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1. Cristo modelo de discernimiento

Miramos al Señor porque es nuestro modelo, también de discernimiento. Comencemos contemplando dos pasajes del Evangelio en los que Jesús descubre y acepta la voluntad del Padre de formas muy distintas.

En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles (Lc 6,12-13).

Cuando Jesús afronta una de las decisiones más importantes de su vida pública pasa la noche entera en oración. El diálogo con el Padre es lo que le lleva a escoger a los apóstoles, a elegir amorosamente uno a uno a sus discípulos, incluso al traidor. No nos imaginamos al Señor dándole vueltas a la lista de los discípulos, ni valorando capacidades y deficiencias, como un jefe de personal. En la oración, Jesús discierne a los que el Padre le ha dado, y lo que esa donación del Padre significa en el plan de salvación y para cada uno de ellos; en oración los elige y los acoge, los hace suyos. Y para eso necesita tiempo, tiempo prolongado de oración y silencio. Por eso, él, el Hijo de Dios, el que está en permanente comunión con el Padre, pasa la noche en oración.

Y el Señor tiene que ser para nosotros el modelo de discernimiento en las ocasiones en las que también necesitamos tiempo prolongado de oración si queremos descubrir y acoger de verdad la voluntad de Dios. Mirando al Señor, nos damos cuenta del error de intentar descubrir atropelladamente la voluntad de Dios en un rato apresurado de oración, plagado de inquietudes y razonamientos. Además, nosotros nos conformamos con saber la «solución» del discernimiento, lo que hay que hacer, como el que mira las soluciones del crucigrama al final del periódico; y nos olvidamos de que no basta con saber lo que Dios quiere: nos hace falta abrazar la voluntad de Dios, disponernos a cumplirla, aceptar consciente y amorosamente las consecuencias de esa elección, y suplicar humildemente la gracia necesaria para hacer lo que vemos. Y eso lleva su tiempo. Al Señor le llevó toda la noche, y no era ni mucho menos la primera noche que se pasaba en oración. ¿Y a nosotros? ¿Nos costará más o menos? ¿Tendremos la sabiduría y la generosidad de imitar al Señor ante esas elecciones claves de nuestra vida?

· · ·

Contemplemos la otra situación:

Entonces le dijo uno de la gente: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?» (Lc 12,13-14).

En ocasiones como ésta, el Señor no necesita pararse a pensar; realiza de forma automática y segura el discernimiento de cómo debe reaccionar ante lo que le piden. Puede reaccionar con esta prontitud porque sabe cuál es su misión, sabe lo que realmente sucede y tiene la libertad para mantenerse en su sitio. Le piden su influencia para algo que no le compete porque no ha venido al mundo a poner de acuerdo a los herederos que se pelean; y porque esta persona le pide su influencia para conseguir algo que no le corresponde. Jesús no se deja engañar, no divaga en la respuesta, sabe lo que tiene que hacer y lo hace sin dilaciones ni vacilaciones.

El Señor se nos muestra también como modelo de ese otro discernimiento que sale al paso de la vida tal como viene, que no necesita un especial trabajo y un tiempo prolongado de oración, pero que se realiza con la seguridad y la garantía del que vive instalado en la voluntad de Dios de forma permanente.

Ante planteamientos parecidos, nosotros necesitamos tiempo para pensar, llevarlo a la oración, consultarlo y, si no nos hacemos un lío pensando que hay que ayudar al pobrecillo que se nos ha acercado, nos cuesta un mundo decirle con libertad que ésa no es nuestra misión. En el mejor de los casos, cuando damos con la decisión adecuada, nos cuesta demasiado tiempo y esfuerzo algo que se resuelve en unos segundos.

También necesitamos mirar mucho al Señor y aprender de él como vivir de tal forma unidos a Dios y atentos a la realidad que podamos responder con esa prontitud a los mil requerimientos que cada día nos hace la vida.

2. Invitación al discernimiento

a) La gracia del discernimiento

Al contemplar a Jesús como modelo de discernimiento, no podemos conformarnos con analizar lo que él hace, ni con admirar su forma de discernir. Nos hace falta descubrir que no somos capaces de discernir como él la voluntad de Dios y, lo que es peor, que nos falta el deseo verdadero e intenso de percibir y cumplir la voluntad del Padre como él. Si aceptamos estas carencias, suplicaremos de verdad la gracia del discernimiento. Porque el discernimiento es una gracia. Por eso el Apóstol la pide para los cristianos de sus comunidades:

Por eso también nosotros, desde que nos enteramos, no dejamos de orar por vosotros y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esa manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificando en toda obra buena, y creciendo en el conocimiento de Dios (Col 1,9-10; cf. Flp 1,9-11).

Podemos cometer el error de pensar que nosotros podemos conseguir discernir la voluntad de Dios como vemos que lo hace el Señor, pero con una técnica que podamos dominar, con una especie de algoritmo, en el que metemos los datos y nos da un resultado infalible, rápidamente, con seguridad y sin mucho esfuerzo.

No. El discernimiento es una gracia. Y por lo tanto algo que necesitamos, pero que no podemos conseguir por nosotros mismos, algo que se pide y se recibe.

Lo que tenemos que plantearnos mirando el modelo de Jesús es si realmente queremos esa gracia. En principio, como los niños cuando se les ofrece un regalo -por ejemplo, una mascota- decimos que sí; pero cuando nos damos cuenta de lo que supone ese regalo, nos echamos para atrás. No está tan claro que queramos la gracia del discernimiento, porque si la quisiéramos la tendríamos. Dios quiere conceder el don del discernimiento y se lo otorga al que realmente está dispuesto a recibirlo, y por eso pide y busca esa gracia sinceramente.

Podríamos afirmar la paradoja de que Dios concede la gracia del discernimiento al que hace discernimiento, del mismo modo que la castidad es una gracia que se le concede al que lucha por la pureza, y la caridad es una gracia que se le concede al que intenta amar. Todo eso es gracia, pero si no buscamos esa gracia de verdad, estamos mandando el mensaje claro de que no la queremos, estanos poniendo la barrera que impide recibir lo que Dios nos quiere dar. Nos gustaría tener la gracia del discernimiento, pero como el que tiene una bola de cristal para usarla cuando le convenga. Eso no nos lo va a conceder Dios. El que necesita realmente conocer la voluntad de Dios, lo pide intensamente e intenta descubrirla; y, de ese modo, se abre a la gracia del discernimiento. Y el que no intenta conocerla, aunque se queje de que no tiene ese don, se está cerrando a la gracia.

De modo que no sirve para nada y no es sincero pedir la gracia de conocer la voluntad de Dios si no la buscamos. Demasiadas veces nos parecemos al rey Sedecías, que fuerza a Jeremías a que le diga la voluntad de Dios, y cuando el profeta le dice de parte de Dios que se rinda a los enemigos, y se salvará él y la cuidad santa, hace lo contrario y se pierde (Jr 38,14-35,8). Tenía razón el profeta cuando le dijo al rey: «Si te digo la verdad, seguro que me matas. Y, si te doy un consejo, no me vas a escuchar» (Jr 38,14). Lo mismo le sucede a Jeremías cuando los que quedan en Jerusalén después de la destrucción de la ciudad le piden que les diga lo que tienen que hacer, si quedarse o irse a Egipto:

Acepta nuestra súplica y reza al Señor, tu Dios, por nosotros y por todo este resto, pues quedamos muy pocos de tantos que éramos, como bien puedes ver. Que el Señor, tu Dios, nos indique el camino que hemos de seguir y lo que debemos hacer (Jr 42,2-3).

