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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Introducción

Vamos a contemplar al pueblo de Dios que, tras la salida de Egipto la noche de la Pascua, atraviesa el mar Rojo, liberado por la mano poderosa de Dios.

Debemos ponernos en la situación de los israelitas, que después de cuatrocientos años como esclavos, han sido liberados sorprendentemente tras la última de las plagas y se enfrentan a una larguísima travesía por el desierto. Pero enseguida se dan cuenta de que están siendo perseguidos por los egipcios y no tienen escapatoria.

El paso del mar (Ex 14,1-31)

Texto bíblico

1El Señor dijo a Moisés: 2«Di a los hijos de Israel que se vuelvan y acampen en Piajirot, entre Migdal y el mar, frente a Baalsefón. Acampad allí, mirando al mar. 3El faraón pensará: “Los hijos de Israel andan errantes por el país, el desierto les cierra el paso”. 4Haré que el faraón se obstine en perseguiros y mostraré mi gloria derrotando al faraón y a su ejército; para que sepan los egipcios que soy el Señor». Y así lo hicieron.

5Cuando comunicaron al rey de Egipto que el pueblo había escapado, el faraón y sus servidores cambiaron de parecer sobre el pueblo y se dijeron: «¿Qué hemos hecho? Hemos dejado escapar a Israel de nuestro servicio». 6Hizo, pues, preparar un carro y tomó consigo sus tropas: 7tomó seiscientos carros escogidos y los demás carros de Egipto con sus correspondientes oficiales. 8El Señor hizo que el faraón, rey de Egipto, se obstinase en perseguir a los hijos de Israel, mientras estos salían triunfantes. 9Los egipcios los persiguieron con todos los caballos y los carros del faraón, con sus jinetes y su ejército, y les dieron alcance mientras acampaban en Piajirot, frente a Baalsefón. 10Al acercarse el faraón, los hijos de Israel alzaron la vista y vieron a los egipcios que avanzaban detrás de ellos, quedaron sobrecogidos de miedo y gritaron al Señor. 11Dijeron a Moisés: «¿No había sepulcros en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto?; ¿qué nos has hecho sacándonos de Egipto? 12¿No te lo decíamos en Egipto: “Déjanos en paz y serviremos a los egipcios, pues más nos vale servir a los egipcios que morir en el desierto?”». 13Moisés respondió al pueblo: «No temáis; estad firmes y veréis la victoria que el Señor os va a conceder hoy: esos egipcios que estáis viendo hoy, no los volveréis a ver jamás. 14El Señor peleará por vosotros; vosotros esperad tranquilos».

15El Señor dijo a Moisés: «¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los hijos de Israel que se pongan en marcha. 16Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los hijos de Israel pasen por medio del mar, por lo seco. 17Yo haré que los egipcios se obstinen y entren detrás de vosotros, y me cubriré de gloria a costa del faraón y de todo su ejército, de sus carros y de sus jinetes. 18Así sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del faraón, de sus carros y de sus jinetes».

19Se puso en marcha el ángel del Señor, que iba al frente del ejército de Israel, y pasó a retaguardia. También la columna de nube, que iba delante de ellos, se desplazó y se colocó detrás, 20poniéndose entre el campamento de los egipcios y el campamento de Israel. La nube era tenebrosa y transcurrió toda la noche sin que los ejércitos pudieran aproximarse el uno al otro. 21Moisés extendió su mano sobre el mar y el Señor hizo retirarse el mar con un fuerte viento del Este que sopló toda la noche; el mar se secó y se dividieron las aguas. 22Los hijos de Israel entraron en medio del mar, en lo seco, y las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda. 23Los egipcios los persiguieron y entraron tras ellos, en medio del mar: todos los caballos del faraón, sus carros y sus jinetes. 24Era ya la vigilia matutina cuando el Señor miró desde la columna de fuego y humo hacia el ejército de los egipcios y sembró el pánico en el ejército egipcio. 25Trabó las ruedas de sus carros, haciéndolos avanzar pesadamente. Los egipcios dijeron: «Huyamos ante Israel, porque el Señor lucha por él contra Egipto». 26Luego dijo el Señor a Moisés: «Extiende tu mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes». 27Moisés extendió su mano sobre el mar; y al despuntar el día el mar recobró su estado natural, de modo que los egipcios, en su huida, toparon con las aguas. Así precipitó el Señor a los egipcios en medio del mar. 28Las aguas volvieron y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del faraón, que había entrado en el mar. Ni uno solo se salvó. 29Mas los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar, mientras las aguas hacían de muralla a derecha e izquierda. 30Aquel día salvó el Señor a Israel del poder de Egipto, e Israel vio a los egipcios muertos, en la orilla del mar. 31Vio, pues, Israel la mano potente que el Señor había desplegado contra los egipcios, y temió el pueblo al Señor, y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo (Ex 14,1-31).

Lectio

[vv. 1-10] El autor sagrado subraya que el faraón se va a arrepentir por voluntad de Dios. De este modo manifiesta de nuevo que Dios tiene un plan y cuenta con que el faraón se va a obstinar en su intención de que Israel salga de la tierra de la esclavitud:

Haré que el faraón se obstine en perseguiros y mostraré mi gloria derrotando al faraón y a su ejército; para que sepan los egipcios que soy el Señor (Ex 14,4).

El Señor hizo que el faraón, rey de Egipto, se obstinase en perseguir a los hijos de Israel, mientras estos salían triunfantes (Ex 14,8).

Yo haré que los egipcios se obstinen y entren detrás de vosotros, y me cubriré de gloria a costa del faraón y de todo su ejército, de sus carros y de sus jinetes. Así sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del faraón, de sus carros y de sus jinetes (Ex 14,17-18).

El autor del Éxodo es incapaz de considerar lo que va a suceder como mera iniciativa del faraón: en último extremo es Dios el que le mueve para que él pueda mostrar su poder e Israel conozca la grandeza y la fuerza del Señor. Dios, que cuenta con la maldad de los hombres, busca mostrar su gloria para que su pueblo se fíe de él.

Eso mismo lo podemos ver en la cruz de Cristo: Dios permite toda esa malicia que aparece en la pasión de Cristo para manifestar precisamente ahí y así su poder salvador.

En definitiva, todo es iniciativa de Dios para defender a su pueblo y manifestar su gloria. Dios cuenta con las dificultades, y cuando el pueblo desesperado estaba gritando, Dios ya ha determinado previamente como salvarlo. Dios cuenta con la malicia del faraón, con su inconstancia; cuenta con que Egipto va a perseguir a su pueblo, y aprovecha todas esas circunstancias, aparentemente insuperables, para manifestar su gloria y confirmar así la fe de su pueblo.

Esta forma de actuar de Dios debe darnos esperanza cuando aparecen los problemas y los sufrimientos y tendemos a agobiarnos. Tenemos que saber que Dios cuenta con la dificultad y tiene previsto el modo de salvarnos. Dios cuenta con la maldad de los malos y con nuestras limitaciones. En este mismo sentido el Señor les dice con fuerza a los discípulos de Emaús que todo eso que les escandaliza «era necesario» para que el Mesías entrara en su gloria (Lc 24,26). Los discípulos de Emaús pueden encontrarse con el Resucitado y pueden descubrir la clave de lo que ha sucedido y les ha escandalizado cuando se dan cuenta de que Dios contaba con todo eso.

[vv. 10-12] Cuando los egipcios dan alcance a los israelitas la situación es muy comprometida. Están copados: las tropas del faraón vienen del norte, al sur sólo les queda el desierto y al oeste tienen el mar Rojo. El pueblo se aterroriza porque no ven más solución que enfrentarse con unas tropas bien adiestradas y numerosas. Aunque el autor dijese que eran seiscientos mil varones que salían de Egipto como un ejército (cf. Ex 12,37.41.51), la realidad es que se trata de una muchedumbre de esclavos acostumbrados a hacer ladrillos de barro, que se enfrentan con las tropas de élite del faraón en una situación desesperada, copados entre el desierto y el mar.

También esto nos viene bien tenerlo en cuenta: el Señor nos lleva hasta el extremo y nos salva en las situaciones especialmente desesperadas.

La reacción de Israel es primero el miedo, el terror y la angustia, porque todavía no han entendido el mensaje salvador de las plagas. Además, ahora las cosas son muy diferentes porque las plagas eran terribles, pero no les afectaban a ellos: no corrían ningún peligro ni experimentaban ningún sufrimiento; pero ahora son ellos están en grave peligro. Es cierto que el faraón viene a llevarlos de nuevo como esclavos a Egipto y no tiene intención de exterminarlos, pero todo ese ejército poderoso anuncia la violencia con la que va a actuar el faraón. Ellos se sienten abocados a la muerte o a una esclavitud más cruel aún.

