Seleccionar página

Descargar el libro de los Fundamentos completo

Introducción

Una vez aceptada la vocación y la misión, y selladas éstas por la consagración, el contemplativo secular tiene que abrazar la nueva vida que expresa la unión que Dios ha realizado con él.

A) Consagración del contemplativo secular

El que quiere responder a la gracia de la vida contemplativa necesita una expresión significativa de su consagración. Ésta es eminentemente interior y espiritual; pero, puesto que el ser humano no es sólo espíritu, requiere de signos que expresen las realidades espirituales. Y así, la condición humana del contemplativo le lleva a buscar un signo efectivo de su consagración, como respuesta material a la acción de Dios.

El contemplativo secular se consagra mediante un acto de consagración por el que se reconoce consagrado por Dios, y, en respuesta a esa gracia, le entrega su vida como una ofrenda viva de amor a él en la forma de vida contemplativa secular.

Este acto de consagración expresa el compromiso, firme y decidido, de aspirar permanentemente a la santidad y de vivir en coherencia con esta aspiración. Para ello buscará en todo la gloria de Dios y, renunciando a sí mismo, entregará su vida, con Cristo y por el Espíritu Santo, en favor de la santificación de la Iglesia y la salvación del mundo; meta a la que llegará a través de la total identificación con Cristo crucificado, realizada en la aceptación de la vida que le toca vivir con sentido de ofrecimiento redentor.

Se trata de una consagración que no puede conllevar en ningún caso nada que condicione la plena vida secular, sino que debe ser el instrumento que sirva para que todo lo que constituye la vida en medio del mundo permita que el contemplativo selle su amor esponsal con Dios y viva su «consagración» en plenitud.

Aunque el contemplativo secular no tiene una consagración oficial, manifestada en los votos públicos de pobreza, castidad y obediencia, los consejos evangélicos deben marcar su estilo de vida, puesto que constituyen la demostración de la vocación a la santidad que se desprende del bautismo. Lo cierto es que la diferencia entre los consagrados y los laicos no estriba en que aquéllos viven los consejos evangélicos y éstos no, sino en la distinta manera de vivirlos que tienen unos y otros. Pero, por encima de esta diferencia, ambos deben vivir plenamente su espíritu.

Veamos, pues, el modo en el que los contemplativos seculares viven el espíritu evangélico, expresado en los tres consejos clásicos.

B) Pobreza

El amor apasionado a Jesucristo tiene que llevarnos a amar su vida con toda el alma; por ello, hemos de amar la pobreza del Señor; conscientes de que no se trata tanto de valorar la pobreza como renuncia humana a las cosas, sino como forma concreta de identificarnos con Cristo pobre, y como actitud espiritual imprescindible para dejar que el Señor actúe en nosotros. La pobreza real, como prueba de la identificación con Cristo pobre, es la expresión más clara de que nuestra vida está verdaderamente entregada a Dios por los hermanos1.

El que vive de Dios y para Dios no se siente poseedor de nada. Más bien, él mismo es posesión de Dios. Esto exige un profundo desprendimiento de todo lo que no sea Dios, como demostración de que la única riqueza que posee es Cristo, tal como dice san Pablo: «Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,8). El que así vive, al renunciar a todo, conseguirá plenamente la verdadera riqueza, que es la que nos da Cristo (cf. 2Co 8,9).

El camino que lleva a la auténtica riqueza pasa necesariamente por la pobreza. Quien sabe esto es capaz de aceptar perderlo todo y hacerse verdaderamente pobre, no porque niegue «algo», sino porque afirme a «Alguien»; no como un simple camino ascético de renuncia a cosas materiales, sino como fruto de su amor al Pobre por antonomasia, que es Cristo2, como signo vivo de que éste llena plenamente su vida, como su única riqueza, y no necesita más. Contemplando al Señor descubrimos el verdadero sentido de la pobreza, y sentimos el impulso de seguirle hasta identificarnos plenamente con él; aceptando, como él, recibirlo todo y darlo todo: Recibirlo todo con humildad y darlo todo con amor.

El contemplativo secular debe vivir, en la práctica, un tipo de vida que sea expresión de que su existencia está colgada de Dios, lo que comporta una verdadera renuncia a bienes legítimos, una seria austeridad de vida y el ejercicio constante de disponibilidad de tiempo, energías, bienes materiales y dinero en servicio de Dios y del prójimo. El tener que vivir con la máxima densidad de fe los problemas propios de la vida secular lleva necesariamente al sacrificio de una vida en constante tensión entre Dios y el mundo, y es la manera de vivir en permanente estado de pobreza, como auténtico «peregrino en tierra extranjera» (Ex 2,22), que no posee nada, ni tiene «donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20).

El mismo trabajo profesional, personal o apostólico constituye un modo evangélico de pobreza, a la vez que es manifestación de nuestro humilde servicio a los demás y un medio para unirnos al trabajo redentor del Señor con nuestro propio trabajo. Para el contemplativo secular, el trabajo es un modo de vivir la pobreza, pero tiene que ser útil, bien hecho, compatible con la vida interior y muestra de caridad.

Entre las diversas formas que existen de vivir la pobreza en el mundo, cada uno ha de encontrar la forma concreta que Dios le pide de vivir el desprendimiento real de los bienes, el ejercicio de caridad y la comunión fraterna que debe realizar a través de esos mismos bienes. Y no sólo se trata de bienes materiales, sino que todo en el contemplativo tiene que estar empapado del espíritu de pobreza que caracteriza la vida de Jesús. Incluso la oración ha de ser manifestación de pobreza, porque el pobre expresa en ella que no posee nada y que lo espera todo de Dios, con conciencia de ser pecador e inmerecedor, sabiendo que Dios ama al pobre que le ofrece humildemente su pobreza.

Forma parte de la misma pobreza el hecho de que ésta sea algo nunca conseguido del todo, sino un proceso permanente de crecimiento, que comienza con la humilde y agradecida aceptación de las propias cualidades y riquezas, continúa por la renuncia a los propios bienes materiales, pasa por la entrega de los afectos y bienes espirituales, y termina en la renuncia a uno mismo. Esto último constituye el despojo total, que es la Cruz, y lleva a la identificación más perfecta con Jesucristo y a la libertad que permite al Espíritu Santo hacer la obra de Dios en nosotros sin obstáculo alguno.

Como peregrino hacia la plenitud de la vida divina, el contemplativo secular se va desprendiendo de todo lo superfluo y de todo aquello que le ata y le impide vivir cada día más como hijo del Padre celestial que le viste y le alimenta3. Y al renunciar a todo, se hace capaz de darse a todos desde el corazón de Dios.

C) Castidad

La castidad es uno de los signos de la vida consagrada; pero no es exclusivo de ella, porque es, ante todo, una virtud eminentemente cristiana, a la que deben aspirar todos los bautizados. El contemplativo secular ha sido consagrado personalmente por Dios y, aunque no posee una consagración pública en la Iglesia, tiene que vivir castamente, tanto si es soltero, casado o viudo. En cualquier estado ha de hacer presente y significativo el amor apasionado a Dios, que es el centro de su vida; un amor que surge de la seducción de Dios, a la que se abandona diciendo: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jr 20,7), y que le lleva a dejarse poseer totalmente por Dios, a convertirse en pertenencia suya para dejar de pertenecerse a sí mismo, tal como expresa el Cantar de los Cantares: «Mi amado es para mí y yo soy para mi amado» (Cant 2,16). Este amor es prueba de la vivencia profunda y apasionada del primer mandamiento: «Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5).

Para vivir la castidad, el contemplativo secular se compromete a purificar la memoria, a cuidar los pensamientos, palabras o actitudes, y a comportarse y vestir de manera que todo en él concuerde con el hecho de que su cuerpo es templo de la Trinidad, trasluciendo al exterior el estilo de vida propio del Reino de los cielos. Se trata muchas veces de pequeños detalles que parecen intrascendentes, pero que expresan la delicadeza del amor verdadero, en función del cual se acepta la lucha y el sufrimiento que supone mantenerse en el amor esencial y radical a Jesucristo, manifestando así la entrega inmolada de la propia vida a Aquél que «nos amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor» (Ef 5,2).

Como consecuencia de este amor casto, el contemplativo descubre en cualquier persona o acontecimiento el rostro de Jesucristo ‑el Amado‑, al que ha entregado su vida para que se consuma en amor esponsal.

D) Obediencia

El contemplativo secular no tiene compromiso público de obediencia, pero ha sido consagrado personalmente por Dios para identificarse con Jesucristo, «hecho obediente hasta la muerte» (Flp 2,8), y cuyo alimento es «hacer la voluntad del que me envió» (Jn 4,34). Esta identificación exige de él que viva en el permanente estado de obediencia que supone la aceptación paciente de la voluntad del Padre; y no de una voluntad genérica, sino de un plan concreto y personal, con todos y cada uno de sus detalles.

La obediencia a Dios constituye una expresión fructífera de la entrega de la propia vida, ya que «la obediencia vale más que el sacrificio» (1Sm 15,22); y exige, a la vez, escucha y acción, atención permanente a Dios y amorosa fidelidad en el cumplimiento de su voluntad. Esto requiere la renuncia a la libre determinación y al amor propio, para acomodarnos siempre y en todo a la voluntad de Dios, en la que encontramos el gozo y la paz.

El contemplativo secular obedece al Padre porque es quien le ha creado y le ama infinitamente; obedece al Hijo porque es el modelo perfecto al que debe adecuar su vida; y obedece al Espíritu Santo porque es el que le conduce interiormente por las sendas de la vida verdadera.

Para ello se compromete a buscar y cumplir la voluntad de Dios en todo momento, estando atento a todas las realidades y circunstancias, a través de las cuales Dios le manifiesta su voluntad y le va guiando hacia la meta para la que le ha creado.

