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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

El combate de los bastones (Ex 7,8-13)

Texto bíblico

8 El Señor dijo a Moisés y a Aarón: 9 «Cuando os diga el faraón que hagáis algún prodigio, le dirás a Aarón: “Toma tu bastón y tíralo delante del faraón, y se convertirá en una serpiente”». 10 Moisés y Aarón se presentaron al faraón e hicieron lo que el Señor les había mandado. Aarón tiró el bastón delante del faraón y sus ministros, y se convirtió en una serpiente. 11 El faraón llamó a sus sabios y hechiceros, y los magos de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos: 12 cada uno tiró su bastón, y se convirtieron en serpientes; pero el bastón de Aarón se tragó los otros bastones. 13 Sin embargo, el corazón del faraón se endureció y no les hizo caso, como había anunciado el Señor (Ex 7,8-13).

Lectio

Hasta aquí hemos contemplado a Moisés, que vuelve a Egipto y se presenta ante el faraón, que rechaza la propuesta de dejar salir a los hebreos, hecha en nombre de Dios (Ex 5,1-5). Esta segunda entrevista con el faraón es el preámbulo de las plagas que realizan Moisés y Aarón en nombre de Dios para que el faraón permita que su pueblo salga de Egipto.

[Ex 7,8-10] Tras la negativa del faraón Moisés y Aarón realizan el primer signo que les había ofrecido Dios para intentar convencer al faraón (cf. Ex 4,1-5): lanzan el bastón que se convierte en una serpiente.

[Ex 7,11-13] Detrás de estas plagas hay un verdadero combate entre el poder de Dios y los supuestos poderes de los dioses de Egipto, que se expresan por sus respectivas mediaciones: Dios por medio de Moisés y Aarón, los dioses de Egipto por medio de los magos. Los magos realizan los mismos signos que se hacen en nombre de Dios. En consecuencia, el faraón, que no cree en el Dios de los hebreos y se ratifica en su decisión de no dejarles marchar.

Puede extrañarnos la existencia de magos en Egipto, como narran estos pasajes del Éxodo (Ex 7,11.22; 8,3.14-15; 9,11). La magia era una práctica muy extendida entre las castas sacerdotales de Egipto. A veces se trataba de superchería engañosa, como los ilusionistas de nuestro tiempo, que se servían de esos trucos para conseguir sus propósitos:

Aún hoy día por las plazas de Oriente se pueden ver exhibiciones de esta índole. También los actuales magos egipcios convierten cayados en serpientes. Para ello, a veces oprimen determinada parte del cuello de una serpiente real, que de esta manera queda rígida y estirada como un cayado; pero, al ser arrojada al suelo y quedar libre de la presión, toma su forma y movimientos naturales. Otras veces el ejecutante, distrayendo de sus movimientos la atención de los espectadores, sustituye los cayados por las serpientes (E. Power).

Pero no hay que descartar que haya un recurso al poder del demonio, como veremos más adelante.

Los Santos Padres ven en este bastón de Moisés a Jesucristo, que es echado al suelo y se convierte en serpiente, que es la madre del pecado (cf. Gn 3,1-5.14-15), pero el Señor se va a identificar con la serpiente de otro modo:

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre (Jn 3,13-14).

Ser lanzado a tierra representa, según ellos, la Encarnación, en la que el Verbo toma carne de pecado (cf. Rm 8,3; 2Co 5,21; Heb 2,14-18), en ese sentido se hace como una serpiente, asume nuestro pecado tomando carne una pecadora como la nuestra y así vence el pecado. De este modo esta escena representa el combate y la victoria de Cristo contra el pecado.

El hecho de que Aarón tome de nuevo el bastón representa para ellos la ascensión del Señor que retorna al Cielo.

También los magos hacen lo mismo con sus bastones, que se convierten en serpientes. Pero la serpiente del bastón de Moisés devora a las otras. Así se representa la victoria del poder de Dios sobre los representantes de los falsos dioses de Egipto.

También puede verse en la madera del bastón el anticipo del madero de la cruz por medio del cual Dios realiza la liberación definitiva de su pueblo.

No debe sorprendernos que a lo largo de la historia y de diversas maneras el poder del mundo y el poder del demonio imiten el poder de Dios e intenten aparecer como más fuertes que Dios, como, por ejemplo, hacen las ideologías totalitarias de todo tipo, que intentan constituirse como verdaderas religiones y eliminar el reinado de Dios. Esta victoria del bastón de Moisés tiene que fortalecer nuestra esperanza de la victoria final del poder de Dios frente al mal del mundo y al príncipe de este mundo realizada ya en la Cruz y que espera su cumplimiento final en la Parusías; pero también tiene que fortalecer nuestra esperanza en la victoria de Dios por medio de sus mediaciones en nuestra propia vida de esclavitud al pecado.

Primera plaga: el agua del Nilo (Ex 7,14-25)

Texto bíblico

14 El Señor dijo a Moisés: «El corazón del faraón se ha obstinado; se niega a dejar marchar al pueblo. 15 Preséntate al faraón por la mañana, cuando salga al río, y espéralo a la orilla del Nilo, llevando en tu mano el bastón que se convirtió en serpiente. 16 Dile: “El Señor, el Dios de los hebreos, me ha enviado a ti con este encargo: Deja salir a mi pueblo, para que me rinda culto en el desierto; pero hasta ahora no has hecho caso. 17 Así dice el Señor: “En esto conocerás que yo soy el Señor: con el bastón que llevo en la mano golpearé el agua del Nilo y se convertirá en sangre. 18 Los peces del Nilo morirán, el río apestará y los egipcios no podrán beber el agua del Nilo”».

19 El Señor dijo a Moisés: «Dile a Aarón: Toma tu bastón y extiende la mano sobre las aguas de Egipto: sobre sus ríos, canales, estanques y aljibes, y el agua se convertirá en sangre. Y habrá sangre por todo Egipto: en las vasijas de madera y en las de piedra». 20 Moisés y Aarón hicieron lo que el Señor les había mandado. Levantó el bastón y golpeó el agua del Nilo a la vista del faraón y de su corte. Toda el agua del Nilo se convirtió en sangre. 21 Los peces del Nilo murieron, el río apestaba y los egipcios no podían beber agua del Nilo. Y hubo sangre por toda la tierra de Egipto.

22 Los magos de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos, de modo que el corazón del faraón se obstinó y no les hizo caso, como había anunciado el Señor. 23 El faraón se volvió y entró en su palacio, sin tomar en serio la cosa. 24 Los egipcios cavaban a los lados del Nilo buscando agua de beber, pues no podían beber el agua del Nilo. 25 Y se cumplieron siete días desde que el Señor mandó golpear el Nilo (Ex 7,14-25).

Lectio

Las plagas

En este contexto de esclavitud intolerable del pueblo de Dios y de obstinación del faraón, que no les deja marchar y no acepta el signo del bastón, es en el que aparecen las plagas que Dios envía sobre Egipto por medio de Moisés y de Aarón.

