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Metodología
La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.
Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.
El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:
Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio de Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:
Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.
Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.
1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.
2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.
3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.
4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.
5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.
6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.
Texto bíblico
1Epigrama. De David.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
2Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
No hay bien para mí fuera de ti.
3En los santos que hay en la tierra, varones insignes,
pongo toda mi complacencia.
4Se multiplican las desgracias
de quienes van tras dioses extraños;
yo no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.
5El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano:
6me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.
7Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
8Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
9Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
10Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción.
11Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha (Salmo 16).
Lectio

Este salmo, que comienza con una clara petición de súplica dirigida a Dios (v. 1), enseguida se convierte en una fuerte manifestación de confianza y en un himno que en ocasiones habla directamente con Dios (vv. 1-2.9-12) y otras proclama lo que es Dios para el orante (vv. 5-8). Si quiero sintonizar con la fuerte unión con Dios que expresa este salmo, debo poner a punto toda mi capacidad de confianza y entrega; y, si no la tengo, debo dejarme inundar por las contundentes expresiones de esta oración hasta aprender a ponerme en manos de Dios con la misma confianza que el salmista.
Aunque en el salmo predomine la confianza y la entrega, no significa que la petición inicial quede eliminada de esta oración, porque el que confía y se entrega es el que se siente protegido por Dios para no experimentar la «corrupción» en «la región de los muertos» (v. 10).
Quizá me ayude a captar la calificación que recibe este salmo en su título: «Epigrama». Aunque no es muy claro el significado de la palabra hebrea que está detrás de nuestra traducción (miktam), puede significar un texto escrito en piedra que es digno de ser recordado por su valor. Sin duda, la intensidad religiosa de este salmo, que induce a una unión que podemos denominar sin miedo como «mística», hace que merezca la pena se recordado y publicado como un texto que se graba en la piedra.
Puedo pensar con razón que esta oración sale de los labios de un sacerdote del Antiguo Testamento, porque en el reparto de la Tierra Prometida, al final del Éxodo, la tribu de Leví, a la que pertenecen los sacerdotes, es la única que no recibe ninguna porción de la Tierra Prometida, porque el «lote» que le tocó en suerte de la «heredad» del Señor es el Señor mismo. Es lo que aparece cuando leo los vv. 5-6. Los sacerdotes no se sustentarán del fruto de la tierra que le ha tocado en suerte, como las otras tribus, sino que vivirán del templo y del culto.
«Tú no tienes más que repartir entre los israelitas, por suertes, la tierra como heredad, según te he ordenado. Reparte, pues, esta tierra como heredad entre las nueve tribus y la media tribu de Manasés». La otra media tribu de Manasés, como los de Rubén y los de Gad, había recibido ya la parte de la heredad que se les había asignado en Transjordania, en el reparto que les había hecho Moisés, siervo del Señor (Jos 13,6-8).
El Señor dijo a Aarón: «Tú no tendrás heredad ninguna en su tierra; no habrá para ti porción entre ellos. Yo soy tu porción y tu heredad en medio de los hijos de Israel. Doy como heredad a los hijos de Leví todos los diezmos de Israel, a cambio del servicio que prestan en la Tienda del Encuentro» (Nm 18,20-21; cf. Dt 10,9).
También encaja con la identificación del salmista con un sacerdote del Templo el hecho de que no «derrame libaciones» a otros dioses (v. 4) y pueda estar siempre en la presencia del Señor (v. 8).
Pero esto no quiere decir que, aunque éste haya sido el origen del salmo, no se haya usado después por cualquier judío piadoso que se haya servido de estas realidades y de estas palabras para expresar su fuerte unión con el Señor. Y, por lo tanto, aunque estoy tan lejos de la realidad de un sacerdote del templo de Jerusalén, para hacerlas mías y aprovecharlas con verdad y mayor plenitud aún en mi situación actual.
[v. 1] El imperativo con el que empieza el salmo, pide de forma sencilla protección y refugio, y me hace recordar tantas veces como la Escritura y especialmente los salmos me enseñan que Dios es «mi refugio», con imágenes del ámbito guerrero y militar, tan vívidas para ese tiempo, pero también con algunas llenas de ternura:
Tú eres mi Dios y protector (Sal 43,2).
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte (Sal 18,2-3).
Misericordia, Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad (Sal 57,2).
Sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre;
como un niño saciado
así está mi alma dentro de mí (Sal 131,2).
