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Introducción

Comenzamos ya con el comentario del primer artículo del Credo, el que proclama la fe en Dios creador. Al ir profundizando en el descubrimiento de la realidad del Dios en que creemos, no sólo tiene que ir fortaleciéndose y madurando nuestra fe, sino también debe avivarse nuestro deseo de entrega a este Dios que conocemos porque sale a nuestro encuentro y al que necesitamos amar porque nos ama con ese amor infinito que «es» él.

Éste es el lugar de nuestro tema en el conjunto del Catecismo:

Primera sección: Creo-Creemos

Segunda sección: La profesión de la fe cristiana

(Los símbolos de la fe)

Cap. 1: Creo en Dios Padre

                Párrafo 2: El Padre

                Párrafo 3: El Todopoderoso

                Párrafo 4: El Creador

                Párrafo 5: El cielo y la tierra

                Párrafo 6: El hombre

                Párrafo 7: La caída

Cap. 2: Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios

Cap. 3: Creo en el Espíritu Santo

[198] Nuestra profesión de fe comienza por Dios, porque Dios es «el primero y el […] último» (Is 44,6), el principio y el fin de todo. El Credo comienza por Dios Padre, porque el Padre es la primera Persona divina de la Santísima Trinidad; nuestro Símbolo se inicia con la creación del cielo y de la tierra, ya que la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios.

Este n. del Catecismo sirve de apertura al largo capítulo que desarrolla el contenido de la fe en Dios Padre, que va a abarcar también el acto de la creación y lo que nos dice la fe católica sobre las criaturas: el cielo, los ángeles, el mundo, el hombre, incluyendo la primera caída.

Comenzamos por Dios, porque Dios es el origen y la meta de todo; el primero y el último como dice Isaías, o el Alfa y la Omega (primera y última letra del alfabeto griego) como dice el libro del Apocalipsis (1,8; 21,6).

El Catecismo justifica que comencemos este desarrollo por el Padre porque, aunque las tres personas de la Trinidad son iguales en divinidad y las tres son eternas, hay un «orden» en la Trinidad: el Padre es el que engendra (no crea) al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre; y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Ni las personas ni el orden de procedencia son intercambiables. Por eso, «el Credo comienza por Dios Padre». El Catecismo Romano llama al Padre «principio sin principio»1.

Aunque en las operaciones que realizan las personas de la Trinidad hacia fuera de ellas intervienen siempre las tres personas divinas, pero cada una según su «personalidad», es al Padre al que se le atribuye principalmente la Creación. Veremos todo esto más claramente cuando hablemos del dogma trinitario (Catecismo, n. 232-260). Y, por eso, al hablar del Padre nos detendremos en la creación y en las criaturas desde el punto de vista de la Revelación.

La creación es «el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios» porque es la condición necesaria para alcanzar el objetivo de todo el plan de Dios: la unión de amor con el hombre: «Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada» (Catecismo, n. 1); «el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios» (Catecismo, n. 27). Por eso decimos que la creación es el «fundamento» de todas las obras de Dios, pero no su intención o su meta última.

Creo en un solo Dios

[199] «Creo en Dios»: Esta primera afirmación de la Profesión de fe es también la más fundamental. Todo el Símbolo habla de Dios, y si habla también del hombre y del mundo, lo hace por relación a Dios. Todos los artículos del Credo dependen del primero, así como los mandamientos son explicitaciones del primero. Los demás artículos nos hacen conocer mejor a Dios tal como se reveló progresivamente a los hombres. Con razón «los fieles confiesan que lo más importante de todo es creer en Dios» (Catecismo Romano, 1,2,2).

Al comenzar a comentar el Credo debemos caer en la cuenta de qué es lo fundamental y nuclear, que se irá desarrollando a lo largo del resto del símbolo de la fe y del comentario que hace de él el Catecismo. El núcleo es Dios y el fundamento es Dios, no puede ser de otro modo.

Estas primeras palabras de la profesión de fe son fundamentales, de modo que lo que marca la diferencia en la vida de los hombres es si creen o no en Dios, en un Dios vivo y personal.

De la personalidad de Dios depende toda fe viva del hombre. Solo podemos entregarnos con fe y amor a quien es un ser personal y, sin embargo, distinto de nosotros, apartado de todas las marañas de las necesidades y defectos terrenos y, a pesar de ello, semejante a nosotros. Solo ante Él tenemos responsabilidad. De Él únicamente podemos esperar que nos saque con su poder de la estrechez y limitación de la existencia y nos lleve a la amplitud de su gloria. En un mundo perfectamente «cosificado», no soportado por un Dios personal, están cerradas todas las puertas. El hombre está encerrado sin salida en un mundo así. No puede saltar las murallas que tiene en torno. El mundo entero le parecerá entonces una prisión gigantesca. En un mundo sin Dios personal las oraciones resuenan inoídas en los enormes espacios de que hablan las ciencias naturales, que nada saben de nosotros ni nosotros podemos traspasar. Como un horrible eco de la propia llamada son rechazadas de nuevo hasta el orante por el entenebrecido cielo. El mundo sin Dios vivo es un mundo de glacial y desconsolada soledad. En cambio, el Dios personal nos mira a cada momento con amor, nos llama a nuestras mejores obras, nos anima y obliga a nuestras tareas, aguijonea la inercia de nuestro corazón y nos ayuda a superar también los pecados y fracasos. Nos abarca con su mirada y con su corazón, con los ojos de su amor y con la mano de su omnipotencia. Nosotros nos sabemos cobijados y con patria en un amor de indecible fuerza, calor e intimidad. Cada momento de la vida se convierte en un encuentro con el amor creador de Dios2.

· · ·

La fe en un solo Dios no es primariamente una cuestión de asentimiento intelectual. Esta confesión supone más bien una opción fundamental en favor de algo necesario, algo que satisface plenamente porque en el fondo lo es todo. Por eso, ese algo interpela también al hombre. La confesión de un solo Dios implica en definitiva la opción fundamental entre fe e increencia, la cuestión sobre qué es lo que merece siempre y en todas las situaciones la confianza absoluta3.

Todo lo demás -el mundo y el hombre- lo vemos a la luz de la fe en Dios. Es la fe en Dios la que nos ayuda a situarnos en el mundo como seres humanos. Iremos desarrollando, con la ayuda de la Revelación, lo que queremos decir cuando decimos «Dios», que es algo muy concreto.

Para el contemplativo decir «creo en Dios» no es sólo profesar el artículo primero y fundamental de su fe, sino la razón de su vida, el objeto de su amor, la meta a la que encamina toda su existencia. Proclamar la fe en Dios le obliga a hacer realidad lo que reconocen los teólogos: «La fe en Dios significa tanto el estar creyentemente convencidos de la existencia de Dios, como la entrega personal a Dios existente»4. Éste es el momento de recordar y poner en práctica lo que aprendíamos al comentar el n. 150 del Catecismo: el acto de fe abarca a todo el ser humano y conlleva: a) conocer y confesar la obra de la salvación realizada por Dios en la historia; b) confiar y obedecer la Palabra de Dios y los mandamientos que contiene; c) la comunión con Dios en esta vida, orientada a la comunión plena en el cielo5. Todos estos elementos deben estar presentes cuando se confiesa conscientemente «creo en Dios»; y, sin duda, el contemplativo debe realizar este acto consciente y completo de fe en Dios.

De alguna manera, todo el Credo está contenido en la afirmación «Creo en Dios»; pero, a su vez, necesitamos todo el Credo para darle el contenido adecuado a la palabra «Dios», para irle poniendo un rostro concreto al Dios en que creemos y para manifestar la identidad peculiar del Dios que confesamos, el Dios revelado.

De este Dios trata el primer artículo del «Credo». De Él hablan indirectamente todos los artículos sucesivos de los Símbolos de la fe. En efecto, están todos unidos de modo orgánico a la primera y fundamental verdad sobre Dios, que es la fuente de la que derivan. Dios es «el Alfa y la Omega» (Ap 1,8): Él es también el comienzo y el término de nuestra fe. Efectivamente, podemos decir que todas las verdades sucesivas enunciadas en el «Credo» nos permiten conocer cada vez más plenamente al Dios de nuestra fe, del que habla el artículo primero: Nos hacen conocer mejor quién es Dios en Sí mismo y en su vida íntima. En efecto, al conocer sus obras ‑la obra de la creación y de la redención‑, al conocer todo su plan de salvación respecto del hombre, nos adentramos cada vez más profundamente en la verdad de Dios, tal como se revela en la Antigua y en la Nueva Alianza6.

Creemos en Dios, pero no en Dios como una idea abstracta, etérea o indeterminada; creemos en el Dios revelado en la historia de la salvación y de forma plena en Jesucristo. Por eso podemos ir más allá de esta afirmación inicial fundamental, completarla y desarrollarla, no sólo en la imagen de Dios, en la acción de Dios, sino también en el hombre -hecho a imagen y semejanza de él-, en el mundo, reflejo de su gloria, en la historia de la salvación, en la Iglesia y en el destino final del hombre y del universo. Todo esto está contenido en lo que es Dios y hay que desarrollarlo con calma y con el gusto de ir conociendo más a Dios.

Todas las palabras del Credo, pero especialmente estas primeras, no son simplemente la afirmación de una verdad teológica, sino una verdadera «confesión» que implica nuestra vida.

Cuando decimos «creo en Dios», nuestras palabras tienen un carácter preciso de «confesión». Confesando respondemos a Dios que se ha revelado a Sí mismo. Confesando nos hacemos partícipes de la verdad que Dios ha revelado y la expresamos como contenido de nuestra convicción7.

«Creo en un solo Dios»

[200] Con estas palabras comienza el Símbolo Niceno-Constantinopolitano. La confesión de la unicidad de Dios, que tiene su raíz en la Revelación Divina en la Antigua Alianza, es inseparable de la confesión de la existencia de Dios y asimismo también fundamental. Dios es Único: no hay más que un solo Dios: «La fe cristiana cree y confiesa que hay un solo Dios […] por naturaleza, por substancia y por esencia» (Catecismo Romano, 1,2,2).

[201] A Israel, su elegido, Dios se reveló como el Único: «Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6,4-5). Por los profetas, Dios llama a Israel y a todas las naciones a volverse a Él, el Único: «Volveos a mí y seréis salvados, confines todos de la tierra, porque yo soy Dios, no existe ningún otro […] ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua jurará diciendo: ¡Sólo en Dios hay victoria y fuerza!» (Is 45,22-24; cf. Flp 2,10-11).

[202] Jesús mismo confirma que Dios es «el único Señor» y que es preciso amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y todas las fuerzas (cf. Mc 12,29-30). Deja al mismo tiempo entender que Él mismo es «el Señor» (cf. Mc 12,35-37). Confesar que «Jesús es Señor» es lo propio de la fe cristiana. Esto no es contrario a la fe en el Dios Único. Creer en el Espíritu Santo, «que es Señor y dador de vida», no introduce ninguna división en el Dios único:

«Creemos firmemente y confesamos que hay un solo verdadero Dios, inmenso e inmutable, incomprensible, todopoderoso e inefable, Padre, Hijo y Espíritu Santo: Tres Personas, pero una sola esencia, substancia o naturaleza absolutamente simple» (Concilio de Letrán IV: DS 800).

La «unicidad» de Dios, que Dios es solamente uno, es la revelación fundamental recibida por el pueblo de la Antigua Alianza y que permanece en la Alianza Nueva y definitiva. Se podrían multiplicar los testimonios bíblicos en los que aparece la confesión y la defensa de la unicidad de Dios frente a los pueblos vecinos, que creían en variedad de dioses. El texto clave es el que cita el n. 201 del Catecismo, Dt 6,4-5, que constituye la profesión de fe del pueblo judío: Yahweh es el único Dios. Es significativo que la consecuencia de la existencia de un Dios único sea un amor y una entrega total a él: «Amarás a Yahweh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Un único Dios lo abarca todo y por eso hay que ofrecerle todo. Los dioses paganos eran dioses «parciales», dioses de una nación, de una actividad (agricultura, guerra, sabiduría…), de situaciones concretas de la vida humana (fecundidad, muerte…). En consecuencia, no exigían ser adorados por todos, y se recurría a uno o a otro dios según las circunstancias y necesidades concretas. No había que entregarles todo el ser. La unicidad de Dios es la base de su primacía absoluta en nuestra vida, de la necesidad de entregarle de todo nuestro ser, la razón de que no haya nada al margen de él. Este Dios único es, por lo tanto, un Dios «universal», no de un solo pueblo o de un aspecto de la vida. Es el Dios de todos y de todos.

La unidad y la unicidad del Dios bíblico es todo menos una cuestión baladí. Justamente por ser uno y único puede ser el señor de todos los pueblos y de la historia. El es el primero y el último (Is 41,4; 43,10s; 44,6; 48,12; Ap 1,4.8.17), el soberano del universo (Ap 4,8; 11,17; 15,3s; 19,6). la unidad de Dios es a la vez su universalidad, que une a todos los hombres8.

Sería erróneo pensar que, en el transcurso de la historia, el Dios nacional de Israel se fue imponiendo a otros dioses en los que creían o a los dioses de los demás pueblos. Lo que afirma el «Shemá» (Dt 6,4-5) es lo contrario: el Dios único se ha manifestado a Israel y se ha convertido en «su Dios».

No es posible probar tampoco que Yahvé fuera considerado meramente como Dios nacional del pueblo de Israel hasta la época de los profetas, de suerte que, a pesar de tributar culto a un solo Dios, se creyera en la existencia de otros dioses (henoteísmo). «No se convirtió el Dios nacional en Dios del universo, sino lo que sucedió es que el Dios del universo estableció especial alianza con Israel en el monte Sinaí»9.

No se puede exagerar la novedad que supone el monoteísmo del pueblo de Israel frente al politeísmo de su entorno: «La fe de Israel en Yahvéh, Dios único y creador de todas las cosas, es un caso absolutamente singular en la historia de las religiones»10. La fe en un solo Dios del pueblo de Israel no tiene nada que ver con la reflexión filosófica que va descubriendo la irracionalidad del politeísmo, ni con una progresiva evolución desde el politeísmo11, ni con la decisión de un monarca. El monoteísmo de Israel se basa en que el Dios único se manifestó de forma excepcional a este pueblo y por lo tanto da comienzo a una relación de amor que se basa en la iniciativa de Dios:

Ni por su origen ni por su concepto se identifica el monoteísmo bíblico con el monoteísmo especulativo de la teodicea griega o de la veneración de un solo Dios con la monolatría que aparece en algunas raras ocasiones en las religiones históricas (por ejemplo, en el caso del faraón egipcio Echnatón, hacia el año 1350 a. C.) […]. No es que un pueblo ya existente se decidiera, en virtud de una reflexión teórica o como consecuencia de la resolución político-religiosa de un monarca, en favor de la monolatría y el monoteísmo o que aceptara la tradición de un protomonoteísmo siempre subyacente en la historia de la confesión de la humanidad. La confesión de la unicidad y singularidad de Yahvéh y de su existencia como el único Dios vivo y verdadero no es otra cosa sino el reflejo de la autoidentificación de Yahvéh con el Dios supremo adorado por los pueblos como creador universal del cielo y de la tierra […]. La revelación de Yahvéh como Dios único no encuentra primariamente en Israel la respuesta de una concepción monoteísta teórica, sino la respuesta real y total de una entrega la creyente a Dios y de una vida en relación de amor recíproco12.