Las plagas son importantes porque presentan, con las mismas acciones, el poder de Dios respecto a Egipto y el amor de Dios respecto a Israel. A unos -los egipcios- les dice «soy poderoso y debéis obedecerme»; y a otros -los israelitas- «no os preocupéis, yo estoy aquí y tengo poder para salvaros».

Debemos descubrir que son las mismas acciones de Dios, también en Jesucristo, las que suponen para unos salvación y para otros condenación, y lo que para unos supone un ataque para otros es una verdadera gracia salvadora. La misericordia de Jesús supone para los pecadores evangelio de salvación y escándalo para los fariseos. La luz que es Cristo, que viene a iluminar y salvar se convierte para los que no quieren que salga a la luz su pecado en denuncia y juicio de condenación (cf. Jn 3,16-21). La expulsión de los demonios que es signo de la victoria de Jesucristo sobre el príncipe de este mundo se convierte para los enemigos de Jesús en ocasión para afirmar que está endemoniado (Mc 12,22-24). Hemos de tener cuidado, porque es nuestra actitud la que convierte las mismas acciones salvadoras y amorosas de Dios en causa de condenación y castigo para los que se cierran a la gracia.

Aunque, como hemos dicho, las plagas se presentan como una lucha entre el poder de Dios y el poder de los dioses de Egipto, los magos de Egipto sólo podrán imitar las dos primeras plagas, y quedan impotentes frente las demás (Ex 8,14-15).

Respecto de la magia que se enfrenta a las plagas, el libro de la Sabiduría, el último escrito del Antiguo Testamento, del siglo I a.C., escrito por un judío que vive en Alejandría, que conoce perfectamente el país de los egipcios, dice así:

Los trucos de la magia habían fracasado y su alarde de sabiduría quedó en ridículo (Sab 17,7).

Aunque la magia los había hecho desconfiar de todo, ante la muerte de los primogénitos reconocieron que este pueblo era hijo de Dios (Sab 18,13).

Los magos fracasan ante el poder de Dios. Y, especialmente, la muerte de los primogénitos hace que el poder de la magia se hunda definitivamente.

El objetivo de las plagas no es tanto hacer sufrir a los egipcios como mostrar el poder de Dios para convencer al faraón de que deje salir a su pueblo y liberarlo de la esclavitud.

Sería un error pensar que la elección de Israel como pueblo elegido, como hijo predilecto de Dios, supone el rechazo de Egipto y la intención de destruirlo. Los «castigos» de Dios tienen siempre una intención salvadora también para los que los reciben. Así presenta Jesús sus duras invectivas contra los fariseos: «Si digo esto es para que vosotros os salvéis» (Jn 5,34). Lo mismo sucede con los terribles tormentos que aparecen en el libro del Apocalipsis: «Blasfemaron contra el nombre de Dios que tenía el poder sobre estas plagas, pero no se convirtieron dando gloria a Dios» (Ap 16,9). No podemos pensar que Dios hace algo distinto con nosotros o con los malvados.

Puede parecer que es el Señor quien endurece el corazón del faraón, pero es la forma de expresión de la Escritura que lo refiere todo directamente a Dios saltándose las causas segundas: «Se obstinó y no les hizo caso, como había anunciado el Señor» (Ex 8,11). Es el propio faraón el que, en el uso de la libertad y ante la aparente ambigüedad de algunos signos, rechaza abrirse a la acción de Dios.

Todas las plagas ‑salvo la muerte de los primogénitos‑ tienen en común que son sucesos naturales que de vez en cuando sucedían en Egipto. Pero que estén vinculadas a esos fenómenos naturales no significa que sean situaciones normales que se daban con cierta frecuencia en Egipto, porque, de ser así, no habrían ejercido ninguna influencia sobre el faraón. Es cierto que el limo del Nilo tiñe de rojo las aguas del río -aunque el autor sagrado afirma que se convierte en sangre-; que en ciertas zonas del río había plagas de ranas, mosquitos, tábanos y langosta; que el sol puede producir úlceras y la peste convertirse en epidemia; que podían padecer el granizo o una tormenta de arena que ocultaba la luz del sol. Pero estos fenómenos conocidos por los egipcios se suceden uno tras otro como mandados por Dios cuando Moisés y de Aarón los anuncian y además ellos los pueden detener a voluntad. De hecho, el faraón pide que Moisés y Aarón intercedan para que termine la plaga de las ranas y así sucede en el momento acordado con el faraón (Ex 8,4-9). Además, el fenómeno dañino, p. ej. las tinieblas, no sólo sucede en el tiempo determinado por Moisés, sino sólo donde habitan los egipcios: los tábanos (8,18), la peste (9,4), el granizo (9,26), la oscuridad (10,26). Todo esto hace que estos fenómenos naturales se conviertan en algo extraño y significativo.

Estas plagas, aunque vinculadas a fenómenos naturales más o menos frecuentes y particulares en el país de Egipto, no son, sin embargo, hechos puramente naturales: aparecen y desaparecen a la orden de Moisés, que los ha anunciado; su época, duración e intensidad no corresponden a los hechos naturales a los que se las trata de asimilar. Dios manda a las fuerzas de la naturaleza, de la que se sirve como instrumento. Sólo prodigios deslumbrantes, bien diferentes por su rapidez y gravedad de fenómenos que se repiten periódicamente en el valle del Nilo, podían impresionar al faraón y a los suyos, no menos que a los mismos israelitas, y acreditar a Moisés como el representante de un Dios temible, Yahvé […].

Es obvio que las plagas están relacionadas con fenómenos naturales que tienen lugar en Egipto entre julio y abril, ya sea regularmente cada año, ya esporádicamente a grandes intervalos… No fueron meros fenómenos naturales, pues los efectos fueron a veces completamente nuevos, y en todos los casos de una intensidad insólita. De otra manera, ni hubieran impresionado al faraón ni demostrado la omnipotencia de Yahvé. Así, pues, fueron cosa milagrosa no en sí mismos, pues no sobrepujaban las fuerzas de la naturaleza, sino en su insólita intensidad, y también porque las circunstancias de lugar y tiempo fueron providencialmente predeterminadas. No obstante, su carácter egipcio no fue una mera coincidencia. La condescendencia divina se acomoda en sus manifestaciones a las costumbres y experiencias de aquellos entre quienes obra. Esta es la razón de que se use una «vara» en la producción de las plagas, pues todo mago egipcio tenía su varita mágica A. Clamer).

Por lo tanto, las plagas tienen que ver con realidades que los egipcios conocían, como sucede también con el cayado; pero suceden de forma tan espectacular que obliga al faraón a ceder finalmente.

Las 10 plagas son las siguientes:

1. Agua convertida en sangre (Ex 7,14-25).

  • 2. Ranas (Ex 7,26-8,11).
  • 3. Mosquitos (Ex 8,12-15).
  • 4. Tábanos (Ex 8,16-28).
  • 5. Peste (Ex 9,1-7).
  • 6. Úlceras (Ex 9,8-12).
  • 7. Granizo (Ex 9,13-35).
  • 8. Langostas (Ex 10,1-20).
  • 9. Tinieblas (Ex 10,21-29).
  • 10. Muerte de los primogénitos (Ex 11,1-20.29-36).

