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Introducción
La mentalidad del mundo nos lleva a valorar a las personas y a las cosas por su utilidad, de modo que también apreciamos las diferentes vocaciones en la Iglesia por medio de lo que pueden o no pueden realizar en función de una eficacia comprobable humanamente. Eso nos lleva a construir la casa por el tejado y a fijarnos primero en la misión -más bien en las tareas- y no en la llamada de Dios con todos sus matices y en el nuevo ser que Dios regala al que llama. Sería un grave error por nuestra parte -aunque aparezca con frecuencia- construir la identidad de contemplativos en el mundo desde las tareas que debemos asumir: oración, intercesión, adoración, apostolado contemplativo… y olvidarnos del ser que fundamenta la vida y la misión del contemplativo. Este desenfoque tiene una consecuencia letal para la respuesta a la vocación porque nos permite elegir entre las posibles tareas aquellas que nos parecen más adecuadas a nuestras circunstancias o a nuestra manera de ser, como el que elige entre los platos de un menú. Acabamos teniendo la impresión de que somos nosotros los que elegimos ser contemplativos porque asumimos esas tareas, y que tenemos la iniciativa para realizarlas del modo que nos parezca más adecuado.
Necesitamos dejar de lado todos esos planteamientos y redescubrir que la vida contemplativa es un don, un regalo, que afecta en primer lugar al ser, un nuevo ser que se nos regala, y un nuevo ser que no definimos ni modelamos a nuestro antojo. Con ese ser se nos dan todas las capacidades para una forma de vida concreta que podemos aceptar o no, pero que no podemos conseguir, ni inventar ni manipular según nos convenga.
Como en las demás vocaciones, también en la vida contemplativa la iniciativa es de Dios. De modo que debemos comenzar por tomarnos muy en serio las palabras del Señor:
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca (Jn 15,16).
No somos nosotros los que hemos decidido, y mucho menos merecido, el don de la vida contemplativa, que nos une especialmente a Jesucristo. Hemos de hacernos conscientes de haber experimentado una elección gratuita por parte del Señor, motivada solamente por su amor, no por ningún mérito nuestro. De este modo podemos descubrir que nuestra vocación encaja perfectamente en la forma en que Dios manifiesta siempre su amor, tomando la iniciativa: «Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero» (1Jn 4,19).
La autenticidad de nuestra respuesta al amor de Dios no depende en absoluto de nuestra iniciativa, sino de la capacidad de ver con los ojos del corazón la riqueza de los dones del Señor, de captar su llamada, y de abrazar la llamada y los dones con la generosidad que nace del agradecimiento del que sabe que es amado y llamado gratis. Nuestra vida, nuestra misión, nuestras tareas deben ser siempre «respuesta» a la llamada y al don de Dios. Esta respuesta necesaria no elimina la libertad de responder, pero nos sitúa en el lugar de la muchacha pobre y humilde que es amada e invitada a una relación de amor por el Rey que quiere ser su esposo (cf. Ez 16,3-13).
Podemos aprovechar este retiro para contemplar a Dios que nos ofrece la vida contemplativa y disponernos a acogerla tal como es, con la mayor fidelidad y disponibilidad posibles.
Un don inmerecido que hay que acoger

Una primera consecuencia de todo esto es que la vida contemplativa no es algo que podamos fabricar a nuestro antojo, sino una vida que nos es dada. Como seducción de Dios, es un don inmerecido ante el que no cabe otra actitud que la receptividad. Y esta gracia no puede traducirse en una existencia mediocre, sino excepcional, que viene marcada por la propia vocación contemplativa, que es una llamada de Dios y no algo que uno decide arbitrariamente, como si se tratara de un hobby o un entretenimiento. Es Dios quien nos escoge para que seamos contemplativos. Y uno puede negarse a su seducción, pero al altísimo precio del fracaso de la propia vida interior. Por lo tanto, no estamos ante un tipo de vida que haya que conquistar, sino ante un modo de ser que hay que dejar que aflore desde lo más interior, allí donde Dios sembró, por el bautismo, la semilla de un amor infinito (Fundamentos, V.1. El fundamento del ser del contemplativo secular, p. 100-101).
En el ambiente de silencio y oración propio de un retiro tenemos la oportunidad de recordar y revivir el don inmerecido de la vocación contemplativa y reconocer el regalo del ser que hace posible esa vida totalmente distinta. Ante la gracia inmensa de la llamada a la santidad y a la unión con Dios, que va unida a la otra gracia que hace posible esa transformación y esa unión, debemos dejar que aflore en nosotros de forma natural el agradecimiento y la conciencia que no merecemos ese don de ningún modo.
