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Jesús y las mujeres pecadoras

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Introducción

Jesús, en su búsqueda de pecadores que rescatar y transformar, también se encuentra con mujeres pecadoras. El mayor pecado que en el mundo bíblico se le atribuye a la mujer es la prostitución y el adulterio. No es casualidad que los profetas, cuando quisieron denunciar los pecados de Israel, especialmente la idolatría, describieron al pueblo de Dios como la esposa infiel que se había dedicado a la prostitución (cf. Ez 16).

Después de las contemplaciones anteriores1 no puede sorprendernos que Jesús salga también al encuentro de las mujeres pecadoras; y que, en ese encuentro, se produzca el milagro del cambio profundo que produce la misericordia cuando puede abrirse paso en el corazón del pecador.

De nuevo, no debemos conformarnos con comprobar el acercamiento de Jesús a los pecadores, que ciertamente es consolador. Debemos descubrir el profundo cambio que produce en estas mujeres pecadoras el recibir el perdón y la misericordia del Señor. Pero no sólo para que aprendamos lo que hizo Jesús, sino especialmente para que podamos revivir en nuestro encuentro con el Señor la misma experiencia de perdón y transformación. Contemplamos lo que realizó en estas mujeres para creer, pedir y esperar que la misericordia también pueda transformar profundamente nuestra vida y produzca en nosotros el mismo fruto que dio en la pecadora pública que se lanza a los pies de Jesús y en la adúltera condenada a muerte que ponen ante el Señor.

La pecadora perdonada

La mujer pecadora que, en medio de aquel banquete al que un fariseo había invitado a Jesús, se arroja de forma sorprendente a los pies del Señor, le riega los pies con sus lágrimas, se los seca con su pelo, los besa y los unge con perfume, es seguramente una prostituta; y, sin duda, tiene fama de pecadora en toda la ciudad.

Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume (Lc 7,36-38).

Las prostitutas junto con los publicanos constituyen el grupo de los pecadores más despreciados, que no tienen solución, y de los que había que apartarse para no quedar impuros.

Por eso, los gestos de esta mujer resultan especialmente sorprendentes y provocan el escándalo del fariseo que había invitado a Jesús. Nada de lo que hace esta mujer es habitual, ni entrar en un banquete reservado a los varones, ni tocar a Jesús, ni exponer su cabellera en público, ni ungir los pies. Todo es exagerado e inhabitual.

El evangelista nos presenta a esta mujer entrando por sorpresa en casa del fariseo. Nada sabemos de la razón por la que esta mujer de mala fama se acerca a Jesús de este modo tan sorprendente y escandaloso: si ya ha sido perdonada por Jesús o si la predicación del perdón y de la misericordia la ha conmovido profundamente. Ya perdonada o sintiéndose personalmente llamada a recibir la misericordia, como parte de los que tienen ventaja para entrar en el reino de los cielos (cf. Mt 21,31), está decidida a encontrarse con Jesús y a mostrarle su amor y su agradecimiento de un modo que resultó inconveniente y escandaloso para los fariseos que rodeaban a Jesús en aquel banquete.

Nos gustaría saber cómo había sido ese encuentro primero con Jesús, cómo el Señor se acercó a ella, cómo la miró, con qué palabras le manifestó un perdón que nadie le ofrecía. Todo eso ha quedado para el secreto de las dos personas que protagonizaron ese encuentro: Jesús y la pecadora. Lo que nosotros podemos y debemos contemplar es esta escena del agradecimiento sorprendente, desmesurado -y escandaloso para algunos- de esta mujer pecadora.

A la vez, esta escena evangélica nos permite comprobar la diferente manera de mirar a la pecadora y su agradecimiento por parte de Jesús y por parte del fariseo. Lo cual no dejará de proporcionarnos una interesante lección para nosotros.

El fariseo sólo ve la condición de pecadora de esta mujer, su pasado y lo escandaloso de su acercamiento a Jesús. Jesús, sin embargo, ve en lo que se ha convertido la pecadora, ve el agradecimiento y el amor, ve la proporción entre el perdón y el agradecimiento.

Descubrimos aquí otra nueva ventaja del pecador, del que se reconoce pecador: además de que la conciencia y el dolor de haber pecado le ayudan a acoger el anuncio de la misericordia de Dios y recibir con humildad y alegría el perdón que le ofrece Jesús, la experiencia profunda y consciente de pecado y perdón le llena de agradecimiento y de amor. Haber experimentado la misericordia de Dios de esta forma tan generosa, que vence a toda una vida de pecado, marca para siempre la vida de esta mujer y hace que se entregue a Jesús con total agradecimiento.

Por eso, la actitud fría del fariseo que invita a Jesús, pero sin realizar los gestos normales de hospitalidad -el agua para lavar los pies, el beso de acogida, el ungüento en la cabeza-, choca frontalmente con la desbordante muestra de amor y agradecimiento de la mujer, que va más allá de lo convencional y de lo esperable.

Podríamos pensar que se trata de un gesto desproporcionado o exagerado. Realmente no lo es: está en proporción con lo que esta mujer pecadora ha recibido. Lo que sucede es que su condición de pecadora le hace consciente de lo que significa la misericordia inmerecida, gratuita y desbordante que el Señor le ha regalado. Su agradecimiento está proporcionado a la misericordia que recibe.

Por el contrario, el fariseo no agradece porque no reconoce su pecado, no considera la visita de Jesús como un gesto de perdón inmerecido -que transforma la vida como la de Zaqueo-, sino que lo ha invitado con curiosidad y con cierta prevención como demuestran sus pensamientos y su frío recibimiento. Se olvida de que él también es un pecador y, además, peca con el desprecio a la mujer y a Jesús, y con la falta de amor agradecido.

Este encuentro de Jesús y la pecadora debe dejarnos meridianamente claro que no agradece el que no reconoce su pecado; y es agradecido el que es consciente de su pecado y del perdón recibido.

Esto tiene que hacernos pensar en nuestra frialdad en la vivencia del perdón, en la falta de gratitud al Señor ante el perdón de nuestros pecados, que nos coloca cerca del fariseo que no agradece, no ama y malinterpreta la misión principal del Señor de acercarse a los pecadores para llevarlos a una nueva vida.

Este contraste entre la pecadora y el fariseo nos plantea una serie de interrogantes. ¿Nos sentimos agradecidos por el perdón de los muchos pecados que hemos recibido a lo largo de nuestra vida o damos por hecho que es algo que el Señor tenía que darnos y que ya los hemos agradecido suficientemente? ¿Nuestra vida está marcada por el agradecimiento de sabernos pecadores perdonados y rescatados por la misericordia? ¿Nuestro tacaño agradecimiento no estará mostrando nuestra falta de conciencia de haber sido rescatados, de haber sido devueltos a la vida, aunque nuestra vida no haya sido escandalosa como la de la pecadora? ¿Hace falta ser muy pecador para ser agradecido?

Santa Teresa del Niño Jesús nos ayuda a entender que, en realidad, no hace falta ser un gran pecador para poder tener este gran agradecimiento. La ventaja de publicanos y prostitutas consiste en que tienen más fácil ser conscientes de lo inmerecido y gratuito del perdón recibido. Pero una mirada de fe bastaría para descubrir cómo la infinita misericordia también actúa en el que es fiel y está libre de grandes pecados.

No tengo, pues, ningún mérito por no haberme entregado al amor de las criaturas, ya que sólo la misericordia de Dios me preservó de hacerlo… Reconozco que, sin Él, habría podido caer tan bajo como santa María Magdalena [se refiere a esta pecadora de Lc 7], y las profundas palabras de Nuestro Señor a Simón resuenan con gran dulzura en mi alma… Lo sé muy bien: «Al que poco se le perdona, poco ama». Pero sé también que a mí Jesús me ha perdonado mucho más que a santa María Magdalena, pues me ha perdonado por adelantado, impidiéndome caer.

