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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Introducción

Hemos ido contemplando a través de la Palabra como los israelitas, después de la salida de Egipto, llegan al monte Sinaí, Dios les propone hacer un pacto con ellos, Moisés prepara al pueblo para ese pacto, el Señor se les manifiesta con signos espectaculares y les da sus normas: el Decálogo.

En esta ocasión la lectio nos permite contemplar y asimilar la reacción del pueblo ante la teofanía del Sinaí y la ratificación de la alianza cuando Moisés baja del monte.

Reacción a la teofanía (Ex 20,18-21)

Texto bíblico

18Todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y la montaña humeante. El pueblo estaba aterrorizado, y se mantenía a distancia. 19Entonces dijeron a Moisés: «Háblanos tú y te escucharemos; pero que no nos hable Dios, no sea que muramos». 20Moisés respondió al pueblo: «No temáis, pues Dios ha venido para probaros, para que tengáis presente su temor, y no pequéis». 21El pueblo se quedó a distancia y Moisés se acercó hasta la nube donde estaba Dios (Ex 20,18-21).

Lectio

[v. 18] Vuelven a aparecer aquí algunos de los elementos que aparecían al comienzo de la teofanía y analizábamos en su momento (Ex 19,16-19).

El pueblo se aterroriza porque la manifestación de Dios sucede de una forma grandiosa, dramática y violenta. Se unen en el relato dos señales de la presencia de Dios por medio de la naturaleza desbocada que desconciertan a los israelitas: la de una erupción volcánica y la de una tempestad. Ambas se manifiestan de forma singular y se asocian los elementos de estos dos fenómenos de modo que aterrorizan a la multitud: truenos, relámpagos, sonido de la trompeta, montaña humeante.

Otros textos de la Escritura nos presentan estas potentes manifestaciones de Dios, de modo que el que se encuentra con Dios es consciente de que ha entrado en un ámbito completamente distinto y que está ante el Dios que es a la vez terrible y fascinante, que atrae y aterra. Lo que en el Sinaí aparece con una mayor fuerza lo volvemos a encontrar en otros momentos de la historia de la salvación. Le sucede al patriarca Jacob cuando huye de la venganza de su hermano, al que le ha arrebatado la primogenitura:

Jacob salió de Berseba en dirección a Jarán. Llegó a un determinado lugar y se quedó allí a pernoctar, porque ya se había puesto el sol. Tomando una piedra de allí mismo, se la colocó por cabezal y se echó a dormir en aquel lugar. Y tuvo un sueño: una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor, que estaba en pie junto a ella, le dijo: «Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra, y te extenderás a occidente y oriente, a norte y sur; y todas las naciones de la tierra serán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas, te haré volver a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido». Cuando Jacob despertó de su sueño, dijo: «Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía». Y, sobrecogido, añadió: «Qué terrible es este lugar: no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo» (Gn 28,10-17).

Podemos recordar que sucede los mismo en la aparición a Moisés en el comienzo del libro del Éxodo:

Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza». Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: «Moisés, Moisés». Respondió él: «Aquí estoy». Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado». Y añadió: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios (Ex 3,1-6).

En este primer encuentro con Moisés, el Señor comienza marcando las distancias: Dios manda a Moisés que se descalce porque el terreno que pisa es sagrado; y además el mismo Moisés se tapa la cara porque teme ver a Dios.

Lo mismo le sucede al profeta Isaías en el momento de su vocación:

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Junto a él estaban los serafines, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos el cuerpo, con dos volaban, y se gritaban uno a otro diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!». Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo» (Is 6,1-5).

Cuando el Señor se presenta todo tiembla, y en primer lugar el sujeto que recibe la visión. La manifestación de Dios crea un hondo impacto en el profeta.

Es muy significativa la aparición de Dios a Daniel a orillas del río Tigris:

Solo yo, Daniel, contemplaba la visión; la gente que estaba conmigo, aunque no contemplaba la visión, quedó sobrecogida de terror y corrió a esconderse. Así quedé solo, y al ver aquella magnífica visión, me sentí desfallecer; mi semblante quedó desfigurado y no lograba dominarme. Entonces oí el sonido de sus palabras y, al oírlo, caí de bruces, en un letargo, con el rostro en tierra. Una mano me tocó e hizo que me pusiera sobre las rodillas y las palmas de las manos. Luego me habló: «Daniel, predilecto, fíjate en las palabras que voy a decirte y ponte en pie, porque ahora me han enviado a ti». Mientras me hablaba así, me puse en pie temblando (Dn 10,7-11).

Los demás no ven la manifestación de Dios, pero sienten la presencia de lo santo, el poder de lo sagrado, y se esconden. Daniel se queda solo ante la presencia de Dios y experimenta como le fallan las fuerzas, cae rostro en tierra y aunque consigue ponerse el pie, como le ordena Dios, lo hace temblando.

Todos estos ejemplos muestran lo que supone la experiencia de encontrarnos a Dios.

En el caso de la teofanía del Sinaí, el pueblo, aun con miedo se atreve a acercarse a Dios, como nos han dicho anteriormente:

Moisés sacó al pueblo del campamento, al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie de la montaña. La montaña del Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre ella en medio de fuego. Su humo se elevaba como el de un horno y toda la montaña temblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno (Ex 19,17-19).

Pero, cuando esta experiencia se alarga, el pueblo ya no quiere salir al encuentro del Señor, y surge la reacción que describe el comienzo de nuestro texto: «El pueblo estaba aterrorizado, y se mantenía a distancia» (Ex 20,18).

Ante estas experiencias podemos preguntarnos si Dios ha cambiado o ha cambiado nuestra sensibilidad o qué es lo que pasa. Cuando nos acercamos a lo sagrado sin ningún tipo de respeto o prevención, cuando accedemos al ámbito de Dios sin notar ninguna diferencia con lo que vivimos en el mundo profano, es que hemos roto las barreras entre lo sagrado y lo profano, no respetamos a Dios. Nuestra forma de estar en el templo, de acceder a los sacramentos, de dirigirnos a Dios es tremendamente significativa de esta ruptura. La presencia de Dios impone a los mismos elegidos de Dios un tremendo impacto que nosotros hemos perdido.

[v. 19] Esta petición que hacen a Moisés tiene una gran importancia: no quieren que Dios les hable directamente, sino que utilice a Moisés como mediador. El mediador no es necesario sólo porque Dios quiera salvaguardar su transcendencia, sino porque el pueblo no puede soportar el peso de la santidad de Dios. La santidad de Dios es demasiado grande para poderla acoger directamente.

