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Metodología
La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.
Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.
El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:
Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:
Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.
Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.
1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.
2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.
3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.
4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.
5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.
6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.
Introducción
Tras la ratificación de la alianza y después de que Moisés ha subido al monte con los ancianos de Israel (Ex 24,1-11), de nuevo Dios manda a Moisés que suba a la montaña para que reciba las tablas de la ley en compañía de Josué donde una vez más se le manifiesta Dios y permanece en la montaña santa cuarenta días y cuarenta noches (Ex 24,12-18). Es en este momento cuando Moisés recibe las instrucciones para construir el Santuario, la Tienda del Encuentro donde Dios va a morar con los hombres.
Los donativos para el Santuario (Ex 25,1-9)
Texto bíblico
1El Señor habló a Moisés: 2«Di a los hijos de Israel que me ofrezcan un tributo; aceptaréis el tributo de todos los que generosamente me lo ofrezcan. 3Este es el tributo que podéis aceptarles: oro, plata y bronce, 4púrpura violácea, roja y escarlata, lino y pelo de cabra, 5pieles de carnero teñidas de rojo, pieles de tejón y maderas de acacia, 6aceite para la lámpara, aromas para el óleo de la unción y para el incienso perfumado, 7piedras de ónice y piedras de engaste para el efod y el pectoral. 8Hazme un Santuario y moraré en medio de ellos. 9Lo harás conforme al modelo de morada y de utensilios que yo te mostraré (Ex 25,1-9).
Lectio
[vv. 1-7] El Señor manda a Moisés que acepte los tributos que el pueblo quiera ofrecer para el Santuario. Las palabras del Señor subrayan que se trata de un tributo que depende de la generosidad voluntaria de cada miembro de Israel. La lista de materiales que se aceptan como ofrenda para la construcción del templo abarca todo tipo de elementos: desde metales y piedras preciosas, hasta el aceite y el incienso necesarios para el culto cotidiano, pasando por la madera y el bronce precisos para la construcción.
Es importante comprender que esta colecta de materiales significa que la morada la hace Dios con lo que los hombres presentan.
Es lo mismo que sucede con la Virgen María: la morada para su Hijo la hace Dios, pero es de nuestra misma raza, tiene nuestra misma carne, es nuestra hermana. Dios hace su morada en ella de lo que es nuestro, de nuestra humanidad.
[v. 8] En el v. 8 aparece la intención de estas instrucciones previas y de todas las que aparecen a continuación: Dios quiere morar en medio de los hombres. El plan de Dios siempre ha sido caminar junto a su pueblo, estar presente en medio de ellos. Ahora quiere establecer un modo permanente de morar con ellos. Al salir de Egipto se había hecho presente en forma de nube y de columna de fuego, se les ha manifestado de forma excepcional en el monte Sinaí, pero ahora quiere poder manifestarse del mismo modo que en el monte santo, pero allí donde esté su pueblo, un lugar permanente para estar en medio de su pueblo. Un santuario móvil, que acompañará el camino de los israelitas hacia la Tierra Prometida. Esto es algo sorprendente y magnífico: Dios, el Señor del cielo, quiere atarse a un santuario para estar con su pueblo.
Dios habita en su trono en el cielo, allí está su santuario, y él quiere mostrar a los israelitas una imagen del cielo, que, al mismo tiempo, sea pedagógica para Israel.
El libro de los Números nos ayuda a entender el lugar del Santuario dentro del campamento:
El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Los hijos de Israel acamparán cada uno bajo su banderín y el estandarte de su familia, alrededor de la Tienda del Encuentro, a cierta distancia. Al Este, hacia la salida del sol, acamparán los del banderín del campamento de Judá, por escuadrones. Jefe de los hijos de Judá, Najsón, hijo de Aminadab; su ejército, según el censo: setenta y cuatro mil seiscientos […]. Después se pondrá en marcha la Tienda del Encuentro y el campamento de los levitas, que está en medio de los demás campamentos. Se pondrán en marcha en el mismo orden en que acampan, cada uno por su lado, siguiendo su propio banderín […]. Los hijos de Israel lo hicieron todo tal como el Señor había mandado a Moisés: así acampaban bajo sus banderines y así emprendían la marcha, cada uno con su clan y con su familia (Nm 2,1-4.17.34).

