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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio de Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
a reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Texto bíblico

2 ¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
3 De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos
para reprimir al adversario y al rebelde.
4 Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado.
5 ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano, para mirar por él?
6 Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad;
7 le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies.
8 Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
9 las aves del cielo, los peces del mar
que trazan sendas por el mar.
10 ¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Lectio

No me encuentro esta vez con una súplica o un salmo sapiencial, sino con un himno, con un canto que alaba a Dios, especialmente por sus obras, que tiene un tono alegre y festivo, al que se une la comunidad de orantes. Sin embargo en este himno que es el Salmo 8 aparecen algunas peculiaridades que puedo descubrirse fácilmente:

  • -El elemento de alabanza común, como un canto coral, que puede indicar su empleo en el culto, se reduce al principio y al final (vv. 2 y 10), donde aparece un estribillo en el que se invoca a Dios como «Dios nuestro». En el resto del salmo (vv. 3-9) el orante habla en primera persona del singular: «Cuando contemplo…».
  • -Esta alabanza se dirige directamente a Dios en segunda persona: «Ensalzaste, has sacado, has creado, te acuerdes, lo hiciste, lo coronaste, le diste, lo sometiste». Normalmente los himnos hablan de Dios en tercera persona, éste me introduce en un diálogo personal con Dios.

El Salmo 8 podría considerarse como una alabanza al Dios creador, pero es también un canto admirado por lo que es el hombre en la creación y en su relación con Dios. Sin duda, este salmo está relacionado con la fe bíblica en la creación del hombre tal como aparece especialmente en los primeros capítulos del Génesis.

Sin embargo, en este salmo aparece claramente el protagonismo de Dios tal como lo manifiesta que todos los verbos del salmo (que acabamos de mencionar) se refieren a la acción de Dios. El hombre tiene un lugar importante, pero como el que recibe gran parte de esa acción de Dios.

En este caso, la estructura del salmo está marcada por los tres «qué» que aparecen en el salmo en los vv. 2.5.10. El primero y el último enmarcan el salmo con la repetición del estribillo, e indican ya un tono de admiración que es parte esencial del salmo (vv. 2.10). El «qué» del v. 5, que es a la vez interrogativo y de admiración, es el centro del salmo, marca la estructura del mismo y ofrece el elemento específico de este himno de alabanza.

Antes de esta pregunta, el salmista se admira por la majestad y el poder del Dios creador (vv. 2d-4) y después se admira por el lugar que Dios le ha concedido al hombre (vv. 6-9).

[v. 2abc] El estribillo inicial se dirige a Dios como «Dios nuestro». Yahveh es nuestro Dios, nuestro Señor. Esa aclamación (seguramente para el uso en el culto) indica que estamos hablando del Dios de Israel. El «nombre» de Dios es admirable en toda la tierra. Debo tener en cuenta que este nombre no es simplemente una palabra con la que le designamos cuando hablamos de él, sino que se refiere al mismo ser de Dios en su poder, a su fuerza salvadora que se hace presente. De modo que el nombre de Dios hace presente al mismo Dios y contiene la revelación que Dios hace de sí mismo, que me permite conocerle y relacionarme con él.

[vv. 2d-4] En estos versículos, el salmo canta la admiración por la grandeza de Dios. Y comienza afirmando que Dios ensalza su majestad sobre los cielos. Es lo mismo que aparece en otros salmos:

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos (Sal 19,2).

¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda (Sal 104,1-2).

Y se me invita al salto de admirar y alabar las maravillas de Dios a alabar y admirar al Dios que ha realizado esas maravillas:

Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras (Rm 1,20; cf. Sab 13,5).

Debo dejar que me sorprenda la afirmación del v. 3, que no se repite en el resto del Antiguo Testamento: Dios vence a sus enemigos con la alabanza de los niños. Debo tener en cuenta que no se trata necesariamente de los balbuceos del recién nacido, porque la lactancia en Israel duraba normalmente hasta los dos años y, por lo tanto, puede referirse a la alabanza con palabras simples de un niño pequeño. Más difícil es identificar estos enemigos, que pueden ser los que no aceptan a Dios o se rebelan frente a él. Pero el sentido del v. es claro: el poder de Dios es tal que con medios pobres, insuficientes, vence a sus enemigos, y de ese modo se resalta su poder.