Estamos ante el punto clave de la fe de Israel que continúa en la Iglesia. Los vv. que siguen al credo esencial del Antiguo Testamento (Dt 6,4-5) indican que esta verdad tiene que estar presente en la vida cotidiana del israelita: «Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales» (Dt 6,6-9).

Esta fe de Israel en el Dios único marca toda su historia y su forma de concebir el mundo. Es significativo, por ejemplo, que en el relato de la creación de Gn 1,1-2,4a, sólo está Dios creándolo todo y lo que otros pueblos consideraban dioses (como la luna o el sol) son simplemente «lumbreras» que coloca Dios en el firmamento (Gn 1,14-18). Todo es bueno, porque todo sale de las manos del único Dios (Gn 1,31).

La fe en el Dios único y verdadero fue siempre para Israel incompatible con la fe en otros dioses, de modo que la idolatría era el mayor de los pecados considerado como adulterio y prostitución (cf. p. ej. Os 2,4-15). Por eso los profetas arremeterán con fuerza contra la idolatría, como aparece en la gran crisis que afronta Elías cuando sólo queda él como profeta de Dios y se tiene que enfrentar a los profetas de Baal (1Re 18,20-40). Los israelitas están dispuestos a dar la vida por la confesión de fe de Yahweh como único Dios, como aparece de forma especial en la crisis macabea cuando el rey Antíoco IV les obliga a elegir entre sacrificar a los ídolos o morir (cf. 1Mac 1,41-64).

Es la segunda parte del libro de Isaías13, de la que está extraído el texto que cita el Catecismo (Is 45,22-24), el que con más fuerza defiende la unicidad de Dios y se ataca a la idolatría. Veamos otro ejemplo:

Esto dice el Señor, rey de Israel, su libertador, el Señor todopoderoso: «Yo soy el primero y yo soy el último, fuera de mí no hay dios. ¿Quién es como yo? Que lo proclame, lo declare y lo demuestre. ¿Quién anunció desde antiguo lo que acontecería? Que anuncien lo que aún debe venir. No tembléis, no tengáis miedo. ¿No lo había anunciado yo? ¿No lo había proclamado desde antiguo? Vosotros sois mis testigos: ¿Hay un dios fuera de mí? ¡No hay otra Roca! No la conozco».

Cuantos modelan ídolos no son nada, sus imágenes predilectas no sirven a nadie. Sus testigos no ven ni comprenden, por eso quedarán en ridículo. ¿Quién modela un dios o funde una imagen si no va a ganar nada? Todos sus secuaces quedarán en ridículo, porque sus artífices no son sino hombres. Que se reúnan todos para comparecer: temblarán y quedarán avergonzados.

El herrero cincela el hierro y lo trabaja en las brasas, lo forja a golpes de martillo, lo modela con su brazo vigoroso, aunque esté hambriento y sin fuerzas, no pueda beber agua y desfallezca.

El tallista lo mide con la cuerda, lo diseña con un marcador, lo trabaja con la hachuela, lo delinea con el compás: le da figura de hombre, belleza humana, para que habite en una casa.

Para ello corta cedros, o escoge un ciprés o una encina que se ha vuelto fuerte entre los árboles del bosque; o planta un cedro que la lluvia hace crecer.

La gente lo quema y con ello se calienta, o hace fuego para cocer el pan, o se fabrica un dios y lo adora, lo convierte en una imagen y se postra ante ella. Una mitad la quema para brasas, sobre las brasas asa la carne, se la come y se sacia, se calienta y dice: «¡Ah, qué bien! Siento el calor, veo el rescoldo». Con lo que queda se hace un dios, una imagen, se postra ante él, lo adora y reza: «Sálvame, porque tú eres mi dios».

No entienden ni disciernen, porque sus ojos están pegados, incapaces de ver, sus mentes, incapaces de comprender. No reconsidera ni tiene inteligencia ni buen sentido como para decir: «Una mitad la he quemado para brasas, he cocido el pan sobre las ascuas, he asado la carne y la he comido. ¿Y voy a convertir el resto en una abominación, me postraré ante un trozo de leño?». El corazón engañado extravía a quien se satisface con cenizas. No se salvará, no llegará a decir: «¿No es un engaño lo que tengo en mano?» (Is 44,6-20).

Este Dios único anunciado por Isaías no es sólo el Dios de Israel, sino el que invita a todos los pueblos a acercarse a él para obtener la salvación:

No hay otro Dios fuera de mí. Yo soy un Dios justo y salvador, y no hay ninguno más. Volveos hacia mí para salvaros, confines de la tierra, pues yo soy Dios, y no hay otro (Is 45,21-22; cf. 2,2-4).

Aunque esta proclamación del Dios único la descubre el pueblo de Dios por la automanifestación de Dios en la historia, coincide con lo que el hombre puede conocer por la razón. Lo que ya comenzaron a descubrir los filósofos griegos y lo que los Padres de la Iglesia enseñaron:

Nadie negará que Dios es el Ser soberano a menos que quiera negar su divinidad al robarle uno de sus atributos esenciales. Si ese es el caso, ¿cómo es él de soberano? Seguramente debe ser que no haya nada igual a él, porque si tuviera un igual, ya no sería el Ser supremo. El ser supremo debe, por definición, ser único. No existirá de otra manera que por la condición que le da su ser, que es su unicidad absoluta. Como Dios es el Ser supremo, nuestra fe cristiana ha declarado correctamente que si él no es uno, no existiría. Nunca hemos dudado de su existencia, sino que la hemos definido de tal manera que se vea necesariamente que le corresponde ser único si tiene que ser Supremo o Soberano. En conclusión, que el Ser supremo debe ser único, si quiere ser Dios tiene que ser soberanamente Supremo, si quiere ser magníficamente Soberano no puede tener otro semejante, si no tiene nada semejante tiene que ser único. Cualquier otro dios que puedas presentar no se puede considerar divino de esta manera, no será igualmente eterno ni absolutamente soberano14.

Lo explicaba así el Catecismo Romano, uniendo la reflexión filosófica y el testimonio de la Escritura:

De lo dicho se infiere que debemos confesar la existencia de un solo Dios, no de muchos, porque como atribuimos a Dios una bondad y perfección suma, es imposible que lo que es sumo y perfectísimo se halle en más de uno, y todo aquel a quien falta algo para ser sumo, desde luego es ya imperfecto, y, por consiguiente, no le conviene la naturaleza y ser de Dios. Esto se prueba también por muchos lugares de la sagrada Escritura. Porque escrito está: «Escucha, oh Israel: El Señor Dios nuestro, es el solo y único Dios y Señor» (Dt 6,4). También es mandamiento del Señor: «No tendrás otros dioses delante de mí» (Ex 20,3). Además de esto, nos avisa por el Profeta muchas veces: «Yo soy el primero, y yo el último, y fuera de mí no hay otro Dios» (Is 44,4). Asimismo, el Apóstol afirma claramente: «Uno es el Señor, una la fe, uno el bautismo» (Ef 4,5)15.

La unidad de Dios es mucho más que una cuestión numérica:

La unidad de Dios es algo más que una unidad cuantitativo numérica. El artículo de fe no dice primariamente que hay un solo Dios y no tres o cuatro dioses. Se trata de una unicidad cualitativa. Dios no es solo unus sino también unicus; esejemplar único, por decirlo así. Dios, en efecto, excluye por esencia la existencia de otro Dios […]. El Dios uno no puede menos de ser el Dios único. Así, la unicidad de Dios no es un atributo más, sino que se identifica con la esencia misma de Dios16.

Jesucristo confirma la verdad de la unicidad de Dios y, a la vez, se manifiesta como Hijo de Dios, del mismo modo que anunciará «otro Paráclito» igual a él.

[Jesús] había anunciado desde el principio la verdad sobre el Dios único, en conformidad con la tradición de Israel. A la pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?», Jesús había respondido: «El primero es: Escucha Israel: El señor, nuestro Dios, es el único Señor» (Mc 12,9). Y al mismo tiempo Jesús se había dirigido constantemente a Dios como a «su Padre» hasta asegurar: «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10,30). Del mismo modo había revelado también al «Espíritu de verdad, que procede del Padre» y que -aseguró- «yo os enviaré de parte del Padre» (Jn 15,26)17.

Aunque nos adentraremos más adelante en la doctrina sobre la Trinidad (Catecismo, n. 232-260), tenemos que anticipar que la afirmación de la unicidad de Dios no se contradice con la trinidad de personas.

Y así cree y confiesa la fe cristiana que Dios es uno en naturaleza, sustancia y esencia, como lo afirmó la Iglesia en el Símbolo del Concilio de Nicea para confirmar la verdad. Pero elevándonos a un orden superior, de tal modo entiende ser Dios uno, que venera la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad (Catecismo Romano)18.

Así lo afirma el Catecismo en el n. 253, recogiendo el testimonio del Magisterio de la Iglesia:

La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: «la Trinidad consubstancial» (Concilio de Constantinopla II, año 553: DS 421). Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: «El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza» (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 530). «Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina» (Concilio de Letrán IV, año 1215: DS 804).

No afirmamos que Dios es uno y tres en el mismo aspecto: es uno en esencia y trino en personas; la unidad en esencia se realiza en la trinidad de personas. La afirmación de la Trinidad es la plenitud de la unicidad de Dios.

La doctrina trinitaria no intenta negar la revelación de la trinidad ni la unidad tanto racional como revelada. La iglesia no quiere defender la unidad de Dios a costa de la doctrina trinitaria. Quiere justamente salvaguardar en la doctrina trinitaria el monoteísmo cristiano. La iglesia considera la doctrina trinitaria como la única forma posible y consecuente del monoteísmo y como la única respuesta válida al ateísmo moderno19.

La revelación de la trinidad es, pues, la revelación de la esencia más profunda, de la esencia de la unidad y unicidad de Dios, oculta al mundo, unidad y unicidad que fundan por su parte la unidad de la iglesia y por medio de la cual garantiza la unidad del mundo. Así, la doctrina trinitaria constituye el contenido cristiano del monoteísmo; más exactamente, concretiza la afirmación abstracta de la unidad y unicidad de Dios, determinando en qué consiste esta unidad. La unidad de Dios aparece definida como comunión del Padre y el Hijo, e implícitamente como comunión del Padre, el Hijo y el Espíritu, como unidad en el amor20.

A esta verdad fundamental de la fe se oponen:

  • -El politeísmo: que cree en multitud de dioses. Esta creencia, que estaba presente en las culturas que circundaban al Israel del Antiguo Testamento, en Grecia y Roma, continúa en la religión hindú, en zonas de África y en el resurgimiento del neopaganismo en Europa.
  • -El dualismo que profesaban gnósticos y maniqueos (recuérdese la biografía de san Agustín) defendía dos principios eternos, uno del bien y otro del mal.
  • -El ateísmo: que niega la existencia de Dios, y que prolifera en la época moderna y postmoderna.

La Escritura, que afirma claramente la existencia de Dios, afirma radicalmente la existencia de un solo Dios y se opone a que haya un principio del mal equivalente a Dios cuando proclama que todo salió bueno de la mano de Dios (Gn 1,31) y que el mal procede de la libertad del hombre (Gn 3).

Santo Tomás de Aquino, después de señalar que son cuatro las causas y tipos del politeísmo (la debilidad del entendimiento, la adulación a los gobernantes, el afecto carnal a los parientes y el engaño del demonio), indica que no es tan difícil caer en él:

Aunque todo esto [el politeísmo] es horroroso hay muchos, sin embargo, que recaen con frecuencia en estos cuatro motivos. Y si bien no de palabra o de corazón, sí con sus hechos demuestran creer en muchos dioses. Los que creen que los cuerpos celestes pueden influir en la voluntad de los hombres, y los que a la hora de obrar distinguen tiempos propicios, están suponiendo que los cuerpos celestes son dioses y que tienen dominio, y andan fabricándose astrolabios. «No temáis a las señales del cielo, a las que temen las naciones, porque las leyes de los pueblos son vanas» (Ier 10,2). Asimismo, todos los que obedecen a los reyes más que a Dios, o les obedecen en lo que no deben, los convierten en dioses suyos. «Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act 5,29). Igualmente, los que aman a sus hijos y parientes más que a Dios, con sus obras manifiestan que hay muchos dioses. Como también los que aman al alimento más que a Dios; de los cuales dice el Apóstol: «Su Dios es su vientre» (Philp 3,19). Por fin, todos los aficionados a sortilegios y magias creen que los demonios son dioses, puesto que les piden lo que solo Dios puede conceder: el conocimiento de alguna cosa oculta y del porvenir. Así pues, en primer lugar hemos de creer que hay un Dios solamente21.

Dios revela su Nombre

[203] Dios se reveló a su pueblo Israel dándole a conocer su Nombre. El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima. Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera, comunicarse a sí mismo haciéndose accesible, capaz de ser más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente.

Aunque a nosotros nos parezca normal conocer el nombre de Dios, poder nombrarlo e invocarlo por su nombre, el hecho de que Dios manifieste su nombre y lo de a conocer supone un acto definitivo de su auto-revelación y auto-donación. Ya no se trata de un Dios desconocido que hay que buscar en el vacío, tan lejano y misterioso que no se puede conocer, tan impersonal que no tiene un nombre: «No te hablé a escondidas, en un país tenebroso, no dije a la estirpe de Jacob: “Buscadme en el vacío”» (Is 45,19). Un Dios que nos dice su nombre para que podamos conocerlo o invocarlo es un Dios personal que quiere establecer con nosotros una relación personal: no es una fuerza cósmica, no se confunde con el todo, como pretenden las religiones orientales que se han difundido entre nosotros por medio de la Nueva Era.

Dar a conocer el nombre -también en las relaciones humanas- no es simplemente un dato más sin importancia, sino una verdadera oferta de amistad, intimidad, conocimiento, relación y amor. Conocer el nombre de Dios significa que podemos relacionarnos con él, invocándole, pidiéndole. Hemos de ser conscientes del gran regalo que nos ofrece Dios al mostrarnos su nombre: «Dichoso el pueblo que sabe aclamarte» (Sal 89,16).

Por eso es un momento privilegiado de la Revelación que Dios haya manifestado su nombre a su pueblo, especialmente en el episodio de Moisés y la zarza ardiente que contemplaremos enseguida. En el Nuevo Testamento esta revelación del nombre de Dios llega a su plenitud porque al poder llamar a Dios «Padre» no sólo se nos ofrece la oportunidad de pedir con confianza lo que Dios quiere darnos, sino de entrar en la misma relación con Dios que tiene el Hijo (cf. Mt 6,9-13; Lc 11,2; Rm 8,15-17).

El Nuevo Testamento recoge los nombres paleotestamentarios de Dios conforme a la versión de los Setenta y sitúa en el centro de la religión cristiana la denominación de Padre, que en el Antiguo Testamento aparece únicamente de forma aislada22.

