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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio de Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Texto bíblico

1Al Director. De David.
Dice el necio para sí: «No hay Dios».
Se han corrompido cometiendo execraciones,
no hay quien obre bien.
2El Señor observa desde el cielo
a los hijos de Adán,
para ver si hay alguno sensato
que busque a Dios.
3Todos se extravían
igualmente obstinados,
no hay uno que obre bien,
ni uno solo.
4Pero ¿no aprenderán los malhechores,
que devoran a mi pueblo como pan
y no invocan al Señor?
5Pues temblarán de espanto,
porque Dios está con los justos.
6Podéis burlaros de los planes del desvalido,
pero el Señor es su refugio.
7¡Ojalá venga desde Sión la salvación de Israel!
Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo,
se alegrará Jacob y gozará Israel (Sal 14).

Lectio

Este Salmo 14 es prácticamente idéntico al Salmo 53, con pocas diferencias que puedo reconocer fácilmente porque están subrayadas:

1Al Director. Para la enfermedad. Poema de David.
2Dice el necio para sí:
«No hay Dios».
Se han corrompido cometiendo execraciones,
no hay quien obre bien.
3Dios observa desde el cielo
a los hijos de Adán,
para ver si hay alguno sensato
que busque a Dios.
4Todos se extravían
igualmente obstinados;
no hay uno que obre bien,
ni uno solo.
5Pero ¿no aprenderán los malhechores
que devoran a mi pueblo como pan
y no invocan a Dios?
6Pues temblarán de espanto
allí donde no había razón para temer,
porque Dios esparce los huesos del agresor,
y serán derrotados,
porque Dios los rechaza.

7¡Ojalá venga desde Sión la salvación de Israel!
Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo,
se alegrará Jacob y gozará Israel (Sal 53).

· · ·

Al leer el Salmo 14 puedo descubrir que el salmista describe las creencias y acciones del «necio» y lo que el Señor ve (vv. 1-4). A esta descripción se añade el juicio de Dios que se pone de parte del justo y del desvalido (vv. 5-6), que también hace el salmista de forma descriptiva. La petición final conduce a una alegría esperanzada (v. 7), que contrasta con la dureza del inicio del salmo. El tono sapiencial con el que comienza el salmo describiendo al necio, se convierte en profético al proclamar el juicio de Dios que toma partido por el desvalido y termina en petición esperanzada propia de un salmo de súplica.

De nuevo veo aparecer los tres personajes que se relacionan en muchos salmos: Dios, el impío y el justo. Podré comprobar en la lectura del salmo que el impío se pone contra el justo y contra Dios -en este salmo de forma especial- y que Dios se pone de parte del justo y desvalido. Eso también fomentará mi confianza.

[v. 1] Lo que piensa el necio es claro y rotundo: «No hay Dios»1. No debo proyectar demasiado deprisa la mentalidad del necio del salmo en el ateísmo moderno que niega de forma absoluta la existencia de Dios, concibiendo el mundo como pura materia que aparece y evoluciona por el azar y la necesidad. Ese tipo de ateísmo radical y absoluto no aparece en el ambiente y en el tiempo del Antiguo Testamento, donde lo que se encuentra son variadas formas de politeísmo y de idolatría. Esta afirmación del necio refleja más bien a los que piensan que Dios no ve ni oye, no actúa, no hay que contar con él, de modo que no hay que seguir sus mandatos y no hay que temer su castigo.

Ya he podido contemplar esta actitud en el malvado del Salmo 10:

El malvado dice con insolencia:
«No hay Dios que me pida cuentas» […].
¿Por qué ha de despreciar a Dios el malvado,
pensando que no le pedirá cuentas? (Sal 10,4.13).

También en el Salmo 94 se llama necios a los que piensan que pueden hacer impunemente el mal porque Dios no se entera:

Discursean profiriendo insolencias,
se jactan los malhechores.
Trituran, Señor, a tu pueblo,
oprimen a tu heredad;
asesinan a viudas y forasteros,
degüellan a los huérfanos,
y comentan: «Dios no lo ve,
el Dios de Jacob no se entera».
Enteraos, los más necios del pueblo,
ignorantes, ¿cuándo discurriréis?
El que plantó el oído ¿no va a oír?
El que formó el ojo ¿no va a ver?
El que educa a los pueblos ¿no va a castigar?
El que instruye al hombre ¿no va a saber? (Sal 94,4-10).

Precisamente este pensamiento es lo que convierte al hombre en necio, ya que ignora la realidad, lo fundamental de la realidad, que es Dios y actúa de forma insensata como si Dios no existiera.