El profeta les dice que la voluntad de Dios es que se queden en Jerusalén dónde Dios les protegerá y no vayan a Egipto buscando una protección humana que no les servirá para nada. Una vez más, no obedecen al Señor y descalifican al que les manifiesta la voluntad de Dios (Jr 42-43). Para eso vale el don del discernimiento al que no busca realmente el discernimiento.

El Señor con su rápida respuesta al que le pide que interceda por su herencia, como la que da a los que le preguntan sobre si hay que pagar impuestos al César (Mc 12,13-17), o sobre la licitud del divorcio (Mc 10,2-12) nos muestra que hay una gracia del discernimiento que necesitamos y quiere darnos. La gracia de ese discernimiento espontáneo que encuentra rápida y fácilmente la voluntad de Dios.

Es significativo de la necesidad de este discernimiento el diálogo de Jesús con Pedro, al que le ha sorprendido la pregunta de los que cobran el impuesto del templo: «¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?» (Mt 17,24). Pedro ha respondido que sí con prontitud y seguridad, pero sin discernimiento. Y el Señor le ayuda a discernir lo que él debería haber hecho con la misma prontitud, pero de forma adecuada:

Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: «¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?». Contestó: «A los extraños». Jesús le dijo: «Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no darles mal ejemplo, ve al mar, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti» (Mt 27,25-27).

Dios quiere activar en nosotros la sintonía con la mirada y el corazón de Cristo de tal manera que veamos como él ve y sintamos lo que él siente y podamos reaccionar de forma espontánea e intuitiva como él quiere. Es lo que llamamos discernimiento por «connaturalidad», que es posible por la comunión con Dios. Este testimonio explica a lo que nos referimos cuando hablamos de discernimiento por connaturalidad:

Una vez cuando estaba visitando a mi familia en U.S.A., salí de compras con mi madre. Ella quería comprar a mi padre una corbata para el día del padre. Después de ojear toda una sección llena de corbatas en seguida seleccionó cuatro o cinco que le pareció le gustarían a él. Las examinó más detenidamente y eligió la que sabía que más le iba a gustar. ¡Y acertó! A mi padre le encantó aquella corbata. Estaba claro que ella sabía lo que a él realmente le gustaba. ¿Por qué? Sencillamente porque habían compartido la vida durante cuarenta años y ella poseía ese «conocimiento de connaturalidad» producto del amor […] Por mucho que yo quisiera a mi padre, jamás habría podido elegir tan certeramente lo que a él le agradaba. Yo hacía muchos años que no vivía en casa, y el conocimiento experiencial de mi padre era evidentemente menor que el que tenía mi madre. De ahí que el discernimiento de la voluntad de Dios dependa de nuestra vivencia, de nuestro conocimiento experiencial de Él […] En este sentido, discernir por amor y elegir corbatas son algo parecido. Discernimiento es el fruto de un largo «vivir con» el Señor, lo mismo que el acierto de mi madre sobre qué corbata gustaría más a mi padre dependía de su vida compartida durante 42 años. En ambos casos, el continuo y amoroso contacto con el amado es lo que puede proporcionarnos esa delicadeza. Personas que se han querido y han vivido muchos años juntas saben leer entre líneas, saben responder a las más mínimas indicaciones de lo que agrada o desagrada a la persona que aman. Saben leer en los ojos lo que no se han dicho con los labios1.

Discernir por connaturalidad puede resultar algo incomprensible al que no tiene fe, o imposible al que reza repitiendo solamente oraciones, o innecesario al cristiano que sigue simplemente consignas de su director espiritual o de su grupo. Pero para nosotros, este discernimiento permanente por connaturalidad es un elemento esencial de nuestra vida contemplativa porque necesitamos cumplir la voluntad de Dios en todas las cosas para poder llevar a cabo nuestra misión y alcanzar la comunión con Dios a la que somos llamados. El contemplativo es consciente de que está llamado a compartir la vida divina y puede decir: «Cristo habita en mí y yo en él» (cf. Gal 2,20; Jn 6,56), y, en consecuencia, sabe que se le ofrece esta familiaridad con Dios que le permite conocer lo que a Dios le agrada, lo que encaja con el estilo de Dios y lo que concuerda con los planes de Dios para él y para los demás.

Este discernimiento que se realiza a través de compartir los mismos sentimientos de Cristo es para nosotros un don y un mandato, algo ciertamente extraordinario, pero que Dios quiere darnos, que deberíamos tener:

Nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos… Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo… En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo, mientras que él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién ha conocido la mente del Señor para poder instruirlo?». Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo (1Co 2,14-16).

En la oración debemos reconocer que hemos recibido el Espíritu Santo para poder juzgarlo todo; que tenemos la mente de Cristo… y, en consecuencia, si no sabemos discernir es porque no empleamos lo que tenemos, porque nuestra comodidad o nuestra falta de fe provocan que no acabemos de recibir lo que se nos ha dado. En la oración tenemos que acoger con fe su Palabra y creer de verdad que «hemos recibido el Espíritu» y «tenemos la mente de Cristo», para hacer ese mismo acto de fe ante los interrogantes y encrucijadas que nos plantea la vida, de modo que somos capaces de encontrar con rapidez y firmeza la voluntad de Dios. Los que «tenemos la mente de Cristo» no podemos dar cualquier respuesta, no podemos pensar que somos incapaces de responder según la voluntad de Dios, ni agobiarnos por la cantidad de problemas que nos acucian. En esos momentos es cuando tenemos que demostrar que tenemos la mente de Cristo y la empleamos.

Por lo tanto, no podemos dudar de que ese discernimiento permanente existe y Dios nos lo quiere regalar. La pregunta que nos plantea hoy el Señor es si queremos recibir esa gracia de la sintonía con su mirada, con sus sentimientos y con su voluntad para saber espontáneamente lo que Dios quiere darnos. O si preferimos no ver para no tener que cumplir, porque en el fondo es más cómodo no saber.

b) La actitud necesaria

De nuevo tenemos que escuchar a Cristo para descubrir cuál es su anhelo por cumplir la voluntad de Dios y acogerlo como modelo de nuestro propio anhelo.

He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! (Lc 12,49-50).

Vemos que, para Jesús, la voluntad del Padre no es algo que se busca asépticamente, tranquilamente, sopesando desde la distancia si nos va a reportar tranquilidad o beneficios, si vamos a ser capaces o no, si al final daremos el paso o nos echaremos atrás. Nada de esto tiene que ver con la actitud del Señor. Él está decidido desde el principio a descubrir y abrazar una misión que necesariamente pasa por la cruz, cueste lo que cueste. Y, por eso, llegado el momento dice:

Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora (Jn 12,27).

Cada uno de nosotros, si quiere ser fiel, tiene que contemplar, desear, pedir e imitar este anhelo de Jesús por cumplir el plan de Dios, porque es la actitud necesaria para que Dios pueda concedernos la gracia del discernimiento. Difícilmente podremos recibir el don del discernimiento si no estamos dispuestos a dejarnos llevar a donde éste nos guía, que no va a ser otra cosa que la cruz, pasando por el despojo de lo que somos y tenemos. ¿O pensamos que la voluntad de Dios nos va a llevar por otro camino distinto y que el «discípulo puede ser más que su maestro» (cf. Mt 10,24)? No tiene sentido que empleemos el discernimiento como el medio de buscar eludir la cruz y la pobreza, porque lo que buscamos en cualquier caso es la pobreza y la cruz concreta que nos une de forma personal a Cristo y nos permite dejarnos transformar por él y colaborar con él. Aceptar la voluntad de Dios pasará por un camino distinto para cada uno, pero siempre nos identificará con Cristo y con su misterio pascual de muerte y resurrección, que nos llevará a entregar la vida a fondo perdido y a llevar las cargas de los demás. Nuestro deseo de identificarnos con Cristo de una forma real tiene que alimentar en nosotros la pasión de participar del bautismo del Señor y de decir «esta es mi hora», cuando asome la cruz en nuestra vida. Ése es el discernimiento clave que tenemos que hacer. Y eso es lo que el Señor resuelve en las largas noches de oración y lo que tenemos que empezar por pedir en este retiro.

