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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio de Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Texto bíblico

1Al Director. Del siervo del Señor, David, que dirigió al Señor las palabras de esta canción, cuando el Señor lo libró de todos sus enemigos y de las manos de Saúl. Dijo:
2Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
3Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
4Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
5Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
6me envolvían las redes del abismo;
me alcanzaban los lazos de la muerte.
7En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.
8Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
9de su nariz se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz,
y lanzaba carbones ardiendo.
10Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies.
11Volaba a caballo de un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
12envuelto en un manto de oscuridad;
como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
13al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas.
14Y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
15disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.
16El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste un bramido,
con tu nariz resoplando de cólera.
17Desde el cielo alargó la mano y me agarró,
me sacó de las aguas caudalosas,
18me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.
19Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
20me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.
21El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
22porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
23porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;
24le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
25el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.
26Con el fiel, tú eres fiel;
con el íntegro, tú eres íntegro;
27con el sincero, tú eres sincero;
con el astuto, tú eres sagaz.
28Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.
29Señor, tú eres mi lámpara;
Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.
30Fiado en ti, me meto en la refriega,
fiado en mi Dios, asalto la muralla.
31Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.
32¿Quién es Dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
33Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto;
34él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
35él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.
36Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
37Ensanchaste el camino a mis pasos,
y no flaquearon mis tobillos.
38Yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo,
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
39los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.
40Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían.
41Hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.
42Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
43Los reduje a polvo que arrebataba el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.
44Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo:
45me escuchaban y me adulaban,
los extranjeros buscaban mi favor.
46La gente extraña palidecía
y salía temblando de sus baluartes.
47Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
48el Dios que me dio el desquite
y me sometió los pueblos;
49que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.
50Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
51Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu ungido,
de David y su linaje por siempre (Salmo 18).

Lectio

El v. 1 de este salmo pone esta oración en labios del rey David en una situación muy concreta, cuando es liberado de sus enemigos, especialmente del rey Saúl, que pretendía darle muerte. En esta ocasión, la indicación histórica que introduce el Salmo 18 está refrendada por la inserción de esta misma oración en el libro segundo de Samuel (2Sm 22), después de haber vencido a sus enemigos, incluido su hijo Absalón.

Enseguida compruebo que, por primera vez, tengo delante un salmo bastante largo, lo que hace que mi lectura y mi oración tenga que ser más paciente y más prolongada. A pesar de los diversos elementos que me encuentro en el salmo, el conjunto es una acción de gracias a Dios que realiza el rey, probablemente en el templo. Debo recordar que un salmo que, como éste, tiene un origen tan concreto, puede ser utilizado a lo largo del tiempo, por diversos reyes en diversas situaciones y tanto por el pueblo como por personas concretas distintas al rey. Después de la impresionante alabanza de los vv. 2-3, aparece un primer relato de la salvación realizada por Dios (vv. 4-20), que es el motivo de la acción de gracias. No he de olvidar que la narración de la salvación recibida es un elemento constitutivo de los salmos de acción de gracias, como ya pude comprobar al hacer la lectio con el Salmo 9. A continuación, a modo de intermedio, el salmo se detiene a responder a un interrogante: ¿por qué ha realizado Dios este acto de salvación? (vv. 21-28); y a reflexionar sobre el poder salvador de Dios, especialmente para el salmista (vv. 29-35). Aparece después una nueva narración de la salvación de Dios (vv. 36-49). Los dos últimos versículos resumen la acción de gracias por la victoria del rey (vv. 50-51).

Resulta provechoso aplicar esta estructura fundamental de los salmos de acción de gracias a nuestra oración y a nuestra vida espiritual: la acción de gracias debe surgir de la contemplación de la acción de Dios en nuestra vida y debemos mantener la memoria de los dones salvíficos de Dios para vivir en acción de gracias.

[vv. 2-3] Puede parecer normal la declaración de amor con la que el salmista comienza su himno de acción de gracias: «Yo te amo, Señor». Pero, cuando el Sal 116,1 dice «amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante» o el libro del Deuteronomio manda el amor al Señor diciendo «amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón» (Dt 6,5), utiliza un verbo muy diferente. Lo peculiar de esta primera expresión de la acción de gracias del Salmo 18 es que emplea el término propio del amor de Dios que nace de sus entrañas; por lo tanto, un amor cálido, intenso y emotivo, que en principio sólo se usa para expresar el amor de Dios hacia nosotros.