Para encontrar y seguir el plan de Dios, ha de mantener una constante búsqueda de la voluntad de Dios, que se nos muestra a través de la vida y sus acontecimientos, atento siempre a las mociones del Espíritu Santo, para acogerlas dócilmente; realizando sobre todo ello un afinado discernimiento por medio de la oración y con la ayuda del director espiritual.

El deseo de identificarse con Cristo obediente tiene que traducirse para el contemplativo en una permanente disposición a renunciar a su voluntad y a su gusto.

E) Oración

Además de los tres consejos evangélicos, la consagración del contemplativo secular se vive y se expresa significativamente por medio de su dedicación a la oración, puesto que ésta es signo expresivo de su vida dedicada a Dios. Por su consagración manifiesta que ha elegido a Dios sobre todo; y, desde esa elección, acepta hacer de la vida oración, y de la oración vida. Y, puesto que las tareas propias de la vida en el mundo dificultan una dedicación intensiva a la oración, el contemplativo secular debe contar con esas dificultades, supliéndolas con una gran profundidad de amor, que se manifiesta en el sacrificio que supone la fidelidad a la oración, de modo que ésta no deje nunca de ser su principal ministerio.

Estas mismas dificultades de la vida secular deben servir al contemplativo para vivir en permanente tensión espiritual; una tensión a la que no puede renunciar y de la que no puede descansar, porque es parte esencial de su misión. Así, al natural cansancio de las tareas en las que debe ocuparse, se une el hecho de tener que vivirlas en tensión de eternidad y de carecer habitualmente del tiempo y la tranquilidad necesarios para dedicarse a la oración como quisiera; lo cual forma parte del modo de vivir en pobreza que le es propio.

Su vocación le obliga, en principio, a aceptar esta situación de desgarro interior como cruz y como medio para llevar a cabo la propia misión. Esto le exige vivir en permanente esfuerzo de fe y oración; para lo cual tendrá que buscar todos los medios que le sirvan para mantenerse fiel a la oración en cualquier situación o circunstancia, aceptando siempre la oración que nace de la pobreza y el sufrimiento, que es la que lleva directamente a la verdadera adoración, como entrega incondicional de la propia vida a Dios desde la experiencia de la humillación y el inmerecimiento.

Se trata, pues, de una auténtica oración pobre, que siempre es posible realizar y que está al alcance de todos, especialmente de los más pobres. Lo cual no significa que se pueda recortar la oración en tiempo o en fidelidad en función de las circunstancias, sino que hay que aceptar que esté condicionada por unas circunstancias que obligan a vivirla en forma de desgarro y pobreza.

El contemplativo secular no puede pretender acercarse a la oración con la tranquilidad y la paz exterior que ofrece el monasterio, sino que arrastra inevitablemente las tensiones y agobios propios de su vida en el mundo, lo que crea una cierta dificultad ‑más aparente que real‑ para entrar en la oración contemplativa profunda. La Palabra de Dios, que tiene que ser el sustento de toda oración, se convierte aquí en la maestra que le enseña el camino de la oración interior y lo acompaña a través de él. No se trata de «meditar» la Palabra, sino de permanecer bajo su luz, de empaparse de ella, tal como se hace por medio de la lectio divina. También puede ayudarle la oración del corazón, aunque este modo de orar quizá sea más apropiado para orar en cualquier momento, en medio de las diferentes actividades de la vida.

De todos modos, no hemos de olvidar que la oración contemplativa no es la que se expresa con más sentimientos, sino aquella en la que mejor se ejercita la fe, la esperanza y el amor; y este ejercicio está más allá de lo sensible, porque la oración más profunda es la que se desarrolla fuera del campo de la conciencia sensible. En el fondo, no consiste en otra cosa que en sabernos amados por Dios y entregarnos con todo nuestro amor a él. Esa entrega, para la que se requiere un verdadero desasimiento de todo, constituye por sí misma la verdadera oración, y es posible siempre y para todos; porque, independientemente de nuestra formación, nuestras capacidades o nuestras circunstancias, todos podemos ponernos ante Dios en fe y entregarle nuestra vida. Ésta es la oración más pobre, pero la más verdadera. Es, además, la oración que todos podemos hacer siempre, y el don que Dios regala a los pobres.

El rasgo característico que muestra la autenticidad de la oración es la perseverancia, que manifiesta también la misma pobreza. Sólo el que es pobre, el que nada posee y no tiene derechos es capaz de mendigar aquello que necesita para sobrevivir, y sabe esperar todo el tiempo que haga falta para recibirlo.

Por su consagración, el contemplativo secular ha de asumir, según sus posibilidades, el compromiso de vivir en permanente clima de oración, para lo cual se fijará un tiempo dedicado a la lectio divina, a la oración, y a la liturgia de las horas.


NOTAS

  1. Recuérdese en el capítulo VI, el apartado J: Pobreza, en el que aparece la pobreza como testimonio.
  2. Cristo es Dios hecho pobre por nosotros: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2Co 8,9).
  3. Cf. Mt 6,25-34.