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Introducción

Hemos ido descubriendo la importancia de afrontar el combate contra el orgullo. Un combate en el que el hombre viejo debe morir. Es cierto que el paso decisivo es aceptar someterse al tratamiento que sólo Dios puede aplicarnos. Se trata, como siempre, de «dejarse hacer»1.

Pero no debemos pensar que todo termina con la firma, sincera y mantenida, que acepta la terapia necesaria para extirpar el orgullo de nuestra vida y arrancar el hombre viejo que lucha contra la acción de Dios en nosotros. El hombre viejo se resiste y la purificación es necesaria.

No conseguimos disolvernos con facilidad en el infinito: todo acercamiento de Dios provoca en nosotros un efecto de pánico irresistible, de contracción y a veces de revuelta (Molinié, El coraje de tener miedo, 141).

Este tratamiento no es constante ni uniforme, sino que tiene diferentes fases marcadas por una serie de conversiones que se van sucediendo, de forma que podemos descubrir las etapas por las que Dios actúa para llevarnos a la meta, que no es otra que la unión con él.

Ya vimos anteriormente «que la grande, la única purificación, es en el fondo la del orgullo, que se hace a través de una serie de conversiones», y que «el único programa realista no es aquel que nosotros podríamos seguir si estuviéramos curados, sino aquel que debemos seguir para ser curados progresivamente…, muy progresivamente […] Su providencia misericordiosa y maternal procede por etapas y sigue un orden en la curación de nuestras miserias»2.

Ahora se trata de conocer más pormenorizadamente estas etapas, en las que se realiza, a la vez, la purificación y la transformación para llegar a la meta de la unión plena con Dios, que los maestros de la vida espiritual llaman el «matrimonio espiritual»3. Conviene no olvidar la meta y evitar el pecado de «conformarnos con menos», a veces bajo capa de humildad.

Es la santidad lo que Dios nos propone. Si nos pide que nos dejemos hacer, no es para otra cosa; es lo que nos espera, si consentimos (Molinié, El coraje de tener miedo, 142).

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Un santo es una catedral sumergida. No se ve más que el mar, y él mismo no puede ver más: el hombre viejo ha muerto, y los esplendores del hombre nuevo permanecen invisibles, escondidos en el océano. En toda su pureza, la vida cristiana se parece a la nieve en invierno: una inmensa paz, una inmensa serenidad, la «capa blanca». Nuestro corazón se ha vuelto transparente, ha encontrado la inocencia de los hijos de Dios. La gloria divina lo colma plenamente […] Tened el gusto, el deseo y la esperanza de este estado, pues es ése el que Dios nos ofrece. Tenemos el deber de apuntar hasta allí, y nuestro pecado más grave es quizá el de limitar nuestra esperanza a un grado intermedio (Molinié, El coraje de tener miedo, 153. La cursiva es nuestra).

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En una primera fase, la vida mística así deseada a partir de los esplendores del amor sensible será evidentemente muy impura; y harán falta, para purificarla, las noches de las que habla san Juan de la Cruz… dicho de otra forma, el psicoanálisis del Espíritu Santo. Al final de esta purificación, el cristiano normalmente debe desembocar en la santidad: la unión de su alma con Dios tendrá suficiente autonomía para prescindir del trampolín de la vida instintiva. Esto será una vida adulta definida por la aceptación radical de las oscuridades de la vida de la fe («El justo vivirá de la fe») (Molinié, El misterio de la redención, segunda parte, capítulo I, 3)4.

Es lo mismo que pretende hacernos comprender san Juan de la Cruz con su famosa exhortación:

¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas! ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas, y vuestras posesiones, miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que en tanto que buscáis grandezas y gloria os quedáis miserables y bajos de tantos bienes, hechos ignorantes e indignos! (San Juan de la Cruz, Cántico A, 38, 5).

Como hemos ido aprendiendo, lo único que hace falta por nuestra parte es la flexibilidad. Pero es muy conveniente saber que esta docilidad confiada se tiene que ejercer ante las diversas oleadas de la invasión de Dios, que sucesivamente va purificando y preparando al encuentro pleno con Dios, liberados ya totalmente del hombre viejo marcado por el orgullo.

La fidelidad es la flexibilidad que permite a Dios someternos a todas estas crisis: cada vez que nos abrimos a una nueva ola, nos preparamos a recibir otras (Molinié, El coraje de tener miedo, 151).

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No entramos en la luz de Dios sin naufragar. Acontecimiento temible cuyas angustias describió san Juan de la Cruz, pero que soportaremos mejor cuanto más flexibles seamos (Molinié, El combate de Jacob, 87)5.

No cabe duda de que en cada individuo este proceso se realiza de forma diferente según sus condicionantes exteriores e interiores, y también según su respuesta. El tratamiento tiene matices distintos en cada persona, y no se trata de someter al individuo a un plan preestablecido que encorsete la acción de Dios y se salte la libertad y las peculiaridades de cada individuo. Pero no sería bueno desconocer las etapas fundamentales de la acción de Dios en este proceso de purificación, no con una finalidad meramente teórica, ni para satisfacer la vana curiosidad de saber dónde nos encontramos en cada momento y tener la seguridad de saber lo que nos espera, sino para tener la luz necesaria para dar la respuesta de docilidad necesaria y, sobre todo, para no desconcertarnos con las sucesivas crisis que desencadena la acción de Dios en nuestro proceso de purificación y conversión.

Pero, precisamente para evitar este escollo, aprovechando, sin embargo, la enseñanza de los santos, lo mejor es comprender lo que han querido decir: la crisis es a la vez siempre la misma y bastante diferente según la edad de la vida espiritual. Importa poco saber en qué edad estamos, pero es bueno también no extrañarse de que haya una evolución, de manera que permanezcamos flexibles y nos prestemos lo mejor posible al tratamiento que debemos sufrir (Molinié, El coraje de tener miedo, 145-146).

Nos proponemos en definitiva conocer «los matices de la vida divina en el corazón de un pecador que debe sufrir un tratamiento para alcanzar la libertad de los hijos de Dios»6. Todas estas etapas están recogidas con detalle en las obras de los grandes doctores de la Iglesia, maestros de la vida espiritual, especialmente san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús, a los que haremos algunas referencias. Tampoco faltan autores contemporáneos que describen con detalle estos pasos7.

Para algunos, los análisis de estas etapas y pasos son complicados y artificiales. No intentamos complicar las cosas, sino atisbar cómo es el camino por el que nos lleva Dios, ciertamente muy distinto al nuestro (cf. Is 55,8-9). La acción de Dios nos desconcertará, sin duda, pero no viene mal tener algunas pistas, así lo entendieron los maestros espirituales.

Dejad a san Juan de la Cruz, si queréis, pero no la realidad de las cosas. Es normal e inevitable que el programa de Dios, en su precisión, no sea el nuestro y, por consiguiente, nos desconcierte. Dios nos llama…, pero ¿a qué? No sabemos nada. Hay un abismo entre la idea que nosotros podemos hacernos y la que tiene Él: «Como se levanta el cielo por encima de la tierra, así mis pensamientos por encima de vuestros pensamientos» (Molinié, El coraje de tener miedo, 154).

Los elementos del proceso

El proceso de purificación no es constante. Si fuera así, no podríamos soportarlo8. Normalmente Dios nos purifica por una serie de crisis que van precedidas de un periodo de cierta tranquilidad, que puede ser largo. Al final de cada crisis, si se resuelve bien, hay una conversión concreta. En ese momento comienza un nuevo periodo de tranquilidad hasta la siguiente crisis9.

Entre las crisis hay períodos de calma, donde aprovechamos la paz nueva que se nos ha dado. Nos ejercitamos para respirar mejor en el amor. Al cabo de cierto tiempo, una de las raíces que no están completamente muertas comienza (o recomienza) a hacerse sentir… y provoca el inicio de una nueva crisis (Molinié, El coraje de tener miedo, 145).

Podemos compararlo con lo que sucede con una infección, pero en este caso lo que nos invade es la vida divina y lo que intenta rechazarla es el hombre viejo, que no quiere morir10. Hay períodos en que el orgullo y la gracia conviven sin especial conflicto; es como el tiempo de incubación de la enfermedad, que puede alargarse durante años11. Pero en un momento determinado la vida divina se abre paso con más fuerza, actúa con más virulencia, y no tarda en producirse el rechazo del hombre viejo: miedos, resistencias y rebeldías. Es el momento de la crisis, de la purificación, que se resuelve con un paso adelante en la muerte del hombre viejo. Ese paso adelante es una verdadera conversión, que sólo llegará a ser plena después de la última crisis, por lo que, mientras tanto comienza un nuevo periodo de incubación, a la espera de un nuevo combate y una nueva conversión.

Cada crisis va generalmente precedida de un período de incubación, en el curso del cual los dos elementos antagonistas se desarrollan paralelamente sin toparse demasiado, hasta el día en que empieza a fallar. Un malestar se hace sentir, discreto al principio, suficientemente discreto para que se vea allí un «problema», del que se espera encontrar la «solución». Pero el malestar crece y se hace progresivamente intolerable. Cuanto más buscamos la famosa solución, más nos alejamos de ella. En realidad, ningún esfuerzo de nuestra parte triunfará de este malestar que debe degenerar en agonía hasta la muerte del hombre viejo (Molinié, El coraje de tener miedo, 143).

A la hora de aceptar estas purificaciones del orgullo del hombre viejo, que hemos llamado «crisis», hemos de tener en cuenta varias características:

  • -Normalmente, las purificaciones más profundas y dolorosas son las últimas. Sin embargo, cuando se llega a ellas ha ido aumentando la purificación y la confianza, de modo que no resultan tan difíciles y tan peligrosas. Por ello, las primeras purificaciones son las que más nos cuestan y las que nos resultan más difíciles de aceptar.

Las crisis purificadoras van a sucederse aumentando hasta un paroxismo último que será la hora de nuestra puesta en el mundo. A pesar de todo, como ya veremos, las primeras tormentas son las más perturbadoras, en primer lugar, porque nos falta la costumbre, luego porque el hombre viejo está todavía en pleno vigor y se debate salvajemente. Más tarde, el sufrimiento se hace más íntimo y desgarrador, pero más apacible también. El amor de Dios crece, el orgullo de la vida disminuye…, pero cuanto menos queda de él, más sufre el alma por lo poco que queda, y se vuelve impaciente (en la paciencia) de su liberación total (Molinié, El coraje de tener miedo, 143)12.

  • -La respuesta necesaria en cada una de ellas es siempre la misma: «Dejarse hacer», es decir, la docilidad y la confianza para dejar que Dios nos purifique; someterse al tratamiento, aunque duela o desconcierte. Cualquier otra «solución» que nosotros busquemos no sólo será ineficaz, sino contraproducente.
  • -El único peligro es el endurecimiento por nuestra parte, porque nuestra resistencia puede provocar que Dios interrumpa el tratamiento. Cuando impedimos la purificación podemos tener la sensación de que la crisis se ha superado, pero la realidad es que Dios ha detenido el tratamiento, la conversión necesaria no se ha producido y, en vez del tiempo de estabilidad hasta la siguiente purificación, lo que sucede es que nos hemos quedado estancados porque no nos hemos «dejado hacer». La tranquilidad que proporciona la ausencia de lucha contra el orgullo no tiene nada que ver con la verdadera paz del que acepta el combate necesario para vencer el orgullo.

Para una voluntad entregada a Dios no hay ningún riesgo en este desencadenamiento. El único riesgo serio es, por el contrario, que Dios detenga la operación, al ver que nosotros la soportamos demasiado mal. Si la soportamos mal es por nuestra culpa, por culpa de nuestro orgullo que no acepta una desilusión semejante, una revelación semejante de nuestra fealdad […] Por eso Dios se ve obligado a pedirnos permiso y a insistir para que comprendamos de qué se trata. Si no se ha comprendido un poco y aceptado totalmente, nos debatimos de tal manera que se ve obligado a interrumpir el tratamiento. No podemos beber la taza sin debatirnos, pero si no aceptamos siquiera beber la taza y comprender que es necesario, entonces Él no insiste, espera una ocasión mejor… que puede no volverse a encontrar más que en el purgatorio. Ahí está el verdadero riesgo (Molinié, El coraje de tener miedo, 143-144).

Cuatro etapas, cuatro estaciones

Las etapas que aquí describimos son las mismas que han descrito los santos, los que las han recorrido hasta el final y han tenido la gracia para describirlas. Es cierto que el proceso de cada persona es distinto y las etapas de su purificación tienen sus peculiaridades; pero a la vez, dentro de esta variedad, podemos reconocer unas constantes que nos ayudan. Lo que san Juan de la Cruz describe con las tres etapas clásicas de principiantes, proficientes y perfectos, marcadas por las dos noches purificadoras (la del sentido y la del espíritu), y lo que santa Teresa describe como un proceso en el que vamos entrando en la morada más interna de nuestra alma, donde habita Dios, lo podemos expresar con las cuatro estaciones de la vida cristiana, separadas por tres crisis purificadoras13.

Primera estación: primavera

Como sucede con la estación del año, esta primera etapa de la vida espiritual es la más turbulenta. Aunque puede haber períodos de sol y calma, también pueden aparecer tormentas terribles. Se suceden las luces y las dificultades del principio, la necesidad de abandonar pecados y las recaídas, a veces graves. Las luchas contra el pecado son fuertes, el hombre viejo, prácticamente intacto se resiste con tesón. La costumbre juega en nuestra contra, y la luz de Dios y la gracia se van abriendo paso con dificultad. El riesgo de volver atrás es grande.

Piénsese en la lucha de san Agustín para conseguir desembarazarse de errores, ataduras y concupiscencias hasta su conversión, narrada en el libro de Las Confesiones.

Es verdad que podía sanar creyendo; y de este modo, purificada más la vista de mi mente, poder dirigirme de algún modo hacia tu verdad, eternamente estable y bajo ningún aspecto defectible. Mas como suele acontecer al que cayó en manos de un mal médico, que después recela de entregarse en manos del bueno, así me sucedía a mí en lo tocante a la salud de mi alma; porque no pudiendo sanar sino creyendo, por temor de dar en una falsedad, rehusaba ser curado, resistiéndome a tu tratamiento, tú que has confeccionado la medicina de la fe y has esparcido sobre las enfermedades del orbe, dándole tanta autoridad y eficacia (VI,2,6)

Tus palabras, Señor, se habían pegado a mis entrañas y por todas partes me veía cercado por ti. Cierto estaba de tu vida eterna, aunque no la viera más que en enigma y como en espejo […] En cuanto a mi vida temporal, todo eran vacilaciones, y debía purificar mi corazón de la vieja levadura, y hasta me agradaba el camino -el Salvador mismo-; pero tenía pereza de caminar por sus estrecheces (VIII,1,1).

Es cierto que no siempre sucede así. Cuando las condiciones son favorables y hay una respuesta generosa desde el principio, estos primeros pasos pueden ser apacibles, como comprobamos en la infancia de santa Teresa del Niño Jesús: «Desde la edad de tres años, nunca negué cosa alguna a mi buen Dios»14.

También puede ocurrir, por el contrario, que se pase este período tranquilamente, si el medio ambiente, la herencia y la fidelidad del sujeto lo permiten (Molinié, El coraje de tener miedo, 146-147).