El campamento se ordenaba en torno a la Tienda del Encuentro, y los banderines señalaban la posición de las distintas tribus. Hay un orden para acampar y ese mismo orden se utilizaba para ponerse de nuevo en camino. Los levitas, la tribu elegida para ejercer el sacerdocio en Israel, se coloca en el centro como la tienda
Todo estaba perfectamente ordenado. A Dios le encanta la armonía.
[v. 9] Lo más significativo es que Dios está en medio de su pueblo mientras camina por el desierto. Y el modelo de esta presencia de Dios en su pueblo es la morada celeste. Todo se ordena según este criterio. Es lo que subraya el v. 9: Dios muestra a Moisés el modelo de Morada con todos sus utensilios. Lo repite de nuevo más adelante al hablar del candelabro: «Fíjate y hazlo conforme al modelo que se te ha mostrado en la montaña» (Ex 25,40); cuando les ha explicado cómo tiene que ser la Morada: «Erigirás la Morada conforme al modelo que se te ha mostrado en la montaña» (Ex 26,30); y después de mostrarles el modo de hacer el altar: «Lo harás como se te ha mostrado en la montaña» (Ex 27,8).
Los israelitas tienen conciencia de que ellos no se han inventado el modo de dar culto a Dios, sino que Dios les ha revelado el culto que él quiere con todos sus detalles. Para el autor sagrado es claro que el pueblo no ha decidido que Dios habite con ellos ni cómo va a hacerlo.
En estos capítulos del Éxodo encontramos las órdenes minuciosas que da Dios para la construcción del santuario y sus elementos: el Arca (25,10-22); la mesa de los panes de la presentación (25,23-30); el candelabro (25,31-40); la Morada (26,1-37); el altar de los holocaustos (27,1-8); el atrio de la Morada (27,9-19), el aceite de la lámpara (27,20-21); ornamentos sagrados (28,1-43); consagración de los sacerdotes (29,1-37); sacrificios cotidianos (29,38-46); el altar del incienso (30,1-10); el tributo para el rescate (30,11-16); la pila de bronce (30,17-21), el óleo de la unción (30,22-33); el incienso (30,34-38); los artesanos del Santuario (31,1-11).
Hizo lo mismo cuando le dijo a Noé cómo tenía que ser el Arca con el que debía salvar a los animales del diluvio (Gn 6,14-16).
El problema que tiene Dios es que quiere habitar con su pueblo, pero él es el tres veces santo, totalmente transcendente y tiene que estar separado del mundo ordinario. Dios va a establecer una morada en medio de su pueblo, pero al mismo tiempo mantiene significativamente una distancia, de modo que, si alguien se salta esa distancia, muere.
En el prólogo del evangelio de san Juan vemos como llega a plenitud este deseo y este plan de Dios: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). El verbo griego que hay detrás del «habitó» de nuestra traducción (skênôo) tiene que ver con el término «tienda» (skênê), de modo que se puede traducir perfectamente por «puso su tienda» entre nosotros. Así san Juan estaría aludiendo a la Tienda del Encuentro del Éxodo, de modo que, Jesús, el Verbo encarnado, es la nueva y definitiva morada de Dios en medio de su pueblo. La Encarnación es también la forma definitiva de resolver el conflicto entre el deseo de cercanía de Dios y su santidad, que resulta mortal para el que se acerca a ella. El Santuario del desierto era un recinto sagrado, donde el Dios tres veces santo estaba separado por diversas barreras, como veremos. Ahora la Nueva Morada, no se da en un lugar sagrado, el monte Sión, no está marcada por la distancia y la separación, sino por la cercanía. Dios, por medio de su Hijo, no se presenta en un contexto sagrado, sino profano; y se hace accesible en medio de su pueblo rompiendo todas las distancias: para conseguir que la santidad de Dios no eliminara a aquellos que se acercaban a él lo revistió de nuestra carne.
La Morada (Ex 25-27.30)
Texto bíblico
1Harás la Morada con diez tapices, de lino fino retorcido, de púrpura violácea, roja y escarlata, y bordarás en ellos unos querubines. 2Cada tapiz medirá catorce metros de largo por dos de ancho. Todos los tapices tendrán la misma medida. 3Unirás los tapices en dos series de a cinco cada una, 4y harás unas presillas de púrpura violácea para cada uno de los bordes de las dos series de tapices: 5pondrás cincuenta presillas en el primer tapiz y otras cincuenta presillas en el último tapiz del segundo conjunto, de modo que las presillas se correspondan unas con otras. 6Harás, además, cincuenta broches de oro y con ellos unirás entre sí los tapices, para que la Morada forme una unidad (Ex 26,1-6).
Lectio
Hay que tener en cuenta que la idea que una religión, un pueblo o una época tiene de Dios y de su relación con él se refleja en los templos que construye. De los templos románicos, que con sus frescos ponen en presencia del Pantocrátor y de la corte celestial, hasta nuestras parroquias circulares en las que se expresa la importancia de la asamblea reunida, pasando por la altura y la luz de las vidrieras góticas, todos nuestros templos manifiestan una idea concreta de Dios y del modo de encontrarnos con él. Podemos decir que la arquitectura refleja la fe del arquitecto, del tiempo y del pueblo que construye sus templos.
Lógicamente, cuando Dios revela a Moisés la Morada que va a establecer con su pueblo, también organiza con precisión y mismo la distribución de los elementos del Santuario, en el que cada detalle tiene su importancia, su significado y su finalidad. El Santuario terrestre es un modelo del cielo y con él les enseña, como en una catequesis visual, quién es él y cómo acercarse a él. Es necesario que nosotros no pasemos por alto el significado de estos detalles para el pueblo de Israel y para nosotros.


