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Consejos evangélicos y vida evangélica

Un modelo de vida

El Evangelio no es simplemente «la historia de Jesús», ni un conjunto de enseñanzas sobre Jesús, ni la recopilación de lo que enseñó y que nosotros tenemos que saber y creer. En lo que Jesús dice y hace, los cristianos encontramos también un modo de vida, un modelo claro que es Jesús y una serie de criterios que nos ayudan a perfilar lo que es evangélico y lo que no encaja con la vida según el Evangelio. En definitiva, en el Evangelio hay una llamada a la santidad que Jesús dirige a todos sus discípulos:

El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y consumador: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). Envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mt 12,30) y a amarse mutuamente como Cristo les amó (cf. Jn 13,34; 15,12). Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 40).

La tradición de la Iglesia ha resumido la vida según el Evangelio en los llamados «consejos evangélicos» de pobreza, castidad y obediencia. Nosotros, si queremos realmente vivir según el Evangelio y buscar la santidad, tenemos que comprender el alcance de estos consejos y cómo aplicarlos a nuestra vida en el mundo. Y antes de irlos desgranando necesitamos responder a algunas preguntas.

¿Es adecuada la palabra consejos?

La palabra consejo tiene la dificultad de que se entiende cómo un «parecer o dictamen que se da o toma para hacer o no hacer algo»1, dando a entender que son meras indicaciones opcionales que se pueden tener o no en cuenta. Más adelante tendremos que definir con mucho cuidado en qué medida estos consejos son «opcionales», pero antes tenemos que descubrir en ellos los indicadores firmes y claros del seguimiento de Cristo, que pertenecen a la entraña del Evangelio.

Los consejos evangélicos se enmarcan en la vida cristiana como orientaciones imprescindibles para responder a la llamada a la santidad que reciben todos los miembros de la Iglesia, que no es opcional, y que no puede tener otra norma que la enseñanza y vida de Jesús que recoge el Evangelio.

Al leer el Evangelio, la Iglesia se ha sentido siempre fascinada por una cierta actitud que se explicita mejor o peor a través de tres palabras: castidad, pobreza y obediencia… En esta actitud hay una sabiduría obligatoria y una locura facultativa. Yo prefiero estas expresiones a aquella otra, sin embargo tradicional, de «consejo evangélico», porque hay aquí mucho más que un consejo (Molinié, El coraje de tener miedo, 61).

Hay, por tanto, una «actitud» de seguimiento e imitación del Señor que la Iglesia, especialmente los santos, ha sabido extraer del Evangelio y que, en una primera aproximación, podríamos decir que tiene un «nivel» obligatorio para todos los cristianos y otro «nivel» que no se exige a todos, pero que los que están llamados a él no lo pueden tomar como un simple «consejo».

¿Son sólo tres los consejos evangélicos?

La santidad de la Iglesia también se fomenta de una manera especial con los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus discípulos. Entre ellos destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a solo Dios con un corazón que en la virginidad o en el celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo. La Iglesia medita la advertencia del Apóstol, quien, estimulando a los fieles a la caridad, les exhorta a que tengan en sí los mismos sentimientos que tuvo Cristo, el cual «se anonadó a sí mismo tomando la forma de esclavo…, hecho obediente hasta la muerte» (Flp 2, 7-8), y por nosotros «se hizo pobre, siendo rico» (2 Co 8, 9) (Lumen Gentium, 42. La cursiva es nuestra).

El Concilio deja claro que el Evangelio contiene «múltiples consejos» que tienen que observar los discípulos de Cristo para alcanzar la santidad. Enseguida pone de relieve los tres consejos clásicos que resumen la vida evangélica: castidad, obediencia y pobreza, subrayando que con ellos se imita a Cristo, pobre, obediente y casto. Hemos de valorar con la Iglesia la importancia de estos tres consejos fundamentales, que ayudan a sistematizar la imitación de Cristo, y que han encontrado su correlato y especial importancia en los votos que definen la vida religiosa. Teniendo en cuenta que los tres consejos no agotan lo que es la vida evangélica, que debe llevar a cabo aspectos tan importantes como el amor al enemigo, la necesidad de hacer las cosas sólo de cara a Dios o la sinceridad que propone el Evangelio en la relación con Dios, por poner algunos ejemplos.

En realidad, sin embargo, no son los únicos consejos que encontramos en el Evangelio en relación con la práctica de las virtudes morales: sólo que en el sermón de la montaña hallamos numerosos consejos relativos a la paciencia, a la humildad, a la oración (Guibert)2.


Sermón de la Montaña (1481-82), Cosimo Rosselli

Tendremos que fijarnos muy especialmente en estos tres aspectos fundamentales e indispensables de la vida cristiana según el Evangelio, sin ellos no hay seguimiento de Cristo ni perfección cristiana, pero no debemos olvidar a la hora del discernimiento los otros consejos recogidos en el Evangelio y que la lectio, entre otros medios,nos ayudará a recibir como venidos del mismo Cristo.

¿Una vuelta a la Ley? Los consejos y la gracia

Al sistematizar la actitud evangélica en los tres consejos de castidad, pobreza y obediencia, que luego han sido convertidos en votos para los religiosos y regulados en la constituciones y reglamentos de las distintas órdenes y congregaciones, podemos tener la impresión de que volvemos a caer en el esquema de leyes y preceptos del Antiguo Testamento, que de alguna manera, olvidan y cohíben el desarrollo de la gracia. Ciertamente, los consejos evangélicos no nos llevan a olvidar lo que hasta aquí hemos visto: la necesidad de dejarnos hacer, nuestra realidad de siervos inútiles, la gratuidad de nuestras obras… Por eso tenemos que entender bien cómo se articulan los consejos con la novedad del Evangelio.

Una primera pista aparece en el texto que ya hemos citado del Concilio. Permítasenos volver a él:

Envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mt 12,30) y a amarse mutuamente como Cristo les amó (cf. Jn 13,34; 15,12). Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron (Lumen Gentium, 40).

Los consejos no son normas a cumplir para obtener la santidad. Es el Señor el que gratuitamente nos hace santos. Es el Espíritu Santo el que nos mueve a realizar los consejos como expresión de la novedad del amor cristiano. Los consejos son las guías evangélicas que nos ayudan a expresar, conservar y perfeccionar esa santidad que hemos recibido. No son leyes a cumplir para ganar méritos que nos permiten comprar la salvación o la santidad. Son la guía para ser lo que somos, santos por la participación de la vida divina que se nos regala por la unión con Jesús. Y sólo pueden vivirse con la ayuda de Dios.

Se trata de vivir el Evangelio a fondo, no como ley, sino partiendo de la entraña de la revelación de Jesús que es el ofrecimiento de la vida divina. Y eso es para todos:

Se habla mucho de «vuelta a las fuentes» y se quiere evitar aguar «la vida» del Evangelio. Pero como nos obstinamos en relegar al más allá la invasión ardiente de la vida trinitaria que es el Evangelio mismo, sólo queda, si lo divino no invade lo humano, invadir lo divino con lo humano, volver «viva» nuestra adhesión a Cristo haciendo que se beneficie con toda la vitalidad del mundo «ofrecido en homenaje» a Cristo… lo que es exactamente regresar a las perspectivas de una ley puramente natural. Entre el amor a la vida y el miedo a la vida, hay que elegir decididamente el amor a la vida, es evidente. Pero para el que quiere vivir, no hay tres soluciones: vivirá la vida del mundo o la vida de Cristo, que es interior y oculta, es decir, mística… o nada en absoluto. Reservar esta vida a una categoría especial de cristianos llamados de élite, no proponerla a todos, desconfiar incluso del deseo que podemos tener de esa vida a causa de las desviaciones que comporta (¡es como desconfiar del Evangelio a causa de las herejías!) es, con todo rigor, traicionar el Evangelio y, como veremos, prepararse para traicionar a Cristo mismo renovando el gesto de Pedro (Molinié, El combate de Jacob, 73-74)3.

Cuando hablamos de consejos evangélicos, muchas personas los entienden como normas opcionales; sin embargo, lejos de introducirnos en el ámbito normativo, su verdadero sentido es ayudarnos a la imitación amorosa que responde al encuentro personal con el Señor:

No basta con practicar el Evangelio y las enseñanzas de Cristo, es necesario encontrarse con él: «Sin mí no podéis hacer nada… no se nos ha dado ningún otro nombre en el cielo y en la tierra que pueda salvarnos» (Molinié, Adoración o desesperación, nº 10)4.

Tampoco podemos pensar que se trata de una propuesta de vida evangélica accesible sólo a unos pocos, los más fuertes, y que no sirve para los más débiles. Todo lo contrario, hay que recordar quiénes son los que pueden acceder a la vida evangélica que definen los consejos:

No puedo presentar el Evangelio como si hubiera otro programa, más accesible a las «almas ordinarias». Nos encontramos una vez más con la objeción del Gran Inquisidor, a la que, al fin, hay que responder. La sabiduría o la locura a la que Jesús quiere iniciar a los cristianos es tan profunda, se eleva tan alto por encima de los razonamientos humanos, que sólo un pequeño número puede recibirla, y de hecho la recibe. Sólo hay que mirar para verlo. Pero la aristocracia de este pequeño número no es la de las grandes almas, es el espíritu de infancia o de los pobres de espíritu, que en efecto son escasos: «El verdadero pobre de espíritu, ¿dónde encontrarlo?» El vencedor será el que acepte pedir socorro con el «gemido inefable» (Rm 8,26) que hará de él un miembro de la aristocracia de los publicanos y los pecadores, por los que Jesús ha muerto en la cruz (Molinié, ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?, 5,1)5.

· · ·

La única actitud que me parece honrada ante la Cruz de Cristo y las exigencias del Evangelio, la única a la que deseo ayudar con todo mi corazón, es aquella que, reconociendo lealmente las exigencias abrumadoras del amor divino, se siente incapaz de hacerle frente. A todos los que prueban este sentimiento (cualquiera que sea la ocasión que lo provoca) Cristo les ofrece el refugio de su misericordia… pero a ellos sólo (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 4)6.

Hay una relación directa entre consejos y santidad, pero no la que nosotros pensamos:

Entonces no queda más que abrir el Evangelio del todo y dejarse flagelar, como los apóstoles, por el impacto de las palabras de Cristo, sin envolverlas rápidamente con comentarios tranquilizadores que permiten esquivar este impacto o por lo menos atenuarlo seriamente: nube protectora que el pueblo fiel espera, y a veces exige, de los predicadores… a lo que Francisco de Asís y muchos otros han opuesto lo que llaman interpretar el Evangelio «al pie de la letra». Tomar el Evangelio al pie de la letra no es oírlo materialmente, sino según su verdadero espíritu, que se opone a lo que la tibieza humana ofrece a los cristianos bajo el título de interpretación «espiritual». Los santos cometen la locura de recibir el Evangelio «en pleno rostro»… y no lo reciben así porque son santos, sino que se vuelven santos porque lo reciben así: a lo que se opone el error, tan grave y tan extendido, según el cual la doctrina evangélica sólo afectaría en toda su virulencia a una «elite», más admirable que imitable, y que manifiestamente no vive como todo el mundo (Molinié, El combate de Jacob, 51. La cursiva es nuestra).

Los consejos -y el Evangelio- no suponen una serie de renuncias inhumanas que van más allá de nuestra naturaleza, de mandatos que nos llevan al límite de nuestras fuerzas, más bien son el desarrollo «natural» del organismo «sobrenatural» que se nos ha concedido, tanto en lo obligatorio como en lo opcional:

Tomad un niño que hable mal. Llevadlo a clase para mostrarle cómo hay que hacer. Explicadle el movimiento en el encerado. Hallará que es demasiado complicado y se desanimará.

Que deje obrar a la naturaleza y ello vendrá solo. Cuando se estudian los movimientos más naturales y más banales, uno se queda estupefacto ante su complejidad (por ejemplo, el andar). Y, sin embargo, eso se hace solo… Lo mismo ocurre cuando se lee la vida de los santos y lo que nos parece ser sus proezas: uno se pregunta cómo pueden «llegar allí». Pues bien, eso se hace solo también; es natural, o más bien, sobrenatural: pero no es una obra de arte, un salto peligroso más o menos contra natura.

Lo que es verdad, y que precisamente nos da la tentación de creer que es acrobático, es que ese movimiento tan sencillo no está al alcance de nuestra naturaleza, es un don de Dios. Por tanto, como dice san Pablo, «no es un problema de esfuerzos ni de récords, sino de Dios que se enternece». Para conseguir que se enternezca, no hay otra cosa que hacer, como dice Teresa, que «levantar el pie, pero estando seguro de que no se pasará del primer peldaño». Así mostramos nuestra buena voluntad, pero aceptamos esperar, a veces largo tiempo, que Dios mismo nos dé un día el impulso que nos llevará arriba del todo de un solo golpe y fácilmente. Lo que es difícil es esta espera, vigilante y paciente a la vez, del Esposo; lo que es difícil, a fin de cuentas, es la fe… (Molinié, El coraje de tener miedo, 79-80).

Como vemos, y veremos más profundamente, los consejos evangélicos en su conjunto no nos sacan del espíritu de infancia, sino que están directamente relacionados con él.

Por lo tanto hay que salir del ámbito jurídico y del espíritu de la ley del Antiguo Testamento y colocarnos en el terreno del amor para entender y vivir los consejos evangélicos, tan sólo en lo que tienen de obligatorio para todos:

Esta sabiduría obligatoria no es una ley en el sentido jurídico, sino una exigencia espiritual, una exigencia del amor sin la que no podemos salvarnos: «Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo». Es libre, no es jurídico: pero esto no es opcional; si no lo haces, morirás… a decir verdad ya estás muerto, formas parte de los muertos que entierran a los muertos. Todo esto se dice al pie de la letra en el Evangelio, no hay mucho que comentar: más bien hay que esforzarse en no comentarlo, no ahogar su violencia bajo el oleaje de nuestros comentarios timoratos (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)7.

¿Los consejos evangélicos son también para los laicos?