Necesitamos que el Señor reconduzca nuestros deseos, planteamientos y peticiones de lo que buscamos y necesitamos, como sucedió con los hijos del Zebedeo:

Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir». Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?». Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?». Contestaron: «Podemos». Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar» (Mc 10,35-39).

También nosotros tenemos que dejar que el Señor cambie nuestras peticiones, lo que hemos pensado, lo que creemos que hemos «discernido», lo que le podemos pedir y tenemos derecho a que nos conceda, y nos haga reconocer que lo que realmente tenemos que «discernir», lo de verdad que teníamos que haber pedido, lo que tenemos que aceptar no es un privilegio o un puesto cómodo, sino un «bautismo» y un «cáliz», que no es otro que el mismo del Señor. Ése es nuestro discernimiento, nuestra oración y la gracia que debemos pedir: «Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir… ¿cuál es el cáliz que he de beber? ¿cómo me puedo bautizar en el bautismo que tu te vas a bautizar?». Él no deja de repetirnos lo mismo:

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga (Mt 16,24).

Si no somos capaces de llegar hasta ahí, tal vez necesitemos comenzar reconociendo en la oración que nos cuesta tanto mantenernos en estado de discernimiento porque tenemos otras actitudes muy distintas a las que vemos en el Señor:

  • -Preferimos la tranquilidad de elegir algo que es bueno o incluso «lo mejor», pero según nuestros criterios, para no correr el peligro de buscar lo que Dios quiere en concreto de nosotros, que es más incontrolable.
  • -No nos desprendemos de la pereza espiritual que evita el esfuerzo del discernimiento con diversas excusas: porque se trata de cuestiones sin especial importancia, porque cuesta mucho trabajo o porque es muy difícil.
  • -Pretendemos hacer un discernimiento afinado de los asuntos que nos interesan cuando habitualmente andamos como «enemigos de la cruz» (Flp 3,18), estamos atados por nuestras pasiones o evitamos el esfuerzo y el sufrimiento.
  • -Nos acostumbramos a vivir sabiendo lo que Dios quiere, pero sin llevarlo a la práctica, a tener clara la voluntad de Dios sin esforzarnos por cumplirla, para luego quejarnos de que no vemos la voluntad de Dios en los asuntos que nos interesan a nosotros.
  • -Buscamos la voluntad de Dios poniendo condiciones previas a lo que Dios puede pedirnos o no, o previniéndole de lo que no estamos dispuestos a darle.
  • -Gastamos mucho tiempo y energías en discernir lo que deben hacer los demás (especialmente los que mandan en la política o en la Iglesia), y ponemos poco empeño en descubrir lo que debemos cambiar nosotros. Juzgamos con dureza la situación del mundo y de la Iglesia para sentirnos justificados pensando que nosotros no estamos tan mal.

Buscar el verdadero discernimiento habitual significa reconocer y erradicar estas actitudes. El que quiera discernir tiene que orar hasta estar dispuesto a aceptar el despojo de su voluntad y la cruz que el Señor le invita a compartir. Ciertamente son muy pocos los que se atreven a llegar hasta ahí, pero precisamente nosotros somos los que tendríamos que ayudarles con nuestra ayuda y nuestro ejemplo.

c) La necesidad del discernimiento en la Iglesia

No debemos olvidar que el mundo y la época en la que vivimos constituyen una llamada urgente para que pidamos y aceptemos el don del discernimiento2. A nadie se le oculta que vivimos en un mundo que rechaza a Dios y en consecuencia rechaza también la verdad de lo que es el hombre, con todas las consecuencias destructivas que se pueden comprobar con sólo abrir los ojos. Lo mismo que «en la guerra, la primera víctima es la verdad» (Esquilo), la gran víctima de la lucha entre el Bien y el Mal es también la verdad. Y al desvanecerse la verdad, como consecuencia del relativismo que niega que podamos alcanzar una verdad firme y común a todos, se hace imposible el discernimiento en un mundo en el que se confunde el bien y el mal, se justifica cualquier comportamiento y no es necesaria la coherencia ni siquiera con uno mismo.

Pero no podemos olvidar que esta situación es, en gran medida, responsabilidad de los que formamos la Iglesia, porque lejos de ser luz, nos hemos dejado invadir por el relativismo y la incoherencia, y hemos escandalizado a los pequeños en la fe de muchas maneras: callando la verdad de Dios, acomodándola a nuestra mediocridad o negándola con nuestros actos.

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,14-16).

Sólo se explica que nuestra sociedad haya llegado a esta situación si los cristianos hemos escondido la luz de Cristo y hemos dejado de iluminar con la coherencia de las buenas obras. Y sin la luz de Cristo ¡qué grande será la oscuridad de nuestro mundo!

En vez de seguir quejándonos del relativismo y de la incoherencia del mundo, los cristianos -nosotros en concreto- hemos de aprender a discernir la voluntad de Dios, y pagar el precio de ser coherentes con una verdad que molesta al mundo y que, de un modo o de otro, nos lleva a la cruz.

No es hacer discernimiento percibir con todo lujo de detalles el mal en nuestras familias y en nuestra sociedad, en nuestras parroquias y en la Iglesia, y no afinar nuestra mirada para aceptar la verdad de Dios en nuestra vida con toda coherencia. El mundo no necesita más profetas de calamidades, sino el testimonio de los que ven con la mirada del Señor y actúan según el corazón de Cristo. Venceremos el relativismo con una fidelidad a la voluntad de Dios cotidiana, sencilla y sin aspavientos. Sólo el que pase su vida por el crisol del discernimiento podrá decir una palabra adecuada que ayude a nuestro mundo, y podrá ser luz en medio de las tinieblas, la luz que sólo pueden aportar los santos.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Déjame que te saque la mota del ojo», teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano (Mt 7,3-5).

3. El discernimiento y la oración

Vamos a dedicar la segunda parte de este retiro a descubrir algo sencillo pero muy importante: el que reza de verdad es capaz de discernir la voluntad de Dios; y, en consecuencia, el que no discierne, por muchas excusas que se ponga, es porque su oración no es auténtica o suficientemente profunda. Lo cual nos va a ofrecer un camino concreto para alcanzar el discernimiento que necesitamos para buscar la santidad y para aportar luz al mundo y a la Iglesia.

a) Reconocer la oración que no sirve para el discernimiento

En el Evangelio vemos como personas de oración se acercan a preguntar a Jesús para descubrir la voluntad de Dios. Rezan, conocen la Palabra de Dios, pero su oración no les sirve para discernir.

En algunos casos falta la sinceridad necesaria en la pregunta por lo que debe hacerse, lo que provoca que queden inutilizados toda la oración y el conocimiento de la Biblia que tienen. Como aquel que pregunta sobre el mandamiento principal, y no contento con la respuesta, repregunta sobre quién es su prójimo. El Señor le insiste en que actúe: «Haz tú lo mismo» (Lc 10,37). Por muy piadoso que sea no quiere cumplir y por eso no puede conocer la voluntad de Dios.

