Seleccionar página

Descargar este documento en formato Pdf

Introducción

Dentro del capítulo del Catecismo de la Iglesia Católica dedicado a la revelación, seguimos profundizando en el gran don de la Sagrada Escritura, especialmente en su relación con la Iglesia. En concreto analizaremos cómo la Iglesia interpreta la Escritura con la ayuda del Espíritu Santo. En los temas siguientes descubriremos cómo la Iglesia recibe y manifiesta el canon de los libros sagrados que contiene la Biblia y, especialmente interesante para el contemplativo, cuál es el papel de la Escritura en la vida cristiana. Antes de adentrarse en este tema es necesario conocer bien que la Biblia es Palabra de Dios, inspirada por el Espíritu Santo, y las consecuencias que esto tiene, como expusimos en el tema anterior: La Sagrada Escritura, Cristo y el Espíritu.

Éste es el lugar de nuestro tema en el conjunto del Catecismo:

Primera sección: Creo-Creemos

Cap. 1: El hombre es capaz de Dios

Cap. 2: Dios al encuentro del hombre

   Artículo 1: La Revelación de Dios

   Artículo 2: La transmisión de la Revelación divina

   Artículo 3: La Sagrada Escritura

      I. Cristo, palabra única de la Sagrada Escritura

      II. Inspiración y verdad de la Sagrada Escritura

      III. El Espíritu Santo, intérprete de la Sagrada Escritura

      IV. El canon de las Escrituras

      V. La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia

Cap. 3: La respuesta del hombre a Dios

El Catecismo sigue apoyando su enseñanza en la Constitución dogmática del Vaticano II sobre la Revelación, Dei Verbum,en este caso en el número 12 titulado «Cómo hay que interpretar la Escritura».

Dos principios fundamentales

El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece dos principios fundamentales, que deben completarse necesariamente el uno con el otro: buscar en el texto sagrado lo que el autor humano quiso decir y, a la vez, leer la Escritura con la ayuda y la guía del Espíritu Santo que la inspiró. Se trata de respetar, a la vez, que estamos ante un texto sagrado, inspirado por Dios, por medio del cual Dios habla, sin olvidar el papel de los autores humanos con los que Dios quiso contar y que se expresaban de una forma específica según la situación concreta en que vivieron.

1. Buscar lo que el autor humano quiso afirmar

[109] En la sagrada Escritura, Dios habla al hombre a la manera de los hombres. Por tanto, para interpretar bien la Escritura, es preciso estar atento a lo que los autores humanos quisieron verdaderamente afirmar y a lo que Dios quiso manifestarnos mediante sus palabras (cf. DV 12,1).

Es el momento de tener en cuenta la realidad de la inspiración, descrita en los n. anteriores:

  • -La Palabra de Dios se expresa en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano (n. 101).
  • -En la inspiración de la Biblia, Dios se valió de hombres que usaban todas sus facultades humanas, que pusieron por escrito lo que Dios quería (n. 106).

Por lo tanto, a la hora de interpretar correctamente la Sagrada Escritura hay que partir siempre de lo que el autor humano quiso afirmar realmente, porque Dios quiso comunicarse por medio de personas concretas y de sus palabras, escritas en un lenguaje humano concreto. Sólo por medio de lo que está escrito y de lo que el autor humano (Isaías, Mateo…) quiso decir con esas palabras podemos llegar a conocer lo que Dios, el autor principal, quiere decirnos.

Siguiendo el símil de la encarnación que proponía el n. 101, del mismo modo que sólo llegamos a Dios por medio de la humanidad de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que nació, predicó, murió y resucitó en un momento, en un lugar y en unas circunstancias precisas, sólo podremos recibir verdaderamente lo que Dios nos quiere decir en su Palabra «encarnada» en palabras humanas, buscando sinceramente lo que una persona concreta, escribió en un contexto preciso, en un lenguaje determinado y con el sentido que él quiso darle.

Esto tiene dos consecuencias prácticas que no siempre se tienen en cuenta a la hora de interpretar la Escritura por parte de los teólogos y de los que oran con ella:

  • -No se debe oponer nunca lo que dice el autor humano y la verdad que Dios quiere transmitir. Como si fuese san Pablo el que introduce una serie de doctrinas en sus cartas que nada tienen que ver con la voluntad de Dios, o como si san Mateo en su evangelio introdujese una doctrina ajena a lo que Jesús quiso decir. Recordemos de nuevo la doctrina católica: «Pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería» (n. 106).
  • -Es un grave error interpretar la Biblia partiendo de cómo nos suenan a nosotros hoy las palabras de la Escritura (por ejemplo, como si los «talentos» de la parábola fueran capacidades), o intentando introducir en las palabras del evangelio lo que a nosotros nos interesa y que nada tiene que ver con lo que el autor quiso decir, como, por ejemplo, intentar justificar con la Escritura la moralidad de los actos homosexuales partiendo de que «hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres» (Mt 19,12). Simplemente, el autor humano habla de otra cosa.

[110] Para descubrir la intención de los autores sagrados es preciso tener en cuenta las condiciones de su tiempo y de su cultura, los «géneros literarios» usados en aquella época, las maneras de sentir, de hablar y de narrar en aquel tiempo. «Pues la verdad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios» (DV 12,2).

Es la necesidad de descubrir la intención del autor sagrado y «lo que Dios quiso manifestarnos mediante sus palabras» lo que hace necesario todo un conjunto de ciencias y conocimientos, sin los cuales nosotros, occidentales del tercer milenio, no podemos alcanzar el sentido verdadero que el autor humano quiso dar a sus palabras en el mundo semítico de hace dos mil o tres mil años.

Si queremos ahorrarnos ese esfuerzo o no tenemos en cuenta las aportaciones de esos estudios, corremos el grave peligro de perder el sentido que el autor quiso dar a sus palabras y, por lo tanto, lo que Dios nos quiere decir, y, en consecuencia, alimentar nuestra vida cristiana con «lo que a mí me parece» que dice la Palabra de Dios, y orientar nuestra vida con interpretaciones erróneas, si no claramente manipuladas. De ahí nace la importancia en la Iglesia de estos estudios en torno a la Biblia, de una formación bíblica básica en todos los cristianos y de avanzar en esta formación en la medida de lo posible para el que se adentra en la vida espiritual o en el apostolado.

· · ·

Veamos algunos ejemplos sencillos de la importancia de conocer el lenguaje en que fueron escritos los evangelios:

Un hombre «en» espíritu inmundo

Si leyéramos al pie de la letra y sin tener en cuenta las características del «idioma» en el que están escritos los evangelios, el texto griego del primer milagro de Jesús en el evangelio según san Marcos, la expulsión de un demonio, el episodio comenzaría así: «Había precisamente en su sinagoga un hombre en un espíritu inmundo y se puso a gritar…» (Mc 1,23). La traducción literal de la preposición griega daría lugar a la impresión ridícula de que aquel pobre hombre estaba subido encima del espíritu inmundo. El conocimiento específico del griego del Nuevo Testamento, influenciado por las lenguas semíticas (hebreo y arameo), permite resolver esta dificultad fácilmente1: la preposición hebrea con la que se dice «en» sirve también para decir «con», por lo que el texto expresa correctamente en el lenguaje de su tiempo y de su contexto (la Palestina del siglo I) que aquel hombre estaba poseído por el demonio, es decir, que era «un hombre con un espíritu inmundo». La traducción de la Conferencia Episcopal Española, lo traduce de forma más elegante cambiando la preposición por una oración de relativo: «Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo».

A partir de este sencillo ejemplo podemos caer en la cuenta de la importancia de traductores y exegetas bien preparados y del peligro del que intente leer el texto original con unos conocimientos básicos del griego que se aprende en el bachillerato.

Por otra parte, estas «complicaciones», tienen la ventaja de hacernos ver que no estamos ante un texto que se podía haber inventado fuera de Palestina en siglos posteriores, sino que tiene todas las características del griego común que se podía hablar en las primeras comunidades cristianas palestinas y que refleja el modo de hablar arameo propio de Jesús y de los apóstoles.

El «cuerpo de la gloria»

También para entender el texto original de las cartas de san Pablo hay que tener en cuenta las características del griego concreto en el que está escrito. Por ejemplo, cuando el Apóstol nos habla en Flp 3,20-21 de la esperanza cristiana en la resurrección, puede resultar chocante si leemos el texto original al pie de la letra: «Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. El cual transformará el cuerpo de nuestra humildad, según el modelo del cuerpo de su gloria…». Podríamos intentar comprender cómo es posible que la humildad tenga su cuerpo y la gloria el suyo2. A partir de ahí podríamos llegar a consecuencias claramente absurdas o a pensar que la Palabra de Dios es ininteligible. De nuevo, la influencia de las lenguas semíticas en el griego del Nuevo Testamento nos aclara lo que el autor humano quiere decir y, en consecuencia, el mensaje que Dios nos quiere transmitir, y que es muy importante para la fe cristiana en la resurrección de los cuerpos, de los nuestros, no del de la humildad.

Las lenguas semíticas son pobres en adjetivos y suplen esa pobreza expresando la cualidad con otro sustantivo unido por lo que nosotros expresamos con la preposición «de» y en griego y latín se expresa con el genitivo. Por ejemplo, cuando se quiere decir (como en Lc 16,8.9) que un administrador es «injusto», tienen que emplear la expresión «administrador de la injusticia». Además, el adjetivo posesivo no se le aplica al nombre, sino a la expresión que sirve de adjetivo. Por ejemplo, para decir «su trono glorioso» se escribe «el trono de su gloria» (Mt 19,28).

Teniendo esto en cuenta, nuestro extraño texto tiene un sentido diáfano, tal como aparece en nuestras traducciones: «Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso», lo cual nos habla de que el cuerpo con el que vamos a resucitar será transformado según el modelo del cuerpo resucitado que pudieron ver y tocar los apóstoles después de la resurrección (cf. 1Co 15,35-44).

El «pasivo divino»

Es conocido el respeto que el pueblo de Dios tiene por el nombre de Dios, de modo que el nombre revelado a Moisés en el Sinaí (cf. Ex 3,13-15) sólo lo pronuncia una vez al año el Sumo Sacerdote en el Santo de los Santos en el día de la purificación de los pecados (cf. Eclo 50,20). Y además los israelitas evitan de distintas maneras usar el nombre de Dios, como cuando dicen «Reino de los cielos» para evitar decir «Reino de Dios». Pues bien, una de las formas más frecuentes de eludir pronunciar el nombre de Dios en los evangelios es el llamado «pasivo divino» o «pasivo teológico», que consiste en decir en voz pasiva sin mencionar el sujeto una frase que tiene como sujeto a Dios. Por ejemplo, en Mc 2,5, para decir al hombre de la camilla «Dios perdona tus pecados», Jesús le dice: «Tus pecados son perdonados». Nosotros podríamos preguntarnos, ¿por quién? Para ellos era obvio que Jesús estaba mencionando a Dios, y de ahí el escándalo que produce en los oyentes que Jesús otorgue el perdón de Dios (cf. Mc 2,7)3.

El problema de este fenómeno, al contrario de los otros dos, es que nuestras biblias suelen traducir esta forma de hablar al pie de la letra y, si el lector no está atento o el predicador no lo conoce, el mensaje queda oculto o, por lo menos, suavizado.

Por ejemplo, cuando en el sermón de la montaña Jesús nos invita a la confianza en la oración dice: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá» lo que el evangelista (y el mismo Jesús) quieren decir, y ése es el mensaje de la Palabra de Dios es: «Pedid y Dios os dará», «Llamad y Dios os abrirá»; y, por lo tanto, podemos suponer que también será Dios el que hará que el que busca pueda encontrar lo que necesita. En el español actual esta forma de hablar, «se os dará» o «se os abrirá», puede dejar una impresión vaga porque no sabemos quién ni cuando nos va a dar lo que necesitamos o nos va a abrir la puerta necesaria.

Esta característica lingüística que a nosotros nos puede parecer complicada y propia de especialistas, pero que era evidente para el pueblo llano que escuchaba a Jesús, es imprescindible para entender pasajes evangélicos tan importantes como las bienaventuranzas. Donde nuestra traducción litúrgica española oficial dice: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán [saciados literalmente: serán saciados por completo]. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia [literalmente: serán tratados con misericordia] […] Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,5-7), hay que entender que lo que quiere decir el evangelista y, por tanto, el mensaje que Dios quiere transmitir es que Dios consolará a los que lloran, Dios saciará el hambre y la sed de ser justos, Dios será misericordioso con los que son misericordiosos con los demás y Dios llamará hijos suyos a los que trabajan por la paz. Y, por lo tanto, podemos tener la certeza que Dios es también el protagonista de las otras cuatro bienaventuranzas: es Dios el que dará el reino de los cielos a los pobres, el que dará la tierra en heredad a los mansos, el que se manifestará a los limpios de corazón y el que a los perseguidos les dará su reino y les dará una recompensa grande en el cielo. Sin ese protagonismo de Dios, las bienaventuranzas nos llevarían a un cristianismo de éxito humano que al final conduce al fracaso y al abandono, si esperamos el consuelo de los hombres, alcanzar la justicia por nosotros mismos, alcanzar la misericordia de los seres humanos o esperar que los demás nos reconozcan como hijos de Dios cuando trabajamos por la paz.

· · ·

Estos tres ejemplos se refieren a características del lenguaje en el que está escrito el Nuevo Testamento (lo mismo sucede con el Antiguo) y deben servirnos para darnos cuenta de la importancia de buscar lo que dice y quiere decir el autor sagrado en su lenguaje propio, porque lo que él dice realmente es el único cauce para llegar a la Palabra de Dios.

Pero el Catecismo se refiere no sólo al conocimiento del lenguaje, sino también a la cultura y a las características de su tiempo, que es preciso conocer para captar lo que el autor quiere decir y, por lo tanto, lo que Dios nos quiere decir, y que es de importancia vital para el creyente. Pongamos algunos ejemplos de las parábolas, en las que es especialmente importante conocer el ambiente palestino en el que Jesús las dijo para poder captar su mensaje.

Un pan enorme

El mensaje de la brevísima parábola de la levadura que aparece en Mt 13,33, se hace más claro y contundente si conocemos el ambiente en el que Jesús la pronunció.

El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.

Para nosotros puede parecer normal la «receta» con la que se compara el reino de los cielos. Tres «medidas» de harina nos suena a tres vasitos de harina con las que se hace un pan normal. La levadura con la que se compara el reino de los cielos no haría entonces nada extraordinario.

Sin embargo, el texto del Evangelio se refiere a una unidad de medida conocida de sobra por sus oyentes, el saton, que equivale a poco más de 13 litros. La levadura de la parábola es capaz de hacer fermentar casi 40 litros de harina. ¡Una cantidad de harina enorme! Así es la capacidad del reino de Dios de transformar a las personas y a la historia.

Comprobamos que, sin el conocimiento del ambiente palestino, el mensaje de la parábola, que era evidente para los oyentes de la predicación de Jesús, queda oculto para el hombre de hoy. Negarse a conocerlo en la medida de las posibilidades, es cerrarse al mensaje que Dios nos quiere transmitir por medio de su Palabra y que es necesario para la vida cristiana y, como no, para el contemplativo.

Una deuda impagable

Es claro el mensaje de la parábola del siervo despiadado al que su rey le perdona una gran deuda y se niega a perdonar a un compañero, que también le debe dinero: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» (Mt 18,33). Pero no percibimos la fuerza de la parábola, como la percibieron los oyentes de Jesús, si no tenemos en cuenta la cantidad perdonada a este hombre de duro corazón: diez mil talentos de plata. No se trata de simples monedas de plata de más o menos gramos. Un solo talento equivale a más de 34 kilos. Aquel hombre debía más de 340.000 kilos de plata. Una cantidad impagable, que hace entender lo ridículo de la pretensión de este hombre de «devolverlo todo», la magnitud del perdón que recibe y lo miserable de no perdonar a su compañero una cantidad que no alcanzaría el medio kilo de plata.

Al predicar u orar sobre el perdón recibido de Dios y el que damos a los demás no es indiferente percibir el impacto que sintieron los oyentes de Jesús cuando escucharon por vez primera esta parábola.

· · ·

A nosotros nos puede parecer que estos conocimientos necesarios del ambiente palestino en que predicó Jesús nos hacen complicada y difícil la comprensión de su mensaje, y reserva su mensaje para unos pocos eruditos. Pero no debemos olvidar, y es lo que nos quiere enseñar el Catecismo, que la gente sencilla que escuchaba a Jesús no tenía que acudir a ningún libro para saber cuánto era una medida de harina o el valor de un talento de plata. Es nuestra distancia a ese ambiente lo que hace necesario para nosotros un trabajo de conocimiento del ambiente de Jesús. Un trabajo ciertamente propio de exegetas, predicadores y catequistas; pero un trabajo que, en la medida de lo posible, tiene que realizar todo aquel que desee «escuchar y entender» la Palabra de Dios, para que no se la lleve el demonio y pueda dar fruto abundante en su vida (cf. Mt 13,19.23). Por lo tanto, una tarea que debe afrontar el contemplativo, según sus posibilidades. Porque no se trata de una cuestión de sabiduría humana o de erudición (aunque algunos lo entiendan así), sino del deseo de comprender mejor la Palabra del Amado para seguirle y unirse a él. Por eso no es extraño que santa Teresa del Niño Jesús dijera: «Si yo hubiese sido sacerdote, habría aprendido el hebreo y el griego, y no me habría contentado con el latín, y así habría podido conocer el verdadero texto dictado por el Espíritu Santo»4.

· · ·

Por último, para acabar con la extensa explicación de estos números del Catecismo, tenemos que mencionar la importancia de conocer los «géneros literarios».

A muchos cristianos esto de los géneros literarios les suena a algo peligroso, porque les parece que lleva necesariamente a negar la verdad de los evangelios y la realidad de los hechos narrados en la Biblia, como si a partir del reconocimiento de los géneros literarios se pudiera afirmar que todo lo que aparece en la Escritura es un «cuento» o una especie de «fábula» para transmitir ciertas doctrinas.