Si no fuera gracias a una mediación, no podríamos tener acceso al que es tres veces santo. A pesar de ser hijos, al invitarnos a rezar el Padrenuestro, la liturgia recuerda que lo hacemos porque él nos lo recomienda («fieles a la recomendación del salvador y siguiendo su divina enseñanza») y afirma «nos atrevemos a decir: Padre». Es un modo de expresar que no podemos entrar en esa intimidad con Dios si no es porque él nos invita, lo permite y nos identifica gratuitamente como hijos suyos. En el mismo sentido, el ayuno eucarístico señala la separación de la comida profana y la sagrada. Una cosa es que seamos hijos y podamos tratar a Dios como Padre, y otra muy distinta tratarle como amiguete, y no saber con quién tratamos y cómo debemos actuar. Ese «colegueo» con Dios es tratarle a Dios como si fuera débil. La intimidad con Dios no debería eliminar el respeto, sino todo lo contrario.

Para Israel la consecuencia de acercarse excesivamente a lo divino es la muerte. No porque Dios les amenace con quitarles la vida o quiera asustarles, sino porque su santidad es demasiado fuerte para ellos, y para nosotros.

El pueblo pide un mediador porque no se siente capaz de hablar directamente con Dios. Y el Señor se lo concede. Lo recuerda Moisés en el libro del Deuteronomio, donde anuncia un mediador distinto a Moisés:

El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb el día de la asamblea: «No quiero volver a escuchar la voz del Señor mi Dios, ni quiero ver más ese gran fuego, para no morir». El Señor me respondió: «Está bien lo que han dicho. Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que yo le mande. Yo mismo pediré cuentas a quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre» (Dt 18,15-19).

Por primera vez, y en labios del mismo Moisés, se anuncia que habrá otro profeta que transmitirá fielmente las palabras de Dios. Dios pedirá cuenta al que no escuche a ese profeta. Este profeta, a la vez, es enviado por el Señor y surge de entre los suyos. Se trata de un profeta semejante a Moisés, al que pasará la mediación entre Dios y los suyos, una mediación que consiste en transmitir las palabras de Dios de modo que el pueblo no se aterrorice: hablará las palabras de Dios de forma cercana, humana, de modo que no produzcan el temor que los israelitas experimentaron en el Sinaí.

Esta figura aparece más adelante en labios del mismo Job:

No es un hombre como yo para decirle:
«Vayamos juntos a juicio».
Si al menos hubiera un mediador,
que pusiera su mano entre los dos,
que retirara su vara de mi espalda
para librarme del terror que me atenaza,
entonces hablaría sin temerle,
pues creo que no soy culpable (Job 9,32-35).

Cuando Job quiere enfrentarse con Dios a causa de su desgracia para defender su inocencia, llega un momento en que se da cuenta de que no puede pleitear con el Dios todopoderoso. Y entonces empieza a anhelar un mediador entre Dios y él, ante el que pueda defender sin temor su inocencia, que mediara entre ambos y quitara el castigo de su espalda.

El mismo Jesucristo quiere realizar esta mediación, como un abogado defensor que pleitea a nuestro favor: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad» (Jn 14,16-17). Paráclito significa abogado defensor; el Espíritu Santo es el segundo, Jesús es el primero.

Es muy significativo que Dios genera en su pueblo la necesidad de lo que quiere darle: Dios quiere darle, en este caso, un mediador; y genera en el pueblo la consciencia de esa necesidad para que le supliquen y pueda concederlo.

Así actúa normalmente la pedagogía de Dios con nosotros: suscita primero la necesidad de lo que quiere darnos para que lo podamos acoger. Si anhelamos la santidad es porque él ha suscitado en nosotros esa necesidad para que la pidamos y nos dispongamos a recibir lo que quiere regalarnos. Pero desde el principio él quiere darnos eso -la santidad, el mediador- que comienza por suscitar en nuestro corazón.

Estas profecías de un mediador se manifiestan realizadas según el prólogo del evangelio de san Juan, que presenta a Jesús como el mediador que trae la gracia y la paz, y lo pone en paralelo con Moisés:

La ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo (Jn 1,17).

Hay dos mediadores. Moisés el que nos da la ley que recibe en el monte Sinaí, como hemos contemplado. Como veremos esta alianza del Sinaí se ratifica con la sangre de los sacrificios de animales. El otro mediador es Jesucristo, que nos trae la gracia y la verdad; la gracia que nos trae es la vida misma de Dios: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,4); la verdad es la luz de Dios: «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo» (Jn 1,9). La gracia y la verdad que nos trae el mediador definitivo es la vida y la luz de Dios encarnadas en Jesucristo, que se ponen así a nuestro alcance, se nos ofrecen a nuestra medida, en nuestro lenguaje: «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Por medio del Verbo encarnado tenemos acceso a la vida de Dios y a la luz de Dios, que se convierten para nosotros en gracia y verdad. Mientras que la ley era provisional, no era la verdad plena, no conllevaba la gracia para poder cumplirla, lo que el Verbo encarnado nos ofrece son la verdadera vida, la verdadera luz del Padre, de forma definitiva y accesible por la Encarnación. Por eso, Jesucristo no es sólo el mediador, sino también es el fin: el camino y la verdad, pero también la vida (cf. Jn 14,6). Es el mediador y el término, porque la gracia y la verdad no es algo que él recibe y transmite, como Moisés transmite la ley, sino que él es la gracia y la verdad, y por eso la ofrece. Moisés es un cauce que transmite lo que dimana de Dios, la ley; la gracia y la verdad dimanan directamente de Jesucristo, que no es sólo mediador sino fuente de los dones definitivos. De este modo, descubrimos con más claridad la importancia de la encarnación del Verbo. En Cristo se cumple lo que promete Dios a Moisés: «El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo» (Dt 18,15).

En la Anunciación, el ángel proclama que nacerá de María un hombre, uno del pueblo de Israel: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33); pero que es mucho más que un hombre: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35).