También el templo, donde habita Dios, es lugar de refugio para el israelita, especialmente para el sacerdote.
Él me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca (Sal 27,5).
Normalmente el salmista busca esa protección frente a los enemigos que quieren destruirlo; pero los enemigos no aparecen en este salmo. Sin embargo, es fácil que encuentre en mi vida circunstancias en las que necesito pedir la protección de Dios; y, sin duda, frente al «enemigo de la naturaleza humana» como lo llama san Ignacio.
La petición de protección no se hace de forma desesperada, sino con confianza, no sólo porque se dirige a Dios como «Dios mío», según nuestra traducción, sino porque busca la protección refugiándose en él. Recuerda a la petición, mucho más angustiosa, de Ester, que acude al Señor y le pide auxilio cuando va a acudir ante el león, el rey Asuero, y apoya su petición en que «no tengo más defensor que tú» (Est 4,17l). Puedo leer con toda razón detrás de este «que» del salmo un «porque» que le da toda la fuerza: «Protégeme Dios mío, porque me refugio en ti (y sólo en ti)». Es más, nada impide que detrás de «me refugio», lea «me he refugiado». Refugiarse en el Señor no es algo que el orante haga en ese momento, sino lo que ha hecho siempre; de modo que la petición de protección va acompañada del acto y la actitud de buscar refugio en Dios…, y no en otra parte.
¿No tengo mucho que aprender de esta forma de pedir protección a Dios que va acompañada del acto de buscar refugio en él, y sólo en él? ¿No puedo yo encontrar mayor refugio en Cristo que me llama a acudir a él cuando estoy cansado y agobiado (Mt 11,28)? ¿No es su costado abierto por la lanzada una llamada a refugiarme en él?
Es este acto de buscar refugio en Dios, que apoya la petición, lo que va a dar paso a toda la proclamación de entrega y confianza que desarrolla el orante a lo largo del salmo.
[v. 2] En el ambiente politeísta en el que se desenvuelve el pueblo de Israel esta afirmación, «tú eres mi Dios», no es sólo una afirmación de fe, sino una verdadera elección, como lo demostrará el v. 4. También se trata aquí de algo que el orante no improvisa en ese momento, sino algo que define su vida: «Te tengo dicho: tú eres mi Dios». Debo tener en cuenta los nombres de Dios que emplea el salmista en la lengua original del salmo. Lógicamente el «Señor» al que se dirige es Yahweh, al que el orante conoce bien, el que ha salido al encuentro del pueblo de Dios desde el principio, el que ha acompañado a Israel toda la historia de salvación, el Dios de la alianza que se compromete en salvar a su pueblo, pero al que hay que obedecer cumpliendo los mandamientos de la ley del Sinaí. «Mi Dios» es Adonay, que es lo mismo que decir «mi Señor», lo que implica una actitud de obediencia y entrega que desarrolla el resto del salmo.
De este modo, el salmista me invita a hacer también a mí la elección firme que hizo el pueblo de Dios a la entrada de la tierra prometida.
[Dijo Josué:] «Pues bien: temed al Señor; servidle con toda sinceridad; quitad de en medio los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río y en Egipto; y servid al Señor. Pero si os resulta duro servir al Señor, elegid hoy a quién queréis servir: si a los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis; que yo y mi casa serviremos al Señor». El pueblo respondió: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! Porque el Señor nuestro Dios es quien nos sacó, a nosotros y a nuestros padres, de Egipto, de la casa de la esclavitud; y quien hizo ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios y nos guardó en todo nuestro peregrinar y entre todos los pueblos por los que atravesamos. Además, el Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. También nosotros serviremos al Señor, ¡porque él es nuestro Dios!» (Jos 24,14-18).
Pero el salmista no sólo elige al Señor entre los dioses, no sólo lo acepta como su Dios y Señor, sino que proclama, con una formidable expresión de confianza, que dirigida a un ser humano sería toda una declaración de amor: «Fuera de ti no tengo ningún bien», o lo que es lo mismo: «En ti está todo el bien que necesito». Estaría de acuerdo con esta afirmación el orante del Salmo 23 que proclamando al Señor «su pastor», puede decir: «Nada me falta». Estas palabras del salmo me pueden recordar la rotunda frase de san Luis, obispo de Tolosa, cuando le ofrecieron la corona de Nápoles y un matrimonio ventajoso con la princesa de Aragón: «Jesucristo es mi reino. Poseyéndole a él, lo tengo todo. Desposeído de él, lo pierdo todo»; y cómo no, la famosa poesía de nuestra Teresa de Jesús que proclama «quien a Dios tiene nada le falta». Estos ejemplos me ayudan a descubrir que la intensa relación con Dios del salmista está a la altura de los santos y de los místicos, y que no debería conformarme con rezarlo de otra manera. Pero si todavía estoy lejos de esa plena confianza del que descubre en Dios todo el bien que necesita, por lo que no tiene que buscarlo en nada ni en nadie más, este salmo me puede ayudar a desear y a pedir esa firme confianza, porque no estoy destinado a otra cosa, ya que en Cristo se me han concedido todas las bendiciones que necesito:
Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo
para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor (Ef 1,3-4).
