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I. Introducción

1. El vínculo entre las respuestas de María, del Verbo y los cristianos

El presente retiro espiritual pretender llevarnos a la contemplación del misterio de la Encarnación, fijándonos en la actitud de María y del Verbo de Dios para empaparnos de ese misterio y hacer vida en nosotros cuánto contiene y significa. Las actitudes y la respuesta de ellos dos nos mostrarán claramente el camino para responder adecuadamente a la acción de Dios en nosotros, iluminando toda nuestra vida como respuesta concreta al plan personal de salvación que Dios tiene para cada uno de nosotros.

Hemos de prepararnos, purificando nuestro corazón de preocupaciones y agobios, haciendo un acto de fe en la presencia de Dios y en la acción del Espíritu Santo, y disponiéndonos a recibir como don la capacidad de entrar contemplativamente en lo profundo de Dios, ya que «nosotros tenemos la mente de Cristo» (1Co 2,16).

No estaría de más comenzar por una lectura serena del relato de la Anunciación (Lc 1,26-38), como marco evangélico que nos permitirá profundizar contemplativamente en las respuestas de María y del Verbo para después encarnarlas en nuestra vida.

Lo primero que hemos de tener en cuenta es que la respuesta de María a las palabras del arcángel Gabriel es de una densidad extraordinaria; y, además, es una referencia importante para los hombres a la hora de dar nuestra respuesta personal a Dios. La vocación de María tiene algo de universal, pues el cristiano está llamado a dejar que el Espíritu forme a Cristo en su corazón, y a permitir al Verbo gozar de una «humanidad suplementaria»1 en nosotros, de forma que Él pueda seguir realizando la obra de Dios en nuestro mundo a través de nuestra vida. Si la vocación cristiana prolonga en cierto sentido la vocación de María, su respuesta se convierte para nosotros en paradigmática, y su conocimiento profundo nos ayuda a reproducirla en nosotros, guiados por el Espíritu Santo.

Pero, para comprender las dimensiones profundas de la respuesta de María en la Anunciación, es importante ponerla en paralelismo con las palabras que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad pronuncia precisamente en el mismo momento de la encarnación, y que nos son transmitidas en la carta a los Hebreos. Podemos contemplar ambas «declaraciones», que están unidas, para comprender hasta qué punto hay una sintonía de actitudes entre Madre e Hijo en el instante de la encarnación, y una perfecta correspondencia casi literal. Eso nos permite reconocer la respuesta vocacional que Dios espera de nosotros va en el mismo sentido, y debe identificarse con las de María y Jesús.

Poniendo juntas las respuestas de ambos podemos comprobar su paralelismo:

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).

He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Heb 10.7)

Ambas afirmaciones las podemos dividir en tres partes para su contemplación, de la siguiente manera:

MARÍA                                            EL VERBO DE DIOS

He aquí la esclava del Señor      He aquí que vengo

hágase en mí                                para hacer

según tu palabra.                         tu voluntad.

Dividiendo ambas manifestaciones en tres partes vemos más claramente la coincidencia de las respuestas de Madre e Hijo, precisamente en el momento en que se establece ese vínculo misterioso entre ellos:

  • -La primera parte (aquí estoy / aquí vengo) manifiesta a la disposición incondicional de ambos tal como ya analizamos en un retiro anterior: «“Aquí estoy”. Firmeza y disponibilidad»2.
  • -La segunda parte (hágase en mí / para hacer) hace referencia al acto que debe realizar cada uno de ellos -el dejarse hacer, o la determinación activa de «hacer»-: un acto preeminentemente pasivo en el caso de María y fundamentalmente activo en el caso del Verbo.
  • -La tercera parte (según tu palabra / tu voluntad) alude a la motivación y a la finalidad de esa colaboración, que consiste en cumplir la voluntad de Dios, distinta para cada uno de ellos.

Todo esto nos ofrece pistas para meditar en la respuesta de toda vocación cristiana, que ha de estar compuesta de una disposición determinada al acoger la llamada de Dios -que ya estudiamos en el retiro antes citado-; de un acto concreto, que manifiesta eficazmente nuestra entrega a esa llamada, y que en nuestro caso debe ser al estilo del «hágase de María»; y, finalmente, de una motivación muy clara que se concreta en satisfacer apasionadamente la voluntad de Dios.

Este retiro lo vamos a centrar en la segunda parte de la respuesta de María, en su «hágase en mí». Esta respuesta es, insistimos una vez más, ejemplar para todo cristiano, y singularmente para todo contemplativo que quiera seguir de cerca a María, la gran maestra de contemplativos. Vamos a contemplar su respuesta como modelo y referencia para la nuestra, viendo en ella, sobre todo, una luminosa y concreta expresión de fe, esperanza y caridad.

2. No basta el «aquí estoy»

Lo primero que es importante señalar es que el «aquí estoy», como respuesta a la llamada que Dios dirige a sus predilectos, es la actitud adecuada que Dios espera de sus colaboradores. Pero esa respuesta intencional, siendo imprescindible, es insuficiente, porque en sí misma es sólo la predisposición, en fe y amor, a cumplir la voluntad de Dios; pero requiere algo más. De hecho, los que proclaman su actitud de completa acogida y docilidad a la llamada divina tienen luego que plasmarla en una serie de actos concretos que ratifican o desmienten esa expresada disponibilidad.

Vimos cómo Abrahán, el primer patriarca, no sólo proclama su «aquí estoy» como expresión de su completa docilidad a la voluntad de Dios, sino que, una vez conocida esta voluntad, traduce en actos reales y eficaces su compromiso obediencial a la llamada recibida. Por eso, madrugó, aparejó el asno, corto la leña, se puso en camino, construyó un altar, apiló la leña, puso en él a Isaac, cogió el cuchillo y fue a degollar a su hijo (cf. Gn 22). Son acciones concretas que manifiestan que la disponibilidad manifestada era verdadera.

Lo mismo cabe decir de Isaías. Este profeta, inmediatamente después de su encuentro con Dios (Is 6) y de ser enviado al rey, empieza a ejercer su ministerio, poniéndose en marcha «hacia el extremo del canal de la alberca de arriba, junto a la calzada del campo del batanero» (Is 7,3), para persuadir al rey Ajaz que confíe en la protección del Señor. Y, una vez constatado que el rey no estaba muy resuelto a hacerle caso, el profeta anuncia al rey, de parte de Dios, un misterioso signo: «Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel» (Is 7,14). A Isaías no le bastó decir un sincero «aquí estoy», sino que tuvo que comprometer su vida y su actividad en una serie de actos concretos que expresaran que su «aquí estoy» inicial es real en la práctica.

También los pobres de Yahvéh tienen que traducir su «aquí estoy» en unas actitudes concretas. Para demostrar que su disponibilidad responde a una verdadera actitud de docilidad y mansedumbre religiosa, tiene que ir acompañada por una serie de actos concomitantes necesarios: la paz interior en medio del sufrimiento infringido por el mal, la renuncia a «tomarse la justicia por su mano», el esfuerzo por no apegarse a bienes y comodidades de este mundo… Todo ello manifiesta, en actos reales, que el pobre sólo tiene a Dios por salvador: «Asiria no nos salvará, no volveremos a montar a caballo, y no llamaremos ya “nuestro Dios” a la obra de nuestras manos» (Os 14,4).

Por el contrario, el «aquí estoy» con el que responde Moisés (cf. Ex 3,4), se revela como una simple fórmula vacía de contenido cuando tiene que traducirse en los actos eficaces que la validarían. Moisés no quiere presentarse ante el faraón para exigir la salida de Israel (cf. Ex 3,11), intenta desviar la cuestión preguntando el nombre misterioso de Dios (Ex 3,13-14), no se deja convencer ante los prodigios que realiza el bastón milagroso (cf. Ex 4,2-5), no acepta la misión cuando Yahvéh le invita a incorporar a la empresa a su hermano Aaron como portavoz (cf. Ex 4,14-16), y acaba provocando la ira de Dios al intentar eludir su misión (Ex 4,13-14). En suma, el «aquí estoy» de Moisés no expresa realmente la actitud profunda que hace de esas palabras una disponibilidad completa a Dios, porque no va acompañado de los actos imprescindibles que la realizan.

Nuestro «aquí estoy», para que sea verdadero, tiene que plasmarse en actos que manifiesten ese compromiso real, que son los que posibilitan que la voluntad de Dios se cumpla. Podríamos decir, por resumir lo anterior, que, en las llamadas de Dios para realizar su plan, el elegido ha de hacer dos cosas: fiarse de Dios (como vemos en Abrahán, Gedeón, Isaías…), y realizar una acción concreta -unos actos determinados, no arbitrarios- que coopere con Dios para que él pueda realizar su obra. Es importante constatar que parte de esta respuesta correcta consiste en descubrir los actos concretos que conducen al cumplimiento de la voluntad de Dios tal y como él quiere que sea realizada. La falta de discernimiento y concreción de estos actos manifiestan una actitud imperfecta, e impiden que se cumpla la voluntad de Dios y, por tanto, la cooperación humana necesaria para la salvación del mundo. En el caso de Abrahán, esta respuesta consiste en sacrificar a su hijo; en el caso de Gedeón, es iniciar la batalla contra los amalecitas; Moisés tiene que superar su miedo, bajar a Egipto a liberar a Israel, e ir a comunicar al pueblo las palabras de Dios.

Por tanto, para estar a la altura de la llamada divina, Abrahán podría decir: «Aquí estoy, y voy a sacrificar a mi hijo»; e Isaías podría decir: «Aquí estoy, y voy a salirle al paso a Ajaz»; y los pobres podrían decir: «Aquí estoy, y espero tu salvación sin buscar otras soluciones»; Gedeón podría haber dicho: «Aquí estoy y ataco con un pobre contingente a los amalecitas que me superan en poder»; Zacarías (Lc 1,5-25), si hubiera creído, podría haber dicho: «Aquí estoy, y voy a unirme a Isabel en cuanto llegue a mi casa para que nazca tu enviado».

Si aplicamos esta lógica a María, tendríamos que indagar en qué acto externo se expresa la verdad de su «aquí estoy». Ahí encontraremos pistas para identificar en concreto cómo tiene que ser nuestra propia respuesta a la gracia que recibimos de Dios. La acción inmediata de María consiste en ponerse en camino hacia la montaña para ver a Isabel, pero este acto no nos da luz sobre nuestra búsqueda, porque no afecta directamente a la aceptación del núcleo del mensaje angélico, aunque tiene su origen en lo que aquél revela: no está ahí la clave. En el caso de la vocación de María, ella tiene que expresar su incondicional acogida en un acto real de radical confianza en Dios, que se contiene en sus palabras: «Hágase en mí». María no se siente llamada a realizar ningún acto concreto añadido -de hecho, el ángel no se lo pide-, salvo el de acoger, desear y ejecutar lo que Dios desea. Su única concreción es hacer posible la obra de Dios, cooperando con su libre determinación y permitiendo que Dios la lleve a cabo. Su acto de fe coincide absolutamente con su misión. Intentemos contemplar este misterio como el mejor modo de acoger toda la luz que contiene.