Hay que partir del hecho de que tanto en el uso cotidiano como en el lenguaje literario todo lo que comunicamos tiene una fórmula concreta que depende de lo que se quiere comunicar, a quién se dirige, la intención que tiene y el contexto en el que surge. Tienen una forma estereotipada (un «género») tanto una carta, como un cuento, una noticia del telediario o el relato de una batalla. Hablar de géneros literarios no tiene nada que ver, en principio, con negar la historicidad de los evangelios o la verdad de la Escritura.

Tres factores internos más uno externo constituyen el género literario en la práctica de Gunkel: un tema peculiar, una estructura o forma interna peculiar, un repertorio de procedimientos frecuentes o dominantes; estos tres elementos se han de fundir como factores del resultado total. El factor externo es la función vital, la circunstancia social, que Gunkel llamó Sitz im Leben5.

Sin embargo, es necesario, no sólo para el exegeta que estudia la Biblia, sino para todo cristiano que quiera entenderla, reconocer en lo que lee el género literario de lo que tiene ante sus ojos para captar lo que quiere decir el autor y, por tanto, lo que Dios quiere comunicarnos. En los evangelios no podemos leer e interpretar del mismo modo una parábola que el relato de la pasión. Ésta narra unos hechos históricos de un modo determinado, común a los cuatro evangelistas, que añaden a lo que sucedió indicaciones para entender esos acontecimientos reales que son, a la vez, salvíficos. La verdad de una parábola no estriba en que alguna vez un pastor dejara noventa y nueve ovejas en el desierto y se fuera buscar a la oveja que se perdió, sino precisamente en lo impactante de esa historia que nos quiere transmitir un mensaje verdadero y necesario, pero que no tiene que ver con ovejas ni con pastores, sino con el modo de actuar de Dios con nosotros y con nuestra dificultad para entenderlo. Del mismo modo, en el Antiguo Testamento, debemos tener en cuenta si nos encontramos ante una oración en forma poética, el relato de la caída de Jerusalén, una profecía con la que Dios quiere espolear a su pueblo pecador o unas normas de conducta. Recuérdese que muchos de los conflictos en torno a la verdad de la Escritura se resuelven si se tienen en cuenta los géneros literarios. Recuérdese lo dicho en el tema anterior cuando al comentar el n. 107 del Catecismo hablábamos de La verdad de la Escritura, consecuencia de la inspiración.

En definitiva, no podemos captar lo que el autor humano quiso decir si no tenemos en cuenta el género literario que está empleando. Teniendo en cuenta que estamos ante géneros literarios propios de un tiempo y un ambiente distinto al nuestro. Deformaremos el mensaje que Dios quiere transmitirnos si intentamos meter a la fuerza los modos de hablar de los autores bíblicos en nuestras formas de expresarnos actuales.

Basándose en la Constitución dogmática Dei Verbum, el Catecismo hace mención de los tres géneros literarios fundamentales que aparecen en la Biblia: históricos, proféticos y poéticos. Sin ánimo de profundizar demasiado, puede servirnos de ayuda detallar un poco más los géneros literarios que nos podemos encontrar al tomar la Biblia en nuestras manos:

-Narrativa

 · Parábola

 · Narración didáctica

 · Narración épica

 · Crónicas y anales

 · Relato histórico

-Ley

-Profecía

-Lírica

-Sabiduría

-Apocalíptica

-Carta

Es preciso recalcar que todo este esfuerzo humano por comprender la Palabra de Dios no es falta de fe, es la consecuencia de aceptar la realidad de la inspiración de la Biblia que cuenta con el autor humano como un verdadero autor, y que, desde luego, no excluye la actitud creyente al interpretar la Escritura:

El exegeta católico se acerca a la Biblia siempre con la convicción de que es Sagrada Escritura, libro plenamente humano y plenamente de Dios… Toda interpretación de la Biblia supone una actitud creyente. Es precisamente esta actitud la que lleva al exegeta a tomar en serio la dimensión de lenguaje humano inseparable de la Biblia. Y lo que justifica que empleemos todos los instrumentos de la crítica para lograr una interpretación adecuada del texto6.

Por lo tanto, hay que rechazar como contrarias al sentir de la Iglesia y a un acercamiento adecuado a la Sagrada Escritura las actitudes que rechazan el necesario uso de todos estos conocimientos que nos permiten acceder a lo que Dios quiere decirnos en su Palabra escrita, aunque a veces esos métodos se hayan empleado de forma inadecuada o contraria a la fe, y hayan creado confusión entre los fieles, como veremos al comentar el número siguiente. Pero un error no justifica el contrario:

Real o aparente, esta confusión ofrece nuevos argumentos a los adversarios de la exégesis científica. El conflicto de las interpretaciones manifiesta, según ellos, que nada se gana sometiendo los textos bíblicos a las exigencias de los métodos científicos, sino que, al contrario, mucho se pierde. Subrayan que la exégesis científica provoca la perplejidad y la duda sobre innumerables puntos, que eran hasta ahora admitidos pacíficamente, empujando a algunos exegetas a tomar posiciones contrarias a la fe de la Iglesia sobre cuestiones tan importantes como la concepción virginal de Jesús y sus milagros, e incluso sobre su resurrección y divinidad. Aún cuando no llegue a tales negaciones, la exégesis científica se caracteriza, según ellos, por su esterilidad en lo que concierne al progreso de la vida cristiana. En lugar de permitir un acceso más fácil y más seguro a las fuentes vivas de la Palabra de Dios, hace de la Biblia un libro cerrado, cuya interpretación siempre problemática requiere una refinada técnica, que hace de ella dominio reservado a algunos especialistas. A éstos, algunos aplican la frase del Evangelio: «Os habéis apoderado de la llave de la ciencia. No habéis entrado vosotros, y a los que querían entrar se lo habéis impedido» (Lc 11,52; cfr. Mt 23,13). En consecuencia, se considera necesario sustituir el paciente trabajo de la exégesis científica con acercamientos más simples, como tal o cual práctica de lectura sincrónica, que se considera suficiente; o inclusive, renunciando a todo estudio, se favorece una lectura de la Biblia llamada «espiritual». Con este término se entiende una lectura guiada únicamente por la inspiración personal subjetiva y destinada a nutrir esta inspiración. Algunos buscan en la Biblia sobre todo el Cristo de su visión personal y la satisfacción de su religiosidad espontánea. Otros pretenden encontrar en ella respuestas directas a todo tipo de cuestiones personales o colectivas. Numerosas sectas proponen como única interpretación verdadera aquella de la cual afirman haber tenido la revelación (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993), Introducción, A. Problemática actual)7.

El contemplativo debe estar alerta para que su lectura de la Biblia no caiga en la esterilidad de unos métodos que mal usados alejan del mensaje de Dios, pero tampoco en un subjetivismo que, aunque parezca más espiritual, desconoce la voluntad de Dios expresada en su Palabra, tal como él quiso comunicarla. El que busca alimentar su vida espiritual con la Palabra de Dios es el que menos puede prescindir de la búsqueda del sentido literal:

Es, sin duda, inútil continuar insistiendo sobre la primacía objetiva y absoluta del sentido «espiritual». Éste es la plenitud del sentido divino; su búsqueda ha de ser el último fin y la preocupación dominante del lector que quiere asimilar la esencia de la revelación y saborear su riqueza viviente. Para lectores que buscan vivir la Palabra de Dios antes que todo, quizá conviene destacar más la primacía metódica del sentido «somático» que prácticamente ha de compensar la primacía de naturaleza. Antes de emitir un juicio sobre el valor «económico» de un acontecimiento o de un dato cualquiera, es preciso comprender este dato en sí mismo […] El lector de la Biblia nunca llegará a comprender hasta qué punto su tarea esencial ha de ser penetrar incansablemente, con una fe inquebrantable y un amor perseverante, en la letra de la Escritura Inspirada. Más que a su propia labor, es a la acción del Espíritu a quien deberá la penetración luminosa y profunda que fecundará su esfuerzo descubriéndole las riquezas secretas de la Palabra de Dios. Cristo sólo se recibe por la muerte a sí mismo. Su vida divina es comunicada por la sunción de su carne; su Palabra sólo se percibe en vocablos humanos. Rehusar aceptar la «pobreza» aparente del sentido literal es tropezar en el escándalo de la Cruz. El verdadero alcance espiritual de la Escritura no se podrá percibir nunca fuera del sentido literal, de la misma manera que el Hijo de Dios sólo se descubre en Jesús de Nazaret. La ley de encarnación domina las diversas formas de vida del hombre y el misterio de su salvación. Esta misma ley de encarnación regula, por consiguiente, el estudio del sentido literal. El mensaje cristiano de vida eterna es un hecho histórico, y el misterio se inscribe en él en los dominios de la razón. El estudio de la Biblia comporta necesariamente un esfuerzo de ciencia. Este esfuerzo es susceptible de profundizaciones y de extensiones variables, pero los rudimentos de la técnica bíblica son indispensables para todo conocimiento religioso de la Biblia. El progreso de vida divina que la Biblia intenta asegurarnos es, como todo progreso de vida, el fruto de un estudio paciente sobre la base de la técnica […] El principio esencial de una lectura espiritual se halla sentado así: Sólo puede buscarse un sentido espiritual, sobre la base y en la natural prolongación del sentido literal […] La lectura de la Biblia, incluso propiamente religiosa, presupone, pues, una iniciación aunque sea rudimentaria en sus formas humanas y en las conclusiones firmes de la ciencia bíblica. Para producir estos frutos, la penetración íntima del Espíritu tiende a unirse a este esfuerzo tan humano de profundización de la letra, y un estudio lo más amplio posible de los aspectos críticos es la mejor introducción a los más profundos matices del pensamiento. No es posible sacar inmediatamente de la Biblia un provecho espiritual tangible8.

2. Leer la Escritura con el mismo Espíritu (con mayúscula) con el que fue escrita

[111] Pero, dado que la sagrada Escritura es inspirada, hay otro principio de la recta interpretación, no menos importante que el precedente, y sin el cual la Escritura sería letra muerta: «La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita» (DV 12,3).

A la hora de interpretar la Escritura es imprescindible tener en cuenta la presencia y la acción del Espíritu Santo, tanto en la obra de la salvación y de la revelación, como en la Iglesia y el creyente que lee e interpreta la Biblia:

El Espíritu de Dios, que actuó en las etapas del AT y NT, que dio a conocer al pueblo de Israel la revelación de Dios mediante hechos y palabras, bajo cuya acción ésta se puso por escrito y fue reconocida como Escritura inspirada y normativa, es el mismo Espíritu que hace posible la encarnación del Verbo de Dios, el mismo que Jesucristo deja a su Iglesia para que reconozca en su palabra y en sus obras la plenitud de la revelación de Dios, el mismo bajo cuya acción estos hechos y palabras se ponen por escrito, el mismo que lleva a reconocer en esos escritos la definitiva revelación de Dios y a someterse a ellos señalándolos como normativos y canónicos. En consecuencia, es también el mismo Espíritu que habita y vive en la Iglesia como palabra interna a ella, el que sigue dándole a conocer la palabra externa, que es la Escritura, haciendo posible su interpretación auténtica, convirtiéndola en palabra eficaz hoy y en cada tiempo9.

En consecuencia, del mismo modo que es un grave error interpretar la Biblia sin contar con las peculiaridades de cada autor humano de la Sagrada Escritura (lenguaje, costumbres, géneros…), no sería menos catastrófico, tanto para el exegeta como para el simple creyente que se acerca a la Palabra de Dios escrita, pensar que la Biblia puede interpretarse como cualquier texto humano sin contar con la ayuda del Espíritu Santo. Es el error del exegeta muy cualificado que cae en el orgullo de pensar que «domina» la Escritura porque cuenta con todas las herramientas humanas para interpretar un texto bíblico. Pero es el error, no menos orgulloso, del cristiano de a pie, que, porque ha hecho un cursillo bíblico o ha leído un comentario se olvida de pedir la ayuda al Espíritu Santo, el mismo que ha inspirado la Sagrada Escritura, para poder leerla y entenderla correctamente. Sólo el que se acerca a la Biblia con una actitud creyente y humilde, solicitando la ayuda del Espíritu Santo, puede comenzar a entender lo que Dios quiere decirle. Sin esa actitud se habrá equivocado en lo fundamental antes de empezar a estudiar o a leer porque habrá confundido un texto sagrado en el que Dios habla, con cualquier otro texto de la literatura universal. Este error se acentúa cuando el que se acerca a la Biblia parte de un prejuicio contra la posibilidad de cualquier intervención divina en la historia o en los autores sagrados o sólo le mueve un espíritu crítico contra la enseñanza de la Biblia según sus propias ideas o intereses. Lo cual, desgraciadamente, no sucede sólo fuera de la Iglesia.

Es la actitud de algunos exegetas que denunciaba Guitton hace ya más de treinta años, que se sienten capaces de eliminar de la Escritura lo que a ellos les parece inaceptable para el hombre de hoy:

[Dice el exegeta:] Yo me sitúo en la perspectiva del futuro. Intento distinguir lo que la inteligencia de mañana podría aceptar como válido. Yo salvo el ejército, no defiendo todo el frente, sino sacrificando lo inevitable. Yo discierno las partes muertas del edificio. Usted no quiere hacer los sacrificios necesarios. Y, a fuerza de querer salvarlo todo, va a perderlo todo. En lo que a mí respecta, yo podo la fe a fin de que dé fruto10.

Esta actitud equivocada la detectan pastores e intelectuales en la actualidad:

La crisis se manifiesta también en lo que atañe a las relaciones entre los dos canales por los que nos es transmitida la única Revelación divina: la Sagrada Escritura y la tradición; es decir, entre la Biblia y la Iglesia, que entrega lo que ha recibido del Señor. Por influencia del protestantismo y de su noción fundamental de sola scriptura -solo las Escrituras, y no el magisterio-, los exégetas católicos han dado prioridad a una interpretación supuestamente «sabia» de la Biblia saturada de hipótesis de trabajo y prejuicios filosóficos, cientificistas o hegelianos, en detrimento de la lectura patrística y tradicional que ha forjado a los santos, los únicos que han comprendido plenamente la Escritura. Al final la Escritura se acaba viendo únicamente como un conjunto de documentos antiguos ‑apasionantes, sí, pero desprovistos de peso sobrenatural‑, cuya comprensión solo está al alcance de los especialistas11.

· · ·

Uno de los rasgos propios de la modernidad es tanto su iconoclasia como su propensión a fabricar iconos, si no ídolos. Critica la Biblia como un texto profano, pero erige ciertas obras profanas en textos sagrados […] El problema de la modernidad no es tanto rechazar el Evangelio como ver evangelios por todas partes. Por poner algunos ejemplos, tenemos el evangelio según Marx, el evangelio según Hitler, el evangelio según Monica Bellucci…12.

En consecuencia, no puede extrañarnos que las recientes manifestaciones de la Iglesia a propósito de la lectura e interpretación de la Biblia hayan subrayado este punto:

A la solicitud de Dios debería corresponder una honda gratitud, que se manifiesta en un vivo interés y una gran atención para escuchar y comprender cuanto Dios quiere comunicarnos. Pero el Espíritu con el que fueron escritos los libros debe ser el Espíritu con el cual los escuchamos. Los libros del Nuevo Testamento los han escrito verdaderos discípulos de Jesús, profundamente motivados por la fe en su Señor. Estos libros deben ser escuchados por verdaderos discípulos de Jesús (cf. Mt 28,19), impregnados por la fe viva en él (cf. Jn 20,31). Además somos invitados a leer los escritos del Antiguo Testamento, junto a Jesús resucitado, según la enseñanza que él dio a sus discípulos (cf. Lc 24,25-27.44-47) y desde su perspectivan. También es esencial tener en cuenta la inspiración para el estudio científico de los escritos bíblicos, realizado no de un modo neutro sino con una aproximación verdaderamente teológica […] Los métodos exegéticos modernos no pueden sustituir a la fe, pero aplicados en el marco de la fe, pueden ser muy fecundos para la comprensión teológica de los textos (Pontificia Comisión Bíblica, La inspiración y la verdad de la Sagrada Escritura (2014), 53).

· · ·

Cuando se debilita nuestra atención a la inspiración, se corre el riesgo de leer la Escritura más como un objeto de curiosidad histórica que como obra del Espíritu Santo, en la cual podemos escuchar la voz misma del Señor y conocer su presencia en la historia (Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal, Verbum Domini (2010), 19).

· · ·

Precisamente el vínculo intrínseco entre Palabra y fe muestra que la auténtica hermenéutica de la Biblia sólo es posible en la fe eclesial, que tiene su paradigma en el sí de María. San Buenaventura afirma en este sentido que, sin la fe, falta la clave de acceso al texto sagrado: «Éste es el conocimiento de Jesucristo del que se derivan, como de una fuente, la seguridad y la inteligencia de toda la sagrada Escritura. Por eso, es imposible adentrarse en su conocimiento sin tener antes la fe infusa de Cristo, que es faro, puerta y fundamento de toda la Escritura». E insiste con fuerza santo Tomás de Aquino, mencionando a san Agustín: «También la letra del evangelio mata si falta la gracia interior de la fe que sana» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 29).

Es preciso, por tanto, superar el prejuicio de que es necesaria una actitud imparcial para acercarse a la Biblia o que no es necesaria la fe para entenderla en plenitud:

Por el largo camino hasta el sentido originario de un texto pueden caminar juntos largos trechos el exegeta creyente y el que no cree. Pero habrá ratos o un momento decisivo en que el creyente se queda solo. Y la diferencia no es solamente cuestión de tema: los dos pueden estudiar el mismo tema, que para uno es teológico, de revelación, y para otro es un documento de creencia o una superstición histórica. En el trabajo total quedan diferencias radicales: el que investiga con fe, se acerca a su objeto como realmente es, actúa con verdadera objetividad. Es pura ilusión pensar que, para la percepción objetiva, para la auténtica comprensión, hay que dejar aparte la convicción de fe; y doble ilusión sería pensar que dicho criterio no prejuzga nada. Algo así como decir: para comprender a un hombre que da su vida por una causa, es necesario no compartir su adhesión a dicha causa; para comprender a hombres que darían su vida por su causa, es necesario no estar dispuesto a dar la vida por causa alguna; el escéptico total es el que mejor puede comprender a los que dan la vida por la causa. Al hombre sólo lo entendemos humanamente, y a Dios, divinamente, y al Espíritu, espiritualmente13.

