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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Nacimiento e infancia de Moisés (Ex 2,1-10)

Texto bíblico

1 Un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de la misma tribu. 2 Ella concibió y dio a luz un niño. Viendo que era hermoso, lo tuvo escondido tres meses. 3 Pero, no pudiendo tenerlo escondido por más tiempo, tomó una cesta de mimbre, la embadurnó de barro y pez, colocó en ella a la criatura y la depositó entre los juncos, junto a la orilla del Nilo. 4 Una hermana del niño observaba a distancia para ver en qué paraba todo aquello.

5 La hija del faraón bajó a bañarse en el Nilo, mientras sus criadas la seguían por la orilla del río. Al descubrir ella la cesta entre los juncos, mandó una criada a recogerla. 6 La abrió, miró dentro y encontró un niño llorando. Conmovida comentó: «Es un niño de los hebreos». 7 Entonces la hermana del niño dijo a la hija del faraón: «¿Quieres que vaya a buscarle una nodriza hebrea que críe al niño?». 8 Respondió la hija del faraón: «Vete». La muchacha fue y llamó a la madre del niño. 9 La hija del faraón le dijo: «Llévate al niño y críamelo, y yo te pagaré». La mujer tomó al niño y lo crió. 10 Cuando creció el muchacho, se lo llevó a la hija del faraón, que lo adoptó como hijo y lo llamó Moisés, diciendo: «lo he sacado del agua» (Ex 2,1-10).

Lectio

Con espíritu de fe y con deseo de asimilar la Palabra de Dios en la oración, vamos a acoger los primeros pasos de la vida de Moisés, tal como nos los ofrece el libro del Éxodo.

Moisés, el elegido por Dios para salvar a su pueblo, nace en el contexto de la opresión de los hebreos por parte del faraón, que ha mandado arrojar al Nilo a los varones recién nacidos para ir exterminando a los israelitas.

[v. 1] Moisés es de la tribu de Leví, uno de los hijos de Lía. No es una de las tribus más valoradas, como aparece en las bendiciones de Jacob antes de morir (Gn 49,5-7), a causa de la violencia con la que vengó la violación de su hermana Dina (Gn 34). Pero es la tribu que va a ser destinada a ejercer el sacerdocio del Antiguo Testamento.

[v. 2] La madre de Moisés lo encontró hermoso. San Esteban, ya en el Nuevo Testamento, que realiza una importante síntesis de la historia de la salvación ante sus perseguidores, al hablar de Moisés nos ayuda a entender de qué hermosura se trata: «Era hermoso a los ojos de Dios» (Hch 7,20). Ésta es la única hermosura que realmente cuenta.

¿Puedo decir que soy hermoso a los ojos de Dios y que es la hermosura que busco realmente?

[v. 3] La madre, cuando ya no puede mantenerlo oculto sin poner en peligro a toda la familia, prepara una especie de «arca» para depositar a su hijo en el Nilo. El libro del Éxodo usa la misma palabra para la cesta que hizo la madre de Moisés que para el arca que preparó Noé, según nos narra el Génesis, por lo que no es extraño que alguno de los Santos Padres afirme que, del mismo modo que el arca de Noé contenía la vida de la humanidad, esta arca, que baja por el Nilo, contiene la vida futura del pueblo de Israel.

[v. 4] Seguramente, la madre albergaba la esperanza de que algún hombre o mujer de los egipcios se encontrara con el niño en las orillas del río. Por eso envía a su hija a ver qué pasa con el niño depositado en la cesta.

[vv. 5-6] Y quien encuentra al niño es la hija del faraón, del mismo faraón que había dictado la muerte de los niños varones de los hebreos. En esta realidad un tanto irónica, en que la hija del faraón que quiere exterminar a los hebreos es la que salva al que va a librar a los hebreos de manos del faraón, la Palabra de Dios nos está presentando a un Dios que, sutilmente, va moviendo los hilos de la historia para realizar su plan salvador. Dios es capaz de sacar bien y salvación allí donde los hombres quieren realizar un mal (cf. Rm 8,28).

Y aquí aparece ya una luz importante para mí, que me consuela y me ilumina en mi realidad concreta: incluso el mal de los malos sirve para el bien de los buenos, gracias a la acción de Dios. Puedo comprobar en la vida de los santos cómo ellos van creciendo en fe, en amor y en santidad precisamente aprovechando la malicia de los malos que les rodean e intentan hacerles daño. Y la cruz de Cristo se me muestra entonces como el acto supremo de amor y salvación por parte de Dios, que surge a partir del pecado de los hombres que violentamente y con injusticia quieren eliminar a Jesús.

Dios es un magnífico artista que sabe hacer obras extraordinarias con materiales de desecho. Sabe utilizar incluso el pecado para hacer que el bien se propague. También utiliza mi pecado para llevar a cabo su plan en mí y en el mundo. ¿Creo en la eficacia salvadora de mi pecado si lo dejo en las manos de Dios?

La tradición judía explica la acción de la hija del faraón añadiendo la circunstancia de que era una mujer casada pero estéril que, al ver al niño de los hebreos, se conmueve y pone tanto interés en quedarse con el niño, porque ella no puede engendrar ninguno.

Así opone la fecundidad de los que pertenecen a Dios y le sirven con la esterilidad de quienes se oponen a los planes divinos. Éstos, sin embargo, aunque estériles, pueden estrenar una misteriosa fecundidad si colaboran con Dios y sus planes.

[vv. 7-10] La hermana de Moisés, la que el libro del Éxodo denomina María, y que tendrá un papel importante en los acontecimientos del éxodo, aprovecha que la hija del faraón se  ha enternecido con el niño y le propone buscar una nodriza hebrea, porque, lógicamente, ninguna egipcia va a querer criar a un niño del pueblo oprimido y enemigo.

De este modo, Moisés adquiere desde la infancia un doble origen, podríamos decir una doble nacionalidad: sus raíces son hebreas y su madre no sólo lo va a criar, sino que también le va a enseñar la lengua y la forma de vida de los hebreos con sus valores; y en la corte del faraón va a recibir la formación de los príncipes egipcios, creciendo junto al hijo del faraón con el que después se va a enfrentar. De nuevo es san Esteban el que ilumina esta circunstancia: «Lo recogió la hija del faraón, que lo hizo criar como hijo suyo. Y fue educado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios y era poderoso de palabra y de obra» (Hch 7,21-22).

Los Santos Padres ven en Moisés un modelo del cristiano que debe alcanzar la santidad y afirman que, lo mismo que Moisés se educó en la cultura pagana y en la hebrea, el cristiano tiene que conocer la cultura pagana, pero su leche la recibe del pecho materno que es la Iglesia. Así aplican a la vida lo que leen en la Escritura.

Verdaderamente es estéril la cultura pagana, siempre encinta, pero sin dar a luz jamás en un parto. Por consiguiente, cuando uno ha convivido con la reina de los egipcios, aunque no parezca excluido de sus magnificencias, debe correr hacia la que es madre por naturaleza, de la cual Moisés no se apartó en el tiempo de su crianza junto a la reina, ya que fue amamantado, como recuerda la historia, con la leche materna. Esto enseña, a mi parecer, que, si en el tiempo de nuestra educación convivimos estrechamente con los pensamientos paganos, debemos no apartarnos de la leche de la Iglesia (San Gregorio de Nisa).

No podemos suponer que Moisés era un iletrado, sino que sería introducido en todos los saberes que caracterizaban a la avanzada civilización egipcia: matemáticas, música, idiomas, leyes…, incluso la ley hebrea si se le pensó destinar a ser una especie de ministro egipcio dedicado a los hebreos. Moisés, el legislador de Israel, no sólo sabe leer y escribir, sino que conoce las leyes de su ambiente, aunque la ley del Sinaí estará marcada por la absoluta novedad del Dios único que se le revela en el monte Sinaí.