Hay que tener muy en cuenta que en la Escritura el nombre no es algo caprichoso, arbitrario u original, como sucede en nuestro tiempo, sino que expresa el ser y la misión, de tal manera que el cambio de nombre supone una transformación profunda y una nueva misión (p. ej. el caso de Simón-Pedro en Mt 16,18). Esta profundidad de lo que expresa el nombre hay que tenerla especialmente en cuenta cuando se trata del nombre de Dios.

Para la mentalidad antigua el nombre no era un puro sonido; entre él y quien lo llevaba existía una relación esencial. El individuo existe en el nombre y, por consiguiente, el nombre contiene una afirmación sobre la naturaleza o la potencia de quien lo lleva. Esta concepción tenía una importancia constitutiva para la vida cultural del antiguo oriente. Para los antiguos era un hecho indiscutible que las potencias divinas rodeaban y determinaban misteriosamente la vida de los hombres; pero esta certeza no consolaba en modo alguno al hombre, mientras no supiera qué divinidad era aquella con la que debía entendérselas, es decir, mientras no conociera su nombre y no le fuera posible invocarla o interesarla a su favor y a favor de sus necesidades. La divinidad debe primero «levantar un memorial» a su nombre en el ámbito de la existencia humana (Ex 20,24), si no el hombre no podrá jamás invocarlo. Por lo tanto, el culto, la relación comunitaria entre la divinidad y el hombre, era imposible sin el nombre divino, pues le faltaba un medio de influenciar la divinidad. En efecto, no se trataba sólo de «entregarse voluntariamente a ella por motivos de gratitud», el hombre tenía también el deseo egoísta de ponerla al servicio de sus intereses terrenos, en la medida de lo posible, hasta llegar, en casos extremos, a practicar la magia con el nombre divino23.

La oferta que Dios hace al revelar su nombre puede ser traicionada y manipulada para aprovechar el nombre de Dios en el propio interés, no siempre bien intencionado, y pervertir la amistad ofrecida por Dios al manifestar su nombre convirtiéndola en un modo de controlarlo usando su nombre de forma mágica. Por eso, el nombre de Dios, como veremos permanece en cierta medida misterioso. No basta saber y pronunciar el nombre de Dios para entrar en el cielo: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos» (Mt 7,21).

[204] Dios se reveló progresivamente y bajo diversos nombres a su pueblo, pero la revelación del Nombre Divino, hecha a Moisés en la teofanía de la zarza ardiente, en el umbral del Éxodo y de la Alianza del Sinaí, demostró ser la revelación fundamental tanto para la Antigua como para la Nueva Alianza.

Antes de profundizar en la «revelación fundamental» del Nombre de Dios en el encuentro de Moisés con Dios en el episodio de la zarza ardiente, el Catecismo nos recuerda que Dios tiene varios nombres. No debe extrañarnos que ningún nombre pueda abarcar todo el ser de Dios y que, dentro de la forma progresiva que Dios ha elegido para revelarse al hombre (cf. Catecismo, n. 53), haya ido manifestándose con diversos nombres. He aquí una lista de los principales nombres de Dios en el Antiguo Testamento:

  • -Con frecuencia se le denomina «Dios de vuestros padres», en concreto «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob» (Ex 3,6.15). Hasta Jesús lo hace (Mc 12,26). Se trata de mencionar al Dios que salió al encuentro de cada uno de los patriarcas, comenzando con ellos una relación personal de amistad e iniciando en esos encuentros la historia de la salvación.
  • -Se le menciona como Sadday, el Dios de la montaña, el elevado, el todopoderoso.
  • -También se le llama Elyón, que significa «Altísimo», el superior a todos, para expresar su transcendencia.
  • -En algunas ocasiones se le denomina simplemente El, que es el nombre común de Dios en el entorno de Israel, y se usa para formar multitud de nombres propios que incluyen el nombre de Dios: Isra-el, Natana-el, Miguel.
  • -Se le denomina con frecuencia Elohim, la forma plural de Eloah, pero que no se emplea para denominar varios dioses, sino la plenitud de la divinidad en Dios, un plural que denota soberanía y dominio.
  • -Es muy importante el nombre Adonai, que llama a Dios «Señor» (más exactamente «mi Señor»), el soberano, el que gobierna. Este nombre aplicado a Dios tendrá continuidad a través de su traducción griega en el Kyrios con el que se denomina también a Jesús en el Nuevo Testamento.

Podemos clasificar en tres grupos los siete «nombres sagrados» del Antiguo Testamento; el primer grupo expresa la relación de Dios con el mundo y con los hombres (’El = el Fuerte, el Poderoso; ’Elohim = el que posee la plenitud del poder; ’Adonai = el Señor, el Soberano, el Juez), el segundo grupo designa más bien las percepciones internas de Dios (Shadai = el Omnipotente; ’Elyon = el Altísimo; Qadosh = el Santo), y el tercer grupo comprende el nombre propio y esencial de Dios (Yahvé)24.

Esta diversidad de nombres no se opone a que realmente el Dios de Israel tiene sólo un nombre que podemos considerar como «nombre propio», con las reservas que manifestaremos a continuación: el nombre que se dio a sí mismo en el encuentro con Moisés por medio de la zarza ardiente:

Yahvéh tenía un solo nombre. Marduk tenía 50 nombres, con los cuales los himnos celebran su gloria como vencedor de Tiamat. De manera semejante, el dios Ra es el dios de los muchos nombres. Esta abundancia es, sin duda, el resultado de la combinación de tradiciones más antiguas. Pero esta pluralidad creaba a su vez una incertidumbre y así la teología culta mantuvo en secreto el verdadero nombre de Amón. En la oración babilónica «plegaria penitencial a un dios» encontramos esa misma incertidumbre, basada como antes, en la ignorancia de los nombres. Yahvéh, en cambio, posee un solo nombre y todo su pueblo lo conoce. Es significativo que Israel no conociera semejante acumulación de nombres divinos. Yahvéh, como dice el Deuteronomio, es uno solo, e incluso las alabanzas supremas van dirigidas exclusivamente a este nombre único: Yahvéh. Sin embargo lo más importante es que este nombre no podía ser objetivado ni manipulado; ninguna interpretación teológica podía abarcar su misterio ni siquiera la de Ex 3,14 […]. En realidad, Israel, dio también ocasionalmente otros nombres a su Dios; alguno de ellos como Elyón (altísimo) y Adonai (omnipotente) no son raros. Esto no implica una limitación de cuanto dijimos más arriba, pues estos nombres son residuos de tradiciones antiguas y no tuvieron nunca la función de completar el nombre a la manera de una epíclesis más rica, que se colocaba junto al nombre de Yahvéh, sino que fueron utilizados a veces para reemplazarlo25.

El Dios vivo

[205] Dios llama a Moisés desde una zarza que arde sin consumirse. Dios dice a Moisés: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Ex 3,6). Dios es el Dios de los padres. El que había llamado y guiado a los patriarcas en sus peregrinaciones. Es el Dios fiel y compasivo que se acuerda de ellos y de sus promesas; viene para librar a sus descendientes de la esclavitud. Es el Dios que más allá del espacio y del tiempo lo puede y lo quiere, y que pondrá en obra toda su omnipotencia para este designio.

«Yo soy el que soy»

Moisés dijo a Dios: «Si voy a los hijos de Israel y les digo: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”; cuando me pregunten: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les responderé?» Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy». Y añadió: «Así dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me ha enviado a vosotros […] Este es ni nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación» (Ex 3,13-15).

[206] Al revelar su nombre misterioso de YHWH, «Yo soy el que es» o «Yo soy el que soy» o también «Yo soy el que Yo soy», Dios dice quién es y con qué nombre se le debe llamar. Este Nombre Divino es misterioso como Dios es Misterio. Es a la vez un Nombre revelado y como el rechazo de un nombre propio, y por esto mismo expresa mejor a Dios como lo que Él es, infinitamente por encima de todo lo que podemos comprender o decir: es el «Dios escondido» (Is 45,15), su Nombre es inefable (cf. Jc 13,18), y es el Dios que se acerca a los hombres.

[207] Al revelar su nombre, Dios revela, al mismo tiempo, su fidelidad que es de siempre y para siempre, valedera para el pasado («Yo soy el Dios de tus padres», Ex 3,6) como para el porvenir («Yo estaré contigo», Ex 3,12). Dios, que revela su Nombre como «Yo soy», se revela como el Dios que está siempre allí, presente junto a su pueblo para salvarlo.

Este encuentro de Moisés con Dios en el monte Sinaí por medio del signo de la zarza que arde sin consumirse es un momento clave de la revelación de Dios en la que manifiesta su nombre: Yahweh26. Con este nombre Dios se muestra y se oculta a la vez. No podría ser de otro modo porque Dios, infinito y trascendente, no puede ser abarcado por el ser humano y no hay ningún nombre que pueda definirlo de forma absoluta y precisa.

Como hemos dicho, la revelación del nombre de Dios, que da paso a la relación con él y la oración, también hace posible la manipulación de Dios por medio de la magia. Por eso el nombre de Dios sigue siendo misterioso. Es lo que aparece en otros pasajes del Antiguo Testamento en los que Dios quiere salvaguardar la manipulación de su nombre.

En Jue 13, el padre de Sansón pregunta su nombre a Dios (representado por el «ángel del Señor») para «asegurarse la inesperada aparición celeste, mediante una relación cultual privada»27:

Manoj le preguntó: «¿Cuál es tu nombre, para que podamos honrarte, cuando se cumplan tus palabras?». El ángel del Señor le respondió: «¿Por qué preguntas mi nombre? Es misterioso» (Jue 13,17-18).

Lo mismo le sucede a Jacob que, después de luchar toda la noche con Dios, le pregunta su nombre, pero no lo obtiene:

El hombre le dijo: «Suéltame, que llega la aurora». Jacob respondió: «No te soltaré hasta que me bendigas». Él le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Contestó: «Jacob». Le replicó: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido». Jacob, a su vez, preguntó: «Dime tu nombre». Respondió: «¿Por qué me preguntas mi nombre?». Y le bendijo. Jacob llamó aquel lugar Penuel, pues se dijo: «He visto a Dios cara a cara y he quedado vivo» (Gn 32,27-31).

También Moisés le pregunta a Dios por su nombre y en este caso obtiene una respuesta, pero que resulta misteriosa: «Yo soy el que soy», «Yo soy» (Ex 3,14). Por eso, más adelante le dirá que no puede ver su rostro (Ex 33,20), aunque esa «teofanía incompleta» revelará nuevas características del ser de Dios, como veremos en seguida al comentar el n. 210. Es la trascendencia de Dios la que hace misterioso su nombre, como se afirma en el libro de Job:

¿Pretendes sondear el misterio de Dios,
descubrir la perfección del Todopoderoso?
Es más alto que el cielo: ¿qué harás?;
más hondo que el Abismo: ¿qué sabrás tú? (Job 11,7-8).

La oración relativa paranomástica [el que soy] añade sin duda a la oración principal una nota de imprecisión y de misterio, de modo que la promesa de la presencia activa de Yahvéh permanece también en cierto modo suspendida e inaferrable; es la libertad de Yahvéh, que no se Liga a las circunstancias concretas […].En esta ocasión Yahvéh da a conocer su nombre, pero la frase «Yo estaré allí como el que estaré», encierra también una desaprobación de la pregunta; en todo caso, Yahvéh conserva con esta información su libertad, que se manifestará precisamente en su «estar ahí» en su presencia operante28.

Este carácter misterioso del nombre de Dios nos habla de su realidad transcendente y nos coloca en nuestro lugar de criaturas.

El Dios de nuestra fe, el que de modo misterioso reveló su nombre a Moisés al pie del monte Horeb, afirmando «Yo soy el que soy», con relación al mundo es completamente trascendente. Él «…es real y esencialmente distinto del mundo…, e inefablemente elevado sobre todas las cosas, que son y pueden ser concebidas fuera de él» (Constitución Dei filius, Concilio Vaticano I, cap. I,1-4; DS 3002). Así enseña el Concilio Vaticano I, profesando la fe perenne de la Iglesia. Efectivamente, aun cuando la existencia de Dios es conocible y demostrable y aun cuando su esencia se puede conocer de algún modo en el espejo de la creación, como ha enseñado el mismo Concilio, ningún signo, ninguna imagen creada puede desvelar al conocimiento humano la Esencia de Dios como tal. Sobrepasa todo lo que existe en el mundo creado y todo lo que la mente humana puede pensar: Dios es el «ineffabiliter excelsus». A la pregunta: ¿Quién es Dios?, si se refiere a la Esencia de Dios, no podemos responder con una «definición» en el sentido estricto del término. La esencia de Dios -es decir, la divinidad- está fuera de todas las categorías de género y especie, que nosotros utilizamos para nuestras definiciones y, por lo mismo, la Esencia de Dios no puede «cerrarse» en definición alguna29.

Esto mismo lo explican los Santos Padres.

Me dirás entonces: «Tú qué ves, explícame la forma de Dios». Escucha, hombre. La forma de Dios es inefable e inexplicable, imposible de ser vista por ojos carnales. Porque Dios es, por su gloria, incomprensible; por su sabiduría, inigualable; por su bondad, inimitable; por su beneficencia, inenarrable. Porque si le llamo Luz, nombro una hechura suya; si le llamo Palabra, nombro su principio; si le llamo Razón nombro, su inteligencia; si le llamo Espíritu, nombro su respiración; si le llamo Sabiduría, nombro una criatura suya; si le llamo Fuerza, nombro su poder; si le llamo Potencia, nombro su operación; si le llamo Providencia, nombro su bondad; si le llamo Reino, nombro su gloria; si le llamo Señor, le digo juez; si le llamo Juez, le llamo justo; si le llamo Padre, le llamo todo30.

Este aspecto «misterioso» e «inefable» de Dios introduce de lleno al contemplativo en esa forma de oración que va más allá de los conceptos y definiciones y busca a Dios «directamente», en una fe oscura que, sin embargo, ilumina de forma especial y lleva a una comunión más profunda con Dios31.

El hombre durante su vida terrena entra en contacto con el Dios de la revelación en la «oscuridad de la fe». Esto se explica en todo un filón clásico y moderno de la teología que insiste sobre la inefabilidad de Dios y encuentra una confirmación particularmente profunda -y a veces hasta dolorosa- en la experiencia de los grandes místicos. Pero precisamente esta «oscuridad de la fe» -como afirma San Juan de la Cruz- es la luz que infaliblemente conduce a Dios (cfr Subida al monte Carmelo 2S 9,3)32.

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Un dato muy significativo en la revelación a Moisés en el monte Sinaí es que Yahweh se identifica con el «Dios de los padres» (Ex 3,6), el Dios que salió al encuentro de Abrahán, Isaac y Jacob. No es un Dios desconocido o nuevo: es el mismo que entró en la historia de los antepasados de Israel y les salió al encuentro. Hay una continuidad en el plan revelador y salvador, a la vez que una plenitud: Dios va a cumplir las promesas hechas a Abrahán, va a salvar de la esclavitud a la descendencia de Jacob, pero ahora se manifiesta con más claridad revelando su nombre y entrando en la historia de un modo nuevo para salvar a su pueblo y establecer con él una alianza más fuerte que la que hizo con los patriarcas. Es el mismo Dios cercano y salvador el que se hace presente en el momento crítico de la historia de la salvación.

