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Vivir en la perspectiva del martirio

San Lorenzo y los primeros cristianos, al recibir el bautismo, sabían que se exponían al martirio. Viviendo en la perspectiva del martirio, daban toda su fuerza a la expresión «servirse de este mundo como si no nos sirviésemos de él». No vivir en la perspectiva del martirio, es aceptar las máximas del mundo, y así es imposible que la luz permanezca en nosotros (Molinié, El coraje de tener miedo, 160)1.

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Ahora nos preguntamos acerca de nuestra propia condición de cristianos, discípulos Suyos: ¿también los cristianos estamos llamados a ser «corderos de Dios inmolados con Cristo para quitar el pecado del mundo»? ¿También nosotros, como Cristo, hemos de dar en medio del mundo un testimonio de la verdad que nos lleve a sufrir persecución y cruz? Sí, ciertamente; ésa es nuestra vocación: confesar a Cristo ante los hombres, ser Sus testigos en el mundo. En Cristo se confunden su condición sacerdotal y su identidad victimal: Él es sacerdote y víctima al mismo tiempo. Y en todos los cristianos, que ya desde el bautismo participamos de la condición sacerdotal de Cristo, por eso mismo, se da necesariamente una vocación victimal (Iraburu, El martirio, 40)2.

Una mayoría de cristianos cuando considera el martirio, como cuando considera la santidad, lo mira como una posibilidad distante y reservada para unos pocos. Lo mismo que eludimos la vocación universal a la santidad, nos zafamos de la llamada al martirio, como si no fuera algo inherente a nuestra condición de bautizados. Es verdad que no todos los verdaderos cristianos van a padecer una muerte cruenta por mantenerse fieles a la verdad de la fe; pero todos, si no queremos falsificar la fe, tenemos que estar interiormente preparados para el martirio, tenemos que vivir en la perspectiva del martirio. Santo Tomás afirma que «la perfección no requiere necesariamente el cumplimiento de estas cosas […] La perfección consiste en que el hombre tenga el ánimo dispuesto a cumplir estas cosas siempre que sea necesario»3.

Es imposible una auténtica vida cristiana, mucho más aún una vida contemplativa, que busca la santidad, sin colocarse en la perspectiva del martirio. Lo contrario, no nos engañemos, es huir de la cruz de Cristo.

Porque ‑como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos‑ hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3,18).

Es normal sentir miedo ante la Cruz y ante el martirio, pero no debemos justificarnos con ese miedo, ni buscar teorías que nos tranquilicen después de haber hecho la opción fundamental de prescindir del martirio.

Esquivar la cruz es humano. Los discípulos también esquivaban la cruz de Cristo y rechazaban la perspectiva de su martirio: ellos fueron los iniciadores de este pseudo-cristianismo que no desaparecerá hasta el fin de los tiempos. Pero Jesucristo lo dijo claro a Pedro: Apártate de mí, Satanás, tú eres para mí objeto de escándalo, pues tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres (Molinié, El coraje de tener miedo, 160).

No sólo hay que evitar las justificaciones que nos hacen huir del propio martirio, sino, especialmente, aquellas que escandalizan a los demás, eliminando el martirio del horizonte de la vida cristiana con el pretexto de que la perspectiva del martirio es un obstáculo para los que se acercan a la Iglesia, o alegando incluso «mayor eficacia» apostólica o evangelizadora cuando evitamos el martirio y encajamos en el mundo.

Muchas veces, incluso, como veremos, se han sentido con derecho a evitar el martirio; más aún, con la obligación de eludirlo. No solo para evitar grandes males, sino por el mismo bien de la Iglesia (Iraburu, El martirio, 51).

Porque eliminar el martirio del horizonte de la vida cristiana es eliminar la Cruz del misterio de la redención y del camino del cristiano; es «inventar» un cristianismo sin Cruz.

Comprendo muy bien que uno no se sienta con talla para el martirio, otro tanto me ocurre a mí4. Pero yo pido al menos a aquellos a quienes aterroriza esta perspectiva -y es la primera cosa, estoy seguro de ello, que Dios les pide- que no escandalicen (en el sentido evangélico: no hacer caer) a sus hermanos propagando una doctrina, que se dice evangélica, pero que procede de que ya no se vive en la perspectiva del martirio. «La gente del mundo -decía Teresa- es hábil en el arte de conciliar las satisfacciones de aquí abajo con las exigencias de Dios.» Hoy son, a veces, los teólogos quienes tienen esta habilidad, y mucho mayor de lo que fue la de la gente del mundo. Lo que ellos proponen es un cristianismo sin martirio, es decir, sin cruz5 (Molinié, El coraje de tener miedo, 160).

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El gran crecimiento del pelagianismo y del semipelagianismo entre los católicos actuales ha dado a éstos una aparente «justificación» doctrinal y moral para evitar el martirio. Esta justificación ideológica del antimartirio es relativamente nueva en la historia de la Iglesia, y por eso habremos de estudiarla con particular atención. En otros siglos, la negación del martirio era captada normalmente como un gran pecado de traición a Cristo y de abandono de la Iglesia. Hoy, por el contrario, el deber principal del cristiano y de la Iglesia es, al parecer, evitar el martirio. Y antes, por supuesto, evitar la misma persecución. Que ésta no se dé (Iraburu, El martirio, 51)6.

La reacción sincera ante el miedo que produce el martirio, si mantenemos la verdad del Evangelio y la de nuestra debilidad, debe estar marcada por la pobreza evangélica, que reconoce la debilidad, pero no deja de acudir a la misericordia; pobreza, que es consciente del miedo, pero que no deja de pedir la ayuda para ir más allá de las propias fuerzas y superar los temores.

Que se tenga miedo de un programa semejante, es comprensible. Pero sobre todo se ha de evitar rechazarlo para justificarse. Yo digo con frecuencia a los pecadores (y por consiguiente a mí mismo): Os lo suplico, ¡no os justifiquéis! Si nos sentimos incapaces de ir hasta el fin, llamemos a la Misericordia en nuestra ayuda… pero no nos justifiquemos, en nombre de la acción, de esquivar las purificaciones. No hay otra santidad posible que la de las purificaciones; tenemos un hombre viejo y es preciso que muera. De todos modos, hay que ofrecer a Dios una cierta honradez: es tanto más sencillo presentarse como pecadores incapaces de sufrir, que buscar justificaciones, falta más grave que aquellas de las que nos justificamos (Molinié, El coraje de tener miedo, 159).

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Que nadie se sienta débil donde es Dios quien procura las fuerzas, ni, aunque tema por sí mismo, pierda la esperanza en el que actúa (San Agustín)7.

No podemos leer el Nuevo Testamento sin encontrarnos con la llamada al seguimiento fiel del Señor hasta dar la vida. Y, por eso, tampoco podemos salirnos de la perspectiva del martirio sin recortar gravemente el mensaje de Cristo. Veamos como aparece esta perspectiva en la Sagrada Escritura:

  • -Las bienaventuranzas:

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros (Mt 5,10-12).

Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas […] ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas (Lc 6,22-23.26).

  • -Las condiciones del seguimiento:

Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla? Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles» (Mc 8,34-38; cf. Lc 14,25-27; Jn 12,25-26).

Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! (Mt 10,24-25; cf. Lc 23,28-30).

  • -Los anuncios de persecuciones:

Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero ¡cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles. Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán. Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará (Mt 10,16-22; cf. par. Mc 13,9-13; Lc 21,12-19).

Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Recordad lo que os dije: “No es el siervo más que su amo”. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió […] Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho (Jn 15,18-21; 16,1-4).

Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos (2Tm 3,12).

  • -Los numerosos ejemplos de martirio, empezando por el de Cristo en su pasión, siguiendo por el de su precursor, Juan Bautista (Mc 6,14-29), el del primer mártir cristiano, san Esteban (Hch 7,54-60), de los apóstoles: Santiago (Hch 12,1-2), Pedro, Pablo…
  • -El libro entero del Apocalipsis, en el que Cristo es el primer mártir, como testigo de la verdad y como cordero degollado, y en el que se anima a la fidelidad de los cristianos perseguidos hasta el martirio: «Ellos lo vencieron en virtud de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio que habían dado, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte» (Ap 12,11).

Los mártires cristianos no son «superhéroes» que afrontan la muerte sin miedo, apoyados en su fortaleza; en ellos se comprueba de forma especial que la fuerza de Cristo se manifiesta en la debilidad (cf. 2Co 12,9). Así lo manifiesta la liturgia:

Porque la sangre del glorioso mártir, derramada, como la de Cristo, para confesar tu nombre, manifiesta las maravillas de tu poder; pues en su martirio, Señor, has sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad tu propio testimonio; por Cristo, Señor nuestro (Prefacio de los mártires I).

Porque tú eres ensalzado en la alabanza de tus santos y, cuanto pertenece a su pasión, es obra admirable de tu poder: tú, bondadosamente, otorgas el ardor de su fe, das firmeza en la perseverancia y concedes la victoria en el combate, por Cristo, Señor nuestro (Prefacio de los mártires II).

Hemos de recordar que el culto a los mártires no es para la admiración, sino para disponernos a su imitación:

Esta celebración solemne de todos los gloriosos mártires ha sido instituida en la Iglesia para que quienes no los vieron padecer los recuerden en la fiesta y sean arrastrados a imitarlos en la fe […] En la festividad de un mártir, el que sea, preparemos nuestro corazón de forma que no nos alejemos de su imitación. En efecto, hombre era él y hombres somos nosotros; quien le hizo a él nos hizo también a nosotros; con el precio con que fue comprado a él fuimos comprados también nosotros. El cristiano, pues, no debe decir: «¿Por qué yo?»; mejor, no debe decir: «Yo no», sino: «¿Por qué no también yo?» (San Agustín)8.

No es nuestra debilidad la que nos impide vivir en la perspectiva del martirio, sino nuestra falta de fe y confianza en el Señor. Es la presencia y la gracia de Cristo la que permite a estos cristianos afrontar el martirio. Se cumple en ellos la promesa del Señor:

Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros (Mt 10,19-20 y par).

En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo (Jn 16,33).

Encontramos ejemplos significativos de la fuerza de Dios que se manifiesta en la debilidad del mártir en las Actas de los mártires. Es famoso el caso de santa Felicidad, que dio a luz a punto de ser martirizada:

Terminada la oración, sobrecogieron inmediatamente a Felicidad los dolores de parto. Y como ella sintiera el dolor, según puede suponerse, de la dificultad de un parto trabajosos de octavo mes, díjole uno de los oficiales de la prisión:

-Tú que así te quejas ahora, ¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras, que despreciaste cuando no quisiste sacrificar?

Y ella respondió:

-Ahora soy yo la que padezco lo que padezco; mas allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, pues también yo he de padecer por Él9.

Santo Tomás afirma que el verdadero martirio supone perder la vida: «Para la razón perfecta del martirio se exige sufrir la muerte por Cristo»10. Por tanto, hay que evitar emplear la palabra «martirio» a la ligera.

A veces se dice: Sufro un verdadero martirio… Pero el verdadero martirio va hasta la muerte. Mientras nuestros sufrimientos no sobrepasen ciertos límites, no estamos en el misterio del sufrimiento. Es una región que no podemos alcanzar por nosotros mismos (Molinié, El coraje de tener miedo, 157. La cursiva es del autor).

Hay una persecución manifiesta, la que vivieron aquellos mártires del imperio romano y la que viven tantos como mueren hoy a causa de su fe. Pero también se da una persecución oculta, que exige de nosotros una respuesta valiente, «martirial».

Pero, aunque haya tiempos de paz y tiempos de persecución, ¿ha faltado en alguna época la persecución oculta? Nunca falta; aquel león y dragón ni siempre se ensaña, ni siempre tiende asechanzas, pero siempre persigue. Cuando su ferocidad se manifiesta abiertamente, no son ocultas sus asechanzas, y cuando son ocultas éstas, no es manifiesta aquella; es decir, cuando ruge como un león, no se arrastra sigilosamente como un dragón, y cuando como dragón se arrastra, no ruge como león; no obstante, sea como león, sea como dragón, siempre persigue. Cuando cesa su rugido, guárdate de sus emboscadas; cuando las emboscadas son evidentes, huye del león que ruge. Se evita tanto al león como al dragón si se mantiene siempre en Cristo el corazón (San Agustín)11.

Sin banalizar lo que significa el martirio, podemos hablar de martirio cuando aparece una muerte real, aunque no sea física. La muerte del hombre viejo es una muerte real, y las purificaciones que conlleva suponen un verdadero martirio. A este martirio también debe estar dispuesto el cristiano que quiere llegar hasta el final12.

Aunque sea la muerte del hombre viejo, es ya un martirio sufrir esa muerte. Si no consentimos en ello, no comprendemos lo que hacemos al renovar las promesas del bautismo… Sólo los que aceptan esta curación, con todo lo que implica, pueden decir que dan a Dios todo su corazón, que aman con todas sus fuerzas. Este martirio es muy misericordioso, pero si no se lo acepta, no se podrá aprovechar la sangre de Jesucristo en plenitud (Molinié, El coraje de tener miedo, 157).

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La historia y la doctrina de la Iglesia se unen para sugerir que la vida cristiana no tiene otra salida que el martirio. Los que escapan al martirio de la sangre deben atravesar una «noche oscura» tan horrible como el martirio, dice san Juan de la Cruz, y mucho más larga. Si no, para salvar su alma, deberán sufrir un Purgatorio todavía más terrible que lo que podemos aguantar sobre la tierra (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)13.

El cristiano, que debe vivir en la perspectiva del martirio, ha de tener una espiritualidad martirial, que le prepare a entregar su vida por Cristo.

La vida cristiana es una participación continua en la Cruz y en la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Cristo, en efecto, fue «entregado por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación» (Rm 4,25). Y desde entonces el martirio de Cristo es continuamente el modelo y la causa de nuestra vida martirial, vida nueva, santa, sobrenatural […] Vivimos, pues, siempre, en cada instante de nuestra vida cristiana, de la virtualidad santificante del Misterio Pascual de Cristo. Vivimos permanentemente de Cristo, de su Cruz y de su Resurrección. «Él subió al madero, para que nosotros, muertos al pecado, vivamos para la justicia» (1Pe 2,23). Así pues, nosotros, «si morimos con Él, viviremos con Él» (2Tim 2,11). Podemos, en efecto, seguirle si llevamos la cruz de cada día. Participamos de Su vida en la medida en que participamos de su muerte. Y por eso «los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias» (Gál 5,24) […] Pues bien, esa participación salvífica en el misterio pascual de Cristo ha de hacerse por varias vías fundamentales: 1) en la Liturgia y en los sacramentos; 2) en todo el bien que hacemos; 3) en todo el mal que padecemos; 4) y a veces, incluso, en el martirio (Iraburu, El martirio, 41; cf. el desarrollo que hace en las páginas 41-45)14.

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La oposición de unos, la incomprensión de los cercanos, la rebeldía interior del propio yo y sus pasiones, la presión del ambiente y de la familia, los obstáculos provenientes de algunos miembros de la Iglesia, etc., lejos de impedir el cumplimiento de la misión que Dios encomienda al contemplativo secular, le ayudan a llevarla a cabo con mayor realismo y eficacia; porque sólo a través de una verdadera identificación con Cristo crucificado es como el cristiano se convierte en mártir (testigo) de la verdad de Dios en el mundo (Fundamentos, VI.2.E, apartado Martirio)15.

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Es Cristo, sin duda, quien vence en el combate del martirio; pero sus siervos se preparan al combate con la oración, el ayuno, la comunión eucarística, y con las mutuas exhortaciones, para colaborar así en esa victoria, es decir, para mejor recibir de Cristo la gracia de su confortación (Iraburu, El martirio, 37).

Varias llamas que producen el martirio

El cristiano que quiere serlo de verdad debe vivir en la perspectiva de la persecución y del martirio exterior, el de las llamas de fuego; pero debe también disponerse a abrazar el martirio interior, que lejos de ser una metáfora, exige una entrega semejante.

Digo bien: es un martirio… y me apoyo otra vez en el sermón de san Agustín con ocasión de la fiesta de san Lorenzo: «Aunque no somos quemados en las parrillas del verdugo, queda ventajosamente reemplazado por la llama de la fe.» Eso supone que es una llama y que tiene los mismos efectos: ¡de lo contrario no sería serio! Y añade: «No ardemos corporalmente, pero ardemos por el amor.» Nuestro pecado está en leer eso como si fuese literatura. ¿El creador del sol sería menos abrasador que el sol? Cuando uno se deja consumir por El, se padece realmente el martirio del fuego. Pero este martirio tiene una suavidad que se conoce dejándose hacer sin resistencia… (Molinié, El coraje de tener miedo, 158).

Hay pues una llama exterior, la de la hoguera, y varias llamas interiores que provocan el martirio: una negativa, la de nuestros vicios; otras positivas, las de la fe y el amor. Y hay que saber abrazar todas ellas para vivir en la perspectiva del martirio.