En el Santuario del Éxodo, como en el Templo de Jerusalén, hay que diferenciar en primer lugar dos ámbitos separados: el atrio y la Morada o Tienda del Encuentro, que se encuentra dentro de él. Todo lo que fuera del atrio, delimitado por el vallado, es el ámbito de lo profano. Este atrio (Ex 27,9-19), de unos 50 metros de largo por 25 de ancho (la medida que usa el texto original es el codo, de alrededor de 50 cm), está delimitado por una especie de valla de dos metros y metro de altura, construida con piquetes de bronce, varillas de plata y tela de lino, formando una especie de cortina alrededor del lugar sagrado.
El acceso al atrio se hace por el lado este, el lugar por donde sale el sol. Tiene unos diez metros de anchura y está delimitado por un tapiz de «púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino retorcido, recamado». Ésta es la primera separación que encontramos. Sólo hay ese acceso al atrio y, en consecuencia, al resto del Santuario. Los adoradores, después de pasar por él, se sitúan mirando al santuario, de espaldas a la puerta y por tanto de espaldas al sol. No adoran al sol ni a las criaturas, como los paganos, sino al que habita en el santo de los santos.


Lo primero que se encuentran los israelitas al entrar es el altar de los holocaustos (Ex 27,1-8), donde se sacrifican y donde se quemaban las víctimas. Estaba hecho de madera de acacia revestida de bronce, para que resistiera el fuego. La base del altar era un cuadrado de dos metro y medio de lado con una altura de metro y medio. Tenía un enrejado bajo el que se colocaban las brasas y sobre el que se ponían las víctimas, situado a media altura del altar. Estaba provisto de unas anillas en las esquinas, también de bronce, que permitían transportarlo con los varales que se introducían en ellas.


Podemos encontrar un sentido espiritual del altar de los holocaustos, hecho con madera recubierta de bronce, que representa las obras humanas: del mismo modo que la madera del altar se quemaría si no estuviera recubierta de bronce, nuestras obras no valen de nada si no están recubiertas de la acción de Dios.
Detrás del altar, todavía en el atrio, está una gran fuente hecha de bronce donde estaba el agua destinada a las abluciones necesarias para la purificación de los sacerdotes que oficiaban en la Tienda del Encuentro. Esta purificación es absolutamente necesaria:
El Señor habló a Moisés: «Harás asimismo una pila de bronce, con su basa de bronce, para las abluciones. La pondrás entre la Tienda del Encuentro y el altar, y echarás agua en ella, para que Aarón y sus hijos se laven las manos y los pies. Cuando vayan a entrar en la Tienda del Encuentro o cuando se acerquen al altar para oficiar, para quemar una oblación al Señor, se lavarán para no morir. Se lavarán las manos y los pies, y no morirán. Será para ellos una ley perpetua, para Aarón y su descendencia, de generación en generación» (Ex 30,17-21).


Estos dos primeros elementos, el altar y la fuente, colocados en ese orden, recuerdan los acontecimientos de la salida de Egipto: primero tuvieron que sacrificar los corderos que sustituían a los primogénitos y después pasaron por el mar Rojo. Para el cristiano, primero sucede el sacrificio del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y después se encuentra con la fuente bautismal donde recibe la liberación del pecado.
La Morada o Tienda del Encuentro está separada del atrio por un velo. Dentro de la Tienda del Encuentro aparecen dos partes muy definidas y separadas por un segundo velo: antes de ese velo estamos en el Santo, donde encontramos el candelabro, la mesa de los panes y el altar del incienso; y tras esa última cortina nos hallamos en Santo de los Santos, el lugar más sagrado de la Morada porque, allí está la presencia de Dios, sólo encontramos el Arca de la Alianza.


Estos dos espacios, tienen igual anchura, unos cinco metros, pero de doble longitud: el Santo medía diez metros de largo y el Santo de los Santos la mitad, cinco metros. La tienda tenía unos cinco metros de altura. De modo que tenemos tres ámbitos muy definidos en el Santuario, separados cada uno de ellos por un velo o una cortina: el atrio, el Santo y el Santo de los Santos.



Aquí podemos ver los tres pasos principales en el proceso de nuestra salvación: la justificación y el perdón de los pecados (la entrada en el atrio del Santuario), la santificación (con el acceso al Santo) y la glorificación (marcada por la entrada a la presencia misma de Dios en el Santo de los Santos).
Los diferentes elementos que vamos encontrando en los diversos espacios representan el camino de conversión del pecador hacia Dios: en el capítulo tercero del Génesis, al comienzo de la Biblia, aparece el pecado; al final de la Escritura, al concluir el Apocalipsis, se abren las puertas de la Jerusalén del cielo, el nuevo paraíso donde Dios se une de nuevo al hombre; todo lo que hay en medio es el proceso del pecado a la gloria, la historia de la salvación, que vemos reflejada en la estructura del Santuario.
Las paredes de la Tienda están construidas con tablas de acacia revestidas de oro y unidas con herrajes de plata.


