está lleno de la verdad de Dios y trae la luz al mundo. No anuncia la verdad con su palabra, sino que lo hace mostrándose a sí mismo, porque él «es» la verdad [cita Jn 1,1.9.14.17-18; 14,6; 18,37-38].

Nosotros no somos el Hijo de Dios, pero hemos sido hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo. Nuestra autenticidad no nace de lo que podemos saber con nuestras capacidades ni hacer con nuestras fuerzas, sino de nuestra condición de hijos de Dios, que nos permite saber, sentir y vivir como hijos-en-el-Hijo. La Verdad que es Cristo -Palabra eterna de Dios- y la verdad de Cristo -el Evangelio- se nos han dado para que las vivamos y las manifestemos. Seremos auténticos cristianos en la medida en que recibamos al Verbo -Verdad de Dios- y no echemos en saco roto la gracia recibida: «A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,12)2.

Aceptar que Jesucristo es la Verdad con mayúsculas, de la que depende todo, supone, por nuestra parte, un compromiso serio que nos lleva a lo siguiente:

  • Buscar la verdad con pasión, conscientes de que buscar la Verdad es buscar a Cristo.
  • Dejar que aflore en nosotros la verdad de hijos de Dios que nos ha sido dada en el bautismo.
  • Vivir la verdad, reproduciendo en nuestra vida la vida de Cristo.
  • Discernir evangélicamente la verdad que procede de Dios y la mentira que procede del Enemigo, no con «razones», sino desde la clave, que es Cristo, en su palabra y su vida. Es lo que hace Jesús en las tentaciones del desierto: ante las razones poderosas que le presenta el demonio, Jesús reacciona buscando la voluntad de Dios. No debemos discernir la verdad basándonos en quién tiene más razones humanas, sino usar a Cristo como clave: no es más verdadero lo mejor, lo más eficaz o lo más urgente, sino aquello que mejor concuerda con las actitudes y los valores del Señor, que sólo buscó la voluntad del Padre. Podemos decir que la Verdad es Cristo, lo que él vivió y enseñó.
  • Reconocer y relativizar -incluso rechazar- las demás «verdades», porque sólo son aspectos, partes, o sombras de la verdad; y, en muchos casos son ideologías, muchas veces perversas. Para ello debemos tener en cuenta que «todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo» (1Jn 4,3).
  • Someter con frecuencia nuestra vida al examen de la verdad: ¿Yo, mi situación, mi familia, mi comunidad, mi parroquia, la Iglesia, el mundo… en que medida encajan con la Verdad que es Cristo? En todos esos ámbitos se necesitan testigos de la verdad que opongan a la multitud de razones del mundo la verdad esencial que es Jesucristo.

El Espíritu de la verdad

Como hemos dicho, no buscamos aspectos o partes de la verdad. Buscamos la verdad completa. Tenemos el derecho y la obligación de buscarla, y por eso no nos podemos conformar con menos. Es lo que pide san Pablo para los fieles: «No ceso de dar gracias por vosotros recordándoos en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente» (Ef 1,16-17). El cielo no será otra cosa que conocer más y más a Dios en un conocimiento infinito e inacabable. Debemos tener el deseo y la pasión por alcanzar el conocimiento perfecto, evitando conformarnos con cualquier cosa para quedarnos tranquilos. Porque el amor busca conocerlo todo de la persona amada; nunca se sacia ni se conforma con menos.

Y no se trata de una utopía, de aspirar a un ideal inalcanzable, porque la verdad no es una idea sino una persona -Cristo- a quien podemos conocer puesto que otra persona -El Espíritu Santo- nos la ha mostrado. Sin el Espíritu Santo no tendríamos la Palabra de Dios, ni la Iglesia, ni a Jesucristo, y no conoceríamos la Verdad. El mismo Jesús nos habla claramente del Espíritu Santo y su función en este sentido:

El Espíritu de la verdad os guiará a la verdad plena (Jn 16,13).

El Espíritu de la verdad… está siempre con vosotros (cf. Jn 14,16-17).

El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí… y también vosotros daréis testimonio (Jn 15,26-27).

Podemos introducirnos en esta contemplación realizando un acto de fe por el que reconocemos ante el Señor y ante nosotros mismos que, sin la ayuda del Espíritu, no llegaremos a la verdad plena que es Cristo, conocido y hecho vida en nosotros. Esta petición no la podemos hacer solo formalmente, sino desde una actitud de humildad y de acogida confiada del don, para lo que también puede servirnos Sab 9,1-6.9-11.

Quizá pueda parecernos imposible alcanzar la autenticidad que contemplamos en el Señor a lo largo de su vida, que surge del hecho de ser el Hijo de Dios, de la valentía con la que defiende la verdad y de la coherencia con los valores que ha elegido. Y ciertamente esto sería imposible para nosotros si no se nos hubiera dado el Espíritu Santo, que es el «Espíritu de la Verdad» que habita en nuestro corazón y nos identifica con el mismo Cristo.

Ese Espíritu es quien nos permite estar en el mundo sin ser del mundo, el que nos enseña la Verdad, que es Cristo, y nos la va recordando en el momento adecuado. Gracias a su presencia y a su ayuda podemos ser testigos valientes y coherentes de la verdad hasta el martirio. Recordemos en este sentido el cambio operado en los apóstoles a partir de Pentecostés, tal como nos lo describe el libro de los Hechos de los apóstoles. El Espíritu Santo, compañero, maestro y defensor, nos lleva a la plenitud del conocimiento de Jesús y a vivir con fidelidad una Verdad que es él mismo, no una teoría, y que nos conduce a una comunión con él y a una vida como la suya. Esa verdad plena nos impulsa a la autenticidad que armoniza lo que somos, lo que sabemos, lo que hacemos y lo que decimos3.

