Seleccionar página

Descargar este documento en formato Pdf

1. Dinámica del discernimiento de espíritus1

El discernimiento de espíritus tiene un proceso sencillo, pero fundamental, que tenemos que conocer y ejercitar. Las reglas ignacianas de discernimiento encajan en este proceso y, si no se realiza adecuadamente todo él, las reglas resultan inútiles. Este proceso tiene tres pasos consecutivos2:

  • 1º) Reconocer lo que pasa en nuestro interior: sentimientos, impulsos, pensamientos.
  • 2º) Reflexionar sobre esos sentimientos, descubrir de dónde proceden y cómo debemos reaccionar ante ellos.
  • 3º) Actuar según lo que hemos descubierto en nuestra reflexión.

De nada valen las reglas, que nos ayudan a discernir lo que ocurre en nuestro interior, si previamente no somos conscientes de los movimientos que se dan nuestra alma. De poco sirve una certera clasificación de esos movimientos si luego no actuamos según lo que hemos visto. De hecho, si no estamos dispuestos a actuar, normalmente se oscurece tanto la capacidad de reconocer los movimientos interiores como de analizarlos. Sin estos tres pasos el discernimiento no estaría completo.

Hagamos algunas precisiones y comentarios sobre estos tres pasos.

Reconocer

Lo que tenemos que reconocer no son los pecados, ni los problemas o estados psicológicos, sino los sentimientos e impulsos que surgen en nuestra relación con Dios, y los pensamientos que surgen de estos sentimientos. Se trata de ser conscientes de lo que sentimos en nuestra relación con Dios y de los pensamientos que generan los sentimientos. Podemos llamar a este paso «conciencia espiritual», diferente de la «conciencia psicológica» y de la «conciencia moral».

De los numerosos movimientos que tienen lugar en nuestro corazón, hay algunos que cuentan con un significado especial para nuestra vida de fe y para la búsqueda de la voluntad de Dios. En estos se centra la conciencia espiritual, el tipo de conciencia interior que toma nota de los movimientos afectivos espiritualmente significativos, así como de los pensamientos relacionados con ellos, a medida que impactan en nuestra vida de fe y en nuestra búsqueda de Dios3.

Ciertamente algunas personas experimentan una mayor dificultad para reconocer estos movimientos espirituales, que son la materia prima del discernimiento, y, en consecuencia, deben hacer un esfuerzo mayor por ejercitar la capacidad de reconocer los sentimientos que han surgido en la oración -lógicamente este examen se hace después de ella-. Este es el primer paso para que además del «yo que siente» (inconsciente e irreflexivamente desde el punto de vista espiritual), surja el «yo que sabe lo que siente», para que pueda aparecer, en el paso siguiente, el «yo que reflexiona sobre lo que siente». O si se quiere decir de forma más simple, para que comencemos a tener una actitud de discernimiento.

Otra dificultad puede surgir en este momento es que estos sentimientos y pensamientos no son siempre piadosos ni buenos. Pueden surgir rebeldías y enfados, deseos de abandono, tentaciones e imágenes de todo tipo, dudas e incluso blasfemias. Puede darnos miedo reconocer (mucho más analizar o expresar) esos sentimientos y pensamientos. Hay que recordar aquí la doctrina clásica: «Sentir no es consentir». Y, a la vez que no hay que consentir en algunos de estos sentimientos e ideas, como verdaderas tentaciones, es muy importante reconocerlos y recopilarlos todos para reflexionar después sobre ellos. Tapar los ojos a esa realidad, por oscura que parezca, es cerrarnos la posibilidad de discernimiento y progreso en nuestra vida espiritual. También los sentimientos negativos nos ofrecen un mensaje que podemos aprovechar.

Para reconocer estos sentimientos y pensamientos hace una falta una buena dosis de valentía, y en este momento hay que echar mano de las condiciones necesarias para el discernimiento, que podríamos resumir de esta manera4:

  • -Fe fuerte y comprometida.
  • -Deseo sincero de hacer la voluntad de Dios.
  • -Valentía para arriesgarse a buscar y cumplir esa voluntad.
  • -Docilidad, humildad y apertura a Dios.
  • -Conocimiento de Dios y connaturalidad con él, que son fruto del trato amoroso con él.
  • -Caridad y comprensión con los demás.