El que entraba a oficiar en el santuario se veía reflejado en las paredes de oro: invade al sacerdote la certeza de que Yahweh le está viendo.
El techo del santuario, como en una tienda de campaña, está formado por bandas de telas que se unen entre sí por medio de corchetes y broches: una capa de telas finas que forman el techo que se ve desde dentro del santo, otra de pelo de cabra que la cubre por arriba y por encima de todo ello pieles de carnero teñidas de rojo y pieles de cuero.
El rojo recuerda a la sangre de los corderos que señalaba las viviendas de los israelitas la noche de Pascua, la sangre de los sacrificios. Nosotros somos una nación rescatada por la sangre de Cristo, que es el manto que nos cubre.


Dentro de la Tienda hay tres elementos muy importantes:


-El candelabro (Ex 25,31-40): estaba situado en el lado sur del santuario, tenía siete lámparas y estaba construido todo él de oro puro. Se alimentaba con aceite puro de oliva y cada día los sacerdotes recortaban las mechas y reponían el aceite para que la lámpara fuera una fuente constante de luz para el lugar santo:
El Señor dijo a Moisés: «Manda a los hijos de Israel que te traigan aceite puro de aceitunas molidas para el alumbrado, para alimentar continuamente la lámpara. Aarón la preparará fuera del velo del Testimonio, en la Tienda del Encuentro, para que arda ante el Señor de continuo, de la tarde a la mañana. Es ley perpetua, para todas vuestras generaciones. Él colocará las lámparas en el candelabro de oro puro para que ardan ante el Señor continuamente (Lv 24,1-4).


Esta lámpara que ilumina el santuario anticipa lo que es Cristo. Cuando Jesús dice: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12), lo hace en el Templo, en la fiesta de los Tabernáculos, cuando se encienden cuatro enormes luminarias que iluminaban toda la explanada del Templo y cuyo reflejo se percibía en toda la ciudad. Esto luz impresionante es un simple anuncio del que es la verdadera luz del mundo, Jesucristo.
El Apocalipsis muestra la nueva Jerusalén que baja del cielo, en la que no hay noche, ni se necesita sol, ni luna ni lámpara alguna para iluminarla, porque la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero (Ap 21,23; cf. 22,5). Este candelabro de la Morada es anticipo y signo del que ilumina el verdadero templo, el Verbo encarnado, que es «la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo» (Jn 1,9)
-La mesa de los panes de la proposición (Ex 25,23-30), está colocada enfrente del candelabro, en el lado norte del santuario. Mide «un metro de larga por medio de ancha y setenta y cinco centímetros de alta» (v. 23). Encima de la mesa, también construida de madera de acacia recubierta de oro, se colocaban doce panes. Cada pan representa a una tribu. La ofrenda de los panes está minuciosamente regulada:
Tomarás flor de harina, y cocerás con ella doce tortas, de dos décimas cada una. Las colocarás en dos pilas, seis en cada pila, sobre la mesa de oro puro, en la presencia del Señor. Pondrás sobre cada pila incienso puro que será para el pan como un memorial, oblación para el Señor. Todos los sábados, sin excepción, lo dispondrás en presencia del Señor de parte de los hijos de Israel, en señal de alianza perpetua. Será para Aarón y sus hijos, y lo comerán en lugar sagrado; porque es cosa santísima, tomada de las oblaciones quemadas para el Señor. Es ley perpetua» (Lv 24,5-9).


También en esos panes podemos ver el tipo que anuncia a Cristo que es el pan de vida (Jn 6,35) y a los doce apóstoles que nos dan a comer el pan de vida, que es el Evangelio y la Eucaristía.
-En el frontal, delante de la cortina que da acceso al santo de los santos, está el altar del incienso (Ex 30,1-10), construido como los demás elementos de madera de acacia recubierta de oro. Era mucho más pequeño que el altar de los holocaustos del atrio: «Medirá medio metro de largo por medio metro de ancho; será cuadrado y tendrá un metro de alto» (v. 2). En una vasija de bronce que se hallaba en su interior se depositaban las brasas extraídas del altar de los holocaustos. En esas brasas se quemaba una mezcla especial de incienso (Ex 30,34-38) que llenaba el santuario de un aroma dulce que representaba las oraciones de los santos. La ofrenda del incienso se hacía dos veces al día, por la mañana y al atardecer. Es en esta ofrenda cuando Zacarías recibe el anuncio del nacimiento del Bautista (Lc 1,8-11).