A continuación, se vuelven contra Moisés y le dirigen durísimos reproches: le culpan de la situación, y afirman que prefieren la esclavitud.

Ésa es también nuestra reacción en muchas ocasiones: queremos la libertad que Dios nos da con su gracia, pero cuando nos vemos rodeados de las dificultades y comprobamos que no podemos superarlas con nuestras fuerzas, cuando descubrimos que el mal nos ataca, entonces anhelamos la tranquilidad de la esclavitud en la que vivíamos. De hecho, en esas circunstancias muchos abandonan el seguimiento del Señor y se vuelven a su vida anterior, porque resulta muy tentador volver a la tranquilidad y a la comodidad que nos da la esclavitud al pecado y el sometimiento al mundo. Reconocemos que muchas situaciones son una verdadera esclavitud, y a veces dolorosa, pero es a lo que estamos acostumbrados. Preferimos esa esclavitud a enfrentarnos a ella para ser libres; especialmente si no dependemos sólo de nuestras fuerzas.

También nosotros tendemos a quejarnos y hacer reproches cuando, después de ser seducidos por la gracia de Dios, comienza el momento de la lucha. Y, entonces, preferimos volver a atrás. Queremos la libertad, pero a bajo precio. Estamos dispuestos a servir al Señor, siempre que no conlleve situaciones que no podemos superar solos. Hemos de aceptar que Dios siempre nos va a llevar a situaciones, como las del pueblo de Israel ante el mar Rojo, en las que tenemos que ponernos en sus manos porque nosotros no somos capaces de superarlas. Moisés en seguida les recordará que será Dios el que va a pelear por su pueblo. Si creyéramos en la poderosa protección de Dios cuando realmente arriesgamos la vida por seguirle, nuestra vida sería completamente distinta.

Prefieren servir a los egipcios que morir en el desierto. Orígenes se vuelve contra ellos y afirma que merece la pena morir en el desierto si es con el Señor y buscando la libertad, y lo aplica a la vida cristiana, de modo que la virtud bien merece la lucha, aunque al final no se alcance la tierra prometida. Aunque no se llegue al cielo es preferible morir luchando por ser fiel a Dios que vivir tranquilamente en nuestros pecados y en la esclavitud de nuestros vicios.

[vv. 13-14] Moisés no se defiende, sino que los anima diciéndoles que no deben temer porque están de parte del Señor, que es quien que tiene el poder de dar la victoria. La victoria que no pueden alcanzar con sus propias fuerzas, se la dará Dios si confían en él.

Es lo que sucede en nuestra propia vida: cuando me fío de mis fuerzas, el faraón (el demonio, los problemas, los enemigos, las pasiones…) me derrota y me quejo al Señor; pero cuando soy consciente de que sólo Dios es poderoso, que es él quien tiene en su mano la victoria y que está de mi lado, puedo permanecer firme y esperar la victoria que Dios me va a dar.

Les dice que, además, no deben temer a los egipcios porque, aunque ellos no lo sepan, ya han sido derrotados, no son nada, están muertos, no los van a volver a ver nunca más.

Si Dios está de nuestro lado, las dificultades no tienen entidad. A nosotros nos agobian los problemas porque, como Pedro caminando sobre el agua (Mt 14,22-33), miramos a las olas y no al Señor y nos hundimos por el miedo. Nos haría mucho bien recordar este pasaje del Éxodo cuando aparezcan las dificultades en nuestra vida.

En definitiva, han de saber que no serán ellos los que tendrán que luchar, sino que el Señor peleará por ellos. Lo único que tienen que hacer es esperar tranquilos.

Detrás de estas palabras de Moisés encontramos todo un programa para afrontar las dificultades y la tentación. Cuando uno sabe que el Poderoso está de su lado, todos los enemigos juntos, el demonio, el mundo y la carne, están a nuestros pies porque el Señor sale en nuestra defensa.

[vv. 15-18] Una vez más, el Señor le cuenta a Moisés lo que va a realizar. No se lo cuenta a todo el pueblo, sólo a su enviado. Van a atravesar el mar, les seguirán los egipcios y Dios se cubrirá de gloria eliminando al poderoso ejército del faraón.

Aparece de nuevo el cayado (cf. Ex 4,1-5.17). Moisés debe alzarlo para realizar el prodigio que va a salvar al pueblo. Vemos aquí un madero en manos del enviado de Yahweh para salvar a su pueblo. Es un claro signo de la cruz salvadora que hace que se abran las aguas para que nazca el nuevo pueblo de Dios.

Hay que tener en cuenta que el mar para los israelitas, que no es un pueblo marinero como los fenicios, es algo misterioso y terrible, peligroso y desconocido, amenazador y temible.

Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente (Sal 69,2-3).

Por eso, cuando Moisés abre el mar con el bastón, el relato está diciendo que el Señor puede dominar y vencer todas las dificultades, lo que nos da miedo. La cruz de Cristo tiene poder para vencer todo lo que resulta temible y amenazador.

[vv. 19-29] Comienza la acción salvadora y el ángel del Señor que abría paso al pueblo caminante se pone en la retaguardia junto la columna de nube.

Aparecen de nuevo tres elementos que son familiares: el ángel del Señor, la nube y la voz que se dirige a Moisés. Detrás de estos tres elementos puede verse prefigurada la Trinidad.

De forma un tanto exagerada, con tonos épicos, se explica la actividad de la nube en la retaguardia del pueblo de Dios: su función es interponerse entre los egipcios y los israelitas para que no puedan entrar en combate. Y dice ingenuamente que pasó la noche entera sin que «los ejércitos» pudieran acercarse. Realmente los israelitas no constituyen un ejército, sino una masa de esclavos aterrorizados. El texto nos muestra la realidad de la situación de peligro y desventaja para el pueblo de Dios, que no tiene capacidad para luchar por su libertad; y, a la vez, se expresa como si hubiera una auténtica batalla entre iguales en la que aparecen las «legiones» y los «escuadrones» del Señor» (Ex 12,41.51). Pero no hay tal. Lo que impide la nube es que los egipcios caigan sobre los israelitas, para darle tiempo a Moisés a realizar su misión, que consiste en abrir las aguas.

El libro del Éxodo explica de dos formas distintas cómo se abre el mar: una, más plausible históricamente; y otra, con elementos épicos, más exagerados y extraordinarios, que representa una visión posterior del acontecimiento que engrandece su magnitud.

La primera interpretación (v. 21), que puede encajar más con lo natural, consiste en que Dios actúa, como en las plagas, a través de fenómenos naturales. La zona por la que cruzan (Piajirot) es una zona de lagos en la que el mar Rojo se adentra hacia el Norte, en la que el agua no tiene una gran profundidad. La narración afirma que el Señor provoca un viento del Este -del desierto- que va secando las aguas durante la noche. La marea baja en una zona de marismas unida al viento desértico, instrumento del Señor, hace que sea factible que encontraran una zona por la que pasar al otro lado del mar. No se trata de eliminar la milagrosa acción de Dios, porque es Yahweh el que salva a su pueblo por medio de la acción de su enviado, Moisés, con el bastón poderoso que le ha dado, con el que abre las aguas. Cuando al amanecer vuelve la marea y deja de soplar el viento, los carros de los egipcios se van atascando y el mar les arrolla.

La otra interpretación, más extraordinaria, con tintes de grandeza épica, describe cómo las aguas del mar se abren para dejar paso al pueblo formando dos auténticas murallas a un lado y a otro del camino abierto por el Señor para salvar a su pueblo (v. 22). Esas murallas caen encima del ejército del faraón, que queda sepultado instantáneamente en el mar. Los pesados carros del ejército egipcio se hunden y no pueden avanzar, las armas y armaduras que llevan los arrastran al fondo del mar.

De una forma o de otra, es la mano del Señor la que realiza el prodigio para salvar a su pueblo. Ésa es la forma en la que Yahweh ha luchado en su lugar y ha vencido por ellos. El pueblo tiene la conciencia clara de que Dios lo ha liberado de una situación desesperada porque estaban acorralados entre el desierto, el mar y el ejército del faraón. Saben que Dios actuó por medio del cayado que le dio a su enviado, Moisés, y las aguas se abrieron para ellos, mientras que esas mismas aguas eliminaron al ejército del faraón.