En consonancia con el agradecimiento que aflora al reconocer este don tenemos que ir detectando y desterrando de nuestro corazón y de nuestra mente todo lo que pueda haber de apropiación de nuestra vocación o de los dones de Dios; de este modo podemos llevar a cabo el plan de Dios para cada uno de nosotros manteniendo a la vez la humildad agradecida del que es portador de una joya que no le pertenece. Necesitamos ir eliminando de nuestro corazón cualquier idea de mérito o de superioridad, que pueda oscurecer la realidad de nuestra pobreza, enriquecida con la llamada a la vida contemplativa. Debemos aplicar a nuestra vida con sinceridad la realidad de que Dios elige a lo pequeño y a lo débil:
Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto (Dt 7,7-8).
Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así ‑como está escrito‑: el que se gloríe, que se gloríe en el Señor (1Co 1,27-31).
Una vez descubierto el gran don que Dios nos ofrece debemos disponernos a hacer lo único que está a nuestro alcance: acogerlo. Ciertamente si alguien no acoge este regalo de la vida contemplativa es porque no es capaz de valorarlo en lo que vale, pero tampoco lo valora adecuadamente el que retrasa acogerlo o lo hace con tristeza o a medias, como si le estuviéramos dando algo a Dios en vez de recibir un gran don que él nos hace.
Otra consecuencia de la conciencia de haber recibido un regalo tan inmerecido y tan fuera del alcance de nuestras fuerzas, es que no tenemos derecho a manipularlo a nuestro antojo. Lo que uno decide y paga lo puede elegir a su gusto. Lo que se nos regala, especialmente cuando es un don tan desbordante, no podemos más que acogerlo tal como es, sin recortarlo ni aguarlo. Porque esa manipulación sería un desprecio y un desperdicio de la gracia de la vocación, más propio del niño caprichoso que del pobre enriquecido inmerecidamente. Este retiro es un buen momento para reconocer con sinceridad los recortes y manipulaciones que hacemos de lo que supone realmente la vida contemplativa: recorte consciente, exageración de lo que nos gusta o nos conviene, rechazo de lo que nos cuesta, presunción de lo que hacemos, ocultación de las omisiones… Ante el Señor debemos desprendernos de miedos y apegos y disponernos a acoger la vida contemplativa tal como Dios la tiene pensada para cada uno de nosotros.
Pero sobre todo este tiempo de silencio y oración es una ocasión propicia para dejar que aflore la vida que hace posible la vocación que hemos recibido, conscientes de que es Dios el que inicia y lleva a término su obra.
Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús (Flp 1,6).
Por nuestra parte hay que unir la oración a la docilidad.
Por esto, oramos continuamente por vosotros, para que nuestro Dios os haga dignos de la vocación y con su poder lleve a término todo propósito de hacer el bien y la tarea de la fe (2Tes 1,11).
La verdadera conciencia del don extraordinario que recibimos con la vocación contemplativa debe llevarnos a una vida extraordinaria. Por eso, tan terrible como rechazar de plano la propuesta de Dios es vivirla como un añadido a nuestra vida ordinaria o a nuestra vida espiritual. Si la vocación y la gracia no se traducen en una intensa búsqueda de Dios, en respuesta apasionada a sus dones que abarca toda la existencia, es que, a pesar de lo que decimos, no somos conscientes de la gracia recibida; o, lo que es peor, hemos encontrado un modo elegante de rechazarla sin aceptar las terribles consecuencias de un desprecio directo del plan de Dios. Tenemos que acoger como palabra que Dios nos dirige directamente ahora a cada uno de nosotros lo que el apóstol san Pablo dice a los Efesios:
Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados (Ef 4,1).
El don de la vocación a la vida contemplativa tiene que llevarnos a vivir de una forma digna de ese regalo inmerecido que hemos recibido. No se trata de una vida espectacular para el mundo, pero sí de una vida extraordinaria que sólo Dios ve, pero que ciertamente él espera y conoce.
Debemos ser conscientes de que el Señor sabe ver y valorar nuestra entrega generosa y sin reservas a su llamada, aunque para el mundo pueda parecer insignificante o inútil, como la moneda de aquella viuda del Evangelio:
Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante. Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,41-44).
Como la vocación y el ser del contemplativo es un don que no se debe manipular, la medida de hasta dónde nos puede y nos quiere llevar Dios ‑la medida de nuestra vocación y de lo extraordinario de nuestra vida‑ no la deberíamos decidir nosotros, y mucho menos nuestros miedos y excusas. La medida verdadera de la vida contemplativa a la que Dios nos llama es la que corresponde a la gracia que él nos regala, la que se manifiesta en Jesucristo, la que se realiza en la Cruz, la que se nos da gratis. Conscientes de que, si la vocación y el desarrollo de la vocación dependiera de nuestras obras, no llegaríamos muy lejos.
Por tanto, hermanos santos, vosotros que compartís una vocación celeste, considerad al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús, fiel al que lo nombró (Heb 3,1-2).
Es la fidelidad del Señor la que nos hace capaces de una vocación que es del cielo, no de la tierra. Por lo tanto, nuestra tarea es dejar que actúe en nosotros la fidelidad del Señor.
Es el poder de Dios lo que lleva a término lo que él ha sembrado con la vocación que nos ha dado. Sólo el silencio que expresa nuestro amor hecho receptividad es lo que nos dispone a acoger la transformación interior que produce en nosotros una vida digna de esa vocación, de ese modo nos hacemos dóciles a la acción de su poder.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio (2Tm 1,9-10).
Si queremos acoger sin reservas el don de la vocación, necesitamos tener siempre ante los ojos el poder de Dios manifestado en la resurrección de Jesucristo.
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo (Ef 1,17-20).
Sugerencias para orar
Hago silencio en mi interior y pido la luz de la fe y la ayuda del Espíritu Santo para contemplar el don inmerecido de mi vocación y el nuevo ser que Dios me regala.
Dejo que brote en mí el agradecimiento por este don tan grande que Dios me da a mí, que soy pobre, pequeño y pecador.
Abro de par en par mi vida para acoger este don. Vacío de miedos y excusas mi corazón para que no se pierda nada de lo que Dios me quiere dar.
Puedo reconocer y recordar el momento concreto en que recibí esta gracia y este don inmerecido. En silencio y docilidad dejo que aflore en mí ese nuevo ser y permito que Dios vaya iluminando y transformando todo lo necesario para que surja la vida excepcional de unión con Dios y de santidad que él me ha regalado.
Si surgen miedos o resistencias, puedo contemplar el poder manifestado en la Cruz y en la Resurrección, que es el que me hará llegar hasta el final, con la única condición de creer en el don de Dios y dejarme transformar por la gracia.
Un don que se apoya en el bautismo
Es precisamente en el bautismo donde está el fundamento del ser del contemplativo. La vida contemplativa, don y llamada gratuita de Dios, no es un añadido a la vida cristiana, que se ofrece a unos pocos privilegiados, sino que tiene su origen y fundamento en el don común de todo cristiano, que es la gracia bautismal, que nos hizo pasar de la muerte a la vida, nos incorporó a Cristo, uniéndonos a su muerte y a su resurrección (cf. Rm 6,3-11; Col 2,12), nos dio el Espíritu Santo (1Co 12,13), y nos revistió de Cristo (Gal 3,27) (Fundamentos, V.1. El fundamento del ser del contemplativo secular, p. 101).
El ser del contemplativo no es algo extraño que convierta al que lo recibe en una persona rara, ajena a lo que viven la mayoría de los cristianos. El contemplativo es, ni más ni menos, un bautizado consciente del tesoro que ha recibido y que quiere llevar hasta las últimas consecuencias la transformación y la consagración que ha realizado el bautismo en él. La gracia de la vocación ilumina de forma luminosa y concreta en el que lo recibe lo que supone el bautismo para él, tal como nos ha sido revelado:
¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Pues si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado; porque quien muere ha quedado libre del pecado. Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6,3-11).
Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él, por la fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de los muertos (Col 2,12).
Rumiando las palabras del apóstol san Pablo podemos descubrir y gustar el don que hemos recibido en el bautismo y que no debemos ignorar: la incorporación al misterio pascual de Cristo, que supone la muerte del hombre viejo y la vida nueva en Cristo. Esta muerte y resurrección es lo que tenemos que hacer realidad respondiendo a la vocación de Dios a la vida contemplativa. El contemplativo quiere realizar de forma consciente y plena en el transcurso de esta vida este misterio de muerte y resurrección de Cristo, del que participamos por medio del bautismo, muriendo al hombre viejo esclavizado por el pecado y alejado de Dios, y reproduciendo en su vida la vida de Cristo.
En la oración podemos dedicarnos a reconocer la vida nueva sembrada en nosotros y pedir al Espíritu Santo que termine en nosotros su tarea. Para ello debemos pedir y permitir que el Espíritu destruya en nosotros el yo marcado por el pecado y que se desarrolle en nosotros el nuevo ser que recibimos en el bautismo, para que nos identifiquemos con Cristo y vivamos la vida de Cristo en nuestra vida. Hemos de recordar y gustar, rumiando la Palabra de Dios, que, por medio del bautismo, el Espíritu Santo nos transforma en Jesucristo.
Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu (1Co 12,13).
Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo (Gal 3,27).
Por el bautismo ‑el agua y el Espíritu‑ nacemos de nuevo, nacemos del Espíritu y podemos entrar en el reino de Dios.
Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu» (Jn 3,5-8).
Conscientes del nuevo nacimiento por medio del agua y el Espíritu, podemos invocar la acción del Espíritu Santo para que realice en nosotros su obra purificadora y transformadora de tal manera que al irnos transformando en Cristo llegue a plenitud en nuestra realidad existencial el nuevo ser que recibimos al comienzo de nuestra vida cristiana.
Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo (2Co 5,17).

Al unirnos a Cristo por medio del bautismo somos hechos criaturas nuevas, él lo hace todo nuevo en nosotros. La oración de confianza y abandono nos ayuda a adquirir la actitud de docilidad necesaria para permitir que Dios termine su obra en nosotros, que pase lo viejo y lo haga todo nuevo.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que el fruto del primer sacramento va mucho más allá del perdón de los pecados: El bautismo constituye el pórtico de la vida en el Espíritu (n. 1213) y la participación en la vida de la Santísima Trinidad (n. 265,1239); produce una verdadera transformación que hace del bautizado una criatura nueva, partícipe de la naturaleza divina, miembro de Cristo y templo del Espíritu (n. 1265); nos da un nuevo ser con todas las capacidades necesarias para una vida cristiana en plenitud porque nos une a Dios mediante la fe, la esperanza y el amor (n. 1266); hace que vivamos bajo la inspiración del Espíritu (n. 1266); y nos permite participar de la vida del Resucitado, convirtiéndonos en imitadores de Dios al conformar nuestros pensamientos, palabras y acciones con los sentimientos de Cristo, y hacernos seguir sus ejemplos (n. 1694). De este modo, somos capaces del culto y el testimonio cristianos mediante una vida santa (n. 1273), y podemos dar gloria a Dios y aspirar a la vida eterna porque en el bautismo se nos regala misericordiosamente la justicia (n. 1992). Y todo esto, que constituye la gracia bautismal, es un don que el cristiano tiene para siempre (n. 1272-1273) (Fundamentos, V.1. El fundamento del ser del contemplativo secular, p. 101).
Acudimos al Catecismo, no para aprender los frutos del bautismo con más precisión, sino para hacernos más conscientes, por medio de la oración, de lo que hemos recibido en él y para ir gustando en la presencia del Señor cada uno de estos regalos. Ser consciente de todos ellos debe significar en la práctica acogerlos y dejar que den fruto, tenerlos en cuenta para ampliar el horizonte de nuestra vida cristiana y emplearlos cuando las dificultades ‑externas o internas‑ nos muevan a recortar nuestra vida cristiana. Todo esto es lo que hemos recibido y lo que podemos vivir con la ayuda del mismo Espíritu Santo que actuó en nuestro bautismo.
Al conocer con los ojos de la fe el don del bautismo, en el silencio orante vamos alimentando la fe en la vida abundante que ya se nos ha dado y vamos eliminando miras y objetivos mediocres y recortados que no tienen que ver con el deseo del Señor, ni con el don del bautismo.
Reconocer y vivir la gracia bautismal con todas sus consecuencias nos conduce necesariamente a la santidad y a la vida contemplativa. En este don primero, común a todo cristiano y totalmente gratuito, se contiene y se exige la vida contemplativa. Ésta es la gracia fundamental que proporciona al contemplativo su verdadero ser. Y este ser es el que deja al descubierto la llamada personal de Dios a la vida contemplativa y el que Dios va desarrollando con su gracia y con nuestro consentimiento y acogida. Por consiguiente, podríamos decir que el contemplativo no es el cristiano con un añadido especial de intimidad con Dios y unión con Cristo, sino el «cristiano pleno», el que vive en su integridad la vida divina que ya ha recibido. Es alguien que ha descubierto en su ser de cristiano una llamada a vivir la vida de Cristo con toda radicalidad y acepta que Dios realice en él la obra de la gracia, que le lleva a ser lo que es: una nueva persona según «la nueva condición humana creada a imagen de Dios» (Ef 4,24) (Fundamentos, V.1. El fundamento del ser del contemplativo secular, p. 102).