El Apocalipsis nos enseña que en el templo celeste son las oraciones de los santos las que suben ante la presencia de Dios en el templo del cielo: «Vino otro ángel y se puso de pie junto al altar con un incensario de oro, y le fueron dados muchos perfumes, para que los añadiese a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que está delante del trono. Y subió el humo de los perfumes con las oraciones de los santos de mano del ángel a la presencia de Dios» (Ap 8,3-4; cf. Sal 141,2).
Sólo una vez al año, se ungían los cuatro salientes del altar con la sangra de los sacrificios, el día de la Expiación, como veremos más adelante.
En el lugar santo vemos representado el proceso de santificación, que se corresponde con la peregrinación de Israel por el desierto: la columna de fuego se hace presente en el candelabro; el maná, en los panes de la proposición; la columna de nube, en el incienso que asciende desde el altar situado ante la cortina que da paso al Arca de la Alianza. Así, en este pequeño recinto que es la Morada, se hace presente Yahweh del mismo modo que lo hizo en el caminar junto a su pueblo por el desierto tras la liberación.
También para nosotros, cristianos, estos tres elementos tienen un significado: el pan representa la Eucaristía; el incienso, la oración de los santos; el candelabro, la palabra.
El ámbito en el que se introduce el sacerdote que va a ofrecer el sacrificio del incienso es no sólo religioso, sino sobrecogedor, con el recinto recubierto de oro y de telas finas, la luz del candelabro de los siete brazos y la nube de incienso aromático que se eleva ante la cortina, que es lo único que separa de la presencia del Dios vivo.


Paso a paso, desde el atrio, pasando por el Santo, hasta el Santo de los Santos, el hombre se introduce en la intimidad de Dios.
El Santo de los Santos tiene unos cinco metros de largo de ancho y de alto. El lugar santísimo del templo de Jerusalén, cuando fue construido por Salomón, tiene las siguientes medidas: «Al fondo del templo dispuso el santuario, colocando allí el Arca de la Alianza del Señor. Medía veinte codos de largo, veinte de ancho y veinte de alto, y lo recubrió de oro puro» (1Re 6,19-20); por lo tanto, el doble que el Santo de los Santos del Tabernáculo.
También la nueva Jerusalén tiene esta forma: «La ciudad se asienta sobre un cuadrado: su longitud es igual a su anchura. Y midió la ciudad con la caña: doce mil estadios; su longitud, anchura y altura son iguales» (Ap 21,16). Con esto se nos dice que la ciudad santa, la nueva Jerusalén, es el verdadero y definitivo Santuario de Dios: el cielo es el verdadero Santuario. Ahora podemos comprobar que tanto la Tienda del Encuentro como el Templo de Jerusalén están hechos a imagen del trono de Dios en el cielo.
Entre el Santo y el Santo de los Santos sólo hay un velo de separación, que señala el lugar donde sólo puede penetrar el sumo sacerdote y en una ocasión muy especial.
Harás un velo de púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino retorcido, y bordarás en él unos querubines. Lo colgarás de cuatro columnas de acacia, revestidas de oro, provistas de ganchos de oro y de cuatro basas de plata. Colgarás el velo debajo de los broches y allí, dentro del velo, colocarás el Arca del Testimonio. El velo servirá para separar el Santo del Santo de los Santos (Ex 26,31-33).


Es la tercera separación que encontramos en este recinto sagrado: por la entrada del atrio solo pueden pasar los israelitas; al Santo, tras la primera cortina sólo pueden acceder los sacerdotes; al Santo de los Santos, sólo el sumo sacerdote y sólo una vez al año.
Los evangelios narran que, cuando Jesús muere en la cruz, el velo del templo se rasga de arriba abajo en dos partes (Mc 15,38; Mt 27,51; Lc 23,45). Es el signo claro de que se ha terminado el sacerdocio levítico y los sacrificios del templo: ya no hay otro mediador y otro sacrificio que el mismo Cristo. Se ha eliminado la separación entre Dios y el hombre: por medio de la Encarnación y de la nueva alianza se termina la necesidad de separación entre Dios y el hombre y comienza el ofrecimiento de la intimidad de Dios a los seres humanos por medio del Hijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23; cf. 15,9-10).
El velo desgarrado simbolizó el final del sacerdocio levítico. El velo representa el cuerpo de Cristo: sólo atravesando este velo es posible acceder a la presencia de Dios, al lugar santísimo, a su corazón. Podemos decir que el Santo de los Santos es el corazón de Cristo, que ahora está abierto por la lanzada para poder penetrar en él (Jn 19,34). Del mismo modo que todo el Santuario tiene una única puerta que señala la presencia de Dios para entrar en la casa del Padre no hay otra puerta que Cristo (Jn 10,6), sólo se puede llegar al corazón de Dios por medio del corazón de Cristo. El Cordero de Dios, sacrificado, provoca el desgarro del velo del templo. Esta sangre del Cordero expía realmente el pecado, rompe la separación y elimina la distancia entre Dios y el hombre.
En el lugar sagrado por excelencia del todo el santuario sólo hay una cosa: el Arca de la Alianza (Ex 25,10-22). Se trata de una especie de caja de 125 cm de larga, 75 de ancha y otros 75 de alta, también hecha con madera de acacia recubierta de oro puro. Tenía unas anillas en las esquinas para ser transportada sin ser tocada por medio de unos varales que estaban colocados en las anillas permanentemente.


En el Arca están las tablas de la ley, el Testimonio de la alianza que dio Yahweh a Moisés en el Sinaí: «Dentro del Arca guardarás el Testimonio que te daré» (Ex 25,16).
También se depositó en el Arca una vasija con el maná, como testimonio de la presencia y el cuidado de Dios con su pueblo en el desierto:
Moisés dijo: «Esto es lo que ha mandado el Señor: “Tomad una ración y conservadla, para que las generaciones futuras vean el pan con que os alimenté en el desierto cuando os saqué de la tierra de Egipto”». Moisés dijo a Aarón: «Coge un recipiente, mete en él una ración de maná y ponlo ante el Señor; que se conserve para las generaciones futuras». Según había mandado el Señor a Moisés, Aarón lo puso ante el Testimonio, para que se conservase (Ex 16,32-34).
Y en ella se encuentra la vara de Aarón que floreció como la señal de Dios de que el sacerdocio pertenece a la tribu de Aarón:
El Señor habló a Moisés: «Di a los hijos de Israel que te den una vara por cada familia: doce varas de todos los jefes de familias patriarcales. Y escribe el nombre de cada uno en su vara. En la vara de Leví escribe el nombre de Aarón, pues ha de haber una sola rama por jefe de familia. Las depositarás en la Tienda del Encuentro, delante del Testimonio, donde me suelo manifestar a ti. Aquel cuya vara florezca, es el que yo elijo. Así dejarán de llegarme las murmuraciones de los hijos de Israel contra vosotros».
Moisés habló a los hijos de Israel y cada uno de los jefes le dio una vara, una por cada jefe de familia: doce varas. Entre ellas estaba también la vara de Aarón. Moisés depositó las varas ante el Señor en la Tienda del Testimonio. Al día siguiente, cuando Moisés entró en la Tienda del Testimonio, vio que había florecido la vara de Aarón, representante de la casa de Leví: le habían brotado yemas, había florecido y había producido almendras. Moisés retiró todas las varas de la presencia del Señor, y las presentó a los hijos de Israel; las vieron y cada uno recogió su rama. Entonces dijo el Señor a Moisés: «Vuelve a poner la vara de Aarón delante del Testimonio, para guardarla como señal contra los rebeldes: así acabarán las murmuraciones y no morirán». Moisés lo hizo exactamente como le había mandado el Señor (Nm 17,16-26).