Algunos comentaristas prefieren pensar que se trata de un error en la trasmisión textual que habría que corregir por «ensalzaré», una palabra más adecuada al contexto. Además de que este «yo te amo» nos abre a la posibilidad de un amor entrañable y emotivo hacia Dios, no deja de ser sugerente que podamos amar a Dios con un amor semejante al que Dios nos tiene, un amor que él nos da para que lo amemos.

A continuación, el salmo me ofrece una impresionante lista de metáforas de marcado origen militar y guerrero que expresan, en una larga serie de títulos, a modo de himno, lo que es Dios para el rey orante… y lo que debe ser también para mí: la seguridad frente al enemigo. Las imágenes de fortaleza, alcázar y baluarte, que son los lugares donde se encontraba amparo seguro ante los ataques de los enemigos, se complementan con otras similares como roca, peña y refugio, lugares altos donde es fácil encontrar seguridad frente a los que me atacan. De forma más activa, el salmista describe a Dios como el que me libera y me salva con su fuerza, como el escudo que me protege de las armas de los adversarios. Cada uno de estos elementos lleva el posesivo «mío» que establece un fuerte vínculo personal entre el Dios salvador y el rey orante. Todo eso que es Dios para el salmista es la causa de que lo ame de modo tan entrañable.

Todo eso que es Dios para el orante lo puede ser Dios para mí, lo quiere ser Dios para mí, lo ha sido Dios para mí, es lo que tengo que buscar en él.

[v. 4] Este versículo puede considerarse un buen resumen de lo que le ha sucedido al rey y de lo que motiva su acción de gracias: invocó al Señor y quedó libre de los enemigos. Se trata de una convicción que recorre todo el Salterio:

El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias (Sal 34,7).

Dios me escuchó,
y atendió a mi voz suplicante (Sal 66,19).

Es lo que va a desarrollar esta oración de acción de gracias en la narración de la liberación que va a realizar en los vv. siguientes. La respuesta salvadora de Dios a la petición del orante es lo que hace que Yahweh sea «el Señor de mi alabanza». El orante va a repetir el resumen de esta experiencia, ampliándola con algunos detalles, en el v. 7.

[vv. 5-7] El rey describe primero el peligro del que Dios le libra con imágenes de la naturaleza: olas mortales y torrentes destructores, una avalancha de agua a la que un ser humano no puede resistir. Seguramente se trata de un modo de describir a un terrible enemigo.

Enseguida es directamente la muerte y el abismo -el lugar de los muertos-, sin intermediarios, lo que intenta atrapar al rey orante en sus lazos y redes. Parece imposible librarse de estos enemigos.

En esa situación, humanamente desesperada, es cuando el salmista se dirige a Dios a gritos, clamando por su salvación. Dios que habita en el templo de Jerusalén lo escucha. Y para el orante creyente basta saber que Dios lo escucha para confiar en que Dios lo salvará.

Lógicamente, este salmo no es sólo para orar con él en la situación concreta de una inundación o un peligro inminente de muerte. La oración me ofrece situaciones prototípicas con las que yo después puedo identificar lo que me pone a mí en peligro: la enfermedad, la persecución, la tentación, mis propios pecados… A lo que me mueve la Palabra de Dios por medio de este salmo es a orar con confianza, a clamarle con todas mis fuerzas, porque Dios escucha y salva. Ésa es la experiencia del salmista que infunde en mí la esperanza y me lleva a hacer mía su oración.

[vv. 8-16] La respuesta de Dios es una verdadera teofanía en la que Dios se manifiesta con todo su poder por medio del terremoto y de la tormenta. El terremoto hace temblar las montañas desde sus cimientos; es tan fuerte que hasta pudieron verse los cimientos en los que se apoya la tierra. Al terremoto parece acompañarle un volcán del que sale humo, fuego y carbones ardiendo. La tormenta es magnífica con intenso aguacero, granizo, rayos y truenos. Ante este despliegue de elementos de la naturaleza no puedo dejar de recordar los efectos visibles de la gran teofanía de Dios ante Moisés en el monte Sinaí.

Al tercer día, al amanecer, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre la montaña; se oía un fuerte sonido de trompeta y toda la gente que estaba en el campamento se echó a temblar. Moisés sacó al pueblo del campamento, al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie de la montaña. La montaña del Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre ella en medio de fuego. Su humo se elevaba como el de un horno y toda la montaña temblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno (Ex 19,16-19).

