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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

La zarza ardiente (Ex 3,1-4,17)

Texto bíblico

3,1 Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios. 2 El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. 3 Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza». 4 Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: «Moisés, Moisés». Respondió él: «Aquí estoy». 5 Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado». 6 Y añadió: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios.

7 El Señor le dijo: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. 8 He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel, la tierra de los cananeos, hititas, amorreos, perizitas, heveos y jebuseos. 9 El clamor de los hijos de Israel ha llegado a mí y he visto cómo los tiranizan los egipcios. 10 Y ahora marcha, te envío al faraón para que saques a mi pueblo, a los hijos de Israel».

11 Moisés replicó a Dios: «¿Quién soy yo para acudir al faraón o para sacar a los hijos de Israel de Egipto?». 12 Respondió Dios: «Yo estoy contigo; y esta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña».

13 Moisés replicó a Dios: «Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”. Si ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les respondo?». 14 Dios dijo a Moisés: «“Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros». 15 Dios añadió: «Esto dirás a los hijos de Israel: “El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación”».

16 «Vete, reúne a los ancianos de Israel y diles: El Señor Dios de vuestros padres se me ha aparecido, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, y me ha dicho: “He observado atentamente cómo os tratan en Egipto 17 y he decidido sacaros de la opresión egipcia y llevaros a la tierra de los cananeos, hititas, amorreos, perizitas, heveos y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel”»

18 Ellos te harán caso; y tú, con los ancianos de Israel, te presentarás al rey de Egipto y le diréis: “El Señor, Dios de los hebreos, nos ha salido al encuentro y ahora nosotros tenemos que hacer un viaje de tres jornadas por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios”. 19 Yo sé que el rey de Egipto no os dejará marchar ni a la fuerza; 20 pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con prodigios que haré en medio de él, y entonces os dejará marchar.

21 Haré que este pueblo alcance el favor de los egipcios, de modo que cuando partáis, no salgáis con las manos vacías. 22 Cada mujer pedirá a su vecina y a la dueña de su casa objetos de plata, objetos de oro y vestidos, que pondréis a vuestros hijos y a vuestras hijas. Así despojaréis a los egipcios».

4,1 Moisés respondió: «Mira que no me creerán ni me harán caso, pues dirán: “No se te ha aparecido el Señor”». 2 El Señor le dijo: «¿Qué tienes en tu mano?». «Un bastón», respondió él. 3 El Señor le dijo: «Tíralo al suelo». Él lo tiró al suelo y se convirtió en una serpiente; y Moisés huyó de ella. 4 El Señor dijo a Moisés: «Échale mano y agárrala por la cola». Moisés le echó mano y, al agarrarla, se convirtió en bastón en su mano. 5 «Así creerán que se te ha aparecido el Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob».

6 El Señor le dijo aún: «Mete tu mano en el seno». Metió él la mano en su seno y, al sacarla, su mano estaba leprosa, blanca como la nieve. 7 Entonces le dijo: «Vuelve tu mano a tu seno». Él volvió su mano a su seno y, al sacarla, estaba como el resto de su cuerpo. 8 «Si no te creen ni te hacen caso al primer signo, te creerán al segundo. 9 Y si tampoco te creen ni hacen caso a estos dos signos, toma agua del Nilo y derrámala en el suelo seco; y el agua que hayas tomado del río se convertirá en sangre en el suelo seco».

10 Pero Moisés dijo al Señor: «¡Por favor, Señor mío! Yo nunca he sido un hombre con facilidad de palabra, ni siquiera después de que tú has hablado con tu siervo, pues soy torpe de boca y de lengua». 11 El Señor le dijo: «¿Quién dio la boca al hombre? ¿Quién lo hace mudo o sordo, vidente o ciego? ¿No soy yo, el Señor? 12 Ahora pues, ve: yo estaré con tu boca y te enseñaré lo que has de decir». 13 Insistió Moisés: «¡Por favor, Señor mío! Envía al que quieras». 14 Entonces se encendió la ira del Señor contra Moisés y le dijo: «¿No está ahí tu hermano Aarón, el levita? Sé que él habla bien; además, él saldrá a tu encuentro y se alegrará de corazón al verte. 15 Tú le hablarás y pondrás las palabras en su boca. Yo estaré con tu boca y con su boca, y os enseñaré lo que tenéis que hacer. 16 Él hablará por ti al pueblo, él será tu boca y tú serás su dios. 17 Toma en tu mano ese bastón, con el que realizarás los signos» (Ex 3,1-4,17).

Lectio

Vamos a contemplar por medio de la Sagrada Escritura la aparición de Dios a Moisés, que es un acontecimiento fundamental para el pueblo judío, pero también para nosotros los cristianos. El Señor se aparece a Moisés de una forma muy particular para darle una vocación y una misión.

También yo tengo una vocación y una misión única e irrepetible que debo conocer para llevarlas a cabo. Dios también sale a mi encuentro de una forma concreta que debo saber reconocer y a la que debo reaccionar de forma adecuada. Por eso no contemplo este momento clave de la historia de la salvación con una curiosidad meramente intelectual o de historiador, sino con la necesidad de aprender cómo Dios sale al encuentro de Moisés y cómo éste le responde, para que yo pueda acoger la llamada de Dios con fe y realizar la misión que me encomienda con generosidad.

En el capítulo anterior dejamos a Moisés en Madián cuidando el rebaño de su suegro Jetró, porque había tenido que salir huyendo de Egipto por haber matado a un egipcio, debido a su carácter impulsivo. Al final del capítulo 2 del Éxodo se nos ofrece el contexto en el que Dios sale al encuentro de Moisés:

23 Al cabo de muchos años, murió el rey de Egipto. Los hijos de Israel se quejaban de la esclavitud y clamaron. Sus gritos, desde la esclavitud, subieron a Dios; 24 y Dios escuchó sus quejas y se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob. 25 Dios se fijó en los hijos de Israel y se les apareció (Ex 2,23-25).

Dios conoce el sufrimiento de su pueblo («escucha», «se acuerda», «se fija»), y se les aparece para salvarles.

[v. 3,1] Moisés está pastoreando el rebaño de su suegro en el monte Horeb, que es como denomina la tradición deuteronomista al monte Sinaí -con toda la importancia que tendrá en el camino hacia la tierra prometida y en el resto de la Escritura-.

[v. 2] Dios, que conoce a Moisés, le atrae como él sabe que puede hacerlo: por medio de la curiosidad. Le presenta algo desconcertante: una zarza que arde, pero no se consume.

Aquí aparece «el ángel de Yahweh». Para entender lo que significa «el ángel del Señor» podemos recordar algunos pasajes del Antiguo Testamento:

  • -La aparición de Dios a Abrahán en Mambré (Gn 18,1-15): primero se le aparecen a Abrahán «tres hombres» (Gn 18,2), dos de esos hombres se nos dice que son ángeles (Gn 18,22; 19,1) y el otro es el ángel del Señor, al que Abrahán trata como si fuera Dios mismo: es el Señor el que se aparece a Abrahán (Gn 18,1) y el que se dirige a él (Gn 18,13).
  • -En el sacrificio de Abrahán (Gn 22,1-19), es el ángel del Señor el que le grita a Abrahán desde el cielo para que detenga su mano y no sacrifique a su hijo Isaac (Gn 22,11), pero es Dios el que le había pedido a Abrahán el sacrificio de su hijo (Gn 22,1-2), y es el ángel del Señor el que dice: «Juro por mí mismo, oráculo del Señor…» (Gn 22,15-16).
  • -En Jue 2,1, el ángel del Señor dice: «Yo os hice subir de Egipto».

El ángel del Señor no es otro que Dios mismo. Es una forma de expresar una presencia visible y tangible del Señor. Nosotros, que hemos recibido la plenitud de la revelación en Cristo, sabemos que en Cristo Dios se hace realmente hombre y por lo tanto es visible y tangible (cf. 1Jn 1,1-2). Podemos ver, entonces, en el ángel del Señor en esta teofanía del Sinaí un anticipo y anuncio de la presencia física de Dios en carne humana.