[v. 30-31] Estos vv. expresan con claridad la experiencia del pueblo de Dios: como Moisés les había anunciado, no volverán a ver a esos egipcios que tanto temían (cf. v. 13). Así aprenden que, cuando se fían del Señor y se dejan conducir por él, no hay enemigo que resista el brazo poderoso del Señor. Ellos contemplan ahora la prueba palpable. Dios los ha salvado.

Al ver el poder de Dios en acto se afianza la fe en Dios de los israelitas. Es lo mismo que les sucede a los discípulos de Jesús cuando contemplan el primero de sus signos: «Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él» (Jn 2,11).

· · ·

Israel siempre tendrá la referencia de este acontecimiento salvador en todos los momentos de su historia. Ellos confían en que el mismo Dios que fue capaz de liberarlos, haciéndoles pasar el mar Rojo, sepultando en las aguas el ejército del faraón, les protege continuamente. Esa será la referencia constante para Israel, por ejemplo, cuando en los salmos se dirigen a Dios con la esperanza confiada en la salvación, tienen en mente -y con frecuencia hacen explícita- la referencia a este acontecimiento salvador:

No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor, Dios tuyo,
que te saqué de la tierra de Egipto;
abre la boca que te la llene (Sal 81,10-11).
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres:
transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él (Sal 66,5-6).

Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres:
transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él (Sal 66,5-6).

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.
Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.
Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.
Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.
Arrojó en el mar Rojo al faraón y a su ejército:
porque es eterna su misericordia (Sal 136,11-15).

Tú, oh Dios, haciendo maravillas,
mostraste tu poder a los pueblos;
con tu brazo rescataste a tu pueblo,
a los hijos de Jacob y de José.
Te vio el mar, oh Dios,
te vio el mar y tembló,
los abismos se estremecieron.
Las nubes descargaban sus aguas,
retumbaban los nubarrones,
tus saetas zigzagueaban.
Rodaba el estruendo de tu trueno,
los relámpagos deslumbraban el orbe,
la tierra retembló estremecida.
Tú te abriste camino por las aguas,
un vado por las aguas caudalosas,
y no quedaba rastro de tus huellas.
Mientras guiabas a tu pueblo, como a un rebaño,
por la mano de Moisés y de Aarón (Sal 77,15-21).

Tras la caída de Samaría a manos de los asirios y de Jerusalén a manos de los babilonios, cuando tienen la esperanza de volver del destierro, el fundamento de esa esperanza es que el que pudo sacarlos de la esclavitud pasando el mar Rojo, les puede hacer volver a la tierra prometida. Así lo manifiestan los profetas:

El Señor secará la lengua del mar de Egipto, agitará su mano contra el Nilo, con su soplo ardiente lo dividirá en siete brazos, lo cruzarán en sandalias, y habrá una calzada para el resto de su pueblo que quede en Asiria, como la calzada de Israel cuando subió de Egipto (Is 11,15-16).

Esto dice el Señor, que abrió camino en el mar y una senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, la tropa y los héroes: caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue. «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto, corrientes en el yermo (Is 43,16-19).

¿No eres tú quien secó el mar, las aguas del gran océano, el que hizo un camino en la profundidad del mar para que pasaran los redimidos? Volverán los rescatados del Señor, entrarán en Sión con cánticos de júbilo, alegría perpetua a la cabeza, siguiéndolos, gozo y alegría; pena y aflicción se alejarán (Is 51,10-11).

El libro de la Sabiduría, con su tono épico y poético, amplificando detalles pintorescos y con un punto de exageración, hace referencia a este acontecimiento fundamental de la historia de la salvación. Se trata de una hermosa reinterpretación.

Sobre los impíos descargó hasta el fin una ira despiadada, porque Dios sabía de antemano lo que iban a hacer: que, tras dejarlos marchar y urgirlos con prisas, cambiarían de parecer y saldrían a perseguirlos. De hecho, aún estaban en los funerales y llorando sobre las tumbas de los muertos, cuando concibieron otro plan disparatado, y a los que antes habían suplicado para que se fueran, los persiguieron como fugitivos. Su merecido destino los arrastraba a tales extremos y los hacía olvidarse del pasado, para que completaran el castigo que aún faltaba a sus tormentos y, mientras tu pueblo realizaba un viaje maravilloso, encontraran ellos una muerte insólita. Porque toda la creación, obediente a tus órdenes, cambió radicalmente su misma naturaleza, para guardar incólumes a tus hijos. Se vio una nube que daba sombra al campamento, la tierra firme que emergía donde antes había agua, el mar Rojo convertido en un camino practicable y el oleaje impetuoso en una verde llanura, por donde pasaron en masa los protegidos por tu mano, contemplando prodigios admirables (Sab 19,1-8).

Dio a los fieles la recompensa por sus trabajos, los condujo por un camino maravilloso, fue para ellos sombra durante el día y resplandor de estrellas por la noche. Les abrió paso a través del mar Rojo y los condujo a través de aguas caudalosas; sumergió a sus enemigos y luego los sacó a flote desde lo hondo del abismo. Por eso los justos despojaron a los impíos, cantaron himnos, Señor, a tu santo nombre y celebraron a coro tu mano vencedora, porque la sabiduría abrió la boca de los mudos y soltó la lengua de los niños (Sab 10,17-21).

San Pablo alude a este acontecimiento del paso del mar Rojo, dándonos la clave poder interpretarlo a la luz del acontecimiento de Cristo:

Pues no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos. Y para que no seáis idólatras como algunos de ellos, según está escrito: El pueblo se sentó a comer y a beber y se levantaron a divertirse. Y para que no forniquemos, como fornicaron algunos de ellos, y cayeron en un solo día veintitrés mil. Y para que no tentemos a Cristo, como lo tentaron algunos de ellos, y murieron mordidos por las serpientes. Y para que no murmuréis, como murmuraron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador. Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades (1Co 10,1-11).

El Apóstol nos ayuda a entender que todo lo que les sucedió a los israelitas en ese momento inicial de la historia de salvación es para nosotros: para que conozcamos el poder de Dios y reconozcamos que tampoco tenemos garantizada la tierra prometida, si nos somos fieles a Dios.

Orígenes lo interpreta de este modo:

Ya veis cuánto se distingue la lectura histórica de la interpretación de Pablo: lo que los judíos piensan que es el paso del mar, Pablo lo llama bautismo; lo que ellos consideran nube, Pablo lo presenta como el Espíritu Santo. Y de este mismo modo que éste quiere que sea entendido lo que el Señor manda en los evangelios diciendo: El que no nazca de agua y Espíritu Santo no puede entrar en el reino de los cielos (Jn3,5) (Orígenes, Homilías sobre el Éxodo, V,1).

¿Qué significa para san Pablo que todos fueron bautizados bajo la nube y bajo Moisés? Lo mismo que cada uno de nosotros y el pueblo cristiano nace en la fuente bautismal como pueblo de Dios, lo mismo que siendo individuos dispersos somos constituidos en un pueblo a través del agua del bautismo, el pueblo de Israel -según afirma san Pablo-nació como tal pueblo al cruzar el mar Rojo. Lo mismo que en el bautismo cristiano se da la gracia del Espíritu por la figura de un ministro que otorga el bautismo, en el paso del mar Rojo el ministro era Moisés y la gracia del Espíritu era la nube. San Pablo ve en ese acontecimiento del libro del Éxodo toda la teología del bautismo.

Esta interpretación paulina del paso del mar Rojo va a tener un amplio y rico desarrollo en la vida de la Iglesia a lo largo de su historia. De hecho, la catequesis bautismal previa a la incorporación a la Iglesia de los que se iban convirtiendo acudía a la interpretación alegórica de este suceso salvador:

  • -El faraón y los egipcios representan a Satanás y todo su ejército diabólico.
  • -Israel, el pueblo de Dios, es la Iglesia.
  • -Moisés, el enviado de Dios, el que abre el mar con el madero, prefigura a Cristo, que con la cruz abre para el pueblo cristiano la nueva vida, en la que dejan de ser esclavos perseguidos por Satanás y comienzan a ser hijos de Dios liberados, que forman un pueblo nuevo.
  • -El agua amenazadora se convierte en el bautismo en el seno materno de la Iglesia. Al principio, antes de la creación, el Espíritu Santo aleteaba sobre la faz de las aguas (Gn 1,2), como sobre un seno vacío. Ahora, en el bautismo, las aguas amenazadoras se transforman por la acción del Espíritu en el nuevo seno materno del que Dios va a sacar la nueva creación.
  • -El pueblo que pasa por el fondo del mar de donde sale victorioso y transformado anticipa el pueblo de Dios, la Iglesia, que nace de las aguas bautismales.
  • -Las aguas que para el Antiguo Testamento son el lugar de lo demoníaco se convierten en la tumba del demonio.
  • -Cuando el pueblo sale de las aguas canta un himno de alabanza dirigido por la hermana de Moisés y de Aarón, María. En el Nuevo Testamento, María, la Madre del Salvador de la Nueva Alianza, es la que entona el canto del Magníficat. Del mismo modo que las mujeres israelitas entonaban cánticos para recibir a los guerreros victoriosos (1Sm 18,6-7), también la hermana de Moisés entona un canto tras la victoria de Dios sobre los enemigos de Israel (Ex 15,1-21). Este cántico aparece también en el Apocalipsis, el cántico nuevo que entona el nuevo pueblo de Dios, redimido por la sangre del Cordero (Ap 15,2-4; cf. 5,8-14; 7,9-17; 14,2-3).