La invocación al Espíritu Santo y la plena docilidad a él, son las actitudes necesarias para poder leer e interpretar correctamente la Palabra de Dios. La autosuficiencia y la rigidez -especialmente la que provoca el pecado- son un obstáculo para comprender lo que se lee. Estas actitudes no son sólo necesarias para el exegeta, sino para cualquiera que quiera acercarse a la Biblia sabiendo lo que es: Palabra de Dios inspirada por el Espíritu Santo, que es viva y eficaz, y que hay que acoger con fe y con la ayuda del mismo que la inspiró. El contemplativo, que conoce la necesidad de los medios humanos para interpretar la Sagrada Escritura, y los emplea en la medida de sus posibilidades, puede y debe aportar a la lectura de la Biblia esta intimidad y docilidad con el Espíritu Santo que movió a los autores humanos a que pusieran por escrito, todo y sólo lo que Dios quería (cf. n. 106). Lo veremos con más detalle al comentar los n. 131 y 133.

Tres criterios para interpretar la Escritura según el Espíritu que la inspiró

El Catecismo desarrolla este segundo principio («leer la Escritura con el mismo Espíritu con el que fue escrita») en tres criterios concretos, que tienen en cuenta, por una parte, el carácter inspirado de la Sagrada Escritura, que tiene un único autor principal y que, en consecuencia, no es simplemente una colección de libros dispersos que se yuxtaponen o incluso se contraponen, sino que tienen una unidad, un orden y un propósito establecido por Dios; y, por otra, el lugar de la Escritura en la dinámica de la Revelación de Dios y su relación con la Tradición (para lo cual es imprescindible recordar lo dicho y comentado a propósito de los n. 78.80-82)14. Por lo tanto, son tres criterios que se fundamentan en la fe y, hay que subrayarlo de nuevo, son imprescindibles para el intérprete de la Escritura y también para todo cristiano que debe alimentarse de ella, especialmente el contemplativo: sin fe no se puede comprender lo que la Biblia quiere decir. Esta relación de la Biblia con la dinámica concreta de la Revelación y con la Tradición nos hace recordar también la relación intrínseca de la Escritura con la Iglesia, que se hará más explícita cuando analicemos la formación del canon de la Biblia: la Biblia nace en la Iglesia y se interpreta en la Iglesia.

1. Prestar atención a la Escritura en su conjunto

El Concilio Vaticano II señala tres criterios para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu que la inspiró (cf. DV 12,3):

[112] 1. Prestar una gran atención «al contenido y a la unidad de toda la Escritura». En efecto, por muy diferentes que sean los libros que la componen, la Escritura es una en razón de la unidad del designio de Dios, del que Cristo Jesús es el centro y el corazón, abierto desde su Pascua (cf. Lc 24,25-27.44-46). «Por el corazón (cf. Sal 22,15) de Cristo se comprende la sagrada Escritura, la cual hace conocer el corazón de Cristo. Este corazón estaba cerrado antes de la Pasión porque la Escritura era oscura. Pero la Escritura fue abierta después de la Pasión, porque los que en adelante tienen inteligencia de ella consideran y disciernen de qué manera deben ser interpretadas las profecías» (Santo Tomás de Aquino, Expositio in Psalmos, 21,11).

La diversidad de los autores humanos y la amplitud de las fechas en las que han sido compuestos los diversos libros de la Biblia no pueden hacernos olvidar la «unidad» que confiere a la Escritura el autor divino (n. 105), que, en el fondo, sólo dice una palabra: el Verbo (n. 102). Toda la Revelación se dirige a Cristo y alcanza su plenitud (y su unidad) en él (n. 65). El plan salvador de Dios, por el que quiere manifestarse y entregarse al hombre para unirse con él por medio de su Hijo, es lo que confiere unidad a la Escritura como medio fundamental de la Revelación e instrumento de salvación.

Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo (Hugo de San Víctor)15.

· · ·

Los libros del AT y NT recogidos en el Canon, a pesar de su larga historia y prehistoria, forman un todo único. Quien da unidad a libros tan diversos, a escritores distantes entre sí y a la historia de su composición, es el único Espíritu de Dios, bajo cuya inspiración fueron escritos, con el fin de dejarnos en herencia su verdad salvífica y con especial seguridad y sin error16.

· · ·

La Biblia es en realidad un único gran libro, en el que todo vive en virtud del todo17.

La unidad de la Biblia, necesaria para aplicar este primer criterio de interpretación, surge de la fe en la Escritura como Palabra de Dios, pero no sólo de ella, porque se comprende también si nos acercamos a la Biblia como obra literaria y conocemos su proceso de composición:

Ministros de la Palabra de Dios en su tiempo, los escritores bíblicos integraron su mensaje personal dentro de un mensaje global que forma un todo, desde Adán a Cristo y hasta el último de los apóstoles. De esta forma cada texto se relaciona orgánicamente con una arquitectura de conjunto que le comunica sus justas proporciones18.

· · ·

Quiero únicamente subrayar que la unidad de la Sagrada Escritura, como criterio hermenéutico para interpretar cada uno de los libros o cada uno de los pasajes no es solamente una premisa dogmática, una premisa de fe. Al hacer esto no abandonamos del todo el campo de la hermenéutica científica, que -de Schleiermacher en adelante- trabaja con esta premisa de «la visión global del conjunto literario»19.

Se trata, al interpretar un pasaje concreto de la Escritura, de leerlo a la luz de su contexto. En primer lugar, del contexto inmediato y del libro bíblico en que se encuentra, pero también necesariamente teniendo en cuenta el conjunto de la Escritura en el que podemos encontrar antecedentes de lo que dice nuestro texto, pasajes similares que ayudan a su interpretación, o aplicaciones concretas del mismo que aparecen posteriormente. Normalmente nuestras Biblias, especialmente las de estudio, nos ofrecen al margen o al pie de página referencias de los textos que hay que tener en cuenta, por ejemplo, de los lugares de los otros evangelios en los que aparece el episodio o las palabras que estamos interpretando. Un instrumento eficaz para este trabajo son las «concordancias» en las que se muestran todos los lugares en los que aparece determinada palabra de la Biblia y permiten esclarecer su significado, su uso y detectar los lugares que ayudan a iluminar el mensaje del texto que estamos evocando. En este mismo sentido también la lectio divina ayuda a ir guardando en el corazón pasajes que más tarde iluminarán lo que vayamos meditando con esos textos y que surgirán de forma espontánea porque los hemos ido sembrando en el corazón. Como vamos viendo, la lectura de la Biblia tanto para el exegeta como para el creyente no es algo que se pueda improvisar y que requiere tiempo, dedicación y fe.

Un caso especial de esta mirada al resto de la Escritura, como veremos más adelante (n. 121-123), aparece en la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. No podemos interpretar un pasaje del Antiguo Testamento sin tener en cuenta la plenitud de la revelación en el Nuevo, ni podemos entender muchos pasajes del Nuevo Testamento sin prestar atención a las referencias veterotestamentarias de esas palabras, personas, ritos o acontecimientos.

Veamos algunos ejemplos de la necesidad de tener en cuenta el conjunto de la Escritura a la hora de interpretar determinados pasajes.

El número de los salvados

Una lectura apresurada y aislada de Ap 7,4 nos podría llevar a pensar que hay un número cerrado y concreto de los que se van a salvar: «Oí también el número de los sellados, ciento cuarenta y cuatro mil». Además de que es necesario tener en cuenta el género literario en el que se inscribe este texto y del carácter simbólico de los números en la Escritura y en especial en el Apocalipsis, basta con seguir leyendo para descubrir que nuestra primera impresión del texto y las consecuencias que podamos sacar de ella son equivocadas: «Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos» (Ap 7,9).

Los alimentos prohibidos

Quien lea las prescripciones sobre alimentos puros e impuros que aparecen en el libro del Levítico como Palabra de Dios que son, pero sin tener en cuenta el resto de la Escritura, especialmente la plenitud de la revelación manifestada en Jesucristo podría sentirse con el deber de eliminar una buena cantidad de alimentos de su dieta por motivos religiosos:

El Señor habló así a Moisés y a Aarón: «Decid esto a los hijos de Israel: “De los animales terrestres podéis comer los siguientes: cualquier animal de pezuña partida, hendida en dos mitades, y que rumia, lo podéis comer. Pero de los que rumian o tienen la pezuña partida, no comeréis: el camello, que rumia, pero no tiene partida la pezuña: consideradlo impuro; el conejo, que rumia, pero no tiene la pezuña partida: consideradlo impuro; la liebre, que rumia, pero no tiene la pezuña partida: consideradla impura; el cerdo, que tiene la pezuña partida, hendida en dos mitades, pero no rumia: consideradlo impuro. No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres; los consideraréis impuros. De los animales que viven en el agua, sean de mar o río, podéis comer todos los que tienen aletas y escamas. Pero los bichos acuáticos, u otros animales que viven en el agua, de cualquier clase que sean, en mar o río, que carecen de aletas y escamas, los consideraréis abominables. Los tendréis por abominables: no comeréis su carne y tendréis sus cadáveres como abominables. Todo cuanto vive en las aguas y carece de aletas y escamas, lo consideraréis abominable. De las aves, consideraréis abominables, y no las comeréis, porque son abominables, las siguientes: el águila, el quebrantahuesos, el águila marina, el buitre, el halcón en todas sus variedades, el cuervo en todas sus variedades, el avestruz, la lechuza, la gaviota, el gavilán en todas sus variedades, el búho, el somormujo, el ibis, el cisne, el pelícano, el calamón, la cigüeña, la garza en todas sus variedades, la abubilla y el murciélago. Todo bicho alado que anda sobre cuatro patas lo consideraréis abominable. Pero de todos los bichos alados que andan sobre cuatro patas, podéis comer aquellos que, además de sus cuatro patas, tienen zancas para saltar con ellas sobre el suelo. De estos podéis comer los siguientes: la langosta en todas sus variedades y todas las variedades de saltamontes, caballetas y grillos. Cualquier otro bicho alado de cuatro patas lo tendréis por abominable. Con estos animales contraeréis impureza (Lv 11,1-24).

Bastaría con recordar las palabras de Jesús y la conclusión del evangelista en el segundo evangelio para interpretar correctamente estas palabras:

Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. Él les dijo: «¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina». (Con esto declaraba puros todos los alimentos) (Mc 7,14-15.17-18).

A lo que habría que añadir la enseñanza de Jesús frente a la ley del Antiguo Testamento, por ejemplo:

No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud (Mt 5,17).

Es necesario completar esta enseñanza evangélica con la de san Pablo, que tuvo que enfrentarse a los cristianos de origen judío, que seguían los preceptos del Levítico sin relacionarlos con la enseñanza de Jesús y se escandalizaban de los cristianos que, siguiendo el Evangelio, no hacían esas distinciones en los alimentos:

Sé, y estoy convencido en el Señor Jesús, que nada es impuro por sí mismo; lo es para aquel que considera que es impuro. Pero si un hermano sufre por causa de un alimento, tú no actúas ya conforme al amor: no destruyas con tu alimento a alguien por quien murió Cristo […] Todo es puro, pero es malo para quien come escandalizando. Es preferible no comer carne ni beber vino ni hacer nada que pueda ser ocasión de escándalo para tu hermano (Rm 14,14-15.20-21).

La «propiciación»

Cuando san Pablo, según la actual traducción litúrgica española, afirma en Rm 3,25 acerca de Cristo que «Dios lo constituyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre», dice al pie de la letra que lo constituyó «propiciatorio», lo cual sólo se puede entender a la luz de lo que sabemos del «propiciatorio» por el Antiguo Testamento, que era la tapa de oro que había encima del arca de la Alianza (Ex 25,17ss) y que tenía una función importantísima en la fiesta de la expiación que describe Lv 16, el único día en que el Sumo Sacerdote podía entrar en el Santo de los Santos y, por medio de la aspersión de la sangre de las víctimas sobre el propiciatorio, ofrecía el sacrificio por el perdón de sus pecados y los de todo el pueblo. A la luz de ese sacrificio de la antigua alianza, san Pablo puede decir que Cristo es el verdadero «propiciatorio», el que puede reconciliar a la humanidad con Dios. También la carta a los Hebreos menciona el «propiciatorio» del Antiguo Testamento (Heb 9,5), y puede afirmar el cumplimiento por superación de los sacrificios de la antigua alianza por medio de Cristo: «Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna» (Heb 9,12). Si la carta a los Hebreos afirma rotundamente que Cristo es a la vez sacerdote y víctima, san Pablo afirma que Jesús mismo es también el nuevo y definitivo «propiciatorio» sobre el que se derrama su propia sangre, el nuevo y definitivo instrumento de salvación.

Ciertamente todo este recorrido puede parecer complicado a los que se contentan con lo que «les dice» a ellos la Palabra de Dios tal como la entienden y resuena en su interior sin más esfuerzos, pero comprobamos como es necesario acudir al resto de la Escritura para poder interpretar correctamente un pasaje concreto.

· · ·

Este criterio de prestar atención a la Escritura en su conjunto tiene aplicaciones directas para la interpretación y la lectura de la Biblia:

  • -El que interpreta un pasaje de la Escritura sin tener en cuenta lo que afirman, aclaran o matizan otros pasajes del libro sagrado corre el serio peligro de malinterpretar su significado.
  • -Es claramente equivocado corregir o incluso eliminar el sentido del resto de afirmaciones de la Biblia partiendo simplemente de la interpretación, a veces forzada, que se ha hecho de un pasaje concreto. Es más, la dificultad para encajar la interpretación de una afirmación de la Biblia con lo que dice el resto de la Escritura tiene que hacer sospechar que se está entendiendo mal lo que dice ese pasaje.
  • -El que se acerque a orar con la Biblia, aunque no tenga una gran formación, debe buscar las ayudas necesarias para interpretar lo que lee contando con otros pasajes de la Escritura, apoyándose en las notas y referencias que aporta una buena edición de la Biblia, o en un sencillo comentario, o, si puede, en alguien que le ayude a relacionar lo que está leyendo con el resto de la Escritura. Para ello es muy importante vencer la pereza y evitar un espiritualismo que pretenda una comprensión «inmediata» del texto inspirado sin, ni siquiera, relacionarlo adecuadamente con el resto de la Palabra de Dios. El trabajo paciente de lectura, oración, lectio, es lo que va creando a lo largo de los años el conocimiento sapiencial de la Biblia que permite relacionar lo que se lee con lo que se ha leído, orado y asimilado de la Palabra de Dios.
  • -Un caso especial de esta forma de acercarse a un pasaje teniendo en cuenta el resto de la Sagrada Escritura es la relación que existe entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y que el Catecismo afronta más adelante (n. 121-123). Baste decir por el momento que siempre que se lee el Antiguo Testamento hay que tener en cuenta como se cumple, se corrige o se completa en la plenitud de la Revelación; y siempre que se lee el Nuevo Testamento hay que pensar cómo se ilumina teniendo en cuenta las profecías, ritos, costumbres, acontecimientos, términos, etc., del Antiguo Testamento. En este caso es siempre el Nuevo Testamento el que ofrece el verdadero sentido de lo que quiere decir Dios a través del Antiguo.

2. Leer la Escritura dentro de la Tradición de la Iglesia


San Jerónimo vivió para acercar la Biblia al Pueblo de Dios con la máxima fidelidad a la Palabra y a la Tradición

[113] 2. Leer la Escritura en «la Tradición viva de toda la Iglesia». Según un adagio de los Padres, «la sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos». En efecto, la Iglesia encierra en su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo le da la interpretación espiritual de la Escritura (Orígenes, Homiliae in Leviticum, 5,5).

En cierta medida, se trata de nuevo de interpretar la Escritura en su contexto. Si el anterior criterio afirmaba que es necesario buscar el mensaje de un pasaje de la Biblia teniendo en cuenta lo que dice la Sagrada Escritura en su conjunto, también hace falta estar atentos a lo que dice la Palabra de Dios en su conjunto, es decir, también a la Tradición de la Iglesia que lee e interpreta ese pasaje y a las afirmaciones de esta Tradición que están en relación con nuestro texto.

Ahora podemos ver con más claridad la importancia de lo que aprendimos cuando al hablar de la transmisión de la Revelación que la Tradición y la Sagrada Escritura «están íntimamente unidas y compenetradas» (n. 80), que la Tradición recibe la palabra de Dios y la transmite íntegra a los sucesores de los apóstoles para que, con la ayuda del Espíritu Santo, la conserven, expongan y difundan con fidelidad (n. 81). Por lo tanto, la Iglesia «no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado» (n. 82), sino que acude también a la Tradición, como distinta y estrechamente unida a la Sagrada Escritura (n. 78).

La tradición viva de la Iglesia es la corriente de vida de esa misma Iglesia que, movida por el Espíritu Santo dio origen en ella a la Escritura primero y a su reconocimiento como canon normativo después. Es la presencia viva del Espíritu Santo a través de los Padres y de la fe del pueblo de Dios, presencia activa del Espíritu, «por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia y, mediante ella, en el mundo entero», y que «va introduciendo a los fieles en la verdad plena (cf. Jn 16,13) y hace que habite en ellos intensamente la Palabra de Cristo (cf. Col 3,16)» (DV 8)20.

En definitiva, se trata del papel de la Iglesia en la transmisión de la Revelación. Ella es la depositaria de la Palabra de Dios, la que pone por escrito esta Palabra en la Biblia y la que mantiene viva esta Palabra por medio de la Tradición, que se expresa en su enseñanza, en su vida, en su liturgia y, de forma especial, en los Santos Padres. Y, finalmente, se trata de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia que es el que inspira a los autores humanos de la Biblia y el que ilumina a los sucesores de los apóstoles para que se transmita fielmente la Revelación y su acción salvadora llegue a todos los hombres fielmente (n. 81.74).

