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No hemos de perder nunca de vista que la gracia por la que Dios consagra al contemplativo y la respuesta de éste consagrándose a Dios no son el final, sino el inicio, de un proceso que debe desarrollarse a través de una transformación gradual y de una misión que se tiene que ir cumpliendo día a día. El contemplativo recorre este proceso apoyado siempre en la gracia bautismal, en la gracia de la consagración y en las nuevas gracias de crecimiento que recibe. De este modo, la vocación contemplativa se va desarrollando a través de los distintos pasos que configuran el proceso espiritual y constituyen los jalones de la consagración por la que la persona queda entregada totalmente a Dios y, a la vez, va desarrollando la capacidad de la eficacia ministerial de la misión que le es propia. Con ese fin, la vocación contemplativa comporta una especial gracia para descubrir este proceso de consagración y poder llegar hasta el final en él.

Las características fundamentales de la consagración contemplativa secular hacen referencia a la íntima unión de vida entre Dios y el creyente por medio del amor, de manera semejante, aunque más elevada, a la unión de amor que se da entre los esposos. Según la tradición bíblica1 y la espiritualidad de la Iglesia2, la unión esponsal del alma con Cristo es la meta a la que Dios nos llama, y su luz tiñe de matices entrañables la consagración del contemplativo, mientras lo prepara para el desposorio espiritual que sellará su amor esponsal.

Dicho de forma sencilla: Dios muestra su amor al ser humano, lo constituye en hijo suyo, lo llena de su presencia y de su amor, hace de él instrumento para la glorificación divina y cauce de gracia para los hombres, y lo va llevando, a través de la comunión de amor y de vida, a la más perfecta unión con Dios en un verdadero desposorio, que constituye la cima de la consagración mística, por la cual Dios y el hombre se funden en un amor que les hace uno y por el que se pertenecen mutuamente para siempre.

El mismo bautismo apunta ya a esa plena posesión; y la acción de Dios va realizando una auténtica consagración en sucesivas etapas. Quien es consciente de ello experimenta la necesidad de responder al torrente de gracias recibidas para ser cada día más verdadera y eficazmente todo y sólo de Dios.

Y el contemplativo secular se siente llamado con fuerza a recorrer todo el camino espiritual, para que esa vivencia esponsal de su relación con Cristo alcance su meta, que es el desposorio con él. Así, encuentra el modo pleno de vivir la consagración que Dios le concedió como punto de partida de su vocación y misión.

Veamos ahora los rasgos más importantes de este proceso esponsal, tal como los encontramos en la Biblia, que nos descubre la hondura y la riqueza de este modo de consagración esponsal. Lo primero que encontramos es que, al igual que la vocación contemplativa, el proceso de la consagración se inicia por la seducción de Dios, como lo expresa el profeta Jeremías: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jr 20,7)3; una seducción que manifiesta el anhelo que tiene Dios de suscitar en el alma un deseo apasionado que sintonice con el suyo y haga posible la obra de la transformación interior.

Esta transformación profunda que realiza Dios tiene mucho que ver con una relación de amor esponsal con Jesucristo. Los místicos nos hablarán del desposorio y del matrimonio espiritual, como manifestación de una comunión de amor tan estrecha entre Dios y la criatura que no existe entre ellos más que una sola voluntad, haciendo realidad la expresión del Cantar de los Cantares: «Mí amado es para mí y yo soy para mi amado» (Cant 6,3).

Se trata de una comunión transformadora que se puede realizar precisamente porque Dios no es una idea, sino un ser real y personal, con el que nos comunicamos y relacionamos. La encarnación del Verbo supone, de hecho, la entrada de Dios en la humanidad, con todas las consecuencias, como una verdadera unión esponsal con ella; por eso, hace posible que esa relación personal con nosotros tenga lugar en nuestra historia, en el aquí y ahora de nuestra vida.

Pero es la resurrección de Jesucristo la que nos permite entrar en una relación personal, viva y transformadora con el Hijo de Dios, que, como tal, es Dios y hombre, y está actualmente vivo y glorioso. Así pues, la experiencia que tienen los discípulos cuando descubren asombrados la presencia del Resucitado a su lado, es la misma experiencia a la que está llamado el creyente.