La llama de nuestros vicios

La oración de la misa de san Lorenzo pide a Dios apagar la llama de nuestros vicios. Esta llama no es una metáfora: a causa de ella toda vida cristiana que va hasta el fin, hasta la santidad, es un martirio (Molinié, El coraje de tener miedo, 157)16.

Se trata de una llama «negativa», la de la concupiscencia que provoca en nosotros nuestra participación en el pecado original. Se trata de una lucha que no debemos olvidar, que produce un gran sufrimiento y que, para el que la acepta realmente, conlleva la confesión de su debilidad y de la capacidad de la gracia para liberarlo.

No entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco; y si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con que la ley es buena. Ahora bien, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo. Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí. Así, pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal. En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor! (Rm 7,15-24).

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La naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada «concupiscencia») (Catecismo de la Iglesia Católica, 405).

Este combate martirial es el que acepta el cristiano en el bautismo.

¿Renunciáis al pecado, para poder vivir en la libertad de los hijos de Dios?

¿Renunciáis a las seducciones del mal, para que no domine en vosotros el pecado?

¿Renunciáis a Satanás, padre y príncipe del pecado? (Ritual del Bautismo).

No aceptar este combate y negarse a sufrir el martirio que provoca esta llama es una forma de rechazar el bautismo.

Si no consentimos en ello, no comprendemos lo que hacemos al renovar las promesas del bautismo […] Este martirio es muy misericordioso, pero si no se lo acepta, no se podrá aprovechar la sangre de Jesucristo en plenitud (Molinié, El coraje de tener miedo, 157).

No es extraño que, al rechazar la lucha contra estas llamas, muchos cristianos caigan en la apostasía, aunque sea silenciosa. Ya en este nivel más elemental de sufrir la llama de los vicios se plantea la opción radical entre martirio y apostasía.

Son incontables los cristianos de nuestra época que han apostatado de la fe, que han despreciado los mandamientos de Jesús, que han aceptado el sello de la Bestia mundana en la frente y en la mano, en el pensamiento y la acción, y que se han alejado masivamente de la Penitencia y de la Eucaristía, es decir, que se han desconectado de la Pasión y Resurrección del Señor, abandonando así la vida de la gracia y de la Iglesia. Y estos innumerables cristianos lapsi (caídos), al menos en muchos países ricos de antigua filiación cristiana, se han alejado de Cristo no tanto perseguidos por el mundo, sino más bien seducidos por él, es decir, engañados por el Padre de la Mentira […] En efecto, hoy, especialmente en los países más ricos, ha crecido tanto el pecado del mundo que ya los cristianos, para guardar la fidelidad a Jesucristo, se ven en la necesidad de ser mártires, es decir, se ven obligados a des-mundanizarse, a distinguirse netamente del mundo en que viven. Y son realmente muchos los bautizados que, antes que ser mártires, han preferido ser apóstatas. Han dejado de seguir a Cristo, porque la cruz necesaria para ello se les hacía demasiado pesada (Iraburu, El martirio, 51).

Aceptar este martirio es lo mismo que consentir al tratamiento que nos purifica del pecado fundamental que es el orgullo17. Una curación que puede ser un martirio (como pasa con muchas terapias sanitarias), pero que la guía la mano misericordiosa de Dios.

Las llamas de la fe y del amor

No es sólo la tendencia al pecado lo que nos atormenta. También hay una «llama» positiva que nos consume y purifica, la de la fe.

Digo bien: es un martirio… y me apoyo otra vez en el sermón de san Agustín con ocasión de la fiesta de san Lorenzo: «Aunque no somos quemados en las parrillas del verdugo, queda ventajosamente reemplazado por la llama de la fe.» Eso supone que es una llama y que tiene los mismos efectos: ¡de lo contrario no sería serio! (Molinié, El coraje de tener miedo, 158).

La llama purificadora del amor de Dios no es menos abrasadora que la llama de las pasiones o la de la hoguera.

¿El creador del sol sería menos abrasador que el sol? Cuando uno se deja consumir por Él, se padece realmente el martirio del fuego (Molinié, El coraje de tener miedo, 158).

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Porque es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas (Cant 8,6).

Pero el amor de Dios sabe dosificarse para no destruir a la criatura18, y es una llama misericordiosa, porque nos quiere llevar a la unión con él por medio de la purificación.

En consecuencia, en todo momento de la vida de la Iglesia, la Paz, que es la semilla de la Gloria, se impone infinitamente sobre los sufrimientos y sobre el horror de las Tinieblas, que sin embargo no dejan nunca de acosarla. Sólo que esta supremacía de la Gloria y de la Paz se ejerce, como acabo de decir, según tres regímenes diferentes: la vida oculta; la explosión pascual, que corresponde al martirio (visible o invisible); por último, el régimen intermedio de las grietas de la Gloria y de las persecuciones imperfectas anteriores al martirio propiamente dicho (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 27)19.

La pugna entre el fuego exterior y el interior

¿A qué se debe que el bienaventurado Lorenzo no temiese el fuego aplicado exteriormente sino a que dentro le ardía la llama de la caridad? Así, pues, hermanos míos, el mártir glorioso no temía las atroces llamas del fuego en su cuerpo, porque en su alma ardía el violentísimo deseo de los gozos celestes. En comparación del calor con que ardía su pecho, la llama exterior de los perseguidores resultaba fría (San Agustín)20.

Si el mártir puede soportar el fuego exterior que le destruye es porque el fuego interior, el de la fe y el amor, es más fuerte.

Este martirio es algo muy suave. San Lorenzo no sentía la llama del verdugo: «Como él ardía de deseo de Cristo -dice san Agustín-, no sentía los tormentos del perseguidor.» El mismo ardor que le quemaba por dentro, refrescaba las llamas de fuera… Evidentemente, eso supone que esta llama no era ordinaria. Cuando el fuego interior se desencadena es, por consiguiente, más fuerte que toda llama exterior (Molinié, El coraje de tener miedo, 161).

Por esta razón, el fuego interior es a la vez un bálsamo: fuego para el hombre viejo que tiene que desaparecer en esas llamas del amor de Dios y bálsamo para la verdadera naturaleza humana que salió buena de las manos del Creador.

Solamente hay una gran diferencia con las llamas exteriores: es que por naturaleza el fuego divino es un aceite, es la unción del Espíritu Santo. Teresa de Ávila lo había experimentado: «Hay como un fuego en mi alma, pero este fuego no llega al centro: en el centro, hay como aceite.» Esta unción hace que el fuego del martirio interior, a pesar de los sufrimientos, sea suave […] Lo que explica que sea suave es que el fuego divino no destruye la naturaleza, destruye solamente el hombre viejo, los complejos, los nudos, las crispaciones. Pero nuestra naturaleza inocente, creada por Dios, la llena de unción, y esta unción permite soportar los sufrimientos de la muerte del hombre viejo (Molinié, El coraje de tener miedo, 161).

Esto nos ayuda a entender con más claridad lo que supone vivir en la perspectiva del martirio y la preparación necesaria para permanecer fieles en el martirio, sea más explícito o más escondido: mantener viva la llama de la fe y del amor y dejar que consuma al hombre viejo, a la vez que este fuego interior nos alivia en el combate con los que intentan derrotarnos.

Para vivir en la perspectiva del martirio (ese martirio, el único inevitable), hay pues que vivir también en la perspectiva de la unción (Molinié, El coraje de tener miedo, 161).

De nuevo, puede surgir el rechazo de afrontar el martirio porque nos falta ese fuego interior. ¿Qué podemos hacer? Por un lado, es necesario no tener en cuenta sólo la realidad de la cruz, sino la de la unción. Y, por otro, el recurso de nuevo a la humilde petición especialmente a través de María, pero sin trampas: pedimos el fuego-bálsamo que nos ayude a atravesar el martirio, no la forma de evitarlo21.

Pero ¿cómo hacer si no experimentamos esta unción, o la experimentamos tan poco que apenas llegamos a percibirla? ¿Cómo hacer suave la perspectiva del martirio, y cómo soportar esta perspectiva, si no se presenta suave? […] Dios nos ofrece un remedio: la santísima Virgen. Si queréis presentir el gusto que se puede hallar en este género de ejercicio, y cómo vosotros mismos podréis gustar de él suficientemente para desearlo, contemplad a la santísima Virgen, a la vez porque ella está llena de unción y porque Dios le ha dado un corazón de madre deseoso de bañarnos en esta suavidad […] Pero, ¡atención! No tenemos derecho a pedir la suavidad de la santísima Virgen si no es para soportar lo que ella sola puede hacernos soportar: eso sería aprovecharse de la suavidad de la cruz sin conocer la cruz misma […] Lo que hay que pedir, en primer lugar, a la santísima Virgen, es el deseo de llegar al término donde se realiza el encuentro con Dios (Molinié, El coraje de tener miedo, 161-162.163).

Las dos muertes

Estas dos llamas «interiores» que provocan el martirio del cristiano, padezca o no las llamas exteriores de la hoguera, tienen que ver con dos muertes distintas que ha de experimentar el cristiano, llamado al martirio, aunque su muerte física sea o no fruto de la persecución religiosa.

La muerte tiene pues en él [en san Pablo] dos sentidos opuestos: está la muerte que viene del pecado («si vivís según la carne, moriréis» Rm, 8,13), y «la muerte a esta muerte» (6,2), la muerte del hombre viejo que es una resurrección interior por el poder del Espíritu de Cristo (Molinié, El cara a cara en la noche, III, apartado El holocausto)22.

Hay una muerte «mala» y una muerte «buena», lo mismo que hay una llama «mala», la de nuestros vicios; y una llama «buena», la de la fe y el amor. La muerte mala es la que provoca en nosotros el pecado, la muerte buena es la que provoca en nosotros la acción de Dios que mata al hombre viejo. La mala provoca la muerte «segunda» de la que habla el Apocalipsis; la buena provoca la vida eterna que nos ofrece Jesucristo. Él padeció la muerte mala, la que provoca el pecado, para ofrecernos así poder morir al hombre viejo y alcanzar la verdadera vida, la vida de Dios. Por eso, el martirio supone un misterio mucho más profundo que la muerte física, y eso hace necesario que todo cristiano que quiere llegar hasta el final consienta a este misterio:

La esencia del martirio no consiste en morir (en el sentido de la separación de cuerpo y alma)23, sino en sufrir algo mucho más misterioso:

«Cada día muero… Aunque vivientes en efecto, somos entregados sin cesar a la muerte a causa de Jesús, para que la vida de Jesús sea, ella también, manifestada en nuestra carne mortal. Así la muerte hace su obra en nosotros y la vida en vosotros… Aunque nuestro hombre exterior se descompone y muere, el hombre interior se renueva de día en día» (2Co 4,11-12.16; 1Co 15,31).

«Mientras vivimos en esta morada terrenal (nosotros los mártires), somos entregados sin cesar a la muerte que es en realidad la muerte de Cristo, y simultáneamente a la vida que es en realidad la vida de Cristo, es decir, la Gloria (a fin de que la vida de Jesús sea también manifestada en nuestro cuerpo)… Si uno solo ha muerto por todos, entonces todos estamos muertos».

Aún más: «Si nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo por una muerte semejante a la suya (pues o está hecho o se hace todos los días; no es un mal momento que hay que pasar, es constante), lo seremos también por una resurrección semejante» (Rm 6,5) (Molinié, El cara a cara en la noche, III, apartado El holocausto)24.

En nuestra mano está aceptar una u otra, no huir de ambas. El martirio, inaplazable para el cristiano y en el que se tiene que adentrar decididamente el contemplativo, consiste en aceptar estas dos muertes para que venza la muerte que provoca en nosotros la vida verdadera25. Se trata, en el fondo, de participar del martirio de Cristo que aceptó la muerte (no sólo la física), para introducir en el mundo el amor y la gracia que mata al hombre viejo y nos hace participar de la vida.

La muerte de Cristo es la muerte infligida por el infierno y el pecado («El aguijón de la muerte es el pecado; él ha muerto al pecado», Rm 6,10), mientras que la vida de Cristo es ya la Gloria que nos resucitará con él. La coincidencia y la lucha permanente entre la muerte y la vida es exactamente la definición teológica del martirio según san Pablo […] Así, el que muere a la mala muerte, muere al pecado que es su aguijón, como Cristo mismo (Rm 6,10-11). El misterio que consiste en morir al pecado es plenamente idéntico en Cristo y en los cristianos; es el mismo martirio que se presenta bajo formas múltiples, el que san Pablo pormenoriza repetidas veces (2Co en particular describe lo que puede llamarse la psicología del martirio) (Molinié, El cara a cara en la noche, III, apartado El holocausto)26.

Este martirio no opcional está ligado con la obligatoriedad de que toda vida cristiana auténtica tenga un carácter pascual: que acepte pasar por la muerte al pecado y sus seducciones para alcanzar la vida nueva.

La vida cristiana es una participación continua en la Cruz y en la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Cristo, en efecto, fue «entregado por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación» (Rm 4,25). Y desde entonces el martirio de Cristo es continuamente el modelo y la causa de nuestra vida martirial, vida nueva, santa, sobrenatural […] Bien claramente nos lo enseña el Maestro: «si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz (muerte) y sígame (vida)» (Lc 9,29). Es el Misterio Pascual vivido día a día, instante por instante. Es ésta la vida cristiana. No hay otra posible (Iraburu, El martirio, 42.43).

Lo que aquí llamamos dos muertes, tiene que ver con lo que san Agustín llama «dos vidas»: una que es lucha y martirio (la buena muerte) y otra que es plenitud y vida (la vida que nace de la buena muerte):

La Iglesia sabe de dos vidas, ambas anunciadas y recomendadas por el Señor; de ellas, una se desenvuelve en la fe, la otra en la visión; una durante el tiempo de nuestra peregrinación, la otra en las moradas eternas; una en medio de la fatiga, la otra en el descanso; una en el camino, la otra en la patria; una en el esfuerzo de la actividad, la otra en el premio de la contemplación.

La primera vida es significada por el apóstol Pedro, la segunda por el apóstol Juan: La primera se desarrolla toda ella aquí, hasta el fin de este mundo, que es cuando terminará; la segunda se inicia oscuramente en este mundo, pero su perfección se aplaza hasta el fin de él, y en el mundo futuro no tendrá fin. Por eso se le dice a Pedro: «Sígueme», en cambio de Juan se dice: Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú, sígueme. «Tú, sígueme por la imitación en soportar las dificultades de esta vida; él, que permanezca así hasta mi venida para otorgar mis bienes. Lo cual puede explicarse más claramente así: Sígame una actuación perfecta, impregnada del ejemplo de mi pasión; pero la contemplación incoada permanezca así hasta mi venida para perfeccionarla.»

El seguimiento de Cristo consiste, pues, en una amorosa y perfecta constancia en el sufrimiento, capaz de llegar hasta la muerte; la sabiduría, en cambio, permanecerá así en estado de perfeccionamiento, hasta que venga Cristo para llevarla a su plenitud. Aquí, en efecto, hemos de tolerar los males de este mundo en el país de los mortales; allí en cambio, contemplaremos los bienes del Señor en el país de la vida (San Agustín)27.

De este modo comprendemos que toda la vida del cristiano es martirial, ciertamente lo es el momento del martirio cruento para el que tiene esa gracia; pero, para el que muere a manos de los verdugos y para el resto de los cristianos, toda la vida es estar expuestos a estas dos muertes, para que triunfe la segunda.

Morir al pecado, es por tanto permitir al poder de la Resurrección crucificar la ley del pecado inscrito en nuestro cuerpo de muerte. Eso significa claramente algo distinto a un mal momento que hay que pasar. San Pablo no hace desaparecer completamente este sentido, pero lo sobrepasa evocando un misterio mucho más profundo en el que debemos aceptar dejarnos iniciar; que engloba y envuelve la hora de nuestra muerte, pero que engloba y envuelve también todos los acontecimientos de la vida del cristiano, cuando después de haber creído en la «locura de la predicación» intenta tomar el camino que hará de él un hombre espiritual después de haber sido un hombre carnal.

Y todo esto es lo que significa morir. Morimos porque somos carnales, pero morimos también porque nos hacemos espirituales. Crucificamos al hombre carnal condenado a muerte; haciendo esto resucitamos, y esta resurrección es la muerte del hombre carnal. Una vez consumada esta muerte, el hombre espiritual continúa muriendo de la misma manera en que Cristo muere al pecado. Muere todos los días bajo el efecto de la persecución incansable de Satanás y del infierno; que también le ha permitido a Jesús morir al pecado. Jesús y los hombres espirituales tienen una carne semejante a la del pecado, mueren todos los días, para resucitar todos los días, esperando morir una última vez para resucitar definitivamente (Molinié, El cara a cara en la noche, III, apartado El holocausto)28.