Jesucristo es el mediador perfecto porque pisa en las dos orillas, la de Dios y la de los hombres; Moisés, no, porque aunque es introducido en la nube y elevado a la montaña, no pertenece a la orilla de Dios, sino sólo a la nuestra. Por lo tanto, Moisés es un mediador imperfecto, llamado a pasar; y, sin que él sea plenamente consciente, ya anuncia que el Señor ha decidido enviar un mediador mejor, como dice en Dt 18,15-19. En todo el Antiguo Testamento no se puede encontrar a nadie que supere a Moisés como mediador y profeta de Dios, porque esta profecía sólo se cumplirá con la venida de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Al cambiar el mediador cambia también la ley, lo mismo que cambiará el sacerdocio: la ley de la caridad divina que trae Jesucristo supera con creces los mandamientos del Sinaí. También es del todo diferente la forma de transmitirla. El Sermón del monte (Mt 5-7) comienza diciendo que «al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo» (Mt 5,1-2): aquí no hay truenos ni relámpagos, Jesús no tiene que acercarse a Dios ni necesita que le responda, es su boca de donde brotan las palabras de Dios, son sus discípulos los que tienen que acercarse a Jesús para recibir la enseñanza. En el Sinaí no es Moisés el que habla, es Dios el que le habla por el trueno; el pueblo no se podía acercar bajo pena de muerte. En el sermón de la montaña, la santidad de Dios se ha «humanizado» por medio de la Encarnación. Y, al terminar el Sermón del monte, la muchedumbre que oye a Jesús no está aterrorizada como en el Sinaí, está admirada: «Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas» (Mt 7,28-29). Se admiran por la enseñanza excepcional que escuchan, mientras que en el Sinaí el sentimiento es de terror por los signos que acompañan al mensaje. Más tarde será cuando Moisés valore la enseñanza recibida (cf. Dt 4,8: «¿Dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?»). Los que escuchan a Jesús no tienen miedo, pero se dan cuenta de que su autoridad excepcional proviene de Dios. No es el terror, sino la admiración y la adhesión, lo que provoca la ley nueva y el modo en que se presenta. Sin que desaparezca el respeto propio del verdadero temor de lo sagrado.

La carta a los Hebreos manifiesta con fuerza la diferencia entre la forma de manifestarse una y otra alianza:

No os habéis acercado a un fuego tangible y encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni al estruendo de las palabras, oído el cual, ellos rogaron que no continuase hablando, pues no podían soportar lo que mandaba: Quien toque el monte, aunque sea un animal, será apedreado. Y tan terrible era el espectáculo, que Moisés exclamó: Estoy temblando de miedo. Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel (Heb 12,18-24).

Es lógico el temor que experimenta Moisés ante la manifestación de Dios; pero cuando Dios se acerca a nosotros tomando una naturaleza humana como la nuestra, nosotros podemos acceder al fuego que consume, pero contenido en carne humana.

[v. 20] Ante esa reacción del pueblo, Moisés intenta tranquilizarlos. La manifestación tremenda del poder de Dios tiene como objetivo que el pueblo sepa con quién está tratando, que respete a Dios y que no peque. Esto era necesario para un pueblo tan rudo como el que salía de la esclavitud. Por eso, antes de transmitirles los mandamientos de la alianza, Moisés les recuerda:

Estos son los preceptos, los mandatos y decretos que el Señor, vuestro Dios, me mandó enseñaros para que los cumpláis en la tierra en cuya posesión vais a entrar, a fin de que temas al Señor, tu Dios, tú, tus hijos y tus nietos, observando todos sus mandatos y preceptos, que yo te mando, todos los días de tu vida, a fin de que se prolonguen tus días (Dt 6,1-2).

Se trata de generar temor del Señor; no miedo, sino respeto hacia lo sagrado, prevención hacia Dios en el sentido de que no pueden acercarnos a él de cualquier manera. El pueblo de Israel, rudo e ignorante, necesita una manifestación de Dios que le demuestre su grandeza y le enseñe la forma con la que debe acercarse a él.

[v. 21] El pueblo se queda a distancia, pero no ya por mandato de Dios, sino por propia iniciativa, porque tienen miedo. Y les aterra el Señor porque aún no lo conocen. Sólo conocen su poder, pero todavía no conocen su corazón.

Por eso es incomprensible que nosotros, los cristianos, que tenemos acceso al corazón de Dios por medio del corazón de Cristo, vivamos con miedo la relación con Dios. Claro que Dios es fascinante y temible, pero cuando entramos por la puerta que es el corazón de Cristo, debemos despojarnos de todo temor. No perdemos el respeto o el reconocimiento de nuestra indignidad ante Dios, pero nos acercamos a él con la confianza y la paz de saber que estamos ante nuestro Padre. Es necesario ayudar a los demás a que entiendan que no tienen que vivir en la lejanía, sino que estamos llamados por nuestra condición de hijos, recibida en el bautismo, a vivir en la intimidad de Dios. El cristiano que siente a Dios tan lejano que sólo se atreve a afirmar que «algo tiene que haber», o el que se coloca ante Dios con la misma actitud que los judíos ante Dios en el Antiguo Testamento, pensando «cumplo unos preceptos para pedirle a Dios la recompensa que me corresponde», no sabe lo que se está perdiendo. Cuando alguien, por ejemplo en los Ejercicios espirituales, se encuentra con el Dios vivo y se da cuenta de que tiene acceso a Dios y que Dios quiere encontrarse con él, todo cambia, entra en la realidad: ha sido configurado a imagen del Hijo, ha recibido el Espíritu Santo, es hijo y ya no puede comportarse simplemente como una persona religiosa.

· · ·

A continuación encontramos en el libro del Éxodo varios capítulos dedicados al código de la Alianza (Ex 20,22-23,33).

Estamos ante un conjunto de leyes y prescripciones que regulan la vida de Israel y que están vinculadas al Decálogo. Se han añadido aquí al texto del Éxodo, pero encajan perfectamente con los mandatos que Dios les da en las tablas de la ley. «Moisés bajó y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todos sus decretos» (Ex 24,3): podemos distinguir las diez palabras de las tablas de la Ley y los decretos que encontramos en estos capítulos del Éxodo que forman el código de la Alianza. Lógicamente, es la legislación de un pueblo cuyo rey es Dios, y que abarcan todos los aspectos de la vida del pueblo, no sólo la religión, sino todos los elementos de la vida social y personal. Lo que sucede es que se dan entremezcladas, sin una separación sistemática.