Santa Teresa de Jesús también avisa de la dificultad de esta primera estación, que coincide con las primeras moradas:

Mas, como el demonio siempre la tiene tan mala [voluntad], debe tener en cada una muchas legiones de demonios para combatir que no pasen de unas a otras y, como la pobre alma no lo entiende, por mil maneras nos hace trampantojos, lo que no puede tanto a las que están más cerca de donde está el rey, que aquí, como aún se están embebidas en el mundo y engolfadas en sus contentos y desvanecidas en sus honras y pretensiones, no tienen la fuerza los vasallos del alma (que son los sentidos y potencias) que Dios les dio de su natural, y fácilmente estas almas son vencidas, aunque anden con deseos de no ofender a Dios, y hagan buenas obras (Santa Teresa de Jesús, Moradas primeras, 2,12).

Es de los que han ya comenzado a tener oración y entendido lo que les importa no se quedar en las primeras moradas, mas no tienen aún determinación para dejar muchas veces de estar en ella, porque no dejan las ocasiones, que es harto peligro. Mas harta misericordia es que algún rato procuren huir de las culebras y cosas emponzoñosas, y entender que es bien dejarlas. Estos, en parte, tienen harto más trabajo que los primeros, aunque no tanto peligro, porque ya parece los entienden, y hay gran esperanza de que entrarán más adentro (Santa Teresa de Jesús, Moradas segundas, 1,2).

Este período, como los dos que siguen, termina con una crisis que precisa de la entrega a Dios. Es lo que otros llaman la primera conversión.

El término de este período es un paroxismo, a la salida del cual uno se da voluntaria y totalmente a Dios: conversión del pecador o del incrédulo, vocación…, o las dos a la vez […] Quiero hacer la voluntad de Dios, no tengo otro deseo que consagrar mi vida al servicio de Dios. Nuestro corazón comprende en qué prisión estaba cuando quería combatir contra su verdadera dicha. «Te es duro resistir bajo el aguijón.» Es una verdadera liberación (Molinié, El coraje de tener miedo, 147)15.

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La primera conversión consiste en el tránsito del estado del pecado al estado de gracia […] Esta purificación mediante la infusión de la gracia habitual y la remisión de los pecados es, en algún sentido, modelo y ensayo de las purificaciones venideras, las cuales también han de exigir actos de fe, esperanza, caridad y contrición. Con frecuencia, esta primera conversión se verifica después de una crisis más o menos dolorosa, en la que, a ejemplo del hijo pródigo, el alma se despega poco a poco del espíritu del mundo, para volver sinceramente a Dios […] Para esto, mediante la gracia actual, junto con las pruebas interiores, labra, en cierta manera, nuestras almas, antes de depositar en ellas la semilla divina. Abre por vez primera el surco sobre el cual ha de volver más tarde, no para deshacerlo, sino para darle mayor profundidad, con el fin de arrancar las malas raíces que no habían sido extirpadas aún (Garrigou-Lagrange)16.

Como hemos anunciado, después de esta crisis comienza un nuevo período, que durará más o menos tiempo hasta la siguiente crisis.

Segunda estación: verano

Como el verano, esta etapa de la vida del cristiano, se caracteriza por un avance y una maduración serena. Va fructificando la entrega con la que se resolvió la crisis (o conversión) primera, que es el paso a esta segunda estación.

Así se puede comprender ya la excelencia de la conversión, que hace salir al alma del estado de pecado mortal, o la hace pasar del de la tibieza y disipación al estado de gracia, en el que ya ama a Dios más que a sí misma y más que todas las cosas, por lo menos con amor de benevolencia, si es que no llega a amarle con un amor generoso y vencedor de toda suerte de egoísmos […] Es un estado de vida [al que nosotros llamamos verano y que se identifica con el de los principiantes] en el que el alma comienza seriamente a levantarse sobre sí misma y a encaminar todas las cosas a Dios, amándole más que se ama a sí misma. Aquí se está ya en la antesala del reino de Dios, donde el alma, dócil a la voz divina, empieza a reinar con Él sobre sus propias pasiones, sobre el espíritu del mundo y sobre el espíritu del mal (Garrigou-Lagrange)17.

En este período, el principiante crece en el conocimiento de Dios y de sí mismo, busca amar a Dios con las fuerzas y capacidades que en ese momento tiene, y huye de los pecados, no sólo de los mortales18. Así describe Santa Teresa la situación de los que están en las terceras moradas, que corresponden a los que avanzan por este verano:

Tornando a lo que os comencé a decir de las almas que han entrado a las terceras moradas, que no las ha hecho el Señor pequeña merced en que hayan pasado las primeras dificultades, sino muy grande, de éstas, por la bondad del Señor, creo hay muchas en el mundo: son muy deseosas de no ofender a Su Majestad ni aun de los pecados veniales se guardan, y de hacer penitencia amigas, sus horas de recogimiento, gastan bien el tiempo, ejercítanse en obras de caridad con los prójimos, muy concertadas en su hablar y vestir y gobierno de casa, los que las tienen (Santa Teresa de Jesús, Moradas terceras, 1,5).

Sin embargo, en este avance en el amor a Dios hay imperfecciones, raíces del orgullo que afectan a la nueva vida que ha surgido de la primera conversión. Todo lo que realiza, aunque sea «espiritual», está todavía marcado por el protagonismo, y le falta terminar de descubrir con humildad la necesidad de «dejarse hacer» más profundamente. Busca amar a Dios, pero todavía no comprende que lo importante es dejarse amar por él. Surgen los brotes del orgullo que están enraizados en la vida espiritual del principiante.

Al principio de la estación, la voluntad se ha entregado ya a Dios, pero su actividad es todavía demasiado humana. Ella concibe un plan, trabaja al servicio del Reino como al de una causa temporal. Lucha contra la naturaleza, se mortifica, pero no calcula aún muy bien los gastos: no ha comprendido que Dios no es solamente el fin, sino que es también el origen de todo nuestro esfuerzo, que hace las nueve décimas partes del trabajo, por no decir las diez décimas partes. Ella lo sabe teóricamente, pero no ha comprendido hasta qué punto es suficiente dejarse hacer… Toda esta necesidad de actividad llevada según nuestra idea, obedece a un instinto secreto de «realizarnos», instinto en el que se desliza no poco orgullo de la vida. Nuestras mejores intenciones están lejos de estar purificadas de este orgullo (Molinié, El coraje de tener miedo, 146-147).

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En las terceras moradas, la generosidad que nos eleva es todavía sentida como nuestra (ayudada por Dios); no como un mar de fondo que nos supera y nos arrastra: experimentar este último punto, comprenderlo eficazmente es entrar en las cuartas moradas (Molinié, El buen ladrón, tercera parte, capítulo 3,2)19.

Siendo un estado «excelentísimo», como afirma santa Teresa de Jesús, el que está en esta estación corre el peligro de quedarse estancado en él, sin darse cuenta de que todavía no se ha desprendido de sí mismo:

Y con esto este estado es excelentísimo; y si no, toda nuestra vida nos estaremos en él y con mil penas y miserias. Porque, como no hemos dejado a nosotras mismas, es muy trabajoso y pesado; porque vamos muy cargadas de esta tierra de nuestra miseria, lo que no van los que suben a los aposentos que faltan (Santa Teresa de Jesús, Moradas terceras, 2,9)20.

Una forma especial en la que se manifiesta la imperfección de los que están en esta etapa es el apego a los consuelos que Dios da.

Pasado algún tiempo en esta lucha, de ordinario, como recompensa a sus esfuerzos, reciben consolaciones sensibles en la oración y en el estudio de las cosas divinas. Por este medio logra el Señor conquistar su sensibilidad, ya que ella es la que principalmente informa su vida. Conquistada, la desvía de los objetos peligrosos; y la atrae a sí. Y ahora es cuando el principiante generoso ama ya a Dios con todo su corazón, aunque no con toda su alma, ni con todas sus fuerzas, ni con todo su espíritu […] Pero, ¿qué es lo que sucede entonces? Que, con pocas excepciones, los principiantes, al recibir los consuelos sensibles, se aficionan demasiado a ellos, como si, más que medio, fueran fin. Por eso, pronto se convierten los tales consuelos en obstáculo para el aprovechamiento, y son ocasión de gula espiritual, de curiosidad en el estudio de las cosas divinas, de orgullo inconsciente, cuando, bajo pretexto de edificación, se habla de ellos como si se fuera ya maestro en la ciencia del espíritu. Entonces, dice San Juan de la Cruz, aparecen los siete pecados capitales, no en su forma grosera, sino en forma sutil y espiritual, los cuales vienen a ser otros tantos obstáculos a la verdadera y sólida piedad (Garrigou-Lagrange)21.

San Juan de la Cruz describe con claridad las deficiencias de estos principiantes y el problema de apegarse a las consolaciones sensibles que el Señor utiliza durante esta etapa. Explica con claridad que el cristiano tiene que desprenderse del alimento infantil, necesario en una primera etapa (la del verano, la de los principiantes) para que avance y madure.

Es, pues, de saber que el alma, después que determinadamente se convierte a servir a Dios, ordinariamente la va Dios criando en espíritu y regalando, al modo que la amorosa madre hace al niño tierno, al cual al calor de sus pechos le calienta, y con leche sabrosa y manjar blando y dulce le cría, y en sus brazos le trae y le regala. Pero, a la medida que va creciendo, le va la madre quitando el regalo y, escondiendo el tierno amor, pone el amargo acíbar en el dulce pecho, y, abajándole de los brazos, le hace andar por su pie, porque, perdiendo las propiedades de niño, se dé a cosas más grandes y sustanciales. La amorosa madre de la gracia de Dios, luego que por nuevo calor y hervor de servir a Dios reengendra al alma, eso mismo hace con ella; porque la hace hallar dulce y sabrosa la leche espiritual sin algún trabajo suyo en todas las cosas de Dios, y en los ejercicios espirituales gran gusto, porque le da Dios aquí su pecho de amor tierno, bien así como a niño tierno (1 Pe 2, 2-3). Por tanto, su deleite halla pasarse grandes ratos en oración, y por ventura las noches enteras; sus gustos son las penitencias, sus contentos los ayunos, y sus consuelos usar de los sacramentos y comunicar en las cosas divinas; las cuales cosas, aunque con grande eficacia y porfía asisten a ellas y las usan y tratan con grande cuidado los espirituales, hablando espiritualmente, comúnmente se han muy flaca e imperfectamente en ellas. Porque, como son movidos a estas cosas y ejercicios espirituales por el consuelo y gusto que allí hallan, y, como también ellos no están habilitados por ejercicios de fuerte lucha en las virtudes, acerca de estas sus obras espirituales tienen muchas faltas e imperfecciones; porque, al fin, cada uno obra conforme al hábito de perfección que tiene; y, como éstos no han tenido lugar de adquirir los hábitos fuertes, de necesidad han de obrar como flacos niños, flacamente (San Juan de la Cruz, Noche, I,1,2).

También santa Teresa de Jesús señala la necesidad de no creernos con derecho a esos «contentos» y «gustos», que el Señor da para que vayamos más adelante22:

En éstos no deja el Señor de pagar como justo, y aun como misericordioso, que siempre da mucho más que merecemos, con darnos «contentos» harto mayores que los podemos tener en los que dan los regalos y distraimientos de la vida; mas no pienso que da muchos «gustos» si no es alguna vez, para convidarlos con ver lo que pasa en las demás moradas, porque se dispongan para entrar en ellas (Santa Teresa de Jesús, Moradas terceras, 2,9).

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Harto buena disposición es, si persevera en aquello y no se torna a meter en las sabandijas de las primeras piezas, aunque sea con el deseo; que no hay duda sino que si persevera en esta desnudez y dejamiento de todo, que alcanzará lo que pretende. Mas ha de ser con condición, y mirad que os aviso de esto, que se tenga por siervo sin provecho -como dice San Pablo, o Cristo- y crea que no ha obligado a Nuestro Señor para que le haga semejantes mercedes; antes, como quien más ha recibido, queda más adeudado. ¿Qué podemos hacer por un Dios tan generoso que murió por nosotros y nos crió y da ser, que no nos tengamos por venturosos en que se vaya desquitando algo de lo que le debemos, por lo que nos ha servido (de mala gana dije esta palabra, mas ello es así que no hizo otra cosa todo lo que vivió en el mundo), sin que le pidamos mercedes de nuevo y regalos? (Santa Teresa de Jesús, Moradas terceras, 1,8).

Todo esto nos indica que la crisis necesaria para salir del verano de los principiantes y entrar en el otoño de los que aprovechan tendrá que eliminar el protagonismo del sujeto en la vida espiritual y ayudarle a prescindir de los consuelos y gustos que hasta ahora ha necesitado para avanzar.

Para esta purificación resultan muy útiles los fracasos de cualquier tipo (también espiritual y apostólico), que nos hacen comprender nuestra debilidad. Nuestra tristeza e incluso nuestra rebeldía ante los fracasos son la medida de la profundidad de nuestro orgullo y de la purificación necesaria.

Resultan de ahí una serie de crisis que son sobre todo fracasos: los fracasos enseñan a inclinar la cabeza, y cada vez que se llega a ello se da una pequeña liberación (Molinié, El coraje de tener miedo, 148).

Si nos dejamos purificar de este modo, daremos el salto del protagonismo a la docilidad, del ansia de control a la confianza, y, en esa medida, eliminaremos una raíz del orgullo.

Al término de estos diversos tratamientos, una vez que estamos profundamente humillados, Dios se revela de una manera nueva y muestra hasta qué punto, en esta obra, está dispuesto a hacer todo el trabajo. Al principio, se busca sobre todo amar a Dios; al final, se comprende que es suficiente dejarse amar por Él […] Dios nos dice: Te amo mucho más de lo que crees… Así, pues, déjame tomar el timón, abandona en mí las palancas de mando. Es algo distinto que caminar hacia mí, es mucho más profundo, es una disolución total de tu voluntad en la mía… lo que los espirituales denominan «el abandono» (Molinié, El coraje de tener miedo, 148-149).

No sólo en el rumbo de nuestra vida, también en la misma purificación es Dios el que toma las riendas. No es extraño, porque esta purificación ha de llegar más allá de nuestras capacidades. Por eso, esta purificación es «pasiva» por nuestra parte23. Abandonamos nuestro protagonismo y se lo damos a Dios, lo que supone una fuerte renuncia y conlleva una dolorosa purificación, que, no lo olvidemos nunca, es fruto del amor de Dios.

Eso supone una luz extremadamente profunda sobre la dimensión completamente loca del amor de Dios por nosotros; descubrir eso es también una conversión, una purificación pasiva […] El verano corresponde más o menos a lo que san Juan de la Cruz llama la noche de los sentidos y Teresa de Ávila, la tercera y cuarta morada. Es la entrada en la vida mística, definida como una cierta pasividad consciente en las manos de Dios […] Entrar en la vida mística es subir a la barca y no intentar gobernar más nuestra vida (Molinié, El coraje de tener miedo, 148.149)24.

Además del protagonismo, el que pasa del verano al otoño tiene que ser liberado del apego a los gustos sensibles que vienen de Dios. Santa Catalina de Siena pone en labios de Dios esta misma necesidad de purificación:

Hay algunos que se han hecho mis servidores fieles sin temor servil ‑no sólo sin temor servil-, sino con amor. El amor de servir por propio interés y gusto, o por el placer que en mí encuentran, es imperfecto. ¿Conoces la prueba de que es imperfecto? La privación del consuelo que encuentran en mí. Con el mismo amor imperfecto aman a su prójimo, y por ello ese amor ni es suficiente ni duradero. Se hace remiso y muchas veces termina en nada. Se hace remiso conmigo cuando algunas veces yo, para ejercitarlos en la virtud y elevarles de la imperfección, les retiro los consuelos del espíritu y permito los combates y trabajos. Esto lo hago para que con más perfecto conocimiento de sí mismos lleguen y conozcan su «no ser» y que de ellos no procede gracia alguna. En el tiempo de los combates vienen a mí, buscándome y reconociéndome como a su bienhechor, buscándome sólo a mí con verdadera humildad. Y por eso lo hago y les retiro la consolación, pero no la gracia (Santa Catalina de Siena, Diálogos, 60)25.