Pero hay otros mejor intencionados como el hombre rico que se acerca a Jesús y quiere saber lo que hay que hacer para heredar la vida eterna (Mc 10,17). Este hombre, que ha cumplido los mandamientos desde su juventud y, por lo tanto, ora cada día, va a la sinagoga, no es capaz de aceptar la voluntad concreta de Jesús para él y le da la espalda, lleno de tristeza (Mc 10,22). Seguramente seguirá rezando, yendo a la sinagoga, pero ¿de qué le sirve todo esto si no ha sido capaz de aceptar la voluntad de Dios?

También nosotros oramos, quizá oramos mucho, pero no sabemos discernir. Por eso necesitamos descubrir la forma de oración que nos ayude a discernir. Pero no como si fuera una oración distinta a la que deberíamos hacer, no como si hubiera que añadir horas de oración con una técnica específica para encontrar la voluntad de Dios (¡de nuevo surge la tentación del discernimiento como técnica!). Se trata de descubrir que la oración del contemplativo, si es lo que tiene que ser: verdadera contemplación, auténtica adoración y auténtica lectio divina, es suficiente para adquirir esa sintonía con el Señor que nos permite el discernimiento por connaturalidad que necesitamos. Éste es el mensaje fundamental que tenemos que descubrir en este retiro. Lo cual es una buena noticia porque nos dice que este discernimiento cotidiano no es algo complicado, difícil o inaccesible, que necesita medios excepcionales para personas especialmente capacitadas. La oración que Dios regala al contemplativo es suficiente para hacerle compartir los sentimientos de Cristo y descubrir su presencia y su voluntad en lo cotidiano. Pero también supone un serio toque de atención porque, si no tenemos ese discernimiento, si nos cuesta tanto o si nos parece imposible, lo que se pone automáticamente en duda es la autenticidad de la oración que hacemos.

Quizá el primer paso para que la oración nos sirva para realizar el luminoso encuentro con la voluntad del Señor consista en tomar conciencia de las tentaciones y riesgos que nos impiden una verdadera oración contemplativa, para ver en qué medida dichos riesgos existen o influyen en nuestra vida espiritual:

  • -La oración como tarea. Cuando oramos por cumplir, para quedarnos tranquilos porque ya le hemos dado a Dios su parte y podemos seguir con nuestra vida, lejos de ir sintonizando con los sentimientos de Cristo, vamos creando una distancia con Dios que justificamos con nuestra oración. Paradójicamente convertimos la oración en la justificación para seguir con nuestra vida al margen de Dios.
  • -La oración meramente vocal. Repetir oraciones, aunque se dedique a ello mucho tiempo y esfuerzo, no tiene como fruto la sintonía con la voluntad de Dios. Normalmente esta repetición produce un cansancio que hace difícil mantener ese tipo de oración, y con frecuencia consiste en una forma de «comprar» lo que queremos de Dios.

Ciertamente hay una forma contemplativa de rezar el rosario -para eso se ha inventado- y la lectio supone una repetición de la Palabra de Dios, pero como forma de dejar que cale de forma contemplativa. Si la repetición no lleva a la contemplación, no nos conducirá a la sintonía con la voluntad de Dios.

  • -La oración meramente mental. Puede parecer que lo que se opone a la oración meramente vocal es la oración meramente mental, y que ésta sí es útil para el discernimiento. Pensamos, analizamos lo que nos pasa, buscamos soluciones para afrontar los problemas, acumulamos razones para actuar del modo que nos parece mejor…, más o menos en presencia de Dios, más o menos contando con su Palabra y con su ayuda, pero con Dios en un segundo término. Y no está mal pensar, pero es muy peligroso que creamos que pensar es rezar, porque pensar no nos hace salir de nosotros mismos, de nuestras capacidades, de nuestras ideas, de nuestras limitaciones… Todos estos razonamientos no tienen por qué coincidir con la voluntad de Dios. Lo que nosotros llamamos «hacer oración» frecuentemente es lo mismo que lo que hacen otros «consultándole a la almohada». Mejor eso que no pensar. Pero no es rezar.
  • -La oración como queja y lamento. Hay una forma de dirigirnos a Dios, que ciertamente no es rutinaria, como la oración meramente vocal, y que se dirige constantemente a Dios, pero que no nos saca de nosotros mismos y no nos ayuda a descubrir la voluntad de Dios ni a sintonizar con ella: la queja y el lamento. Nos dirigimos a Dios en tono de lamento y reproche, para lamentarnos de lo que nos pasa, acusar a los demás de lo que nos hacen y terminar quejándonos a Dios de que no nos escucha, no nos dice lo que tenemos que hacer y no nos ayuda. Lo que hacemos es darle vueltas y vueltas a nuestras lamentaciones, a nuestros dramas y a nuestras quejas, sin dejar que Dios nos ilumine, nos hable, nos saque de nuestros errores o nos muestre un camino. Por mucho tiempo que dediquemos a esta oración no va a iluminarnos ni a hacernos participar de la mirada de Dios en nuestra vida o en la de los demás.

Ciertamente que muchos salmos pueden empezar con preguntas y quejas que suenan a lo que nosotros hacemos… pero no se quedan ahí, terminan en la profesión de fe y en la confianza que se abren a la voluntad de Dios. El que empieza diciendo «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 22,2), termina afirmando: «Me hará vivir para él» (Sal 22,30).

b) Orar para sentir con Cristo y discernir por la sintonía con él

La contemplación que lleva a la connaturalidad

La contemplación es el modo de orar que nos permite sentir con Cristo y alcanzar la sintonía necesaria con él para poder encontrar la voluntad de Dios en la vida cotidiana.

San Pablo nos ayuda a redescubrir el don de la oración contemplativa que es, lógicamente, la oración propia del contemplativo.

Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor (2Co 3,18).

El contemplativo contempla a Cristo, tiene su mirada fija en él, pero no para entretenerse o embobarse, no sólo para descubrir los rasgos del rostro contemplado y enamorarse de él, sino especialmente para recibir en su propio rostro la luz de su gloria y ser transformados por esa luz a imagen de Cristo. La contemplación es una oración que transforma. Pero la eficacia de la oración de contemplación no estriba en las ideas y propósitos que podamos realizar, sino en la actuación del Espíritu Santo. La tremenda eficacia de la contemplación para el discernimiento no consiste en que la contemplación nos comunique, como un oráculo, el contenido de lo que debemos elegir, sino que nos transforma en Cristo de forma que, como hemos mencionado antes, «tenemos la mente de Cristo» (1Co 2,16), podemos tener «los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2, 5) y, en consecuencia, podemos elegir sin esfuerzo «las corbatas» que le gustan al Señor.

Es muy importante, en este sentido, que tengamos en cuenta que la vocación a la vida contemplativa va necesariamente unida al don de la oración contemplativa, en la que ya no nos servimos de palabras, sentimientos, ideas, imágenes, para mover la voluntad a amar, sino que en esa oración Dios actúa en el alma directamente, sin necesidad de nada de eso, de forma que, a pesar de la sensación de silencio y oscuridad, Dios está actuando en el alma. La oración ya no es «hacer», sino «dejarse hacer». Y uno de los frutos de esa acción directa de Dios en el alma es la connaturalidad necesaria para el discernimiento permanente.