II. «Hágase»

Con su «hágase en mí» María responde a las revelaciones del ángel y acoge la oferta que se le dirige. Y lo hace con una respuesta perfecta, en completa sintonía con las expectativas de Dios: puesto que Gabriel le anuncia que la obra de la gestación del Hijo la hará el Espíritu Santo, ella lo acepta incondicionalmente y, por eso, no pregunta el modo en que se realizará, ni pide pruebas. Simplemente se dispone, desde su condición de esclava, a acoger el don de Dios. Por eso, su «hágase en mí» es una apertura total a la acción de Dios que le ha sido revelada, es la acción precisa que ratifica su «aquí estoy», es la forma concreta de llevar a cabo la invitación del Señor.

Esto puede parecer, a simple vista, una mera disposición intencional o teórica. Sin embargo, es una acción precisa y real, que presupone una intención de cooperar a la gracia, pero va más allá. La realidad concreta de la vida de María demostrará que sus palabras en el momento de la Anunciación son la expresión del más potente acto de fe, por el que ella da un portentoso salto en el vacío para renunciar a sí misma e hipotecar su vida en el abandono absoluto en las manos de Dios. Sólo así, él puede hacer su obra sin ninguna limitación humana que lo condicione.

1. Las tres dimensiones del «hágase»

Para entender en toda su profundidad la extraordinaria respuesta de María hemos de analizar con detenimiento ese «hágase» en el que se encierran tres actos complementarios e inseparables, que son la humilde obediencia, el apasionado deseo y la eficaz ejecución. Es importante contemplar serenamente estas tres realidades para ver cómo hemos de aplicarlas a nuestra respuesta al plan que Dios nos presenta como vocación y misión. Veámoslo en detalle.

a) La obediencia en fe

María ha ido transformándose según se ha desarrollado el diálogo con el Arcángel. De la inquietud y recelo inicial pasa a la serena apertura silenciosa, que se transforma en indagación responsable para ejercer la obediencia fiel, y culmina en entendimiento suficiente del misterio al que se la invita en fe. Esas actitudes interiores la llevan a una total determinación de acoger con todo su corazón la invitación del ángel para embarcarse en la aventura a la que es invitada.

Por tanto, la primera dimensión del «hágase», la más obvia, es la perfecta obediencia, la entrega incondicional, que comporta una implicación total de su persona -cuerpo, alma y espíritu- en el plan de Dios. Una adhesión que se manifiesta no tanto en una acción externa cuanto en una apertura interna y de libre compromiso asumido. «No está el secreto en hacer. En lo divino, el mejor hacer está en dejarse hacer, en seguir con humana sencillez la iniciativa de Dios»3. María acepta, desde la fe, la realización del plan de Dios en ella, y se dispone interiormente a la obediencia que manifiesta esa misma fe. Una obediencia que renuncia a iniciativas indiscretas y se concentra en acoger la acción de Dios en ella, a diferencia de nosotros que empezamos a pensar qué podemos hacer, a calcular las dificultades, a dar testimonio de la experiencia, etc.

La recepción de María tiene una doble dimensión. Por un lado, es un compromiso claro de cooperación, que se manifiesta en una adhesión incondicional al plan de Dios que le ha comunicado el ángel. Por otro lado, expresa la convicción de que ha de ser Dios quien realice ese plan y que ella sólo tiene que consentir para que Dios pueda realizar lo que sólo a él le compete. En definitiva, María en su respuesta es consciente de que Dios necesita su consentimiento para realizar lo que sólo él puede hacer.

En este sentido, la Niña de Nazaret experimenta una verdadera ansia de consagración, de donación absoluta de toda su persona al único que tiene derecho a ella, para que se realice en su vida cuanto Dios quiere actuar de verdad, no como nosotros, que nos conformamos con darle cosas, pero le damos lo que nos interesa o lo que no nos cuesta. En ella, la Hija de Sión, en la que se concentra toda la esperanza del Pueblo de Dios, que vive en sintonía permanente con la Escritura, debieron brotar sentimientos similares a los que manifiesta el salmista: «Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas» (Sal 119,14), porque «yo amo tus mandatos más que el oro purísimo» (Sal 119,127). María sintió una verdadera pasión por obedecer: «De noche pronuncio tu nombre, Señor, y, velando, tu ley; esto es lo que a mí me toca: guardar tus decretos. Mi porción es el Señor; he resuelto guardar tus palabras» (Sal 119,55-57). Por eso, el «hágase» no es sólo una actitud de acogida, sino un acto real de entrega consagrada, expresión de su amor, donde la Esclava se ofrece a Dios con toda consciencia para satisfacer plenamente sus expectativas. La Esclava se comporta como lo que es, ejecutando eficazmente su anhelo de obediencia. Su «sí» a Dios es la respuesta proporcionada a la invitación de Dios recibida a través del Ángel.

La acogida en fe del desconcertante plan de Dios por parte de María recuerda la respuesta de Abrahán y su disposición a cumplir la «perturbadora exigencia» de Yahvéh. Como él, también María renuncia al don de Dios -en su caso, la virginidad- para poder recibir, de una forma misteriosa y desconcertante, ese mismo don purificado. El santo patriarca inicia, en la fe y la obediencia, la historia de la salvación; María, con su fe y su obediencia, realiza la culminación de la Antigua Alianza e inaugura la plenitud definitiva de la redención. La actitud de María está al nivel de la oferta divina: «En esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con “la gracia de Dios que previene y socorre” y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo, que, “perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones”»4.

b) El anhelo en esperanza

Pero la respuesta de la Nazarena no se agota en la entrega de la fe, sino que la conversación con el alado mensajero suscita en ella un ansia inmensa de que se realice lo que le ha sido revelado. Ella, la Hija de Sión, que ha anhelado desde pequeña la venida del Mesías Salvador de Israel, ve acercarse lo que tantas veces ha soñado y pedido al cielo, y no puede por menos que proclamar en su corazón con el profeta: «¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!» (Is 63,19). Su «hágase»5 no sólo expresa aceptación sino deseo ansioso, no se agota en un acto pasivo de obediencia, sino que es también un acto positivo de súplica. María se une a la ejecución del plan de Dios no sólo con su cuerpo sino también con toda su alma, hasta el punto de que su aceptación y su ansia porque se cumpla la voluntad de Dios es un misterioso acto de fecundidad. ¡Cuánto tenemos que contemplar la pasión de María, como santa obsesión por cumplir el plan de Dios, para que se despierte en nosotros la verdadera fe como esa pasión que nos orienta absolutamente hacia Dios y su gloria!

María, impulsada por la atracción del amor, intuye que no basta con que deje obrar a Dios, sino que es preciso que ella quiera con todas sus fuerzas lo que Dios quiere. Para eso ha de permanecer humildemente disponible, sí; pero con un corazón ardiente y apasionado por el cumplimiento de lo que Dios desea hacer en ella, de modo que puede decir con el salmista: «Tus decretos son mi delicia» (Sal 119,20). El corazón de María, indiferente a lo que nos entusiasma a nosotros, se apasiona sólo por Dios, pero de una forma tremendamente fuerte. La revelación del ángel ha inflamado la pira de los anhelos y las esperanzas que durante toda su vida ha ido acumulando su corazón virginal. Las palabras del ángel han despertado en María las ansias de salvación y los deseos del Salvador. «Como el águila incita a su nidada, revoloteando sobre los polluelos» (Dt 32,11), así Dios ha removido y ha avivado las brasas del corazón de María. Ahora todo su ser ansía y espera el gran incendio.

La muchacha de Nazaret ha estado siempre apasionadamente polarizada hacia Dios, ávida de cumplir su voluntad. Pero ahora, tocada tan en lo vivo por las palabras del ángel e iluminada por las revelaciones recibidas, siente la premura de un corazón que tiene prisa por ver cumplido el designio de Dios. ¡Con qué tino describe el Cantar de los Cantares los anhelos de la joven Nazarena al percibir la proximidad de Dios!: «Yo dormía, pero mi corazón velaba ¡Un rumor…! Mi amado llama: “Ábreme, hermana mía, amada mía, mi paloma sin tacha”» (Cant 5,2). Y ¿qué dice el Esposo a la Paloma sin tacha?: «Mira, el invierno ya ha pasado, las lluvias cesaron, se han ido. Brotan las flores en el campo, llega la estación de la poda, el arrullo de la tórtola se oye en nuestra tierra. En la higuera despuntan las yemas, las viñas en flor exhalan su perfume. Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente» (Cant 2,11-13). Empieza la primavera y la Esposa es llamada al amor. Y María se lanza a correr tras el Amado. Esto es a lo que estamos llamados, y tenemos que poder encontrarlo en nuestra alma; si no es así, debemos desearlo, pedirlo anhelantemente y vivirlo de manera que se inflame así nuestro corazón.

Esta joven enamorada, tocada por la mano divina, siente la impaciencia del amor; un amor que sólo puede satisfacerse en el encuentro con el Amado, porque «en las heridas de amor no puede haber medicina sino de parte del que hirió, y por eso dice que salió clamando, esto es, pidiendo medicina tras del que la había herido, clamando con la fuerza del fuego causado de la herida»6. María corre detrás de su Amado. Ella no es ‑nunca fue‑ la aldeana retraída y medrosa que podríamos imaginar. Tras el porte externo de paz serena, de sencilla mansedumbre, se oculta un corazón fogoso, ardiente, capaz de amar apasionadamente lo que es digno de ser amado. Esta Niña, llamada a encender el mundo entero con su amor, permanece indiferente a la mayoría de las cosas que causan pasión en los hombres. Desde pequeña, su corazón está concentrado en una única ansia; y, cuando ve posible, cercano, próximo, el cumplimiento de su anhelo, su corazón se encrespa como el mar en mitad de la tormenta y comienza la reacción interior que ha de culminar en un estallido de júbilo más potente que cualquier explosión nuclear, un estallido capaz de arrasar con todo y que va a transformar el orbe entero. Realmente, Dios Padre no puede dejar sin curar esa herida de amor que ha abierto, por eso tiene que saciar el ansia que anida en el corazón de la Doncella.

La pasión de María y sus «prisas», su entusiasmo, responden a la pasión, las prisas y la ilusión del Padre. El corazón de la jovencita Nazarena late en sintonía perfecta con el «corazón» de Dios. Sus latidos se han acompasado, y para María ya no es sólo una cuestión de obediencia, sino una necesidad vital, un anhelo vehemente de que se realice la obra que el ángel le ha manifestado. Ambos, Esposo y Esposa, sienten la misma ardiente urgencia por incendiar con su amor el orbe entero. El fruto del amor de ambos también sentirá en su corazón la tortura de incendiarlo todo, como manifiesta el mismo Hijo: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!»7 (Lc 12,49-50). Todo está empapado y movido por la pasión del Padre, de la Madre y del Hijo, una pasión salvadora y transformadora; muy distinta de la nuestra, porque, atrapados por nuestras pasiones mezquinas, perdemos la capacidad de responder adecuadamente a la llamada de Dios.