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Ahora bien, aunque nuestra participación en la pasión y resurrección de Cristo la hacemos tan eficazmente en la Eucaristía y los sacramentos, también en toda nuestra vida, instante por instante, hemos de hacer nuestra la fuerza salvadora de la cruz de Jesús: lo mismo en el bien que hacemos, que en el mal que padecemos (Iraburu, El martirio, 42).

El martirio de amor

La vida cristiana no tiene otra salida que el martirio… ¿por qué no el del amor, y del amor misericordioso? (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)29.

Santa Teresa del Niño Jesús manifestó su deseo de martirio30, es más, de sufrir todos los tipos de martirio, pero encontró, como parte de su nuevo «caminito», una nueva forma de martirio, no menos real, el martirio del amor, el que experimenta quien se ofrece sin reservas y sin medida al fuego de la misericordia de Dios para que pueda derramarse sin límite en su pobreza31.

«Santa Teresa del Niño Jesús tenía un sentido profundo de la paternidad divina. No se cansaba de subrayar a sus novicias las riquezas inefables del Amor misericordioso, la necesidad esencial del corazón paterno para perdonar, ayudar, llenar, atrayendo a sí el corazón de sus hijos, con tal de que se entreguen a él en una confianza total en su bondad». Entonces por su acto de ofrenda «Teresa pide a Dios “dejar desbordar en ella las olas de ternura infinita que están encerradas en él, y que así (por este medio) ¡se convierta en mártir de su Amor!”. La palabra “Víctima” era la única que se podía emplear en esta circunstancia, pues es un tormento para el vasito, el pequeño “dado”, ver el océano arrojarse sobre su pequeñez para llenarla, envolverla en un desbordamiento de amor infinito. Pero, ¡oh delicioso tormento! ¡oh martirio inefable! Martirio que no habría que confundir con el de las Víctimas de la Justicia: el Amor respondido por el Amor. Es el corazón de Teresa el que ha sido herido y, como dice Ruysbroeck: “La herida del amor, es lo más dulce y más terrible”. Acaba su pensamiento con la imagen de Cristo Sol que abruma al herido con sus rayos. Lo que Teresa clamaba del amor, era, precisamente, ser abrumada bajo el peso de la ternura divina. La comparaba a veces “al fuego, a las olas desbordantes”. Lo que quería, era ser inundada, consumida por el amor. La consecuencia de este estado nuevo de víctima era el “martirio”, pero el martirio del Amor: este combate desproporcionado entre la infinita bondad, la infinita Misericordia de Dios y la plenitud de este pobrecito ser que pide más de lo que puede recibir» (Molinié, El cara a cara en la noche, III, apartado La consagración teresiana)32.

Veamos como expresa esta realidad del martirio de amor la misma carmelita de Lisieux. Así manifiesta su deseo de martirio, cuando descubre que su verdadera vocación es el amor33:

¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un sueño que ha ido creciendo conmigo en los claustros del Carmelo… Pero siento que también este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase de martirio… Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos… Como tú, adorado Esposo mío, quisiera ser flagelada y crucificada… Quisiera morir desollada, como san Bartolomé… Quisiera ser sumergida, como san Juan, en aceite hirviendo… Quisiera sufrir todos los suplicios infligidos a los mártires… Con santa Inés y santa Cecilia, quisiera presentar mi cuello a la espada, y como Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera susurrar tu nombre en la hoguera, Jesús… Al pensar en los tormentos que serán el lote de los cristianos en tiempos del anticristo, siento que mi corazón se estremece de alegría y quisiera que esos tormentos estuviesen reservados para mí… Jesús, Jesús, si quisiera poner por escrito todos mis deseos, necesitaría que me prestaras tu libro de la vida, donde están consignadas las hazañas de todos los santos, y todas esas hazañas quisiera realizarlas yo por ti… Jesús mío, ¿y tú qué responderás a todas mis locuras…? ¿Existe acaso un alma pequeña y más impotente que la mía…? Sin embargo, Señor, precisamente a causa de mi debilidad, tú has querido colmar mis pequeños deseos infantiles, y hoy quieres colmar otros deseos míos más grandes que el universo… (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito B, 3rº)34.

La pequeñez que experimenta y reconoce, junto con su vocación de ser el amor en el corazón de la Iglesia, le permiten encontrar una nueva forma de martirio, «ser mártir de su Amor», ofrecerse como víctima de la Misericordia.

Dios mío, exclamé desde el fondo de mi corazón, ¿sólo tu justicia aceptará almas que se inmolen como víctimas…? ¿No tendrá también necesidad de ellas tu amor misericordioso…? En todas partes es desconocido y rechazado. Los corazones a los que tú deseas prodigárselo se vuelven hacia las criaturas, mendigándoles a ellas con su miserable afecto la felicidad, en vez de arrojarse en tus brazos y aceptar tu amor infinito¡Oh, Dios mío!, tu amor despreciado ¿tendrá que quedarse encerrado en tu corazón? Creo que, si encontraras almas que se ofreciesen como víctimas de holocausto a tu amor, las consumirías rápidamente. Creo que te sentirías feliz si no tuvieses que reprimir las oleadas de infinita ternura que hay en ti… Si a tu justicia, que sólo se extiende a la tierra, le gusta descargarse, ¡cuánto más deseará abrasar a las almas tu amor misericordioso, pues tu misericordia se eleva hasta el cielo…! ¡Jesús mío!, que sea yo esa víctima dichosa. ¡Consume tu holocausto con el fuego de tu divino amor…! (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, 84rº).

Este martirio de amor puede parecer temible si lo relacionamos con la prueba de la fe que sufrió la joven carmelita y la terrible enfermedad que la llevó a la muerte. Pero ese «añadido» va más allá del martirio de amor propuesto a las almas pequeñas, tiene que ver más bien con su deseo de salvar almas, de participar a la vez de la «mesa de la increencia» y de la pasión salvadora del Señor.

Ciertamente Teresa ofrece el martirio del Amor a las almas pequeñas.

Teresa, cuya gran ponderación y exquisita discreción conocemos, se atrevió a proponer su Acto de Ofrenda a la Legión de «almas pequeñas», porque ella no identificaba el martirio del Amor así definido con la llamada al sufrimiento, tal como éste caracteriza a la Víctima de la Justicia. ¡Ah!, mucho antes que contar con los sufrimientos, es primero a la misericordia del Corazón de Dios, a su condescendencia paterna, a la que apelaba en favor de las almas débiles cuya miseria exponía ante él para granjearse su compasión. Su fórmula era: «Para que el Amor sea plenamente satisfecho, se tiene que abajar hasta la nada». En Dios, a Teresa le gusta contemplar primero el Amor que ella se apropia. Sabe que lo que satisface al Amor es abajarse hasta la nada… «para transformar en fuego esa nada». Esta transformación implica la purificación de toda imperfección y de toda falta: «Ese amor misericordioso me renueva a cada instante, purifica mi alma y no deja en ella el menor rastro de pecado». Esto es lo primero que piensa de la misericordia de Dios hacia las Víctimas del Amor (Molinié, Lo elijo todo, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina)35.

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El martirio del Amor, al que invita a las almas pequeñas, es entonces muy en el fondo ese combate desproporcionado entre «la bondad infinita de Dios y lo finito de ese pobre pequeño ser que pide más de lo que puede recibir» […] Si en efecto existe a los ojos de Teresa esa desproporción entre la Misericordia infinita y lo finito de la criatura, si habla a ese respecto (por boca de Celina, pero creo que ésta refleja perfectamente su pensamiento) de un verdadero combate, el pecado no tiene nada que ver con esta herida, este abatimiento y esta desproporción (Molinié, Lo elijo todo, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina)36.

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Teresa ha querido en cada instante vivir y morir de amor en la vida religiosa por medio de las cosas pequeñas, al no poder o querer hacerlo en las grandes, precisamente porque quería que su virtud fuera imitable y accesible a las almas pequeñas («yo no he querido crecer»). Pero tal manera de ver significa que el camino de infancia es el deseo del martirio, precisando que se trata de un martirio de amor, causado por el amor a través de los pequeños sacrificios, cada uno de los cuales está al alcance de cualquiera, particularmente de las almas «débiles e imperfectas» (Molinié, El camino de la infancia, apartado Humildad nacida del amor)37.

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Este deseo del holocausto (en que llega a soñar con el martirio hasta el punto de llenar de estupor a su hermana María), este deseo de consumirse y morir de amor no es exterior al mismo camino de la infancia: es indisociable de él y es uno todo con él; como es uno solo con la tradición cristiana, y que yo llamo la intuición sintética del Evangelio. «Que llegue yo a ser mártir de tu amor, Dios mío»: si no comprendemos la profundidad de este deseo, no podemos comprender el camino de la infancia, atajo mariano para llegar a ese martirio. Dicho de otro modo: no podemos entrar en el espíritu de la doctrina de Teresa (que concierne esencialmente a la atracción ejercida por la miseria y la pequeñez en el corazón de Dios) si no comprendemos las locuras de amor que la Llama de amor viva cantada por san Juan de la Cruz desea realizar en el alma, el corazón e incluso el cuerpo de los pequeños, los humildes y los pecadores (Molinié, La irrupción de la gloria, Prólogo)38.

Pero distinto de este martirio de Amor es el sufrimiento que santa Teresa padece y es un añadido a él.

Los sufrimientos físicos y morales, soportados por la Santa con tanta intensidad en el ocaso de su vida, hay que considerarlos desde el punto de vista de la redención de los pecadores con Jesús Redentor, redención que puede implicar los asaltos que el demonio presenta a las almas colmadas de gracias […] Si preguntase a santa Teresa sobre sus sentimientos relativos a su gran prueba y a sus sufrimientos físicos intolerables, presiento que estuvo tentada hasta preguntarse con angustia si la Víctima de Amor no estaba entregada al sufrimiento exactamente igual que la Víctima de Justicia. Pero enseguida la oigo, después de este relámpago tenebroso, responder con seguridad: «¡Nunca hubiera creído que fuese posible sufrir tanto! ¡Nunca! ¡Nunca! No puedo explicármelo, a no ser por los ardientes deseos que he tenido de salvar almas». El sufrimiento físico y moral es, por tanto, en nuestra santa, el resultado de su cooperación voluntaria con la Pasión de Cristo, cooperación implícita, muy evidentemente, en su Acto de Ofrenda, según la medida misma de la voluntad del Señor (Molinié, Lo elijo todo, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina)39.

Por tanto, las almas pequeñas que se ofrecen al martirio de Amor, deben estar dispuestas a sufrir, pero no deben caer en el error de pedir o esperar el sufrimiento que padeció la santa de Lisieux, por su deseo de salvar almas.

El alma que se ofrece al Amor no pide el sufrimiento, pero, entregándose por entero a los designios del amor, acepta todas las alegrías, los trabajos y las pruebas que la Providencia permita para ella, y cuenta con la infinita Misericordia para soportar alegremente la carga y santificarla (Molinié, Lo elijo todo, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina)40.

Hay un sufrimiento en este martirio de Amor, quizá más profundo, pero distinto al sufrimiento del que quiere colaborar con Cristo redentor.

Vuelvo al martirio de las almas pequeñas como Teresa lo presentía: las que han sabido decir «sí» a este infinito, a esta abrumadora ternura de Dios, y a la herida que el amor no puede dejar de infligir al corazón del que se ofrece a él como Teresa nos invita a hacer. Esta herida es en un sentido el misterio del Amor mismo: y aquí Teresa nos ofrece una perspectiva que no desemboca ya en las profundidades del mal, sino en las profundidades últimas del Amor divino, que los místicos siempre han presentido como una herida deliciosa más allá de cualquier sufrimiento… y más terrible que cualquier sufrimiento (Molinié, Lo elijo todo, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina)41.

Aunque, ciertamente, se puede comprender que no resulta difícil dar el salto del sufrimiento del martirio de Amor al del que se une a la pasión de Cristo.

Entonces, creo poderlo decir: cuando Teresa desea sufrir es esta herida lo que desea en primer lugar. Deseando así algo más terrible que cualquier sufrimiento, es normal que se sienta arrastrada a desear el sufrimiento mismo, consumando lo que falta en la Pasión de Cristo (que deseaba sufrir también bajo la presión de esa misma herida) (Molinié, Lo elijo todo, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina)42.

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Entre esos dos martirios hay un vínculo orgánico: pero sólo la voluntad de Dios rige ese vínculo, y no por entregarse al Amor se entrega uno al sufrimiento, o a más sufrimiento. Pensar esto, sería quebrar la misma confianza que Teresa quiere provocar con esa insistencia, sería hacerle el juego al demonio y no al Espíritu Santo: por eso la madre Inés y Celina combatieron tanto esa interpretación. Teresa sufrió porque debía ser un ejemplo indiscutible, decía la madre Inés: «Lo que parecía grande y sublime en ella era preciso para su canonización, que debía dar autoridad a su “caminito”, pero la esencia de este “caminito” sigue siendo la confianza y la humildad en la más extrema sencillez, a la que no perjudican sus bellas aspiraciones del sufrimiento y del martirio» (Molinié, Lo elijo todo, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina)43.

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Esta herida no es quizá más terrible que la herida del Amor, pero es más tenebrosa: no se la puede desear, y sobre todo no se la debe proponer. Sin duda se puede recibir de Jesús el deseo de arrancar a los incrédulos del fuego del infierno, única explicación que Teresa podía encontrar a lo excesivo de sus sufrimientos: no ya sólo el deseo del martirio de amor, sino el de comer a la mesa de los pecadores, deseo mucho más peligroso que sólo puede darse a las almas muy puras, ya consumidas por la deliciosa herida del amor (Molinié, Lo elijo todo, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina)44.

Se trata, podríamos decir, de dos martirios causados por dos heridas distintas, a imagen de lo que le sucede al mismo Señor.

Hay que comparar esta conclusión de la célebre poesía de san Juan de la Cruz sobre el pastorcillo y sus dos heridas: la herida de su amor por las ovejas (de la cual no se queja), y la de no ser correspondido, herida tenebrosa que le lleva a «encumbrarse sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos». Estas dos heridas se mezclan en el corazón de Teresa desde su primera comunión, formando una sinergia que lleva al deseo de sufrir, en el interior del cual hay que esforzarse mucho para distinguirlos (sin oponerlos, como dice Celina).

La herida del Amor engendra progresivamente el deseo de morir de Amor según la luz de san Juan de la Cruz, deseo que al desarrollarse conduce a la consagración propuesta a las almas pequeñas, la invitación a ofrecerse como mártir del amor. Este deseo y esta petición quizá parecen temibles, pero en el fondo no tienen peligro. Ni siquiera tienen que someterse a la voluntad de Dios, porque son la raíz misma del abandono a la voluntad de Dios. Celina insistirá sobre el hecho de que este deseo no implica el deseo de sufrir, a no ser virtualmente, confusamente, y según Dios lo quiera.

La herida de Dios frente al pecado engendra un deseo mucho más grave y profundo que el primero: forma parte de las riquezas que nos vuelven injustos, lleva a desear el martirio a secas (y en consecuencia el sufrimiento), y no ya únicamente el martirio infligido por el Amor. Este martirio comulga con el dolor de Dios ante el infierno infligido por la justicia que condena. No es ya el don de la criatura a Dios (la plata de la simplicidad creada), es el oro de la caridad increada comunicándose a la criatura, y en primer lugar al mismo Jesús, para darle a beber la copa de la cólera de Dios, que en el fondo es la copa del dolor de Dios.

Teresa estaba poseída por estos dos deseos, habla según uno o el otro a la vez sin preocuparse siempre de distinguirlos, pero ella no los confundía (Molinié, Lo elijo todo, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina. La cursiva es nuestra)45.

El deseo del martirio de Amor, tiene mucho que ver con el deseo de «morir de Amor». A pesar de la prueba de la fe y de la enfermedad de Teresa, fruto de sus «ardientes deseos por salvar almas», la víctima de la Misericordia, muere de amor:

Es muy cierto decir que «las almas sólo se salvan por la Cruz». Nuestro Padre del Cielo, dejando que Teresa bebiera del sufrimiento convertido para ella en una mina preciosa, llevaba a cabo de ese modo su deseo de salvar almas, deseo que había manifestado tan a menudo como el de ser víctima del amor de Dios.

Sin embargo, también ese último deseo iba a ser satisfecho, y de la misma manera que ella lo había esperado; más que eso: colmado magníficamente. Después de que, por la redención de los pecadores, «descendió al valle de sombras de la muerte», en el momento de exhalar el último suspiro, Dios se manifestó a su fiel esposa en un éxtasis sublime, cuyos deliciosos ataques «quebraron el velo de su vida», otorgándole esa «Muerte de amor» que ella había esperado y cantado, en la fe, durante su corto destierro (Molinié, Lo elijo todo, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina)46.

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El contemplativo no muere, pues, de enfermedad o accidente, sino de amor. Para él, la muerte sólo puede ser la conclusión de un permanente acto de amor que, llegado el momento, necesita liberarse de la condición terrena para seguir avanzando y llegar a su infinita plenitud. Así, la muerte se convierte en el llamamiento amoroso de Dios que nos atrae definitivamente a él (Fundamentos, VI.3.F)47.