Pero no se trata de simples fenómenos naturales, la humareda sale de la nariz de Dios, el fuego de su boca; es Dios el que lanza carbones ardiendo y los rayos son las saetas que él dispara; los truenos son la voz de Dios, y él mismo se hace presente descendiendo a lomos de un querubín. Es Dios mismo el que actúa y lo hace en respuesta a la oración del rey perseguido. Si los enemigos eran poderosos, mucho más lo es el Dios que escucha desde el templo y se hace presente en la tormenta.

La acción de Dios se describe con antropomorfismos que incomodan al hombre moderno: los oídos de Dios a los que llega la plegaria, la nariz de la que sale una humareda, la boca que lanza un fuego terrible… Ciertamente Dios es inmaterial, no tiene un cuerpo como el nuestro; pero, por otro lado, se necesitan metáforas para hablar de Dios y debo ser capaz de captar el contenido que tienen esas expresiones: Dios actúa de forma eficaz, despliega su poder para realizar la salvación.

[vv. 17-20] Tras la teofanía aparece la salvación directa y personal que Dios realiza con el rey orante: con su mano poderosa lo saca de las aguas amenazantes que se mencionaban en el v. 5, aguas que son el paradigma del peligro mortal y de los poderosos enemigos. Con esta imagen de las aguas, los orantes que usaron el salmo a través de los siglos podían identificar todo tipo de peligros que superaban sus fuerzas, pero no superan el poder de Dios, porque él libra de enemigos poderosos. La angustia de verse cercado por las aguas se convierte en seguridad cuando Dios coloca al salmista en un lugar espacioso, con un apoyo firme que es el mismo Dios, el que por algo es invocado al principio del salmo como roca, peña y refugio del orante (cf. v. 3).

Merece especial atención el final del v. 20, que proclama la motivación de esta tremenda teofanía con la que Dios quiere salvar al que está en peligro y ha acudido a él: el amor, y un amor personal. De alguna manera se cierra el circulo del amor que comienza con la sorprendente declaración de amor entrañable por parte del salmista (v. 2), que encuentra aquí su razón: el amor de Dios que le ha movido a sacarlo del peligro con una grandiosa manifestación de su poder. Lógicamente, el amor de Dios es el primero; y la acción de gracias reconoce ese amor divino y se convierte en amor que sale de las entrañas del salmista, ya salvado.

[vv. 21-25] La narración en la que se basa la acción de gracias parece interrumpirse para dar respuesta a una pregunta que se le puede hacer al salmista o que se hace a sí mismo: «¿Por qué le ha salvado Dios?». La respuesta se podría resumir en una sola palabra, porque el rey orante es «justo», lo que conlleva que sigue los mandatos del Señor (sus caminos), tiene unas manos puras, limpias de pecado, es fiel a Dios sin rebeldía alguna. Es significativo que no es la condición real, sino la justicia lo que atrae el favor de Dios al orante. Podría encontrar aquí, como en otros salmos (Sal 7;17), un cierto regusto fariseo que me hace ponerme en guardia como si estuviera ante el orgulloso fariseo orante de la parábola (Lc 18,9-14). Para no proyectar en estas palabras del salmista una actitud farisaica debo pensar más bien en que el «justo» orante es consciente de lo que supone la alianza de Dios con su pueblo, en la que el Señor se compromete a cuidar y salvar a los que aceptan la parte de ese pacto, que se expresa en los mandamientos entregados a Moisés:

Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones. Pero castiga en su propia persona a quien lo odia, acabando con él. No se hace esperar; a quien lo odia, lo castiga en su propia persona. Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que cumplas. Si escucháis estos decretos, los observáis y los cumplís, el Señor, tu Dios, te mantendrá la alianza y el favor que juró a tus padres. Y te amará, te bendecirá y te multiplicará (Dt 7,9-13; cf. Ex 19,5; 34,10-11).

Es la elección gratuita de Dios hecha a Abrahán la que lleva a salvar de forma también gratuita a los israelitas esclavos en Egipto. Dios propone un pacto a los que ha salvado, de forma que los que sean fieles a él gozarán de la protección de Dios y los rebeldes se quedarán sin ella, se convertirán en los enemigos de Dios y de los orantes de los salmos.