Esta interpretación aparece en los Santos Padres:

Ya antes hemos hablado del pensamiento del Apóstol sobre esto. Él dice que es un bautismo cumplido en Moisés, en la nube y en el mar, para que tú, que has sido bautizado en Cristo, en agua y en Espíritu Santo, sepas que los egipcios, es decir, los jefes de este mundo y los espíritus del mal de los que antes fuiste esclavo, te atacan por detrás y quieren llamarte de nuevo a su servicio. Ellos intentan perseguirte, pero tú desciendes al agua, te levantas incólume y, borradas las manchas de los pecados, asciendes como hombre nuevo, preparado para cantar un cántico nuevo (Orígenes, Homilías sobre el Éxodo, V,5).

Hay también una interpretación de este episodio que extrae consecuencias morales de su identificación con el bautismo:

Cuando uno emerge del agua no debe conservar consigo nada del ejército enemigo. Si el enemigo emergiese juntamente con uno, permanecería en esclavitud incluso después del agua, al haber hecho emerger consigo vivo al tirano, al que no ahogó en el abismo. Esto quiere decir, si se explica abiertamente el simbolismo acercándolo hacia un significado más claro, que es necesario que cuantos, en el bautismo pasan a través del agua sacramental, hagan morir en el agua todo el ejército del vicio: la avaricia, el deseo impuro, el espíritu de rapiña, la tendencia a la soberbia y a la prepotencia, el impulso a la violencia, la ira, el rencor, la envidia, los celos y todas esas cosas. Puesto que, de alguna forma, las pasiones siguen a la naturaleza humana, debemos ahogar en el agua incluso los malos movimientos del agua y sus secuelas (San Gregorio de Nisa, Sobre la vida de Moisés, II,125).

Aquí se ve claro que el bautismo supone que todo el hombre viejo ha muerto. El hombre tiene que renacer totalmente de nuevo, porque si conserva los restos del hombre viejo, sigue siendo deudor del enemigo y esclavo carente de libertad. Esta visión encaja con la época primera del cristianismo en la que las exigencias para recibir el bautismo eran muy grandes.

Esta influencia del texto del paso del mar Rojo en el bautismo sigue apareciendo en nuestro tiempo en la liturgia. Hay que recordar que la liturgia es la mejor expresión de lo que cree la Iglesia y de cómo lee la Escritura, porque en la liturgia el pueblo de Dios hace oración lo que cree.

La Vigilia Pascual ofrece en la tercera lectura el paso del mar Rojo (Ex 14,15-15,1), lectura que hay que realizar obligatoriamente, después de la cual se entona el cántico victorioso de los israelitas (Ex 15,1-6.17-18). Tras la lectura y el cántico, el sacerdote celebrante hace una oración en la que se aplica lo leído a la situación de los cristianos en esa noche de Pascua, y lo hace interpretando el acontecimiento narrado por Ex 14 del mismo modo que los Padres. Esta oración tiene dos posibilidades, y en ambas aparece esta interpretación:

Oh Dios, que has iluminado los prodigios de los tiempos antiguos con la luz del Nuevo Testamento: el mar Rojo fue imagen de la fuente bautismal, y el pueblo liberado de la esclavitud, imagen de la familia cristiana; concede que todos los pueblos, elevados por su fe a la dignidad de pueblo elegido, se regeneren por la participación de tu Espíritu. Por Jesucristo nuestro Señor.

También ahora, Señor, vemos brillar tus antiguas maravillas y, lo mismo que en otro tiempo manifestabas tu poder al librar a un solo pueblo de la persecución del Faraón, hoy aseguras la salvación de todas las naciones, haciéndolas renacer por las aguas del bautismo; te pedimos que los hombres del mundo entero lleguen a ser hijos de Abrahán y miembros del nuevo Israel. Por Jesucristo nuestro Señor.

Cuando en el rito del bautismo se bendice el agua, se alude a las aguas arcanas antes de la creación del mundo, a las aguas del diluvio y a las aguas que atravesaron los israelitas para alcanzar la salvación:

Oh Dios, que hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de Abraham, para que el pueblo liberado de la esclavitud del Faraón fuera imagen de la familia de los bautizados.

No se trata de que hagamos una interpretación personal y caprichosa del paso del mar Rojo como una imagen del bautismo, sino de que la misma Palabra de Dios y la Iglesia nos indican que la realidad profunda a la que señala este suceso narrado por el Éxodo es el bautismo cristiano. Cuando Dios realiza la salvación del pueblo de Israel sacándolo de las aguas y cuando el autor inspirado por Dios pone por escrito el acontecimiento, Dios está pensando en el bautismo y nos deja este acontecimiento como realidad que ayuda a entender la extraordinaria riqueza del bautismo cristiano. Descubrir en el paso del mar Rojo el maravilloso poder salvador de Dios, nos mueve a descubrir ese mismo poder realizado en plenitud en el bautismo inaugurado por la muerte y resurrección de Cristo. Cristo -el Nuevo Moisés- lleva a plenitud para nosotros -el nuevo pueblo de Dios que nace de las aguas bautismales- el mismo mensaje que recibieron los israelitas a orillas del mar Rojo: «No os preocupéis, a esos enemigos no los volveréis a ver más».

A esta forma de interpretar el paso del mar Rojo como tipo del bautismo se une otro acontecimiento importante de la historia de la salvación, similar a éste, que es el paso del río Jordán, cuando, después del largo camino por el desierto, el pueblo de Dios entra, por fin, en la tierra prometida. Ahora es cuando el pueblo de Israel, salido de las aguas, alcanza la salvación prometida, la tierra de la libertad. Hay un paralelismo muy claro entre ambas situaciones: aquí también se abren las aguas para que el pueblo pase sin siquiera mojarse los pies. Por eso, este acontecimiento también se relaciona con el bautismo cristiano.

Cuando la gente levantó el campamento para pasar el Jordán, los sacerdotes que llevaban el Arca de la Alianza caminaron delante de la gente. En cuanto los portadores del Arca de la Alianza llegaron al Jordán y los sacerdotes que la portaban mojaron los pies en el agua de la orilla (el Jordán baja crecido hasta los bordes todo el tiempo de la siega), el agua que venía de arriba se detuvo y formó como un embalse que llegaba muy lejos, hasta Adán, un pueblo cerca de Sartán, y el agua que bajaba hacia el mar de la Arabá, el mar de la Sal, quedó cortada del todo. La gente pasó el río frente a Jericó. Los sacerdotes que llevaban el Arca de la Alianza del Señor estaban quietos en el cauce seco, firmes en medio del Jordán, mientras todo Israel iba pasando por el cauce seco, hasta que acabaron de pasar todos (Jos 3,14-17).

Ahora no es la columna de nube la que encabeza al pueblo de Dios, son los sacerdotes que llevan el Arca, que es la presencia de Dios en medio de su pueblo. En cuanto los sacerdotes tocan el agua, la corriente se corta, como si hubiera un invisible muro que la embalsara, para que el pueblo de Dios pueda pasar a pie enjuto, como lo hizo al salir de Egipto. El río Jordán detiene sus aguas para reconocer, como hicieron las aguas del mar Rojo, la santidad del pueblo que entra a tomar posesión de la tierra que Dios le ha regalado. El salmo 114 relaciona ambos acontecimientos:

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.
El mar, al verlos, huyó;
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.
¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?
En presencia del Señor, estremécete, tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua (Sal 114).

Cuando Dios acompaña al pueblo, porque el pueblo se deja guiar por Dios, la misma naturaleza se pone al servicio de los servidores de Dios.