El fuego de la «llamarada entre las zarzas», es un elemento frecuente en las teofanías o apariciones de Dios.

  • -La aparición a Ezequiel: «Y en medio de los vivientes había como ascuas encendidas; parecían antorchas agitándose entre los vivientes. Había un resplandor de fuego y de él salían relámpagos» (Ez 1,13). Cuando Ezequiel recibe la llamada de Dios a ser profeta, Dios se le manifiesta por medio del fuego y de los relámpagos.
  • -También en el Nuevo Testamento, el fuego manifiesta la presencia de Dios, en este caso del Espíritu Santo: «Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos» (Hch 2,3).
  • -En la visión del trono de Dios que tiene Juan en la isla de Patmos, el fuego también señala la presencia de Dios: «Y del trono salen relámpagos, voces y truenos; y siete lámparas de fuego están ardiendo delante del trono, que son los siete espíritus de Dios» (Ap 4,5). También aquí estas siete lámparas de fuego representan al Espíritu Santo.

En consecuencia, podemos considerar esta teofanía del Sinaí como una manifestación de la Trinidad: como hemos visto el ángel del Señor anticipa la presencia visible del Hijo encarnado, el Espíritu Santo está claramente representado por el fuego y la voz es la del Padre, como puede verse en el Nuevo Testamento tanto en el relato del bautismo del Señor (Mt 3,17) como en el de su Transfiguración (Mt 17,5).

Las zarzas son un material combustible que debería consumirse al arder. Por eso es sorprendente que el fuego no las consuma. En el capítulo 3 del libro del Génesis, donde aparecen las consecuencias del primer pecado, también aparecen las zarzas: «A Adán le dijo: “Por haber hecho caso a tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí, maldito el suelo por tu culpa: comerás de él con fatiga mientras vivas; brotará para ti cardos y espinas, y comerás hierba del campo» (Gn 3,17-18). Los cardos y espinas son consecuencia del pecado. Y ahora Yahweh se presenta a Moisés en medio de esas espinas. Se presenta en un mundo de pecado, no para consumirlo ni para acabar con él. Se hace presente en el mundo real.

El ángel del Señor se hace presente en medio de unos espinos, no los consume y, sin embargo, las consecuencias de que no consuma estos espinos son muy importantes: «Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura» (Jn 19,2). Eso significa que Dios no va a eliminar el mundo fruto del pecado, sino que va a entrar en el mundo del pecado y va a permitir que ese mundo le afecte a él. Esto lo vemos prefigurado ya en la zarza ardiente que ve Moisés. En Dt 33,16 se denomina al Dios de Moisés como «el que mora en la zarza»: Dios va a morar siempre en el mundo, en un lugar de espinas, que no va a eliminar, sino al que viene y en el que habita para iluminar y atraer a aquellos que quieran encontrarse con él.

Esta relación de Dios con el mundo me ayuda a mí a no odiar al mundo, ni a huir del mundo, sino a saber que Dios ama al mundo (Jn 3,16), me quiere en el mundo (Jn 17,10.15), no para que yo me acomode al mundo (Jn 17,14.16), sino para que yo sepa encontrarme con Dios mientras estoy en el mundo (Mt 28,20), y colabore con él a la salvación del mundo (Mc 16,15), dejando también que sus espinas me hieran.

Los Padres de la Iglesia ofrecen otra interpretación de este pasaje de la zarza que arde sin consumirse que, aunque sorprendente, resulta muy sugerente: la zarza que no se consume expresa la virginidad de María: el Verbo de Dios, luz del mundo, se hizo carne en su seno sin eliminar su virginidad. María es Virgen y Madre por un milagro similar al de la zarza que contempló Moisés. Como veíamos, Dios entra en el mundo sin consumirlo, y del mismo modo, mediante la encarnación, Dios se hace carne sin eliminar la virginidad de María, sin trastocar su naturaleza.

Este pasaje nos enseña el misterio de la Virgen: la luz de la divinidad, que gracias a su parto ilumina desde ella la vida humana, ha guardado incorrupta la zarza que ardía, sin que la flor de la virginidad se agostase en el parto (San Gregorio de Nisa, Sobre la vida de Moisés, 21).

María puede ser identificada con la zarza y sus espinas porque, aunque no tenga pecado, comparte plenamente la debilidad de nuestra carne:

Lo significado entonces por la zarza y la llama fue manifestado con el paso del tiempo en el misterio de la Virgen. Pues así como allí se encuentra una zarza encendida por el fuego y no se consume, aquí se encuentra una virgen que da a luz y no se corrompe. No te extrañe de que se signifique por medio de una zarza el cuerpo de la Virgen que dio a luz a Dios, pues toda carne, a causa de la recepción del pecado y por el hecho de ser carne, es espina (San Gregorio de Nisa, Sermón sobre la Anunciación del Señor)1.

Esa interpretación la recoge la Iglesia en la Liturgia de las Horas:

En la zarza que Moisés vio arder sin consumirse, reconocemos tu virginidad admirablemente conservada. Madre de Dios, intercede por nosotros (Segundas vísperas de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, antífona tercera).

[v. 3] Dios atrae a Moisés con ese milagro: Moisés ve algo extraordinario e inexplicable y se acerca. Dios conoce el temperamento de Moisés y sabe que su curiosidad le va a llevar a acercarse: es incapaz de resistir la curiosidad.

Puedo descubrir como Dios me conoce y me atrae de una manera concreta y específica que encaja con mi forma de ser.

[v. 4] Cuando Moisés se acerca, Dios lo llama por su nombre: «Moisés, Moisés». Dios lo conoce personalmente, sale a su paso, no por casualidad, sino con una intención muy clara. Conocer el nombre ofrece una relación en la que se puede acceder a la otra persona y apelar a esa relación, de modo que conocer el nombre da un cierto poder sobre él otro. Recuérdese que el hombre pone nombre a los animales porque está en un plano de superioridad sobre ellos (cf. Gn 3,19-20). Por eso es tan sorprendente e importante, que Dios le revele a Moisés su nombre -como veremos en este mismo encuentro (3,13-14)- porque eso le permite una relación nueva y le otorga a Moisés una nueva relación y un cierto poder sobre él. Hay una relación personal de Dios con Moisés, que él utilizará más tarde para pedirle a Dios que le acompañe en el camino a la tierra prometida, y para interceder en numerosas ocasiones en favor de su pueblo:

El Señor respondió a Moisés: «También esto que me pides te lo concedo, porque has obtenido mi favor y te conozco personalmente» (Ex 33,17).

Dios sabe perfectamente a quien elige y por eso también cuenta con todas las dificultades que Moisés le va a plantear para aceptar su vocación y misión (cf. 3,11-4,17).

[v. 5] Después de llamarle, Dios le dice a Moisés que debe quitarse las sandalias de los pies y que no puede acercarse más porque el terreno que pisa es sagrado. Y es que Dios es el Santo, hay una distancia infinita entre el hombre y Dios. No se puede uno acercar a él de cualquier manera. Hay que tomar precauciones a la hora de aproximarse a él. Es verdad que, según vaya profundizando la relación de Moisés con Dios, irá teniendo un acceso más cercano a él. Pero en principio, sin prevenciones ni preparación, la presencia de Dios consumiría a Moisés, porque Dios es el tres veces santo y él es un ser humano limitado (cf. Is 6,3-5). No se puede entrar en el terreno sagrado donde habita Dios con las mismas sandalias con las que se ha ido recorriendo el mundo profano. Hay una especie de protocolo de acercamiento.

A veces olvido esa distancia que hay entre el hombre y Dios. No soy consciente del salto que supone entrar en el templo donde habita Dios. Trato a Dios con el mismo desparpajo que a un amigo o peor. No me doy cuenta de la presencia de Dios y no me doy cuenta de lo que supone entrar en un ámbito sagrado. Los templos suelen tener un atrio que sirve para marcar el espacio profano y prepararnos a entrar en la presencia de Dios. Al entrar en la iglesia realizo una serie de signos que me recuerdan que estoy en un sitio sagrado en el que habita Dios: me santiguo con agua bendita, me quito el sombrero, hago la genuflexión, no visto de cualquier manera. Todo ello me ayuda a ser consciente de la presencia de Dios. Y cuando no lo hago o lo hago automáticamente es que no soy consciente -como no lo era al principio Moisés- de que he entrado en un «terreno sagrado». La mentalidad secularizada me hace tratar sin reverencia el lugar donde Dios mora, el lugar del encuentro con Dios, y así se expresa mi falta de conciencia de que estoy en la presencia de Dios: entro en el cielo en la tierra, en un terreno que -como una embajada- ya no es mi territorio, sino el de Dios, en el que debo estar atento al que habita y gobierna en ese territorio. No puedo actuar ni hablar del mismo modo que lo hago en la calle.

[v. 6] Dios se va a presentar a Moisés, haciendo referencia a los patriarcas, como el Dios de sus padres, Abrahán, Isaac y Jacob.

Sorprende la expresión «Dios de», como si Dios perteneciera a alguien. Realmente Dios no es de nadie, nosotros sí somos de Dios. Dios se reconoce como el Dios que ha establecido una relación de amistad con Abrahán, Issac y Jacob de modo que puede ser reconocido como el Dios de cada uno de ellos. Es un modo de acercamiento muy fuerte de Dios a los hombres -preludio de la Encarnación-. No debería dejar de sorprendernos que le diga a Moisés: soy el Dios que tuvo relación de amistad con estos antepasados tuyos, su carta de presentación hace referencia a esos personajes concretos.

Esto también me enseña que Dios tiene buena memoria y no olvida a sus amigos: sigue siendo el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. No se desdice tampoco de llamarse amigo mío, de ser mi Dios.

Dios no habla de Abrahán, de Isaac y de Jacob como personajes del pasado. Lo manifiesta con toda claridad el mismo Jesús en el Evangelio para demostrar la realidad de la resurrección ante los saduceos:

Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: «Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob»? No es Dios de muertos, sino de vivos (Mc 12,26-27).

Moisés reacciona con temor religioso. Se descalzó porque se lo había pedido el Señor, pero ahora se tapa la cara por propia iniciativa: reconoce así que no es digno de ver el rostro de Dios. Hay una razón poderosa para actuar así:

Mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida (Ex 33,20).

El rostro de Dios es tan santo, tan puro, tan superior, que es imposible verlo sin morir. Esta realidad se mantiene incluso en el Nuevo Testamento: cuando Saulo contempla el rostro de Cristo glorioso camino de Damasco, Saulo muere y nace Pablo.

Tampoco yo puedo encontrarme realmente con el rostro del Dios vivo sin que muera el hombre viejo y nazca el hombre nuevo. Si sigo con vida, con la misma vida de antes, es que no me he encontrado con el Dios vivo y verdadero.

Este encuentro con la divinidad que produce un temor religioso y una actitud reverencial se da también cuando asoma la gloria de Dios en la humanidad de Cristo, por ejemplo, a través de los milagros:

Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido (Lc 5,8-9).

Pedro reconoce que está ante el Santo y que él no lo es y que, por lo tanto, no puede mantenerse en su presencia.

Si en mi vida espiritual no tengo la misma experiencia de no ser digno de estar en la presencia de Dios y de tratar con él, quizá es porque nunca me he encontrado con el Dios vivo. Porque el encuentro verdadero con Dios provoca inmediata y necesariamente la consciencia de la santidad de Dios y de la propia realidad limitada y pecadora.

[vv. 7-9] El Señor se dirige a Moisés y le muestra lo que hace con cuatro verbos que nos descubren de forma magnífica la acción de Dios.

  • -«He visto»: llevo mucho tiempo viendo, aunque vosotros no os hayáis dado cuenta.
  • -«He oído»: vuestro clamor no se ha perdido, me ha llegado.
  • -«Conozco»: sé perfectamente lo que está pasando, aunque yo decido el momento de actuar.
  • -«He bajado»: es el resultado de que ha visto, ha oído y conoce la situación de su pueblo. Dios no es lejano ni indiferente. Dios desciende hasta nosotros, se abaja, se pone a nuestra altura. Dios se agacha como una madre hace con su hijo para cogerlo en sus brazos y alimentarlo (cf. Os 11,1-4).

Estas palabras son enormemente consoladoras porque significan que Dios me ve, me oye y me conoce. Y cuando sufro o encuentro dificultades Dios no es indiferente a todo ello. Ningún llanto, ningún clamor, ningún sufrimiento cae en el vacío. Dios lo recoge.

Y Dios se inserta en la historia de «su» pueblo: el Dios de Abrahán, Issac y Jacob es ahora el Dios de su pueblo, este pueblo esclavizado es el suyo. Ellos no lo saben aún, no lo conocen, no esperan su salvación sometidos a la dura esclavitud, pero son el pueblo del Señor. Como les pasa a los habitantes de Corinto, la ciudad pecadora a la que Dios envía a san Pablo: «No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño, porque tengo un pueblo numeroso en esta ciudad» (Hch 18.,9-10). Ellos no lo saben, no me conocen, pero yo ya les he elegido como pueblo mío.

Si Dios lo hace con Israel porque es su pueblo, mucho más conmigo que como cristiano soy amado como hijo, como lo hace con su Hijo único.

Esta elección de un pueblo concreto nos puede resultar sorprendente e incluso escandalosa. ¿Por qué elige Dios a un pueblo y no a otro? ¿Eran mejores que los otros pueblos? No. Son el pueblo más pequeño y Dios los ha elegido por puro amor.

Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto (Dt 7,7-8).

Dios toma opción, Dios elige a Abrahán, Isaac y Jacob, a su pueblo. Y le duele como hecho a sí mismo lo que le hacen a Israel. Israel es la primicia, luego vendrán otros; pero Dios lo defiende como algo suyo:

Israel era sagrada para el Señor, fruto primero de su cosecha: quien probaba de ella lo pagaba, la desgracia caía sobre él ‑oráculo del Señor‑ (Jr 2,3).

Y hemos de recordar que los dones de Dios son irreversibles (cf. Rm 11,29). El pueblo de Israel siempre será su pueblo. No se puede ser cristiano y ser antisemita. Pero nosotros somos el pueblo de Dios con títulos aún mayores, Dios nos mira como algo suyo y nos defiende porque somos hijos suyos en su Hijo Jesucristo.

Dios baja con dos propósitos:

  • -Uno negativo: librarlos de los egipcios y sacarlos de la tierra de la esclavitud. Los egipcios son los que no reconocen al pueblo de Dios y los oprimen. Dios viene a librar a su pueblo de ellos. También Jesús nos va a liberar de la esclavitud del pecado, nos va a liberar del dominio de Satanás (cf. Rm 6,17-18; Gal 4,3-8).
  • -Otro positivo: para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa. Dios tiene un lugar preparado para su pueblo. También Jesús nos prepara un lugar con su muerte y resurrección (cf. Jn 14,2). Con la tierra prometida, Dios le ofrece a Moisés en figura lo que Cristo va a conseguir y a ofrecer para la humanidad.

Para mí, la tierra prometida es el cielo. No puedo encontrar libertad más que en Cristo y no hallaré plenitud en esta tierra.

El v. 9 repite lo dicho, quizá porque hay un paso de la fuente yahwista a la elohísta.

[v. 10] Moisés podría estar entusiasmado con el anuncio de la liberación de su pueblo, pero Dios añade que es él quien tiene que sacar a su pueblo del dominio del faraón. Puede sorprender que Dios le pida a Moisés esa liberación que puede realizar él mismo, que es el Señor, el que en definitiva va a hacerlo. Pero Dios siempre quiere salvar a los hombres contando con su colaboración, por medio de ellos. Dios realiza su obra con mediaciones humanas. Elige a un hombre para que sea sus manos y sus labios en la tarea de salvar a los demás. Esa mediación humana es un misterio: no sabemos por qué Dios elige a esa persona y no a otra. Y, además, tiene un riesgo porque el mediador puede fallar, como fallaron Adán y Eva, los primeros mediadores para que la gracia de Dios llegara a toda la humanidad. Y el resultado de ese fallo es nada menos que el pecado original en el que heredamos su rechazo a la voluntad de Dios. Dios asume la imperfección de que el mediador elegido no lo va a hacer tan bien como lo haría directamente él. Desde el comienzo de la historia de la salvación encontramos el modo de actuar de Dios que llegará a su culmen en la Encarnación: Dios elige a hombres concretos para llegar a todos los hombres. Lo vemos en Abrahán, en Moisés y en el mismo pueblo de Israel, que es el cauce para que la palabra y la salvación de Dios nos llegue a todos los hombres. Eso mismo sucede con la Iglesia, llamada a iluminar el mundo entero, a ser levadura en la masa. Si la Iglesia sólo busca salvarse a sí misma y a sus miembros, no cumple su vocación de ser luz de las gentes, con su misión mediadora para que otros puedan encontrarse con Dios. Y eso sucede con cada uno de nosotros: tenemos que asumir la responsabilidad de que la gracia recibida no es para nosotros solos. El elemento misionero, por lo tanto, no es opcional en la vida cristiana: somos enviados al mundo entero (cf. Mt 28,19). Formamos parte de una cadena de transmisión, como la transmisión de los impulsos entre las neuronas: si nosotros no trasmitimos el impulso que recibimos, no puede llegar a los demás. No sabemos quiénes son los que dependen de nosotros, a los que tiene que llegar la verdad o la gracia de Dios por nuestro medio. De hecho, todos estamos interconectados por la comunión de los santos. Por eso, mis traiciones, mis recortes y mi mediocridad afecta a otros. Para Dios sería mucho más fácil hacerlo él, que contar con nosotros y enseñarnos a colaborar con él -como pasa también en lo humano-. Pero de ese modo Dios quiere que aprendamos, que crezcamos, que nos hagamos colaboradores de una obra que nos supera. Como hace un buen padre, Dios no suple lo que nosotros podemos hacer con esfuerzo y tiene la paciencia de esperarnos, enseñarnos, corregir nuestros errores, para que nosotros podamos crecer y llegar a ser colaboradores y no sólo meros receptores. Esta petición de colaboración por parte de Dios es, en definitiva, fruto de su amor, que nos quiere hacer capaces de amar. Pero Dios también sabe cuándo tiene que actuar él porque no hay más remedio -como hará en el paso del Mar Rojo-.

[v. 11] La reacción de Moisés es el temor ante la conciencia de su incapacidad: «¿Quién soy yo?». Moisés podría haberle detallado las causas de su temor y las razones de su incapacidad: la muerte del egipcio, el rechazo de los suyos, la huida del faraón que busca matarle. No se siente capaz ni siquiera de volver a Egipto. A esas alturas Moisés ya conoce y acepta su pobreza. Ya no es el hijo adoptivo de la princesa de Egipto, ahora es un pobre pastor, un exiliado que ha huido del inmenso poder del faraón, que tampoco tiene el apoyo de su propio pueblo, sin ningún recurso humano. Lo que le pide Dios a Moisés le resulta imposible.

Debo recordar que un signo claro de que es Dios el que envía es que el elegido no quiere ir y no se siente capaz de hacerlo. Cuando uno es el que se siente capaz y el que decide ir, puedo tener la sospecha de que no busca la voluntad de Dios, sino la propia.

[v. 12] Dios le da a Moisés la razón por la que debe aceptar esta misión que le resulta imposible y le llena de temor: «Yo estoy contigo».

Tengo que recordar siempre esta realidad cuando Dios me envía o me propone algo, porque es cierto que cuenta conmigo para una misión o una tarea que me supera: Dios no quiere hacer nada sin nosotros, pero para nosotros es imposible hacerlo sin él. Cuando Moisés lo intentó hacer por su cuenta y con sus fuerzas el fracaso fue total. Ahora la cosa es muy distinta porque Dios está con él.

Estas palabras de Dios, que son una promesa de presencia y ayuda, recorren toda la Escritura. Todos los elegidos experimentan inmediatamente que se les llama a un imposible. Pero a todos ellos, de una forma o de otra, Dios les dice «yo estoy contigo», te respaldo, ten confianza.

Ya experimentaron esta compañía y esta ayuda de Dios los mismos patriarcas. Por ejemplo, cuando Jacob tiene que salir huyendo porque su hermano le persigue por haberle arrebatado la primogenitura, Dios le dice: «Yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas, te haré volver a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido» (Gn 28,15).

Se ve con claridad en lo que le sucede a uno de los jueces en la época de la conquista de la tierra prometida después del éxodo:

Vino, entonces, el ángel del Señor y se sentó bajo el terebinto que hay en Ofrá, perteneciente a Joás, de los de Abiezer. Su hijo Gedeón estaba desgranando el trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas. Se le apareció el ángel del Señor y le dijo: «El Señor esté contigo, valiente guerrero». Gedeón respondió: «Perdón, mi señor; si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha sucedido todo esto? ¿Dónde están todos los prodigios que nos han narrado nuestros padres, diciendo: el Señor nos hizo subir de Egipto? En cambio ahora, el Señor nos ha abandonado y nos ha entregado en manos de Madián». El Señor se volvió hacia él y le dijo: «Ve con esa fuerza tuya y salva a Israel de las manos de Madián. Yo te envío». Gedeón replicó: «Perdón, mi Señor, ¿con qué voy a salvar a Israel? Mi clan es el más pobre de Manasés y yo soy el menor de la casa de mi padre». El Señor le dijo: «Yo estaré contigo y derrotarás a Madián como a un solo hombre» (Jue 6,11-16).

Gedeón, el más pequeño de la familia, del clan más pobre, de una de las tribus menos importantes, está separando el trigo de la paja con un látigo porque esta escondido por miedo a los enemigos. El ángel del Señor, con ironía, le llama «valiente guerrero». Gedeón le plantea al ángel cómo es posible la situación en la que se encuentran -acosados por los madianitas- si el Señor está con su pueblo. Ante las quejas del Señor, quizá con nueva ironía, le manda liberar a Israel de sus enemigos con sus propias fuerzas. Le sucede como a Moisés, es enviado a algo que le supera. Gedeón se sabe incapaz. Pero el Señor añade lo fundamental para que pueda aceptar esa misión que le supera: «Yo estaré contigo». Gedeón, que es el más pequeño, va a derrotar a Madián porque el Señor está con él. El envío siempre va acompañado de la protección y la ayuda de Dios.

Yo me podría preguntar si no habría alguien más adecuado y capacitado para enviarlo a vencer a ese enemigo poderoso. Dios se empeña en realizar la salvación con instrumentos claramente incapaces. Lo que le pasa a Gedeón me puede pasar también a mí.

Lo vemos en los elegidos de Dios para trasmitir sus palabras, los profetas, a los que les propone una tarea superior a sus fuerzas:

No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortalezco, te auxilio, te sostengo con mi diestra victoriosa (Is 41,10).

Es necesario que tenga en cuenta que Dios elige a los que son débiles, que envía a una misión que supera sus fuerzas y capacidades, pero les respalda con su presencia y con su ayuda. Es muy importante que sepa que Dios me va a acompañar y apoyar cuando tenga que afrontar tareas o situaciones que superan mis fuerzas. No lo hará cuando soy yo el que por iniciativa propia y con autosuficiencia me propongo hacer lo que no puedo hacer y Dios no quiere (como le pasa al principio a Moisés). Fracasaré porque voy yo solo. Pero si Dios me da una misión que parece imposible -ser sacerdote, educar unos hijos…- tengo que saber que Dios está conmigo y eso me hace confiar en él y mantenerme fiel en el cumplimiento de mi misión.

El pobre Jeremías es el profeta que tiene que anunciar la destrucción de la ciudad santa y del templo y el exilio a Babilonia porque el pueblo de Dios está siendo infiel a la Alianza. Tiene que enfrentarse a todos y aceptar el rechazo de todos, especialmente de los poderosos del pueblo, incluyendo al rey y a los sacerdotes del templo. Lógicamente, Jeremías siente terror ante esta misión, porque es un niño que se enfrenta a enemigos poderosos. Pero el Señor le saca de su temor prometiéndole su presencia y su ayuda:

El Señor me dirigió la palabra:

‑Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones.

Yo repuse:

‑¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño.

El Señor me contestó:

‑No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte ‑oráculo del Señor‑ […]. Perotú cíñete los lomos: prepárate para decirles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo, o seré yo quien te intimide. Desde ahora te convierto en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y al pueblo de la tierra. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte ‑oráculo del Señor‑ (Jr 1,4-8.17-19).

Jeremías sufrirá todo tipo de amenazas y maltratos, estará a punto de morir. No va a perecer, pero va a sufrir mucho. Pero sus enemigos no lo derrotarán, cumplirá su misión y, por eso, no debe tener miedo.

Haré de ti frente al pueblo muralla de bronce inexpugnable: lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte y salvarte ‑oráculo del Señor‑ (Jr 15,20).

Lo mismo sucede en el Nuevo Testamento. Cuando el ángel se le aparece a María y le saluda con el nombre que Dios le da y expresa lo que ella es ante Dios: «Llena de gracia», enseguida añade: «El Señor está contigo» (Lc 1,28). Pero ya no para hacerla capaz de una misión que es humanamente imposible como a los otros elegidos, sino que realmente va a estar con ella porque en su seno va a estar el Hijo de Dios. Por eso María no debe temer (Lc 1,30).

Cuando Jesús va a ascender a los cielos y los apóstoles tienen que comenzar su misión evangelizadora por todo el mundo, misión que les supera totalmente, les dice:

Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,19-20).

La única garantía que tienen aquellos pobres hombres sin ninguna capacitación humana para afrontar la tarea de evangelizar el mundo entero es que el Señor va a estar con ellos.

Lo mismo le dice Dios al apóstol san Pablo cuando tiene que afrontar las dificultades y persecuciones para llevar el Evangelio a Corinto:

Una noche dijo el Señor a Pablo en una visión: «No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño, porque tengo un pueblo numeroso en esta ciudad» (Hch 18,9-10).

Después de este recorrido podemos comprender que, cuando Moisés se aterroriza ante la misión que Dios le propone -y no es para menos-, inmediatamente Dios le hace la gran promesa: «Yo estoy contigo». Y eso es lo único que va a sostenerle en las luchas y dificultades que va a tener que afrontar en una misión imposible que le va a llevar a enfrentarse al poder del faraón y con los mismos hebreos que se ponen en contra en muchas ocasiones.

El Señor le da una señal de que cumplirá su promesa: «Esta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña». La señal es la garantía, la apoyatura; el respaldo que Dios da para que el hombre pueda ponerse en sus manos. Pero, en este caso, se trata de algo que va a suceder en el futuro y no se sabe ni cómo ni cuándo va a pasar. Se trata de una garantía, pero que exige la fe en Dios. La señal no elimina la fe.

Podemos distinguir tres tipos de señales:

  • -Las primeras señales son las pasadas: se refieren a acontecimientos extraordinarios que ya han sucedido y se ofrecen para animar a la alabanza y a la fidelidad. Se invita a recordar las maravillas que Dios ha realizado con los antepasados para poder ser fiel en el momento presente.

«¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad,
o la cólera cierra sus entrañas?».
Y me digo: «¡Qué pena la mía!
¡Se ha cambiado la diestra del Altísimo!».
Recuerdo las proezas del Señor;
sí, recuerdo tus antiguos portentos,
medito todas tus obras
y considero tus hazañas (Sal 77,10-13).

Aunque parezca que Dios no actúa, sigue siendo el mismo Dios que realizó esas señales y prodigios. Así anima a la confianza, invita a la alabanza y llama a la fidelidad.

  • -Hay otras señales que son las presentes: normalmente son situaciones singulares o milagros que tienen la función de urgir a la conversión y a la fe.

El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,10-12).

La situación especial que sirve como señal para mover a los pastores a la fe en el mensaje del ángel es un acontecimiento singular que Dios realiza para que puedan reconocer en él la acción de Dios: el niño acostado en un pesebre. Con este tipo de señales podemos reconocer que Dios ha actuado y nos ayudan a creer en él y convertirnos.

Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados ‑entonces dice al paralítico‑: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”» (Mt 9,4-6).

En este caso, la señal de Jesús es un milagro -la curación del paralítico- para que crean que él puede perdonar pecados.

  • -En tercer lugar están las señales que se realizarán en el futuro, que tienen como objetivo mover a la confianza en Dios y son como nuevas promesas. Es lo que sucede en nuestro texto: Dios suscita la confianza para que Moisés acepte su misión: estaré contigo para salvar a mi pueblo y vendréis a este mismo monte a darme culto. El fundamento de estos signos es la grandeza de Dios, no se necesita otro comprobante: Dios lo dice y lo va a hacer. El hombre debe fiarse de esa palabra de Dios. Dios quiere suscitar la confianza en Moisés, pero tiene que dar el salto de fe, porque el signo se realizará en el futuro.

«Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas?, ¿y cuál será el signo de que todo esto está para cumplirse?». Jesús empezó a decirles: «Estad atentos para que nadie os engañe. Vendrán muchos en mi nombre, diciendo: “Yo soy”, y engañarán a muchos. Cuando oigáis hablar de guerras y noticias de guerra, no os alarméis. Todo esto ha de suceder, pero no es todavía el final» (Mc 13,4-7).

El problema es que pidamos las señales para apropiarnos y asegurarnos del actuar de Dios. Queremos controlar a Dios, tener seguridades, no correr riesgos. Y eso va contra la fe y contra la confianza:

Zacarías replicó al ángel: «¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada». Respondiendo el ángel, le dijo: «Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado para hablarte y comunicarte esta buena noticia. Pero te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento oportuno» (Lc 1,18-20).

Lo que el ángel le anuncia a Zacarías es humanamente imposible: tener un hijo en la ancianidad con una mujer estéril. Es lo que tanto ha deseado y pedido, pero cuando Dios se lo anuncia quiere estar seguro de esa acción extraordinaria de Dios. Zacarías exige una señal para creer, lo cual significa que no ha dado fe a las palabras del ángel. Es necesario tener en cuenta que las señales no se pueden exigir: las da Dios porque sabe que las necesitamos.

No es lo mismo que Dios me dé una señal para llevarme a la fe que yo exija una señal cuando no tengo fe.

Nos puede pasar lo mismo que a los escribas y fariseos, que rechazaron la gran señal que es el mismo Jesús, mientras estaban pidiendo señales espectaculares:

Entonces algunos escribas y fariseos le dijeron: «Maestro, queremos ver un milagro tuyo». Él les contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra» (Mt 12,38-40).

El gran signo será la resurrección, pero Jesús no les da la señal que le piden para tener la seguridad de que es el Mesías, que salve su falta de fe en lo que están viendo y oyendo.

Dios me da lo que necesito y cuando lo necesito, y no debo caer en la tentación de pedir señales para tener seguridades y evitarme el salto de fe. Quiero tener seguridades y garantías antes de dar un paso hacia lo que el Señor me pide. Cuando surgen las dificultades le exijo que me demuestre que me lleva por el camino correcto. Me olvido de que la vida cristiana es un peregrinar en la fe.

A María se le regala la señal de que es verdad todo lo que le ha dicho el ángel: su prima Isabel, anciana y estéril, está embarazada de seis meses.

También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible (Lc 1,36-37).

Es la señal para que María crea que Dios puede realizar el imposible que le está anunciando el ángel: concebir al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo sin concurso de varón. María no pide la señal, no necesita la señal, pero Dios se la regala.

Por lo tanto, la señal que Dios le ofrece a Moisés es para apoyar el acto de fe que él tiene que realizar para abrazar la misión que se le propone contando con que Dios está con él.

[v. 13] Moisés le pregunta a Dios por su nombre. Es un poco sorprendente porque Dios se acaba de presentar como el Dios de sus padres (v. 6). Moisés quiere ir más allá y le pregunta su nombre, en principio para dar un testimonio concreto a los israelitas de quién es el que se le ha aparecido y quiere liberar a su pueblo. Pero podría haberle presentado del mismo modo que Dios lo ha hecho: el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob.

Tal vez puede verse aquí un modo de ganar tiempo ante el envío que le supera pidiendo algo imposible. Hay que tener en cuenta que, como hemos visto, en el mundo de la Biblia conocer el nombre supone un cierto dominio. Dios hace que el hombre dé nombre a los animales para expresar que tiene dominio sobre ellos (cf. Gn 3,19-20). Moisés no va a poner nombre a Dios, pero conocer el nombre de alguien, también de Dios, permite un acceso a él, de modo que se le puede invocar, pedir, conseguir cosas de él. Moisés está pidiendo algo tan grande que piensa que Dios no se lo va a dar.

Quizá también esta petición tiene algo de curiosidad personal: Moisés necesita saber más de Dios.

En todo caso lo que pide es algo excepcional, pregunta algo que no se tiene derecho a preguntar. Dios es transcendente y no se le puede pedir que revele su nombre. Pero lo más sorprendente y desconcertante es que Dios no pone ningún reparo y le dice su nombre. Si Moisés quería una relación más estrecha con Dios, que le permitiera acceder a él, Dios se lo da.

Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos (Jn 17,25-26).

Jesús nos da a conocer en plenitud el nombre de Dios para transmitir el amor de Dios, y así nos invita a una relación personal de amor, del mismo amor que se da entre el Padre y el Hijo.

Por lo tanto, cuando Dios dice su nombre a Moisés es un acto de confianza, una verdadera revelación de su ser, una forma de ofrecerle su amor y de invitarle a una relación personal con él.

Pero si Moisés pretendía encontrar una excusa o una dilación para su misión, no le ha servido de nada. Todo lo contrario, va estrechando más su relación con Dios.

Además, podrá revelar a los israelitas quién es el que le ha enviado. más allá de lo que conocían por los patriarcas.

[vv. 14-15] El nombre de Dios es Yahweh. Aunque la tradición yahwista ha empleado ya de forma anacrónica este nombre en sus relatos (cf. Gn 2,4: «El día en que Yahweh Elohim hizo el cielo y la tierra»), es ahora cuando es revelado por primera vez. La fuente elohísta, más fiel a la forma en que sucedieron los acontecimientos llama a Dios Elohim hasta este momento en que es revelado el nombre de Dios, y a partir de aquí lo llama por su nombre revelado a Moisés: Yahweh.

El nombre que Dios revela a Moisés es «Yo soy el que soy». Con estas pocas palabras Dios está transmitiendo su realidad. No es una fórmula evasiva como piensan algunos. Él es el que tiene el ser en posesión. En esta misma línea santa Catalina de Siena escucha a Jesús que le dice: «Tú eres lo que no es, Yo soy El que Es»2. Es una definición metafísica que expresa el ser de Dios. Esta expresión también puede entenderse como «yo soy el que hace ser», la fuente del ser, de todo ser. La esencia de Dios es ser, él es el que sustenta todo, el que llama al ser a todo lo que existe.

La fórmula con la que tiene que dirigirse a los israelitas es «“Yo soy” me envía a vosotros», y añade: «Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación». Y es significativo que, en algunos lugares del Nuevo Testamento, especialmente en el cuarto evangelio aparece este «yo soy» empleado por el mismo Jesucristo para hablar de sí mismo de una forma sorprendente y muy significativa. En varias ocasiones ese «Yo soy» está unido a un predicado con el que Jesús se define: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12; 9,5), «Yo soy el pan de vida» (Jn 6,35), «Yo soy el buen pastor» (Jn 10,11), «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Pero en algunas ocasiones lo emplea de forma absoluta, sin predicado alguno, diciendo simplemente «Yo soy», aparentemente dejando a medias la afirmación. En el contexto de las disputas de Jesús con los judíos en las que Jesús va explicitando su ser y su misión, les dice:

«Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados». Ellos le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les contestó: «Lo que os estoy diciendo desde el principio» […]. Y entonces dijo Jesús: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado» (Jn 8,24-25.28).

Jesús está utilizando para sí el mismo nombre que Dios se da a sí mismo en el encuentro con Moisés en la zarza. Jesús evita el escándalo de identificarse con Dios directamente, pero lo hace de una forma suficientemente explícita acudiendo a la tradición bíblica, de modo que lo pueden entender amigos y enemigos, sin caer en lo que pueda considerarse una blasfemia formal.

En el contexto de la última cena, cuando anuncia la traición de Judas, vuelve a aplicarse a sí mismo ante los discípulos este «Yo soy» de la zarza.

Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy (Jn 13,19).

Especialmente sorprendente y significativo es este detalle del prendimiento de Jesús en el relato de la pasión según san Juan:

Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús, el Nazareno». Les dijo Jesús: «Yo soy». Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: «¿A quién buscáis?». Ellos dijeron: «A Jesús, el Nazareno». Jesús contestó: «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos» (Jn 18,4-8).

Aquí es Jesús el que lleva la iniciativa, sabe lo que va a pasar y provoca que le apresen a él, dejando en libertad a los discípulos. Realmente en las tres ocasiones se dice con el mismo orden «yo soy». Estas palabras de Jesús les hacen caer por tierra a causa de la fuerza de ese nombre, el mismo con el que Dios se presentó a Moisés en la zarza. Cuando, después de Getsemaní, Jesús puede parecer débil y derrotado, las palabras que manifiestan su divinidad tumban a sus enemigos. Y a la vez que revela su divinidad con la fuerza del nombre divino, su carne vela su divinidad para poder adentrarse en la pasión.

También puede verse este empleo del «Yo soy» en el evangelio de san Mateo, aunque no de forma tan clara. Jesús aparece en medio de la tempestad:

Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua» […]. Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios» (Mt 14,26-28.33).

Ese posible empleo del nombre de Dios encajaría muy bien con la iniciativa sorprendente de Pedro y con la adoración de los discípulos al final del episodio.

En Ap 1,4 se desarrolla y amplifica en el presente, en el pasado y en el futuro el nombre de Dios revelado a Moisés (cf. Is 41,4) para referirse al Padre: «Juan a las siete iglesias de Asia: Gracia y paz a vosotros de parte del que es, el que era y ha de venir; de parte de los siete Espíritus que están ante su Trono; y de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra» (Ap 1,4-5).

Esta oferta de intimidad que Dios le ofrece a Moisés al revelarle su nombre es absolutamente nueva. No se la había ofrecido ni siquiera a Abrahán. Es una revelación de Dios, que se identificará a partir de ahora diciendo «yo soy Yahweh», no simplemente el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob.

[vv. 16-22] Una vez que Dios revela su nombre es cuando puede presentarle a Moisés el proyecto completo que se va a cumplir punto por punto: en una primera fase ha de reunir a los ancianos, contarles lo que le ha dicho, decirles que Dios ha visto la opresión de su pueblo, y va a actuar: librándoles de la esclavitud y llevándoles a la tierra prometida. Ellos le creerán. En un segundo momento debe presentarse al faraón para pedirle ir al desierto para ofrecer un sacrificio. Cuando el faraón se niegue el Señor herirá a Egipto con prodigios. Al final los dejará marchar a la fuerza y despojarán a Egipto en compensación de todo el trabajo que han hecho siendo esclavos.