¡Cómo me gustaría saber explicar lo que pienso…! Voy a poner un ejemplo.

Supongamos que el hijo de un doctor muy competente encuentra en su camino una piedra que le hace caer, y que en la caída se rompe un miembro. Su padre acude enseguida, lo levanta con amor y cura sus heridas, valiéndose para ello de todos los recursos de su ciencia; y pronto su hijo, completamente curado, le demuestra su gratitud. ¡Qué duda cabe de que a ese hijo le sobran motivos para amar a su padre!

Pero voy a hacer otra suposición. El padre, sabiendo que en el camino de su hijo hay una piedra, se apresura a ir antes que él y la retira (sin que nadie lo vea). Ciertamente que el hijo, objeto de la ternura previsora de su padre, si DESCONOCE la desgracia de que su padre lo ha librado, no le manifestará su gratitud y le amará menos que si lo hubiese curado… Pero si llega a saber el peligro del que acaba de librarse, ¿no lo amará todavía mucho más?

Pues bien, yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. Él quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que yo le ame mucho, como santa María Magdalena [la pecadora de Lc 7], sino que ha querido que YO SEPA hasta qué punto él me ha amado a mí, con un amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a él ¡con locura…!

He oído decir que no se ha encontrado todavía un alma pura que haya amado más que un alma arrepentida. ¡Cómo me gustaría desmentir esas palabras…! (Manuscrito A, 38vº-39rº)2.

Quizá ahora podemos entender lo que dice la liturgia de María, preservada de todo pecado en previsión de la muerte del Hijo de Dios, que ha experimentado la misericordia de Dios de un modo único y privilegiado3. La que es Inmaculada desde el primer momento de su concepción no está al margen de la misericordia, todo lo contrario, la ha recibido de un modo único, privilegiado y excepcional, que ha hecho que nunca la toque el más mínimo pecado. Por eso ella canta en el Magníficat la misericordia del Señor y es la Madre de Misericordia, refugio de pecadores.

Gracias a la valentía en el agradecimiento y en el amor de esta gran pecadora perdonada, nosotros podemos descubrir la relación entre el perdón y el amor.

  • -Al que ama le duele el pecado cometido contra el Amado, no como el que se salta una señal de tráfico y teme que le pongan una multa. El que ama vive el pecado como infidelidad, traición y desagradecimiento del amor recibido inmerecidamente (cf. de nuevo Ez 16).
  • -El que está inmerso en el pecado, sin amor a Dios ni a los demás, es insensible al pecado y a sus efectos y puede justificar su pecado e incluso sentirse orgulloso de él.
  • -El encuentro con el Dios-Misericordia que provoca la conversión hace que, a la luz del amor y el perdón recibido de Dios, se vea con inmenso dolor el pecado que se había cometido tranquilamente cuando se estaba lejos de él. Parece contradictorio, pero es el amor el que percibe realmente el pecado, y el que ama es el que necesita pedir perdón y reparar el pecado, que realmente consiste en reparar el amor roto o debilitado por el pecado.
  • -Al que se le perdona ama, y ama más cuanto más se le perdona. Es lo que demuestra la sencilla parábola que plantea Jesús al fariseo para que pueda reconocer esta verdad con un caso concreto:

Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro». «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?». Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y él le dijo: «Has juzgado rectamente» (Lc 7,40-43).

  • -Esta experiencia de perdón inmerecido se convierte en la palanca a la santidad que puede aprovechar el pecador perdonado: tener siempre en cuenta la gran misericordia que Dios ha tenido con él para entregarse a Dios sin medida.
  • -Hay que tener mucho cuidado con recordar sólo los pecados pasados -especialmente cuando son graves y dolorosos- sin recordar el perdón recibido. Porque en vez de sentir dolor por haber ofendido al amor, en vez de sentir el impulso a amar generosamente movido por el agradecimiento, el que recuerda el pecado aislado del perdón desemboca en la tristeza, el desánimo y el escrúpulo. El pecado pasado y perdonado, especialmente si es mucho, nos aleja de Dios si lo aislamos de la misericordia recibida. El pecador consciente del perdón recibido hace compatible en su corazón el dolor del pecado y la alegría del perdón, recordando siempre que «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5,20), y debe sobreabundar el agradecimiento4.
  • -Debería ser el amor lo que moviera al pecador a acercarse a Dios. Nos acercamos a él por temor al castigo, por evitar las consecuencias del pecado en esta vida o en la vida eterna, porque lo estamos pasando mal como el hijo pródigo cuidando cerdos lejos de la casa de su padre. Dios acepta que volvamos con esa triste motivación porque nos ama y quiere abrazarnos y sanarnos; porque es humilde y misericordioso. Pero no deja de ser triste que volvamos a Dios mirándonos sólo a nosotros mismos y no acudamos a él, después de haber pecado, para responder a su amor que sigue esperándonos; para aliviar su dolor de padre por estar lejos de sus hijos; para alegrar su corazón, más triste que el nuestro a causa del daño que nos hemos hecho con nuestros pecados; para que pueda volcar en nosotros una misericordia que él desea derramar en abundancia y nosotros necesitamos recibir.

Estamos invitados a reproducir este encuentro de la pecadora con Jesús, a condición de que reconozcamos que también nosotros somos pecadores y se nos ha perdonado mucho (deberíamos ser conscientes de lo que supone un solo pecado: recordemos lo que decía Newman5). Entonces sentiremos la necesidad de un agradecimiento loco y desmedido para los que no conocen la misericordia de Dios, pero realmente proporcionado para el que reconoce el amor misericordioso de Dios en su vida.

En la oración puedo dedicar tiempo a mirar la historia de mi pecado, sin mentiras, justificaciones ni dramatismos; pero contemplando a la vez la historia de la misericordia de Dios conmigo. Debo comenzar pidiendo la ayuda de Dios, porque, desgraciadamente, nos resulta más fácil ver y recordar el pecado que ser conscientes del perdón y la misericordia. Además, el demonio siempre tendrá interés en recordarme el pecado para desanimarme; y necesito que Dios me dé su luz para conocer y recordar la misericordia de Dios.

Una vez que sea consciente de esa historia de pecado y misericordia, lo normal sería que surgiera de mi corazón el deseo de hacer mil locuras de amor para mostrar el agradecimiento recibido.

La adúltera

A esta mujer pecadora la llevan ante Jesús, no para que la perdone, sino para que la condene, además a la durísima pena de ser apedreada hasta morir, porque ha sido sorprendida en flagrante adulterio (Jn 8,1-4). No cabe ninguna duda de su culpabilidad, y los escribas y fariseos la ponen delante de Jesús para que se desmienta de su famosa misericordia y se atenga a la estricta ley de Moisés que castiga con la lapidación este pecado, considerado uno de los más graves que puede cometer una mujer. Suponen que Jesús no se atreverá a ir contra la ley de Moisés y de la sentencia que ya ha pronunciado el tribunal judío de Jerusalén. Si Jesús se atreve a perdonarla, como suele hacer con los publicanos y las prostitutas, entonces podrán acusarle de desobedecer la ley de Dios.

Aquella pobre mujer, ciertamente pecadora, condenada a una forma terrible de muerte, no tiene ninguna esperanza de salvación. Puesta delante de Jesús en medio del templo de Jerusalén, sufre de nuevo la vergüenza de su pecado y el ser manipulada por los fariseos para poner a prueba al profeta de Nazaret.

Desde luego, Jesús no va a renunciar a proclamar y a comunicar la misericordia de Dios. Está acostumbrado a que le ataquen porque se acerca a los pecadores y los perdona: «Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19).