Aunque debo sentirme llamado a esta relación tan intensa con Dios del salmista, que puedo considerar extraordinaria, tengo que darme cuenta de que no propone otra cosa que comprender correctamente el primer mandamiento y hacerlo vida: el que ama al Señor, su Dios, con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas (cf. Dt 6,5), no puede decir otra cosa que en Dios encuentra todo su bien.
[v. 3-4]1 Por un momento el salmista deja de dirigirse a Dios y hace una reflexión que nos recuerda a la mentalidad sapiencial que opone los dos caminos (cf. Sal 1): la sabiduría de los santos a los que hay que acercarse y la necedad de los idólatras que se encaminan a la desgracia siguiendo a otros dioses.
Es cierto que Dios es el bien supremo del orante, que no necesita otro bien, pero reconoce en los «santos», que hay en la tierra, personas dignas de admiración y respeto, en los que se complace su corazón y a los que se propone servir como varones insignes. De ningún modo ocupan el lugar de Dios, pero reconoce en ellos el grupo de los que se entregan a Dios, a los justos que aparecen en otros salmos, quizá al resto de los pobres que confían en él; especialmente, si el que ora es un sacerdote, a los que se dedican a Dios en el templo.
El polo puesto de los «santos» son «los que van tras otros dioses», que no son sólo los paganos que no conocen a Yahweh, sino los que hacen compatible el culto al Señor con el culto a otros dioses, a los que recurren en ciertas circunstancias o para ciertas necesidades. Su destino es el fracaso, no tanto porque Dios se dedique a castigarlos, sino porque fuera de Dios no hay protección ni salvación:
Me abandonaron a mí,
fuente de agua viva,
y se cavaron aljibes,
aljibes agrietados
que no retienen agua (Jr 2,13).
Otros salmos también expresan el destino de los adoradores a los falsos dioses:
Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:
tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;
tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos (Sal 115,3-8; cf. Sal 135,15-18).
Lógicamente no falta en los oráculos de los profetas esta denuncia de la idolatría y el anuncio de sus consecuencias:
Jeremías contestó a toda la gente, tanto hombres como mujeres, que había hablado en los mismos términos: «¿Pensáis que el Señor no se daba cuenta ni tenía presente las ofrendas de incienso que hacíais en las poblaciones de Judá y en las calles de Jerusalén vosotros, vuestros padres, vuestros reyes, vuestros dignatarios y el pueblo de la tierra? El Señor no pudo soportar vuestra mala conducta ni las abominaciones que cometíais; por eso, vuestra tierra quedó convertida en ruinas, desolación y maldición, y sin habitantes hasta el día de hoy. En efecto, quemabais ofrendas de incienso y pecabais contra el Señor: no lo obedecíais ni vivíais conforme a su ley, a sus normas y a sus decisiones. Por eso, os sobrevino esta desgracia, tal como podéis comprobarlo hoy» (Jr 44,20-23).
Si el salmista reflejaba el cumplimiento del primer mandamiento, son ahora los idólatras los que lo trasgreden claramente y se encuentran con las consecuencias:
No tendrás otros dioses frente a mí. No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo el pecado de los padres en los hijos, hasta la tercera y la cuarta generación de los que me odian. Pero tengo misericordia por mil generaciones de los que me aman y guardan mis preceptos (Ex 20,3-5).