Se trata de la «noche de los sentidos»26 de la que habla san Juan de la Cruz, que resulta una prueba difícil, que muchos no son capaces de superar27. Desaparece todo el gusto sensible que venía de Dios, especialmente en la oración, para dar paso a una oración marcada por la fe y el amor, que trascurre en el silencio, la oscuridad y, muchas veces, en la aridez. Es el paso a la oración contemplativa, que será la propia de esta nueva etapa28. Pero el que sufre esta crisis, especialmente si no tiene ayuda, piensa que está retrocediendo, que esta aridez es la consecuencia de algún pecado oculto y que tiene que esforzarse por «sentir» lo que antes sentía. Y no se da cuenta de que tiene que dejar que Dios purifique su sensibilidad por medio del silencio, y avanzar a una forma de relación con Dios sin apoyos sensibles, marcada por la fe en la oscuridad.

La necesidad de este paso ha sido descrita con enorme lucidez por san Juan de la Cruz que, además, ofrece las señales de que se trata de una crisis de crecimiento (también entendida como conversión y purificación) y no de un paso atrás. Puede resumirse así.

Como consecuencia de semejante estado, la lógica de la vida impone un paso adelante, y hace necesaria una segunda conversión, la que San Juan de la Cruz designa con el nombre de purificación pasiva de los sentidos, «común a la mayor parte de los principiantes», para introducirlos «en la vía iluminativa de los aprovechados, en la que Dios alimenta el alma con la contemplación infusa». Esta purificación se manifiesta por una aridez sensible prolongada, en la cual el principiante se ve privado de los consuelos sensibles a los que manifestaba demasiada afición. Si, en medio de esta aridez, hay un vivo deseo de Dios, y de su reino dentro de nosotros, junto con el temor de ofenderle, es una nueva señal de la divina purificación. Pero si, a este vivo deseo de Dios, se añade en la oración la dificultad de hacer múltiples consideraciones y razonamientos, al par que la inclinación a mirar al Señor con mirada simple y amorosa, tenemos la tercera señal demostrativa de la segunda conversión y de la entrada del alma en una forma de vida superior, cual es la de la vida iluminativa (Garrigou-Lagrange. La cursiva es del autor)29.

Como siempre, hay que señalar las posibles diferencias que se dan tanto en las formas en que aparece esta purificación, como de las diversas respuestas que encuentra. Antes de pasar adelante, es necesario saber que quien no acepta esta purificación y se empeña en aferrarse al control de su vida y a los consuelos espirituales no se queda simplemente estancado, sino que da un importante paso atrás.

Al llegar a este punto, no todos se muestran fieles a su vocación. Muchos sucumben en la prueba y no logran entrar en la vía iluminativa de los aprovechados, permaneciendo en un estado de manifiesta tibieza. Pero, hablando con propiedad, ya no son principiantes, sino rezagados y estacionarios. En ellos se cumplen de alguna manera las palabras de la Escritura: «No han sabido conocer el tiempo de la visita del Señor», la hora de la segunda conversión. Estas almas, sobre todo si se trata de religiosos o sacerdotes, no hacen los esfuerzos debidos para llegar a la perfección. Sin que se percaten de ello, son motivo de que otras muchas se detengan a la mitad del camino; y constituyen un serio obstáculo para las que de veras procuran seguir adelante. Así les acaece con frecuencia que la meditación común, en vez de tornarse contemplativa, se convierte en un ejercicio puramente material y mecánico. Más bien que de alas con que puedan remontarse hacia lo alto, les sirve de peso intolerable y abrumador. Y, por desgracia, de contemplativa se trueca para ellas en anticontemplativa (Garrigou-Lagrange)30.

Tercera estación: otoño

Este otoño de la vida espiritual, como en la estación del año, se caracteriza por la suavidad, la serenidad y el fruto abundante. La oración contemplativa hace al que está en ella ir más allá del conocimiento de Dios a partir de la Creación o de la meditación de la Palabra, y le permite adentrarse en los misterios de la encarnación, vida oculta, muerte y resurrección del Señor, de una forma humilde y sencilla, que lleva a los que están en esta etapa a amar a Dios con toda su mente. El que va aprovechando en este otoño de la vida espiritual no sólo evita los pecados, incluso los veniales31, sino que imita las virtudes del Señor que contempla; no se conforma con los mandamientos, sino que busca la forma de vivir los consejos evangélicos. En esta etapa, también llamada iluminativa, los gustos sensibles han quedado atrás y el fruto de la contemplación es una abundancia de luz en la oración y un fuerte impulso para trabajar por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Hay una facilidad para orar y para el apostolado32.

Es una fase agradable en la que se descansa de los ardores del verano. Se está en la barca y se deja deslizar por la corriente de agua… […] En esta etapa se experimenta una gran facilidad en el servicio de Dios, uno es llevado como un niño en los brazos de su madre, uno se deja hacer con facilidad, con el sentimiento muy vivo de ser infinitamente amado (Molinié, El coraje de tener miedo, 150).

San Juan de la Cruz expresa de este modo el estado apacible de los que disfrutan el otoño espiritual:

Salida el alma del estado de principiantes, se ejercita en el de aprovechados, en el cual, así como el que ha salido de una estrecha cárcel, anda en las cosas de Dios con mucha más anchura y satisfacción del alma y con más abundante e interior deleite que hacía a los principios, antes que entrase en la dicha noche, no trayendo atada ya la imaginación y potencias al discurso y cuidado espiritual, como solía; porque con gran facilidad halla luego en su espíritu muy serena y amorosa contemplación y sabor espiritual sin trabajo del discurso (San Juan de la Cruz, Noche, II,1,1).

También santa Teresa describe el estado del alma en este otoño, que se puede identificar con la quinta morada, que, sin embargo, no es la última:

Vese con un deseo de alabar al Señor, que se querría deshacer, y de morir por Él mil muertes. Luego le comienza a tener de padecer grandes trabajos, sin poder hacer otra cosa. Los deseos de penitencia grandísimos, el de soledad, el de que todos conociesen a Dios; y de aquí le viene una pena grande de ver que es ofendido […] Todo se le hace poco cuanto puede hacer por Dios, según son sus deseos. No tiene en mucho lo que pasaron los santos, entendiendo ya por experiencia cómo ayuda el Señor y transforma un alma, que no parece ella ni su figura. Porque la flaqueza que antes le parecía tener para hacer penitencia, ya la halla fuerte; el atamiento con deudos o amigos o hacienda (que ni le bastaban actos, ni determinaciones, ni quererse apartar, que entonces le parecía se hallaba más junta), ya se ve de manera que le pesa estar obligada a lo que, para no ir contra Dios, es menester hacer. Todo le cansa, porque ha probado que el verdadero descanso no le pueden dar las criaturas (Santa Teresa de Jesús, Moradas quintas, 2,7.8).

Como puede verse, esta parte inicial del otoño, la de los que aprovechan, nada tiene de la decadencia que puede asociarse con le estación otoñal. Sin embargo, la crisis con la que termina el otoño, la purificación del espíritu, sí supone una verdadera muerte, pero la del hombre viejo, que da paso a la unión con Dios de los perfectos33.

Este período de la vida interior, que puede ser largo34, desemboca también en una crisis, la última, la definitiva; sin duda, la que provoca la purificación más profunda; pero en ese momento el alma está ya en condiciones de someterse a lo más duro del tratamiento, quizá con una facilidad que no tenía en las primeras purificaciones, más suaves, pero más peligrosas35. Lo cual no quiere decir que no carezca de peligros y que no sea necesaria «una gran dosis de magnanimidad, de fe llevada, si es necesario, hasta el heroísmo, de esperanza contra toda esperanza, que se transforme en un completo abandono en las manos de Dios»36. Esta purificación es más intensa porque la invasión de Dios ya no se dosifica como antes.

Las crisis de que hemos hablado corresponden a lo que los teólogos llaman una «misión divina», o dicho de otra manera, una invasión del Espíritu Santo […] Es el momento en que Dios, que hasta aquí tomaba precauciones para invadirnos con cuentagotas, quiere apoderarse definitivamente de nuestro ser, no permitiéndonos obrar más que bajo su moción perpetua. Hasta ahora, Él inspiraba nuestras acciones, pero no investía nuestro ser; esta vez, toma posesión de él… y produce un choque terrible […] Dios no tiene ya ninguna consideración (¡parece!) y consume rápidamente lo que queda por destruir (Molinié, El coraje de tener miedo, 151.152).

Esto hace que el contraste entre la fase de calma y la crisis sea muy fuerte37.

Más claramente aún que la primavera y el verano, el otoño comporta dos fases: un período preparatorio y un paroxismo que anuncia el desenlace. La diferencia es mucho más clara, porque el período preparatorio es normalmente bastante suave: no hay crisis (Molinié, El coraje de tener miedo, 150)38.

Se trata de la purificación definitiva de modo que, por importantes que sean las crisis anteriores, con las purificaciones que conllevan, pueden considerarse simplemente la preparación para llegar hasta aquí: la muerte del hombre viejo que permite la unión con Dios, que es, no lo olvidemos, el objetivo:

Lo que se ha producido antes no es más que una preparación, que atenúa progresivamente el sobresalto de nuestra naturaleza en el momento del choque (este sobresalto que produciría, como hemos visto, la locura, la rebelión y la muerte) (Molinié, El coraje de tener miedo, 151).

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La purgación del sentido sólo es puerta y principio de contemplación para la del espíritu, que, como también habemos dicho, más sirve de acomodar el sentido al espíritu, que de unir el espíritu con Dios (San Juan de la Cruz, Noche, II,2,1)39.

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Dios permite las duras pruebas de este período para conducir así a los aprovechados a una fe más alta, a una esperanza más firme y a un amor más puro (Garrigou-Lagrange)40.

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¡Oh, válgame Dios, y qué son los trabajos interiores y exteriores que padece hasta que entra en la séptima morada! (Santa Teresa de Jesús, Moradas sextas, 1,1).

La razón de la necesidad de esta purificación es que las raíces del orgullo no han sido eliminadas totalmente y que, en este momento, después de las dos primeras conversiones, el orgullo ya no está enraizado en la sensibilidad, sino en el mismo espíritu, en la misma relación con Dios, por eso la crisis será una purificación o noche del espíritu.

Pero ¿qué es lo que suele suceder en estas circunstancias? Algo parecido a lo que acaece a los principiantes, que han recibido consuelos sensibles. Movidos por una soberbia inconsciente, también los aprovechados se complacen demasiado en esta gran facilidad de orar, de enseñar, de predicar, de practicar el bien. Olvidan que se trata de dones de Dios, y que ellos pretenden disfrutarlos con un espíritu muy distinto del que conviene a quien ora en espíritu y en verdad. Sin duda trabajan por Dios y por las almas; pero piensan demasiado en sí mismos. Y este egoísmo inconsciente y actividad natural son ocasión de que se derramen a lo exterior, perdiendo el recogimiento y la presencia de Dios. Creen que así harán mucho fruto, mas se equivocan en sus buenas intenciones. Se tornan en extremo confiados de sus fuerzas, se dan una importancia injustificada; y exageran los talentos que tal vez poseen. Olvidan su propia miseria, al querer compararla con la ajena. No pocas veces obran sin el recogimiento, sin la rectitud y sin la debida pureza de intención […] Sin esta tercera conversión no es posible entrar en la vida de unión, que es la edad madura de la vida espiritual (Garrigou-Lagrange)41.

No olvidemos nunca que es el amor de Dios y el proceso de unión con él lo que provoca cada una de las purificaciones necesarias, por dolorosas que sean42.

Pero hay una última ola, más temible. y más magnífica también, porque va a matar al hombre viejo y a revelarse al mismo tiempo como un encuentro perfecto con Dios: se la llama matrimonio espiritual o unión transformante (Molinié, El coraje de tener miedo, 151).

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El instante de la liberación es, a la vez, el más doloroso y el más hermoso. «Tened confianza, nos grita san Juan de la Cruz, en el momento mismo en que tengáis la impresión de haberlo perdido todo (momento que puede durar cierto tiempo, el tiempo de desgarrar realmente el caparazón del crustáceo), en el momento en que tengáis la impresión de morir, es cuando traéis al mundo vuestro rostro eterno» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 7, apartado La Cruz de Cristo y la nuestra)43.

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Mas todavía se quedan en el espíritu las manchas del hombre viejo, aunque a él no se le parece, ni las echa de ver; las cuales si no salen por el jabón y fuerte lejía de la purgación de esta noche, no podrá el espíritu venir a pureza de unión divina (San Juan de la Cruz, Noche, II, 2, 1)44.

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Queriendo Dios desnudarlos de hecho de este viejo hombre y vestirlos del nuevo, que según Dios es criado en la novedad del sentido, que dice el Apóstol (Cl. 3, 10), desnúdales las potencias y afecciones y sentidos, así espirituales como sensitivos, así exteriores como interiores, dejando a oscuras el entendimiento, y la voluntad a secas, y vacía la memoria, y las afecciones del alma en suma aflicción, amargura y aprieto, privándola del sentido y gusto que antes sentía de los bienes espirituales, para que esta privación sea uno de los principios que se requiere en el espíritu para que se introduzca y una en él la forma espiritual del espíritu, que es la unión de amor. Todo lo cual obra el Señor en ella por medio de una pura y oscura contemplación (San Juan de la Cruz, Noche, II,3,3).

Las gracias extraordinarias que puede recibir el que aprovecha, lejos de ser un salvoconducto que puede librarle de la purificación, la hace más necesaria, porque el que las recibe puede apegarse o apropiarse de ellas, y porque el enemigo puede vestirse de ángel de luz y engañar a los que van adelantando por esta etapa45.

Esta noche, más oscura que la primera, purifica la fe de forma que el alma camina a oscuras movido sólo por la fe. Quizá podríamos encontrar un modelo de esta noche oscura de la fe que purifica para la unión plena con Dios la «prueba de la fe» en la que Santa Teresa del Niño Jesús vivió los últimos años de su vida. Comienza esta prueba poco después de su primera hemoptisis el 3 de abril de 189646.

Durante los días tan gozosos del tiempo pascual, Jesús me hizo conocer por experiencia que realmente hay almas que no tienen fe, y otras que, por abusar de la gracia, pierden ese precioso tesoro, fuente de las única alegrías puras y verdaderas. Permitió que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas, y que el pensamiento del cielo, tan dulce para mí, sólo fuese en adelante motivo de lucha y de tormento… Esta prueba no debía durar sólo unos días, o unas semanas: no se extinguirá hasta la hora marcada por Dios…, y esa hora no ha sonado todavía… Quisiera poder expresar lo que siento, pero, ¡ay!, creo que es imposible. Es preciso haber peregrinado por este negro túnel para comprender su oscuridad (Santa Teresa del Niño Jesús, Ms C, 5vº).

Y dura prácticamente hasta su muerte el 30 de septiembre de 1987.

He rechazado muchas tentaciones… ¡Y he hecho muchos actos de fe…! (Santa Teresa del Niño Jesús, Cuaderno amarillo, 6.8.1).