La formación es muy importante para ponerla al servicio del plan de Dios. La tentación es despreciarla, pero Dios no la buscó para aquél que tenía que ser el liberador y legislador de su pueblo.

Para ser verdadero cristiano necesito conocer los misterios de Dios y los misterios del mundo. Esto no significa que deba ser un erudito en teología o ciencias humanas, sino que he de vivir del misterio de Dios y conocer el mundo en el que vivo, de manera que nada humano me sea indiferente. Despreciar lo humano es restringir la posibilidad de que Dios lo transforme a través de mí. Jesús utilizaba en su predicación imágenes de la vida cotidiana, porque la conocía y no despreciaba su capacidad de ilustrar el mundo de Dios.

Es la madre adoptiva la que le pone el nombre: «Moisés» [v. 10]. La Escritura interpreta el nombre como «lo he sacado del agua». Los estudiosos indican que el nombre parece más bien de origen egipcio que significaría «nacido de» o «hijo de», como Tutmosis, significaría hijo del dios Tut.

Enfrentamientos de Moisés y huida de Egipto (Ex 2,11-15)

Texto bíblico

11 Pasaron los años. Un día, cuando Moisés ya era mayor, fue a donde estaban sus hermanos y los encontró transportando cargas. Y vio cómo un egipcio mataba a un hebreo, uno de sus hermanos. 12 Miró a un lado y a otro y, viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena. 13 Al día siguiente salió y encontró a dos hebreos riñendo y dijo al culpable: «¿Por qué golpeas a tu compañero?». 14 Él le contestó: «¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio?». Moisés se asustó y pensó: «Seguro que saben lo ocurrido». 15 Cuando el faraón se enteró del hecho, buscó a Moisés para matarlo. Pero Moisés huyó del faraón y se refugió en la tierra de Madián. Allí se sentó junto a un pozo (Ex 2,11-15).

Lectio

Después de la etapa de formación empiezan los problemas porque este joven no ha sido educado para la esclavitud, sino para la libertad y, en consecuencia, no es capaz de aceptar la esclavitud de su pueblo. Él podría haberse quedado cómodamente en la corte del faraón disfrutando de sus privilegios, porque, como dice el mismo libro del Éxodo, incluso cuando está invocando las plagas sobre Egipto: «Moisés era también muy estimado en la tierra de Egipto por los servidores del faraón y por el pueblo» (Ex 11,3). Pero cuando Moisés va a ver a sus hermanos, porque nunca abandona sus raíces judías, surge la inquietud y los problemas:

A Moisés le resulta insoportable la esclavitud y el maltrato que sufre su pueblo. Este hombre, lo veremos en otros momentos, no aguanta la injusticia, pero quiere arreglarla por sus propios medios. El fruto va a ser el fracaso absoluto. En eso, la Escritura puede iluminarme al presentarme en Moisés un espejo que refleja mi propia forma de reaccionar y su resultado.

Querer arreglar el mundo inmediatamente con mis fuerzas e iniciativas es un esfuerzo destinado al fracaso y a la amargura. Moisés quiere suplir al único Salvador, que es Dios. La indiscreción que supone tomar una iniciativa que no le corresponde le lleva a la frustración.

Yo no puedo arreglar el mundo, ni arreglarme a mí mismo, con mis propias fuerzas. Sin la humildad necesaria para respetar los tiempos y los modos de Dios, refuerzo el mal, perjudico a los que intento ayudar y me rompo a mí mismo.

De hecho, Jesús estuvo treinta años contemplando un mundo de pecado y no se tomó ninguna iniciativa hasta que el Padre le señaló su hora. Y no intervino matando a los malos para salvar a los buenos, sino enseñando dónde estaba la fuente de la verdadera liberación.

¿Cuento con Dios para mejorar el mundo o tomo iniciativas imprudentes, que luego quiero que Dios respalde? ¿No debería ser yo el que tuviera que respaldar las sabias iniciativas de Dios cuando me llame?

[vv. 11-12] Primero, Moisés, que debía ser fuerte, mata con sus manos al egipcio que está maltratando a un hebreo y lo entierra. [vv. 13-14] Más tarde ve otra injusticia, dos hebreos discutiendo, y él, que no puede dejar de intervenir y quiere resolver las cosas por sí mismo, intenta mediar para ayudar a los suyos. Pero los suyos no lo entienden y lo desprecian, porque de alguna forma ven en él al enemigo, al traidor que se ha puesto en el bando de los opresores, el que vive holgadamente mientras ellos están esclavizados. El culpable de la disputa revela a Moisés que se ha sabido lo que ha hecho con el egipcio. [v. 15] Moisés se asusta y huye, porque sabe que el faraón tiene que actuar ya que no puede permitir que, en ese contexto, un hebreo mate a un egipcio.

No obstante, a pesar de sus indiscretas acciones, Moisés muestra una virtud que le es grata a Dios, que ve no puede aceptar el mal ni permanecer indiferente ante él sin hacer nada. Su acción es indiscreta, pero manifiesta una naturaleza buena, que no sufre la injusticia.

¿Yo soy capaz de permanecer indiferente, sin que me duela el mal del mundo? Aunque yo no sea el Salvador, ¿puedo vivir sin la esperanza de una salvación?

San Esteban lo explica del siguiente modo:

Al cumplir los cuarenta años, nació en su corazón la idea de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel, y, habiendo visto que uno era agraviado, acudió a su defensa y vengó al injuriado, matando al egipcio. Pensaba que sus hermanos comprenderían que Dios iba a darles la salvación por su mano, pero no comprendieron. Al día siguiente se presentó mientras se estaban peleando e intentaba ponerlos en paz, diciendo: «Hombres, sois hermanos, ¿por qué os ofendéis uno a otro?». Pero el que ofendía a su compañero, lo rechazó, diciendo: «¿Quién te ha constituido jefe y juez sobre nosotros?». ¿Acaso quieres matarme igual que mataste ayer al egipcio? Moisés huyó a causa de estas palabras y vivió como forastero en tierra de Madián en la que engendró dos hijos (Hch 7,23-29).

[v. 11] A propósito del dato que ofrece san Esteban, que sitúa este episodio cuando Moisés tiene cuarenta años, Filón de Alejandría divide la vida de Moisés en tres etapas de cuarenta años cada una: cuarenta años en la corte del faraón, cuarenta años en Madián escondido del faraón y cuarenta años siendo el líder de los israelitas. Hay que tener en cuenta el valor simbólico del número cuarenta que es aproximadamente lo que dura una generación.

Esteban hace ya una relectura de los hechos desde lo que ha sucedido porque, en principio, Moisés no piensa todavía que «Dios iba a darles la salvación por su mano»; aunque sí creía que sus hermanos entenderían que estaba de su parte para ayudarles, pero no fue así.

[v. 15] Moisés tiene que huir por dejarse llevar de su impulso y de su autosuficiencia. Es verdad que Moisés quiere hacer justicia, pero confía demasiado en sus propias fuerzas; y, al final, el fruto de todo eso es el fracaso y la huida. Y, sin embargo, también esta experiencia de fracaso, como otras, van haciendo que Moisés se dé cuenta de que él no puede nada y que la justicia no se va a imponer con sus fuerzas. Eso me sirve para aceptar que necesito del fracaso cuando me dejo llevar por mi autosuficiencia, incluso buscando metas buenas; que sin el Señor no puedo hacer nada (cf. Jn 15,5); y que, como dice el salmo, «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Sal 128,1).

Muchas veces el fracaso es la expresión de la misericordia de Dios, que me reorienta allí donde puedo ser fecundo según su plan salvador. ¿Sé aceptar el fracaso y dejarme conducir por Dios?

Moisés como extranjero en Madián (Ex 2,15-22)

Texto bíblico

La huida de Egipto lleva a Moisés lejos del faraón, a Madián:

Pero Moisés huyó del faraón y se refugió en la tierra de Madián. Allí se sentó junto a un pozo. 16 El sacerdote de Madián tenía siete hijas, que salían a sacar agua y a llenar los abrevaderos para abrevar el rebaño de su padre. 17 Llegaron unos pastores e intentaron echarlas. Entonces Moisés se levantó, defendió a las muchachas y abrevó su rebaño. 18 Ellas volvieron a casa de su padre Reuel, que les preguntó: «¿Cómo habéis vuelto hoy tan pronto?». 19 Contestaron: «Un egipcio nos ha librado de los pastores, nos ha sacado agua y ha abrevado el rebaño». 20 Dijo él a sus hijas: «¿Dónde está?, ¿cómo lo habéis dejado marchar? Llamadlo para que venga a comer». 21 Moisés accedió a vivir con aquel hombre, que le dio a su hija Séfora por esposa. 22 Ella dio a luz a un niño y Moisés lo llamó Guersón, diciendo: «Soy emigrante en tierra extranjera» (Ex 2,15-22).

Lectio

[v. 15] Madián se localiza probablemente en la península del Sinaí, al oriente de Egipto, no lejos del monte Sinaí. [v. 16] El suegro de Moisés es un personaje peculiar que tiene tres nombres: nuestro texto lo llama Reuel, pero en Ex 3,1 se le llama Jetró y en Nm 10,21 se denomina Jobab.

[vv. 16-17] De nuevo, Moisés no soporta la injusticia y no puede evitar intervenir. Normalmente los pastores obligaban a las hijas de Jetró a esperar hasta el final para abrevar el ganado. Moisés, de nuevo aparece como un hombre valiente y fornido que se enfrenta con los pastores de Madián. [vv. 18-21]

La insistencia en meterse donde no le llaman para ayudar a los más débiles muestra lo afianzado que está en el carácter de Moisés la indignación ante la injusticia, a la par que un carácter tozudo, poco hecho para las componendas. Una magnífica base para que Dios realice su obra. Sobre esta base, Dios sacará al liberador de su pueblo. Es más fácil hacer un vestido si sobra tela que si escasea. La elección de varios de los apóstoles de Jesús parece ratificar esta ley.

Pero esta vez le sale bien: se queda en casa de Jetró y se casa con una de sus hijas, Séfora. [v. 22] Sin embargo, a pesar de esta cómoda situación, Moisés no se queda tranquilo, por eso pone a su hijo de nombre Guersón, para significar que es emigrante en tierra extranjera.

Tiene nostalgia, pero ha encontrado su rinconcito para vivir una vida tranquila y sin las pretensiones de transformar el mundo que antes tenía.

Ésta es la gran tentación que podemos tener, y que es muy frecuente en nuestro mundo: cuando se extiende la amargura del fracaso, recurrimos al «sálvese quien pueda». Como no puedo cambiar el mundo con mis fuerzas, me acomodo para vivir de una forma razonable y estable, renunciando a los grandes ideales. Así el inconformista rebelde se hace pastor acomodado, y ya no va a querer salir de ahí en nombre de una misión quimérica. ¡Cuántos jóvenes altruistas acaban siendo acomodados escépticos!

Ha intentado defender a los suyos y se encuentra con el rechazo de unos y otros, lejos de su pueblo que está en Egipto.  El hecho de que Moisés haya encontrado la paz en el desierto lo emplearán los padres para ensalzar la vida monástica.

Errónea, pero lealmente, Moisés ha intentado buscar la justicia. El resultado es que el que pertenecía a dos pueblos se encuentra rechazado por los dos. Está en el punto idóneo para que Dios le llame. Ahora puede entender que sólo el Señor es su familia, «su lote y su heredad». Él servirá al Pueblo de Dios, pero su pueblo verdadero es Dios mismo. ¿Puedo decir en verdad, que mi familia y mi pueblo es Dios o antepongo otras referencias identitarias a él?

Dios se sirve de las circunstancias y de los acontecimientos que vive Moisés, de su mismo carácter y errores para ir transformándolo: lo va empobreciendo, haciendo más sencillo, incluso le va a acostumbrando al desierto, al nomadismo, al pastoreo que tan importante será en la etapa definitiva de su vida en la que como pastor de su pueblo deberá guiarlo por el desierto. Esto me resulta luminoso y sugerente para mirar mi vida y descubrir como Dios también emplea mis defectos y virtudes, mis circunstancias y mis fracasos para ir guiando mi vida hacia la meta que él ha establecido. De modo que, a esta luz, cosas que considero negativas Dios las ha utilizado para ir realizando mi historia de salvación. Moisés ya está en el punto adecuado para que Dios pueda aparecer en su historia de una forma determinante.

Ahora es la carta a los Hebreos la que hace una lectura más profunda de esta situación. El autor de la carta va describiendo en el capítulo 11 cómo los grandes personajes de la historia de la salvación han sido guiados por la fe. Pero interpreta toda esta historia desde la plenitud de la revelación y de la salvación que se han realizado en la pascua de Cristo. Esta interpretación es muy desconcertante desde el plano meramente histórico, pero es muy verdadera para el que contempla la historia con los ojos iluminados por la fe. Es la Escritura la que interpreta así la misma Escritura.

Por fe, Moisés, ya crecido, renunció al título de hijo de una hija del faraón, y prefirió ser maltratado con el pueblo de Dios al disfrute efímero del pecado, estimando que la afrenta de Cristo valía más que los tesoros de Egipto, y atendiendo a la recompensa. Por fe abandonó Egipto sin temer la cólera del rey, y se apoyó en el invisible como si lo viera (Heb 11,24-27).

El autor inspirado ve detrás de los avatares de la historia de Moisés una elección y una renuncia: se puso del lado del pueblo de Dios, lo que le hizo sufrir, y renunció al pecado que suponía la corte del faraón. Pone en relación a Moisés con Cristo, porque al elegir la justicia, la verdad y el sufrimiento del pueblo de Dios se puso del lado de Cristo, porque él intuía que la verdad, el bien y la justicia tienen una recompensa, aunque no la viera con claridad cuando tiene que huir de Egipto. Aunque sea chocante afirmar que Moisés abandonó Egipto por fe sin temer al faraón, lo que nos quiere dejar claro la carta a los Hebreos es que Moisés eligió lo que Dios le pedía y por eso se incorporó a Cristo, y se convierte en heredero de la misma recompensa. No es Cristo el que imita a Moisés, porque en Cristo está la plenitud, es Moisés el que se adhiere a Cristo siguiendo la verdad y el bien.

Dios escucha, mira y se acuerda de su pueblo (Ex 2,23-25)

Texto bíblico

23 Al cabo de muchos años, murió el rey de Egipto. Los hijos de Israel se quejaban de la esclavitud y clamaron. Sus gritos, desde la esclavitud, subieron a Dios; 24 y Dios escuchó sus quejas y se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob. 25 Dios se fijó en los hijos de Israel y se les apareció (Ex 2,23-25).

Lectio

Moisés ya está preparado, y ahora Dios va a entrar en acción, como nos introduce el autor del Éxodo al final del capítulo 2:

[v. 23] La circunstancia ha cambiado con la muerte del faraón, lo cual suponía siempre un momento de convulsión social por la debilidad en el reino y los problemas que podían surgir en la sucesión. Probablemente el faraón que muere es Ramsés II, y su sucesor va a ser aún más radical en su megalomanía y en la opresión a los hebreos. Seguramente este nuevo faraón estaba emparentado con Moisés, que era hijo adoptivo de la hermana del faraón que comienza su reinado. Esta relación marcará también la relación entre el faraón y Moisés cuando éste le pida que deje salir a los hebreos de Egipto.

Los israelitas se encuentran en una situación peor y lo que les queda es el llanto y el lamento. No se dice que clamaban a Dios. Su situación es tan desesperada que ni siquiera se dirigen al Dios de sus padres para que les socorra.

La reacción de los hebreos es frecuente y muy luminosa: cuando arrecia el sufrimiento nos olvidamos de quiénes somos y de las promesas que Dios nos hizo. Los israelitas viven su sufrimiento sin contar con Dios, porque creen que él se ha olvidado de ellos; y, por eso, ellos acaban olvidándose de Dios. Dejar de clamar a Dios es darse por perdido. ¿Yo clamo en mi angustia, o como los hebreos no creo que Dios vaya a escucharme, o, peor aún, no creo que haya un Dios que pueda escucharme? La figura de Job me enseña a clamar día y noche. Y Jesús nos dirá que «Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18,7-8). Los hebreos fueron salvajemente oprimidos, pero tocaron fondo cuando perdieron la fe en el Dios de sus padres.

[vv. 24-25] Pero eso no significa que Dios no escuche los lamentos del pueblo y no vaya a actuar. Dios no se ha olvidado de su pueblo y de las promesas hechas a los patriarcas.  Al mismo Jacob le había anunciado la estancia temporal de sus descendientes en Egipto, y que durante aquella etapa sus descendientes se convertirían en un gran pueblo: «Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas bajar a Egipto, porque allí te convertiré en una gran nación. Yo bajaré contigo a Egipto, y yo mismo te haré subir; y José te cerrará los ojos» (Gn 46,3-4). Dios va realizando su plan y forjando su pueblo a través de todos los avatares de la historia de José, los cuatrocientos cincuenta años de la estancia en Egipto, la primera pascua y el éxodo.

De nuevo tengo que aprender la forma de actuar de Dios, que me puede parecer desconcertante: para que nosotros no nos creamos autosuficientes, protagonistas y no nos apropiemos de su obra, Dios permite que se haga patente nuestra debilidad, indignidad y pobreza. Dios sólo puede actuar cuando somos humildes y para hacerme humilde tiene que hacerme experimentar mi incapacidad y mi pecado. Entonces podrá hacer obras grandes en mí. Por el contrario, el que tiene muchas capacidades tiene gran dificultad para ver la acción de Dios porque fácilmente se atribuirá a sí mismo lo que Dios realiza en su vida. Cuando nos atribuimos los dones de Dios, entonces él no puede actuar.

El pueblo de Israel ha tocado fondo en su opresión y ni siquiera concibe que Dios pueda entrar en escena. Y por eso queda claro que la salvación viene sólo de lo alto. Dios, que no se había olvidado de su pueblo y está atento a su situación y a su sufrimiento, actúa según el plan que tiene establecido y es cuando se aparece a Moisés para darle un giro a la situación.

· · ·

Puedo sentirme llamado a contemplar a Dios que mueve los hilos de la historia de un modo sorprendente (Moisés salvado de las aguas por la hija del faraón [vv. 5-10]) y sentir el impulso interior que me lleva a creer en esa acción de Dios y a realizar el repaso en mi vida de esa forma sutil y sorprendente de actuar de Dios. A partir de ahí puede surgir la súplica para pedir esa visión, el agradecimiento por lo que Dios realiza de ese modo en mi vida y en la de los demás o la serena confianza y abandono en Dios que se ocupa de mí de esa manera. De la sintonía con esas palabras de la Palabra de Dios puede abrirse un camino de profundización y petición, que desemboque en el silencio contemplativo.

La capacidad de Dios de sacar bien del mal, de convertir la situación desesperada de un niño abandonando a su suerte en el Nilo en el comienzo de la salvación del pueblo de Dios [v. 3], también puede iluminarse en mi corazón, para alimentar mi fe y mi esperanza, en circunstancias que me pueden parecer desesperadas y cerradas a la acción de Dios. Esa luz me puede llevar a pedir esa fe en el Dios que saca bien del mal, a la confianza serena en la situación que estoy viviendo o a la contemplación de la cruz de Cristo que es la prueba del gran mal que se convierte en el bien definitivo.

Otro camino de oración con la Palabra que me puede indicar el Espíritu Santo con su luz es verme reflejado en estos primeros pasos de Moisés marcados por la pasión por la justicia, pero también por la impulsividad y la autosuficiencia [vv. 11-15]. La resonancia en mí de estas actuaciones de Moisés quizá me lleve a ver, por contraste, mi pusilanimidad o indiferencia; o, por el contrario, a descubrir mi autosuficiencia y la necesidad de que también el Señor me haga comprender por medio del fracaso que sin él no puedo hacer nada. Esa resonancia me puede llevar a descubrir la paciente tarea educadora de Dios en mi historia, o el sentido de una situación de fracaso e incomprensión que sufro en el presente. De ahí, puede surgir la extraña acción de gracias por incomprensiones y fracasos; la petición de que el Señor modere mis pretensiones y me haga aceptar mi incapacidad o simplemente ponerme en sus manos como el niño débil e indefenso que soy, pero que él puede usar como instrumento. Todas estas formas de convertir la Palabra en palabras dirigidas a Dios pueden desembocar en oración contemplativa y silenciosa que agradece, se entrega o acepta confiadamente.

Tal vez me pueda identificar con la situación de Moisés que encuentra un acomodo en casa de Jetró tras huir del faraón. Puede ser que esa sea mi situación o mi tentación después de fracasos o incomprensiones [vv. 21-22]. Y necesito dejar que la Palabra me ilumine sabiendo que yo también soy peregrino y extranjero, y no puedo buscar acomodo en este mundo. La repetición de esas palabras me puede llevar a la petición de aceptar las incomodidades de caminar hacia Dios y no acomodarme en el mundo; a anhelar la verdadera patria, aceptando el camino que sea necesario, o de forma silenciosa y amorosa reposar anticipadamente en Dios, mi meta, para que reviva en mí el anhelo de alcanzarlo plenamente que me haga caminar después del reposo contemplativo.

La Palabra de Dios me ha mostrado como Dios prepara a Moisés para su misión por medio de las circunstancias de su vida (en un ambiente hebreo y egipcio a la vez) [vv. 7-10], de sus mismos defectos [vv. 11-15], de la estancia en el desierto de Madián [vv. 15-22], de modo que, cuando Dios le sale a su encuentro, ya lo ha preparado para la etapa definitiva de su vida. Contemplando esta acción de Dios en Moisés también puedo contemplar cómo Dios me ha preparado para la vocación y  misión que me regala, o hacer el acto de fe confiada de que lo va haciendo en circunstancias que a veces parecen -o son humanamente- negativas.

La Palabra de Dios me presenta ahora claramente lo que intuíamos al orar con el capítulo anterior del Éxodo [v. 23]: la opresión del pueblo es tan grande que no es capaz de clamar a Dios, ni de tener esperanza alguna de salvación, hasta tal punto que se ha olvidado del Dios de sus padres y de sus promesas. Puedo acoger con gozo la Palabra de Dios que me dice que Dios escucha, se acuerda, se fija y se muestra [vv. 23-25]. La repetición orante de estas acciones de Dios aplicada a mi vida pasada o a mi situación actual puede ir iluminando mi vida y llenar de esperanza situaciones que me parecen tan cerradas como las que vivió el pueblo de Dios. Quizá la luz de la Palabra haga surgir de mí interior una petición de perdón por mi olvido de Dios en las circunstancias adversas o mi falta de fe al pensar que Dios se olvida de mí. Tal vez sea la oración de intercesión la que nazca en mi corazón al contemplar con los ojos de Dios a las multitudes que sufren sin capacidad de clamar a Dios con esperanza. La contemplación serena y orante del Dios que escucha y actúa, me puede llevar a la contemplación del mismo Cristo que es la prueba definitiva de que Dios conoce nuestras necesidades y responde a ellas de forma eficaz. Puedo quedarme contemplando al Dios que definitivamente se nos ha aparecido en Cristo (Tit 2,11).

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.