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La muerte se convierte así en el momento culminante de la consagración del contemplativo y de su unión esponsal con el Amado. El que ha vivido de Dios y para Dios vive el instante del tránsito como el último acto de la ofrenda de su vida y la consumación del abandono absoluto en el corazón misericordioso de Dios. El mismo desgarro y el dolor que supone humanamente la muerte sirven de vehículo perfecto para realizar el postrer acto de amor inmolado que el ser humano puede hacer en este mundo, reviviendo por última vez la experiencia purificadora y unitiva de la Cruz de Cristo […] El enamorado, que da sus últimos pasos por esta vida y se encamina ya a la otra, aprovecha estos momentos para realizar el supremo acto de libertad y de amor por el que recoge en sus manos toda su vid a y la ofrece confiadamente al Padre. En ese instante, su amor apasionado se convierte en una entrega absoluta en la que se funden la fe y la esperanza, para dejar que exista ya solamente el amor. Este amor termina de consumir al enamorado y lo humaniza plenamente, permitiendo que el amor de Dios lo divinice (Fundamentos, VII,4)48.

La Eucaristía siembra la vida mística


San Carlos de Foucauld, contemplativo y mártir de la Eucaristía

Quizá nos resulte sorprendente y demasiado duro aceptar que el cristiano -y con más razón el contemplativo, que busca vivir en plenitud el bautismo- tenga que aceptar el martirio como el horizonte de su vida y deba dejarse abrasar, ya desde ahora, por las llamas de un martirio interior, que ha de consumir nuestro pecado y ha de consumirnos después en el amor de Dios. Nos cuesta aceptar con todas sus consecuencias que el verdadero seguidor de Cristo es el que abraza ya el martirio interior y está preparado para el martirio exterior. Pero seguramente nos resulte más evidente la necesidad y la posibilidad de integrar el martirio en nuestra vida, si somos capaces de comprender la realidad de la Eucaristía que recibimos diariamente.

Cuando vemos a un acróbata dar el salto mortal, nos decimos: ¿Cómo se pueden hacer cosas semejantes? Yo sería totalmente incapaz. Cuando leemos la vida de los santos, nos produce más o menos la misma impresión, sobre todo si nos dejamos fascinar por ciertas proezas extraordinarias o carismáticas. Pero el fondo de la santidad, lo que constituye su esencia, no sabemos apenas reconocerlo… y comprender (o al menos creer) que el germen ha sido depositado en nosotros (Molinié, El coraje de tener miedo, 164).

Con facilidad dejamos que nuestros miedos y excusas justifiquen nuestro rechazo al martirio y a la vida mística a la que el martirio va unido. Pero nos olvidamos de que ya hemos recibido, especialmente en la Eucaristía, la semilla de la unión con Cristo que nos lleva a participar también de su destino por medio del martirio. Jesucristo, el Hijo de Dios, nos ofrece esa comunión plena que se realizará en la visión cara a cara y que comienza ya en este mundo gracias a la Eucaristía.

Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap 3,20).

Muchos son incapaces de oír esta llamada, otros la escuchan, pero no son capaces de aceptar la oferta, pero nada de eso nos debe hacer olvidar que se trata de un ofrecimiento real y que esa «cena» nos ofrece realmente la posibilidad de la vida mística y del martirio.

Esta cena es la visión cara a cara. Y es también la Eucaristía… ¡Cuando se reflexiona un solo instante sobre lo que es, sobre lo que sucede, sobre la realidad que tiene lugar en el momento de la comunión!… (Molinié, El coraje de tener miedo, 164).

Necesitamos pararnos a descubrir lo que realmente sucede en la comunión del Cuerpo de Cristo, pero conscientes de que esa luz nos va a poner ante la decisión de comulgar con todas las consecuencias y plantearnos si realmente queremos comulgar.

San Agustín nos presenta con toda fuerza la necesidad de comulgar conscientemente, aceptando todas sus consecuencias, lo que nos llevaría de forma directa a situarnos en el horizonte del martirio.

Toda Roma es testigo de cuán gloriosa y distinguida es la corona del mártir Lorenzo, cuál la multitud de sus virtudes y cuál la variedad de sus flores. En esa misma Iglesia ejercía el oficio de diácono, según soléis oír. Allí administró la sagrada sangre de Cristo y allí derramó la suya por el nombre de Cristo. Se había acercado sabiamente a la mesa del poderoso, mesa de la que nos hablaban ahora los Proverbios de Salomón, donde está escrito: Si te sientas a cenar a la mesa de un poderoso, mira y advierte qué se te ofrece, y así alarga tu mano, sabiendo que conviene que tú prepares cosas semejantes (Pro 23,1) El misterio de esta cena lo expuso con toda claridad el bienaventurado apóstol Juan al decir: Como Cristo entregó su vida por nosotros, así también nosotros debemos entregarla por nuestros hermanos (1Jn 3,16). Esto, hermanos, lo entendió san Lorenzo; lo comprendió y lo realizó. En efecto, preparó cosas semejantes a las tomadas en aquella mesa. Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte (San Agustín)49.

El que es consciente de la unión con Cristo que realiza la Eucaristía, especialmente con su pasión y resurrección, debe plantearse sinceramente si quiere comulgar. El que no está dispuesto a plantearse el martirio o la vida mística, tendría que pensar si realmente quiere comulgar, no tanto por una falta de dignidad, que reconocemos siempre antes de comulgar, sino porque no desea recibir lo mismo que el Señor le quiere dar.

Si se juzga ilusorio un programa de intimidad completa con Cristo -no solamente buscarlo, sino encontrarle-, si no se cree que esta intimidad sea realmente ofrecida, ¿cómo se puede continuar comulgando, cuando la comunión es precisamente el signo, la promesa y la realización de esta unión? Lo que sucede en el momento de la Eucaristía sobrepasa todo lo que los místicos pueden contar de más atrevido. Si se tiene la vida mística por sospechosa, habría que sospechar de la Eucaristía mucho más todavía…, y si se desconfía de una cierta locura en la búsqueda de Jesucristo, si no se quiere estar enfermo por el deseo que san Lorenzo tenía, entonces valdría quizá mejor renunciar a ello […] No es cuestión de renunciar a la Eucaristía por no ser digno. Cuanto más indigno se siente uno, más apto se es para sufrir las transformaciones divinas: pero hay que creer en ellas y aceptarlas, es la única condición para comulgar «dignamente». Si se vacila, si se rechaza lo que significa y produce la Eucaristía, entonces hay que interrogarse como dice san Pablo, a fin de saber si queremos verdaderamente comulgar. Si de verdad lo deseamos, nada debe impedírnoslo, ya que no somos nosotros quienes tomamos la iniciativa de esta intimidad inaudita: es Dios quien nos lo pide, y nosotros no hacemos más que responder. Todas las mañanas, Él nos invita a tomar de su corazón, nos dice: «¡Ven!», y nosotros respondemos «Sí». Es Jesús quien ha inventado la Eucaristía, es él quien quiere la Comunión… (Molinié, El coraje de tener miedo, 164-165)50.

Aunque nada sustituye al acto de decisión de aceptar conscientemente el don de la Eucaristía que lleva a la vida mística y pone en el horizonte del martirio, quizá puede ayudar a tomar esa decisión, o hacerla de forma más consciente y plena, el profundizar en la realidad de la Eucaristía que recibimos.

En primer lugar, para poder vivir de este modo la comunión eucarística, resulta necesario recordarlo, es preciso que no se menoscabe la fe en la verdad de la Eucaristía, porque cualquier duda o atenuación de la verdad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía o del valor sacrificial de la misa, eliminan el significado profundo de la llamada del Señor a participar de una cena que nos lleva a unirnos realmente con él y a comulgar en su entrega sacrificial.

Ésta es la verdad fundamental que sostiene la Iglesia:

Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera (Concilio Vaticano II, Sacrosantum Concilium, 47).

Y de esta verdad se desprenden consecuencias prácticas para todos los fieles:

Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, la cual consiste en que los fieles, después de la comunión del sacerdote, reciban del mismo sacrificio el Cuerpo del Señor (Concilio Vaticano II, Sacrosantum Concilium, 55).

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Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 11).

Si se debilita la fe en la Eucaristía, es imposible una participación consciente y plena, tanto en una comunión real con el Cristo realmente presente en ella, como en una participación con nuestro sacrificio del sacrificio de Cristo que se actualiza en la Misa.

A partir de esta verdad fundamental de la Eucaristía y sus consecuencias podemos y debemos profundizar en la realidad de la Eucaristía y de la comunión que nos lleva a la vida cristiana en plenitud.

-El milagro de la Eucaristía nos hace esperar nuestro milagro.

Este milagro diario (la Eucaristía) se os ofrece para ayudaros a esperar vuestro milagro, vuestra resurrección interior. Si Jesús ha resucitado como enseñamos, y si es un milagro; si está presente en la Eucaristía como también enseñamos, y si es también un milagro… no tenéis derecho a dudar de que realidades tan extraordinarias no tengan efectos extraordinarios, a saber, que también nosotros resucitamos interiormente y que empezamos a vivir, es decir, a amar (Molinié, Adoración o desesperación, nº 21)51.

-La Eucaristía nos adentra en el misterio de la Cruz.

Para hacernos entrar más adentro en el misterio de la Cruz, Jesús inventó la Eucaristía, que hace arder nuestro corazón tan pronto como se deja tocar por la predicación de Cristo crucificado (Molinié, Adoración o desesperación, nº 38)52.

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A pesar de todo, los cristianos llegan más lejos: a través de la Eucaristía son invitados a conocer esta misma locura en la medida que propala, me atrevo a decir, el dolor de Dios ante el pecado de los hombres y de los ángeles, y llega hasta la locura de la Cruz. Este conocimiento alcanza y supera el que los ángeles pudieron tener de ello antes o incluso después de la elección correcta… e incluso la Visión, porque la Visión por sí misma no proporciona ese conocimiento del dolor de Dios (Molinié, Que mi alegría permanezca, Nota C: La redención,2, apartado La Antigua Alianza)53.

-Al comulgar se da una entrega mutua, una «comunión» recíproca.

San Agustín decía: «Cuando comes la Eucaristía no eres tú quien me come, soy yo quien te come, el rey del amor, el fuego bajado del cielo. Te abraso con un pequeño fuego cada vez que comes mi Cuerpo y bebes mi Sangre». El antídoto contra todos nuestros venenos no son entonces nuestros esfuerzos y nuestros récords, es el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos cotidianamente. Basta con dejarle actuar, él tendrá la última palabra (Molinié, Quién comprenderá el corazón de Dios, 7,1, apartado El remedio y el tratamiento)54.

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Sólo los místicos, en suma, comprenden un poco lo que es la Misa. Pero quisiera subrayar precisamente la originalidad de este sacrificio sacramental, que es precisamente alimentar y devorar secretamente por el fuego de la gloria; no sólo, ni siquiera en primer lugar, a los que comprenden algo, sino esencialmente a los que no comprenden nada (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 24)55.

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No se trata sólo, en la Eucaristía, de la vida trinitaria; se trata, en la Misa, de contemplar por la fe la carne de Cristo crucificado por el pecado y glorificada por el fuego de la Misericordia infinita; en la comunión, se trata de comer esta carne y beber esta sangre para ser devorado a su vez por la gloria corporal de Cristo, salpicadura y cauce de la gloria espiritual, pero distinta de esta gloria puramente divina (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 24)56.

-La Eucaristía nos hace realmente cristianos porque nos introduce en la santidad cristiana, incorporándonos a la pascua:

A todos los que aceptan escuchar esta llamada, se les ofrece entrar no solamente en la santidad, si no en la santidad cristiana, que tiene el poder de triunfar desde aquí abajo sobre la muerte cuyo aguijón es el pecado; y conocer sólo -a fin de cuentas y al final del camino- la muerte cuyo aguijón es la gloria: morir de amor y de gloria, como la Virgen, san Esteban y todos los mártires […] Esto se ofrece a todos los cristianos, y sólo a ellos. Se comprende entonces que el Evangelio sea indisociable de los sacramentos: el misterio pascual, la incorporación a Cristo por la Eucaristía va progresivamente devorándonos, quemándonos, consumiéndonos, haciéndonos morir y resucitar. Eso es lo que está en juego: eso es ser cristiano (Molinié, Prisioneros del infinito, VII, apartado Ya no soy yo quien vive)57.

-La comunión nos proporciona el abrazo real con el Crucificado y Resucitado, de forma que nos transforma en él, que nos convierte en «estigmatizados», que llevamos las marcas gloriosas de la pasión de Cristo58.

San Pablo presenta la locura de la cruz como la expresión suprema del amor divino. Hay que unir, pues, el agua viva a este môria (o delirio) cuyo sabor (omne delectamentum) nos ofreció Jesús en la Eucaristía: es su carne crucificada, luego resucitada, lo que da a comer; su sangre derramada lo que da a beber; no su carne «sin más». De nada serviría tener hambre de la Eucaristía sin tener hambre y sed del abrazo físico que une nuestro cuerpo (y no sólo nuestra alma) al cuerpo crucificado y resucitado de Jesús. Esta fusión define el res et sacramentum (signo y realidad) de la Eucaristía: yo la llamo estigmatización, misterio fundamentalmente escatológico. Los estigmatizados lo manifiestan de forma imperfecta a través de los carismas visibles que no son lo esencial del abrazo entre Jesús y nosotros; lo esencial es destilado, lo repito, en cada comunión. El fruto preciso de la Eucaristía no es, pues, el aumento de la caridad, sino este abrazo corporal deseado por la caridad. «El que come mi carne y bebe mi sangre» tendrá algo que los judíos no tuvieron nunca: a su modo no morirá, pues en él, y sólo en él, vita mutatur non tollitur (la vida se transfigura sin ser eliminada)… como para los ángeles, pero con un cuerpo semejante al de Jesús, sometidos a la locura de la cruz y de la resurrección (Molinié, Culpable de todo por todos, 7, apartado Eucaristía y dolor de Dios)59.

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He dicho que en el orden redentor Dios no puede proponer entrar en la Visión sin proponer conjuntamente la estigmatización […] Repitamos que este misterio constituye con toda exactitud el fruto de lo que será el sacramento de la Eucaristía; fruto que María recibe aquí sin sacramento, pero asistiendo de forma eminente a la Misa porque ella está al pie de la Cruz, y comulgando de forma eminente porque es estigmatizada. La Misa nos concede contemplar a Cristo crucificado y resucitado como María al pie de la Cruz, mientras que la comunión eucarística confiere a esta contemplación el poder estigmatizante cuyas primicias recibió María: este poder es el corolario de la invitación a entrar inmediatamente en la Visión, por lo tanto a ver los cielos abiertos de cara y no de espaldas… pero siempre a través de la humanidad de Jesús; lo que aporta a la vez la Gloria y el infierno, la muerte y la Resurrección, en una palabra, la estigmatización con los cielos abiertos (Molinié, La irrupción de la gloria, III, apartado Precisiones y desarrollos)60.

-La Eucaristía hace presente la víctima del sacrificio de holocausto y nos abrasa también a nosotros en ese mismo fuego devorador. La víctima sacrificada nos convierte a nosotros también en víctimas ofrecidas.

Es esencial que la Eucaristía nos da a comer y a beber, no sólo el Cuerpo y la Sangre de Cristo, también glorificados, sino la víctima de este holocausto. Es importante que recibamos a esta víctima en alimento, para que, a su vez, ella nos abrase con el fuego que la consumía lentamente en los días de su vida mortal hasta la consumación fulgurante de la Pascua: «Cuando me comes, hacía decir san Agustín a Jesús, no es que tú me asimiles, soy yo quien te asimilo a mi estado de víctima». No habría Eucaristía si no hubiera Misa, o si la Misa no fuera un verdadero sacrificio que nos presenta eficazmente la inmolación eterna del Cordero bajo la acción del fuego devorador del Amor misericordioso. Comiendo esta víctima día tras día y bebiendo su sangre, somos invadidos desde el interior por el incendio progresivo y discreto que he llamado en El buen ladrón la «glorificación lenta por el dolor de Dios» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 24)61.

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Si los cristianos se dejan llevar por la Eucaristía hasta el final de la unión transformante, experimentan un descuartizamiento entre la gloria y las tinieblas que define propiamente la escatología, y los constituye en víctimas de holocausto del Amor misericordioso después de Cristo (Molinié, Aviso a los lectores de los cuadernos sobre la vida espiritual)62.