Puede comprobarse que las plagas van en progresión de modo que obligan al faraón a tomarse cada vez más en serio la acción y la voluntad de Dios.

También en esta progresión reconocemos la pedagogía de Dios y la ausencia de la intención de destruir a los egipcios. El Señor intenta convencer al faraón con plagas menos dañinas, y sólo emplea las más fuertes ante su obstinación. La misma pedagogía emplea Dios con nosotros, por eso es muy importante no endurecernos ante el castigo saludable que intenta sacarnos del error y del pecado, porque entonces el Señor tendrá que intentar convertirnos con fracasos o sufrimientos mayores, siempre para nuestra salvación. No olvidemos que Dios, como Padre, corrige a los hijos que ama (Heb 12,4-11; Ap 3,19).

Las plagas pueden dividirse en varios grupos según la intensidad del daño que producen:

  • -Las cuatro primeras son meramente molestas, pero no suponen un daño grave: agua convertida en vino, ranas, mosquitos y tábanos.
  • -Las cuatro siguientes sí producen un grave daño tanto en los enseres como en las personas: peste, úlceras, granizo, langostas.
  • -La novena, las tinieblas, es especialmente desconcertante.
  • -La décima, la muerte de los primogénitos, es la definitiva.

Según avanzan las plagas, el faraón va cediendo en su posición e intenta llegar a un acuerdo, con el regateo típico del mundo oriental. Intenta ganar tiempo, conceder a los hebreos parte de lo que piden, pero reteniéndoles con alguna condición que no pueden aceptar. Pero según van progresando las plagas el faraón no puede negar que los prodigios le superan y que no puede oponerse a ellos:

  • ·En las dos primeras, el faraón no hace ningún caso, porque los magos repiten el prodigio. Cuando le ataca la segunda plaga, intenta engañar a Moisés y Aarón diciéndoles que detengan la plaga y les dejará marchar (Ex 8,4); pero cesa la plaga, y el faraón no cumple su palabra (Ex 8,11).
  • ·Tras la cuarta plaga, el faraón les permite hacer los sacrificios, pero sin salir de la tierra de Egipto. Moisés aduce que los sacrificios que deben hacer son inaceptables para los egipcios (Ex 8,21-24; cf. Gn 46,33-34) y, por lo tanto, no pueden realizarse en la tierra de Egipto.
  • ·Después la octava plaga, el faraón les permite salir de Egipto a hacer los sacrificios, pero sólo a los varones, dejando a las mujeres en tierra de Egipto (Ex 10,11), porque sabe que, si deja que todos salgan, perderá a sus esclavos.
  • ·Cuando termina la novena plaga, les ofrece la posibilidad de que salgan también los niños y las mujeres, pero sin llevarse el ganado. Moisés se opone diciendo que no sabe cuáles son las reses que va a elegir el Señor para el sacrificio (Ex 10,24-26).
  • ·Después de la última plaga, tras la muerte de los primogénitos, no sólo les deja salir, sino que los expulsa de su territorio (Ex 12,31-32).

Tampoco los siervos del faraón consiguen oponerse a las plagas ni resistirlas y tienen que reconocer el poder de Dios:

  • ·Los magos, tras la tercera plaga, cuando no pueden hacer lo mismo con sus encantamientos, deben reconocer que es el dedo de Dios el que actúa por medio de Moisés y de Aarón (Ex 8,14-15).
  • ·Después de la octava plaga son los ministros del faraón los que le piden que deje marchar a los hebreos porque las plagas los están arruinando (Ex 10,7).

Poco a poco las plagas van doblegando la voluntad del faraón y de sus ministros.

En Moisés y los israelitas, las plagas tienen el efecto contrario. En un comienzo, Moisés se presenta ante el faraón con autoridad, pero con respeto; según suceden las plagas el faraón se va debilitando y Moisés va haciéndose más fuerte y empieza a interpretar el sentido de las plagas: «No hay otro como el Señor» (Ex 8,6). Moisés va acorralando al faraón y llega un momento en que se siente engañado y sale airadamente del palacio del faraón (Ex 10,6); incluso «encendido en cólera» (Ex 11,8).

Las plagas van consiguiendo que el pueblo de Israel se vaya fiando de Dios y de su enviado porque comprueba que el Señor es poderoso y está de su lado. En cinco de las plagas se subraya que el daño que hacían las plagas no se producía en el campamento de los israelitas: los tábanos (Ex 8,18-19), la peste de los ganados (Ex 9,4-7), el granizo (Ex 9,26), las tinieblas (Ex 10,23) y, especialmente, la muerte de los primogénitos (Ex 11,7; 12,13).

Aunque todas las plagas son interesantes, no vamos a analizarlas todas, porque nos llevaría demasiado tiempo. Nos detendremos sólo en algunas.

[Ex 7,14-25] La plaga del agua convertida en sangre es respuesta a la negativa del faraón tras el prodigio de los bastones (Ex 7,13). No se trata sólo de que Moisés y Aarón conviertan el agua del río en sangre, sino de las consecuencias que tiene para los egipcios: mueren los peces, apesta el agua y no pueden beber del río Nilo, con toda la importancia que tiene el río para Egipto. En esta primera plaga los magos de Egipto realizan el mismo prodigio que Aarón con el bastón que Dios le dio a Moisés. Eso sirve al faraón para no obedecer el mandato de Dios, porque no se tomó «en serio» la cosa (Ex 7,24). El Señor cuenta con esta obstinación del faraón, por lo que harán falta las siguientes plagas.

Segunda plaga: las ranas (Ex 7,26-8,11)

Texto bíblico

7,26 El Señor dijo a Moisés: «Preséntate al faraón y dile: “Así dice el Señor: Deja marchar a mi pueblo para que me rinda culto. 27 Si te niegas a dejarlo marchar, yo infestaré toda tu tierra de ranas. 28 Pulularán las ranas en el Nilo, saltarán y se meterán en tu palacio, en tu alcoba y en tu lecho, en las casas de tus servidores y entre tu pueblo, en tus hornos y artesas. 29 Saltarán, pues, las ranas sobre ti, sobre tu pueblo y sobre tus servidores”».

8,1 El Señor dijo a Moisés: «Di a Aarón: Extiende tu mano con el bastón sobre los ríos, los canales y los estanques y haz saltar las ranas por toda la tierra de Egipto». 2 Aarón extendió su mano sobre las aguas de Egipto; saltaron las ranas y cubrieron la tierra de Egipto. 3 Pero lo mismo hicieron los magos con sus encantamientos; hicieron saltar las ranas sobre la tierra de Egipto.

4 El faraón llamó a Moisés y Aarón, y les dijo: «Rogad al Señor que aleje las ranas de mí y de mi pueblo, y dejaré marchar al pueblo para que ofrezca sacrificios al Señor». 5 Moisés respondió al faraón: «Dígnate indicarme cuándo he de rogar por ti, por tus siervos y por tu pueblo, para que aleje las ranas de ti y de tu palacio, y queden solo en el Nilo». 6 «Mañana», respondió él. Moisés le dijo: «Será según tu palabra, para que sepas que no hay otro como el Señor nuestro Dios. 7 Las ranas se alejarán de ti, de tu palacio, de tus servidores y de tu pueblo y quedarán solo en el Nilo».

8 Moisés y Aarón salieron del palacio del faraón y Moisés suplicó al Señor acerca de las ranas, como había acordado con el faraón. 9 El Señor obró conforme a la súplica de Moisés, y murieron las ranas en las casas, en los patios y en los campos. 10 Las reunieron en montones y la tierra apestaba. 11 Pero viendo el faraón que había un respiro, se obstinó y no les hizo caso, como había anunciado el Señor (Ex 7,26-8,11).

Lectio

Podemos señalar una similitud entre las plagas de Egipto y los milagros de Jesús: ambos son signos que reclaman una respuesta y que incitan a la fe. Es verdad que los magos de Egipto también lograron hacer este prodigio de la proliferación de las ranas para contrarrestar el poder del signo hecho en nombre de Dios. Pero, en el caso de Moisés y Aarón, no se trata de hacer un simple prodigio, sino que el objetivo de esta plaga -como de las demás- es suscitar la fe del faraón en el poder de Dios y provocar la respuesta que Dios espera de él: «Será según tu palabra, para que sepas que no hay otro como el Señor nuestro Dios» (Ex 8,6).

El libro de la Sabiduría, que denuncia con frecuencia la costumbre egipcia de adorar animales o de representar a sus dioses como animales, interpreta de este modo el hecho de que Dios envíe animales repugnantes a castigar a los egipcios:

Pero los más insensatos de todos y más ingenuos que un niño, son los enemigos que oprimieron a tu pueblo […]. También adoran a los animales más repugnantes que comparados con los demás son los más estúpidos; no tienen belleza alguna que los haga atractivos como a otros animales y se quedaron sin la aprobación de Dios y sin su bendición. Por eso, fueron justamente castigados por seres semejantes y fueron atormentados por una plaga de alimañas. (Sab 15,14.18-19; 16,1).

El objetivo de Dios al enviarles estos animales no es destruirlos porque, de ser así, podría haberles mandado animales más feroces; lo que Dios quiere es mostrarles su poder, rendir su soberbia para que dejen salir a su pueblo:

Por sus insensatos y malvados pensamientos, que los extraviaban hasta el punto de hacerles rendir culto a reptiles irracionales y viles alimañas, tú les enviaste como castigo una multitud de animales irracionales, para que supieran que en el pecado está el castigo. Pues bien podía tu mano omnipotente, que había creado el mundo de materia informe, enviar contra ellos manadas de osos o intrépidos leones, o bestias enfurecidas, desconocidas y al efecto creadas, que lanzasen resoplidos llameantes, o despidiesen humaredas pestilentes, o echasen chispas terribles por los ojos; bestias capaces de aniquilarlos con su asalto, y de exterminarlos con su aspecto estremecedor (Sab 11,15-19).

Dios habría aceptado con gusto que el faraón acogiera sus directrices, pero su obstinación y el endurecimiento de su corazón le permite a Dios mostrar la fuerza de su brazo ante el faraón y su pueblo.

Lo mismo pasa con nuestra vida: nuestros propios pecados le sirven a Dios para mostrar mejor su poder. Ésa es la fuerza de la Cruz: frente al pecado de los hombres, Dios manifiesta su grandeza: «¡Feliz culpa que mereció tal Redentor!». Si el hombre no hubiera pecado, Dios no hubiera podido mostrar de forma tan fehaciente el poder de su misericordia por encima de todo lo concebible.

[Ex 8,3] Puede sorprendernos que, cuando Dios está enviando las plagas para convencer al faraón, permita que los magos, a través de sus embustes o con el poder del demonio, hagan milagros semejantes. Pero no debería sorprendernos si recordamos las palabras del Señor en el Evangelio refiriéndose al final de los tiempos, cuando la Iglesia realice el paso a la verdadera tierra prometida:

Surgirán falsos mesías y falsos profetas, y harán signos y portentos para engañar, si fuera posible, incluso a los elegidos (Mt 24,24).

Hemos de tener mucho cuidado porque los prodigios por sí solos no son una garantía de que una persona o un mensaje procedan de Dios. También Satanás permite a los suyos realizar signos.

Hay personas que son capaces de hacer milagros, incluso en nombre del Señor, a los que Jesús no reconoce:

Aquel día muchos dirán: «Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?». Entonces yo les declararé: «Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad» (Mt 7,22-23).

A veces pensamos que los santos son los que hacen grandes milagros y nos equivocamos radicalmente. Para la santidad lo que es necesario son las obras de caridad, no los milagros, que son dones que a veces Dios concede como signos para la conversión de los hombres, pero que en absoluto son necesarios para la santidad. Lo importante no son los prodigios, sino ser de Dios, alcanzar la salvación:

Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo (Lc 10,19-20).

Los mismos magos egipcios reconocerán que hay cosas que ellos no pueden hacer porque sólo las puede obrar «el dedo de Dios» (cf. Ex 8,14-15). Es el dedo de Dios el que actúa por medio de Jesús.

Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros (Lc 11,20).

[Ex 8,4-6] Teniendo en cuenta lo que hemos dicho de la progresión en la dureza de las plagas, esta plaga es relativamente benigna. Pero cuando el faraón pide a Moisés y a Aarón que rueguen a Dios para que termine la plaga (Ex 8,4) -lo cual no supone ningún problema para él, que es politeísta- es consciente de que sus magos tienen poder para provocar la plaga de ranas, pero no para terminarla. Aunque los magos hagan un signo similar a Moisés y Aarón, su poder es inferior, como sucedía con los bastones que los magos convirtieron en serpientes que fueron devorados por la serpiente que surge del bastón de Moisés (cf. Ex 7,12). Y cuando Moisés le pregunta cuándo quiere que termine el prodigio, el faraón no tiene excesiva prisa y le dice «mañana». Cuando llegue la última plaga, la más terrible, el faraón llamará a Moisés y Aarón de noche para que salgan inmediatamente (Ex 12,31-33). De momento está regateando, intentando engañarlos: «Rogad al Señor que aleje las ranas de mí y de mi pueblo, y dejaré marchar al pueblo para que ofrezca sacrificios al Señor» (Ex 8,4). Pero cuando ha ganado tiempo con sus engaños, vuelve a negarse a dejarles marchar: «Viendo el faraón que había un respiro, se obstinó y no les hizo caso, como había anunciado el Señor» (Ex 8,11).

El grave pecado del faraón es la soberbia y la obstinación, porque, aunque sea politeísta y no conozca al Dios verdadero, cuando Dios se le manifiesta por medio de los prodigios y le pide un cambio, él se obstina en el mal. Nuestro problema tampoco es la ignorancia, sino que conocemos la voluntad de Dios y nos obstinamos en no seguirla. Por eso san Pablo dice que «a través de la ley solo se logra el conocimiento del pecado» (Rm 3,20).