Decir que en la interpretación de la Escritura «hay que tener en cuenta la viva tradición de toda la Iglesia», significa -en una palabra- que la Biblia debe ser interpretada en la Iglesia, ya que la Escritura es hija de la Iglesia y constituye una de sus estructuras fundamentales, ya que la Iglesia depositaria de la Escritura, en virtud del mismo Espíritu que actúa en las dos, se halla en sintonía connatural con la Sagrada Escritura y posee su sentido como por instinto21.

En consecuencia, no podemos interpretar la Sagrada Escritura al margen de la Iglesia, sin conocer la forma en que la Iglesia la ha entendido y vivido, apoyándonos en la Tradición de la Iglesia. Con mucha más razón es un grave error interpretarla en contra de lo que la Iglesia ha entendido, vivido, transmitido y celebrado. Este simple criterio sirve para detectar interpretaciones equivocadas, sin necesidad de tener que desmontar los errores concretos que sólo están al alcance de los especialistas, por el mero hecho de que sus autores, tanto en el contenido como en la intención de su interpretación, pretenden ponerse al margen o en contra de la Tradición de la Iglesia.

Por lo tanto, tanto para el exegeta, el catequista o el contemplativo, Tradición y Espíritu Santo son apoyos imprescindibles para la comprensión de lo que Dios quiere decirnos a través de la Escritura, y se hace necesario el conocimiento orante de los Santos Padres, doctores y santos de la Iglesia. En el fondo, se precisa la humildad para reconocer que no puedo leer la Biblia como si pudiera hacerlo sin ayuda y como si yo fuera el único en comprenderla.

San Jerónimo recuerda que nunca podemos leer solos la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos fácilmente en el error. La Biblia ha sido escrita por el Pueblo de Dios y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Sólo en esta comunión con el Pueblo de Dios podemos entrar realmente, con el «nosotros», en el núcleo de la verdad que Dios mismo quiere comunicarnos. El gran estudioso, para el cual «quien no conoce las Escrituras no conoce a Cristo», sostiene que la eclesialidad de la interpretación bíblica no es una exigencia impuesta desde el exterior; el Libro es precisamente la voz del Pueblo de Dios peregrino, y sólo en la fe de este Pueblo estamos, por decirlo así, en la tonalidad adecuada para entender la Escritura. Una auténtica interpretación de la Biblia ha de concordar siempre armónicamente con la fe de la Iglesia católica (Benedicto XVI, Verbum Domini, 30).

Todo esto no quiere decir que el intérprete de la Biblia no emplee todos los medios humanos adecuados para profundizar en su sentido. Lo que no puede hacer es ignorar, y menos contradecir, la lectura de la Escritura que hace la Tradición, limitándose al estudio «histórico» de cómo se ha interpretado determinado pasaje de la Biblia.

3. Estar atentos a la analogía de la fe

[114] 3. Estar atento «a la analogía de la fe» (cf. Rm 12,6). Por «analogía de la fe» entendemos la cohesión de las verdades de la fe entre sí y en el proyecto total de la Revelación.

De nuevo se trata de interpretar la Escritura en su contexto, en este caso en el conjunto de las verdades de la fe, que tienen una estructura y una jerarquía en función de su importancia y de su lugar en el desarrollo de la Revelación de Dios a los hombres. Conviene recordar lo que ya afirmaba el Catecismo en el n. 90:

Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas pueden ser hallados en el conjunto de la Revelación del Misterio de Cristo. «Conviene recordar que existe un orden o “jerarquía” de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana» (UR 11).

Es el contenido, el orden y la jerarquía de la fe cristiana en su conjunto lo que hay que tener en cuenta al interpretar la Sagrada Escritura, de modo que lo que dice un lugar concreto de la Biblia debe encontrar su lugar y su armonía en este conjunto; y, si se opone a la fe armónica de la Iglesia, debe ser revisada esa interpretación, sea la hecha por un exegeta, por un predicador o por un sencillo fiel en su oración.

La expresión «analogía de la fe», como señala el Catecismo, proviene de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos, cuando habla de las funciones de los distintos miembros del cuerpo de la Iglesia y cómo deben ejercerse en relación de los otros miembros. Así aparece en la edición litúrgica española actual:

Pues, así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros cumplen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada cual existe en relación con los otros miembros. Teniendo dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado, deben ejercerse así: la profecía, de acuerdo con la regla [analogía] de la fe; el servicio, dedicándose a servir; el que enseña, aplicándose a la enseñanza… (Rm 12,4-7).

El profeta debe ejercer su misión ateniéndose a la norma de la fe de la Iglesia. Eso mismo es lo que debe hacer el que interpreta la Escritura.

Aquí se trata especialmente del criterio que cada profeta debe seguir y al que atenerse (1Cor 14,29; cf. 12,10). La fe, que es común a todos, porque se dirige al único Señor, Cristo, el Resucitado (cf. Rom 10,9s), es el horizonte hermenéutico normativo para toda la predicación en el culto divino22.

No se trata de dos elementos separados o extraños, Escritura y fe de la Iglesia, sino que ambos tienen una unidad intrínseca en su origen, que es Cristo:

La Escritura y la doctrina de la Iglesia son considerados como un depósito de verdades que no pueden estar en contradicción entre sí. Sin embargo, esta coherencia de verdades objetivas tiene su fundamento en la única revelación del evangelio de Jesucristo, es decir, en la verdad cristiana, que es una sola, «Jesús mismo, que se ha revelado entre nosotros y permanece vivo y presente en el Espíritu»23.

En consecuencia, la «analogía de la fe» podría definirse como:

La analogía de la fe es la coincidencia global de la fe de la Iglesia en cualquier tiempo con la fe apostólica, nacida de la predicación de Cristo, iluminada por su Espíritu y profundizada por su luz a lo largo de la historia24.

Y podríamos expresar así este tercer criterio que propone el Catecismo, siguiendo a Dei Verbum:

Aplicada a la interpretación de la Escritura, la analogía de la fe descarta como falsas las interpretaciones que sean inasimilables, contrarias a la totalidad objetiva de la fe de la Iglesia. Además se ofrece como estímulo e iluminación para continuar penetrando en el misterio presente en la Escritura25.

No se nos debe olvidar que el Magisterio de la Iglesia es el garante del depósito de la fe y, en consecuencia, el que interpreta de forma auténtica la Palabra de Dios, tanto en la Biblia como en la Tradición (n. 85). Pero dejaremos la relación entre el Magisterio y los intérpretes de la Escritura para cuando hablemos, en este mismo tema, de la tarea de los exegetas.

Los hermanos de Jesús y la virginidad perpetua de María

Nos pueden servir de ejemplo de aplicación de este criterio, unos textos evangélicos, ciertamente controvertidos por la interpretación que le dan autores no católicos o no cristianos, en los que aparecen los «hermanos» y «hermanas» de Jesús.

Todavía estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo» (Mt 12,46-47; par. Mc 3,31-32; Lc 8,19-20; cf. Jn 2,12; 7,3.5.10; 20,17).

Fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?» (Mt 13,54-56; par. Mc 6,1-3).

La interpretación más inmediata llevaría a afirmar que si Jesús tiene hermanos es porque María, después de haber concebido y dado a luz a Jesús (de forma virginal según afirma Mt 1,18.20.22-23; Lc 1,34-35), habría tenido otros hijos, que serían hermanos de Jesús, y, por lo tanto, no se podría decir que había sido «siempre virgen».

Es aquí donde hay que echar mano de la analogía de la fe, que, apoyada en la Tradición afirma con toda claridad que es dogma de fe la virginidad perpetua de María.

La explicitación del dogma de la virginidad de María se va haciendo mayor a medida en que surgen las controversias. En el siglo IV aparece la expresión «siempre virgen» en el símbolo de San Epifanio de Salamina (374), expresión que es tomada por el magisterio universal en el concilio II de Constantinopla (553). También en el siglo IV se emplea la fórmula ternaria: «antes del parto, en el parto y después del parto», para responder a algunos herejes que negaban esto último. Aunque esta fórmula ternaria pueda tener un sentido binario (antes del parto-en el parto), lo cierto es que ya en el siglo IV toma san Jerónimo la expresión «después del parto» en el sentido de virginidad perpetua, refutando así a Helvidio. Esta fórmula ternaria empleada ciertamente por los obispos africanos desde el siglo V o principios del VI, fue conocida y pasó a las actas del concilio III de Constantinopla (680), se usaba ampliamente en los homiliarios de la Edad Media; se hizo corriente en las escuelas teológicas al menos desde Santo Tomás y, finalmente, la consagró el magisterio universal de Paulo IV en su bula Cum quorumdam. Es claro que estos documentos se refieren a una virginidad en su aspecto no sólo espiritual sino también corporal26.

La solución no viene de oponer Biblia y dogma, sino de profundizar en el verdadero sentido de la Escritura con la orientación de la analogía de la fe y los medios que siempre debe usar el exegeta. En este caso se trata de conocer con más profundidad el lenguaje en el que están escritos los evangelios, que está claramente influenciado por la lengua que se hablaba en Palestina en tiempos de Jesús. En hebreo y arameo la palabra que se usa para «hermano» tiene otros significados y no tenemos términos específicos para otros parentescos cercanos:

Hermano designa, en primer término, al hijo del mismo padre (Gén 24,29) y de la misma o distinta madre (Gén 20,5); en sentido más amplio, a los familiares más próximos, a los amigos, vecinos, compañeros en la fe (en el NT unas 160 veces aplicado a los cristianos), a nuestros prójimos […] En estas lenguas [arameo y hebreo] la palabra hermano comprende también parientes más lejanos, como sobrinos y primos, porque les faltan las correspondientes denominaciones exactas de parentesco27.

Podemos comprobar esta forma de hablar si nos acercamos a la traducción griega del Antiguo Testamento, realizada siglos antes de Jesús, denominada de los Setenta, y comprobamos que hay claros ejemplos de la palabra griega «hermano» aplicada a personajes que claramente no lo son:

  • -En Gn 14,14 se llama a Lot «hermano» de Abrahán, cuando sabemos que era su sobrino (cf. Gn 11,26-28).
  • -En Gn 29,15, Labán llama a Jacob «hermano» tanto en la Biblia hebrea como en la traducción griega. Sabemos que Labán es hermano de Rebeca y padre de Raquel (Gn 24,29; 29,6), por lo que Labán, según nuestro lenguaje más rico en términos de parentesco, es tío y suegro de Jacob.

Es claro que el griego de los Setenta, influenciado por el hebreo original que traduce, llama «hermano» a parientes cercanos, según la forma de hablar de las lenguas semíticas. Lo mismo sucede en los evangelios. De modo que el término «hermano» en nuestros textos evangélicos puede tener un sentido perfectamente compatible con la analogía de la fe, y no se opone necesariamente a la virginidad perpetua de María.

Cierto que en griego, la lengua en que tenemos esta tradición, las palabras hermano tienen de ordinario la misma significación que hoy entre nosotros; pero, en este caso, tenemos derecho a considerar estas expresiones griegas como traducción literal de un equivalente arameo que se empleó en la primitiva comunidad cristiana de Palestina para designar a un determinado grupo de personas emparentadas con Jesús28.

Otros datos del Evangelio apoyan esta interpretación conforme con la analogía de la fe:

  • -Santiago y José, mencionados en Mt 13,55, se vuelven a mencionar en el relato de la pasión, pero como hijos de otra María: «Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.» (Mt 27,55-56; cf. Jn 19,25).
  • -Los «hermanos» de Jesús, no son mencionados nunca como «hijos de María».
  • -Jesús, en la cruz, no encomienda a su madre a ninguno de sus «hermanos», sino a su discípulo amado (Jn 19,26), lo cual no tendría sentido si María tuviera otros hijos.

Esta misma interpretación aparece en la Tradición de la Iglesia, atestiguada por los Santos Padres:

Pero acerca de Victorino, yo aseguro lo que ya ha sido probado desde el Evangelio – que él hablaba de los hermanos del Señor no como hijos de María, sino como hermanos en el sentido que he explicado, es decir, hermanos por parentesco y no por naturaleza (San Jerónimo)29.

Si ellos (los hermanos del Señor) hubiesen sido hijos de María y no aquellos del primer matrimonio de José, ella nunca hubiese sido entregada en el momento de la pasión al apóstol Juan como su madre (San Hilario de Poitiers)30.

Los sentidos de la Sagrada Escritura

El sentido literal y los otros sentidos de la Escritura

[115] Según una antigua tradición, se pueden distinguir dos sentidos de la Escritura: el sentido literal y el sentido espiritual; este último se subdivide en sentido alegórico, moral y anagógico. La concordancia profunda de los cuatro sentidos asegura toda su riqueza a la lectura viva de la Escritura en la Iglesia.

[116] El sentido literal. Es el sentido significado por las palabras de la Escritura y descubierto por la exégesis que sigue las reglas de la justa interpretación. «Todos los sentidos de la Sagrada Escritura se fundan sobre el sentido literal» (Santo Tomás de Aquino., S.Th., 1, q. 1, a. 10, ad 1).

A la hora de interpretar la Sagrada Escritura es imprescindible conocer las diversas lecturas que se pueden hacer de un mismo texto, de modo que de él se pueden extraer diversos mensajes o «sentidos»31.

Estos números del Catecismo nos ayudan a comprender dos verdades fundamentales para interpretar adecuadamente la Palabra de Dios escrita:

  • a) No existe sólo el sentido literal, el que se desprende de las palabras interpretadas según los métodos descritos hasta ahora.
  • b) Pero los demás sentidos deben basarse en el sentido literal, de modo que no podemos buscar el sentido espiritual en sus diversas formas (alegórico, moral o anagógico) sin buscar primero lo que dice realmente Dios a partir del texto inspirado y, mucho menos, al margen o en contra del sentido literal.

Es necesario, por el contrario, rechazar, como no auténtica, toda interpretación heterogénea al sentido expresado por los autores humanos en su texto escrito. Admitir sentidos heterogéneos equivaldría a cortar el mensaje bíblico de su raíz, que es la Palabra de Dios comunicada históricamente, y abrir la puerta a un subjetivismo incontrolable (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 1. Sentido literal).

De modo que, como afirma el Catecismo, es necesario no perder la riqueza que tiene la Sagrada Escritura ciñéndonos sólo a lo que la exégesis científica puede extraer del texto, pero debemos encontrar la armonía profunda entre todos los sentidos de la Palabra de Dios, que parten de lo que el autor humano quiso decir con las palabras inspiradas que escribió. En consecuencia, no sería acertado separar estos dos sentidos radicalmente:

Así, pues, propiamente hablando, lo que se llama el sentido espiritual no es un sentido distinto del sentido literal: está contenido objetivamente en el interior de la letra como un aspecto -el más profundo y el más decisivo- que sólo se revela a la luz, divinamente aceptada por la fe, de la revelación acabada. No se trata aquí, de ningún modo, de oponerlo al sentido literal inicial, ni siquiera puede separarse de él, pues es sólo el reconocimiento de todo el alcance divino en este sentido. Es, por consiguiente, igual y plenamente literal, aunque no sea preciso intentar explicarlo como si hubiese sido descubierto subjetivamente -explícita o implícitamente- por el escritor. No es más que una nueva relación a la revelación acabada, es decir, en términos concretos, una referencia a Cristo32.

El sentido literal es lo que el Catecismo nos ha ayudado a buscar cuando en los n. 109-110 ha insistido en la necesidad de descubrir lo que Dios quiere manifestarnos por medio de lo que los autores humanos quisieron realmente afirmar, para lo cual necesitamos tener en cuenta el contexto del autor y los modos de escribir de su tiempo. Como ya se ha explicado, no se trata simplemente de la palabra humana concreta del autor, de la letra que mata, sino de lo que Dios ha querido comunicar y que tiene la fuerza del Espíritu Santo que lo inspiró para dar vida.

El sentido literal de la Escritura es aquel que ha sido expresado directamente por los autores humanos inspirados. Siendo el fruto de la inspiración, este sentido es también querido por Dios, autor principal. Se lo puede discernir gracias a un análisis preciso del texto, situado en su contexto literario e histórico. La tarea principal del exegeta es llevar a buen término este análisis, utilizando todas las posibilidades de investigación literaria e histórica, para definir el sentido literal de los textos bíblicos con la mayor exactitud posible (cfr. Divino Afflante Spiritu, EB 550). Con este fin, el estudio de los géneros literarios antiguos es particularmente necesario (ibid. 560) (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 1. Sentido literal).

No parece necesario insistir más sobre este punto, que hemos ilustrado más arriba con algunos ejemplos. Sin embargo, es necesario profundizar en algunos aspectos del sentido literal.

¿El sentido literal es único?

Normalmente el sentido literal es único, de modo que la intención del autor es, según el género literario empleado y los modos de hablar de su tiempo, transmitir un mensaje concreto, el mismo que Dios nos quiere transmitir. Pero no siempre es así.

a) A veces el autor humano conscientemente introduce varios niveles de lectura o varios sentidos en el texto. La inspiración respalda esta intención y ambos sentidos literales son Palabra de Dios. Es en los escritos poéticos donde aparece con más facilidad esta amplitud de sentidos que están en la letra y en la mente del autor humano… y del divino.

Hay que tener en cuenta esta posibilidad de tener varios sentidos literales especialmente al leer el evangelio de san Juan.

Así, pues, el sentido literal único, cuando el autor ha querido expresar su pensamiento en diversos planos, puede irradiar siguiendo diversas perspectivas. Ello es evidente para el Evangelio de San Juan, donde las más pequeñas anotaciones históricas tienen al mismo tiempo un valor material de historia, un valor psicológico, como elemento dramático de una interpretación religiosa de esta historia, un valor alegórico, como símbolo del pensamiento doctrinal y, finalmente, un valor típico, como sugestión, más allá de los hechos explicados, de una solución a los problemas doctrinales de los cristianos de todos los tiempos33.

· · ·

El IV evangelio ofrece numerosos ejemplos de esta situación. Por otra parte, aún cuando una expresión humana parece no tener más que un significado, la inspiración divina puede guiar la expresión de modo de producir una ambivalencia. Tal es el caso de la palabra de Caifás en Jn 11,50. Ella expresa a la vez un cálculo político inmoral y una revelación divina. Estos dos aspectos pertenecen, uno y otro, al sentido literal, ya que ambos son puestos en evidencia por el contexto. Este caso es significativo, aunque sea extremo, y pone en guardia contra una concepción demasiado estrecha del sentido literal de los textos inspirados (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 1. Sentido literal).