En nosotros ya se han cumplido estas promesas del Señor porque hemos recibido el Espíritu Santo; por eso podemos rumiar con fe las palabras de Jesús, que nos invitan a buscar, pedir e intentar alcanzar la misma autenticidad que contemplamos en él, con la esperanza de que la presencia del Espíritu en nosotros realice lo imposible. La fe en el Espíritu Santo y la docilidad a sus inspiraciones hará posible la autenticidad que encontramos en Pedro después de la resurrección del Señor o en Pablo después de su conversión. Sin olvidar nunca que nuestra fe y nuestra oración tienen que ir acompañadas de la obediencia, porque el Espíritu Santo se da a los que obedecen a Dios (cf. Hch 5,32)4.

No nos conformamos, pues, con ninguna parte de la verdad, con ninguna «verdad» parcial y limitada, algo que podemos alcanzar con la razón; sino que buscamos, queremos y necesitamos apasionadamente la «verdad plena», que es el mismo Cristo, y que es capaz de transformar toda nuestra vida. No para poseer la verdad, sino para que nos posea; para que Cristo tome posesión de nuestra vida y la transforme a su imagen.

Y aquí aparece la función de la Iglesia. Esa verdad, que está en Dios y que es Dios mismo, es la que la Iglesia ha recibido como don precioso para dárnosla a nosotros, como madre que alimenta adecuadamente a sus hijos a través de la Palabra, los sacramentos, el Magisterio. Ella ha custodiado la Verdad a través de la historia y la presenta en todo momento y lugar propiciando al hombre la posibilidad de encontrarse con ella para que su vida tenga auténtico sentido y no tema lanzarse en los brazos del único que puede salvarlo y ofrecerle lo que el mundo en definitiva no puede darle ni siquiera poseyéndolo en su totalidad.

El Espíritu Santo, sin lugar a duda, es quien posibilita la acción de Dios en el presente de cada momento de la historia, para garantizar que sea su verdad y no otra la que se dé a conocer, pues él afirma: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20).

La tarea, por tanto, de la Iglesia ha sido la de la escucha atenta a Dios por medio de su Espíritu, que suscita en el corazón del hombre el deseo de amarlo, de seguirlo y de servirle con santidad de vida; pero es también quien inspira al hombre para hablar en su nombre (Lc 12,11-12) y para escribir aquello que Dios quiere comunicar como medio para la salvación (cf. 2Tm 3,14-17), así como lo ha hecho con los escritores sagrados o hagiógrafos a quienes ha inspirado para escribir los libros de la Sagrada Escritura que son Palabra de Dios, es decir, palabras de Verdad.

Debemos mantener una actitud de confianza, porque no nos metemos en la búsqueda de la verdad como un explorador en una selva intrincada sin mapa ni brújula, sino como miembros de una comunidad, que es la Iglesia, que posee la verdad y la ofrece como madre amantísima, que tiene el Espíritu Santo y nos lo entrega. Debemos ponernos en relación con el Espíritu de la verdad, que nos asegura la asistencia personal de Dios para que no nos desviemos de la verdad y la verdad se haga vida en nuestra vida. El bautismo y confirmación son la garantía sacramental de esta asistencia real y efectiva del Espíritu Santo, pues, como hemos visto, nos dice el mismo Jesús que el Espíritu dará testimonio de él, que es la Verdad, en nosotros, y así nosotros podremos dar testimonio (de palabra y con la vida) de la Verdad ante los demás (cf. Jn 15,26: «El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí»).

A partir de aquí, nuestra vida cambia necesariamente, porque tenemos acceso a la verdad, y el conocimiento de la verdad compromete toda nuestra vida al impulsarnos a llevar a la práctica la verdad conocida en una vida santa que, a su vez, hace posible el aumento del conocimiento de la verdad. Ya no tenemos excusa para no ser santos, porque lo difícil no es ser santos, sino que queramos serlo; puesto que tenemos acceso a la verdad porque disponemos del Espíritu Santo. Él habita en nosotros y nos impulsa a la connatural coherencia de vida con la verdad: y ésa es la vida santa. Y, a su vez, la vida santa potencia el conocimiento de la verdad: cuánto más profundamente entro en la verdad más cambia mi vida y más capaz me hace de empaparme de la verdad.

Pero ese mismo ciclo se rompe o se invierte si la verdad conocida no se convierte en verdad vivida. Si tengo a mi disposición la verdad y no la acojo, necesito entrar en las mentiras, justificaciones y excusas, y eso hace que mi capacidad de acogida disminuya. Por eso, deberíamos revisar la coherencia real de nuestra vida con la verdad que creemos: lo que creo, ¿tiene repercusión real, concreta y directa en mi vida? Porque cualquier defecto o laguna en esa coherencia entre lo que creo y lo que vivo es una forma de mentira, que abre en nuestra alma una brecha por la que se pueden infiltrar más y más las mentiras del mundo, hasta llegar a dominar completamente nuestro corazón.