Lo magnífico de este salmo es que la alabanza de los más pequeños -que nace de la capacidad de admiración de los niños y que se expresa con palabras sencillas- es lo que vence a los enemigos. En el Nuevo Testamento podré encontrar ecos de este mensaje.

El salmista, antes de plantear la pregunta admirada del v. 5, contempla en el v. 4 el cielo nocturno (falta la mención al sol) como creación de Dios (el texto hebreo dice literalmente «cuando contemplo tu cielo»), que es obra artesanal hecha con sus dedos. Y a partir de esa contemplación descubre la grandeza de Dios (debo recordar el texto citado de Rm 1,20). Desde esa admiración maravillada contempla al hombre y surge la pregunta clave del salmo: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él?».

[v. 5] Como hemos dicho, este versículo 5 es el centro y el núcleo del salmo y es necesario que lo entendamos bien.

Lo primero que debo tener en cuenta es que no se trata simplemente de una pregunta, es también expresión de una admiración, que surge de la contemplación de la creación y de la actuación de Dios con el hombre. El salmo no me ofrece una respuesta concreta a esta pregunta, es más bien una invitación a participar de esa admiración y buscar la respuesta. Y, sin embargo, la misma realidad del himno dirigido a Dios me ofrece ya una primera respuesta implícita: el hombre es el único ser de la creación que puede admirarse, preguntarse y corresponder a la relación especial que Dios le ofrece.

La admiración que expresa esta pregunta procede de la situación concreta del hombre: por un lado, ante la grandeza de la creación y del Dios creador, el hombre es muy pequeño; pero, por otro, Dios se vuelca en el hombre de forma personal y amorosa: se acuerda de él y se ocupa de él. Esta paradoja queda más claramente expresada en los términos hebreos que usa el salmo para «hombre» y «ser humano», que subrayan la debilidad del hombre (enosh) y que se trata del hombre nacido de la tierra (literalmente «hijo de Adán»). En ese hombre débil y limitado es en el que Dios se vuelca, al que mira por él (como signo del amor permanente y de la protección de Dios). Las expresiones «el hombre» y «el ser humano» se refieren al hombre concreto no al hombre en general, pero incluyen a todos y cada uno de los hombres. La sorpresa surge de que, siendo criatura, Dios establece una relación personal con el hombre, conmigo.

Queda en el aire la pregunta de qué hay de especial en el hombre, en mí, para que Dios actúe de ese modo con él y no con las demás criaturas. Pero quizá el valor del hombre es precisamente que Dios se cuida de él.

[vv. 6-9] En estos versículos el salmista profundiza en esta paradoja y apunta una respuesta basada en el relato de la creación: el hombre es creado por Dios, pero a su imagen y semejanza, y se le ha dado poder para que domine toda la creación:

Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra» (Gn 1,26).

La primera parte del v. 6, al comparar a los hombres con los ángeles, en un plano casi de igualdad, afirma que el hombre está más cerca de Dios que de las criaturas y que, por pura decisión amorosa de Dios, pertenece al mundo de Dios.

Lo que causa dificultad en este punto es la palabra hebrea que hay detrás de los «ángeles» a los que el hombre se acerca en dignidad. Al pie de la letra podría leerse «los dioses», como en Sal 86,8: «No tienes igual entre los dioses, Señor». Con este término el salmista puede referirse a los seres celestiales que están en torno al trono de Dios, y así afirmaría que el hombre es poco menos que un dios. Son las traducciones griega y latina de la Biblia las que leen «los ángeles», como hará la carta a los Hebreos cuando cite este salmo.

La segunda parte del v. 6 me lleva a considerar de otro modo esta cercanía del hombre con Dios porque Dios lo corona de gloria y dignidad (o majestad), que son los atributos propios de Dios (cf. Sal 145,12). Pero no debo olvidar que, por divinos que sean estos atributos, el hombre los recibe de mano de Dios, no los conquista él mismo. El ser humano es coronado por Dios como su «virrey» en el dominio del mundo, tal como había anunciado el libro del Génesis y como va a desarrollar el Sal 8 en los vv. siguientes.

Puedo ver el paralelo de lo que dice el Sal 8 lo que conozco por el libro del Génesis: Dios concede al hombre, débil pero hecho poco inferior a los ángeles, «el mando» (Gn 1,26: «Que domine»; Gn 1,28: «Dominad…») y lo «somete todo» bajo sus pies (Gn 1,28: «Llenad la tierra y sometedla»). Pero queda claro que se trata de un don, el mando es sobre «las obras de tus manos», y es Dios el que somete todo al hombre.

Con el estilo del relato de Gn 1, nuestro salmo enumera todos los seres de la tierra que Dios ha puesto bajo el dominio del hombre (porque el cielo pertenece al Señor, cf. Sal 115,16): primero los animales domésticos, distinguiendo el ganado mayor y el menor; luego las bestias de la tierra; pero también los seres vivientes del cielo y del mar. Lo hace en orden inverso al relato de la creación en el que Dios crea en el día 5º peces y aves (Gn 1,20-23), y en el día 6º ganados, reptiles y fieras (Gn 1,24-25). Se trata de otra manera de decir -por medio de la enumeración- que ha puesto todo bajo sus pies.

[v. 10] El salmista repite al pie de la letra el estribillo inicial, pero no cabe duda de que ahora puedo expresar mejor la grandeza del nombre del Señor por encima de la grandeza del cielo que ha creado, que tiene fuerza para vencer a sus enemigos con los medios más pequeños, y que ha creado al hombre, lo ha elevado a una relación especial con él y le ha entregado las obras de sus manos a pesar de su debilidad.

· · ·

El Salmo 8 es empleado en dos lugares muy significativos del Nuevo Testamento que ofrecen nuevas resonancias con las que puedo sintonizar en la oración.

El mismo Jesús lo usa después de su entrada en Jerusalén, cuando expulsa a los mercaderes del templo, y los sacerdotes y los escribas quieren impedir que los niños lo aclamen como «Hijo de David»:

Pero los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el templo «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron y le dijeron: «¿Oyes lo que dicen estos?». Y Jesús les respondió: «Sí; ¿no habéis leído nunca: “De la boca de los pequeñuelos y de los niños de pecho sacaré una alabanza”?» (Mt 21,15-16).

De este modo Jesús se identifica con el Dios que en el salmo recibe alabanza de los pequeños; y a los escribas y sacerdotes los señala como los enemigos a los que Dios vence a través de los medios más débiles.

También la carta a los Hebreos cita nuestro salmo:

Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero, del que estamos hablando; de ello dan fe estas palabras: ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el ser humano, para que mires por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, todo lo sometiste bajo sus pies. En efecto, al someterle todo, nada dejó fuera de su dominio. Pero ahora no vemos todavía que le esté sometido todo. Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte (Heb 2,5-9).

El autor de la carta a los Hebreos no duda en aplicar este salmo a Jesús para explicar su identidad: él es el Hijo de Dios que por la encarnación ha sido hecho hombre y, por tanto, poco inferior a los ángeles y al que, según la paradoja del salmo, se le ha concedido el poder sobre todo y se le ha coronado de gloria y honor. Pero a la luz de la Pascua el autor de la carta puede ver más allá y decir que es la pasión y muerte de Jesús lo que hace que reciba el poder sobre todo. A la paradoja de la debilidad y el poder que aparece en el hombre, se le suma la paradoja aún mayor de la pasión y muerte que es la causa de la gloria, del honor y el poder para Cristo, y el camino para que todo ser humano participe de ellos.

La misma Palabra de Dios me ayuda a entender que el salmo me habla de Jesús y me abre la posibilidad de leerlo y convertirlo en oración contemplativa mirando a Jesús, el Hijo de Dios, rechazado por sus enemigos, aclamado por los sencillos y, por la encarnación, hecho poco inferior a los ángeles, como yo.

A partir de ahí puedo leer el salmo a la luz de la plenitud de la Revelación en el Nuevo Testamento y rezarlo con una mayor profundidad:

1. En primer lugar, la luz del Nuevo Testamento me permite intentar responder al interrogante fundamental del salmo: ¿Qué es el hombre, tan débil y tan cercano a Dios? ¿Por qué Dios le da el dominio sobre todo y una relación tan especial con él?

Por medio de Cristo sabemos que somos hijos en el Hijo, que gracias a su encarnación, cruz y resurrección hemos sido hechos semejantes a él, de tal manera que nuestra esperanza es llegar a identificarnos con él. Es esa transformación en Cristo (que también se nos regala) lo que nos hace tan especiales para Dios:

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (1Jn 3,2).

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia (Ef 1,3-6).

A la luz del Nuevo Testamento se profundiza enormemente el don recibido de Dios y la especial relación con él, que se empieza a manifestar con la creación. Y ahora sabemos que todo eso lo recibimos gracias a Cristo y como una participación de lo que él es y tiene.

2. Pero la revelación en Cristo no elimina la pregunta del salmo, sino que en cierto sentido la profundiza. Porque debemos preguntarnos de nuevo qué hay en el hombre para que Dios quiera transformarlo en Cristo e introducirlo, por encima de los ángeles, en la relación misma de amor que hay en la Trinidad. La respuesta nos lleva a otro misterio, el de la Misericordia, que elige lo débil para hacerlo participar de la vida divina. Puedo rezar con la pregunta del Salmo 8, pero no como el que tiene una respuesta completa, sino como el que sabe que está sumergido en un misterio mucho mayor del que conmovía al salmista; reconociendo a la vez que la respuesta que espera Dios va más allá de las ideas y las palabras, porque se trata de una respuesta vital ya que, después de contemplar lo que soy para Dios y por qué soy valioso para él, tendré que responder con mi existencia a la dignidad recibida.

3. Saber que se me ha regalado esta nueva dignidad que me descubre y me regala Jesucristo, hace que se profundice también la conciencia de mi pequeñez y del inmerecimiento de lo que he recibido. Se da la paradoja de que cuanto más consciente soy de mi dignidad en Cristo, más consciente soy de mi pequeñez, porque todo eso lo he recibido sin merecerlo de ningún modo. Por eso, reconocer la grandeza recibida me debe llevar, al mismo tiempo, a la clara conciencia de mi pequeñez:

Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (1Co 3,23).

A ver, ¿quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? (1Co 4,7).

Y para colocarme en mi verdad, sin negar lo que recibo y la realidad de mi pequeñez, me ayuda la gran sabiduría de la Virgen:

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí (Lc 1,46-49).

4. Por último, la enseñanza de Jesús en el Evangelio ayuda a profundizar en la novedad del salmo en el v. 3, que indica que Dios vence a sus enemigos con la alabanza de los pequeños y hace maravillas a través de los elementos más débiles. Eso que indican algunas de las parábolas, es lo que resume san Pablo y constituye una parte esencial del mensaje evangélico:

Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra» (Mc 4,30-32; cf. Mt 13,33).

En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien (Lc 10,21).

En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos (Mt 18,3-4).

Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso (1Co 1,27).

La fuerza se realiza en la debilidad… Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2Co 12,9-10).

· · ·

Después de leer el salmo atentamente con toda la riqueza de contenido que descubro en él, especialmente a la luz del Nuevo Testamento, debo ir sembrando aquellas palabras concretas del salmo que Dios ha hecho resonar en mi interior, con la luz que me ha aportado la lectura de las notas, pero sin intentar abarcarlo todo, ni comprenderlo o memorizarlo todo. Se trata simplemente de dejar que calen en mi corazón con la humilde repetición silenciosa y contemplativa de aquellos «bocados» de la Palabra que él mismo me ha ofrecido. Según las palabras concretas del salmo que Dios me ha señalado con su luz, esta repetición contemplativa puede seguir diversos caminos.

Quizá me sienta movido a la admiración y la alabanza por la creación: «¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!»; «Ensalzaste tu majestad sobre los cielos»; «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado».

O me sienta arrastrado a la admiración por el mismo ser humano y por lo que Dios hace por medio de los sencillos: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él?»; «Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad»; «De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos para reprimir al adversario y al rebelde».

Tal vez necesite repetir estas palabras del salmo haciendo mía la relación especial que Dios me ofrece y que se enriquece con Cristo: «¿Quién soy yo para que te acuerdes de mí?»; «¿Quién soy yo, para que mires por mí?».

A la luz de la dignidad de hijos de Dios que se añade a la de ser imagen y semejanza de Dios, puedo repetir en primera persona: «Me coronaste de gloria y dignidad».

El salmo puede llevarme a ir contemplando la creación por medio de la repetición de las palabras del salmo que la presentan como el regalo de Dios que me hace: «Le diste el mando sobre las obras de tus manos. Todo lo sometiste bajo sus pies. Rebaños de ovejas y toros, y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar que trazan sendas por el mar».