Se llama el código de la Alianza porque estas normas aluden al pacto entre Yahweh y su pueblo: Dios se compromete a cuidar y salvar a su pueblo, y el pueblo debe vivir como un pueblo santo según los mandatos de Dios: el Decálogo y la legislación añadida en este código.

Es interesante que, aunque haya algunas normas apodícticas, generales o absolutas, la mayoría son normas casuísticas que se adaptan a las situaciones y circunstancias concretas de la vida del pueblo en ese momento. Estas normas concretas manifiestan su antigüedad en las circunstancias para las que legislan y tienen claros contactos con las normas de otros pueblos de su entorno histórico como, por ejemplo, el código de Hammurabi. Son normas que se remontan a la época de los jueces y al mismo Moisés, que coinciden en muchos casos con la legislación de los pueblos vecinos en esa época. Estas normas van a plantear de forma concreta y sencilla las consecuencias del Decálogo y, lógicamente, todo va a estar en referencia a Dios.

El tipo de sociedad que aflora de estas normas está muy poco desarrollada, en la que tiene una gran importancia la estructura familiar y está caracterizada por un modo de vida y una economía basada en la ganadería, con poca presencia de la agricultura. Mientras que el poder político tiene poca fuerza, las tradiciones religiosas marcan la vida del pueblo.

Estas normas del código de la Alianza se fijan cuando el pueblo ya está asentado en la tierra prometida, pero todavía la organización tribal está por encima de la organización propia de un estado.

-La ley sobre el altar (Ex 20,22-26). Es curioso que el altar debe construirse con piedras sin labrar, porque al labrarlas quedan profanadas.

-Normas acerca de los esclavos (Ex 21,1-11).

-Leyes sobre los delitos que se castigan con la muerte (Ex 21,12-17).

-Leyes a propósito de las lesiones corporales (Ex 21,18-32). La casuística se manifiesta en estas leyes en las diferentes penas que se aplican según las circunstancias que tiene la muerte causada por un buey:

Cuando un buey mate a cornadas a un hombre o a una mujer, será apedreado el buey y no se comerá su carne; pero el dueño del buey será absuelto. En cambio, si el buey ya embestía antes y el dueño, advertido de ello, no lo tenía encerrado y el buey mata a un hombre o a una mujer, el buey será lapidado y su dueño morirá también. Si se le impone una compensación, pagará a cambio de su vida lo que le pidan. Cuando el buey acornee a un muchacho o a una muchacha, se aplicará esta misma norma. Pero si el buey acornea a un esclavo o a una esclava, se pagará a su dueño treinta monedas de plata, y el buey será apedreado (Ex 21,28-32).

-Leyes sobre las responsabilidades en el trabajo (Ex 21,33-22,14).

-Penas por la seducción a una muchacha soltera (Ex 22,15-16).

-Más leyes sobre delitos que se castigan con la muerte (Ex 22,17-19).

-Leyes sociales y religiosas (Ex 22,20-30).

-Legislación judicial (Ex 23,1-9).

-Normas sobre el año sabático y sobre el sábado (Ex 23,10-13). Estas normas tienen en cuenta que no se puede agotar la tierra y están atentas a las necesidades de los pobres. También el descanso del sábado se presenta por razones humanitarias.

-Normas sobre las festividades y otros cultos (Ex 23,14-19).

-Exhortaciones y promesas finales (Ex 23,20-33).

Ratificación de la Alianza (Ex 24,1-11)

Texto bíblico

1El Señor dijo a Moisés: «Sube a mí con Aarón, Nadab, Abiú y setenta ancianos de Israel y postraos a distancia. 2Moisés se acercará solo al Señor, pero ellos no se acercarán; tampoco el pueblo subirá con él».

3Moisés bajó y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todos sus decretos; y el pueblo contestó con voz unánime: «Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor». 4Moisés escribió todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. 5Y mandó a algunos jóvenes de los hijos de Israel ofrecer al Señor holocaustos e inmolar novillos como sacrificios de comunión. 6Tomó Moisés la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. 7Después tomó el documento de la alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió: «Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos». 8Entonces Moisés tomó la sangre y roció al pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras».

9Subieron Moisés, Aarón, Nadab, Abiú y setenta ancianos de Israel, 10y vieron al Dios de Israel: bajo sus pies había como un pavimento de zafiro, brillante como el mismo cielo. 11Él no extendió la mano contra los notables de los hijos de Israel, que vieron a Dios y después comieron y bebieron (Ex 24,1-11).

Lectio

Los estudiosos proponen que en este texto aparecen dos de las tradiciones que forman el Pentateuco: al principio y al final del texto, en los vv. 1-2 y 9-11 está la tradición yahwista; y en el centro del texto, vv. 3-8, nos encontramos con la tradición elohísta.

Sabemos por otros textos que la tradición yahwista1 subraya la cercanía de Dios: aquí podemos comprobarlo, hasta el punto de que unos representantes del pueblo ven a Dios, e incluso comen en su presencia (vv. 9-10). Este texto yahwista de los vv. 1-2, es continúa lo que dice esta misma tradición en Ex 19,24-25, donde se dice: «El Señor insistió: “Anda, baja, y luego sube con Aarón; que los sacerdotes y el pueblo no traspasen los límites tratando de subir hacia el Señor, para que él no arremeta contra ellos”. Entonces Moisés bajó al pueblo y se lo dijo». La tradición yahwista, que ciertamente se centra en la mediación de Moisés, sin embargo lo presenta acompañado por Aarón y sus hijos, que serán sacerdotes: Nadab y Abiú. Además acompañan a Moisés los 70 ancianos que representan al pueblo (cf. Ex 18,13-27; Nm 11,14-17.24-30).

La tradición elohísta2, que aparece en el cuerpo de nuestro texto (vv. 3-8), está más preocupada por salvaguardar la trascendencia de Dios y, en consecuencia, se describe la ratificación de la Alianza por medio de un ritual con sangre. Este texto elohísta continuaría con esta misma tradición, al final del del código de la Alianza en Ex 23,19. En esta tradición el único mediador es Moisés.

Puede parecer que hay una discrepancia entre ambas tradiciones. Para nosotros las dos son perfectamente válidas, complementarias, que se fundieron en la redacción final del texto del Éxodo que conocemos. En el conjunto encontramos: una doble presentación de la situación (vv.1-2 y v. 3a), una ratificación por parte del pueblo (vv. 3b-8) y un encuentro de Dios con los representantes del pueblo (vv. 9-11).