Reflexionar

Queremos «comprender el significado espiritual de los movimientos interiores que hemos observado»5. Se trata de una tarea muy concreta: distinguir de dónde provienen los sentimientos y pensamientos que experimentamos.

Para ello hay que hacer distancia y mirar con objetividad y, desde luego, con espíritu de fe, todo lo que aparece en nuestra relación con Dios y está moviendo nuestra vida espiritual. Como el médico, que primero ejercita la capacidad de percibir unos síntomas, luego averigua qué los provoca y por último propone un tratamiento. Sólo que en nuestro caso sólo existen dos posibilidades: o estos sentimientos y pensamientos provienen del «buen espíritu» o del «mal espíritu» (por eso se llama discernimiento de espíritus).

En seguida vamos a precisar qué queremos decir con estas importantes expresiones, «buen espíritu» y «mal espíritu», que tienen un contenido muy concreto; pero baste por el momento decir que para saber qué tenemos que hacer lo único que necesitamos es averiguar si esos sentimientos y pensamientos son buenos o malos. No en el sentido moral aplicando una norma general. Mucho menos en el sentido sensible: lo que me agrada o disgusta en la oración o en la vida cristiana. Sino, simplificando mucho, si son buenos o malos en el sentido de saber si proceden de Dios o del demonio, si nos llevan a Dios o nos apartan de él. Lo cual hay que descubrir en la persona concreta.

Es aquí donde se da el desdoblamiento entre el «yo que siente» y el «yo que discierne lo que siente». Puede parecer una tarea un tanto artificial, pero es imprescindible realizarla para que tengamos la posibilidad de reaccionar de forma consciente y libre ante unas mociones que nos llevarían a la deriva. De nuevo, hay que decir que la idolatría de la espontaneidad y del dejarse llevar por el sentimiento sólo nos conduciría a ser dominados por el mal espíritu y no colaborar con el bueno, lo que es catastrófico para nuestra vida cristiana; porque, si dejamos solo al «yo que siente», éste será llevado por la corriente sin saber a dónde va y sin capacidad de reaccionar.

A capacitarnos para esta reflexión dedicaremos gran parte de lo que sigue; y para ello nos apoyaremos en las reglas ignacianas de discernimiento que vamos a conocer y a practicar.

Actuar

Una vez conocido el origen de los sentimientos y pensamientos que surgen en nuestra alma, es necesario actuar de una forma concreta: aceptar los buenos y rechazar los malos.

Aceptamos los buenos de la mano de Dios, que nos los da sabia y misericordiosamente para guiarnos. Ésa es la razón por la que los secundamos con amor y obediencia a Dios y no simplemente como reacción a unos síntomas. Se trata de buscar con todo el corazón lo que se ha descubierto como impulso de Dios.

Rechazamos los malos no sólo ignorándolos, sino oponiéndonos directamente a ellos, con rapidez y energía, haciendo lo contrario a lo que nos proponen, sabiendo que nos llevan por el camino opuesto al que debemos ir.

Es el momento de ejercer la libertad y ser valientes y generosos. Pero téngase en cuenta que la generosidad y la valentía sólo son útiles si antes hemos descubierto con claridad qué es lo que hay que rechazar con fuerza y qué hay que aceptar como voluntad y regalo de Dios.

Por último, subrayar de nuevo que el discernimiento tiene que llevar a una decisión. El discernimiento puede ser correcto si acertamos a descubrir lo que realmente nos pasa y lo que debemos hacer o equivocado si no lo conseguimos. Pero si no tomamos una decisión y la ponemos en práctica no habrá discernimiento, sino una especie de autoanálisis que, aunque acierte, no sirve para nada. O lo que es peor, sirve para justificarnos pensando que estamos haciendo discernimiento cuando no llegamos al objetivo de todo el proceso que es la decisión.

En el discernimiento de espíritus todo se dirige hacia la acción: hacia la firme aceptación de lo que es Dios y hacia el rechazo, con igual firmeza, de lo que no es. Por medio de la conciencia y la interpretación espiritual se puede actuar de una manera precisa y decisiva… La vida de discernimiento implica una persona dispuesta a actuar6.

Al terminar la descripción de este proceso podemos ver con claridad que el discernimiento abarca a toda la persona7:

  • Sensibilidad: porque los sentimientos son el punto de partida.
  • Inteligencia: para realizar el juicio acertado sobre los sentimientos y los pensamientos que surgen de ellos.
  • Voluntad: para actuar según el juicio realizado.

Sabiendo además que hace falta la luz de la fe y la ayuda del Espíritu Santo, para que el hombre, aplicando todas sus capacidades, pueda guiar su vida hacia la voluntad de Dios gracias al discernimiento.

2. Mociones y espíritus

Llega el momento de definir con más claridad los elementos básicos del discernimiento de espíritu: los «espíritus» que actúan en nuestra alma8, y los sentimientos e impulsos que provocan, es decir, las «mociones». Las mociones son la materia prima del discernimiento, lo que analizamos. Y los espíritus que provocan las mociones es lo que tenemos que descubrir para secundar las mociones si proceden del buen espíritu, y para oponernos a ellas si proceden del malo.

Mociones

Se trata de movimientos específicos que experimenta nuestra alma en su relación con Dios, en la vida cristiana y espiritual, que afectan al amor de Dios y al seguimiento de Cristo. Podemos decir que son:

Movimientos afectivos en el corazón (alegría, tristeza, esperanza, miedo, paz, inquietud y demás sentimientos semejantes), así como los pensamientos relacionados con ellos, cuya influencia se hace sentir en nuestra vida de fe y en nuestro progreso hacia Dios9.

Puede haber otro tipo de movimientos interiores de tipo psicológico, fisiológico que nos afectan, pero no son mociones en el sentido de los movimientos que tenemos que discernir. Hay que distinguir claramente desde el principio estas mociones meramente humanas que nada tienen que ver con la relación con Dios. También podemos experimentar influencias exteriores que nos quieren mover en uno u otro sentido, pero no son mociones interiores.

Estas mociones siempre tienen una valoración positiva o negativa porque son impulsos que nos empujan hacia Dios o nos apartan de él y, en ese sentido son buenas o malas. Lo importante no es determinar cómo surgen, sino su origen y, sobre todo, a dónde nos llevan para aceptar y secundar esas mociones si son buenas, o rechazarlas si son malas. Nuestro interés por las mociones no es en absoluto teórico, sino que tiene una finalidad eminentemente práctica: que es conocer su origen para saber cómo debemos reaccionar ante ellas.

Tratamos de distinguir entre los diferentes tipos de movimientos espirituales en nuestro corazón, identificando los que proceden de Dios y los que no, para aceptarlos, en el caso de los primeros, y para rechazarlos, en el caso de los segundos10.

Debemos hacer dos reflexiones al hilo de esta definición de las mociones:

1. Lo que discernimos son fundamentalmente «sentimientos», junto con los pensamientos e impulsos que surgen de ellos.

Son nuestros sentimientos, aunque parezca sorprendente, los que distinguimos y evaluamos en el discernimiento espiritual. Por esta razón es esencial para el discernimiento espiritual ponernos en contacto con nuestros sentimientos. Sin embargo, ¿cuántos de nosotros lo hacemos de verdad? ¿Cuántos podemos «identificar, nombrar, verlos como propios, negociar, señalar» nuestros sentimientos interiores que son lo que nos proporcionan materia prima para el discernimiento?11.

Eso nos está indicando la importancia de los sentimientos en la vida cristiana. Importancia que solemos olvidar y despreciar. Pensamos que lo que nos mueve son las decisiones teóricas que tomamos (las ideas que descubrimos y los famosos propósitos que tomamos) y creemos que lo que cuenta es la fuerza de voluntad que pongamos en cumplirlos. Y no nos damos cuenta de que, si no hay un sentimiento fuerte que mueva nuestra vida, no vamos a cambiar ni a mantenernos fieles. Además no podemos evitar que surjan sentimientos de todo tipo en nuestro interior, por eso recordábamos que «sentir no es consentir». Intentar reprimirlos es inútil. Ignorarlos es dejarlos sin control. Lo que sí está en nuestro poder es «discernirlos», saber de dónde vienen y a dónde nos llevan, si tenemos que aprovecharlos o resistirnos a ellos. Quizá convenga recordar aquí algunas de las afirmaciones del Catecismo de la Iglesia Católica sobre los sentimientos, que nos pueden iluminar sobre cómo debemos considerar las mociones:

Los sentimientos o pasiones designan las emociones o impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o a no obrar en razón de lo que es sentido o imaginado como bueno o como malo (1763).

En sí mismas, las pasiones no son buenas ni malas. Sólo reciben calificación moral en la medida en que dependen de la razón y de la voluntad. Las pasiones se llaman voluntarias «o porque están ordenadas por la voluntad, o porque la voluntad no se opone a ellas». Pertenece a la perfección del bien moral o humano el que las pasiones estén reguladas por la razón (1767).

Los sentimientos más profundos no deciden ni la moralidad, ni la santidad de las personas; son el depósito inagotable de las imágenes y de las afecciones en que se expresa la vida moral. Las pasiones son moralmente buenas cuando contribuyen a una acción buena, y malas en el caso contrario. La voluntad recta ordena al bien y a la bienaventuranza los movimientos sensibles que asume; la voluntad mala sucumbe a las pasiones desordenadas y las exacerba (1768).

La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino también por su apetito sensible (1770).

2. En continuidad con lo anterior hay que afirmar que no es malo tener «mociones», aunque éstas sean negativas. El objetivo de la vida espiritual no puede ser acallar todas las mociones. Y para el discernimiento tan útiles son las positivas como las negativas. Lo extraño es que en la oración no surjan mociones de ningún tipo, y entonces sería bueno preguntarse la causa.

Es preciso dejar que aparezcan tanto las vivencias como las mociones en toda su potencia y dinamicidad, así como la adhesividad del mundo emocional a las mismas, con el fin de dejarse guiar por las buenas y rechazar aquellas que destruye la imagen del ser del hombre que, a imagen de Jesús, se hace disponible para asumir y dar cumplimiento a la voluntad salvífica de su Padre12.

Como resumen podemos decir que las «mociones» son los sentimientos que mueven nuestra alma hacia Dios o lejos de él y que tenemos que ser conscientes de ellos y cribarlos para dejar que nos muevan si nos acercan a Dios o rechazarlos con fuerza si pretenden alejarnos de él, como hemos visto en el apartado de la dinámica del discernimiento.

Espíritus

Con el término «buen espíritu» y «mal espíritu» nos referimos a las realidades que provocan las mociones y empujan al alma hacia Dios o lejos de Dios13. Lo primero que se nos ocurre es identificar el «buen espíritu» con Dios y el «mal espíritu» con el diablo, y no es incorrecto, pero no es tan simple.

No cabe duda de que, para Ignacio, esta palabra («espíritus») se refería al Espíritu Santo y a los espíritus creados, tanto a los buenos, a los que comúnmente llamamos ángeles, como a los malignos, comúnmente denominados Satanás y demonios. Al usar las reglas de Ignacio, podemos y debemos atribuir un sentido más amplio que, además de Satanás y los demonios, incluya las tendencias en nuestra propia psicología, surgidas del egoísmo, de la sensualidad desordenada y también de otras personas o de la sociedad, en la medida en que estos son una influencia maligna en nuestra vida14.

1. El «buen espíritu» que nos empuja a Dios es ciertamente Dios, pero también los ángeles, la gracia, los santos, y todas las influencias exteriores (personas, instituciones, influencias…) que fomentan nuestra unión y entrega a Dios y fortalecen la fe, la esperanza y la caridad. Evidentemente todo bien procede de Dios, pero es bueno conocer los diversos cauces por los que actúa el buen espíritu.

2. El «mal espíritu» es desde luego el demonio, pero también los otros dos enemigos del alma: el interior -la carne- y el exterior -el mundo-. El objetivo del mal espíritu es todo lo contrario al del buen espíritu: separarnos de Dios, dificultar la entrega a él, enfriar la fe, la esperanza y el amor.

Hagamos algunas observaciones:

  • -El demonio o los demonios: No estamos pensando en una fuerza del mal impersonal, sino en Satanás y en los ángeles caídos, que tienen inteligencia y voluntad15. Se trata del «adversario» de 1Pe 5,8, del «tentador» de Mt 4,3, del «príncipe de este mundo» (Jn 12,31), del «homicida y padre de la mentira» (Jn 8,44).

Nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire (Ef 6,12).

  • Si eliminamos la existencia del demonio como ser personal el discernimiento de las mociones se reduce a simple psicología y, además, serían difícilmente explicables las tentaciones bajo capa de bien que van contra las tendencias de la carne y del mundo.
  • Conviene matizar en este punto que el demonio no tiene poder de influir directamente en nuestra voluntad o en nuestra sensibilidad, como tampoco puede conocer directamente nuestros pensamientos. Su forma de actuar se limita a los pensamientos y sugerencias que puede proponernos. Es con esos argumentos con los que puede mover nuestra voluntad y nuestros afectos, siempre que nosotros aceptemos sus argumentos, que pueden ser más fascinantes y atractivos que las mociones de Dios, porque se adaptan a nuestras tendencias, debilidades y gustos. Sólo indirectamente el enemigo provoca temor o atracción, debilita o promueve determinadas decisiones16. De modo que, tenemos que perder todo temor a una influencia demoniaca irresistible y hemos de saber que la clave para vencerle está en desenmascarar los pensamientos y sugerencias engañosos que nos presenta.
  • -La carne: no nos referimos a la parte material del ser humano, sino al hombre entero herido por el pecado y cerrado a Dios, a todas las debilidades y limitaciones no sólo físicas, sino psicológicas y espirituales que se oponen a la acción de Dios, a todas las tendencias desordenadas del hombre después de la caída de Adán. La «carne» de cada uno tiene debilidades y heridas particulares. El demonio, que conoce bien las debilidades de la carne en general y en particular, las aprovecha para alejarnos de Dios.

Frente a ello, yo os digo: caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne; efectivamente, hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais (Ga 5,16-17).

  • -El mundo: no se trata del conjunto de las criaturas que salieron buenas de las manos de Dios, ni del objeto del amor y la salvación de Dios (Jn 3,16), sino de la humanidad que se cierra y se opone a la acción de Dios y que se manifiesta con fuerza en la presión del ambiente, de la opinión general, de los poderes económico, político y social…

El contacto con este «mundo» puede suscitar movimientos en nuestro corazón, y, una vez más, de no ofrecerles resistencia, nos alejarían de Dios17.

Ciertamente el demonio está detrás de muchos de estos poderes del mundo, y aprovecha toda su tendencia al mal; pero en muchas ocasiones el mundo tiene fuerza suficiente para alejarnos de Dios como para que el demonio no necesite ningún esfuerzo más.

Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia (Jn 15,18-19; cf. 16,33; 17,14).

Observamos aquí por primera vez algo que se repite a lo largo de las normas del discernimiento y que podemos llamar «principio de contrariedad»: la acción del buen espíritu y del mal espíritu son totalmente opuestas, lo que provoca que sean contrarios sus frutos y contrarias las reacciones que tenemos que tener con ambos. Este principio nos servirá de guía segura a lo largo del discernimiento y lo iremos señalando cada vez que aparezca.

Esta contrariedad entre las tácticas de uno y otro espíritu es una constante de las Reglas de discreción ignacianas. Incluso por esta contrariedad es más fácil discernir las mociones o «pensamientos» (EE. 32) cuando se los experimenta alternativa o sucesivamente… la claridad que se tiene en discernir un espíritu -el malo, por ejemplo- nos permite discernir mejor el espíritu contrario -o sea, el bueno-18.