Jesús no ve sólo el pecado de esa mujer, sino también el pecado de los que la han puesto ante él. Y no sólo ve pecados y pecadores, sino pecadores a los que hay que salvar. Pero unos pecadores -los fariseos- necesitan que se les ayude primero a reconocer su pecado y salir de su orgullo. Y otros pecadores -la mujer- necesitan el perdón y la esperanza de una vida nueva. La pena es que los fariseos, al reconocer sus pecados pasados y la dureza e injusticia presente, lo único que hacen es salir de la presencia del Señor. Seguramente no quieren arriesgarse a que sea Jesús el que les recuerde sus pecados. No pueden mantener ante él su orgullo vano y su dureza injustificada, y prefieren escabullirse. No se les ocurre que ellos también pueden ser perdonados y transformados. Se sienten derrotados y se van; pero no admiten la verdadera derrota que sería la gran victoria de Cristo… y la suya: reconocer ante el Señor su dureza de corazón y su falta de fe, ponerse al lado de la mujer pecadora, esperando la misericordia. Ése sería el gran milagro, para el que solo hubiera hecho falta una cosa: humildad.

Nosotros, al contemplar esta escena, tenemos que aprender no sólo a no juzgar, sino a ponernos al lado de los pecadores, a tomarnos en serio cómo rezamos el Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas», o lo que decimos en el Avemaría: «Ruega por nosotros pecadores». No debemos rezar por los pecadores como si los pecadores fueran otros. No podemos señalar el pecado del mundo para sentirnos mejores y justificar así nuestro pecado. Cada vez que señalamos con dureza el pecado de la sociedad, de la Iglesia o del que tenemos al lado, tendríamos que sentir la llamada a reconocer nuestro pecado, luchar contra él, ponernos junto con los demás pecadores a pedir perdón y aportar al mundo y a la Iglesia nuestra conversión y no nuestra crítica.

Tras la huida de los fariseos acusadores, la mujer queda sola ante Jesús. Ella también puede constatar que sus acusadores se han ido, que ninguno ha podido condenarla porque eran pecadores.

Según la lógica empleada con los fariseos, la adúltera queda ante el que no tiene pecado y puede condenarla. Pero sucede lo contrario, porque el que es realmente justo también es compasivo y misericordioso (cf. Sal 36,21). Dios es perfecto, especialmente en el amor y en la misericordia. No existe el Dios justo que sólo quiere castigar y no es capaz de hacernos justos. La mujer, después de haber sido condenada con la Ley de Moisés, sabiéndose culpable, no debería tener esperanza de salvar la vida, pero se encuentra con la sorpresa de que Jesús le dice: «Tampoco yo te condeno». No le va a aplicar el castigo terrible que exigía la Ley de Moisés. Pero ¡atención!, no le dice: «Tranquila, no es pecado, no le des importancia», sino todo lo contrario: «Anda y en adelante no peques más».

Junto a la sorpresa de la no-condena, la mujer experimenta a renglón seguido la sorpresa del mandato de una vida libre de pecado. No sólo no va a morir, sino que debe, y por lo tanto puede, comenzar una vida sin pecado, una vida nueva.

La experiencia de esta mujer adúltera condenada por los pecadores y perdonada por el único justo, nos enseña que Jesús perdona y libra del castigo que merece el pecado, pero no para que podamos pecar sin miedo al castigo. El perdón no significa nunca permiso para pecar (cf. Eclo 15,20). Es un verdadero abuso de la misericordia que aprovechemos el perdón de Dios para quitar importancia al pecado y poder seguir pecando con la retorcida confianza de que Dios va a perdonar.

Nuestra experiencia de recibir el perdón de Dios, si es sincera, llevará necesariamente a un aborrecimiento mayor del pecado y a un deseo de eliminarlo de nuestra vida. El perdón recibido exige con fuerza la conversión y la lucha contra el pecado. No hay que confundir la alegría del perdón con la falsa impresión de que «aquí no ha pasado nada». Quizá el problema es que, como a nosotros el perdón nos sale gratis, pensamos que al Señor también le sale gratis, como al juez que indulta o al maestro que da un aprobado general. A Dios, nuestro pecado le cuesta la muerte de su Hijo amado y fiel. A Cristo le cuesta su agonía y su muerte en la Cruz: «Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia» (1Pe 2,24); «Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron» (Is 53,5).