Quizá me venga bien recordar aquí que san Pablo explica las desviaciones morales de los gentiles como la consecuencia-castigo de los que no reconocen al Dios verdadero y adoran cualquier otra cosa:
Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras; de modo que son inexcusables, pues, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias; todo lo contrario, se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron ser necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles. Por lo cual Dios los entregó a las apetencias de su corazón, a una impureza tal que degradaron sus propios cuerpos; es decir, cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y dando culto a la criatura y no al Creador, el cual es bendito por siempre. Amén. Por esto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza; de igual modo los hombres, abandonando las relaciones naturales con la mujer, se abrasaron en sus deseos, unos de otros, cometiendo la infamia de las relaciones de hombres con hombres y recibiendo en sí mismos el pago merecido por su extravío. Y, como no juzgaron conveniente prestar reconocimiento a Dios, los entregó Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda clase de injusticia, maldad, codicia, malignidad; henchidos de envidias, de homicidios, discordias, fraudes, perversiones; difamadores, calumniadores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, crueles, despiadados (Rm 1,20-30).
Es importante que tenga en cuenta que la tentación de la idolatría y sus consecuencias no están lejos de mí por el hecho de que no ponga en mi casa una imagen de Baal, de Zeus o de Ra, como los antiguos ‑aunque desgraciadamente no faltan cristianos que hacen compatible su fe con todo tipo de supersticiones‑. Pero si no esta en Dios todo mi bien, buscaré mi bien en otras cosas (placer, poder, tener, aparentar, disfrutar…) y las acabaré convirtiéndolas en ídolos a los que sirvo, no con incienso o sacrificios de animales, sino con mi tiempo, mis fuerzas, mis bienes, mi atención y mi deseo. No abandonaré a Dios explícitamente, pero lo intentaré hacer compatible con los nuevos ídolos. Las consecuencias son claras: las desgracias de los que no tienen a Dios como la fuente de su vida, que se acaban haciendo semejante a esas realidades en las que ponen su confianza y que al final fallan.
El orante, que tiene muy claro que Yahweh es su Señor, y que en él encuentra todo el bien que necesita, no duda ni un momento de qué lado ponerse, del de los santos, rechazando claramente cualquier participación en el culto a los falsos dioses.
Esa misma radicalidad debo tener yo para abandonar, no sólo lo que se opone claramente a Dios, sino todo lo que me puede apartar de él: no acercarme a ello, ni darle mi tiempo o mi corazón y ni siquiera nombrarlo con mis labios. Ciertamente que eso me pondría del lado de los «santos» a los que tanto agrada el salmista.
En la mentalidad del Antiguo Testamento a Dios se le ofrecen todo tipo de ofrendas y sacrificios, incluyendo el sacrificio de animales, con el derramamiento de sangre en el altar o en el propiciatorio del Arca. Pero ya los profetas fueron comprendiendo que esos sacrificios no valían sin la actitud necesaria:
Aborrezco y rechazo vuestras fiestas,
no acepto vuestras asambleas.
Aunque me presentéis holocaustos y ofrendas,
no me complaceré en ellos,
ni miraré las ofrendas pacíficas
con novillos cebados.
Aparta de mí el estrépito de tus canciones;
no quiero escuchar la melodía de tus cítaras.
Que fluya como agua el derecho
y la justicia como arroyo perenne (Am 5,21-24; cf. Is 1,10-20).

E incluso los salmos enseñan que esos sacrificios ya no podían satisfacer al Señor y se necesitaba otro sacrificio muy distinto:
Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh Dios, tú no lo desprecias (Sal 51,18-19).
Por eso nosotros, ya en la nueva y eterna alianza, sabemos que nombre invocar y que sacrificio debemos ofrecer:
Quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros. Él es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos (Hch 4,10-12).
Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual (Rm 12,1).
[vv. 5-6] Comienza el salmista a hablar del Señor, en vez de dirigirse a él, como ha hecho en los vv. 1-2 y hará en los vv. 9-11. En un auténtico himno, el orante proclama lo que el Señor es para él en términos muy significativos para un israelita, y que yo debo entender para poder hacerlos míos
El lote de la heredad es la porción que el Señor otorgó a cada tribu en la Tierra Prometida, como cumplimiento de las promesas hechas a Abrahán y que se hicieron realidad después de la liberación de Egipto y el largo recorrido por el desierto en búsqueda de la tierra que mana leche y miel. Cada tribu, cada clan y cada familia, tenía asignado el trozo de esa tierra que el Señor les había dado como heredad, que les había tocado en suerte:
Apoderaos de la tierra y habitad en ella, pues voy a daros todo el país en propiedad. La repartiréis a suertes entre vuestros clanes. Al grande le aumentaréis la heredad y al pequeño se la reduciréis. Donde le caiga a cada uno la suerte, allí será su propiedad. Haréis el reparto por tribus (Nm 33,53-54).