También puedo repetir algunas frases del salmo refiriéndolas a Cristo, como paso a contemplarle a él, gustando cómo se abaja por la encarnación y cómo Dios lo ensalza por su pasión y muerte: «Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos. Todo lo sometiste bajo sus pies».

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Si realmente he entrado en sintonía con la oración del salmo, la mejor respuesta a Dios que puedo ofrecer es mi propia admiración y mi propio interrogante ante su predilección: mi «qué soy yo» admirado y mi «qué soy yo» que se interroga ante la causa de su propia dignidad. Esa respuesta de la admiración puede seguir varios caminos y debo seguir dócilmente el que Dios me señale con su luz.

  • -Puedo admirarme por la grandeza de Dios que se manifiesta en el cielo y las estrellas (mucho más grandes y hermosas de lo que el hombre antiguo podía imaginar).
  • -Puedo admirarme (personalmente) porque Dios se fija en mí y me cuida.
  • -Puedo, especialmente, admirarme y agradecer, más allá del salmo, la gran dignidad de hijo de Dios que se me ha regalado y que constituye mi gloria y dignidad.
  • -Puedo presentarle, unido a María, el reconocimiento de mi pequeñez e inmerecimiento a la vez que reconozco las maravillas de Dios en mí, en mi vida concreta.

Pero también las resonancias del salmo me pueden llevar a la petición y al ofrecimiento:

  • -Pedir la misericordia y el amor gratuito, que son el último fundamento de mi dignidad y de mi plenitud.
  • -Pedir por aquellos que se sienten pequeños, limitados y débiles pero no han descubierto aún la fuente de su dignidad que es el amor personal y concreto de Dios, especialmente a través de Jesucristo.
  • -Pedir la pequeñez que permita a Dios hacerme instrumento suyo.
  • -Presentarle mi respuesta viva al interrogante del salmo, disponiéndome a mantenerme a la altura del don que me ha hecho. Pedirle que no olvide quién soy gracias a él y que me mantenga en la relación personal que me ofrece.
  • -Ofrecerle con fe la pequeñez de mi alabanza para que él venza a sus enemigos. Pedirle que me haga niño para que pueda ser instrumento suyo.

Una curiosa forma de responder a Dios con el salmo es la que quiere aceptar y ejercer el poder que nos da Dios sobre las fieras, pero no para desplegarlo fuera de nosotros mismos, como nos indican los Padres de la Iglesia:

Que dominen la bestias salvajes. ¿Dominas toda clase de fieras? Me responderás: -«Es que tengo fieras dentro de mí». -«Sí, y muchas; llevas dentro una multitud de fieras. No lo tomes a ofensa. Fiera grande es la cólera cuando ladra en tu corazón: ¿no es más feroz que cualquier mastín? La perfidia guarecida en un alma pérfida ¿no es más feroz que un oso de las cavernas? ¿No es una fiera la hipocresía? El que injuria afiladamente ¿no es un escorpión? El codicioso ¿no es lobo rapaz? ¿Qué clase de fiera no llevamos dentro? El lujurioso ¿no es un caballo enfurecido?… En resumen, que hay muchas fieras en nosotros. Pues, si dominando a las fieras de fuera, dejas que te dominen las de dentro ¿te han hecho realmente señor de las fieras?… Te han creado para dominar, dominar las pasiones, dominar las fieras… El poder que nos han dado sobre los seres vivientes nos prepara para dominarnos a nosotros» (San Basilio de Cesarea).

· · ·

Nunca sabemos por dónde puede llevarme Dios cuando me da la gracia de la silenciosa y amorosa contemplación de su rostro a partir de su Palabra. Pero no sería extraño que después de escuchar y responder, la lectio con este salmo, ya sin palabras, me lleve a una profunda admiración silenciosa de la creación y especialmente de nosotros mismos; a recibir en silencio todo lo que el salmo me ayuda a entender que Dios quiere darme; a agradecer lleno de júbilo lo que inmerecidamente he recibido; a abrazar en silencio mi pequeñez y debilidad que atrae a la misericordia de Dios que me eleva hasta él; a mirar a Cristo, que de forma completamente nueva hace de la debilidad de la cruz fundamento de gloria y dignidad; o simplemente a dejar confiadamente que Dios me haga niño y pueda servirse de mi alabanza.

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.