También hay que tener en cuenta que el texto puede desbordar las circunstancias precisas en que ha sido escrito y apuntar a realidades futuras que aún no existen, pero que no están fuera de la mente del autor humano del texto.

El sentido de los salmos reales, por ejemplo, no debería estar limitado estrechamente a las circunstancias históricas de su producción. Hablando del rey, el salmista evoca a la vez una institución concreta, y una visión ideal de la realeza, conforme al designio de Dios, de modo que su texto sobrepasa la institución monárquica tal como se había manifestado en la historia (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 1. Sentido literal).

Por último, no hay que olvidar que el texto bíblico es conservado por la comunidad creyente porque reconoce su capacidad de iluminar a lo largo del devenir de la historia. En consecuencia, puede ser interpretado y adquirir nuevos sentidos a lo largo de la composición de la Biblia.

Sentido literal y lectura fundamentalista

Es necesario aquí distinguir claramente el sentido literal de una lectura «literalista» o «fundamentalista» de la Biblia.

El sentido literal no se debe confundir con el sentido «literalista» al cual se adhieren los fundamentalistas. No basta traducir un texto palabra por palabra para obtener su sentido literal. Es necesario comprenderlo según las convenciones literarias de su tiempo. Cuando un texto es metafórico, su sentido literal no es el que resulta inmediatamente de una comprensión palabra por palabra (por ejemplo: «Tened ceñida la cintura», Lc 12,35) sino el que corresponde al empleo metafórico de los términos («tened una actitud de disponibilidad»). Cuando se trata de un relato, el sentido literal no comporta necesariamente la afirmación de que los hechos narrados se han producido efectivamente, ya que un relato puede no pertenecer al género histórico, sino ser una obra de imaginación (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 1. Sentido literal).

· · ·

El «literalismo» propugnado por la lectura fundamentalista, representa en realidad una traición, tanto del sentido literal como espiritual, abriendo el camino a instrumentalizaciones de diversa índole, como, por ejemplo, la difusión de interpretaciones antieclesiales de las mismas Escrituras (Benedicto XVI, Verbum Domini, 44).

Esta lectura fundamentalista reconoce la inspiración y la inerrancia del texto, aparentemente se ciñe al texto, pero no alcanza su verdadero sentido y frecuentemente lo distorsiona. Así define la Pontificia Comisión Bíblica esta lectura fundamentalista:

La lectura fundamentalista parte del principio de que, siendo la Biblia Palabra de Dios inspirada y exenta de error, debe ser leída e interpretada literalmente en todos sus detalles. Por «interpretación literal» se entiende una interpretación primaria, literalista, es decir, que excluye todo esfuerzo de comprensión de la Biblia que tenga en cuenta su crecimiento histórico y su desarrollo. Se opone, pues, al empleo del método histórico-crítico, así como de todo otro método científico para la interpretación de la Escritura (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, I, F. Lectura fundamentalista).

Como se puede comprobar fácilmente, todo lo señalado por el Concilio Vaticano II (Dei Verbum, 12) y recogido en los números del Catecismo que estudiamos en este tema (n. 109-114), descarta este tipo de lectura en la Iglesia católica34. Podemos resumir así los errores de esta lectura fundamentalista, tan amante de la letra, pero tan alejada del verdadero sentido literal en muchas ocasiones, señalados por la Pontificia Comisión Bíblica:

  • -Rechaza todo cuestionamiento y toda investigación científica del texto bíblico.
  • -Rehúsa el carácter histórico y progresivo de la revelación cristiana.
  • -No acaba de aceptar la realidad de la Encarnación y de admitir que la Palabra de Dios, ciertamente inspirada, se expresa en el lenguaje humano de autores humanos con capacidades limitadas, condicionado por la forma de hablar y de pensar de su momento histórico.
  • -Intentando defender la inerrancia, en ocasiones considera histórico lo que no lo es, sin atender a los géneros literarios y al lenguaje simbólico.
  • -No presta atención a la interpretación que la misma Biblia hace de textos bíblicos anteriores.
  • -No tiene en cuenta el proceso de formación de la tradición evangélica desde la predicación de Jesús, pasando por la predicación apostólica hasta llegar a la puesta por escrito de los cuatro evangelios.
  • -Con frecuencia depende de una determinada traducción y no se acerca adecuadamente al texto original.
  • -Fundamenta así concepciones del mundo incompatibles con la ciencia u opciones políticas y sociales que se acaban oponiendo al Evangelio.
  • -Desvincula la Biblia de la Tradición y de la Iglesia, y promueve una lectura de la Palabra de Dios privada, y frecuentemente «antieclesial».

Sin embargo, tiene el atractivo de defender la inspiración y la inerrancia de la Biblia (aunque la interprete de forma inadecuada) y la pretensión de dar respuestas inmediatas e infalibles a los problemas concretos que se plantea el hombre y el creyente de hoy. Por eso esta lectura resulta peligrosa y por eso se difunde con rapidez:

El acercamiento fundamentalista es peligroso, porque seduce a las personas que buscan respuestas bíblicas a sus problemas vitales. Puede engañarlas, ofreciéndoles interpretaciones piadosas pero ilusorias, en lugar de decirles que la Biblia no contiene necesariamente una respuesta inmediata a cada uno de sus problemas. El fundamentalismo invita tácitamente a una forma de suicidio del pensamiento. Ofrece una certeza falsa, porque confunde inconscientemente las limitaciones humanas del mensaje bíblico con su sustancia divina (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, I, F. Lectura fundamentalista).

Al contemplativo puede atraerle la comodidad y seguridad que ofrece este tipo de lectura de la Escritura, que le evita una formación que parece sacarle de la oración y de una actitud de fe, pero que abre paso al subjetivismo y, a la larga, le aleja de la Verdad tal como Dios ha querido revelarla.

La verdadera respuesta al fundamentalismo es una lectura creyente y eclesial de la Biblia que sabe encontrar el sentido literal y el espiritual, evitando subjetivismos.

El cristianismo, por el contrario, percibe en las palabras, la Palabra, el Logos mismo, que extiende su misterio a través de dicha multiplicidad y de la realidad de una historia humana. La verdadera respuesta a una lectura fundamentalista es la «lectura creyente de la Sagrada Escritura». Esta lectura, «practicada desde la antigüedad en la Tradición de la Iglesia, busca la verdad que salva para la vida de todo fiel y para la Iglesia. Esta lectura reconoce el valor histórico de la tradición bíblica. Y es justamente por este valor de testimonio histórico por lo que quiere redescubrir el significado vivo de las Sagradas Escrituras destinadas también a la vida del creyente de hoy», sin ignorar, por tanto, la mediación humana del texto inspirado y sus géneros literarios (Benedicto XVI, Verbum Domini, 44).

El sentido espiritual y sus diversas formas


Habitará el lobo con el cordero (Is 11,6)

[117] El sentido espiritual. Gracias a la unidad del designio de Dios, no solamente el texto de la Escritura, sino también las realidades y los acontecimientos de que habla pueden ser signos.

El sentido alegórico. Podemos adquirir una comprensión más profunda de los acontecimientos reconociendo su significación en Cristo; así, el paso del mar Rojo es un signo de la victoria de Cristo y por ello del Bautismo (cf. 1Cor 10,2).

El sentido moral. Los acontecimientos narrados en la Escritura pueden conducirnos a un obrar justo. Fueron escritos «para nuestra instrucción» (1Cor 10,11; cf. Hb 3-4,11).

El sentido anagógico. Podemos ver realidades y acontecimientos en su significación eterna, que nos conduce (en griego: «anagoge») hacia nuestra Patria. Así, la Iglesia en la tierra es signo de la Jerusalén celeste (cf. Ap 21,1-22,5).

[118] Un dístico medieval resume la significación de los cuatro sentidos:

«Littera gesta docet, quid credas allegoria,
moralis quid agas, quo tendas anagogía»35.

La letra enseña los hechos, la alegoría lo que has de creer,
el sentido moral lo que has de hacer, y la anagogía a dónde has de tender.

El sentido espiritual

Una primera dificultad para entender de qué estamos hablando es el término «espiritual», que nos puede sonar a «piadoso» y al que le quieran dar las personas espirituales, lo que nos llevaría rápidamente a una interpretación subjetiva de la Escritura:

La primera dificultad nace del vocablo «espiritual». En los modernos, éste reviste puntos de vista contrapuestos. Se aplica de la misma manera a interpretaciones auténticamente «típicas» y a fantasías subjetivas o a consideraciones de la piedad. En realidad, lo que evoca más generalmente es esta nota de «piedad»; se llama «espiritual» el sentido que alimenta la vida «espiritual» por oposición a la aridez de la letra que inventaría la ciencia técnica de la exégesis. La palabra «espiritual» toma desde entonces un sentido muy moderno y designa la vida afectiva del espíritu, sobre todo en el plano religioso. Se opone casi a vida intelectual. Introduce un elemento subjetivo y afectivo. Pero ¿quién deja de ver la ambigüedad de un término semejante cuando pretende apoyarse en la autoridad de los Padres? Según ellos, lo «espiritual» no designa el mundo de los espíritus, ni el mundo del «sentimiento religioso», por oposición al mundo de la materia o de la razón arreligiosa. Para nombrar este mundo de las «almas» emplearán más bien el vocablo «psíquico». Lo espiritual tiene para ellos el sentido propiamente bíblico de «divino» y de objetivamente trascendente. Se opone a «carnal» y a todo lo que sólo es humano. Designa el plano de las realidades profundas y plenas donde se mueve Dios, el mundo «en Espíritu y en Verdad», por oposición al mundo terrestre de los fenómenos y de los símbolos sensibles. Sólo hay conflicto entre estos dos mundos cuando «la carne y la sangre» se sublevan contra el Espíritu, haciendo de lo que es figura y trampolín de una verdad superior la caricatura rival y autónoma de éste. Por sí mismo el mundo «carnal» y fenomenal es el sostén, la expresión sensible, y la introducción al mundo «espiritual» que se abre más allá del mismo y en su prolongación. No obstante, para pasar de uno al otro, para no chocar contra la realidad fenomenal y para descubrir la realidad profunda, se necesita la intervención de un principio superior, pues es una iniciación al plano de Dios: se necesita el Espíritu. «No es ni la carne ni la sangre los que te lo han revelado, sino nuestro Padre que está en los cielos.» (Mateo, 16,17). La exégesis «espiritual», para los Padres, consiste en dilucidar el alcance Profundo y objetivo de un texto, a la luz de la economía entera de la salvación36.

El verdadero sentido espiritual parte del texto, lo coloca en el contexto de la historia de la salvación y precisa de la ayuda del Espíritu Santo, por eso es «espiritual». Podríamos definir el sentido espiritual de la siguiente manera:

Se puede definir el sentido espiritual, comprendido según la fe cristiana, como el sentido expresado por los textos bíblicos, cuando se los lee bajo la influencia del Espíritu Santo en el contexto del misterio pascual de Cristo y de la vida nueva que proviene de él (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 2. Sentido espiritual).

En consecuencia, el sentido espiritual no es cualquier sentido que se le ocurra a una persona en la oración, por muy «espiritual» que sea, ni abre la posibilidad a todo tipo de subjetivismo en la interpretación de un texto.

El sentido espiritual no se debe confundir con las interpretaciones subjetivas dictadas por la imaginación o la especulación intelectual (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 2. Sentido espiritual).

Además de que, según lo explicado más arriba, tiene que estar en sintonía con el sentido literal y no puede contradecir lo dicho en el resto de la Escritura, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia, el sentido espiritual tiene otros requisitos:

  • a) Se trata de una interpretación que debe estar realmente movida por el Espíritu Santo (y no por cualquier otro espíritu o interés), lo cual puede detectarse por las reglas de discernimiento de espíritus, por ejemplo, las que se pueden extraer de los frutos del Espíritu que enuncia Gal 5,22-23: «Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí». Si no aparecen estos frutos en el intérprete y en su interpretación es muy difícil afirmar que está movido por el Espíritu Santo. Por el contrario, la lectura que hacen los santos de la Escritura, especialmente la de los textos concretos que les han impulsado a la santidad, tiene más garantías de ser realmente «espiritual».
  • b) El sentido espiritual aparece fundamentalmente cuando el texto se pone en relación con la Pascua de Cristo y la vida nueva que suscita, y así adquiere un nuevo sentido. Téngase en cuenta que la Pascua y la vida nueva es una realidad, si se quiere la realidad plena de la Revelación y la finalidad de la Historia de la salvación, una realidad que no es subjetiva ni manipulable y que de nuevo encontramos en la misma Escritura y en la vida de la Iglesia que expresa la Tradición.

Es preciso, como afirma el criterio expresado en el n. 112, leer un pasaje en relación con toda la Escritura, especialmente con la plenitud que aporta Jesucristo. Al situar una afirmación de la Escritura en su lugar preciso dentro de la Biblia puede aparecer un sentido que va más allá de lo que el autor humano quiere decir, al entrar en relación con el conjunto de la obra que el autor divino concibe como una unidad:

Se llega así a una situación que a primera vista es paradójica: el sentido divino de un texto bíblico se mide exactamente por el pensamiento del escritor, y, no obstante, este escritor no ha descubierto el pleno significado de su propio pensamiento, pues no ha podido comprender el conjunto del pensamiento inspirado, del cual el suyo no es más que un elemento. Cada escritor sólo recibe por la inspiración la comunicación precisa, cuyo testimonio ha de ser su obra. Pero Dios ve más lejos que el hombre, aun el inspirado. Sólo le hace esta comunicación en un movimiento más vasto de revelación y en función de los desarrollos adquiridos o venideros. Ve el lugar preciso que ha asignado a cada autor inspirado en el conjunto de la Biblia y la parcela de verdad divina que le ha confiado, se le mide en función del lugar que le ha sido asignado en la economía general de la revelación. Por lo tanto, para comprender la Biblia no basta con aprender el contenido inmediato de un texto, limitándose al significado exacto que el autor inspirado ha querido darle; en cierta manera es preciso exceder a este último -pero sin abandonarle- elevándose hasta el conjunto de la vista divina, para medir así la importancia funcional de este texto en la economía de la revelación entera37.

Como se desprende de este segundo punto, el sentido espiritual es especialmente importante cuando se trata de leer el Antiguo Testamento a la luz del misterio pascual38.

Es el Antiguo Testamento la parte de la Biblia a propósito de la cual la exégesis cristiana habla más frecuentemente de sentido espiritual. Pero ya en el Antiguo Testamento los textos tienen, en numerosos casos, un sentido religioso y espiritual como sentido literal. La fe cristiana reconoce en esos textos una relación anticipada con la vida nueva traída por Cristo (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 2. Sentido espiritual).

No se puede olvidar que en esta dinámica de «cumplimiento» del Antiguo Testamento en el Nuevo no puede faltar la relación entre el sentido literal de la profecía y el sentido espiritual revelado en el Nuevo Testamento, pero tampoco una superación de lo que en el Antiguo se manifestaba.

Cuando hay distinción, el sentido espiritual no puede jamás estar privado de relación con el sentido literal. Este continúa siendo la base indispensable. De otro modo, no se podría hablar de «cumplimiento» de la Escritura. Para que haya «cumplimiento», es esencial una relación de continuidad y de conformidad. Pero es necesario también que haya un pasaje a un nivel superior de realidad (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 2. Sentido espiritual).

El sentido espiritual no siempre es distinto del sentido literal, especialmente en los textos del Nuevo Testamento que ya están insertos en el misterio pascual y en la vida nueva de la pascua.

Cuando un texto bíblico se refiere directamente al misterio pascual de Cristo o a la vida nueva que resulta de él, su sentido literal es un sentido espiritual (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 2. Sentido espiritual).

Por ejemplo, este texto de san Pablo contiene en su misma letra el influjo del Espíritu Santo que lo relaciona con el contexto de la Pascua e impulsa a la vida nueva:

Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él (Col 3,1-4).

A la hora de buscar el sentido espiritual de un texto es necesario tener en cuenta, de nuevo, la lectura de la Escritura que hace la Iglesia, especialmente en dos ámbitos en los que se expresa de forma auténtica su Tradición:

  • a) La lectura que hacen los Padres de la Iglesia, aunque a veces vayan más allá de lo deseable en la búsqueda del sentido espiritual.

Como se ha afirmado en la Asamblea sinodal, una aportación significativa para la recuperación de una adecuada hermenéutica de la Escritura proviene también de una escucha renovada de los Padres de la Iglesia y de su enfoque exegético. En efecto, los Padres de la Iglesia nos muestran todavía hoy una teología de gran valor, porque en su centro está el estudio de la Sagrada Escritura en su integridad. Efectivamente, los Padres son en primer lugar y esencialmente unos «comentadores de la Sagrada Escritura». Su ejemplo puede «enseñar a los exegetas modernos un acercamiento verdaderamente religioso a la Sagrada Escritura, así como una interpretación que se ajusta constantemente al criterio de comunión con la experiencia de la Iglesia, que camina a través de la historia bajo la guía del Espíritu Santo» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 37).

· · ·

Persuadidos de que el misterio de Cristo da la clave de interpretación de todas las Escrituras, los exegetas antiguos se esforzaban por encontrar un sentido espiritual en los menores detalles de los textos bíblicos -por ejemplo, en cada prescripción de las leyes rituales-, sirviéndose de métodos rabínicos o inspirándose en el alegorismo helenístico. La exégesis moderna no puede considerar este tipo de intentos como interpretación válida, no obstante cuál haya podido ser en el pasado su utilidad pastoral (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 2. Sentido espiritual).

  • b) El contexto litúrgico en el que los textos bíblicos son leídos e interpretados, de modo que el uso que hace la liturgia de la Iglesia de un determinado texto (por ejemplo, en una fiesta concreta) nos señala el camino para buscar el sentido espiritual de la Palabra de Dios.