En ese lote de la tierra que el Señor les había dado vivía cada tribu, y de ella sacaba el sustento. Todas, menos una, la tribu de Leví, que es la tribu sacerdotal, la dedicada al culto a Dios en el Templo:
El Señor dijo a Moisés: «Haz que se acerque la tribu de Leví y ponla al servicio del sacerdote Aarón. Harán su propia guardia y la de toda la asamblea delante de la Tienda del Encuentro prestando el servicio del santuario. Guardarán todo el ajuar de la Tienda del Encuentro y harán la guardia en lugar de los hijos de Israel prestando el servicio del santuario. Aparta a los levitas de los demás hijos de Israel y dáselos a Aarón y a sus hijos como donados. Serán donados de parte de todos los hijos de Israel. A Aarón y a sus hijos les encomendarás que se encarguen del sacerdocio. Al extraño que se acerque, se le dará muerte» (Nm 3,5-10).
Los sacerdotes levitas, toda la tribu de Leví, no tendrán parte ni heredad con Israel. Comerán de la heredad del Señor, de sus oblaciones. No tendrá parte en la heredad de sus hermanos: el Señor será su heredad, como le dijo (Dt 18,1-2).
Pero para el salmista la afirmación de que es el mismo Señor la porción que le ha tocado en heredad no es la defensa de un derecho legal, ni siquiera de un privilegio, sino la expresión de una experiencia intensa de relación con Dios que le hace proclamar que lo que le ha tocado es realmente hermoso y le colma de dicha, porque no es un terreno fértil, más o menos amplio, sino el mismo Señor Dios con todo lo que él es, hace y lo que puede dar. Podría proclamar en sintonía con el Salmo 73: «¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? […]. Para mí lo bueno es estar junto a Dios» (Sal 73,25.28).
Contrasta este «encanto» del salmista por ser Dios personalmente su herencia, su tierra y su sustento, con la desgana y la tristeza con la que a veces vivo la fe como una carga o una atadura que me impide hacer lo que quiero, como si la suerte la tuvieran los que no tienen que cumplir los mandamientos: «Yo por poco doy un mal paso, casi resbalaron mis pisadas: porque envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados» (Sal 73,2-3).
El salmo es una llamada para que al buscar a Dios vaya más allá de los dones de Dios y sea Dios mismo lo que recibo como tesoro y como herencia; superando incluso sentimientos y gracias sensibles y yendo, despojado de todo, a la unión con Dios.
Esta proclamación de Dios como el verdadero tesoro, en consonancia con la declaración de que en él están todos los bienes, me introduce en una relación intensa con Dios, que puedo llamar mística, que en el Antiguo Testamento no es privilegio de los sacerdotes, y el Nuevo Testamento abre a todos los que se abran a esta intimidad con Dios por medio de la obediencia de la fe:
Extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,49-50).
Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer (Jn 15,13-15).
No está lejos el salmista de las bienaventuranzas en las que el que pobres y perseguidos poseerán, no la tierra prometida, sino el reino de los cielos, que en definitiva es Dios mismo (Mt 5,3.10).
La imagen de la «copa» puede tener que ver con la que se utilizaba para echar las suertes, poniendo en ella las piedrecitas o los nombres de cada tribu, clan o familia a la hora de hacer el sorteo. Es como si Dios mismo fuera el que echara las suertes con su propia mano: en su mano está mi destino, es él el que me ha dado este lote de mi heredad que es precioso para mí. También puede hacer referencia a la copa de la bendición que el padre comparte con la familia, y en este caso sería Dios el que la comparte con el orante del salmo; la copa de la salvación que él me ofrecen y que es él mismo (cf. Sal 23,5).
Hay que subrayar que la suerte del salmista no está en el que hace el sorteo, como Josué al entrar en la tierra prometida, sino en las manos del mismo Dios, que es como proclamar una elección gratuita del Señor, que puede extenderse a todos los momentos de la vida, de modo que se puede decir que la vida del justo y del sabio «está en manos de Dios» (Ecles 9,1; Sab 3,1).
La cercanía y la unión del salmista con Dios le conduce a una confianza suprema y a una alegría que manifestará en el resto del salmo y que yo debo aplicar a mi vida, si tengo esa intimidad con Dios; o me tiene que servir de acicate, si me falta esa confianza alegre, para buscar la unión con Dios de modo que pueda decir que él es en persona «el lote de mi heredad».