[v. 3] Moisés, cuando baja del monte Sinaí, no sólo transmite al pueblo el Decálogo, sino todos los decretos. Por tanto, el pueblo se compromete a respetar los diez mandamientos y el código de la Alianza.

[v. 4] Una vez que el pueblo se compromete a cumplir todo lo que el Señor le ha mandado, Moisés va a prepararlo de una forma solemne.

Primero escribe todas las palabras del Señor. Ya después de la batalla contra Amalec, Dios le mandó escribir esos acontecimientos: «El Señor dijo a Moisés: “Escribe esto en un libro para recuerdo y trasmítele a Josué que yo borraré la memoria de Amalec bajo el cielo”» (Ex 17,14). Más tarde leerá estas palabras delante del pueblo (v. 7).

A continuación, edifica un altar y erige doce estelas. Hay que tener en cuenta que erigir el altar es más importante que oficiar sobre él: Moisés no es el sacerdote, es la función que asumirá Aarón y su descendencia, pero es el fundador del sacerdocio en Israel. El altar representa a Yahweh, las doce grandes piedras representan a las doce tribus de Israel.

[v. 5] En tercer lugar, Moisés manda realizar sacrificios. El sacrificio de comunión, en el que parte se ofrece a Dios y parte se come por el pueblo, supone que el que lo realiza quiere entrar en relación con Dios. Es significativo que Moisés encargue estos sacrificios a unos «jóvenes» israelitas, porque aún no está instaurado el sacerdocio de Aarón (cf. Ex 29,1-30; Lv 8). Quizá se lo encarga a personas que su por su edad son más inocentes e idóneos para acercarse al altar. Antes del establecimiento de la tribu y la familia sacerdotal, todo israelita puede ofrecer sacrificios a Dios, como hacen los patriarcas a lo largo del libro del Génesis3. A los novillos se les atribuye la fecundidad y la juventud que son imagen de la potencia de Dios que es el origen de la vida.

Viene bien recordar el sacrificio que Dios le pide a Abrahán como signo de que realizará la promesa de darle tierra y descendencia:

Después le dijo: «Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos, para darte en posesión esta tierra». Él replicó: «Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla?». Respondió el Señor: «Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón». Él los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba […]. El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. Aquel día el Señor concertó alianza con Abrán en estos términos: «A tu descendencia le daré esta tierra, desde el río de Egipto al gran río Éufrates» (Gn 15,7-11.17-18).

Este sacrificio de Abrahán en el que se dividen a los animales en dos partes se utilizaba normalmente para los pactos: se dividían los animales en dos partes, se ponían una a cada lado y por en medio pasaban las dos personas o grupos que iban a establecer la alianza. Pero en este caso, sólo Dios pasa por en medio de los animales divididos y separados en forma de humareda de horno y antorcha ardiendo: Dios se compromete de una forma unilateral, asumiendo este compromiso. En nuestro caso, el sacrificio que ratifica la alianza del Sinaí, son las dos partes las que se comprometen: Dios cumplirá sus promesas y el pueblo respetará las leyes de Dios, la principal es la que está expresada en el primer mandamiento, el que Israel repite cada día: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado» (Dt 6,4-7).

Los profetas harán continuamente referencia a esta alianza: recordarán una y otra vez al pueblo de Israel que se comprometieron a ser el pueblo de Dios y a guardar sus mandamientos, y denunciarán el pecado del pueblo cuando no sea fiel a la alianza. Los profetas intentarán que el pueblo vuelva a la fidelidad a la alianza y, cuando se manifiesta la incapacidad del pueblo para cumplirla, anunciarán una Nueva Alianza (cf. Jr 31,31-34). Ésa es la alianza que establecerá Jesucristo.

[vv. 6-7] Después de los sacrificios, Moisés coloca la mitad de la sangre en unas vasijas y el resto la derrama sobre el altar. Por medio de la aspersión de la sangre sobre el altar y sobre las doce estelas va a unir a Dios y al pueblo de las doce tribus.

Primero derrama la sangre sobre el altar, que representa a Dios; y, después, proclama ante el pueblo las palabras de la ley de Dios, el «documento de la alianza».

El pueblo debe responder para aceptar su parte de la alianza, y lo hace de un modo formal y solemne: «Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos». Con este compromiso consciente y solemne el pueblo asume su parte del pacto con todas sus consecuencias. Así aparece con claridad que Dios quiere la respuesta libre y consciente del pueblo. Aunque la alianza del Sinaí sea de vasallaje como vimos (véase la introducción a la lectio de Ex 19,1-9), en la que Dios toma la iniciativa y propone las condiciones, se trata de un pacto que asumen dos partes, que son plenamente conscientes y libres. Dios no quiere que el pueblo acepte las leyes de la alianza como si fueran esclavos, sino que les ofrece una relación de tú a tú, con verdadera reciprocidad. Así se manifiesta de nuevo la humildad de Dios y el estupor del pueblo: realmente no son dos partes que se puedan poner al mismo nivel, pero Dios se compromete con ellos y exige al pueblo como si fueran partes iguales. Dios no les obliga, simplemente les propone unas condiciones que pueden aceptar o rechazar. En otras ocasiones Dios volverá a hacer esta propuesta para que su pueblo la acepte libremente. Tenemos un ejemplo muy claro en otro momento importante de la historia de la salvación, después de la conquista y el reparto de la tierra prometida. Josué reúne a las doce tribus, les recuerda todo lo que Dios ha hecho por ellos y led dice:

«Temed al Señor; servidle con toda sinceridad; quitad de en medio los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río y en Egipto; y servid al Señor. Pero si os resulta duro servir al Señor, elegid hoy a quién queréis servir: si a los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis; que yo y mi casa serviremos al Señor».

El pueblo respondió: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! Porque el Señor nuestro Dios es quien nos sacó, a nosotros y a nuestros padres, de Egipto, de la casa de la esclavitud; y quien hizo ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios y nos guardó en todo nuestro peregrinar y entre todos los pueblos por los que atravesamos. Además, el Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. También nosotros serviremos al Señor, ¡porque él es nuestro Dios!». Y Josué dijo al pueblo: «No lograréis servir al Señor, porque es un Dios santo, un Dios celoso. No perdonará vuestros delitos ni vuestros pecados. Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, él también se volverá contra vosotros y, después de haberos hecho tanto bien, os maltratará y os aniquilará». El pueblo le respondió: «¡No! Nosotros serviremos al Señor». Josué insistió: «Vosotros sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido al Señor para servirle». Respondieron: «¡Testigos somos!». «Entonces, quitad de en medio los dioses extranjeros que conserváis, e inclinad vuestro corazón hacia el Señor, Dios de Israel». El pueblo respondió: «¡Al Señor nuestro Dios serviremos y obedeceremos su voz!».

Aquel día Josué selló una alianza con el pueblo y les dio leyes y mandatos en Siquén. Josué escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios. Cogió una gran piedra y la erigió allí, bajo la encina que hay en el santuario del Señor. Y dijo Josué a todo el pueblo: «Mirad, esta piedra será testigo contra nosotros, porque ha oído todas las palabras que el Señor nos ha dicho. Ella será testigo contra vosotros, para que no podáis renegar de vuestro Dios». Luego Josué despidió al pueblo, cada cual a su heredad (Jos 24,14-28)4.

También en esta ocasión queda clara la libertad del pueblo para elegir y las consecuencias del compromiso que adquieren. Y puede verse el paralelo entre esta renovación de la alianza hecha por Josué y la ratificación que hace Moisés. Lo que nos interesa especialmente es que Dios acepta mejor que se le diga que «no» a que se juegue con él diciéndole que «sí» pero de forma inconsciente, irresponsable e infiel. No les amenaza si rechazan la alianza que les propone, sino si aceptan la alianza y luego no la cumplen. Es lo mismo que aparece en el Evangelio en la parábola de los dos hijos (Mt 21,28-31). También el Evangelio invita a la reflexión antes del compromiso por medio de la parábola del que tiene que construir una torre o del rey que tiene que hacer frente al enemigo que le ataca (Lc 14,28-32). Dios no nos engaña, quiere nuestro consentimiento libre y consciente; no quiere esclavos obligados, sino personas que entran en relación con él y se comprometen con él, porque Dios les ha concedido el privilegio de ponerse a su mismo nivel. Pero le duele enormemente que le traicionen los que han aceptado esa relación y ese compromiso. El Señor es un Dios santo y celoso.

Nosotros necesitamos tener esto muy en cuenta. Nuestro pecado es el sí que le damos a Dios y que luego se convierte en no; es la infidelidad a un compromiso de amor que se nos regala generosamente y que aceptamos libremente.

[v. 8] Después de que el pueblo se compromete por segunda vez a obedecer al Señor (cf. vv. 3.7), Dios sella ese pacto por medio de Moisés asperjando al pueblo con el resto de la sangre que ha quedado después de derramarla sobre el altar, que representa a Yahweh. Quizá rociara también las doce estelas, aunque no es necesario porque el pueblo está presente. Una misma sangre del sacrificio, que es el vehículo de la vida y lo más sagrado para Dios, es lo que une a Dios y al pueblo. Así se cerraban muchos pactos y alianzas entre personas o pueblos o con otros dioses, incluso a veces con la sangre de sacrificios humanos. El valor que tiene la sangre del sacrifico para unir lo expresa el Salmo 50: «Congregadme a mis fieles, que sellaron mi pacto con un sacrificio» (Sal 50,5).

El pueblo de Israel ve lo que está pasando, pero no es capaz de interpretarlo y de comprender la profundidad de lo que está sucediendo. La Trinidad conoce bien la profundidad de este acontecimiento, y de lo que es anuncio y figura la sangre de este sacrificio: la sangre que se derrama sobre Dios y sobre el pueblo y los une generando una alianza señala a la nueva alianza que necesitará también sangre, pero otra distinta. Las palabras que dice Moisés al rociar al pueblo, «esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros», aparecen en la nueva alianza sellada con la sangre de Cristo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,28). Se trata de una nueva alianza para un pueblo pecador que ha sido infiel a la primera alianza. La carta a los Hebreos lo dice con toda claridad:

Donde hay testamento tiene que darse la muerte del testador; pues el testamento entra en vigor cuando se produce la defunción; mientras vive el testador no tiene vigencia. De ahí que tampoco faltase sangre en la inauguración de la primera alianza. Cuando Moisés acabó de leer al pueblo toda la ley, tomó la sangre de los becerros y los machos cabríos, además de agua, lana escarlata e hisopo, y roció el libro mismo y al pueblo, diciendo: Esta es la sangre de la alianza que Dios ordenó para vosotros. Con la misma sangre roció la tienda y todos los utensilios litúrgicos. Según la ley, casi todo se purifica con sangre, y sin efusión de sangre no hay perdón. Era necesario que todas estas cosas, que son figura de las realidades celestes, se purificaran con tales ritos, pero las realidades celestes mismas necesitan sacrificios superiores a estos (Heb 9,16-23).

Esta nueva alianza que se realiza por medio de un sacrificio superior a los del Antiguo Testamento, por una sangre distinta a la de novillos o corderos, ya estaba anunciada por los profetas, y está presente en el corazón de Dios en el momento mismo en que se ratifica esta primera alianza:

Ya llegan días oráculo del Señor en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor oráculo del Señor . Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días oráculo del Señor : Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo: «Conoced al Señor», pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor oráculo del Señor , cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados (Jr 31,31-34).

La nueva alianza no precisará que se enseñe el Decálogo o el Código de la alianza, porque el Señor grabará su ley en el corazón de los miembros de su pueblo. Lo grabará en el monte Sinaí en tablas de piedra, pero lo que Dios siempre ha deseado es grabarlo en el corazón de su pueblo, de forma que ya no sea necesario enseñarse unos a otros. En la antigua alianza era necesaria la enseñanza, porque Dios se manifestaba a Moisés o a los sacerdotes, y el pueblo tenía que recibir esa enseñanza a través de esos mediadores. En la nueva alianza todos tendrán la luz del Espíritu Santo que será derramado en nuestros corazones. Todos podremos encontrar a Dios y puede ser mucha más sabia una sencilla anciana que se deja guiar por el Espíritu y es fiel al Evangelio, que muchos eruditos que tienen muchos conocimientos del Evangelio, pero ni se dejan guiar por el Espíritu Santo ni ponen en práctica lo que saben. De modo que esta primera alianza apunta a otra alianza, es una figura que en el corazón de la Trinidad señala ya a su plenitud en Cristo. En esta nueva alianza también habrá una aspersión de la sangre sacrificial sobre el pueblo: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» (Mt 27,25). Aunque con estas palabras el pueblo se hace responsable ante Pilato de la condena injusta de Jesús, podemos pedir con ellas que la sangre redentora de Cristo caiga sobre nosotros para purificarnos y perdonarnos nuestros pecados. De nuevo es la carta a los Hebreos la que nos ayuda a entender la eficacia de esta nueva sangre:

Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo! (Heb 9,13-14).