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La víctima, una vez sacrificada, es ofrecida en alimento al pueblo por medio de los sacerdotes. Ésa es también una función sacerdotal, que Cristo cumplió instituyendo la Eucaristía. La víctima, una vez consagrada, tiene el poder -como víctima y no ya como sacerdote- de consumir a su vez a aquéllos que le comen en el mismo fuego que la ha consumido. Dicho de otro modo, la víctima como tal participa del poder del Sacrificador divino. No es solamente el instrumento de esta acción sacrificadora, se convierte en causa propia de esa acción, por su naturaleza inmolada, consumida y glorificada: el fuego divino es su elemento, su segunda naturaleza. Cristo, en cuanto cordero inmolado, tiene el poder de inmolarnos a su vez según el modo misterioso del alimento que abrasa (Molinié, El misterio de la redención, segunda parte, capítulo II, apartado El Cordero inmolado)63.

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Los cristianos son invitados a sufrir el mismo holocausto cuando después de la evangelización y el bautismo son conducidos al umbral de la Visión cara a cara (que es el régimen de los cielos abiertos); en particular bajo la presión de la Eucaristía (Molinié, La irrupción de la gloria, II, 4, apartado Transición a los cielos abiertos)64.

-La participación en el sacrificio de Cristo que hace posible la Eucaristía nos lleva a comulgar como él de la mesa de la gloria y de la mesa de los pecadores.

En la agonía de Cristo se encontraban igualmente presentes la luz de la Visión y las tinieblas del infierno: Jesús comía a la vez en el Banquete de la vida divina y en la mesa de los pecadores […] Que la Eucaristía nos haga comer en la mesa de los pecadores (mesa de la desesperación y de la incredulidad) a la vez que vemos los cielos abiertos, es el misterio original que define la vida cristiana (Molinié, Aviso a los lectores de los cuadernos sobre la vida espiritual)65.

-La Eucaristía tiene un aspecto escatológico, que nos hace participar ya de la plenitud definitiva del cielo.

Dicho de otra manera, la Misa es un misterio escatológico, y no sólo sobrenatural. El don de la gracia santificante ofrecido (por ejemplo) a los justos del Antiguo Testamento era un misterio sobrenatural, no escatológico. Pero cuando Cristo dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá la vida eterna», proclama el mundo futuro y lo inaugura en la tarde de la Cena (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 24)66.

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Es pues rigurosamente verdadero decir que el misterio de la nutrición subsistirá después de la resurrección de los cuerpos, que comeremos la carne de Cristo habiendo sido completamente sumergidos en su sangre y embriagados por él… y que será la imagen de la circumincesión trinitaria, pasando por la Visión cara a cara y el fuego de la caridad que es la gloria del alma. Jesús es la vid en su cuerpo, y nuestros cuerpos resucitados serán los sarmientos: una sola vida circulará entre él y nosotros, la del Cuerpo místico, que no es una simple metáfora. Si entendemos esto, podremos comprender lo que la Eucaristía nos ofrece de forma totalmente extraordinaria: poder comer el Cuerpo de Cristo antes de nuestra resurrección… cuando esta manducación sea un estricto privilegio de los cuerpos gloriosos; por esta razón digo que es un misterio escatológico. Nuestro cuerpo de miseria es, pues, a través de la Eucaristía, iniciado en su destino eterno y arrebatado ya hacia su resurrección según la inefable economía de los sacramentos, que respeta los límites y el ritmo de nuestra miseria (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 24. La cursiva es del autor)67.

-La Eucaristía es también la respuesta a la situación de nuestro mundo, porque esa respuesta es Cristo y el que realmente recibe a Cristo en la Eucaristía con todas las consecuencias se deja consumir por el fuego del amor y así puede iluminar el mundo.

Un papa decía que había una sola respuesta al desarraigo del mundo actual: la Eucaristía, es decir, el banquete del cielo en la tierra. No se ha comprendido a Dios, mientras se busque otra respuesta. Si los cristianos quisieran dejar «prender» la llama de la vida divina, sería lo bastante violenta como para arrebatarlo todo: «Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, y ¿qué voy a querer sino que arda?» (Molinié, El coraje de tener miedo, 43).

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La Eucaristía es ese río de paz que sale del costado de Cristo. Y comprended bien que no se trata de un ideal, sino de una realidad, la única realidad que podemos ofrecer al mundo. Los hombres de hoy son insaciables y a la vez están saturados de grandes palabras y de ideal. Se alimentan de doctrinas tenebrosas y vacías, pero en el plano de la luz no quieren ya doctrinas, quieren que eso se coma y se palpe. Bergman escribe: «Los sacerdotes hablan, hablan, pero Dios no habla nunca.» ¿Qué tenemos nosotros que ofrecer que se coma? La Eucaristía. El resto, si no se llega hasta la Eucaristía, son palabras (Molinié, El coraje de tener miedo, 168).

Como conclusión a este apartado, debemos mostrar la relación que existe entre la Eucaristía, el martirio y la vida mística. La Pasión se renueva de forma sacramental en la Eucaristía y de forma existencial en el martirio de los miembros del Cuerpo de Cristo. La Eucaristía vivida con profundidad ayuda al cristiano a convertirse en mártir porque le lleva a contemplar y a unirse a la Cruz de Cristo.

Si la misa es la renovación sacramental de la Pasión, el martirio visible o invisible de los santos lo renueva a su manera constituyendo el Cuerpo místico, fruto de la Eucaristía (Molinié, Que mi alegría permanezca, I,4, apartado Los cristianos)68.

Por otra parte, la Eucaristía nos saca del falso dilema de si es posible o no la vida mística. Es posible porque ya se nos ha dado en la comunión con la muerte y resurrección de Cristo (cf. Flp) a través de la Eucaristía (cf. 1Co ).

Lo que me duele, cuando oigo atacar la vida mística, es que no puedo evitar sentir que hay ahí un reflejo contra Jesucristo mismo, pues la vida mística es verdaderamente su voluntad: «María ha elegido la mejor parte, y ésta no le será arrebatada…», y ¿qué es, pues, ese fuego que él ha venido a arrojar sobre la tierra? El no pide acciones extraordinarias ni lanzarse a una ascesis terrible, sino dejarse hacer por su amor, por este médico que nos ofrece las purificaciones, por el virus trinitario que nos trabaja en lo más íntimo, por la Eucaristía que es todo eso a la vez (Molinié, El coraje de tener miedo, 165-166).

Los contemplativos en la Iglesia

Frecuentemente solemos separar la Eucaristía, el martirio y la vida contemplativa, como si fuera posible una participación real en la Eucaristía que no lleve a la comunión plena con el crucificado y a compartir su entrega sacrificial, o como si fuera posible una vida contemplativa de la que estuviera ausente la llamada al martirio. Hemos de detenernos en la realidad de los contemplativos en la Iglesia para descubrir que el que comulga de verdad está llamado a una unión plena con el Señor que le mueve a aceptar la llama del martirio.

Cristo, el único contemplativo

Antes de entrar en discusiones, muchas veces vanas, sobre la distinción entre la vida activa y la contemplativa, debemos tomar como referencia a Jesucristo, para descubrir en él la realidad de la contemplación.

No ha habido nunca más que un solo contemplativo: Jesucristo (Molinié, El coraje de tener miedo, 171)69.

La contemplación del Hijo de Dios hecho hombre no es una mirada al Padre que olvida la realidad del mundo, ni se fija en la oscuridad del mundo al margen de la gloria de Dios.

Él ha contemplado nuestras tinieblas a la luz de la gloria de Dios, nuestra dureza a la luz de la suavidad de Dios, nuestra miseria a la de la Misericordia… y ha muerto por ello (Molinié, El coraje de tener miedo, 171)70.

Esta mirada contemplativa del Señor, que une a Dios y al mundo, luz y oscuridad, suavidad y dureza, miseria y misericordia, es la que le lleva a dar una respuesta concreta que está en consonancia con todo lo que ve: la entrega de su vida en la cruz. Es esta contemplación la que mueve la encarnación y la pasión del Hijo de Dios, porque Dios «consternado en sus entrañas ante el espectáculo de nuestra miseria», reacciona «dejándose de este modo crucificar por las tinieblas» y así «triunfa de las tinieblas contemplándolas con amor»71. Contemplación, amor y cruz están indisolublemente unidas en la mirada de Dios.

Los contemplativos

Los contemplativos existen porque Cristo, el único contemplativo, regala a los cristianos esa misma mirada sufriente y amorosa que lleva a abrazar la cruz. Hay contemplativos porque el Señor resucitado derrama su Espíritu Santo sobre los cristianos para que puedan participar de su misma mirada, que abarca gloria y pecado, miseria y misericordia, y los capacita para unirse con Cristo en su respuesta contemplativa: el acto de amor redentor del Crucificado.

Dejándose de este modo crucificar por las tinieblas, Dios triunfa de las tinieblas infaliblemente, según un secreto que le es propio y que nadie puede imitar, excepto aquellos a quienes les es dado…, es decir, los cristianos, los que van hasta el final de la iniciación ofrecida en Pentecostés, a través de los sacramentos […] Y él nos ha dado en Pentecostés el poder de llegar a ser hijos de Dios, semejantes a él, humanidad para colmo que prolonga su humanidad, plenitud de su Cuerpo místico completando en nuestro cuerpo lo que falta a su Pasión… Por consiguiente, a su contemplación (Molinié, El coraje de tener miedo, 171)72.

Ése es el privilegio exclusivo de los bautizados, aunque muchos no sean conscientes de ello y los pocos que son conscientes huyan de él.

Por lo tanto, ser contemplativo es muy diferente a un ejercicio de «elevación» que se desprende del mundo para contemplar sólo a Dios, olvidándose de todo lo demás. No debemos buscar una contemplación que se reduce a un mero ejercicio ascético, espiritual o esotérico, independiente del Dios revelado por Cristo, especialmente en su pasión.

Se olvida demasiado que la contemplación cristiana no es una dialéctica ascendente a la manera de Platón, elevándose hacia Dios a partir del mundo […] Antes de Jesús o al margen de él, numerosos contemplativos han podido muy auténticamente separarse de las fiebres del mundo para perderse en la contemplación; pero desde Jesucristo, ya no tenemos necesidad de buscar a Dios de esa manera: es Él quien nos busca y quiere arrastrarnos en su contemplación crucificada (Molinié, El coraje de tener miedo, 171).

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Por eso, la contemplación cristiana se distingue de cualquier otra: está fascinada por la mirada que Dios pone en su criatura, sin la cual la criatura no existiría, y que manifiesta su originalidad a través de la locura de la Cruz. Los contemplativos cristianos, siguiendo al pueblo judío, insisten acerca de la nada de la criatura, haciendo así más incomprensible el amor que Dios experimenta por esa nada. La criatura no es nada, no tiene ningún valor comparada con Dios, pero tiene un valor infinito a sus ojos: por eso los Padres no dejan de admirarse ante Cristo crucificado y resucitado (Molinié, Lo elijo todo, 7, apartado El mensaje)73.

Es pena que, llamados a participar de la contemplación de Cristo, muchos cristianos interesados por la vida espiritual se dejen llevar por modos de contemplación que les evaden del mundo y no les unen con el Dios verdadero, ni con la pasión de Cristo.

Frente a esas formas claramente insuficientes de contemplación, podríamos decir que la contemplación cristiana, más bien, consiste en participar de la mirada de Jesús ante Jerusalén poco antes de su pasión.

Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos» (Lc 19,41-42).

O de la mirada desde la cruz que le lleva a decir al Padre:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).

Por otra parte, ante la realidad de la mirada contemplativa que lleva a Cristo a amar hasta el extremo dando la vida por los pecadores, se vuelven ridículas nuestras discusiones sobre la distinción entre vida contemplativa y vida activa. Como si el cristiano dedicado a la evangelización, a la actividad caritativa o a la transformación del mundo, pudiera estar al margen de esta mirada de Cristo al mundo y sentirse eximido de la respuesta del Señor, que le lleva a ser consumido por el fuego de la pasión salvadora (cf. Lc 12,49-50; Cant 8,6). O como si el contemplativo pudiera aislarse del mundo y extasiarse en el amor y la gloria de Dios, sin descubrir y participar del desgarro que provoca en el corazón de Dios el pecado y la miseria de los hombres. Tampoco tiene sentido reducir la posibilidad de compartir esta mirada del Señor a los pocos que dentro del monasterio dan este paso a la verdadera contemplación, como si no fuese accesible a cualquiera que quiera llevar a plenitud los dones que ha recibido.

Cuando se rehúsa oír hablar de ciertas cosas (con el pretexto de que «no somos contemplativos», «no tenemos derecho a “refugiarnos” en la contemplación»; «no debemos huir del mundo, sino encarnarnos en plena pasta humana», etc.), no nos damos cuenta que se rehúsa todo. No es a los contemplativos a quienes está reservado amar a Jesucristo y, por consiguiente, ser castigados por el fuego. Cuando se contempla de frente un misterio semejante, estos debates parecen mezquinos y estériles. Darse a Dios es tan enorme que importa poco después de eso saber si El nos pide la vida activa o contemplativa. De todas maneras, somos buenos para la parrilla; de modo que todo lo demás… Los más grandes contemplativos que yo conozco viven en el mundo, son a veces madres de familia (Molinié, El coraje de tener miedo, 158-159)74.

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La resistencia es de otro orden, pero quizá aún más férrea, cuando se trata del término «vida contemplativa», considerada como un refinamiento intelectual y «griego», que se opone al espíritu cristiano. Poco deseoso de meterme en esta disputa, me contentaré con recordar por qué la contemplación cristiana no tiene nada de filosófica: siendo trinitaria, es el fuego de dos miradas que se devoran por amor. Nuestra contemplación no es la nuestra, sino la de Dios que nos busca a través del rostro de Cristo por medio del Espíritu Santo… y como no sabe hacer nada más, no tenemos nada más que hacer que caer progresivamente en esta contemplación eterna: en este sentido muy preciso, que implica diálogo, llamamos contemplativa a la vida interior de Dios, y contemplativa también a la vida cristiana, a toda vida cristiana (Molinié, El combate de Jacob, 74)75.

En consecuencia, podemos afirmar que el verdadero contemplativo no renuncia a la acción ni se despreocupa del mundo. Veámoslo con más detalle.

Lo que busca el contemplativo no es una especie de plácida inactividad porque rehúye de la lucha o se despreocupa de los problemas de los demás, sino que busca la acción más eficaz, la que llega adonde no pueden llegar tantos activistas que sólo arañan la superficie de los problemas:

El contemplativo consciente es, en efecto, el que, después de haber obrado por amor, o haber intentado obrar por amor, comprende que el amor mismo es más agotador y más rápidamente aniquilador que la acción inspirada por el amor: fascinado por este misterio, se vuelve incapaz de hacer otra cosa. Los contemplativos viven de la misma vida que los otros cristianos, el mismo amor corre en ellos y los mismos deseos, sólo que este amor es llevado en su corazón al grado de incandescencia, donde se hace luminoso y capaz de polarizar toda una vida. En ellos, la columna de nube se convierte en columna de fuego. «Toda mi idea consiste en el recalentamiento al rojo», decía Dostoievski. La vida contemplativa es el recalentamiento al rojo de lo que constituye el fondo de toda vida cristiana, y nada más. No solamente el contemplativo no se desinteresa de la acción, sino que es un amor excesivo de la acción quien lo empuja a renunciar a ella en favor de una intensidad mayor (Molinié, El coraje de tener miedo, 174. La cursiva es del autor).

Santa Teresa del Niño Jesús nos ayudó a entender el anhelo de acción eficaz del auténtico contemplativo que quisiera realizar todas las formas de amar como Cristo y descubre que hay un modo de abrazar todas esas vocaciones de un modo eficaz76.

La joven carmelita no se conforma con lo que supone su vocación monástica:

Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme… Pero no es así… Ciertamente, estos tres privilegios son la esencia de mi vocación: carmelita, esposa y madre (Manuscrito B, 2vº).

Siente la necesidad de la acción, y no de cualquier forma de acción para salir de la monotonía de la vida monástica, sino que desea realizar todas las tareas que puedan colaborar a la salvación y además en un grado supremo:

Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas… Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de batalla…

Siento en mí la vocación de sacerdote. ¡Con qué amor, Jesús, te llevaría en mis manos cuando, al conjuro de mi voz, bajaras del cielo…! ¡Con qué amor te entregaría a las almas…! Pero, ¡ay!, aun deseando ser sacerdote, admiro y envidio la humildad de san Francisco de Asís y siento en mí la vocación de imitarle renunciado a la sublime dignidad del sacerdocio.

¡Oh, Jesús, amor mío, mi vida…!, ¿cómo hermanar estos contrastes? ¿Cómo convertir en realidad los deseos de mi pobrecita alma?

Sí, a pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar a las almas como los profetas y como los doctores.