La purificación se tiene que dar, no ya en la sensibilidad que percibe a Dios, sino en los elementos fundamentales de la vida espiritual, y a veces también en la apostólica. Pero el objetivo sigue siendo el mismo desde el principio: la muerte del hombre viejo en vistas a la unión con Dios.

¿Cuáles son, pues, las notas que caracterizan y definen esta crisis? Ante todo el alma se ve despojada no sólo de las consolaciones sensibles, sino también de aquellas luces que la ilustraban en el conocimiento de los misterios de la salvación, de aquellos ardientes deseos de Dios, de aquella facilidad para obrar el bien, para predicar y enseñar, en que ella, prefiriéndose a los demás, solía complacerse con secreto orgullo. Durante la oración y el oficio divino se ve sumida en una profunda aridez, no solamente sensible, sino también espiritual. No pocas veces se siente acometida de fuertes tentaciones, no ya contra la paciencia y la castidad, sino contra las virtudes que tienen su asiento en la parte más noble del ser humano: contra la fe, la esperanza, la caridad para con el prójimo, y aun para con Dios, quien parece mostrarse harto cruel al probar el alma tan duramente en semejante crisol. Si se trata de la vida del apostolado es frecuente que ocurran en este período grandes dificultades y trabajos, como críticas injustas, persecuciones, fracasos ruidosos. Tampoco suelen faltarle al apóstol calumnias e ingratitudes por parte de las personas a quienes antes había hecho insignes favores: cosa que debe moverle a amarlas puramente por Dios y en Dios. Así es que esta crisis, o purificación pasiva del espíritu, viene a ser una especie de muerte mística, la muerte del hombre viejo, según las palabras de San Pablo: «Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Jesucristo, a fin de que sea destruido el cuerpo del pecado» (Rm 6,6). Es necesario «que os despojéis del hombre viejo corrompido por engañosas codicias, y que os renovéis en vuestro espíritu y en vuestros pensamientos, revistiéndoos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y en santidad verdaderas» (Ef 4,22) (Garrigou-Lagrange)47.

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El estado místico fundamental de las sextas moradas o de la Noche del espíritu consiste en sentirse abandonada de Dios, y a veces condenado: comprendemos que para miradas superficiales (¡e incluso para los interesados!) ese estado parece más bien la desaparición de la vida mística; desaparición proclamada violentamente por el demonio que se lo pasa en grande por ello en esos momentos, y al que, quizá, los teólogos modernos armados con el psicoanálisis prestan tan fácilmente su voz (Molinié, El buen ladrón, tercera parte, capítulo 3, 1)48.

Esta purificación, según santa Teresa de Jesús, se realiza también mediante elementos exteriores: las críticas de los enemigos que le hacen creer que está totalmente equivocada; las alabanzas de los amigos que le halagan el orgullo; o las enfermedades que pueden acompañar a esta purificación49. También puede sufrir la purificación interior de la duda sobre si se engaña y es engañada por el demonio, duda que puede ser reforzada por el mismo director espiritual; o la de pensamientos o imágenes que la desconciertan: «Porque son muchas las cosas que la combaten con un apretamiento interior de manera tan sentible e intolerable, que yo no sé a qué se pueda comparar, sino a los que padecen en el infierno»50. Es purificación profunda que afecta a la esperanza, «porque verdaderamente parece entonces que está todo perdido»51 y que pone al que pasa por ella en profunda oscuridad:

Porque la gracia aunque no debe estar sin ella, pues con toda esta tormenta no ofende a Dios ni le ofendería por cosa de la tierra, está tan escondida, que ni aun una centella muy pequeña le parece no ve de que tiene amor de Dios ni que le tuvo jamás; porque si ha hecho algún bien o Su Majestad le ha hecho alguna merced, todo le parece cosa soñada y que fue antojo. Los pecados ve cierto que los hizo (Santa Teresa de Jesús, Moradas sextas, 1,11).

Esta purificación puede durar años y puede experimentar períodos más o menos intensos52. Realmente el que la padece, no puede hacer nada más que dejarse hacer y esperar la gracia de Dios que le haga pasar esta prueba definitiva.

En fin, que ningún remedio hay en esta tempestad, sino aguardar a la misericordia de Dios, que a deshora, con una palabra sola suya o una ocasión que acaso sucedió, lo quita todo tan de presto, que parece no hubo nublado en aquel alma, según queda llena de sol y de mucho más consuelo (Santa Teresa de Jesús, Moradas sextas, 1,10)53.

Cuarta estación: invierno

Puede sorprender que la plenitud de la vida cristiana se identifique con esta estación que nos sugiere más bien que la vida se detiene y desaparece; pero sabemos que no es así: la vida está escondida y brotará con fuerza de nuevo. Eso es lo que sucede en esta estación, que los doctores místicos identifican con los perfectos: la vida cristiana en plenitud está escondida, pero el fruto está ya garantizado.

El invierno se parece a una muerte, pero donde la vida se esconde y prepara la explosión de la primavera. «Vosotros estáis muertos -dice san Pablo- y vuestra vida está escondida en Dios con Cristo». Este invierno prepara la explosión de la primavera eterna: «Cuando El aparezca, vosotros también apareceréis con Él en la gloria» (Molinié, El coraje de tener miedo, 152).

Nosotros que vemos a los santos ya canonizados por la Iglesia, que pone como ejemplo su vida y sus virtudes heroicas, nos los imaginamos como enormes y hermosos edificios que Dios ha construido, y olvidamos que, mientras están en este mundo, esos hermosos edificios, como catedrales, están ocultos para los ojos de la mayoría:

Un santo es una catedral sumergida. No se ve más que el mar, y él mismo no puede ver más: el hombre viejo ha muerto, y los esplendores del hombre nuevo permanecen invisibles, escondidos en el océano En toda su pureza, la vida cristiana se parece a la nieve en invierno: una inmensa paz, una inmensa serenidad, la «capa blanca». Nuestro corazón se ha vuelto transparente, ha encontrado la inocencia de los hijos de Dios. La gloria divina lo colma plenamente, pero este tesoro está escondido en una vasija de barro, y no manifiesta su presencia más que por olas procedentes del fondo, que no suprimen la paz, pero hacen presentir su poder (Molinié, El coraje de tener miedo, 153).

Recuérdese el caso de santa Teresa del Niño Jesús, cuya doctrina se difundió sorprendentemente después de su muerte en 1897 y fue rápidamente canonizada el año 1925 y proclamada doctora de la Iglesia en 1997, y sin embargo parecía una religiosa ordinaria a muchas de las carmelitas de su monasterio. La hermana que tenía que escribir su nota necrológica dijo: «No tengo nada que escribir sobre ella, pasó desapercibida».

La diferencia fundamental de esta estación con las demás es que ya no hay ninguna crisis al final, no queda ninguna purificación pendiente. Lo cual no quiere decir que no haya progreso, ni sufrimiento: pero no se trata ya del sufrimiento necesario que provoca el rechazo del orgullo a la invasión de Dios, el sufrimiento que provoca la muerte del hombre viejo, sino un sufrimiento que tiene un valor redentor unido a la Cruz de Cristo.

Los tres primeros son períodos de crisis, pero en el último no hay crisis: puede darse todavía el combate de la redención, pero eso no es una crisis. Un santo está en perpetua evolución, pero una vez sumergido en la unión transformante, ya no necesita ser purificado (Molinié, El coraje de tener miedo, 146).

Los que alcanzan esta estación del invierno, el estado de perfectos, «conservan la presencia de Dios, no sólo durante la oración y el oficio divino, sino también en medio de las ocupaciones exteriores». La contemplación «a causa de su simplicidad, puede ser también casi continua […] se conserva en medio de las conversaciones, del trabajo intelectual de las ocupaciones exteriores». Los que pasan la tercera conversión «en los trances más dolorosos e imprevistos conservan una paz casi perenne e inalterable»54.

Se trata de la séptima morada que describe santa Teresa, donde se realiza el matrimonio espiritual, que ya no puede disolverse.

Cuando nuestro Señor es servido haber piedad de lo que padece y ha padecido por su deseo esta alma que ya espiritualmente ha tomado por esposa, primero que se consuma el matrimonio espiritual métela en su morada, que es esta séptima; porque así como la tiene en el cielo, debe tener en el alma una estancia adonde sólo Su Majestad mora, y digamos otro cielo (Santa Teresa de Jesús, Moradas séptimas, 1,2)55.

Es ahora cuando la vida cristiana da realmente fruto, cuando realmente se colabora con Cristo en la salvación del mundo. El que realmente tenga deseos apostólicos o evangelizadores tiene que desear llegar hasta ahí.

El apostolado en su plenitud no es posible más que al «final de la noche». Solamente en invierno se puede recibir la fecundidad inconcebible prometida a Abraham. Mientras tanto, se puede estar al servicio de Dios y hacer obras buenas. Pero esto no es la verdadera fecundidad: un alma no es fecunda más que a partir del momento en que está unida a Dios (Molinié, El coraje de tener miedo, 154)56.

A pesar de haber pasado por las purificaciones de los sentidos y del espíritu para llegar al matrimonio espiritual, los que alcanzan este invierno no se desentienden de los demás, ni dejan de trabajar por la salvación de su prójimo.

Lo que más me espanta de todo, es que ya habéis visto los trabajos y aflicciones que han tenido por morirse, por gozar de nuestro Señor; ahora es tan grande el deseo que tienen de servirle y que por ellas sea alabado, y de aprovechar algún alma si pudiesen, que no sólo no desean morirse, mas vivir muy muchos años padeciendo grandísimos trabajos, por si pudiesen que fuese el Señor alabado por ellos, aunque fuese en cosa muy poca. Y si supiesen cierto que en saliendo el alma del cuerpo ha de gozar de Dios, no les hace al caso, ni pensar en la gloria que tienen los santos; no desean por entonces verse en ella: su gloria tienen puesta en si pudiesen ayudar en algo al Crucificado, en especial cuando ven que es tan ofendido, y los pocos que hay que de veras miren por su honra, desasidos de todo lo demás (Santa Teresa de Jesús, Moradas séptimas, 3,6)57.

De modo, que el que llega a este grado de unión con Dios, no se dedica simplemente a disfrutar de ella, sino que se une al sufrimiento del Señor y no deja de convertir el amor en obras.

Es un privilegio de la Iglesia militante completar en su Cuerpo lo que falta en esplendor a la Pasión de Cristo… y esto se llama la perfecta «imitación de Cristo». Ésta sólo tiene lugar después de la Noche del espíritu, es decir, de la muerte del hombre viejo: entonces hay igualdad de Amor; y además los privilegios de la igualdad de Amor que son la dote de la Iglesia militante y permiten prolongar el combate de Cristo. (La Iglesia sufriente no prolonga el combate de Cristo: sufre pero no combate, porque no es tentada) (Molinié, La irrupción de la gloria, IV,2, La muerte del hombre viejo)58.

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Bien será, hermanas, deciros qué es el fin para que hace el Señor tantas mercedes en este mundo. Aunque en los efectos de ellas lo habréis entendido, si advertisteis en ello, os lo quiero tornar a decir aquí, porque no piense alguna que es para sólo regalar estas almas, que sería grande yerro; porque no nos puede Su Majestad hacer mayor, que es darnos vida que sea imitando a la que vivió su Hijo tan amado; y así tengo yo por cierto que son estas mercedes para fortalecer nuestra flaqueza como aquí he dicho alguna vez para poderle imitar en el mucho padecer […] ¡Oh hermanas mías, qué olvidado debe tener su descanso, y qué poco se le debe de dar de honra, y qué fuera debe estar de querer ser tenida en nada el alma adonde está el Señor tan particularmente! Porque si ella está mucho con Él, como es razón, poco se debe de acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene. Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras (Santa Teresa de Jesús, Moradas séptimas, 4,4.6; cf. 4,8-9).

Recuérdese la apremiante exhortación de san Juan de la Cruz, que debería afectarnos profundamente:

Donde es de notar que, en tanto que el alma no llega a este estado de unión de amor, le conviene ejercitar el amor así en la vida activa como en la contemplativa. Pero, cuando ya llegase a él, no le es conveniente ocuparse en otras obras y ejercicios exteriores que le puedan impedir un punto de aquella asistencia de amor en Dios, aunque sean de gran servicio de Dios, porque es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia. aunque parece que no hace nada, que todas esas otras obras juntas. […] Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alta como ésta. Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que se comience a envanecer la sal (Mt. 5, 13), que, aunque más parezca que hace algo por de fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios (San Juan de la Cruz, Cántico B, 29,2-3).

¿Es posible buscar un atajo?

Este camino que lleva a la muerte del orgullo del hombre viejo puede resultar desalentador para muchos por lo terrible de las purificaciones, especialmente de la última, la del espíritu. Sin embargo, no podemos negar que esa purificación es necesaria.

La historia y la doctrina de la Iglesia se unen para sugerir que la vida cristiana no tiene otra salida que el martirio. Los que escapan al martirio de la sangre deben atravesar una «noche oscura» tan horrible como el martirio, dice san Juan de la Cruz, y mucho más larga. Si no, para salvar su alma, deberán sufrir un Purgatorio todavía más terrible que lo que podemos aguantar sobre la tierra (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)59.

Y esta perspectiva puede aterrorizar y paralizar a los que se la toman en serio.

Durante mucho tiempo estas perspectivas me han aterrado. Para san Juan de la Cruz, la Noche del sentido es una limpieza previa que dispone al alma a soportar la verdadera purificación: prepara al enfermo para el tratamiento. Dice explícitamente que la Noche del espíritu está reservada a muy pocos. Eso quiere decir que desgraciadamente hay muy pocos santos, lo que, por otra parte, desgraciadamente, podemos comprobar.

Habla de una agonía terrible y no deja de decir: lo que describo no es nada al lado de la realidad… Además, presenta esta noche como el paso obligado hacia la santidad, tanto más dura en la medida en que Dios quiere elevar más el alma […] Me temo que la mayoría no ha sufrido nunca el choque que yo he sufrido, de desaliento y de terror absoluto. «Es muy dulce», dice otra carmelita. Sí, pero lo que cuenta es terrorífico. ¿La purificación es necesariamente tan horrible? ¿No podría desarrollarse de otra manera?

He llevado dolorosamente esta dificultad toda mi vida, verdaderamente he tenido miedo a san Juan de la Cruz y a la Noche del espíritu, diciéndome: «¡Si hay que pasar por ahí para hacerse santo, yo nunca podré!» Teresa de Ávila aportó una ligera atemperación a este terror. Es más humana y accesible, sin embargo las sextas Moradas del Castillo del alma no reniegan del carácter terrorífico de la Noche del espíritu: «Creemos verdaderamente que todo está perdido»… pero no insiste tanto como él (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)60.

Cabe preguntarse si no hay una forma de evitar esta terrible purificación del orgullo, o por lo menos de poder aliviar estos terribles sufrimientos de forma que sea accesible a los más débiles, pequeños o pecadores61.

Hay que recordar que de ningún podemos caer en el error señalado anteriormente62 de renunciar a la meta de la vida cristiana que es la santidad y la unión con Dios. Sería un tremendo error renunciar a la meta por no padecer los sufrimientos del proceso, lo cual tampoco nos evitaría la dureza del proceso de purificación en el Purgatorio.

Tampoco se trata de negar que el orgullo es el gran mal que impide la unión con Dios y que debe ser purificado. En ese sentido no existe ningún atajo. Cada persona tiene su camino concreto para llegar a Dios, pero ninguno excluye la purificación del orgullo.