[v. 9] Normalmente los pactos entre reyes y pueblos culminaban con un banquete, compartiendo el fruto del sacrificio: comer la víctima ofrecida en común sirve para establecer relaciones de afinidad y comunión entre los participantes. Pero en este caso se va a desplazar el lugar del banquete a lo alto de la montaña. Después de la ratificación de la alianza por medio de la sangre derramada, suben al monte Moisés, Aarón y los dos hijos de Arón, Nadab y Abiud, que morirán abrasados a la puerta de la Tienda del Encuentro cuando vayan a ofrecer incienso profano sin que Dios se lo haya pedido (cf. Lv 10,1-11).

Estos dos jóvenes, que tienen el gran privilegio de ver al Dios de Israel, mueren por apartarse de Dios. Fueron enterrados en el desierto con la precaución de no tocarles siquiera porque se habían convertido en profanos e impuros. Nos viene muy bien tener en cuenta que lo mismo nos puede suceder a nosotros, que también estamos ahora cerca de Dios: «Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”. Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”» (Mt 7,22-23). Ni son todos los que están, ni están todos los que son. Los privilegios que hemos recibido no nos dan ninguna garantía de cara a la salvación final si no respondemos a esos privilegios con nuestra santidad.

Suben con ellos los setenta ancianos representantes del pueblo, a pesar de que, como dice el v. 2, sólo Moisés se acerca al Señor. Podemos ver una gradación en esta subida y acercamiento al Señor, que aparecerá con más claridad en la Tienda del Encuentro y, en definitiva, en el templo de Jerusalén. Hay una relación con Dios que se hace más cercana como por peldaños: primero está el pueblo, luego los sacerdotes y por fin, en lo más alto y más cercano a Dios, Moisés. En este caso pueden subir al monte, no todo el pueblo, pero sí los setenta ancianos, con Aarón y sus hijos, pero sólo Moisés puede acercarse a él.

[v. 10-11] Sucede aquí algo desconcertante: todos estos que suben al monte ven a Dios. ¿Cómo lo vieron? ¿En figura humana, porque había una especie de pavimento debajo de sus pies? En el libro del Deuteronomio se nos intenta explicar lo que aquí sucedió:

El Señor os habló de en medio del fuego. Vosotros oíais sonido de palabras, pero no veíais figura alguna, sino tan solo una voz […].Tened mucho cuidado ya que no visteis figura alguna el día en que os habló el Señor en el Horeb, de en medio del fuego no sea que os pervirtáis, fabricándoos ídolos, cualquier clase de figura: figura masculina o femenina, figura de animales terrestres o de pájaros que vuelan por el cielo, figura de reptiles que se arrastran por el suelo o de peces que hay en el agua debajo de la tierra (Dt 4,12.15-18).

No sabemos cómo lo vieron, pero podemos pensar que Dios se mostró acomodándose a su capacidad, no como es en sí, porque eso es imposible, pero sí adaptándose a los ojos humanos de los que subieron al monte. Nadie puede ver a Dios y seguir vivo (cf. Ex 33,20), y sin embargo aquí se nos dice que no murieron porque Dios «no extendió la mano contra los notables», es decir, filtró su santidad de tal manera que no los aplastase. Eso mismo es lo que sucede en la Encarnación: la divinidad se oculta tras la humanidad de modo que podamos ver a Dios y seguir con vida. En la Transfiguración en el monte Tabor, el Señor se manifiesta a los testigos privilegiados que vieron cómo «su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17,2). También se manifiesta glorioso al vidente de Patmos:

En medio de los candelabros como un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, y ceñido el pecho con un cinturón de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve, y sus ojos como llama de fuego. Sus pies eran semejantes al bronce bruñido incandescente en el crisol; y su voz como rumor de muchas aguas. Tenía en su mano derecha siete estrellas; y de su boca salía una espada aguda de doble filo; su rostro era como el sol cuando brilla en su apogeo» (Ap 1,13-16).

En el monte ven, bajo los pies de Dios, una especie de pavimento, como de zafiro, brillante como el cielo. Lo mismo que ve Ezequiel (Ex 1,22-26) y el mismo vidente del Apocalipsis (Ap 4,6). Seguramente se trata del firmamento del cielo, que separa la morada de Dios de la de los hombres, pero visto desde arriba, desde donde está Dios.

El texto añade otro elemento muy significativo: no sólo vieron a Dios, sino que comieron y bebieron en la presencia del Señor. Se trata de una comida sagrada que establece la comunión entre Dios y su pueblo: Moisés y sus acompañantes son recibidos en audiencia por el Rey del universo, que, por medio de esta comida, ratifica la unión con su pueblo. Dios sella la alianza de una forma humana, con un banquete. Esta comida de comunión en el Sinaí conecta perfectamente con lo que Dios quiere hacer con su pueblo:

Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo lo ha dicho el Señor . Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación» (Is 25,6-9).

De este modo surge en la esperanza de Israel la idea de un banquete mesiánico, al que Dios quiere invitar a su pueblo: «Uno de los comensales dijo a Jesús: “¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!”» (Lc 14,15).

Este banquete futuro aparece en la predicación misma de Jesús:

El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir […]. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?» (Mt 22,2-3.10-12).

Es Dios el que prepara el banquete, el que invita y el que da la santidad necesaria para estar en su presencia santa en el banquete, la vestidura de fiesta.

Es Dios el que lo da todo, de manera que el pueblo, una vez purificado con la sangre de la alianza (v. 8), puede subir al monte Sinaí por medio de sus representantes, a la presencia de Dios y comer el banquete que les ha preparado.

Pero el mensaje de Jesús llega más allá:

Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo (Lc 12,37).

De la comida en común para celebrar la alianza en el Éxodo, pasamos al banquete final que prepara Dios según el profeta Isaías, después a la santidad necesaria que da el Rey para que podamos participar en él -el vestido de fiesta-, y ahora descubrimos que el Hijo de Dios será el que servirá el banquete como un siervo. Y, como signo de eso que Dios va a hacer, Jesús en la última cena «se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido» (Jn 13,4-5).