El amor real del Salvador le ha llevado a compartir nuestra cruz, a resucitar para hacernos partícipes de su vida gloriosa y a buscar la intimidad permanente con nosotros a través del Espíritu Santo que infunde en nuestros corazones. De aquí surge la seducción de Dios a la que aludíamos: «Me sedujiste, Señor»; una seducción que busca suscitar en nosotros la respuesta que ofrece el mismo Jeremías: «Me dejé seducir» (Jr 20,7). Respuesta que exige, en principio, creer que Dios quiere y puede realizar aquello que desea que nosotros seamos y hagamos; y, en segundo lugar, desearlo con todas nuestras fuerzas. Si no creemos en la posibilidad de esta transformación y no la deseamos fervientemente, nunca se podrá realizar. Esta fe y este deseo son los que abren la puerta a la gracia.

No es extraño que, al descubrir una declaración de amor de esta envergadura por parte de Dios, experimentemos un fuerte sentimiento de pobreza y la impotencia para responder adecuadamente. Sin embargo, todo aquello a lo que aspiramos en lo íntimo de nuestra alma ha sido puesto allí por Dios porque lo quiere realizar, incluso de manera extraordinaria.

En este sentido, Ez 16,1-63 nos ofrece una luz muy valiosa, porque nos describe la historia de Israel como la historia de amor de Dios con su pueblo como el amor del esposo por la esposa, capaz de superar todas las dificultades. Es un texto enormemente significativo para conocer el proceso de transformación que lleva desde la infidelidad al matrimonio: Dios realiza una clara transformación de alguien que no lo merece; no se enamora de la belleza de su pueblo, ni de su justicia o su santidad. Con lo que se encuentra es con el inmerecimiento, la falta de encanto y la infidelidad. Pero Dios tiene compasión de la niña que va a morir y que no ha recibido amor o compasión de nadie; y la hace crecer, y se entrega a ella, llenándola de dones y haciéndola su esposa.

Aquí vemos claramente que Dios se enamora primero y crea la belleza después. Es él quien hace todo: la elige, la toma como esposa y la transforma. El esposo (Dios) no se enamora de una reina rica y hermosa, sino de una miserable, a la que hace hermosa, la engalana con lo mejor que posee y la convierte en reina. Todo esto constituye un precioso signo de la vida en abundancia que Dios nos quiere dar, y refleja muy bien la vocación del contemplativo que vive en el mundo.

Éste revive en primera persona este desposorio, gratuito y extraordinario, al que Dios le llama; y reconoce que, al igual que Israel, no merece esa gracia, pero la necesita de manera absoluta. Dios lo elige para transformarlo: se enamora primero y lo transforma después, regalándole todo lo que necesita para que sea agradable a él. Dios, que quiere ser esposo, trata a sus elegidos como a esposas, convirtiéndolas en reinas y transfigurándolas con todo el lujo posible. Esto es manifestación del máximo engalanamiento que Dios nos ofrece, que no es otro que transformarnos en Cristo. Se trata de una gracia cuyo fin último es la comunión plena con el Señor, representada en la unión esponsal.

En la misma línea del texto de Ezequiel, encontramos el capítulo 2 de Oseas. Estamos ante un pasaje muy apropiado para la contemplación del amor misericordioso de Dios, puesto de relieve especialmente como un amor lleno de ternura hacia alguien que no merece ese amor y, además, lo ha rechazado. Especialmente significativos son los versículos 21-22 en los que alcanza su culmen el amor incondicional e inmerecido de Dios, y donde vemos el fruto de la transformación que su amor es capaz de realizar.

Me desposaré contigo para siempre,
me desposaré contigo
en justicia y en derecho,
en misericordia y en ternura,
me desposaré contigo en fidelidad
y conocerás al Señor.

Este texto es importante porque constituye el anuncio de un matrimonio en el que destaca el inmerecimiento de la esposa. No se trata de una boda cualquiera, sino de una muy especial, única, porque existe una enorme disparidad de cualidades y valores entre los dos contrayentes, y una absoluta falta de correspondencia al amor que se le ofrece a la esposa, que ha sido gravemente infiel. Y, a pesar de eso, se mantiene el llamamiento a una comunión de vida plena entre dos partes infinitamente desiguales, que llegan a igualarse por la acción de Dios. Por consiguiente, el mismo anuncio del desposorio constituye la proclamación de la transformación que hará posible un auténtico matrimonio, al que Dios no renuncia.

Viendo los detalles de este proceso, descubrimos cómo el Señor desposa al pueblo infiel que se ha ido tras otros dioses; y que está representado por la mujer adúltera, que se ha prostituido. Pero, asombrosamente, la que merece ser repudiada es transfigurada y desposada. Y así, en lugar del repudio que merece la infidelidad del pueblo-esposa, Dios va a realizar un nuevo matrimonio y una transformación maravillosa: «Me desposaré contigo para siempre» (Os 2,21).