Evidentemente hay una gran variedad en la historia de los santos; Dios no los eleva a todos al mismo grado. San Juan de la Cruz describió lo que tuvo que sufrir porque Dios lo quería llevar muy alto; numerosos santos sufren sin duda una Noche menos dolorosa: san Juan de la Cruz describe el «máximo» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)63.

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Pues si Dios quiere elevar a un orgulloso a una gran santidad, eso puede ser la cumbre del horror… esto no es forzosamente excepcional, pero Dios no tiene siempre la intención de elevar tan alto a los orgullosos: la mayoría de las veces les hará contentarse con una santidad menos elevada… sin hablar de los casos en los que pasarán por el Purgatorio (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)64.

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Quizá no serán todas las almas llevadas por este camino, aunque dudo mucho que vivan libres de trabajos de la tierra de una manera o de otra las almas que a tiempos gozan tan de veras de cosas del cielo (Santa Teresa de Jesús, Moradas sextas, 1,2).

Pero quizá sea posible distinguir dos tipos de personas que han de ser purificadas del orgullo:

  • -Las que van avanzando por el camino de la perfección, que tienen un orgullo más peligroso porque se aferra a la acción de Dios en ellos y a las gracias que reciben. Ellas son las que tienen que recorrer el camino propuesto por san Juan de la Cruz. La dificultad que tienen es que deben reconocer su pecado de orgullo en medio de las gracias que van experimentando.
  • -Los débiles, los pequeños, los pecadores, que no tienen dificultad en reconocer su orgullo y presentarse así a la acción de la Misericordia de Dios. Como su orgullo es menos «espiritual», pueden reconocer más fácilmente su pecado.

Se puede distinguir también dos niveles en el orgullo: el orgullo radical que anida en el ser humano a causa del pecado original, y el orgullo libre que se manifiesta en los que lúcidamente se oponen a Dios.

Hay que distinguir claramente entre el orgullo «original», inscrito en nuestro ser, y lo que llamo el orgullo de los justos y de los inocentes, que viene sólo de la libertad: es la mala elección de los ángeles y de nuestros primeros padres. Este orgullo libre podemos seguir cometiéndolo, orgullosos o no; la libertad debe adherirse al orgullo de yesca (foco de infección nacido del pecado original) y del endurecimiento u oponerle la humildad (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)65.

El que va avanzando por los caminos de la oración, de la perfección y de la unión con Dios corre el peligro de un orgullo más dañino y perverso, porque puede sentirse orgulloso de dones más altos y gratuitos, cuya perversión es mucho más grave. Precisamente porque van progresando y siendo iluminados les cuesta reconocer verdaderamente su condición de pecadores, que sólo se llega a admitir plenamente en la última purificación. A estos se dirige san Juan de la Cruz.

Para explicarlo, hay que volver sobre el estado de los que no han atravesado la Noche del espíritu: ¿En qué es peligroso, según san Juan de la Cruz? Son tan pecadores como antes, tan horribles, pero no se lo imaginan. San Juan de la Cruz les dice «en el fondo no sabéis nada» […] Según él, desgraciadamente, la conciencia de ser pecador sólo se tiene verdaderamente en la Noche del espíritu; antes de eso, se está en una inconsciencia fundamental […] San Juan de la Cruz dirá que al comienzo tienen conciencia de ser pecadores, pero reciben tales gracias y descubren de tal manera el Amor de Dios que ya no pueden creerse pecadores: ahogados en el mar del Amor, no sienten ya el peso del pecado (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36. La cursiva es del autor)66.

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Pues si el orgullo se inyecta en las gracias más elevadas (lo que Griñón de Montfort no excluye, ni ningún santo, y que la experiencia hace sospechar como muy frecuente, casi constitutivo de la naturaleza humana marcada por el pecado original), ¡entonces evidentemente hay desperfectos! El orgullo no es atacado verdaderamente hasta el final, habiendo sido todas las demás cosas sacudidas, purificadas, limpiadas por la ascesis, las luces, los éxtasis y todo lo que se quiera: queda un orgullo muy espiritual, y es verdaderamente horroroso expulsarlo (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36. La cursiva es del autor)67.

Estos necesitan la purificación descrita por el santo carmelita. Pero, ¿no existe la posibilidad de mantener la conciencia de ser pecadores a pesar de las gracias recibidas?, ¿no puede el débil, el pequeño y el pecador mantener esa conciencia e ir luchando contra el orgullo radical oponiéndole actos libres de humildad, basados precisamente en su condición?

De ahí el presentimiento del que hablo: si uno que avanza (proficiente), después de haber recibido las gracias y las luces evocadas por él después de la Noche de los sentidos, tiene claramente conciencia de que nada había empezado; si dice: «Soy tan pecador como antes, no conozco nada de Dios, espero su llegada», ¿no podría escapar al esquema de san Juan de la Cruz? ¿Es inconcebible que un alma enriquecida de gracias abundantes sepa que no ha empezado? […] Reconozco que normalmente, después de la conversión, al recibir las gracias que describe, apenas pueden conservar la conciencia de ser pecadores… pero esto no es rigurosamente imposible. Y si nunca llegan a eso, para mí eso cambia todo (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36. La cursiva es del autor)68.

Se trata, desde luego, de un camino «excepcional», que pocos son capaces de encontrar y recorrer, pero que hay que tener en cuenta, especialmente para poder ofrecer a los que no son capaces del camino «normal» descrito por san Juan de la Cruz.

En el caso normal, en efecto, bajo la afluencia de las gracias, el orgullo original, que aún no ha sido limpiado, hace de las suyas; tanto más peligrosamente en la medida en que se nutre con estas gracias. San Juan de la Cruz denuncia un peligro muy real y casi inevitable. Pero no se puede excluir totalmente la eventualidad insensata que se escapa de eso… gracias a la Virgen69 (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36. La cursiva es del autor)70.

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El camino de la santificación que llamaremos normal lleva consigo un cierto drama y un cierto terror, al descubrir las almas más generosas el mal de que son capaces, y el abismo del infierno que se prepara a tragarlos en el camino que ellas creen ser el del cielo, pero que está viciado en sus raíces más secretas por el orgullo original, lo que puede conducirlos a la desesperación. Pero es un camino terrible, porque nos descubre (mucho más allá de lo que se puede sospechar al comienzo) hasta qué punto somos hijos de ira y destinados a la perdición, hasta qué punto no podría haber intimidad posible entre un Dios tan puro y criaturas tan malvadas…

Es éste el camino que describe San Juan de la Cruz, es el que han seguido los Apóstoles (exceptuando, tal vez, San Juan). San Pablo de modo muy violento, pero discreto, San Pedro de una manera más elocuente. Al fin de este camino, que dura normalmente varios años (tanto más largos y dolorosos cuanto el alma haya de ser más elevada), se entra en la dulzura de la unión transformante y de la humildad mariana, cantadas no menos admirablemente por San Juan de la Cruz (Molinié, El camino de la infancia, aparatado En sintonía con la humildad mariana)71.

No se trata de corregir la enseñanza del doctor carmelita, sino de tener en cuenta algo que él pasó por alto.

Esta respuesta me parece razonable. Corresponde a la descripción que hace de los que han atravesado la Noche de los sentidos: alimentan sus ilusiones con las gracias recibidas; pero no se puede descartar la posibilidad de que no se alimentan de ellas, respondiendo entonces con una gratitud desesperada a la llamada de Griñón de Montfort. No pienso que san Juan de la Cruz descartara esta eventualidad, pero diría: «Eso me parece muy difícil, al límite de lo imposible: yo describo el caso normal, donde la noche oscura es ineludible» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)72.

Se trata de una excepción, hecha en favor de los pobres y de los humildes, que afrontan el orgullo de otra manera. Son realmente purificados, pero por la contemplación del Amor73, que es como un fuego devorador, que les lleva a la humildad.

Naturalmente la Virgen Santísima fue dispensada de este periplo. Pero a partir de allí, Teresa ha comprendido que a Dios le gusta hacer excepciones. Toda la obra de la salvación es una excepción: excepción del Verbo Encarnado, de la Inmaculada Concepción… y de las «almas pequeñitas» que en todos los tiempos se han podido parecerle, de lejos, pero eficazmente, a la manera de San Juan. Estas almas pequeñas son aquellas que, marcadas por el orgullo original como las demás, han recibido la gracia excepcional y fundamentalmente mariana de ser fascinadas por la humildad nacida del amor, por el sabor propiamente celestial de esta humildad, por la confianza total que de ahí resulta…, mucho más que por la humildad que proviene de las humillaciones, o incluso de la Verdad.

Estas almas reciben entonces la gracia de obligarse al camino de la perfección según un movimiento que les es propio y que se acerca al movimiento de la Inmaculada Concepción, fascinada por el Amor y penetradas por él totalmente. Así Dios, que gusta de hacer excepciones, hace con tales almas una enorme excepción: ellas ignoran la punta más cruel y dramática de la Noche del espíritu, porque esta punta viene precisamente del orgullo, y el orgullo se reduce al polvo más fácilmente, una vez liquidado, bajo la presión del Amor que bajo la presión del demonio o incluso de la Verdad. A esto se añade otro favor relativo a la duración de la purificación, que puede reducirse hasta acercarse al cero: pensemos en Paesía que tanto seducía a Teresa… o simplemente en el Buen Ladrón (Molinié, El camino de la infancia, apartado En sintonía con la humildad mariana)74.

La doctrina de santa Teresa del Niño Jesús abre la posibilidad a otra forma de purificar el orgullo, que no es fácil ni cómoda, pero que es más «dulce» y sobre todo accesible a los pequeños75.

EN definitiva hay DOS CAMINOS PARA QUE EL ORGULLO SEA VERDADERAMENTE PURIFICADO, UNO HORRIBLE Y OTRO DULCE, Y LOS DOS SON DE UN ACCESO DIFÍCIL: es muy raro que el orgullo no se salga más o menos de ahí para impedir al alma llegar a ser santa (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36. La mayúscula es del autor)76.

Sin duda, la santa de Lisieux es consciente del peligro del orgullo y de la facilidad con que se aferra a los que se acercan a Dios.

En esa línea he vuelto sobre el famoso texto de Teresa del que he hablado en Lo elijo todo: «Las tentaciones contra la pureza nos asustan; pues ellas son menos peligrosas que el mínimo movimiento de orgullo, que deberíamos temer más que el fuego. Y esos pecados de orgullo los cometen tranquilamente todo el día los religiosos y las religiosas»77.

Me dije: «¡Por fin comprendo por qué una inmensa mayoría pasará por el Purgatorio! Nos burlamos de los pecados de orgullo, nos instalamos tranquilamente en él, encontramos eso banal y normal, no los tememos como el fuego». Y lo que cuesta tan caro en las purificaciones descritas por Griñón de Montfort o san Juan de la Cruz (importa poco entonces) es el orgullo de los que se creen en las cumbres según san Juan de la Cruz, de los cedros del Líbano según Griñón de Montfort. Este orgullo resiste a las invitaciones divinas de dejarse clavar en la confianza del publicano y de los niños, nutriéndose con los progresos que Dios realiza en él. El Cura de Ars decía: «El orgullo es como la sal que lo invade todo». Por lo menos habría que sufrir por ello, gemir por ello, rechazarlo, comprender que ahí está la batalla y el peligro, el único peligro serio; y suplicar constantemente para ser liberados de él (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36. La cursiva es del autor)78.

Pero los publicanos como el de la parábola y los niños que describe el Evangelio pueden derrotar el orgullo por el camino de la humildad y de la confianza. Siendo conscientes del peligro del orgullo, precisamente su condición de pecadores y débiles, pueden luchar contra él de otra manera. Pocos lo entenderán, pocos abrazarán su pobreza e inmerecimiento79, pero es un camino abierto.

Si un alma decide lealmente y firmemente mantener este verdadero combate, la Virgen le dice: «¡No te desanimes! Si aceptas jugar perdedor y pobre como percibes instintivamente, no debes poner límites a tu confianza. Desgraciadamente muy pocos luchan contra el orgullo como Teresa les invita. Si sigues, vas por el buen camino para evitar el Purgatorio: el único punto por el que te arriesgas a pasar por él es que no tienes todavía bastante confianza, no esperas suficientemente a pesar de tu pecado, tu miseria, etc.» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)80.

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Ésta es mi hipótesis. Si Teresa le dijera [a san Juan de la Cruz]: «¿Y los niños, los publicanos, los pecadores?», él estaría obligado a confesar: «Es verdad, no he hablado para los que están constantemente agobiados por el peso de sus pecados…» ¿Pero cuántos encontramos ahí? Los demás, ¿cómo escaparán al Purgatorio, al de la tierra del que él habla, o al de verdad, que es todavía peor? (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)81.

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Pues bien, LOS QUE COMPRENDEN LA GRAVEDAD DEL ORGULLO HASTA EL PUNTO DE TEMERLO COMO EL FUEGO SON LAS EXCEPCIONES… y la Virgen y Teresa del Niño Jesús quieren multiplicarlos. Teresa ha sido enviada para eso: la legión de las pequeñas almas es una legión de excepciones con relación al camino «normal» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36. La mayúscula es del autor)82.

Se trata, por supuesto de atacar el orgullo, pero por la vía de la humildad, que reconoce el orgullo (radical) y lo vuelve contra sí mismo, evitando todo acto libre de orgullo, aprovechando para ello las debilidades, imperfecciones y pecados.

El camino propuesto por María y Teresa excluye ferozmente la menor aceptación del orgullo: en cada tentación en este sentido, hacemos la elección de la humildad diciendo sí a la Virgen, al camino de infancia, a la miseria… Actuando así, seguimos ciertamente siendo orgullosos con el orgullo original que lo envenena todo; pero el orgullo libre, el orgullo de los «inocentes», queda absolutamente excluido. Sólo que esta elección implacable es muy rara. La Virgen y Teresa se molestaron en conseguirla con mucha frecuencia y con la mayor intensidad posible (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)83.

De este modo no se aspira menos a la santidad, pero se parte de la propia impotencia.

San Juan de la Cruz tenía los medios para ser radical, como todos los superdotados. No concibe que se pueda ser lamentable, dice: «Venid aquí rápido, soltad todo, dejad todo para solo Dios… después de lo cual sufriréis un tratamiento terrible porque el gusano está en el fruto, y porque atacar este gusano (el orgullo espiritual) es terrible». Van y Teresa son también radicales, pero no tienen los medios de su radicalismo: lo saben, lo dicen, y al comienzo del juego devuelven su boleto. Entonces buscan otra cosa, y la Misericordia de Dios se lo ofrece: «Pasad por la Virgen, es la puerta del Cielo…» (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)84.

Se trata de aprovechar el pecado y la debilidad para abajarse y así atacar el orgullo.

Pues en el pecado hay varios aspectos, y el que mide la crueldad de la Noche del espíritu es el orgullo; grandes pecadores pueden sufrir menos que algunos justos más orgullosos. Pues la devoción a la Virgen y el camino de la infancia tienen el poder de purificar rápidamente del orgullo: el camino que Jesús propone a la oveja extraviada se vuelve «fácil» si la oveja se hunde rápida, explícita y conscientemente en la humildad hacia la que Jesús quiere arrastrarla diciéndole: «Verás, cuando hayas atravesado la Noche del espíritu, ¿qué serás? ¿una gran santa? No, serás más humilde, más pobre, más abajada…»

Esta fascinación por el abajamiento, san Juan de la Cruz la tiene implícitamente («abatime tanto tanto…»), pero no ha ido tan lejos en esta luz como Griñón de Montfort. Y Griñón de Montfort no ha ido tan lejos como Teresa del Niño Jesús, la única doctora de la Iglesia que ha dicho explícitamente que el amor tiende a abajarse: no conozco a ningún otro que lo diga.