Ex 3 se esfuerza de manera evidente por demostrar la continuidad entre ambos: la revelación del nombre de Yahvéh fue un acontecimiento de importancia incalculable para Israel, pero no fue el comienzo de la revelación de su Dios. Yahvéh se identifica con el dios de los padres33.

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El nombre que aparece en Ex 3,6 no es fácil de traducir por las características del hebreo en el que un mismo verbo expresa el presente y el futuro, y en el que el verbo que se utiliza (hayah) puede significar ser o estar. La interpretación del sentido literal originario parece que debe inclinarse por un sentido salvador que garantiza la presencia salvífica de Yahweh: «Yo soy el que estaré».

Ya desde el principio todo el contexto narrativo nos hace esperar que Yahvéh va a comunicar algo; no cómo es, sino cómo se va a mostrar a Israel. Se insiste con razón en que, sobre todo en este texto, hyh debe entenderse como un «estar presente», «estar ahí» no en sentido absoluto sino como una existencia relativa y eficaz «yo estaré ahí (para vosotros)»34.

Esta interpretación del nombre de Yahweh encaja perfectamente con la acción de Dios a lo largo de la historia de la salvación, especialmente en el momento de la liberación de Egipto, y que se cumple de forma plena en el Enmanuel, el Dios con nosotros, que habitó entre nosotros (Mt 1,23; Jn 1,14).

[208] Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se quita las sandalias y se cubre el rostro (cf. Ex 3,5-6) delante de la santidad divina. Ante la gloria del Dios tres veces santo, Isaías exclama: «¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!» (Is 6,5). Ante los signos divinos que Jesús realiza, Pedro exclama: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). Pero porque Dios es santo, puede perdonar al hombre que se descubre pecador delante de Él: «No ejecutaré el ardor de mi cólera […] porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo el Santo» (Os 11,9). El apóstol Juan dirá igualmente: «Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo» (1Jn 3,19-20).

El nombre misterioso de Dios remite a la realidad transcendente de Dios mismo que, como hemos dicho, no puede ser abarcada por nada ni por nadie. La adoración es la única respuesta adecuada ante el Dios tres veces santo: el hombre se siente infinitamente pequeño ante el Dios infinitamente grande, indigno ante la santidad absoluta de Dios. No es sólo la experiencia de los que se encuentran con Dios en el Antiguo Testamento, como Moisés e Isaías, sino también de los que reconocen en Jesús al Hijo de Dios y, como Pedro, reconocen su propia indignidad frente a la realidad divina de Jesús. Por lo tanto, esa actitud de adoración sigue siendo una característica necesaria del creyente de todos los tiempos. Pero, a la vez, en la adoración el hombre encuentra su verdadera dignidad porque entra en una verdadera relación con el Dios infinito y trascendente que le mira, le habla y le ama.

El gesto de Moisés descalzándose para entrar en la presencia de Dios representa la actitud de adoración en la que debemos despojarnos de nosotros mismos, especialmente de supuestos méritos y capacidades, y presentarnos ante Dios con nuestra realidad, siempre limitada, pobre y necesitada.

Si la adoración enseñada a los judíos va más lejos que todas esas concepciones, es precisamente porque es un punto de convergencia en el que la trascendencia divina y la consistencia del hombre, lejos de hacerse competencia, se refuerzan la una a la otra. Es la trascendencia del Creador la que da su consistencia a la criatura; nos cuesta mucho comprenderlo y difícilmente resistimos la tentación de poner en competencia al Creador y a la criatura, precisamente porque el secreto de Dios se nos escapa y nuestra consistencia depende de este secreto: el homenaje más perfecto que podemos rendir a la omnipotencia de Dios es, a fin de cuentas, afirmar nuestra consistencia frente a Él.

Por tanto, no hay que hacer las cosas a medias, no hay que medir con parsimonia la importancia concedida al hombre, sino subrayar a la vez la trascendencia de Dios y la importancia del hombre, no la una a pesar de la otra, sino a causa de la otra. Porque, en el momento en que la adoración proclama la nada de la criatura frente a la infinitud del Creador, proclama también por su misma existencia el valor de la adoración y, en consecuencia, de la criatura que adora, lo que constituye una paradoja singular: si sólo Dios es importante, ¿por qué es tan importante que el hombre lo reconozca? Porque el hombre es valioso a los ojos de Dios, y precisamente como adorador35.

Pero la santidad de Dios no implica lejanía, ni falta de compasión. Todo lo contrario, el Dios transcendente, «totalmente otro», no tiene la limitación del amor y la fidelidad de los seres humanos: el tres veces Santo tiene una misericordia y una fidelidad más allá de lo que podemos pedir o imaginar (cf. Ef 3,20), como indica el profeta Oseas; por eso va más allá de nuestra conciencia a la hora de juzgar con verdad y misericordia.

[209] Por respeto a su santidad el pueblo de Israel no pronuncia el Nombre de Dios. En la lectura de la Sagrada Escritura, el Nombre revelado es sustituido por el título divino «Señor» (Adonai, en griego Kyrios). Con este título será aclamada la divinidad de Jesús: «Jesús es Señor».

Hasta tal punto el nombre de Dios se identifica con el Dios transcendente y tres veces santo, que el respeto al Dios que no se puede ver sin morir (cf. Ex 33,20) se traduce por el respeto a un nombre que, al final del Antiguo Testamento, no debe pronunciarse.

El nombre, en general expresa la importancia de la persona que lo lleva; y, en concreto, el nombre de Yahweh es usado con regularidad como equivalente o sustituto del mismo Yahweh. Por ejemplo, bendecir y ensalzar el nombre de Yahweh es hacerlo con él mismo: «Yo daré gracias al Señor por su justicia, tañendo para el nombre del Señor altísimo» (Sal 7,18); «Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre» (Sal 34,4). El nombre de Yahweh es un doble del mismo Yahweh: «He aquí que el Nombre del Señor viene de lejos, arde su ira como incendio imponente, están llenos sus labios de furor, su lengua es un fuego que devora» (Is 30,27); «Que te escuche el Señor el día del peligro, que te sostenga el nombre del Dios de Jacob» (Sal 20,2). Es el nombre de Yahweh el que habita en el templo de Jerusalén: «Buscaréis el lugar que el Señor vuestro Dios eligiere de entre todas vuestras tribus para poner allí su nombre y morar en él» (Dt 12,5)36.

Hasta tal punto la expresión «el nombre de Yahweh» sustituye a Yahweh y es grande el respeto al nombre divino que los rabinos mencionan simplemente «el Nombre» para referirse a Yahweh. Por ejemplo leería Ex 20,2: «Yo soy el Nombre (Hashem), tu Dios, quien te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud».

No se trata de que los israelitas desconozcan el nombre de Yahweh, como si estuviera reservado a unos pocos, sino que su uso está restringido a ciertas ocasiones, especialmente al culto. Con el tiempo, de forma clara en la época en que se escribió el Talmud, se prohíbe pronunciar el nombre de Yahweh.

Israel usaba el nombre de Yahvéh en el culto, la oración, la bendición o la maldición y también en la guerra santa (Sal 20,8), pues para eso le fue confiado. Los levitas bendecían al pueblo en su nombre (Dt 10,8), lo mismo hacía el rey (2Sam 6,18); los sacerdotes «invocaban» el nombre de Yahvéh sobre Israel (Núm 6,27; cf. Sal 129,8); también era lícito usar este nombre en los juramentos y maldiciones […]. Una de las cosas más importantes es que para Israel este nombre no fue nunca un misterio, accesible sólo a los iniciados. Por el contrario, cualquier israelita podía emplearlo libremente, y cuando Israel tomó conciencia plena de la singularidad de su religión, en lugar de ocultar con recelo el nombre divino ante los pueblos, se sintió obligado a comunicárselo (Is 12,4; Sal 105,1-3)37.

Al leer las Escrituras, el nombre de Yahweh era sustituido por el de Adonai, y, para tenerlo presente, a las cuatro letras del nombre sagrado YHWH se le ponían las vocales de Adonai. La ignorancia de este hecho dio lugar al nombre «Jehová» que mezcla las consonantes de Yahweh con las vocales de Adonai, cosa que ningún hebreo hacía.

Cuando entre el exilio y Cristo, por un respeto más formalista que el de los antiguos israelitas, pero también para evitar profanaciones paganas, cesaron los judíos de pronunciar el nombre de Yahveh, siguieron escribiendo las cuatro consonantes del tetragrama sagrado YHVH, pero intercalando las vocales del nombre que ellos pronunciaban en su lugar de Yahveh, Adonay, el Señor. Estas vocales a-o-a transcritas e-o-a dieron por resultado la forma Yehovah, puramente artificial de dónde vino Jehová de las antiguas traducciones38.

Al traducirse la Biblia al griego, en lugar de transcribir el nombre Yahweh, se tradujo el término que se pronunciaba, Adonai, Señor, por su equivalente en griego, Kyrios. Como la principal confesión cristiana es «Jesús es el Kyrios», la primera Iglesia pudo aplicar muchas de las afirmaciones del Antiguo Testamento griego sobre Yahweh-Kyrios a Jesús-Kyrios, proclamando así la divinidad de Jesús.

La traducción del nombre de Yahvéh como ‘o Kyrios en los LXX, tuvo una gran importancia para la joven comunidad cristiana pues ella aplicó a su Kyrios, Jesús-Cristo, afirmaciones de Yahvéh o sobre Yahvéh (cf. 1Tes 5,2; 2Tes 2,2; Hech 2,20b). Parece ser que en la época de Jesús el nombre de Yahvéh se utilizaba solo en determinadas circunstancias en el culto del templo, pero no en los servicios litúrgicos de la sinagoga39.

Por ejemplo, 1Tes 5,2 -recordemos que la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses es el primer escrito del Nuevo Testamento- habla del «día del Señor» como el de la última venida de Cristo, el Señor (cf. 1Tes 4,13-18), mientras que en el Antiguo Testamento se refería claramente al «día de Yahweh», expresión que los profetas usaban para la intervención definitiva de Yahweh al final de los tiempos, día de juicio y salvación, p. ej. Am 5,18-20: «¡Ay de los que ansían el Día del Señor! | ¿De qué os servirá el Día del Señor? ¡Será tinieblas, y no luz! Será como cuando un hombre huye de un león y se topa con un oso, o entra en casa, apoya su mano en la pared y lo muerde una serpiente. ¿No es el Día del Señor tinieblas y no luz, densa oscuridad sin resplandor alguno?».

«Dios misericordioso y clemente»

[210] Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al becerro de oro (cf. Ex 32), Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su amor (cf. Ex 33,12-17). A Moisés, que pide ver su gloria, Dios le responde: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH» (Ex 33,18-19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y proclama: «Señor, Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Ex 34,5-6). Moisés confiesa entonces que el Señor es un Dios que perdona (cf. Ex 34,9).

[211] El Nombre divino «Yo soy» o «Él es» expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merece, «mantiene su amor por mil generaciones» (Ex 34,7). Dios revela que es «rico en misericordia» (Ef 2,4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que Él mismo lleva el Nombre divino: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy» (Jn 8,28).

Moisés, el amigo de Dios que habla con él cara a cara (Ex 33,11), le pide al Señor que le muestre su gloria (Ex 33,18). Dios se lo concede, pero con las limitaciones propias de la transcendencia de Dios:

«Yo haré pasar ante ti toda mi bondad y pronunciaré ante ti el nombre del Señor, pues yo me compadezco de quien quiero y concedo mi favor a quien quiero». Y añadió: «Pero mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida». Luego dijo el Señor: «Aquí hay un sitio junto a mí; ponte sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te meteré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después, cuando retire la mano, podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás» (Ex 33,19-23).

Yahweh había demostrado que era compasivo y misericordioso a lo largo de la travesía por el desierto de su pueblo, que tantas veces le había desobedecido y dudado de él. De hecho, esta revelación de Yahweh como el compasivo y el misericordioso se realiza en el momento en que Dios tiene que renovar la alianza que el pueblo había roto con la construcción del becerro de oro. El Dios que se hace presente en la historia y acompaña a su pueblo lo hace por su compasión y su misericordia. La misericordia de Dios que es eterna (cf. Sal 100,5; 106,1), no se basa en la iniciativa ni en las cualidades del que la pide o la recibe, sino en la iniciativa de Dios, que se compadece del pobre y del necesitado, se conmueve y se abaja para salvar. La compasión y la misericordia de Dios se complementan con su fidelidad: «Mantiene su clemencia» (Ex 34,7). Dios es fiel a sus promesas a pesar del pecado y la infidelidad del pueblo, es fiel a la misericordia y a la compasión que le mueve a salvar gratuitamente cuando tiene que reaccionar a las dudas y pecados de su pueblo.

En esa teofanía de Ex 34, el Señor completa el contenido de su nombre ‑pero no olvidemos que el nombre señala la realidad‑ y aparece unas cualidades de Yahweh, que se repetirán a lo largo de la Escritura: es «compasivo y misericordioso», es un Dios que perdona. Aparece en la oración de Israel, como apoyo de la súplica:

Pero tú, Señor,
Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí.
Da fuerza a tu siervo,
salva al hijo de tu esclava (Sal 86,15-16).

Se amplía en la alabanza

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por los que lo temen (Sal 103,8-13; cf. 145,8).

Lo usan los profetas para llamar a la conversión:

Pues bien -oráculo del Señor-,
convertíos a mí de todo corazón,
con ayunos, llantos y lamentos;
rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos,
y convertíos al Señor vuestro Dios,
un Dios compasivo y misericordioso,
lento a la cólera y rico en amor,
que se arrepiente del castigo (Jl 2,12-13; cf. Jon 4,2).

Se menciona al evocar la liberación de Egipto, suscitando la confianza en Dios para el momento presente:

No quisieron escuchar y no se acordaron de las maravillas que habías realizado para ellos. Se volvieron tercos y se empeñaron en volver a su esclavitud de Egipto. Pero tú eres un Dios dispuesto a perdonar, clemente y misericordioso, lento a la ira y lleno de bondad. Por eso no los abandonaste; ni siquiera cuando se fabricaron un becerro de metal fundido y dijeron: «¡Este es tu dios, que te ha sacado de Egipto!», y cometieron grandes abominaciones. Pues tú, por tu inmensa misericordia, no los abandonaste en el desierto (Ne 9,17-19).

Fijaos en las generaciones antiguas y ved:
¿Quién confió en el Señor y quedó defraudado?,
o ¿quién perseveró en su temor y fue abandonado?,
o ¿quién lo invocó y fue desatendido?
Porque el Señor es compasivo y misericordioso,
perdona los pecados y salva en tiempo de desgracia (Eclo 2,10-11).

No podía faltar esta cualidad de Dios en el Nuevo Testamento, en este caso para exhortar a esperar con paciencia la venida del Señor:

Nosotros proclamamos dichosos a los que tuvieron paciencia. Habéis oído hablar de la paciencia de Job y ya sabéis el final que le concedió el Señor, porque el Señor es compasivo y misericordioso (St 5,11).