Tengo vocación de apóstol… Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero Amado mío, una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas… Quisiera ser misionero no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos…

Pero, sobre todo y por encima de todo, amado Salvador mío, quisiera derramar por ti hasta la última gota de mi sangre…

¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un sueño que ha ido creciendo conmigo en los claustros del Carmelo… Pero siento que también este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase de martirio… Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos

Como tú, adorado Esposo mío, quisiera ser flagelada y crucificada… Quisiera morir desollada, como san Bartolomé… Quisiera ser sumergida, como san Juan, en aceite hirviendo… Quisiera sufrir todos los suplicios infligidos a los mártires… Con santa Inés y santa Cecilia, quisiera presentar mi cuello a la espada, y como Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera susurrar tu nombre en la hoguera, Jesús… Al pensar en los tormentos que serán el lote de los cristianos en tiempos del anticristo, siento que mi corazón se estremece de alegría y quisiera que esos tormentos estuviesen reservados para mí… Jesús, Jesús, si quisiera poner por escrito todos mis deseos, necesitaría que me prestaras tu libro de la vida, donde están consignadas las hazañas de todos los santos, y todas esas hazañas quisiera realizarlas yo por ti… (Manuscrito B, 2vº-3rº).

Para nuestra carmelita estos deseos inalcanzables suponen «un verdadero martirio» por lo que se pone a escrutar la voluntad en Dios en su Palabra y, aunque al leer 1Co 12 no encuentra la paz porque en el cuerpo de la Iglesia no todos pueden ser apóstoles o profetas y no se puede ser a la vez ojo y mano, sigue leyendo hasta encontrar luz en el «camino más excelente» que muestra 1Co 13.

Seguí leyendo, sin desanimarme, y esta frase me reconfortó: «Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino inigualable». Y el apóstol va explicando cómo los mejores carismas nada son sin el amor… Y que la caridad es ese camino inigualable que conduce a Dios con total seguridad.

Podía, por fin, descansar… Al mirar el cuerpo místico de la Iglesia, yo no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo; o, mejor dicho, quería reconocerme en todos ellos…

La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor.

Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre…

Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares… En una palabra, ¡que el amor es eterno…!

Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío…, al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor…!

Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado… En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor… Así lo seré todo… ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad…!!! (Manuscrito B, 3vº).

Pero no nos engañemos, no se trata de un amor meramente sentimental o afectivo lo que suple la acción suprema deseada, sino un amor concreto que es capaz de unir la conciencia de la propia debilidad y pobreza con la entrega plena: el sacrificio de la propia miseria a la misericordia de Dios, que supone convertirse en verdadera víctima del amor. Cualquiera que conozca la entrega de la santa carmelita en los más pequeños detalles y los últimos años de su vida abrazando la tuberculosis y la más terrible oscuridad de la fe, puede valorar hasta que punto es real y no romántico el ofrecimiento como víctima a la misericordia de Dios. Por eso a continuación del descubrimiento de su vocación y de su lugar en la Iglesia ella misma afirma:

¿Por qué hablar de alegría delirante? No, no es ésta la expresión justa. Es, más bien, la paz tranquila y serena del navegante al divisar el faro que ha de conducirle al puerto… ¡Oh, faro luminoso del amor, yo sé cómo llegar hasta ti! He encontrado el secreto para apropiarme tu llama. No soy más que una niña, impotente y débil. Sin embargo, es precisamente mi debilidad lo que me da la audacia para ofrecerme como víctima a tu amor, ¡oh Jesús! Antiguamente, sólo las hostias puras y sin mancha eran aceptadas por el Dios fuerte y poderoso. Para satisfacer a la justicia divina, se necesitaban víctimas perfectas. Pero a la ley del temor le ha sucedido la ley del amor, y el amor me ha escogido a mí, débil e imperfecta criatura, como holocausto… ¿No es ésta una elección digna del amor…? Sí, para que el amor quede plenamente satisfecho, es preciso que se abaje hasta la nada y que transforme en fuego esa nada… (Manuscrito B, 3vº).

A la luz de este testimonio de la joven doctora de la Iglesia, comprendemos que el contemplativo busca de forma más rápida la misma entrega y el mismo desgaste, o mayores aún, que los que se realizan por medio de la acción caritativa o apostólica:

Los astrónomos corren el riesgo de volverse ciegos a fuerza de mirar al sol. Un contemplativo (y un teólogo) es alguien que mira al sol para volverse ciego. En ese momento entra en la noche de la que habla san Juan de la Cruz, tiene lo que quería, consigue lo que buscaba… Más en general, el camino cristiano consiste en dar las fuerzas con el objetivo de llegar un día a no tener más. Es la regla del juego, el sentido escondido de toda regla monástica. La vida activa es un excelente medio, la vida contemplativa es más rápida porque la oración nos expone a un fuego que nos consumirá, nos agotará, nos devorará con más intensidad y rapidez que la acción. Teresa del Niño Jesús decía: «Hay quienes sueñan con hacer esto o aquello, yo sueño otra cosa… deshojarme». Dar sus hojas para volverse un árbol seco, eso es «derramarse como libación», como un líquido se derrama y desaparece en la tierra. Es ir hacia la muerte que yo llamo la muerte de Gloria, dejarse llevar por el Sol al que entregamos nuestras fuerzas, la gloria trinitaria (Molinié, Quién comprenderá el corazón de Dios, 11,2, apartado Mirar al sol para volverse ciego)77.

Si el contemplativo se aparta del ruido del mundo es porque necesita escuchar los gemidos que nacen del sufrimiento y los anhelos de salvación que hay detrás de tantas rebeldías y huidas de los seres humanos. Se aleja físicamente del mundo para poder sumergirse a fondo en el corazón sufriente del mundo y así poder unirse a ese sufrimiento y con él contemplar el amor infinito de Dios por el mundo y dejarse desgarrar por la fusión de la miseria del mundo y la misericordia de Dios.

Los contemplativos abandonan los placeres y las agitaciones del mundo, pero es para escuchar mejor la angustia de la que no quieren dejarse distraer. Experimentan en su propio corazón las tinieblas que nos separan de Dios, y su gran tentación, como confesaba el Cura de Ars, no es la complacencia, sino la desesperación. De este modo, no están a la altura, entre las realidades del mundo, más que con las angustias más extremas, aquéllas donde nadie puede hacer nada y que han franqueado el umbral más allá del cual se entra en una especie de monasterio del sufrimiento: campos de concentración, locura, niños mártires, agonizantes…; sin hablar de las aflicciones invisibles, en las que los hombres de acción no pueden apenas entretenerse. ¿Cómo es posible? Precisamente a causa del silencio, del amor y de la alegría. El silencio, escuchando a Dios, puede escuchar al mundo mejor de lo que el propio mundo se escucha y descubrir en estas tinieblas los únicos gritos que merecen ser oídos, es decir, los que son verdaderos. La oración puede escuchar angustias sin fondo, porque escucha la alegría de Dios que es sin fondo (Molinié, El coraje de tener miedo, 177).

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El verdadero contemplativo, ya esté dentro o fuera del monasterio, no es aquel que se retira del mundo para salvar su propia alma, sino el que se introduce en el corazón del mundo y ora a Dios desde allí, prolongando la eficaz intercesión de Cristo de la que participa por su íntima unión con él. Esta capacidad brota del mismo ser del contemplativo y le permite llevar a cabo, desde el mundo o desde el monasterio, su misión irrenunciable de realizar ese viaje al corazón del mundo, donde habita el pecado y el sufrimiento, para establecer un puente hasta el corazón de Dios, por medio de los gemidos inefables que suscita en él el Espíritu. La diferencia que existe aquí entre el contemplativo monástico y el secular estriba en el modo de entrar en el corazón del mundo para unirse desde allí a la intercesión del Verbo. El contemplativo monástico se aparta del mundo para sumergirse en el silencio y la soledad que hacen posible que surja en su interior el corazón del mundo, con todo su desamparo, y sumergirse en él y así interceder, unido al Verbo que bajó hasta ese mismo lugar, para poder orar eficazmente al Padre en favor de la humanidad. El contemplativo secular, por el contrario, se sumerge en el mundo para bucear en él hasta llegar al fondo de las realidades y acontecimientos humanos, donde hunden sus raíces el dolor y el desamparo de la humanidad; y, abrazado a ellos, comunicarles el abrazo de la misericordia del Padre, que es Cristo, y arrastrar a esa humanidad a la luz de Dios (Fundamentos, V.3.C.b, apartado La intercesión de los contemplativos monásticos y seculares)78.

A pesar de esta eficacia de los verdaderos contemplativos, no falta incomprensión y rechazo a la vida contemplativa dentro de la misma Iglesia, como si fuera un desperdicio de tiempo, de energías y de personas. Lo cual es un grave error, pero sirve también para el martirio del contemplativo:

Aquellos y aquellas que desaparecen en un claustro para convertirse en presa de la intimidad divina, han perdido incluso el derecho de ser tomados en serio y aparecen ante muchos como el final de un fenómeno, los últimos vestigios de una época muy poco adulta. Sé hasta qué punto una opinión tan extendida, incluso entre el clero, puede provocar mala conciencia a los mejores contemplativos; y el vértigo a otros les llega, a su vez, como un microbio. Sé cuántos hombres y, sobre todo, mujeres que experimentan en medio del mundo la irrupción del amor divino, son expuestos a dudar de su deber: ¿hay que escuchar la llamada del silencio? El «machaqueo» de los eslóganes modernos (cuya fuente más refinada viene a veces de los teólogos más célebres) los ha hecho a menudo vacilar, a veces dudar, a veces abandonar. Entonces intento defender –no una buena conciencia que el Espíritu Santo se encargará rápidamente de barrer– sino la confianza y la libertad interior de los que han presentido el gusto de la perla preciosa. No hay otro camino para amar a Dios y a los hombres hasta el fin sino el de abandonar la prerrogativa de anudarse uno mismo su cinturón, para dejarse ceñir por Jesucristo y dejarse llevar por el Espíritu a la locura del amor (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 9)79.

El mismo contemplativo tiene que huir de la tentación de invertir la realidad de las cosas e intentar suplir la aparente ineficacia de su entrega a Dios en el silencio y en la oración con actividades caritativas o evangelizadoras:

Esto lo que se nos propone, y los mismos contemplativos se dejan arrastrar a querer realizarlo: vivificar el amor de Dios por medio del amor al prójimo. Esto puede llevar a dar sus bienes a los pobres o echar su cuerpo a las llamas, pero no aumentará ni un ápice la medida de nuestra caridad, en el sentido de que la caridad es un misterio divino, un maná bajado del cielo que nuestros esfuerzos pueden imitar, pero no producir (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 11)80.

Lejos de huir del mundo para encontrar seguridad, el contemplativo se sumerge a su modo en el mundo y acepta la incomprensión y la persecución exterior del mundo e interioriza la lucha entre el bien y el mal, el pecado y la misericordia, Dios y el príncipe de este mundo. De nuevo se nos presenta el martirio como un elemento esencial de la vida cristiana. Cristo, único contemplativo, ayuda a entender a todos los cristianos, ya se consideren activos o contemplativos, que nadie está dispensado del martirio, ni los contemplativos que tienen la tentación de instalarse en el disfrute de la contemplación del amor de Dios, ni del cristiano de vida activa, que se preocupa de cosas aparentemente más necesarias.

Los contemplativos no consideran quizá siempre la contemplación como un martirio, y se equivocan. Pero los activos no consideran jamás este martirio, y se justifican de ello en nombre de las exigencias de la acción. Es esta buena conciencia la que es peligrosa (Molinié, El coraje de tener miedo, 159).

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Por esta razón, la misión del contemplativo reclama de éste que reconozca la necesidad del martirio ‑incruento, pero no por ello menos doloroso‑ y lo abrace como único modo de unirse de verdad al Crucificado y poder dar «testimonio» veraz de él ante el mundo. Esta necesidad exige que el martirio, aunque no sea físico, sea real. Por lo cual, así como el monasterio le brinda al contemplativo monástico la oportunidad de abrazar una vida de soledad y renuncia, que posibilita el martirio incruento; en el caso del contemplativo secular, es el mismo mundo en el que vive inmerso el que se convierte, con las dificultades que le presenta, en el instrumento providencial para hacer de él un verdadero mártir (Fundamentos, VI.2.E, apartado Martirio)81.

La contemplación conduce siempre al martirio, y no hay vida cristiana ni verdadera caridad sin contemplación y martirio. Y el gran problema es que unos y otros, en una falsa polémica, consiguen huir de la verdadera contemplación, que es la que realiza el amor de Dios del dolor del mundo y que le lleva a la encarnación y a la cruz, porque de ese modo se hacen incapaces de la única mirada profunda y la única respuesta verdadera a la situación de la humanidad. No hay que negar el miedo al martirio que conduce la verdadera contemplación, lo importante es no justificar nuestra huida y poner ese mismo rechazo ante Dios.

Que se tenga miedo de un programa semejante, es comprensible. Pero sobre todo se ha de evitar rechazarlo para justificarse. Yo digo con frecuencia a los pecadores (y por consiguiente a mí mismo): Os lo suplico, ¡no os justifiquéis! Si nos sentimos incapaces de ir hasta el fin, llamemos a la Misericordia en nuestra ayuda… pero no nos justifiquemos, en nombre de la acción, de esquivar las purificaciones […] De todos modos hay que ofrecer a Dios una cierta honradez: es tanto más sencillo presentarse como pecadores incapaces de sufrir, como buscar justificaciones, falta más grave que aquellas de las que nos justificamos (Molinié, El coraje de tener miedo, 159).

El que experimenta el miedo a la contemplación, que va de la mano del miedo a la cruz, tiene la ventaja de comprender realmente lo que significa participar de la mirada de Jesús a Dios y al mundo que le lleva a entregarse en la cruz, y no cae en la tentación de eliminar el miedo y la entrega, desvirtuando la contemplación o justificando su huida con la acción. Como en tantas cosas, hemos de partir de que para nosotros la verdadera contemplación es imposible, pero no para Dios (cf. Mc 10,27), y que desde el miedo y la conciencia de debilidad hemos de pedir la gracia para recibir el regalo de participar de la contemplación de Cristo que le lleva a la cruz y así transforma lo que ve.

Comprendo que los cristianos tengan miedo de dejarse arrastrar por una contemplación semejante, puesto que esta contemplación es la cruz misma, inaccesible para la debilidad humana, pero más insoportable todavía para las pretensiones, ilusiones y complacencias que esta luz pulveriza tan despiadadamente como un horno crematorio. Yo mismo tengo miedo de esta contemplación, y me paso el tiempo huyendo de Aquel que me persigue. Pero esto no es razón para justificar la huida, presentándola como una búsqueda y fabricando razones teológicas de nuestra traición (Molinié, El coraje de tener miedo, 172).

Al hablar de los contemplativos en la Iglesia, surge la cuestión del número de contemplativos: si son pocos, si hay los suficientes. También es necesario aplicar una mirada de fe profunda al hacer este planteamiento:

  • -No es especialmente preocupante que haya pocos contemplativos, porque es Dios el que realiza la salvación cuando y como quiere, y no necesita de numerosos y grandes medios humanos, ni tampoco contemplativos, para salvar al mundo.
  • -Ser contemplativo es un regalo de Dios que permite sintonizar con la mirada, los sentimientos y el amor de Dios. Lo que le duele a Dios es que muchos rechacen el don de entrar en comunión profunda con él.

Es ciertamente doloroso para el corazón de Dios que haya tan pocos contemplativos cristianos… Doloroso, pero en absoluto alarmante desde el punto de vista de su victoria, que es de orden apocalíptico y no tiene nada que ver con nuestras estadísticas (Molinié, El coraje de tener miedo, 172).

  • -Por otra parte, no es fácil, quizá resulta imposible, hacer un recuento de los contemplativos, porque una de las características y necesidades del verdadero contemplativo es permanecer oculto. Que Dios ponga al contemplativo en el candelero para que ilumine ostensiblemente es una excepción, que tiene más que ver con las necesidades de la Iglesia y del mundo que con el ser y la misión del contemplativo.

En realidad, hay muchos más contemplativos de lo que se cree, pero es esencial para su contemplación permanecer ocultos o crucificados, en todo caso incomprendidos y despreciados, incluso desapercibidos. Los que se detienen en tales cosas y se dejan inquietar por ellas merecen oír la palabra de Cristo: «Marta, Marta, tú te agitas y te inquietas por muchas cosas, mientras que una sola es necesaria…», y no es ciertamente ser comprendido, seguido, imitado. El que renuncia a «irradiar» porque está poseído por la contemplación de la cruz, recibe muy rápidamente el céntuplo, y no irradia más que muy a pesar suyo…, como fue el caso de todos los fundadores monásticos, san Bernardo, por ejemplo (Molinié, El coraje de tener miedo, 172-173).