Existe la impresión generalizada entre los fieles (y también afecta a los pastores y a los mismos religiosos) de que los consejos evangélicos son propios y exclusivos de la vida religiosa. Esta visión despoja al Evangelio de su carácter de propuesta de vida nueva para todos y desorienta a los seglares que aspiran a la perfección evangélica porque les da a entender que, de alguna manera, ese tipo de vida es exclusivo de los que están plenamente consagrados. Sin embargo, la visión de la Iglesia en este sentido es clara:

En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: «Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1Ts 4, 3; cf. Ef 1, 4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles. Se expresa multiformemente en cada uno de los que, con edificación de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida; de manera singular aparece en la práctica de los comúnmente llamados consejos evangélicos. Esta práctica de los consejos, que, por impulso del Espíritu Santo, muchos cristianos han abrazado tanto en privado como en una condición o estado aceptado por la Iglesia, proporciona al mundo y debe proporcionarle un espléndido testimonio y ejemplo de esa santidad (Lumen Gentium, 39).

El Concilio une los consejos evangélicos a la santidad, y deja suficientemente claro que son para todos los miembros de la Iglesia. Y estos consejos, aunque algunos cristianos los abrazan en «una condición o estado aceptado por la Iglesia» (los religiosos), no son sólo para ellos, sino que «muchos cristianos han abrazado en privado» estos consejos movidos por el Espíritu Santo. Por tanto, también para los que quieran responder a la llamada de la santidad fuera de la vida religiosa hay que afirmar que la santidad consiste en la perfección de la caridad que está directamente relacionada con «los llamados consejos evangélicos». Ciertamente hay una diversidad de formas de responder a esa llamada a la santidad por medio del amor, pero esa variedad no quiere decir que la práctica de los consejos evangélicos sea sólo para los religiosos, sino que hay diversas formas de vivir estos consejos según la llamada particular que Dios hace a cada uno.

Aunque esta llamada universal a la santidad sea una de las propuestas más claras del concilio Vaticano II para la renovación de la Iglesia, no se trata de una novedad absoluta, sino que forma parte del sentir de la Iglesia de todos los tiempos. Lo vemos en papas anteriores al Concilio:

A todos los que la toman [a la Iglesia] por guía y maestra, la voluntad de Dios les impone el deber de tender a la santidad. «La voluntad de Dios ‑dice san Pablo‑ es que os santifiquéis»; y el Señor mismo explica cuál debe ser esta santificación: «Sed, pues, vosotros mismos perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Nadie debe imaginar que esto sólo concierne a un reducido número de almas escogidas y que esté permitido a las otras mantenerse en un grado de virtud inferior. Esta ley, el texto es claro, obliga en absoluto a todos los hombres, sin excepción… Francisco de Sales parece también haber sido dado a la Iglesia, por un designio especial de Dios, para destruir con el ejemplo de su vida y la riqueza de su doctrina una opinión que estaba muy arraigada en su época y que aún hoy no ha caído en descrédito: según esta opinión, la santidad en el sentido propio, tal como la Iglesia católica la propone, o bien no podría ser alcanzada, o bien sería tan difícil de obtener que no concerniría en modo alguno al común de los fieles, sino que convendría tan sólo a un reducido número de personas particularmente dotadas de generosidad y de elevación de espíritu; además, según esta opinión, la santidad iría acompañada de tantas fatigas y molestias que no podría de ningún modo adaptarse a la condición de hombres y mujeres que viven fuera del claustro (Pío XI, encíclica Rerum omnium perturbationem del año 1923)8.

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Esos consejos se ofrecen a ellos (los sacerdotes), lo mismo que a cada uno de los fieles de Cristo, como el camino más seguro para alcanzar el fin aspirado de la perfección cristiana (Juan XXIII, encíclica Sacerdotii nostri del año 1959).

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Porque en cualquier condición y en cualquier estado de vida honrada, todos pueden y todos deben imitar el ejemplar perfecto de toda santidad que Dios ha presentado a los hombres en la persona de Cristo Señor, y, con ayuda de Dios, llegar a la cima de la perfección cristiana, como lo prueba el ejemplo de tantos santos (Pío XI, encíclica Casti connubii, nº 9, del año 1930)9.

Pero, yendo más atrás, puede decirse que:

Nunca fue doctrina de la Iglesia el que la plena imitación de Cristo sólo sea posible para los hombres que se apartan del mundo… Por el contrario, es doctrina de la Iglesia que la perfecta imitación de Cristo resulta posible en todos los estados, porque depende en primer lugar de la entrega espiritual al reino de Dios y porque la virtualidad de una convicción puede servir de materia y brindar la oportunidad para mover hacia la perfección al hombre en su situación vital o profesional (Tillmann)10.

Se va haciendo cada vez más claro que:

Los consejos conciernen también a los laicos, e incluso que toda vida cristiana laica puede y debe poner en práctica una amplia zona de los consejos. El Espíritu impulsa también a los laicos por los preceptos y por los consejos; por eso los laicos deben también estar atentos a esta moción en su totalidad, por temor a que «el espíritu se extinga». Sólo de esta manera podrán ellos con generoso corazón dar una forma plena a su vida cristiana (Truhlar)11.

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Bajo la ley de la gracia, no cabe hablar de una legítima división en una categoría de virtuosos que siguen los dones específicos de la gracia y otra de cristianos de menor cuantía, que sólo se mantienen en la frontera marcada por los mandamientos. Cada persona debe a Dios cabal respuesta de amor, en la medida de los talentos que le han sido dados. El cristiano, que sigue fundamentalmente la línea marcada por el evangelio, da testimonio de que ya no está bajo la servidumbre de una ley puramente externa, sino que vive de la gracia (Rm 6,14). Quien, en cambio, sólo quiere aceptar seriamente la mínima exigencia de la ley, de suerte que se hurtó a la exigencia de un amor siempre más grande, permanece, a pesar de todo, en el ámbito del pecado bajo la servidumbre de la ley. Los tres consejos evangélicos son medios característicos de realizar la ley de la gracia que se realiza cuando alguien, guiado por Dios, descubre que la observancia de tales consejos (como voluntad de perfección en la caridad propia de todo cristiano) sólo la consigue llevándola concretamente a término según los propios consejos evangélicos (Häring)12.

Lo obligatorio y lo opcional en la vida evangélica


Guido Reni. Moisés y las tablas de la Ley

No cabe duda de que cuando hablamos de consejos evangélicos hablamos de algo opcional y no obligatorio:

Se refieren a una obra mejor que va más allá del precepto general y todos son al mismo tiempo un medio que facilita el ejercicio de la caridad (Truhlar)13.

Pero parece claramente inadecuado el esquema en el que los diez mandamientos serían obligatorios para todos, mientras que la castidad, la pobreza y la obediencia (en general, la vida evangélica) serían opcionales y sólo para unos pocos.

En todos los dominios de la vida cristiana ‑ya se trate de las virtudes teologales o de las virtudes morales‑ existe una zona que es objeto de mandamiento y de precepto, y otra situada más allá, que es objeto de recomendación y de consejo. La santidad cristiana podría ser fragmentada en veinte o cien virtudes: caridad, templanza, hospitalidad, religión, etc. Ahora bien, la práctica de estas virtudes se impone a nosotros en forma de precepto, hasta cierto nivel: estamos obligados a ser caritativos, justos, continentes, etc., hasta cierto nivel, bajo pena de pecado. Pero la práctica de esas mismas virtudes nos está asimismo recomendada en forma de consejo, más allá del nivel de los preceptos: un cierto grado de caridad, de templanza, de hospitalidad, de religión es solamente recomendado (Thils)14.

Parece más exacto decir que hay una forma de vivir la pobreza, la castidad y la obediencia que propone el Evangelio (junto con las demás características de la vida evangélica) que es obligatoria para todos; y que hay otra forma de vivirlos que Dios pide a algunos de una manera determinada, y en ese sentido es opcional, porque no se pide a todos, pero tendremos que ver en qué medida es obligatoria para aquel al que Dios se la ofrece. Esta forma opcional de vivir la pobreza, la castidad y la obediencia no es exclusiva de los religiosos y Dios la ofrece a personas de toda condición. Hay pues un nivel razonable y obligatorio y otro que es opcional porque supone entrar en la locura del Evangelio:

Los consejos evangélicos son, en cualquier caso, consejos: pero en cuanto razonables son prácticamente obligatorios; en su locura son realmente facultativos, si no estamos bien seguros de oír su llamada. Eso quiere decir que no todos entienden estas palabras; Jesús lo ha dicho muy claro: en ningún caso se puede exigir una locura semejante (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)15.

Por eso, hay que abandonar la visión simplista que presenta los consejos como algo sólo para los religiosos, y deja para los laicos el cumplimiento de los mandamientos como máximo objetivo de su vida. Este equívoco sólo se puede deshacer afirmando con rotundidad que en el Evangelio (y en la pobreza, castidad y obediencia) hay una sabiduría obligatoria para todos y una locura opcional que Dios propone sólo a algunos. Esa locura es necesaria para abrazar la vida religiosa, pero Dios también la ofrece a algunos laicos de una manera particular.

Se trata pues de definir «la sabiduría obligatoria» y la «locura facultativa» que mencionábamos más arriba:

La sabiduría obligatoria tiene que ver con la necesidad de proteger el espíritu de infancia que es necesario para salvarse. Y es razonable16 en el sentido que se comprende su relación con el espíritu de infancia, aunque éste comporte ya una dosis de locura que sólo es aceptable por la fe:

Cristo nos ha prevenido: «Si no os convertís para acoger el Reino de los Cielos como un niño, no entraréis en él». Es claro, no es jurídico (ningún gendarme divino, ningún clérigo vendrá a preguntarnos si tenemos nuestros papeles de niño), y es absolutamente obligatorio, no hay excepción a esta ley […]

Cristo nos señala sólo de forma general (y prácticamente universal) que el dinero, la sexualidad y la voluntad propia son los grandes enemigos del espíritu de infancia […]

Por tanto, el espíritu de pobreza, de castidad y de obediencia debe definirse en primer lugar como una actitud de defensa que busca proteger la perla preciosa, la actitud infinitamente simple e indefinible del espíritu de infancia. Las defensas son tres porque los grandes enemigos son tres; pero forman una sola en lo que tienen de positivo, a saber, precisamente el espíritu de infancia. Así definidas son, a la vez, obligatorias para todo cristiano, y necesariamente razonables (Molinié, Cartas a sus amigos, 15)17.

Si no queremos traicionar la autenticidad del Evangelio hemos de afirmar que esta sabiduría necesaria es imprescindible para una auténtica vida cristiana; lo cual nos obliga a salir de la moral de mínimos tal como ésta se suele plantear: ¿cuál es el mínimo (de los preceptos) para salvarse? Además de que este planteamiento es incompatible con una moral de seguimiento, en la práctica plantea un mínimo que es meramente teórico porque, en la vida cristiana real, con sus tentaciones y dificultades, ese mínimo nos aparta de la salvación:

Sería, en efecto, imposible para el hombre evitar todos los pecados mortales si, en razón de la corrupción de la naturaleza humana, de las pasiones a vencer, de las tentaciones a dominar, de los socorros a implorar, no hiciese muchas cosas, además de lo que está exactamente obligado a efectuar. Con mayor motivo, no podría evitar muchos pecados veniales ni ejercer las virtudes hasta el grado requerido para un dominio más total de la caridad en su vida, si no realizase una cantidad de cosas que son en sí simplemente consejos: no podría, por ejemplo, tener una verdadera humildad sin aceptar numerosas humillaciones que hubiera podido rechazar; y no tendrá una verdadera templanza sin ejercitarse en numerosas mortificaciones no obligatorias (Guibert)18.

La auténtica vida cristiana normal supone necesariamente vivir, al menos en parte, lo que venimos llamando consejos; por lo que va más allá de los diez mandamientos y se orienta a la aceptación de la nueva ley de Cristo que incluye un grado de pobreza, castidad y obediencia que es necesario para la salvación. Lógicamente esta vida cristiana auténtica no tiene nada que ver con el tipo de vida de tantos cristianos que, limitándose a los mínimos, sólo consiguen una vida cristiana tan débil que corre el riesgo de desaparecer como tal vida cristiana.

Poner en práctica una notable parte de la zona de los consejos no solamente es posible en toda vida cristiana, sino que es también necesario para practicar la vida cristiana en su estado normal (Truhlar)19.

Esto es imprescindible para vivir evangélicamente, para mantener el espíritu de infancia, y para que se pueda desarrollar la santidad que recibimos. Es mucho, pero no es todo el horizonte de la vida cristiana:

La perfección cristiana que se nos propone (aunque estemos muy lejos de ella; y más lejos aún si creemos estar muy cerca), en efecto es verdaderamente una perfección espiritual y sobrenatural; pero es una perfección razonable. Por eso no se trata de la cumbre de la perfección cristiana, porque la perfección cristiana es completamente loca, y en absoluto razonable (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15. Las cursivas son del autor)20.

La locura opcional va más allá y quiere responder a la locura del amor de Dios con un ejercicio del espíritu de infancia que ya no es necesario ni obligatorio para todos:

El sentido profundo de los consejos evangélicos (lo mismo que los votos correspondientes) no es en primer lugar ponernos en guardia contra los enemigos de un espíritu de infancia razonable (aunque también sean esto), sino proponernos esta locura «que no ha llegado al corazón del hombre»… y de la que debemos hablar ahora […]

Todo esto supera absolutamente las normas de la razón. Ya no se trata aquí de proteger el espíritu de infancia, sino de hacer frente a un huracán que nos fascina y ya no está a la medida humana de amar a Dios… está a la medida divina de amar al hombre, de amarme a mí. Cuando percibimos esto, ponemos la cara que podemos, comprendemos la ridiculez de nuestros propios deseos y de nuestros esfuerzos, nos dejamos llevar por la ola y… llegaremos a lo que podamos. El espíritu de infancia sigue siendo muy necesario para soportar ese maremoto… pero precisamente porque el espíritu de infancia es el único que se deja llevar fácilmente por algo que lo supera y se alegra de no comprender nada (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)21.

¿La locura evangélica es opcional para el que recibe esta oferta de Dios?

Ya hemos visto que hay una sabiduría evangélica necesaria para salvarse, pero tenemos que plantearnos en qué sentido es «opcional» la locura evangélica que va más allá.