Es muy importante tomar conciencia de nuestra situación: estamos en medio de una lucha, tenemos enemigos, estamos sometidos a fuerzas que se oponen a nuestra salvación. Ignorar la batalla o subestimar a los enemigos sólo hace que estemos indefensos en este combate. Si estamos alerta y conocemos las tácticas del enemigo, tenemos una posibilidad de victoria. Contamos además con un aliado más poderoso que nuestro enemigo, pero también hemos de aprender a reconocerlo y a seguir sus planes. Pues no hay nada peor en cualquier lucha que confundir a los amigos y a los enemigos.

Una nota importante: en general (salvo una importante excepción que señalaremos en su momento) lo que importa es saber si se trata de buen espíritu o mal espíritu para saber reaccionar con claridad y firmeza. A veces no es tan sencillo saber distinguir dentro del buen espíritu si nos mueve Dios o los ángeles o, si dentro del mal espíritu, es el demonio directamente el que actúa, o es la simple influencia del mundo la que basta para alejarnos de Dios o cómo se articulan la carne y el demonio para atacar la vida cristiana. Lo que buscamos con el discernimiento de espíritus no es el conocimiento detallado y preciso del proceso en el que surgen las mociones, sino poder clasificar con certeza si están originadas por el buen espíritu o por el malo.

En las diversas reglas de discernimiento iremos perfilando las características y el modo de actuar del buen espíritu y del malo.

Nos podemos preguntar de dónde nacen estas reglas, si se las puede justificar de forma dogmática o escriturística, si realmente puede haber reglas en este terreno. Quizá debemos empezar respondiendo que las reglas ignacianas de discernimiento nacen ante todo de la experiencia, tanto de la propia como de los demás, y que se han ido desarrollando a lo largo de los siglos en la vida de la Iglesia (como vimos en la introducción histórica al discernimiento). De forma especial se configuraron y sistematizaron en la experiencia de san Ignacio de Loyola, tanto en sí mismo como en los que realizaban los Ejercicios Espirituales. Posteriormente esta sistematización ha sido confirmada por la experiencia y sigue siendo hoy la norma «canónica» del discernimiento de espíritus.

En ese sentido hablamos de «reglas», no de leyes a las que estén sometidas los espíritus de un modo parecido a las leyes de la física, sino en el sentido de que es el modo en que suele actuar tanto Dios como el demonio, y aunque no sean leyes absolutas, es de mucha utilidad el modo de actuar que suele emplear el uno y el otro espíritu19.

Quien se pregunte por qué San Ignacio afirma, por ejemplo, que el mal espíritu acostumbra a proceder así, difícilmente tendrá una respuesta satisfactoria si sólo busca apoyarse en razones intrínsecas a la naturaleza diabólica (o a la naturaleza humana). Porque ocurre que las afirmaciones ignacianas provienen de la experiencia, son fruto de la observación20.

Si nos esforzamos por aprender estos patrones, haremos que la posibilidad del discernimiento se vuelva mucho más tangible. Seremos cada vez más conscientes de la acción del enemigo y estaremos cada vez más en condiciones de comprenderla y rechazarla21.