Detrás de la segunda cortina estaba la tienda llamada Santo de los Santos, que contenía el altar de oro para los perfumes y el Arca de la Alianza, revestida toda ella de oro, en la que se hallaban la urna de oro con maná, la vara florecida de Aarón y las tablas de la alianza (Heb 9,3-4).
Nosotros, como cristianos, vislumbramos en el contenido del Arca la Palabra en las tablas de la ley, la Eucaristía en el maná y la autoridad sacerdotal en la vara de Aarón. La Iglesia se construye con esos tres elementos fundamentales: palabra, sacramentos y ministros.
Con razón, María es llamada «Arca de la nueva alianza» porque ella acogió en su seno a Jesús; no es portadora de las tablas de la Ley, sino de la Palabra viva, el Verbo de Dios hecho hombre; lleva en su vientre al que va a realizar la alianza nueva y eterna, con la ofrenda de su cuerpo y de su sangre, recibidos de María. Inmediatamente después de que el Apocalipsis habla de que apareció en el santuario del cielo el Arca de la Alianza (Ap 11,19) nos presenta a la mujer vestida de sol, con la luna como pedestal y coronada de estrellas, que da a luz al que va a pastorear a todas las naciones (Ap 12,1-18).
Por encima del Arca se fabrica una especie de tapa que se llama el propiciatorio:
Fabricarás también un propiciatorio de oro puro, de un metro y cuarto de largo por setenta y cinco centímetros de ancho. Harás dos querubines cincelados en oro, para los dos extremos del propiciatorio. Haz un querubín para un extremo y otro querubín para el otro; cada uno arrancará de un extremo del propiciatorio. Los querubines extenderán sus alas por encima, cubriendo con ellas el propiciatorio. Estarán uno frente a otro, mirando al centro del propiciatorio. Colocarás el propiciatorio encima del Arca (Ex 25,17-21).
Las alas de los querubines, uno enfrente del otro, cubren toda el Arca. Los querubines son el símbolo de la presencia de Dios, forman el trono de Dios, en paralelo al trono del Todopoderoso en el cielo (cf. Is 37,16; Ez 10,1; Dn 3,55). Tanto en las telas que recubren la Morada (Ex 26,1), como en la cortina del velo que oculta el Santo de los Santos (Ex 26,31) hay imágenes de querubines que envuelven la presencia de Dios -y del que entra en su presencia-.
Toda esta estructura y estos elementos se encuentran en el templo que Salomón edificó en Jerusalén y el que fue reconstruido por Herodes en tiempo de Jesús.
El año cuatrocientos ochenta de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, el cuarto año del reinado de Salomón en Israel, en el segundo mes, en el de ziv, Salomón construyó el templo del Señor […]. Llegó a Salomón la palabra del Señor que decía: «Por este templo que estás levantando, si caminas según mis preceptos, obras según mis leyes y guardas todos mis mandatos, caminando conforme a ellos, yo te cumpliré mi palabra, la que prometí a David tu padre: habitaré en medio de los hijos de Israel y no abandonaré a mi pueblo, Israel». (1Re 6,1.11-13)
Es necesario conocer -aunque sea sucintamente- los sacrificios que se realizan en el Santuario para entender la función de los distintos elementos.
Hay sacrificios para expiar los pecados que se hacían cotidianamente.
Cuando el sacrificio se hace para expiar el pecado de un hombre particular (no del sumo sacerdote o del pueblo) (Lv 4,27-35), normalmente se ofrecía el sacrificio de un cordero en el atrio, ante el altar de los holocaustos. Previamente el pecador imponía las manos sobre el animal confesando su pecado, transfiriendo así simbólicamente su pecado a la víctima. Él mismo debía sacrificar al animal. De este modo el pecador se daba cuenta de que su pecado tenía un precio: «La paga del pecado es la muerte» (Rm 6,23). El sacerdote mojaba con la sangre los salientes del altar de los holocaustos y derramaba el resto a los pies del mismo. La grasa de la víctima se quemaba en ese altar situado en el atrio. Después del sacrificio, el pecador ya estaba perdonado. Se emplea el mismo rito cuando el que peca es el jefe de la comunidad, pero se sacrifica un macho cabrío (Lv 4,22-26)
A nosotros se nos olvida que el pecado mata y debemos darnos cuenta de que o nos liberamos del pecado o morimos. En nuestro caso no es la muerte de un cordero la que nos salva de la muerte eterna, sino la muerte de Cristo en la cruz, la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (cf. Jn 1,29), la sangre de la nueva alianza que es derramada para el perdón de los pecados (Mt 26,28).
En estos casos, el sacerdote no entraba en el santuario. Pero cuando se trataba del pecado del sumo sacerdote o del pueblo (Lv 4,3-21), lo que se ofrecía era un toro. En este caso, la imposición de las manos y el degollamiento se realiza ante la Tienda del Encuentro. Con la sangre se hacen siete aspersiones hacia el velo que hay ante el Santo de los Santos y después untan con la sangre los salientes del altar del incienso dentro del Santo. El resto de la sangre se derrama al pie del altar de los holocaustos. La grasa del animal se quema en ese mismo altar situado en el atrio.
Esos sacrificios de expiación se realizaban a diario en el Santuario, pero una vez al año, en el día de la expiación (Lv 16), el sacrificio llegaba a la presencia de Dios al Santo de los Santos. El sumo sacerdote ofrecía un novillo por los propios pecados. Después se escogían dos machos cabríos y se echaba a suertes. Uno de ellos se ofrecía a Dios como sacrificio expiatorio. Después de sacrificarlo, su sangre se introducía hasta el Santo de los Santos donde está el Arca de la alianza. Entraba con el incensario encendido de tal manera que la nube ocultaba el propiciatorio que debía quedar oculto a sus ojos. Con sus dedos asperjaba siete veces sobre el propiciatorio (como había hecho con la sangre del novillo). Así se purificaba al pueblo. Sobre el otro macho cabrío se imponían las manos, se confesaba el pecado del pueblo y se lo deja en el desierto entregándolo a Azazel.
Esta realidad del propiciatorio tiene una especial importancia en el Nuevo Testamento para describir el sacrificio redentor de Cristo: «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús. Dios lo constituyó medio de propiciación [propiciatorio] mediante la fe en su sangre» (Rm 3,23-25); «Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1Jn 2,2; cf 4,10).
Al terminar esta presentación del Santuario tal como Yahweh se lo mandó construir a Moisés en la revelación del Sinaí, debemos recapitular y afirmar como las realidades que se anuncian en la Tienda del Encuentro se realizan en Jesús: él es el verdadero templo: «Jesús contestó: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Los judíos replicaron: “Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”. Pero él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2,19-21). Jesús es también la puerta del santuario (Jn 10,6.9), el Cordero que se ofrece (Jn 1,29; Ap 5), el sumo sacerdote que ofrece el verdadero sacrificio (Heb 8,1-2), la luz que ilumina el mundo como las luminarias del templo (Jn 8,12), el verdadero pan del cielo que se ofrece para la vida del mundo (Jn 6,35.48-51), el que ofrece el agua viva (Jn 4,10.14; 7,38; 19,34) como la que purifica a la entrada del Santuario, la ley que da plenitud a la que está escrita en las tablas de piedra, su sangre es la que nos perdona los pecados y nos permite acercarnos al Padre (Mt 26,28; Ef 1,7; Col 1,20), el nuevo propiciatorio sobre el que se derrama la sangre del sacrificio (Rm 3,25), su muerte rompe para siempre el velo que nos separaba de la presencia de Dios (Mc 15,38). Todo los que vemos en el Santuario está hablando de Jesús.
Lo que Dios hace al pedirle a Moisés que construya el templo, según su propia iniciativa y el modelo que propone, es manifestarle que quiere estar con ellos y mostrarles por medio de los elementos de la Tienda del Encuentro realidades espirituales que se van a culminar con Cristo. La plenitud del templo y del sacrificio en Cristo hacen innecesarias ya todas esas realidades que lo anunciaban. Con su sacrificio el Hijo de Dios dio fin a los sacrificios de la antigua alianza, con su muerte eliminó el velo que nos separaba de Dios. Hemos recibido una santificación interior, no una purificación externa, que nos permite el acceso a la presencia del Padre.
También la primera alianza tenía sus ritos para el culto y su santuario de este mundo. Se instaló una primera tienda, llamada el Santo, donde estaban el candelabro y la mesa de los panes presentados. Detrás de la segunda cortina estaba la tienda llamada Santo de los Santos, que contenía el altar de oro para los perfumes y el Arca de la Alianza, revestida toda ella de oro, en la que se hallaban la urna de oro con maná, la vara florecida de Aarón y las tablas de la alianza. Encima del Arca estaban los querubines de la Gloria, que cubrían con su sombra el Propiciatorio. No hace falta explicarlo ahora al detalle.
Una vez instalado todo, los sacerdotes entran continuamente en la primera tienda para oficiar allí. En la segunda solo entra el sumo sacerdote, una vez al año, con la sangre que ofrece por sí y por los pecados de inadvertencia del pueblo. Con lo cual daba a entender el Espíritu Santo que, mientras está en pie la primera tienda, no está patente el acceso al santuario. Estos son símbolos del tiempo presente: allí se ofrecen dones y sacrificios incapaces de perfeccionar la conciencia del que oficia; pues consisten en comidas, bebidas y abluciones diversas: disposiciones humanas en vigor hasta el momento del orden nuevo.
En cambio, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna […].
Pues bien, Cristo entró no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena. Si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde la fundación del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de los tiempos, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez; y después de la muerte, el juicio. De la misma manera, Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, para salvar a los que lo esperan (Heb 9,1-12.24-28).
Así pues, teniendo libertad para entrar en el santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne, y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura (Heb 10,19-22).
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Mientras Dios le está dando todas estas disposiciones a Moisés para estar con su pueblo y abrirle el acceso a él (Ex 25-31) el pueblo se está fabricando un ídolo (Ex 32). Después del pecado del becerro de oro, Dios le dirá a Moisés que ya no puede acompañar al pueblo, tendrá que hacerlo un ángel, porque los consumiría con su santidad (Ex 33,1-5). En ese momento Moisés se encara con Dios con una gran batería de argumentos que salen de su corazón (Ex 33,12-17). Dios tiene que renovar la alianza e inventar nuevos medios para acompañar a su pueblo, de modo que la santidad de Dios no consuma al pueblo pecador. Ése era el problema del Antiguo Testamento. En el Nuevo, la santidad de Dios nos acrecienta porque ya no somos esclavos sino hijos, porque ya no adoramos desde fuera, sino en espíritu y verdad, porque hemos sido santificados interiormente por medio del Espíritu que habita en nuestros corazones (Rm 5,5) y podemos hablar con Dios con toda confianza, como el Hijo (Gal 4,6; Mt 6,9). La dinámica de mantener la distancia con la santidad de Dios propia del Antiguo Testamento para que el hombre no perezca al ver a Dios ahora cambia radicalmente: Dios se hace cercano porque el Verbo de Dios se ha hecho hombre y porque en lo hondo de nuestro ser tenemos al Santo de los Santos (Jn 14,23; 6,56). Por eso, la vida espiritual es una verdadera peregrinación al santuario interior, donde Dios habita, a esa Morada más profunda que describe santa Teresa, al más profundo centro del alma donde nos encontramos con él.
El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.
