Esta locura de la pobreza, la castidad y la obediencia, es opcional en el sentido de que el Señor no se lo pide a todos, y por lo tanto (ésta sí) no es necesaria para la salvación. No es opcional en el sentido de uno pueda elegir por una decisión libre y arbitraria ser más pobre, más casto o más obediente, porque detrás de este salto a una vida evangélica más allá de la medida razonable lo que hay es una llamada personal del Señor que él dirige a los que quiere. Sería una locura (pero no evangélica, sino en el peor de los sentidos) lanzarse por propia iniciativa a esa vida evangélica sin medida. Y tampoco se puede decir que esa «locura evangélica» es opcional en el sentido de que pueda abrazarse o no sin que tenga consecuencias de ningún tipo. Ciertamente, al no ser obligatoria, no pone en juego la salvación, pero el que la rechaza no puede alcanzar la santidad y la gloria que Dios tiene pensada para él, y su seguimiento e imitación de Cristo quedan ciertamente recortados de forma muy importante.

Quizá pueden servir de resumen las palabras de santo Tomás:

El precepto del amor de Dios, que es el fin último de la vida cristiana, no está encerrado dentro de ningún límite que pueda hacer decir que tal amor caería bajo el precepto, mientras un amor más grande rebasaría los límites del precepto y caería bajo el consejo; en realidad, el precepto es para cada uno amar a Dios tanto como pueda, lo cual se desprende de la forma misma del precepto: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón22.

En este terreno ‑que sale de lo obligatorio para todos y surge de una llamada personal del Señor‑ es necesario el discernimiento espiritual para descubrir esa locura evangélica concreta que el Señor está pidiendo a una persona determinada:

Si se quiere determinar qué consejos debe poner en práctica cada uno de los cristianos, de qué manera y en qué medida debe aplicarlos, no hay que perder de vista el papel preponderante que desempeña la conducta interna del Espíritu Santo; y ésta debe discernirse según las reglas del discernimiento de los espíritus, tomándola completamente en serio, porque es la apropiada a la economía sobrenatural, en la cual los que son hijos de Dios están movidos interior e inmediatamente por el Espíritu (Truhlar)23.

Vamos a intentar describir a partir de ahora cómo es esa sabiduría obligatoria de la actitud evangélica, cuál es la raíz de la locura opcional a la que Dios llama a algunos e intentaremos ofrecer pistas de la forma laical de vivir esa locura opcional que hay detrás de los consejos evangélicos.

La sabiduría necesaria

La sabiduría obligatoria consiste pura y simplemente en reconocer la trascendencia de Dios y nuestra condición de criatura (Molinié, El coraje de tener miedo, 61).

Es el mismo Señor el que en el Evangelio propone ir más allá del entendimiento estricto («de mínimos») de los preceptos y propone la ley evangélica que va más allá de los mandamientos. Porque ha venido a dar plenitud a la ley (Mt 5,17), va más allá del «no matarás», «no cometerás adulterio», «dar acta de repudio», «no jurarás en falso», «ojo por ojo» (cf. Mt 5,21-43). Y las expresiones que usa dan a entender claramente que no se trata de «consejos» para unos pocos: «merece la condena de la gehenna del fuego», «ser echado entero en la gehenna», «viene del Maligno», «¿qué premio tendréis?»

Para el Señor no es lo mismo lo que hace que seamos los menos importantes en el reino de los cielos (Mt 5,19), que lo que nos impide entrar en él. Por eso, sin intención de ser exhaustivos, vamos a intentar concretar esa sabiduría obligatoria que va más allá de los mandamientos y pertenece a la actitud evangélica que es para todos.

La pobreza necesaria

Si el cristiano de mínimos se conforma con el simple «no robarás», la propuesta del Evangelio en este punto es bastante amplia y contundente, y manifiesta una pobreza obligatoria que no podemos eludir sin mutilar el Evangelio.

No se está hablando de una pobreza que Dios pide a algunos cuando se dice:

Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero (Mt 6,24)24.

En este sentido hay que entender la comparación del camello que no puede pasar por el ojo de una aguja, como lo demuestra el diálogo que sigue:

-«En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos». Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: -«Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: -«Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo» (Mt 19,23-24).

Para el apóstol san Pablo no basta con adquirir los bienes honradamente («no robo»), sino que señala la codicia como uno de los pecados más graves al decir que es una forma de idolatría:

Tened entendido que nadie que se da a la fornicación, a la impureza, o al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios (Ef 5,5; cf. Col 3,5).

También en las parábolas queda claro que no sólo el robo, sino la seducción de las riquezas y los afanes de la vida hacen que la palabra muera en nosotros. Esto no parece referirse a la necesidad de buscar una forma opcional de libertad frente al dinero y al éxito, que es sólo para algunos, sino que señala una forma de vivir que nos hace culpables de sucumbir en las dificultades, que ciertamente llegarán:

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe (Mt 13,22).

Esta misma enseñanza de Jesús se prolonga ininterrumpidamente en la primera Iglesia. El tono en que el apóstol Santiago denuncia la acumulación de riquezas y la injusticia no es de ningún modo la indicación de algo opcional:

Atención, ahora, los ricos: llorad a gritos por las desgracias que se os vienen encima. Vuestra riqueza está podrida y vuestros trajes se han apolillado. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y su herrumbre se convertirá en testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. ¡Habéis acumulado riquezas… en los últimos días! Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos, el que vosotros habéis retenido, está gritando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor del universo. Habéis vivido con lujo sobre la tierra y os habéis dado a la gran vida, habéis cebado vuestros corazones para el día de la matanza (St 5,1-5).

La mentalidad de mínimos intentará delimitar esta pobreza obligatoria para vivirla cómodamente; sin embargo el cristiano «normal» que quiera seguir a Cristo y entrar en el reino de Dios tiene que vivir el nivel de pobreza al que aparece claramente en la enseñanza neotestamentaria.

Ciertamente, esta pobreza obligatoria pone en cuestión muchas de nuestras opciones ante los bienes materiales; pero no podemos admitir que lo que ordinariamente vivimos se convierta en criterio moral con el que poder recortar las exigencias del Evangelio y así quedarnos tranquilos. Al contrario, es el Evangelio el que pone en tela de juicio nuestra vida y nos exige que nos adaptemos a él. Esa inquietud que nos mueve a ajustar nuestra vida al Evangelio es el primer paso necesario para abrazar esta sabiduría obligatoria.

En el orden de la pobreza, la misma sabiduría obligatoria prohíbe pretender escapar a la condición humana y la ascesis que ella comporta, tanto a nivel individual, apegándose a alguna riqueza o permitiéndose olvidar la miseria de los otros y la muerte que nos espera, como a nivel colectivo, pretendiendo extender a la humanidad entera el poder de acceder a la «desgracia evangélica» de la riqueza (Molinié, El coraje de tener miedo, 62).

La castidad necesaria

Ciertamente que en el Evangelio (y en el Nuevo Testamento) hay un celibato opcional que no es para todos:

Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda (Mt 19,12).

San Pablo diferencia claramente lo que es un consejo para los casados (la abstinencia temporal), lo que es una posibilidad para algunos (el celibato que él ha abrazado) o la obligatoriedad de permanecer fieles al matrimonio, aunque haya alguna causa de separación:

Acerca de lo que habéis escrito, es bueno que el hombre no toque mujer. Con todo, por el riesgo de inmoralidad, que cada cual tenga su propia mujer y cada mujer su propio marido. Que el marido dé a la mujer lo que es debido y de igual modo la mujer al marido. La mujer no dispone de su cuerpo, sino el marido; de igual modo, tampoco el marido dispone de su propio cuerpo, sino la mujer. No os privéis uno del otro, si no es de común acuerdo y por cierto tiempo, para dedicaros a la oración; después volved a estar juntos, no sea que Satanás os tiente por vuestra incontinencia. Esto os lo digo como una concesión, no como una orden, aunque deseo que todos los hombres fueran como yo mismo. Pero cada cual tiene su propio don de Dios, unos de un modo y otros de otro. Ahora bien, a los no casados y a las viudas les digo: es bueno que se mantengan como yo. Pero si no se contienen, cásense; es mejor casarse que abrasarse. A los casados les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido; pero si se separa, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con el marido; y que el marido no repudie a la mujer (1Co 7,1-11).

Pero hay una castidad, incluso dentro del matrimonio, que va más allá de la letra del sexto mandamiento y que aparece con toda claridad como obligatoria para todos:

Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna (Mt 5,27-30).

Para el apóstol san Pablo hay una «impureza», además de la fornicación, que es obligatorio evitar para entrar en el reino de Dios:

Tened entendido que nadie que se da a la fornicación, a la impureza, o al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios (Ef 5,5).

No debemos extrañarnos de que nuestro mundo (y en buena medida nuestra Iglesia) rechace esta sabiduría obligatoria del Evangelio y, en vez de apoyarse en la misericordia para cumplirla, busque la manera (a veces falseando la misericordia) para eliminarla:

En el orden de la castidad, eso se traduce por la aceptación de una ley moral. Si no llegamos a practicarla, eso significa sencillamente que somos «carnales y estamos vendidos al pecado», lo cual no debería ser dramático, si fuéramos humildes y confiados en la Misericordia. Pero el orgullo del siglo xx se siente herido por una ley que se declara impracticable: si es impracticable, es mala, hay que cambiarla ‑se define así el valor de una ley según su adaptación a nosotros, que somos malos‑. No hay que extrañarse de que en estas condiciones se llegue a no soportar ninguna ley moral, y que la escalada de estos rechazos sucesivos dé vértigo (Molinié, El coraje de tener miedo, 61-62).

La obediencia necesaria

Hay una obediencia a Dios y a Jesucristo que, ciertamente está contenida en el primer mandamiento, y que el Nuevo Testamento plantea como obligatoria con toda claridad:

No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7,21).

La parábola que sigue a continuación tiene el mismo sentido, pero aplica la obediencia a las palabras de Jesús: el que no las pone en práctica encontrará la ruina (cf. Mt 7,26-27). Por lo tanto no es opcional.

Es la misma obediencia obligatoria que lleva a los apóstoles a las puertas del martirio:

Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29).

· · ·

Hay una obediencia razonable de la que se ha dicho casi todo, y sobre todo en qué punto no obedece; quiero decir que sabe desobedecer a los hombres para obedecer mejor a Dios e incluso a la razón, a la justicia, al amor (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)25.

Otros elementos de la sabiduría obligatoria del Evangelio

En este terreno de la sabiduría obligatoria evangélica se hace patente que ésta no sólo va más allá de los mandamientos, sino que es más amplia que la pobreza, castidad y obediencia, por importantes que sean.

Aunque la solemos considerar como algo opcional, esta exigencia evangélica es imprescindible porque forma parte del cambio radical que exige la nueva relación con Dios tal como el mismo Jesús la formuló con solemne claridad:

En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 18,3).

Un lugar importante ocupan aquí la misericordia y el perdón, que aparecen en el Evangelio con frecuencia, y claramente son presentadas como parte de su sustancia y no como algo opcional:

Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas (Mt 6,15)26.

El juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia (St 2,13).

Una misericordia que debe convertirse en obras, si no queremos ser condenados en el juicio final:

Entonces dirá a los de su izquierda: «Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis». Entonces también estos contestarán: «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?». Él les replicará: «En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo». Y estos irán al castigo eterno (Mt 25,41-46).

No se trata simplemente de no matar o no mentir; hay una forma de reaccionar o de hablar que es claramente obligatoria en el Evangelio:

Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano «imbécil», tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama «necio», merece la condena de la gehenna del fuego (Mt 5,21-22).

Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno (Mt 5,37).

Aprovechar la gracia de Dios o no, tiene también consecuencias graves, que hacen que forme parte de la sabiduría obligatoria del Evangelio:

Entonces se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido: «¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Pues os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti» (Mt 11,20-24).

Ponerse del lado del Señor es claramente algo necesario para la salvación:

A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos (Mt 10,32-33).

El Evangelio no plantea como opcional el acoger a los enviados del Señor:

Si alguno no os recibe o no escucha vuestras palabras, al salir de su casa o de la ciudad, sacudid el polvo de los pies. En verdad os digo que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquella ciudad (Mt 10,14-15).

De forma general puede decirse que hay una justicia mayor que la de los fariseos (y mucho mayor que la de una moral de mínimos), que es necesaria para entrar en el reino de Dios y, por lo tanto, no es no opcional:

Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 5,20).

Y hay una radicalidad que, aunque no se presente con la «medida exacta» al gusto del fariseísmo de mínimos, no se puede considerar como opcional:

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 10,37-39).

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? (Mt 16,25-26).

Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán (Lc 13,24).

Es posible que algunos piensen que estos elementos que constituyen la vida evangélica obligatoria carecen de una síntesis clara que ayude a entenderlos y a vivirlos, tal como vemos en los mandamientos. Sin embargo hemos de tener en cuenta que el mejor compendio de la vida evangélica y de la imitación de Jesús lo encontramos en las bienaventuranzas, que lejos de ser una propuesta opcional de vida, constituyen la única puerta necesaria que nos abre a la vida evangélica para entrar en el reino de Dios27.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros (Mt 5,13-12).

Ésta es la altura de la vida evangélica obligatoria; es decir, de una vida cristiana «normal», sin los recortes ni acomodaciones que puedan ponerla en grave peligro de muerte.

A partir de aquí, quizá comprendamos ahora mejor por qué sólo se puede vivir esta vida nueva colgados de la gracia de Dios y es imposible en un planteamiento propio del Antiguo Testamento. Esta vida nueva es la consecuencia de la vida divina que ha sido sembrada en nosotros por el bautismo. Pero, por elevada que sea, eso no es todo lo que el Señor ofrece; a partir de aquí hay una locura evangélica que el Señor propone a algunos.

La locura opcional

La locura de la castidad evangélica

La locura evangélica comienza siempre con una percepción nueva y profunda de la locura del amor con que Dios nos ama.

La locura de la castidad evangélica parte necesariamente del descubrimiento de un Dios que nos ama de tal manera que es un Dios celoso, que tiene celos de nosotros; aunque aquí no podemos aplicar bajo ningún concepto el aspecto negativo que tienen los celos humanos, porque los celos de Dios no son posesivos y destructivos, sino que expresan el amor más abnegado porque sólo buscan dar y darse, aunque con una pasión e intensidad que puede resultarnos incomprensible:

Cuando los humanos son celosos, lo son con el egoísmo y la estrechez de una naturaleza caída; pero los celos en sí mismos no son una imperfección, es la exigencia inevitable de un amor serio. Pues queremos creer realmente que Dios nos ama, y siempre nos cuesta pensar que este amor cuenta los pelos de nuestra cabeza y nos cuida cada instante de nuestra vida. ¿Pero quién sospecha que Dios pueda estar verdaderamente celoso de nuestro corazón? (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)28.