En este aspecto, la respuesta de María adquiere los tonos de la respuesta de los pobres de Yahvéh, que anhelan en esperanza lo que Dios les ha comunicado por la fe; con un anhelo gozoso que contrasta con las dificultades que sufren. Las revelaciones de Gabriel han desarrollado en María las disposiciones propias de quienes esperan, anhelan y sueñan con la acción misericordiosa y salvadora de Dios. La Virgen ya no es sólo la esclava obediente, sino también la pobre anhelante, que pronuncia un «hágase» ardoroso, que acelera la acción salvadora de Dios: Ella no la realiza, pero pide con vehemencia que se cumpla ya. María, la Hija de Sión, la Virgen de la esperanza, heredera de todas las esperanzas del Pueblo de Dios, pudo hacer completamente suyas las palabras del salmista que se cumplirían en ella plenamente: «¡Ojalá venga desde Sión la salvación de Israel! Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo, se alegrará Jacob y gozará Israel» (Sal 14,7). Su Magníficat es el canto de alegría y gozo de quien ve cumplida esa salvación anhelada.

El «hágase» de la Nazarena, lleno de alegría y deseo, de ardiente esperanza, es un acto de vehemente súplica que se convierte en la fuente -derivada a su vez, de la única fuente trinitaria- de nuestra salvación.

Este misterio, al que estamos llamados, tiene que ser objeto de nuestra contemplación hasta que haga prender en nuestro corazón la misma llama que consumía el corazón de María. Lo cual nos debe llevar a plantearnos si realmente nos consume -o deseamos que nos consuma- la pasión de Dios o, por el contrario, nuestro corazón está dividido en la multitud de pasiones que nos solicitan desde dentro del corazón y desde fuera, en el mundo. Podemos ver que en María hay una elección -una elección de amor- que ella realiza libremente, como respuesta a la gracia. Es la misma elección que tenemos que hacer nosotros; de la cual dependerá el sentido y el fruto de nuestra existencia.

Más allá de pedirle a Dios que nos ayude a ser mejores o nos permita superar las dificultades de la vida, la verdadera oración debería dirigirse así al Espíritu Santo para que nos haga desear el fuego de la pasión de Dios, para poder pedírselo de verdad y que nos lo pueda conceder, porque de otro modo no lo podremos recibir.

c) El amor en acto

Finalmente, el «hágase» que pronuncia María tiene un tercer ingrediente imprescindible. Además de apertura completa y de deseo vehemente, es también valiente ejecución. Puede resultar sorprendente que un «hágase» que parece mero abandono, sea, sobre todo, una acción concreta, que supone tomar en las propias manos de niña el plan de Dios para ejecutarlo de forma real y precisa. Este aspecto -el de la «valiente» ejecución- está contenido en su respuesta como un elemento indispensable, porque Dios no quiere recrear el universo él solo, sino que, desconcertantemente, hace depender su obra de esta criatura. Por eso, la respuesta de la «Llena-de-gracia» no se agota en un acto de disponibilidad, ni en un ejercicio de deseo, es también una eficaz e indispensable colaboración, según el plan elegido libremente por el Padre.

La respuesta de María -«Hágase»- no es tan sólo la acogida de una oferta en perfecta sumisión -«de acuerdo, lo acepto»-, ni de un deseo ansioso porque se realice lo anunciado -«anhelo que Dios realice lo que me ha dicho»-, sino implica también una ejecución concreta por parte de María, que manifiesta una voluntad que viene a decir: «Por el poder que se me ha concedido, ordeno que se realice cuanto se me ha comunicado». El hágase de María es también un acto imperativo positivo, aunque humildemente realizado. Un acto que consiste en mandar al universo que se cumpla la voluntad divina: Dios espera que María pronuncie el mandato para que se realice la recreación que supone la encarnación. No es una simple aceptación del plan de Dios, sino una eficaz puesta en marcha del mismo. Sin que ella dé la orden ‑no sólo la aceptación concesiva‑ nada se puede hacer8. Eso supone un acto positivo, un mandato operativo que, por voluntad de Dios, es imprescindible para que pueda realizarse el plan salvador.

Imaginemos, en este sentido, a un magnate que construye un cohete para ir al espacio. Todo lo ha dispuesto él, y el proyecto ha sido realizado por entero bajo su dirección. Pero en el momento definitivo en el que ha de apretar el botón que pondrá en marcha el proceso de despegue desea que sea su esposa quien realice este acto decisivo, y para ello ha diseñado un botón que sólo puede ser accionado por las huellas dactilares de ella. No basta con que ella apruebe el plan de su esposo, o con que lo desee entusiasmada, sino que tiene que apretar el botón, porque hasta ese instante todo quedará en un proyecto ilusionante, que sólo cobrará vida real cuando ella, la única que puede, realice el acto definitivo. María aprieta el botón del Mundo Nuevo cuando proclama -obediente y entusiasmada- «¡Hágase!». Desde aquí se puede comprender la gravedad de otras respuestas de la Escritura, en positivo y en negativo; por ejemplo, el pecado de Moisés, que golpea la roca sin fe y sin determinación la primera vez, y por eso no brota el agua inmediatamente (cf. Nm 20,11-12). Sin el «hágase» de María no se habría realizado la renovación del mundo planificada por Dios; lo que debiera plantearnos cuántos planes de Dios se han dejado de realizar en nuestra vida por falta de esta respuesta.

La respuesta de María, como ejecución de la parte que le corresponde en la obra en la Redención, es un acto de amor; un acto de vaciamiento de sus perspectivas y legítimos deseos para cumplir la voluntad de Dios y hacer posible la salvación de los hombres. Ella se anula a sí misma, mientras realiza la voluntad de su Esposo. Es un acto de amor eficaz que produce la salvación de los hombres. No podía ser de otra forma, pues sólo el amor genera fecundidad, sólo el amor es creativo. Así, María puede concretar el anhelo de abnegación que siempre ha sentido en su corazón, el ansia de obediencia, que se convierte en colaboración eficaz. Ni la fe ni la esperanza generan vida, sólo el amor. La primera, la fe, se adhiere a la vida -«El justo por la fe vivirá» (Rm 1,17)-; la segunda, la esperanza, la invoca y reclama -«danos vida, para que invoquemos tu nombre» (Sal 80,19)-; pero sólo la tercera, la caridad sobrenatural, crea la vida: «Cristo… llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna» (Heb 5,9)9.

Como la respuesta de la Virgen de Nazaret está suscitada por el amor, sabe dar con la palabra justa, con la contestación anhelada por el Padre desde toda la eternidad. Sólo el amor sabe encontrar la respuesta exacta a las verdaderas cuestiones, la nota afinada que hace posible la sinfonía. La Niña, superando el vértigo que provoca una oferta increíble y aparentemente imposible, se entrega apasionadamente con una disponibilidad absoluta, que conlleva una acción que la compromete decisivamente y la sumerge en el ámbito de lo insondable y lo desconcertante del misterio de Dios. En su generosa acción, María no fue constreñida por el temor, sino que fue cautivada por el amor. Un amor cuyo objeto es Dios, pero que, en él, sus entrañas maternales saben adivinar el bien de todos los hombres y de la creación entera. De modo que, se zambulló con valentía en el misterio como forma de amar al Misterioso y de salvar la obra de sus manos.

La invitación dirigida a María para que colabore en la divinización de los hombres hay que enmarcarla en la decisión de Dios de realizar la redención a través de la colaboración humana. La Escritura es una continua narración de esas colaboraciones entre Dios y sus elegidos para llevar a cabo su obra. Pero en algunas ocasiones, Dios no sólo quiere realizar sus obras junto con su elegido, sino que quiere hacer depender completamente su acción de la de los que él ha llamado, y renuncia a realizar su salvación sin la peculiar colaboración de éstos. Por poner sólo algún ejemplo, reparemos en la liberación de Israel. Cuando Israel llega ante el Mar Rojo, seguido de cerca por las huestes del faraón, Dios toma la iniciativa de salvarlo. Pero lo quiere hacer sometiendo su poder a la fe y a la acción de Moisés: «Tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los hijos de Israel pasen por medio del mar, por lo seco» (Ex 14,16). Dios no necesita de la fe de Moisés, ni de su gesto con el bastón para dividir el Mar Rojo; y, sin embargo, sin esta fe, que reta lo imposible y que se transforma en una acción positiva de mandato a las aguas, no se hubiera producido el milagro10. Moisés es plenamente consciente de que no es su acción la que les permite salir victoriosos: «Moisés respondió al pueblo: “No temáis; estad firmes y veréis la victoria que el Señor os va a conceder hoy: esos egipcios que estáis viendo hoy, no los volveréis a ver jamás. El Señor peleará por vosotros; vosotros esperad tranquilos”» (Ex 14,13-14). Y, sin embargo, el enviado de Yahvéh sabe perfectamente que, sin su confianza y sin su acción, Dios no va a actuar.

Otro ejemplo lo constituye el anuncio de la «resurrección» de Israel que se le hace Ezequiel mediante una visión extraordinaria. El profeta se pasea por un valle lleno de huesos secos y Dios le tantea: «Hijo de hombre: ¿Podrán revivir estos huesos?» (Ez 37,3). Es Dios quien va a realizar el prodigio en forma de nueva creación. Como al principio de los tiempos, Dios formará primero los cuerpos, y después infundirá sobre ellos su espíritu (Gn 2,7). Pero quiere que esa acción creadora, exclusiva de Dios, se produzca a la orden del profeta. De modo que es éste el que, con su frágil palabra y su fe en el poder de Dios, realiza el prodigio que sólo Dios puede llevar a cabo: «Yo profeticé como me había ordenado, y mientras hablaba se oyó un estruendo y los huesos se unieron entre sí. Vi sobre ellos los tendones, la carne había crecido y la piel la recubría; pero no tenían espíritu. Entonces me dijo: “Conjura al espíritu, conjúralo, hijo de hombre, y di al espíritu: ‘Esto dice el Señor Dios: Ven de los cuatro vientos, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan’”. Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable» (Ez 37,7-10).

Tanto en el caso de Moisés como en el de Ezequiel, es el hombre el que manda a las fuerzas de la naturaleza y a las fuerzas espirituales para que se realice lo que sólo Dios puede hacer. De modo que, siendo obra exclusiva de Dios es, a la vez, obra del hombre que la pone en marcha. El «hágase» de María sigue la misma dinámica: es la fe y la esperanza de la Señora la que ejecuta amorosamente la voluntad de Dios, para que Dios haga lo que sólo él puede hacer, y el mundo acoja lo que nunca pensó recibir.