Séptima plaga: el granizo (Ex 9,13-35)

Texto bíblico

13 El Señor dijo a Moisés: «Madruga por la mañana, preséntate al faraón y dile: Así dice el Señor, el Dios de los hebreos: “Deja salir a mi pueblo para que me rinda culto, 14 porque esta vez voy a mandar todas mis plagas contra ti, tus servidores y tu pueblo, para que sepas que no hay nadie como yo en toda la tierra. 15 Pues si hubiera alargado mi mano y os hubiera herido de peste a ti y a tu pueblo, ahora ya habríais desaparecido de la tierra. 16 Pero te he dejado con vida para mostrarte mi poder y para que se proclame mi nombre en toda la tierra. 17 Aún te alzas como un muro frente a mi pueblo para no dejarlo marchar; 18 pues mira, mañana a estas horas haré caer una granizada tan fuerte como no la ha habido en Egipto desde su fundación hasta hoy. 19 Ahora, manda recoger tu ganado y cuanto tienes en el campo, pues sobre todos los hombres y ganados que se encuentren en el campo y no sean recogidos en casa caerá el granizo y los matará”». 20 Los servidores del faraón que temieron la palabra del Señor recogieron en casa a sus esclavos y ganados, 21 mas los que no hicieron caso de la palabra del Señor dejaron en el campo a sus esclavos y ganados.

22 El Señor dijo a Moisés: «Extiende tu mano hacia el cielo, y caerá granizo en toda la tierra de Egipto: sobre los hombres, los ganados y sobre toda la hierba del campo en Egipto». 23 Moisés extendió su bastón hacia el cielo y el Señor lanzó truenos, granizo y rayos a la tierra. El Señor desencadenó una lluvia de granizo sobre la tierra de Egipto. 24 El granizo, con los rayos formados entre el granizo, fue tan fuerte que jamás se había visto algo semejante en la tierra de Egipto desde que comenzó a ser nación. 25 El granizo golpeó en toda la tierra de Egipto cuanto había en el campo, desde los hombres hasta los ganados. Machacó también el granizo toda la hierba del campo y tronchó todos los árboles del campo. 26 Solo en la región de Gosén, donde habitaban los hijos de Israel, no hubo granizo.

27 Entonces el faraón mandó llamar a Moisés y a Aarón y les dijo: «Esta vez he obrado mal; el Señor es justo, mientras yo y mi pueblo somos culpables. 28 Rogad al Señor que ya basta de truenos y granizo. Yo os dejaré marchar y no os retendré más». 29 Moisés le respondió: «Cuando salga de la ciudad, extenderé mis manos hacia el Señor y cesarán los truenos y no habrá más granizo, para que sepas que del Señor es la tierra. 30 Aunque sé que tú y tus servidores no teméis aún al Señor Dios». 31 (El lino y la cebada se estropearon, pues la cebada estaba en espiga y el lino estaba floreciendo. 32 El trigo y la espelta no se estropearon, por ser tardíos).

33 Moisés salió de la presencia del faraón y de la ciudad, y extendió sus manos hacia el Señor; cesaron los truenos y el granizo, y la lluvia dejó de caer sobre la tierra. 34 Viendo el faraón que habían cesado la lluvia, el granizo y los truenos, volvió a obrar mal y se obstinó de nuevo, él y sus servidores. 35 Se obstinó, pues, el faraón y no dejó marchar a los hijos de Israel, como había dicho el Señor por medio de Moisés (Ex 9,13-35).

Lectio

Estamos ya en la segunda parte de las plagas, que ya son más dañinas y temibles.

[Ex 9,13] Aparece con claridad la mediación de Moisés y de Aarón: Dios quiere hacer su obra -realizando prodigios, enviando su mensaje- a través de mediadores, y los acredita ante los suyos.

[Ex 9,14-16] La finalidad de esta plaga es mostrar su poder al faraón para que conozca que no hay otro Dios como él en todo el orbe de la tierra (Ex 9,14). Es ahora cuando Dios les muestra la razón por la que la plaga de la peste (Ex 9,1-7) sólo ha sido mortal para el ganado: si Dios hubiera querido les habría podido eliminar a los egipcios con la peste (Ex 9,15), pero les ha dejado con vida para que conozcan el poder de Dios -y de paso lo aprenda también su propio pueblo- y para que el nombre de Dios sea proclamado y glorificado en todo tiempo y lugar, porque estos prodigios no sólo se orientan a liberar a su pueblo, sino para que todos los pueblos de la tierra, incluidos nosotros ahora, sepan que no hay otro Dios más que el Señor (Ex 9,16).

[Ex 9,17] De nuevo aparece la acusación contra el faraón: se pone como obstáculo ante el pueblo de Dios (el que es su hijo primogénito, cf. Ex 4,22), como un muro que no le deja marchar ni encontrar la libertad ni la tierra de salvación.

[Ex 9,18-19] Pero es necesario descubrir y tener en cuenta que Dios no quiere la destrucción de los egipcios, por eso les avisa para que se pongan a resguardo del granizo hombres y ganados (Ex 9,19). Dios no quiere eliminar al pueblo egipcio, sino mostrar su poder al faraón para liberar a su pueblo y darse a conocer a todas las naciones. Cuando lleguen a la tierra prometida, los pueblos que habitan en ella temblarán porque son el pueblo del Dios que los sacó de Egipto con mano fuerte (Jos 2,11; 5,1).

Sobre la moderación de Dios en esta plaga dice el libro de la Sabiduría:

Y aun sin esto, podían haber sucumbido de un soplo, perseguidos por la justicia, aventados por tu soplo poderoso, pero tú todo lo has dispuesto con peso, número y medida. Tú siempre puedes desplegar tu gran poder. ¿Quién puede resistir la fuerza de tu brazo? Porque el mundo entero es ante ti como un gramo en la balanza, como gota de rocío mañanero sobre la tierra. Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan (Sab 11,20-23).

Por eso hay que desterrar, incluso del Antiguo Testamento, la imagen de un Dios vengativo que quiere destruir a los paganos o a los pecadores. Los castigos son oportunidades de conversión. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y vida (cf. Ez 18,23).

[Ex 9,20-21] Pero para salvarse de la granizada se necesita una cierta fe, la fe en la palabra de Moisés: los que no creyeron en la advertencia de Moisés y no pusieron al resguardo sus ganados y sus esclavos sufrieron los terribles efectos del granizo. Pudieron empezar a atisbar que la fe es necesaria para la salvación.