Esto tiene unas consecuencias muy importantes para nosotros, porque el amor a la verdad determina la autenticidad de la vida de quienes nos reconocemos llamados directamente por Dios a la santidad. Si nosotros hemos tenido un encuentro con el Señor y somos conscientes de que él tiene un especial interés en que lo sigamos de verdad, entonces estamos pillados: porque no tenemos más salida que llevar a la práctica la verdad que conocemos o hacerla mentira; no negándola ciertamente, pero sí manipulándola. Con toda probabilidad tratamos de ser fieles al amor que Dios nos ha dado y al que, en correspondencia, nos pide; por lo cual nos esforzamos en mantener una vida espiritual profunda, en cuidar la oración, la caridad y el apostolado, en sus diversas formas. Probablemente nadie pueda reprocharnos nada serio en negativo en ese sentido. Más bien nos reprocharán que somos exagerados y no es necesario ser tan radicales. Probablemente somos buenos cristianos, a los que les duele ver a tantos hermanos nuestros alejados, fríos o perezosos. Pero eso no significa que no estemos atrapados por una singular y sutil forma de mentira, que es la hipocresía. Y no se trata de la hipocresía fácilmente reconocible en quienes hacen alarde de virtudes que desdicen con actitudes o comportamientos incompatibles con esas virtudes. Ciertamente, nosotros no hacemos alarde de virtudes; sin embargo, quizá deberíamos plantearnos en qué medida no es una forma sibilina de mentira radical la hipocresía -quizá inconsciente- que consiste en cuidar mucho una vida cristiana de calidad indiscutible, pero permitirnos y justificarnos el tratar de hacer compatible nuestra vida cristiana con una renuncia tácita a la verdadera santidad.

Si estamos llamados al heroísmo de la santidad y hemos recibido las gracias necesarias para ello, ¿no supone una mentira una vida que se conforma con lo mejor para evitar lo extraordinario? Si reconocemos una llamada concreta y personal a la santidad, no basta con dar una respuesta «de calidad», sino que tiene que ser excepcional y heroica, porque la gracia que hemos recibido nos da la capacidad para ese heroísmo. En los santos, vemos un plus que les hace santos y que nosotros no tenemos: no se trata de una diferencia en la cantidad de lo que hacemos, sino en el heroísmo que ellos tienen y nosotros no. Es cierto que aspiramos a la santidad, hemos recibido la gracia de reconocer, desear y realizar lo heroico que vemos en la vida de los santos. Llegamos al límite del heroísmo, pero no damos ese paso, y ésa es nuestra mentira: «Lo quiero y no lo quiero; y como todo lo hago bien, nadie me puede pedir nada más». Ésa es la hipocresía.

Y, si aceptamos la mentira en algo tan esencial, ya caben ahí todas las mentiras. El proceso de la conversión nos lleva hacia la entrega extraordinaria; pero nosotros avanzamos poco a poco para no perder el control, y cuando llegamos al salto de la entrega heroica -al acto verdadero de amor y de fe-, nos paramos. No podemos decir que no queramos ser santos, pero no queremos dar el salto que nos lleva a la santidad a la que estamos llamados. Y caemos en la mentira de querer ser santos no queriendo serlo. Cada uno debe ver si esta mecánica de la mentira funciona en su corazón y en qué medida lo hace.

Jesucristo nos enfrenta con nuestra propia verdad

Contemplemos al Señor: él no se conforma con manifestar la verdad del Padre, del reino de Dios o de su propia persona, sino que nos ayuda a descubrir nuestra propia verdad o nuestra situación de mentira5. Sólo con esa luz podremos recibir la salvación que nos ofrece, entrando en un proceso de conversión que nos libere de manipulaciones y falsedades.

Para entender bien la importancia de esta liberación podemos acudir a la contemplación de Jesús en el caso de la mujer condenada por adulterio (Jn 8,3-11). Y lo primero que vemos, es que los hombres que acusan a la mujer adúltera actúan basándose en «verdades»: aquella mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio, la ley de Moisés manda apedrear a las adúlteras… Pero olvidan otros elementos importantes de la verdad: la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo, la actitud de la mujer, o su propia realidad de pecado… Los que condenan a esta mujer en función de verdades están ciegos para ver la verdad que tienen delante, que es Cristo; pero su ceguera no es inocente: quieren tender una trampa al Señor, se niegan a aceptar el evangelio de la misericordia… Necesitan justificarse como «santos» y aprovechan el pecado escandaloso de esta mujer para mostrar que son mejores que ella -por comparación-, lo que les da derecho a buscarla, condenarla y ejecutarla. En el fondo, buscan negar la verdad del Evangelio, que les incomoda o no entienden, y negar la verdad de su propio pecado, que les estorba. Hay que contemplar la respuesta del Señor: no entra en las verdades que ellos esgrimen, sino que responde a la realidad de la vida de estos hombres. Él responde ante estos hombres desenmascarando su mentira y proclamando la verdad más importante, la que ellos quieren esconder: «Yo tampoco te condeno… no peques más», «el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra». Esto es lo que tenemos que aplicar a nuestra vida, poniéndonos humildemente ante el Señor, para que él desenmascare la parte de verdad que no queremos ver, nuestras cegueras culpables.

Sólo si realizamos este ejercicio de sinceridad, autenticidad y humildad podemos plantearnos nuestra conversión personal, y también sólo desde ahí podemos ayudar en caridad a los demás; porque sólo a partir del reconocimiento humilde de la verdad de lo que somos podemos pedir al Señor la valentía y la luz para enfrentar a los demás con la verdad de lo que ellos son.

En la misma línea del pasaje de la mujer adúltera, tenemos el diálogo de Jesús con la Samaritana (Jn 4,5-30.39-42); otro acontecimiento que nos permite contemplar un comportamiento semejante del Señor, que, en este caso, enfrenta a esta mujer con la verdad de su situación moral y religiosa, con la intención de mostrarle la verdad sobre sí mismo y revelarse a ella como Mesías y Salvador, para así poder transformarla.