[v. 7] Las razones por las que el salmista bendice a Dios, dándole gracias por los beneficios recibidos, nos hablan de nuevo de la relación estrecha que tiene con Dios. Dios mismo es su consejero y su maestro, por lo que el orante goza de una guía segura que le hace vivir con la confianza que expresa el conjunto del salmo. Lo que sigue me da ejemplos de lo que le enseña Dios al salmista: «el camino de la vida» (v. 11); y el fruto de esa guía segura: «no vacilaré» (v. 8).
Tan especial es la forma en que Dios instruye al salmista, con la sabiduría propia de Israel que es la que permite caminar por la vida cumpliendo la voluntad de Dios, que lo instruye hasta de noche, lo que implica que Dios pone todo el esfuerzo en esa instrucción, que regala la sabiduría a sus amigos mientras ellos descansan, como «da el pan a sus amigos mientras duermen» (Sal 127,2). Quizá esta enseñanza nocturna se refiera a los sueños en los que Dios manifiesta su voluntad como le sucedió a José el patriarca o a José el padre adoptivo de Jesús (cf. Mt 1,20; 2,13.19). O tal vez es una enseñanza interna, de la que el durmiente no es consciente, pero que sale a la luz en la vigilia.
[v. 8] La relación intensa del orante con Dios llega al punto de que lo tiene siempre presente. El Dios del Antiguo Testamento, que se paseaba por el jardín del Edén (Gn 3,8), que sale al encuentro de Abrahán (Gn 12,1.7), que salva a su pueblo de la esclavitud de Egipto y lo acompaña por el desierto (Ex 13,21), que habita en el templo de Jerusalén (Sal 68,17), no es un Dios lejano, sino el que camina a nuestro lado como pastor (Sal 23,4), y, por eso, puedo tenerlo siempre presente. La presencia de Dios se hace sorprendentemente cercana cuando el Verbo de Dios se hace hombre para habitar entre nosotros (Jn 1,14) y por la Encarnación se convierte para siempre en Dios-con-nosotros (Mt 1,23). Su presencia no termina con la Ascensión, sino que realiza de múltiples maneras su promesa de estar siempre con nosotros (cf. Mt 28,20).
La presencia permanente del Señor en mi vida no es un propósito imposible, sino una oferta real, que puedo aprovechar con más facilidad que el salmista que no tenía la presencia real de la Eucaristía que se hace interior para el que come su carne y bebe su sangre (Jn 6,56). Si descubro que Dios nada tiene que ver con el Dios lejano de la filosofía, que ni siquiera del Dios del Antiguo Testamento es lejano, y está deseando entrar a cenar conmigo (Ap 3,20), no sólo puedo, sino que debo yo también «tener siempre presente al Señor».
La derecha es el lado en que se coloca el protector, el que está a favor.
Él se pone a la derecha del pobre,
para salvar su vida de los que lo condenan (Sal 109,31).
El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha (Sal 121,5).
En este caso es el mismo Dios el que está a la derecha del orante, por eso hay una confianza absoluta que permite no dudar ni temer: es el resultado de la guía y de la presencia permanente que el salmista conoce bien.
[vv. 9-10] La alegría que inunda al salmista por tener a Dios como refugio, como el bien que satisface todas sus necesidades, como su heredad, su suerte y su guía, abarca a todo su ser: corazón, entrañas y carne: la sede de las decisiones y de los sentimientos, lo más íntimo del hombre, pero también su parte material y corporal quedan inundadas del gozo que provoca la presencia cercana y protectora del Señor.
La causa de toda esta alegría parece ser que el Señor va a salvar del peligro mortal que amenaza al salmista, que se define como fiel del Señor. Dios no permitirá que muera y baje al lugar de los muertos, donde se tiene una existencia de sombras, donde ya no se tiene trato con los vivos ni se puede alabar al Señor:
Estoy libre, pero camino entre los muertos,
como los caídos que yacen en el sepulcro,
de los cuales ya no guardas memoria,
porque fueron arrancados de tu mano.
Me has colocado en lo hondo de la fosa,
en las tinieblas y en las sombras de muerte (Sal 88,6-7).
Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio (Sal 115,17).
Dicho de otro modo: no va a conocer la corrupción de la carne en el sepulcro tras la muerte; por eso la carne no sólo se alegra, sino que está esperanzada.