La contemplación no tiene nada que ver ni con una especie de euforia espiritual en la que la oración está repleta de sentimientos e ideas, todo lo contrario; ni tiene que ver con visiones, revelaciones, ni nada extraordinario: la contemplación es la oración ordinaria del contemplativo. Y, desde luego, no tiene ninguna relación con las técnicas, tan de moda, de vaciamiento de la mente y de paralización del pensamiento: en silencio y en oscuridad contemplamos un rostro bien concreto el del Dios revelado en Cristo.

Ciertamente la oración de contemplación es una gracia, algo que no podemos forzar ni conseguir con nuestras propias fuerzas. Y es una gracia a la que no nos debemos resistir porque nos dé miedo que nos introduzca en una nueva forma de relacionarnos con Dios, más silenciosa y más oscura, en la que necesitamos más fe, más docilidad y más gratuidad. Debemos reconocer la gracia de la oración contemplativa y secundarla de forma consciente.

Deberíamos aprovechar este retiro para descubrir que la oración contemplativa nos lleva por sí misma a la sintonía con Cristo que hace posible el discernimiento de la voluntad de Dios en el día a día.

Probablemente estamos convencidos de que la meditación resulta muy útil para discernir, porque pensamos, decidimos, vemos claro y nos proponemos lo que debemos hacer; pero tiene unas limitaciones que comprobamos dolorosamente en la práctica: olvidamos lo que veíamos, somos incapaces de hacer lo que nos proponíamos, nos equivocamos con facilidad en el juicio de lo que realmente sucede, de lo que Dios quiere y de lo que hay que hacer. La meditación nos fascina porque nos parece un coche de carreras que controlamos nosotros y que nos lleva rápidamente a resolver el problema que nos preocupa. Pero nos deja tirados a mitad del camino.

La contemplación, por el contrario, parece no resolver nada y no servir para nada. No vemos nada, no sentimos nada. No parece muy útil para el discernimiento rápido que tanto nos gusta: «Tengo que dar una respuesta a esta situación, no me voy a poner ahora a contemplar en silencio», pensamos. Ciertamente, la contemplación no vale para ese discernimiento, pero lo que realmente no vale es ese tipo de discernimiento puntual e interesado.

El resultado de la contemplación no consiste en resolver problemas, sino en transformarnos lentamente para reproducir la imagen de Cristo en nosotros. No nos proporciona ideas, ni propósitos, ni soluciones. Nos transforma. Nos identifica con Cristo. Y una vez transformados, podemos salir al mundo, sin planes ni recetas, pero preparados para reaccionar como Cristo ante el mal, el sufrimiento o las necesidades de los demás. Haremos el juicio adecuado porque tenemos la mirada de Cristo y en cada situación en la que nos encontremos veremos dónde está Dios, su plan, su dolor, su respuesta. Reaccionaremos como Cristo, porque realmente habremos dejado que habite en nosotros, que nos transforme; no como el resultado de unos reflejos excepcionales o de una voluntad férrea, sino de que «Cristo vive en mí» (cf. Gal 2,19). La contemplación para el discernimiento es como aquellos viejos trenes tan lentos que se podían coger en marcha, pero que llegaban a su destino. La contemplación necesita tiempo, no la podemos controlar, hay que dejarse hacer, pero transforma y nos da la mirada de Cristo. El lento tren de la contemplación no es tan atractivo como el coche deportivo de la meditación, pero alcanza la meta del discernimiento.

Escuchemos de nuevo la invitación del Salmo, que une contemplación y transformación, para abrazar pacientemente la contemplación que nos abre las puertas del discernimiento constante:

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará (Sal 34,6).

Hagamos nuestra la petición del salmista, que suplica que nos ilumine el rostro de Dios para que nos restaure y nos salve, de modo que podamos encontrar y seguir las huellas de Cristo:

Señor, Dios del universo, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve (Sal 80,20).

Debemos, pues, hacer un examen de nuestra oración con el criterio de la oración contemplativa: porque si nuestra oración no se va convirtiendo en una contemplación cada vez más profunda en silencio, fe, docilidad y acogida, algo está fallando. Y sin contemplación no podremos discernir la voluntad de Dios.

Necesitamos reconocer de nuevo el don de la contemplación que hemos recibido, descubrir nuestra respuesta a ese don y poner a punto esta forma de oración que nos transforma, para que dé el fruto de responder como Cristo a todos los desafíos de la vida cotidiana.

Podemos repasar serenamente en nuestro corazón estas definiciones litánicas de la contemplación que coinciden con lo que es la connaturalidad en el discernimiento:

La contemplación es:

-Mirar con los ojos del corazón.
-Escuchar con los oídos del alma.
-Tener los ojos clavados en Cristo, aunque no vea nada.
-Tener los oídos abiertos, aunque no oiga nada.
-Captar en silencio a Aquel que habla sin palabras.
-Gustar a Dios en silencio.
-Dejar que Dios tome la iniciativa en la conversación.
-Ver a Dios en la oscuridad.
-Esperar a Aquel que está presente.
-Dejarse enseñar en silencio.
-Dejar que me ilumine el rostro del Señor.
-Unirme en silencio al Amado.
-Amar sin necesidad de sentimientos.
-El silencio que queda después de haberlo dicho todo.
-La luz que se percibe con los ojos cerrados.
-El fuego que calienta el alma y no captan los ojos.
-La fe que no exige pruebas ni signos.
-La confianza plena en Dios que actúa sin sentirlo.
-La oración que transforma sin que se note.
-Dios actuando cuando parece que no hace nada.
-Dios transformando el corazón sin tocar los sentidos.
-Dios modelando en mí la imagen de Cristo.

c) Adorar y discernir en la vida cotidiana

Como hemos visto, la contemplación es imprescindible para adquirir la connaturalidad que nos hace falta para poder discernir la voluntad de Dios al paso de la vida. Ahora bien, esto no basta para el discernimiento si no somos verdaderamente libres para elegir. Y esta libertad es fruto de la adoración, que nos permite abrazar la voluntad de Dios que hemos descubierto. Esto es algo de enorme importancia, que no solemos tener en cuenta y que es también parte fundamental de este retiro.

Como hemos hecho al considerar a Cristo como modelo de oración y discernimiento, comenzaremos mirando al Señor como modelo de adoración y libertad para nuestro discernimiento:

De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”» (Mt 4,8-10).

Contemplamos de nuevo el ejemplo del Señor que, después de cuarenta días de ayuno y oración, sabe elegir de forma firme y rápida ante la tentación del demonio. Y, además, en este caso, nos muestra que la respuesta ante la tentación es la adoración: saber a quién adorar y a quién no. La respuesta ante la atrayente propuesta de usar el poder del mundo para su misión es la adoración al Dios verdadero.

Pero esa respuesta de la adoración es también la que da el Señor en los momentos claves de su vida:

  • -En Getsemaní: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,42).
  • -En la misma cruz: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).

Jesús, el adorador del Padre, que pasa las noches enteras en oración, cuando tiene que hacer la elección clave de aceptar la pasión atrapado en el miedo y la angustia, y cuando tiene que hacer la entrega dolorosa de todo su ser en la cruz, lo que hace es reconocer la presencia del Padre y su voluntad en ese momento, dirigirse a él y entregarse plenamente a él, lo mismo que ha hecho en tantos ratos de oración. En ese momento, el Señor prolonga y hace verdad lo que ha realizado tantas veces en su adoración silenciosa.