Actitud para recibir la Verdad

Teniendo en cuenta todo lo anterior, si la verdad no la construimos nosotros, ni la podemos dominar, si la Verdad es Cristo, si es un don que recibimos de Dios…, eso significa que encontrar la verdad depende esencialmente de nuestra actitud para acoger el don que Dios nos ofrece. Y eso es, precisamente, lo que nos plantea el mismo Jesús cuando nos dice: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37). Lo que significa que sin esa actitud previa de verdad no se puede escuchar la voz del que es la Verdad. Cada uno debe pensar en qué medida se resiste a escuchar la voz del Señor y se queja porque no lo oye; sabiendo que la razón no es que el Señor esté sordo se haya quedado mudo, sino nuestra actitud.

Un ejemplo demostrativo de esto lo podemos ver en el diálogo del Señor con los fariseos en Mc 8,11-13, donde queda clara la falta de la actitud necesaria y sus consecuencias: Jesús, el que hace signos, no puede dar un signo a los fariseos que discuten con él y lo ponen a prueba. Como han hecho de la verdad su propiedad, se permiten juzgar a Jesús y ponerle condiciones para escucharlo, lo que les impide encontrar la verdad que dicen buscar.

Lo mismo sucede en Mc 11,27-32, donde los judíos piden la verdad cuando en realidad no la buscan. Y por eso, Jesús no atiende a su petición y les dice: «Si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto…».

En esta ocasión, la autenticidad de Jesús le lleva a exigir en sus interlocutores la sinceridad necesaria para poder responder a la pregunta que le han hecho. Ciertamente, Jesús no contesta a la pregunta, pero no por eso elude el verdadero problema, que es el que les plantea, haciéndoles ver que no están buscando la verdad ni tienen la sinceridad necesaria para encontrarla6.

Vemos que cuando no hay una actitud sincera de manifestar y aceptar la verdad, Jesús se calla. El Señor nunca va a entrar a discutir nuestras justificaciones, mentiras o complicaciones. Nunca responde a la falsedad de los que aparentan un interés por la verdad que realmente no tienen. De hecho, podemos preguntar por la verdad, decir que la buscamos, pero seguir anclados en nuestras mentiras. Sin embargo, de un modo u otro, el silencio mismo del Señor desenmascara nuestra actitud.

Contemplando a los adversarios del Señor y su actitud, deberíamos pensar si, en el fondo de nuestro corazón, no actuamos del mismo modo que ellos. Porque no basta con desear la verdad, ni con afirmar que la buscamos o preguntar por ella. Podemos hacer todo eso y estar huyendo de la verdad, porque no queremos poner en riesgo nuestras verdades y perder así la seguridad que nos reportan.

Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios (Jn 3,19-21).

Luz y verdad van unidas en simplicidad, porque la verdad es simple. Cuando alguien empieza a complicar las cosas es mala señal. Todo depende de la actitud. La actitud que nos pide el Señor no es sólo una disposición intelectual -que ya la tenemos, porque nos gustaría saberlo todo-, sino también moral. Para aceptar la luz de la Verdad, que es el Verbo de Dios, se necesita en gran medida la vida moral, un tipo de vida. Por eso el pecador se oculta de la Luz para que no se vean sus malas acciones. Esto explica bien la dificultad que tenemos para dejarnos iluminar por la verdad que es Cristo, porque eso nos obliga no sólo a reconocer las obras malas ‑que podemos llegar a conseguirlo‑, sino especialmente a reconocer y aceptar nuestra propia pobreza. Ahí está la clave. Se trata, por tanto, de un problema de soberbia. Si no estoy dispuesto a saberme pobre y a hacerme pobre, no me quedará más remedio que rechazar la verdad de forma abierta o solapada. Sin esa humildad, es lógico que rechace la verdad. Por eso, la única posibilidad del pecador para recibir la luz de la verdad es aceptar con humildad y sinceridad que el Señor ponga de manifiesto sus obras.

Debemos saber que no estamos solos: el que quiera reconocer con humildad su pobreza cuenta con la ayuda del Espíritu Santo, que le da el impulso, la luz y la capacidad de afrontar la batalla de aceptar la propia pobreza; dejando así de esconder su pobreza para defenderse de Dios. Lo que nos permite entrar en el corazón de Dios y unirnos a él es nuestra pobreza; y nosotros la convertimos en la razón por la que nos apartamos de él. La triste realidad es que nos atrincheramos para defender nuestra pobreza frente a Dios.

Y con la ayuda de Dios, con la luz del Espíritu Santo, que no nos faltarán si tenemos verdadero interés, podremos afrontar la batalla por la verdad. Porque de eso se trata: de un auténtico combate. Pero tenemos la seguridad de que Dios respaldará siempre a los que luchan por la verdad: «Hasta la muerte lucha por la verdad, y el Señor combatirá por ti» (Eclo 4,28). No se trata de luchar por «verdades» sino por la Verdad que es Cristo, porque no hay otra.

Debemos pedir a Dios luz y fuerza para actuar como el Señor nos pide: «Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error» (1Jn 4,6).

Podríamos utilizar aquí el examen de nuestra actitud ante la verdad que ya propusimos en un retiro anterior7:

  • ¿Qué problemas pueden dificultar o empañar mi propia búsqueda personal de la verdad? ¿Qué tipo de compensaciones busco que puedan condicionar esa búsqueda? ¿Tengo «refugios» donde esconderme de la verdad?
  • ¿En qué medida estoy dispuesto a aceptar la verdad y, sobre todo, las consecuencias que tiene?
  • En los problemas que me aquejan, ¿soy capaz de identificar lo que hay de misión en la que debo trabajar y lo que hay de cruz que he de aceptar evangélicamente?
  • ¿Mi nivel de consciencia y de oración me ofrece garantías de poder caminar en la verdad?
  • ¿Tiene mi vida el talante positivo del que busca la verdad completa, o sólo busco las «verdades» que me interesan ‑positivas o negativas‑ para justificar actitudes quizá preconcebidas?
  • ¿Cuál es el tono de las quejas que realizo ante los problemas? ¿Muestro con sencillez la verdad en su complejidad o me lamento inútilmente, recalcando los aspectos negativos?
  • ¿En qué medida conjugo la «caridad de la verdad» con la debida prudencia a la hora de hacer o manifestar juicios?
  • ¿Qué relación existe entre lo que veo como verdadero y lo que vivo? ¿Cuáles son las causas y las consecuencias de los posibles desajustes en este terreno?
  • En concreto, ¿qué problemas resultan susceptibles, por su importancia, de ser analizados con una visión más acendrada y evangélica? ¿Cómo debería ser ese nuevo enfoque o visión?
  • ¿Qué pautas concretas de reflexión, de actuación, de ayuda y de revisión debo establecer para asegurar un enfoque más verdadero y evangélico de mi vida?

La verdad y el amor

Un aspecto esencial en la cuestión de la verdad es su conexión con el amor, sin el cual la verdad pierde gran parte de su sentido. Es algo que podemos considerar a la luz de un importante texto de san Pablo:

Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, en la falacia de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo (Ef 4,14-15).

Aparece el problema del relativismo, que desvirtúa la verdad, y no es algo nuevo. San Pablo conocía el ambiente de relativismo, construido de medias verdades, de silogismos, de justificaciones; y sabe que conduce al error y que hay que oponerse a él. El Apóstol subraya una consecuencia de esta actitud: la inmadurez de la fe, que nos lleva a ser zarandeados por las opiniones de cualquiera -incluso las nuestras-, y que nos conducen al error y la mentira. A partir de aquí, nos anima para que seamos cristianos maduros, que son capaces de defenderse de la mentira y de su astucia con la luz y la fuerza de la fe, es decir, con la Verdad con mayúsculas. No como poseedores de la verdad, sino como sus servidores.

San Pablo nos dice que la forma concreta de combatir el ambiente generalizado de engaño consiste en «realizar la verdad en el amor». Eso supone, evidentemente, «decir la verdad» en oposición a mentir; pero, sobre todo, «proclamar la verdad», es decir, el Evangelio, y, además, vivir la verdad, vivir de la verdad, y, desde ahí, darla a los demás por amor. La respuesta al ambiente de falsedad que nos rodea no puede limitarse a afirmar la verdad frente al error, sino tiene que llevar a practicar la verdad y hacerla real en nuestra vida. Sin eso, los cristianos somos una ideología más en el inmenso mercadillo de ideologías que es el mundo.

Esta tarea de «realizar la verdad» sólo puede ser fruto del amor, porque hemos de asociar el amor a la proclamación y realización de la verdad. No se pueden separar ambos elementos: la verdad sin amor no construye, sino hiere; el amor sin verdad es falso, no transforma, no sirve para nada.

De este modo, «realizar la verdad en el amor» es lo único que hace que todo crezca y se incorpore a Cristo. Eso es lo único verdaderamente eficaz, y es la única pregunta que debemos plantearnos y la respuesta que tenemos que dar en cada situación: ¿Cómo puedo realizar aquí y ahora la verdad en el amor?

Sólo podemos descubrir la respuesta contemplando al Señor. Por eso, hemos de rezar mucho y bien: sumergirnos en el Corazón del Señor y empaparnos de sus sentimientos y actitudes para descubrir cómo percibe él la realidad y cómo la transforma desde la verdad. La contemplación de esta actitud en el Señor nos ayudará a entenderlo mejor y hacerlo vida en nosotros, tratando de identificarnos con él. Y, desde el deseo de identificarnos con él, debemos pedirle su misma actitud y disposición para nosotros.

Finalmente, deberíamos concretar todo esto haciendo un examen de conciencia en el que nos planteemos sinceramente: ¿amo de verdad? ¿digo la verdad con amor? ¿realizo el servicio de amor de decir la verdad?

La verdad que libera

Uno de los frutos del amor, que está vinculado a la verdad, es la libertad; por eso resulta significativa la relación que existe entre la verdad y la libertad, así como la de sus contrarios. De hecho, la mentira no deja de afectarnos en la raíz de nuestro ser; y lo hace quitándonos la libertad: nos convierte en sus esclavos. Ciertamente esa libertad para realizar la verdad en el amor complica mucho la vida; pero también la mentira la complica, y más todavía. En ese sentido van las palabras del Señor: «Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,31-32).

Para el mundo, la sinceridad es la libertad para decir lo que uno quiera, sin ningún tipo de restricciones ni consecuencias. Pero no existe verdadera libertad sin verdad, sino mero subjetivismo; y sólo en la Palabra es donde se unen autenticidad y libertad porque ella es la verdad que nos hace libres; y no sólo para saberla o creerla, sino para «permanecer en ella» (cf. Jn 8,31-32). Mientras que el mundo nos ataca e intenta dominarnos con sus verdades, acoger con fidelidad la Palabra de Dios ‑la única Palabra que es Cristo‑ es lo único que nos hace verdaderamente libres para poder ser lo que tenemos que ser8.

¿Quién no conoce la presión de la mentira? Detrás de nuestras justificaciones, complicaciones, líos, culpabilizaciones y preocupaciones, hay multitud de juicios y opiniones que entremezclan verdades, mentiras y medias verdades. ¿Todo eso nos hace libres, felices y nos ayuda? ¿Nos hace mejores? ¿No es una esclavitud? Hemos de reconocer que no somos libres y que la mentira nos esclaviza.