Esta luz añadida a Griñón de Montfort y a san Juan de la Cruz da un perfil a la Noche del espíritu que permite integrar la palabra de Jesús: el reino de los cielos pertenece a los niños y a los que se les parecen… los que entran en la alegría de abajarse sintiendo que esta alegría es divina (el Secreto de María). Su Noche será evidentemente mucho más dulce […]

Sin embargo, los méritos a los que alude san Juan de la Cruz no son los de los convertidos, sino los de los justos que hacen sacrificios, como las religiosas del tiempo de Teresa (que sentía que «eso no era así»). Estos méritos son menos preciosos a los ojos de Dios que el movimiento del convertido que «da más de alegría al Cielo». El publicano se abaja arrojándose a la Misericordia, eso es lo que resulta precioso; el que llega al final de la purificación de san Juan de la Cruz al final se abaja, porque se abaja «trinitariamente».

San Juan de la Cruz describe la unión transformante en términos de esplendor y de gloria. Teresa prefiere describirla en términos de humildad, puesto que Dios tiene el instinto de abajarse. San Juan de la Cruz dice que Dios se arrodilla ante el alma a causa de su hermosura; el mismo san Pablo presenta la kénosis como un hecho; Teresa es la única en ver en el abajamiento un instinto divino: el amor tiende a abajarse (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 36)85.

Esta posibilidad de buscar la purificación necesaria por el camino de la humildad supone una comprensión del pecado que, aunque es evangélica y tradicional, es puesta de relieve por la joven doctora carmelita.

1. El único peligro verdaderamente mortal ante el Amor Misericordioso es el orgullo que impide ser pequeño. Ciertamente esta enseñanza no es nueva en la Iglesia, pero la que es nueva es la audacia con la que Teresa proclama que todos los obstáculos se allanan ante los pequeños […]

2. Como consecuencia de esta primera intuición sobre el orgullo, Teresa nos invita a echar una mirada prácticamente nueva sobre los pecados y las impurezas que nos impiden estar unidos a Dios, y de los que deberá librarnos la Noche del espíritu. En vez de preocuparse por su gravedad material (que, por otra parte, no cuestiona de ningún modo), dejando de lado en cierto sentido la distinción (que sigue siendo capital) entre pecado mortal y venial, Teresa trata de considerar sobre todo la parte de orgullo que interviene en el corazón de estos pecados y estas impurezas, y más gravemente aún, en el corazón «de las buenas obras para hacerlas perecer» (San Agustín).

En efecto, lo que es mortal en el sentido teresiano se acerca más bien al pecado contra el Espíritu Santo (es decir, contra la Misericordia que borra fácilmente todos los pecados) que al pecado mortal de los teólogos. Lo que es mortal, incluso en los pecados veniales, incluso en la virtud auténtica pero todavía impura, es la atadura al juicio propio y a la propia voluntad. En esta misma perspectiva, la dimensión de debilidad y de miseria culpable implicada en los pecados más horribles se convierte, por el contrario, en una fuente de esperanza ante la Misericordia, capaz de engullir todos los pecados del mundo como una gota en el Océano de la Sangre de Cristo (Molinié, La irrupción de la gloria, V,2, apartado La «confitura de las cruces»)86.

El caminito que propone santa Teresa del Niño Jesús puede ser para los pecadores, no una forma de eliminar la purificación necesaria, sino un curso diferente que comienza por descubrir la misericordia, que anticipa el fruto de la purificación, y acepta la purificación específica que supone levantar incansablemente el piececito desde las ataduras del pecado:

Estos pecadores no se pueden ver libres de hábitos y determinismos de la noche a la mañana, ni siquiera de los vicios que se hayan podido formar en ellos en la época de sus tinieblas. Por esto los autores espirituales, comenzando por san Juan de la Cruz, proponen un Monte Carmelo extremadamente duro, con las purificaciones que conocemos: no se trata, en el espíritu de Teresa, de evitarles estas purificaciones. Pero la teofanía teresiana modifica su curso, gracias a una confianza loca y un amor ardiente ya en el seno de los vicios que no han desaparecido: por eso veo en la Historia de un alma una llamada a los drogadictos, a los desesperados, a los suicidas que pululan en el siglo XX, y a los que Dios estaba viendo cuando les envía a Teresa.

Recordemos que llamo teofanía teresiana a la revelación del misterio de Dios que puede provocar, más o menos discreta y profundamente, la simple lectura de la Historia de un alma […] Las almas que escucharán la llamada teresiana no son capaces, sin embargo, de entrar inmediatamente en la igualdad del amor, deberán sufrir una purificación más o menos larga y más o menos dura. Pero creo que pueden anticipar el fruto de esta purificación: en la perspectiva del espíritu de la infancia, importa poco que la nada de la criatura aporte como dote la pobreza de una inocencia milagrosamente protegida, o la de una naturaleza descompuesta por el pecado. Todo eso es secundario ante la locura de la Misericordia, y ante la del espíritu de infancia invitado a enterrarse en la dulzura de Dios: pecadora o no, la plata de esta simplicidad creada se hunde en tal grado de profundidad que lo demás aparece como una menudencia.

«Sí, estoy segura de que, aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto de arrepentimiento, a echarme en brazos de Jesús, pues sé cómo ama al hijo pródigo que vuelve a él. Es cierto que Dios, en su misericordia preveniente, ha preservado mi alma del pecado mortal. Pero no es ésa la razón de que yo me eleve a él por la confianza y el amor» (Ms C, 36vº-37rº). Estas son las últimas palabras de la Historia de un alma: la teofanía de la Misericordia, recibida desde su infancia, la obliga a tal zambullida en la dulzura de una intimidad aceptada e incluso locamente deseada que la presencia o la ausencia de los pecados más graves no cambia nada…

Es muy cierto que no cambia nada desde el punto de vista del movimiento fundamental que responde a la teofanía teresiana. Por tanto, digo que puede ser dada a los pecadores que permanecerán mucho tiempo aún como pecadores, no al nivel de las profundidades últimas donde se juega la acogida de esta teofanía, sino al nivel en el que los determinismos y los vicios pueden seguir pesando mucho tiempo sobre el comportamiento de un alma pequeña constituida de este modo por el mensaje teresiano, y que sigue siendo una pecadora lamentable.

En este momento, actúa en toda su fuerza la imagen del ascensor opuesto a la escalera: estos pecadores iluminados por una gracia que no tiene nada de quietista, una gracia devastadora de dulzura y que destroza constantemente sus corazones, alzan con eficacia, incansable y dolorosamente sus piececitos para subir el primer escalón de la escalera que lleva a la igualdad de amor, cumbre que no dejan de contemplar, porque esta teofanía les ha establecido en esa contemplación y ese deseo, pero quizá sin subir el primer escalón, y así durante mucho tiempo… lo que no les impide que sigan intentando subirlo, no para llegar allí a todo trance, en un esfuerzo que se volverá desesperado en poco tiempo, sino para manifestar en qué medida han dicho «sí», y quieren que venga a llevarlos el ascensor de la Misericordia (Molinié, Lo elijo todo, 7, apartado Teresa y los pecadores. Los pecadores teresianos)87.

No se elimina la necesidad del holocausto y de la muerte, pero se trata de entregarse como víctima de holocausto al Amor misericordioso88, y una muerte que es la muerte de Amor.

Estoy persuadido de que no se puede comprender en absoluto a Teresa del Niño Jesús si no se tiene cierta idea de lo que quiere decir san Juan de la Cruz: el Amor es un fuego que devora; esto es lo que ella retiene, y le basta. Lo sabemos por la Biblia («Soy un fuego que devora» Dt 4,24), el Evangelio («Toda criatura debe ser salada por el fuego» Mt 9,49) y los Padres de la Iglesia. Esto sin decir, pero mejor decirlo, que cuando se ha leído a san Juan de la Cruz ya no se puede olvidar, aunque no se comprenda nada por otra parte. Ningún escritor ha cantado esta verdad con semejante insistencia y tal intensidad lírica. Teresa se ha saciado de ello. (Molinié, El cara a cara en la noche, III)89.

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El primer descubrimiento propio de Teresa concierne a las «almas pequeñas» en oposición a las «almas grandes», y de esto hablaremos detenidamente (cap. V). Pero también en este punto coincide con la tradición constante de la Iglesia referente a la importancia de la humildad, así como a la afirmación de san Pablo: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte; Dios eligió lo que no era nada», etc., sin olvidar la palabra de Cristo sobre los sabios y entendidos a los que el Padre ha ocultado lo que revela a los pequeños. Su única originalidad en este punto es profundizar lo que puede llamarse la «revelación» de Griñón de Montfort: la Virgen posee el secreto de la humildad, y los que por una gracia singular se vuelven hacia ella, reciben enseguida la «confitura de la cruz», que transforma el camino de la perfección para hacerlo «un camino más corto y más fácil».

El segundo descubrimiento fundamental de Teresa es la consagración al Amor misericordioso. Su hallazgo es ofrecerse a la Misericordia y no a la Justicia, como hacen las almas intrépidas ardientes por imitar a Jesucristo en su sacrificio de expiación: ella misma subraya con insistencia esta originalidad.

Sólo que se trata siempre de convertirse en víctima de holocausto al Amor misericordioso; la novedad concierne a la Misericordia y no al holocausto. La noción de holocausto coincide, en efecto, con la tradición de todos los místicos, especialmente con san Juan de la Cruz, cuyos escritos tanto la alimentaron: en la familia Martin y en el Carmelo se pensaba mucho en morir de amor, y no se trataba de una espiritualidad particular, era simple y llanamente, lo repito, la tradición de los Padres de la Iglesia que atañe a la vida mística […]

Este deseo del holocausto (en que llega a soñar con el martirio hasta el punto de llenar de estupor a su hermana María), este deseo de consumirse y morir de amor no es exterior al mismo camino de la infancia: es indisociable de él y es uno todo con él; como es uno solo con la tradición cristiana, y que yo llamo la intuición sintética del Evangelio (cap. V).

«Que llegue yo a ser mártir de tu amor, Dios mío»: si no comprendemos la profundidad de este deseo, no podemos comprender el camino de la infancia, atajo mariano para llegar a ese martirio. Dicho de otro modo: no podemos entrar en el espíritu de la doctrina de Teresa (que concierne esencialmente a la atracción ejercida por la miseria y la pequeñez en el corazón de Dios) si no comprendemos las locuras de amor que la Llama de amor viva cantada por san Juan de la Cruz desea realizar en el alma, el corazón e incluso el cuerpo de los pequeños, los humildes y los pecadores (Molinié, La irrupción de la gloria, Prólogo)90.

  1. Es conveniente recordar lo visto hasta aquí. Lo que estamos haciendo, también ahora, no es más que una variación más del mensaje del libro de M.-D. Molinié, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad, Madrid 1979 (Paulinas, 2ª ed.), que es simplemente: «Dejarse hacer» (véase el tema de nuestra página web: «Dejarse hacer»). Poco se puede entender de lo que aquí vamos a decir si no se ha descubierto que estamos llamados a participar de la misma vida de Dios (véanse los temas: «La vida trinitaria y el espíritu de infancia» y «Responder a la invitación del amor trinitario»). Con el tema «La prueba de la fe», hemos ido viendo que el único problema que tenemos es el orgullo, y la única tarea es decidirnos por la humildad, que permite la comunión con Dios. Nos hemos detenido en analizar varios errores a la hora de dejarnos purificar para la invasión de Dios: especialmente olvidar la verdadera meta de la vida cristiana, ignorar que hay una purificación necesaria más allá de la que nos saca del pecado, y desconocer nuestra incapacidad radical de recibir a Dios sin un tratamiento de Dios (todo esto está pormenorizado en el tema «Purificarnos para la invasión de Dios»). Hemos intentado aprender a luchar de forma «inteligente» contra nuestro orgullo, lo que nos ha llevado de nuevo a «dejarnos hacer», «aceptando el tratamiento» (tema «La batalla contra el orgullo del hombre viejo»). Y como forma de luchar inteligentemente «dejándonos hacer» nos adentramos con este tema en las etapas de esa acción de Dios. Cuando hayamos profundizado en la forma en que Dios nos purifica, tendremos que asomarnos a contemplar con más claridad la meta: «Volveremos de nuevo sobre la muerte del hombre viejo, para descubrir en ella un esplendor secreto del que todavía no hemos hablado: la asimilación a Jesús crucificado» (Molinié, El coraje de tener miedo, 154-155).
  2. Molinié, El coraje de tener miedo, 126.183-184, ambos textos citados en el tema anterior: «La batalla contra el orgullo del hombre viejo» (la cursiva es nuestra).
  3. «Llegamos entonces a la paradoja de que la definición del cristiano (el estigmatizado que entra en los cielos abiertos) parece que concierne de hecho a un número pequeño y aparece fácilmente como una excepción: el Matrimonio espiritual se convierte entonces en la definición, no del cristiano, sino de las almas de elite (las «grandes almas» evocadas por Teresa del Niño Jesús); y el cristiano, en el mejor de los casos, debería ser definido como el que tiende a una perfección más celeste que terrestre, pero normalmente sin llegar a ella. Sin embargo, esta definición es disminuida peligrosamente: el cristiano normal es efectivamente el que entra en el Reino de los Cielos desde este mundo, y que describe san Juan de la Cruz en la Llama de amor viva. Si esos cristianos son escasos, son a la vez los cristianos con buena salud… que, a pesar de todo, definen la vida normal (aunque siga siendo una excepción estadística: el padre Garrigou-Lagrange ha sabido insistir en este punto). De este modo, definir la vida cristiana según el ejemplo de los apóstoles antes de Pentecostés es una traición. Las almas fieles ya son poco numerosas, ¿qué pasará si se les ofrece enseguida una predicación más acomodaticia que la de san Juan de la Cruz o de san Ignacio, quitando la sal de la doctrina y excusando de antemano la infidelidad de los que prefieren el camino más largo declarándola «normal»? A fin de cuentas, san Juan de la Cruz se levanta contra esta traición con la cólera célebre que se le conoce en las páginas de la Llama de amor viva en las que se desata contra los pastores incapaces de conducir a las ovejas a los verdes pastos: esto es verdad para la enseñanza individual ofrecida en el secreto del confesionario; pero lo es todavía más en la enseñanza propuesta en la predicación corriente; y todavía mucho más en la teología que respalda semejante traición imponiendo una doctrina diferente a la de los cielos abiertos, reservando el Matrimonio espiritual a las almas “de elite” prácticamente marginadas, frente a un programa de vida cristiana fundamentalmente destinado a un fin distinto a la entrada desde este mundo en la Tierra prometida» (M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, IX, L’irruption de la gloire, Paris 2001 (Téqui), 219-220).
  4. M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, VI, Le mystère de la Rédemption, Paris 2001 (Téqui), 171.
  5. M.-D. Molinié, El combate de Jacob, Madrid 2011 (San Pablo), 87.
  6. Molinié, El coraje de tener miedo, 154.
  7. Es famoso el libro de R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Madrid 2017 (Palabra, 12ª ed.). En nuestra página puede descargarse el libro más sencillo de este autor titulado Las tres vías y las tres conversiones. Más reciente es el libro de F. K. Nemeck – M. T. Coombs, Nuestra trayectoria espiritual: Umbrales y etapas críticas de la génesis espiritual adulta, Burgos 2016 (Ed. de Espiritualidad). Encontramos un sucinto resumen de las moradas de santa Teresa en M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, VIII, Le Bon Larron et les stigmates, Paris 2001 (Téqui), 201-203).
  8. Recuérdese lo dicho en el apartado Dios nos invade poco a poco del tema «Purificarnos para la invasión de Dios». «Si la gloria que inspira el don total pudiera establecerse en el alma sin interrupción ni anestesia, produciría la muerte espiritual y la entrada definitiva en la estigmatización. Pero el alma no lo soporta; a menos que entre en el Purgatorio propiamente dicho (donde ya no hacemos ningún regalo a Dios). Es, pues, deseable que la entrada en la caridad perfecta tenga lugar progresivamente y conlleve anestesias. Es verdad en la justicia original, lo es también al menos en el Orden redentor en el que la caridad perfecta choca con el hombre viejo (el corazón de piedra nutrido como un cálculo biliar por la resistencia al Espíritu Santo…) así como con los ataques del demonio que se apoyan en el corazón de piedra. Encontramos en Teresa de Ávila un texto decisivo en el que compara la muerte espiritual a la metamorfosis del gusano de seda en mariposa [Moradas quintas, 2]; añadiendo en el capítulo III una precisión capital» (Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 186-187). Téngase también en cuenta lo que dice Molinié, Reflexiones para un catecismo, apartado «San Pablo», en M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, I, Une divine blessure, Paris 2001 (Téqui), 174-186.
  9. «Es mérito especial de San Juan de la Cruz el haber hablado mejor que otro alguno de estas crisis, que ocurren al pasar de una edad a otra. Como puede verse fácilmente, las crisis dichas responden a la naturaleza del alma humana (a sus dos partes, sensitiva y espiritual); y, asimismo, están en consonancia con las exigencias de la divina semilla, la gracia santificante, germen de vida eterna, que debe animar, más y más cada día, nuestras potencias e inspirar todos nuestros actos, hasta que el fondo mismo del alma sea purificado de todo egoísmo y pertenezca total y verdaderamente a Dios», R. Garrigou-Lagrange, Las tres vías y las tres conversiones, Bilbao-Barcelona 1951 (Desclée-Políglota, 2ª ed.), 85-86.
  10. Recuérdese la reacción del hombre viejo (en el cuerpo, en los nervios y en el alma), descrita en el apartado Desconocer nuestra incapacidad de Dios del tema «Purificarnos para la invasión de Dios». Molinié explica esta reacción también como una alergia, como una lucha entre el corazón de piedra y el corazón de carne trasplantado, como una infección, lo que provoca lo que él llama la «glorificación lenta»: «Recordemos que la conversión supone una moción que lleva a la voluntad, por lo menos un momento, al equilibrio de la gloria; y que la psicología humana no puede adaptarse a este equilibrio sin sufrir una mortificación o una cauterización dolorosa: la glorificación lenta. Sin embargo, es inevitable y moralmente justo que el sufrimiento infligido por la glorificación lenta sea singularmente agravado si ha sido precedida de un endurecimiento del corazón; especialmente si la resistencia ha sido mortal. La agonía de la psicología (burda pero inocente) invadida por la caridad perfecta se convierte en la alergia de una psicología endurecida en relación con una vida divina experimentada desde entonces como un enemigo. Esa bestia horrenda de la que habla san Juan de la Cruz, y que nos devora como la ballena engulló a Jonás. El conflicto entre la impureza de la criatura y la pureza de Dios se convierte en el conflicto entre el corazón de piedra y el corazón de carne cuyo germen nos ha sido devuelto; pero que es durante mucho tiempo la más pequeña de todas las semillas en un organismo infectado por la rebeldía. La lucha entre la humildad normal de la criatura y la humildad trinitaria de los bienaventurados se convierte en la lucha entre el orgullo del infierno y la dulzura de Dios: espíritu contra espíritu, dice san Juan de la Cruz» (Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 126).
  11. Molinié lo explica con la parábola de los bandidos escondidos en el bosque que el rey quiere eliminar, reproducida en el apartado No identificar el verdadero ideal de la vida cristiana del tema «Purificarnos para la invasión de Dios».
  12. «Esta fidelidad no se traza una vez por todas: depende de las personas y de los momentos. Por parte de Dios, la fidelidad se hace cada vez más exigente…, pero se hace cada vez menos por parte del sujeto: quiero decir que Dios pide a sus hijos abandonar las propias exigencias de éstos para sustituirlas por las exigencias de Dios, que se hacen cada vez más devoradoras y van en el sentido del martirio de que hemos hablado. Nuestras exigencias, finalmente, son exigencias de justicia; las de Dios, exigencias de amor. Estas van mucho más lejos, pero en un clima más suave que el de la justicia» (Molinié, El coraje de tener miedo, 182-183).
  13. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 221: «Así, según creemos, queda demostrada la legitimidad de la división tradicional tocante a las tres edades de la vida espiritual, al modo que la entendieron Santo Tomás, Santa Catalina de Sena, Taulero y San Juan de la Cruz. El paso de una edad a otra se explica lógicamente por la necesidad de una purificación que, en la práctica, no siempre resulta igualmente clara y manifiesta. No hay aquí una colección de partes artificial y mecánicamente yuxtapuestas, sino un desarrollo vital, en que cada etapa tiene su justificación y motivo racional. Si el problema no ha sido siempre entendido de este modo es porque no se han tenido bastante en cuenta los defectos de los principiantes y de los aprovechados, por muy generosos que sean. Por esta razón, no se ve la necesidad de una segunda y aun de una tercera conversión; y se olvida que cada una de las purificaciones indispensables se supera con éxito que admite diversidad de grados; y que de aquí nacen a su vez los grados de la vía iluminativa o unitiva a que conduce».
  14. Citado por M. M. Philipon, Santa Teresa de Lisieux. «Un camino enteramente nuevo», Barcelona 1952 (Balmes), 21, que hace referencia a la declaración de su hermana sor Genoveva en el proceso diocesano.
  15. Molinié, El coraje de tener miedo, 147, afirma que «la primavera corresponde más o menos a las tres primeras moradas de Teresa de Ávila y a los que san Juan de la Cruz llama los principiantes (antes de la noche de los sentidos)». Aunque estamos plenamente de acuerdo en lo que se refiere a la correspondencia de esta primavera con las tres primeras moradas que describe la santa de Ávila, pensamos que los principiantes, que están en la vía purgativa, son los que todavía no han experimentado la noche de los sentidos, pero ya han experimentado la primera conversión. Cf. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 195: «Después de esta primera conversión, si hallándose en estado de gracia, no recae en los antiguos pecados, o por lo menos no tarda en levantarse para caminar con nuevos bríos, el alma se encuentra en la vía purgativa de los principiantes».
  16. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 193-194.
  17. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 62-63.
  18. Cf. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 195-197.
  19. Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 197.
  20. También Molinié señala la posibilidad de estos estancamientos: «La humildad de las cuartas moradas se acompaña normalmente de una extrema pusilanimidad: conscientes de nuestra debilidad, si una nueva gracia no viene a darnos la fuerza, estaremos dominados por el sentimiento de nuestra impotencia ante las pruebas de la vida; más profundamente del Purgatorio que queda por sufrir, y cuyo presentimiento es imposible no tener si no hacemos como el avestruz…, lo que sería una resistencia a la luz. Esta resistencia tal vez es frecuente: caracteriza a las almas retrasadas de las cuartas moradas, que ya no levantan el piececito porque no quieren ya mirar a las montañas; lo que puede llegar al pecado mortal del quietismo figurándose que «ha llegado», y que ya no tiene sentido gemir (las almas retrasadas de las terceras moradas, por el contrario, rechazan la pasividad gimiente para oponerle una generosidad satisfecha de sí misma» (Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 199-200.
  21. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 197-199. Garrigou-Lagrange se refiere a San Juan de la Cruz, Noche, I,2-7, en el que describe como aparecen los pecados capitales en su forma «espiritual» en el principiante. Sirva como ejemplo lo que dice de la «gula espiritual», que puede percibirse también en muchos principiantes de nuestro tiempo: «Lo mismo tienen éstos en la oración que ejercitan, que piensan que todo el negocio de ella está en hallar gusto y devoción sensible, y procuran sacarle, como dicen, a fuerza de brazos, cansando y fatigando las potencias y la cabeza; y, cuando no han hallado el tal gusto, se desconsuelan mucho pensando que no han hecho nada […] Todo se les va a éstos en buscar gusto y consuelo de espíritu, y por esto nunca se hartan de leer libros, y ahora toman una meditación, ahora otra, andando a caza de este gusto con las cosas de Dios; a los cuales les niega Dios muy justa, discreta y amorosamente, porque, si esto no fuese, crecerían por esta gula y golosina espiritual en males sin cuento. Por lo cual conviene mucho a éstos entrar en la noche oscura que habemos de dar, para que se purguen de estas niñerías» (Noche, I,6,6).
  22. A esto añade la santa abulense otra dificultad que suele presentarse a los que están en este «verano» de las terceras moradas, que cuando aparecen dificultades, fracasos e incomprensiones no son capaces de aceptarlas con humildad y espíritu de fe y no salen del lamento de su situación (cf. Santa Teresa de Jesús, Moradas terceras, 2, 1-5).
  23. Recuérdese lo dicho sobre la purificación pasiva en el tema anterior «La batalla contra el orgullo del hombre viejo», en los apartados Un combate inteligente y La purificación pasiva, según san Juan de la Cruz. Véase también el «juego» entre las purificaciones activa y pasiva del que habla Molinié, El combate de Jacob, 134-135.
  24. También es necesario recordar que la oscuridad de estas noches no es el fruto de un oscurecimiento que provoca Dios en el alma, sino de una luz excesiva que Dios empieza a conceder: «Los astrónomos corren el riesgo de volverse ciegos a fuerza de mirar al sol. Un contemplativo (y un teólogo) es alguien que mira al sol para volverse ciego. En ese momento entra en la noche de la que habla san Juan de la Cruz, tiene lo que quería, consigue lo que buscaba…» (M.-D. Molinié, Qui comprendra le cœur de Dieu?, Paris 1994 (Saint-Paul), 176). «Más profundamente todavía, podemos ver ahí el primer contacto entre una luz excesiva y unos ojos acostumbrados a la penumbra; primer contacto que ciega, suprimiendo la visión mediocre a la que estaban adaptados: una vez que pasa el primer choque, los ojos se acostumbrarán a esta nueva luz y verán infinitamente mejor que antes. Pero la espera a esa nueva luz es la noche… Toda irrupción de una vida nueva e intensa tiene como primer efecto paralizar la vida mediocre a la que reemplaza» (M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, II, La loi et la grâce, Paris 2001 (Téqui), 175; y añade en la nota 49: «Las noches descritas por san Juan de la Cruz son una realización eminente de esta ley en el orden sobrenatural. Veremos que la fe no es esta ceguera dolorosa, sino, al contrario, una oscuridad benéfica, una sombra propicia que permite a nuestra inteligencia habituarse progresivamente a la luz eterna; en definitiva: una “cámara” intermedia entre el cielo y la tierra».
  25. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 100-110, que cita este texto, desarrolla de la mano de la santa de Siena, «Lo que debe ser nuestra segunda conversión. Los defectos que la hacen necesaria».
  26. «En esta noche oscura comienzan a entrar las almas cuando Dios las va sacando de estado de principiantes, que es de los que meditan en el camino espiritual, y las comienza a poner en el de los aprovechantes, que es ya el de los contemplativos, para que, pasando por aquí, lleguen al estado de los perfectos, que es el de la divina unión del alma con Dios» (San Juan de la Cruz, Noche, I, 1, 1).
  27. Sobre la multitud de personas que no dan este paso, puede verse San Juan de la Cruz, Subida, Prol.,3.8; Llama A, canc. 2,23; Santa Teresa de Jesús, Moradas terceras, 1,5-6; 2,1-2.
  28. Puede ampliarse este punto con el tema de espiritualidad de nuestra web, titulado «Introducción a la oración contemplativa», especialmente el apartado El paso de la meditación a la contemplación. Baste recordar aquí que san Juan de la Cruz relaciona claramente la noche oscura del sentido y la contemplación infusa, es decir, el paso de los principiantes a los que aprovechan con el inicio de la oración contemplativa: «De donde a esta tal alma le conviene no hacer aquí caso que se le pierdan las operaciones de las potencias, antes ha de gustar que se le pierdan presto, porque, no estorbando la operación de la contemplación infusa que va Dios dando, con más abundancia pacífica la reciba, y dé lugar a que arda y se encienda en el espíritu el amor que esta oscura y secreta contemplación trae consigo y pega al alma. Porque contemplación no es otra cosa que infusión secreta, pacífica y amorosa de Dios, que, si la dan lugar, inflama al alma en espíritu de amor» (Noche, I,10,6; cf. I,9,6).
  29. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 199-200, que cita San Juan de la Cruz, Noche, I,8,1 y I,14,1, y resume magistralmente la enseñanza del santo sobre las señales de este paso en Noche, I,9.
  30. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 201-202. En nota pie de página señala que la cita de la Escritura hace referencia a Lc 19,44; Jr 50,31; Sal 44,8; Heb 3,8; 15,4.7.
  31. «En estas moradas pocas veces entran las cosas ponzoñosas, y si entran no hacen daño, antes dejan con ganancia» (Santa Teresa de Jesús, Moradas cuartas, 1,3).
  32. Cf. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 206-209. Puede servir de ilustración de la situación del que está aprovechando en esta etapa lo que dice Santa Teresa de Jesús, Moradas cuartas, 3, 9: «Así esta suavidad y ensanchamiento interior se ve en el que le queda para no estar tan atada como antes en las cosas del servicio de Dios, sino con mucha más anchura. Así en no se apretar con el temor del infierno, porque aunque le queda mayor de no ofender a Dios, el servil piérdese aquí: queda con gran confianza que le ha de gozar. El que solía tener, para hacer penitencia, de perder la salud, ya le parece que todo lo podrá en Dios; tiene más deseos de hacerla que hasta allí. El temor que solía tener a los trabajos, ya va más templado; porque está más viva la fe y entiende que, si los pasa por Dios, Su Majestad le dará gracia para que los sufra con paciencia, y aun algunas veces los desea, porque queda también una gran voluntad de hacer algo por Dios. Como va más conociendo su grandeza, tiénese ya por más miserable; como ha probado ya los gustos de Dios, ve que es una basura los del mundo, vase poco a poco apartando de ellos y es más señora de sí para hacerlo. En fin, en todas las virtudes queda mejorada y no dejará de ir creciendo, si no torna atrás ya, a hacer ofensas de Dios, porque entonces todo se pierde, por subida que esté un alma en la cumbre».
  33. Cf. Molinié, El coraje de tener miedo, 152.
  34. «Es la tregua, a veces larga, que separa las dos noches de san Juan de la Cruz. Esta fase corresponde también a la cuarta y quinta moradas de Teresa de Ávila» (Molinié, El coraje de tener miedo, 150). «Un alma que Dios ha de llevar adelante, no luego que sale de las sequedades y trabajos de la primera purgación y noche del sentido, la pone Su Majestad en esta noche de espíritu, antes suele pasar harto tiempo y años en que, salida el alma del estado de principiantes, se ejercita en el de aprovechados» (San Juan de la Cruz, Noche, II,1,1).
  35. «Es el momento más doloroso para nuestra sensibilidad, pero objetivamente no es el peor, pues no corremos ningún peligro» (Molinié, El coraje de tener miedo, 152).
  36. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 215.
  37. San Juan de la Cruz, Noche, II,1,1, señala la posibilidad de que Dios vaya intercalando en esta etapa de los aprovechados purificaciones intermitentes en el espíritu, seguramente actúa así con los que son más débiles y alcanzan menor perfección. Cf. M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 206-215 («La subida del Carmelo»), describe la entrada en la Noche del espíritu y la posibilidad de que Dios retire, al menos de forma intermitente, la invitación a entrar en los cielos abiertos si el cuerpo o la psicología no están preparados para mantener el sí a esa invitación, lo que produce una entrada más o menos fugaz en la Noche de los cielos abiertos y en el matrimonio al que conduce: «La prueba consiste, pues, a la vez, en decir “sí” a la invitación inmediata (eventualmente con un comienzo de ejecución, una primera entrada en la Noche del espíritu y la estigmatización), y a los aplazamientos todavía necesarios antes de la entrada definitiva y la confirmación en gracia. Mientras estemos ahí son necesarias todavía varias pruebas, varias invitaciones, hasta la última que es la definitiva: cuando llegue su hora, el alma piensa que todo está perdido en el mismo momento en que todo está salvado…» (p. 208-209).
  38. Molinié, El coraje de tener miedo, 151-152, expresa esta diferencia con el ejemplo de dos trenes que se dirigen uno al otro, sin especial problema, hasta que chocan; o el del gato que está cómodamente junto al fuego, hasta que cae en él y es consumido por él. Lo que sucede en esta crisis es el choque definitivo de Dios con el hombre viejo, que queda definitivamente consumido en el fuego del amor divino.
  39. El santo carmelita señala que en esta purificación del espíritu también se purifica la sensibilidad, que no había quedado totalmente purificada en la primera noche: «En ella [en la purgación del espíritu] se han de purgar cumplidamente estas dos partes del alma, espiritual y sensitiva, porque la una nunca se purga bien sin la otra, porque la purgación válida para el sentido es cuando de propósito comienza la del espíritu. De donde la noche que habemos dicho del sentido, más se puede y debe llamar cierta reformación y enfrenamiento del apetito que purgación. La causa es porque todas las imperfecciones y desórdenes de la parte sensitiva tienen su fuerza y raíz en el espíritu, donde se sujetan todos los hábitos buenos y malos, y así, hasta que éstos se purgan, las rebeliones y siniestros del sentido no se pueden bien purgar» (San Juan de la Cruz, Noche, II,3,1). También Santa Teresa de Jesús, Moradas quintas, 2,10, señala la necesidad de purificación del que ha llegado hasta aquí: «Porque aún el alma con todas estas ganancias no está tan rendida en la voluntad de Dios» (cf. 3,6).
  40. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 215.
  41. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 209-210.212.
  42. M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 194-206, apartado La muerte del hombre viejo, pone en relación la Noche del espíritu y el Purgatorio, y el papel de los cielos abiertos y de la igualdad de amor en la Noche del espíritu.
  43. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), 1, 148.
  44. Véase también, Noche, II,2,5: «Para venir a ella [a la divina unión], conviénele al alma entrar en la segunda noche del espíritu, donde desnudando al sentido y espíritu perfectamente de todas estas aprensiones y sabores, le han de hacer caminar en oscura y pura fe, que es propio y adecuado medio por donde el alma se une con Dios».
  45. Cf. San Juan de la Cruz, Noche, II,2,3.5.
  46. Pero téngase en cuenta la dificultad de situar esta prueba en el proceso de la santa de Lisieux: «Me parece difícil situar en qué momento Teresa de Jesús conoció la unión transformante: porque ella fue fascinada tan joven por el deseo de “comer en la mesa de los pecadores” que la alegría del matrimonio espiritual siempre fue indisociable en ella del dolor de Dios y de la estigmatización. Su consagración al Amor Misericordioso muestra que tenía clara conciencia de ambos. Teresa ilustra lo que diré más adelante: apenas podemos observar ninguna diferencia entre los sufrimientos de la Noche del espíritu y los sufrimientos redentores. A pesar de todo, tiendo a situar su matrimonio espiritual antes de su gran prueba, que creo que es perfectamente redentora a imagen de la compasión de María; mientras que el Credo de su éxtasis final es la imagen de la Asunción» (Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 203, n. 39).
  47. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 212-214.
  48. Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 190.
  49. Cf. Santa Teresa de Jesús, Moradas sextas, 1,3-6.
  50. Cf. Santa Teresa de Jesús, Moradas sextas, 1,9.
  51. Santa Teresa de Jesús, Moradas sextas, 1,3.
  52. «Mas, si ha de ser algo de veras, por fuerte que sea, dura algunos años; puesto que en estos medios hay interpolaciones de alivios, en que por dispensación de Dios, dejando esta contemplación oscura de embestir en forma y modo purgativo, embiste iluminativa y amorosamente, en que el alma, bien como salida de tal mazmorra y tales prisiones, y puesta en recreación de anchura y libertad, siente y gusta gran suavidad de paz y amigabilidad amorosa con Dios con abundancia fácil de comunicación espiritual. Lo cual es al alma indicio de la salud que va en ella obrando la dicha purgación y prenuncio de la abundancia que espera. Y aún, que esto es tanto a veces, que le parece al alma que son acabados ya sus trabajos» (San Juan de la Cruz, Noche, II,7,4).
  53. «Es indecible; porque son apretamientos y penas espirituales, que no se saben poner nombre. El mejor remedio -no digo para que se quite, que yo no le hallo, sino para que se pueda sufrir- es entender en obras de caridad y exteriores, y esperar en la misericordia de Dios, que nunca falta a los que en Él esperan» (Santa Teresa de Jesús, Moradas sextas, 1,13).
  54. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 217.219.220. Sobre la forma en que los perfectos viven las persecuciones véase Santa Teresa de Jesús, Moradas séptimas, 3,5. Sobre la paz que alcanza el alma en este estado véase Moradas séptimas, 3,10. Téngase en cuenta también lo que dice M.-D. Molinié, Adoration ou désespoir. Une catéchèse pour les jeunes… et les autres, Chambray 1989 (C.L.D.), 283: «En ese momento, entre esta evidencia y este presentimiento, en lugar de las zarzas y las espinas, de las preguntas estériles y de las discusiones inacabables, preferiréis extender de una vez por todas el velo de una Noche cada vez más oscura, pero cada vez más pacífica y, al final, cada vez más dulce: la Noche de la fe, cantada obstinadamente por san Juan de la Cruz, y que es, en este mundo, el revés de la visión beatífica…»
  55. En Moradas séptimas, 2,4-5, explica la santa de Ávila las diferencias del desposorio que se realiza antes de esta última purificación y el matrimonio propio de los perfectos que alcanzan esta última morada. Para comprender el estado de los perfectos y los efectos de la oración propia de los que alcanzan esta morada puede verse Moradas séptimas, 1,8 y todo el capítulo 3.
  56. Garrigou-Lagrange, Las tres vías, 219-220, afirma que se alcanza un amor puro de Dios y de las almas que lleva al apostolado con un celo activo y ardiente, a la vez que humilde y manso.
  57. «Pongo entonces de manifiesto que no hay diferencia seria entre los sufrimientos de la Noche del espíritu (o de las sextas moradas) y los sufrimientos redentores: a partir del momento en que la glorificación por medio del dolor de Dios se ejerce sin tregua y sin atenuación, poco importa que el pecado que alimenta esta agonía sea nuestro pecado o el del mundo. Del mismo modo que las almas del purgatorio son ya santas, creo que la Noche del espíritu «merece» tan poderosamente como la unión transformante vista por san Juan de la Cruz» (Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 204).
  58. M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 201.
  59. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 275.
  60. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 275-276.
  61. Hay que distinguir este eventual «atajo» de la posibilidad de que el proceso mencionado más arriba se pueda ver acortado si en la etapa del otoño (moradas quintas) no se producen gracias especiales a las que pueda adherirse el orgullo: «En estas condiciones debemos examinar el camino que Teresa de Ávila evoca rápidamente, y que ella declara más meritorio: que no es el atajo, y parece a una mirada superficial como no místico; cuando es tan profundamente contemplativo, pero sin conocer la anestesia. ¿Qué sucede cuando no hay anestesia? Podemos suponer que el progreso será más largo: la santa no lo dice expresamente, pero lo sugiere al calificar el otro camino de «atajo» en relación a éste en el que alma debe entregarse a la muerte «mientras vive la vida ordinaria». Naturalmente no es un absoluto, y el camino árido así entrevisto teóricamente podría ser tan rápido o incluso más en un sentido: implicaría en definitiva el paso directo de las terceras moradas a las sextas moradas, ignorando las riquezas y las espinas de las cuartas y de las quintas. En san Juan de la Cruz podemos hablar del paso sin transición de la Noche del sentido a la Noche del espíritu. Como la Noche activa del sentido es simplemente la moral cristiana del don total, y la Noche pasiva es el comienzo de la Noche del espíritu en el exterior de la copa y del plato. Así descrito, este camino árido parece más rápido que el camino humilde de las consolaciones, éxtasis y arrobamientos descritos por Teresa de Ávila y señalados por san Juan de la Cruz para que se entretengan en él con complacencia […] El camino árido aparece, pues, más seguro y en cierto sentido más verdadero: la dulzura de Dios permanece ahí tan discreta como el Niño Jesús en la noche de Navidad, tan oculta como lo estará en las sextas moradas. Sólo la austeridad de la muerte espiritual es aparente, a la vez que es menos dolorosa que en la Noche del espíritu. Así este camino es en definitiva más humano y en este sentido más delicado, pero incontestablemente más austero, ya que renuncia a todo consuelo. Es un camino de lágrimas y de penitencia, de verdad pura y de renuncia perpetua» (Molinié, Le Bon Larron et les stigmates, 191.195).
  62. Recuérdese lo dicho en el tema «Purificarnos para la invasión de Dios» en el apartado No identificar el verdadero ideal de la vida cristiana.
  63. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 276.
  64. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 280.
  65. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 285.
  66. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 277-278.
  67. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 280.
  68. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 277.278.
  69. Molinié se refiere a la enseñanza de Griñón de Montfort: «Primero me salvó Griñón de Montfort al afirmar que la Virgen nos ahorra las “agonías extrañas” de la Noche del espíritu. No niega, lejos de eso, el estado espantoso de los pecadores a los cuales él mismo propone el camino mariano: sus “caracoles” y sus “cerdos” merecen las almas impuras de san Juan de la Cruz; los “cedros del Líbano” conservan algo peligrosamente orgulloso… Pero “el camino de María es fácil, aunque conlleva numerosas cruces”, gracias a la “mermelada” de la que ella tiene el secreto» M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 277. Para una explicación más completa de la doctrina de Griñón de Montfort sobre este punto y su relación con la doctrina de san Juan de la Cruz y santa Teresa del Niño Jesus, véase Molinié, La irrupción de la gloria, V, María y los últimos tiempos (M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 236-271) y Molinié, Que mi alegría permanezca, Epílogo: aquí esta tu Madre (M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, X, Que ma joie demeure, Paris 2001 (Téqui), 139-152).
  70. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 280. Véase también: «Ahora comprendemos a san Juan de la Cruz: el mínimo orgullo secreto debe sufrir lo que él describe, pues es tanto más pernicioso, demoníaco y catastrófico cuantas más grandes gracias se han recibido; es exactamente su esquema. Parece inconcebible que el orgullo venga a mezclarse con esas gracias. Pues precisamente la doctrina de Griñón de Montfort, como la de Teresa, afirman al contrario que es anormal e inimaginable que el orgullo no venga a mezclarse con ellas; pero que Dios, en su Misericordia, nos ofrece a la Virgen y el camino de los pequeños: sólo que este camino sigue siendo extraordinario. El camino normal, visto lo que somos, es que el orgullo resista hasta el final: las luces evocadas por san Juan de la Cruz antes de la Noche del espíritu no bastan para extirparlo… y es terrible» (Ib., 285).
  71. M.-D. Molinié, El camino de la infancia: Revista de Espiritualidad 199 (1991), 222-223 (El título del autor está equivocado: André Moliniere).
  72. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 278-279.
  73. «El amor es un fuego que devora, y podemos morir de él. San Juan de la Cruz no cesa de evocar este misterio, canta incansablemente la felicidad de esa muerte, explica lo que hace falta sufrir para llegar ahí. Reconozco que puede ser desalentador. La propia Teresa de Ávila le ha reprochado pedir a las almas lo que sólo la gracia puede realizar. Pero en la muerte de amor ella está de acuerdo, y los Padres de la Iglesia también. Es la gracia que desean a todos los cristianos; no hay otra santidad a sus ojos, de eso no hay ninguna duda» (M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit. Méditation sur le mystère du mal, Paris 2000 (Téqui), 75).
  74. M.-D. Molinié, El camino de la infancia, 223.
  75. Puede verse lo dicho en el tema «La prueba de la fe», en el apartado Santa Teresa del Niño Jesús maestra en la lucha contra el orgullo.
  76. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 281. Las mayúsculas son del autor.
  77. Seguramente se refiere a este texto: «Una vez le exponía escrúpulos acerca de la pureza, y me dijo: ¡es asombroso cómo las almas pierden fácilmente la paz a propósito de esta virtud! El demonio no lo ignora, por eso los atormenta tanto respecto a eso. Y, sin embargo, no hay tentación menos peligrosa que aquella. El medio de librarse de ellos es mirarlos con calma, no asombrarse, aún menos temerlos. Habitualmente, al primer ataque nos espantamos, lo creemos todo perdido; precisamente de ese miedo, de ese desaliento se sirve el diablo para hacer caer a las almas. Sin embargo, esté segura de que una tentación de orgullo es mucho más peligrosa y Dios es más ofendido cuando se sucumbe a ella que cuando se comete una falta, incluso grave, contra la pureza, porque él ve la fragilidad de nuestra naturaleza pervertida, mientras que para una falta de orgullo no hay excusa. Y, sin embargo, es una falta que las almas cometen a menudo y fácilmente sin inquietarse. Una tentación de orgullo debería temerse más que el fuego, mientras que una tentación contra la pureza sólo puede humillar nuestra alma y por ello hacerle más bien que mal» (Cuaderno rojo de sor María de la Trinidad).
  78. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 281-282.
  79. «Son, pues, muy pocos los que dejan destruir su orgullo, o de la manera terrible, o de la manera dulce. Los de Griñón de Montfort son tan raros como los de san Juan de la Cruz: la única diferencia es que los esclavos de María se ofrecen de buena gana a esta purificación, mientras que los otros se esconden como las anguilas, cegados como san Pedro por su generosidad presuntuosa. Comprendemos entonces los horrores de la Noche oscura…» (M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 283).
  80. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 282.
  81. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 283-284.
  82. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 284.
  83. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 286.
  84. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 287.
  85. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 2, 289-290.
  86. M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 265.266-267.
  87. M.-D. Molinié, Je choisis tout. La vie et le message de Thérèse de Lisieux, Chambray-lès-Tours 1992 (CLD), 195-197.
  88. Recuérdese el Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso del 9 de junio de 1985 (Or 6) y la explicación que hace en Manuscrito A, 84rº-84vº.
  89. M.-D. Molinié, La face à face dans la nuit. Méditation sur le mystère du mal, Paris 2000 (Téqui), 75.
  90. M.-D. Molinié, L’irruption de la gloire, 15-16.17-18.