Puesto que muchas veces nos falta la libertad para abrazar la voluntad de Dios que conocemos, es imprescindible que aceptemos aprender del Señor y consagrarnos realmente a la adoración. No es verdad, como pensamos frecuentemente, que la gran dificultad del discernimiento consista en dominar una compleja técnica de análisis espiritual que permita estar seguros de lo que tenemos que hacer, independientemente de que lo hagamos o no. El verdadero obstáculo consiste en la falta de libertad suficiente para buscar y cumplir en cada momento lo que Dios quiere en concreto para nosotros, especialmente en los difíciles. Y cuando no tenemos libertad para cumplir nos hacemos incapaces de ver. Porque sólo puede ver la voluntad de Dios el que está dispuesto a seguirla.

En este punto hemos de ser suficientemente sinceros como para reconocer un problema fundamental: tenemos un verdadero deseo de cumplir la voluntad de Dios, llevamos esta preocupación a la oración, disponemos de libros, cursillos, director espiritual y demás medios que nos ayudan al discernimiento y llegamos a ver con bastante claridad lo que Dios quiere de nosotros. Sin embargo, podemos comprobar que, con mucha frecuencia, nuestra vida concreta no corresponde adecuadamente a la voluntad de Dios. ¿Cuál es el problema? No podemos decir que no somos capaces de descubrir la voluntad de Dios. Entonces, ¿es que nos falta voluntad para ejecutarla? Quizá un examen de nuestra vida interior nos descubra que en muchas ocasiones hemos puesto en juego una gran voluntad y tampoco hemos conseguido ser coherentes con lo que Dios nos pide. Reconozcámoslo: lo que nos falta para dar el paso de ver a actuar es la libertad. Y no la alcanzaremos hasta que no seamos auténticos adoradores.

La libertad es la actitud fundamental para el discernimiento. Y la adoración nos hace libres no por medio del esfuerzo del análisis, que va reconociendo todos los apegos interiores y exteriores; ni por medio del esfuerzo de la voluntad, con el que dolorosamente vamos arrancando todo eso a lo que está apegado nuestro corazón. Ya sabemos el resultado que dan esos esfuerzos, en gran medida basados en nosotros mismos.

La adoración nos libera por un camino mucho más sencillo, más eficaz y más humilde.

Podríamos decir que adorar es encontrar nuestro verdadero lugar ante Dios, dejar a Dios ser Dios en nuestra vida concreta y, de este modo, colocar todo lo que no es Dios en su sitio y ponerlo todo, empezando por nosotros mismos, en función de Dios.

Ante el Dios inmenso y omnipotente, que me busca, me invade y se me entrega (pero que no me anula), se caen como viejas costras los apegos y ataduras. La adoración me apega a él de tal forma que ya nada más cuenta y me libera de cualquier atadura interior y exterior. Y entonces, porque adoro, soy libre para elegir y puedo ver lo que Dios quiere de mí. Puedo hacer discernimiento constantemente.

Entonces comprendemos que la adoración nos ayuda al discernimiento espiritual porque nos capacita para elegir y, por tanto, también para ver. Sólo podrá discernir el que adore de verdad, porque la adoración nos da la verdadera libertad. Y, por el contrario, no somos libres para actuar porque no adoramos de verdad, y, en consecuencia, tampoco somos capaces de ver lo que Dios quiere de nosotros.

Como hemos ido aprendiendo a través de diversos retiros, la clave de nuestra vida contemplativa consiste en poder decirle sinceramente a Dios: «Tú eres todo para mí», siempre y en toda circunstancia. Y eso, que es el acto de adoración, que se aprende y se realiza en el silencio de la oración en presencia de Dios, es lo mismo que hay que realizar en la vida cotidiana ante cualquier acontecimiento. Ante esa decisión que tenemos que tomar, en ese desconcierto que nos agobia, con ese sufrimiento que nos atenaza, hay que decir: «Tú eres todo para mí, y por eso sólo te busco a ti y desecho todo apego, todo interés, todo miedo y toda influencia que no seas tú. Porque en la adoración te he dicho sinceramente que “tú eres todo para mí”, en esta situación puedo decirte lo mismo y elegirte a ti». De modo que el que adora de verdad está preparado para dar la respuesta necesaria en cualquier situación que se le presente y para discernir fácilmente en la vida cotidiana, que no es otra cosa que mantener el acto de adoración ante la incertidumbre, el sufrimiento o la propia debilidad.

Hemos de convencernos, pues, de que el discernimiento no es un añadido a nuestro ser y a nuestra misión como contemplativos, sino que se desprende de la actitud que define al creyente y al contemplativo, que es la adoración.

Veamos cómo entrar en la verdadera adoración para alcanzar la libertad necesaria para vivir plenamente la vida cristiana y, por supuesto, para hacer discernimiento evangélico.

La adoración me lleva a abrazar mi pobreza

La adoración no es algo estático, sino algo tremendamente activo por parte de Dios que con el fuego de su amor consume toda mi miseria, para luego poder abrazarnos y transformarnos en él. Adorar no es algo pasivo o anodino, es dejarse abrasar por ese fuego del amor de Dios, que consume de diversos modos: en la luz o en la oscuridad; mostrando su presencia o su ausencia; dando hambre o saciándola. En el fondo da igual, lo que importa es no huir de la acción transformadora de Dios que se manifiesta como fuego devorador de todas esas formas distintas.

Es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos (Ct 8,6).

La ofrenda de nuestra pobreza en la adoración para dejar que la consuma el fuego del amor de Dios nos permite reconocerla y aceptarla con realismo y eso nos hace dóciles a la voluntad de Dios. Por el contrario, la negación de nuestra pobreza, defenderla de la acción de Dios, crea el muro que nos separa de Dios e impide que su misericordia nos alcance y nos transforme, y hace imposible reconocer y permitir su plan sobre nosotros.

La adoración, respuesta esencial al amor de Dios

A veces hemos entendido la adoración como una especie de anulación de la persona, de modo que, aplastados por la presencia de Dios, ya nada podemos hacer. En ese estado de anulación nada podríamos decidir ni discernir.

Ciertamente, ante el Dios infinito sentimos nuestra nada. Estamos ante el que es Creador de todo, Dueño del tiempo y de la historia, Sabiduría infinita… Recordemos la reacción espontánea de Pedro cuando descubre el poder divino de Jesús en la pesca milagrosa: «Apártate de mí que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). Pero Jesús no se va a conformar con esa adoración que tiende a anularnos.

El Dios que adoramos tiene un rostro concreto, es el Padre misericordioso que sabe lo que necesitamos (cf. Mt 6,8.32) y tiene contados los pelos de nuestra cabeza (cf. Mt 10,30). El que nos ama tanto que ha hecho todo tipo de locuras: desde la creación, hasta la redención por medio de la cruz, pasando por la encarnación y por la Eucaristía. Ese amor infinito e inmerecido nos hace sentirnos aún más pequeños y más incapaces de responder que la misma omnipotencia de Dios. Pero al mismo tiempo que descubrimos nuestra pequeñez y nuestra nada, descubrimos la mirada de amor que nos hace valiosos ante Dios:

Porque eres precioso ante mí, de gran precio, y yo te amo (Is 43,4).

Somos, a la vez, pequeños e infinitamente amados. Adorar es permanecer ante Dios con esa doble certeza.

Y entonces, la verdadera adoración cristiana no nos aplasta en nuestra nada, ni nos hace olvidar nuestra pequeñez, sino que nos permite cantar con alegría nuestra nada ante Dios, como María en el Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava» (Lc 1,46-48).

