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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Introducción

En el recorrido que estamos haciendo por el libro del Éxodo hemos ido contemplando y meditando sobre la infidelidad de Israel al construirse el becerro de oro, la intercesión de Moisés y el momento en que la confianza de Moisés le lleva a pedirle a Dios que le muestre su gloria. Llegamos ahora al episodio en que se renueva la alianza rota por el pecado del pueblo.

La Alianza renovada y su código (Ex 34,1-26)

Texto bíblico

1El Señor dijo a Moisés: «Labra dos tablas de piedra como las primeras y yo escribiré en ellas las palabras que había en las primeras tablas que tú rompiste. 2Prepárate para mañana, sube al amanecer a la montaña del Sinaí y espérame allí en la cima de la montaña. 3Que nadie suba contigo, ni aparezca nadie en toda la montaña; ni siquiera las ovejas o las vacas pastarán en la ladera de la montaña». 4Moisés labró dos tablas de piedra como las primeras, madrugó y subió a la montaña del Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra.

5El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor. 6El Señor pasó ante él proclamando: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, 7que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero no los deja impunes y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación». 8Moisés al momento se inclinó y se postró en tierra. 9Y le dijo: «Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya».

10El Señor dijo a Moisés: «Yo voy a concertar una alianza: en presencia de tu pueblo haré maravillas como no se han hecho en ningún país ni nación, para que el pueblo con el que vives vea las obras terribles que voy a hacer por medio de ti. 11Cumple lo que yo te mando hoy; expulsaré delante de ti a amorreos, cananeos, hititas, perizitas, heveos y jebuseos. 12Guárdate de hacer alianza con los habitantes de la tierra donde vas a entrar; porque serían un lazo para ti. 13derribarás sus altares, quebrarás sus estelas, talarás sus árboles sagrados.

14No te postres ante otro dios, porque el Señor se llama “Celoso”, y es un Dios celoso. 15No hagas alianza con los habitantes de la tierra, no sea que, cuando se prostituyan con sus dioses y les ofrezcan sacrificios, te inviten a comer con ellos. 16Ni tomes a sus hijas para tus hijos, pues se prostituirán sus hijas con sus dioses y prostituirán a tus hijos con sus dioses. 17No te hagas estatuas de dioses.

18Guarda la fiesta de los Ácimos: durante siete días comerás panes ácimos, según te mandé, en el tiempo señalado del mes de abib, porque en el mes de abib saliste de Egipto. 19Todo primer nacido macho que abra el vientre es mío, sea ternero o cordero. 20El primer nacido del asno lo rescatarás con un cordero y, si no lo rescatas, lo desnucarás. Rescatarás también al primogénito de tus hijos. Nadie se presentará ante mí con las manos vacías.

21Seis días trabajarás, y al séptimo descansarás; incluso en la siembra o en la siega, descansarás.

22Celebra la fiesta de las Semanas, al comenzar la siega del trigo, y la fiesta de la Cosecha, al terminar el año.

23Tres veces al año se presentarán todos los varones en presencia del Señor, el Señor Dios de Israel; 24pues desposeeré a las naciones delante de ti y ensancharé tus fronteras, y nadie codiciará tus campos cuando subas a visitar al Señor tu Dios tres veces al año. 25No ofrezcas pan fermentado con la sangre de mi sacrificio. De la víctima de la Pascua no quedará nada para el día siguiente.

26Trae a la Casa del Señor tu Dios las primicias de tus tierras.

No cuezas el cabrito en la leche de la madre» (Ex 34,1-26).

Lectio

[v. 1] El Señor le pide a Moisés que labre dos tablas de piedra en las que él escribirá; pero más adelante, en el v. 28, dirá que Moisés «escribió en las tablas las palabras de la alianza, las Diez Palabras». Aunque lo parezca, no se trata de una contradicción porque no se consideraba como autor de un texto al que realizaba la tarea material de escribir las palabras, sino al que lo había concebido, encargado o preparado. Por ejemplo, san Pablo no escribe personalmente sus cartas, sino que las dicta, como podemos comprobar en 2Tes 3,17: «El saludo va de mi mano, Pablo; esta es la contraseña en toda carta; esta es mi letra». Él no ha escrito el resto de la carta, sólo pone la firma al final. Lo mismo sucede en Col 4,18: «El saludo, de mi mano: Pablo». Por lo tanto, sea Dios o sea Moisés el que materialmente ha grabado las letras en las tablas de piedra, lo importante es que esas palabras son obra de Dios, es Dios el que ha ideado y transmitido esos mandamientos para que el pueblo de Israel pueda concordar con la santidad de Dios.

[vv. 5-7] En el episodio anterior (Ex 33,18-23), Moisés le pide a Dios que le muestre su gloria y él le contesta que cuando pase su gloria le pondrá en una hendidura de la roca y lo cubrirá con su mano. Éste es el momento en que Dios pasa ante Moisés y él no sólo puede ver su espalda, sino que escucha el nombre de Dios pronunciado por él mismo. En este nombre, con el que Dios se define a sí mismo, no aparece el poder ni las maravillas que ha realizado o puede realizar, sino su cualidad de compasivo y misericordioso. Lo más profundo de la gloria que Dios quiere mostrar a Moisés es su misericordia, compasión y fidelidad. La compasión de Dios nos resulta incomprensible porque llega hasta mil generaciones, lo que significa «con todos vuestros descendientes», o lo que es lo mismo «para siempre». Su perdón abarca la culpa, el delito y el pecado, porque cuenta con la debilidad de su pueblo, especialmente después de haberla comprobado a lo largo del camino por el desierto y, de modo singular, cuando se construyeron el becerro de oro. Y, a pesar de su gran misericordia, no deja impunes los pecados: la misericordia y la compasión de Dios no se realizan a costa de la verdad y es preciso que el pueblo responda de las consecuencias de los actos. Pero, incluso en el castigo con el que hace a su pueblo responsable de sus pecados, lo que rige es la misericordia y la compasión.

Moisés tomó buena cuenta de esta definición que el Señor hizo de sí mismo para emplearla en el momento conveniente. Es lo que sucede cuando el pueblo no quiere entrar en la Tierra Prometida por miedo a sus habitantes porque no se fía de Dios. Moisés intercede por los israelitas recordando el nombre que Dios había pronunciado: «Por tanto, muestra tu gran fuerza, como lo has prometido diciendo: “Señor, lento a la ira y rico en piedad, que perdona la culpa y el delito, pero no lo deja impune, que castiga la culpa de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación”. Perdona, pues, la culpa de este pueblo, por tu gran piedad, igual que lo has soportado desde Egipto hasta aquí» (Nm 14,17-19).

A la vez que Dios va desvelando su ser más íntimo, Moisés va haciendo acopio de todas estas palabras para emplearlas en el momento adecuado, y el Señor lo sabe. Aquí, en Nm 14, Moisés ciertamente hace referencia al poder de Dios y le pide que lo muestre, pero le recuerda que su gran fuerza se manifiesta en el perdón y la misericordia. Moisés conoce bien a Dios y sabe que su fuerza y su misericordia son una única realidad a la que puede acudir para interceder por el pueblo, porque el Señor muestra su fuerza siendo compasivo.

Es algo que nos resulta extraordinario porque en nuestra mentalidad la fuerza se manifiesta en el castigo que se le puede imponer al otro; pero lo que realmente no puede hacer nadie y está por encima de nuestra capacidad es el perdón y la misericordia.

Moisés sabe que ese poder de perdonar también conlleva el poder de enfrentar a su pueblo a las consecuencias de su pecado mediante el castigo. La misericordia de Dios no significa que no haya que responder ante el propio pecado, porque no nos deja impunes.

No es incompatible la misericordia y el castigo, como podemos comprobar en cualquier padre humano que, si quiere educar a su hijo, debe castigarle; no sólo dejándole que se enfrente a las consecuencias de su pecado, sino castigándolo para conducirlo al verdadero bien movido por el amor. Lo dice la carta a los Hebreos: «Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos? Si os eximen de la corrección, que es patrimonio de todos, es que sois bastardos y no hijos. Ciertamente tuvimos por educadores a nuestros padres carnales y los respetábamos; ¿con cuánta más razón nos sujetaremos al Padre de nuestro espíritu, y así viviremos? Porque aquellos nos educaban para breve tiempo, según sus luces; Dios, en cambio, para nuestro bien, para que participemos de su santidad. Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella» (Heb 12,5-11). Lo que es necesario tener siempre en cuenta es que Dios nunca castiga por ira, para hacernos daño o manifestar su superioridad; siempre lo hace por misericordia y compasión. De hecho, todo lo que Dios hace y permite tiene como finalidad nuestra felicidad. Y la expresión definitiva de esta realidad es la cruz de Cristo.

Una muestra clara de que, a partir de Moisés, Israel vincula poder y misericordia, fuerza y compasión, es el Salmo 136:

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.
Solo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.
Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.
Él afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia […] (Sal 136,1-6).

En definitiva, su misericordia es el motivo que lleva a Dios a realizar maravillas, las obras que nadie más puede hacer. Y eso ya lo había percibido Israel.

En gran medida esto nos diferencia a los judíos y a los cristianos de los musulmanes que conciben a Dios principalmente como poder. Para nosotros es ante todo misericordia y compasión. Lo cual determina la forma de vivir la religión mucho más de lo que parece. Baste como ejemplo la forma en que el islamismo y el cristianismo buscan propagar su religión. Para el cristiano incluso la debilidad es una fortaleza cuando va regida por el amor, porque Dios, el omnipotente, es ante todo el misericordioso y en él se unen poder y misericordia.

En esta definición que Dios se da a sí mismo aparece con claridad que no es misericordioso por algo que le mueva o le obligue desde fuera de él, por alguna cualidad del sujeto en el que vuelca su misericordia o porque de algún modo se lo merezca; Dios ejerce la misericordia porque es misericordioso, sin otra motivación externa. Zacarías en el Benedictus afirma que «por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto» (Lc 1,78); no porque los hombres se hayan hecho merecedores de su misericordia de cualquier modo.

Es necesario que sepamos que no podemos conquistar a Dios: él ya está conquistado y lo que hace es porque es así, por su misericordia, porque él es amor (cf. 1Jn 4,8).

A nosotros nos desconcierta que el texto bíblico afirme que el castigo vaya más allá de los que lo cometen. ¿Cómo podemos encajar en la misericordia y la compasión que Dios castigue la culpa de los padres hasta la tercera y cuarta generación? Hay que recordar que Dios nunca castigaría por venganza o para dañar; no lo haría si no pretendiera sacar de eso un bien. Lo primero que hay que ver es la desproporción inmensa entre la clemencia que dura mil generaciones y el castigo que dura sólo cuatro. También hay que tener en cuenta que se dirige a un pueblo y un tiempo de rudas costumbres en el que, por ejemplo, cuando Nabucodonosor quiere castigar a los que habían calumniado a Daniel no sólo los envía a ellos al foso de los leones, sino también a sus esposas e hijos (cf. Dn 6,25). En aquel ambiente era habitual que el pecado de uno afectara a todos los parientes. De hecho, cuando Coré, Datán y Abirón se rebelan contra Moisés, se abre el suelo y no sólo ellos bajan al abismo sino sus familias y todas sus posesiones (Nm 16,32). Además, se trata de un pueblo que se siente solidario, unido, de modo que, por ejemplo, en Abrahán ya está todo el pueblo judío pagando un impuesto a Melquisedec (cf. Heb 7,9-10). De ese modo, si alguien peca, la repercusión de sus actos no le afecta sólo a él, sino también a los demás.

Debemos recordar que en el Antiguo Testamento se nos va mostrando progresivamente el rostro y la voluntad de Dios; y muy pronto, ya en el libro del Deuteronomio, se empieza a corregir esta visión: «No serán ejecutados los padres por culpas de los hijos, ni los hijos por culpas de los padres; cada uno será ejecutado por su propio pecado» (Dt 24,16). Va apareciendo con claridad que, a pesar de los lazos de sangre, los pecados de los padres no son castigados en los hijos, de modo que cada uno es responsable de sus propias obras. Más clara es todavía la enseñanza del profeta Ezequiel:

Me fue dirigida esta palabra del Señor: «¿Por qué andáis repitiendo este refrán en la tierra de Israel?: “Los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera”. Por mi vida ‑oráculo del Señor Dios‑ que nadie volverá a repetir ese refrán en Israel, porque todas las vidas son mías: la vida del padre como la del hijo. El que peque, ese morirá (Ez 18,1-4; cf 5-32).

También lo enseñaba el profeta Jeremías:

Aquellos días ya no se dirá: «Los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera». Cada cual morirá por su pecado, quien coma agraces tendrá dentera (Jr 31,29-30).

Es necesario recordar esta autodescripción de Yahweh, que se ve a sí mismo y se manifiesta como compasivo y misericordioso, para que sepamos cómo es Dios: se nos ha mostrado como el ser por sí mismo y fuente de todo ser («Yo soy el que soy» Ex 3,14); y ahora se manifiesta en su relación con nosotros que está caracterizada por la misericordia y la compasión. Hay que tener esto muy en cuenta cuando es preciso sanar imágenes deformadas de Dios que nos llevan al agobio y a la desesperanza. Este Dios rico en clemencia y lealtad «no está siempre acusando» (Sal 103,9), no lleva cuentas de nuestros delitos (cf. Sal 130,3). A partir de esta realidad podremos entender mucho mejor a Jesucristo, que por medio de la Encarnación esconde su poder para manifestar de una forma más clara su misericordia.

[vv. 10-17] Del mismo modo que la primera Alianza estaba unida a su código (cf. Ex 20-23), también a esta ratificación de la Alianza le acompaña su propio código, que no repite las diez palabras (Ex 20,1-17), sino que se va a fijar más en las normas del culto.

El Señor comunica a Moisés las maravillas que va a realizar, que consisten en las acciones encaminadas a darles la Tierra Prometida. Pero esta promesa está vinculada, como ya sabemos, a la fidelidad del pueblo de Dios a la Alianza, especialmente evitando la idolatría de los pueblos paganos que ocupan la tierra que el Señor les va a conceder (cf. vv. 11-13). Israel es un pueblo más pequeño y débil que los que habitan la tierra de Canaán y Dios realizará maravillas para que puedan habitar en él; pero los israelitas no pueden ser como esos pueblos, ni pactar con ellos, para evitar a toda costa contaminarse con su idolatría. Desde el principio, Dios eligió un pueblo para que lo conocieran a él, el único Dios verdadero, y lo pudieran transmitir a todos los pueblos de la tierra. Pero él conoce el peligro de que su pueblo se contagie de las religiones de aquellos otros pueblos y siga a sus dioses, especialmente después del suceso del becerro de oro. Este mandato de Dios, que prohíbe a Israel que se una a los demás pueblos, tiene como objetivo que su pueblo custodie el tesoro que ha depositado en él; ciertamente para enriquecer a las demás naciones con el conocimiento del Dios verdadero, pero cuidando que Israel no se pierda ni se contamine con la idolatría.

También nosotros debemos tener en cuenta la necesidad de conservar el tesoro que hemos recibido. Cualquier padre que lleva a su hijo al colegio se preocupa de que la inocencia de ese niño y lo que le ha enseñado se puedan contaminar por otras visiones opuestas y dañinas. Lo normal es que el padre dé a su hijo instrucciones y normas para que evite malas compañías e influencias peligrosas. Dios hace lo mismo con su pueblo. Israel tiene un don excepcional que sólo él posee y que debe custodiar y defender.

Y esto conlleva una doble condición: separación de los demás pueblos para buscar la santidad y fecundidad para que crezca el pueblo depositario de este tesoro. Esto explica la historia del pueblo de Israel: cuando se ha acercado a los demás pueblos para ser como ellos ha sido infiel a Dios, y cuando ha sido fiel a los mandatos y a la misión de Dios eso ha supuesto lejanía, aislamiento y a veces persecución por parte de los otros pueblos.

Eso debería hacernos pensar a nosotros, que también tenemos un don único y exclusivo, una visión de la realidad que nadie comparte, especialmente en nuestro tiempo. También nosotros debemos proteger y custodiar este don excepcional. Es cierto que a nosotros no nos está permitido aislarnos, no somos del mundo, pero debemos estar en el mundo (cf. Jn 17,11.14-18). Como resulta tan difícil el equilibrio de estar en el mundo y no asimilarnos con él, caemos en la tentación de ser como los demás, de aceptar sus valores, prioridades, medios y estilo. No debemos olvidar que defender el don que se nos ha dado supone una verdadera lucha. Y eso debería hacernos pensar hasta qué punto son válidos los modos de apostolado que buscan que la gente se acerque a nosotros a costa de desdibujar la identidad y emplear los medios y los modos del mundo. Es cierto que la Iglesia debe atraer a los hombres, pero no al precio de renunciar a su identidad y a su misión, poniendo en riesgo el tesoro que debe transmitir. Porque antes de atraer a los hombres a Dios, proclamar su Palabra y hacer presente su reino, que sin duda son tareas imprescindibles, es necesario permanecer unidos a Dios, conservar su Palabra y permanecer en su reino. Si caemos en la trampa de aguar el don que se nos ha dado para hacerlo más digerible a los hombres de nuestro tiempo, el resultado es que la sal se vuelve sosa y no hay forma de devolverle su sabor (Mt 5,13); si la luz se apaga, el mundo quedará en tinieblas. Conscientes del don que sólo nosotros tenemos, debemos evitar la tentación que nos sugiere que es un acto de soberbia pensar que sólo nosotros tenemos la luz. Lo que sería totalmente insensato es, teniendo la luz, apagarla para caer bien a los que están a oscuras, y olvidar lo que hemos recibido bajo capa de humildad. Hemos de descubrir la trampa del diálogo, porque hay cosas sobre las que no se puede dialogar, y hay que atreverse a decir que el diálogo no siempre es un bien; sólo es un bien cuando se busca la verdad. Eva, al dialogar con la serpiente, da paso al engaño del diablo y a la desobediencia a Dios. En este momento del Éxodo, Dios prohíbe a los israelitas el diálogo con los otros pueblos, porque quedarán contaminados con la mentira de la idolatría. No se trata de ponerse de acuerdo con los demás pueblos, sino custodiar, desarrollar y transmitir el don recibido.

El diálogo es esencial cuando se trata de la búsqueda común de la verdad. La trampa está cuando se intenta establecer un diálogo con alguien que no busca la verdad. Esa imposibilidad del diálogo es la que aparece entre Jesús y Satanás en las tentaciones y en multitud de ocasiones entre Jesús y los fariseos (p. ej. Mt 21,23-27). El Señor no pude renunciar ni a la verdad ni a su misión para intentar ponerse de acuerdo en un intercambio que no puede ser verdadero diálogo.

En este contexto es donde encaja el mandato de destrozar los ídolos de los pueblos paganos. Una vez que el pueblo santo entre en la Tierra Prometida no puede quedar impura por la adoración a los falsos dioses. La razón de esa exclusividad que lleva a eliminar el culto y las imágenes de los ídolos es que Dios es celoso y se llama celoso (v. 14). Para poder aplicar a Dios ese adjetivo hay que despojarlo de todas las connotaciones negativas que tienen los celos humanos: posesión, control, violencia, limitación… Dios es celoso, pero no recorta la libertad del hombre; todo lo contrario, es escrupulosamente delicado con nuestra libertad. Su pasión por nosotros no encierra ninguna malicia. El amor de Dios no implica el más mínimo interés egoísta como sucede con los humanos celosos. Dios, que es el bien supremo del hombre, busca con su amor que nosotros seamos mejores, crezcamos en amor y libertad, y podamos corresponderle. Por eso quiere liberarnos de los falsos dioses que impiden el amor, la libertad y el crecimiento.

Si Dios es celoso, yo puedo sentirme querido en exclusividad por él. El amor celoso de Dios lleva a afirmar que nadie nos arrebatará de sus manos (cf. Jn 10,28), porque él nos defiende como posesión suya. Nos dice a cada uno lo que dice a su pueblo:

Y ahora esto dice el Señor, que te creó, Jacob,
que te ha formado, Israel:
«No temas, que te he redimido,
te he llamado por tu nombre, tú eres mío.
Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo,
la corriente no te anegará;
cuando pases por el fuego, no te quemarás,
la llama no te abrasará.
Porque yo, el Señor, soy tu Dios;
el Santo de Israel es tu salvador.
Entregué Egipto como rescate,
Etiopía y Saba a cambio de ti,
porque eres precioso ante mí,
de gran precio, y yo te amo.
Por eso entrego regiones a cambio de ti,
pueblos a cambio de tu vida.
No temas, porque yo estoy contigo.
Desde Oriente traeré a tu estirpe,
te reuniré desde Occidente» (Is 43,1-5).

Para Dios nosotros somos únicos y, por la reciprocidad que exige el amor, él quiere también ser el único, no quiere compartir nuestro amor con otros dioses.

Debería llenarnos de gozo saber que somos pertenencia del Señor, que somos valiosos para él y no sólo un instrumento más o una pieza en su máquina de salvación, sino que nos ama por nosotros mismos y no como un medio.

En el fondo, cuando Dios se presenta como celoso está manifestando el dolor que le producimos cuando le abandonamos con otro dios o queremos hacerlo compatible con los ídolos. Le duele nuestro abandono porque somos suyos, nos ama en exclusividad y quiere que seamos sólo para él. La alianza entre Dios y su pueblo tiene las características de un matrimonio, una unión estable y recíproca de vida y amor, y por eso la idolatría es considerada como un verdadero adulterio que comete su pueblo, como si se dedicara a la prostitución abandonando al Dios esposo. Por eso el v. 15 dice que los paganos se prostituyen con sus dioses y, si los hijos de Israel se unen a las hijas de los paganos, también se prostituirán con sus falsos dioses. Israel está realmente desposado con Yahweh y, si intentan comprar una seguridad con los sacrificios a los ídolos, se estarán prostituyendo con unos dioses que no existen y no pueden salvar.

La infidelidad a la alianza matrimonial entre Dios y su pueblo adquiere tintes dramáticos cuando es el pueblo santo, y no los pueblos paganos, el que va detrás de otros dioses y realiza así una verdadera prostitución. En este sentido puede leerse lo que supone la traición a Dios por parte de su pueblo como la traición de una niña abandonada que es rescatada, cuidada, alimentada, enriquecida, engalanada, desposada y, abandonando al que gratuitamente la amó de ese modo, se prostituye con otros hombres, tal como lo describe el profeta Ezequiel:

Me fue dirigida esta palabra del Señor: «Hijo de hombre, hazle conocer sus acciones detestables a Jerusalén. Di: Esto dice el Señor Dios, a Jerusalén. Por tu origen y tu nacimiento eres cananea: tu padre era amorreo y tu madre hitita. Así fue tu nacimiento: El día en que naciste, no te cortaron el cordón, no te lavaron con agua para purificarte, ni te friccionaron con sal, ni te envolvieron en pañales. Nadie se apiadó de ti ni hizo por compasión nada de todo esto, sino que por aversión te arrojaron a campo abierto el día que naciste. Yo pasaba junto a ti y te vi revolviéndote en tu sangre, y te dije: Sigue viviendo, tú que yaces en tu sangre, sigue viviendo. Te hice crecer como un brote del campo. Tú creciste, te hiciste grande, llegaste a la edad del matrimonio. Tus senos se afirmaron y te brotó el vello, pero continuabas completamente desnuda. Pasé otra vez a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti para cubrir tu desnudez. Con juramento hice alianza contigo ‑oráculo del Señor Dios‑ y fuiste mía. Te lavé con agua, te limpié la sangre que te cubría y te ungí con aceite. Te puse vestiduras bordadas, te calcé zapatos de cuero fino, te ceñí de lino, te revestí de seda. Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar en tu cuello. Te puse un anillo en la nariz, pendientes en tus orejas y una magnífica diadema en tu cabeza. Lucías joyas de oro y plata, vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas cada vez más bella y llegaste a ser como una reina.

Se difundió entre las naciones paganas la fama de tu belleza, perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti ‑oráculo del Señor Dios‑. Pero tú, confiada en tu belleza, te prostituiste; valiéndote de tu fama, prodigaste tus favores y te entregaste a todo el que pasaba. Con tus vestidos adornaste lugares de culto con vivos colores, y en ellos te prostituías: tal cosa no había ocurrido nunca, ni volverá a ocurrir. Con las espléndidas joyas de oro y plata que te había regalado te hiciste imágenes humanas para prostituirte con ellas. Con tus vestidos bordados las recubriste y ofreciste ante ellas mi aceite y mi incienso. El pan que te había dado, la flor de harina, el aceite y la miel con que te alimentaba, los ofreciste como ofrenda agradable ‑oráculo del Señor Dios‑. Tus hijos e hijas que habías dado a luz para mí, los ofreciste como comida. Como si no bastasen tus prostituciones sacrificaste a mis hijos y se los entregaste como ofrenda.

En medio de tus acciones detestables y de tus prostituciones, no te acordaste de los días de tu infancia, cuando, completamente desnuda, revolcabas tu desnudez en tu sangre. Y para colmo de tu perversión, ¡ay de ti! ‑oráculo del Señor Dios‑, te has construido una alcoba y te has hecho un lugar de culto en cada plaza. En cada cabecera de caminos construías tus santuarios, hiciste abominable tu belleza ofreciéndote a todo el que pasaba, y multiplicando tus prostituciones. Te prostituiste con los egipcios, tus vecinos de cuerpo fuerte, multiplicando tus prostituciones para irritarme. Entonces te castigué, reduciendo tu ración, y te entregué a la avidez de tus enemigas, las filisteas, que se avergonzaban de tu conducta impúdica. Te prostituiste también con los asirios, porque no te habías saciado; te prostituiste con ellos, pero no te saciaste. Multiplicaste tus prostituciones en Caldea, una tierra de comerciantes, y aun así no te saciaste.

¡Qué inquieto estaba tu corazón ‑oráculo del Señor Dios‑ cuando hacías todas esas cosas, propias de una prostituta descarada, cuando construías tu alcoba en cada cabecera de caminos, y tu lugar de culto en cada plaza! Ni siquiera fuiste como una prostituta. Tú desdeñabas la paga, como mujer adúltera que, en lugar de acoger a su marido, acoge a los extraños. A una prostituta se le paga con regalos, pero tú has dado tus regalos a todos tus amantes y los has seducido para que vinieran a ti de todas partes para tus prostituciones. Te ha ocurrido en tus prostituciones lo contrario que a otras mujeres, justo al contrario: como nadie te solicitaba, pagabas tú en lugar de ser pagada» (Ez 16,1-34).

Lo mismo sucede cuando el mismo profeta describe, con toda crudeza, la historia de Israel y Judá como dos hermanas que se prostituyen con los imperios paganos que acabaron destruyéndolas, Asiria y Babilonia:

Me fue dirigida esta palabra del Señor: «Había una vez dos mujeres, hijas de una misma madre. Se prostituyeron en Egipto cuando todavía eran muy jóvenes. Allí acariciaron sus pechos y palparon sus senos virginales. La mayor se llamaba Oholá, y su hermana Oholibá. Tuve con ellas hijos e hijas. (Oholá es Samaría, y Oholibá Jerusalén). Oholá se prostituyó cuando aún estaba conmigo: se apasionó por sus amantes asirios, sus vecinos, vestidos de púrpura, gobernadores y oficiales, jóvenes apuestos, hábiles jinetes. Concedió sus favores a la flor de los asirios, por los cuales se había apasionado, contaminándose con todos sus ídolos. No renunció a su vida de prostitución, que había comenzado en Egipto cuando, siendo muy joven se acostaban con ella, y desahogando sobre ella su lujuria, avasallaron su virginidad. Por eso la entregué en manos de sus amantes asirios, por quienes se había apasionado. Ellos la expusieron desnuda, le arrebataron sus hijos e hijas, y a ella la mataron a espada. Su nombre se hizo famoso entre las mujeres por la sentencia que le habían aplicado.

Oholibá, su hermana, lo vio, pero su pasión fue aún más corrompida, y su vida de prostituta, peor que la de su hermana. También se apasionó por los asirios, sus vecinos, gobernadores y oficiales, vestidos espléndidamente, hábiles jinetes, jóvenes apuestos todos ellos. Yo vi que también ella se había manchado. Las dos iban por el mismo camino, pero esta fue más lejos en su prostitución. Había visto hombres dibujados sobre los muros, imágenes de los caldeos, grabados en rojo, ceñido el torso con cinturones,amplios turbantes en la cabeza, todos con aspecto de capitanes: eran imágenes de babilonios, cuya tierra de origen es Caldea. Se apasionó por ellos, apenas los vio, y les envió mensajeros a Caldea. Los babilonios acudieron a ella, al lecho de sus amores, y la mancharon con su fornicación. Una vez contaminada, se hastió de ellos. Así manifestó su vida de prostituta y expuso su desnudez. Yo me aparté de ella, como me había apartado de su hermana. Ella se prostituyó cada vez más y, añorando los días en que se prostituía en Egipto, se apasionó otra vez por estos disolutos, de complexión de asnos y miembros de caballo. Buscaste otra vez las obscenidades de tu juventud, cuando los egipcios avasallaron tu virginidad y palparon tus senos de doncella» (Ez 23,1-21).

La dureza en el juicio de la infidelidad del pueblo de Dios por medio de la descripción descarnada de la idolatría como la peor de las prostituciones está expresando el dolor de Dios a causa del abandono del pueblo elegido al que tanto ama.

[vv. 18-26] Los demás mandamientos del código de esta nueva alianza hacen referencia a las grandes fiestas que el pueblo judío debe cumplir: la de los Ácimos (v. 18), la de las Semanas (v. 22) y la de la Cosecha (v. 22). Las tres fiestas en las que el pueblo de Dios tenía que caminar a Jerusalén (v. 23). Lo que en los evangelios será denominado también -respectivamente- como la Pascua (unida a los ázimos), Pentecostés y la fiesta de las Tiendas.

También aparecen normas sobre los primogénitos (vv. 19-20; recuérdese lo dicho en Ex 13,11-16), la celebración de la Pascua (v. 25) y las primicias (v. 26).

El rostro radiante de Moisés (Ex 34,27-35)

Texto bíblico

27El Señor dijo a Moisés: «Escribe estas palabras: de acuerdo con estas palabras concierto alianza contigo y con Israel». 28Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días con sus cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua; y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las Diez Palabras.

29Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí con las dos tablas del Testimonio en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, por haber hablado con el Señor. 30Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés con la piel de la cara radiante y no se atrevieron a acercarse a él. 31Pero Moisés los llamó. Aarón y los jefes de la comunidad se acercaron a él, y Moisés habló con ellos. 32Después se acercaron todos los hijos de Israel, y Moisés les comunicó las órdenes que el Señor le había dado en la montaña del Sinaí. 33Cuando terminó de hablar con ellos, se cubrió la cara con un velo. 34Siempre que Moisés entraba ante el Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Al salir, comunicaba a los hijos de Israel lo que se le había mandado. 35Ellos veían la piel de la cara de Moisés radiante, y Moisés se cubría de nuevo la cara con el velo, hasta que volvía a hablar con Dios (Ex 34,27-35).

Lectio

[vv. 27-28] Cuarenta es una cifra simbólica que expresa una larga duración de tiempo, una formula estereotipada. Pero eso no impide que en realidad Moisés haya estado en el monte cuarenta días y cuarenta noches ayunando (como ya lo hizo cuando subió por primera vez, antes del episodio del becerro de oro; cf. Ex 24,18).

¿Por qué tiene que estar Moisés ayunando esos cuarenta días? Es necesario que, cuando esté en la presencia de Dios, Moisés deba renunciar a los bienes más básicos e imprescindibles para la naturaleza humana, porque Dios suple todo eso. Ante Dios el hombre puede y debe dejar de lado todo otro sustento, todo lo que es mundano. Esta forma de vida angélica, sin necesidad de sustento material, es manifestación de que sólo Dios basta. En todo el proceso de la vida de Moisés, en el que va pasando de enviado a amigo, de amigo a confidente y de confidente a íntimo de Dios, hay un componente importante de búsqueda, esfuerzo y renuncia.

Nosotros no sentimos necesidad de ayunar porque no somos conscientes de que sólo Dios basta y no vivimos sólo de él.

[vv. 29-35] Cuando Moisés baja de la montaña con las tablas del Testimonio tiene radiante el rostro, pero no lo sabe. Cuando alguien se acerca a Dios queda transformado, porque es imposible acercarse a Dios y no quedar transfigurado de algún modo. En las mismas relaciones humanas, el trato frecuente entre esposos, padres e hijos o amigos va creando semejanzas en comportamientos, criterios, gestos y expresiones. En el trato cercano compartimos lo que tenemos y lo que somos. Casi sin darnos cuenta en los encuentros realmente humanos damos y recibimos aquello que forma parte de nuestro ser. Eso mismo pasa en la relación con Dios, de modo que no podemos acercarnos a la divinidad sin quedar divinizados de alguna forma: no se puede tocar la luz sin empezar a iluminar, no podemos acercarnos al fuego sin arder. Es lo que le sucede a Moisés en este momento.

Eso es lo que les pasa a los santos y lo que nos tiene que pasar a todos los cristianos. Los santos se han acercado a Cristo, se han empapado de él, se han cristificado interiormente, y se nota también en el comportamiento y en el mismo rostro. Esto tiene que ver con el hecho de que los cuerpos de algunos santos han quedado incorruptos, como efecto del trato asiduo con el Señor que nos va transformando en él.

Moisés baja impregnado de la presencia divina y eso provoca inmediatamente temor en los israelitas. Ese temor ya apareció cuando Yahweh se mostró a los israelitas en el Sinaí, y prefirieron que les hablara Moisés y no Dios directamente (cf. Ex 20,19). El pueblo de Dios se da cuenta de que, en la medida en que alguien se acerca a Dios, también provoca temor sagrado, esta separado, puesto del lado de Dios; y sabe que es peligroso acercarse a lo santo cuando no se es santo. Moisés entra en la intimidad de Dios y se convierte en reflejo de la gloria de Dios. Los mismos ángeles, que están en presencia de Dios, causan ese temor reverencial cuando muestran su rostro, como les sucede a los padres de Sansón al descubrir que el mensajero que les habla es el ángel del Señor (cf. Jue 13,19-23). Todo lo sagrado, lo que está cercano a Dios, causa temor y no debe ser tocado, como le sucede a Uzá que toca el Arca de Dios mientras es trasladada por David y muere en el instante (2Sm 6,6-7). Por eso los israelitas temen cuando ven el rostro luminoso de Moisés del que brota el reflejo de la luz divina.

Según el texto hebreo el rostro de Moisés resplandecía (qâran), y el de luz que surge del rostro de Moisés se denomina como qéren; pero la primera acepción del verbo qâran es «tener cuernos» y del sustantivo qéren es «cuerno». Cuando san Jerónimo escribe la Vulgata, la traducción de la Biblia al latín, escribe que de la frente de Moisés salen unos cuernos («ignorabat quod cornuta esset facies sua»), que es la razón por la que la famosa escultura de Moisés de Miguel Ángel representa a Moisés con cuernos en la frente.

Por el contrario, la transfiguración de Cristo, que es mucho más profunda que la de Moisés, cuando «su rostro resplandece como el sol» (Mt 17,2), y «sus vestidos brillaban de resplandor» (Lc 9,29), lo que provoca no es temor, sino admiración y atracción: «¡Qué bueno es que estemos aquí!» (Lc 9,33), porque lo que se manifiesta no es simplemente el poder, sino la misericordia del Señor, la gloria de Dios en su plenitud. Jesús, en la transfiguración, les muestra como el cuerpo en el que está encarnado recibirá una transformación inimaginable; y eso, en vez de asustar, provoca atracción.

Del mismo modo, la Virgen María, la llena de gracia, la inmaculada, la perfecta discípula de Cristo, la toda santa, la criatura perfecta debía provocar admiración y atracción a todo el que se acercara a ella… y esa visión debía resultar repulsiva para Satanás.

Además de provocar temor, el reflejo de la gloria en el rostro de Moisés deslumbra a los que lo ven. Los ojos humanos, enfermos por el pecado, quedan deslumbrados por la luz que procede de Dios. El pueblo de Dios no puede soportar la luz que refleja el rostro de Moisés y por eso se cubre el rostro con un velo, para que los israelitas eviten el impacto insoportable que les produciría la contemplación del rostro resplandeciente del que ha estado en la presencia de Dios.

Ese mismo deslumbramiento que provoca la gloria de Dios explica que el Verbo, al encarnarse, se cubra también con un cierto velo para que podamos contemplarlo. Porque, si manifestara la gloria que tiene como Hijo de Dios, tal como es, sin velos, sin la carne humana, no podríamos soportar la contemplación de su rostro. Es lo que les sucede a los que van a prenderlo en el huerto de los olivos, según san Juan: cuando Jesús se presenta a los que van a apresarlo con el «Yo soy» que refleja el ser de Dios, aquellos hombres caen por tierra (cf. Jn 18,6).

San Pablo interpreta en la segunda carta a los Corintios este pasaje del rostro radiante de Moisés que se cubre con un velo. Lo hace utilizando los métodos rabínicos de interpretación de la Escritura, que conocía por la formación recibida antes de su conversión (cf. Hch 22,3; Gal 1,14). Pero realiza esta exégesis rabínica a la luz de la revelación plena del Nuevo Testamento.

Pues si el ministerio de la muerte, grabado en letras sobre piedra, se realizó con tanta gloria que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su cara, pese a ser un resplandor pasajero, ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu! Pues si el ministerio de la condena era glorioso, ¿no será mucho más glorioso el ministerio de la justicia? Más todavía, en este aspecto, lo que era glorioso ya no lo es, comparado con esta gloria sobreeminente. Y si lo que era pasajero tuvo su gloria, ¡cuánto más glorioso no será lo que permanece! Así pues, teniendo esta esperanza, procedemos con toda franqueza, y no como hizo Moisés, que se echaba un velo sobre la cara para evitar que los hijos de Israel contemplaran el fin de lo que era caduco. Pero tienen la mente embotada, pues hasta el día de hoy permanece aquel velo en la lectura del Antiguo Testamento, sin quitarse, porque se elimina en Cristo. Y hasta hoy, cada vez que se lee a Moisés, cae un velo sobre sus corazones; pero cuando se convierta al Señor, se quitará el velo. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor.

Por esto, encargados de este ministerio por la misericordia obtenida, no nos acobardamos; al contrario, hemos renunciado a la clandestinidad vergonzante, no actuando con intrigas ni falseando la palabra de Dios; sino que, manifestando la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo el mundo delante de Dios. Y si nuestro Evangelio está velado, lo está entre los que se pierden, los incrédulos, cuyas mentes ha obcecado el dios de este mundo para que no vean el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús. Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo (2Co 3,7-4,6).

Cuando san Pablo habla del «ministerio de la muerte» se refiere a la Ley del Antiguo Testamento, que en sí misma es buena porque muestra el camino hacia Dios, pero transmite la muerte porque no da la fuerza para recorrer ese camino. Nos indica el pecado, pero no nos da la fuerza para superarlo. Cuando el niño aprende que algo está mal empieza a ser culpable si lo hace; si es incapaz de evitar la desobediencia, el bien de enseñarle el pecado se convierte en un mal para él, porque lo hace culpable sin ayudarle a ser obediente. El «ministerio del Espíritu», que es el Evangelio que predica el Apóstol, es muy superior a la Ley.

A pesar de sus deficiencias, la Ley se manifestó con gloria, como muestra el resplandor del rostro de Moisés que los israelitas no pueden contemplar. Y, sin embargo, ese resplandor es pasajero. A partir de esta deficiencia, san Pablo va a interpretar que Moisés se cubra el rostro con un velo: de ese modo oculta a los israelitas «el fin de lo caduco». Moisés era consciente de que ese resplandor iba disminuyendo cuando se apartaba de la presencia de Dios. Cuando estaba ante Dios el reflejo de la gloria se reactivaba; al salir de la Tienda comunicaba a los israelitas lo que el Señor le había dicho y de nuevo se tapaba, porque el resplandor iba desapareciendo.

San Pablo afirma que a los cristianos nos pasa lo contrario: el resplandor del fuego espiritual lejos de deteriorarse se va incrementando.

Acostumbrados a percibir las promesas divinas por medio de tantas imágenes sensibles, los israelitas no alcanzan a entender las realidades divinas reveladas en la plenitud evangélica. Según san Pablo lo que les sucede es que quedan deslumbrados por las verdades de la fe cristiana: esperaban al hijo de David y no son capaces de acoger la gloria del Hijo de Dios; suspiraban por ser liberados de la dominación romana y no perciben la liberación del pecado que se les ofrece en Cristo; aferrados a la vida terrena no pueden apreciar la vida eterna. La luz que se manifiesta en Cristo es demasiado fuerte para ellos y quedan deslumbrados. Para no cegarlos con su luz el Señor se encarna y vive como un hombre cualquiera, habla en parábolas y se va manifestando de forma velada.

Frente a una gloria que va disminuyendo, la de la Ley, san Pablo nos habla de otra gloria que se mantiene y se acrecienta, la del Evangelio. Es más, la gloria de Moisés, comparada con la del Evangelio, no merece el nombre de gloria. Es como una farola que alumbra por la noche comparada con el sol del mediodía.

En esta comparación entre Ley y Evangelio, el Apóstol emplea los términos de simulación y franqueza: en contra de lo que hace Moisés, que ocultaba con el velo la gloria de lo caduco, san Pablo manifiesta abiertamente la gloria de Dios, a rostro descubierto; lejos de evitar las trampas que emplean los judíos para falsear la Palabra de Dios, el Apóstol habla con franqueza y manifiesta abiertamente la verdad.

San Pablo afirma que el velo que impedía ver la gloria en el rostro de Moisés sigue estando en los corazones de los judíos, de modo que, cuando ellos leen la Palabra de Dios, no la entienden porque no pueden soportar el resplandor de la gloria. Ese velo lo descorre Jesucristo, como hace con los discípulos de Emaús al explicarles las Escrituras porque son «necios y torpes para creer lo que dijeron los profetas» (Lc 24,25). El Resucitado es quien da la capacidad de entender las Escrituras, como hace con los discípulos: «Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). La muerte de Cristo provoca que se rasgue el velo que cubría la presencia de Dios en el Santo de los Santos (Mt 27,51), e impedía ver su gloria. Desde Jesucristo hay un acceso directo al corazón de Dios y a la profundidad de las Escrituras. Para los judíos que rechazan a Cristo las Escrituras siguen veladas, como estaba velado el rostro de Moisés. No es culpa del Apóstol que los judíos no le entiendan, porque él manifiesta la Palabra de Dios con valentía, sin trampas, con toda claridad; la culpa es de los que siguen teniendo ese velo que ofusca sus mentes y les impide reconocer la luz del Evangelio.

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.