[v. 4,1] Moisés responde de nuevo poniendo dificultades al Señor: no me creerán ni me harán caso. Le queda el recuerdo del fracaso cuando intentó ayudar a su pueblo y se le pusieron en contra (cf. Ex 2,14). Lo explica san Esteban en su resumen de la historia de salvación:

A este Moisés, de quien renegaron diciendo: ¿Quien te ha constituido jefe y juez?, a este envió Dios como jefe y redentor por mano del ángel que se le apareció en la zarza (Hch 7,35).

[vv. 2-9] El Señor le otorga entonces a Moisés poder realizar unos milagros que servirán de señal: le concede tres, aunque usará principalmente dos de ellos:

  • -El bastón que se convierte en una serpiente, y con el que realizará otros prodigios.
  • -La mano que se contagia y se libra de la lepra según la introduce y la saca de su pecho.
  • -El agua del Nilo que se convierte en sangre.

Son milagros suficientes para suscitar la fe, pero no obligan a creer de forma infalible. De hecho, los egipcios no le creerán (cf. Ex 7,8-22). Son indicios suficientes de quién le ha enviado para quien sabe mirar. A los hebreos les bastarán para que le crean y le acojan (Ex 4,29-31). Pero no son tan aplastantes como para que no quede ninguna duda, y no dejen margen a la libertad para no creer, como le va a suceder al faraón.

Son hechos prodigiosos que podemos poner en relación con los milagros de Cristo: ratifican la pretensión del enviado -en el caso de Cristo de ser Hijo de Dios-, pero no se imponen completamente. Por eso algunos creerán en ellos y otros los rechazarán. Suscitan la fe, pero no obligan a ella.

[v. 10] Pero Moisés no se conforma con esos prodigios que pone Dios en su mano y le plantea otra dificultad: no tiene facilidad de palabra e, incluso, se le traba la lengua. Y eso no lo ha solucionado el encuentro con Yahweh.

Esa conciencia de la propia incapacidad no es una impresión subjetiva, sino una realidad. Resulta desconcertante que Dios elija para una misión a los que son conscientes de que esa misión supera totalmente sus capacidades. Y se trata de una constante a lo largo de la Escritura.

  • -Isaías:

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Junto a él estaban los serafines, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos el cuerpo, con dos volaban, y se gritaban uno a otro diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!». Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo». Uno de los seres de fuego voló hacia mí con un ascua en la mano, que había tomado del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: «Al tocar esto tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado». Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?». Contesté: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,1-8).

Esta manifestación de Dios es mucho más grandiosa: no se trata de un prodigio más bien pequeño como la zarza ardiendo, sino que Dios se manifiesta con toda su gloria en medio de la corte celestial. Aparece algo de lo que Moisés sólo tiene una vaga intuición, pero es patente para Isaías: la conciencia de su impureza y su pequeñez ante la santidad y la grandeza de Dios. Esta conciencia de ser pecador va más allá de pecados concretos, se trata de la infinita distancia entre Dios y el hombre, la clara conciencia de la transcendencia absoluta de Dios. Al ver al tres veces santo, Isaías se siente perdido. Por medio de un serafín Dios le perdona, le purifica y le capacita para la misión. Y entonces, en vez de una llamada directa, Dios lanza una pregunta: «¿A quién enviaré?». Y ahora Isaías ya puede responder con toda generosidad: «Aquí estoy, mándame». De nuevo aparece con claridad la conciencia de pequeñez, pobreza e incapacidad del que es llamado. Y vemos en Isaías algo que no aparece en la vocación de Moisés y sí en la de Abrahán: la respuesta pronta y generosa. Moisés, fracasado y decepcionado porque había contado con sus solas fuerzas, está ahora paralizado por el miedo.

  • -Jeremías:

El Señor me dirigió la palabra:

‑Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones.

Yo repuse:

‑¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño.

El Señor me contestó:

‑No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte ‑oráculo del Señor‑.

El Señor extendió la mano, tocó mi boca y me dijo:

‑Voy a poner mis palabras en tu boca. Desde hoy te doy poder sobre pueblos y reinos para arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para reedificar y plantar (Jr 1,4-10).

Jeremías es el profeta elegido por Dios para anunciar la destrucción del templo y el destierro del pueblo judío, no a causa del poder de los pueblos paganos, sino por los pecados del pueblo de Dios, lo que hará que sea incomprendido, rechazado y duramente perseguido. Como en el caso de Moisés es Dios el que, al dirigir su palabra al enviado, se acerca, se abaja al hombre. Pero en el caso de Jeremías, Dios le deja claro que la elección de Dios no se produce en el momento de la llamada, sino que Dios lo había escogido incluso antes de que naciera. Realmente lo mismo sucede en el caso de Moisés: por eso fue salvado de las aguas, es adoptado por la princesa de Egipto, criado por su madre hebrea, educado en la corte del faraón… La elección de Dios no se da en el momento de la llamada, no busca de repente a quien elegir, sino que crea al elegido y lo va formando para que pueda cumplir su misión y lo aparta para él -lo consagra-. De nuevo, que es lo que queremos subrayar, aparece la clara conciencia de la incapacidad y la indignidad por parte del elegido: lo mismo que Moisés, Jeremías se siente incapacitado para hablar, además es muy joven para cumplir esa misión. Dios no acepta la excusa: hará lo que Dios le diga, podrá anunciar el mensaje que Dios le dé. No debe tenerles miedo, por la razón que aparece también en el caso de Moisés: la presencia y la ayuda del Señor: «Yo estoy contigo para librarte». La presencia y la ayuda del Señor es lo que permite que una persona débil, indigna y limitada pueda afrontar una misión que le supera. Como en el caso de Isaías, con el gesto de tocar la boca del profeta -esta vez lo hace directamente Dios- le capacita para la misión de anunciar la Palabra de Dios.

Esto es muy importante para mí. Porque como cristiano, soy elegido por Dios y consagrado para una misión y, en consecuencia, también Dios pensó en mí de forma personal antes de que existiera. Por el bautismo que he recibido no sólo soy profeta, sino que además me hace sacerdote y rey, con una misión, que conlleva siempre la identificación con el Hijo y el anuncio del Evangelio, pero que en mí tiene características concretas e irrepetibles. Cuando Dios lo crea conveniente -y si le dejo- Dios me manifestará el proyecto que tiene para mí, pero debo saber que en su corazón siempre ha estado ese plan para mí. También yo puedo tener la impresión y la certeza de ser incapaz de realizar esa misión para la que Dios me llama: ciertamente la vida cristiana auténtica es un milagro, un imposible para nuestras capacidades. Que yo pueda entrar en comunicación con Dios, ser testigo de Dios y de su Palabra, reproducir la vida de Cristo en mi vida, amar como él ama… todo eso es un auténtico milagro. Cuando me tomo en serio la vida cristiana y a lo que estoy llamado, también me surge la conciencia de mi incapacidad, el miedo ante la misión, la tentación de huir. Pero si soy creado, consagrado y llamado por Dios todo eso es posible. El problema es que no me lo creo. Puedo comprobar una vez más que todo lo que leo en las Escrituras sucede «en figura para nosotros» (1Co 10,6), y ha sido escrito «para enseñanza nuestra» (Rm 15,4): Dios también toca mis labios, cambia mi corazón y me capacita para estos imposibles. No debo tener miedo, porque él también está conmigo para librarme. Me parece que las dificultades, problemas y sufrimientos que tengo que afrontar son insuperables, pero no es verdad porque he recibido la fuerza de Dios. Se ve claramente en los mártires: un niño, como José Sánchez del Río, en la persecución a la fe en Méjico del siglo XX, es capaz de afrontar un martirio terrible con paz y alegría, porque cree lo que se le dice a Jeremías: no digas soy un niño, no les tengas miedo, yo estoy contigo. Mirando a los elegidos de Dios tengo que evitar la tentación de rebajar la llamada para acomodarla a mis fuerzas y capacidades humanas y también la tentación del orgullo de pensar que he sido elegido por mis capacidades. La llamada ‑simplemente a la vida cristiana‑ tiene una altura incalculable, y lo que yo puedo y tengo es sólo mi incapacidad y mi pobreza (como los cinco panes y los dos peces para dar de comer a miles de personas). El milagro lo tiene que hacer Dios y lo hace si yo le dejo.