Éste es nuestro destino y tiene que servir para humillar nuestra soberbia: nosotros pretendemos ayudar al Señor y es él quien lo hace todo, hasta ponerse a nuestro servicio. En el apostolado pensamos que nosotros ayudamos al Señor, cuando la realidad es que es él quien nos permite ayudarle, el que quiere contar con nosotros, por amor, no porque nos necesite.

La Eucaristía es la plenitud de esta ratificación de la alianza en la falda del monte: en la pascua que Jesús celebró antes de morir también se leyó la Palabra; Jesús ofreció su propia sangre, que es la sangre de la nueva alianza, anticipando así la redención de los hombres; Cristo sirvió como un esclavo lavando los pies a los discípulos y se ofreció a sí mismo como verdadera comida y verdadera bebida (cf. Jn 6,55): él es el manjar de ese banquete. De esta manera establece la comunión pena y verdadera con los que participan en el banquete de la nueva y eterna alianza: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6,56).

· · ·

Esta ratificación de la Alianza es muy importante porque todos los profetas van a remitirse a este acontecimiento como el fundamento de la relación de Dios con su pueblo, a lo que tienen que ser fieles, lo que les traerá la desgracia si no lo cumplen, el modelo de una nueva alianza cuando ésta se demuestre ineficaz.

Hemos ido viendo en estos capítulos como Dios se manifiesta con su poder al pueblo, el pueblo pide un mediador, Dios les da sus normas en el Decálogo, el pueblo se compromete a cumplirlas y de forma formal y consciente se ratifica la alianza con Dios por medio de la aspersión de la sangre y de la comida de comunión.

Manifestación a Moisés en la montaña (Ex 24,12-18)

Texto bíblico

12El Señor dijo a Moisés: «Sube hacia mí a la montaña; quédate allí y te daré las tablas de piedra con la instrucción y los mandatos que he escrito para que los enseñes». 13Se levantó Moisés, con Josué, su ayudante, y subieron a la montaña de Dios. 14A los ancianos les dijo: «Quedaos aquí hasta que volvamos; Aarón y Jur están con vosotros; el que tenga algún asunto que se lo traiga a ellos». 15Subió, pues, Moisés a la montaña; la nube cubría la montaña. 16La gloria del Señor descansaba sobre la montaña del Sinaí y la nube cubrió la montaña durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube. 17El aspecto de la gloria del Señor era para los hijos de Israel como fuego voraz sobre la cumbre de la montaña. 18Moisés se adentró en la nube y subió a la montaña. Moisés estuvo en la montaña cuarenta días y cuarenta noches (Ex 24,12-18).

Lectio

[v. 12] Moisés es llamado de nuevo a la presencia de Dios en el monte Sinaí. Dios quiere grabar en tablas de piedra los mandatos de la alianza. No es algo extraño en la antigüedad grabar en piedra algo a lo que se le quiera dar solemnidad y permanencia, también a los códigos legales. Dios quiere dejar escritas de forma perenne las cláusulas del pacto que ha hecho con su pueblo, para que Israel las pueda tener siempre presentes. En el corazón de la Trinidad ya está el plan de grabar en el corazón de los creyentes lo que ahora se graba en tablas de piedra: «Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones» (Jr 31,33). Tienen un corazón de piedra, pero Dios les dará un corazón nuevo, un corazón de carne y les dará su espíritu para que puedan cumplir sus mandatos (cf. Ez 36,26-27).

[vv. 13-14] Moisés sube a la montaña y deja a Aarón y a Jur para que gobiernen el pueblo. Es esa circunstancia en la que se va a gestar el episodio del becerro de oro, que tiene una gran importancia para nosotros y que debemos contemplar con detenimiento5.

Moisés sube a la montaña con Josué, que ya había aparecido como caudillo en la batalla contra los amalecitas (Ex 17,8-16). Josué tendrá una gran importancia en el resto del Éxodo y en la conquista de la Tierra Prometida. No hay que olvidar que el nombre de Josué es el mismo que el de Jesús en hebreo: el primero introduce al pueblo de Dios en la Tierra Prometida y es figura del segundo, el que introduce al pueblo en el Cielo. Josué es el acompañante de Moisés, siempre fiel, que continuará guiando pueblo después de la muerte de Moisés.

[vv. 15-16] Moisés tiene que esperar durante siete días a penetrar a la presencia de Dios en la nube. Necesita preparación y purificación para adentrarse en el trato con Dios.

[v. 17] De nuevo contemplamos la forma tremenda en la que aparece la gloria de Dios en la cima del monte (cf. Ex 19,10-25): como un fuego voraz. Israel sigue atemorizado ante el poder de Dios, aunque haya hecho un pacto con él. La alianza no elimina la conciencia de la realidad tremenda y fascinante de Dios. Sin embargo, en la nueva alianza realizada por Cristo el amor elimina el temor (cf. 1Jn 4,18), pero no el respeto.

[v. 18] Los cuarenta días y las cuarenta noches que estuvo Moisés en la montaña en la presencia de Dios en la nube -con la plenitud que indica este número tan importante en la Biblia- anticipan los años que Israel va a peregrinar por el desierto, los cuarenta días de Jesús en el desierto y señala el tiempo que se necesita para ir acomodándose al corazón de Dios, para ir viendo lo que Dios quiere. Moisés va a bajar del monte Sinaí con las tablas de la ley después de cuarenta días, Israel va a llegar a la Tierra Prometida después de cuarenta años, Jesús, después de cuarenta días de ayuno y oración, comienza su misión cuando ha superado las tentaciones del demonio que le quería llevar por otro camino al que el Padre le tenía trazado.

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.


NOTAS

  1. La tradición yahwista se desarrolla en Judá en el siglo X aC.
  2. La tradición elohísta se sitúa en el reino del Norte poco antes de la caída de Samaría, el año 721 aC.
  3. Por ejemplo en Gn 22,13; 31,5; 46,1.
  4. En un momento crítico de la historia de Israel, cuando parece que van a extinguirse los profetas de Yahweh y triunfa e culto a Baal, Elías propone esta misma elección al pueblo de Dios en el monte Carmelo (cf. 1Re 18,20-40).
  5. Aparece en Ex 32, después de todas las disposiciones sobre la Tienda del Encuentro y el culto que encontramos en Ex 25-31.