2. La perfección del «hágase»

La contestación de María al ángel encierra las tres dimensiones que acabamos de considerar y suponen una respuesta perfecta, que manifiesta una total sintonía con el corazón de Dios. En esta sencilla contestación encontramos un modelo de fe, esperanza y caridad, que se manifiestan en su apertura obediencial, en su apasionado deseo y en su eficaz colaboración. En sus palabras, María pone en juego las tres virtudes teologales de manera heroica y, de esa forma, realiza el supremo acto de adoración que permite al Padre realizar su plan redentor.

Sólo el Espíritu Santo podría suscitar en un ser humano una actitud y unas palabras tan perfectas en una alocución tan breve. Dios encuentra en María la sintonía perfecta: singularmente concorde con la voluntad del Padre, completamente adaptada a la inspiración del Espíritu Santo y sorprendentemente idéntica a la actitud del Hijo. De manera que toda respuesta del hombre a los requerimientos de Dios debería parecerse y tener las notas características de la respuesta de María. Por eso, su «hágase» no sólo representa la más sublime respuesta a Dios que llama, sino el modelo que Dios nos ofrece para acoger la invitación que a cada uno de nosotros nos dirige personalmente. Profundizar en el «sí» de María no persigue ante todo un interés curioso y admirativo, sino que pretende aprender a responder a Dios con la finura que él merece.

En la respuesta de María se encuentran íntimamente ligadas y extraordinariamente superadas la respuesta del amigo elegido, la del pobre de Yahvéh y la del enviado por Dios. Abrahán, los pobres de Yahvé o Isaías podrían verse en ella perfectamente identificados, aunque superados por la calidad de la fe, de la esperanza y del amor de la Niña de Nazaret. Todo el antiguo pueblo de Israel, sus santos, sus sabios y sus profetas encuentran en la respuesta de María la perfección a la que tendían su ansia de Dios y sus fervientes anhelos de servirle. Ella es verdaderamente la Hija de Sión, el fruto depurado, el resultado «destilado», de los mejores hijos del Pueblo de Dios. En ella culmina la fe, la esperanza y el amor de Israel. En la «Llena-de-gracia», la acción del Espíritu Santo ha actuado sigilosamente antes de ser cubierta por su sombra y ser convertida en la Esposa y la Madre.

3. La eficacia del «hágase»

Dios profiere su Palabra y ésta realiza, por su Poder, la voluntad del Padre: «La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos» (Sal 33,6). La creación entera es fruto de la eficacia de la Palabra Divina «porque él lo dijo, y existió; él lo mandó y todo fue creado» (Sal 33,9). Todo lo que Dios quiere realizar en el mundo es obra de su Palabra, que trae al ser y lo mantiene en él por la potencia del Espíritu Santo.

Sin embargo, en la plenitud de los tiempos, Dios quiere incorporar plenamente a una criatura humana a su potencia creadora -creadora y paternal-, de manera que la Nueva Creación que tenía proyectada realizar no fuera ya obra exclusiva de la Trinidad, sino que fuera una obra en colaboración con la humanidad. Sin embargo, es obvio que ningún ser humano puede crear, en sentido estricto, por su propia capacidad; por tanto, es necesario explicar en qué sentido la recreación del mundo es obra participada del ser humano.

Sólo la Sabiduría de Dios puede proyectar una nueva creación, sólo su Poder soberano puede realizarla; pero Dios ha querido incorporar a ese plan a una muchacha para que pronuncie al unísono con el Padre su «hágase» creador. La palabra de la Nazarena no es, por sí misma, en absoluto eficaz para producir el efecto que el Padre desea, no tiene bajo ningún concepto ese dominio. Pero tampoco el Padre -una vez que ha determinado su plan renovador del universo- puede por sí mismo realizar solo lo que ha determinado que sea una obra conjunta. Se requieren dos voluntades, una divina y otra humana, para que la Palabra creadora realice con su Poder la nueva creación.

El Padre de la creación antigua le ha propuesto a la que ha de ser la Madre de la Nueva Creación su proyecto. Allí está, ante ella, el ángel que, como si extendiera el documento fundacional del universo renacido, suscrito y rubricado por el Padre, espera que la Nazarena estampe su firma. Sin esa alianza de mutuo amor suscrita por ambas partes no puede realizarse el plan Salvador de Dios. Y la Nazarena, conocidas y aceptadas las cláusulas del contrato, rubrica con su frágil palabra su incorporación a la empresa divina.

La fuerza del querer de María tiene un fruto sorprendente: la encarnación del Verbo en sus entrañas. Es la obra de Dios, pero también la obra de María. Su “hágase” tiene una eficacia misteriosa, y supone una colaboración imprescindible para el acto creador definitivo de Dios. En su íntima dependencia y colaboración con Dios, María participa como cocreadora de la nueva creación.

Es asombrosa -y muy para contemplar- cómo la respuesta de una Niña, colaborando humildemente con el Espíritu Santo, crea una nueva realidad de magnitudes cósmicas. La voluntad de Dios creó todo, cuando con su poderosa Palabra dijo «¡hágase!» al principio de la creación, y gestó así lo que no existía. Ahora, Dios quiere que su designio de crear un Nuevo Mundo cuente con el «hágase» de María, como el eco que hace posible su voluntad de crear el reino de la gracia, el reino de Dios en nuestra tierra. María se incorpora, en el tiempo, a esa orden ejecutiva de Dios y se convierte en cocreadora de la nueva humanidad inaugurada en la persona del Verbo encarnado. De ese modo se convierte en Madre del Verbo, en Madre de la Iglesia, en Madre del universo recreado.

Lo mismo que en el seno de la Trinidad se deliberó la creación del hombre cuando los Tres, en su diálogo eterno, decidieron: «Hagamos al hombre» (Gn 1,26), y tuvo como fruto que «Dios creó al hombre» (Gn 1,27), ahora la Trinidad, por medio de un arcángel, le propone lo mismo a la Virgen: «Hagamos al Hombre», y ésta responde diciendo: «Hágase», y tiene como fruto que el Hombre se hizo. El «hagamos» trinitario tiene ahora una nueva dimensión cuando se trata de crear al Hombre nuevo, pues el primer Adán «era figura del que tenía que venir» (Rm 5,14). De este modo, María participa de ese «hagamos» trinitario con su «hágase». La potencia de Dios, unida a la libre voluntad de María, produce un fruto sorprendente: «He aquí al Hombre» (Jn 19,5), pues «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

Un abismo misterioso se abre ante nosotros porque el «hágase» de María no sólo es autorización para que el Padre actúe la encarnación, sino que es la colaboración humana que Dios requiere para que comience una nueva creación. La Trinidad no quiere que lo que ha sido estropeado por el ser humano sea sanado y elevado sin su colaboración. «La Virgen viene a ser con el Padre el principio de la generación temporal del Verbo, haciendo con Él en la Encarnación, lo que Él hacía solo en la eternidad»11. La desobediente Eva sumió en la oscuridad la bella obra inicial; otra mujer, la Mujer, ha de ser quien colabore en la recreación de todo. El «hágase» humano es el eco del «Hágase» divino. Por su Palabra hizo el Padre todo, la palabra de esta Niña engendra la Palabra para que todo sea rehecho. El Espíritu, que aleteaba al principio, ronda el seno de la Virgen, y, al escuchar la palabra de María, como antaño, al principio de los tiempos, «lanzado como un águila, con sus alas desplegadas» (Jr 49,22), hace surgir un nuevo mundo. La Trinidad produjo sola el mundo entero, pero no quiso rehacerlo todo sin la ayuda de aquella que, siendo hija de Eva, gesta en su corazón y en su seno la salvación para su madre, constituyéndose así en Madre de su madre, en Madre de todo lo recreado, en Madre verdadera del cosmos renovado.

San Anselmo se hará eco de esta labor cocreadora de María en un texto inolvidable:

El que pudo hacer todas las cosas de la nada no quiso rehacer sin María lo que había sido manchado. Dios es, pues, el padre de las cosas creadas; y María es la madre de las cosas recreadas. Dios es el padre a quien se debe la constitución del mundo; y María es la madre a quien se debe su restauración. Pues Dios engendró a aquel por quien todo fue hecho; y María dio a luz a aquel por quien todo fue salvado. Dios engendró a aquel sin el cual nada existe; y María dio a luz a aquel sin el cual nada subsiste… ¡Verdaderamente el Señor está contigo, puesto que ha hecho que toda criatura te debiera tanto como a él!12.

La luz que nace al inicio de los tiempos por el poder de la Palabra es la luz creada (cf. Gn 1,3); pero la que nace por la palabra de la Nazarena es la Luz increada, la Luz eterna «que estaba junto a Dios» (Jn 1,1) desde siempre, «la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo» (Jn 1,9), y que ahora «brilla en la tiniebla» (Jn 1,5) para otorgar la dignidad de «ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,12). De modo que la voluntad de la Madre, unida al poder del Padre, hace que el Verbo se edifique una morada terrena a sí mismo, mediante el «aleteo» del Espíritu que cubre con su sombra el seno de la Niña.

Todo ese proceso lo ha desatado el querer de Dios y la determinación de María. Ese «hágase», que pronuncia como esclava del Amor, ha desatado una verdadera revolución que ha transformado el mundo hasta entonces conocido. A la luz de esta realidad deberíamos convencernos de que nosotros sólo podremos colaborar de algún modo a esta transformación si nos unimos a la Trinidad y pronunciamos realmente nuestro «hágase». La humilde solidez de la palabra de la Virgen, incorporada al imperio de la Palabra divina proclamada por el Padre, ha generado una acción del Espíritu inédita e irrepetible, cuyo fruto es la encarnación del Verbo: «Y dijo el que está sentado en el trono: “Mira, hago nuevas todas las cosas”» (Ap 21,5). El «hágase» de María es capaz de introducir el cambio más profundo que podía realizarse desde la creación, pues permite al Creador hacerse criatura y renovar el universo con el contacto de su carne divina.

El «hágase» de esta jovencita nazarena se convierte así en la palabra más potente de la historia, la que ha renovado todo lo real. Lo que no han podido conseguir las autoritarias órdenes de emperadores poderosos, ni las meditadas elucubraciones de filósofos profundos, ni las atinadas disposiciones de políticos perspicaces, ni las medidas sugerencias de diplomáticos lisonjeros, ni las consignas inflamadas de revolucionarios sociales, ni las bellas expresiones de artistas inspirados… lo ha realizado la humilde respuesta de esta pequeña esclava enamorada. Tan humilde y queda ha sido su palabra que muchos ignoran aún su potencia transformadora, y siguen porfiando por salvar lo ya salvado y encontrar un camino que ya ha sido recorrido por la joven agraciada. Sin saberlo, disfrutan de lo transformado por María, mientras, aferrados al conservadurismo ciego de sus ideologías trasnochadas, se incapacitan para abrazar la novedad recién estrenada de un universo renacido.