Ciertamente es difícil -o más bien imposible- que esta mujer pueda cumplir este mandato: «En adelante no peques más». También nosotros podemos pensar lo mismo cuando el Señor nos dice a nosotros: «Anda y no peques más». Pero no debemos olvidar que el Señor no pide nada, sin darnos también la ayuda necesaria para hacer lo que nos pide. Por eso «anda y en adelante no peques más» significa «cuenta con mi ayuda para no pecar más»; «yo estoy contigo para que no caigas»; «es posible una vida nueva porque yo estoy a tu lado». Es necesario que contemos con esta ayuda del Señor, y no caigamos en el engaño del demonio que nos hace pensar que el Señor nos deja solos ante la tarea de la vida nueva y que estamos destinados a caer una y otra vez en el pecado.

El sacramento del perdón reproduce también esta parte del encuentro de Jesús con la mujer adúltera, porque no sólo nos borra el pecado, sino que nos da la gracia para luchar contra el pecado, vencer las tentaciones y comenzar una vida nueva de fidelidad a Dios y de imitación de Jesucristo. Ésta es una de las razones por la que la confesión frecuente es necesaria para el que no tiene graves pecados como los de esta mujer, pero quiere mantenerse fiel, quiere avanzar en el amor a Dios y a los demás y por eso busca en el sacramento la gracia que le permite una vida nueva inalcanzable a sus propias fuerzas.

La conversión que necesitamos tiene esas dos dimensiones que no debemos separar: el perdón y la gracia, la liberación del pecado y la vida nueva. No haríamos justicia a este episodio que hemos contemplado, si nos conformáramos con que el Señor nos diga «no te condeno», pero no quisiéramos oír que nos dice, porque es posible con su gracia, «en adelante no peques más». En nuestra oración tenemos que rezar completo el Salmo 51 y no sólo decir: «Borra mi culpa, lava mi delito, limpia mi pecado» y olvidarnos de pedir con toda sinceridad: «Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, devuélveme la alegría de tu salvación, renuévame por dentro con Espíritu firme».

La contemplación de este dramático episodio en el que Jesús de nuevo, a pesar de que parece imposible, perdona al pecador y ejerce la misericordia, me permite revivir la misma experiencia de la mujer adúltera. No son los fariseos, es la conciencia la que me enfrenta a mi pecado; a veces es el mismo demonio el que me presenta mi pecado como si estuviera irremisiblemente condenado, intentando que pierda la esperanza. Pero delante no están mis acusadores, sino Jesús. Y, puesto ante él, sin excusas ni ocultamientos debo escuchar con sorpresa lo que me dice: «No te condeno porque no he venido a condenar sino a salvar; pero tampoco vengo a dejarte como estabas, encadenado por el pecado, atrapado por tu debilidad: con mi perdón todo lo hago nuevo, te ofrezco una vida nueva. No temas, yo estoy contigo. Basta con que creas, te dejes guiar y nunca te apartes de mí».

Es en la oración donde debo escuchar estas mismas palabras del Señor a la adúltera, porque también a mí me dice que no me condena y me impulsa a una vida nueva.