· · ·

Para entrar en la locura de la castidad, es preciso presentir algo de los celos del amor divino, lo que no es dado a todos en el mismo grado. Expertus potest credere quid sit Jesum diligere, decíasan Bernardo. El que tiene la experiencia del amor divino puede creer en él con conocimiento de causa.

La experiencia revela que Dios es celoso, con unos celos que nos sumergen en el estupor, porque nos es muy difícil comprender que tengamos precio tan alto. Los celos son una pasión: en el amor humano, aparecen como una catástrofe, porque resultan de una captatividad feroz más que el amor mismo.

Nosotros no comprendemos que el amor oblativo sea en realidad mucho más profundamente celoso ‑celoso de la verdadera dicha del amado‑ que el amor captativo. Estos celos se ejercen sin crueldad, porque no son egoístas, pero no son menos implacables ‑y el llamado amor despojado de los celos no tiene ningún interés‑ (Molinié, El coraje de tener miedo, 63).

Lejos de un falso amor al que no le importa ni el bien, ni la correspondencia, ni la fidelidad del amado y presume de prescindir de ese amor sin que haya consecuencias, el amor de Dios es celoso y el que lo percibe realmente quiere corresponder en el mismo nivel. De la percepción de esa locura del amor de Dios, nace la locura de la castidad.

Pues bien, hay personas que perciben esto, que se sienten amadas de este modo, y comprenden que hay que dejarlo todo para responder a un peso de amor semejante. Es una locura, pero no es su locura, es la de Dios: el germen del voto de castidad no es en primer lugar el deseo de amar a Dios hasta la locura, sino la percepción de su amor hacia nosotros, y de los celos que surgen de su carácter excesivo. El deseo de amar a Dios hasta la locura es muy peligroso cuando no es vivido como la respuesta tímida y pobre a ese amor cuya intensidad celosa nos atrae y a la vez nos da miedo; temiendo entonces serle infieles, nos entregamos a él con la exclusividad que reclama, mucho más radical que todo lo que puede exigir el amor humano (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)29.

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Por el contrario, los que comprenden y perciben que Dios es celoso, escapan a esta locura delicuescente para sumergirse, al otro extremo de la cadena, en la locura constructiva de la castidad. Su alegría está en saberse amados como una perla preciosa, en ser el bien de Dios, del que Él reclama la exclusividad. Esta alegría inspira la necesidad de ocultarse para pertenecerle, para que Él sea el único en gozar de nosotros, y de no revelarse a los demás más que en la medida en que Él mismo nos lo pide. El espíritu de castidad es, pues, el alma del silencio. Toda revelación inútil de nosotros mismos es ya algo impuro (Molinié, El coraje de tener miedo, 64).

Por lo tanto, no se trata ya de la mera fidelidad del cuerpo o de la mirada, ni de la lucha contra la impureza, obligatoria para todos, sino de una entrega al Señor que busca ser sólo para él y en esa medida necesita del apartamiento y del silencio para encontrar la intimidad con Dios, que no busca el desahogo en los demás sino en él, y que se entrega a los demás en la medida en que Dios se lo pide, porque sólo anhela corresponder a su amor y sólo busca en Dios el amor que necesita. Se trata ya, no del pudor que evita la exhibición del cuerpo, sino del ocultamiento de nuestra belleza, incluso ante nuestros propios ojos, para que sea sólo para él:

Él es muy celoso en este punto, y quiere ser el único en conocer verdaderamente nuestra belleza. La oculta incluso a nuestros ojos, y no debemos sobre todo buscar conocerla: es la peor de las faltas contra la castidad. («Si tú te ignoras, oh la más hermosa de las mujeres…», Cant 1,8.)

Cuando hacemos el bien, hay que tratar de que la mano izquierda ignore lo que hace la derecha, hay que prestar los servicios lo más ocultamente posible.

Debemos también ‑y es muy difícil‑ no incitar a los otros a pecar contra la castidad haciéndoles cumplidos inútiles, favoreciendo su instinto de descubrirse (de desnudarse) ante las miradas humanas […]

Una última observación: cuando deseamos ansiosamente a alguien, deseamos su alma mucho más que su cuerpo. Entonces, no nos excusemos diciendo que lo que amamos en ellos es su alma; es justamente el campo más prohibido, y el pudor del cuerpo no debe ser más que un reflejo del pudor del alma (Molinié, El coraje de tener miedo, 65).

Esto no implica necesariamente un apartamiento absoluto del mundo, y un desconocimiento total. Será Dios, cuando quiera y en la medida en que quiera el que muestre nuestra belleza al mundo:

En este sentido, debemos tratar de ocultar lo mejor que tenemos. Es así como los demás se aprovecharán mejor de ello, pues es Dios quien pondrá la lámpara sobre el candelabro, y no nosotros (Molinié, El coraje de tener miedo, 64-65).

Ciertamente esta locura no es razonable ni exigible, ni siquiera comprensible para la mayoría (incluso de fieles y pastores). Pero tiene derecho a existir:

A los que han recibido esta luz, le han respondido, y quieren dejarse llevar por unos celos tan evidentes y tan locos, las discusiones sobre el matrimonio y el celibato les parecen tremendamente vanas: discusiones de personas que viven a 37° mientras que, sin estar abrasándose, están sitiados por una realidad situada mucho más allá de los cuarenta de fiebre… y que es rigurosamente ininteligible a 37º: escándalo para los judíos y locura para los griegos. Entonces tienen ganas de decir a los teólogos psicoanalistas que cantan la grandeza del amor humano (según principios, por otra parte, muy verdaderos que hemos visto hace un momento): sed sabios entre vosotros y dejadnos tranquilos, dejadnos ser locos a nuestra manera y silenciosamente, al abrigo de vuestras discusiones y de vuestras «interpelaciones»; no locos de nuestra propia locura, ni en virtud de una iniciativa personal, sino arrastrados por la locura de Otro que especialmente parece que se os escapa, pues os cerraría definitivamente la boca como la de Job, si tuvierais la mínima sospecha de ella (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)30.

La locura de la pobreza evangélica

De nuevo partimos del descubrimiento del amor loco de Dios, en este caso por nuestra miseria, lo único que tenemos por nosotros mismos y lo único que podemos ofrecerle31.

La locura consiste aquí en comprender que los celos divinos estriban precisamente en nuestra miseria, y en buscar esta miseria como una perla preciosa en lugar de huirla […] Cuando el espíritu de pobreza instruye nuestra inteligencia con estas cosas «a modo de noche» y de sabor, no nos descubre solamente la verdad de la nada de la criatura, sino el encanto, finalmente trinitario, de esta nada (Molinié, El coraje de tener miedo, 65.67).

· · ·

Tampoco esta locura es nuestra, es siempre la del amor de Dios, ya no percibido en sus celos, sino precisamente en lo que le fascina de nuestro rostro: el abismo de nuestra miseria. Es de nuestra miseria de lo que está celoso, y no del esplendor humano, ni siquiera de la gracia y de la gloria, ni tampoco de la locura de los mártires […] Los que perciben esta locura de Dios, sima de gloria atraída por la sima de nuestra nada, le prometen fácilmente sumirse en una pobreza que ya no tiene mucho que ver con la medida de la pobreza razonable… (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)32.

Esta pobreza es muy exigente, pero no por el camino del desprendimiento absoluto de las cosas o de una austeridad (en buena medida obligatoria), sino por el de aceptar nuestra realidad, nuestra miseria y desprendernos de nuestras falsas riquezas ante Dios. Esto supone una importante ascesis, pero muy distinta de la que solemos pensar:

Nuestra tendencia natural nos inclina evidentemente a huir de esta miseria, no por un esfuerzo constructivo para sanarla o mejorarla, sino por el rechazo, oscuro y tímido, de tomar conciencia de ella, de verse enfrentado con el espectáculo de una indigencia cuya profundidad metafísica sobrepasa todo lo que nosotros podemos sospechar. Es más fácil reconocer «los propios pecados» ‑en los que vemos, en el fondo, accidentes‑ que contemplar esta indigencia fundamental, que no es un pecado, pero que hace posibles todos los pecados […] Entonces, cuando pretendemos ser mejores, hacemos inconscientemente muchos esfuerzos por disimular ante todas las miradas, y en primer lugar ante la nuestra, a base de «buenas acciones», cuán «malos» somos, según la expresión de Cristo. El espíritu de pobreza nos sugiere, pues, haciéndonosla saborear de una manera delicada, con qué ternura ama Jesús nuestra miseria (Molinié, El coraje de tener miedo, 68-69).

Es una pobreza que tiene que ir acompañada de la confianza que provoca en nosotros la atracción de Dios por nuestra miseria, a la que llamamos Misericordia; porque si no, puede llevarnos a una contemplación desesperada de nuestra pobreza:

La locura de la pobreza nos invita a «encontrar» esta miseria, no en la lucidez despiadada (y por otra parte verdadera) que trata de comunicarnos violentamente el demonio, sino en la lucidez más profunda todavía que el Espíritu Santo nos ofrece a modo de sabor, al enseñarnos a descubrir con estupor en esta misma miseria el arma absoluta que nos da todo poder sobre el corazón de Dios; porque es eso lo que le seduce en nosotros, y no los dones que ya nos ha hecho, ni ninguno de los que está dispuesto a derramar en avalancha sobre esta miseria que le atrae (lo cual se comprende bien en el fondo si se piensa que es la única cosa que no puede encontrar en Él, la única, por consiguiente, que puede amar fuera de Él) […]

Entonces, encontrar nuestra miseria es encontrar una región que, según se la contemple sola o en la locura de la pobreza, es la fuente de una desesperación absoluta o de la más loca confianza.

Dios solo, en efecto, puede encontrar encanto en nuestra miseria para colmarla. Lo propio de la criatura es amar, en primer lugar, a Dios, el ser, el bien, la perfección. Nuestra miseria es, pues, naturalmente hablando, lo menos amable que encontramos en el mundo; y, finalmente, no la amamos, en los demás y en nosotros, más que en la medida en que está ya colmada por alguna perfección: sólo bajo esta condición pueden seducirnos los seres, y podemos seducirnos nosotros mismos.

Pero Dios puede amarnos como seres que hay que colmar y comunicarnos este privilegio de su amor, que no nos es en absoluto natural. Entonces, hay que tener la mirada locamente fija sobre su amor para presentir que nuestra miseria es amable y aceptar desplegarla delante de Él para ofrecérsela (como se desbrida una llaga delante de un médico), incluso buscar la dimensión más profunda de esta miseria, porque es en esta zona donde Él nos da cita y nos espera. Cuando le hayamos encontrado, habremos hallado al mismo tiempo su misericordia, porque es ahí donde se oculta, y no en otro sitio (Molinié, El coraje de tener miedo, 69-70).

Esta locura de la pobreza evangélica no se trata de un alarde de pobreza material que puede convertirse en una riqueza:

Sin embargo no se trata de volver a la miseria infrahumana contra la que, al contrario, la pobreza razonable nos pide luchar. A los que me refiero tienen demasiado miedo de vanagloriarse secretamente de una miseria buscada como una especie de récord como para tomar la mínima iniciativa personal (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)33.

Estamos en la entraña del mensaje de santa Teresa del Niño Jesús:

«Me queda todavía mucho por conseguir», decía una novicia. «Decid más bien por perder», respondía Teresa. Tenemos siempre demasiado equipaje para atravesar la puerta estrecha, estamos demasiado hinchados, tratamos de subir, de elevarnos, de crecer, cortando así infaliblemente la muy sutil y suave comunicación que no puede establecerse más que entre el Ser y la nada […]

«¡Cómo quisiera ofrecer a Dios tu delicadeza!»‑decía otra novicia‑. «Agradécele no tener delicadeza», respondía Teresa, encauzándola así incansablemente en el diálogo que no se establece entre el Amor y el Amor, sino entre el Amor y el no-Amor.

«Mis deseos de martirio no son nada ‑explicaba ella a sor María del Sagrado Corazón‑.No son ellos los que me dan la confianza ilimitada que siento en mi corazón. Son, a decir verdad, las riquezas espirituales las que nos hacen injustas cuando descansamos en ellas con complacencia y creemos que son algo grande…

Sí, Jesús ha dicho: “¡Padre mío, aleja de mí este cáliz!” Hermana querida, ¿cómo podéis decir después de esto que mis deseos son el distintivo de mi amor? ¡Ah! Yo siento bien que no es eso en absoluto lo que agrada a Dios en mi pequeña alma. Lo que le agrada es el verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia… He aquí mi único tesoro, madrina querida; ¿por qué este tesoro no podría ser el vuestro?…»34

De este modo nos descubre Teresa el extraño secreto que nos enseña el arte de encontrar nuestra miseria, como si fuera una perla preciosa difícil de hallar y digna de la búsqueda más apasionada (Molinié, El coraje de tener miedo, 67-68).

Por eso podemos concluir:

La locura de la pobreza toca de este modo el espíritu de infancia que, dice Benedicto XV, «consiste en aplicar a la vida espiritual la espontaneidad que los niños aplican a la vida natural» (Molinié, El coraje de tener miedo, 79).

Evidentemente esta pobreza tiene consecuencias concretas, materiales y espirituales:

  • -La alegría y la dependencia:

La aplicación de esta actitud celeste a la vida de aquí abajo consiste en alegrarse de tener necesidad de Dios… y, por consiguiente, de tener necesidad de los demás para todo lo que recibimos: no de los que están a nuestro servicio, sino de los que no lo están, que no dependen de nosotros y que no nos deben nada. No es fácil que guste eso. Muchas personas muy austeras e incluso generosas tienen un instinto salvaje que les empuja a no gustarles: prefieren privarse a mendigar; así creen practicar la pobreza… cuando es lo contrario (Molinié, El coraje de tener miedo, 75-76).