Jesús nos dice que su mandamiento y el distintivo de sus discípulos es el amor; pero, en la práctica, el amor no es posible sin libertad, y no hay libertad al margen de la verdad. De hecho, como decía san John Henry Newman -el nuevo doctor de la Iglesia- la verdad y la libertad no se oponen, sino que se llaman mutuamente. La auténtica libertad es aquella que se deja educar por la verdad, mientras que la verdad nunca se impone sin respetar la libertad del oyente. La razón de ello estriba en que la verdad no es una simple posesión intelectual, sino una transformación interior, una elección diaria y la fidelidad en lo cotidiano. Y por eso, la verdad se transmite de persona a persona, y no de libro en libro, como dice su famoso lema: «El corazón habla al corazón».

Llevar esto a la práctica exige que hagamos un ejercicio de auténtica valentía para reconocer todo lo que nos esclaviza y que tiene un vínculo clarísimo con la mentira: ¿Cuáles son mis miedos, inseguridades, pulsiones internas, presiones externas…, que me dominan y me condicionan? Debemos reconocer cómo llegamos a ser esclavos por medio de mentiras con las que nos engañan y nos engañamos, para, en definitiva, llevarnos a nuestra autoafirmación, pretendiendo llevar la razón, tener la verdad, ser más que los demás…, y sacarnos de la adoración. Al final, todo ese mundo de mentiras que nos esclaviza nos lleva a salir del ámbito del «sólo Dios». Él debería ser sólo, en todo y siempre nuestro único polo de atención; y eso es lo único que nos libera y da sentido a nuestra vida. Fuera de eso, estamos perdidos, porque todo lo que debería empujarnos a buscar la verdad acaba obligándonos a buscar falsas razones -mentiras- para justificarnos y evitarnos problemas. Por lo tanto, no es una cuestión de ideas, sino de algo mucho más profundo: la opción fundamental por Dios, sustentada por la decisión firme, desde lo más profundo de nuestro ser, de llevar a cabo lo que queremos hacer con nuestra vida.

Aquí es donde entran las ideologías de todo tipo, incluso religiosas, como conjuntos de teorías y pequeñas verdades que nos atrapan, dándonos una falsa seguridad de verdad, pero esclavizándonos en la mentira porque nos aíslan de la verdad. Incluso las verdades más luminosas se procuran desligar de su origen, que es la Verdad primordial, que es Cristo. Él nos libera por medio de la única verdad que es lo que él es, dice y hace; y él es también el que nos revela la verdad sobre nosotros mismos.

A la luz de esta realidad debemos convencernos de que para conocer la verdad -que es Cristo- y alcanzar la libertad hemos de mantenernos -permanecer- en su Palabra: no sólo conocerla, sino amarla y cumplirla. En eso radica la obediencia a la verdad que es lo que nos hace verdaderamente libres. Y, por el contrario, la razón principal por la que perdemos la libertad es porque no estamos dispuestos a trabajar y a sufrir por la verdad.

La verdad ilumina y ciega

Un ejemplo significativo de la importancia decisiva que tiene la actitud hacia la verdad lo tenemos en la contemplación del relato de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9), donde vemos que el Señor ofrece, como don, la verdad, pero necesita ser acogida para dar fruto. Él sabe que tenemos la libertad para recibirla o rechazarla.

Este hombre ciego es modelo del proceso que lleva de la ceguera a la visión, de la oscuridad a la luz, del error a la verdad, en una evolución que se realiza a través de varios pasos:

  • El punto de partida es la ceguera, que todos interpretan como fruto del pecado de este hombre, pero de la que realmente es inocente (vv. 1-3).
  • El primer paso es la acción de Jesús, que le hace capaz de ver, no sólo lo material, sino, sobre todo, la verdad que es el mismo Jesús (vv. 6-7).
  • El segundo paso es la confesión sencilla y verdadera que hace el ciego de lo que ha sucedido: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver» (v. 11).
  • El tercer paso es la interpretación correcta del hecho, reconociendo que Jesús «es un profeta» (v. 17).
  • El cuarto paso consiste en la defensa de la confesión realizada frente a los ataques: «Dios no escucha a los pecadores» (vv. 30-33).
  • El quinto paso es el rechazo que sufre el que ve por parte de los que no ven. Los que rechazan la verdad también rechazan al que les muestra la verdad: lo expulsan de la sinagoga (v. 34).
  • El sexto paso es la relación personal de este hombre con Jesús, que lo lleva a la adoración: «“Creo, Señor”. Y se postró ante él» (v.38).
  • La situación final a la que se llega es el conocimiento de la verdad de Jesucristo, que los demás no ven (v. 39).

Paralelamente a este proceso se realiza el proceso de los fariseos, que tiene un sentido contrario al del ciego, y que va de la visión a la ceguera, y de la verdad al error.

  • El punto de partida es la situación de los fariseos, que creen ver, y afirman que ven (cf. v. 39-41).
  • El primer paso es la misma acción de Jesús que cura al ciego y que desencadena en los fariseos el proceso contrario: el ciego empieza a ver y los fariseos se van sumergiendo en su ceguera.
  • El segundo paso consiste en la negación del hecho: «No creyeron que había sido ciego» (v. 18).
  • El tercer paso es la interpretación equivocada del hecho: «Ese hombre es un pecador» (v. 24).
  • El cuarto paso es el rechazo de la verdad y la obstinación, que se manifiesta en insultos, negación del razonamiento que se les ofrece y descalificación personal (vv. 28.34).
  • El quinto paso es la expulsión del que ve y afirma la verdad (v. 34).
  • El sexto paso es la oposición a Jesús y la negación de la propia ceguera: «¿También nosotros estamos ciegos?» (v. 40).
  • La situación final a la que se llega es la ceguera culpable de los fariseos, por la que siguen convencidos de lo suyo a pesar de todas las evidencias que se les han ofrecido (v. 41).

Ciertamente, como el mismo Jesús afirma, él es la luz del mundo (9,5; cf. 8,12; 12,46), pero esa luz ilumina o ciega, según la actitud con la que la recibimos. Recordemos en este sentido el texto del prólogo del cuarto evangelio que nos dice que la Palabra es la luz verdadera, aunque los suyos no la recibieron, pero los que la reciben se transforman en hijos de Dios (cf. Jn 1,9-12).

A la luz de esto debemos tratar de reconocer en nosotros los distintos elementos de un proceso o de otro, para saber dónde nos encontramos exactamente. Y esto lo tenemos que hacer, teniendo muy presente que no existen más que estos dos procesos. El Evangelio no presenta una tercera vía intermedia. Y, desde el reconocimiento de nuestra auténtica situación frente a la verdad, podemos entrar en la aceptación realista del camino concreto que Dios nos propone y de las consecuencias del paso de la oscuridad a la luz.

Todo este proceso de recepción de la verdad depende de la actitud que lo hace posible, y esa actitud tiene mucho que ver con la oración. La acogida de la verdad, que a veces es dolorosa porque nos purifica y nos compromete, se cuece a fuego lento en la oración. Ésta es un verdadero trabajo, que no consiste en darle vueltas a nuestros asuntos, sino en acoger la verdad con todas sus consecuencias. Si nos dormimos o nos aburrimos en la oración es porque no buscamos la verdad. Santa Teresa de Jesús afirmaba que «en la oración Dios da luz para entender verdades». ¡Cómo cambiaría nuestra vida y nuestros convencimientos si, en vez de darle vueltas a la cabeza, nos dedicáramos a buscar y acoger la luz del Señor en la oración! Se podría decir, en otros términos, que Dios quiere y puede abrir nuestra mente y nuestro corazón para que, a la luz de la fe y la razón, podamos contemplar, recibir y vivir esa verdad que necesitamos y de la que el mundo está hambriento y sufre porque no la encuentra. Más aún: todas las expresiones del mal en el mundo en el fondo están gritando que no encuentran la clave que da sentido a la vida. Nosotros tenemos esa clave, y si no la entregamos nos convertimos en el absurdo de la luz que se enciende para meterla debajo de la cama (cf. Lc 8,16).

Sólo en el silencio de la oración y en la contemplación de Cristo podemos entrar en el conocimiento de la verdad sobre Dios. Y no sólo eso, sino también podemos acoger el don de la verdad sobre nosotros mismos que él nos ofrece como luz por medio de su Espíritu. Porque la verdad sobre el hombre sólo se esclarece a la luz de la verdad sobre Dios, pues él tiene mucho que decirnos y lo ha hecho a través de Jesús en quien todo fue creado y por quien todos hemos sido redimidos.

La verdad lleva a la cruz

Como vemos, la verdad no se limita a una afirmación teórica, sino que es una realidad viva enraizada en una vida concreta. Hemos de reconocer que no llegamos al final en la búsqueda de la verdad completa porque la verdad nos compromete y nos obliga a ser coherentes con la verdad, con todas las consecuencias, o a rechazarla de plano. Es decir, la verdad lleva a la cruz; y, si no estamos dispuestos a aceptar la cruz no vamos a aceptar la verdad. En este sentido, Jesucristo nos ofrece el ejemplo perfecto de fidelidad a la verdad y del precio que supone la verdad; y esto lo podemos descubrir a través de la contemplación orante de su comportamiento a lo largo de toda su vida, especialmente durante el proceso que lo llevó a la muerte, y, sobre todo, en el momento decisivo en que responde al interrogatorio del sumo sacerdote: «‑“¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?” ‑“Yo soy”. Todos lo declararon reo de muerte» (Mc 14,61-62.64)9. Esta fidelidad a la verdad, con conciencia clara de lo que supone, aceptando las consecuencias, es un entrañable objeto de contemplación al que tenemos que acudir cada vez que nos vemos desconcertados por todo viento de doctrina. Esta contemplación nos descubre aspectos luminosos del comportamiento del Señor que podemos aplicar a nuestra vida:

  • Podemos contemplar el contexto de mentira en el que se realiza esta confesión de Jesús: «Muchos daban falso testimonio contra él» (v. 56).
  • Jesús calla ante la mentira: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?» (v. 60). Pero él callaba sin dar respuesta. Así se resuelve el enfrentamiento entre la verdad y la mentira que experimentamos constantemente.
  • Sin embargo, hay una verdad que el Señor no puede callar cuando le hacen la pregunta decisiva, aunque le cueste la vida: «Soy el Mesías, el Hijo del Bendito» (cf. vv. 61-62). En ese momento podría haber callado, y es cuando declara con toda solemnidad la verdad que supone su condena a muerte. Pero no puede callar esa verdad, aunque le cueste la vida.
  • Contemplamos aquí la gran paradoja que supone que la única verdad por la que se condena a Jesús, que es su identidad de Hijo de Dios, es definida como blasfemia, como una mentira contra Dios; mientras que las mentiras que se esgrimen contra él son aceptadas y aplaudidas como verdad. Los representantes de Dios rechazan en nombre de Dios la gran verdad que Dios mismo está intentando mostrarles.