La adoración, lejos de anularnos, nos da nuestro verdadero valor ante los ojos de Dios: él ama nuestra pequeñez, nos sale al encuentro, y quiere de nosotros una respuesta personal ante ese amor desbordante e inmerecido: quiere que lo acojamos con tanta humildad como confianza. Ese Dios infinito, amor infinito, se ha fijado en mí, se ha enamorado de mí y espera de mí que me deje amar. Nada de eso me enorgullece, pero me engrandece. Y eso me lleva a buscar apasionadamente a responder al amor de Dios buscando su voluntad. La adoración me empuja al discernimiento para recibir el amor infinito de Dios desde mi humilde realidad.

Como vemos, la adoración no nos anula ni nos paraliza, sino que nos hace descubrir que ante Dios somos alguien del que él espera algo, y en la adoración se alimenta la necesidad de dar respuesta al amor de Dios como lo único necesario, como el que da valor a mi nada. Y esa necesidad de respuesta es la base imprescindible para el discernimiento.

  • -El que no adora porque se siente valioso por sí mismo, independiente de Dios, autosuficiente, siempre le dará a Dios «cosas» a las que renuncia, como si le quitaran algo que es suyo, e intentará dar lo menos posible.
  • -El que ante Dios sólo se siente abrumado y anulado no será capaz de levantar la mirada, ni de creer que Dios quiere algo de él, ni que tiene nada valioso que darle.
  • -El que descubre en la verdadera adoración que siendo nada es infinitamente amado se entregará plenamente a Dios para dejarse amar por él. Con tanta humildad como generosidad. Puede entregarse del todo a Dios porque sabe que todo lo que tiene es de Dios y que Dios es lo único que tiene. Y estará anhelante de responder personalmente al Dios que le ama personalmente. La adoración le impulsará a la búsqueda permanente de la voluntad de Dios, al discernimiento.

Lo mismo que Pablo, que cae por tierra, envuelto por la luz del cielo y abrumado por la voz del Señor, no se quedó paralizado ni mudo, sino que pregunta «¿quién eres, Señor?… ¿qué debo hacer, Señor?» (Hch 22,8.10), también a nosotros el encuentro con Dios en la adoración, lejos de dejarnos abobados, nos tiene que hacer sentir el deseo de saber lo que él quiere de nosotros.

Necesitamos mirarnos con sinceridad para descubrir en qué medida la adoración nos lleva a la vez a descubrir nuestra nada y nuestro valor ante Dios de modo que nos impulsa a disponernos plenamente a la acción abrasadora de su amor en nuestra vida concreta. Si adoramos así, podremos buscar realmente su voluntad.

Adorar nos permite aceptar nuestra realidad

Realmente la adoración es lo único que nos permite descubrir y aceptar plenamente nuestra realidad. Adorar es ponernos tal como somos, con nuestra identidad, con nuestra historia y nuestra realidad concreta, ante un Dios concreto, el Padre que nos ha mostrado Jesús, del que conocemos su nombre, que habla y escucha, que busca una relación personal, distinta con cada uno de nosotros. La adoración, se realiza en el silencio, pero no en la inconsciencia; en la entrega plena, pero no en el vacío.

Cuando en la adoración nos colocamos ante el Dios vivo se caen nuestras caretas, se nos acaban nuestras excusas y aparece la verdad de nuestra vida. La luz de Dios ilumina nuestra realidad y podemos aceptarla porque es el Dios que nos ama infinitamente, el que ilumina nuestra miseria, nuestra debilidad y nuestro pecado. El que no está dispuesto a desnudarse ante Dios no puede adorar, se esconderá como Adán después de haber pecado (cf. Gn 3,8.10).

Para buscar la voluntad de Dios necesitamos la adoración que nos hace ponernos en verdad ante Dios, porque sólo el que parte de su verdad y busca la verdad está preparado para discernir lo que Dios le pide a él en concreto.

Adorar es dejar a Dios ser Dios: ofrecerle nuestra miseria para que actúe en ella con su misericordia. Sin imponer nuestros planes o nuestros tiempos. Sin ocultar nada. Poner todo en su presencia, dejarle la iniciativa y esperar. Adorar es dejar a Dios ser infinito en misericordia y dejar que vuelque su amor en nuestra pobreza. Y el que adora está preparado no sólo para descubrir su verdad y la verdad de Dios, sino para aceptar la acción de Dios en su vida en cada momento, siendo capaz de ir más allá de «¿qué tengo que hacer?» para descubrir lo que Dios quiere hacer conmigo en cada circunstancia y permitírselo.

La adoración nos prepara a las sorpresas de Dios

La adoración nos hace salir de una imagen de un Dios estático, previsible, al que podemos controlar. La adoración nos hace descubrir a un Dios vivo, inabarcable, que tiene la iniciativa. El Dios que nos sale al encuentro como a Moisés en la sorpresa de la zarza ardiente, hace que nos descalcemos de nuestras seguridades, y que escuchemos un plan que nos desborda (cf. Ex 3).

El que no adora puede pensar que es capaz de controlar lo que Dios puede pedirle, aunque sea con los seiscientos trece mandamientos que tenían los fariseos. El que no adora no necesita discernir constantemente, sabe de antemano lo que Dios puede pedirle y lo que tiene que darle. Eso es muy cómodo. Lo malo es que ése no es el Dios vivo y verdadero.

El que adora se coloca ante un Dios para el que nada es imposible (cf. Lc 1,37) y tiene unos planes que nada tienen que ver con los nuestros (cf. Is 55,8-10). La adoración nos ayuda a estar siempre vigilantes ante este Dios vivo y actuante, a un Dios «original», que hace que estemos en permanente atención a su presencia y a su voluntad, que nos sorprende. Y eso nos pone en actitud de discernimiento. El que mantiene la adoración del Dios vivo durante toda la jornada podrá reconocer fácilmente las sorpresas de Dios que le sale al encuentro de las formas más variadas.

La adoración en la vida cotidiana

Adoración y discernimiento cotidiano

En las contemplaciones litánicas disponemos de un instrumento contemplativo de oración eficaz para descubrir, aprender y revisar la adoración en nuestra vida. Y puede sernos muy útil para ayudarnos a avivar la adoración de modo que nos sirva para el discernimiento.

El que adora está en condiciones de realizar este discernimiento permanente, porque está acostumbrado a reconocer cada día, en el silencio de la oración, muchas veces en la oscuridad y con la sensación de la ausencia de Dios, la presencia de «Dios, vivo, eterno, infinito y omnipotente». En la auténtica adoración, en la que se contempla a Dios «con admiración y asombro» y nos gozamos «de pertenecerle exclusivamente», es donde realizamos el discernimiento fundamental de nuestra vida: «somos de Dios y nos entregamos a él» y donde está la clave de cualquier otro discernimiento concreto, porque en los largos ratos de adoración, sin necesidad de muchas palabras o razonamientos, con el ser y la presencia, «aceptamos apasionadamente la voluntad de Dios» y «nos disponemos a todo como respuesta amorosa al amor de Dios».

El que adora está preparado para hacer en lo concreto lo mismo que hace ante el Santísimo: «Reconozco tu presencia amorosa, me gozo de pertenecerte, y acepto apasionadamente tu voluntad y me dispongo a todo como acto de amor». Y ese acto de adoración lo tengo preparado siempre porque adoro, lo mantengo siempre porque no dejo de adorar, y aprovecho cualquier circunstancia para hacer verdad el acto de adoración que define mi ser y mi misión.