Cuando comprendo este «ateísmo práctico» al que se refiere el salmo, me doy cuenta de que estas afirmaciones del salmista me pueden afectar a mí, que no soy ateo, pero que muchas veces actúo al margen de Dios, como si Dios no me viera o no le importaran mis actos. Yo también puedo ser el necio que describe el salmo, aunque no haya dicho nunca «no hay Dios». Muchos que se declaran creyentes se pueden identificar con este tipo de necios que viven como si Dios no existiera y no se distinguen en nada de los que niegan que Dios existe. «De los ateos, unos niegan simplemente que Dios exista; otros fabrican dioses que no existen rechazando al que es; otros dicen que existe, pero no se preocupa de la tierra» (Eusebio de Cesarea)2.

Tengo que saber que el necio, según la literatura sapiencial, es el ignorante o el imprudente, el opuesto al sabio:

El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor,
los necios desprecian la sabiduría y la disciplina (Pro 1,7).

¿Hasta cuándo, ignorantes, amaréis la ignorancia,
y vosotros, insolentes, recaeréis en la insolencia,
y vosotros, necios, rechazaréis el saber? (Pro 1,22).

Labios honrados apacientan a muchos,
la falta de juicio mata a los necios (Pro 10,21).

Pero el necio se volverá cuerdo
cuando un pollino de asno nazca hombre (Job 11,12).

Mirad: los sabios mueren,
lo mismo que perecen los ignorantes y necios (Sal 49,11).

Su necedad consiste también, y principalmente, en oponerse a Dios y a sus planes:

El necio dice necedades
y su corazón planea maldades,
actúa perversamente
y dice injurias del Señor,
deja vacío el vientre del hambriento
y priva de agua al sediento (Is 32,6).

¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta (Sal 92,6-7).

Cuando mi corazón se agriaba
y me punzaba mi interior,
yo era un necio y un ignorante,
yo era un animal ante ti (Sal 73,21-22).

Son necios los pueblos que rechazan a Dios, el mismo Israel cuando se opone a sus planes:

Tenlo en cuenta, Señor, que el enemigo te ultraja,
que un pueblo insensato [necio] desprecia tu nombre (Sal 74,18).

Hijos degenerados se portaron mal con él,
generación malvada y pervertida.
¿Así le pagas al Señor,
pueblo necio e insensato?
¿No es él tu padre y tu creador,
el que te hizo y te constituyó? (Dt 32,5-6).

Puedo descubrir con claridad que el necio, el que ignora los planes de Dios, se sale del orden creado por Dios y se siente impune ante un Dios que se imagina lejano, indiferente o incapaz, es también el malvado, el que ataca al inocente y al débil. Aparece claramente en este salmo: en este mismo v. puedo ver que el necio que niega a Dios es el que se corrompe cometiendo execraciones (abominaciones), el que no obra el bien. Puedo ver como el retrato del necio se completa en el resto del salmo: el necio no busca a Dios (v. 2), se extravía con obstinación (v. 3), devora al pueblo de Dios (v. 4), no invoca al Señor (v. 4), se burla de los planes del desvalido (v. 6). Por eso se identifica al necio que niega a Dios (v. 1) con los malhechores que aparecen en otros salmos (cf. v. 4 y, p. ej., Sal 5,6).

Para el salmista es clara la relación entre la negación de la existencia de Dios y la corrupción del sujeto que se manifiesta con las maldades que realiza. Para la Escritura es evidente que la consecuencia del rechazo de Dios es el pecado, la perversión y todo tipo de aberraciones e injusticias. San Pablo afirma con claridad esta relación: los que no reconocieron al Dios verdadero cayeron, como consecuencia, en toda clase de perversiones sexuales e injusticias:

Habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias; todo lo contrario, se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron ser necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles. Por lo cual Dios los entregó a las apetencias de su corazón, a una impureza tal que degradaron sus propios cuerpos; es decir, cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y dando culto a la criatura y no al Creador, el cual es bendito por siempre. Amén. Por esto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza; de igual modo los hombres, abandonando las relaciones naturales con la mujer, se abrasaron en sus deseos, unos de otros, cometiendo la infamia de las relaciones de hombres con hombres y recibiendo en sí mismos el pago merecido por su extravío. Y, como no juzgaron conveniente prestar reconocimiento a Dios, los entregó Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda clase de injusticia, maldad, codicia, malignidad; henchidos de envidias, de homicidios, discordias, fraudes, perversiones; difamadores, calumniadores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, crueles, despiadados; los cuales, aunque conocían el veredicto de Dios según el cual los que hacen estas cosas son dignos de muerte, no solo las practican sino que incluso aprueban a los que las hacen (Rm 1,21-32).