  • -Junto con esto, hay que señalar que hay multitud de contemplativos que lo son, pero no son conscientes de ello. Tienen esa mirada de Jesús y, sobre todo, participan del amor sufriente y salvador de su Señor, pero se sonreirían con incredulidad si alguien les dijera que son contemplativos. Se pueden encontrar algunos contemplativos conscientes de ello en los monasterios, pero seguramente son muchos más los contemplativos inconscientes a los que la vida les ha sumergido en el misterio del mal y del dolor y lo miran y lo abrazan como lo hace Jesucristo. Si tuviéramos la mirada de Dios, para el que no pasan desapercibidos, encontraríamos numerosos contemplativos entre los que sufren el hambre, la guerra o la persecución. Esta forma de ser contemplativos no debería sorprendernos si creyéramos en la realidad de las bienaventuranzas, que proclaman la necesaria unión de la pobreza, el llanto, el hambre y la persecución con la mansedumbre, la misericordia y la limpieza de corazón. Los que son capaces de abrazar en su situación las bienaventuranzas como una unidad, son realmente hijos de Dios y pueden ver a Dios.

Existen contemplativos conscientes y existen contemplativos inconscientes. Los primeros son relativamente raros -lo han sido siempre-, pero son quizá más numerosos hoy que nunca, aunque parezca lo contrario. Un prior de la Trapa me decía, mucho antes de la crisis actual: «Si hay tres contemplativos en mi abadía, no está mal, es una buena abadía.» Estos contemplativos conscientes no son siempre oficiales, y los contemplativos oficiales no son siempre conscientes. Los contemplativos inconscientes son innumerables: son todos los «pobres de Yavé», aplastados, sin comprender nada, por la crueldad de los poderosos y el peso de un mundo endurecido, y que atraviesan la vida haciendo inconscientemente lo que los carmelitas (por ejemplo) deberían hacer conscientemente: orientarse hacia la muerte de Jesús, la única que da sentido a la vida, sepultándonos progresivamente en el misterio pascual, a través de la práctica cotidiana -a veces dulce, a veces desesperada- de la caridad fraterna. Cuando se contempla con esta luz la miseria sin nombre de los pueblos subdesarrollados y la persecución igualmente sin nombre sufrida por los cristianos en los países totalitarios, se siente que el Espíritu Santo nos invita a contemplar este horror como san León invitaba a los cristianos a contemplar la cruz de Cristo: en la esperanza vibrante e ilimitada de la fe (Molinié, El coraje de tener miedo, 173-174)82.

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Pero ha habido siempre, y hay todavía, almas a las cuales Dios no pide siquiera ser un signo, sino puramente y sencillamente existir, es decir, rezar y morir para sus hermanos. No es necesario que nadie lo sepa, basta con que Dios lo sepa. La oración no es eficaz como signo, es eficaz como oración. En eso también, creemos o no creemos. Si no creemos eso, ninguna vida contemplativa tiene sentido, abierta o cerrada. Si creemos, la vida contemplativa no es en primer lugar un signo, sino una vida escondida: rezar y morir. La vida contemplativa abierta es una epifanía de la vida oculta, una predicación silenciosa querida por el Espíritu Santo (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7)83.

  • -Por último, a pesar de las dificultades y resistencias que podemos poner, no hay que olvidar los «recursos» que Dios tiene para hacernos contemplativos dentro y fuera del monasterio.

No está al alcance de todas las almas dejarse configurar conscientemente con el misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo. Acabo de decir que hace falta ser iniciado, es decir, evangelizado. La evangelización puede comportar muchos grados de profundidad, pues el grado esencial de esta iniciación viene del Espíritu Santo, cuyos dones son gratuitos.

Pero, puesta a parte esta reserva y lo que conlleva, la condición necesaria y suficiente para dejarnos iniciar en el misterio de Dios es ser humilde, o si preferimos, como dice el mismo Cristo, convertirse en un niño. En una perspectiva que quiera ser seriamente cristiana, no podemos decir, a pesar de todo, que entremos en el Cielo sin ser místicos (o entonces sería el Paraíso de los musulmanes, según la tradición menos espiritual y precisamente menos mística del Islam). Pues si no entramos en la «pasividad» de los santos antes de la hora de la muerte, será necesario entonces que entremos en esa pasividad en aquel momento y descubramos la vida mística en el Purgatorio. Decir que tal programa no está «realmente» al alcance de todos sería dudar de que la Salvación sea ofrecida realmente a todos… pues no hay otra Salvación.

Desde luego que no se concede a todos entrar desde la primera hora en la pasividad de la vida mística… ni siquiera en la tercera, la sexta o la novena. Pero la esperanza cristiana consiste precisamente en creer que Dios nos ama lo bastante como para llevarnos a esa pasividad, sirviéndose de todos los fracasos y de todos los sufrimientos que nos encauzan hacia la muerte. Si tenemos en cuenta la extraordinaria tenacidad con la que nos persigue la Misericordia divina, si creemos en ella, entonces es necesario hacer proezas de resistencia y endurecimiento para escapar de ella hasta el final.

Esto es particularmente verdadero para los religiosos y religiosas contemplativos. Es probable, en efecto, que la mayoría de estas almas, durante la mayor parte de su vida, entren muy poco en el misterio de las purificaciones… pues la naturaleza humana es mediocre y tiene miedo. Pero la certeza de la Iglesia al garantizar la vida monástica, es que, a no ser por una resistencia grave, Dios acabará por llevarlas ahí (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7)84.

La diferencia entre el contemplativo y el cristiano generoso no es esencial, como si el contemplativo tuviera otro punto de partida distinto al del bautismo, como si tuviera medios especiales al margen de la oración y los sacramentos o como si hicieran falta gracias extraordinarias al alcance de unos pocos privilegiados para poder ser contemplativo. De hecho, el contemplativo no tiene porque ser moralmente mejor, menos pecador, que los demás cristianos. Es más, lejos de sentirse mejor o menos pecador que los demás, tiene una conciencia más fuerte de su pecado; lejos de sentirse llamado a una vida llena de acontecimientos extraordinarios, le empuja a una vida escondida (cf. Col 3,3).

Pero no vayamos a creer por ello que los contemplativos sean mejores que los otros. Al contrario, si hubiera que decir qué es, en primer lugar, un contemplativo, yo respondería: un pecador que tiene conciencia de serlo, siendo esta conciencia en él llevada al rojo como el amor mismo, porque ella se hace bajo la luz de Dios. Lejos de llevarle a una vida extraordinaria, esta conciencia ardiente le sumerge en la monotonía de una «vida humilde con trabajos aburridos y fáciles» (Molinié, El coraje de tener miedo, 177).

El contemplativo, por lo tanto, no se siente superior ni separado de los demás cristianos, ni de los demás seres humanos, sino que ve potenciada enormemente su unión y solidaridad con ellos.

Eso dice la extraordinaria fraternidad que debe reinar entre los contemplativos y los demás cristianos. En primer lugar, porque los contemplativos quisieran cumplir las obras de los fieles, y no renuncian a hacerlo más que por la violencia misma del amor que alimenta su deseo… Luego, porque los fieles están ya arrebatados por el fuego que consume a los contemplativos y éstos desean apasionadamente que ellos lo sepan (Molinié, El coraje de tener miedo, 176).

Lo que diferencia al contemplativo de un cristiano generoso es una diferencia de grado, pero no cualquier diferencia, justo aquella diferencia que en la física lleva a un líquido a la ebullición o la temperatura que hace que un combustible empiece a arder. Sólo ha habido un cambio de temperatura del mismo elemento, pero su estado cambia de forma radical.

No hay, pues, más que una diferencia de grado entre el cristiano generoso y el contemplativo; pero se trata de ese grado que separa el calor oscuro del calor luminoso en el momento preciso en que los cuerpos se encienden (Molinié, El coraje de tener miedo, 176).

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¿Qué diferencia hay, pues, entre la vida mística y la de un cristiano ordinario? Solamente una diferencia de intensidad: si tenemos que ser invadidos ya en este mundo por las profundidades de la vida trinitaria, es difícil no enterarse de algo cuando esta invasión se vuelve seria y el fuego encendido por la gracia empieza a abrasar de una vez por todas (Molinié, El combate de Jacob, 66).

Conclusión

Al final de este recorrido podemos comprender mejor la unión estrecha que existe entre la Eucaristía, el martirio y la vida contemplativa. El que realmente recibe a través de la Eucaristía la llamada a unirse con Dios y al acto salvador que se realiza en la cruz y que se actualiza en la Eucaristía, se ve impelido a un grado de amor y entrega a Dios que le consume y le lleva a la vida contemplativa, más o menos consciente, es decir, a participar de la mirada, de la oración y de la entrega de Cristo ante el sufrimiento del mundo y el pecado que lo provoca. El que realmente acepta el fuego del amor divino por medio de la Eucaristía se dejará consumir por la llama purificadora de la misericordia y estará preparado para dejarse consumir también por la llama del martirio, ya sea oculto o público, lento o definitivo. Por lo tanto, el contemplativo es mártir o no es contemplativo, y en la Eucaristía encuentra el modelo, la llamada y la fuerza para reproducir en su vida lo que contempla y recibe en el sacramento del altar.

Por medio de la Eucaristía, celebrada, recibida y contemplada, el contemplativo puede unir sacramentalmente su amor, la inmolación de su vida, la glorificación del Padre, su consagración o su intercesión a las acciones que realiza Cristo y, con él, darles una intensidad y una eficacia infinitas. Y de esa forma participa realmente del sacrificio redentor de Cristo y ejerce de manera eficaz el ministerio que Dios le ha confiado […] Puesto que el contemplativo secular busca apasionadamente imitar el misterio de la inmolación redentora de su Señor, sabe reconocer en la misa cotidiana este misterio y lo contempla de tal modo que se siente movido a imitar el sacrificio que contempla, entregando toda su vida como ofrenda sacrificial que, unida a la de Cristo, presenta al Padre en la Eucaristía (Fundamentos, VI.2.C, apartado Eucaristía)85.