Las palabras hebreas que están detrás de esta explicitación del nombre de Yahweh son muy significativas: raḥûm y ḥanûn. La primera tiene que ver con las entrañas maternas que se conmueven -que se consideran la sede de la misericordia- y con el amor materno que es especialmente generoso y fiel (cf. Is 49,15), que lleva a una compasión afectiva que mueve a actuar. La segunda tiene que ver con la palabra que indica la gracia que se encuentra a los ojos de alguien que tiene consideración y afecto por un inferior, de la atención que se le presta, y que aplica a Dios el modelo de un padre o de un rey compasivo que atiende las necesidades de su hijo o de su súbdito.

El Dios trascendente que se hace presente en la zarza que arde sin consumirse, ante el que hay que descalzarse como signo de adoración, es a la vez compasivo y misericordioso, con una misericordia que supera absolutamente la misericordia de los hombres, precisamente porque es transcendente como ya nos ha dicho el profeta (Os 11,9, cf. Ef 3,20). La revelación de la compasión y la misericordia de Dios llega a plenitud en Jesucristo, en el perdón a los pecadores, en su enseñanza, especialmente en la Cruz. Por eso san Pablo afirma que Dios es «rico en misericordia» porque «por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo ‑estáis salvados por pura gracia‑; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús» (Ef 2,4-7). Esta revelación de Yahweh como «el compasivo y misericordioso» coincide plenamente con la «definición» del apóstol san Juan: «Dios es amor» (1Jn 4,8), pero ese tipo de amor misericordioso, compasivo y fiel, que «es paciente, benigno, no lleva cuentas del mal, goza con la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, que no pasa nunca» (cf. 1Co 13,4-8); un amor de misericordia que se manifiesta en plenitud en Cristo, pero que se muestra ya desde el comienzo de la revelación del Antiguo Testamento y que «llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1,50).

Este «yo soy» del nombre de Dios revelado a Moisés tiene una gran importancia en el evangelio de san Juan, no sólo para mostrar con diferentes imágenes lo que Jesús dice que es: «yo soy» el buen pastor (Jn 10,14), el pan de vida (Jn 6,35), la luz del mundo (Jn 8,12), el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6)…, sino cuando usa de forma absoluta y aislada el «yo soy» como forma de identificarse con Dios a través de su nombre: «Si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24); «en verdad, en verdad os digo: Antes de que Abrahán existiera, yo soy» (Jn 8,58); «Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy» (Jn 13,19).

Solo Dios ES

[212] En el transcurso de los siglos, la fe de Israel pudo desarrollar y profundizar las riquezas contenidas en la revelación del Nombre divino. Dios es único; fuera de Él no hay dioses (cf. Is 44,6). Dios transciende el mundo y la historia. Él es quien ha hecho el cielo y la tierra: «Ellos perecen, mas tú quedas, todos ellos como la ropa se desgastan […] pero tú siempre el mismo, no tienen fin tus años» (Sal 102,27-28). En Él «no hay cambios ni sombras de rotaciones» (St 1,17). Él es «Él que es», desde siempre y para siempre y por eso permanece siempre fiel a sí mismo y a sus promesas.

[213] Por tanto, la revelación del Nombre inefable «Yo soy el que soy» contiene la verdad de que sólo Dios ES. En este mismo sentido, ya la traducción de los Setenta y, siguiéndola, la Tradición de la Iglesia han entendido el Nombre divino: Dios es la plenitud del Ser y de toda perfección, sin origen y sin fin. Mientras todas las criaturas han recibido de Él todo su ser y su poseer. Él solo es su ser mismo y es por sí mismo todo lo que es.

El nombre de Yahweh que, como hemos dicho, en un principio podía aludir a la presencia salvadora de Dios junto a su pueblo, una presencia que comienza con los patriarcas y se hace especialmente patente cuando acude a salvar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, ofrece una mayor densidad de contenidos que va saliendo a la luz a lo largo de los tiempos.

Israel no conoció, desde luego, todo el hondo sentido de la revelación que se le acababa de hacer; entendía por Yahvé aquel que siempre está allí, el Permanente, el Fiel, el Ayudador, conforme él se manifestó en la historia de Israel (cf. Is 43,11)40.

Ya hemos mencionado como en los profetas, especialmente en el segundo Isaías, se va esclareciendo lo que significa que Yahweh sea el único Dios y que los demás dioses no son nada.

La definición de Yahweh como «el que está» permite descubrir que «está siempre» y, por lo tanto, que ha sido, es y será y va esclaeciendo en el nombre de Dios la noción de eternidad. Yahweh es el eterno, el que era, es y será.

Otros textos escriturísticos más recientes expresan el ser absoluto de Dios designándole como el primero y el último; como el alfa y la omega como el principio y el fin, como el que es, ha sido y será41.

¿Quién ha actuado, quién lo ha hecho?
Aquel que convoca
las generaciones desde el comienzo,
yo, Señor desde el principio,
y siempre el mismo, hasta con los últimos (Is 41,4).

Esto dice el Señor, rey de Israel,
su libertador, el Señor todopoderoso:
«Yo soy el primero y yo soy el último,
fuera de mí no hay dios» (Is 44,6; cf. 48,12).

Dice el Señor Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir, el todopoderoso» (Ap 1,8; cf. 1,4.17; 21,6).

Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último (Ap 22,13).

La traducción griega de la Biblia da pie a una interpretación filosófica del nombre de Dios en Ex 3, como una definición de Dios en relación con el ser42, porque traduce, sin las ambigüedades del hebreo, el «yo soy el que soy», con un participio del verbo ser griego (‘o ôn), que abre paso a identificar a Yahweh con «el Ser» del que hablaba la filosofía griega43. Ya aparece ese sentido en Sab 13,1 (último libro del Antiguo Testamento, también escrito en griego): «Son necios por naturaleza todos los hombres que han ignorado a Dios y no han sido capaces de conocer al que es a partir de los bienes visibles, ni de reconocer al artífice fijándose en sus obras».

El libro de la Sabiduría, siguiendo a Ex 3,14, designa (13,1) a Dios como «el que es» (ton ’onta) y le contrapone a las cosas visibles que de Él recibieron. El ser absoluto de Dios expresado en el nombre de Yahvé distingue a Dios de todos los demás seres44.

Los Santos Padres, que en su mayoría leían la Biblia en griego o latín, interpretaron de este modo el contenido del nombre de Dios. Algunos ven la eternidad como el contenido fundamental del nombre de Dios:

Decía, pues, el ángel, y en el ángel el Señor a Moisés, cuando le preguntaba su nombre: Yo soy el que soy. Esto dirás a los hijos de Israel. El que es me envió a vosotros (Ex 3,14). Ser es vocablo de inmutabilidad. Todo aquello que cambia deja de ser lo que era y comienza a ser lo que no era. El ser es. Un ser verdadero, un ser puro, un ser auténtico no lo tiene sino aquel que no cambia. Él es el ser verdadero, de quien se dice: Todo lo cambias y se cambiará, pero tú eres siempre el mismo (Sal 101,27-28). ¿Qué significa: Yo soy el que soy, sino soy eterno? No soy criatura, ni cielo, ni tierra, ni ángel, ni virtud, ni trono, ni dominación, ni potestad. Siendo, pues, este nombre propio de eternidad, es mayor la dignación con que toma nombre de misericordia. Yo soy Dios de Abraham, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob (Ex 3,15). Aquel nombre era para él, éste para nosotros. Si él hubiese querido ser solo en sí mismo, ¿que seríamos nosotros?45.

El nombre corresponde a alguna cualidad distintiva de cada cosa, por medio de la cual pueda ser conocido. De ahí, pienso, que también quería Moisés saber con certeza cuál era la cualidad específica de Dios, que le distingue de las demás potestades celestiales, cuando le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Y puesto que Dios sabía lo que Moisés estaba pensando, le respondió no con su Nombre, sino con su actividad y le dijo: «Soy yo el que soy», expresándole no un apelativo sino una referencia específica, ya que nada hay más característico de Dios que su Ser por siempre46.

Otros se fijan más en el «Ser» con el que se identifica Dios:

Dios siempre fue y siempre es y siempre será, o mejor dicho, Dios siempre «Es» porque «fue» y «será» suponen fragmentos de nuestro tiempo, propio de una naturaleza cambiante. En cambio, Dios es «Aquel que siempre está siendo», pues este es el nombre que se da a sí mismo cuando habla a Moisés en la montaña. En sí mismo retiene y contiene en su integridad el Ser, sin tener principio en el pasado ni está abocado a su fin en el futuro. Es como un inmenso océano de existencia, ilimitado e infinito, que trasciende toda concepción de tiempo y naturaleza. Dios solo puede ser atisbado por nuestra mente, aún así, de un modo aproximado y limitado47.

La reflexión filosófica posterior se basará en esta interpretación del nombre de Dios para afirmar que Dios es el mismo Ser subsistente que, a diferencia de las criaturas que reciben el ser de otro (de Dios), tiene el ser por sí mismo, de sí mismo, por la perfección de su esencia. Dicho de otro modo, en Dios coinciden esencia y existencia48. Dios, como origen de todo ser no «tiene» el «ser», sino que «es» el «Ser». No está al mismo nivel de las cosas que existen: Dios no es una cosa más pero más excelente, Dios no participa del ser común de todas las cosas. Dios es «el que es por sí mismo», el que es causa de sí mismo, el que da el ser a todas las cosas, las demás cosas existen porque participan de su ser.

· · ·

Podemos extraer de estos dos números del Catecismo las perfecciones de Dios que se corresponden con la realidad del Dios único:

  • -Dios está más allá de todo, de las cosas y de la historia; por lo tanto, no se confunde con su creación como afirma equivocadamente el panteísmo, que se pone de moda por medio de la Nueva Era. Dios es transcendente: «El totalmente Otro».
  • -Dios es creador (como veremos a partir del n. 279).
  • -Dios es eterno, sin principio ni fin.
  • -Dios es fiel e inmutable: en él no hay crecimiento ni disminución, no existe el cambio como imperfección.

De esta realidad de Yahweh como «el que es», como «el Ser», se desprenden sus características principales49:

  • -Entre «tener ser» y «ser el Ser» hay una diferencia infinita, por eso Dios es transcendente. Dios y las cosas no pertenecen a la misma categoría50. Hay una distancia infinita entre Dios y las demás realidades.
  • -Dios es distinto del mundo (no es el conjunto del mundo), pero todas las cosas participan de su ser (por la creación) y, de ese modo, está en todas las cosas: es omnipresente.
  • -Dios no adquiere su ser y lo pierde, Dios no realiza su esencia sucesivamente, Dios «es su esencia», por eso es eterno, no tiene principio ni fin, es el principio y el fin al mismo tiempo.
  • -Como no cambia es inmutable. Lo que no quiere decir que sea inmóvil y rígido: es un Dios vivo, que posee la vida en grado supremo, que es la vida. Dios es espíritu absoluto, libertad absoluta, persona absoluta. Al comprender a Dios como ser en acción, libertad y vida, nos acercamos al Dios de la revelación bíblica.
  • -Porque es inmutable es espiritual, no puede ser material.

Para nosotros, como contemplativos, es necesario aplicar todo esto a nuestra relación con Dios y no dejarlo olvidado en el terreno de las ideas sobre Dios: es este Dios el que nos llama y nos ama, al que oramos, al que dedicamos nuestra vida. Atisbar con más claridad la realidad de Dios debe llevarnos a la adoración como la única respuesta al Dios que es el Ser, que subsiste por sí mismo y da el ser a todas las cosas. Dice Heidegger que «ante este Dios, el hombre no puede orar ni ofrecer sacrificios. Ante la causa sui, el hombre no puede caer de hinojos ni cantar ni danzar»51. Pero a los que sabemos que ese Dios es persona, trinidad de personas, y que además es el Dios de la historia de la salvación y que el Verbo de Dios se hizo hombre…, caer en la cuenta de lo que significa que Dios «es el Ser» nos ayuda a adorarlo, como la única relación posible con el Infinito que me sale al encuentro. Este Dios que alcanza la razón nos ayuda a completar la imagen del Dios bíblico, a comprenderlo mejor. Por lo tanto, «esa definición no oculta el rostro personal del Padre, sino que intenta más bien elevar a concepto el mensaje bíblico y justificarlo ante el pensamiento»52.

Dios es verdad y amor

[214] Dios, «El que es», se reveló a Israel como el que es «rico en amor y fidelidad» (Ex 34,6). Estos dos términos expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios muestra su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. «Doy gracias a tu Nombre por tu amor y tu verdad» (Sal 138,2; cf. Sal 85,11). Él es la Verdad, porque «Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna» (1Jn 1,5); él es «Amor», como lo enseña el apóstol Juan (1Jn 4,8).

Las «riquezas del Nombre divino» de las que habla el Catecismo no son otra cosa que las riquezas inagotables e insondables de Dios mismo representado por su nombre.

La santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero y vivo, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en su entendimiento y voluntad y en toda perfección; el cual, siendo una sola sustancia espiritual, singular, absolutamente simple e inmutable, debe ser predicado como distinto del mundo, real y esencialmente, felicísimo en sí y de sí, e inefablemente excelso por encima de todo lo que fuera de Él mismo existe o puede ser concebido (Concilio Vaticano I)53.

Después del recorrido que hemos hecho, podemos reconocer que extraemos esas riquezas no sólo de las consecuencias de su «esencia», sino de lo que hemos conocido de Dios por medio de la revelación que Dios hace de sí mismo a lo largo de la historia. Como afirma el Catecismo «el que es» se reveló a Israel.

La esencia divina no se da a conocer merced a una especulación que se sitúa por encima de su actividad en la historia, sino precisamente en virtud de la reflexión sobre la experiencia de sus obras históricas. Los enunciados humanos (predicados) sobre Dios reflejan las propiedades (atributos) divinas que se han manifestado a través de su conducta como creador y como el Dios de la auto comunicación histórica en sus palabras y en sus acciones salvíficas54.

Estas cualidades, que se extraen de la Escritura, se pueden clasificar en dos grupos, según nos fijemos más en lo que se desprende de su ser o de lo que conocemos por la revelación bíblica:

Los diferentes enunciados pueden reducirse a dos intenciones fundamentales: De un lado a la diferencia esencial entre el mundo y Dios (la trascendencia divina absoluta; la unicidad de Dios, su supramundanidad, omnipotencia, santidad, etc.); del otro, a la revelación de la presencia histórica de Dios en su existencia en favor de su pueblo (la inmanencia de Dios en la historia, su justicia, misericordia, bondad, benevolencia, gracia, providencia, su longanimidad, compasión y veracidad, su prontitud para el perdón y su inconmovible fidelidad: cf. Éx 34,6: «Yahvéh es Dios compasivo y misericordioso, tardo a la ira y rico en fidelidad…»; Dt 5,9s; 32,4; Neh 9,17; cf. también «Nadie es bueno sino uno, Dios», Mc 10,18; Mt 19,17, es decir, aquel cuya bondad se identifica con su ser; 1Jn 4,8: «Dios es amor», esto es, cuando se consuma en su esencia y se comunica a través de sus acciones Dios es amor)55.

El Catecismo, apoyándose en el texto de Ex 34,6, ya comentado, menciona dos cualidades fundamentales que va a desarrollar a continuación: Dios, «el que es» según el contenido de su nombre, es verdad (fidelidad) y amor. El amor se manifiesta en la benevolencia, bondad, gracia…; y la fidelidad en su fiabilidad, constancia, verdad. Es lo que va a desarrollar a continuación.