No creamos que el poder del «hágase» de María se diluye en el silencio del tiempo. En absoluto, pues como respuesta manifestada en el diálogo con Dios, perdura para toda la eternidad, sin perder fuerza ni actualidad. Ese «hágase» solemne tiene la misma pervivencia que el amor: es eterno, y sigue resonando hoy en los palacios celestiales. La respuesta de María, hoy como entonces, tiene una eficacia extraordinaria, tal y como se reveló en Caná de Galilea. Allí, María ejerce su mediación para evitar que unos nuevos esposos pasen un momento de apuro al faltarles vino en su boda. La intervención de ella va a suscitar el primero de los signos realizados por Jesús (cf. Jn 2,11). Pero este milagro tiene una historia peculiar porque no se realiza a petición de los afectados, sino de la Virgen. Ella suple con su fe la fe de los novios, aún inconscientes del apuro en que se encuentran. Después, ante el aparente rechazo de su Hijo, María no sólo suple a los novios, sino que utiliza su «hágase» para persuadir a Jesús de que resuelva la situación. Y lo hace ordenando a los sirvientes: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). E, inmediatamente, ante esta intervención de María, Cristo realiza el prodigio y convierte el agua que purifica en vino que alegra. La realidad se transforma por iniciativa de María y por condescendencia de un Dios que parece anticipar la hora de la manifestación de su Hijo. El «hágase» de la Virgen se muestra eficaz para transformar la realidad en beneficio de los hombres.

Ese «hágase» es el mismo que María mantuvo al pie de la cruz de su Hijo, cuando el Padre le dice: «¿Lo entregamos?»; y ella inclina la cabeza en una disponibilidad absoluta, que encierra un sufrimiento infinito sólo por Dios conocido, y, a la vez, una esperanza dolorosa sólo por Abrahán presentida13. María, una vez más, coopera con su «hágase». El Hijo es entregado por el Padre y por la Madre, pues el Padre no hubiera realizado el sacrificio sin contar con su Esposa y Madre de su Hijo. De nuevo, el «hágase» de María hace posible que Dios lleve a cabo su plan redentor y permite la transformación completa de la realidad en beneficio de los hombres. Al pie de la cruz, la que parió sin dolor a su Hijo, gestó con sufrimiento a su prole; la que dijo «hágase», mantiene su palabra en el amor.

La respuesta de María, dada con pleno conocimiento y libertad y sin estar marcada por la concupiscencia, es irreformable, como la de los ángeles cuando realizaron su elección con respecto a Dios. María, por ser Inmaculada, libre del pecado original, da una respuesta perfecta, plena, indefectible, irrevocable, que mantendrá toda su vida; pero que no tendrá que repetir. Nosotros, que no tenemos esa capacidad, debemos repetir y renovar nuestra respuesta a Dios: es nuestra forma de fidelidad. Ella da una respuesta definitiva e irreversible, que la compromete de por vida y que la sitúa en un plano completamente distinto, introduciéndola en una relación «familiar» con la Trinidad. Las demás respuestas de su vida consistirán en mantener y actualizar esta elección decisiva, como las réplicas de un gran terremoto. Al responder al ángel, su opción vital ya está definitivamente tomada.

Ese «hágase», eficacísimo y poderoso, sigue resonando en los oídos del Padre, pues es la voz de la Esposa que nunca niega nada a quien le debe todo. Y se une a la voz del Padre en un eterno «hágase», cuyo fruto es el Cristo Total, Cabeza y Cuerpo.

III. «En mí»

María inicia el cumplimiento del plan de Dios al colocarse ante él como su esclava, y al desear y pedir de un modo singular que se cumpla su voluntad, Pero es plenamente consciente de que su «hágase» no afecta en primer lugar al mundo externo, sino que recae inmediatamente sobre ella. No se trata sólo de que ella colabore a la creación de una nueva realidad, sino de que acepte que esa nueva creación se inaugure en ella. María ha de ser la matriz donde Dios genere el mundo nuevo, el lugar donde la salvación -en forma de Salvador- se haga presente14. Actúa al contrario que nosotros, que nos empeñamos en transformar el mundo, sin cambiar primero por dentro. Por eso, la acción de Dios que se pone en marcha gracias a la determinación de María afecta esencialmente en primer lugar a su Esposa e Hija predilecta.

Teniendo en cuenta esta visión, los dos relatos de la creación que aparecen en el Génesis pueden ser releídos desde el misterio que se realiza en María en el momento de su aceptación. Según el primero de ellos (Gn 1,1-31), Dios creó todo mediante su Palabra y el Poder de su Espíritu, porque al principio «la tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas» (Gn 1,2). Ahora, en la plenitud de los tiempos, la voluntad del Padre y la voluntad de la Madre unidas en un común «hágase», que actualiza y supera el «hágase» inicial (Gn 1,3.6.14), realiza, por el Espíritu, la nueva creación. Pero esta vez el Espíritu no ha de cernirse «sobre la faz de las aguas» iniciales, sobre la masa informe o sobre el abismo primigenio, sino que ha de cubrir con su sombra el seno de María, que, a imagen del vacío inicial, es el lugar donde ha de desarrollarse la nueva vida que instaurará un universo nuevo15.

El segundo relato de la creación del Génesis también puede ser releído desde la encarnación del Verbo. María sustituye el limo inicial, el polvo del suelo del Edén (cf. Gn 2,7) del que Dios hizo la figura del hombre. El Espíritu Santo «esculpe» en ella la imagen del Hombre perfecto, configurado a imagen y semejanza del Padre, pues «él es reflejo de su gloria, impronta de su ser» (Heb 1,3). De la tierra bendita de María, Dios sacará al Bendito, pues todo otro barro que no fuera el de este «Edén» no podía ser materia apta para la formación del Hijo de Dios, ya que «la tierra estaba corrompida ante Dios» (Gn 6,11). Por eso, escribe san Máximo de Turín: «Adán nació de la tierra virgen; Cristo fue dado a luz por la Virgen María. La tierra, madre del primero, no había sido aún rasgada por los arados; las entrañas de la Madre de Dios jamás han sido violadas por la concupiscencia. Adán fue plasmado con barro por las manos de Dios; Cristo fue formado por el Espíritu Santo en el seno materno. Ambos tienen como padre a Dios; ambos tienen una madre virgen; ambos, como dice el evangelista, son hijos de Dios. Pero Adán es hijo por creación; Cristo, en cambio, lo es por la sustancia»16.

De modo que nos encontramos en el misterioso círculo por el cual María es Tierra Preservada gracias a los méritos conquistados por su Hijo en la Cruz, donde él entrega el cuerpo humano, recibido puro de su inmaculada Madre. Ella es Santa porque ha sido santificada preventivamente, pero él sólo puede santificar a los hombres porque ha entregado su cuerpo, recibido previamente de María.

María acepta convertirse en terreno sagrado, en el jardín de Dios, donde ha de ser plantado el árbol de la vida; el lugar donde Dios, como sucedía en el antiguo Edén, pueda salir al encuentro de la humanidad para caminar juntos a la «hora de la brisa» (cf. Gn 3,8). Como entonces, también ahora la antigua serpiente acechará el jardín de Dios para inocular su veneno, pero este jardín estará cerrado y custodiado por querubines (cf. Gn 3,24). Cerrado, no para que el hombre regrese a él para comer del árbol de la vida (cf. Gn 3,22), sino para que el Seductor no pueda penetrar en el recinto sacro. Puesto que no puede penetrar en él, a las puertas de este nuevo Edén, está esperando el dragón «en pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz» (Ap 12,4). Pero todo el que permanezca en María será fielmente custodiado de todo peligro17.

Al aceptar María que se realice en ella lo comunicado por el ángel, la Virgen se entrega por entero a la voluntad divina de forma apasionada, dejando que la intensidad de su ansia por la obra de Dios se traduzca en un compromiso personal de disponibilidad absoluta. No sabe con detalle a dónde le va a conducir su «sí» incondicional, pero acepta no «hacer pie» y ser introducida en un ámbito donde no puede controlar nada, donde sólo puede permanecer receptiva al Amor de Dios que la ha de llevar por caminos ignotos y desconcertantes. No obstante, su determinación es tal que no sólo no teme lanzarse sin reservas, sino que se abandona al deseo desmesurado que le provoca su profundo amor.

1. La consagración de María

Si por consagración entendemos «el acto por el que Dios toma a una persona, la separa para su servicio, la configura de manera peculiar y le encarga una misión»18, tendremos que afirmar con el concilio Vaticano II que María, «al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo»19. De modo que Dios la consagró al tomar posesión de ella, y María se consagró al entregar sin restricciones su persona a la misión a la que se la convocaba.

Al pronunciar María su «hágase en mí» se entrega completamente a la obra de la gracia en ella y asume plenamente la misión que se le encomienda. Para ella, incapaz de «medias tintas», abandonarse en las manos de Dios es asumir todas las consecuencias y abrazar todos los riesgos. Al añadir «en mí» María realiza una verdadera consagración con aroma de voto. Cualquier otro horizonte que no sea el de acoger la invitación que le dirige el ángel y el de llevar a cabo la misión maternal que se le encomienda desaparece completamente de su mirada. María es plenamente consciente de que, al dar su sí a la voluntad divina, su vida jamás volverá a ser la misma, pues queda incorporada al ámbito misterioso de Dios y al de su acción salvadora.

La Virgen se ofrece para esa transformación que supone aceptar ser la Madre de Dios; de modo que, la que ya estaba dedicada por entero a Dios desde el primer momento de su existencia, después de haber vivido en referencia a él toda su corta vida, ofrece ahora su cuerpo como tierra sagrada para que Dios haga su obra. Porque Dios no sólo toma posesión de su alma, que siempre fue suya, sino que, para que su maternidad fuera verdadera maternidad humana a la par que divina, era preciso que Dios dispusiera también plenamente de su cuerpo. Como María ha sido informada por el ángel que lo que Dios necesita es que ella le ceda su corazón y su cuerpo para que él pueda realizar su plan, ella hace explicita que su disposición es la entrega total de su persona, cuerpo y alma, a la obra de Dios; por eso, añade el «en mí».

La absoluta entrega personal que supone el «en mí», donde María se convierte en el jardín de Dios, es el modelo sublime de toda castidad. María es tomada para una obra divina y queda consagrada como tierra santa. Ella, conscientemente, se sabe apartada y segregada. Las imágenes veterotestamentarias de la Tienda, del Templo y del Arca, como figuras de María, expresan pálidamente la realidad que ella abraza. Decimos «pálidamente» porque aquellos ámbitos de Presencia del Todopoderoso, prudente y respetuosamente separados de los hombres no revestidos de la dignidad sacerdotal, no pueden expresar adecuadamente la Presencia del Santo que habita en persona en el cuerpo de María. Las Tablas, la vara florecida de Aaron, la muestra del maná, el propiciatorio, el rostro luminoso de Moisés… son realidades santificadas al contacto del Eterno, y retienen en sí de forma misteriosa esa Presencia, pero no son una «presencia personal» del Todopoderoso, al que no puede contener este mundo, como bien proclamó Salomón el día de la inauguración del Templo: «¿Habitará Dios con los hombres en la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo te he erigido!» (1Re 8,27). Sin embargo, en María sí va a habitar la «plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9).