Esta realidad debemos aplicárnosla a nosotros, pues «un discípulo no es más que su maestro» (Mt 10,24; cf. Jn 15,20). Tenemos que contar con el hecho de que podemos sufrir el mismo rechazo que tuvo Jesús cuando tratamos de ser fieles a la verdad, siguiendo realmente sus valores, actitudes y disposiciones. No debemos caer en la ingenuidad de pensar que, si somos coherentes y damos testimonio de la verdad, vamos a recibir felicitaciones por ello. Podemos contemplar con serenidad esta escena de la pasión del Señor para sentirnos confortados y consolados en esta batalla que es la suya y queremos que sea la nuestra, y también para pedirle vehementemente que nos identifique con él.

Cuando queremos seguir al Señor e identificarnos con él no podemos olvidar que eso nos va a llevar a la pasión. Por eso debemos enamorarnos, no sólo de Cristo y de sus valores, sino también de su cruz; y sólo nos podemos enamorar de la cruz porque es la suya, porque nos enamoramos del Crucificado y de su cruz. Si le amamos de verdad no podemos querer nada que no sea suyo, y lo suyo quererlo todo.

Un aspecto importante y delicado de esta fidelidad hasta la muerte es que tiene un sentido de «consagración» que ilumina la vida y la pasión del Señor y también la nuestra. Es lo que Jesús expresa en su oración durante la última cena con sus discípulos: «Santifícalos (conságralos) en la verdad: tu palabra es verdad» (Jn 17,17). Vemos que Cristo se «consagra» victimalmente al Padre en la cruz para conseguir que sus apóstoles sean «consagrados» como él, es decir dedicados verdaderamente a entregar su vida a cumplir la voluntad del Padre, con el sentido de inmolación, de dedicación absoluta y de amor obediencial que caracteriza al Señor y que debe reflejarse en nuestra vida10.

Y, a partir de esta contemplación, deberíamos plantearnos sinceramente en qué medida hablamos o callamos del mismo modo y por las mismas razones que lo hace Jesús; y si aceptamos de buen grado que la fidelidad a la verdad y la confesión de la misma nos lleven a la cruz.

Conclusión

La verdad de quien soy y del sentido de mi vida no la defino yo ni nadie, salvo Dios. Por mi parte, no tengo otro trabajo más importante que hacer verdad, en la realidad concreta de mi existencia, la verdad que Dios me regala en Cristo. Para eso, debo hacer el trabajo de recuperar esa verdad, reconocerla y aplicarla a mi vida con sinceridad y radicalidad, dispuesto a pagar gustosamente el precio de crucifixión que esto tiene.

Como ya hemos dicho, el amor a la verdad es lo que hace auténtica la vida de quienes nos sentimos llamados por Dios a la santidad. Seguramente intentamos ser fieles al amor que él nos ha dado y al que nos pide a cambio. Pero eso no significa que no caigamos en una forma especial de mentira que consiste en defender como verdad teórica que estamos llamados personalmente a la santidad porque hemos recibido de Dios las gracias para logarlo y, sin embargo, afirmar con nuestra vida que nos basta con ser buenos o magníficos cristianos. Porque vivir una vida cristiana de calidad, pero renunciando tácitamente a la santidad heroica a la que estamos llamados, ¿no es convertir en mentira nuestra vocación?


NOTAS

  1. En el capítulo VII del Itinerario hacia la santidad, «Autenticidad y santidad», en su apartado 2: El mundo al que nos envía el Señor, se hace un análisis pormenorizado del rechazo a la verdad de nuestro mundo. También en A. Carreres, Seducidos por el Misterio. El sendero de la pobreza a la santidad, Madrid 2024 (Nazaret, 2ª ed.), 298-313.
  2. Itinerario hacia la santidad, capítulo VII: «Autenticidad y santidad», apartado 4,a: Jesús es la plena Verdad porque es el Verbo de Dios. También en A. Carreres, Seducidos por el Misterio, 333-334.
  3. Itinerario hacia la santidad, capítulo VII: «Autenticidad y santidad», apartado 3,e: El Espíritu de la verdad. También en A. Carreres, Seducidos por el Misterio, 331.
  4. Itinerario hacia la santidad, capítulo VII: «Autenticidad y santidad», apartado 3,e: El Espíritu de la verdad. También en A. Carreres, Seducidos por el Misterio, 332.
  5. Se puede tener en cuenta lo que dice el capítulo IV del Itinerario hacia la santidad, «Una palanca hacia la santidad», en su apartado 2: El verdadero sujeto de la conversión, que diferencia el «yo» que soy realmente, de otras falsas imágenes de mi mismo. Necesitamos reconocer y aceptar ese «yo». También en A. Carreres, Seducidos por el Misterio, 100-108.
  6. Itinerario hacia la santidad, capítulo VII: «Autenticidad y santidad», apartado 4,e: La autenticidad exige autenticidad. También en A. Carreres, Seducidos por el Misterio, 337-338.
  7. Itinerario hacia la santidad, capítulo VII: «Autenticidad y santidad», apartado 2,f: Un examen de nuestra actitud. También en A. Carreres, Seducidos por el Misterio, 313-314.
  8. Itinerario hacia la santidad, capítulo VII: «Autenticidad y santidad», apartado 3,a: Santificados en la verdad. La verdad. También en A. Carreres, Seducidos por el Misterio, 314-324.
  9. Puede verse también Itinerario hacia la santidad, capítulo VII:«Autenticidad y santidad», apartado 3,b: El momento culmen de la autenticidad. También en A. Carreres, Seducidos por el Misterio, 325-326.
  10. Puede aprovecharse la meditación amplia sobre este texto desarrollada en Itinerario hacia la santidad, capítulo VII: «Autenticidad y santidad», apartado 3,a: Santificados en la verdad. Ser «santificados en la verdad». También en A. Carreres, Seducidos por el Misterio, 318-323.