No debo dejarme contagiar de la mentalidad del mundo que piensa que da igual creer o no en Dios, en el Dios verdadero o en dioses falsos, como si la falta de fe no tuviera consecuencias en la vida de las personas y en las sociedades. El mal que se multiplica en nuestras sociedades laicas y laicistas, en muchas ocasiones claramente ateas, me muestra la verdad del diagnóstico del salmista y del apóstol. Puedo aplicar al mundo en que vivo lo que ya afirmaba Orígenes: «De la actitud mental que niega la existencia de Dios se sigue que vivan como ateos y esté corrompida toda su vida»3.

Es cierto que también hay una relación entre falta de fe y actos perversos en el sentido contrario: los pecados que se cometen dificultan el conocimiento de Dios. El malvado se cierra a la luz de Dios y huye de ella, de modo que «la corrupción del corazón y de la voluntad es el principio de la impiedad»4. Puedo encontrar esta forma de relacionar pecado y ateísmo en el evangelio según san Juan:

Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras (Jn 3,19-20).

Lo que en todo caso me debe quedar claro, y es una característica de la revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento, es la relación estrecha que existe entre religión y moral, de modo que ambas se necesitan y se reclaman, y no puede haber una religión verdadera sin cumplimiento de los mandamientos, ni vida moral auténtica que no se apoye en Dios.

Veo en el Salmo una clara oposición entre el necio y el sensato que busca Dios, que aparece en el v. 2. De modo que puedo definir al necio negando todo lo que hace el sensato y aparece en el resto del salmo: busca a Dios, obra bien, invoca al Señor, es justo, es desvalido, pertenece al pueblo de Dios.

Al lado de la rotunda afirmación del necio, «no hay Dios», surge otra tremenda afirmación del salmista, que se repite en el v. 3: «No hay quien obre bien», «no hay uno que obre bien, ni uno solo». No debo tomar el diagnóstico en sentido estadístico o matemático, como muestra la presencia en el mismo salmo de los justos con los que está Dios (v. 5), o los desvalidos cuyo refugio es Dios (v. 6). Se trata de una forma de expresar la abundancia abrumadora de los malos en contraposición con el grupo de los buenos. Una forma semejante de hablar la encontramos en el evangelio según san Juan:

Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios (Jn 1,11-12).

El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz (Jn 3,31-33).

Es san Pablo el que coincide con el diagnóstico del salmista cuando quiere mostrar que el pecado afecta a todos los seres humanos -tanto judíos como gentiles- y que, por lo tanto, todos necesitan la gracia de Cristo. No es casualidad que, al hacerlo, eche mano de este salmo:

Tanto judíos como griegos, todos están bajo el pecado, según está escrito que: «No hay nadie justo, ni uno solo; no hay nadie sensato; no hay nadie que busque a Dios. Todos se extraviaron, a una se han pervertido; no hay nadie que haga el bien; no hay ni siquiera uno» (Rm 3,9-12).

No puedo quedarme sólo con el aspecto «negativo» de la realidad de la humanidad pecadora, y debo recordar que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» porque por la obediencia de uno, Cristo, todos son hechos justos (Rm 5,19-21).

[v. 2] El salmista contempla y describe a Dios que se asoma desde el cielo para mirar a la tierra. Porque no es un Dios que se despreocupe de los hombres o permanezca indiferente a lo que realizan los humanos. La mirada de Dios no sólo ve todos los acontecimientos, sino que penetra el corazón de los hombres:

El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres.
Desde su morada observa
a todos los habitantes de la tierra:
él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones (Sal 33,13-15).

El hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón (1Sm 16,7).

Señor, tú me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares (Sal 139,1-3).

No debo olvidar que la mirada del Señor es lo que pone en marcha la liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto:

He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel (Ex 3,7-8).

Por eso, a veces se le pide a Dios que mire, para que vea la injusticia y el sufrimiento y se mueva a misericordia:

Dios del universo, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña (Sal 80,15).