[Ex 9,23-24] Encontramos aquí una mala traducción de la Biblia de los LXX respecto al original hebreo, que tendrá su repercusión en adelante, como aparece en el libro de la Sabiduría e incluso en el Apocalipsis. El original hebreo dice: «Moisés extendió su bastón hacia el cielo y el Señor lanzó truenos, granizo y rayos a la tierra. El Señor desencadenó una lluvia de granizo sobre la tierra de Egipto. El granizo, con los rayos formados entre el granizo, fue tan fuerte que jamás se había visto algo semejante en la tierra de Egipto desde que comenzó a ser nación». Pero la traducción griega de la Biblia llamada de los LXX dice: «Extendió Moisés la mano hacia el cielo y el Señor provocó truenos y granizo y se difundió rápidamente el fuego sobre la tierra y el Señor hizo llover granizo en todo el país de Egipto y hubo granizo y fuego centelleante en el granizo». Al traducir los relámpagos como fuego se considera que Dios hace caer granizo y fuego a la vez, de manera que el autor del libro de la Sabiduría, que parte de la traducción griega de la Biblia, comenta así este fenómeno:

Los impíos que no querían conocerte fueron castigados con la fuerza de tu brazo: los persiguieron extrañas lluvias, granizadas, tormentas implacables y el fuego los devoró. Y lo más sorprendente era que con el agua, que todo lo apaga, el fuego cobraba una violencia mayor, pues el universo es paladín de los justos. Unas veces la llama se amortiguaba, para no abrasar a los animales enviados contra los impíos y para que, al verlos, comprendieran que los impulsaba el juicio de Dios; pero, otras veces, aun en medio del agua, la llama ardía con más fuerza que el fuego, para destruir los frutos de una tierra malvada (Sab 16,16-19).

Es esta interpretación de plaga del granizo la que emplea el libro del Apocalipsis, al hablar de las plagas asociadas a las siete trompetas:

Y los siete ángeles que tenían las siete trompetas se prepararon para tocar. Y el primero tocó la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclados con sangre, y fueron arrojados a la tierra. Una tercera parte de la tierra se abrasó, una tercera parte de los árboles se abrasó y toda la hierba verde se abrasó (Ap 8,6-7).

Hay que tener siempre en cuenta que las plagas están escritas -y son después releídas en el pueblo de Israel- como un acontecimiento nacional, de forma épica un tanto exagerada, pero que no engañan. Lo cierto es que las plagas hicieron cambiar al faraón y el pueblo de Israel alcanzó la libertad.

[Ex 9,27-28] El faraón, de nuevo reconoce su pecado y proclama que Dios es justo y que él y su pueblo son culpables, y una vez más promete que, si termina la plaga, los dejará marchar.

[Ex 9,29-35] Moisés sabe que se trata de otro engaño del faraón y que todavía las plagas no le han convencido, pero detiene la plaga. Esto recuerda lo que le sucede al Señor:

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre (Jn 2,23-25).

Octava plaga: las langostas (Ex 10,1-20)

Texto bíblico

1 El Señor dijo a Moisés: «Preséntate al faraón, porque yo he endurecido su corazón y el de sus servidores, para realizar mis signos en medio de ellos, 2 y para que puedas contar a tus hijos y nietos cómo manejé a Egipto y los signos que realicé en medio de ellos. Así sabréis que yo soy el Señor». 3 Moisés y Aarón se presentaron al faraón y le dijeron: «Así dice el Señor, el Dios de los hebreos: “¿Hasta cuándo te negarás a humillarte ante mí? Deja marchar a mi pueblo para que me rinda culto. 4 Si te niegas a dejar marchar a mi pueblo, mañana traeré la langosta sobre tu territorio; 5 cubrirá la superficie de la tierra, de modo que esta no pueda verse. Devorará todo el resto que se salvó de la granizada y comerá todo árbol que crece en vuestros campos. 6 Abarrotarán tus casas, las casas de todos tus servidores y de todos los egipcios; algo que no vieron tus padres ni tus abuelos desde que poblaron la tierra hasta hoy”». Moisés dio media vuelta y salió de la presencia del faraón.

7 Los servidores del faraón le dijeron: «¿Hasta cuándo va a ser ese una trampa para nosotros? Deja marchar a esa gente para que rinda culto al Señor su Dios. ¿Aún no te das cuenta de que Egipto se está arruinando?». 8 Hicieron, pues, volver a Moisés y a Aarón ante el faraón, que les dijo: «Id a rendir culto al Señor vuestro Dios; pero decidme ¿quiénes van a ir?». 9 Moisés respondió: «Iremos con nuestros niños y nuestros ancianos, con nuestros hijos y nuestras hijas, con nuestras ovejas y nuestras vacas, pues hemos de celebrar la fiesta del Señor». 10 Él les contestó: «¡Así esté el Señor con vosotros, como que yo os deje salir con vuestros pequeños! ¡A la vista están vuestras malas intenciones! 11 No; marchad si queréis solo los hombres y rendid culto al Señor, pues eso es lo que pedíais». Y los echaron de la presencia del faraón.

12 El Señor dijo a Moisés: «Extiende tu mano sobre la tierra de Egipto y que venga la langosta e invada la tierra de Egipto y devore toda la hierba de la tierra y cuanto quedó del granizo». 13 Moisés extendió su bastón sobre la tierra de Egipto y el Señor hizo soplar el viento del Este sobre la tierra todo el día y toda la noche. Al amanecer, el viento del Este había traído la langosta. 14 La langosta invadió toda la tierra de Egipto y se posó en todo el territorio egipcio; fue tal la cantidad de langostas que nunca la había habido ni la habrá. 15 Cubrió toda la superficie de la tierra, ennegreciendo el territorio; devoró toda la hierba de la tierra y todos los frutos de los árboles que habían quedado del granizo.

16 El faraón se apresuró a llamar a Moisés y a Aarón, y dijo: «He pecado contra el Señor vuestro Dios y contra vosotros. 17 Ahora, perdonad mi pecado, solo por esta vez, y rogad al Señor vuestro Dios que aparte de mí esta plaga mortal». 18 Moisés salió de la presencia del faraón y rogó al Señor. 19 El Señor cambió la dirección del viento, que sopló con fuerza del Poniente y se llevó la langosta arrojándola en el mar Rojo. No quedó ni una langosta en todo el territorio de Egipto. 20 Pero el Señor endureció el corazón del faraón y este no dejó marchar a los hijos de Israel (Ex 10,1-20).

Lectio

Esta plaga, perteneciente también a la segunda parte de las plagas, las más destructivas, se enmarca en el proceso en el que el faraón poco a poco va descubriendo el poder del Dios de los israelitas y reconoce que su situación es comprometida y que su entorno empieza a presionarle para que deje marchar a los hebreos (cf. Ex 10,7).

[Ex 10,2] Apara con claridad que la intención de las plagas no es sólo que el faraón ceda ante el poder de Dios, sino también fundamentar la fe del pueblo de Israel en el poder de Dios no sólo en aquel momento, sino en las generaciones venideras.

Hay que tener siempre en cuenta la importancia de la memoria en la vida cristiana: la fe se alimenta y se fortalece con el recuerdo de los hechos salvadores. Para el pueblo de Israel la liberación de Egipto es el acontecimiento salvador fundamental -no el único- que recordará una y otra vez en confesiones de fe y en la oración ante las dificultades. Para el cristiano la Pascua del Señor es el hecho salvador fundamental que hay que recordar continuamente -la Eucaristía es, entre otras cosas, memorial de la pasión- y que es el núcleo de nuestra fe y el fundamento de nuestra esperanza. Pero también en nuestra propia historia es importante no olvidar las acciones del Señor que dan sentido a toda nuestra vida de fe, que debemos confesar y a las que hay que acudir en los momentos de oscuridad o sufrimiento.

[Ex 10,3-6] De nuevo aparece la obstinación del faraón, el pecado de impedir marchar a su pueblo, basado en la soberbia que le impide humillarse ante el Señor y Moisés que le recrimina: «¿Hasta cuándo te negarás a humillarte ante mí?» (Ex 10,3).

En estos vv. no aparece ya el Moisés tímido y asustado ante el faraón, sino el que ha ido fortaleciendo su confianza y su posición ante el faraón, al que habla de tú a tú.

[Ex 10,7-10] Cuando Moisés anuncia la plaga y se retira, los ministros del faraón empiezan a preocuparse. El faraón empieza a notar la debilidad y la presión de los suyos a causa de las plagas, por eso empieza a ceder, hace volver a Moisés y Aarón e intenta regatear con ellos, proponiéndoles que sólo salieran los varones, sin las mujeres ni los niños, para que no puedan irse definitivamente.

[Ex 7,16-20] Ante la catástrofe que provoca la langosta el faraón se apresura a llamar a Moisés y Aarón, reconoce su pecado y pide que se retire enseguida la plaga terrible de las langostas. Pero cuando se termina la situación terrible se vuelve a negar a dejarlos marchar.

¿No recuerda la actitud del faraón muchas de nuestras promesas de conversión y fidelidad cuando nos enfrentamos a las consecuencias de nuestros pecados, promesas que olvidamos en cuanto pasa el sufrimiento o la dificultad?

Novena plaga: las tinieblas (Ex 10,21-29)

Texto bíblico

21 El Señor dijo a Moisés: «Extiende tu mano hacia el cielo, y haya tinieblas sobre la tierra de Egipto, una oscuridad palpable». 22 Moisés extendió su mano hacia el cielo y una densa oscuridad cubrió la tierra de Egipto durante tres días. 23 No se veían unos a otros ni se movieron de su sitio durante tres días, mientras que todos los hijos de Israel tenían luz en sus poblados.

24 El faraón llamó a Moisés y dijo: «Id a ofrecer culto al Señor; también los niños pueden ir con vosotros, pero dejad las ovejas y las vacas». 25 Respondió Moisés: «Tienes que dejarnos llevar víctimas para los sacrificios y holocaustos que hemos de ofrecer al Señor nuestro Dios. 26 También el ganado tiene que venir con nosotros, sin quedar ni una res, pues de ello tenemos que ofrecer al Señor, nuestro Dios, y no sabemos qué hemos de ofrecer al Señor hasta que lleguemos allá».

27 Pero el Señor hizo que el faraón se obstinara en no dejarlos marchar. 28 El faraón, pues, le dijo: «Sal de mi presencia y cuidado con volver a presentarte; si te vuelvo a ver, morirás inmediatamente». 29 Respondió Moisés: «Lo que tú dices: no volveré a presentarme ante ti» (Ex 10,21-29).

Lectio

[Ex 10,21-22] Las tinieblas provocan una situación en la que los egipcios se sienten amenazados y se angustian. No se trata de una situación excepcional, pero que causa angustia y temor:

Quienes viajan a menudo por el Próximo Oriente están familiarizados con los kasim, un viento cálido que sopla desde el desierto durante marzo y abril y trae consigo oscuridad y una atmósfera opresiva. En 1959 quien esto escribe fue testigo de tal fenómeno en el Cairo. Generalmente estos vientos duran unos tres días, y su fin ocasiona un movimiento gozoso entre la gente. La oscuridad resultante suscita un temor numinoso y los acontecimientos constituyen un clímax de angustia (J. E. Huesman).

[Ex 10,23] En la plaga de las tinieblas se señala especialmente que el Señor distingue entre los egipcios y los hebreos.

El libro de la Sabiduría describe con todo lujo de detalle el miedo y el terror que provocaba la oscuridad -señal de una oscuridad aún peor- y la diferente situación del pueblo santo. De paso hace una interesantísimas reflexiones sobre el miedo:

Grandes e inenarrables son tus juicios, por eso las almas ignorantes se extraviaron. Cuando los malvados creían que podían oprimir a la nación santa, se encontraron prisioneros de las tinieblas, encadenados en una larga noche, recluidos bajo su techo, desterrados de la eterna providencia. Pensaban permanecer ocultos con sus secretos pecados bajo el oscuro velo del olvido, pero se vieron dispersos, presa de terrible espanto, sobresaltados por alucinaciones. El escondrijo que los protegía no los libraba del miedo, pues a su alrededor retumbaban ruidos escalofriantes y se les aparecían sombríos espectros de lúgubre aspecto. No había fuego capaz de alumbrarlos, ni el brillo resplandeciente de las estrellas lograba iluminar aquella noche horrible. Para ellos solo lucía una hoguera espantosa que ardía por sí misma, y cuando desaparecía la visión, quedaban tan aterrados que les parecía más macabro aún lo que habían visto. Los trucos de la magia habían fracasado y su alarde de sabiduría quedó en ridículo, pues los que prometían expulsar miedos y temores de la gente enloquecida, enloquecían ellos mismos con un pánico ridículo. Y aunque nada inquietante les atemorizase, sobresaltados por el paso de las alimañas y el silbido de los reptiles, sucumbían temblando, negándose a mirar aquel aire inevitable. Pues la maldad es cobarde y a sí misma se condena, acosada por la conciencia, siempre se imagina lo peor. Y el miedo no es otra cosa que el abandono de los auxilios de la razón: cuanto menor es la confianza en uno mismo, mayor parece la causa desconocida del tormento. Durante aquella noche realmente imposible, surgida de las profundidades del impotente Hades, durmiendo todos el mismo sueño, unas veces los perseguían espectros monstruosos, y otras, al fallarles el valor, desfallecían, pues los invadió un miedo repentino e inesperado. Así, cualquiera que caía en una tal situación quedaba atrapado, encadenado en aquella cárcel sin barrotes; fuese labrador o pastor, o un trabajador que se afana en solitario, sufría, sorprendido, el ineludible destino, pues todos estaban atados a la misma cadena de tinieblas. El silbido del viento, el canto melodioso de los pájaros en el ramaje frondoso, la cadencia del agua fluyendo impetuosa, el estruendo de las rocas al precipitarse, la carrera invisible de animales al galope, el rugido de las bestias más feroces, o el eco que retumbaba en las oquedades de las montañas los dejaba paralizados de terror. El mundo entero resplandecía con luz radiante y se dedicaba sin trabas a sus tareas; solo sobre ellos se cernía una noche agobiante, imagen de las tinieblas que les esperaban, aunque ellos eran para sí mismos más agobiantes que las tinieblas.

Para tus fieles, en cambio, brillaba una espléndida luz. Los egipcios, que oían su voz pero sin distinguir su figura, los felicitaban por no haber padecido como ellos. Les daban las gracias porque no se vengaban de los agravios recibidos y les pedían perdón por su conducta hostil. En lugar de esto les diste una columna de fuego, como guía para un viaje desconocido, y como sol inofensivo para su gloriosa marcha. Bien merecían verse privados de luz y prisioneros de las tinieblas aquellos que habían encerrado en la prisión a tus hijos, que iban a transmitir al mundo la luz incorruptible de la ley (Sab 17,1-18,4).

No debe extrañarnos que las plagas de Egipto estén recogidas en el libro del Apocalipsis, porque la situación en la que aparece el último libro de la Biblia tiene bastantes similitudes con la del pueblo de Dios en Egipto: el Apocalipsis tiene como objetivo animar a los cristianos que están siendo perseguidos y martirizados por el imperio romano. Y para ello utiliza imágenes terribles que describen el combate de Dios contra los perseguidores de la Iglesia, y que anuncian que Dios está dispuesto a proteger y salvar a los suyos. De este modo los cristianos que piensan que están a punto de ser exterminados reconocen que Dios es más poderoso que los poderosos del mundo y descubren que está preparando un lugar de gloria para sus hijos que sufren persecución. Algunas de las imágenes que utiliza el Apocalipsis tienen como punto de partida las plagas de Egipto. Dios realiza prodigios semejantes para salvar a su pueblo que ahora es la Iglesia:

  • -Las aguas convertidas en sangre por los dos testigos-profetas:

Estos tienen el poder de cerrar el cielo, para que no caiga lluvia durante los días de su profecía, y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre y para herir la tierra con toda clase de plagas siempre que quieran (Ap 11,6).

  • -La lluvia de granizo y fuego después de que el primer ángel toca la trompeta:

Y el primero tocó la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclados con sangre, y fueron arrojados a la tierra. Una tercera parte de la tierra se abrasó, una tercera parte de los árboles se abrasó y toda la hierba verde se abrasó (Ap 8,7).

  • -La plaga de las langostas es mucho más terrible en el libro del Apocalipsis:

Del humo salieron langostas hacia la tierra, y les fue dado poder como el poder que tienen los escorpiones de la tierra. Se les dijo que no hicieran daño a la hierba ni a nada verde ni a ningún árbol, sino solo a las personas que no llevan el sello de Dios en la frente. Y les fue dado poder no para matarlos, sino para atormentarlos durante cinco meses. Y su tormento es como el tormento del escorpión cuando pica a un hombre (Ap 9,3-5).

Lejos de ver el libro del Apocalipsis como una serie de catástrofes terribles que desembocan en la destrucción de todo, hemos de descubrir -como el pueblo de Israel en Egipto, la Iglesia ante la terrible persecución del imperio romano o ante la que nosotros podamos sufrir- la fuerza poderosa de Dios para salvar a su pueblo y la esperanza de una tierra prometida que ya no está este mundo, sino que es la Jerusalén celeste. Así adquirimos esperanza ante el verdadero combate, que es contra las fuerzas del mal.

Anuncio de la décima plaga: la muerte de los primogénitos (Ex 11,1-10)

Texto bíblico

1 El Señor dijo a Moisés: «Todavía tengo que enviar una plaga al faraón y a Egipto, tras lo cual os dejará marchar de aquí; más aún, os expulsará definitivamente de aquí. 2 Habla al pueblo: que cada hombre pida a su vecino y cada mujer a su vecina utensilios de plata y oro». 3 El Señor hizo que el pueblo se ganase el favor de los egipcios. Moisés era también muy estimado en la tierra de Egipto por los servidores del faraón y por el pueblo.

4 Dijo Moisés: «Así dice el Señor: A medianoche yo pasaré por medio de Egipto. 5 Morirán en la tierra de Egipto todos los primogénitos: desde el primogénito del faraón que se sienta en su trono hasta el primogénito de la sierva que atiende al molino, y todos los primogénitos del ganado. 6 Y se oirá un inmenso clamor en la tierra de Egipto como nunca lo ha habido ni lo habrá. 7 Mientras que a los hijos de Israel ni un perro les ladrará, ni a los hombres ni a las bestias; para que sepan que el Señor distingue entre Egipto e Israel. 8 Entonces todos estos servidores tuyos acudirán a mí y se postrarán ante mí, diciendo: “Sal con el pueblo que te sigue”. Entonces saldré». Y, encendido en cólera, salió de la presencia del faraón.

9 Después dijo el Señor a Moisés: «El faraón no os hará caso y así se multiplicarán mis prodigios en la tierra de Egipto». 10 Moisés y Aarón hicieron todos estos prodigios en presencia del faraón; pero el Señor hizo que el faraón se obstinara en no dejar marchar a los hijos de Israel de su tierra (Ex 11,1-10).

Lectio

Esta última plaga, descrita en Ex 12,29-32, se realizará después de la cena de Pascua (Ex 12,1-28) y formará parte del relato de la salida de Egipto (Ex 12,33ss). Será en ese momento cuando nos paremos a describir la plaga y sus efectos en el faraón. Baste por el momento contemplar su anuncio.

[Ex 11,1] Al final de las plagas ya no será necesario pedir permiso al faraón para que deje marchar a su pueblo, el faraón ya no empleará ninguna táctica dilatoria, ni pondrá condiciones: la plaga será tan terrible que el faraón los expulsará inmediatamente de Egipto, sin pensar ya en que pierde a sus esclavos. Hasta los ministros del faraón se postrarán ante Moisés pidiéndole que se vayan (Ex 11,8). Se cumple así lo que Moisés había anunciado al final de la novena plaga: ya no tendrá que presentarse al faraón a pedirle nada (Ex 10,28-29).

[Ex 11,5-7] La plaga terrible y definitiva será la muerte de todos los primogénitos de Egipto, de hombres y ganados. Esta plaga no tiene ya marcha atrás. Y especialmente ésta diferencia a los egipcios y a los israelitas.

[Ex 11,8] Aparece con claridad como Moisés ha ido afianzando su confianza en el Señor y su poder ante el faraón en el despliegue de las plagas, por lo que puede salir «encendido en cólera» de la presencia del faraón en tras anunciar la última plaga.

[Ex 11,10] Recordemos, ante la sorpresa de que «el Señor hizo que el faraón se obstinara» para recordar como la mentalidad bíblica atribuye directamente la causa de todos los acontecimientos directamente a Dios, sin distinguir entre lo que Dios provoca y lo que Dios permite, sin hacer referencia a las causas segundas que encajan en el plan de Dios. No se puede pensar que el faraón no actúa de forma libre y responsable, ni se debe olvidar que las plagas han sido el intento de que el faraón aceptara el poder de Dios, no de destruir al pueblo de Egipto.

Lo mismo debemos pensar de la traición de Judas, que encaja en el plan de Dios de salvarnos por medio de la pasión y muerte de Jesús, pero es una acción libre y responsable de Judas (cf. Mt 26,20-25; Jn 13,21-27).

Puede ayudar a la lectura orante de las plagas de Egipto comparar el relato del libro de Éxodo con la relectura que hace Sab 16-18, que comenta de forma alegórica e imaginativa estos acontecimientos para educar y suscitar la fe y la confianza. Ciertamente exagera algunas cosas, interpreta algunos detalles, como los que hemos visto, para mostrar al pueblo la grandeza de Dios y la predilección por Israel. Es interesante comprobar que se limita a repetir la historia, sino que la reinterpreta con una finalidad pedagógica.

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.