De todo ello podemos deducir el «apartamiento» al que es sometida María. La Nazarena, consagrada por esa Presencia, es poseída por el Espíritu y segregada del pueblo para ser el lugar del encuentro entre Dios y la humanidad. De modo que su separación, en tanto que consagrada, es la condición de posibilidad para ser lugar de comunión con Dios. Su consagración no la aísla de los hombres, sino que la convierte en un hogar de encuentro, en primer lugar, con Dios, pero también como vínculo de hermandad entre los seres humanos. María es preservada para ser vínculo de unidad, es segregada para ser donada por Dios a los hombres como Tierra Santa donde se dan cita la divinidad y la humanidad. Es consagrada para ser Presencia y Alianza, no para ser hurtada a la mirada de los humanos. Esta mujer, reservada para Dios y, por tanto, modelo de toda castidad, se convierte a la vez en el lugar de encuentro para todos los hombres20.

San Pablo tiene unas palabras que pueden ayudarnos a comprender esa consagración plena, teniendo en cuenta que por «cuerpo» se entiende toda la persona: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual» (Rm 12,1). San Pablo nos invita a ofrecernos a Dios como sacrificio, es decir como oblación, como culto espiritual, de modo que nos convirtamos -incluido lo corporal- en ofrenda viva, santa y agradable a Dios.

El Apóstol está oponiendo las ofrendas de animales de la Antigua Alianza a la ofrenda del cristiano, que se realiza no a través de la entrega de animales sino a través de la propia entrega, de modo que no puede suplirse la entrega personal completa con una ofrenda animal vicaria. Junto con su espíritu, Dios quiere el cuerpo del cristiano ofrecido con un espíritu puro, ése es el sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Pues bien, la persona humana que realiza de forma eminente esa oblación personal espiritual y física es, sin duda, la Virgen de Nazaret. Su cuerpo santo, ofrecido con total pureza, se convierte no sólo en una ofrenda al Padre, sino en el medio para que el Espíritu Santo pueda suscitar la ofrenda definitiva, el único cuerpo cuya inmolación podía conquistar de una forma eficaz y definitiva la salvación de los hombres, porque es el cuerpo de Dios vivo. La consagración del alma y del cuerpo de María es una ofrenda litúrgica que permite que se configure en ella el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En ese sentido, el Padre, en la encarnación, entrega la ofrenda que le ha de ser ofrecida, María presenta la Víctima, que ha consagrado el Espíritu y que ofrece el Único Sacerdote al Padre.

En este sentido, la Eucaristía sigue la misma dinámica. En ella, es la Iglesia, prolongando la acción de María, la que recibe del Padre los dones -«que recibimos de tu generosidad»- presenta la Ofrenda -«y ahora te presentamos»-, que es santificada por el Espíritu -«te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu»-, y que es ofrecida por Cristo, Único Sacerdote ‑«Por Cristo, Con él y en él»‑ al Padre -«a ti Dios Padre Omnipotente»21-.

En la ofrenda de su propio cuerpo, María realiza su sacerdocio común, ejercitando el sacerdocio propio de los fieles cristianos, el cual adquiere su validez del sacrificio que su Hijo realizará en su propio cuerpo como Sumo Sacerdote. De modo que ella puede ejercer su sacerdocio porque Jesús ejerce el suyo al ofrecer su cuerpo; pero su Hijo no podría realizar la ofrenda de su cuerpo si no fuera porque «sacerdotalmente» María ha ofrecido a Dios el suyo. Así pues, el sacerdocio «común» de María depende enteramente del sacerdocio único de su Hijo, pero éste no hubiera podido realizar su sacerdocio sin la ofrenda de su Madre.

2. El proceso de «divinización» de María

Esa incorporación al ámbito misterioso de Dios tiene necesariamente un alto precio para María. Si ha de ser la Tienda del Encuentro, tiene que ser «dedicada» como lo fue aquélla; consagrada para el encuentro con Dios, por lo que necesita ser purificada como lo eran los instrumentos sagrados. La Virgen entra en el campo de lo inaprensible, de lo desproporcionado, de lo eterno. De modo que todas sus capacidades humanas han de ser completamente sobreelevadas, divinizadas, con el sufrimiento que conlleva la necesaria purificación que exige esto. San Juan de la Cruz describe la transformación del alma que se acerca a Dios en un proceso que podríamos llamar de deconstrucción y de reconstrucción, y nos da pistas para poder barruntar, aunque lejanamente, algo del proceso misterioso al que María voluntariamente se sometió al ofrecerse a Dios:

Porque las afecciones, sentimientos y aprehensiones del espíritu perfecto, porque son divinas, son de otra suerte y género tan diferente de lo natural y eminente, que, para poseer las unas actual y habitualmente, habitual y actualmente se han de expeler y aniquilar las otras, como hacen dos contrarios, que no pueden estar juntos en un sujeto. Por tanto, conviene mucho y es necesario para que el alma haya de pasar a estas grandezas, que esta noche oscura de contemplación la aniquile y deshaga primero en sus bajezas, poniéndola a oscuras, seca y apretada y vacía; porque la luz que se le ha de dar es una altísima luz divina que excede toda luz natural, que no cabe naturalmente en el entendimiento22.

Podríamos pensar que, dado que María parte de una naturaleza íntegra, que no conoce el pecado, y está sobreelevada por la gracia desde su nacimiento, podría ahorrarse esta purificación dolorosa o, al menos, verla atenuada por estar llena de gracia desde el primer instante de su existencia. Pero nada está más lejos de la realidad, puesto que la transformación es más intensa en función del destino de gloria al que ha de ser sobreelevada su alma -que, aunque sublime, es humana-. De modo que cuanta más cercanía ha de tener un alma con Dios, cuanto mayor es su predestinación, mayor es esa purificación. La intimidad de comunión con la Trinidad a la que está llamada un alma determina la profundidad de la purificación a la que ha de ser sometida. No todas las almas están llamadas a profundizar en Dios de la misma manera y con la misma intensidad, por eso nos dice el Apóstol que «a cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo» (Ef 4,7).

Esto explica el fracaso en su proyecto de santidad de muchas de las personas bendecidas con gracias extraordinarias, que Dios les concede en función de una vocación a la santidad de especial altura, y que reciben con entusiasmo, hasta que aparece la necesidad de una purificación proporcionada a la altura de dichas gracias y del proyecto al que pertenecen. Es entonces cuando se rebelan contra el sufrimiento que puede suponer esa purificación, considerándolo excesivo en comparación con el que comporta una vida cristiana corriente. Sin embargo, la persona que acepta gracias de altura y rechaza la purificación que exige el arraigo en el alma de esas gracias contradice la consagración a la que Dios le llama e imposibilita absolutamente su proyecto de santidad en ella. Esto debería llevarnos a revisar en qué medida estamos dispuestos a reconocer y aceptar, de manera real y concreta, nuestra propia vocación personal, tanto en los dones en los que se sustenta como en la purificación que éstos exigen.

La medida del don de Cristo otorgada a María es la desmesura. El Verbo se le ha dado sin medida, hasta el punto de hacerse suyo, su Hijo. De modo que María queda constituida en Esposa del Padre y obra perfecta del Espíritu Santo, que habita en ella como en su templo creado23. Es decir, que María por su maternidad sobrenatural, libremente asumida, es colocada en una nueva relación con Dios, que podríamos llamar de parentesco, y que los teólogos designan diciendo que entra a formar parte del orden hipostático, un vínculo muy superior al que se puede llegar en el orden de la gracia o en el orden de la gloria24.

Que una persona sea incorporada a la intimidad de la Trinidad de forma tan estrecha, donde no cabe mayor cercanía, constituye para ella ser sometida a un cambio radical, que conlleva una purificación tal que no podemos presentir25. Sin duda que ese proceso de «divinización» comenzó desde los primeros momentos de la existencia de la «Llena-de-gracia», favorecida por la realidad de su inmaculada concepción. Pero la misión que ahora asume con plena consciencia la zambulle en una transformación como ninguna otra persona humana ha vivido jamás. Sólo la humana naturaleza del Verbo, torturada por la prueba en Getsemaní, ha ido más lejos en la purificación necesaria.

San Juan de la Cruz no duda en llamar a esa purificación «noche oscura», y en describirla con tintes terribles: «Y porque el alma ha de venir a tener un sentido y noticia divina muy generosa y sabrosa […] conviénele al espíritu adelgazarse y curtirse acerca del común y natural sentir, poniéndole por medio de esta purgativa contemplación en grande angustia y aprieto, y a la memoria remota de toda amigable y pacífica noticia, con sentido interior y temple de peregrinación y extrañez de todas las cosas, en que le parece que todas son extrañas y de otra manera que solían ser»26.

En María se conciertan todos los dones del Espíritu en una variedad y en una intensidad tal que es superior a las gracias recibidas por todos los demás santos juntos27, lo cual nos da una referencia lejana para entender la purificación que debió sufrir en la misma proporción: superando la purificación a la que fue sometida toda la corte celestial en su conjunto. Sin duda, no fue la menor parte de esta purificación el encontrarse completamente sola en terreno inexplorado, pues ni había ser humano alguno que hubiera podido comprenderla para guiarle en este mundo desconocido, ni referencias teológicas que pudieran auxiliarla, pues ella estrena el camino de la Nueva Humanidad. Los santos contaron con el consuelo de otros santos que habían transitado por esos senderos y podían ayudarles a través de sus consejos o de sus libros, pero la Niña de Nazaret anduvo sin otra referencia que la de su amor.

Dios pudo someterla con intensidad a ese proceso de purificación por dos elementos esenciales de la personalidad de María: su pasión y su fortaleza. María es la mujer enamorada que no se amilana ante las dificultades, ni abandona ante los obstáculos. Es la mujer fuerte cuyo amor no se turba ante la oscuridad, ni se rinde ante el desconcierto. Pero precisamente esa doble característica -la determinación sin desaliento- es la que permitió al Espíritu Santo afinar en su trabajo de purificación y preparar a la Madre del Verbo y a la Esposa del Padre «para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Ef 5,27).

Escrupulosamente aquilatada y delicadamente embellecida, fue plenamente glorificada el día de su asunción, y presentada como Madre y Reina a los moradores celestes, que absortos por una obra de tal finura y exquisitez, se preguntaron conmovidos: «¿Quién es esta que sube del desierto, como columna de humo, perfumada con mirra y olíbano, con tantos aromas exóticos?» (Cant 3,6), «¿Quién es esta que despunta como el alba, hermosa como la luna, refulgente como el sol, imponente como un batallón?» (Cant 6,10), «¿Quién es esta que sube del desierto, apoyada en su amado?» (Cant 8,5). Y el Padre y el Hijo y el Espíritu, rebosantes de satisfacción, dijeron a la preciosa Niña, madurada en sufrimientos y transformada en Mujer Fuerte: «Mírate… “Te puse vestiduras bordadas, te calcé zapatos de cuero fino, te ceñí de lino, te revestí de seda. Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar en tu cuello. Te puse un anillo en la nariz, pendientes en tus orejas y una magnífica diadema en tu cabeza. Lucías joyas de oro y plata, vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas cada vez más bella y llegaste a ser como una reina” (Ez 16,10-13)28. “Quiero hacer memorable tu nombre por generaciones y generaciones, y los pueblos te alabarán por los siglos de los siglos”» (Sal 45,18). Y ella sonriente dirá: «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí» (Lc 1,48-49). Y todos los elegidos gritarán a coro: «“Gracias te damos, Señor Dios omnipotente, el que eres y el que eras” (Ap 11,17), porque “de pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir” (Sal 45,10)». Y en el delirio de su gozo, en contra incluso de sus intereses, los llamados le pedirán a la preciosa Niña: «Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; prendado está el rey de tu belleza: póstrate ante él, que él es tu señor» (Sal 45,11-12). Y la Señora dirá llena de compasión: «Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha» (Sal 137,5). Y todas las criaturas se apiñarán para contemplar el gran espectáculo de la coronación de su Señora: «Ya entra la princesa, bellísima, vestida de perlas y brocado; la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes, la siguen sus compañeras: las traen entre alegría y algazara, van entrando en el palacio real» (Sal 45,14-16).

3. El «hágase» de María mantenido toda su vida

La respuesta de María ante Gabriel pone en marcha la encarnación del Verbo e inaugura el mundo nuevo que Dios quiere engendrar. Pero cometeríamos un error si pensáramos que este «hágase en mí» es una respuesta ocasional de María sin continuidad posterior. Toda la vida de María será un eco de esa entrega completa, que fue ratificada permanentemente durante el resto de su existencia. María mantuvo fielmente su disposición de dejarse hacer, de permitir que el Padre dispusiera de su vida completa. Su accidentada biografía externa, marcada por cambios imprevistos y situaciones inesperadas, no fue sino la expresión externa de la aventura espiritual interior a la que fue sometida. Su «hágase» hubo de repetirlo internamente en muchos momentos. Así, ella vivió en una continua entrega personal al plan de Dios; entrega que fue evolucionando en la medida en que la acción del Espíritu Santo en su interior y la labor de su Hijo exteriormente la fueron cincelando.

Toda la maduración humana y espiritual de la Virgen se realizará gracias a ese «hágase» mantenido y actualizado día a día, en una disposición que le permitió encontrar su cooperación concreta en el plan de la salvación de Dios ante las situaciones más desconcertantes, como fueron el nacimiento de Jesús en el desamparo de un establo, la huida a Egipto, o el silencio de Nazaret.

Especialmente reseñable en este sentido resulta el episodio de la pérdida del Niño en el Templo, que marca para ella un «cambio de paradigma», y al que tuvo que adaptarse con un nuevo «hágase». Ella entendió que a partir de ese acontecimiento se le pedía una nueva actitud maternal, que no consistía ya en la protección del Niño sino en la cooperación con él y con su misión. Jesús le dijo que «debía estar en las cosas de mi Padre» (Lc 2,49), y ella comprendió que no podía ser un obstáculo, sino una colaboradora en el servicio de su Hijo a Dios. Su maternidad se abrió así a un nuevo contenido. María aceptó, como siempre, los cambios que Dios le pedía, y así fue profundizando en una maternidad prevalentemente espiritual, al modo como Jesús deseaba: «El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,50). Un nuevo cambio se dará en el momento en que Jesús comienza su ministerio público, María le seguirá discretamente, aceptando la lejanía física e intentando afinar en una completa sintonía espiritual con su Hijo. La madre se convierte en discípula, oyente de su palabra y dócil a sus enseñanzas. El mismo Jesús reconoce ese cambio de situación: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,21).

La evolución de María en la relación con su Hijo conlleva también una profundización en su relación con las otras dos divinas Personas. Poco a poco, y en la medida en que su maternidad divina va profundizándose gracias a su permanente «hágase en mí», su vínculo esponsal con el Padre se hace más consciente y su compenetración con el Espíritu más intensa. De manera que cuando llega el momento del holocausto del Hijo realizado por la voluntad del Padre, ella acompañará con su entrega personal a las divinas Personas. Tanto en Getsemaní, anudada al «hágase» de Cristo, como en la cruz secundando el «hágase» del Padre, ella dará su «hágase» movida por el Espíritu Santo.

Aunque los evangelios no nos dicen nada de María en Getsemaní, es imposible que María no hubiera participado esa noche de la angustia de su Hijo. Una mujer capta todo, una madre lo intuye todo. Esta madre lo penetra todo. Y esta noche lo comparte todo. ¿Cómo pensar que María no captara esos días el dramatismo con que su Hijo vive todos los acontecimientos? La tensión de los enfrentamientos de su Hijo con las autoridades judías y el enconamiento de las posturas lo tenía que percibir mejor que nadie. Sin duda que tuvo noticias de la resurrección de lázaro y de la reacción el Sanedrín (cf. Jn 11,47-53)29. También, le tuvieron que contar la interpretación que su Hijo había dado a la unción con perfume de nardo de María: «Lo tenía guardado para el día de mi sepultura» (Jn 12,7). Muy probablemente estuvo presente en la entrada victoriosa en Jerusalén entre las muchedumbres que agitaban ramas de olivos; y, mientras los demás cantaban gozosos, ella, sin duda, comprendió que el Sanedrín percibía esa manifestación multitudinaria como una provocación definitiva. La expulsión de los mercaderes del Templo le haría ratificarse en su convicción de que Jesús no daría un paso atrás, y que el conflicto estallaría pronto.

Esos días en Jerusalén la predicación de su Hijo era demasiado clara y desafiante. Las parábolas retrataban sin disimulos a los líderes religiosos de Israel; y ellos, «los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos» (Mt 21,45). Ellos eran el hijo aparentemente dócil que al final no va a la viña (Mt 21,28-32); los viñadores que no dan los frutos a su tiempo (Mt 21,33-46); los invitados a la boda del hijo del Rey que rehúsan ir al banquete (Mt 22,1-14).

María estuvo quizá presente, o le llegarían ecos, de las polémicas cada vez más enconadas con los representantes del pueblo. Oiría hablar de las trampas que los fariseos tendían a Jesús: su malicia para ponerlo en evidencia, cuando le exigieron que explicara de dónde procedía su autoridad (Mt 21,23-27); o la hipocresía que mostraron cuando, unidos a los herodianos, intentaron desacreditarlo con la discusión sobre el pago del impuesto al César (Mt 22,15-22). También conocería el intento de los saduceos de ridiculizarlo a propósito de la resurrección de los muertos (Mt 22,23-33), o el esfuerzo de los escribas por obligarle a que se pronunciase sobre el mandamiento principal de la ley (Mt 22,34-40).

La Madre posiblemente fue testigo de algunos de estos sucesos, y podría ver las caras congestionadas de sus enemigos, y percibiría con su fina perspicacia la malicia, la hipocresía y el odio de sus poderosos oponentes. María era plenamente consciente de que el asedio a que estaba sometido su Hijo se iba haciendo impenetrable, y que él no sólo no suavizaba las aristas, sino que cada vez reflejaba más claramente la determinación beligerante de los antiguos profetas. Podía intuir que el conflicto definitivo estaba próximo, y difícilmente, podría olvidar en ese contexto las misteriosas palabras de Simeón: «Será como un signo de contradicción y a ti misma una espada te traspasará el alma» (Lc 2,34-35).

Por otro lado, María, que siempre vivió en la plena consciencia de la realidad que le rodeaba, pudo percibir la mirada esquiva de Judas, muy reveladora para la que conocía tan profundamente el hediondo olor del Enemigo acechante. Además, la sintonía espiritual con Dios, la mirada sobrenatural que poseía, le tenían que hacer percibir la decisión del Padre; y es comprensible que el Espíritu la fuera preparando en su interior para los acontecimientos que estaban a punto de suceder. María, que había colaborado a preparar la víctima y que tenía que presentarla al pie de la cruz con el Padre, no podía permanecer ajena a la cercanía del sacrificio.

Finalmente, las palabras de Jesús en la última Cena fueron muy explícitas. ¿Estaría ella presente en el cenáculo cuando su Hijo les ofreció la copa diciendo que esa era su sangre derramada -la misma sangre de María, porque todo su patrimonio genético humano provenía de ella-? ¿Estuvo presente, o tuvo noticias, del anuncio que Jesús les hizo de la traición de uno de ellos? A todas estas situaciones y noticias, a cuál más alarmantes, la respuesta llena de angustioso dolor de la Madre será la misma: «Hágase».

Lo seguro es que María no durmió la noche del prendimiento. Ella vivió su Getsemaní, y tuvo que decir de nuevo su «hágase» referido a su Hijo, que en realidad era su «hágase en mí», porque para ella «la vida es Cristo» (Flp 1,21). Esa noche, el «hágase» oscuro del Hijo subió al Padre fusionado con el «hágase» angustiado de la Madre. Cuando los apóstoles dormían en el huerto, María velaba30, y era plenamente consciente de todo lo que se venía sobre Jesús. Aquella noche, también la Madre «a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas» (Heb 5,7), y también la Inmaculada «aprendió, sufriendo, a obedecer» (Heb 5,8).

Madurada por la íntima purificación a la que fue sometida, la «Llena-de-gracia» llegará al pie de la cruz de su Hijo, donde tendrá que hacer un nuevo acto de entrega, esta vez doble, pues no sólo entregará dócilmente todo su ser a Dios, sino que en esta ocasión su hágase involucrará al fruto de sus entrañas. En la cruz se cruzan el «hágase en mí» del Padre, «que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16); el «hágase en mí» de la Madre, que no se reservó a su hijo único (cf. Gn 22,12.16); y, como fruto de ambos, el «hágase en mí» del Hijo, que abraza voluntariamente la cruz: «Yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente» (Jn 10,17-18). El Espíritu consagrará esa víctima aportada y entregada para el sacrificio por el Padre y por la Madre.

Pero María al pie de la cruz tendrá que aceptar una nueva oferta divina. Inmediatamente después de haber entregado completa­mente el fruto de su maternidad divina a Dios, antes de que se culmine el sacrificio, se le pedirá que acepte una nueva maternidad, esta vez sobrenatural, sobre los discípulos de su Hijo. Se cumple así en ella la promesa que se le hiciera a Abrahán: «Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa» (Gn 22,16-17).