Oración

Señor Jesús, Hijo de Dios,
que buscas al pecador para salvarlo,
que aceptas con agrado el agradecimiento de la mujer pecadora;
al mirar sus gestos de agradecimiento,
y su valentía para mostrarte su amor,
me doy cuenta de mi falta de agradecimiento,
de mi parecido con el fariseo:
no agradezco porque no soy consciente de la misericordia que has tenido conmigo.
Me disculpo pensando que yo he pecado menos,
que mis pecados no son como los de esta mujer pública,
y no me doy cuenta de lo que vale uno sólo de mis pecados,
y de toda la misericordia que has tenido conmigo
para no dejarme caer en muchos más pecados y peores.
Te pido Señor que abras mis ojos para que comprenda la medida de mi pecado
y la medida de tu misericordia;
para que ésa sea la medida de mi agradecimiento,
para que venza miedos y vergüenzas,
para que me olvide del sentido común y del qué dirán,
y me lance a hacer locuras de amor,
para intentar agradecerte el amor desmedido y loco que has tenido por mí,
dando tu vida en la cruz para perdonar mis pecados.
Señor, cuántas veces,
sin darme cuenta soy como los fariseos que acusaban a la adúltera,
cuántas veces aplico a los demás la estricta ley y los condeno,
cuántas veces me creo mejor porque tengo alguien a quien condenar,
cuántas veces miro a mi alrededor, a mi familia, a mis compañeros de trabajo, al mundo y a la Iglesia,
y me dedico a señalar pecados ajenos olvidándome de los míos.
Enséñame, Señor, a ponerme del lado de los pecadores para pedir misericordia por ellos y con ellos.
No dejes que cuando me dé cuenta de que soy tan pecador como ellos, me avergüence y me aparte de ti,
ayúdame a realizar el acto de humildad y valentía de ponerme al lado de los que he acusado de pecadores,
y decirte: yo también soy pecador, yo también necesito ser perdonado, y me pongo aquí,
con los publicanos, las prostitutas y las adúlteras,
porque también quiero que me busques a mí para perdonarme y sanarme,
porque también necesito que me digas «no te condeno»,
para que también a mí me ofrezcas una vida nueva,
libre de pecado.

«Anda y no peques más», le dijiste a la mujer adúltera,
que sólo esperaba a que ejecutaran el terrible castigo por su pecado,
que no podía esperar el perdón de su delito.
«Anda y no peques más» me dices a mí,
que estoy acostumbrado a que me perdones una y otra vez,
y no me tomo en serio ni tu mandato de no pecar
ni la gracia que me das para cumplirlo.
Ayúdame a aceptar el reto de la vida nueva que quieres darme,
una vida libre de pecado,
una vida marcada por el amor y la gracia,
una vida semejante a la tuya,
la que tú me obtienes en la cruz,
la que es posible porque tú habitas en mí por la comunión,
y unido a ti puedo dar fruto abundante.


NOTAS

  1. Pueden verse en nuestra web los retiros «Necesito la salvación más de lo que creo» y «Descubrir el poder de la misericordia».
  2. Cf. también Manuscrito C, 36vº. Santa Teresa del Niño Jesús también refiere la historia de la pecadora perdonada que cuando se convierte muere de amor (Cuaderno amarillo, 11.7.6).
  3. Prefacio de la misa de Santa María, reina y madre de misericordia (Misas de la Virgen, Tiempo Ordinario, n. 39) y también en el prefacio de la solemnidad de la Virgen de la Almudena. La expresión viene de Juan Pablo II, Dives in misericordia, 9.
  4. «El recuerdo de mis faltas me humilla y me lleva a no apoyarme nunca en mi propia fuerza, que no es más que debilidad; pero sobre todo, ese recuerdo me habla de misericordia y de amor» (Santa Teresa del Niño Jesús, Carta 247 al abate Belliére, 21 de junio de 1987).
  5. El texto citado en el retiro «Necesito la salvación más de lo que creo» es éste: «La Iglesia católica preferiría ver el sol y la luna caer del cielo, la tierra disolverse y los millones de humanos que se encuentran en ella morir de inanición en una espantosa agonía, en el límite de la aflicción temporal, antes que ver un alma, no ya que se pierde, sino que comete un solo pecado venial, como decir voluntariamente una mentira o robar una moneda sin excusa alguna» (Citado en Molinié, Cartas a sus amigos, nº 10: M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), I, 205).