El Señor en esta ocasión busca entre todos los hombres -no sólo en su pueblo5– alguien sensato, el opuesto al necio, que, lejos de negarle y vivir como si no existiera, le busque a él. Dios busca a quien lo busca para encontrarse con él. La búsqueda de Dios se convierte así en un elemento fundamental del hombre religioso. Una búsqueda que nada tiene que ver con la del que duda permanentemente y se empapa de todas las opiniones que caen en sus manos, sino una búsqueda que implica toda la vida y se convierte en una necesidad imperiosa. ¿Cómo no acordarme del famoso versículo: «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío» (Sal 42,2; cf. Cant 3,1)? La Palabra de Dios me insiste en esa búsqueda que requiere la totalidad de mis capacidades, como reclama el primer mandamiento (cf. Dt 6,5):

Buscarás allí al Señor, tu Dios, y lo encontrarás si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma (Dt 4,29).

Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro (1Cro 16,11).

Ahora entregaos en cuerpo y alma a buscar al Señor, vuestro Dios (1Cro 22,19).

Esta búsqueda incluye la oración intensa, la conversión, la fidelidad a los mandatos de Dios, la humildad, el recuerdo de las acciones del Señor, la súplica insistente:

Si mi pueblo, sobre el que es invocado mi Nombre, se humilla, ora, me busca y abandona su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra (2Cro 7,14).

Mas si madrugas y buscas a Dios,
si diriges tu súplica al Todopoderoso,
si eres intachable y recto,
entonces velará por ti,
te devolverá tu legítima morada (Job 8,5-6).

Dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón (Sal 119,2).

Buscad al Señor los humildes de la tierra,
los que practican su derecho,
buscad la justicia, buscad la humildad,
quizá podáis resguardaros
el día de la ira del Señor (So 2,3).

Escuchadme, los que vais tras la justicia,
los que buscáis al Señor (Is 51,1).

Te busco de todo corazón,
no consientas que me desvíe de tus mandamientos (Sal 119,10).

Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca (Sal 105,4-5).

En mi angustia busco a Dios;
de noche extiendo las manos sin descanso,
y mi alma rehúsa el consuelo (Sal 77,3).

En esa búsqueda me lo juego todo, por eso es tan importante que el Señor me encuentre entre los sensatos que lo buscan:

Si lo buscas, se dejará encontrar; pero si lo abandonas, te desechará definitivamente (1Cro 28,9; cf. 2Cro 15,2).

Por eso es tan necesaria la búsqueda de Dios

Buscad al Señor y viviréis (Am 5,6; cf. 4).

Si los que no buscan a Dios como quiere ser buscado se pierden, los que los buscan, pero de verdad, lo encuentran, y encuentran en él toda clase de bendiciones:

Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan (Sal 9,11).

Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan.
¡Viva su corazón por siempre! (Sal 22,27).

Los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor no carecen de nada (Sal 34,11).

Miradlo, los humildes, y alegraos;
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón (Sal 69,33).

Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean tu salvación (Sal 40,17; cf. Sal 105,3).

Si comprendo la necesidad de buscar a Dios para encontrarlo, mi reacción debe ser firme y sincera:

Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro».
Tu rostro buscaré, Señor (Sal 27,8).

Si un día os empeñasteis en alejaros de Dios,
volveos a buscarlo con redoblado empeño (Bar 4,28).

Al buscar a Dios, no debo olvidar que él mismo me busca y desea que lo encuentre:

Me he dejado consultar por los que no preguntaban,
me han encontrado los que no me buscaban;
he dicho: «Heme aquí, heme aquí»
a un pueblo que no invocaba mi nombre (Is 65,1).

Me buscaréis y me encontraréis, si me buscáis de todo corazón. Me dejaré encontrar, y cambiaré vuestra suerte (Jr 29,13-14).

Buscad al Señor mientras se deja encontrar,
invocadlo mientras está cerca (Is 55,6).

Es la promesa que permanece en labios de Jesús:

Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre (Mt 7,7-8).

Después de este largo recorrido por la Palabra de Dios puedo descubrir por qué el Señor mira desde el cielo buscando al que lo busca, como dice este salmo, y lo importante que es para mí que abrace una búsqueda sincera de Dios con todas las consecuencias. Y quizá comprenda mejor la necedad absoluta que supone no buscar a Dios y el disgusto de Dios de que nadie lo busque. No es extraño que san Benito, a la hora de discernir sobre al que quiere ingresar en la vida monástica, tenga como criterio lo mismo que nos indica este salmo: «Se observará cuidadosamente si de veras busca a Dios, si pone todo su celo en la obra de Dios, en la obediencia y en las humillaciones»6.