El cántico triunfal (Ex 15,1-21)

Texto bíblico

1Entonces Moisés y los hijos de Israel entonaron este canto al Señor:
«Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria,
caballos y carros ha arrojado en el mar.
2Mi fuerza y mi poder es el Señor,
Él fue mi salvación.
Él es mi Dios: yo lo alabaré;
el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré.
3El Señor es un guerrero,
su nombre es “El Señor”.
4Los carros del faraón los lanzó al mar,
ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes.
5Las olas los cubrieron,
bajaron hasta el fondo como piedras.
6Tu diestra, Señor, es magnífica en poder,
tu diestra, Señor, tritura al enemigo.
7Tu gran majestad destruye al adversario,
arde tu furor y los devora como paja.
8Al soplo de tu nariz, se amontonaron las aguas,
las corrientes se alzaron como un dique,
las olas se cuajaron en el mar.
9Decía el enemigo: “Los perseguiré y alcanzaré,
repartiré el botín, se saciará mi codicia,
empuñaré la espada, los agarrará mi mano”.
10Pero sopló tu aliento y los cubrió el mar,
se hundieron como plomo en las aguas formidables.
11¿Quién como tú, Señor, entre los dioses?
¿Quién como tú, terrible entre los santos,
temible por tus proezas, autor de maravillas?
12Extendiste tu diestra: se los tragó la tierra;
13guiaste con misericordia a tu pueblo rescatado,
los llevaste con tu poder hasta tu santa morada.
14Lo oyeron los pueblos y temblaron,
el terror se apoderó de los habitantes de Filistea.
15Se turbaron los príncipes de Edón,
los jefes de Moab se estremecieron,
flaquearon todos los habitantes de Canaán.
16Espanto y pavor los asaltaron,
la grandeza de tu brazo los dejó petrificados,
mientras pasaba tu pueblo, Señor,
mientras pasaba el pueblo que adquiriste.
17Lo introduces y lo plantas en el monte de tu heredad,
lugar del que hiciste tu trono, Señor;
santuario, Señor, que fundaron tus manos.
18El Señor reina por siempre jamás».

19Cuando los caballos del faraón, con sus carros y sus jinetes, entraron en el mar, el Señor volcó sobre ellos las aguas del mar; en cambio, los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar. 20María la profetisa, hermana de Aarón, tomó su pandero en la mano y todas las mujeres salieron tras ella con panderos a danzar. 21María entonaba:

«Cantaré al Señor, pues se cubrió de gloria,
caballos y jinetes arrojó en el mar» (Ex 15,1-21).

Lectio

Después del paso del mar Rojo, tras ver derrotados a los enemigos, liberados de la esclavitud por la mano poderosa de Dios, los israelitas entonan un cántico de alabanza. Es el primer cántico del que tenemos constancia, que recoge la liturgia, y que expresa la alegría del pueblo de Israel por su liberación.

Podemos dividir el cántico en tres partes:

  • -vv. 1-11. Esta parte es más antigua que los vv. 12-18, y desarrolla el núcleo inicial que se encuentra en los vv. 19-21. Narra la acción prodigiosa de Dios.
  • -vv. 12-18.Se aplica ese cántico a los sucesos posteriores de la historia del pueblo de Israel. Dios no sólo a librado a los israelitas por medio del mar, sino que ha conducido a su pueblo a la tierra prometida.
  • -vv. 19-21. Éste es el origen del cántico, el cántico original.

Se ve con claridad que el v. 1 repite lo que enunciaba en su origen el v. 21 en labios de María, la hermana de Moisés:

Cantaré al Señor, pues se cubrió de gloria,
caballos y jinetes arrojó en el mar (v. 21).

Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria,
caballos y carros ha arrojado en el mar (v. 1).

Se toma lo dicho en el antiguo cántico (v. 21), se repite lo mismo en el v. 1 y se desarrolla en los vv. siguientes, de modo que el resto del cántico es como una ampliación de este núcleo original: primero desarrollando la acción salvadora de Dios en el mar Rojo (vv. 1-11), y posteriormente se le añadió la salvación de Dios realizada en la entrada a la tierra prometida (vv. 12-18).

[vv. 1-11] Lo primero que proclama el canto es que Dios es el vencedor. La victoria no es de los israelitas, sino de Dios, que es un Dios fuerte y salvador, Dios es un guerrero que salva a su pueblo con su diestra poderosa.

Es muy significativo comprobar que el enemigo planea la destrucción del pueblo (v. 9), pero el Señor, sólo con su aliento, destroza a los enemigos (vv. 8.10). En el relato de la creación, el hombre es creado con barro y el aliento divino (Gn 2,7); y aquí vemos que el mismo aliento que da la vida, puede quitarla.

La descripción del milagro del paso del mar se hace aquí con los tintes épicos del fenómeno espectacular: las aguas se alzan «como un dique» a ambos lados del camino de los hebreos, mientras las olas se cuajan en el mar (v. 8).

Para entender lo que dice el v. 11, hay que tener en cuenta que el pueblo de Israel tardó tiempo en llegar al monoteísmo estricto de la existencia de un solo Dios. En este momento lo que constatan es que Yahweh es más fuerte que los dioses de Egipto, por eso dice «¿quién como tú, Señor, entre los dioses?» (v. 11); poco a poco irán profundizando y verán que sólo él domina la naturaleza, sólo él es el Señor; más tarde podrán proclamar que los dioses de los gentiles no son nada (Sal 96,5); por lo tanto, sólo hay un Dios. Dios es temible por sus proezas (v. 11), no porque suponga ninguna amenaza para Israel, sino porque es un Dios santo, cuya majestad no puede resistir ningún ser viviente.

El cántico describe de forma fuerte y contundente, quizá con un tono de burla, la derrota de los egipcios: bajan al fondo del mar como piedras (v. 5), se hunden como el plomo en las aguas (v. 10).

Caen al fondo, porque el pecado siempre es pesado, nos lleva al fondo, nos hunde y nos arrastra a lo oscuro. Mientras que la virtud y el bien siempre nos elevan, por eso el Señor camina sobre las aguas (Mt 14,25) y Pedro camina sobre las aguas (Mt 14,29). El Espíritu que da el Señor es sutil, no pesa, puede hacer que crucemos los aires (cf. 1Tes 4,17).

[vv. 12-18] En el v. 13 se da un salto en la narración: hasta aquí el cántico estaba hablando de la liberación de Egipto y de pronto hace referencia a enemigos posteriores. De este modo, está proyectando esta victoria de Israel sobre los egipcios en las victorias sucesivas del pueblo de Dios, porque en todas ellas ve la mano poderosa de Dios. Aquí se hace referencia a «la santa morada» que es el templo de Jerusalén, la ciudad conquistada por David y el templo construido por Salomón. El v. 17 también habla de la ciudad santa y del Templo: el monte Sión es el monte de la heredad del Señor, y el templo se señala con el lugar del trono de Dios, su santuario. De este modo se ve como toda una unidad la salvación de Israel desde la salida de Egipto hasta la toma de Jerusalén y la construcción del templo: al repasar su historia, el pueblo de Dios ve en el primer acontecimiento salvador el paradigma y el inicio de lo que Dios va a realizar en la conquista de la tierra prometida.

Se hace referencia al temor de los pueblos (Filistea, Edón, Moab, Canaán) que serán más tarde conquistados. Lo describe con gran riqueza de lenguaje: tiemblan, se apodera de ellos el terror, se turban, se estremecen, flaquean, los asalta pavor y temblor (vv. 14-16). Los israelitas son conscientes de que la gran victoria sobre los egipcios en el mar Rojo es un signo del poder de Dios que va a aparecer a lo largo de la historia del pueblo. Es un poder que libera a los pobres indefensos y que, al mismo tiempo, condena a los malvados poderosos. La misma acción de Dios les sacará vencedores en las batallas contra esos pueblos. Este miedo de los pueblos cercanos a causa de la victoria sobre los egipcios aparece claramente en las palabras de la prostituta que acoge a los espías de Israel que entran en Jericó.

Antes de que los espías se acostaran, Rajab subió a la azotea, donde ellos estaban, y les dijo: «Sé que el Señor os ha dado el país, pues nos ha invadido una ola de terror, y toda la gente de aquí tiembla ante vosotros; porque hemos oído que el Señor secó el agua del mar Rojo ante vosotros cuando os sacó de Egipto, y lo que hicisteis con los dos reyes amorreos de Transjordania, Sijón y Og, consagrándolos al exterminio; al oírlo, ha desfallecido nuestro corazón y todos se han quedado sin aliento a vuestra llegada; porque el Señor, vuestro Dios, es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra (Jos 2,8-11).

Para Israel, el paso del mar Rojo no es simplemente el acontecimiento puntual que los libra de los egipcios, sino que es signo del poder salvador de Dios frente a sus enemigos; y, pueden leer su historia posterior a la luz de este acontecimiento y comprobar que ya desde ese momento está de su lado el Dios poderoso que vence a sus enemigos.

[vv. 19-21] Al final del cántico aparece la repetición de lo acontecido a los egipcios de forma resumida (v. 19) que sirve de introducción al núcleo inicial del cántico de victoria, aunque esté colocado al final.

Aquí aparece que es María, la hermana de Moisés, la que inicia el cántico, acompañada por la música de un pandero. El cántico es secundado por todas las mujeres, que además de tocar el pandero, se ponen a danzar, en una especie de procesión.

La figura de María es ambigua en el relato del Éxodo, porque, por un lado, es la hermana de Moisés, el liberador, y se convierte en tipo de la otra María, la madre de Jesús y, por lo tanto, pariente del Salvador. Del mismo modo que la hermana de Moisés y Aarón canta por la victoria de su pueblo a orillas del mar Rojo, María de Nazaret entona su canto de alabanza, el Magníficat (Lc 1,46-55), por la victoria de Dios que ha enviado a su Hijo para salvar al mundo. En ambos casos queda claro que es el Señor el que ha realizado la salvación, el que ha obtenido la victoria. Pero, por otro lado, la misma María, hermana de Moisés, se convierte en motivo de sufrimiento para Moisés a causa de su envidia que le hace ponerse a la altura de Moisés como profetisa, y recibe el castigo de Dios, que sale en defensa de su elegido (Nm 12).

Si comparamos el cántico de María en el Éxodo (Ex 15,1-21) y el de la Virgen María en el evangelio de san Lucas (Lc 1,46-55), podemos sacar algunas conclusiones importantes. Descubrimos a la luz de ambos cánticos que hemos nacido para cantar. Cuando alguien se encuentra con la grandeza del Señor y ve las acciones poderosas que Dios realiza en su propia historia no puede por menos que romper a cantar de gozo alabando a Dios. Pero para ello debemos ver nuestra historia más allá de nuestra mirada miope que sólo reconoce las causas naturales o piensa en la casualidad, y aprender a mirar con ojos de fe para reconocer las maravillas de Dios en nuestra vida y descubrir las victorias que realiza también en nuestra historia. Pero para ello es necesaria previamente la constatación de nuestra pobreza: del mismo modo que el pueblo de Israel se siente impotente ante los egipcios que lo persigue, incapaz de salvarse por sus propias fuerzas, y se le hace patente que si se ha salvado es porque el Señor ha salido a defenderle y lucha por ellos, obteniendo una victoria maravillosa e inesperada. María puede entonar el cántico de alabanza porque ha experimentado personalmente la maravillosa salvación de Dios en el mar Rojo, y sabe que no es fruto de la casualidad y mucho menos de la capacidad del pueblo de Dios. La Virgen María entona el Magníficat porque ha vivido en su propia carne la obra maravillosa de Dios, y es consciente de que es la acción de Dios ‑y no la casualidad‑ lo que se está realizando en ella; por eso lo medita en su corazón para poder ver todos estos acontecimientos con los ojos de la fe y descubrir la acción de Dios (Lc 2,19.51). Cuando experimentamos esa misma acción de Dios en nuestra vida no podemos dejar de cantar. Y podemos decir que hemos nacido para cantar porque el Señor una y otra vez se pone a nuestro lado para salvarnos: basta con que reconozcamos nuestra incapacidad y descubramos con los ojos de la fe las maravillas de Dios en nuestra vida, para que necesitemos romper a cantar las alabanzas de Dios.

Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa (1Pe 2,9).

Voy a cantar la bondad y la justicia,
para ti es mi música, Señor (Sal 101,1).

No se trata sólo de cantar con nuestras voces, nuestra vida tiene que ser un cántico de alabanza, todo lo que hacemos debe ser un canto que dé gloria a Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. Se nos ha exhortado a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo conoce el cántico nuevo. Cantar es alegría y, si nos fijamos más detenidamente, cantar es expresión de amor. De modo que quien ha aprendido a amar la vida nueva, sabe cantar el cántico nuevo. De modo que el cántico nuevo nos hace pensar en lo que es la vida nueva. El hombre nuevo, el cántico nuevo, el Testamento nuevo: todo pertenece al mismo y único reino. Por esto, el hombre nuevo cantará el cántico nuevo y pertenecerá al Testamento nuevo […].

¡Oh, hermanos e hijos, vosotros que sois brotes de la Iglesia universal, semilla santa del reino eterno, los regenerados y nacidos en Cristo! Oídme: Cantad por mí al Señor un cántico nuevo. «Ya estamos cantando», decís. Cantáis, sí, cantáis. Ya os oigo. Pero procurad que vuestra vida no dé testimonio contra lo que vuestra lengua canta.

Cantad con vuestra voz, cantad con vuestro corazón, cantad con vuestra boca, cantad con vuestras costumbres: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Preguntáis qué es lo que vais a cantar de aquel a quien amáis? Porque sin duda queréis cantar en honor de aquel a quien amáis: preguntáis qué alabanzas vais a cantar de él. Ya lo habéis oído: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Preguntáis qué alabanzas debéis cantar? Resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. La alabanza del canto reside en el mismo cantor.

¿Queréis rendir alabanzas a Dios? Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar. Vosotros mismos seréis su alabanza, si vivís santamente (San Agustín, Sermón 34).

Orígenes aplica el hecho de acompañar el canto con el sonido del pandero a la vida cristiana afirmando que no es suficiente nuestro canto de alabanza a Dios con nuestra vida, sino que hay que cantar «con panderos», es decir, golpeando el corazón con la cruz, para que el canto tenga una mayor potencia; de modo que María, la hermana de Moisés, cantando acompañada del pandero, manifiesta la vocación de todos los hombres.

Lógicamente es María, la Madre de Dios, la que mejor canta.

María dijo:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
como lo había prometido a nuestros padres
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,46-55).

Las dos Marías necesitan cantar las grandezas del Señor, las dos cantan el poder del Señor, que hace algo que sólo él puede hacer, que es imposible para los hombres. Las dos cantan el poder salvador de Dios en defensa del pobre y atribulado, de los suyos: en el éxodo es el pueblo de Israel y en la encarnación son los pobres, los humildes, los hambrientos, en definitiva, los pequeños.

Ambas cantan el poder del Señor: la María del Antiguo Testamento canta la acción de Dios en favor de su pueblo, la del Nuevo Testamento se centra también en Israel, su pueblo, pero que ya es el nuevo Israel. Lo sorprendente es que, en el caso de la Madre del Salvador, Dios realiza la maravillosa acción salvadora en ella misma: Dios mira su humillación y hace obras grandes en ella. La gran humildad de María es que ella no se enorgullece sabiendo que ella misma es el terreno en el que Dios hace su obra. Si el paso del mar Rojo va a ser una referencia para el pueblo de Israel durante toda su historia, ahora, en el tiempo de la plenitud, lo que Dios ha hecho en María va a marcar la historia de todas las naciones, por eso la felicitarán todas las generaciones. Y la Virgen proclama la obra de Dios en ella sin envanecerse, reconociendo sencilla y humildemente la actuación del Señor. Mientras que la hermana de Moisés canta a Dios como guerrero en el campo de batalla, la humilde esclava del Señor canta las obras de Dios en su corazón, que es también un campo de batalla, porque toda la vida de María fue una lucha constante que el Señor realizó en ella y que ella tuvo que afrontar, la lucha de la fe.

Ambas mujeres subrayan en sus cánticos que Dios está enviando un mensaje a todos los pueblos en la actuación salvadora que experimentan: la hermana de Moisés dice que ese mensaje consiste en llenar de temor a todos los pueblos de alrededor; María, la madre de Jesús, proclama que el mensaje para todos los pueblos que contiene lo que Dios realiza en ella es que Dios derriba del trono a los poderosos para enaltecer a los humildes.

Las aguas amargas (Ex 15,22-27)

Texto bíblico

22Moisés hizo partir del mar Rojo a Israel, que se dirigió hacia el desierto de Sur. Caminaron tres días por el desierto sin encontrar agua. 23Llegaron a Mará, pero no pudieron beber el agua de Mará, porque era amarga. Por eso se llamó aquel lugar Mará. 24El pueblo murmuró contra Moisés, diciendo: «¿Qué vamos a beber?». 25Moisés clamó al Señor y el Señor le mostró un madero. Él lo echó al agua y el agua se volvió dulce.

Allí el Señor dio leyes y mandatos al pueblo y lo puso a prueba, 26diciéndoles: «Si obedeces fielmente la voz del Señor tu Dios y obras lo recto a sus ojos, escuchando sus mandatos y acatando todas sus leyes, no te afligiré con ninguna de las plagas con que afligí a los egipcios; porque yo soy el Señor, el que te cura».

27Después llegaron a Elín, donde hay doce fuentes y setenta palmeras, y acamparon allí junto al agua (Ex 15,22-27).

Lectio

Israel ha vivido más de cuatrocientos años en la esclavitud. En los últimos meses, en medio de las plagas, ha experimentado una gran tensión. Finalmente ha dejado atrás la esclavitud y se ha llevado consigo las riquezas de los egipcios. Ha cruzado el mar Rojo viendo la mano poderosa del Señor a su favor. Es un pueblo libre que ve a sus enemigos muertos a la orilla del mar. ¿Qué va a suceder ahora? Dios va a conducir a su pueblo por el desierto para irle enseñando como a un niño recién nacido: tiene que conocer quién es él y quién es Dios; necesita conocer la grandeza de Dios para poder vivir conforme a esa grandeza. Para enseñarle todo eso, Dios se lleva a su pueblo al desierto. El desierto es el lugar donde Dios va a darse a conocer a su pueblo y donde lo irá educando: en la soledad del desierto los israelitas viven en la inmediatez de la presencia de Dios y así podrán conocerlo. El desierto es el lugar donde el pueblo de Dios va a crecer, pero es también el lugar de la tentación.

Los profetas idealizaron esa etapa. Vieron la época del desierto como la era del noviazgo, de la seducción: «Por eso, yo la persuado, la llevo al desierto, le hablo al corazón» (Os 2,16). En muchas ocasiones la etapa del desierto está idealizada como la del conocimiento íntimo en completa soledad con Dios.

Pero tanto el libro del Éxodo como el de los Números nos ayudan a entender lo dura que fue la travesía del desierto, para Israel y para Yahweh.

Comienza la narración de esta etapa del desierto -que los Santos Padres interpretan de maneras diversas, sorprendentes, pero muy hermosas- con el episodio de las aguas de Mará.

[vv. 22-24] El pueblo camina por el desierto durante tres días sin agua. Después del combate victorioso, tras la alegría, vienen las dificultades concretas, la lucha ordinaria: el pueblo tiene que aprender que el desierto no va a ser algo fácil y cómodo. Han de aprender que Dios es grande y poderoso, pero que no se deja manipular; que él domina la creación, pero no les va a mimar poniéndoselo fácil. Les va a proteger y custodiar por el camino, pero tienen que saber que estar junto a Dios no es una garantía para evitar sufrimientos, luchas y dificultades.

Esta enseñanza nos viene muy bien a nosotros, que con frecuencia pensamos que Dios está a nuestro servicio y nos escandalizamos cuando nos enfrentamos con sufrimientos, dificultades y luchas. A veces pensamos que Dios funciona como una máquina dispensadora de bebidas, en la que yo hecho mi oración o mi sacrificio y automáticamente Dios me tiene que dar lo que a mí me interesa de forma inmediata. Dios no se acerca para facilitarnos la vida, sino para darnos la vida verdadera; pero con frecuencia a costa de luchas, incomodidades, renuncias e incluso de perder la vida.

Después de estos tres días con sed, cuando por fin llegan a un oasis, resulta que su agua es amarga y no se puede beber. Se mueren de sed, contemplando aquella agua; ansían beberla, pero no pueden.

También nosotros queremos satisfacernos con las cosas del mundo, como el hijo pródigo con las algarrobas que comían los cerdos, pero no debemos, porque estamos llamados a otra cosa.

El pueblo llora y se queja como los niños pequeños.

[vv. 25-26] Moisés, sin embargo, se vuelve a Dios y clama al que puede salvarlos, dándoles de beber (lo mismo que hace María en las bodas de Caná). El agua se vuelve dulce con el madero que Dios le da a Moisés.

No podemos asumir la vida porque es amarga; los acontecimientos nos superan y nos desgarran, no tenemos fuerza para aceptarlos, pero si los unimos a la cruz de Cristo, entonces la vida se endulza, se puede llevar. Una enfermedad insoportable, unida a la cruz de Cristo, es una fuente de bendición y de crecimiento.

Sin dudarlo un momento, los Santos Padres identifican este madero con la cruz de Cristo. La cruz es la que endulza las penas, la que hace digerible el sufrimiento, la única que sacia la sed. Orígenes traduce el «madero» por «vara» y la identifica con la sabiduría de Dios; en el agua amarga ve la ley del Antiguo Testamento que por sí misma es intragable, no calma la sed ni nos da fuerza. La ley sin la sabiduría de Dios, que es la sabiduría de la cruz (cf. 1Co 1,18-20), no puede asumirse. Necesitamos, por tanto, asumir la ley con la sabiduría de la cruz.

Puesto que se ha mezclado a ellos [los mandamientos] el árbol de la cruz de Cristo, de modo que han sido transformados en dulzura y se pueden cumplir, comprendidos espiritualmente, los mismos son llamados mandamientos de vida como dice en otro lugar: Escucha Israel los mandamientos de la vida […]. El pueblo es conducido primero a la letra de la Ley; mientras permanece en su amargura, no puede alejarse de ella; pero cuando ha sido transformada en dulce por el árbol de la vida y ha comenzado a ser espiritualmente comprendida, entonces del Antiguo Testamento se pasa al Nuevo (Orígenes, Homilías sobre el Éxodo, VII,2.3).

Para Orígenes la ley era una fuente de amargura porque mostraba el bien, pero no daba fuerza para realizarlo; mientras que la cruz de Cristo permite entender el bien y realizarlo con facilidad. Él va a afirmar que el mejor sitio para dar los mandamientos es aquel en el que la cruz de Cristo los ha endulzado: «Allí [en Mará] el Señor dio leyes y mandatos al pueblo y lo puso a prueba» (v. 25); unidos a la cruz los mandamientos son preceptos que curan, por eso le dice a Moisés tras dar mandamientos en Mará: «Yo soy el Señor, el que te cura». Pero sin la cruz, los mandamientos nos desgarran y nos rompen: los egipcios (el mundo) son afligidos por las plagas y sepultados por el mar porque no escuchan los mandatos del Señor, ni acatan todas las leyes. No será esa la paga para los que sean capaces de vivir conforme a las enseñanzas del Señor, porque han unido sus sufrimientos a la cruz.

Esto tiene una aplicación importante para el apostolado y la pastoral: no podemos pretender que los hombres abracen los mandamientos si no han encontrado antes a Cristo crucificado. Por eso la Iglesia siempre predica primero a Cristo muerto y resucitado; y la moral es algo que se enseña después. Si proponemos un código de conducta y unas exigencias morales en primer lugar, lo que hacemos es hundir a las personas porque no tienen la fuerza para abrazarlos. Eso no significa que disimulemos las miserias de la propia vida y las exigencias morales; pero hemos de saber que el proceso es gradual: el primer paso es el encuentro con Cristo, muerto y resucitado; después podrán abrazar sus deficiencias y luchas para cumplir los mandamientos del Señor. Con frecuencia convertimos el cristianismo en un moralismo insoportable. La ley del Señor es infinitamente más exigente que las normas que solemos pedir a los demás; pero el Señor, antes de pedirnos esa vida moral tan elevada nos da la transformación y la gracia para poderla llevar a cabo. El Sermón de la Montaña (Mt 5-7) es mucho más exigente que las leyes que recibió Moisés en el Sinaí, pero parte del encuentro con Cristo y es asumible por la transformación y la gracia que nos da ese encuentro con él. En la misma vida cristiana caemos en el error de preocuparnos de la fidelidad moral sin avanzar en nuestra relación con Cristo, o incluso creemos que crece nuestra vida espiritual porque nos mantenemos fieles a los mandamientos. El árbol bueno tiene que dar frutos buenos (Mt 7,16-20), pero es necesario regar la raíz de la vida espiritual para que demos frutos de fidelidad y buenas obras. Los fariseos son el triste ejemplo de que se puede ser irreprochable en lo moral y estar totalmente alejados del Señor. Los pecadores del Evangelio parten de situaciones morales muy deficientes (publicanos y prostitutas), pero la búsqueda y el encuentro con el Señor cambia profundamente su corazón, como le sucede a Zaqueo (Lc 19,1-10).

San Gregorio de Nisa señala que, al que ha pasado el mar Rojo con el bautismo y quiere vivir y alimentarse con la virtud, ésta se le hace amarga porque es incapaz de realizarla; pero para eso Dios nos da el poder de la resurrección, que va unida a la cruz: cuando se es capaz de ver la cruz y la resurrección se pueden asumir las pruebas y las dificultades que exige la virtud. La amargura de las aguas significa que el ejercicio de la virtud les resulta difícil al hombre sensual; los que rechazan el esfuerzo de la virtud quieren regresar a Egipto.

La narración concuerda con lo que también ahora sucede. Al principio, la vida alejada de los placeres le parece desagradable e insulsa a quien ha abandonado los placeres egipcios que le esclavizaban antes de atravesar el mar. Pero si se arroja el madero -es decir, el misterio de la resurrección, que tuvo el comienzo por medio del madero- al agua (al oír madero, lo entenderás evidentemente de la cruz), entonces la vida virtuosa endulzada con la esperanza de los bienes futuros se convierte en más dulce y agradable que toda la dulzura que acaricia los sentidos con el placer (San Gregorio de Nisa, Sobre la vida de Moisés, II,132).

Los preceptos divinos se transforman con la cruz de Cristo, de manera que lo que dice san Pablo, «llevamos este tesoro en vasijas de barro» (2Co 4,7), significa para los Padres que el tesoro de la salvación va dentro de unos mandamientos que no se pueden cumplir si no es por la cruz de Cristo. También relacionan este tema con 2Co 3,6: «La letra mata, mientras que el Espíritu da vida». Cuando las aguas se han vuelto dulces y el pueblo ha bebido es cuando puede escuchar los mandatos del Señor y cumplirlos.

[v. 27] Tras el episodio de Mará, el pueblo llega a Elín, un oasis con doce fuentes y setenta palmeras, y acampa allí. Los Santos Padres no dejarán de interpretar simbólicamente estos datos con profundidad y belleza:

¿Piensas que no hay alguna razón para que el pueblo no haya sido conducido primero a Elín, donde había doce fuentes de agua, en las que no había nada de amargura, sino al contrario gran belleza por la densidad de las palmeras, y haya sido primero conducido a las aguas amargas y saladas, que se volvieron dulces gracias a la vara mostrada por el Señor y después a las fuentes?

Si seguimos sólo la historia, no nos edifica mucho saber a qué lugar llegaron primero y a cuál después; pero si exploramos el misterio escondido en estas cosas encontramos el orden de la fe.

El pueblo es conducido primero a la letra de la Ley; mientras permanece en su amargura, no puede alejarse de ella; pero cuando ha sido transformada en dulce por el árbol de la vida y ha comenzado a ser espiritualmente comprendida, entonces del Antiguo Testamento se pasa a Nuevo y se llega a las doce fuentes apostólicas.

Allí también se encuentran setenta palmeras; en efecto, no sólo los doce apóstoles predicaron la fe de Cristo, sino que se nos dice que otros setenta fueron enviados a predicar la Palabra de Dios (cf. Lc 10,1), para que, gracias a ellos, el mundo conociese las palmas de la victoria de Cristo. No es suficiente para el pueblo de Dios beber el agua de Mará, aunque se haya convertido en dulce, aunque gracias al árbol de la vida y al misterio de la cruz haya sido expulsada toda la amargura de la letra. Por sí sólo el Antiguo Testamento no sirve para beber; hay que llegar al Nuevo Testamento, del cual se bebe sin escrúpulo y sin ninguna dificultad. Los judíos ahora están en Mará, se sientan hoy en aguas amargas; todavía no les ha mostrado Dios el árbol mediante el cual se volvieron dulces sus aguas (Orígenes Homilías sobre el Éxodo, VII,3).

A este propósito, los Padres recuerdan Rm 15,4: «Todo lo que se escribió en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, a fin de que a través de nuestra paciencia y del consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza». Es decir, todo el Antiguo Testamento está escrito para nosotros, para nuestro crecimiento en la vida cristiana. Por eso, Orígenes dice que no sirve de nada para nuestra edificación saber que primero fueron a Mará y luego a Elín. La historia por sí misma no nos aporta nada, es necesario interpretarla, como aparece en el episodio de Ne 8,1-8 en el que Esdras proclama la Palabra y los levitas la explican al pueblo de Dios para que puedan entenderla. No basta la descripción de los acontecimientos externos, sino que es necesario descubrir su significado, como el apóstol san Juan, cuando da testimonio de que del costado abierto de Cristo mana agua y sangre (Jn 19,32-27): se refiere a mucho más que a un suceso que puede describir la medicina: ve allí como brota la salvación, los sacramentos de la Iglesia; por eso le da tanta importancia.

Hemos de tener mucho cuidado con una lectura de la Escritura que sólo busque los hechos fríos, carentes de su significado sobrenatural y salvífico, porque la mera descripción de los hechos, como pudiera hacer un historiador o un periodista, ni edifica, ni alimenta, ni salva. La Revelación se manifiesta en hechos y palabras; y son las palabras las que aportan el significado salvador de los hechos. Sin las palabras los hechos quedarían mudos. Los Padres de la Iglesia leen la Escritura bajo la guía del Espíritu y unidos a la fe de la Iglesia de modo que comprenden y explican su sentido salvífico. Hay análisis técnicos de las fuentes literarias, de la redacción, de la crítica histórica que pueden ser muy interesantes desde el punto de vista intelectual, pero nos privan de lo esencial, del sentido profundo de los acontecimientos de la Escritura, que constituye el alimento de nuestra fe. Sin despreciar la base necesaria de ciencias humanas imprescindible para comprender el sentido de la Escritura, si nos quedamos sólo en ese análisis técnico, hacemos de la Palabra de Dios un texto muerto que diseccionamos, pero ya no es la Palabra viva que nos interpela, nos mueve, nos edifica y nos fortalece.

No basta con interpretar los antiguos preceptos a la luz de Cristo, necesitamos los nuevos preceptos del Nuevo Testamento; nos hace falta acudir a los doce apóstoles y recibir la enseñanza evangélica; y los judíos se lo están perdiendo porque siguen en la amargura de una letra que por sí misma mata (cf. 2Co 3,6), mientras que nosotros tenemos el don de la vida.

Es especialmente valiosa la afirmación de Orígenes sobre el Antiguo Testamento, advirtiéndonos de que por sí mismo no sacia: «Por sí sólo, el Antiguo Testamento no sirve para beber». Pero no debemos olvidar que el Nuevo Testamento no se puede entender sin el Antiguo. Necesitamos ambos testamentos: en el Antiguo Testamento están las semillas del Nuevo y nos conduce al Nuevo, si somos capaces de leerlo con la verdadera clave que es Cristo resucitado. Esta forma de lectura es la que aparece en el diálogo de Jesús con los discípulos que se dirigen a Emaús: «Comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras» (Lc 24,27). Con esa clave se puede entender el Antiguo Testamento, y de esa manera se pasa de Mará a Elín: el Antiguo Testamento te habla de Cristo y te conduce a él.

Nosotros a veces estamos amargados porque seguimos en Mará, seguimos afrontando la vida cristiana sin la dulzura que le da el madero de la cruz de Cristo. En otras ocasiones somos capaces de aceptar la cruz y al Resucitado, pero nos faltan las doce fuentes de Elín: no nos dejamos enseñar y guiar por la Iglesia y sus ministros.

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Seguiremos contemplando los siguientes pasos del pueblo de Israel al que Dios guía y educa por el desierto. Pero ya en estos primeros pasos comprobamos como se ilumina el camino del pueblo de Dios a través del desierto con la interpretación de los Padres de la Iglesia. Ellos nos proporcionarán claves importantes.

Una primera clave es que debemos leer la realidad a la luz de Dios. Pero no debemos olvidar que la primera realidad que tenemos que leer con esa luz es nuestra propia vida. En este caso, nuestra amargura cuando no estamos conectados con la cruz de Cristo. Necesitamos llegar a ese oasis donde fluyen las doce aguas, donde hay sombra: nos hace falta la doctrina apostólica y la enseñanza de los ministros de la Iglesia para poder entender nuestra propia realidad. Si no somos capaces de leer nuestra vida a la luz de la cruz y la resurrección del Señor y conectarla con la vida de la Iglesia, nuestra vida no tiene en sí misma sentido. La que mejor realiza esta tarea es la Virgen María, que se dedica de forma permanente, como su único trabajo, a releer su vida a la luz de todos los acontecimientos que Dios va haciendo en ella para poder ser más dócil a la acción de Dios y así Dios pueda seguir realizando en ella nuevos acontecimientos salvadores. Toda la vida de María es una maravilla porque se dedica a releer el pasado a la luz de Dios para dejar que Dios siga realizando obras grandes en ella.

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.