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Introducción
Después de habernos adentrado en la acción creadora de Dios y comprender que tiene su origen no sólo en su poder, sino también en su amor, debemos descubrir que Dios sigue actuando con su amor todopoderoso en la creación y en la historia. Él no abandona su creación, sino que está comprometido en llevar a su fin su plan salvador, en el que el hombre tiene un papel muy especial. Esa actuación de Dios para realizar su proyecto de salvación es la Providencia. Contemplar la providencia de Dios nos tiene que inundar de confianza y, a la vez, ayudarnos a aceptar que estamos llamados a colaborar con la providencia de Dios. Es cierto que la Providencia tiene caminos que resultan misteriosos para nosotros, porque Dios no elimina el sufrimiento y el pecado, pero podemos tener la certeza de fe que realizará eficazmente lo que con tanto amor tenía pensado desde la eternidad.
Hemos querido ilustrar este tema con algunos textos de un clásico de la espiritualidad católica el libro de Dom Vital Lehodey sobre El Santo Abandono que nos da una perspectiva muy precisa de lo que supone creer en la divina providencia1.
Éste es el lugar de nuestro tema en el conjunto del Catecismo:
Primera sección: Creo-Creemos
Segunda sección: La profesión de la fe cristiana
(Los símbolos de la fe)
Cap. 1: Creo en Dios Padre
Artículo 1: «Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra»
Párrafo 1: Creo en Dios
Párrafo 2: El Padre
Párrafo 3: El Todopoderoso
Párrafo 4: El Creador
I. La catequesis sobre la Creación
II. La Creación: obra de la Santísima Trinidad
III. «El mundo ha sido creado para la gloria de Dios»
IV. El misterio de la Creación
V. Dios realiza su designio: la divina providencia
Párrafo 5: El cielo y la tierra
Párrafo 6: El hombre
Párrafo 7: La caída
Cap. 2: Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios
Cap. 3: Creo en el Espíritu Santo
Dios realiza su misión: la divina providencia
[302] La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada «en estado de vía» (in statu viae) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección:
«Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, “alcanzando con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiéndolo todo suavemente” (Sb8,1). Porque “todo está desnudo y patente a sus ojos” (Hb4,13), incluso cuando haya de suceder por libre decisión de las criaturas» (Concilio Vaticano I: DS, 3003).
La fe en la providencia divina está directamente relacionada con la verdad revelada del Dios creador. Cuando reflexionamos sobre el n. 301 del Catecismo aprendimos que «Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término». La Revelación no sólo nos dice que Dios creó el mundo, sino que conserva y protege las obras de sus manos, y lo hace por la misma razón por la que las creó: por amor.
La doctrina de la Providencia significa más bien lo siguiente: El mundo no está solamente regido por las leyes físicas y lógicas constatadas por la ciencia ni por las imposiciones y dictados de inescrutables potencias existenciales. Todo lo que sucede, sólo sucede porque así lo quiere el Amor incomprensible, mejor dicho, el Amante eterno, o para expresamos con más precisión, el Amor en persona. En cada uno de los acontecimientos nos mira ese Amor, se acerca a nosotros, nos atrae hacia sí. Las cosas y los hombres con quienes tenemos que tratar no están ahí porque así lo quiere una misteriosa arbitrariedad o la casualidad destructora. En un mundo en que no gobernase la Providencia divina, podría existir un orden, pero un orden que con absoluta indiferencia se impondría, sin cuidarse de la suerte de los particulares, del mismo modo que las estrellas nos miran frías y mudas desde lo alto, o como el mar que vuelve a recobrar su impávido silencio después que ha hundido a un buque en sus abismos2.
En consecuencia, no se puede aceptar y aprovechar la verdad bíblica de la creación, si no comprendemos la providencia de Dios y creemos en ella. Creación sin providencia sería una idea de la creación extraña a la Revelación, como la de los deístas que piensan que Dios creó el mundo y se olvidó de él, una extraña fe que al final conduce al ateísmo y a la desesperación.
Para comprender el sentido de la providencia de Dios hemos de caer en la cuenta de que la creación no es algo totalmente acabado, perfectamente terminado, sino que está todavía en camino hacia su perfección: Dios lo ha creado todo para un fin, que ya especificaremos, pero todavía no lo alcanzado. Por eso la Providencia tiene que ver con lo que llamamos «creación continua», con una acción creadora de Dios que no terminó en el sexto día. Así lo afirman los Santos Padres:
Puede también entenderse que Dios descansó de crear algún otro género de creatura, porque en adelante ya no creó ningún otro género nuevo; y desde entonces hasta ahora y en adelante obra en el gobierno de aquellos géneros que fueron creados entonces, sin cesar aún en el día séptimo de administrar con su poder el cielo y la tierra y todas las cosas que creó, pues de otro modo inmediatamente dejarían de ser… Porque no obra Dios como el arquitecto, el cual habiendo construido una casa, se retira, y, no obstante, la obra permanece sin necesidad de su trabajo y presencia. Si Dios retirase su gobierno del mundo, éste no podría subsistir, ni el tiempo de un parpadeo (San Agustín)3.
Dios no solo llevó a cabo la creación en el principio sino que también sigue protegiendo y nutriendo todo lo que ha producido. Ya sean los ángeles o los arcángeles o las potestades superiores o todo lo que podamos comprender e incluso lo que escapa a nuestra mente, absolutamente todo se beneficia de su providencia, pues si se vieran privados de su eficaz actividad en su favor, se verían abocados a destruirse disolviéndose en la nada: desaparecerían (San Juan Crisóstomo)4.
Y así lo explica el Magisterio de la Iglesia:
Dios, al crear, llamó de la nada a la existencia todo lo que ha comenzado a ser fuera de Él. Pero el acto creador de Dios no se agota aquí. Lo que surgió de la nada volvería a la nada, si fuese dejado a sí mismo y no fuera, en cambio, conservado por el Creador en la existencia. En realidad, Dios, habiendo creado el cosmos una vez, continúa creándolo, manteniéndolo en la existencia. La conservación es una creación continua (Conservatio est continua creatio). Podemos decir que la Providencia Divina, entendida en el sentido más genérico, se manifiesta ante todo en esa «conservación»: es decir, manteniendo en la existencia todo lo que recibió de la nada el ser. En este sentido, Ia Providencia es como una constante e incesante confirmación de la obra de la creación en toda su riqueza y variedad. La Providencia significa la constante e ininterrumpida presencia de Dios como creador, en toda la creación: una presencia que continuamente crea y continuamente llega a las raíces más profundas de todo lo que existe, para actuar allí como causa primera del ser y del actuar. En esta presencia de Dios se expresa continuamente la misma voluntad eterna de crear y de conservar lo que ha sido creado: una voluntad suma y plenamente soberana, mediante la cual Dios, según la naturaleza misma del bien que le es propia de modo absoluto (bonum diffusivum sui), continúa pronunciándose, lo mismo que en el acto primero de la creación, en favor del ser contra la nada, en favor de la vida contra la muerte, en favor de la «luz» contra las «tinieblas» (cfr Jn 1,4-5), en una palabra: en favor de la verdad, del bien y de la belleza de todo lo que existe. En el misterio de la Providencia se prolonga de modo ininterrumpido e irreversible el juicio contenido en el Libro del Génesis: «Vio Dios que era bueno…, que era muy bueno» (Gen 1,25.31): es decir, constituye la fundamental e inquebrantable afirmación de la obra de la creación5.
La Providencia divina tiene que ver también con la sabiduría de Dios, que no es sólo creadora, sino que ordena todas las cosas según su finalidad y orden, dotándolas de leyes para que alcancen el fin para el que han sido creadas y, además, gobierna el mundo y la historia6.
Providencia es el cuidado que Dios consagra a los suyos. Por otra parte, Providencia es también la voluntad de Dios, la cual comunica a cada cosa la dirección que le corresponde. Ahora bien, si la Providencia divina es voluntad, todo lo que sucede providencialmente tiene que ser sumamente excelente y digno de Dios y tiene que suceder del mejor modo posible. Porque el creador y el providente de todo lo que existe tiene que ser una sola y la misma persona. No sería justo ni lógico que el creador de lo que es fuese distinto del providente. Porque en ese caso les faltaría a ambos la fuerza: al uno para crear, al otro para prever. Dios es, por consiguiente, creador y providente y su fuerza creadora, conservadora y provisora es su buena voluntad. Porque «todo lo que ha querido, el Señor lo ha hecho en la tierra y en el cielo», y nadie puede oponerse a su voluntad. Él quiso que las cosas se hiciesen y efectivamente se hicieron. Dios quiere que el mundo exista, y el mundo existe, y sucede todo lo que quiere. Que Dios se cuida de todo y que se cuida del mejor modo posible lo demuestra la siguiente reflexión: Dios solamente es por naturaleza bueno y sabio. Porque es bueno, se cuida de las cosas. Si no se cuidase de ellas no sería bueno. También los hombres y los seres irracionales se cuidan de sus hijos. Y se reprende al que no cuida de ellos. Como quiera que Dios es sabio, se cuida del ser del mejor modo posible. Si tenemos esto en cuenta no podremos menos de admirar las obras de la Providencia, de alabarlas todas, de aceptarlas sin cavilar, aun cuando al vulgo le parezcan injustas (San Juan Damasceno)7.
La teología define la Providencia en sentido estricto como el plan eterno de Dios sobre la creación, en el que actúa el entendimiento y la voluntad de Dios. La Providencia en sentido amplio añade a ese plan eterno la ejecución en el tiempo de ese plan.
Providencia entendida en sentido amplio es el cuidado que Dios consagra a la Creación en general. Providencia en sentido estricto designa las intervenciones divinas mediante las cuales las criaturas son guiadas hacia su fin. En este segundo sentido conviene distinguir un doble aspecto: el orden conocido y determinado por Dios desde la eternidad, en conformidad con el cual las criaturas han de ser conducidas hacia la meta que les ha sido determinada y la realización de esta orientación hacia la meta. Lo primero puede denominarse Providencia en sentido estrictísimo; lo segundo es el gobierno divino del mundo8.
Santo Tomás define la Providencia como la «razón de orden hacia el fin» de las cosas, en el sentido de que Dios ordena las criaturas a un fin, en especial al fin último que es la bondad divina. Previamente a la creación está en Dios la razón de ser de las cosas, el fin para el que han sido creadas. La Providencia es el acto del entendimiento divino que ordena cada cosa a su fin9.
La existencia de la Providencia y del gobierno del mundo se deduce del hecho de que Dios ha creado el mundo con un fin determinado. Por consiguiente, tiene que tener una idea de este fin y de la orientación de las criaturas hacia la consecución de ese fin. Además, Dios, por ser la causa universal y omnisciente, tiene que mover el mundo hacia el fin que le ha señalado. La ejecución del orden del mundo, por Él determinado, la verifica tanto directamente como indirectamente, por medio de las criaturas (leyes naturales, disposiciones espirituales de los individuos, influencia por parte de un tercero, lances de fortuna, comunidades religiosas y políticas)10.
Pero es imprescindible que no consideremos el fin de la creación desde un punto de vista puramente natural. La Providencia no es simplemente la que cuida de la creación para mantenerla en el ser, para conservar su armonía y llevarla a la plenitud de su realidad creada, sino la que la conduce infaliblemente a su fin sobrenatural:
Dios como padre omnipotente y sabio está presente y actúa en el mundo, en la historia de cada una de sus criaturas, para que cada criatura, y especialmente el hombre, su imagen, pueda realizar su vida como camino guiado por la verdad y el amor hacia la meta de la vida eterna en Él. «¿Para qué fin nos ha creado Dios?» se pregunta la tradición cristiana de la catequesis. E iluminados por la gran fe de la Iglesia, tenemos que repetir pequeños y grandes, estas palabras u otras semejantes: «Dios nos ha creado para conocerlo y amarlo en esta vida, y gozar de Él eternamente en la otra»11.
Siendo como es bueno y santo, no obra sobre nosotros sino con los fines más nobles y beneficiosos. «Su objeto es y será indefectiblemente uno»: la gloria de Dios. «El Señor ha hecho todas las cosas para sí mismo», nos dice la Escritura, y no hemos de lamentamos por esto, pues esta gloria no es otra cosa que la alegría de darnos la eterna felicidad12.
Por eso la divina providencia se relaciona directamente con la predestinación que la Trinidad realiza desde antes de la creación por medio de la cual atisbamos que la providencia planifica y actúa en función del destino último del hombre que es participar eternamente de la vida de Dios. Los escritos apostólicos nos ayudan a entender en qué consiste esa predestinación de los hombres en Cristo, que nada tiene que ver con un capricho arbitrario de Dios y que nos aleja del fatalismo, de la desesperación y de la orgullosa autosuficiencia13. El objetivo que busca la providencia es la salvación de los hombres en Cristo de forma plena y definitiva.
Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado. En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de la gracia que en su sabiduría y prudencia ha derrochado sobre nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad: el plan que había proyectado realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. (Ef 1,3-10).
[Dios, nuestro Salvador] quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1Tm 2,4).
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final (1Pe 1,3-5).
La realidad de la providencia divina ha sido y es rechazada desde diferentes ámbitos y doctrinas14:
- -El fatalismo pagano, que cree en un destino fatal que lleva a los hombres a un destino trágico e inevitable.
- -El deísmo, que nace con la ilustración, que no niega la existencia de Dios, pero que cree en un Dios que crea el mundo y se desentiende de él.
- -El materialismo contemporáneo, que se da la mano del cientifismo, que elimina la posibilidad de cualquier causa o intervención sobrenatural en la naturaleza, sometida simplemente a las leyes físicas y al azar.
Ni una sola cosa que se haya hecho o que se vaya a hacer escapa al conocimiento de Dios, pues es a través de su providencia, como cada cosa ha recibido y recibe su configuración, rango, número y cantidad propia. Nada en absoluto se ha producido o se produce en vano o por azar, sino que, por el contrario, todo ha sido hecho con la exacta armonía y arte sublime, ya que existe un Logos trascendente y verdaderamente divino, capaz de discernir todas las cosas y de manifestar las razones de su existencia (San Ireneo)15.
No han faltado al hombre, a lo largo de toda su historia, ya sea en el pensamiento de los filósofos, ya en las doctrinas de las grandes religiones, ya en la sencilla reflexión del hombre de la calle, razones para tratar de comprender, más aún, de justificar la actuación de Dios en el mundo. Las soluciones son diversas y evidentemente no todas son aceptables, y ninguna plenamente exhaustiva. Hay quien desde los tiempos antiguos se ha remitido al hado o destino ciego y caprichoso, a la fortuna vendada. Hay quien para afirmar a Dios ha comprometido el libre albedrío del hombre, o quién, sobre todo en nuestra época contemporánea para afirmar al hombre y su libertad, piensa que se debe negar a Dios. Soluciones extremistas y unilaterales que nos hacen comprender al menos qué lazos fundamentales de vida entran en juego cuando decimos «Divina Providencia»16.
El acaso [la casualidad] no es sino una palabra vacía de sentido, o mejor aún es «la Providencia de incógnito», pero para los corazones maleados que quisieran prescindir de la sumisión de la oración y del reconocimiento, es la laicización de la Providencia. «Nada sucede en nuestra vida por movimientos al acaso, sabedlo bien, todo cuanto acontece contra nuestra voluntad no sucede sino en conformidad con la voluntad de Dios, según su Providencia y el orden que El tenía determinado, el consentimiento que El da y las leyes que ha establecido.» Así habla San Agustín. «Hay algunos casos fortuitos, accidentes inesperados; mas son fortuitos e inesperados solamente para nosotros…, en realidad son un designio de la Providencia soberana, que ordena y reduce todas las cosas a su servicio.» «Dios, al guiar a sus criaturas, no les manifiesta sus designios; ellas van y vienen cada cual en su camino. La fatalidad quiere que unos encuentren en su camino la ocasión de hacer fortuna y otras causas de pérdidas y de minas; fatalidad es ciertamente para el hombre que no ha visto todas las combinaciones, mas para Dios, que ha determinado hasta ese punto las circunstancias, todo ha sido providencial»17.
Aceptar o no la Providencia tiene importantes consecuencias para el modo de enfrentarse a la vida con todas sus luchas y sufrimientos:
A pesar de su inmutabilidad, el plan divino del mundo es totalmente distinto de la irrevocable regularidad de la Naturaleza con su concatenación de causas y efectos, y se distingue también de la inexorable fatalidad. La fatalidad es ciega, ante ella el hombre sólo puede adoptar una actitud de heroica desesperación. El que cree en la Providencia sabe que los destinos de su vida están en la mano del Padre Eterno, bondadoso, omnipotente y amante, que conduce todo hacia la Salvación, aun a través de penalidades y sufrimientos. Dios, que es amor, rige los destinos del hombre con mano fuerte y bondadosa. Allí la vida no va abocada a una catástrofe, sino a la perfección de la riqueza divina. La muerte es el fin de una existencia de penuria y pobreza, y el comienzo de una vida rica y pletórica18.
Al confirmar esta constante doctrina de la fe cristiana, el Concilio [Vaticano I] intentaba contraponerse a los errores del materialismo y del deísmo de entonces. El materialismo, como se sabe, niega la existencia de Dios, mientras el deísmo, aun admitiendo la existencia de Dios y la creación del mundo, sostiene que Dios no se ocupa en absoluto del mundo que ha creado. Se podría decir, pues, que precisamente el deísmo con su doctrina ataca directamente la verdad sobre la Divina Providencia. La separación de la obra de la creación de la Providencia Divina, típica del deísmo, y todavía más la total negación de Dios propia del materialismo, abren camino al determinismo materialista, al cual están completamente subordinados el hombre y su historia. El materialismo teórico se transforma en materialismo histórico. En este contexto, la verdad sobre la existencia de Dios, y en particular sobre la Providencia Divina, constituye la fundamental y definitiva garantía del hombre y de su libertad en el cosmos […]. Dios es el fundamento inquebrantable sobre el que el hombre se apoya con todo su ser19.
Lo dicho hasta aquí nos impide pensar que al hablar de la Providencia nos enfrentamos a una verdad teórica, lejana y fría que no tiene consecuencias prácticas ni se refleja en nuestra vida espiritual, porque, como sucede con la creación, «reconocer esta dependencia completa [de la creación] con respecto al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza» (Catecismo, n. 301).
Algunos pueden pensar que la afirmación de la Providencia sólo afecta a Dios y no tiene consecuencias para la idea del ser humano y para el desarrollo de su existencia; es más, algunos llegan a pensar que la Providencia ataca la libertad humana. La realidad es todo lo contrario: la concepción cristiana de la providencia de Dios es el fundamento del ser y de la dignidad del hombre porque lo sacan del determinismo e insertan su libertad en un plan que tiene sentido:
Se puede decir que la Providencia Divina como soberana afirmación, por parte de Dios, de toda la creación y, en particular, de la preeminencia del hombre entre las criaturas, constituye la garantía fundamental de la soberanía del hombre mismo con relación al mundo. Esto no significa la anulación de la determinación inmanente en las leyes de la naturaleza, sino la exclusión de ese determinismo materialista, que reduce toda la existencia humana al «reino de la necesidad», aniquilando prácticamente el «reino de la libertad», que, en cambio, el Creador ha destinado al hombre. Dios con su Providencia no cesa de ser el apoyo último del «reino de la libertad». La fe en la Providencia Divina, como se ve, está íntimamente vinculada con la concepción basilar de la existencia humana, es decir, con el sentido de la vida del hombre. El hombre puede afrontar su existencia de modo esencialmente diverso, cuando tiene certeza de no estar bajo el dominio de un ciego destino (fatum), sino que depende de Alguien que es su Creador y Padre. Por esto, la fe en la Divina Providencia inscrita en las primeras palabras del Símbolo Apostólico: «Creo en Dios Padre todopoderoso», libera a la existencia humana de las diversas formas del pensamiento fatalista20.
La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador (Gaudium et spes, 19).
No es extraño que el Magisterio de la Iglesia se viera obligado a salir al paso de todos estos errores que nos privan del conocimiento de la providencia de Dios y de la posibilidad de confiar en ella:
Ahora bien, todo lo que Dios creó, con su providencia lo conserva y gobierna alcanzando de un confín a otro poderosamente y disponiéndolo todo suavemente (cf. Sab 8,1), porque todo está desnudo y patente ante sus ojos (Hebr 4,13), aun lo que ha de acontecer por libre acción de las criaturas (Concilio Vaticano I)21.
Aunque como católicos podemos sentirnos lejos de estas posturas que niegan la acción providente de Dios en el mundo, en la historia y en nuestra vida, debemos tener mucho cuidado porque en la práctica podemos aceptar juicios, pensamientos y sentimientos que nos lleven a pensar en fatalidades inevitables, en un Dios que se olvida de nosotros o en una realidad en que Dios no puede intervenir y en la que sólo podemos buscar las causas naturales para enfrentarnos a los retos de la vida y del seguimiento de Cristo.
Hay que reconocer las dificultades que produce la afirmación de un Dios providente, pero eso no nos debe llevar a negarla sin más, sino a encontrar respuesta a los interrogantes que plantea:
¿Cómo se conjuga la acción omnipotente de Dios con nuestra libertad, y nuestra libertad con sus proyectos infalibles? ¿Cuál será nuestro destino futuro? ¿Cómo interpretar y reconocer su infinita sabiduría y bondad ante los males del mundo: ante el mal moral del pecado y el sufrimiento del inocente? ¿Qué sentido tiene esta historia nuestra, con el despliegue a través de los siglos, de acontecimientos de catástrofes terribles y de sublimes actos de grandeza y santidad?… ¿El eterno fatal retorno de todo al punto de partida sin tener jamás un punto de llegada, a no ser un cataclismo final que sepultará toda la vida para siempre, o -y aquí el corazón siente tener razones más grandes que las que su pequeña lógica llega a ofrecerle- hay un Ser Providente y Positivo a quien llamamos Dios, quien nos rodea con su inteligencia ternura sabiduría, y guía «fortiter ac suaviter» nuestra existencia -la realidad, el mundo, la historia, nuestras mismas voluntades rebeldes, si se lo permiten- hacia el descanso del «séptimo día» de una creación que llega finalmente a su cumplimiento?22.
Es necesario comprender que en la providencia de Dios se dan junta y coordinadamente los dos elementos que menciona el concilio Vaticano I: conservar y gobernar. Dios no sólo cuida, sino que lo hace como el que tiene la suprema autoridad; gobierna como todopoderoso, pero con una autoridad llena de solicitud para que la creación, especialmente el ser humano, alcance su fin.
Hay dos elementos presentes en el concepto de la Divina Providencia: el elemento del cuidado («cuida») y a la vez el de la autoridad («gobierna»). Se compenetran mutuamente. Dios como Creador tiene sobre toda la creación la autoridad suprema (el «dominium altum»), como se dice, por analogía con el poder soberano de los príncipes terrenos. Efectivamente, todo lo que ha sido creado, por el hecho mismo de haber sido creado, pertenece a Dios, su Creador, y, en consecuencia, depende de Él. En cierto sentido, cada uno de los seres es más «de Dios» que «de sí mismo». Es primero «de Dios» y, luego, «de sí». Lo es de un modo radical y total que supera infinitamente todas las analogías de la relación entre autoridades y súbditos de la tierra. La autoridad del Creador («gobierna») se manifiesta como solicitud del Padre («cuida»). En esta otra analogía se contiene en cierto sentido el núcleo mismo de la verdad sobre la Divina Providencia […]. La Providencia Divina es, en efecto, una «autoridad llena de solicitud» que ejecuta un plan eterno de sabiduría y de amor, al gobernar el mundo creado y en particular «los caminos de la sociedad humana» (Dignitatis humanae, 3). Se trata de una «autoridad solícita», llena de poder y al mismo tiempo de bondad23.
La Iglesia tiene el deber de comunicar al mundo el sentido de la Providencia para que cada ser humano pueda acogerse con confianza a él, evitando el temor y la duda de ponerse en sus manos, ya sea por la dificultad que representa el sufrimiento o por la atracción de las cosas que le hace olvidarse del Creador.
La Iglesia puede, la Iglesia quiere, la Iglesia debe decir y dar al mundo la gracia y el sentido de la Providencia de Dios, por amor al hombre, para sustraerlo al peso aplastante del enigma y confiarlo a un misterio de amor grande, inconmensurable, decisivo, como es Dios. Así que el vocabulario cristiano se enriquece de expresiones sencillas que constituyen, hoy como ayer, el patrimonio de fe y de cultura de los discípulos de Cristo: Dios ve, Dios sabe, si Dios quiere, vivir en la presencia de Dios, hágase su voluntad. Dios escribe derecho con nuestros renglones torcidos…, en síntesis: la Providencia Divina24.
Aquí el contemplativo descubre una misión en el mundo: vivir plenamente con confianza en la providencia divina de modo que pueda ser testigo ante los hombres de un Dios providente para que puedan escapar de la angustia y del sinsentido. Además, el contemplativo se apoya en la fe en la Providencia para contemplar el amor de Dios en todas las cosas y reaccionar con confianza y amor en todas las situaciones, como propone san Ignacio al final de los Ejercicios espirituales en la famosa contemplación para alcanzar amor.
En el mundo gobernado por la Providencia, no hay suceso alguno, aun el más mínimo e insignificante, que no estuviese orientado hacia el bien del hombre, no hay situación existencial alguna que no haya sido querida por el Amor personal. En todo y en todas las cosas, el hombre contempla el semblante del Amor. El que cree en la Providencia puede alcanzar un estado de continua conformidad con el Amor personal y divino, aun en medio de los acontecimientos cotidianos. Esos acontecimientos adquieren de este modo un aspecto extraordinario, vienen de más allá de lo cotidiano y vuelven allá. En este encuentro con Dios, que se realiza de distinta manera en cada uno de los hombres, el mundo queda transformado, se renueva. Todo se convierte en motivo, ocasión y exigencia a ponerse de acuerdo con Dios25.
[303] El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: «Nuestro Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo realiza» (Sal115,3); y de Cristo se dice: «Si Él abre, nadie puede cerrar; si Él cierra, nadie puede abrir» (Ap3,7); «hay muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza» (Pr19,21).
La Iglesia no cree en la Providencia y la manifiesta a los hombres por razones filosóficas, por razonamientos o conveniencias humanas, sino por el testimonio de la misma Palabra de Dios.
En el AT Dios se revela como señor de la Naturaleza, como autor de la Historia, como origen y guía de los destinos. Su dominio sobre la Naturaleza significa para el hombre salvación, protección, bendición, Es cierto que su gobierno es misterioso; el hombre no puede comprenderlo, y a menudo le parece incomprensible26.
Veamos algunos ejemplos del Antiguo Testamento en los que aparece con claridad que Dios no sólo domina en la creación, sino también en la historia; y no sólo en la historia de Israel, sino en la historia de la humanidad entera. Y, a la vez, se preocupa de cada persona en lo concreto de su existencia. El contemplativo acude a estos textos bíblicos no sólo para apoyar una verdad teológica, sino para hacerlos objeto de su contemplación y fundamento de su confianza en el Dios providente:
- -Es el Dios todopoderoso quien cuida de la creación y de sus criaturas:
Con portentos de justicia nos respondes,
Dios, salvador nuestro;
tú, esperanza del confín de la tierra
y del océano remoto.
Tú que afianzas los montes con tu fuerza,
ceñido de poder;
tú que reprimes el estruendo del mar,
el estruendo de las olas
y el tumulto de los pueblos.
Los habitantes del extremo del orbe
se sobrecogen ante tus signos,
y las puertas de la aurora y del ocaso
las llenas de júbilo.
Tú cuidas la tierra, la riegas
y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua,
preparas los trigales;
así preparas la tierra.
Riegas los surcos,
igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes.
Coronas el año con tus bienes,
tus carriles rezuman abundancia;
rezuman los pastos del páramo,
y las colinas se orlan de alegría;
las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses,
que aclaman y cantan (Sal 65,6-14).
Haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
aceite que da brillo a su rostro,
y el pan que le da fuerzas (Sal 104,14-15).
¿Es que a mí no me teméis?,
¿no tembláis en mi presencia?
oráculo del Señor .
Yo puse la arena como límite al mar,
una frontera que jamás traspasará;
se agitan las aguas, pero son impotentes,
mugen sus olas, pero no lo traspasan (Jr 5,22).
Dios es sublime y poderoso,
¿qué maestro se le puede comparar? […].
Atrae hacia sí las gotas de agua,
las filtra de su fuente como lluvia,
la lluvia destilada por las nubes,
que riega a toda la humanidad […].
De este modo alimenta a los pueblos,
les regala sustento en abundancia (Job 36,22.27-28.31).

- -El Señor del universo cuida de su pueblo frente a las amenazas de los reyes del mundo.
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.
Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:
el Señor del universo está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.
Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.
El Señor del universo está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:
pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos (Sal 46,2-10).
- -También mueve los hilos de la historia, como la aparición o la derrota de los reyes del mundo:
Esto dice el Señor a su Ungido, a Ciro:
«Yo lo he tomado de la mano,
para doblegar ante él las naciones
y desarmar a los reyes,
para abrir ante él las puertas,
para que los portales no se cierren.
Yo iré delante de ti, allanando señoríos;
destruiré las puertas de bronce,
arrancaré los cerrojos de hierro;
te daré los tesoros ocultos,
las riquezas escondidas,
para que sepas que yo soy el Señor,
el Dios de Israel, que te llamo por tu nombre.
Por mi siervo Jacob,
por mi escogido Israel,
te llamé por tu nombre,
te di un título de honor,
aunque no me conocías» (Is 45,1-4).
Daniel alzó la voz y dijo:
«Bendito sea el nombre de Dios
por los siglos de los siglos,
pues suyos son la sabiduría y el poder.
Él hace cambiar los tiempos y las estaciones,
y quita y pone a los reyes,
da la sabiduría a los sabios
y la inteligencia a los inteligentes» (Dn 2,20-21).
- -Cada persona en concreto puede y debe experimentar el cuidado y el acompañamiento de Dios que se convierte así en un pastor que provoca la plena confianza en él:
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término (Sal 23)27.
- -Nada se escapa de la providencia divina porque él es el único Dios:
Yo soy el Señor y no hay otro;
fuera de mí no hay dios.
Te pongo el cinturón,
aunque no me conoces,
para que sepan de Oriente a Occidente
que no hay otro fuera de mí.
Yo soy el Señor y no hay otro,
el que forma la luz y crea las tinieblas;
yo construyo la paz y creo la desgracia.
Yo, el Señor, realizo todo esto (Is 45,5-7; cf. Eclo 17,16).
- -Tampoco el sufrimiento y el dolor escapa a la providencia de Dios:
Dichoso el mortal a quien Dios corrige:
no rechaces la lección del Todopoderoso,
porque hiere y pone la venda,
golpea y cura con su mano.
Seis veces te salva de aprietos,
a la séptima te evita los males;
cuando hay hambre no te deja morir,
en la refriega te libra de la espada;
te ocultará del azote de la lengua,
sin miedo a la llegada del desastre;
te reirás de hambres y desastres,
sin miedo a las bestias salvajes;
pactarás con las piedras del campo,
tendrás paz con las bestias del campo;
gozarás de la paz de tu tienda,
verás tus campos prosperar;
conocerás una larga progenie,
floreciente como el heno del campo;
bajarás a la tumba maduro,
como manojo de espigas en sazón.
Hemos comprobado que todo esto es cierto;
haz caso a lo dicho y apréndetelo (Job 5,17-26).
Oh Dios, nos pusiste a prueba,
nos empujaste a la trampa,
nos echaste a cuestas un fardo:
sobre nuestro cuello cabalgaban los mortales;
pasamos por fuego y por agua,
pero nos has dado respiro (Sal 66,10-12).
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte (Sal 118,18).
Antes de sufrir, yo andaba extraviado,
pero ahora me ajusto a tu promesa (Sal 119,67).
Pero es especialmente el Nuevo Testamento el que nos presenta con más fuerza y claridad el gobierno providente de Dios y su consecuencia inmediata: la confianza.
Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia (Mt 6,25-34).
A vosotros os digo, amigos míos: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os voy a enseñar a quién tenéis que temer: temed al que, después de la muerte, tiene poder para arrojar a la gehenna. A ese tenéis que temer, os lo digo yo. ¿No se venden cinco pájaros por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se olvida Dios. Más aún, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No tengáis miedo: valéis más que muchos pájaros (Lc 12,4-7).
Mención especial merece el texto de Mt 6,33, que señala que lo único que debe preocuparnos es el plan salvador de Dios que se identifica con su reino, y todo lo demás nos lo proporcionará el Dios providente: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura».
La Providencia divina tiende, pues, a asegurar y fomentar el Reino de Dios, es decir, el señorío divino entre los hombres. La clave que nos permite comprender el sentido de las enseñanzas de Cristo sobre la Providencia es la siguiente frase: «Buscad, pues, primero el reino y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33). El Reino de Dios es el sentido final de todos los caminos de la Providencia divina. Cristo comienza su predicación asegurando que el Reinado de Dios está ya cerca (Mt 4,17). El señorío de Dios sobre los hombres se ejercerá desde ahora en adelante de un modo nuevo, distinto del anterior. Dios ordena la vida y las vivencias de los hombres de un modo distinto del anterior. El Reino de Dios aparece en el momento en que Dios establece un nuevo comienzo en el mundo y en la humanidad. Cristo es este nuevo comienzo o principio. En Cristo ha llegado la soberanía de Dios. Mediante Cristo la creación entera ha de ser sometida al dominio de Dios. La soberanía de Dios erigida en la Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo ha de abarcar a todos los hombres, hasta que Dios sea todo en todo, alcanzando de este modo la soberanía de Dios su forma definitiva. Dios domina en el hombre cuando éste por amor se somete a su voluntad28.
La misma confianza, fruto del cuidado providente de Dios, aparece en los escritos apostólicos:
Descargad en él todo vuestro agobio, porque él cuida de vosotros (1Pe 5,7).
Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Flp 4,6-7).
La realidad del cuidado providente de Dios no implica que los discípulos estén exentos de dificultades. De hecho, la fe en la Providencia se manifiesta por medio de la confianza en Dios en medio de las dificultades.
Aquel día, al atardecer, les dice Jesús: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (Mc 4,35-40).
Al contemplar la Providencia de Dios, que tiene cuidado de todo, desde lo más pequeño hasta el destino de la historia y del universo, debemos hacer algunas distinciones según sea el objeto sobre el que se ejerce y el modo en que Dios la aplica:
a) Hay una Providencia que se extiende a todas las criaturas, no sólo a las racionales, que llamamos providencia general; y una providencia especial que se ejerce sobre las criaturas racionales, y que ni siquiera excluye a los pecadores. También puede hablarse de una providencia especialísima de Dios que mira de modo particular por los elegidos.
b) Hay una Providencia que, como veremos, se sirve de realidades creadas y circunstancias de la historia (lo que llamaremos «causas segundas») y que se denomina providencia mediada. Y hay ocasiones en las que Dios mismo es quien interviene directamente para realizar su plan y la llamamos providencia inmediata, sin mediación alguna.
c) Hay una providencia ordinaria de Dios, con la que suele actuar para ejercer el gobierno en el mundo y en la historia para conducir a la realización de su plan salvador. Hay intervenciones especiales como los milagros, la inspiración bíblica o la infalibilidad magisterial, que constituyen una forma extraordinaria de la providencia29.
Se suele hablar de una Providencia general y de una Providencia especial. La primera se extiende a la totalidad del mundo en general y en particular; la segunda, concerniente a los seres racionales, sobre todo a las criaturas cuyo destino es la felicidad, los órganos de la Revelación y la Iglesia. La última se realiza interrumpiendo o modificando el orden natural ordinario de la naturaleza y de la gracia. Además se suele distinguir entre Providencia directa y Providencia indirecta30.
Hay dos cualidades de la Providencia que debemos entender bien, si no queremos llegar a contradicciones que obstaculizan la fe31.
- -La Providencia es infalible: el plan de Dios se realiza de forma infalible de modo que no hay nada que ocurra contra la Providencia o independientemente de ella. Nada escapa al gobierno de Dios, de forma que no hay nada que no sea previsto, pretendido o permitido por Dios. No hay un destino ni un azar por encima o al margen de Dios. Todo está sometido al plan de Dios.
- -El plan de Dios es inmutable como el mismo Dios. Pero hay que afirmar con claridad que nuestra oración sigue teniendo sentido porque no pretende cambiar el plan de Dos sino colaborar con él como causa segunda.
Esta relación entre Providencia y oración la explicó ya santo Tomás de Aquino:
También es preciso tener en cuenta que, así como la inmutabilidad de la divina providencia no impone necesidad a las cosas previstas, así tampoco excluye la utilidad de la oración. Porque la oración no se dirige a Dios con el fin de cambiar lo dispuesto eternamente por su providencia, que es cosa imposible, sino porque uno quiere alcanzar de Dios lo que desea […].
Todo lo dicho manifiesta que las oraciones y piadosos deseos son la causa de algunas cosas que hace Dios. Pues ya se expuso que la divina providencia no excluye a las otras causas (c. 77); al contrario, ordénalas para imponer a las cosas el orden por Él establecido, y así las causas segundas no se oponen a la providencia, sino que más bien ejecutan sus efectos. Por tanto, las oraciones son eficaces ante el Señor y no derogan el orden inmutable de la divina providencia. Porque el que se conceda una cosa a quien la pide está incluido en el orden de la providencia divina. Luego decir que no debemos orar para conseguir algo de Dios, porque el orden de su providencia es inmutable, equivaldría a decir que no debemos andar para llegar a un lugar o que no debemos comer para nutrirnos, lo cual es absurdo.
Y con lo que llevamos dicho se excluye un doble error acerca de la oración. Dijeron algunos que el fruto de la oración es nulo. Y lo afirmaban quienes negaron totalmente la divina providencia, como los epicúreos, y también quienes substraían las cosas a la providencia divina, como algunos peripatéticos, e incluso quienes opinan que todo cuanto está sometido a la providencia sucede necesariamente, como los estoicos (cf. c. 73, final). Resulta, pues, de todo esto que el fruto de la oración es nulo y, por consiguiente, que todo culto a la divinidad es vano. Error que consta palpablemente en el libro de Malaquías: ―Dijisteis vano es quien sirve a Dios. Y ¿qué provecho hemos sacado por guardar sus preceptos y andar tristes ante el Señor de los ejércitos? Otros, por el contrario decían que mediante las oraciones se puede cambiar la disposición divina, como los egipcios, que afirmaban que el destino se cambiaba con oraciones y con ciertas imágenes, con sahumerios o hechizos (Santo Tomás de Aquino)32.
Se puede explicar de la siguiente manera:
La Providencia no hace superflua la oración de petición. Según el plan providencial de Dios, hay muchas cosas que sólo se nos concederán si las pedimos, no porque nuestras peticiones pudiesen influenciar terminantemente las decisiones divinas, sino porque Dios quiere que mediante la oración reconozcamos su soberanía y confirmemos nuestra confianza, La «oración de petición» no significa que es necesario decir a Dios lo que necesitamos, ni que con nuestras peticiones podamos moverle a concedernos lo que sin ellas no nos hubiese concedido. Lo importante en la oración no son las palabras mismas, el que éstas sean bellas o numerosas. La oración es el medio de que nos servimos para rogar a Dios que haga que todo el mundo esté al servicio de su amor, que todo sirva para nuestra salud, que en todo nuestra voluntad esté en conformidad con la suya, que todas las cosas se conviertan en mensajeros e instrumentos de su actividad redentora, que crezca en nosotros su amor, que entre Él y nosotros no domine la relación natural de causa y efecto, sino la relación viva que se establece entre el yo y el tú. Esta actitud de absoluto abandono en las manos de Dios es sólo posible a condición de tener la garantía de que Dios se cuida de nosotros. Esta garantía nos la ofrece la creencia en la Providencia divina, pues la fe nos asegura que Dios es nuestro padre33.
Antes de seguir adelante hay que dejar muy claro que el cuidado providente de Dios no significa que elimine todo sufrimiento y cualquier dificultad, sino que el plan salvador de Dios asume todo eso para llevar a la creación y a la historia a su fin. Lo veremos con más profundidad cuando tratemos el tema de la providencia y el escándalo del mal en los n. 309-314 del Catecismo.
De las palabras de Cristo anteriormente citadas [del Evangelio] se deduce que la revelación de la Providencia de Dios no debe ser confundida con la promesa de una vida sin preocupaciones ni cuidados. El Dios providencial de que habla Cristo no es el «buen Dios» de las representaciones infantiles; no se puede comparar con un padre terreno, bonachón y condescendiente, que tarde o temprano condesciende con todos los deseos y caprichos del hijo. Dios es el Padre, pero es también el Señor. Es las dos cosas a la vez. Dios es el Padre que quiere conducir a sus hijos a la gloria y el cual, por eso, tiene que librarlos del mal, mediante dolores y penalidades. Y Dios es el Señor que, por amor paternal, manda a los hombres que suban por los difíciles y duros caminos que conducen a la grandeza. La intención de Dios no es preparar para el hombre una vida cómoda y fácil, sino proporcionarle la perfección34.
La Providencia no significa necesariamente bienestar y éxito; Dios puede enviar fracasos y privaciones. No significa necesariamente que el trabajo ha de producir frutos ni que todo ha de estar en orden en las relaciones humanas; las más bellas cosas pueden quebrarse, y es posible que las preguntas relativas al «por qué» y «para qué» queden siempre sin respuesta. En cuanto a esto, no podemos emitir un juicio definitivo. De lo que exactamente se trata, es del progreso del Reino de Dios y del progreso del hombre en Él; con respecto a ese Reino, la salud, la propiedad, el éxito, los medios todos, pueden ser traba y obstáculo; y lo que el hombre llama desgracia, puede producir lo mismo utilidad que perjuicio. El que cree en la Providencia, se pierde con su fe en el misterio de Dios35.
Tampoco hay que pensar que la realización del plan de Dios por parte de la Providencia avance sin retrocesos según nuestros planes, ni se confunda con un progreso que avanza sin parar:
Todo el desarrollo del mundo tiende a asegurar la victoria decisiva del Reino de Dios. Esta victoria tendrá lugar el día del Juicio, cuando los buenos sean separados de los malos. Hasta que llegue este día, la Historia no transcurrirá de tal modo que el bien irá haciéndose cada vez más fuerte, mientras que el mal irá perdiendo poderío y fuerzas, sino en un movimiento ondulatorio. Más aún, en los días finales, el mal desarrollará una vez más toda su fuerza. Pero en el momento en que la oscuridad del pecado haya alcanzado la mayor intensidad y cuando la noche de la desesperación haya alcanzado el supremo grado de tenebrosidad, Cristo aparecerá de nuevo y erigirá definitivamente el señorío de Dios36.
La providencia de Dios actúa en la historia del mundo y de cada persona de modo que no se puede controlar: es objeto de fe y de confianza, no proviene de una seguridad comprobable con lo que se experimenta:
La Providencia, pues, no aporta al hombre la posesión segura de las cosas de este mundo. Al contrario, le deja en la inseguridad. Pero en medio de esta inseguridad, el hombre experimenta la protección por parte del poder providencial divino (Rom. 8,28-39). Viceversa, las seguridades inmanentes que se crea el hombre no constituyen una verdadera seguridad, pues pueden derrumbarse en cualquier momento, si Dios lo quiere así; más aún, hasta puede suceder que Dios tenga que derrumbarlas, para que no sean un obstáculo a la Salvación. Los caminos de la Providencia se mueven en medio de la oscuridad, están dentro del misterio de la Salvación. Nosotros sólo podemos afirmar la Providencia en un acto de fe, no en actos de visión. Sólo de cuando en cuando nos es permitido echar una ojeada en su misterio de modo que podemos presentirlo y percibirlo oscuramente37.
Porque la Providencia de Dios es incognoscible e incomprensible y nuestros pensamientos y acciones, así como el futuro, sólo Dios los conoce. De esto no somos capaces nosotros. Porque lo que se halla al alcance de nuestras posibilidades no es asunto de la Providencia, sino de nuestra libre voluntad. Lo que sucede providencialmente sucede en parte por complacencia, en parte por permisión. Por complacencia, todo lo que es absolutamente bueno. Por permisión, de diferente manera. A menudo permite que el justo incurra en una desgracia, para mostrar a los otros las virtudes que hay en él ocultas, como fue el caso de Job. Otras veces la Providencia permite que sucedan cosas inconvenientes para que, mediante la acción inconveniente, se cumplan cosas grandiosas y maravillosas, del mismo modo que la Cruz ha producido la Salud del hombre. De otro modo permite que los piadosos sufran penalidades, para que no pierdan su buena conciencia o para que no se enorgullezcan de la gracia y fuerza que les ha sido concedida, como es el caso de Pablo. Alguien puede ser abandonado durante algún tiempo para la mejoría de otro, para que los otros, al ver su situación, queden escarmentados, instruídos, como en el caso de Lázaro y del rico. Porque espontáneamente volvemos sobre nosotros mismos cuando vemos sufrir a otros. Algunos podrán ser abandonados en honra de un tercero, no por culpa propia ni de los padres, como el ciego de nacimiento en honra del Hijo del Hombre. Además, la Providencia permite que algunos sufran para alentar a otros, para que al aumentar la gloria del que padece los que lo ven puedan tolerar los tormentos sin vacilar, animados por la esperanza de la «gloria futura» y anhelando los «bienes futuros», como es el caso de los mártires. La Providencia hasta permite que alguien cometa una acción ignominiosa, para evitar un mal todavía mayor. Por ejemplo: uno se siente orgulloso de sus virtudes y buenas obras. Dios permite que incurra en un pecado de lascivia, para que en la caída reconozca su debilidad, se humille, se presente ante el Señor confesando su pecado (San Juan Damasceno)38.
[304] Así vemos al Espíritu Santo, autor principal de la sagrada Escritura, atribuir con frecuencia a Dios acciones sin mencionar causas segundas. Esto no es «una manera de hablar» primitiva, sino un modo profundo de recordar la primacía de Dios y su señorío absoluto sobre la historia y el mundo (cf Is10,5-15; 45,5-7; Dt 32,39; Si11,14) y de educar así para la confianza en Él. La oración de los salmos es la gran escuela de esta confianza (cf Sal22; 32; 35; 103; 138).
Es cierto que en muchas ocasiones la Escritura prescinde de las causas segundas y atribuye directamente a la voluntad de Dios la causa de los acontecimientos, como si no intervinieran en absoluto la libertad y la responsabilidad humana o las causas naturales. Es lo que podría deducirse de afirmaciones como la de Ex 10,20: «El Señor endureció el corazón del faraón y este no dejó marchar a los hijos de Israel» o la de Mt 5,45: «Vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos». Sería un grave error leer estos pasajes como si no existiesen las causas segundas y se eliminase la intervención y la responsabilidad de los hombres o las leyes de la naturaleza. Pero también es un grave error, como quiere señalar el Catecismo, pensar que es un mero modo de hablar y que hay que interpretarlo como si sólo existiesen las causas segundas u olvidando que Dios es la causa última de todo, por decisión o por permisión, y que sus planes se desarrollan a través de las acciones humanas y de las leyes de la naturaleza de forma que su voluntad no deja de cumplirse.
La Sagrada Escritura atribuye con mucha frecuencia a Dios la acción de causas creadas como son la formación del cuerpo humano en el seno materno, las lluvias, el alimento y el vestido; cf. Iob 10,8ss; Ps 146,8s; Mt 5,45; 6,26 y 30. No obstante todos estos pasajes se pueden entender también suponiendo un concurso mediato de Dios. Parece indicar el concurso inmediato de Dios Is 26,12: «…puesto que cuanto hacemos eres tú quien para nosotros lo hace»; y, sobre todo Act 17,28: «En él vivimos nos movemos y existimos» […]. Los teólogos enseñan unánimemente el concurso divino frente al ocasionalismo que rehúsa conceder causalidad propia las criaturas, y frente al deísmo que niega todo influjo de Dios en las cosas creadas. El catecismo romano (I 2, 22) enseña que Dios «a todo lo que se mueve y opera algo, lo impulsa al movimiento y a la acción por medio de una íntima virtud»39.
Es especialmente necesario para el hombre moderno no olvidar la primacía de la acción de Dios sobre la creación y la historia, una acción providente y universal que afirman los textos de la Escritura que sugiere el Catecismo:
- -Asiria, el imperio que terminó con el reino del Norte el año 721 aC, es también un instrumento de Dios para castigar el pecado del pueblo infiel; pero no puede pensar que tiene ese poder por sí mismo y lo puede emplear a su capricho, como pretende al querer destruir Jerusalén:
¡Ay de Asiria, vara de mi ira!
¡Mi furor es bastón entre sus manos!
Lo envío contra una nación impía,
lo mando contra el pueblo que provoca mi cólera,
para saquearlo y despojarlo,
para hollarlo como barro de las calles.
Pero él no lo entiende así,
no es eso lo que piensa en su corazón,
sino exterminar, aniquilar naciones numerosas.
Se decía: «¿No son reyes mis ministros?
¿No le pasó a Calnó como a Carquemis?
¿No es Jamat como Arpad y Samaría como Damasco?
Así como mi mano alcanzó a aquellos reinos
con más ídolos e imágenes que Jerusalén y Samaría,
lo mismo que hice con Samaría y sus ídolos,
¿no lo haré con Jerusalén y sus imágenes?».
Cuando el Señor haya concluido su tarea en la montaña de Sión y en Jerusalén, pedirá cuentas de la soberbia de corazón del rey de Asiria y de la arrogancia de su mirada altanera.
Porque se decía:
«Con la fuerza de mi mano lo he hecho,
con mi saber, porque soy inteligente.
He borrado las fronteras de las naciones,
he saqueado sus tesoros
y, como un héroe, he destronado a sus señores.
Mi mano ha alcanzado a las riquezas de los pueblos, como si fueran un nido;
como quien recoge huevos abandonados,
recogí toda su tierra.
Ninguno batió el ala,
ninguno abrió el pico para piar».
¿Se enorgullece el hacha contra quien corta con ella?
¿Se gloría la sierra contra quien la mueve?
¡Como si el bastón moviera a quien lo sostiene,
o la vara sostuviera a quien no es de madera! (Is 10,5-15).
- -Ciro, el rey persa que terminó con el poder opresor de Babilonia y dio paso al fin del destierro, también es un instrumento en manos de Dios, aunque no lo conozca. De este modo queda claro que, a fin de cuentas, es Dios el que mueve los hilos de la historia:
Yo soy el Señor y no hay otro;
fuera de mí no hay dios.
Te pongo el cinturón,
aunque no me conoces,
para que sepan de Oriente a Occidente
que no hay otro fuera de mí.
Yo soy el Señor y no hay otro,
el que forma la luz y crea las tinieblas;
yo construyo la paz y creo la desgracia.
Yo, el Señor, realizo todo esto (Is 45,5-7).
- -Debe quedar claro que el único Dios, que es todopoderoso, tiene en sus manos toda la creación y todo, en último término, proviene de él: la muerte y la vida, el bien y el mal, la pobreza y la riqueza:
Pero ahora mirad: soy yo, solo yo,
y no hay dios fuera de mí.
Yo doy la muerte y la vida,
yo hiero y yo curo,
y no hay quien pueda librar de mi mano (Dt 32,39).
Bien y mal, vida y muerte,
pobreza y riqueza vienen del Señor (Eclo 11,14).
El Catecismo también señala algunos salmos como medios para aprender y alimentar la confianza. Estos salmos son una verdadera arma -especialmente para el contemplativo- que ayuda a mantener la confianza en la Providencia en toda ocasión. Baste con transcribir aquí el primero de ellos para comprender hasta que puntos son escuela y alimento de la confianza en la providencia de Dios40:
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término (Sal 23).
[305] Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: «No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber? […] Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt6,31-33; cf Mt10,29-31).
La enseñanza de Jesús deja claro, como hemos visto al comentar el n. 303, que la providencia de Dios no abarca sólo los grandes acontecimientos de la creación o del devenir de la humanidad, sino a cada individuo en todas sus necesidades, también las más pequeñas.
Nada sucede en este mundo sin orden o permisión de Dios; todo cuanto existe ha sido creado por Él, y todo lo creado lo conserva y gobierna enderezándolo hacia su fin. En tanto que rige los astros y preside las revoluciones de la tierra, concurre a los trabajos de la hormiga, al menor movimiento de los insectos que pululan en el aire y al de los millones de átomos contenidos en la gota de agua. Ni la hoja del árbol se agita, ni la brizna de hierba muere, ni el grano de arena es transportado por el viento sin su beneplácito. Vela con solicitud sobre las aves del cielo y sobre los lirios del campo, y pues nosotros valemos más que una bandada de pájaros, menos podrá olvidar a sus hijos de la tierra. Al padre de familia, a la vigilante solicitud de las madres pasarán inadvertidos mil detalles; Dios, empero, por su inteligencia infinita, posee el secreto de ordenar los incidentes de poca monta como los acontecimientos de mayor importancia. Y tanto es así, que todos nuestros cabellos están contados y ni uno solo cae de nuestra cabeza sin el permiso de Nuestro Padre que está en los cielos. ¿Cabe imaginar cosa más insignificante que la caída de uno de nuestros cabellos? Dios, sin embargo, piensa en ello. Con cuánta más razón pensará Dios en mí y proveerá a todo, «si tengo hambre, si tengo sed, si emprendo un trabajo, si he de elegir un estado de vida, si en este estado se ofrecen ciertas dificultades, si para resistir a tal tentación o cumplir tal deber necesito su gracia, si en mi camino hacia la eternidad tengo necesidad del pan cotidiano del alma y del cuerpo, si en los últimos momentos me es necesario un acrecentamiento de gracias; si postrado en el lecho de muerte, a punto de exhalar el postrer suspiro y abandonado de todos, me veo perdido.» De suerte que yo, que no soy sino un átomo insignificante del mundo, ocupo día y noche, sin cesar y en todas partes, el pensamiento y el corazón de mi Padre que está en los cielos. ¡Qué verdad más conmovedora y llena de consuelo!41.
Si la fe en el único Dios todopoderoso ayuda a entender una Providencia a la que no se le escapa ningún acontecimiento ni ninguna criatura, el Dios Padre que revela Jesucristo es el fundamento de una confianza en la Providencia que se cuida de cada uno de sus hijos en todas sus necesidades. Eso debería excluir nuestros agobios y preocupaciones y eliminar de la mente de los creyentes la idea de un Dios tan pequeño o limitado que no se preocupa de sus necesidades porque tiene otras cosas más importantes en las que gastar sus fuerzas. Esta confianza permite buscar de forma plena la voluntad de Dios, su reino y su justicia, sin preocuparnos de nada más.
¿Quién es aquel que vela sobre nosotros con amor y que dispone de nosotros por su Providencia? Es el Dios bueno. Es bueno de manera tal, que es la bondad por esencia y la caridad misma, y, en este sentido, «nadie es bueno sino Dios». Santos ha habido que han participado maravillosamente de esta bondad divina, y, sin embargo, los mejores de entre los hombres no han tenido sino un riachuelo, un arroyo o a lo más un río de bondad, mientras que Dios es el océano de bondad, una bondad inagotable y sin límites. Después que haya derramado sobre nosotros beneficios casi innumerables, no hemos de suponerle ni fatigado por su expansión ni empobrecido por sus dones; quédale aún bondad hasta lo infinito para poder gastarla. A decir verdad, cuanto más da, más se enriquece, pues consigue ser mejor conocido, amado y servido, al menos por los corazones nobles. Es bueno para todos: «hace brillar su sol sobre los buenos y los malos, hace caer la lluvia sobre los justos y los pecadores». No se cansa de ser bueno, y a la multitud de nuestras faltas opone «la multitud de sus misericordias» para conquistarnos a fuerza de bondades. Es necesario que castigue, porque es infinitamente justo como es infinitamente bueno; mas, «en su misma vida no olvida la misericordia». Este Dios tan bueno es «nuestro Padre que está en los cielos». Como estima tanto este título de Dios bueno y nos recuerda hasta la saciedad sus misericordias, por lo mismo le gusta proclamarse nuestro Padre. Siendo Él tan grande y tan santo y nosotros tan pequeños y pecadores, hubiéramos tenido miedo de Él; para ganarse nuestra confianza y nuestro afecto, no cesa de recordarnos en los libros santos, que Él es nuestro Padre y el Dios de las misericordias. «De Él deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra», y ninguno es padre como nuestro Padre de los Cielos. Él es Padre por abnegación, madre por la ternura. En la tierra nada hay comparable al corazón de una madre por el olvido de sí, el afecto profundo, la misericordia incansable; nada inspira tanta confianza y abandono. Y, sin embargo, Dios sobrepasa infinitamente para nosotros a la mejor de las madres. «¿Puede una madre olvidar a su hijo, y no apiadarse del fruto de sus entrañas?, pues aunque se olvidara, yo no me olvidaré de vosotros» «El que ha amado al mundo hasta el extremo de darle su Hijo unigénito», ¿qué nos podrá negar? Sabe mejor que nosotros lo que necesitamos para el cuerpo y para el alma; quiere ser rogado, tan sólo nos echará en cara el no haber suplicado bastante, y no dará una piedra a su hijo que le pide pan. Si es preciso que se muestre severo para impedir que corramos a nuestra perdición, su corazón es quien arma su brazo; cuenta los golpes y en cuanto lo juzgue oportuno, enjugará nuestras lágrimas y derramará el bálsamo sobre la herida. Creamos en el amor de Dios para con nosotros y no dudemos jamás del corazón de nuestro Padre42.
Nuestra confianza, la eliminación de todo temor y de todo agobio, debe ser el testimonio concreto de nuestra fe en la divina providencia, es decir, en Dios todopoderoso que nos ama y se cuida de nosotros personalmente. La espiritualidad católica relaciona esta confianza en la Providencia con el santo abandono, tanto en la voluntad de Dios significada (que es para todos y se expresa en su Palabra y sus mandamientos) como en la voluntad de beneplácito (para cada uno, que se manifiesta en las circunstancias y en los acontecimientos). Este abandono a la divina Providencia es un camino seguro de santidad:
La acción divina inunda el universo; penetra todas las criaturas, sobrenada por encima de ellas; en todas partes donde ellas estén, ahí está; se les adelanta, las acompaña, las sigue; sólo hay que dejarse llevar por sus ondas. ¡Quiera Dios que los reyes y sus ministros, y los príncipes de la Iglesia y del mundo, los sacerdotes, los soldados, los habitantes de las ciudades y los del campo, en una palabra, todos los hombres conozcan cuán fácil sería llegar a una eminente santidad! No se trata para ellos de otra cosa que de cumplir los meros deberes de su condición de cristianos y de su estado, y de abrazar con sumisión las cruces que le están anexas, sometiéndose con fe y amor al orden de la Providencia en cuanto a todo lo que incesantemente se presenta para hacer o para sufrir, sin que ellos lo busquen43.
La Providencia y las causas segundas

[306] Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio.
Como hemos visto, la Sagrada Escritura se refiere con frecuencia al gobierno de Dios sobre las cosas como autoridad suprema, causa directa y suficiente de las realidades y situaciones, sin mencionar la acción de Dios que se realiza por medio de situaciones, intervenciones y decisiones de las criaturas, especialmente del hombre. Necesitamos tener en cuenta la distinción entre la causa primera de toda la realidad, que es Dios, y las causas segundas, creadas, por medio de las cuales también actúa Dios.
La cooperación de la causa primera con las causas segundas recibe la denominación de concurso divino. Precisando más diremos que tal concurso puede ser natural (general) y sobrenatural (especial) siendo este último el influjo sobrenatural de Dios en las criaturas racionales por medio de la gracia; el concurso divino se divide también en concurso físico y moral, siendo este último el que se ejerce por medio de un influjo meramente moral que obra desde fuera por medio de mandatos consejos, amenazas, etc.; otra división es la de concurso inmediato y mediato, siendo este último el que se ejerce mediatamente confiriendo y conservando las fuerzas naturales, según enseñaba Durando; finalmente el concurso puede ser universal si se extiende a todas las acciones de todas las criaturas sin excepción, y particular en caso contrario44.
La real intervención de las causas segundas no elimina que todo esté regido por la causa primera, que cuenta con las leyes de lo creado y con la misma libertad del hombre. La Providencia como causa primera y última de todo lo que sucede tampoco niega la realidad de las leyes de la naturaleza ni de la libertad humana. Esta conjunción entre Dios y las causas segundas es un elemento esencial para comprender adecuadamente la divina providencia, que precisa de una sabiduría superior a la humana que pueda conjugar ambas realidades. Esta doble causa abre al hombre la participación en la acción providente de Dios como veremos en el n. siguiente.
La Sagrada Escritura en muchos pasajes alaba a la Providencia Divina como suprema autoridad del mundo, la cual, llena de solicitud por todas las criaturas, y especialmente por el hombre, se sirve de la fuerza eficiente de las causas creadas. Precisamente en esto se manifiesta la sabiduría creadora, de la que se puede decir que es soberanamente previsora, por analogía con una dote esencial de la prudencia humana […]. En lo que se refiere a la inmanente formación del mundo, el hombre posee, pues, desde el principio y constitutivamente, en cuanto que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, un lugar totalmente especial. Según el Libro del Génesis, fue creado para «dominar», para «someter la tierra» (cfr Gen 1,28). Participando, como sujeto racional y libre, pero siempre como criatura, en el dominio del Creador sobre el mundo, el hombre se convierte de cierta manera en «providencia» para sí mismo, según la hermosa expresión de Santo Tomás (cfr S Th., I, 22, 2 ad 4). Pero por la misma razón gravita sobre él desde el principio una peculiar responsabilidad tanto ante Dios como ante las criaturas, y en particular, ante los otros hombres45.
La verdadera eficacia de las causas segundas elimina el temor del hombre moderno de que la afirmación de Dios anule la consistencia de la realidad, el conocimiento científico y la misma autonomía del hombre dotado de conocimiento y voluntad.
Aunque el modo de expresarse de la Biblia refiere directamente a Dios el gobierno de las cosas, sin embargo queda suficientemente clara la diferencia entre la acción de Dios Creador como Causa Primera, y la actividad de las criaturas como causas segundas. Aquí nos encontramos con una pregunta que preocupa mucho al hombre moderno: la que se refiere a la autonomía de la creación, y por lo tanto, al papel de artífice del mundo que el hombre quiere desempeñar. Pues bien, según la fe católica, es propio de la sabiduría trascendente del Creador hacer que Dios esté presente en el mundo como Providencia, y simultáneamente que el mundo creado posea esa «autonomía», de la que habla el Concilio Vaticano II. En efecto, por una parte Dios, al mantener todas las cosas en la existencia, hace que sean lo que son: «por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado» (Gaudium et spes, 36). Por otra parte, precisamente por el modo con que Dios rige el mundo, éste se encuentra en una situación de verdadera autonomía que «responde a la voluntad del Creador» (Gaudium et spes, 36). La Providencia Divina se manifiesta precisamente en dicha «autonomía de las cosas creadas», en la que se revela tanto la fuerza como la «dulzura» propias de Dios. En ella se confirma que la Providencia del Creador como sabiduría trascendente y para nosotros siempre misteriosa, abarca todo («se extiende del uno al otro confín»), se realiza en todo con su potencia creadora y su firmeza ordenadora (fortiter), aun dejando intacta la función de las criaturas como causas segundas, inmanentes, en el dinamismo de la formación y del desarrollo del mundo, como puede verse indicado en ese «suaviter» del Libro de la Sabiduría46.
El ser humano no siempre ha sabido comprender y realizar la responsabilidad que supone ser partícipe de la providencia de Dios de cara a la creación y a los demás seres humanos. El pecado del hombre (como el de los ángeles) parece frustrar el plan de Dios, pero la sabiduría providente de Dios consigue realizar su plan contando también con el fallo de los colaboradores que él ha elegido.
Hay que entender bien que la acción de la providencia de Dios como causa primera no está al mismo nivel que las causas segundas, que no se complementan en el mismo plano, ni tampoco se contraponen. Por lo tanto, es inútil intentar comprender de una forma meramente racional o científica la relación entre la causa primera y las causas segundas:
Dios es la causa prima, que no solo no elimina las causae secundae creadas (forma, materia, causalidad, finalidad), sino que precisamente las capacita para su actividad propia y específica. La acción creadora de Dios, que abarca y fundamenta el universo entero, no se yuxtapone a las causalidades inmanentes de las criaturas para formar una especie de continuum eficiente cualitativo o cuantitativo […]. La causalidad trascendente de Dios no se propone completar las actividades creadas sino capacitarlas para sus acciones propias […]. Debemos hablar de misterio en un sentido absolutamente consecuente porque con los medios naturales nunca percibimos bajo la luz adecuada esta interconexión entre las acciones de Dios y las de los hombres. Sólo Dios sabe, en el conocimiento de su propia esencia, lo que él mismo es y lo que la criatura representa en relación a él. Sólo desde su nivel de criaturas pueden reflexionar los hombres sobre la conexión entre el hombre y Dios47.
Esta colaboración del ser humano con la providencia divina no es signo de debilidad en Dios, sino más bien de su grandeza y su bondad: Dios omnipotente no la necesita, pero quiere que colaboremos con él en el designio de salvación, como puede comprobar cada uno en su propia vida. Para Dios no somos autómatas ni marionetas, sino colaboradores conscientes. Ciertamente esta autonomía es relativa y se nos concede para colaborar con Dios buscar el fin de la creación y del hombre, no para independizarnos de Dios y tergiversar su plan.
[307] Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de «someter» la tierra y dominarla (cf Gn1,26-28). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por sus acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf Col1,24). Entonces llegan a ser plenamente «colaboradores […] de Dios» (1Co3,9; 1Ts3,2) y de su Reino (cf Col4,11).
Debemos descubrir con sorpresa que formamos parte de la providencia de Dios. Dentro de las causas segundas, los seres humanos tenemos la cualidad única de participar del forma libre e inteligente en el plan de Dios. Ciertamente esto multiplica nuestra responsabilidad, una responsabilidad de la que no podemos desistir sin oponernos al proyecto de Dios.
Es en el ser humano, con su autonomía, iniciativa y libertad, donde se hace más profundo y valioso el misterio de la providencia divina que realiza su plan sin saltarse las causas segundas. Pero Dios no sólo es capaz de realizar su plan salvador a pesar de la iniciativa humana, sino que ha querido contar con el hombre como colaborador suyo en su proyecto de llevar a toda la creación y a la humanidad a su plenitud, que lógicamente es sobrenatural: no sólo para perfeccionar la creación (de ahí surge la dignidad y el valor del trabajo humano, de la ciencia…), sino también para colaborar al plan divino de salvación. Es algo que debemos profundizar:
En el mundo visible el protagonista del desarrollo histórico y cultural es el hombre. Creado a imagen y semejanza de Dios, conservado por Él en su ser y guiado con amor paterno en la tarea de «dominar» las demás criaturas, el hombre en cierto sentido es, por sí mismo, providencia: «La actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. El hombre creado a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo así la tierra y cuanto en ella se contiene y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo» (Concilio Vaticano, II, Gaudium et spes, 34)48.
El desarrollo del mundo hacia órdenes económicos y culturales que responden cada vez más a las exigencias integrales del hombre es una tarea que entra de lleno en la vocación del mismo hombre a dominar la tierra. Por eso también los éxitos reales de la actual civilización científica y técnica así como los de la cultura humanística y los de la «sabiduría» de todos los siglos, entran en el ámbito de la «providencia» de la que el hombre participa por la actuación del designio de Dios sobre el mundo49.
La inmutabilidad de la Providencia divina no paraliza la actividad humana en el sentido de que «Dios se encargará de hacerlo». Tampoco debe ser considerada como una especie de aparato que funcionase mejor o peor ni como un seguro contra peligros e imprevisibles sorpresas, de modo que con ella quedasen excluídos los riesgos y dejasen de ser necesarias o posibles las grandes decisiones. La fe en la Providencia no es un almohadón sobre el cual pueda uno inclinar la cabeza para dormir bonitamente […]. Resulta, pues, que la Providencia es para el hombre una incesante tarea. Dios obra en la vida del hombre, llamándole para que suba hasta Él. Dios habla al espíritu humano, incitándole a que obre autónomamente. La Providencia implica, pues, la respuesta del hombre a la llamada divina. Como quiera que Dios puede penetrar hasta en la más recóndita interioridad del hombre, no hay nada ni nadie que pueda incitar al hombre a desarrollar una actividad de mayor intensidad. Por consiguiente, la inmutabilidad de la Providencia divina no hace superflua la propia actividad del hombre, al contrario, es ella la que le comunica sentido, fuerza, confianza y orientación50.
Lógicamente, esta colaboración del ser humano en el plan providente e infalible de Dios plantea la dificultad de comprender cómo se conjuga la providencia de Dios y la libertad del hombre.
En este punto de encuentro del plan eterno de la creación de Dios con la libertad del hombre se perfila, sin duda, un misterio tan inescrutable como digno de adoración51.
Evidentemente es Dios el que provee al hombre de las capacidades necesarias para elegir libremente el bien y colaborar con su plan providente, como nos muestra la Escritura, con el estilo de los libros sapienciales que podemos aprovechar de forma contemplativa:
El Señor creó al ser humano de la tierra,
y a ella lo hará volver de nuevo.
Concedió a los humanos días contados y un tiempo fijo,
y les dio autoridad sobre cuanto hay en la tierra.
Los revistió de una fuerza como la suya
y los hizo a su propia imagen.
Hizo que todo ser viviente los temiese,
para que dominaran sobre fieras y aves.
Recibieron el uso de las cinco operaciones del Señor,
como sexta, les concedió participar de la inteligencia;
y como séptima, la palabra intérprete de sus operaciones.
Discernimiento, lengua y ojos,
oídos y corazón les dio para pensar.
Los llenó de ciencia y entendimiento,
y les enseñó el bien y el mal.
Puso su mirada en sus corazones,
para mostrarles la grandeza de sus obras,
y les concedió gloriarse por siempre de sus maravillas.
Por eso alabarán su santo nombre,
para contar la grandeza de sus obras.
Puso delante de ellos la ciencia,
y les dejó en herencia una ley de vida,
para que piensen que los que ahora viven son mortales
(Eclo 17,1-11).
Al principio él creó al hombre
y lo dejó en poder de su propio albedrío.
Si quieres, guardarás los mandamientos
y permanecerás fiel a su voluntad.
Él te ha puesto delante fuego y agua,
extiende tu mano a lo que quieras.
Ante los hombres está la vida y la muerte,
y a cada uno se le dará lo que prefiera.
Porque grande es la sabiduría del Señor,
fuerte es su poder y lo ve todo.
Sus ojos miran a los que le temen,
y conoce todas las obras del hombre.
A nadie obligó a ser impío,
y a nadie dio permiso para pecar (Eclo 15,14-20).
Pero Dios no se conforma con dotar al hombre para que encuentre su camino y vaya construyendo su historia, que forma parte del plan de Dios, sino que lo acompaña:
La conducta humana está siempre ante Dios,
no puede ocultarse a sus ojos […].
Para el Señor todas sus obras son como el sol,
y sus ojos están siempre sobre su conducta (Eclo 17,15.19).
Si vuelo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
allí me alcanzará tu izquierda,
me agarrará tu derecha.
Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra,
que la luz se haga noche en torno a mí»,
ni la tiniebla es oscura para ti,
la noche es clara como el día,
la tiniebla es como luz para ti (Sal 139,9-12; cf. Sal 23).
Dios conduce al ser humano, dotado de tales cualidades, para que alcance su fin, y, como hemos visto, para que colabore con la providencia de Dios. Lógicamente esta Providencia, a la vez poderosa y solícita, es superior a la libertad y a la voluntad humana y, respetándolas, es capaz de conducir al hombre y a la historia a su plenitud. Como veremos, ni siquiera el pecado es capaz de superar y contradecir la providencia divina.
Para el contemplativo en el mundo es muy luminosa la sugerencia de este número del Catecismo: su trabajo en el mundo no está al margen del plan salvador de Dios. Él, por su especial comunión con Dios puede y debe ser un instrumento consciente de la providencia divina. Y no sólo con su trabajo, sino también con sus sufrimientos. En la enfermedad, en el fracaso, en la persecución, en definitiva, en la cruz, también encontramos una forma eficacísima de colaborar con el trabajo de Dios de llevar a perfección su obra.
Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia (Col 1,24).
El libro de los Fundamentos profundiza en este texto citado por el Catecismo:
Este texto es muy importante y, a la vez, muy delicado porque nos habla de «completar» la pasión de Cristo. ¿Cómo debe entenderse? En principio hay que afirmar que la pasión de Cristo ‑su redención‑ es completa y definitiva. En ese sentido no necesita completarse. Pero el que sea completa no significa que no sea posible participar íntimamente de ella, continuándola en la historia actual. Esto es posible; es más, es a lo que estamos llamados los cristianos; y no porque el Redentor lo necesite, sino porque quiere hacernos participar realmente de su cruz, como el momento clave de la salvación y la expresión máxima de su amor al Padre y a los hombres. Por consiguiente, la gracia de esta comunión redentora es una exigencia vital para el contemplativo, que vive así la identificación con Cristo en plenitud y alcanza el verdadero fruto de su vida.
En consecuencia, cuando vivo el mismo misterio que vive Jesús en la cruz, y lo hago presente en el ahora concreto de mi vida real, lo hago más visible y actual, añadiéndole una mayor sacramentalidad y actualidad. Podemos afirmar que, del mismo modo que Cristo hace presente en la historia su mensaje o su perdón de forma visible a través de su Cuerpo, que es la Iglesia, también hace presente su pasión en cada rincón de la historia a través de sus miembros. Lo que no necesita Jesús para completar la eficacia salvadora de su pasión, sí lo ha querido necesitar para hacerla presente a través de personas concretas que, unidas a él, reviven, actualizan y encarnan esa misma pasión. Así, la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, participa de ese misterio, no sólo sacramentalmente en la Eucaristía, sino también existencialmente en la vida del cristiano […]. Por eso, aunque la pasión del Señor sea una realidad «completa», podemos decir en verdad que la «completamos» al unir nuestra cruz a la suya. Y así, nuestra cruz ya no es nuestra cruz; sino que, unida a la del Señor, es su misma cruz proyectándose más lejos y más «humanamente» ‑bien entendido esto‑ en la historia52.
También el n. 618 del Catecismo nos ayuda a profundizar en la posibilidad real de participar del sacrificio redentor de Cristo:
La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres» (1Tm 2,5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, «se ha unido en cierto modo con todo hombre» (GS 22,2), él «ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual» (GS 22,5). Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16,24) porque él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1P 2,21). Él quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10,39; Jn 21,18-19; Col 1,24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2,35) (Catecismo de la Iglesia Católica, 628).
También el apostolado es una forma de colaborar con la Providencia, según señalan los otros textos citados en este n. del Catecismo:
Nosotros somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificio de Dios (1Co 3,9).
Enviamos a Timoteo, hermano nuestro y colaborador de Dios en el Evangelio de Cristo, para afianzaros y alentaros en vuestra fe (1Tes 3,2).
Estos son los únicos judíos que trabajan conmigo por el reino de Dios, y han sido un alivio para mí (Col 4,11).
[308] Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas: «Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece» (Flp2,13; cf 1Co12,6). Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen, porque «sin el Creador la criatura se diluye» (GS 36,3); menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia (cf Mt 19,26; Jn15,5; Flp4,13).
El hecho de que la providencia divina actúe por medio de las criaturas no elimina su consistencia ni su adecuada autonomía, es más, les confiere una especial dignidad, porque Dios no sólo no se olvida de ellas, sino que las convierte en instrumento para su plan salvador. Esto se puede decir especialmente del ser humano que es un instrumento libre y consciente de la Providencia. Pero, al mismo tiempo, las cosas no pierden su realidad de criaturas ‑tampoco el ser humano‑, de modo que desaparezca toda su capacidad si se las separa de Dios. No hay que olvidar nunca las palabras del Señor: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).
Ante esta situación del hombre en el mundo de hoy aparece totalmente injustificada la mentalidad según la cual el «dominio» que él se atribuye es absoluto y radical, y puede realizarse en una total ausencia de referencia a la Divina Providencia. Es una vana y peligrosa ilusión construir la propia vida y hacer del mundo el reino de la propia felicidad exclusivamente con las propias fuerzas. Es la gran tentación en la que ha caído el hombre moderno, olvidando que las leyes de la naturaleza condicionan también la civilización industrial y post-industrial (cf. Gaudium et spes, 26-27). Pero es fácil ceder al deslumbramiento de una pretendida autosuficiencia en el progresivo «dominio» de las fuerzas de la naturaleza, hasta olvidarse de Dios o ponerse en su lugar. Hoy esta pretensión llega a algunos ambientes en forma de manipulación biológica, genética, psicológica… que si no está regida por los criterios de la ley moral (y consiguientemente orientada al reino de Dios) puede convertirse en el predominio del hombre sobre el hombre con consecuencias trágicamente funestas. El Concilio, reconociendo al hombre de hoy su grandeza, pero también su limitación, en la legítima autonomía de las cosas sagradas (cf. Gaudium et spes, 36) le ha recordado la verdad de la Divina Providencia que viene al encuentro del hombre para asistirle y ayudarle. En esta relación con Dios Padre, Creador y Providente, el hombre puede redescubrir continuamente el fundamento de su salvación53.
Hay que tener en cuenta que el mayor obstáculo del desarrollo y del progreso de la humanidad no procede de la necesaria dependencia de Dios, sino del pecado del hombre. Debido al necesario equilibrio entre la sana autonomía de la criatura y la indispensable dependencia de Dios, no se puede identificar sin más cualquier «progreso» humano con un avance hacia la perfección de la creación y del hombre querido por Dios, porque algunos «avances» realmente van en contra del plan de Dios y, en consecuencia, en contra de la dignidad humana54.
La Providencia y el escándalo del mal

[309] Si Dios Padre todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.
La existencia de un Dios bueno y providente es puesta a prueba por la existencia del mal.
Constituye esto para muchos la dificultad principal para aceptar la verdad de la Providencia Divina. En algunos casos, esta dificultad asume una forma radical, cuando incluso se acusa a Dios del mal y del sufrimiento presentes en el mundo llegando hasta rechazar la verdad misma de Dios y de su existencia (esto es, hasta el ateísmo). De un modo menos radical y sin embargo inquietante, esta dificultad se expresa en tantos interrogantes críticos que el hombre plantea a Dios. La duda, la pregunta e incluso la protesta nacen de la dificultad de conciliar entre sí la verdad de la Providencia Divina, de la paterna solicitud de Dios hacia el mundo creado, y la realidad del mal y del sufrimiento experimentada en formas diversas por los hombres […]. Puede decirse que en el hombre se interioriza el sufrimiento, se hace consciente y se experimenta en toda la dimensión de su ser y de sus capacidades de acción y de reacción, de receptividad y rechazo; es una experiencia terrible, ante la cual, especialmente cuando es sin culpa, el hombre plantea aquellos difíciles, atormentados y dramáticos interrogantes, que constituyen a veces una denuncia, otras un desafío, o un grito de rechazo de Dios y de su Providencia. Son preguntas y problemas que se pueden resumir así: ¿cómo conciliar el mal y el sufrimiento con la solicitud paterna, llena de amor, que Jesucristo atribuye a Dios en el Evangelio? ¿Cómo conciliarlas con la trascendente sabiduría del Creador? Y de una manera aún más dialéctica: ¿podemos de cara a toda la experiencia del mal que hay en el mundo, especialmente de cara al sufrimiento de los inocentes, decir que Dios no quiere el mal? Y si lo quiere, ¿cómo podemos creer que «Dios es amor» y tanto más que este amor no puede no ser omnipotente?55.
No hay una respuesta sencilla a este problema, por eso es necesario tener en cuenta el conjunto de la Revelación para comprender cómo encaja el mal con la Providencia y cuál es la respuesta definitiva de Dios al mal, que no es una respuesta teórica:
La verdad sobre la Providencia, que está íntimamente unida al misterio de la creación, debe comprenderse en el contexto de toda la revelación, de todo el «Credo». Se ve así que, de una forma orgánica, en la verdad de la Providencia entran la revelación de la «Predestinación» (praedestinatio) del hombre y del mundo en Cristo, la revelación de la entera economía de la salvación y su realización en la historia56.
[310] Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder infinito, Dios podría siempre crear algo mejor (cf santo Tomás de Aquino, S. Th., 1, q. 25, a. 6). Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo «en estado de vía» hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección (cf Santo Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, 3, 71).
Para adentrarnos en la realidad del mal que no impide la realidad de la providencia de Dios es necesario distinguir desde el principio el mal físico (dolor, enfermedad o muerte) del mal moral (el pecado)57.
Debemos antes que nada llegar a un acuerdo sobre el mal y el sufrimiento. Éste es en sí mismo multiforme. Generalmente se distinguen el mal en sentido físico del mal en sentido moral. El mal moral se distingue del físico sobre todo por comportar culpabilidad, por depender de la libre voluntad del hombre y es siempre un mal de naturaleza espiritual. Se distingue del mal físico, porque este último no incluye necesariamente y de modo directo la voluntad del hombre, si bien esto no significa que no pueda estar causado por el hombre y ser efecto de su culpa. El mal físico causado por el hombre, a veces sólo por ignorancia o falta de cautela, a veces por descuido de las precauciones oportunas o incluso por acciones inoportunas y dañosas, presenta muchas formas. Pero hay que añadir que existen en el mundo muchos casos de mal físico que suceden independientemente del hombre. Baste recordar, por ejemplo, los desastres o calamidades naturales, al igual que todas las formas de disminución física o de enfermedades somáticas o psíquicas, de las que el hombre no es culpable58.
Ciertamente Dios no pretende el mal físico por sí mismo, pero puede pretenderlo como medio de un bien superior, tanto físico (la preservación de una vida o una especie) como moral (el castigo que educa o purifica). El Catecismo nos ayuda a entender que el mal físico es comprensible en un mundo que no ha sido creado en estado de perfección, ya completamente terminado, sino en proceso de alcanzar su perfeccionamiento y su plenitud, lo que denomina «en estado de vía».
Captamos la conciencia del límite y de la caducidad de las cosas creadas, por la cual algunas formas de «mal» físico (debidas a falta o limitación del bien) pertenecen a la propia estructura de los seres creados, que, por su misma naturaleza, son contingentes y pasajeros, y por tanto corruptibles. Sabemos además que los seres materiales están en estrecha relación de interdependencia, según lo expresa el antiguo axioma: «La muerte de uno es la vida del otro» («corruptio unius est generatio alterius»). Así pues, en cierta medida, también la muerte sirve a la vida. Esta ley concierne también al hombre como ser animal al mismo tiempo que espiritual, mortal e inmortal […]. En cuanto a la permisión del mal en el orden físico, por ejemplo, de cara al hecho de que los seres materiales (entre ellos también el cuerpo humano) sean corruptibles y sufran la muerte, es necesario decir que ello pertenece a la estructura misma de estas criaturas. Por otra parte, sería difícilmente pensable, en el estado actual del mundo material, el ilimitado subsistir de todo ser corporal individual. Podemos, pues, comprender que, si «Dios no ha creado la muerte», según afirma el Libro de la Sabiduría, sin embargo la permite con miras al bien global del cosmos natural59.
Sin embargo, como veremos, Dios no puede querer el mal moral ni por sí mismo ni siquiera como medio. Dios permite el mal moral porque respeta la libertad humana y porque por medio de su providencia, sabia y poderosa, puede sacar bien del mal. Un ejemplo claro aparece en la historia de José: de las envidias y violencias de sus hermanos Dios saca un bien para el pueblo de Israel: «Vosotros intentasteis hacerme mal, pero Dios intentaba hacer bien, para dar vida a un pueblo numeroso, como hoy somos» (Gn 50,20); pero eso no significa que Dios quiera, ni siquiera como medio, el pecado de los hermanos de José.
Dios no quiere mal moral, el pecado ni en sí mismo ni como medio para un fin, pero lo permite, es decir, no lo impide, porque ha dado libertad al hombre y porque puede hacer que del pecado surjan efectos buenos (revelación de su justicia y misericordia, prueba moral de los buenos, castigo de los malos mediante sus propios pecados o de los otros)60.
[311] Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral, (cf San Agustín, De libero arbitrio, 1, 1, 1: PL 32, 1221-1223; Santo Tomás de Aquino, S. Th. 1-2, q. 79, a. 1). Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien:
«Porque el Dios todopoderoso […] por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal» (San Agustín, Enchiridion de fide, spe et caritate, 11, 3).
[312] Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: «No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios […] aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir […] un pueblo numeroso» (Gn45,8; 50,20; cf Tb2,12-18 vulg.). Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia (cf Rm 5,20), sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.
El mal moral es el que depende de la libertad, el que introduce la libertad de los hombres y de los ángeles; en definitiva el mal moral es el pecado y todas sus consecuencias.
Desgraciadamente no siempre somos capaces de comprender que el mal moral es infinitamente peor que el mal físico, porque el mal físico nos entra por los ojos y para percibir el valor del mal moral necesitamos la fe:
La Iglesia católica preferiría ver el sol y la luna caer del cielo, la tierra disolverse y los millones de humanos que se encuentran en ella morir de inanición en una espantosa agonía, en el límite de la aflicción temporal, antes que ver un alma, no ya que se pierde, sino que comete un solo pecado venial, como decir voluntariamente una mentira o robar una moneda sin excusa alguna61.
Ciertamente, el mal moral es el que resulta más difícil de hacer compatible con la Providencia, pero es más necesario hacerlo si cabe.
Yo, podrá decir alguno, admito esto en cuanto a la enfermedad y a la muerte, al frío y al calor y mil parecidos accidentes producidos por causas desprovistas de libertad, pues estas causas obedecen siempre a Dios. El hombre, por el contrario, le resiste; cuando alguien habla mal de mí, me arrebata los bienes, me hiere, me persigue, ¿cómo podré yo ver en ese mal proceder la mano de Dios, puesto que, muy lejos de aprobarlo, lo prohíbe? No puedo, pues, atribuirlo sino a voluntad del hombre, a su ignorancia o a su malicia. En vano se atrincheran tras este razonamiento para no abandonarse a la Providencia, ya que Dios mismo se ha explicado acerca del particular y hemos de creer, fiados de su palabra infalible, que Él obra en esta clase de acontecimientos no menos que en los otros; nada sucede en ellos sino por su voluntad62.
Hay que afirmar con toda fuerza que Dios no quiere de ningún modo el mal moral, ni siquiera como un medio para sacar un bien de él. Algo totalmente distinto es que Dios permita el mal moral por razones que debemos intentar entender:
Si se trata del mal moral, esto es, del pecado y de la culpa en sus diversas formas y consecuencias, incluso en el orden físico, este mal decidida y absolutamente Dios no lo quiere. El mal moral es radicalmente contrario a la voluntad de Dios. Si este mal está presente en la historia del hombre y del mundo, y a veces de forma totalmente opresiva, si en cierto sentido tiene su propia historia, esto sólo está permitido por la Divina Providencia, porque Dios quiere que en el mundo creado haya libertad. La existencia de la libertad creada (y por consiguiente del hombre e incluso la existencia de los espíritus puros como los ángeles de los que hablaremos en otra ocasión) es indispensable para aquella plenitud de la creación que responde al plan eterno de Dios (como hemos dicho ya en una de las anteriores catequesis). A causa de aquella plenitud del bien que Dios quiere realizar en la creación, la existencia de los seres libres es para él un valor más importante y fundamental que el hecho de que aquellos seres abusen de la propia libertad contra el Creador y que, por eso, la libertad pueda llevar al mal moral63.
Y, ¿por qué la mano de Dios no andará en todo esto? En el pecado hay dos elementos: material y formal. Lo material no es sino el ejercicio natural de nuestras facultades y Dios concurre a él como a todos nuestros actos. Este concurso es de toda necesidad, pues si Dios nos lo negara, quedaríamos reducidos a la impotencia, y habiéndolo juzgado conveniente otorgarnos la libertad prácticamente nos la quitaría. Empero el mérito o la falta es lo formal del acto; y en el pecado, lo formal es el defecto voluntario de conformidad del acto con la voluntad de Dios. Este defecto no es un acto, es más bien su ausencia. Dios no concurre a él, al contrario, ha señalado preceptos, hecho promesas y amenazas. Ofrece su gracia, solicita al alma para conducirla a su deber; ha hecho, pues, todo para impedir el pecado, pero no quiere llegar al extremo de violentar la libertad. A pesar de todo lo hecho por Dios, el hombre, abusando de su libre albedrío, no ha adaptado su voluntad a la de Dios; Dios, por tanto, no ha prestado su concurso sino a lo material del acto. No hay cooperación al pecado, considerado como tal; lo ha permitido en cuanto que no lo ha impedido por medio de la violencia, sin que esta permisión sea una autorización, pues El detesta la falta y se reserva el castigarla en tiempo oportuno. Mas entretanto, cabe en sus designios hacer servir el mal para el bien de sus elegidos, utilizando para esto la debilidad y la malicia de los hombres, sus faltas hasta las más repugnantes64.
Por lo tanto, debemos esforzarnos en excluir de nuestra imagen de Dios que él quiera infligirnos algún mal proveniente de la libertad humana. La distinción entre lo que Dios quiere y lo que permite nos ayuda a no caer en el error de atribuirle lo que no forma de su plan, no culparle de lo que es nuestra responsabilidad, y atisbar cómo reacciona la Providencia ante el mal moral que depende de nosotros.
Se puede interpretar la voluntad de Dios en el sentido de que muchas cosas son permitidas por él, pero no se sigue necesariamente que todo lo que Dios permite lo quiere de modo absoluto e incondicional… No es de una fe sólida y recta el pensar de modo adulador que todo responda al querer de Dios y no haya nada de responsabilidad en nosotros. Empeñándonos en adjudicar al querer divino todo cuanto sucede, tendríamos todas las razones para excusar nuestros pecados y arruinar nuestra vida cristiana… De hecho, hay tantas cosas que Dios no solo no quiere sino que prohíbe, e incluso castiga con las penas sempiternas. Ciertamente todo aquello que prohíbe e incluso le ofende no puede responder al querer de Dios (Tertuliano)65.
Nada sucede sin el beneplácito del señor del universo. Entonces, falta por concluir brevemente que todo eso aconteció porque Dios no lo impidió. En verdad, solo esto es lo que salva tanto a la providencia como a la bondad de Dios. No se debe pensar que sea él quien provoca las tribulaciones; eso no debemos ciertamente ni pensarlo; más bien conviene persuadirse de que no ha impedido a los que las causan, y que aprovecha para bien el atrevimiento de los adversarios… Por eso, en razón de nuestra santificación, el Señor no impidió el padecer (San Clemente de Alejandría)66.
San Juan Damasceno nos ayuda a distinguir lo que Dios quiere directamente y lo que Dios permite:
Conviene saber que hay muchas clases de Providencia divina, las cuales ni se pueden explicar con palabras ni se pueden comprender con el entendimiento. Conviene saber que todas las penalidades redundan en provecho y sirven a la Salud de los que las soportan con agradecimiento. Conviene saber que de antemano Dios quiere que todos se salven y que entren en su reino. Porque no nos ha creado para castigamos, sino para que seamos partícipes de su bondad, pues Dios es bueno. Pero castiga a los pecadores porque es justo. La primera (voluntad) se llama voluntad precedente y complacencia, porque Dios es su causa; la segunda se llama voluntad consecuente y permisión, pues nosotros somos la causa. Y ésta (la permisión) es doble: la una está en el Orden de la Salud y educa para la Salud; la otra rechaza al hombre para que reciba todo el castigo merecido, como ya hemos dicho. Ahora bien, esto se refiere a algo que no depende de nuestro poder. Con respecto a lo que depende de nuestro poder, Dios quiere el bien de un modo precedente y tiene en ello su complacencia. El mal y lo realmente malo no lo quiere ni de un modo precedente ni de un modo consecuente. Pero permite que lo haga la voluntad libre. Porque lo que sucede por imposición no es ni racional ni virtud. Dios se cuida de toda la Creación y mediante toda la Creación reparte beneficios y educa, a veces hasta por medio de los demonios, como es el caso de Job y de los gorrinos67.
Aunque algunas personas puedan pensar que hubiera sido mejor que Dios nos hubiera creado sin libertad y, por lo tanto, sin capacidad de introducir el mal moral en el mundo, olvidan el papel insustituible de la libertad del ser humano en el plan de Dios: sin libertad no hay posibilidad de amor y Dios quiere establecer con cada uno de nosotros una verdadera relación de amor. Dios quiere la libertad del hombre y permite la consecuencia del pecado y del mal moral porque su providencia tiene prevista una respuesta.
El respeto de la libertad creada es tan esencial que Dios permite en su Providencia incluso el pecado del hombre (y del ángel). La criatura racional, excelsa entre todas, pero siempre limitada e imperfecta, puede hacer mal uso de la libertad, la puede emplear contra Dios, su Creador […]. En el mundo, en el cual el hombre ha sido creado como ser racional y libre, el pecado no sólo era una posibilidad, se ha confirmado también un hecho real «desde el comienzo». El pecado es oposición radical a Dios, es aquello que Dios de modo decidido y absoluto no quiere. No obstante, lo ha permitido creando los seres libres, creando al hombre. Ha permitido el pecado que es consecuencia del mal uso de la libertad creada. De este hecho, conocido en la Revelación y experimentado en sus consecuencias, podemos deducir que, a los ojos de la sabiduría transcendente de Dios, en la perspectiva de la finalidad de toda la creación, era más importante que en el mundo creado hubiera libertad, aun con el riesgo de su mal empleo, que privar de ella al mundo para excluir de raíz la posibilidad del pecado. Dios providente, si, por una parte, ha permitido el pecado, por otra, en cambio, con amorosa solicitud de Padre ha previsto desde siempre el camino de la reparación, de la redención, de la justificación y de la salvación mediante el Amor. Realmente, la libertad se ordena al amor: sin libertad no puede haber amor. Y en la lucha entre el bien y el mal, entre el pecado y la redención, la última palabra la tendrá el amor68.
Orígenes señala que es absurdo intentar mejorar el plan de Dios con la creación de un ser humano sin libertad:
¿No era posible a Dios crear a los hombres por su poder divino sin que tuvieran necesidad de corrección, buenos y perfectos de suyo, sin que la maldad existiera en absoluto? Parejas preguntas pueden inquietar a ignorantes e incapaces, no al que sabe penetrar la naturaleza de las cosas. Y así es que si a la virtud se le quita su carácter de voluntaria, se la despoja de su misma esencia (Orígenes)69.
Podemos acudir a san Clemente de Alejandría para ir al núcleo de la cuestión: la maravilla de la Providencia no es que evite todo mal físico o moral, sino que permite el mal porque de él puede sacar un bien, de ese modo salvaguarda la libertad necesaria para que podamos amarle y su plan salvador, que no elimina el mal sino que lo transforma en bien. Ésa es la enseñanza de san Pablo, que es imprescindible para acoger el misterio de la providencia divina: «Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rm 8,28). Sólo Dios en su omnipotencia providente tiene la capacidad de sacar bien del mal, por eso lo permite.
Lo más grande de la providencia divina es no permitir que la maldad, nacida de una apostasía voluntaria, permanezca sin efecto inútil, y que no sea totalmente perjudicial. Es pues obra de la sabiduría divina, de la virtud y del poder de Dios, por así decirlo… llevar a un fin bueno y útil los descubrimientos humanos más perniciosos y emplear útilmente lo que parece malo (San Clemente de Alejandría)70.
Ni siquiera la existencia y la acción del demonio quedan fuera de la providencia de Dios. También respecto al «malo» del que pedimos que se nos libre en el padrenuestro podemos tener confianza apoyados en la divina providencia.
En la Sagrada Escritura, el reino del dolor y del pecado es denominado reino del demonio. Este es el señor de este mundo (II Cor. 4, 4), el príncipe de las potencias del aire (Eph. 2, 2). Pero Cristo ha quebrantado este poderío. Los que están unidos con Cristo han sido sacados de las tinieblas (I Cor. 1, 13). En Cristo poseen la fuerza de oponerse a las asechanzas del diablo (Eph. 6, 11). No obstante, el enemigo malo puede serles peligroso también a los bautizados. Pero solamente en cuanto que Dios lo permite. El Dios vivo es también señor del dios de este mundo. Este puede atribular y atormentar al hombre, pero ha de llegar el día en que será encadenado para siempre. Nada puede él contra Dios. Dios mueve el timón de la Historia. Por eso la lucha de Cristo contra los oscuros poderes y fuerzas del diablo es una lucha llena de confianza en Dios, que es el verdadero y único Señor (Gloria). Esta confianza no le abandona ni en los momentos en que exteriormente parecen triunfar las tenebrosas fuerzas de Satanás71.
No tiene sentido temer al demonio como si Dios no pudiera retorcer sus planes y convertirlos en bien y salvación. Si no fuera así, no permitiría su acción.
La Sagrada Escritura llama al diablo «señor de este mundo», pero también él se halla bajo el dominio de Dios. Y hasta el diablo es un instrumento en las manos de Dios, y quiéralo o no, tiene que estar al servicio de los planes de Dios. El plan divino del mundo no se halla bajo el dominio de una fatalidad irrevocable, a la cual Dios estuviese sometido, ni bajo el dominio de una ley que Dios tuviese que cumplir. Es un plan libre, creado libremente por Dios. La Sagrada Escritura nos dice: «Tú, en efecto; ejecutas las hazañas, las antiguas, las siguientes, las de ahora, las que vendrán» (ludith 9, 5). «Yo anuncio desde el principio lo por venir, y de antemano lo que no se ha hecho. Yo digo: Mis designios se realizan, y cumplo toda mi voluntad, Yo llamo del Levante al ave de presa, de lejana tierra al hombre de mi consejo. Como lo he dicho, así lo haré; lo he dispuesto y lo cumpliré» (Isa 46, 8-11)72.
Para probar a los justos y a los santos, Dios emplea la malicia del demonio y la perversidad de los malvados. Job pierde hijos y bienes, cae de la opulencia en la miseria y dice: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; se ha hecho lo que le era agradable; ¡bendito sea el nombre del Señor!». No dijo -según acertadamente observa San Agustín-: «El Señor me lo dio y el diablo me lo quitó, sino el Señor me lo dio y el Señor me lo quitó; todo se ha hecho como agrada al Señor y no al demonio. Referid, pues, a Dios todos los golpes que os hieran, porque el diablo mismo nada os puede hacer sin la permisión de Dios»73.
De la misma tentación puede sacar bien para los suyos, por eso la permite:
No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla (1Co 10,13).
Cuando alguien se vea tentado, que no diga: «Es Dios quien me tienta»; pues Dios no es tentado por el mal y él no tienta a nadie. A cada uno lo tienta su propio deseo cuando lo arrastra y lo seduce (St 1,13-14).
Pero el hecho de que Dios permita el mal moral porque puede sacar un bien de él no quiere decir que no sea ya un mal o que quede impune:
Aunque Dios respeta el libre albedrío de cada uno y es capaz de utilizar las maldades [que tolera] de los perversos en su providencia universal para el bien común, el malvado no queda por ello libre de culpa, ni escapará al castigo por el hecho de que su malicia redunde en bien del universo (Orígenes)74.
Es precisamente la acción de Cristo, de forma especial su cruz, la que realiza la obra de la Providencia de convertir el mal moral en bien.
En la Pasión del Salvador, los judíos que le acusan, Judas que le entrega, Pilatos que le condena, los verdugos que le atormentan, los demonios que excitan a todos estos desgraciados, son desde luego la causa inmediata de este terrible crimen. Mas, sin ellos sospecharlo, es Dios quien ha combinado todo, no siendo ellos sino los ejecutores de sus designios. Nuestro Señor lo declara formalmente: «Ese cáliz lo ha preparado mi Padre; Pilato no tendría poder alguno si no lo hubiera recibido de lo alto. Mas ha llegado la hora de la Pasión, la hora dada por el cielo al poder de las tinieblas». San Pedro lo afirma con su Maestro: «Herodes y Pilato, los gentiles y el pueblo de Israel se ha coligado en esta ciudad contra Jesús, vuestro santísimo Hijo; mas todo para dar cumplimiento a los decretos de vuestra Sabiduría». Así, pues, la Pasión es obra de Dios y aun su obra maestra. «Imposible dudar; allí está la voluntad de Dios, esa voluntad tan luminosa que se oculta en esta noche profunda; esta voluntad invencible es el alma de esta total derrota; esta voluntad tan justa, tan buena, tan amante, no deja de ser reina y señora en este castigo sin medida y del todo inmerecido por aquel a quien se inflige; en una palabra, esta voluntad tres veces santa permanece en el fondo de este prodigio de iniquidad. Vivimos en esta creencia…, y después nos parece un exceso reconocer la voluntad de Dios, no digo en los males de la Santa Iglesia o en las calamidades públicas, sino en las pérdidas particulares, en esas humillaciones, esas decepciones, esos contratiempos, esos pequeños males, esas nonadas que llamamos nuestras cruces y que son nuestras pruebas habituales»75.
En consecuencia, sólo a partir de la cruz de Cristo se puede ofrecer una respuesta al modo en que se concilia la providencia de Dios y el sufrimiento, incluso el que proviene de la libertad pecadora:
En el plano eterno de Dios y en su acción providencial en la historia del hombre, todo mal, y de forma especial el mal moral -el pecado- es sometido al bien de la redención y de la salvación precisamente mediante la cruz y la resurrección de Cristo. Se puede afirmar que, en Él, Dios saca bien del mal. Lo saca, en cierto sentido, del mismo mal que supone el pecado, que fue la causa del sufrimiento del Cordero inmaculado y de su terrible muerte en la cruz como víctima inocente por los pecados del mundo. La liturgia de la Iglesia no duda siquiera en hablar, en este sentido, de la «felix culpa» (cfr Exsultet de la Liturgia de la Vigilia Pascual). […]. Por una parte, Cristo -el Verbo encarnado- confirma con su propia vida -en la pobreza, la humillación y la fatiga- y especialmente con su pasión y muerte, que Dios está al lado del hombre en su sufrimiento; más aún, que Él mismo toma sobre Sí el sufrimiento multiforme de la existencia terrena del hombre. Jesús revela al mismo tiempo que este sufrimiento posee un valor y un poder redentor y salvífico76.
Necesitamos contemplar la Cruz para descubrir en ella la respuesta definitiva al mal del mundo, especialmente cuando ese mal nos afecta directamente o cuando se hace más fuerte en nuestro mundo. Para el contemplativo la contemplación de la Cruz como la forma en que la Providencia responde al mal, es también una invitación a padecer el mal unido a Cristo y convertirlo en colaboración con la Providencia.
En cualquier lugar donde se levanta la cruz en la que el hombre sufre está presente el Crucificado, que quiso unir todas las cruces a la suya. Y donde está el Crucificado no puede dejar de estar el enamorado que lo busca con una pasión que no descansa hasta llegar a la más perfecta unión, hasta poder decir: «Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,19-20). Aunque pueda resultar paradójico, la fecundidad de la Iglesia sigue estando hoy también ahí, en la Cruz, como lo estuvo en la cima del Calvario hace dos mil años. «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1Co 1,23-25). Y por esa misma razón, la Iglesia necesita de miembros que sean capaces de revivir en su propia carne el misterio de dolor de la humanidad crucificada y el misterio de amor redentor del Salvador crucificado77.
Mirando a la Cruz, el cristiano puede mantener la esperanza en cualquier situación; y, unido a la Cruz, puede abrazar cualquier sufrimiento como forma eficaz de colaborar en el plan salvador que rige la providencia de Dios. Incluso con alegría:
Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo (1Pe 1,6-7).
Estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante (1Pe 4,13).
Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia. Pero que la paciencia lleve consigo una obra perfecta, para que seáis perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia (St 1,2-4).
En definitiva, la mirada de fe puede descubrir, con tiempo y oración, como la Providencia actúa por medio del sufrimiento:
Así, pues, visto con los ojos de la fe, el sufrimiento, si bien puede presentarse como el aspecto más oscuro del destino del hombre en la tierra, permite transparentar el misterio de la Divina Providencia, contenido en la revelación de Cristo, y de un modo especial en su cruz y en su resurrección. Indudablemente, puede seguir ocurriendo que, planteándose los antiguos interrogantes sobre el mal y sobre el sufrimiento en un mundo creado por Dios, el hombre no encuentre una respuesta inmediata, sobre todo si no posee una fe viva en el misterio pascual de Jesucristo. Pero gradualmente y con la ayuda de la fe alimentada por la oración se descubre el verdadero sentido del sufrimiento que cada cual experimenta en su propia vida. Se trata de un descubrimiento que depende de la palabra de la divina revelación y de la «palabra de la cruz» (cfr 1Cor 1,18) de Cristo, que es «poder de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1,24). Como dice el Concilio Vaticano II: «Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad» (Gaudium et spes, 22). Si descubrimos mediante la fe este poder y esta «sabiduría», nos encontramos en las sendas salvadoras de la Divina Providencia78.
Así, pues, la fe en la Providencia exige que en cualquier ocasión el alma se remonte hacia Dios. «Si el justo es perseguido es porque Dios lo quiere; si un cristiano por seguir su religión empobrece, es porque Dios lo quiere también; si el impío se enriquece en su irreligiosidad, es por permisión divina. ¿Qué me sucederá si soy fiel a mi deber? Lo que Dios quiera.» Nuestras pérdidas, nuestras aflicciones, nuestras humillaciones jamás debemos atribuirlas al demonio ni a los hombres, sino a Dios, como a su verdadero origen. Los hombres pueden ser su causa inmediata, y aunque tal suceda por una falta inexcusable, Dios aborrece la falta, pero quiere la prueba que de ella resulta para nosotros. «Convengamos que si en medio de tantos accidentes de todo género de que está llena la vida humana, supiéramos reconocer esa voluntad de Dios, no obligaríamos a nuestros ángeles a ver en nosotros tantas admiraciones poco respetuosas, tantos escándalos sin fundamento, tantas iras injustas, tantos descorazonamientos injuriosos a Dios, y desgraciadamente, tantas desesperaciones que a veces nos exponen a perdernos»79.
Es la contemplación de Cristo y lo que ha hecho por nosotros lo que nos permite abandonarnos en la Providencia:
Es nuestro Redentor, que vela sobre nosotros; es más que un hermano, más que un amigo incomparable, es el médico de nuestras almas, nuestro Salvador por voluntad propia. Ha venido a «salvar el mundo de sus pecados», curar las dolencias espirituales, traernos «la vida y una vida más abundante», «encender sobre la tierra el fuego del cielo». Salvarnos, he aquí su misión; salir bien en esta misión, he aquí su gloria y su dicha. ¿Podrá Él no sentir interés por nosotros? Su vida de trabajos y humillaciones, su cuerpo surcado de heridas, su alma llena de dolor, el calvario y el altar, todo nos muestra que ha hecho por nosotros locuras de amor. «¡Nos ha adquirido a tan alto precio!» ¿Cómo no le hemos de ser queridos? ¿En quién pudiéramos tener confianza, si no en este dulce Salvador, sin el cual estaríamos perdidos? Por otra parte, ¿no es Él el Esposo de nuestras almas? Abnegado, tierno y misericordioso para con cada una, ama con marcada dilección a aquellas que todo lo han dejado por adherirse sólo a Él. Tiene sus delicias en verlas cerca de su tabernáculo y vivir con ellas en la más dulce intimidad80.
[313] «En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm8,28). El testimonio de los santos no cesa de confirmar esta verdad:
Así santa Catalina de Siena dice a «los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede»: «Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin» (Dialoghi, 4, 138).
Y santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor» (Carta de prisión; cf. Liturgia de las Horas, III, Oficio de lectura 22 junio).
Y Juliana de Norwich: «Yo comprendí, pues, por la gracia de Dios, que era preciso mantenerme firmemente en la fe […] y creer con no menos firmeza que todas las cosas serán para bien […] Tú misma verás que todas las cosas serán para bien» («Thou shalt see thyself that all manner of thing shall be well» (Revelation 13, 32).
El testimonio de los santos debe ayudarnos a comprender, hacer nuestras y aplicar estas palabras de san Pablo que son como la quinta esencia de la providencia divina. Pase lo que pase, hemos de saber que todo procede del amor de Dios y Dios lo utiliza para nuestra salvación, tanto lo que él quiere como lo que permite. Si tenemos esta fe, no podemos temer nada ni rechazar ningún acontecimiento como si no fuera portador de la voluntad de Dios e instrumento de salvación. Incluso el martirio, la muerte más cruel e injusta, se convierte en puerta abierta del cielo y causa de la mayor gloria. La fe en la Providencia nos permite ver la realidad de una manera nueva, contemplando nuestra historia de forma bien distinta y esperando ver en el futuro cómo la mano de Dios teje su plan salvador con los hilos de nuestras luchas, sufrimientos y dificultades.
El ejemplo de los santos nos ayuda a vivir colgados de la providencia de Dios, reconociendo que por nuestra parte es necesaria la docilidad, la confianza y la fidelidad para que Dios pueda sacar el bien que quiere del mal que nos pasa.
[314] Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios «cara a cara» (1Co13,12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn2,2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.
Creer en la Providencia significa también aceptar que no vemos cómo actúa Dios en cada momento. Debemos mantener la fe y la confianza en la acción providente de Dios, apoyándonos en la Palabra y en la propia experiencia. No debemos olvidar nunca que la providencia de Dios no es algo que nosotros podamos prever, comprender o controlar. La conocemos, creemos en ella, contamos con ella, pero siempre será un misterio que nos desborde:
La finalidad del gobierno divino del mundo se realizará infaliblemente. Pero nosotros no conocemos sus caminos. La historia humana y la de la Naturaleza se mueven hacia la meta final que les ha sido señalada, a pesar de los obstáculos que puede oponer la voluntad libre de la criatura, por laberintos y escarpadas subidas, a través de catástrofes y nuevos caminos81.
Sólo en el cielo podremos comprender plenamente la providencia de Dios en nuestra vida y en el mundo, entonces veremos como Dios ha intervenido en todas las cosas para llevar a término su plan salvador.
Mediante una fe viva, se miran las criaturas no en sí mismas, sino en la causa primera de la que reciben toda su acción; se adivina cómo «Dios las ordena, las mezcla, las reúne, las pone, las empuja hacia el mismo fin por opuestos caminos». Se entrevé al Espíritu Santo sirviéndose de los hombres y de las cosas para escribir en las almas un Evangelio viviente. Este libro no será del todo comprendido sino en el gran día de la eternidad, lo que nos parece tan confuso, tan ininteligible, nos maravillará entonces; ahora con la firme persuasión de que «todo tiene sus movimientos, sus medidas, sus relaciones en esta divina obra», hemos de inclinarnos con respeto, a la manera que ante la Sagrada Escritura adoramos al Dios oculto y nos abandonamos a su Providencia82.
NOTAS
- Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono, Madrid 2016 (RIALP, 16ª ed.), 558 p. Dom Vital fue un monje trapense, abad de Nuestra Señora de Gracia en Bricquebec, muerto en 1948. El libro se publicó por vez primera en 1919.
- M. Schmaus, Teología dogmática, Madrid 1961 (Rialp), II, 171.
- San Agustín, La interpretación literal del Génesis, 4,12,22.
- San Juan Crisóstomo, Sobre la divinidad de Cristo, contra los anomeos, 12,4.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre. Catequesis sobre el Credo (I), Madrid 1998 (Rialp, 4ª ed.), 224-225 (Audiencia general del 7 de mayo de 1986). Siempre que citemos esta obra, la cursiva es del autor. Es necesario comprender adecuadamente esta «creación continua»: «El acto creador contiene en sí, en primer lugar y básicamente, la posición fundamental (el acto de poner) de un ser no divino, y en segundo lugar, y al mismo tiempo, la permanencia de dicho acto en las cosas creadas. Por tanto, no debe entenderse la conservación del mundo (creatio continua) en el sentido de una secuencia temporal de actos creados concretos. Se trata de la presencia temporal e indivisa de la actualidad creadora en la existencia permanente y en el movimiento del mundo» (G. L. Müller, Dogmática. Teoría y práctica de la teología, Barcelona1998 (Herder), 219-220).
- Cf. L. Ott, Manual de Teología Dogmática, Barcelona 1986 (Herder, 7ª ed.), 88-89.
- San Juan Damasceno, Exposición de la fe ortodoxa, lib. 2, cap. 29; citado en Schmaus, Teología dogmática, 167.
- Schmaus, Teología dogmática, 156.
- Cf. Ott, Manual de Teología Dogmática, 155, que cita a Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, I, q. 22, a. 1.
- Schmaus, Teología dogmática, 169.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 219 (Audiencia general del 30 de abril de 1986).
- Lehodey, El Santo Abandono, 123.
- Puede leerse con provecho toda la Audiencia general de Juan Pablo II del 28 de mayo de 1986 recogida en Creo en Dios Padre, 241-245.
- Cf. Ott, Manual de Teología Dogmática, 156.
- San Ireneo de Lyon, Refutación de las herejías, 2,26,3.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 220-221 (Audiencia general del 30 de abril de 1986).
- Lehodey, El Santo Abandono, 112.
- Schmaus, Teología dogmática, 170.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 226-227 (Audiencia general del 7 de mayo de 1986).
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 227-228 (Audiencia general del 7 de mayo de 1986).
- Dz 1784.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 220-221 (Audiencia general del 30 de abril de 1986).
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 229 (Audiencia general del 14 de mayo de 1986).
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 222 (Audiencia general del 30 de abril de 1986).
- Schmaus, Teología dogmática, 171-172.
- Schmaus, Teología dogmática, 157.
- Los salmos ofrecen numerosos ejemplos de este cuidado providente que el contemplativo puede asimilar con la lectio divina: Sal 16,5.8; 37,23-24.30-31; 73,23-24; 54,6.
- Schmaus, Teología dogmática, 163-164.
- Cf. Ott, Manual de Teología Dogmática, 157.
- Schmaus, Teología dogmática, 156.
- Cf. Ott, Manual de Teología Dogmática, 157.
- Santo Tomás de Aquino, Suma contra gentiles, III, 95-96.
- Schmaus, Teología dogmática, 173.
- Schmaus, Teología dogmática, 163.
- R, Guardini, Was Jesus unter der Vorsehung versteht, 1939, pág. 16, citad en Schmaus, Teología dogmática, 165.
- Schmaus, Teología dogmática, 164.
- Schmaus, Teología dogmática, 165-166.
- San Juan Damasceno, Exposición de la fe ortodoxa, lib. 2, cap. 29; citado en Schmaus, Teología dogmática, 167-168.
- Ott, Manual de Teología Dogmática, 153.
- Téngase en cuenta que el Catecismo cita los salmos según la numeración de la Vulgata, que es la que utiliza la liturgia en los leccionarios y en el Oficio divino, por lo que, si se buscan estos salmos en la Biblia son el 23; 33; 36; 104; 139.
- Lehodey, El Santo Abandono, 109-110.
- Lehodey, El Santo Abandono, 120-121.
- J. P. de Caussade, Tratado del santo abandono a la providencia divina, Sevilla 1998 (Apostolado Mariano), 22-23.
- Ott, Manual de Teología Dogmática, 153.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 230.232 (Audiencia general del 14 de mayo de 1986).
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 231-232 (Audiencia general del 14 de mayo de 1986).
- Müller, Dogmática, 220-221.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 256-257 (Audiencia general del 18 de junio de 1986).
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 257 (Audiencia general del 18 de junio de 1986). Hace referencia en este sentido a Gaudium et spes, 57: «El hombre, en efecto, cuando con el trabajo de sus manos o con ayuda de los recursos técnicos cultiva la tierra para que produzca frutos y llegue a ser morada digna de toda la familia humana y cuando conscientemente asume su parte en la vida de los grupos sociales, cumple personalmente el plan mismo de Dios, manifestado a la humanidad al comienzo de los tiempos, de someter la tierra y perfeccionar la creación, y al mismo tiempo se perfecciona a sí mismo; más aún, obedece al gran mandamiento de Cristo de entregarse al servicio de los hermanos».
- Schmaus, Teología dogmática, 171-172.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 236 (Audiencia general del 18 de junio de 1986).
- A. Carreres Esparza, Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, Madrid 2024 (Nazaret), 132-133.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 259-260 (Audiencia general del 18 de junio de 1986).
- Cf. Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 260-264 (Audiencia general del 25 de junio de 1986).
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 246-248 (Audiencia general del 4 de junio de 1986).
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 254 (Audiencia general del 11 de junio de 1986). Para responder al problema del mal es necesaria toda la Revelación porque la verdad de la providencia de Dios está presente en toda la Revelación e impregna la verdad entera de la creación (cf. p. 225).
- Cf. Ott, Manual de Teología Dogmática, 91.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 246-247 (Audiencia general del 4 de junio de 1986).
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 248-249 (Audiencia general del 4 de junio de 1986).
- Schmaus, Teología dogmática, 178.
- Palabras del cardenal Newman recogidas en M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), I, 205.
- Lehodey, El Santo Abandono, 113.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 249-250 (Audiencia general del 4 de junio de 1986).
- Lehodey, El Santo Abandono, 116-117.
- Tertuliano, Exhortación a la castidad, 2,3.
- San Clemente de Alejandría, Stromata, 4,86,3-87,1.4.
- San Juan Damasceno, Exposición de la fe ortodoxa, lib. 2, cap. 29; citado en Schmaus, Teología dogmática, 168.
- Cf. Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 238-239 (Audiencia general del 25 de junio de 1986). Pueden leerse las profundas reflexiones sobre la libertad humana capacitada por la presencia, la acción y el amor de Dios en Müller, Dogmática, 222-223.
- Orígenes, Contra Celso, 4,3,43-49.
- San Clemente de Alejandría, Stromata, 1,86,2.
- Schmaus, Teología dogmática,179.
- Schmaus, Teología dogmática, 169-170.
- Lehodey, El Santo Abandono, 114.
- Orígenes, Contra Celso, 4,70.
- Lehodey, El Santo Abandono, 115-116.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 251 (Audiencia general del 11 de junio de 1986).
- Carreres, Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, 135-136.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 253-254 (Audiencia general del 11 de junio de 1986).
- Lehodey, El Santo Abandono, 117-118.
- Lehodey, El Santo Abandono, 122.
- Schmaus, Teología dogmática, 169. Recuérdese el texto de Müller, Dogmática, 220-221, citado al comentar el n. 306 del Catecismo.
- Lehodey, El Santo Abandono, 111-112.
