La Sagrada Escritura es una realidad litúrgica y profética. Más que un libro escrito, es una proclamación. Es el testimonio del Espíritu Santo sobre el acontecimiento de Cristo, cuyo momento principal y privilegiado es la celebración de la Liturgia eucarística. Mediante este testimonio del Espíritu Santo, la economía del Verbo revela al Padre39.

Antes de analizar los tres sentidos espirituales que señala el Catecismo, es conveniente destacar la importancia de este sentido espiritual de la Sagrada Escritura, a pesar de las precauciones que hay que tener al buscarlo, porque, en definitiva, es lo que necesitamos para alimentar la fe y la oración.

No se es fiel a la intención de los textos bíblicos sino cuando se procura encontrar, en el corazón de su formulación, la realidad de fe que expresan, y se enlaza ésta a la experiencia creyente de nuestro mundo (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, A, 2. Utilidad para la exégesis).

· · ·

Para restablecer la articulación entre los diferentes sentidos escriturísticos es decisivo comprender el paso de la letra al espíritu. No se trata de un paso automático y espontáneo; se necesita más bien trascender la letra: «De hecho, la Palabra de Dios nunca está presente en la simple literalidad del texto. Para alcanzarla hace falta trascender y un proceso de comprensión que se deja guiar por el movimiento interior del conjunto y por ello debe convertirse también en un proceso vital». Descubrimos así la razón por la que un proceso de interpretación auténtico no es sólo intelectual sino también vital, que reclama una total implicación en la vida eclesial, en cuanto vida «según el Espíritu» (Ga 5,16). De ese modo resultan más claros los criterios expuestos en el número 12 de la Constitución dogmática Dei Verbum: este trascender no puede hacerse en un solo fragmento literario, sino en relación con la Escritura en su totalidad. En efecto, la Palabra hacia la que estamos llamados a trascender es única. Ese proceso tiene un aspecto íntimamente dramático, puesto que en el trascender, el paso que tiene lugar por la fuerza del Espíritu está inevitablemente relacionado con la libertad de cada uno (Benedicto XVI, Verbum Domini, 38).

· · ·

No se puede separar la misión del Espíritu Santo de la misión del Verbo encarnado. Este es el primer principio teológico de toda interpretación de la Sagrada Escritura. Ni se debe olvidar que, más allá de las ciencias auxiliares de cualquier género que sean, la finalidad última de la exégesis cristiana es la inteligencia espiritual de la Escritura a la luz de Cristo Resucitado, como el mismo Señor nuestro se lo enseñó a los Apóstoles, según la narración de Lucas 2440.

· · ·

Es, sin duda, inútil continuar insistiendo sobre la primacía objetiva y absoluta del sentido «espiritual». Éste es la plenitud del sentido divino; su búsqueda ha de ser el último fin y la preocupación dominante del lector que quiere asimilar la esencia de la revelación y saborear su riqueza viviente. Para lectores que buscan vivir la Palabra de Dios antes que todo, quizá conviene destacar más la primacía metódica del sentido «somático» que prácticamente ha de compensar la primacía de naturaleza41.

Distintas formas o aplicaciones del sentido espiritual


Por la fe, advertido Noé de lo que aún no se veía, tomó precauciones y construyó un arca para salvar a su familia; por ella condenó al mundo y heredó la justicia que viene de la fe (Heb 11,7)

El Catecismo, haciendo referencia a un dicho medieval, señala tres formas distintas que adquiere el sentido espiritual: alegórico, moral y anagógico, según la finalidad que pretende cada una de esas lecturas espirituales de la Escritura: estimular la fe, enseñar lo que debe hacerse, señalar la meta de la vida cristiana.

Aun corriendo el riesgo de complicar un poco más las cosas, habría que afirmar que esas tres finalidades aparecen también en el sentido literal, pretendido directamente por el autor humano:

Este sentido literal puede ser moral, típico, figurado, alegórico o mítico, si resulta que ha sido precisamente ésta la intención del escritor. El sentido literal del Eclesiástico es moral, el del cuarto Evangelio es a la vez histórico y típico, y el del Apocalipsis es puramente alegórico42.

También al interpretar la Escritura a la luz del misterio pascual y de la vida nueva que nace de la Pascua, aparece un sentido bíblico que puede tener diferentes finalidades o resultados:

a) Sentido espiritual alegórico

Al leer un determinado texto, especialmente del Antiguo Testamento, a la luz que da el Espíritu Santo por medio de la plenitud de la Revelación, las palabras, realidades y acontecimientos que aparecen en ese texto adquieren un sentido más profundo y nuevo que ilumina el contenido de la fe. Se trata del sentido alegórico, que tiene que ver con la tipología: descubrir en las realidades del Antiguo Testamento un tipo (signo o anticipo) de una realidad del Nuevo Testamento, el antitipo, que es en realidad la plenitud a la que apuntaba la realidad típica del Antiguo Testamento. El Catecismo pone el ejemplo del paso del mar Rojo como tipo del Bautismo: aquel acontecimiento del éxodo nos lleva a otra realidad que es su plenitud, en este caso el bautismo, paso de la esclavitud del pecado a la vida nueva gracias a la Pascua: «Pues no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar» (1Co 10,1-2). Lo mismo pude decirse de la afirmación sorprendente del v. 4: «Todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo». El agua que sale de la roca en el éxodo se realiza en plenitud y se ilumina en Cristo, la nueva roca de la que sale el agua viva43.

b) Sentido espiritual moral

Cuando un texto determinado, iluminado por el Espíritu Santo a la luz de la Pascua, nos mueve a un determinado comportamiento que tiene que ver con la vida nueva que nace de la gracia, estamos ante un sentido espiritual moral. El texto de san Pablo citado por el Catecismo (1Co 10,11) hace referencia a los acontecimientos del éxodo, especialmente a la dureza de corazón y a la infidelidad de los israelitas que les impidieron entrar en la tierra prometida. Todo ello sirve de advertencia moral para el cristiano, que «en la última de las edades» tiene que evitar esos mismos comportamientos para entrar en la verdadera y plena tierra prometida que es el cielo:

Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos. Y para que no seáis idólatras como algunos de ellos, según está escrito: El pueblo se sentó a comer y a beber y se levantaron a divertirse. Y para que no forniquemos, como fornicaron algunos de ellos, y cayeron en un solo día veintitrés mil. Y para que no tentemos a Cristo, como lo tentaron algunos de ellos, y murieron mordidos por las serpientes. Y para que no murmuréis, como murmuraron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador. Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades (1Co 10,5-11).

El Catecismo hace también referencia a varios capítulos de la carta a los Hebreos (3 y 4), que pretende mover a los cristianos a la fidelidad, haciéndoles ver el sentido moral que adquiere el Salmo 95, leído desde la perspectiva que le da la plenitud de la revelación y de la salvación en la Pascua, y así se convierte en una exhortación para la fe y la fidelidad de los cristianos, ya no a Moisés, sino a Cristo.

Por eso dice el Espíritu Santo: Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones como cuando la rebelión, en el día de la prueba en el desierto, cuando me pusieron a prueba vuestros padres, y me provocaron, a pesar de haber visto mis obras cuarenta años. Por eso me indigné contra aquella generación y dije: Siempre tienen el corazón extraviado; no reconocieron mis caminos, por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso [Sal 95,7-11]. ¡Atención, hermanos! Que ninguno de vosotros tenga un corazón malo e incrédulo, que lo lleve a desertardel Dios vivo. Animaos, por el contrario, los unos a los otros, cada día, mientras dure este hoy, para que ninguno de vosotros se endurezca, engañado por el pecado. En efecto, somos partícipes de Cristo si conservamos firme hasta el final la actitud del principio. Al decir: Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis el corazón, como cuando la rebelión, ¿quiénes se rebelaron, al escucharlo?Ciertamente, todos los que salieron de Egipto por obra de Moisés. Y ¿contra quiénes se indignó durante cuarenta años? Contra los que habían pecado, cuyos cadáveres cayeron en el desierto. Y ¿a quiénes juró que no entrarían en su descanso sino a los rebeldes? Y vemos que no pudieron entrar por falta de fe. Temamos, no sea que, estando aún en vigor la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros crea haber perdido la oportunidad. También nosotros hemos recibido la buena noticia, igual que ellos; pero el mensaje que oyeron no les sirvió de nada a quienes no se adhirieron por la fe a los que lo habían escuchado. Así pues, los creyentes entremos en el descanso, de acuerdo con lo dicho: He jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso (Heb 3,7-4,3).

Aunque el Catecismo ofrece este ejemplo, con todo acierto, para ilustrar el sentido espiritual moral de estos capítulos de la carta a los Hebreos, se puede señalar que, a la vez, es posible encontrar un sentido alegórico en el que se ilumina la figura de Moisés a la luz de Cristo y el gran mediador de la antigua alianza se convierte en tipo del mediador de la nueva: «Por tanto, hermanos santos, vosotros que compartís una vocación celeste, considerad al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús, fiel al que lo nombró, como lo fue Moisés en toda la familia de Dios. Pero el honor concedido a Jesús es superior al de Moisés, pues el que funda la familia tiene mayor dignidad que la familia misma» (Heb 3,1-3); y también un sentido anagógico, porque el descanso del que habla el salmo del Antiguo Testamento, la tierra prometida, señala ahora el descanso definitivo al que estamos llamados gracias a la muerte y resurrección de Cristo: «Si Josué les hubiera dado el descanso, Dios no habría hablado luego de otro día; por consiguiente, todavía queda un tiempo de descanso para el pueblo de Dios, pues el que entra en su descanso, también él descansa de sus tareas, como Dios de la suyas. Empeñémonos, por tanto, en entrar en aquel descanso, para que nadie caiga, imitando aquella desobediencia» (Heb 4,8-10). Esta compleja riqueza nos ayuda a comprender como en un mismo texto podemos encontrar, a la luz de la Pascua, sentidos espirituales de la Escritura tanto alegóricos, morales y anagógicos, y como ellos se entrelazan y refuerzan entre sí: Jesús, nuevo y pleno Moisés, es el que nos lleva al descanso verdadero de la auténtica tierra prometida, y, por lo tanto, tenemos que escuchar su voz y ser fieles. A la vez que el Antiguo Testamento adquiere un sentido nuevo, las realidades del Antiguo nos ayudan a expresar y comprender la novedad realizada en Cristo.

También el Catecismo ofrece el ejemplo del sentido espiritual moral del hermoso capítulo 11 en el que se va recorriendo la fe de diversos personajes del Antiguo Testamento para estimular a los cristianos a la fe, ahora a la fe plena en Cristo. A la luz de la plenitud de la salvación realizada en Cristo, el autor de la carta ve en esa fe la búsqueda de una esperanza más allá de lo que ellos podían ver y, sin embargo, nosotros sí conocemos (por lo que hay también un claro sentido anagógico que señala al cielo e impulsa la fe):

Con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo. Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad […] Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido, porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro, para que ellos no llegaran sin nosotros a la perfección (Heb 11,13-16.39-40).

Lógicamente este sentido moral relaciona especialmente los textos antiguos con la «vida nueva» que nace de la Pascua, y nos ayuda a ver en ellos el comportamiento que ha de tener el cristiano que ha sido transformado por la Pascua de Cristo y el Espíritu Santo que ha recibido.

c) Sentido espiritual anagógico

El sentido anagógico se refiere al que nos lleva, más allá de nuestra realidad temporal, a las realidades eternas, a lo que tiene que ver con nuestro destino definitivo. De este modo, el Espíritu Santo, a la luz de la plenitud de la revelación en la pascua, nos señala la meta de la vida cristiana: compartir la vida divina participando de la resurrección de Jesucristo. El sentido espiritual en este caso sirve para alimentar la esperanza y hacernos anhelar el destino definitivo del hombre que es Dios mismo, la comunión plena de amor con él, que es lo que constituye la bienaventuranza sin límite del cielo.

En este caso, el ejemplo que nos propone el Catecismo no es una realidad del Antiguo Testamento la que es iluminada con el sentido espiritual, sino la misma Iglesia fundada por Cristo la que se convierte en signo de la Iglesia celeste en la que encontraremos la plenitud de la salvación, aunque no falten tampoco referencias a la Jerusalén terrestre y su templo como signo y anticipo de la Jerusalén celeste:

Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo. Y oí una gran voz desde el trono que decía: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios». Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido […] «Mira, te mostraré la novia, la esposa del Cordero». Y me llevó en Espíritu a un monte grande y elevado, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios; su resplandor era semejante a una piedra muy preciosa, como piedra de jaspe cristalino. Tenía una muralla grande y elevada, tenía doce puertas y sobre las puertas doce ángeles y nombres grabados que son las doce tribus de Israel. Al oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, al poniente tres puertas, y la muralla de la ciudad tenía doce cimientos y sobre ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero […] Y en ella no vi santuario, pues el Señor, Dios todopoderoso, es su santuario, y también el Cordero. Y la ciudad no necesita del sol ni de la luna que la alumbre, pues la gloria del Señor la ilumina, y su lámpara es el Cordero (Ap 21,2-4.9-14.22-23).

Aunque el sentido anagógico que da a las realidades de la Jerusalén terrestre y de la Iglesia es evidente, porque a partir de ellas nos hace anhelar entrar en la nueva Jerusalén, no falta, relacionado con él, un sentido moral:

Y no entrará en ella nada profano, ni el que comete abominación y mentira, sino solo los inscritos en el libro de la vida del Cordero (Ap 21,27).

· · ·

Es significativo que los ejemplos que elige el Catecismo para ilustrar los tres modos del sentido espiritual están tomados del Nuevo Testamento que ilumina el sentido espiritual de acontecimientos del Antiguo Testamento, incluso de realidades del Nuevo, pero que pueden entenderse con mayor plenitud. Esto nos ayuda a entender que el sentido espiritual no es un sentido que cualquiera pueda atribuir libremente a la Palabra de Dios.

El sentido pleno de la Sagrada Escritura

Es conveniente mencionar, además de estos sentidos que señala el Catecismo, otro sentido que tiene gran importancia a la hora de interpretar la Escritura. Se trata del llamado sentido pleno, que ha sido definido más recientemente.

El sentido pleno se define como un sentido profundo del texto, querido por Dios, pero no claramente expresado por el autor humano. Se descubre la existencia de este sentido en un texto bíblico cuando se lo estudia a la luz de otros textos bíblicos que lo utilizan, o en su relación con el desarrollo interno de la revelación (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 3. Sentido pleno).

La dificultad para entenderlo y aceptarlo44 es que se trataría de un sentido literal pero que no está en la mente del autor humano, al menos con claridad, pero sí en la intención del autor divino. ¿Cómo lo conocemos entonces? Porque se desvela en otros textos bíblicos o según la revelación alcanza su plenitud en Cristo. En consecuencia, no tiene nada de subjetivo, como si fuera un sentido nuevo que han querido darle posteriormente los Santos Padres o los doctores de la Iglesia. El sentido pleno ya estaba en el texto desde el principio y los criterios para sacarlo a la luz son muy concretos:

Se trata pues del significado que un autor bíblico atribuye a un texto bíblico anterior, cuando lo vuelve a emplear en un contexto que le confiere un sentido literal nuevo; o bien de un significado, que una tradición doctrinal auténtica o una definición conciliar, da a un texto de la Biblia […] Pero cuando falta un control de esta naturaleza, por un texto bíblico explícito o por una tradición doctrinal auténtica, el recurso a un pretendido sentido pleno podría conducir a interpretaciones desprovistas de toda validez (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 3. Sentido pleno).

El sentido pleno está estrechamente relacionado con dos afirmaciones que han debido quedar suficientemente claras: a) La Biblia tiene un autor divino; b) Ese autor divino es el que da unidad a la Escritura como obra que tiene su sentido en su conjunto. Es en ese contexto en el que podemos entender el sentido pleno:

La mirada a la unidad de la Escritura nos pone de manifiesto que la interpretación histórica de la Biblia debe tener en cuenta el siguiente hecho: es posible que cada uno de los autores no sea consciente de aquello que en su afirmación se halla implícitamente presentado por su referencia al conjunto de toda la revelación de Dios. El sentido pretendido y expresado por el autor humano en un texto y el sentido pretendido por Dios a través de la inspiración que abarca toda la revelación bíblica y funciona en el conjunto del Canon de la Escritura, no son sencilla y totalmente la misma cosa. En un texto interpretado históricamente, que es al mismo tiempo -en virtud de la inspiración- expresión del hombre y expresión de Dios, se oculta por parte de Dios algo más de lo que el autor sagrado puede captar45.

Los diversos autores difieren en la explicación de este sentido «no claramente expresado» por el autor humano. De modo que algunos lo sitúan como una forma especial del sentido literal:

El sentido pleno no es de distinta especie que el literal. Propiamente hablando, ni siquiera es otro sentido. Es el mismo sentido literal, entendido en un segundo grado de profundidad. Como ya vimos, la expresión del misterio de la salvación se encuentra limitada, en los textos del Antiguo Testamento, de diversas maneras. Pues bien: bajo esta expresión imperfecta, el teólogo descubre el misterio en su integridad. O, más bien, una vez conocido el misterio por el Nuevo Testamento, le proyecta sobre los textos y descubre así un sentido «más pleno y más profundo», en fórmulas de las que la crítica le hace conocer sus límites46.

Y otros, como un modo peculiar del sentido espiritual:

En definitiva, se puede considerar el «sentido pleno» como otro modo de designar el sentido espiritual de un texto bíblico, en el caso en que el sentido espiritual se distingue del sentido literal. Su fundamento es que el Espíritu Santo, autor principal de la Biblia, puede guiar al autor humano en la elección de sus expresiones de tal modo, que ellas expresen una verdad de la cual él no percibe toda su profundidad. Esta es más completamente revelada en el curso del tiempo, por una parte, gracias a realizaciones divinas ulteriores que manifiestan mejor el alcance de los textos, y por otra, gracias a la inserción de los textos en el canon de las Escrituras. Así se constituye un nuevo contexto, que revela potencialidades de sentido que el contexto primitivo dejaba en la oscuridad (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 3. Sentido pleno).