  • -Huir de la eficacia y aceptar la gratuidad:

Hay que tener, pues, el coraje, a pesar de los riesgos que conlleva, de proclamar frente al mundo que no servimos para nada, que no tenemos derecho a nada, que gastamos fuerzas en pura pérdida, que trabajamos como niños que juegan… y que eso constituye nuestra alegría (Molinié, El coraje de tener miedo, 77).

  • -Vivir de la Providencia y saber dar:

Lo que va formalmente contra el espíritu de pobreza, no es, pues, el gastar demasiado o el querer las cosas bonitas y el lujo (eso no es recomendable, pero constituye más bien una falta contra la templanza), sino el atesorar, el acumular, el hacer provisiones, el tomar precauciones con vistas al porvenir (Molinié, El coraje de tener miedo, 77).

· · ·

Todo eso es una falta de delicadeza y una falta contra la pobreza, porque es negarse a depender de la Providencia. La pobreza exige también una cierta liberalidad. Hay que saber dar, y, por consiguiente, privarse de ciertas cosas cuya posesión o uso son, sin embargo, legítimos. Privarse de ello, no por proeza, sino por despreocupación y para liberarse (Molinié, El coraje de tener miedo, 77).

  • -También saber depender de Dios en la vida espiritual y no acumular bienes espirituales:

También en el orden espiritual deseamos acumular provisiones, cosa que es igualmente un pecado contra la pobreza. «¿Qué haré en tal circunstancia, ante tal prueba?» Preocuparse por el futuro es pecar contra la pobreza (Molinié, El coraje de tener miedo, 78).

La locura de la obediencia evangélica

Como las demás locuras evangélicas, la obediencia surge de una fascinación por el amor de Dios y no parte de una iniciativa propia, pero quizá lleva más allá la locura de la entrega a Dios:

La locura de la obediencia es sólo la locura del amor percibido precisamente como una locura, como una disolución en el Otro donde ya no tenemos ninguna voluntad propia, ninguna iniciativa, ninguna vida posible fuera de la referencia al Otro […] Pero una vez más, ésta no es una locura a la que llegamos por nosotros mismos; es una invitación divina a dejarnos poseer más allá del cuerpo, del corazón, de los bienes más preciosos y de la vida; dejarnos poseer en lo que tenemos más íntimo e inalienable: la libertad (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)35.

Dejamos para el final esta locura de la obediencia porque constituye la garantía de las otras dos, ya que nos coloca en la vivencia evangélica verdadera que nos defiende del orgullo de creer que podemos atribuirnos nuestra castidad o pobreza como si fuera un tesoro o un logro personal y, a la vez, nos ayuda a no caer en el subjetivismo de convertirnos a nosotros mismos en el criterio moral de nuestra propia vida y de la voluntad de Dios:

La locura de la obediencia tiene, en primer lugar, la ventaja de proteger las otras dos locuras de todo iluminismo y de todo orgullo […]

Se puede tener ilusiones sobre el espíritu de pobreza o de castidad, pero no sobre la obediencia. Para ser perfectamente fiel a los dos primeros consejos, es necesario una lucidez sobrenatural extraordinaria. La obediencia proclama el absoluto que proponemos, porque queremos cantar que no somos nada, rehusamos tener voluntad propia (Molinié, El coraje de tener miedo, 80-81).

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Los que pretenden dispensarse de la obediencia en nombre del amor no comprenden el amor: los consejos evangélicos son los rostros de la locura del amor, insustituibles para expresar su altura, anchura y profundidad. Si los perdemos de vista, estamos en grave peligro de ceder a los engaños del enemigo. Ángela de Foligno decía: «Desconfío del amor, y sobre todo del amor de Dios». Necesitamos la valla de la castidad, de la pobreza y de la obediencia, única garantía -si no absoluta, por lo menos muy seria- de que el amor tal y como lo deseamos, lo ansiamos y lo vivimos, no es peligroso porque es verdadero (Molinié, Prisioneros del infinito, capítulo V)36.

Evidentemente la obediencia supone la renuncia a la propia voluntad para aceptar la voluntad de Dios como el único absoluto de nuestra vida. Pero para que esta renuncia pueda hacerse efectiva necesitamos a alguien al que prestarle una obediencia que es signo e instrumento de nuestra obediencia a Dios; lo cual es ciertamente una locura que tiene mucho que ver con la locura del amor:

Es necesario, evidentemente, que otro encarne para nosotros la voluntad de Dios. Es fácil desde que se ha comprendido que toda autoridad legítima viene de Dios. Debemos abrir los ojos para verificar que la autoridad se ejerce dentro del dominio donde es legítima y viene de Dios. Pero, una vez verificado este punto, debemos obedecer ciegamente, si queremos poner en ello la locura del amor (Molinié, El coraje de tener miedo, 81).

Pero no debemos olvidar que esta obediencia a alguien concreto comienza por aceptar entregar la voluntad a alguien concreto que es Jesucristo y a la Iglesia en la que se hace presente:

La locura de la obediencia nos lleva hacia un hombre ‑el único gurú verdadero y el único staretz de todos los tiempos‑, y hace falta precisamente la experiencia de esta locura para comprenderlo […] Y es también un hecho que la Iglesia continúa a Jesucristo, mantiene su presencia sobre la tierra, y ofrece ‑a los que el Espíritu lleva hacia Jesús para vivir la obediencia‑ la posibilidad de hacerlo: startsy en los orientales, votos solemnes en los latinos; rostros diferentes de esta misma locura (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)37.

En este sentido es muy importante no confundir la obediencia con otras realidades a las que aplicamos la obediencia y que, sin embargo no tienen nada que ver con ella:

La obediencia no debe dar a los superiores una importancia que de ninguna manera tienen en cuanto hombres. No se trata en modo alguno de agradar a los superiores, sino simplemente de obedecerlos. Cierto que debemos amarlos, porque son nuestros hermanos, e incluso tener piedad de ellos, piedad de su carga abrumadora, pero no es a ellos a quienes hay que obedecer, y nosotros no debemos buscar agradarlos a ellos al obedecer, sino a Dios solo […]

Una gran parte de nuestros esfuerzos por la virtud vienen del deseo de que se formen de nosotros una buena opinión… o, al menos, no demasiado mala. Eso, en parte, es legítimo, pero si la mayor parte de nuestro edificio se construye sobre ello, es una verdadera lástima. […] Aun cuando se ha dado todo, no se ha perdido la reputación: somos todavía considerados. Hay que estar dispuestos a dar eso también; en cierto sentido hay incluso que desearlo, ya que no podemos dar nada más profundo a Dios […]

Si conseguimos alegrarnos de haber perdido eventualmente la reputación, seremos totalmente libres… y Dios desea para nosotros esta libertad interior (Molinié, El coraje de tener miedo, 82-83).

Esta locura de la obediencia no tiene nada que ver con el espíritu gregario que se deja llevar por la mayoría:

No hay que ser como borregos que se dejan llevar ciegamente por lo que se dice y se hace… No se trata de oponerse a ello sistemáticamente, pero hay que desconfiar del espíritu gregario […] No esperemos demasiado de la vida de grupo, como si fuese la panacea universal. Lo único que de él recibimos de cierto es la ocasión de practicar nuestra caridad amando la miseria de nuestros hermanos… y recibiendo a veces bastonazos o, por lo menos, brochazos. Si esperamos de la vida común lo que sólo Dios puede darnos, no lo encontraremos (Molinié, El coraje de tener miedo, 83-84).

Ciertamente que se trata de una obediencia más allá de lo razonable; pero precisamente por eso es una locura que, en definitiva, basa su confianza en el mismo Jesús:

Así Teresa de Ávila podía alegrarse de ver a sus hijas dispuestas a arrojarse a un pozo a su orden. Los teólogos modernos pueden hablar con condescendencia de esta ingenuidad «estropeada»: no tenemos el derecho de cometer un pecado (un suicidio por ejemplo) por obediencia. Teresa de Ávila lo sabía bien, y por eso no habría dado nunca una orden parecida… Pero eso no quiere decir que ellas hubieran dudado en obedecer a ciegas, ni Teresa de Ávila habría dudado de alegrarse. Sus hijas amaban a Jesús, sencillamente: le amaban hasta la locura, lo suficiente como para realizar el sacrificio de Abrahán en ellas o en las otras, si él se lo hubiera pedido. Sabían bien que no tenemos el derecho de pecar por obediencia, pero tenían suficiente confianza en Jesús (y ahí estaba su locura, la que las elevaba por encima de los que se arrastran y de los teólogos) como para saber que él no les pediría un pecado, que podían volverse a él con los ojos cerrados, que él les pediría sólo la sencillez de la paloma asumiendo sobre él la prudencia de la serpiente.

Y creían que la Iglesia es Jesucristo… a condición de utilizarla correctamente […] Pero si es realmente la locura de Dios la que nos anima, no podemos tener miedo de obedecer demasiado, por otra parte tampoco tenemos que temer desobedecer aparentemente, como Juana de Arco. Esta locura se encarga de todo y sabe bien, como Pablo, de quién se ha fiado (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15. Los subrayados son del autor)38.

La locura de la renuncia

Hay una locura evangélica básica que abarca estas tres y que en cierta manera la supera: la locura de la renuncia:

La locura de la renuncia resume y condensa en ella las tres locuras de que acabamos de hablar (Molinié, El coraje de tener miedo, 86).

Es la consecuencia natural de entrar en la dinámica evangélica de perderlo todo para ganarlo todo:

Difícilmente comprendemos que esta locura es para nosotros la única manera de entrar en posesión de los dones de Dios, y sobre todo del don de Dios. Sin embargo, es ineluctable (Molinié, El coraje de tener miedo, 86).

Se trata de aceptar pasar por el vértigo de lanzarse al vacío y esperar ser acogido, perderse para ganarlo todo, morir para vivir, aceptar perder pie en lugar de seguir braceando en el océano:

En la renuncia, puede decirse que se está entre cielo y tierra. El gusano de seda de que habla Teresa de Ávila es todavía un gusano, pero Dios le propone no ser nada, ni siquiera un gusano: única actitud capaz de soportar la metamorfosis. En el momento en que él ya no será verdaderamente nada, ni gusano, ni mariposa, tendrá lugar la irrupción de la gloria en la oscuridad de la fe: la prueba será vencida y la suavidad la superará.

En el momento en que el pájaro se arroja al vacío para su primer vuelo, no vuela aún, pero tampoco se apoya sobre la tierra. Luego la prueba es superada, la nueva vida está ya ahí, antes incluso del primer batir de alas; la prueba tiene lugar sobre el tejado, en el instante preciso de la decisión, donde no se sabe nada de lo que será el vuelo, se sabe solamente que no habrá más tejado (Molinié, El coraje de tener miedo, 86-87).

Y es locura porque no comporta renunciar a las cosas malas (eso forma parte de la sabiduría obligatoria), sino a cosas buenas o necesarias, incluso del Bien mayor, para poder ganarlo todo:

Eso puede ayudarnos a comprender el sentido profundo de la moral evangélica, tan maltratada por los puritanos y sus contestatarios. Dios nos pide separarnos con vigor de las cosas malas, de los venenos susceptibles de matar la vida divina o de causarle anemia («Si tu ojo te escandaliza…»). Pero no se trata de renuncia, se trata de higiene: con respecto al mal, el Evangelio no nos ofrece más que higiene, como la medicina con respecto a los microbios.

Dios nos pide la renuncia al bien, especialmente a los más grandes bienes, muy especialmente al Bien por excelencia, la perla preciosa que, no obstante, quiere darnos… hasta el punto de haber entregado a su Hijo a la muerte con este único fin. Pues no por sadismo, narcisismo o celos mezquinos nos pide Dios la renuncia, sino, al contrario, porque es la única actitud que permite recibir el don de Dios: no sólo recibirlo dignamente, sino simplemente recibirlo (Molinié, El coraje de tener miedo, 87).

Se trata sencillamente de aprender a recibir y para eso, además de tener las manos vacías, es necesario abandonar el deseo insaciable que tenemos de dominio:

Hay, en efecto, incompatibilidad absoluta entre el movimiento de recibir y el movimiento de apoderarse, y la renuncia recae precisamente, no sobre el bien apetecido, sino sobre la pretensión de apoderarnos de él, por poco que sea: recibir no es menos activo que tomar, pero es una actividad de distinto orden y, a los ojos de la impaciencia humana, se parece fastidiosamente a la pasividad.

Una actitud semejante no se da sin una renuncia radical a toda idea de conquista, a toda exigencia (a cualquier título que sea)… Algunos lo comprenden, pero no lo consiguen todavía (Molinié, El coraje de tener miedo, 87).

¡Que se respete esta locura!

Cuando hablamos de locura, aunque sea evangélica, siempre vamos a encontrar la oposición de la prudencia y los razonamientos de los que no han percibido la locura del amor de Dios y la fuerza para responderle con una locura digna de él. Evidentemente esto no es para todos, no es algo obligatorio…, ni siquiera es razonable, ni discutible; y, mucho menos, necesita ser entendido o aprobado por los que no pueden -o no quieren- responder a esa invitación. Los que desean vivir esa locura no pueden pretender ser entendidos, pero si deben pedir que, al menos, se les respete:

Hay que predicar el amor razonable y totalitario de Dios; a veces hay que proponer la locura, pero insistiendo siempre en la libertad absoluta con la que se dirige esta invitación. Y precisamente por esto hay que ser categórico y no hacer concesiones en cuanto a la radicalidad de esta locura: es facultativa, eso basta; que no se le pida ser sabia, que no se la juzgue y no se la mida según los criterios de la sabiduría humana. Dicho de otra manera, si no se la comprende, que al menos se la respete; y que se deje tranquilamente ser locos a los que quieren serlo. Si es facultativo escuchar esta locura, no es facultativo honrarla: y es por sí mismo un pecado contra el Espíritu Santo oponerse a ella, volver a ponerla en tela de juicio o intentar volverla sosa en nombre de la sabiduría humana.

La palabra de Jesús se dirige sobre todo a los que han oído su llamada: Sois la sal de la tierra… tened cuidado, os lo suplico, no dejéis que los que no comprenden nada la vuelvan sosa en vosotros (Molinié, Cartas a sus amigos, nº 15)39.

¿Esta locura es posible para los laicos?

Después de todo este recorrido queda claro que la locura evangélica que relacionamos con los consejos evangélicos parte de una iniciativa de Dios que pueden captar y seguir todos los cristianos, por tanto también los que viven en el mundo: los laicos también pueden vivir los consejos evangélicos.

La dificultad para vivir esto estriba en que los religiosos tienen establecida una forma concreta de vivir los consejos, con todos los medios y la formación que precisan, mientras que los laicos carecen de esos medios porque hasta ahora no se ha solido tener muy en cuenta esta posibilidad; y, además, porque la vida laical es enormemente diversa en posibilidades y situaciones. Pero, a la vez que esta diversidad supone una dificultad, constituye una gran riqueza porque permite vivir la radicalidad evangélica en infinidad de situaciones nuevas y porque exige una fidelidad personal mayor a la respuesta al amor desmedido de Dios; una respuesta que, impulsada por el Espíritu, toma como norma última la locura evangélica.

Antes de intentar dar pistas concretas de cómo puede vivirse la locura evangélica relacionada con los consejos evangélicos parece necesario establecer algunos criterios:

Los votos religiosos no son el criterio de los consejos evangélicos para los laicos

El objeto de los consejos evangélicos está incluido de cierta manera en toda perfección cristiana, y en este sentido el «ideal» de los religiosos coincide con el «ideal» de la vida cristiana pura y simple. Considerando las cosas desde otro punto de vista, se puede decir: en la línea de la pobreza, de la castidad y de la obediencia, hay grados de intensidad que deben ser realizados en toda vida cristiana perfecta. Estos grados de intensidad no son propios de la vida religiosa, sino que pertenecen a la vida cristiana en general. En la vida religiosa, estos elementos comunes deben realizarse solamente en una modalidad especial, es decir, por los votos con la vida común, modalidad especial que da realmente a la vida estable y exterior, según los consejos, la excelente función de que hemos hablado anteriormente. Puesto que esta modalidad especial es propia únicamente de la vida religiosa y que ésta no debe ciertamente ser la regla de los otros estados de vida cristiana, la forma que revisten los consejos evangélicos en la vida religiosa no puede ser la norma de la perfección cristiana pura y simple (Truhlar)40.

A la vez que hay que subrayar que el ideal de perfección es el mismo para los laicos que para los religiosos y que hay grados (los de la locura evangélica), que son para todos los que buscan la santidad, hemos de tener muy en cuenta que la estructuración de los consejos en la vida religiosa no es la norma, ni el criterio, ni la plantilla en la que hay que plantear esta locura opcional para los laicos.

Esta mentalidad generalizada durante muchos siglos sólo contempla la santidad laical como fruto de una cierta adaptación de la vida religiosa o monástica a los laicos, o, por el contrario, una reducción de la vida religiosa que la haga compatible con las exigencias de la vida en el mundo.

Esto supone una gran dificultad para poder ofrecer atractivamente los consejos evangélicos a los laicos que sienten la llamada a la radicalidad evangélica. Además, cualquiera de estas acomodaciones dificulta la inserción plena del cristiano en el mundo e impide satisfacer esa llamada que muchos sienten a abrazar el Evangelio en su plenitud. Por lo tanto, no queda más remedio que buscar un camino totalmente nuevo, radical y que encaje en la vida laical.

Por su naturaleza laical, los consejos tendrán que ser personales y no institucionales

El laico que busca la santidad debe responder a la locura del amor de Dios con la locura de su entrega personal, para la cual no va a encontrar una forma de vida preestablecida a la que incorporarse, institucionalizada en unos votos que le indiquen el modo de vivir los consejos.

Sin embargo no puede renunciar a la necesidad de vivir la pobreza, la castidad y la obediencia, porque forman parte de la llamada personal que le ha dirigido el Señor y a la que debe responder de una forma radical en su vida concreta.

Este llamamiento obliga al laico a buscar un camino que le permita vivir los consejos sin separarse de su vida secular. Lo que exige de dicho camino que reúna los siguientes requisitos:

a) Tiene que encajar en su vida laical concreta (aunque requiera renuncias y sacrificios, a veces heroicos).

b) A la vez, debe ser realmente una vida radical y evangélica. No se trata de poner unos pocos (o muchos) elementos piadosos en la vida cotidiana.

c) No puede preestablecerse ni imponerse desde fuera, sino que debe ser la expresión de la moción interna del Espíritu.

d) Precisa de un esfuerzo constante de discernimiento, y de la ayuda imprescindible de un director espiritual para que ese discernimiento no caiga en el subjetivismo.

Debe tener una base firme en la sabiduría obligatoria y en el sentir de la Iglesia

Como vamos viendo, la gran ventaja que posee el que es llamado a la vida religiosa es que tiene muy claro el esquema, los medios y el ambiente en los que debe responder a la llamada del Señor a la radicalidad evangélica. Por el contrario, la falta de medios que tiene el laico que quiere responder sinceramente a la santidad le puede hacer caer en el subjetivismo, el iluminismo o cualquier forma de engaño que dificulte o impida su respuesta personal a la llamada del Señor.

El que es llamado a abrazar la locura evangélica tiene que estar especialmente atento a vivir primero con radicalidad los preceptos y la sabiduría evangélica obligatoria para todos. La fidelidad a esta sabiduría es para él de especial ayuda porque supone un marco objetivo y una prueba de la autenticidad de su forma de abrazar la locura evangélica. Si no se vive esa base fundamental (más amplia de lo que parece, como hemos visto) no puede darse una vivencia radical auténtica del Evangelio. El que no abraza la fidelidad en lo obligatorio no puede emprender con garantías la aventura de un seguimiento extraordinario del Señor.

En este mismo sentido, el laico que emprende este camino tiene que estar especialmente atento al sentir de la Iglesia y a la forma de entender la radicalidad evangélica que se expresa en el Magisterio de la Iglesia, en la liturgia y en la vida de los santos. Ahí es donde debe buscar las referencias necesarias para autentificar su forma concreta de vida evangélica radical. Eso supone un alto grado de humildad y docilidad a la hora de responder a la llamada ineludible del Señor.

Una santidad bautismal y eucarística

El laico que busca la santidad tiene que emplear los cauces objetivos de gracia que Dios le ofrece. Y tiene que ser muy consciente de la gracia bautismal que lo consagra a Dios, le da todo lo necesario para poder dar esa respuesta generosa al Señor y le hace santo. El que quiere vivir esa radicalidad necesita de forma absoluta la Eucaristía como modelo y alimento de la entrega plena al Señor y de comunión con él.

El punto de partida: el anhelo ineludible de entrega plena al Señor

El laico que quiera vivir los consejos evangélicos como respuesta al amor del Señor tiene que partir de lo que constituye el fundamento de la santidad cristiana, para buscar luego cómo aplicarlo a su vida secular. Sería un grave error aceptar unas normas concretas (menos aún si son generales) y luego intentar fundamentarlas evangélicamente. Para concretar una vida de santidad laical propia, el contemplativo secular debe cimentar su vida primero en la renuncia y la entrega que están en la base de la locura evangélica y, a partir de ahí, deberá buscar la esencia de la pobreza, castidad y obediencia, vividas con la intensidad propia de la locura evangélica, para luego concretarlas en la vida laical propia.

Garantizar la autenticidad de la renuncia

Quizá el verdadero paso de lo obligatorio a lo opcional consiste en aceptar el vértigo de perderlo todo para ganarlo todo. El alma debe rendirse a la invasión del amor y aceptar esa locura y, en consecuencia, olvidarse de un seguimiento del Señor en el ámbito de lo normal, lo razonable y lo posible. A partir de ahí podrá emprender la tarea del discernimiento y la lucha para ponerlo en práctica, con el consuelo de saber que la batalla fundamental está decidida.

Sin esa renuncia verdadera sólo alcanzaremos, como mucho, una pobreza que no nos haga demasiado pobres, una castidad en la que reservemos una parte de nuestro corazón y una obediencia que no nos obligue a renunciar demasiado a nuestra voluntad.

Por lo tanto, es necesario garantizar y mantener la actitud evangélica de la renuncia.

Y una de las concreciones de esta renuncia consiste en aceptar, de una vez para siempre, algunos criterios evangélicos; aunque, lógicamente, luego cueste tiempo y esfuerzo ajustar a dichos criterios la propia actuación. Eso supone:

  • -Rechazar como criterio suficiente de actuación y discernimiento que algo sea «bueno». Desde luego que el que busca una entrega plena al Señor no puede aceptar el pecado o la infidelidad, pero tampoco puede abrazar cualquier opción por el hecho de ser buena sin discernir cuál es la voluntad concreta de Dios acerca de ello. De no hacerlo así volverá al nivel de la norma obligatoria o del mínimo aceptable.
  • -Prescindir de la costumbre personal y del ambiente general ‑incluso eclesial‑ como criterio o límite de la renuncia que se debe realizar.
  • -No permitir que una cierta generosidad, que tiene su origen en nuestra iniciativa, sustituya y elimine el acto de entrega por el que dejamos la iniciativa al Señor para que él pueda ofrecernos y pedirnos lo que quiera.
  • -Aceptar la necesidad de un discernimiento permanente de la voluntad de Dios y renunciar a esquemas prefijados, por exigentes que sean, o por válidos que hayan sido para los demás o para nosotros mismos, de modo que nada predetermine lo que Dios pueda pedir.
  • -Ejercitar de forma consciente la docilidad y la confianza que permite ponerlo todo en manos de Dios para que él tome lo que quiera. Es lo que resume muy bien la célebre oración de Carlos de Foucauld:

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea, te doy gracias.
Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mí,
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te entrego mi alma,
te la doy con todo el amor
de que soy capaz,
porque te amo.
Y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.

La locura de la castidad en las diversas situaciones de los laicos

Al igual que los monjes, los religiosos y consagrados, también los laicos pueden descubrir que Dios les ama con el amor celoso con el que los quiere sólo para él. El niño, el joven y el anciano; el trabajador, el empresario y el jubilado; el soltero, el casado y el viudo pueden vivir su vida en el mundo y las diversas etapas y situaciones de su vida con la conciencia de ser tan valiosos para Dios que quiere llenarlos plenamente de su amor y, en consecuencia, no quiere que llenen su corazón con otro amor; sabiendo que Dios no está dispuesto a perderlos ni a compartir con nada el centro de su corazón. Y esa llamada a una entrega plena del corazón al Dios que nos ama con todo su corazón no lleva necesariamente a la vida religiosa, aunque sea una entrega imprescindible para el consagrado. Es una gracia que puede recibir el laico como fruto de un amor especial de Dios, que le ofrece la certeza de que quiere que corresponda plenamente a ese amor con la entrega total de una vida que tiene que desarrollarse en el mundo y al que debe santificar.

Es evidente que esta locura de la castidad, también en la vida laical, sólo se entiende como una respuesta. Y su primera exigencia es no cerrar nunca las puertas a la invasión de ese amor esponsal que Dios le ofrece al alma. La castidad necesita mantener siempre en el corazón ese amor «especial» de Dios, y tiene que fundamentarse en la contemplación de dicho amor. Por tanto, la castidad encuentra como primera obligación «no olvidar» las maravillas de ese amor excepcional, inmerecido e incomprensible que recibe de Dios. En consecuencia, lejos de un «no hacer» determinadas cosas, lo que exige la respuesta a este amor de Dios es la contemplación de ese amor; por lo que, tampoco para los laicos, hay castidad sin contemplación del Amor que lleva al amor.

Sin esta percepción del amor desmedido de Dios, que mueve a una entrega también sin medida, la castidad evangélica se reducirá a una serie de prohibiciones y renuncias que no pueden culminar en la entrega absoluta del corazón.

Para entenderlo bien hemos de partir de la base de que no se puede vivir la locura de la castidad si no se vive la sabiduría obligatoria de la castidad, que lleva a eliminar toda infidelidad matrimonial y todo deseo y mirada impuros; y luego, tenemos que descubrir que la castidad evangélica va más allá de la sexualidad y abarca toda la afectividad humana, que no sólo pide la pureza del cuerpo, sino especialmente la del corazón.

El que quiera vivir esta locura tiene que buscar vivir sólo para el Señor. Y aunque parezca más difícil para el casado, que para el soltero o el viudo, eso no significa que en cada situación no haya un trabajo concreto para entregarle a Dios todo el corazón. El casado tiene que encontrar el modo de que el verdadero amor a su esposa no impida su respuesta de amor al Dios celoso; pero para el soltero o viudo no resulta ni mucho menos fácil alcanzar esta castidad, como si la única condición en su caso fuera ser fiel al sexto mandamiento. En ninguno de estos tres casos, el que abraza la castidad ama menos; pero en todos ellos, el que acepta esta locura evangélica sabe que sólo Dios puede llenar su corazón y que, por mucho que ame a los demás, incluidos hijos o esposo, su corazón sólo es de Dios.

Una forma básica de abrazar esta castidad evangélica consiste en luchar contra la grave tentación de creer que somos indiferentes para Dios y que, por tanto, a él no le importan nuestros sufrimientos, nuestros actos o nuestra respuesta a su amor. Vivir la castidad es aceptar el peso de un amor abrumador de Dios que, lejos de rechazar, tenemos que dejar que inunde nuestra vida hasta hacernos perder pie. Todo lo que nos saque de esta locura y nos permita una forma razonable y controlable de amar a Dios, va contra esta castidad evangélica.

Para lograrla hemos de aceptar una permanente custodia del corazón; no para tenerlo cerrado, sino para dárselo sinceramente a Dios. Y esto supone reconocer que en el centro de nuestro corazón existe una intimidad y un silencio que sólo le pertenecen a él. Evidentemente, la vida en el mundo hace que esta búsqueda de silencio e intimidad sea más difícil, aunque por eso mismo también es más necesaria y más valiosa. El que quiera responder al amor celoso de Dios no puede dejar que su vida se derrame sin control en el exterior y que el ruido en el que vive inunde el silencio necesario para que Dios habite en él.

Un elemento esencial de esta locura evangélica, que tiene que ver más con el corazón que con el cuerpo, es el cuidado de nuestro tesoro interior, impidiendo su exhibición a cualquiera para lograr la aprobación de los demás o por cualquier otra causa. El que vive fuera de la clausura monacal tiene que aprender a vivir en el mundo el ocultamiento necesario para encontrar a Dios en lo escondido, y necesita alcanzar el equilibrio y los medios que le permitan vivir en el mundo una sincera vida de amor, trabajo y apostolado; y, a la vez, convertir todo eso en una fuente permanente de intimidad con Dios. Es cierto que a veces hay que abrir el corazón para dar testimonio de ese tesoro, pero sólo cuando Dios lo pide, no cuando buscamos comprensión o compensaciones humanas.

Del mismo modo, la castidad supone huir de toda curiosidad y manipulación de los demás, respetando su alma y su corazón lo mismo que respetamos su cuerpo, para que así nuestro corazón sólo busque a Dios. De nuevo hay que encontrar el equilibrio entre este respeto y la caridad y el apostolado tal como se vive en el mundo, pero huyendo de cualquier forma de dependencia o de posesión de los demás ‑incluidos los más cercanos‑, que desmienten que nuestro corazón es para Dios y busca sólo a Dios.

En el caso de los esposos, esto no supone que deban de renunciar al matrimonio, ni que deban vivirlo menos apasionadamente y tengan que ofrecerle al Señor una abstinencia periódica y voluntaria de las relaciones sexuales. Lo fundamental es que sean conscientes de que el matrimonio es sacramento y signo de una entrega mayor y definitiva ‑la de Cristo a la Iglesia‑, y eso lo lleven a la práctica viviendo el matrimonio como gracia por la que los esposos, en su entrega mutua, se entregan plenamente a Dios como última referencia de su vida.

Así pues, el reto del matrimonio cristiano consiste en abrirse a la locura de dejarse invadir por el amor de Dios, reconociendo que todos los cristianos, célibes y casados, tienen la misma meta, que consiste en la plenitud de la comunión con Dios, la transformación en Cristo y la glorificación; eso sólo se alcanza dejándose consumir por el fuego devorador que es Dios, que purifica y transforma totalmente la vida. La gracia del llamamiento al matrimonio cristiano, vivido plenamente, coloca ya a la persona en el camino de la locura de la castidad, y le ofrece la luz para descubrir el matrimonio en su verdad y belleza; algo que va más allá de la entrega esponsal, de la ayuda mutua y de la educación de los hijos, porque tiene una meta que transciende a uno mismo y apunta a otro matrimonio, pleno y definitivo, que es el matrimonio con Dios. Esto no quita nada de intensidad a la vida matrimonial y familiar, sino que la potencia al darle una motivación, una fuerza, un sentido y un criterio divinos que permiten buscar el verdadero bien del otro por encima de uno mismo y que incluye, desde luego, buscar que el otro encuentre la comunión plena con Dios. Es cierto que esto relativiza el matrimonio, pero no porque lo minusvalore, sino porque le ofrece un absoluto que va más allá de las metas humanas, legítimas y necesarias, del matrimonio; y ese absoluto no es otro que el mismo Dios.

Esta búsqueda de la meta última del matrimonio da a la relación esponsal su verdadero carácter sacramental por el que convierte al matrimonio en signo del desposorio de Cristo con su Iglesia y, por tanto, con cada uno de los que la forman: lo que significa que la unión conyugal que une íntimamente a los esposos actualiza el amor esponsal de Cristo con cada uno de ellos. Esto supone una dimensión extraordinaria del matrimonio cuyo fruto se ve excepcionalmente potenciado por la relación esponsal de cada uno de sus miembros con Cristo.

La castidad matrimonial así entendida no puede caer en el egoísmo que con frecuencia enmascara el amor conyugal porque mueve a cada uno de los esposos a una entrega plena a Dios, que les da la fuerza necesaria para entregarse a su cónyuge con generosidad y en verdad. Es cierto que esta castidad elimina una forma de pasión, quizá legítima, pero teñida de egoísmo, que puede impedir ver en Dios la meta última de la unión matrimonial.

Al llegar aquí no podemos eludir la percepción que habitualmente se ha tenido de que para alcanzar la comunión con Dios el camino del matrimonio es más largo. La realidad, sin embargo, es que para aquel al que Dios llama al matrimonio, ése es el único camino para llegar a la santidad y será largo o corto sólo en la medida de su generosidad41, igual que sucede al que es llamado a la vida religiosa. Sólo hay que abrir los ojos para constatar que esta visión de la vida matrimonial resulta extraña a la mayoría de los matrimonios, incluso de aquellos que aceptan el matrimonio único, fiel y abierto a la vida, lo que ya supone una locura para el mundo, pero que no deja de estar en los límites de la sabiduría obligatoria propuesta en el Evangelio.

Merece la pena hacer mención de dos situaciones, que se dan fuera de la vida matrimonial, pero que no son excepcionales en la vida laical:

  • -Los viudos y viudas. Los que pierden a su cónyuge después de una vida matrimonial han de mantener, lógicamente, una castidad obligatoria, salvo que inicien un nuevo matrimonio (cf. 1Co 7,8-9; 1Tim 5,3-14). Su misma situación les abre la posibilidad de una nueva forma de entrega plena al Señor, tanto si vienen de un matrimonio orientado a las cimas de la santidad, como si han vivido una vida matrimonial recortada que al finalizar se convierte en la ocasión de escuchar una llamada del Señor a la unión plena con él. A ejemplo de Ana, los viudos pueden formar parte de los pobres de Yahvé que esperan y sirven al Señor y se preparan para el encuentro definitivo con él (Lc 2,36-38).
  • -Los solteros por necesidad. Como fruto de la fe hemos de reconocer que existe ciertamente una predilección del Señor por las personas que no han podido acceder al matrimonio por diversas circunstancias42 con el consiguiente sufrimiento que ello comporta. Su situación, aunque humanamente pueda ser desconcertante o dolorosa, les permite vivir en el mundo como forma de recibir en su estado la llamada a un amor más pleno al Señor.
  • -Los solteros por elección. En otro sentido, también puede darse una llamada a la virginidad en el mundo, que tiene como motivación y meta, desde un principio, la entrega al Señor sin salir del mundo, porque Dios les ofrece un trabajo o una misión apostólica en la que encajan su entrega plena al Señor en la virginidad y la vida laical. Esa locura, que el mundo no entiende, tiene que ver también, como en el caso de los religiosos, con los que abrazan la castidad por el reino de Dios (Mt 19,12).

A veces, Dios llama a la castidad en circunstancias especiales, en las que la locura de la castidad viene a responder a circunstancias humanamente muy difíciles de asumir.

  • -Piénsese en el esposo o esposa abandonado injustamente y que, si descubre la seducción de Dios, tiene la posibilidad de pasar de una castidad obligada en el plano del precepto a una castidad evangélica que le da a su situación un sentido nuevo en una nueva forma de relación con Dios.
  • -También el Señor puede llamar a convertir en castidad evangélica un matrimonio en el que el otro cónyuge no vive o incluso dificulta la fe. Abrazar el reto de pagar el precio de mantener la fe y la entrega a Dios, la fidelidad y el amor al esposo y la tarea de ser testigo de la fe en ese ambiente, precisa abrazar una forma especial de castidad matrimonial, cuyo fruto vemos en santa Mónica.
  • -¿No puede el Señor salir al encuentro de la miseria humana y manifestar su fuerza en nuestra debilidad (2Co 12,9) llamando a ir más allá de la mera abstinencia a los que, por diversas situaciones y deficiencias, no pueden abrazar la vida matrimonial?

Después de haber desgranado todas esas posibilidades hemos de insistir en que aunque el mundo, y a veces los cristianos, no entienda esta locura y la pueda interpretar burdamente, hay que concederles a los que perciben esta llamada el derecho a vivir una intensidad de amor que se hace necesaria para ellos por la percepción de la locura del amor de Dios.

La locura de la pobreza en la vida laical

Un primer paso, que no hay que dar nunca por supuesto, es el descubrimiento del amor loco que Dios nos tiene, de la riqueza infinita que es Dios, que él es lo único que justifica la locura de venderlo todo para tenerle a él (cf. Mt 13,44).

Por lo tanto, una primera exigencia para fundamentar la locura de la pobreza evangélica es «permanecer» en esa visión del amor desmedido de Dios. Especialmente en el caso del laico, que no suele tener muchas ayudas que le recuerden ese amor y que normalmente vive con un ritmo y en un ambiente que le sacan de dicho amor. Por eso, el que quiera vivir de forma realista la pobreza evangélica debe saber que necesita alimentar la percepción del amor desbordante de Dios para que sus renuncias no se conviertan en duras, tristes y limitadas. Además el laico tiene que mantener esa visión con menos medios y ayudas, pero acepta que precisamente esa dificultad forma parte de la «pobreza» del que se entrega a Dios en el mundo.

La percepción de este amor de Dios, que ama nuestra pobreza y busca nuestra miseria, nos permite buscar nuestra pobreza más radical, que es la que tenemos que ofrecer al Señor porque es la que nos hace realmente menesterosos ante Dios y ante los demás. Para ello hay que acometer la tarea de reconocer y aceptar lo que constituye nuestra miseria para realizar el acto de pobreza fundamental que consiste en ofrecer a Dios esa carencia, limitación o deficiencia, del tipo que sea (cultural, familiar, laboral, económica, psicológica, espiritual, moral…). ¿De qué nos serviría un acto heroico de pobreza si no aceptamos lo que nos hace realmente pobres?

Una consecuencia concreta de esta pobreza radical es el abandono de toda justificación y compensación que nos haga disimular la pobreza ante nosotros mismos y ante los demás. A partir de aquí, evidentemente, esa pobreza radical tiene que manifestarse en renuncias y pobrezas concretas.

Un primer paso, insuficiente pero necesario, consiste en tener muy en cuenta la sabiduría evangélica de la pobreza obligatoria para todos. No tiene sentido plantearse en un aspecto concreto la locura de la pobreza opcional cuando nos falta en general la necesaria austeridad, generosidad y justicia. Sabiendo, además, que la vida en el mundo puede convertir en heroico el mantener esa sabiduría obligatoria, especialmente para los laicos que se mueven en el ambiente laboral, económico y político.

Otro paso, necesario, consiste en dejarnos despojar por los demás y por las circunstancias negativas de la vida. La vida en el mundo, en sus diversos ambientes, desde los ascensos laborales a la cola del mercado, ofrece multitud de posibilidades para elegir el último lugar y permitir que nos despojen de lo que es nuestro. Para el mundo se trata de una locura inaceptable, pero ofrece al que vive en el mundo una infinidad de ocasiones en las que dejarse empobrecer sin necesidad de dejarlo todo e ir a un monasterio. Para él, la disponibilidad y la humildad le ponen en camino de una pobreza verdaderamente heroica.

Para algunos, la pobreza material, como sucede con la espiritual, no es cuestión de buscar, sino de aceptar. No se trata tanto de discernimiento de la renuncia como de aceptar esa situación que puede ser económica, pero también familiar o de salud, que nos hace pobres. Ésa es la ocasión para entrar en la pobreza evangélica, con tal de que aceptemos con amor y alegría lo que para la mayoría es inaceptable; es algo que no se puede pedir, pero sí se puede aprovechar para dar el salto a la comunión con Cristo pobre.

Para otros, la pobreza supone la aceptación del desprendimiento de los bienes materiales a los que se está apegado y el ejercicio real de renunciar a ellos.

Finalmente, los que, por su situación, no pueden renunciar a los bienes materiales, tendrán que aceptar vivir el difícil equilibrio que supone salvar la pobreza teniendo que hacerla compatible con unos medios económicos o una situación social materialmente opuesta.

Por ejemplo, unos viven la pobreza heroica distribuyendo su riqueza generosa y discretamente; otros se obligan a una administración socialmente responsable de unos bienes de los que podrían (y les gustaría) desprenderse; y otros renuncian a todo y se dedican a servir a los pobres o a vivir entre ellos. Laicos como san Isidro labrador, aceptaron la pobreza del duro trabajo y supieron unir la austeridad a la generosidad con los más pobres; otros la vivieron como santa Isabel de Hungría, que a la muerte de su marido abrazó la pobreza y se entregó a servir a los pobres; y otros lo hicieron como el empresario argentino Enrique Shaw, en proceso de beatificación, que demostró que es posible el bien común y el beneficio del trabajo para todos.

Es claro que el que quiera vivir la locura de la pobreza en el mundo necesita una serie de medios materiales que exige la vida en el mundo. De hecho, para el laico el uso del dinero o de los bienes no es una concesión a la mediocridad que le separa de la verdadera pobreza, sino que debe ordenar esos medios para su vocación a la santidad en el mundo. No necesita, como los monjes, desprenderse de todos los bienes, sino discernir las renuncias que Dios le pide en su situación y llevarlas a cabo con generosidad, renunciando a facilidades, comodidades y compensaciones a las que tiene derecho y que, en cierta medida, son justas e incluso necesarias. El único límite de esa generosidad estaría en no desprenderse de aquello que necesita para cumplir su vocación personal, familiar o laboral; buscando los desprendimientos de aquello que le permite vivir cómodamente su vocación.

Evidentemente para el que vive en el mundo la pobreza supone un equilibrio entre el anhelo de desprendimiento absoluto y las exigencias materiales de su vocación secular. Se trata de un equilibrio muy distinto del compromiso imposible de intentar compaginar los valores evangélicos y los propios apegos y posesiones.

Un terreno en el que se puede vivir la pobreza evangélica con gran intensidad es el de la renuncia a las seguridades y a la eficacia. Con la ayuda del discernimiento, el que quiera ser pobre tendrá que descubrir esas seguridades que no son Dios y hacer el acto de locura evangélica de prescindir de ellas, viviendo de forma real la confianza en la Providencia. El que vive en el mundo tiene que encontrar ese terreno en el que darse a fondo, renunciando a una eficacia controlable: en el trabajo, en la familia, en las relaciones con los demás, en el apostolado…

Una forma posible de vivir la pobreza evangélica en el mundo es aceptar depender de los demás y tener que pedir, con sencillez, lo que necesitamos. Más allá de la austeridad de la renuncia a lo superfluo y del orgullo de no necesitar nada, está la humildad del que acepta pedir y depender, y lo hace con la alegría de saber que eso le hace humilde y pequeño. El que rechaza pedir y depender no puede vivir la locura de la pobreza evangélica.

Finalmente hay que reseñar la importancia que tiene la permanente vigilancia para evitar convertir nuestra pobreza en una riqueza que podamos esgrimir ante Dios y ante los demás.

La locura de la obediencia evangélica accesible a los laicos

La obediencia, como sello de los otros «consejos», precisa más aún de la fascinación por el amor de Dios que hace experimentar la necesidad de una entrega plena. Esta obediencia lleva a la máxima locura evangélica porque no se conforma con entregar los bienes o el cuerpo, la propia miseria o los afectos, sino que ofrece la propia libertad como expresión de la plena entrega personal. Se trata de una locura que sólo se puede aceptar como respuesta a una invitación, como la consecuencia de un amor que atrae irresistiblemente, como una necesidad de entrega al que se ha entregado por nosotros. Sin eso, caeríamos en una obediencia parcial, formal o triste, que no serviría como expresión y cauce de la respuesta de amor pleno del que ha percibido el amor pleno de Dios.

Estamos, ante todo y en cualquier caso, ante una forma especial de obediencia a Dios que excluye todo regateo o discusión con él, como vemos en Abrahán o en María; aceptando que Dios nos saque de nuestros planes y nos proponga lo que es imposible para nosotros pero es posible para él (cf. Lc 1,37). Esta forma de obediencia acepta que Dios nos haga perder las seguridades y nos lleve a una forma de fe y confianza que se apoya sólo en él. Por eso, esta fe es incomprensible e inaceptable para el mundo, pero es «seguridad» para el que cree (Cf. Hb 11,1).

El que abraza esta locura renuncia a intentar encerrar a Dios en sus planes, en sus miedos, en sus capacidades, en su historia previa y, desde luego, en los mínimos de los mandamientos.

Para todo cristiano, pero especialmente para el que vive la existencia cambiante y sorprendente del mundo, la obediencia implica una actitud de permanente búsqueda de la voluntad de Dios en todos los acontecimientos y personas que se encuentra y que le hacen preguntarse sin descanso qué es lo que Dios quiere de él, sabiendo que la paz sólo se halla en el cumplimiento de su voluntad. Para el seglar que necesita vivir esta locura de la fidelidad plena a la voluntad de Dios se hacen especialmente necesarios todos los medios de discernimiento y de búsqueda de la voluntad de Dios, como son el examen de conciencia, la dirección espiritual, la lectio divina, el discernimiento personal, etc.; sin caer en la reducción de la locura de la obediencia a un uso mecánico de estos medios.

El laico no depende directamente de un superior religioso al que obedecer, por eso no tiene otro medio de ejercitar la obediencia que hacerlo en la forma de la que venimos hablando, que se convierte así en garantía de la calidad evangélica de su respuesta desmedida de castidad y pobreza.

Dado lo delicado del discernimiento de la voluntad de Dios en el terreno de la locura opcional es muy fácil caer en el autoengaño que nos permite buscar nuestra voluntad bajo capa de obediencia. Eso nos obliga a garantizar la sinceridad y autenticidad de las opciones que debemos tomar más allá de la sabiduría necesaria, que es fácil de conocer, para entrar en la locura del amor.

Por eso, aunque el seglar no tenga un voto de obediencia, busca obedecer al sentir de la Iglesia y al Espíritu Santo que le muestra la voluntad de Dios a través de personas y acontecimientos, ya sean positivos o negativos. Esto es especialmente importante para el laico que acepta vivir la radicalidad evangélica con lo que tiene de locura que lo lleva mucho más allá de lo humanamente comprensible.

Además de la obediencia como garantía de la locura evangélica, el seglar llamado a un seguimiento especial del Señor siente la necesidad de renunciar a su voluntad y entregarla a otro como signo ‑opcional y desmedido‑ de que se la entrega a Dios. La ausencia de un superior le hará tener una sed mayor de buscar ámbitos legítimos en los que ejercer esa obediencia renunciando a su voluntad: en la familia, en el trabajo, en la vida social y eclesial. Aunque, evidentemente, debe conocer bien el límite de esa obediencia y saber cuándo hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, buscará personas y ámbitos en los que pueda renunciar al propio juicio, aunque sea razonable u opinable.

A pesar de no someterse a obediencias espectaculares, el que vive en el mundo tiene la oportunidad cotidiana de aprender la renuncia a la propia voluntad a través de la infinidad de situaciones que obstaculizan sus planes o le hacen aceptar tareas o situaciones que no desea, desde el atasco en el tráfico hasta las complicaciones burocráticas.

Tanto en el ámbito de la aceptación de la voluntad de otras personas en los diferentes ámbitos de la vida como en la aceptación de sus vicisitudes, es necesario que haya una entrega consciente y explícita de la propia voluntad a Dios, al que reconoce encarnado en esas personas y circunstancias. Sin eso, reducimos una oportunidad de obediencia, heroica por su frecuencia, a un espíritu de conformismo y pusilanimidad.

Notemos que esta necesidad de obedecer es contraria a la obstinación en los propios planes e ideas, también en lo religioso. Y, aunque aparentemente esa obstinación no se refiera directamente a Dios o al ámbito espiritual, esta obediencia evangélica es incompatible con la terquedad a la hora de defender nuestras ideas y opiniones y con la falta de flexibilidad para cambiar nuestros planteamientos o decisiones en todos los terrenos. La obediencia opcional necesita ir de la mano de la mansedumbre y de la docilidad.

Pero, a la vez, también necesita que esa mansedumbre sea auténtica y, por tanto, el seglar ‑aunque no sólo él‑ debe tener mucho cuidado de que su supuesta mansedumbre no sea una forma de buscar agradar a los demás; no vaya a ser que, bajo capa de docilidad, se esté dejando llevar por la corriente del mundo. El que es realmente obediente a Dios sabe combinar perfectamente la docilidad y la firmeza, porque no se trata de encontrar un equilibrio imposible entre Dios y el mundo, sino que en toda ocasión sabe renunciar a la propia voluntad y buscar apasionadamente la voluntad de Dios, cuando tiene que ceder a opciones legítimas y aún mejores que las que se le proponen y cuando hay que mantenerse firme para obedecer a Dios ante la incomprensión o el rechazo de los demás.

La consagración de los laicos

Woman’s Hands Extended — Image by © J. James/zefa/Corbis

Aunque tendemos a identificar la vida consagrada con la vida religiosa y con los votos, no debemos olvidar que la consagración es propia de todo cristiano.

La consagración no es más que todo nuestro ser, alma y cuerpo, consumido por el fuego de la Zarza ardiente, que es el fuego del amor que Jesús ha venido a traer a la tierra. Los que no presienten la locura del amor de Cristo reciben estas expresiones como metáforas: no comprenden que el fuego del amor es mucho más real y ardiente que todos los fuegos que conocemos. Lo propio del fuego es reducir a cenizas todo lo que toca: será pues lo propio del amor reducir nuestro cuerpo a cenizas… y, como decía san Francisco de Asís: «Nuestra hermana ceniza es casta». No hay otra castidad seria, cristiana y real que la castidad de un cuerpo reducido a cenizas por la gloria.

En estas condiciones, no hay que sorprenderse de que los pecadores (y las pecadoras), no digo que vuelven a encontrar su virginidad en el cielo, sino que encuentran una virginidad desconocida sobre la tierra. En resumidas cuentas, en este mundo no conocemos más que el germen de la virginidad, como sólo conocemos el germen de la gloria que se llama gracia. Del mismo modo, nosotros no estamos realmente consagrados por las diferentes consagraciones de la tierra, que también son sólo el germen y el signo de la consagración eterna y total del alma y del cuerpo. Cuando resucitemos con Cristo en la gloria, sólo entonces seremos totalmente sacralizados o sacrificados, es decir divinizados. Nuestra presencia en la mesa divina esta prometida, no sólo como convidados, sino más aún como comida: el fuego divino debe devorarnos un día, en el sentido físico y riguroso de esta palabra, y este acontecimiento será a la vez nuestro holocausto, nuestra asunción, nuestra felicidad… y nuestra virginidad.

El bautismo es el germen y el signo de este acontecimiento que la Eucaristía realiza un poco más cada día, hasta que el alma sea consumida totalmente en este mundo (al menos eso es lo que Dios desea); y el cuerpo, a su vez, sea consumido cuando sea vencido el último enemigo, es decir, la muerte. Cuando un alma comprende estas cosas y se siente llamada a consentir en ello y a colaborar con todas sus fuerzas en ese proceso, decimos que se consagra interiormente, lo que es casi un abuso de lenguaje: porque el alma no se consagra ella misma, consiente en ser consagrada, es decir sacrificada (Molinié; Cartas a sus amigos, nº 4. La cursiva es del autor)43.

Por el bautismo somos dedicados a Dios, configurados con Cristo y recibimos la unción del Espíritu que nos hace participar del sacerdocio, el profetismo y la realeza del Señor. Toda vida cristiana, en cualquier vocación, es el desarrollo de esa consagración bautismal, aceptando de forma existencial lo que de forma germinal, pero auténtica y eficaz, hemos recibido en el bautismo. La voluntad de Dios es que aceptemos, lo más plenamente posible en este mundo, el fuego devorador y la fuerza transformante que nos consagra ya en este mundo y nos empuja con fuerza hacia nuestra consagración, plena y definitiva, en el cielo, donde seremos completamente transformados y glorificados por Dios.

También forma parte del plan de Dios que haya laicos que, descubriendo el amor extraordinario de Dios y la llamada a la santidad, quieran colaborar de forma consciente en el desarrollo de la consagración recibida por Dios, aceptar la purificación y transformación que los va consagrando en este mundo. Así su consagración en el cielo tendrá la plenitud que Dios desea. Éste es el sentido de la consagración del seglar que avanza en la vida cristiana a través del mundo; una consagración muy distinta a la del religioso, pero que, igual que a éste, le permite vivir plenamente el seguimiento de Cristo que le propone el Evangelio.

Esa necesidad de consagración surge espontáneamente del anhelo de abrazar de forma consciente y explícita la vida evangélica en el nivel de las locuras que le son propias, y hacer suyos con toda consciencia, seriedad y de forma explícita la pobreza, la castidad y la obediencia, que están plenamente a su alcance en la vida del mundo.

El hecho de que esta consagración no tenga una estructuración jurídica y pública no le quita sinceridad ni intensidad a esta entrega plena, que lleva a la total docilidad a la consagración que quiere realizar el Señor en todos los fieles. Muy al contrario, la falta de formulación canónica obliga al laico a vivir en la permanente tensión de consagración que va mucho más allá de la recitación de cualquier oración o fórmula de consagración por piadosamente que se haga.

El hecho de que esta consagración laical esté poco explorada teóricamente y que sean pocos los que la abracen en la práctica no significa que se trate de algo excepcional o extraño en el plan de Dios para todos sus hijos que viven en el mundo.

Después de estas reflexiones nos remitimos a lo que viene expresado en este sentido en los Fundamentos para la vida contemplativa en el mundo, que desarrollan este tema en el capítulo 7.


NOTAS

  1. Definición de la 23ª edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
  2. J. de Guibert, Leçons de théologle spirituelle, I, Toulouse 1946, 172, citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, en Varios autores, Los laicos y la vida cristiana perfecta, Barcelona 1965 (Herder), 162-163.
  3. M.-D. Molinié, El combate de Jacob. ¿Podemos vivir con Dios? ¿Podemos vivir sin Dios?, Madrid 2011 (San Pablo).
  4. M.-D. Molinié, Adoration ou désespoir. Une catéchèse pour les jeunes… et les autres, Chambray 1989 (C.L.D.), 46.
  5. M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, Paris 1994 (Saint-Paul), 72.
  6. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), 1, 74.
  7. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 260.
  8. Citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 179-180.
  9. Citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 180.
  10. F. Tillmann, Die Idee der Nachfolge Christi (Handbuch der katholischen Sittenlehre III), Düsseldorf, 1934 p. 202, citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 181, n. 45.
  11. K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 189.
  12. B. Häring, art. Evangelische Räte, II. Moraltheologisch, en Lex. f. Theol. u. Kirche, 2ª ed., t. III, col. 1247, citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 181, n. 45.
  13. K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 163.
  14. G. Thils, Sainteté chrétienne, Tielt 1958, p. 294-295, citado por K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 163-164.
  15. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 272.
  16. «Debo explicarme sobre este punto. No son razonables en su secreto: el espíritu de infancia vulnerable al amor, cuya espontaneidad supera la razón. Pero son razonables en su modo y sus aplicaciones: pues lo que las mide es la importancia más o menos grande del peligro que corremos» (M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 262).
  17. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 260-262.
  18. J. de Guibert, Theologia spiritualis, n. 81, citado en K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 165.
  19. K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 165.
  20. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 265.
  21. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 265-267.
  22. Santo Tomás de Aquino, Contra retrahentes, cap. 6.
  23. K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 168-169.
  24. Se ve claramente la diferencia con una pobreza opcional que va más allá y que no se le exige a todo el mundo como la que el Señor le pide al joven rico: Mt 19,20: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego ven y sígueme». Lo mismo sucede con la generosidad de la viuda de Mc 12,41-42, que es alabada por el Señor, pero no se presenta como obligatoria para todos.
  25. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 269.
  26. Es la misma enseñanza de la parábola sobre el perdón y la misericordia de Mt 18,21-35, que termina diciendo: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
  27. Como lo muestra, por ejemplo, la formulación de Lc 6,20-26.
  28. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 266.
  29. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 266-267.
  30. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 267-268.
  31. Véase en la página «Cómo responder a la invitación del amor trinitario», el apartado «Lo que Dios no puede hacer y sólo podemos hacer nosotros».
  32. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 268.
  33. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 268-269.
  34. Carta 197.
  35. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 269.
  36. M.-D. Molinié, Prissonniers de l’infini, Paris 1977 (Du Cerf), 57-58.
  37. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 270-271.
  38. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 271-272.
  39. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 272-273.
  40. K. V. Truhlar, S. I., Laicos y consejos, 183.
  41. Véase lo dicho en el comentario a Molinié, Cartas a sus amigos, 4, realizado en La santidad matrimonial.
  42. «Es preciso recordar asimismo a un gran número de personas que permanecen solteras a causa de las concretas condiciones en que deben vivir, a menudo sin haberlo querido ellas mismas. Estas personas se encuentran particularmente cercanas al corazón de Jesús; y, por ello, merecen afecto y solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores. Muchas de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar» (Catecismo de la Iglesia Católica 1658).
  43. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis, 1, 69-71.