Aunque la vocación contemplativa llama a nuestra puerta en un momento concreto de nuestra vida y nos presenta un modo nuevo y excepcional de vida cristiana, debemos volver nuestra mirada a lo que tenemos en común todos los cristianos para descubrir que todo lo que necesitamos para ser contemplativos ya lo habíamos recibido. Como contemplativos no debemos sentirnos raros o especiales, como si hubiéramos recibido un ser distinto a los demás cristianos.
En la oración debemos profundizar en lo que la gracia de la vocación a la unión plena con Dios nos descubrió: un ser nuevo, que ya estaba sembrado en nuestro interior por medio del bautismo, y que es el que debe crecer y desarrollarse en nosotros hasta llegar a plenitud. Miramos al Señor y no nos descubrimos llamados a algo «especial», sino a vivir en plenitud lo que él quiere para todos: la vida de Dios vivida de forma plena y abundante.
Es lo que el Señor nos anuncia, descalificando para siempre todas las metas mediocres o limitadas de vida cristiana:
Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante (Jn 10,10).
Es el Espíritu Santo, que recibimos en el bautismo, el que da testimonio de lo que somos y el que realiza la profunda transformación del ser que fundamenta la vida cristiana y la vida contemplativa.
Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él (Rm 8,9-17).
Conscientes del Espíritu que hemos recibido en el bautismo, debemos dejar que actúe en nosotros como él quiera. Como sugiere san Pablo: dando muerte al hombre viejo, liberándonos del pecado, haciendo que surja en nosotros la oración de Jesús al Padre, dejando que nos transforme en hijos de Dios. Porque la gracia de transformación recibida en el bautismo precisa que la acojamos plena y conscientemente y vayamos consintiendo paso a paso a que se haga realidad en nuestra existencia. Lo que caracteriza al contemplativo no es una gracia distinta, sino la docilidad a esa gracia para que termine de transformarlo y configurarlo como hijo de Dios a imagen de Jesucristo.
Dicho de otro modo: se trata de dejarnos revestir de Cristo. Lo que significa dejar que nos envuelva realmente la vestidura nueva que recibimos en el bautismo y todo lo que conlleva: el amor, las entrañas de misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia. De nuevo es el apóstol san Pablo el que nos lo explica:
Os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador, donde no hay griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo y libre, sino Cristo, que lo es todo, y en todos. Así pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta. Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo. Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él (Col 3,10-17).
El Espíritu que habita en nosotros gracias al nuevo nacimiento del bautismo convierte nuestro cuerpo en templo del Espíritu y hace posible que podamos glorificar a Dios con nuestro cuerpo y con lo que hacemos usando sus miembros para bien.
¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios? Y no os pertenecéis, pues habéis sido comprados a buen precio. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo! (1Co 6,19-20).
En definitiva, gracias al bautismo, somos nada menos que partícipes del ser de Dios, que es el amor infinito entre las tres divinas personas.
Pues su poder divino nos ha concedido todo lo que conduce a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento del que nos ha llamado con su propia gloria y potencia, con las cuales se nos han concedido las preciosas y sublimes promesas, para que, por medio de ellas, seáis partícipes de la naturaleza divina, escapando de la corrupción que reina en el mundo por la ambición (2Pe 1,3-4).
Sugerencias para orar
En el silencio de la oración pido la mirada de fe que me ayude a descubrir lo que soy gracias al bautismo. Ante la presencia del Padre voy contemplando, como el que abre un arcón lleno de regalos, todo lo que Dios me dio el día de mi bautismo.
Agradezco de corazón todo lo que el Señor me regaló para revestirme de Cristo, y le pido de todo corazón que la gracia del bautismo no quede frustrada en mí.
Consciente de que todos esos dones no se han desarrollado aún en mí, invoco al Espíritu Santo, para que, como agua viva, vaya haciendo crecer en mí el nuevo ser recibido y que, como fuego purificador y transformador a la vez, vaya consumiendo en mí todo lo que queda del hombre viejo sometido a la esclavitud del pecado y las pasiones, y vaya transformándome en Cristo, para que, gracias a su acción en mí, yo reproduzca su vida en la mía.
Con alegría y responsabilidad reconozco que Dios me ha dado el nuevo ser que me permite ser santo, cumpliendo su voluntad y agradándole en todo, como su Hijo, Jesucristo. Le pido humildemente que nunca me olvide de este nuevo ser que he recibido al nacer de nuevo; que con mi deseo y mi docilidad permita que se vaya desarrollando en mí el nuevo ser que se me ha regalado; que no descanse hasta que el nuevo nacimiento recibido en el bautismo llegue a la plenitud en el definitivo nacimiento a la vida divina que supone la unión con él en el cielo.