Puedo interpretar estas alegres y confiadas palabras del salmista dentro del marco más antiguo del Antiguo Testamento, en el que no aparece claramente la esperanza de la vida después de la muerte hasta épocas más cercanas a Jesucristo. Pero no puedo dejar de pensar que para el que tiene una experiencia tan intensa de Dios como bien pleno, que se le ha entregado a sí mismo como heredad, que tiene en sus manos la vida del salmista, que lo acompaña siempre, va a permitir que esa relación se termine en un momento y para siempre con la muerte. Las palabras del salmo están abiertas a la vida eterna que prolonga para siempre esta intensa relación con Dios que él mismo ofrece durante la vida en este mundo. Desde luego, para mí, que gracias al resto del Antiguo Testamento y, especialmente, gracias a la muerte y resurrección de Cristo, tengo esperanza firme en la vida eterna, me resulta imposible recitar estas palabras del salmo sin experimentar el gozo de saber que esa promesa de librarme del sepulcro y de la muerte no es sólo para una enfermedad concreta o para un peligro determinado, sino para siempre y de forma definitiva: mi destino no es el sepulcro ni la muerte, sino la vida eterna, que no es otra cosa que vivir en plenitud la cercanía, seguridad, amor y compañía de Dios que tiene el salmista -y yo puedo tener como él- y que expresa en el salmo. Dios es mi heredad para siempre, él será en plenitud y para la eternidad mi Dios, el único bien que necesito para tener una alegría que será perpetua (como dice el v. siguiente), la presencia del Señor, ya sin velos, la disfrutaré para siempre después de la muerte.
Esa vida eterna, sin corrupción, no es simplemente un estado, un sitio, es Dios mismo, es esa relación con él que se inicia en este mundo y llega a su plenitud:
En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros (Jn 14,2-3).
Estaremos siempre con el Señor (1Tes 4,17).
[v. 11] El v. final recoge, a modo de resumen y culmen, los motivos de confianza y de alabanza que ha ido desgranando el salmista en su oración, de modo que puedo hacer mías todas esas razones para la esperanza.
Puedo tener confianza plena en que el Dios que me aconseja y hasta de noche me instruye (v. 7), me enseñará el camino de la vida. El Señor, al que tengo siempre presente y que está a mi derecha para protegerme (v.8), también será el que con su presencia me llene de gozo con su presencia. Es más, la alegría que ha experimentado mi corazón y mis entrañas porque no me entregará a la muerte (v. 9), se convertirá en alegría perpetua, cuando el Señor me ponga a su derecha, en el lugar de los salvados (cf. Mt 25,34).
Lo que sucede es que, además, este último versículo está empapado de la esperanza de vida eterna que se ha abierto en mi corazón y puedo llegar hasta el final en la confianza de que Dios no me va a abandonar a la corrupción de la muerte y que esa relación intensa con el Señor va a durar para siempre. Entonces el sendero de la vida que me enseña no es sólo la sabiduría para caminar correctamente por este mundo cumpliendo la voluntad de Dios, sino el camino que me lleva a la vida eterna; que desde la plenitud de revelación sé que es Jesucristo, camino, verdad y vida (Jn 14,6), el que me da la vida eterna (Jn 10,28). La presencia permanente que ahora puedo mantener con el Señor será después de la muerte presencia plena e imperdible que saciará por completo mi capacidad de gozo. La alegría que experimento ahora cuando Dios me salva de la muerte y de los enemigos en este mundo se convertirá en alegría perpetua, que disfrutaré en la eternidad a la diestra de Dios. La esperanza que manifiesta el salmista no se verá defraudada (Rm 5,5) porque la garantiza la muerte y resurrección de Jesucristo.
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En este salmo, lo que me resulta difícil es escoger entre las muchas frases que expresan unión, confianza y alabanza, también la petición o el propósito de fidelidad, aquélla que introduzco en mi corazón con la repetición. He de dejarme guiar por el Espíritu Santo para que suscite en mi interior lo que me conviene rezar. Para eso sirve la repetición serena del salmo completo hasta que se destaque entre tantas expresiones fuertes de unión con Dios la que yo necesito hacer mía en un momento dado, que no tiene que ser siempre la misma.
Una posible dificultad que puedo experimentar es que mi relación con Dios no sea tan intensa como la que aparece en el salmo o incluso esté en un momento de alejamiento o desconfianza con Dios. En este caso, la repetición no es expresión de lo que tengo, sino de lo que necesito, de lo que quiero suscitar en mi corazón con las palabras del salmista que sí lo tiene.