Entonces salgo de la adoración, no como el que ha terminado una tarea, sino como el que está preparado para adorar a Dios en la vida, para reconocer que Dios también está oculto y presente en cada situación y puedo reconocerle y entregarme a él en adoración, aceptando en esa situación concreta su voluntad y entregándome a él. Salimos de la adoración en la capilla con la ilusión y la tarea de permanecer en adoración y discernimiento, que realmente es lo mismo. Vivir en estado de permanente discernimiento es vivir en estado permanente de adoración, no en una especie de permanente tensión por descubrir indicios, interpretar signos y esclarecer interferencias internas o externas. Se trata simplemente de reconocer la presencia de Dios y entregarme a él plenamente en cada paso del camino.

La adoración en los momentos difíciles

La verdadera adoración nos permite el discernimiento en los momentos difíciles, porque el que adora no considera los problemas y sufrimientos como algo consistente por sí mismo, aislado de todo lo demás, sin relación con Dios. Si el sufrimiento nos hace centrarnos en el mismo sufrimiento, la adoración nos centra en Dios. El que adora no deja que el sufrimiento le atrape y le absorba como si no hubiera nada más: tiene su mirada fija en Dios y nada ni nadie puede hacer que la desvíe de allí; y, si el sufrimiento o los problemas, le atenazan, bastaría con adorar de verdad para poner el problema en su sitio.

Porque adorar es3:

-Mirar a Dios como si no existiera nada más.
-Gozarme de pertenecerle exclusivamente.
-Entregarle incondicionalmente mi alma.
-Dejar que Dios haga infinita mi ansia de amarle.
-Ofrecer a Dios mi tiempo, mi cuerpo, mi vida…
-Entregar mi voluntad a la de Dios.
-Renunciar a mi mirada y mis criterios, para que solo exista en mí la mirada y el criterio de Dios.
-Acoger todo lo que soy y tengo como don inmerecido de Dios.
-Aceptar apasionadamente la voluntad de Dios.
-Disponerme a todo como respuesta amorosa al amor de Dios.
-Aceptar todo en fe.
-Acallar voces, sentimientos y pasiones.
-Confiar a todos y todo a la Providencia.
-Empapar de la presencia de Dios todas mis actividades.
-Acoger la cruz sin razonamientos ni justificaciones.

El discernimiento como adoración

Si descubrimos con las letanías de la contemplación que la contemplación coincide con el discernimiento, es necesario que descubramos también que el discernimiento que tenemos que realizar en los momentos difíciles coincide plenamente con la adoración. En el tema sobre el discernimiento4 aprendíamos que, después de aceptar la realidad, lo que hay que hacer es:

  • -Rescatar la verdad de que Dios está presente en esa situación amándome y amando a los demás, sin permitir que la realidad del golpe me haga negar la realidad del amor de Dios.
  • -Afirmar en esa situación que el centro y el absoluto de nuestra vida es Dios, para poner lo demás en su sitio.
  • -Entregarle todo a Dios, aprovechando el golpe recibido para darle eso a lo que me apego y me cuesta ofrecer: miedos, apegos, carencias

Eso no es otra cosa que adorar en esa circunstancia. Adoremos de verdad y podremos encontrar la voluntad de Dios en los momentos más delicados.

d) El discernimiento que es fruto de la lectio

Para comprobar que todos los elementos propios de la oración contemplativa nos llevan al discernimiento permanente, veamos por último la tercera forma de oración propia de la vida contemplativa, que es la lectio, en la que también el Señor es nuestro modelo.

El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”» (Mt 4,3-4).

Jesús, modelo de oración y discernimiento, discierne la tentación y responde a ella con la Palabra de Dios. Nosotros que queremos contemplar e imitar el discernimiento de Jesús, no podemos terminar sin hacer mención del otro modo de oración contemplativa que ilumina especialmente el discernimiento que es la lectio divina. Es el modo de acercarnos a la Palabra de Dios con el corazón de enamorados. Así es como la Palabra se convierte en la referencia objetiva de lo que Dios es y de lo que quiere, del rostro de Cristo y de los valores por los que apuesta. Sin esa referencia objetiva siempre corremos el riesgo del subjetivismo y del iluminismo.

Pero la lectio no es estudio, ni mera lectura, ni meditación de la Palabra, sino la forma contemplativa de orar con la Palabra, que es especialmente adecuada para el contemplativo y es muy útil para el discernimiento habitual en la vida ordinaria. Porque la lectio no siembra la Palabra en la mente, sino en el corazón, de tal manera que ante un problema no tenemos que «pensar» o «recordar» lo que dice la Palabra, lo que haría Jesús, sino que surge la Palabra de Dios que hemos sembrado en el corazón con la repetición orante, con la súplica hecha con esa misma Palabra, con la contemplación silenciosa en la que el Señor nos concede gustar la Palabra más allá de las palabras y la graba en el corazón. Entonces en esa dificultad surge, no lo que se nos ocurre, sino la Palabra precisa que nos orienta, la oración que tenemos que hacer en ese momento, la respuesta que tenemos que dar en esa situación.

Como sucede con la contemplación y la adoración, la ayuda para el discernimiento permanente que nos da la lectio no se puede improvisar. Esa Palabra que ilumina la situación concreta es el fruto de años de fidelidad asimilando la Palabra con humildad y apertura. Y, de nuevo, nuestra dificultad para discernir nos está señalando a la vez lo que nos falta y el medio que nos puede ayudar: la Palabra leída, rumiada, orada y contemplada en la lectio.

Y entonces, por poner algún ejemplo, cuando me encuentro con el pecado del mundo no me salen mis juicios y mis críticas, sino las palabras del Señor: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Y no necesito horas para calmarme, ni largos ratos de estudio para encontrar en la Biblia una respuesta (mucho menos abrirla al azar), porque estaba sembrada en mi corazón.

Y cuando en un conflicto no encuentro la solución surge de dentro la Palabra del Señor: «Amad a vuestros enemigos» (Lc 6,27), y no tengo que darle vueltas a cómo tengo que resolver la situación y empiezo simplemente a buscar la manera de amar.

Y si me encuentro a oscuras, sin salidas, sin fuerzas, podré repetir en ese momento la Palabra de Dios sembrada en mí con los salmos: «Pero el Señor está en su templo santo» (Sal 11,14), «Pero tú ves las penas y los trabajos» (Sal 10,14), «Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en su trigo y en su vino» (Sal 4,8); y, sin necesidad de razonamientos y esfuerzos, habré levantado la mirada para poder decir: «¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra?» (Sal 73,25), que es otra forma de decir: «Tú eres todo para mí».

4. Conclusión

Lejos de agobiarnos con más tareas, descubrimos que el discernimiento encaja perfectamente en la vida contemplativa y basta que aprovechemos los medios que ya tenemos para hacer eso que nos parece tan difícil: vivir respondiendo a cada paso a lo que Dios quiere de nosotros. Profundicemos en la vida de oración con generosidad y sinceridad y podremos encontrar y abrazar la voluntad de Dios en todas las cosas.


NOTAS

  1. T. H.Green, La cizaña entre el trigo. Discernimiento: lugar de encuentro entre la oración y la acción, Madrid 1992 (Narcea), 77.80-81.
  2. Es lo que se puede profundizar en el retiro «El cristiano ante la agonía del mundo».
  3. Recogemos aquí algunas de las definiciones de las contemplaciones litánicas de los misterios de Cristo que recoge nuestra web en la sección «La adoración es…», que encajan más claramente con lo que supone el discernimiento cotidiano y al discernimiento en los momentos difíciles.
  4. Véase el tema de espiritualidad de nuestra web: «El discernimiento espiritual», capítulo 5: «Principios fundamentales del discernimiento», apartado 8,E: «En los mayores sufrimientos».