La «virgen» concebirá y dará a luz

San Mateo afirma con toda claridad que la concepción del Hijo de Dios en el seno de María es absolutamente extraordinaria y sobrenatural porque ella es virgen y se va a realizar sin concurso de varón, «por obra y gracia del Espíritu Santo», como afirma el Credo:

La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo (Mt 1,18; cf. v. 25: «Y sin haberla conocido, ella dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús»)47.

El evangelista, inspirado por Dios, proclama que así se cumple la profecía de Is 7,14:

Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel (Is 7,14).

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”» (Mt 1,22-23).

Parece claro que la profecía de Isaías dirigida al temeroso rey Ajaz amenazado por los reyes vecinos, no tenía el sentido de que se animara porque, siglos después, el Verbo de Dios se iba a encarnar de María, virgen, sino que su reino y su dinastía iban a subsistir (cf. Is 7,1-9). El mensaje del profeta al rey es que su reino y su dinastía no serán destruidas (recuérdense las promesas de 2Sm 7,16), porque le iba a nacer un descendiente de una doncella (una de sus esposas), y que en su nombre llevaría el mensaje de que Dios está al lado de su pueblo.

Este pasaje de Is 7,14, tiene una peculiaridad más, que no deja de ser sorprendente: el término que aparece en el texto hebreo de Isaías no es «virgen», sino «doncella» o «muchacha». Pero no es Mateo el que introduce la palabra «virgen» en el texto de Isaías, sino que ya la traducción griega del Antiguo Testamento anterior a Cristo, que usaban los judíos de habla griega y los primeros cristianos, decía claramente en griego que una «virgen» daría a luz un hijo. Así lo explica la traducción oficial de la Conferencia Episcopal Española: «Los LXX tradujeron el hebreo doncella por el griego virgen. Mateo descubre así en el texto una profecía de la concepción virginal de Jesús por obra del Espíritu Santo en el seno de María, la Virgen».

San Mateo, repetimos que bajo la inspiración del Espíritu Santo, reconoce, gracias a la traducción griega, un sentido «más pleno» de la profecía de Isaías, un sentido que el profeta no tenía explícitamente en su mente, ni era su mensaje para Ajaz, pero que estaba puesto ahí por el autor principal de la Escritura, Dios, para que saliese a la luz en la plenitud de la Revelación, cuando sucediera el hecho extraordinario de que una virgen, María, diera a luz un hijo, el Hijo de Dios, que sería de una forma insospechada Dios-con-nosotros, como expresa de otra manera san Juan en su evangelio: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14)48.

El Salmo 22, «anuncio» de la pasión

Cuando en la Liturgia de las Horas rezamos el Salmo 22, especialmente el viernes santo, no podemos dejar de aplicarlo a Cristo en la cruz, de tal manera que nos parece más una profecía de la pasión que una oración destinada a hacerla nuestra49.

Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado? (cf. Mt 27,46; Mc 15,34)

A pesar de mis gritos,
mi oración no te alcanza.
Dios mío, de día te grito,
y no respondes;
de noche, y no me haces caso.
Porque tú eres el Santo
y habitas entre las alabanzas de Israel.
En ti confiaban nuestros padres;
confiaban, y los ponías a salvo;
a ti gritaban, y quedaban libres;
en ti confiaban, y no los defraudaste.
Pero yo soy un gusano, no un hombre,
vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;
al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza: (cf. Mt 27,39; Mc 15,29)
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere» (cf. Mt 27,43).

Tú eres quien me sacó del vientre,
me tenías confiado en los pechos de mi madre;
desde el seno pasé a tus manos,
desde el vientre materno tú eres mi Dios.
No te quedes lejos,
que el peligro está cerca
y nadie me socorre.
Me acorrala un tropel de novillos,
me cercan toros de Basán;
abren contra mí las fauces
leones que descuartizan y rugen.
Estoy como agua derramada,
tengo los huesos descoyuntados;
mi corazón, como cera,
se derrite en mis entrañas;
mi garganta está seca como una teja,
la lengua se me pega al paladar (cf. Jn 19,28);

me aprietas contra el polvo de la muerte.
Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies, (cf. Mt 27,35 y par.)
puedo contar mis huesos.
Ellos me miran triunfantes,
se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica
(cf. Mt 27,35; Mc 15,24; Lc 23,34; Jn 19,24)
(Sal 22,2-19).

No puede sorprender que, cuando la Liturgia de las Horas nos ofrece el sentido cristiano con el que debemos rezar el salmo, nos recuerde las palabras de Cristo en la cruz: «A media tarde, Jesús gritó: “Elí, Elí, lamá sabaktaní” (Mt 27,46)».

Podría pensarse simplemente en meras coincidencias entre el salmo y la pasión de Cristo, o en una relación meramente literaria entre los evangelistas y el salmo, que ciertamente conocerían. Pero el hecho de que Cristo rezara este salmo en la cruz es motivo suficiente para pensar que el salmo ya tenía en la mente del autor divino un sentido que no podría tener el salmista que lo compuso o el pueblo de Israel cuando lo rezaba antes de Cristo.

El salmo 22 no pasaba de ser una súplica individual entre otras, que expresaba la oración de un israelita piadoso aplastado por la prueba. Pero una vez que Cristo le ha recitado sobre la cruz para traducir su propia situación, del sentido literal ha surgido un sentido pleno que está en relación directa con el misterio de la pasión50.

Este sentido pleno del Salmo 22 nos permite atribuir también un sentido pleno al resto del salmo en el que se proclama una esperanza que encaja con la victoria de Cristo en la resurrección y que tampoco estaría ausente de la oración de Cristo en la cruz.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel;
porque no ha sentido desprecio ni repugnancia
hacia el pobre desgraciado;
no le ha escondido su rostro:
cuando pidió auxilio, lo escuchó».
Él es mi alabanza en la gran asamblea,
cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan.
¡Viva su corazón por siempre!
Lo recordarán y volverán al Señor
hasta de los confines del orbe;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos,
porque del Señor es el reino,
él gobierna a los pueblos.
Ante él se postrarán los que duermen en la tierra,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo.
Me hará vivir para él,
mi descendencia lo servirá;
hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
«Todo lo que hizo el Señor» (Sal 22,23-32).

¿Sentido acomodaticio?

Al margen de los sentidos de la Escritura que acabamos de definir, podemos encontrar otros usos de la Biblia que se apartan del sentido literal, y que debemos saber reconocer y aprovechar en su justa medida. Esos usos de la Escritura pueden tener una relación más o menos lejana con afirmaciones bíblicas o con la Revelación transmitida en la Iglesia. Estamos hablando de usos acomodaticios, alegóricos, morales, homiléticos, que no pueden llamarse «sentido» de la Escritura, pero que no se pueden descalificar en bloque.

No hay sentido acomodaticio, pues por definición la acomodación es una utilización de los términos de la Biblia que es ajena a su contenido primitivo y querido por Dios. En la acomodación pura (que, en suma, es rara) la Biblia ya no es un pensamiento, sino un lenguaje51.

Encontramos con frecuencia este uso acomodaticio en la interpretación alegórica de la Escritura que en ocasiones hacen los Santos Padres, en la que van atribuyendo un significado doctrinal o moral a los más pequeños detalles del texto. Esos significados no forman parte de lo que quiere decir la Palabra de Dios, lo cual no significa que sean falsos o inútiles. No son mensajes que se sacan del texto (exégesis), sino que se introducen en el texto verdades (eiségesis) que están sacadas de la Escritura o de la fe de la Iglesia. No se trata del sentido espiritual alegórico porque se aleja del sentido literal, no es inspirado por el Espíritu, y aunque esté en relación con la enseñanza de la Iglesia, no se trata de la plenitud que alcanza el texto a la luz del misterio pascual.

Sirva como ejemplo la interpretación alegórica que hacían los Santos Padres de las parábolas de Jesús, que, según su género literario y la intención de Jesús y el evangelista, tienen ordinariamente un sólo punto de contacto entre el relato y la realidad «divina» que quieren expresar, pero para estos comentaristas eran fuente de enseñanza en todos sus rasgos:

Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó: se trata de Adán; Jerusalén es la ciudad celeste de la paz, de cuya bienaventuranza cayó Adán; Jericó designa la luna y significa nuestra mortalidad, porque la luna nace, crece, mengua y muere. Los ladrones son el demonio y sus ángeles. Los cuales le despojaron, es decir, le privaron de su inmortalidad; le golpearon, incitándole a pecar; y le dejaron medio muerto, porque el hombre vive en la medida en que es capaz de conocer y comprender a Dios, y está muerto en la medida en que es debilitado y oprimido por el pecado; por eso se le califica de medio muerto, El sacerdote y el levita que le vieron y pasaron de largo designan al sacerdocio y al ministerio del Antiguo Testamento, que eran incapaces de procurar la salvación. Samaritano significa «guardián», y este nombre designa al mismo Señor. El vendar las heridas es la represión del pecado. El aceite es el consuelo de la buena esperanza; el vino, la exhortación a trabajar con espíritu fervoroso. La cabalgadura es la carne en que el Señor se dignó venir a nosotros. El ser colocado sobre la cabalgadura es la fe en la encarnación de Cristo. La posada es la Iglesia, donde los viajeros que regresan a su patria celestial reparan sus fuerzas después de la peregrinación. El otro día es el que sigue a la resurrección del Señor. Los dos denarios son los dos preceptos del amor o bien la promesa de esta vida y de la futura. El Posadero es el Apóstol (Pablo). El pago supererogatorio es su consejo del celibato o bien el hecho de que él trabajara con sus propias manos para no ser una carga a ninguno de los hermanos más débiles cuando el evangelio estaba en sus comienzos, aunque le era legítimo «vivir del evangelio»52.

Como puede verse esta acomodación de corte alegórico, que aplica un significado a cada detalle de la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,25-37), no tiene nada que ver con el sentido espiritual alegórico, definido más arriba53.

Otro ejemplo:

El texto célebre de Isaías: «¿Quién podría contar su generación?» (Is., 53,8), evoca casi irresistiblemente a un cristiano la idea del nacimiento eterno de Cristo. La generación «inenarrable» a la que se refiere el profeta es una imagen natural de esta generación inefable de Cristo. Hay, pues, una relación ejemplar entre las dos ideas. Pero, ¿cuál es el sentido literal de este pasaje? En el contexto se trata del Mesías doliente, y el profeta quiere ilustrar su abandono trágico en los términos más sensibles para una imaginación semítica: este Mesías no dejará ningún hijo para perpetuar su nombre. ¿Qué relación objetiva y eficaz hay en sí, y ha habido, de hecho, en la evolución revelada, entre esta revelación de la aflicción del Servidor de Yavé y la filiación divina de Jesús? Ninguna. La interpretación susodicha -que es la de varios Padres- no es, pues, el sentido espiritual del texto, sino una acomodación54.

Con esta distinción entre el sentido espiritual y el uso acomodaticio de la Escritura, no se pretende, desde luego, arrinconar la exégesis patrística, que tiene un lugar primordial en la Tradición de la Iglesia:

Los Padres de la Iglesia, que tienen un papel particular en el proceso de formación del canon, tienen, de modo semejante, un papel fundador en relación con la tradición viva, que sin cesar acompaña y guía la lectura y la interpretación que la Iglesia hace de las Escrituras. En el curso de la gran Tradición, la contribución particular de la exégesis patrística consiste en esto: ella ha sacado del conjunto de la Escritura las orientaciones de base que han dado forma a la tradición doctrinal de la Iglesia, y ha proporcionado una rica enseñanza teológica para la instrucción y la alimentación espiritual de los fieles. En los Padres de la Iglesia, la lectura de la Escritura y su interpretación ocupan un lugar considerable (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, III, B, 2. Exégesis patrística).

Pero es necesario entender correctamente algunas formas de emplear la Escritura, especialmente en la predicación:

Los Padres se sienten autorizados a tomar una frase fuera de su contexto para reconocer allí una verdad revelada por Dios […] Los Padres practican de modo más o menos frecuente el método alegórico para disipar el escándalo que podrían sentir algunos cristianos y los adversarios paganos del cristianismo, frente a tal o cual pasaje de la Biblia […] En sus explicaciones de la Biblia, los Padres mezclan y entrecruzan las interpretaciones tipológicas y alegóricas de un modo difícilmente discernible […] La interpretación alegórica de las Escrituras que caracteriza la exégesis patrística, puede desorientar al hombre moderno (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, III, B, 2. Exégesis patrística)..

Sin embargo, esta lectura alegórica, aunque a veces se aleje del sentido literal y espiritual, no deja de ser valiosa55:

  • -Su lectura de la Biblia se hace siempre dentro de la Iglesia, especialmente en la liturgia, al servicio de los fieles.
  • -Sus interpretaciones tienen siempre una finalidad teológica, pastoral y teologal.
  • -Su empleo de la alegoría supera al método alegórico de los autores paganos y normalmente no anulan la literalidad de los textos.
  • -No excluyen otras interpretaciones, siempre que respeten la analogía de la fe.
  • -Enseñan a leer la Biblia teológicamente, dentro de la Tradición de la Iglesia y con espíritu cristiano.

Pasando de los Santos Padres a nuestro tiempo, tampoco debemos desechar sin más las aplicaciones del mensaje de la Escritura a realidades concretas que no tienen que ver con las originarias de la Palabra de Dios, como sucede frecuentemente en la catequesis o en la homilía, siempre que tengan en cuenta el sentido literal o espiritual, de manera que tengan relación y no lo contradigan, no se aparten de la fe y moral de la Iglesia y no se pierda la conciencia de que se está aplicando, no explicando la Palabra de Dios.

Hay que excluir del sentido de la Biblia todo lo que no puede atribuirse con certidumbre a la intención divina, ya que no se beneficia de la fecundidad propiamente sobrenatural que la inspiración del Espíritu da con toda seguridad al Libro Santo. Ni que decir tiene que semejante exclusión no es una condena de todo uso acomodaticio o alegórico de la Biblia y menos aún una desautorización de sus aplicaciones a la vida moral. Hemos dicho varias veces, a lo largo de estas páginas, hasta qué límites es legítima la acomodación. No puede ser más que la expresión espontánea de una refundición completa, mediante el pensamiento bíblico de la mentalidad del cristiano y de la proyección natural, sobre sus propias concepciones, de las formas esencialmente bíblicas adoptadas por su imaginación y su sensibilidad personal56.

Por ejemplo, la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32) tiene que ver con la defensa de la misericordia divina, que Jesús hace presente al buscar al pecador para reconciliarlo y transformarlo, frente a la incomprensión de los fariseos que aplican un concepto de justicia divina que excluye de la salvación a los pecadores (especialmente publicanos y prostitutas), y que se alejan de ellos como apestados (cf. Lc 15,1-2). La reacción del padre de la parábola con el hijo que vuelve encierra el mensaje principal de la parábola: así es la misericordia de Dios (cf. vv. 20-24). El diálogo del padre con el hijo mayor representa la respuesta de Jesús a los fariseos que se cierran a la misericordia (cf. vv. 25-32). En principio, esta parábola no habla del sacramento de la reconciliación, pero con frecuencia se aplica para algo, no sólo legítimo sino necesario, que es mover al pecador a la confianza en la misericordia para ayudarle a acercarse a la reconciliación. Incluso en la catequesis se pueden relacionar los elementos necesarios para la confesión con lo que va haciendo el hijo que se va: desde el examen de conciencia («Recapacitando entonces, se dijo…»), hasta la confesión de los pecados («Padre, he pecado contra el cielo y contra ti»). Ciertamente la parábola no habla de eso; pero se trata de una aplicación legítima en la medida en que intentamos ilustrar con esa reacción del hijo pródigo lo que sabemos por la doctrina de la Iglesia con fines pedagógicos, siempre que no nos empeñemos en afirmar que eso es lo que dice la parábola.

La tarea de los exegetas

[119] «A los exegetas toca aplicar estas normas en su trabajo para ir penetrando y exponiendo el sentido de la sagrada Escritura, de modo que mediante un cuidadoso estudio pueda madurar el juicio de la Iglesia. Todo lo dicho sobre la interpretación de la Escritura queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la palabra de Dios» (DV 12,3): «No creería en el Evangelio, si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica» (San Agustín, Contra epistulam Manichaei quam vocant fundamenti, 5,6).

No vamos a detenernos demasiado en este punto, que afecta de modo especial a los que se dedican de pleno a la interpretación de la Escritura, como un ministerio dentro de la Iglesia57.

Desde luego nos interesa, y mucho, que la exégesis siga todos estos criterios de interpretación, porque su tarea bien hecha ayuda enormemente a la Iglesia a comprender correctamente la Biblia y profundizar en el mensaje que Dios dirige a su pueblo, de modo que la Escritura sea alimento y motor de la vida cristiana. De forma especial sacerdotes, consagrados, catequistas y contemplativos necesitan alimentar la predicación, la vida, la enseñanza y la oración en interpretaciones verdaderas y profundas de la Sagrada Escritura. No vamos a insistir en el daño que puede producir una exégesis que ponga en duda la fe de la Iglesia o sea tan fría que apague la vida cristiana.

En su trabajo, los exegetas católicos no deben jamás olvidar que ellos interpretan la Palabra de Dios. Su tarea común no está terminada cuando han distinguido fuentes, definido las formas o explicado los procedimientos literarios, sino solamente cuando han iluminado el sentido del texto bíblico como actual palabra de Dios (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, C, 1. La tarea del exegeta. Orientaciones principales).

· · ·

Para restablecer la articulación entre los diferentes sentidos escriturísticos es decisivo comprender el paso de la letra al espíritu. No se trata de un paso automático y espontáneo; se necesita más bien trascender la letra: «De hecho, la Palabra de Dios nunca está presente en la simple literalidad del texto. Para alcanzarla hace falta trascender y un proceso de comprensión que se deja guiar por el movimiento interior del conjunto y por ello debe convertirse también en un proceso vital». Descubrimos así la razón por la que un proceso de interpretación auténtico no es sólo intelectual sino también vital, que reclama una total implicación en la vida eclesial, en cuanto vida «según el Espíritu» (Ga 5,16) (Benedicto XVI, Verbum Domini, 38).