La fórmula ritual «Te desposaré en…» expresa el desposorio previo al matrimonio, en el que el esposo aporta su dote. En este caso, el Señor proclama solemnemente que él va a aportar como dote para este matrimonio los dones necesarios para que la unión esponsal entre él y su pueblo sea permanente y estable. Se trata de unos dones que no son bienes materiales, sino unas actitudes que permiten una nueva relación personal: justicia, derecho, amor, compasión y fidelidad. Todo eso lo pone Dios; y si la esposa consiente en esa transformación, el matrimonio será perpetuo.

Una tercera referencia en el mismo sentido la encontramos en Is 62,2-5:

Los pueblos verán tu justicia,
y los reyes tu gloria;
te pondrán un nombre nuevo,
pronunciado por la boca del Señor.
Serás corona fúlgida en la mano del Señor
y diadema real en la palma de tu Dios.
Ya no te llamarán «Abandonada»,
ni a tu tierra «Devastada»;
a ti te llamarán «Mi predilecta»,
y a tu tierra «Desposada»,
porque el Señor te prefiere a ti,
y tu tierra tendrá un esposo.
Como un joven se desposa con una doncella,
así te desposan tus constructores.
Como se regocija el marido con su esposa,
se regocija tu Dios contigo.

Aquí, la esposa canta el amor inmerecido y desbordante con el que ha sido agraciada. Reconociendo la dura realidad de la que parte («abandonada y devastada»), la contemplación del amor esponsal y transformador de Dios convierte el encuentro de amor en una auténtica fiesta. Es el gozo por la transformación que se ha realizado: la nueva Jerusalén se alegra por la acción de su esposo, Dios. De nuevo, como en Ez 16, Dios reviste a la ciudad como a la novia, engalanándola con toda magnificencia, realizando así un cambio sustancial del ser, que viene expresado en el cambio de nombre: de «Abandonada» a «Mi predilecta»; de «Devastada» a «Desposada».

Pero quizá lo más sorprendente resulte descubrir que a la alegría lógica de la esposa se une el gozo increíble del Esposo: «Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo». Aunque nos parezca increíble, la alegría de Dios consiste en transformarnos para poder unirse íntimamente a nosotros.

· · ·

Con el matrimonio espiritual concluye el proceso de la unión con Dios del contemplativo aquí en la tierra. Sin embargo, esto no es el final de dicho proceso, puesto que seguirá por toda la eternidad en el cielo, ya sin traba alguna, en una unión perfecta entre ambos por siempre. El momento del tránsito de la unión en el mundo a la unión celeste es la muerte, que constituye la puerta abierta a la Vida en plenitud.

La muerte se convierte así en el momento culminante de la consagración del contemplativo y de su unión esponsal con el Amado. El que ha vivido de Dios y para Dios vive el instante del tránsito como el último acto de la ofrenda de su vida y la consumación del abandono absoluto en el corazón misericordioso de Dios. El mismo desgarro y el dolor que supone humanamente la muerte sirven de vehículo perfecto para realizar el postrer acto de amor inmolado que el ser humano puede hacer en este mundo, reviviendo por última vez la experiencia purificadora y unitiva de la Cruz de Cristo.

Todo lo que tiene la muerte de oscuridad hace que participe de la noche oscura que precede al resplandor infinito de la gloria de Dios. Del mismo modo, el dolor y la debilidad humana, que se muestran en ese momento con su máxima intensidad, se convierten en los preciosos instrumentos para que se manifiesten en todo su esplendor la grandeza y la gloria de Dios.

El enamorado, que da sus últimos pasos por esta vida y se encamina ya a la otra, aprovecha estos momentos para realizar el supremo acto de libertad y de amor por el que recoge en sus manos toda su vida y la ofrece confiadamente al Padre. En ese instante, su amor apasionado se convierte en una entrega absoluta en la que se funden la fe y la esperanza, para dejar que exista ya solamente el amor. Este amor termina de consumir al enamorado y lo humaniza plenamente, permitiendo que el amor de Dios lo divinice.


NOTAS

  1. Valga de muestra significativa el Cantar de los Cantares o el libro del profeta Oseas.
  2. Recordemos, como ejemplo luminoso del proceso espiritual como relación esponsal, el Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz.
  3. Véase también Os 2,16: «Por eso, yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón».