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Para adentrarnos en la lectura espiritual del primer libro de la Biblia podemos apoyarnos en dos interesantes textos de san Jerónimo del prólogo al comentario sobre el libro del profeta Isaías1 que nos pueden ayudar a descubrir que la Sagrada Escritura es nuestro alimento y así podamos dar respuesta a la pregunta sobre la motivación de toda esta tarea que emprendemos: ¿Por qué estudiamos la Biblia?
Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: Estudiad las Escrituras, y también: Buscad, y encontraréis, para que no tenga que decirme como a los judíos: Estáis muy equivocados, porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues, si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo. Por esto, quiero imitar al padre de familia que del arca va sacando lo nuevo y lo antiguo, y a la esposa que dice en el Cantar de los cantares: He guardado para ti, mi amado, lo nuevo y lo antiguo; y, así, expondré el libro de Isaías haciendo ver en él no sólo al profeta sino también al evangelista y apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas dice: ¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz que trae la buena nueva! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo? y él responde: Aquí estoy, mándame.
No podemos amar a Jesucristo si no lo conocemos, si no le amamos en su encarnación física como Hombre y en su encarnación literaria como Palabra. Él es la Palabra. Es cierto que esa Palabra se encarna en un determinado momento en Belén de Judá, pero esa Palabra es eterna. Comenzó a revelarse desde antiguo en la Escritura. La Palabra no empieza a existir en el momento en que se hace presente en nuestro mundo. De hecho, el Señor ha intentado acercar al pueblo de Dios a Dios mismo. Lo dice repetidas veces:
¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a quienes te han sido enviados, cuántas veces intenté reunir a tus hijos, como la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas, y no habéis querido (Mt 23,37).
Vemos aquí que el Señor, desde mucho antes de su encarnación, ha intentado acercar a su pueblo a Dios. Es la Palabra, pero es la Palabra eterna. E Israel ha respondido de una forma tremendamente dura -y nosotros no podemos imitarle en eso-: «Mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer» (Sal 81,12). Por eso nosotros tenemos que escuchar la voz del Señor y necesitamos aprender a obedecer. Pero ¿cómo vamos a escuchar la voz de Dios si no acudimos a donde él nos habla? ¿Cómo vamos a poder obedecer si no sabemos lo que nos dice?
Volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron (Zac 12,10).
Si nosotros no le miramos, no nos acercamos a conocerlo y no lo contemplamos, no podremos conocerlo, ni alimentarnos de él, ni ser transformados en él:
Contempladlo y quedaréis radiantes (Sal 34,6).
El mismo Padre nos lo manda:
Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo (Mc 9,7).
Es verdad que Jesús nos habla hoy por diferentes cauces, sobre todo por la Iglesia, pero lo hace de una forma muy significativa a través de la Palabra. Es así como debemos abordar la lectura de la Palabra de Dios, especialmente del libro del Génesis como nos disponemos a realizar.
La misma Virgen María, nuestra Madre, nos invita a esta misma tarea en las bodas de Caná: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Tenemos que contemplar a Jesucristo, escucharlo y obedecerlo como nos pide María.
En definitiva, no podemos vivir la vida cristiana sin responder afirmativamente a estas llamadas. Si no lo contemplamos, ¿cómo lo vamos a conocer? Si no lo escuchamos, ¿cómo le vamos a obedecer? Si no le obedecemos, ¿cómo vamos a poder unirnos a él y a permanecer en él, que es la finalidad de la vida cristiana? Pues bien, es en las Escrituras donde podemos contemplar, escuchar y conocer a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Por eso nos dice san Jerónimo que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo. Y, entonces, nos perdemos lo fundamental de nuestra vida. En consecuencia, el profeta Oseas, puede hacer este diagnóstico: «Perece mi pueblo por falta de conocimiento» (Os 4,6). Podemos plantearnos entonces: ¿Cuántas almas se pierden por no tener la posibilidad de conocer al Señor?
Sin embargo, nosotros tenemos la posibilidad de conocerlo, lo tenemos a mano. No por estos temas que vamos a desarrollar, sino porque tenemos la Escritura. Todos podemos contemplar, escuchar, oír los acentos del Hijo en la Palabra. La falta de conocimiento de la Palabra de Dios se traduce en muerte, muchas veces en muerte espiritual, y otras en debilidad que permite que seamos engañados. Hemos de ser conscientes del ambiente de confusión y relativismo que hay en nuestro mundo y que afecta profundamente a la Iglesia. Si no acudimos a la Palabra como sustento, estamos perdidos, porque estamos debilitados. El Enemigo, como el león que quiere cazar, no va detrás del fuerte, sino del más débil que se aleja del grupo. Si no amamos la Palabra de Dios, si no tenemos contacto con ella y no nos alimentamos de ella, seremos víctimas fáciles para el Enemigo, que «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1Pe 5,8).
Tenemos que conocer a Cristo para que él no tenga que regañarnos, como nos decía san Jerónimo. Hemos de recordar que no entender la Escritura nos lleva a equivocarnos.
¿No estáis equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios? […]. Estáis muy equivocados (Mc 12,24-27).
Entonces, ¿qué debemos hacer? Pues, no sólo leer las Escrituras, sino intentar estudiarlas. No se trata de memorizarlas, de aprenderlas, sino de escrutarlas; ir gustando de las Escrituras de manera que la Palabra de Dios nos lleve, no a una lectura superficial, sino a profundizar en ellas. Se puede comparar la Sagrada Escritura con la carta de un personaje importante: el que la recibe no se conforma con leerla de forma rápida, sino que la examina con detenimiento y analiza su contenido. ¡Cuánto más la Palabra de Dios! Lo mismo se hace cuando se trata de una carta de amor, que se lee y relee para comprender entre líneas. La Escritura tiene un mensaje en sí mismo y entre líneas que podemos encontrar. No se trata de una lectura iluminista donde consigamos que la Palabra de Dios diga lo que yo quiero oír, sino que es Palabra de Dios, por tanto, una palabra inagotable en la que podemos profundizar cada vez más. Por muchas vueltas que le demos a la Palabra de Dios nunca agotaremos su sentido.
Estudiamos las Escrituras, es decir, nos zambullimos en ellas, para intentar comprender lo que contienen, con el objetivo de enriquecernos, saciarnos y servir a los demás. Porque el que no conoce la Palabra de Dios no puede más que repetir lo que ha oído y decir teorías. Por el contrario, la Palabra de Dios exige una respuesta, un compromiso, y nos transforma personalmente. Si realmente queremos ayudar a los demás, debemos ser como «un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos», «como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13,52). Si conocemos la Palabra de Dios, podremos convertirla en nuestro alimento; si gozamos con ella y dejamos que nos juzgue, tendremos con qué alimentar a los demás. Ciertamente la vida de los santos y la teología están muy bien, pero al final lo que alimenta no son las palabras humanas, sino la Palabra divina.

Si siempre es necesario acercarnos a la Palabra, mucho más en este momento en el que estamos, porque en nuestro mundo y en nuestra Iglesia hay demasiado ruido que perturba nuestro corazón. Todo son buenas ideas, dichas con fuerza, pero que no sabes a dónde te llevan, ni a qué carta quedarte. En medio de todo ese ruido que nos perturba, hay que escuchar la única Palabra que al final importa. Estamos convencidos de que la Palabra de Dios es práctica para nosotros hoy. En concreto, el Génesis tiene un mensaje práctico y valioso para nosotros en la situación en que vivimos. No acudimos a este libro con un interés meramente arqueológico, no pretendemos solamente recordar lo que dijeron los autores sagrados, ni siquiera recordar lo que dice nuestra fe, con lo importante que es todo ello, sino que buscamos lo que el libro del Génesis nos dice para vivir hoy nuestra fe, sabiendo que tiene un contenido que nos va a ayudar a crecer en nuestra vivencia de la fe. Incluso nos va a orientar en el ambiente eclesiástico en el que estamos viviendo. Lo que nos da seguridad en esta situación es la Palabra de Dios. Quien no conoce la Palabra de Dios está al albur de las presiones y de las opiniones de unos y otros.
Pero para que la Palabra de Dios sea útil y eficaz, hay que abordarla de una determinada forma. No vamos a acercarnos a ella como una obra literaria; como si fuera una obra meramente humana en la que yo puedo ver los aciertos y buscar paralelos en otras literaturas; ni tampoco la vamos a analizar como el testimonio de un momento determinado de la historia y averiguar, por ejemplo, como vivían los patriarcas; tampoco como un código moral en el que buscamos lo que tenemos que vivir, y cómo debemos actuar. No puede ser algo puramente doctrinal en el sentido más frío de la palabra. La única forma respetuosa de abordar la Palabra de Dios es acercarnos a ella como la palabra que Dios nos dirige:
Damos gracias a Dios sin cesar, porque, al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes (1Tes 2,13).
No podemos estudiar el Génesis como palabra meramente humana. Conformarnos con analizar las tradiciones que lo han constituido, considerar los textos paralelos, descubrir lo que quería decir el autor humano… Todo eso lo podemos estudiar, pero nuestro objetivo no es ése, sino acercarnos al Génesis como Palabra de Dios y a la luz de la plenitud de esa Palabra, que es la encarnación del Hijo de Dios en Cristo. Todo confluye, como vamos a ver, en la Palabra que está en el principio y apunta a la Palabra resucitada y gloriosa. Como ha dicho el Apóstol, se trata de la Palabra de Dios que permanece operante en nosotros; por lo tanto, si estos temas no nos ayudan a crecer interiormente, a amar más a Jesucristo, a conocer más lo que él quiere de nosotros y de la Iglesia, habremos fracasado. Llenar la cabeza de contenidos y de conocimientos está muy bien, pero no es nuestro objetivo. Nosotros no miramos la Escritura como una reliquia del pasado, sino como una realidad operante, viva, capaz de transformarnos. Sólo tiene sentido este trabajo si nos acercamos a la Palabra para que nos transforme.
Por tanto, ¿qué buscamos? Conocer el rostro de Dios en la Escritura, conocer a Dios y entrar en contacto con él. La Palabra que vamos a ver es una Palabra encarnada y, por tanto, tiene una expresión externa, aunque a nosotros lo que nos interesa fundamentalmente es captar la persona interna, pero sin despreciar lo externo.
Pongamos un ejemplo. Podemos tener mucho interés -y a eso nos puede ayudar la Sábana Santa- en saber cómo era el cuerpo de Cristo, si era alto, las facciones de su rostro, si era corpulento. Todo eso nos ayuda; pero, aunque el Señor hubiera tenido otra apariencia exterior, eso no le quitaría nada de valor a la realidad de lo que él es. La Palabra de Dios nos interesa y nos interesa cómo la escribieron los autores sagrados, la belleza de su expresión; pero, aunque estuviera mal escrita, con un estilo vulgar, nos seguiría interesando lo que nos quiere decir Dios por medio de su Palabra. De hecho, san Agustín, que era muy versado en la oratoria y en el estilo literario, despreció la Palabra de Dios antes de convertirse por su rudeza. Pero a nosotros no nos importa el estilo, sino que realmente es la Palabra que Dios nos dirige.
Dice san Pablo en otra ocasión:
Toda Escritura es inspirada por Dios es también útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena (2Tm 3,16-17).
En consecuencia, abordamos la Biblia como Palabra de Dios para que nos transforme, intentando respetar la misma realidad de la Escritura como Palabra de Dios, y para eso vamos a intentar abordarla acercándonos lo más posible al método de la lectio divina, es decir, una lectura creyente, respetuosa del texto sagrado, que parte de la fe y debe conducir a la oración. Y esto es necesario, porque, si lo que veamos en estos temas no nos ayuda a comprender mejor, a amar más y a rezar más profundamente, no hemos hecho nada. Tiene que ser una lectura creyente. No vamos a perdernos en determinar cuáles son las influencias que ha recibido del medio ambiente; aunque algo diremos de ello, ése no es nuestro objetivo. Sólo nos ocuparemos de ello en tanto nos ayude a comprender mejor la Palabra de Dios. Lo que hagamos debe llevarnos a una lectura sabrosa de la Palabra que nos permita paladearla sapiencialmente. Es decir, ir conociendo a Dios a través de la Palabra. Y además tiene que ser una lectura que acepte que la Palabra de Dios nos juzgue, y eso nos cuesta más. Si realmente profundizamos en la Palabra, van a aparecer muchas cosas que ponen en entredicho nuestra vida de fe y nos exigen un cambio. La Palabra es dulce porque es extraordinariamente hermosa, pero también es un peso.
La voz del cielo que había escuchado se puso a hablarme de nuevo diciendo: «Ve a tomar el librito abierto de la mano del ángel que está de pie sobre el mar y la tierra». Me acerqué al ángel y le pedí que me diera el librito. Él me dice: «Toma y devóralo; te amargará en el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel». Tomé el librito de mano del ángel y lo devoré; en mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor (Ap 10,8-10).
Son palabras muy hermosas y debemos fijarnos en el término que emplea: «Devóralo», «lo devoré». La Sagrada Escritura no se puede comer de cualquier forma, exige la pasión por Dios, no para conocer más, sino para amar mejor, para entrar en comunión con Cristo. Hay que devorarla. Y sabe dulce, claro que sabe dulce porque es hermosa, porque se dirige a nuestro corazón, pero al mismo tiempo está llena de amargor. Es un peso porque la Palabra de Dios me juzga, me está permanentemente poniendo un espejo para que vea como soy, cómo tengo que ser, a dónde tengo que llegar, la altura en la que Dios me espera y a la que yo sin su ayuda jamás podré llegar.
Por tanto, si la Palabra de Dios nos deja indiferentes es que no nos hemos alimentado de ella, no la hemos devorado. Si nos sacia y no nos corrige, malo. Nunca nos dejará satisfechos del todo. La Palabra nos hace darnos cuenta de que no podemos dar la talla, porque nos quiere llevar junto a Dios; por medio de ella, Dios se acerca a nosotros, pero nunca nos satisface plenamente ni nos deja tranquilos de modo que podamos pararnos. Dios, a través de su Palabra, se nos acerca, nos resulta dulce, nos atrae, nos mueve…, pero siempre está más lejos, siempre está por encima de nosotros, siempre exige que crezcamos y reprocha nuestra comodidad. Nos dice la misma Escritura:
La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas (Heb 4,12-13).
Nada se le oculta a la Palabra, llega a lo más íntimo del ser humano, todo lo saca a la luz y lo juzga todo. Por eso no queremos escuchar la Palabra y procuramos no profundizarla mucho, porque si la profundizamos, y para eso se necesita la lectio divina, la lectura orante, enseguida quedamos desnudos ante el Señor de toda la tierra.
Por tanto, con estos temas vamos a intentar conocer la Palabra de Dios por dentro. Sin despreciar la letra, por supuesto, porque como es Palabra encarnada, la letra ya es también espiritual. El contacto con el cuerpo de Cristo sana a las personas, incluso simplemente con su manto. Acordaos aquella mujer que tenía flujos de sangre y piensa «si lo toco quedaré sana» (cf. Mc 5,25-34). Lo toca y queda sana. ¿Por qué? Porque, aunque es la persona divina la que sana, como está encarnado, el contacto con la carne sacratísima de Cristo sana a los enfermos, su saliva hace ver al ciego. La letra ya es espiritual, aunque nosotros naturalmente buscaremos lo más profundo.
Vamos también a leer el Génesis iluminándolo con el resto de la Palabra de Dios, poniéndolo en relación con otros textos que ayudan a entenderlo. Porque la Palabra de Dios se interpreta a sí misma, se hace comprensible a partir de otros lugares de la Escritura. Y como es Palabra de Dios, y tiene unidad porque toda ella tiene a Dios como autor, podemos poner al mismo nivel el Génesis y las cartas de san Pablo y descubrir que cada uno de esos libros de la Biblia coopera al conocimiento profundo de Jesucristo, cada uno a su manera. No todos tienen la misma importancia, pero todos son Palabra de Dios y todos cooperan al conocimiento del misterio de Cristo.
Entonces, al leer el Génesis, no nos vamos a quedar sólo en ese libro, sino que a partir de ahí vamos a escrutar el resto de la Escritura para conocer mejor el Génesis y para poder profundizar mejor en la Palabra de Dios.
Otro aspecto importante de la forma en que vamos a abordar la Palabra de Dios es el lugar del que partimos. Somos intérpretes y exegetas, pero no desde cero o en el vacío. Leemos la Palabra de Dios como miembros de la Iglesia, apoyándonos en la interpretación multisecular de la Iglesia. No hacemos una interpretación libre en la que cada uno puede decir lo que le parezca. Naturalmente, en tanto que miembro de la Iglesia, yo coopero con mi indagación, con mi estudio, con mi forma de escrutar la Escritura, a hacer más inteligible la Palabra de Dios. Pero si mi interpretación se contrapone a la de la Iglesia o es incompatible con ella, tengo que renunciar a esa interpretación porque yo no la leo en tanto que sujeto privado, sino como miembro de la Iglesia, con los ojos de la Esposa.
Para hacer esta lectura eclesial nos ayuda, en la medida que podamos, la interpretación de los Santos Padres. Éstos son escritores y teólogos cristianos -obispos, sacerdotes y laicos- de los primeros siglos (s. I al VIII), que son fundamentales en la trasmisión de la Tradición y en la organización de la Iglesia. Reúnen santidad de vida, ortodoxia doctrinal y profundidad en sus enseñanzas. Su tarea y sus escritos fueron cruciales para la formulación de la doctrina, la interpretación de las Escrituras y la organización de la Iglesia primitiva. Su cercanía a la Iglesia primera, su especial visión de Dios y de su Palabra, su autoridad hacen que sus comentarios a la Escritura tengan un especial valor para interpretarla con el corazón de la Esposa. Ciertamente, toda esta tradición de interpretación de la Escritura ha sido enriquecida en los siglos posteriores por pastores, teólogos y santos, porque la Palabra de Dios nunca se agota. Con su ayuda enriqueceremos nuestra lectura del libro del Génesis, teniendo en cuenta que hacemos esta tarea como miembros de la Iglesia, porque la Palabra de Dios va dirigida a la Iglesia, a través del pueblo de Israel. Por medio del Hijo, el Esposo, Dios habla a la Esposa, que es la Iglesia.

Es necesario tener siempre en cuenta esta lectura de la Palabra en comunión con la Iglesia. Porque pueden surgir muchos momentos en que resulte difícil entender lo que nos dice la Palabra y resulte contradictorio con lo que pensamos. Podemos dudar y discutir lo que sea, pero, al final, aceptamos la interpretación de nuestra madre, que es la Iglesia.
Para esta búsqueda del sentido y de la eficacia de la Palabra en la Iglesia es especialmente valiosa e imprescindible la tarea de inquirir la sintonía de la Escritura con la vida divina de la Iglesia que se desarrolla, sobre todo, en la liturgia. La liturgia pone los textos en un contexto nuevo, que no es incompatible con el contexto bíblico, y entonces adquieren un nuevo sentido y una nueva fuerza. Por ejemplo, el recorrido por la Escritura que se realiza en la Vigilia Pascual, que comienza por las primeras páginas del libro del Génesis, ilumina el relato de la creación a la luz del misterio pascual y lo pone en relación con el momento cumbre de la historia de la salvación. Es un modo especialmente útil y valioso de leer la Biblia -en concreto el relato de la creación- con los ojos de la Esposa. Esta lectura eclesial y litúrgica no empobrece la interpretación del texto, todo lo contrario. Lo que es empobrecedor es una exégesis que prescinda del ambiente propicio de la lectura, la interpretación y la puesta en práctica de la Palabra de Dios. Por ejemplo, la Iglesia sabe descubrir en las palabras del ángel que llama a María «llena de gracia» el fundamento de la Inmaculada Concepción de la Virgen. El corazón y la Tradición de la Iglesia sabe descubrir lo que se le oculta al exegeta imparcial que aparta la Biblia de su origen y de su ambiente.
Esto no implica que dejemos de aprovechar todos los medios humanos a nuestro alcance para entender la Sagrada Escritura, y nos apoyemos en ellos en la medida de nuestras capacidades, pero sin caer en la tentación de explicarlo todo sólo con esos métodos por la composición humana de los textos. Los medios complementarios nos vienen bien, pero son sólo medios complementarios. No debemos olvidar que hay personas que carecen de todos esos apoyos ‑lingüísticos, literarios, históricos…‑, y leen la Escritura de una forma mucho más inocente, directa y sencilla, pero la entienden -y la viven- mucho mejor que los que tienen esos medios. Los santos -canonizados o no- son los mejores intérpretes de la Biblia. La Virgen María entendía las palabras del Antiguo Testamento mucho mejor que nosotros, mucho mejor que lo que la Iglesia podrá jamás entenderlo, porque ella amaba la Palabra, la escuchaba y la obedecía; y, sobre todo, porque esa Palabra se encarnó en ella y se hizo hombre en ella.
La clave para entender la Escritura no es tener más medios, tener más datos, ser más erudito… No. Es ser más de Dios. Porque el verdadero intérprete de la Sagrada Escritura es el Espíritu Santo y aquellos que lo poseen. Los sacerdotes pueden constatar que muchas personas con pocos medios y capacidades, incluso niños, enfermos o discapacitados, tienen una sintonía con la Escritura superior a ellos, por la simple razón de que estas personas más débiles viven lo que nosotros pretendemos controlar y lo que predicamos.
Por eso, es necesario que seamos conscientes de la motivación y la actitud que cada uno tiene al acercarse a la Palabra de Dios, en concreto a estos temas sobre el libro del Génesis. Debemos zambullirnos en la Escritura con nuestra pobreza y con nuestros medios, pero sobre todo con nuestro amor. Para que esta tarea dé fruto necesitamos un fuerte anhelo de encontrarnos con el Señor, un corazón limpio y pobre, un alma de oración. Eso hará que la profundización de la Biblia dé mucho más fruto del que sólo cuente con sus capacidades intelectuales y busque sólo un conocimiento teórico. Hemos de ser conscientes de que sacaremos el fruto en función de lo que pongamos, que encontraremos en la Palabra lo que necesitamos si tenemos una actitud acorde con la Palabra.
El mismo Señor nos ayuda a entender esta actitud en el Evangelio: «Buscad y encontraréis» (Mt 7,7); «Al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene» (Mt 13,12). Si yo busco con ansia, tengo anhelo de Dios y amo su Palabra, el fruto de la Palabra de Dios se incrementa exponencialmente en mí. Si no, no llegaré a nada. Con la actitud correcta siempre podré volver a la Escritura y obtener nuevos frutos, porque la Palabra de Dios es inagotable, contiene una novedad que nos supera, que nos ayuda.
Esto vale para cualquier libro de la Biblia. Pero nosotros, que vamos a profundizar en el libro del Génesis, debemos preguntarnos por qué merece la pena hacer este esfuerzo si parece que nos presenta una serie de relatos muy lejanos a nosotros, que no tienen nada que ver con nuestro ambiente, ni con nuestra forma de vivir, ni con nuestro concepto de la realidad. La lectura del Génesis nos obliga a salvar la distancia de unos textos que están escritos hace tres mil años.
Entonces, ¿por qué merece la pena estudiar el Génesis? Pues precisamente por la situación actual de nuestro mundo y de nuestra Iglesia, en la que se ponen en duda las realidades más básicas que el Génesis puede iluminar con la fuerza de la Palabra de Dios: qué es el hombre, la familia, la sexualidad… hasta la misma ecología. El Génesis, ese texto tan antiguo, da respuestas certeras y permanentes a la ideología de género, al feminismo radical y a una ecología extrema que piensa en eliminar al hombre para preservar la naturaleza.
El relato de Abrahán es de una importancia extraordinaria, no en balde es nuestro padre en la fe. La historia de José contiene una enseñanza magnífica de la providencia de Dios.
Por lo tanto, no acudimos al Génesis con el espíritu del arqueólogo que quiere descubrir como vivía el hombre antiguo, aunque sea como se vivía la fe en ese tiempo tan lejano. Hay que recordar que «la Palabra de Dios es viva y eficaz» y sigue siendo válida -y necesaria- para el hombre de hoy; realmente para el hombre de todos los tiempos.
Como hemos indicado intentaremos iluminar estos textos del libro del Génesis con otros de la Escritura, de manera que podamos ir profundizando y dejando que la Palabra de Dios se module, se complete, se comente y se ilumine a sí misma. Lo que sucede en la creación y en el primer pecado es el marco de la historia de la salvación, de modo que sin ese marco no entenderemos en resto de esta historia; y, a su vez, la plenitud de esta historia nos ayudará a comprender todo lo que contienen las primeras páginas de la Biblia.
Podemos distinguir en el Génesis, tres partes fundamentales, dos de ellas claramente definidas.
- -La primera concierne de algún modo a la historia universal: la creación, el primer pecado, el asesinato de Abel a manos de Caín, el avance del pecado, el castigo de Dios a través del diluvio, Noé…
- -En una segunda etapa esa historia se concentra en un personaje, Abrahán, porque la historia de la salvación se va a realizar por medio de este hombre elegido y de su descendencia. El Génesis nos desvelará los avatares de la promesa de Dios hecha a Abrahán en la historia de los patriarcas.
- -La tercera parte es la larga, interesante y preciosa historia de José, que culmina con el pueblo de Israel en Egipto.
Toda esta historia es mi historia, porque yo pertenezco al pueblo de Dios, porque estoy injertado en esa historia de la salvación que comienza con la creación y Abrahán, que culmina en Cristo y que continúa en la Iglesia hasta el final de los tiempos. Esta historia me concierne personalmente, porque cuando Dios estaba creando, estaba pensando en mí. Cuando llamó a Abrahán y le dio una bendición que abarcaría a las naciones estaba pensando en nosotros, en cada uno de nosotros. El Génesis es el comienzo de la historia de mi familia, que me permite comprender lo que Dios ha hecho por mí mucho antes de que yo naciera. Dios pensaba en mí y estaba organizando todo para mí. Yo soy el destinatario último de todo lo que contemplo en el relato de la creación, del Edén, de la promesa de la salvación, de la historia de Abrahán, etc. Conscientes de esto no podemos leer el libro del Génesis con fría indiferencia.
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