Dios es la Verdad

[215] «Es verdad el principio de tu palabra, por siempre, todos tus justos juicios» (Sal 119,160). «Ahora, mi Señor Dios, tú eres Dios, tus palabras son verdad» (2S 7,28); por eso las promesas de Dios se realizan siempre (cf. Dt 7,9). Dios es la Verdad misma, sus palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad de la palabra de Dios en todas las cosas. El comienzo del pecado y de la caída del hombre fue una mentira del tentador que indujo a dudar de la palabra de Dios, de su benevolencia y de su fidelidad.

Dios no sólo dice la verdad, sino que él «es» la Verdad, el origen de toda verdad. La Verdad está en lo que «es» Dios, y esa Verdad se refleja en lo que él ha creado; por lo tanto, hay una verdad inscrita en la realidad de las cosas y una Verdad en el mismo ser de Dios. No podemos pensar en una verdad caprichosa que sale de la voluntad de Dios, que arbitrariamente dispondría el bien y el mal, la verdad y la mentira, y podría cambiarla a capricho. Por ejemplo, hay una verdad del hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de lo que es Dios. Esto, que parece una sutileza filosófica, es muy importante para no caer en el nominalismo, que conduce al relativismo, y que afirma que la verdad de las cosas depende de la voluntad libre de Dios y no depende de su ser y de la Verdad de lo que es.

De la verdad de Dios nace su fiabilidad y, en consecuencia, la fe y la confianza por nuestra parte. Recuérdese lo que dijimos al comentar el n. 150 del Catecismo: el verbo «creer» en hebreo tiene la misma raíz de nuestro «amén», y puede traducirse por «apoyarse en Dios» (he’emin se traduce por «estar firme, tener confianza, creer»), en un Dios que es firme (‘aman, se traduce como «ser firme, seguro, leal, fiel»). Creemos en Dios y nos apoyamos en él con confianza porque él es firme, seguro, fiel y veraz. Sólo Dios tiene esa firmeza y por eso sólo Dios es digno de fe. La fe se apoya en la autoridad de Dios, en su verdad, que no puede ni engañarse ni engañarnos (cf. Catecismo, n. 156). Por lo tanto, nos podemos fiar de sus palabras, especialmente de la Escritura como Palabra de Dios (su inerrancia como explicamos en Catecismo, n. 107). Dios cumple sus promesas (recuérdese, p. ej., las promesas hechas a Abrahán). Dios es fiel, es fiable. Por eso yo puedo entregar mi vida a Dios sin reservas: recordemos que la fe es la entrega a Dios de toda la persona. Sólo podemos entregarnos así a Dios, porque sólo él es la Verdad.

La tentación intentará poner en duda la verdad de su Palabra y de su amor para que no nos fiemos de él y no nos entreguemos a él. Es paradójico que el demonio, el padre de la mentira, sea el que intente poner en duda la fiabilidad y la veracidad de Dios (cf. Gn 3,1-5). Esta tentación que provocó la primera caída es la que está presente detrás del ateísmo moderno y se cuela también en la vida del cristiano cuando duda de que se cumplirán las palabras o los planes de Dios en su vida.

[216] La verdad de Dios es su sabiduría que rige todo el orden de la creación y del gobierno del mundo (cf. Sb 13,1-9). Dios, único Creador del cielo y de la tierra (cf. Sal 115,15), es el único que puede dar el conocimiento verdadero de todas las cosas creadas en su relación con Él (cf. Sb 7,17-21).

La Verdad de Dios se manifiesta en la creación en forma de Sabiduría. Todo ha sido creado por Dios con orden y medida: la ciencia humana va descubriendo poco a poco las «leyes» de la «naturaleza». Pero es la Sabiduría de Dios la que crea el universo con esas leyes. A partir de ese «diseño inteligente» se puede atisbar la inteligencia suprema del Creador. Por eso podemos conocer la existencia y la bondad a partir de las cosas creadas. Recordemos los textos de la Escritura que mencionamos cuando comentamos los n. 36.37.41 del Catecismo que nos hablan de la posibilidad de conocer la existencia de Dios por medio de sus obras. Esos mismos textos nos ayudan a descubrir que Dios ha dejado huellas de su Ser y de su Verdad en las criaturas, que nos permiten descubrir la Verdad de Dios a partir de lo que vemos:

Son necios por naturaleza todos los hombres que han ignorado a Dios y no han sido capaces de conocer al que es a partir de los bienes visibles, ni de reconocer al artífice fijándose en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa y a los luceros del cielo, regidores del mundo. Si, cautivados por su hermosura, los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Señor, pues los creó el mismo autor de la belleza. Y si los asombró su poder y energía, calculen cuánto más poderoso es quien los hizo, pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre por analogía a su creador. Con todo, estos merecen un reproche menor, pues a lo mejor andan extraviados, buscando a Dios y queriéndolo encontrar. Dan vueltas a sus obras, las investigan y quedan seducidos por su apariencia, porque es hermoso lo que ven. Pero ni siquiera estos son excusables, porque, si fueron capaces de saber tanto que pudieron escudriñar el universo, ¿cómo no encontraron antes a su Señor? (Sab 13,1-9).

· · ·

Porque lo que de Dios puede conocerse les resulta manifiesto, pues Dios mismo se lo manifestó. Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras; de modo que son inexcusables, pues, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias; todo lo contrario, se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron ser necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles (Rm 1,19-23).

Por el contrario, la teoría de la evolución intenta explicarlo todo como «azar y necesidad» y piensa en un cosmos caótico que «casualmente» ha desembocado en lo que es y, por supuesto, no contiene ninguna huella de un Creador. La ciencia, que conoce parcialmente, debería llevar al asombro por lo que ve y a descubrir a Dios en su obra, asombro mayor en la medida que se profundiza el conocimiento: «Cuanto más grande es la inteligencia, también más grande es el asombro»56.

Además, es Dios el que da al hombre la inteligencia para que investigue con la ciencia y, lo que es más importante, otorga el conocimiento del origen, el fin y el sentido de toda la creación. Uno de los hechos más significativos de que Dios ha querido hacernos partícipes de su sabiduría es la capacidad del hombre de penetrar en los «secretos» de la naturaleza, descubrir sus «leyes», permaneciendo en el asombro de lo que descubre y planteándose de las nuevas preguntas que se abren ante él. Así nos lo indica la misma Escritura, que nos habla de que Dios derrama su sabiduría en los seres humanos:

El Señor me creó al principio de sus tareas,
al comienzo de sus obras antiquísimas.
En un tiempo remoto fui formada,
antes de que la tierra existiera.
Antes de los abismos fui engendrada,
antes de los manantiales de las aguas.
Aún no estaban aplomados los montes,
antes de las montañas fui engendrada.
No había hecho aún la tierra y la hierba,
ni los primeros terrones del orbe.
Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo;
cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo;
cuando sujetaba las nubes en la altura,
y fijaba las fuentes abismales;
cuando ponía un límite al mar,
cuyas aguas no traspasan su mandato;
cuando asentaba los cimientos de la tierra,
yo estaba junto a él, como arquitecto,
y día tras día lo alegraba,
todo el tiempo jugaba en su presencia:
jugaba con la bola de la tierra,
y mis delicias están con los hijos de los hombres.
Por tanto, hijos míos, escuchadme:
dichosos los que siguen mis caminos;
escuchad la instrucción,
no rechacéis la sabiduría.
Dichoso el hombre que me escucha,
velando día a día en mi portal,
guardando las jambas de mi puerta.
Quien me encuentra, encuentra la vida
y alcanza el favor del Señor.
Quien me pierde se arruina a sí mismo;
los que me odian aman la muerte (Pro 8,22-36).

· · ·

Toda sabiduría viene del Señor
y está con él por siempre.
La arena de los mares, las gotas de la lluvia
y los días del mundo, ¿quién los contará?
La altura de los cielos, la anchura de la tierra
y la profundidad del abismo, ¿quién las escrutará?
Antes que todo fue creada la sabiduría,
y la inteligencia prudente desde la eternidad.
La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas
y sus canales son mandamientos eternos.
La raíz de la sabiduría, ¿a quién fue revelada?
y sus recursos, ¿quién los conoció?
La ciencia de la sabiduría, ¿a quién fue revelada?
y su mucha experiencia, ¿quién la conoció?
Uno solo es sabio, temible en extremo:
el que está sentado en su trono.
El Señor mismo creó la sabiduría, la vio, la midió
y la derramó sobre todas sus obras.
Se la concedió a todos los vivientes
y se la regaló a quienes lo aman.
El amor del Señor es sabiduría digna de honor;
a los que se revela, se la distribuye para que lo vean (Eclo 1,1-10).

Es necesario recordar aquí uno de los dones del Espíritu Santo, el don de ciencia, que permite juzgar rectamente las cosas creadas para ponerlas adecuadamente en relación con su fin último sobrenatural, Dios57. A esto se refiere el texto de Sab 7,17-21 al que se refiere el Catecismo:

Él me concedió la verdadera ciencia de los seres,
para conocer la estructura del cosmos y las propiedades de los elementos,
el principio, el fin y el medio de los tiempos,
la alternancia de los solsticios y la sucesión de las estaciones,
los ciclos del año y la posición de las estrellas,
la naturaleza de los animales y el instinto de las fieras,
el poder de los espíritus y los pensamientos de los hombres,
las variedades de las plantas y las virtudes de las raíces.
He llegado a conocerlo todo, lo oculto y lo manifiesto,
porque la sabiduría, artífice de todo, me lo enseñó (Sab 7,17-21).

Es lo que necesita el ser humano -el más sencillo, el científico y el contemplativo- para saber relacionar la realidad que contempla con la realidad de Dios, reconociendo detrás de todo la Verdad, la Bondad y la Belleza del que lo ha creado.

[217] Dios es también verdadero cuando se revela: la enseñanza que viene de Dios es «una Ley de verdad» (Ml 2,6). Cuando envíe su Hijo al mundo, será para «dar testimonio de la Verdad» (Jn 18,37): «Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero» (1Jn 5,20; cf. Jn 17,3).

La Verdad se manifiesta en la Revelación, que nos comunica la verdad de Dios, del hombre y de la creación con más claridad, seguridad y profundidad que a través de las cosas creadas. También, por medio de la Revelación, se nos muestra el camino verdadero que lleva a la vida, los mandamientos que son la verdad: «Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila» (Sal 19,10-11). Podemos aceptar la Revelación porque Dios es sincero, verdadero y fiel. Como vimos en su momento, la verdad es una de las características de las Escrituras (Catecismo, n. 107).

Pero Dios no se conforma con comunicar «verdades», sino que quiere comunicar la Verdad que es el mismo (cf. Catecismo, n. 51-52, que enseña que Dios se revela a sí mismo y comunica su propia vida). Para eso nos envía a su Hijo, que nos manifiesta con toda claridad y fiabilidad la plenitud de la verdad de Dios, no sólo porque la conoce, sino porque él es la Verdad.

  • -Jesús revela al Padre porque lo conoce y procede de él:

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mt 11,27).

En verdad, en verdad te digo: Hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre (Jn 3,11-13).

  • -Él es el Verbo «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14) y, porque se ha encarnado y ha habitado entre nosotros, podemos decir que «la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo» (Jn 1,17) y que «Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,18).
  • -Es Dios el que envía a su Hijo para manifestar la Verdad:

Yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado (Jn 7,28-29).

Os he hablado de la verdad que le escuché a Dios (Jn 8,40).

Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37).

  • -Él en persona es la verdad: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre» (Jn 14,6-7); La Verdad encarnada que podemos ver y tocar y que permite entrar en comunión con el Padre (cf. 1Jn 1,1-4).
  • -El que se entrega para que seamos purificados por la Verdad y nos consagremos a la Verdad.

Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad (Jn 17,19).

  • -Él, que es la Verdad, nos hace capaces de conocer al Padre, que es llamado con razón «el Verdadero»:

Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna (1Jn 5,20).

Por todo esto podemos afirmar con el Catecismo que Jesús revela el verdadero rostro de Dios que las religiones sólo habían atisbado con más o menos errores y que el Antiguo Testamento había empezado a desvelar, pero sólo en Cristo se revela en plenitud el verdadero rostro de Dios.

Dios es Amor

[218] A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (cf. Dt 4,37; 7,8; 10,15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (cf. Os 2).

Dios es Verdad y Amor íntimamente unidos. No podemos separar esas dos realidades de Dios: una verdad sin amor es fría y dura y puede llegar a ser destructiva; un amor sin verdad se desvirtúa y no puede hacer bien. Dios es la plenitud de las dos realidades, perfectamente unidas: Dios es Amor verdadero, amor de verdad, amor que se manifiesta en la verdad; y es la Verdad con amor, la Verdad del amor… No es un amor sin verdad, ni una verdad sin amor (que son tentaciones de la falsa religiosidad). Por eso, nosotros, llamados a ser «imitadores de Dios», tampoco podemos separar el amor y la verdad: «Realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo» (Ef 4,15).

Dios se manifiesta como Amor en el Antiguo Testamento. Es un grave error pensar que el Dios de la Antigua Alianza es duro o castigador y privarnos de todas las riquezas del Antiguo Testamento que nos siguen hablando a nosotros del amor de Dios (recuérdese lo dicho sobre el valor del Antiguo Testamento al comentar los n. 121-123 del Catecismo).

Es el Amor de Dios, gratuito y generoso, que se convierte en misericordia que busca lo pequeño y lo débil, lo que explica que salga a buscar y a salvar a su pueblo. No hay ningún mérito, ni ninguna iniciativa por parte de Israel. No hay ningún interés egoísta por parte de Dios. Lo único que explica la historia de la salvación es el amor gratuito de Dios. Merece la pena leer los textos que señala el Catecismo:

Porque amó a tus padres y eligió a su descendencia después de ellos, él mismo te sacó de Egipto con gran fuerza (Dt 4,37).

Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto (Dt 7,7-8).

Cierto: del Señor son los cielos, hasta el último cielo, la tierra y todo cuanto la habita. Mas solo de vuestros padres se enamoró el Señor, los amó, y de su descendencia os escogió a vosotros entre todos los pueblos, como sucede hoy (Dt 10,14-15).

Pero quizá es todavía más clara y sorprendente la gratuidad del amor misericordioso de Dios cuando mantiene su elección amorosa ante la infidelidad del pueblo. Con paciencia lo rescata y lo perdona una y otra vez. Es al pueblo que ha sido infiel entregándose a otros dioses, incumpliendo la alianza y aliándose con los poderes del mundo hasta hacerse merecedor del destierro lejos de Dios y de la tierra de la promesa, el que recibe estas consoladoras palabras de Dios58:

Y ahora esto dice el Señor, que te creó, Jacob,
que te ha formado, Israel:
«No temas, que te he redimido,
te he llamado por tu nombre, tú eres mío.
Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo,
la corriente no te anegará;
cuando pases por el fuego, no te quemarás,
la llama no te abrasará.
Porque yo, el Señor, soy tu Dios;
el Santo de Israel es tu salvador.
Entregué Egipto como rescate,
Etiopía y Saba a cambio de ti,
porque eres precioso ante mí,
de gran precio, y yo te amo.
Por eso entrego regiones a cambio de ti,
pueblos a cambio de tu vida.
No temas, porque yo estoy contigo.
Desde Oriente traeré a tu estirpe,
te reuniré desde Occidente.
Diré al Norte: devuélvelo,
y al Sur: no lo retengas.
Haz venir a mis hijos desde lejos,
y a mis hijas del extremo de la tierra,
a todos los que llevan mi nombre,
a los que creé para mi gloria,
a los que he hecho y he formado (Is 43,1-7).