Algunas de esas expresiones del salmo son ya oraciones que puedo dirigir a Dios, unido al salmista; otras las puedo convertir en diálogo con Dios: «Tú eres el lote de mi heredad», «enséñame el camino de la vida», «sáciame de alegría en tu presencia».
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La misma Palabra de Dios interpreta este salmo no sólo como esperanza de la vida eterna, sino como apoyo para predicar la resurrección de Cristo:
Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él: Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro. Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que no lo abandonará en el lugar de los muertos y que su carne no experimentará corrupción. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo. Pues David no subió al cielo, y, sin embargo, él mismo dice: Oráculo del Señor a mi Señor: “Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies”. Por lo tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías» (Hch 2,22-36).
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En efecto, los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Y, aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Durante muchos días, se apareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo. También nosotros os anunciamos la Buena Noticia de que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús. Así está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. Y que lo resucitó de la muerte para nunca volver a la corrupción, lo tiene expresado así: “Os cumpliré las promesas santas y seguras hechas a David”. Por eso dice en otro lugar: No dejarás que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, habiendo servido a su generación según la voluntad de Dios, David murió, fue agregado a sus padres, y experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó no experimentó la corrupción. Por tanto, sabed bien, hermanos, que por medio de él se os anuncia el perdón de los pecados; y de todas las cosas de las que no pudisteis ser justificados por medio de la ley de Moisés, es justificado por medio de él todo el que cree. Tened, pues, cuidado no os sobrevenga lo dicho por los profetas: Mirad, despreciadores, asombraos y escondeos, porque en vuestros días yo voy a realizar una obra tal que no creeríais si alguien os la cuenta» (Hch 13,27-41).
Las palabras del salmo, que en el v. 1 se atribuyen a David, se consideran como una profecía, que no se cumple en David, porque él si conoció la muerte y fue depositado en el sepulcro. Es en Jesús, el que no quedado encerrado en el sepulcro ni en el lugar de los muertos, en quien se cumplen estas palabras del salmo. Él experimentó la muerte para salvarnos de la muerte, fue depositado en el sepulcro y bajó al lugar de los muertos; pero como Hijo de Dios y Salvador, salió victorioso del sepulcro que quedó vacío, sacó del lugar de los muertos a los justos que esperaban allí la resurrección y, como profetizan otros salmos, es elevado a la diestra de Dios.
Es la resurrección de Cristo, que realiza como primogénito de entre los muertos (Col 1,18) las palabras del salmo, la que me permite a mí esperar que, unido a él, también voy a experimentar la liberación del sepulcro, no voy a quedar atrapado por la muerte, sino que gozaré por siempre de la presencia de Dios cara a cara (1Jn 3,2). Gracias a que Cristo venció a la muerte yo puedo recitar el Salmo con plena esperanza y en su sentido más fuerte: «Me saciarás de gozo en tu presencia de alegría perpetua a tu derecha». Pero esta esperanza tiene una condición, que cumple el que puede recitar sinceramente el salmo: estar unido a Cristo:
Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él (Rm 6,8-9).
Si morimos con él, también viviremos con él (2Tm 2,11).
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Este salmo que tiene una fuerte componente de unión con el Señor, que podemos llamar verdaderamente mística, y puede desembocar fácilmente en el silencio que gusta, no ya las palabras, sino la presencia misma de Dios, la seguridad de refugiarnos en él, el gozo del que inunda el corazón y las entrañas, la confianza que atraviesa el umbral de la muerte o el disfrute de la herencia que tenemos como hijos de Dios que es Dios mismo.
El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.
NOTAS
- Seguramente, el que está acostumbrado a rezar este salmo, especialmente en las completas del jueves, esté sorprendido por la diferencia entre este texto que ofrece la Biblia de la Conferencia Episcopal Española, que usamos como base para hacer la lectio, el que usan los leccionarios, y lo que aparecía en la antigua traducción litúrgica, aún presente en la liturgia de las Horas: «Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen. Multiplican las estatuas de dioses extraños…». Ya hemos encontrado una diferencia importante en el v. anterior que en el Breviario dice: «Yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”». Podría pensarse que se trata de caprichos del traductor, pero la verdad es que el texto de estos versículos está bastante deteriorado y es muy difícil de reconstruir, por lo que caben diversas conjeturas para intentar comprenderlo.
