  • -Jonás:

El Señor dirigió su palabra a Jonás, hijo de Amitai, en estos términos: «Ponte en marcha, ve a Nínive, la gran ciudad, y llévale este mensaje contra ella, pues me he enterado de sus crímenes». Jonás se puso en marcha para huir a Tarsis, lejos del Señor. Bajó a Jafa y encontró un barco que iba a Tarsis; pagó el pasaje y embarcó para ir con ellos a Tarsis, lejos del Señor» (Jon 1,1-3).

Jonás sale sin discutir, pero en sentido contrario, y se embarca, probablemente, al fin del mundo conocido, a Tartessos, en Andalucía oriental, para intentar huir del Señor. Si uno se toma a Dios en serio, y no lo convertimos en un ídolo al que podemos controlar, Dios asusta. Si pensamos en el Dios que ha creado todo de la nada, que me ha dado el ser y la vida, que es el Señor de la Historia, el hecho de que se fije en mí y me elija para una misión, me produce un tremendo desconcierto, sensación de indignidad y terror. Dios tiene que provocar la tormenta, Jonás es echado al mar, lo traga un cetáceo que lo deja en las costas de Nínive, adonde Jonás no quería ir. Y con la predicación a desgana del profeta, que sólo anuncia la destrucción de la ciudad pecadora, Nínive se convierte. Y cuando se convierten, Jonás se enfada. Es el modelo didáctico del que no quiere ser profeta, porque no quiere la conversión de la ciudad pecadora.

Después de este recorrido descubrimos como Dios llama a todo tipo de personas con personalidades y características muy distintas. Abrahán es de pocas palabras, con una respuesta rápida y fiel. Moisés es el que se lanza con sus propias fuerzas, pero se paraliza ante el fracaso. Jeremías es el que conoce su pequeñez y la misión terrible a la que se le envía. Dios elige valientes y cobardes, inteligentes y torpes, elocuentes y tartamudos, porque tiene poder para hacernos capaces de realizar la misión que encomienda. Es más, cuantas menos capacidades tiene el elegido más claro queda que es el poder de Dios el que lleva a cabo la misión salvadora. El ejemplo más claro es la Virgen María en el que se unen perfectamente la pequeñez y la disponibilidad, siendo consciente de su incapacidad (Lc 1,48.49: «Dios ha mirado la humildad de su esclava… el Poderoso ha hecho obras grandes en mí»), pero ella no se enreda en miedos ni excusas: cuando ve una dificultad la plantea sencillamente para saber lo que tiene que hacer («no conozco varón»); y, cuando sabe que es la voluntad del Dios que realiza lo que es imposible para nosotros, la respuesta es rápida, valiente y contundente: «He aquí la esclava del Señor» (Lc 1,38).

Debo tener siempre en cuenta que es Dios el que garantiza la viabilidad de la misión y da la capacidad a pesar de la incapacidad humana para realizarla, como vemos en los santos. El santo cura de Ars, con una formación muy deficiente e incapaz de aprender la teología que se enseñaba en latín, se convierte en el confesor, consejero y predicador de multitudes, incluyendo cardenales y obispos.

Y, después de este recorrido, nos debemos hacer la gran pregunta que nos plantean todos estos ejemplos: ¿Por qué Dios actúa así? Porque al asomarnos a la Palabra de Dios en el Éxodo queremos aprender el estilo de Dios y la respuesta de los hombres para aplicarla a nuestra vida. ¿Por qué Dios elige a alguien que no tiene facilidad de palabra como Moisés? ¿Por qué escoge como madres de los elegidos a mujeres estériles? ¿Por qué prefiere lo que es difícil o imposible? Como dice san Pablo, Dios elige lo necio y lo débil del mundo, la gente baja y que no cuenta (cf. 1Co 1,27-28). ¿Por qué parece pedirnos siempre aquello para lo que no tenemos capacidad? Lo vemos en los santos: el colérico debe ser humilde y paciente; el tímido debe ser líder de grandes empresas… ¿Por qué Dios se empeña en hacer las cosas difíciles? ¿Por qué no elige a los mejores, a los que tienen capacidades -él que los puede capacitar de antemano-? Dios tiene mucho interés en mostrar que él puede transformar el mundo con lo pequeño, que lo hace él y no nosotros con nuestras ideas y capacidades.

[vv. 11-12] La respuesta de Dios a la dificultad pretende llevar a Moisés a fijarse en la realidad de Dios y no en sus propias limitaciones: él es el Señor, que da al hombre la capacidad de hablar y de oír. Es el Señor el que se encargará de que Moisés diga lo que Dios quiere transmitir.

[v. 13] Moisés insiste en su intención de evadirse de la misión y le pide directamente a Dios que envíe a otro.

Moisés intenta eludir la misión no porque esté abrumado ante la elección de Dios y la dignidad que se le confiere, sino porque se fija en la responsabilidad que conlleva. Moisés, a estas alturas, tiene un concepto bastante realista de sí mismo y Dios se lo ha hecho ver con claridad.

Es cierto que se vuelve a negar, pero cuando acepte la misión lo hará con todas las consecuencias. Es un buen ejemplo de lo que sucede en la parábola de los dos hijos:

–¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña». Él le contestó: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor». Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?

Contestaron:

–El primero (Mt 21,28-31).

Moisés pone todas las dificultades antes, pero cuando decide aceptar la llamada del Señor lo hace con generosidad y fidelidad.

Esto me viene muy bien para darme cuenta de que en muchas ocasiones digo un «sí» rápido al Señor, que se convierte luego en un «no».

[vv. 14-17] Se enciende por fin la ira del Señor ante tanta reticencia y le ofrece a su hermano Aarón, que tiene facilidad de palabra, para que hable por Moisés. Dios mismo hará que se encuentre con él. Aarón hablará lo que Moisés le mande, lo mismo que el profeta es el portavoz de las palabras que Dios le dice.

Al final, el Señor envía a Moisés con el bastón que le ha dado porque sabe que, a pesar de todas las dificultades que ha puesto, puede contar con él. Zanja la cuestión con un mandato.

El bastón, como hemos visto, es el medio por el cual Dios va a realizar los prodigios. Los Santos Padres verán en este bastón la cruz de Cristo, que es el medio por el cual el Nuevo Moisés realiza su admirable obra salvadora, el instrumento por el que vence al demonio y sus huestes, por el que se abren las aguas salvadoras del bautismo.

Ex 6,2-7,7 recoge este mismo encuentro de Moisés con Yahweh según la fuente sacerdotal.

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.


NOTAS

  1. Ambos textos están en Gregorio de Nisa, Sobre la vida de Moisés, Madrid 1993 (Ciudad Nueva), 113-114.
  2. Legenda maior, I,10. El texto completo es: «Comprende, hija mía, qué eres tú y quién soy Yo. Si aprendes estas dos cosas, recibirás las bendiciones de lo alto. Tú eres lo que no es; Yo soy el que es por excelencia. Si tu espíritu se penetra profundamente de esta verdad, el enemigo no podrá engañarte y evitarás todas sus acechanzas; nunca consentirás en hacer algo que sea contra mis mandamientos y adquirirás sin dificultad la gracia, la verdad y la paz». Véase también: «“Yo soy el que soy”, y vosotros no tenéis existencia por vosotros mismos, sino que habéis sido creados por mí» (Diálogos, XVIII).