Es a Israel, infiel a Dios como una esposa adúltera, al que se le ha dicho con dureza «acusad, a vuestra madre, acusadla, porque ella ya no es mi mujer ni yo soy su marido; para que aparte de su rostro la prostitución y sus adulterios de entre sus pechos» (Os 2,4), al que enseguida se le anuncia: «Por eso, yo la persuado, la llevo al desierto, le hablo al corazón, le entrego allí mismo sus viñedos, y hago del valle de Acor una puerta de esperanza. Allí responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto. Aquel día -oráculo del Señor- me llamarás “esposo mío”, y ya no me llamarás “mi amo” [mi Ba‘al]» (Os 2,16-18).

El contemplativo no puede leer todos estos textos fríamente, sólo con la cabeza, sino que tienen que ayudarle a descubrir el amor que Dios le tiene y a poder identificar en su propia historia el amor de Dios que se ha manifestado en la historia de salvación.

[219] El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (cf. Os 11,1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (cf. Is 49,14-15). Dios ama a su pueblo más que un esposo a su amada (Is 62,4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (cf. Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3,16).

A la hora de describir el amor de Dios, la Escritura busca los modelos («analogías», cf. el comentario al Catecismo, n. 41) que puedan expresar con más claridad su amor gratuito y fiel:

  • El de un padre a su hijo.

Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí: sacrificaban a los baales, ofrecían incienso a los ídolos. Pero era yo quien había criado a Efraín, tomándolo en mis brazos; y no reconocieron que yo los cuidaba. Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer (Os 11,1-4).

  • El de una madre.

Sión decía: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado». ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré. Mira, te llevo tatuada en mis palmas, tus muros están siempre ante mí (Is 49,14-16).

  • El de un esposo.

Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi predilecta», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo (Is 62,4-5).

Teniendo en cuenta -según los principios de la analogía- que no se trata de decir que Dios es como un padre, una madre o un esposo, sino que ama según esos modelos humanos, sin ninguna de sus limitaciones, por lo que ama mejor que el mejor de los padres, la mejor de las madres y el mejor de los esposos.

Es especialmente significativo este amor de Dios esposo en el caso de la esposa que no sólo es elegida y amada gratuitamente cuando nadie la aprecia, sino que es reprendida, castigada y perdonada con toda la fuerza de un amante celoso que no renuncia a su amada a pesar de sus infidelidades y pecados. Es especialmente significativa la larga historia de amor que describe el profeta Ezequiel en el capítulo 16, en la que las terribles traiciones de la esposa no eliminan la determinación de Dios-esposo de mantener su amor gratuito, inmerecido y ahora sorprendentemente misericordioso:

Porque esto dice el Señor Dios: «Actuaré contigo conforme a tus acciones, pues menospreciaste el juramento y quebrantaste la alianza. Con todo, yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo una alianza eterna. Te acordarás de tu conducta y te avergonzarás al acoger a tus hermanas mayores y a las menores, pues yo te las daré como hijas, pero no en virtud de tu alianza. Yo estableceré mi alianza contigo y reconocerás que yo soy el Señor, para que te acuerdes y te avergüences y no te atrevas nunca más a abrir la boca por tu oprobio, cuando yo te perdone todo lo que hiciste ‑oráculo del Señor Dios‑» (Ez 16,59-63).

Es muy importante que, cuando leemos en la Escritura que Dios es celoso de su pueblo, que no permite que adore a otros dioses (cf. Ex 20,5; 34,14), eliminemos todo lo que tienen de negativos los celos en las relaciones entre los esposos (desconfianzas, manipulaciones, violencias…) y descubramos detrás de los celos de Dios un amor fiel y apasionado capaz de superar las infidelidades (reales, no supuestas) de las personas que él ha elegido generosamente como esposas, no para poseer de forma egoísta, sino para entregarse de forma generosa. Es el amor de predilección y sin límites del Dios-esposo el que reclama un amor como el que pide el primer mandamiento: «Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5). Los que entienden los celos de Dios buscan entregarse plenamente a él. El contemplativo puede entenderlo y vivirlo.

La experiencia revela que Dios es celoso, con unos celos que nos sumergen en el estupor, porque nos es muy difícil comprender que tengamos precio tan alto. Los celos son una pasión: en el amor humano, aparecen como una catástrofe, porque resultan de una captatividad feroz más que el amor mismo. Nosotros no comprendemos que el amor oblativo sea en realidad mucho más profundamente celoso -celoso de la verdadera dicha del amado- que el amor captativo. Estos celos se ejercen sin crueldad, porque no son egoístas, pero no son menos implacables -y el llamado amor despojado de los celos no tiene ningún interés- […]. Los que comprenden y perciben que Dios es celoso, escapan a esta locura delicuescente para sumergirse, al otro extremo de la cadena, en la locura constructiva de la castidad. Su alegría está en saberse amados como una perla preciosa, en ser el bien de Dios, del que Él reclama la exclusividad. Esta alegría inspira la necesidad de ocultarse para pertenecerle, para que Él sea el único en gozar de nosotros, y de no revelarse a los demás más que en la medida en que Él mismo nos lo pide59.

Cuando los humanos son celosos, lo son con el egoísmo y la estrechez de una naturaleza caída; pero los celos en sí mismos no son una imperfección, es la exigencia inevitable de un amor serio. Pues queremos creer realmente que Dios nos ama, y siempre nos cuesta pensar que este amor cuenta los pelos de nuestra cabeza y nos cuida cada instante de nuestra vida. ¿Pero quién sospecha que Dios pueda estar verdaderamente celoso de nuestro corazón? Pues bien, hay personas que perciben esto, que se sienten amadas de este modo, y comprenden que hay que dejarlo todo para responder a un peso de amor semejante. Es una locura, pero no es su locura, es la de Dios: el germen del voto de castidad no es en primer lugar el deseo de amar a Dios hasta la locura, sino la percepción de su amor hacia nosotros, y de los celos que surgen de su carácter excesivo60.

De nuevo, comprobamos que en el Antiguo Testamento se esconden importantes tesoros sobre el rostro de Dios amor (cf. Catecismo, n 122), y que en el Nuevo Testamento esa revelación del Dios amor llega a su plenitud (cf. Catecismo, n. 65), usando estas mismas analogías. Jesús hablará constantemente de Dios como el Padre celestial, no sólo el que está en el cielo, sino que es superior y mejor a cualquier padre, que cuida, que ama, que perdona (p. ej., la parábola del hijo pródigo, Lc 15,11,32):

Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden! (Mt 7,9-11).

La Iglesia es esposa de Dios, del mismo Cristo:

Llegó la boda del Cordero, su esposa se ha embellecido (Ap 19,7).

Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo (Ap 21,2).

Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra (Ef 5,25-26).

[220] El amor de Dios es «eterno» (Is 54,8). «Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará» (Is 54,10). «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti» (Jr 31,3).

El amor de Dios tiene las cualidades de Dios: es eterno, es decir, no tiene principio ni fin, ama siempre y ama para siempre; es infinito, no está condicionado a nuestra respuesta o mérito, no se cansa, no se agota. Lo que dice san Juan de la Cruz del que «anda en amor» puede decirse con mayor razón del amor de Dios: ni cansa, ni se cansa, ni descansa61.

Debemos, por lo tanto, tener mucho cuidado de no limitar el amor de Dios con los límites de nuestro amor humano, como recuerda el texto de Os 11,9, citado más arriba: «No actuaré en el ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, porque yo soy Dios, y no hombre; santo en medio de vosotros, y no me dejo llevar por la ira».

[221] Pero san Juan irá todavía más lejos al afirmar: «Dios es Amor» (1Jn 4,8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (cf. 1Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él.

Dios no sólo ama, no sólo tiene amor, ni siquiera un amor perfecto e infinito. Dios «es» amor. Ésa es la esencia de Dios y eso hace que toda la realidad (incluida la del hombre) esté marcada por lo que Dios es: todo es resultado y signo del amor de Dios, hemos sido creados para recibir ese amor, la naturaleza del hombre reproduce la realidad de un Dios que es amor y en consecuencia familia y diálogo. Conocer que Dios es amor es lo que nos hace comprender a Dios y a toda la realidad.

También Dios es «transcendente» en su amor. Lo mismo que decíamos que Dios no tiene existencia, sino que es la existencia; podemos decir que Dios no tiene amor, sino que «es el Amor». Él es la fuente de todo otro amor, y cualquier otro amor verdadero participa de él.

Esta definición de Dios es lo que nos hace entender que la Trinidad no es un añadido a nuestro concepto de Dios-uno, sino la realidad que hay detrás de Dios que es amor eterno, libre e infinito. Para que Dios sea amor eterno e infinito debe ser amor entre personas que también sean eternas y participen de la divinidad. La ignorancia del misterio de la Trinidad, revelado por Jesucristo, es el gran problema del monoteísmo unipersonal del judaísmo y del islamismo.

La concepción personal de Dios en el antiguo testamento hubo de suscitar necesariamente la pregunta sobre el verdadero «tú» de Dios. Un yo no es concebible sin un tu. Pero el hombre, la humanidad, el pueblo, ¿pueden ser el auténtico tú de Dios? Si el hombre fuera el tú a la altura de Dios, entonces el hombre sería libre y gratuito, y el amor de Dios al hombre no sería pura gracia, sino una necesidad de Dios, su propia plenitud. Pero esto sería contrario a todo el pensamiento veterotestamentario. Por eso el antiguo testamento plantea una cuestión a la que no da respuesta alguna. La imagen veterotes­tamentaria del Dios vivo, del Dios de la historia, no es una imagen conclusa y cerrada, sino abierta a la revelación definitiva de Dios […].

El texto [1Jn 4,8.16] sugiere que Dios se manifestó en el hecho de la revelación por Jesucristo como amor. Pero este hecho de la revelación consiste en manifestar la comunión eterna de amor, de vida y de glorificación común entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, para integrar a los discípulos, y mediante éstos a la humanidad, en la comunión de amor y de vida. La verdad revelada «Dios es amor» es, pues, una afirmación óntica y, como tal soteriológica. Porque Dios es amor, se nos puede manifestar y comunicar como amor. La unidad de iglesia y mundo, de paz y reconciliación de la humanidad tienen a nivel cristiano su fundamento último y su última posibilidad en el reconocimiento de la gloria de Dios en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu […]. Así el mensaje neotestamentario no aparece como mensaje trinitario en cada una de sus afirmaciones, sino en su estructura fundamental62.

Más adelante (Catecismo, n. 232-260), desarrollaremos el contenido del misterio de la Trinidad, pero nosotros debemos tener siempre en cuenta que no estamos tan sólo ante el misterio fundamental de nuestra fe, a la realidad fundamental de Dios, revelada en Cristo, sino que estamos llamados a «participar» de esa comunión infinita y eterna de amor entre las tres Personas divinas. No podemos conformarnos con conocer o contemplar la realidad del Dios Trinidad de personas, sino que debemos entrar en esa eterna comunicación de amor, ya desde este mundo y en plenitud en el cielo.

«Yo soy el camino, la verdad y la vida… Nadie viene al Padre sino por mí… Como mi Padre me amó, yo también os he amado: permaneced en mi amor… Este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado… Que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».

Sería grave olvidar estos textos, aunque sólo fuese una hora de nuestra vida. Eso que se desarrolla en nosotros es la vida trinitaria: no podemos comprender nada de nosotros mismos, si no vivimos del misterio de la Santísima Trinidad.

Se trata del amor con que el Padre ama al Hijo, y cuyo fruto es el Espíritu Santo. Este amor está en nosotros. Es mucho más grave que decir: tiene que estar en nosotros. Nuestra responsabilidad es mayor por saber que está en nosotros, y que debemos dejarle hacer. Eso es lo que se nos ofrece. Todo lo que se nos pide es no dejarlo pasar y no ahogar demasiado este germen que desea desarrollarse.

Consecuencia: no se trata sólo de amar a Dios sobre todas las cosas y a los hombres como a hermanos nuestros, sino de entrar en el amor sobrenatural de Dios63.

· · ·

Nuestra consistencia ante Dios, acentuada por la certeza de ser los destinatarios de su amor ‑realmente señalados, abrigados por su mirada de predilección que nos percibe y nos quiere realmente distintos de él, capaces de ofrecerle un diálogo real‑… esta consistencia, digo, y el diálogo que hace posible, son a su vez el reflejo de un misterio más profundo cuyo secreto dirige, a fin de cuentas, el misterio de nuestras relaciones con Dios: la consistencia infinita y el diálogo infinito de las tres personas divinas entre ellas. Los diálogos trinitarios son el prototipo único y eterno de todos los diálogos creados y, sobre todo, de los diálogos entre la criatura y el Creador. Cuando contemplemos estos diálogos cara a cara, sabremos entonces, y solamente entonces, lo que significa nuestra distinción con Dios y nuestra posibilidad de estar ante él… esto nos dará la clave de los misterios de la predestinación, de la conciliación de la gracia y de la libertad, etc. Mientras tanto, somos poderosamente invitados por la misma revelación trinitaria a tomar en serio más que nunca nuestra consistencia y el diálogo que ella hace posible, recolocándolos en la perspectiva y a la luz de los diálogos trinitarios de los que ellos son el reflejo frágil pero muy real. Luz deslumbrante, oscuridad cegadora… ante la cual tendremos siempre la tentación de protegernos diluyendo todas estas cosas en la niebla de nuestra poca fe, porque en el fondo tenemos miedo de tomarlas totalmente en serio64.

· · ·

Esas almas viven, según la expresión de San Juan, en sociedad (Jn 1,3) con las Tres adorables Personas, en comunión de vida. En esto consiste la vida contemplativa. «Es una contemplación que conduce a la posesión». «Ahora bien, esta posesión simple es la vida eterna disfrutada en el abismo sin fondo. Es allí, donde por encima de la razón, nos espera el profundo reposo de la inmutabilidad divina»65.

Consecuencias de la fe en el Dios único

[222] Creer en Dios, el Único, y amarlo con todo el ser tiene consecuencias inmensas para toda nuestra vida:

Es el mismo Catecismo el que nos ayuda a comprender las implicaciones que tiene en nuestra vida la fe en Dios, en el Dios revelado. Por lo tanto, no basta con que comprendamos -en la medida de lo posible- todo lo anterior, sino que nos empeñemos en vivir con la mayor plenitud posible las consecuencias, sin duda «inmensas», de aceptar la existencia del Dios revelado.

El Catecismo une con razón creer y amar. No se puede creer en este Dios, que es amor y verdad, y no amarlo. Si no se le ama, es que no se cree realmente en él. Y hay que amarlo con un amor que esté a la altura de Dios, tal como lo expresa el primer mandamiento ratificado por Jesucristo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente» (Lc 10,27; cf. Dt 6,5).

Ciertamente la fe en Dios, con toda la plenitud que tiene el acto de creer: creer en su palabra, confiar en él, entregarse a él…, es el acto que marca más la vida de cualquier persona. Es muy sospechosa la tendencia a decir que la fe o la falta de fe no diferencia a las personas, ni marca de una manera profunda sus vidas. Baste, por ejemplo, comparar lo que dice Heb 2,15, de los que «por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos», y lo que afirma el libro del Apocalipsis de los que «no amaron tanto su vida que temieran la muerte» (Ap 12,11).

[223] Es reconocer la grandeza y la majestad de Dios: «Sí, Dios es tan grande que supera nuestra ciencia» (Jb 36,26). Por esto Dios debe ser «el primer servido» (Santa Juana de Arco, Dictum: Procès de condamnation).

Reconocer la grandeza de Dios en verdad, con el ser y con la vida, es adorar: dejarse desbordar por ese Dios que supera todo conocimiento y que, sin embargo, nos sale al encuentro para hacernos participar de su vida porque es verdad y amor.

Creer realmente en Dios es querer servirle con todo lo que somos y tenemos. Es significativo el ejemplo de san Carlos de Foucauld en el que se une claramente la conversión y la vocación religiosa66. La vida contemplativa es una expresión privilegiada de la fe porque dedica toda la existencia a adorar y servir a Dios.

Podríamos decir que la vida contemplativa consiste en vivir de forma consciente la permanente presencia de Dios-amor, hacia el que hacemos confluir todo lo que somos y tenemos, buscando apasionadamente su gloria por medio de la comunión de amor esponsal con él y el ansia apremiante de la salvación de todos los hombres […].

El contemplativo secular, enamorado del Amor, busca en todo la huella del Dios por quien suspira para poder adorarlo en todo momento y circunstancia. Una adoración que no es estática o formal, sino vital, porque busca hacer de su vida una ofrenda viva a Dios, cumpliendo su voluntad en cada momento67.

[224] Es vivir en acción de gracias: Si Dios es el Único, todo lo que somos y todo lo que poseemos vienen de Él: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Co 4,7). «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» (Sal 116,12).

La fe en Dios, amor y verdad, con todo lo que nos falta por descubrir en la lectura del Catecismo, abre los ojos a lo que hemos recibido: no sólo la propia existencia y la creación como regalos de Dios para nosotros, sino ser creados a imagen de Dios y ser llamados a la comunión de amor con el Dios-Amor que es Trinidad de personas.

En consecuencia, la falta de agradecimiento (y de alegría) es falta de fe en Dios. Y la contemplación de toda la realidad como transparencia de la gloria de Dios lleva a la alabanza y desemboca, de nuevo, en la adoración.

[225] Es reconocer la unidad y la verdadera dignidad de todos los hombres: Todos han sido hechos «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26).

La fe en Dios nos abre los ojos para reconocer la dignidad verdadera de todo hombre en origen y destino: creados por Dios y para Dios, a imagen y semejanza suya, para entrar en comunión con él.

Ése es el fundamento de la igualdad en dignidad de todo ser humano, que no depende de ningún reconocimiento por parte de ningún poder político y de ninguna mayoría, y que afecta también al no nacido, al deficiente, al moribundo… No hay seres humanos que sean menos imagen de Dios por ninguna circunstancia ni por ninguna deficiencia.

Y a la vez, la fe en Dios, que nos lleva a reconocer la bondad de las criaturas y a reconocernos imagen de Dios, nos lleva, al mismo tiempo, a respetar la Creación a descubrir en ella la huella de Dios y a proclamar la gran distancia entre el hombre y las demás cosas creadas.

[226] Es usar bien de las cosas creadas: La fe en Dios, el Único, nos lleva a usar de todo lo que no es Él en la medida en que nos acerca a Él, y a separarnos de ello en la medida en que nos aparta de Él (cf. Mt 5,29-30; 16, 24; 19,23-24):

«¡Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti! ¡Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti! ¡Señor mío y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a ti (San Nicolás de Flüe, Oración).

La fe en Dios es el fundamento de la verdadera ecología. Todo es regalo de Dios, es signo de la belleza y del amor de Dios. Es responsabilidad del hombre ante Dios hacerlo crecer según el plan de Dios. No es cierto, como dicen algunos, que las afirmaciones de la Biblia sean ocasión de la destrucción de la naturaleza, malinterpretando el «sometedla y dominad», como si fuera un permiso para utilizar la creación al margen de la voluntad de Dios. Realmente, el abuso de la naturaleza viene de su desconexión con Dios, de un hombre absolutamente independiente de toda instancia superior a él, que puede transformarlo todo a capricho, sin verdad ni amor.

Y, a la vez, la fe en Dios relativiza todo lo creado. Todo es bueno, pero lo uso con la libertad (indiferencia, diría san Ignacio) de aceptar o rechazarlo todo en función de que me aleje o me acerque a Dios. Porque cualquier bien creado ya no es un fin, sino un medio en mi relación con Dios.

[227] Es confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente:

Nada te turbe, / Nada te espante
Todo se pasa, Dios no se muda
La paciencia, / Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene, Nada le falta:
Sólo Dios basta. (Poesía, 30)

La fe en Dios, en el Dios verdadero revelado por Jesucristo, desemboca en la confianza y en la esperanza. La fe en el Dios Verdad y Amor debe marcar toda la vida del creyente porque sabe que por encima de cualquier circunstancia y poder está Dios. La confianza en cualquier situación nace de una «fe recta». Y, a la vez, esa confianza, humanamente incomprensible, manifiesta la fe verdadera.

Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura (Mt 6,25-33).

Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien (Rm 8,28).


NOTAS

  1. Catecismo Romano, parte I, introducción al capítulo II, (9-10).
  2. M. Schmaus, Teología dogmática, Madrid 1963 (Rialp, 2ª ed.), I, 344-345.
  3. W. Kasper, El Dios de Jesucristo, Salamanca 1985 (Sígueme), 273-274.
  4. Schmaus, Teología dogmática, I, 209.
  5. Cf. S. Pié-Ninot, La teología fundamental, Salamanca 2001 (Secretariado Trinitario, 4ª ed.), 174.
  6. Juan Pablo II, Creo en Dios Padre. Catequesis sobre el Credo (I), Madrid 1998 (Rialp, 4ª ed.), 107-108 (Audiencia general del 24 de julio de 1985).
  7. Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 112 (Audiencia general del 31 de julio de 1985).
  8. Kasper, El Dios de Jesucristo, 274.
  9. L. Ott, Manual de Teología Dogmática, Barcelona 1986 (Herder, 7ª ed.), 72-73, que cita a E. Kalt, Bibl. Reallexicon I2 721.
  10. G. L. Müller, Dogmática. Teoría y práctica de la teología, Barcelona 1995 (Herder), 233.
  11. «La historia de la evolución del monoteísmo bíblico no aparece como la secuencia de concepciones básicas que se van sucediendo y sustituyendo ni como el avance gradual de una idea desde sus estadios iniciales hasta su forma madura y plena, sino como la progresiva autoimposición de una visión o intuición fundamental en las diferentes etapas de su asimilación reflexiva y de la formulación de su pretensión de validez universal» (Müller, Dogmática, 235).
  12. Müller, Dogmática, 233-234. Se puede ver cierta evolución en la forma de comprender y manifestar este monoteísmo descubierto en el encuentro personal con Dios: «La fe bíblica en un solo Dios tiene una larga historia que no carece de importancia en el plano teológico. El antiguo testamento supone en sus comienzos, con relativa naturalidad, la existencia de dioses ajenos (cf. Gén 35,2.4; Jos 24,2.14). La unicidad del Dios bíblico sólo aparece en el hecho de que Yahvé es superior a los otros dioses; exige la exclusividad y se muestra como un Dios celoso que no tolera a su lado dioses ajenos (Ex 20,3s; 34,14; Dt 5,7). Esta intolerancia se refiere, al principio, tan solo a la adoración de otros dioses, porque expresa una falta de confianza en Yahvé. El que da culto a otros dioses, no ama a Yahvé con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas. Se trataba, pues, al principio, de un monoteísmo práctico. La cuestión de la existencia o no existencia de otros dioses no se planteó aún; probablemente se suponía su existencia (cf Jue 11,24; 1Sam 26,19; 2Re 3,27). Pero, desde Elías, el movimiento profético emprendió una enérgica campaña contra todas las religiones sincretistas; y presentó a Yahvé como Dios, sin más. Los ídolos aparecen ahora como pura nada» (Kasper, El Dios de Jesucristo, 273).
  13. Lo que se llama el Segundo Isaías o Deuteroisaías (Is 40-55), cuyos oráculos se sitúan en el exilio de Babilonia.
  14. Tertuliano, Contra Marción, 1, 3 ,1- 6.
  15. Catecismo Romano, parte I, capítulo II, IX (32).
  16. Kasper, El Dios de Jesucristo, 274.
  17. Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 144 (Audiencia general del 9 de octubre de 1985).
  18. Catecismo Romano, parte I, capítulo II, IX (33).
  19. Kasper, El Dios de Jesucristo, 336.
  20. Kasper, El Dios de Jesucristo, 347.
  21. Santo Tomás de Aquino, Exposición del Símbolo de los Apóstoles, artículo 1.
  22. Ott, Manual de Teología Dogmática, 61.
  23. G. von Rad, Teología del Antiguo Testamento, Salamanca 1982 (Sígueme, 5ª ed.),I, 237.
  24. Ott, Manual de Teología Dogmática, 61, que cita a Scheeben, Dogmatik I n. 84ss.
  25. Von Rad, Teología del Antiguo Testamento, 240-241, y la nota 26 de la p. 242.
  26. Se puede profundizar en este episodio con el tema de la lectio con el Éxodo de nuestra página web, titulado «La zarza ardiente».
  27. Von Rad, Teología del Antiguo Testamento, 237.
  28. Von Rad, Teología del Antiguo Testamento, 235.238.
  29. Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 117-118 (Audiencia general del 28 de agosto de 1985).
  30. Teófilo de Antioquía, A Autólico, 1,3.
  31. Puede completarse lo dicho aquí con el tema de nuestra web «Introducción a la oración contemplativa».
  32. Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 120-121 (Audiencia general del 28 de agosto de 1985).
  33. Von Rad, Teología del Antiguo Testamento, 235.
  34. Von Rad, Teología del Antiguo Testamento, 235. Antes había explicado que «no existe cosa más ajena a esta etimología del nombre de Yahvéh que una definición ontológica de su esencia (LXX «yo soy el que soy»), algo así como una alusión a su naturaleza absoluta, su aseidad y demás atributos. Una interpretación semejante es fundamentalmente ajena al Antiguo Testamento».
  35. M.-D. Molinié, El combate de Jacob. ¿Podemos vivir con Dios? ¿Podemos vivir sin Dios?, Madrid 2011 (San Pablo), 12-13.
  36. Cf. Haag-van den Born-Ausejo, Diccionario de la Biblia, Barcelona 1981 (Herder), col. 1342-1343.
  37. Von Rad, Teología del Antiguo Testamento, 239.240.
  38. X. Léon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona 1982 (Herder, 12ª ed.), 970. «La verdadera pronunciación del tetragrama [las cuatro letras de YHWH] es yahvéh. La falsa pronunciación Jehová es de origen cristiano» (Haag-van den Born-Ausejo, Diccionario de la Biblia, col. 1927).
  39. Von Rad, Teología del Antiguo Testamento, 242.
  40. Ott, Manual de Teología Dogmática, 63.
  41. Ott, Manual de Teología Dogmática, 63. Los textos que siguen son citados por este autor.
  42. Según Kasper, «convierten la promesa histórica en un enunciado ontológico y en una definición» (Kasper, El Dios de Jesucristo, 177). Ciertamente van más allá del sentido primitivo del término hebreo, pero no traicionan la verdad de Dios.
  43. Hay una interpretación del nombre de Yahweh en hebreo que podría encajar con el contenido «metafísico» que aparece claramente en la Biblia griega, y es que detrás de Yahwe no estaría un presente o un futuro del verbo hyh con el significado de «estar», sino un causativo que tendría el significado de «el que hace ser» (Léon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, 969).
  44. Ott, Manual de Teología Dogmática, 63.
  45. San Agustín, Sermón 7, 7.
  46. San Ambrosio de Milán, Exposición sobre los doce salmos, 43,20.
  47. San Gregorio Nacianceno, Discurso 45: sobre la santa Pascua, 3.
  48. Cf. Ott, Manual de Teología Dogmática, 62, y santo Tomás de Aquino, De ente et essentia, 6: la esencia de Dios es su mismo ser.
  49. Cf. Kasper, El Dios de Jesucristo, 177-179, que sigue de cerca la doctrina de santo Tomás de Aquino.
  50. «Tomás afirma expresamente que Dios no está dentro de ningún género, ni dentro del ser» (Kasper, El Dios de Jesucristo, 178).
  51. M. Heidegger, Identität und Differenz, Pfullingen 1957, 70, citado por Kasper, El Dios de Jesucristo, 180.
  52. Kasper, El Dios de Jesucristo, 180.
  53. Dz 1782; DS 3001.
  54. Müller, Dogmática, 238-239.
  55. Müller, Dogmática, 240. Son interesantes los dos amplios cuadros en los que va enumerando los predicados de Dios que se derivan de su ser (p. 240-241) y los que derivan de la alianza realizada con su pueblo (p. 244-245), ambos repletos de referencias bíblicas.
  56. Molinié, Adoración o desesperación, nº 13: M.-D. Molinié, Adoration ou désespoir. Une catéchèse pour les jeunes… et les autres, Chambray 1989 (CLD), 64.
  57. A diferencia del don de entendimiento que permite captar las verdades reveladas con una profunda intuición sobrenatural y del don de sabiduría que ayuda a juzgar las cosas divinas.
  58. No en vano todo este «Libro de la Consolación», dirigido al pueblo de Dios en el exilio de Babilonia, que abarca Is 40-55, comienza con el mandato de consolar al pueblo afligido a causa de su pecado, al que se le promete el perdón y la salvación: «Consolad, consolad a mi pueblo dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen» (Is 40,1-2).
  59. M.-D. Molinié, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad, Madrid 1979 (San Pablo, 4ª ed.), 63-64.
  60. Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15: M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), 1, 266.
  61. San Juan de la Cruz, Puntos de amor, 18.
  62. Kasper, El Dios de Jesucristo, 278.283.
  63. Molinié, El coraje de tener miedo, 36-37.
  64. Molinié, La Trinidad, Introducción: M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, III, La Trinité, Paris 2001 (Téqui), 49.
  65. Santa Isabel de la Trinidad, El cielo en la tierra, día primero. Las citas entre comillas las toma la santa de Ruisbroeck.
  66. Véanse los testimonios de san Carlos de Foucauld en la meditación del 8 de noviembre de 1987 y en la carta de 14 de agosto de 1901, recogidos en J. F. Six, Carlos de Foucauld. Itinerario espiritual, Barcelona 2001 (Herder, 5ª ed.), 51-53.
  67. Hermandad de Contemplativos en el Mundo, Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, Madrid 2019 (2ª ed. corregida), 97.216.