Lo que sí necesita el fiel cristiano, y también el contemplativo, es tener claros los criterios que ningún exegeta puede saltarse (los que hemos expuestos aquí) y el sentido de fe que le hace reconocer una interpretación equivocada, aunque no tenga los instrumentos científicos y teológicos para demostrarlo (cf. lo dicho sobre «el sentido sobrenatural de la fe» en los n. 91-93).

Debería quedar muy claro a los exegetas su importante función en el Pueblo de Dios para ayudar a «madurar el juicio de la Iglesia», y su lugar preciso dentro de la misma, que no está por encima ni al margen de la Iglesia, sino como ayuda imprescindible para que el Magisterio, que es el que tiene «el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios». Es un error de base considerar al Magisterio como contrario a la exégesis o plantearse una exégesis que se oponga abiertamente al Magisterio.

Reconociendo la diversidad de dones y de funciones que el Espíritu pone al servicio de la comunidad, en particular el don de enseñar (1Cor 12,28-30; Rm 12,6-7, Ef 4,11-16), la Iglesia estima a aquéllos que manifiestan una capacidad particular de contribuir a la construcción del cuerpo de Cristo, por su competencia en la interpretación de la Escritura […] En particular, la búsqueda del sentido literal de la Escritura, sobre el cual se insiste tanto hoy, requiere los esfuerzos conjugados de aquéllos que tienen competencias en lenguas antiguas, en historia y cultura, crítica textual y análisis de formas literarias, y que saben utilizar los métodos de la crítica científica […] Si las Escrituras, como se ha recordado antes, son el bien de la Iglesia entera, y forman parte de la «herencia de la fe», que todos, pastores y fieles «conservan, profesan y ponen en práctica con un esfuerzo común», continúa siendo verdad que «la función de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, transmitida por la Escritura o por la Tradición, sólo ha sido confiada al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo» (Dei Verbum, 10). Así pues, en último término, es el Magisterio quien tiene la misión de garantizar la auténtica interpretación, y de indicar, cuando sea necesario, que tal o cual interpretación particular es incompatible con el evangelio auténtico. Esta misión se ejerce en el interior de la koinonia del Cuerpo, expresando oficialmente la fe de la Iglesia para servir a la Iglesia. El Magisterio consulta para ello los teólogos, los exegetas y otros expertos, de los cuales reconoce la legítima libertad y con quienes queda ligado por una recíproca relación en la finalidad de «conservar al pueblo de Dios en la verdad que hace libres» (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 3. Papel de los diferentes miembros de la Iglesia en la interpretación).

Pero no sólo de los exegetas

Sin negar la necesidad de la tarea exegética, es necesario añadir otros grandes «intérpretes» de la Escritura, que han asimilado la Palabra de Dios y la han interpretado con su vida: son los santos. El valor de su interpretación para nosotros es que nos facilitan el paso de la Palabra a la vida, que a veces no es tan claro en algunos comentarios científicos.

La interpretación de la Sagrada Escritura quedaría incompleta si no se estuviera también a la escucha de quienes han vivido realmente la Palabra de Dios, es decir, los santos. En efecto, «viva lectio est vita bonorum». Así, la interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua […] En relación con la Palabra de Dios, la santidad se inscribe así, en cierto modo, en la tradición profética, en la que la Palabra de Dios toma a su servicio la vida misma del profeta. En este sentido, la santidad en la Iglesia representa una hermenéutica de la Escritura de la que nadie puede prescindir. El Espíritu Santo, que ha inspirado a los autores sagrados, es el mismo que anima a los santos a dar la vida por el Evangelio. Acudir a su escuela es una vía segura para emprender una hermenéutica viva y eficaz de la Palabra de Dios (Benedicto XVI, Verbum Domini, 48-49)58.

No podemos dejar de lado a algunos santos exegetas, como san Jerónimo, que han unido la santidad de vida a la dedicación al estudio de la Sagrada Escritura. Otros santos, sin llegar a ser exegetas, nos han dejado por escrito su forma vital de interpretar la Escritura, como hace santa Teresa de Jesús con el Padrenuestro59, san Juan de la Cruz con el Cantar de los Cantares60, o santa Teresa del Niño Jesús al comentar los capítulos 12 y 13 de la primera carta de san Pablo a los Corintios61.

Y, aunque volvamos sobre ello, cuando profundicemos en el papel de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia, el cristiano, unido a la Iglesia y apoyándose en buenos comentarios y en el ejemplo de los santos, también puede y debe asimilar la Biblia con la ayuda del Espíritu Santo y hacerla vida por medio de la lectura y de la oración.

El Espíritu también ha sido dado, ciertamente, a los cristianos individualmente, de modo que puedan arder sus corazones dentro de ellos (cfr. Lc 24,32), cuando oran y estudian en la oración las Escrituras, en el contexto de su vida personal (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 3. Papel de los diferentes miembros de la Iglesia en la interpretación).


NOTAS

  1. «La preposición en, en parte por influjo de la semítica be, ha aumentado notablemente su campo de aplicación… Tal vez alguien se sorprenda de que Mc 5,2, hable de un hombre en espíritu impuro, pues lo lógico sería que el espíritu inmundo estuviera en el hombre y no el hombre en el espíritu, y tal vez intente explicar el pasaje como si éste dijera que el hombre estaba en poder del espíritu inmundo» (M. Zerwick, El griego del Nuevo Testamento, Estella 1997 (Verbo Divino), 64) [Hemos transcrito o traducido el texto griego].
  2. Hablando de esta característica del lenguaje neotestamentario, llamada «genitivo hebreo», comenta M. Zerwick, El griego del Nuevo Testamento, 37: «Hay que estar en guardia para que este lenguaje, a veces muy distinto del nuestro occidental, no nos lleve a buscar raras profundidades donde la buena traducción exige un simple adjetivo».
  3. Afirma M. Zerwick, El griego del Nuevo Testamento, 107, n. 3, que esta forma de hablar es tan frecuente en los dichos de Jesús y tan escasa en la literatura judía de su época que podemos pensar que se trata de una forma de hablar propia de Jesús: estamos ante «sus mismísimas palabras» y no sólo ante un modo de expresarse de los evangelistas.
  4. Santa Teresa del Niño Jesús, Cuaderno amarillo, 4.8.5.
  5. L. A. Schökel, Interpretación de la Sagrada Escritura, en L. A. Schökel (dir.), Comentarios a la constitución Dei Verbum sobre la divina revelación, Madrid, 2012 (BAC), 441. Son muy interesantes las reflexiones que hace a continuación sobre los géneros literarios: a) Hay que tener en cuenta que la metodología y los términos que se emplean en el estudio de los géneros literarios son fluidos; b) No son una construcción artificial, sino que son reales porque los autores los emplean y, en consecuencia, ayudan a interpretar los textos; c) El género literario forma parte del sentido literal, no es algo que haya que eliminar del texto para encontrar este sentido literal.
  6. A. M. Artola – J. M. Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, Estella 1995 (Verbo Divino, 4ª ed.), 320-321.
  7. Ya señalaba con anterioridad a la Dei Verbum C. Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, Barcelona 1961 (Editorial litúrgica española, 2ª ed.), 22-23: «Los exegetas, aun los católicos, se han dejado fascinar, con demasiada frecuencia, por las minucias de la corteza humana, hasta el punto de olvidar su fruto divino. Se han preocupado demasiado de la técnica y han descuidado su misión cerca de la masa que habían de intentar ganar progresivamente, Ellos mismos han preparado el divorcio entre la Vida y la Ciencia al tratar la Biblia siguiendo dos métodos completamente independientes: el científico para el espíritu y el devoto para el corazón. Pero estos graves defectos de la exégesis científica no legitiman una reacción en sentido inverso. El repliegue de la ciencia bíblica sobre lo humano no justifica que se rechace en la práctica este aspecto humano […] Más particularmente hay que ponerse en guardia contra la forma misma del sentimiento religioso rebuscado. A veces leyendo los escritos de difusión bíblica, se tiene la impresión de que los autores exclamarían de buena gana: “¡Qué importa el sentido real con tal que sirva de alimento a la piedad!”, o bien: “Es verdadero el sentido que sirve para sustentar la devoción”. Esta piedad subjetiva y sentimental, a diferencia del pensamiento de los Santos Padres, al cual pretende volver, no tiene su origen en una comprensión profunda de los nexos que fusionan la Verdad y el Amor».
  8. Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, 373-374. La cursiva es del autor.
  9. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 337.
  10. J. Guitton, Silencio sobre lo esencial, Valencia 1988 (Edicep), 53.
  11. Cardenal Robert Sarah, Se hace tarde y anochece, Madrid 2019 (Palabra), 115-116.
  12. F. Hadjadj, Puesto que todo está en vías de destrucción (Reflexiones sobre el fin de la cultura y de la modernidad), Granada 2016 (Nuevo Inicio), 71.
  13. Schökel, Interpretación de la Sagrada Escritura, 465.
  14. Puede verse el apartado La relación entre la Tradición y la Sagrada Escritura de nuestro tema «La transmisión de la Revelación».
  15. Hugo de San Víctor, De arca Noe, 2,8, citado en el n. 134 del Catecismo.
  16. A. Grillmeier, La verità della Sacra Scrittura e la sua scoperta. Sul terzo capitolo della costituzione dogmatica «Dei Verbum» del Vaticano II, en AA. VV., La «verità» della Bibbia nel dibattito attuale, 235, citado en V. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios. Introducción general a la Sagrada Escritura, Bilbao 1995 (Desclée de Brower, 4ª ed.), 243.
  17. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 243.
  18. P. Grelot, en AA. VV., La Révélation divine, II, 376, citado por Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 243.
  19. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 298.
  20. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 344.
  21. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 299. La cursiva es del autor.
  22. U. Wilckens, La carta a los Romanos, Salamanca 1992 (Sígueme), II, 350. En la n. 67 añade que en esta ocasión «fe» se refiere al contenido de la fe, lo que hay que creer, «la fe tradicional».
  23. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 348, que cita a I. de la Potterie, La verité dans Saint Jean (Roma 1977),1058-9.
  24. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 348.
  25. Schökel, Interpretación de la Sagrada Escritura, 471.
  26. J. Collantes, La fe de la Iglesia católica, Madrid 1984 (BAC, 2ª ed.), 280.
  27. Haag – van den Born – Ausejo, Diccionario de la Biblia, Barcelona 1981 (Herder, 8ª ed.), col. 829-830.
  28. Haag – van den Born – Ausejo, Diccionario de la Biblia, col. 829.
  29. San Jerónimo, Contra Helvidio. La Perpetua Virginidad de María, 19.
  30. San Hilario de Poitiers, Comentario al evangelio de san Mateo, 1,4.
  31. Es lo que la Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993), II, B, Sentidos de la Escritura inspirada, llama «diferentes niveles de sentido», oponiéndose a la tesis nacida de cierta exégesis histórico-crítica que defiende la unidad de sentido, de modo que un texto no puede tener varios significados, y defendiendo la intuición de la exégesis medieval, apoyada ahora por las ciencias del lenguaje y la hermenéutica filosófica.
  32. Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, 369-370.
  33. Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, 360. «Por ejemplo, el milagro de la multiplicación de los panes es el signo de una actividad misionera de Cristo, que la eucaristía traduce sacramentalmente, lo cual hace ella prenda de vida eterna» (P. Grelot, Sentido cristiano del Antiguo Testamento. Bosquejo de un tratado dogmático, Bilbao 1995 (Desclée de Brower, 2ª ed., 450).
  34. Como recuerda la Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, F. Lectura fundamentalista: «La lectura fundamentalista tuvo su origen en la época de la Reforma, en una preocupación de fidelidad al sentido literal de la Escritura. Después del Siglo de las Luces, se presentaba, en el protestantismo, como una protección contra la exégesis liberal […] Este género de lectura encuentra cada vez más adeptos, a finales del siglo XX, en grupos religiosos y sectas, pero también entre católicos».
  35. Agustín de Dacia, Rotulus pugillaris, I: ed. A. Walz: Angelicum 6 (1929), 256.
  36. Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, 359-360. La cursiva es del autor.
  37. Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, 367.
  38. Grelot, Sentido cristiano del Antiguo Testamento, 445, señala con acierto que «son muchos los tratados que no advierten que el problema [de los sentidos de la Escritura] difiere notablemente según que se le plantee a propósito de los textos del Antiguo Testamento o del Nuevo. Tratan de los sentidos de la Escritura in genere, cuando se deberían adoptar dos reglas distintas, según los Testamentos».
  39. Intervención de Neófito Edelby, arzobispo melquita de Edesa, en el Concilio Vaticano II, recogida en Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 302.
  40. Intervención de Neófito Edelby, arzobispo melquita de Edesa, en el Concilio Vaticano II, recogida en Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 302.
  41. Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, 373.
  42. Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, 361.
  43. Puede ser útil para iluminar este ejemplo de lectura espiritual, en nuestro apartado Frutos de la lectio, el titulado El desierto, la roca y el agua.
  44. L. A. Schökel, Comentario temático [al Capítulo 4 de Dei Verbum], en L. A. Schökel (dir.), Comentarios a la constitución Dei Verbum sobre la divina revelación, Madrid, 2012 (BAC), 551, al inicio de su amplia exposición sobre el sentido pleno señala la dificultad de este modo: «Este “sentido más lleno” es invención de la hermenéutica reciente. ¿Se ha descubierto de nuevo lo que ya existía?, ¿o se ha inventado lo que no hay?; si es reciente, ¿nadie hasta ahora lo había entendido?, ¿o lo habían entendido bajo otro nombre? Estas preguntas, disparadas apenas ha sonado el nombre, nos dicen la situación polémica en que se encuentra». Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 298-299, resume así la dificultad del sentido pleno: «El problema del sensus plenior se halla inevitablemente planteado, por encima de la cuestión, controvertida entre los teólogos y que el Concilio no ha querido dirimir, acerca de cómo hay que entender propiamente la relación entre el sensus divinus y el sensus litteralis: unos pretenden reducir el sensus plenior lo más posible al sentido históricamente demostrable y, por tanto, a una inteligencia más completa del mismo, otros, por su parte, quieren situarlo en un grado superior de profundización en el sensus literalis, que -sin ser completamente extraño a él- con todo lo supera y lo trasciende».
  45. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 298.
  46. Grelot, Sentido cristiano del Antiguo Testamento, 452. Este autor recuerda que pasa santo Tomás de Aquino el sentido pleno formaría parte del sentido literal porque lo entiende como «aquel que le da al texto su “autor principal”, es decir, Dios, y no sólo el autor humano, que pueda comportarse, frente a Dios, como instrumentum deficiens» (p. 448). Sin embargo, más adelante, Grelot relaciona el sentido pleno con el sentido espiritual, entendido a la luz de la distinción del espíritu y la letra que hace san Pablo en 2Co 3,6: «Es preciso advertir que esta distinción de sentido literal y sentido pleno llega casi a coincidir con la de la letra y el espíritu tal como la entiende San Pablo. Con todo, la letra paulina encerraba una nota peyorativa que de ningún modo puede aplicarse al sentido literal de la Escritura, mientras se mantenga abierto a sus enriquecimientos cristianos. Si, pues, se define el sentido espiritual de los textos bíblicos en función del espíritu paulino, entonces se convierte en el equivalente exacto del sentido pleno, ya que éste consiste en una superación de la letra para encontrar en los textos la presencia viviente y vivificante de Cristo» (p. 454).
  47. Con la misma claridad lo afirma san Lucas en su evangelio: «En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María […] Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. […] porque para Dios nada hay imposible”» (Lc 1,26-27.34-35.37).
  48. Así lo reconoce la Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 3. Sentido pleno: «El contexto de Mt 1,23 da un sentido pleno al oráculo de Is 7,14 sobre la almah que concebirá, utilizando la traducción de los Setenta (parthenos): “La virgen concebirá”».
  49. Puede verse esta distinción dentro de los Salmos en los Santos Padres: «En cambio, quien toma este libro, si se trata de salmos proféticos referentes al Salvador, sí, los recorre del mismo modo que las demás Escrituras, con sentimientos de admiración y de adoración; pero los demás salmos los lee como si fueran palabras suyas propias, y quien los escucha, lo hace como si él mismo los cantara, y le conmueven y se siente afectado por las palabras de estos cánticos como si fuesen sus propias palabras […]. Nadie se atrevió nunca a decir como suyas las palabras de los patriarcas, ni llegó a imitar o proferir como propias las palabras de Moisés, ni las de Abraham acerca de la esclava, o de Ismael, o del gran Isaac, aunque se hallara en una situación parecida […]. En cambio quien lee los salmos ‑¡cosa admirable!‑, exceptuando las profecías acerca del Salvador y de las naciones, dice las demás palabras como si fueran suyas, y las salmodia como si de él mismo se hubieran escrito» (San Atanasio de Alejandría, Epístola a Marcelino sobre la interpretación de los salmos, PG 27,11). La cursiva es nuestra.
  50. Grelot, Sentido cristiano del Antiguo Testamento, 454.
  51. Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, 363.
  52. San Agustín, Quaestiones Evangeliorum, III, 19, ligeramente abreviado por C. H. Dodd, Las parábolas del Reino, Madrid 2001 (Cristiandad, 2ª edición), 22-23.
  53. «De esta manera se ha convertido en tarea fácil dar una última precisión sobre el sentido “alegórico”. Si se quiere designar bajo este nombre la trasposición subjetiva de los textos salidos de su contexto y proyectados en un plano que no tiene ningún contacto orgánico con el sentido natural, no se trata más que de una manera de acomodación. Si, por el contrario, se quiere destacar la proporción profunda y típica que existe entre el sentido real y sus desarrollos en las demás partes de la revelación, nos hallamos ante el sentido espiritual auténtico» (Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, 371).
  54. Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, 382.
  55. Cf. el mismo documento de la Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, III, B, 2. Exégesis patrística.
  56. Charlier, La lectura cristiana de la Biblia, 362-363.
  57. Puede leerse Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, C. La tarea del exegeta.
  58. A lo largo del n. 48, Benedicto XVI muestra cómo las grandes espiritualidades han nacido de la lectura de la Palabra de Dios hecha por los santos: san Antonio, abad, san Benito, san Francisco de Asís…
  59. Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, capítulos 27-39.
  60. San Juan de la Cruz, Cántico espiritual.
  61. Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito B, 2vº-3vº.