[v. 3] El resultado de la búsqueda de Dios es desolador: todos se extravían, se obstinan, no obran el bien. Tengo en cuenta lo dicho al comentar el «no hay quien obre bien» del v. 1: esta forma de manifestar la amplitud de la necedad y el rechazo de Dios no impide que haya justos y desvalidos a los que Dios protege como podré comprobar enseguida. No se trata de una afirmación numérica, sino cualitativa, pero que deja constancia de hasta qué punto se extiende la necedad y la maldad. Ya al comienzo de la historia de la salvación la maldad se extendió de modo que Dios sólo encontró justos a Noé y su familia: «La tierra estaba corrompida ante Dios y llena de violencia. Dios vio la tierra y, en efecto, estaba corrompida, pues todas las criaturas de la tierra se habían corrompido en su proceder» (Gn 6,11-12), pero «Noé era un hombre justo e íntegro entre sus contemporáneos» (Gn 6,9). Sodoma fue destruida porque no había ni siquiera diez justos (Gn 18,16-33). El mismo profeta Jeremías se encuentra con este problema: «Recorred las calles de Jerusalén, mirad bien y averiguad, buscad por todas sus plazas, a ver si encontráis a alguien capaz de obrar con justicia, que vaya tras la verdad, y yo lo perdonaré» (Jr 5,1).

El terrible diagnóstico del salmista no me tiene que llevar al desánimo o a una visión negativa de la humanidad, sino al realismo de la situación de la humanidad y a la responsabilidad de responder a Dios para que por medio de mi fidelidad humilde se pueda abrir paso la salvación de Dios empezando por mí.

De nuevo, la obstinación respecto a Dios está directamente relacionada con la incapacidad de obrar el bien (cf. v. 1).

[v. 4] Se completa en este v. el retrato de los necios que niegan la existencia de Dios: son malhechores -los que obran el mal, no sólo los que no obran el bien-, no invocan al Señor -que es una forma imprescindible de buscarlo- y además «devoran» al pueblo de Dios.

Puedo ver en esta forma de hablar una señal de que estos necios, ateos prácticos y malhechores, se identifican con los pueblos enemigos que invaden y destruyen al pueblo de Israel, como en el caso de la invasión de los babilonios que es descrita de este modo:

Me ha comido, me ha devorado
Nabucodonosor, rey de Babilonia;
me ha dejado como un plato vacío.
Me ha engullido igual que un dragón,
ha quedado su vientre repleto
de lo más delicioso de mí,
y después me ha vomitado (Jr 51,34).

Pero también pueden ser los perseguidores del orante del Salmo 35, que no son necesariamente extranjeros:

No pensarán: «¡Qué bien! ¡Lo que queríamos!»,
ni dirán: «¡Lo hemos devorado!» (Sal 35,25).

Los devoradores del pueblo no son siempre los de fuera7.

Con la expresión «mi pueblo» el orante se identifica con el pueblo de Dios, que es perseguido.

La pregunta de este v., que puede ser retórica, manifiesta la dificultad de que aprendan y cambien estos necios malhechores. En todo caso, si no cambian les espera la respuesta de Dios en los vv. siguientes.

[v. 5-6] De la mano del salmista descubro que el Dios que los necios ignoran toma partido en favor de los justos, que se pueden identificar con el pueblo al que estos malhechores persiguen. Estos justos desvalidos son la excepción a la universalidad de los malvados de los vv. 1-3. Estos «desvalidos» son también los «humildes» y «pobres», emparentados con los «pobres de Yahweh», que no sólo se caracterizan por su debilidad, sino por su confianza en Dios.

Estos malhechores están tan tranquilos pensando que no hay un Dios que vea, juzgue y actúe, pero la realidad es que van a temblar de espanto, y se darán cuenta de que están muy equivocados.

Los planes del desvalido incluyen la protección de un Dios que escucha su oración y los protege8. El necio, malhechor que desprecia a Dios, se burla de esos planes, porque cree que Dios ni escucha ni actúa, como si no existiera. Pero la realidad es muy distinta: Dios es su refugio, y serán los planes del malvado los que fracasarán:

No temáis las palabras de un hombre pecador,
pues su fasto acabará en estiércol y gusanos;
hoy es exaltado y mañana desaparecerá:
retornará al polvo y sus planes fracasarán (1Mac 2,62-63).

El Señor deshace los planes de las naciones,
frustra los proyectos de los pueblos;
pero el plan del Señor subsiste por siempre;
los proyectos de su corazón, de edad en edad (Sal 33,10-11).

No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes (Sal 146,3-4; cf. 5,11).

Una vez más puedo comprobar que el Dios verdadero no es un Dios frío, lejano e imparcial -el de los necios de todos los tiempos, que los anima a actuar creyéndose impunes-, sino un Dios que toma partido: está con los justos, es el refugio del desvalido.

Cuando el orante de los salmos piensa en Dios como refugio, lo que le viene a la imaginación son los lugares en los que puede sentirse a salvo de los enemigos que le hacen la guerra. Puedo recordar el comienzo del Salmo 18 en el que se agolpan estas imágenes:

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte (Sal 18,2-3).

Lo que es un alcázar bien fortificado o un pico rocoso inaccesible como Masada, es lo que es Dios para el justo perseguido.

La fe en Dios, refugio del desvalido, es lo que me hace mantener la esperanza cuando el enemigo -incluso el enemigo del alma- parece que me va a devorar y se burla de mi confianza en Dios. Serán sus planes los que fracasen porque al final los perseguidores perecen y terminan sus planes, como me enseña la historia; y, además, Dios tiene la capacidad de hacer justicia más allá de los límites de este mundo.

El v. 6 del Salmo 53, que es en lo que difiere de este Salmo 14, subraya el fracaso de los malhechores que piensan que no tienen razón para temer, afirmando con dureza que Dios los rechaza de una forma violenta: esparce sus huesos. Se fija más en la derrota de los malvados que en la protección de los justos.

[v. 7] El salmo termina con una súplica en forma de deseo. En el texto del salmo encuentro la palabra «ojalá» que viene del árabe y significa «si Dios quiere». El texto hebreo no hace mención explícita a Dios, y se puede traducir sencillamente por «que venga», pero el salmista sabe bien a quien le presenta su deseo. Además, la referencia a Sión que encuentro en esta petición me debe recordar que la fe de Israel fue concentrando la salvación en el monte Sión, en el que está construida la ciudad santa de Jerusalén y donde se encuentra la presencia del Dios vivo y salvador que habita en el templo. La salvación de Israel que viene desde Sión es la que proviene del Dios vivo. Numerosos salmos expresan esta fe de la presencia salvadora de Dios en el templo:

El Señor reside en Sión y allí está por encima de todas las naciones:

Tañed en honor del Señor, que reside en Sión (Sal 9,12).

Desde Sión, la hermosa,
Dios resplandece (Sal 50,2).

Dios se manifiesta en Judá,
su fama es grande en Israel;
su tabernáculo está en Salén,
su morada en Sión:
allí quebró los relámpagos del arco,
el escudo, la espada y la guerra (Sal 76,2-4).

El Señor es grande en Sión,
encumbrado sobre todos los pueblos (Sal 99,2).

El Señor envía su bendición desde Sión:

Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida (Sal 128,5).

Desde Sión, Dios vence a sus enemigos, como desea el Salmo 14:

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos (Sal 110,2).

Por eso los israelitas confían en Sión, que es morada de Dios y también fortaleza y refugio:

Grande es el Señor
y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra:
el monte Sión, confín del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar […].
El monte Sión se alegra,
las ciudades de Judá se gozan
con tus sentencias.
Dad la vuelta en torno a Sión,
contando sus torreones;
fijaos en sus baluartes,
observad sus palacios,
para poder decirle a la próxima generación:
«Porque este es Dios, nuestro Dios
eternamente y por siempre».
Él nos guiará por siempre jamás (Sal 48,2-4.12-15).

Por eso, como en este salmo, se pide a Dios que auxilie y salve desde el Santuario que está en Sión:

Que te envíe auxilio desde el santuario,
que te apoye desde el monte de Sión (Sal 20,3).

Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo,
de la tribu que rescataste para posesión tuya,
del monte Sión donde pusiste tu morada (Sal 74,2).

Como en otras ocasiones, la súplica está acompañada de la confianza9, en este caso la confianza en que el Señor cambiará la suerte de su pueblo -el que intentan devorar los malhechores- y eso producirá la alegría. Es lo que experimentaron especialmente los israelitas al volver del destierro de Babilonia:

Volverán los rescatados del Señor,
entrarán en Sión con cánticos de júbilo,
alegría perpetua a la cabeza,
siguiéndolos, gozo y alegría;
pena y aflicción se alejarán (Is 51,11).

Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.
Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos».
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.
Recoge, Señor, a nuestros cautivos
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares.
Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas (Sal 126,1-6).

El «cambio de suerte» que pide este salmo, es lo que anunciaban los profetas al pueblo en exilio:

Así dice el Señor Dios: «Ahora voy a cambiar la suerte de Jacob, tendré piedad de la casa de Israel, y pondré de manifiesto el celo por mi santo nombre» (Ez 39,25).

Haré que cambie la suerte de Judá y la suerte de Israel, y los reconstruiré tal como eran antes (Jr 33,7).

Se trata de una promesa que depende de la alianza:

Cuando se cumplan en ti todas estas palabras ‑la bendición y la maldición que te he propuesto‑ y las medites en tu corazón, en medio de los pueblos adonde te expulsará el Señor, tu Dios, si te vuelves hacia el Señor, tu Dios, y escuchas su voz, conforme a todo lo que yo te mando hoy, con todo tu corazón y con toda tu alma, tú y tus hijos, el Señor, tu Dios, cambiará tu suerte y se compadecerá de ti; volverá y te reunirá de en medio de todos los pueblos por donde el Señor, tu Dios, te dispersó (Dt 30,1-3).

El salmo que comienza con la terrible afirmación de los necios y el diagnóstico que surge de la mirada de Dios, termina con la esperanza en Dios que provoca confianza y anuncia la alegría para su pueblo, para los justos desvalidos que lo buscan de corazón.

· · ·

El tono sapiencial de este salmo sólo me ofrece la petición final para elevar yo también la súplica al Señor: «Ojalá venga la salvación desde Sión», una petición que, como veremos, encuentra su luz definitiva en el Nuevo Testamento.

Pero puedo ir rumiando también realidades que me ofrece el salmo para ir asimilándolas en el corazón y dejar que me afecten y me lleven a la contemplación de Dios: «El Señor mira desde el cielo para ver si hay alguno que busque a Dios», «Dios está con los justos», «el Señor es el refugio del desvalido».

De forma especial, cuando necesite recuperar la confianza porque sienta que el mal (exterior e interior) me devora, puedo repetir las palabras finales: «Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo, se alegrará Jacob y gozará Israel».

Sin olvidar que el Señor puede iluminar cualquier palabra o frase del salmo o de los textos relacionados que he ido descubriendo, para llevarme al diálogo con él.

· · ·

Puedo recibir una luz más profunda de este salmo si descubro como se realizan en Jesucristo de forma plena las acciones que el salmista refiere al Señor.

Puedo contemplar la mirada de Jesús, que no mira desde lo alto, sino desde la tierra, desde nuestro nivel, y descubrir esa mirada suya que le mueve a compasión como cuando ve la situación de aquella viuda que ha perdido a su único hijo (Lc 7,13), o de la mujer encorvada (Lc 13,11-12). El Evangelio también me transmite la mirada dolorosa de Cristo que ve a las multitudes como ovejas sin pastor (Mc 6,34), cuando él es el buen pastor que viene a dar la vida por las ovejas (Jn 10,11); y la mirada triste que contempla el rechazo de gran parte de su pueblo y las consecuencias terribles que tendrá (Lc 19,41). Con la imaginación podría contemplar lo que ve Jesús desde el pesebre o desde la cruz…, lo que ve ahora que también mira desde el cielo10.

El refugio del desvalido es el Señor, no un refugio militar, sino el que comparte todo lo nuestro y nos ofrece el verdadero alivio en esta vida y en la eterna11:

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,28-30).

También Jesús me muestra que Dios toma partido: lo manifiestan de forma especial las bienaventuranzas que proclaman con quién está Dios: con los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos (Mt 5,3-12). A ellos da el reino de los cielos. Entre ellos es donde debemos estar.

La salvación vino desde Sión, no desde el templo de Jerusalén, sino desde el que murió y resucitó en la ciudad santa. Ahora es la Iglesia, la nueva Sión, desde la que derrama el Señor la Palabra y los sacramentos que reparten la salvación, no sólo a Israel, sino sobre todos los hombres.

Y como es manifiesto que Sión es la ciudad de Dios, ¿cuál es la ciudad de Dios, sino la santa Iglesia? De hecho, los hombres que se aman mutuamente, y que aman a Dios que habita en ellos, son los que constituyen la ciudad de Dios. Y como toda ciudad es gobernada por alguna ley, la ley que los gobierna es la caridad, el amor, Dios mismo. Pues con toda claridad está escrito: Dios es amor. El que está lleno de amor, está lleno de Dios. Y los que constituyen la ciudad de Dios son la multitud de los que están rebosantes de amor. Y esta ciudad de Dios se llama Sión. Luego la Iglesia es Sión, y en ella Dios es grande. Permanece en ella, y Dios no estará fuera de ti. Estará en ti, porque perteneces a Sión, eres miembro y ciudadano de Sión, perteneciente a la sociedad del pueblo de Dios (San Agustín)12.

Por eso es tan importante la fidelidad de la Iglesia, que en ella no se hallen necios que en la práctica nieguen la existencia de Dios, su Revelación y sus derechos: «Porque ha llegado el momento de que el juicio empiece por la casa de Dios; pero, si nosotros somos los primeros, ¿cuál será el final de los que desprecian el Evangelio de Dios?» (1Pe 4,17).

Y por eso necesito la unión con la Iglesia, para recibir de ella la salvación que viene de Dios:

Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel (Heb 12,22-24).

Me uno a la Iglesia de la tierra, mientras anhelo y espero que se manifieste la Jerusalén del cielo y pueda entrar en ella (cf. Ap 14,1; 21).

También, contemplando a Cristo, puedo descubrir cómo es él quien cambia realmente la suerte de su pueblo: con su muerte y resurrección es el que ha transformado nuestra suerte perdonándonos del pecado y abriéndonos a la comunión con Dios y a la vida eterna, a ser hijos de Dios y coherederos con Cristo:

Antes sí erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor (Ef 5,8).

Vosotros, en otro tiempo, estabais también alejados y erais enemigos por vuestros pensamientos y malas acciones; ahora en cambio, por la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, habéis sido reconciliados para ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche, a condición de que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio que habéis escuchado (Col 1,21-23).

La muerte y resurrección de Cristo, convierte nuestra tristeza en alegría de modo que podemos estar siempre alegres, más allá de lo que podía imaginar el salmista:

En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría (Jn 16,20-22).

· · ·

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.


NOTAS

  1. Un detalle interesante es que el término de esta negación es Elohim, el nombre común de Dios también en el entorno de Israel, no el nombre revelado a Moisés (Yahweh), por lo que no nos encontramos con una negación u oposición al Dios de Israel, como la que podría tener el adorador a otro Dios, sino a Dios en general.
  2. Citado en L. Alonso Schökel – C. Carniti, Salmos, Estella 1992 (Verbo Divino), I, 273-274.
  3. Citado en Schökel-Carniti, Salmos, I, 274.
  4. Teodoreto de Ciro, citado en J. Collantes, La oración de los Salmos, Madrid 1992 (Edapor), I, 195.
  5. Por eso se refiere a «los hijos de Adán» y no a su pueblo, Israel.
  6. San Benito, Regla, 58,7. Es significativo en lo que concreta esta búsqueda: el celo por la obra de Dios (el rezo del oficio divino), la obediencia y las humillaciones. No se trata de una búsqueda intelectual, teórica o intencional. San Benito cita nuestro salmo en 7,26.
  7. El mismo Jesús habla de forma parecida de los escribas «que devoran los bienes de las viudas» (Mc 12,40).
  8. El texto hebreo de esta primera parte del v. 6 es difícil de traducir por lo que los autores han intentado diversas soluciones apoyándose en los diferentes significados de los términos hebreos o retocando las consonantes del texto o su vocalización, de modo que puede traducirse como: «El grupo de los humildes los abochornará», «el designio del desvalido los confunde» o «fracasaréis en el plan contra el pobre». La Vulgata más apegada al hebreo traduce poniendo como sujeto a los malvados en segunda persona del plural: «Quisisteis confundir el proyecto de los pobres», «turbasteis el proyecto de los pobres», y los LXX: «Deshonrasteis el plan del pobre».
  9. Podría comprobarlo en los salmos con los que he hecho lectio hasta ahora: al final de la súplica, por desgarrada que sea, aparece la confianza (cf. al 3,9; 4,9; 5,13; 6,10; 7,18; 10,16-17; 11,7; 12,8; 13,6).
  10. Puedo utilizar lo que propone san Ignacio para la contemplación de la Encarnación en los Ejercicios espirituales: «Ver y considerar las tres personas divinas, en su solio real o trono de su divina majestad, cómo miran toda la faz y redondez de la tierra, y todas las gentes en tanta ceguedad y cómo mueren y descienden al infierno» (nº 106).
  11. Puede leerse con fruto el apartado 4,2,b, del retiro «En el corazón de Cristo», titulado: Encontrar refugio seguro.
  12. Comentario al Salmo 98,4.