NOTAS

  1. Todo este apartado no es más que un comentario del título de las reglas de discernimiento de san Ignacio: «Reglas para sentir y conocer de alguna manera las varias mociones que se producen en el alma: las buenas para recibirlas y las malas para rechazarlas. Son más propias para la primera semana» (EE 313).
  2. Fiorito, Discernimiento y lucha espiritual, 23, n. 8, ve con perspicacia la relación entre estos tres pasos del discernimiento con los pasos clásicos de la revisión de vida (ver, juzgar y actuar) que es un modo muy eficaz de discernimiento comunitario. La diferencia es que la revisión de vida no discierne los movimientos que se dan en la vida espiritual de las personas, sino hechos de vida concretos. Pero la revisión de vida tiene en común muchos elementos del discernimiento de espíritus y seguramente precisa de que los que hacen ese discernimiento común sean capaces de un acertado discernimiento personal (cf. Green, La cizaña entre el trigo, 218).
  3. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 68-69.
  4. Cf. Green, La cizaña entre el trigo, 72-79.83-85.
  5. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 70.
  6. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 72; Cf. Fiorito, Discernimiento y lucha espiritual, 32.
  7. Cf. Green, La cizaña entre el trigo, 123.
  8. Siguiendo a Fiorito, Discernimiento y lucha espiritual, 27-28, podemos decir que «alma» en este terreno, no es tanto lo opuesto a cuerpo, como el campo en el que se dan las mociones, y puede equivaler a lo que queremos expresar con el término «corazón» como sede de los conocimientos y los afectos, o «conciencia» no sólo moral y de autoconocimiento íntimo, sino donde actúan también el buen y el mal espíritu.
  9. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 31. Aunque en este momento se refiere a los «espíritus» claramente está hablando de las «mociones» y no de los «espíritus» que las provocan. Con un lenguaje más técnico define la moción Arzubialde, Santiago, Ejercicios Espirituales de S. Ignacio. Historia y Análisis, Bilbao-Santander 1991 (Mensajero-Sal Terrae), 595: «Por su mismo contenido semántico la palabra genérica moción (kínesis) describe aquel impulso afectivo, que acontece en la interioridad del ser humano y es el resultado de un conocimiento sensible-emocional sobrevenido de fuera, que afecta al ámbito apetencial del deseo y lo configura emocionalmente en alguna dirección».
  10. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 31 (cf. p. 74).
  11. Green, La cizaña entre el trigo, 27; cf. p. 120. A la vez que valoramos la insistencia de Green en la importancia de los sentimientos, creemos que no hay que olvidar que también se disciernen los pensamientos y decisiones que están relacionados con dichos sentimientos.
  12. Arzubialde, Ejercicios Espirituales, 596. «Lo que para algunas personas es muchas veces una verdadera preocupación, para san Ignacio es tranquilizante: hay lucha, hay Ejercicios; hay, en otros términos, vida espiritual… si hay lucha espiritual, o sea, “consolaciones o desolaciones… (con agitación) de varios espíritus” (EE. 6), hay vida espiritual» (Fiorito, Discernimiento y lucha espiritual, 12).
  13. «Presupongo que hay en mí tres pensamientos, es a saber: uno propio mío, el cual sale de mi propia libertad y querer, y otros dos que vienen de fuera, uno que viene del buen espíritu y otro del malo» (EE 32).
  14. Toner, J., Discernment in the Spiritual Exercises, en Dister, J. (ed.), New Introduction to the Spiritual Exercises of St. Ignatius, Collegeville (MN) 1993 (Liturgical Press), 64.
  15. Aunque algunos puedan pensar que la creencia en la existencia del demonio como ser personal no es necesaria para el discernimiento de espíritus (cf. Green, La cizaña entre el trigo, 128; Toner, A Commentary on Saint Ignatius’ Rules, 35-36.260; Arzubialde, Ejercicios Espirituales, 670), hay que afirmar, por un lado, que la existencia del demonio pertenece a la fe de la Iglesia (Catecismo de la Iglesia Católica 391-395.2851-2853); y, por otro, que gran parte de la doctrina del discernimiento pierde su fuerza y su sentido si se reduce el demonio a un mero símbolo del mal impersonal, porque reduciríamos los enemigos del alma al mundo y a la carne y no podríamos entender muchos de los criterios de discernimiento que vamos a enumerar, especialmente cuando el demonio imita la acción del buen espíritu para intentar confundirnos. Para la importancia de la fe en la existencia del demonio para el discernimiento, véase Fiorito, Discernimiento y lucha espiritual, 10-13. Para una introducción más amplia a la cuestión de la existencia del demonio y sus implicaciones para el discernimiento, véase Toner, A Commentary on Saint Ignatius’ Rules, 34-37. 260-270).
  16. No entra en nuestro estudio otros fenómenos como apariciones o posesiones en las que la influencia demoníaca no se realiza a través de las mociones interiores, sino que tienen un carácter exterior y precisan un tratamiento diferente.
  17. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 91.
  18. Fiorito, Discernimiento y lucha espiritual, 42. Cf. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 94.
  19. Es el sentido de EE 314: «Acostumbra comúnmente el enemigo»; EE 315: «Es propio del mal espíritu… y propio del bueno». Cf. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 92; Fiorito, Discernimiento y lucha espiritual, 40.64.
  20. Gil, Discernimiento según San Ignacio, 25.
  21. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 101.