Del mismo modo, las bienaventuranzas no hablan de los privilegiados de un nuevo fariseísmo, sino que nos indican las personas sobre las que recae la benevolencia y la bendición de Dios: él hace felices, en este mundo y en la eternidad, a los pobres, los que lloran, los que tienen hambre de ser justos… No se trata de que tengamos que comprar la bienaventuranza con actos, sino de reconocer que gozan de la bienaventuranza los que, por su situación vital, sintonizan con las preferencias del corazón de Dios, que son a la vez los que se ponen al lado del Pobre, del que llora, del Misericordioso, que es Jesucristo. El que se sitúa fuera de ese ámbito hace surgir del corazón de Cristo los «ayes» por aquellos que tendrán que conformarse con la poca felicidad que puedan conseguir en este mundo (cf. Lc 6,24-26).

En cualquier caso, no debo introducir en la idea de «justicia» que proclama el salmista el elemento de falsedad hipócrita que puede caracterizar a la actitud farisaica. El Señor salva al rey orante porque su justicia es sincera. Enseguida veremos que el rey no se apoya sólo en esa justicia, sino en el amor de Dios que ha manifestado en el v. 20 y en formar parte de los que atraen su amor (cf. v. 28).

[vv. 26-28] En estos tres vv. el salmista propone como norma lo que ha experimentado en la salvación recibida; si el Señor ha escuchado su oración y lo ha salvado porque es justo -con todo lo que eso conlleva- puede generalizar esta reacción de Dios diciendo que el Señor responde con fidelidad al fiel. Evidentemente la fidelidad del ser humano se da en la debilidad y en la falibilidad, en lo pequeño que él puede cumplir, aunque con mucho esfuerzo. La fidelidad de Dios, sin embargo, es eterna (Sal 100,5) llega hasta las nubes (Sal 36,6), e impulsa a Dios a actuar con su poder: «Por tu fidelidad, dispersa a mis enemigos, destruye a todos mis agresores, pues soy tu siervo» (Sal 143,12). Del mismo modo, la integridad y la sinceridad del ser humano se encuentran con la integridad y la sinceridad de Dios que, lógicamente, son infinitamente mayores que las del junto y enormemente beneficiosas para él. De nuevo no se trata de comprar farisaicamente la fidelidad de Dios con algunos actos, sino sintonizar con lo que Dios es, para que pueda actuar en favor de los que entran en su esfera de comportamiento.

Los enemigos, que suelen serlo a la vez de Dios y del orante que sintoniza con Dios, son astutos, les falta la sinceridad y la buena intención del justo, por lo que Dios actúa con ellos de la misma manera. Se trata de una nueva concreción de la alianza en la que el comportamiento de Dios está en correspondencia con la fidelidad o infidelidad al pacto con el que el pueblo se ha comprometido.

Esa misma relación se da en la Nueva Alianza, pero respecto del amor y del perdón. El que ama es el que puede recibir el amor del Dios-amor: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él […]. El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras» (Jn 14,21.23-24); «Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1Jn 4,7-8). El que perdona es el que puede recibir el perdón del Dios-misericordia: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15); «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7).

Esta lógica de la correspondencia de Dios con las actitudes del hombre se ve interrumpida con la inversión de la situación que realizará Dios ensalzando a los humildes y humillando a los soberbios. La palabra hebrea que define al pueblo como «afligido» tiene unas resonancias especiales, que no se refieren sólo a la situación de desamparo o sufrimiento, sino también a la actitud de humildad, confianza y abandono ante Dios, por lo que se podría afirmar del mismo modo que Dios salva a al pueblo «humilde».

Esta humildad que va más allá de la situación externa de aflicción aparece en otros salmos: el Señor se levanta a salvar cuando ve la opresión del humilde (Sal 12,6); el afligido (humilde y pobre) invoca al Señor, y él lo salva (Sal 34,7); Dios se cuida del pobre y desgraciado (Sal 40,18). El Mesías salvador viene precisamente a regir a los humildes con rectitud, a hacer justicia a los humildes del pueblo (Sal 72,2.4). Los humildes son los desvalidos que buscan refugio en el Señor y se identifican con el resto fiel de Israel: «Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor» (So 3,12); e incluso el Mesías prometido será pobre y humilde: «¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna» (Zac 9,9).

Al tener esto en cuenta no puede pasar desapercibido que la misma Virgen proclama esta inversión de valores (Lc 1,52-53), la misma que aparece en las bienaventuranzas (Lc 6,20-26). María, José, Isabel, Simeón, Ana… constituyen el pueblo humilde, el resto fiel que recibe al Mesías; y el mismo Jesús, que se define como manso y humilde de corazón (Mt 11,29), aparecerá como el Mesías humilde montado en un borrico cuando va a abrazar la pasión (Mt 21,1-10).

Es necesario que comprenda que este rey que se define como «justo», se identifica a la vez con el pueblo pobre y humilde, que en su aflicción recurre al Señor y confía en él, porque no tiene otro refugio. Esta conciencia de la pobreza, que se compone de desvalimiento, confianza y súplica, compensa el regusto farisaico que puede dejar la afirmación de que es «justo» y «fiel». Al final, es la compasión por el humilde y el pobre lo que mueve el corazón de Dios, lo que, en definitiva, hace que lo ame y lo salve.

[vv. 29-35] En estos vv. se mezcla lo que es Dios para el orante (vv. 29-30.33-35), que encaja con la salvación que Dios ha realizado con él, y lo que es Dios en sí mismo y su forma de actuar (vv. 31-32).

Si los primeros vv. del salmo describen lo que es Dios para el salmista (mi roca, mi alcázar, mi libertador…), ahora la protección salvadora de Dios se manifiesta con lo que Dios hace por el orante: lo ilumina, le enseña un camino perfecto; especialmente lo prepara para el combate contra el enemigo: le ciñe de valor, lo adiestra, fortalece sus manos y sus pies.

Es interesante que descubra en esta parte del salmo que la salvación de Dios no sólo consiste en que él se manifieste de forma extraordinaria y baje del cielo para sacarme del torrente que amenaza con arrastrarme, sino que me da los instrumentos necesarios y me capacita para que yo mismo luche contra los enemigos.

De nuevo debo tener cuidado en no pensar que la ayuda de Dios se limita a estos medios para estas luchas, sino que puedo y debo aplicarla a todo lo que Dios hace por mí para fortalecerme en cualquier necesidad y ante cualquier lucha, sin olvidar el principal enemigo del creyente que es el demonio: «Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos» (Ef 6,11-18).

El resultado de esta verdadera capacitación de Dios para el combate, poder contar además con su ayuda y con sus mismas armas, es una confianza inquebrantable en Dios, que me conduce a la lucha. El salmista no se queda parado esperando la ayuda de Dios, sino que, consciente de cómo lo ha fortalecido el Señor, se lanza valientemente a la batalla. No en vano Dios mismo le ha infundido valentía.

En medio de toda esa acción de Dios, que induce a la valentía del rey orante, aparecen varias afirmaciones que aplican en general lo mismo que experimenta el salmista: Dios es escudo, no sólo para el rey, sino para todos los que se acogen a él; Dios es la única roca en la que refugiarse y encontrar seguridad, porque no hay otro Dios que pueda salvar (cf. Is 43,11); su promesa es firme y fiel, no tiene defecto alguno; el camino que indica su voluntad es perfecto y, por lo tanto, es un camino ancho para todo el que lo siga.

[vv. 36-46] De nuevo este largo y complejo salmo vuelve al elemento esencial de la acción de gracias, la narración de la salvación. En este caso no se trata de la extraordinaria acción de Dios en medio de su epifanía en medio de la tormenta y el terremoto (vv. 8-17), sino la narración del combate en el que el rey, con la ayuda de Dios, vence a los enemigos. Ahora el salmo resalta la victoria del rey y no tanto la magnitud de los enemigos. El rey orante venció plenamente a sus enemigos, de modo que no pueden escaparse; aunque huyan, puede eliminarlos completa­mente, de modo que ya no pueden rehacerse; han quedado reducidos a polvo que se lleva el viento o barro que pisotea la gente. De hecho, la aplastante victoria contra el enemigo causa pánico en las otras naciones que se rinden; saliendo de sus fortalezas, se someten al rey victorioso y se convierten en vasallos suyos. En estos vv. queda claro que el enemigo era un pueblo extranjero, que como es obvio es también un pueblo pagano, como todos los que rodeaban a Israel. Por eso, aunque ellos invoquen al Señor pidiendo auxilio, Dios no les responde ni los salva; al contrario de lo que hace con el orante que es justo y fiel.

Como ya anticipaban los vv. anteriores, esta victoria no es fruto de la fortaleza del rey, sino de la ayuda que ha recibido de Dios. De hecho, el Señor le dejó su propio escudo, lo ciñó para la lucha, lo sostuvo, lo cuidó con esmero. En definitiva, es Dios el que lo ha librado en la batalla, y lo ha hecho cabeza de las naciones enemigas que se convierten en vasallos del rey.

[vv. 47-49] De nuevo, como en los vv. 2-3, el salmo toma el estilo de un himno de alabanza.Consciente de que la victoria es de Dios, surgen del salmista los vítores, la bendición y la alabanza al Dios que es, como se ha ido explicando a lo largo del salmo, Roca y Salvador.

El libro del Apocalipsis recoge una afirmación parecida, pero referida a la victoria final y definitiva de Dios sobre el gran enemigo que es el demonio, cuyos aliados son el pecado y la muerte: «Y gritan con voz potente: “¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!”. Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo: “Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén”» (Ap 7,10-12). «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!» (1Co 15,54-57).

Los vv. 48-49 resumen la acción salvadora de Dios que se ha narrado como epifanía en los vv. 4-20 y como combate en los vv. 36-49

[vv. 50-51] En los últimos versos del salmo aparece explícitamente la acción de gracias que surge del que conoce y reconoce la salvación de Dios. Ese sencillo «por eso» hace referencia a todo lo que el salmista ha ido describiendo con metáforas, manifestaciones espectaculares, salvación desde el cielo, preparación para el combate… La acción de gracias se acompaña, como es normal, con la música. No debe olvidarse que la mayoría de los salmos, por no decir todos, se acompañan con la música y son, a la vez, oraciones y cantos.

El último versículo hace referencia de nuevo a la situación que anunciaba el título del salmo en el v. 1: la victoria del rey David sobre sus enemigos. Debo recordar que es con este rey con el que el pueblo de Israel tuvo su máxima expansión, al derrotar a los pueblos enemigos que le rodeaban.

Pero esa victoria no es fruto de los méritos, sino de la misericordia de Dios, como ya apuntaba el salmo al afirmar que el Señor salva al pueblo humilde, que libró al orante porque lo amaba. Es necesario que yo tenga muy en cuenta que la protección salvadora de Dios no es sólo para David, sino para su descendencia, sin fin. El mismo salmo se abre así al futuro, a un Ungido de Dios, el Mesías, que realizará la gran victoria de Dios… pero de un modo bien distinto.

Jesús se presenta a sí mismo como el ungido por el Espíritu Santo, anunciado por Isaías, para dar libertad a los oprimidos (Lc 4,17-21). Él es el ungido por Dios para derrotar al diablo: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38).

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Es fácil que la repetición de un salmo tan amplio y variado como éste me ofrezca muy diversas posibilidades para la repetición propia de la lectio.

Bastarían las primeras palabras de la oración para centrarme en ellas y repetirlas con toda la fuerza afectiva que contienen: «Yo te amo, Señor».

La larga lista de títulos divinos que acopia el salmista, también me pueden servir tanto para expresar alabanza o confianza, como para acudir a ellas en momentos de dificultad o peligro: «Tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador, mi peña, mi refugio, mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte». Lo mismo puedo hacer con lo que el salmo me ofrece más adelante: «Señor, tú eres mi lámpara; Dios mío, tú alumbras mis tinieblas».

Puedo realizar también, por medio de la repetición, la profesión de fe y confianza en que el Señor escucha mi oración: «Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos»; «en el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios: desde su templo él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos».

Cualquiera de las expresiones de la fortaleza de los enemigos del salmista me puede servir para repetirlas ante el Señor y presentarle así las situaciones dolorosas y complicadas de las que me ha salvado: «Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo; me alcanzaban los lazos de la muerte». Es posible que recordar de este modo las situaciones conflictivas me mueva a una acción de gracias como la del rey-salmista que ha experimentado que Dios es más fuerte que cualquier enemigo: «Me libró de un enemigo poderoso, de adversarios más fuertes que yo».

Podría concentrarme simplemente en la repetición de estas palabras que resumen perfectamente la experiencia del salmista y deberían encontrar fácilmente un paralelo en mi propia experiencia: «El Señor me libró porque me amaba». Nada me impide que ahora una esta afirmación a las primeras palabras del salmo, usándolas respuesta a ese amor salvador de Dios: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza».