NOTAS

  1. M.-D. Molinié, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad, Madrid 1979 (Paulinas, 4ª ed.), 160.
  2. J. M. Iraburu, El martirio de Cristo y de los cristianos, Pamplona 2004 (Fundación GRATIS DATAE), 40.
  3. Santo Tomás de Aquino, Sobre la perfección de la vida espiritual, 21. «“La renuncia de los propios bienes -dice Santo Tomás- puede ser considerada de dos modos. Primero, en cuanto practicada de hecho, y así no constituye esencialmente la perfección, sino que es un cierto instrumento de perfección… En segundo lugar, puede ser considerada en cuanto a la disposición de ánimo, o sea, en cuanto a que el hombre esté dispuesto a abandonar o repartir todas las cosas si fuese necesario…” (q. 184 a. 7 ad. 1). Santo Tomás universaliza su pensamiento estableciendo analogía entre el deber de aceptar el martirio en la disposición de ánimo y de los consejos en disposición también (cf. q. 124 a. 1 ad 3; y a. 3)» (A. Bandera, Introducción a las cuestiones 179-189, en Suma de Teología, IV. Parte II-II (b), Madrid 1997 (BAC), 638).
  4. «La vida en el noviciado, con sus austeridades, sus penitencias reales, el cansancio, el aburrimiento, las faenas, limpiar las baldosas, todo eso no era divertido, pero no era nada. ¡El gran sufrimiento, era la idea de que debería hacerme santo, sufrir el martirio, y no podía!» (Molinié, El cara a cara en la noche, II, apartado La Cruz: M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit. Méditation sur le mystère du mal, Paris 2000 (Téqui), 64).
  5. «El Cristianismo sin Cruz, que se avergüenza del martirio, es una caricatura tristísima del Cristianismo. No hay en él conversiones, ni hay mártires; no puede haberlos. Los matrimonios no tienen hijos, ni surgen vocaciones para la vida sacerdotal, religiosa o misionera. No hay fuerza de amor para perseverar en el amor célibe o en el amor conyugal, desfallece la generosidad y la entrega, falta impulso para obras grandes, se ve imposible la profesión de unos votos religiosos perpetuos… Todo se hace en formas cuidadosamente medidas y tasadas, oportunistas y moderadas, sin el impulso crucificado del amor de Cristo, que es entrega apasionada, “locura y escándalo” (1Cor 1,23)» (Iraburu, El martirio, 54).
  6. Lo explica de este modo: «El voluntarismo antropocéntrico, por el contrario, en los últimos siglos ha producido un falso cristianismo, que ignora la primacía de la gracia, y que hace pensar a muchos cristianos que la obra buena, en definitiva, procede solo de la fuerza del hombre (pelagianismo), o a lo más que procede «en parte» de Dios y «en parte» del hombre (semipelagianismo). En este último caso, Dios y el hombre se unen como causas coordinadas para producir la obra buena, la cual procede en parte de Dios y en parte del hombre. Y lógicamente, en esta perspectiva voluntarista, los cristianos, tratando de proteger la parte suya humana, no quieren perder la propia vida o ver disminuida su fuerza y prestigio; más aún, estiman imposible que Dios quiera hacer unos bienes que puedan exigir en los fieles marginación, persecución o muerte. Dios “no puede querer” en ninguna circunstancia que el hombre se arranque el ojo, la mano o el pie, pues esta disminución de la parte humana debilitaría necesariamente la obra de Dios. En consecuencia, rehúyen el martirio como sea, en principio, en cualquiera de sus formas. Y lo hacen con buena conciencia. Es decir, pelagianos y semipelagianos, y tantos otros que les son próximos, rehúyen sistemáticamente el martirio: tratan por todos los medios de estar bien situados y considerados en el mundo; procuran, haciéndose cómplices al menos pasivos de tantas abominaciones mundanas, estar a bien con los poderosos del mundo presente. Así, de este modo, podrán servir mejor a Dios en la vida presente. “Salvando su vida” en este mundo, esperan conseguir que la “parte” humana que les corresponde colabore mejor y más eficazmente con la “parte” de Dios en la salvación del mundo. Igualmente, la Iglesia, en su conjunto, debe evitar cualquier enfrentamiento con el mundo, debe eludir cuidadosamente toda actitud que pueda desprestigiarla o marginarla ante los mundanos, o dar ocasión a persecuciones, pues una Iglesia debilitada y mártir no podrá en modo alguno servir en el siglo presente la causa del Reino. Esto es lo que muchos piensan con una ceguera que está influida por el Padre de la Mentira» (Iraburu, El martirio, 52).
  7. San Agustín, Sermón 305A, 2 (traducción de Pío de Luis Vizcaíno, o.s.a.).
  8. San Agustín, Sermón 305A, 1.2 (traducción de Pío de Luis Vizcaíno, o.s.a.). «Sigamos, pues, las huellas de los mártires, imitándoles para que no sea inútil la celebración de sus fiestas» (Sermón 302, 1; cf. 9).
  9. Martirio de las Santas Perpetua y Felicidad y de sus compañeros, XV, en Daniel Ruiz Bueno (ed.), Actas de los mártires, Madrid 2003 (BAC, 5ª ed.), 433-434.
  10. Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, II-II,124,4.
  11. San Agustín, Sermón 305A,2 (traducción de Pío de Luis Vizcaíno, o.s.a.).
  12. Hemos desarrollado estas purificaciones en los anteriores temas: «Purificarnos para la invasión de Dios», «La batalla contra el orgullo del hombre viejo» y «Las etapas de un combate».
  13. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), 2, 275.
  14. Son luminosas también las notas de la espiritual martirial que, según el padre Iraburu, se manifiesta en los relatos de martirio: alegría, victoria de Cristo, derrota del diablo, preparación para el combate, visión del cielo, esperanza de resurrección, expiación del pecado y plena salvación, agradecimiento, oración por los enemigos, sacrificio eucarístico, fortaleza, desprendimiento de los bienes temporales (cf. 36-38). ¿No podrían servir también estas notas para el cristiano que se coloca en la perspectiva del martirio, aunque no haya llegado aún al derramamiento de sangre?
  15. Hermandad de Contemplativos en el Mundo, Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, Madrid 2019 (2ª ed. corregida), 205.
  16. Se refiere a la oración colecta de la misa, según el misal anterior a la reforma litúrgica del concilio Vaticano II: «Oh Dios todopoderoso, te pedimos nos concedas la gracia de que logremos extinguir las llamas de nuestros vicios, ya que diste a san Lorenzo valor para triunfar del fuego que le atormentó».
  17. Recuérdese lo visto en el tema «Purificarnos para la invasión de Dios».
  18. Recuérdese lo dicho en el apartado Dios nos invade poco a poco del tema «Purificarnos para la invasión de Dios» y la n. 8 del tema «Las etapas de un combate».
  19. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 162-163.
  20. San Agustín, Sermón 304, 4 (traducción de Pío de Luis Vizcaíno, o.s.a.). Cf. Sermón 303, 1: «Defraudado el perseguidor, recurrió a las llamas; pero no era Lorenzo frío como para temer a las llamas; casi ardía aquel de cólera, pero más el alma de este por amor»; Tratado 27: «Su carne ardía, pero el Espíritu vivificaba el alma».
  21. Algunos, para evitar el martirio, se alejan de la Virgen, porque intuyen para qué les ve a dar ayuda y consuelo: «Cuando se mira verdaderamente a la santísima Virgen, no se corre el riesgo, por lo demás, de escapar a la cruz, pues ella es en verdad la suavidad de la cruz. Por eso numerosos cristianos tienen un instinto bastante sospechoso de no dirigirse a la santísima Virgen, porque sienten que, si lo hacen, se dejan poseer, inevitablemente» (Molinié, El coraje de tener miedo, 162).
  22. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 96. Todo esto está desarrollado también en Molinié, Reflexiones para un catecismo, apartado San Pablo, en M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, I, Une divine blessure, Paris 2001 (Téqui), 182-183.
  23. Es cierto que santo Tomás señala la necesidad de la muerte para el martirio (cf. n. 10), pero lo que se propone aquí no es la ausencia de muerte, sino otra muerte. Por otra parte, Molinie, Lo elijo todo, apéndice IV El deseo de martirio (M.-D. Molinié, Je choisis tout. La vie et le message de Thérèse de Lisieux, Chambray-lès-Tours 1992 (CLD), 237-239), señala la necesidad de que se dé la caridad para que haya realmente martirio, y de que haya deseo de entregar la vida por los que mueren por una buena causa.
  24. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 95-96.
  25. Hay que aceptar que actúan en nosotros los dos fermentos de estas dos muertes: «Su fermento es a la vez el pecado, para el que esta muerte es la muerte, y el Espíritu de Cristo, que es al mismo tiempo el del cristiano» (M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 97).
  26. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 96-97.
  27. San Agustín, Tratado 124, 5. Oficio de lecturas del viernes de la sexta semana de Pascua. «Basta con manejar sus textos con un mínimo de honradez para reconocer, según la liturgia pascual, que la vida y la muerte se enfrenten en un duelo prodigioso (mors et vita duello conflixere mirando) que conlleva dos fases: una fase de combate y martirio (o de estigmatización), y una fase de victoria y de consumación que es la victoria pascual, con o sin separación de alma y cuerpo (eso es secundario, según 2Co)» (M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 97).
  28. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 97-98.
  29. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 279.
  30. «Jesús, que yo muera mártir por ti, con el martirio del corazón o con el del cuerpo, o mejor con los dos…» (Santa Teresa del Niño Jesús, Oraciones, 2 [Billete de su profesión]).
  31. «Es superfluo recordar que Teresa deseaba el martirio: “El martirio, he aquí el sueño de mi juventud…” Este sueño no fue escuchado según las leyes canónicas de la Iglesia militante; pero en el plan teológico y a los ojos de la Iglesia triunfante, cuando Teresa pide ser “mártir de vuestro amor, oh mi Dios”, es evidente que ha sido escuchada. Es verosímil que en el cielo el martirio causado por el amor es tenido por más profundo que el causado por la muerte infligida por los enemigos de Cristo. Incluso puede uno preguntarse, en buena teología, si todo martirio no lleva en el fondo el martirio de amor como su fermento invisible. Es ésta una cuestión que debe ser disputada entre los teólogos de la Iglesia militante, y en la que no tomo parte» (M.-D. Molinié, El camino de la infancia: Revista de Espiritualidad 199 (1991), 224 (El título del autor está equivocado: André Moliniere).
  32. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 115-116, que cita Molinié, Lo elijo todo, apartado A modo de epílogo. Un texto de Celina: M.-D. Molinié, Je choisis tout. La vie et le message de Thérèse de Lisieux, Chambray-lès-Tours 1992 (CLD), 211-212.
  33. Previamente a esta ofrenda como víctima de la Misericordia, que supone un verdadero martirio de amor, Teresa ha conocido otro martirio terrible, el de los escrúpulos: «El año que siguió a mi primera comunión transcurrió, casi todo él, sin pruebas interiores para mi alma. Pero durante el retiro para la segunda comunión me vi asaltada por la terrible enfermedad de los escrúpulos… Hay que pasar por ese martirio para saber lo que es. ¡Imposible decir lo que sufrí durante un año y medio…! Todos mis pensamientos y mis acciones, aun los más sencillos, se me convertían en motivo de turbación. La única forma de recobrar la paz era contárselo a María, lo cual me costaba mucho, pues me creía obligada a decirle hasta los pensamientos extravagantes que tenía acerca de ella misma. En cuanto soltaba mi carga, disfrutaba por un momento de paz; pero esa paz pasaba como un relámpago, y enseguida volvía a comenzar mi martirio» (Manuscrito A, 39rº; cf. 28vº).
  34. La misma Teresa pone en su sitio estos deseos de martirio para que no sean malentendidos por sus hermanas: «Mis deseos de martirio no son nada, no son ellos los que me dan la confianza ilimitada que siento en mi corazón. A decir verdad, son las riquezas espirituales las que hacen injusto al hombre cuando se apoya en ellas con complacencia, creyendo que son algo grande… Sí, Jesús dijo: “Padre, aparta de mí este cáliz”. Hermana querida, ¿cómo puedes decir, después de esto, que mis deseos son la señal de mi amor…? No, yo sé muy bien que no es esto, en modo alguno, lo que le agrada a Dios en mi pobre alma. Lo que le agrada es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia… Este es mi único tesoro. Madrina querida, ¿por qué este tesoro no va a ser también el tuyo…?» (Santa Teresa del Niño Jesús, Carta 197; cf. M.-D. Molinié, La visión cara a cara, segunda parte, capítulo I, B, 4: M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, IV, La Vision face à face et le régime du Ciel, Paris 2001 (Téqui), 116.
  35. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 212.
  36. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 216.
  37. M.-D. Molinié, El camino de la infancia, 224.
  38. M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, IX, L’irruption de la gloire, Paris 2001 (Téqui), 17-18.
  39. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 213.
  40. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 214.
  41. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 217-218.
  42. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 218.
  43. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 221-222.
  44. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 219.
  45. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 220-221.
  46. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 215.
  47. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 242.
  48. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 282-283.
  49. San Agustín, Sermón 304, 1 (traducción de Pío de Luis Vizcaíno, o.s.a.).
  50. «Debemos aceptar ser arrastrados en un movimiento donde estamos seguros de ser desbordados, de no poder hacer pie. Ahora bien, quizá me equivoque, pero tengo la impresión de que las llamadas del Corazón de Jesús y las apariciones de la santísima Virgen manifiestan bien eso que, por mi parte, siento a veces: que los mismos cristianos se niegan dejarse llevar más allá de todo. Quieren correr, pero no quieren volar… Pues bien, hay que cerrar los ojos, volar, partir a la ventura, “perder la propia alma”, abandonar todo para seguir a Jesucristo. Sentimos que hay algo que no marcha. Decimos: “Ahora no…”, como los invitados al banquete. El banquete no puede ser otra cosa que la vida eterna. Ahora bien, los servidores dicen que todo está preparado desde ahora, hay que venir desde ahora…, y nuestro juicio da vueltas en torno a ese asunto. Si no queréis, no comulguéis» (Molinié, El coraje de tener miedo, 43). «La Eucaristía que realiza lo que representa… es decir, precisamente la unión mística. Si se recoge todo eso con una visión honrada, hemos de concluir claramente de ello que la elección de los cristianos no puede hacerse más que entre la Eucaristía y la muerte eterna, dicho de otra manera, entre la unión mística o el infierno» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 28, M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 171).
  51. M.-D. Molinié, Adoration ou désespoir. Une catéchèse pour les jeunes… et les autres, Chambray 1989 (C.L.D.), 117-118.
  52. M.-D. Molinié, Adoration ou désespoir, 227.
  53. M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, X, Que ma joie demeure, Paris 2001 (Téqui), 201.
  54. M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, Paris 1994 (Saint-Paul), 107.
  55. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 136.
  56. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 138.
  57. M.-D. Molinié, Prissonniers de l’infini, Paris 1977 (Du Cerf), 90-92.
  58. Es por nuestra culpa por lo que la Eucaristía no realiza inmediatamente esta transformación y la plenitud escatológica que veremos un poco más adelante: «Sin embargo es necesario ya un grado avanzado de vida interior (cuartas o quintas moradas, Noche del sentido quizá consumada, en cualquier caso bien establecida) para escuchar, quizá por vez primera, la llamada a una contemplación de frente. Mientras espera esta primera llamada, el cristiano supuestamente fiel sólo plantea, pues, actos disminuidos ante Cristo crucificado: no está en condiciones de hacerlo mejor sin que sea por su culpa…, por lo menos por culpa de su libertad. Porque, en definitiva, es culpa del hombre viejo que paraliza la invitación divina, que sin embargo está oficialmente presente a través de la predicación del Evangelio y de los sacramentos, especialmente en la Eucaristía […] Por culpa de las impurezas del cristiano, la invitación inherente a este espectáculo, el poder de la Eucaristía, siguen estando suspendidos para dejar paso a la contemplación de espaldas; que sólo corresponde normalmente a la humanidad de Jesús antes de la crucifixión, pero que se extiende aquí a Jesús crucificado, porque el poder estigmatizante de la Pasión y de la Resurrección no se podría tolerar» (Molinié, La irrupción de la gloria, IV, apartado La subida del Carmelo: M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 208.209-210).
  59. M.-D. Molinié, Coupable de tout pour tous. Variations sur le mystère du Salut, Feucherolles 2008 (La Nef), 192-193. «En este misterio, el contacto corporal -contacto sensible que consiste en ver, oír o tocar- precede cronológicamente al contacto espiritual del que es instrumento: el cuerpo de Cristo es “el instrumento conjunto” de la acción divina que resucita nuestras almas y, por medio de nuestras almas, nuestros cuerpos. Desde que Cristo dejó a sus discípulos (desde la Ascensión), este contacto se realiza por la vía de los sacramentos, es decir, de los signos que lo representan eficazmente. La Eucaristía en particular representa eficazmente al mismo Cristo crucificado y nos ofrece, por la vía sacramental, un contacto sensible con él: no sólo el de la manducación eucarística, sino el del espectáculo de la pasión; espectáculo que es claramente un contacto sensible y corporal. La predicación de Cristo crucificado nos ofrece ya este espectáculo, pero todavía es sólo el anticipo de la misa: la misa propiamente dicha nos lo presenta perfectamente. Los apóstoles después de la resurrección (y María antes incluso de la resurrección, desde la tarde del viernes santo) han experimentado en su alma y en su cuerpo la huella de este espectáculo. Este misterio es lo que yo llamo estigmatización. No en el sentido extraordinario del término, sino en el sentido teológico y completamente invisible por sí mismo» (Molinié, La Virgen y la gloria, segunda parte, capítulo III, apartado Los estigmas y la misa:M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, VII, La Sainte Vierge et la gloire, Paris 2001 (Téqui), 153-154). «En el nivel de los actos y de la santidad, los cristianos están estigmatizados en sentido mucho más claro y más fuerte: la evangelización les da la posibilidad de contemplar a Cristo crucificado y resucitado; y de consumar esta contemplación en la misa al recibir la Eucaristía» (Molinié, El buen ladrón, primera parte, capítulo I, apartado El Orden redentor, M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, VIII, Le Bon Larron et les stigmates, Paris 2001 (Téqui), 37). «En el momento de la estigmatización, el contacto escatológico con el Cuerpo de Cristo no es ya sólo el contacto con su virtud, sino con su misma sustancia: es este misterio muy preciso lo que prolongará el sacramento de la Eucaristía, a diferencia de los demás sacramentos que sólo transmiten la virtud del Cuerpo de Cristo y no realizan la fusión entre su Cuerpo y el nuestro» (Molinié, La irrupción de la gloria, III, apartado Después de Pentecostés, M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 144).
  60. M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 149-150.
  61. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 141.
  62. Recogido en M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, I, Une divine blessure, Paris 2001 (Téqui), 143.
  63. M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, VI, Le mystère de la Rédemption, Paris 2001 (Téqui), 202-203.
  64. M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 114.
  65. Recogido en M.-D. Molinié, Une divine blessure, 142.148.
  66. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 138.
  67. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 139.
  68. M.-D. Molinié, Que ma joie demeure, 59.
  69. Todo este apartado de El Coraje de tener miedo, titulado Los contemplativos en la Iglesia, p. 171-178, se reproduce en el apartado del mismo título en Molinié, Cartas a sus amigos, nº 13: M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 244-250.
  70. Cf. Entrevista al padre Molinié realizada por Luc Adrian, en Famille Chrétienne nº 1161, abril de 2000.
  71. Molinié, El coraje de tener miedo, 171-172.
  72. «Gracias al Espíritu, que habita en nuestros corazones y ora en nosotros, estamos en contacto con Jesús, el único hombre que ha sabido orar de verdad; de modo que sólo unidos a Cristo y movidos por el Espíritu, nuestra oración es verdaderamente cristiana y puede llegar a la presencia del Padre. Y, puesto que el único orante es Jesucristo, sólo oramos cuando prolongamos su oración en la tierra y nos unimos a su intercesión en el cielo. Éste es uno de los dones más importantes del Espíritu Santo, que recibimos en el bautismo, que es el sacramento del que surge la vocación contemplativa. El primer y más importante sacramento nos transforma realmente en verdaderos hijos de Dios, capacitándonos para identificarnos tan profundamente con Cristo que podamos hacer nuestra la oración del Verbo encarnado. Éste es el origen de la vocación contemplativa, que hace posible esta unión con Cristo intercesor en el alma y desarrolla en ella la capacidad de participar de la intercesión del Verbo desde el momento de su encarnación, cuando se hace hombre para interceder, como tal, por la salvación del mundo; intercesión que continúa en el cielo después de su ascensión, y que se sigue prolongando en el mundo gracias al ministerio orante de los contemplativos» (Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 158. Apartado V,3,C,b).
  73. M.-D. Molinié, Je choisis tout, 179.
  74. «No hablo hoy de los contemplativos laicos (muy numerosos a mis ojos, por la misericordia gratuita del Espíritu Santo; quizá vuelva a hablar de esto y, de todos formas, estas Cartas les están destinadas)» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 11: M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 218).
  75. M.-D. Molinié, El combate de Jacob. ¿Podemos vivir con Dios? ¿Podemos vivir sin Dios?, Madrid 2011 (San Pablo), 74; cf. la misma afirmación en Molinié, La ley y la gracia, segunda parte, I: M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, II, La loi et la grâce, Paris 2001 (Téqui), 89-90).
  76. «Ahora bien, Teresa no parece trabajada exclusivamente, ni mucho menos, por el deseo de ver a Dios. Desea la muerte de amor como perfección y consumación del amor, no para ver a Dios. Está atormentada sobre todo por los deseos contradictorios de los que hemos hablado, que, con toda evidencia, son apostólicos y no contemplativos. Es muy formal en este asunto: sin la esperanza de “pasar su cielo haciendo el bien en la tierra”, preferiría no morir, ejercer un apostolado cuyos límites, por desgracia, le resultarían insoportables… por esto prefiere ejercerlo en el Cielo. Más profundamente aún, más allá de las vocaciones apostólicas cuyos límites no soporta, prefiere adentrarse en una vocación “más excelente” que supera las otras, pero que sigue siendo apostólica y no contemplativa: la del Amor […] Se puede decir que Teresa no es una contemplativa, es un apóstol: el primer apóstol de los últimos tiempos quizás, que descubre en el amor como carisma el único apostolado sin límites (Molinié, Lo elijo todo, 5, apartado La vocación del amor: M.-D. Molinié, Je choisis tout, 113.114). «La declaración inicial del acto de consagración presenta claramente la vocación de Teresa como apostólica más que contemplativa: “Yo quiero amarte y hacerte amar, y trabajar por la glorificación de la santa Iglesia salvando a las almas que están en la tierra y liberando a las que sufren en el purgatorio”» (Molinié, Lo elijo todo, 5, apartado El mensaje teresiano, p. 133). «Los deseos apostólicos de Teresa superaban, lo hemos visto, sus deseos contemplativos, pero fueron superados a su vez por el deseo de ser el amor. Encontró su reposo consolando el corazón de Dios, porque esta vocación no está sometida a los límites de las vocaciones misioneras: trabajando para agradar a Dios y para consolarle, el instinto apostólico se vuelve infinito o se pierde en el infinito, como el río en el océano» (Molinié, Lo elijo todo, 8, apartado El catecismo de Celina, p. 202).
  77. M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, 176. «Un día, en el cine, vi a un violonchelista habitado por su música, fue el flechazo; no respecto a Dios, no respecto al Cielo: respecto a la vida contemplativa. Había escrito en una libreta: “La vida contemplativa, que es la verdadera vida activa”. En ese momento pensaba en Proust, la poesía, la vida interior tal y como podía entenderla; no sabía nada de lo sobrenatural. Pero estaba poseído por el presentimiento de que la vida contemplativa es más importante, más real, más intensa, que la vida activa» ((Molinié, El cara a cara en la noche, II, apartado Mi conversión: M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit, 35-36).
  78. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 206-207.
  79. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 190-191.
  80. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 216-217.
  81. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 158-159.
  82. Cf. Entrevista realizada por Luc Adrian, en Famille Chrétienne nº 1161, abril de 2000.
  83. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 138-139.
  84. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 136-137.
  85. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 197.199.