Quizá me resulte difícil aplicarme los vv. que hablan de la fidelidad del rey que fundamentan la salvación de Dios; pero sí puedo ir repitiendo la forma de actuar de Dios que enseña el salmo para aplicarla a mi vida pasada o tenerla presente para mi futuro: «Con el fiel, tú eres fiel; con el íntegro, tú eres íntegro; con el sincero, tú eres sincero; con el astuto, tú eres sagaz». Especialmente puedo meditar por medio de la simple repetición lo que hace el Señor con el pueblo humilde de todos los tiempos: «Tú salvas al pueblo afligido», descubriendo así lo que atrae el corazón de Dios, la motivación esencial que le impulsa a salvar.

Unas palabras que puedo hacer mías y guardar en la memoria para cuando me hagan falta son las que expresan una confianza que lleva a la acción, a lanzarme más allá de mis fuerzas y de mis cálculos, porque la experiencia de la salvación me impulsa a enfrentarme a cualquier enemigo: «Fiado en ti, me meto en la refriega, fiado en mi Dios, asalto la muralla». Si soy capaz de tener este arrojo ante las dificultades, es porque soy consciente de lo que Dios hace en mí (o lo que ha hecho o lo que puede hacer si yo le dejo): «Él adiestra mis manos para la guerra, y mis brazos para tensar la ballesta»; «me ceñiste de valor para la lucha».

La derrota del enemigo que expresa el salmo la puedo aplicar no sólo a situaciones que me intentan apartar de Dios, sino también a mí mismo, a mis pasiones y al gran enemigo que me quiere apartar de Dios, el demonio: «Los derroté, y no pudieron rehacerse».

La conclusión de la acción de gracias está a mi disposición para hacerla mía según lo que yo también he experimentado: «Viva el Señor, que me libró de mis enemigos»; «te daré gracias entre las naciones, Señor, y tañeré en honor de tu nombre».

Nada me impide mirar directamente al Mesías-Rey y contemplando su pasión, muerte y resurrección decir al Padre: «Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu ungido».

Estas sugerencias no pueden agotar lo que el Espíritu Santo pueda señalarme en este salmo para que yo lo haga mío, lo aplique a mi vida o sirva para que Dios me ilumine y me mueva.

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El mismo salmo me da pie a que pase del rey orante del Antiguo Testamento, cuyo prototipo es David, al hijo de David (Mt 1,1; 21,9), al Mesías (Mc 8,29; 14,61) y Rey (Jn 18,37), al que Dios le ha dado la victoria (Rm 1,4; Ap 3,21; 5,5).

Lo que aporta el Nuevo Testamento al salmo es la novedad de la victoria de este Rey y cómo la obtiene: por medio de la muerte y muerte de cruz (Flp 2,8-11), por el amor que llega hasta el extremo (Jn 13,1), por el perdón a los pecadores -a mí mismo- obtenido en la cruz (Mt 26,28; Lc 23,34; 1Co 15,3).

En la plenitud de los tiempos, Dios no bajó del cielo para salvarnos rodeado de rayos y truenos o cabalgando en un querubín, sino niño recién nacido, recostado en un pesebre (Lc 2,7).

Este Rey-Mesías rescata, pero no del torrente para llevarme a una roca firme: «Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su Amor» (Col 1,13). Me ofrece un refugio, pero que no es ninguna fortaleza, sino él mismo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).

Él me libra de mi verdadero enemigo, el diablo (Ef 6,11-12; 1Pe 5,8), y me ayuda a vencer a mis enemigos con el perdón (Mt 5,44; cf. Rm 12,20-21).

Me garantiza la victoria, pero gracias a su ayuda, que no es militar, sino «en virtud de la sangre del Cordero» (Ap 12,11), y por el mismo camino que el suyo: «Si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él» (2Tm 2,11-12; cf. Mc 8,34).

Contando con él puedo enfrentar cualquier lucha: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), sabiendo que es ahora la fe en él la que me obtiene la victoria: «Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe» (1Jn 5,4).

Debo emplear este salmo para dar gracias, pero consciente de que mi acción de gracias es ahora por la victoria de Cristo: «Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1Co 15,57); «doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo» (2Co 2,14).

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Alcanzar la contemplación silenciosa a través de la lectio es siempre un don gratuito e imprevisible, pero Dios podría llevarme a ella a través de la experiencia de saberme salvado por él porque me ama, de experimentar ese amor entrañable hacia él; o si el quiere hacerme pasar de llamarlo refugio mío a refugiarme realmente en él…, o por medio de las palabras del salmo con las que él quiera llevarme al encuentro directo con él.

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.