De alguna forma, el «hágase en mí» de María conllevaba desde el principio la maternidad sobre todos los redimidos, la maternidad sobrenatural sobre la Iglesia, pues no se puede engendrar la Cabeza y, a la vez, no gestar el Cuerpo. Ante el ángel, María manifiesta su disposición completa a colaborar con la obra de su Hijo y poco a poco iría realizando esa misión de una forma implícita. Desde la encarnación de Jesús, ella irá reuniendo en torno así «a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén» (Lc 2,38), y formando un pequeño embrión de Iglesia, con Isabel, José, Zacarías, Simeón, Ana, los pastores, los magos. Ella aparece siempre como lugar de cohesión de quienes anhelan al Mesías, y va creando espontáneamente una red de pequeños que anhelan la redención. A partir del ministerio público de su Hijo, ella recibió a los discípulos de Jesús con un corazón materno, y encontró en ellos el respeto y la veneración filial que imponía su cálida cercanía, y el hecho de ser la madre del Maestro. Poco a poco María había ido asumiendo, como parte de su misión materna, el ocuparse de los que esperaban, escuchaban y seguían a su Hijo. Pero no es hasta la cruz, donde, en el dolor y el amor, los gestaría, por el Espíritu, para miembros del cuerpo de su Hijo. Allí la Señora, recibe de su Hijo la encomienda de ser Madre sobrenatural de Juan, de los demás apóstoles, de los que se unirán a la primitiva comunidad y de toda la Iglesia. La misión que inauguró con su «hágase en mí» ante el ángel la culmina con su aceptación al pie de la cruz. María tendrá que decir un nuevo «hágase en mi» cuando su Hijo le confíe a sus discípulos, el Espíritu Santo le encomiende a sus incipientes obras y el Padre ponga en sus manos a sus nuevos hijos. María, como siempre, se dejó entregar dócilmente como Madre, «y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio» (Jn 19,27).

Significativamente, ésta es la última disposición de Jesús hacia su pequeña comunidad antes de entregar el espíritu. En él culmina su «hágase en mí», al entregar a su Madre, lo único humano que le quedaba, a los hombres. «Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido» (Jn 19,28), gritó su sed, probó el vinagre y selló su entrega con su elocuente palabra: «“Está cumplido”. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19,30).

La nueva misión maternal que María recibe en el Gólgota, como en un doloroso parto, fue, sin duda, confirmada en los encuentros con su Hijo resucitado, e inaugurada reuniendo en torno a sí a los acobardados apóstoles. Así, lo que la Sabiduría de Dios no había podido conseguir con los Hijos de Jerusalén, lo consigue la Hija de Sión con el Resto elegido. Ella es la que, por los méritos de Cristo, reúne a los pequeños de Dios, y cumple el anhelo profundo de su Hijo: «Cuántas veces intenté reunir a tus hijos, como la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas» (Mt 23,37)31. Su labor maternal culmina preparando a los apóstoles para recibir el Espíritu Santo. Aquélla sobre la que ya había venido el Espíritu Santo se constituye en cooperadora de la acción de la Tercera Persona sobre los discípulos de su Hijo. En esa acción preparatoria de los apóstoles para recibir el Espíritu Santo, María inaugura una función que ya no acabará hasta que el último redimido entre en el seno divino. A partir de la Cruz, el «hágase en mí» de María posee una misteriosa fecundidad para la vida de los discípulos de su Hijo, de modo que podemos decir que nadie puede alcanzar la vida del Espíritu de Jesús si no es generado por el Padre en el seno de la Madre. Sólo su maternidad permite que la Iglesia sea Madre, pues María engendra del Padre por el Espíritu a los hijos que la Iglesia da a luz en la pila bautismal.

Al final de esta profunda contemplación del «hágase en mí» de María, debo ser consciente de que necesito conocer e imitar la respuesta de la Virgen a Dios, para contestarle del mismo modo, porque Dios también está esperando mi «hágase». Tengo que plantearme con sinceridad si mi «hágase» a Dios contiene una obediencia, un anhelo y una colaboración semejante a los de María. A partir de aquí, debo decidir si estoy dispuesto a que Dios realice «en mí» la purificación necesaria para consagrarme a él de forma que realmente viva para él. Si en verdad quiero mantener ese «hágase» que espera de mí a lo largo de mi existencia, en toda circunstancia, aceptando a la vez mi realidad y la llamada de Dios y su acción en mi vida.

IV. El «para hacer» del Verbo

1. «Para hacer»

a) La disposición del Verbo en la encarnación

Ya hemos incidido en el paralelismo entre las respuestas de María y las del Verbo en el momento de la encarnación. Aludimos también a ello en el anterior retiro del «Aquí estoy»32; nos toca ahora reconocer esa correspondencia en la segunda parte de sus respuestas: al «hágase en mí» de la Virgen corresponde el «para hacer» del Verbo. En una primera mirada se observa una diferencia con la respuesta de María, que acepta y se ofrece para que la voluntad de Dios se realice en ella, mientras que en el caso del Verbo no se explicita que la voluntad de Dios que viene a realizar tenga que centrarse en él. En el caso de María la respuesta es más pasiva («hágase»), y en el del Verbo más activa («para hacer»). Mientras la Virgen añade el «en mí», en las palabras del Verbo no aparece esa determinación. Eso tiene un doble motivo:

  • -El primero es que, mientras que a María sólo se le pide su entrega personal en cuerpo y alma para que se realice en ella la encarnación -aunque ésta tenga un efecto cósmico-, el Verbo viene a realizar operativamente la obra redentora, que tiene una eficacia universal y afecta directamente a todo hombre y a toda criatura. Por el «sí» de María se recrea el mundo, pero el que lo recrea todo activamente es el Verbo.
  • -El segundo motivo es que necesitamos el contexto para comprender adecuadamente que la acción del Verbo también recae en primer lugar sobre el Verbo mismo. Efectivamente, en el versículo anterior a las palabras que analizamos «He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Heb 10,7), se dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo…» (Heb 10,6). La asunción de un cuerpo por parte del Verbo se explica como la respuesta a esa necesidad de satisfacer al Padre con una ofrenda distinta, porque a Dios no le satisfacen ni «sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias, que se ofrecen según la ley» (Heb10,8). El sacrifico de animales no puede ser una ofrenda agradable al Padre, y el Verbo viene para ocupar el lugar de esas víctimas. Por eso, el Verbo toma cuerpo para poder ser esa ofrenda agradable al Padre que santifica a los hombres: «Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre» (Heb 10,10). Como vemos, queda claro que el «para hacer» del Verbo comienza también por el «en mí» que aparece en el contexto de las palabras que pronuncia al entrar en el mundo, y cuya acción tiene como objetivo alcanzar al universo entero. El Verbo viene a transformar el mundo, pero el primer paso para realizar esa tarea consiste en tomar un cuerpo para entregarlo como ofrenda agradable al Padre. Aunque la salvación que viene a traer es para el mundo entero, la acción comienza por sí mismo.

Y esto nos ofrece una pista importante para nuestra vida cristiana: la colaboración con el Reino de Dios siempre exige que nos dispongamos en primer lugar para ser transformados nosotros, porque el mundo nuevo que Dios quiere gestar siempre empieza «en mí». Esto es algo que se nos olvida con frecuencia, y por eso nos lanzamos indiscretamente a intentar transformar el mundo con nuestra determinación humana, sin haber sido previamente transformados nosotros, acrecentando el número de los que creen que una ideología más o menos piadosa puede suplir la acción de Dios. Nunca deberíamos olvidar que el «para hacer» siempre conlleva el «hágase en mí», y en nosotros de una forma más necesaria que en la Virgen y en el Verbo33.

Por tanto, podemos decir que la segunda parte de la contestación de María al ángel -«hágase en mí»- está también en sintonía con la segunda parte de la «declaración programática» del Verbo al encarnarse -«para hacer (en mí)»-, de forma que ambas respuestas manifiestan una perfecta correspondencia entre las disposiciones de Madre e Hijo. El Espíritu Santo no sólo vincula a María y al Verbo en las actitudes iniciales de acogida ante la misión que se les encomienda -asumiendo ambos la expresión «aquí estoy»-, sino que los identifica también en la literalidad de las palabras con las que se comprometen a realizar dicha misión, incluso sincroniza las dos respuestas en el tiempo. De este modo, queda patente, el perfecto paralelismo que revela la comunión de sentimientos y disposiciones propia de su sintonía espiritual.

b) Jesús prolonga en toda su vida el «para hacer»

La respuesta del Verbo al entrar en el mundo se prolonga de forma constante en la vida de Jesús. Éste, en cuanto hombre, recibió de su Madre el modelo de una completa apertura eficaz a la acción de Dios. María enseña el «hágase (fiat)» a su Hijo -y, como veremos, éste lo enseñará a su Iglesia-. «El “fiat” de la Madre pasó al Hijo y ahora reposa en él, pero fue actuado en los dos por el Espíritu Santo»34. Jesús aprendió humanamente de María a prolongar conscientemente como «criatura» su eficaz respuesta a la voluntad de Dios en cada instante de su vida, llevando a cabo la misión que el Padre le encomendó. Temporalmente, el «sí» de María posibilita el «sí» de Jesús; es eficaz para permitir que el Verbo se encarne y sea un sí para todos los hombres, «pues el Hijo de Dios, Jesucristo… no fue sí y no, sino que en él sólo hubo sí» (2Co 1,19). También es María la que nos enseña a nosotros a decir «hágase», de forma que la cercanía a María es necesaria para aprender a dar nuestra respuesta a las llamadas de Dios y, en consecuencia, no puede haber una espiritualidad cristiana que no sea mariana.

Jesús vivió toda su vida, desde su infancia, un anhelo de cumplir la misión para la que había bajado del cielo. El episodio de Jerusalén a los doce años lo justifica el Niño afirmando: «debía estar en las cosas de mi Padre» (Lc 2,49). Al mismo tiempo le enseña a su Madre que él ha venido para realizar la misión que el Padre le ha encomendado. Y por el mismo motivo, y con la misma libertad, retoma su vida escondida en Nazaret aceptando la obediencia a sus «padres» terrenos, pues «estaba sujeto a ellos» (Lc 2,51). Posteriormente, el mismo anhelo de realizar la encomienda de su Padre es el que le llevará al desierto para dirimir, en la oración y en el ayuno, el modo de llevar a cabo su misión, porque es consciente que no basta cumplir con el contenido de su ministerio, sino que es igualmente importante el modo de llevarlo a cabo. Así, sus primeros pasos apostólicos estuvieron determinados por encontrar el momento de su «hora», la que había establecido el Padre con su autoridad (cf. Hch 1,7), y con toda probabilidad le fue mostrando la «Madre» con aquella intuición para las cosas de Dios que vemos en las bodas de Caná (cf. Jn 2,4-5).

Su voluntad decidida de «hacer» la voluntad del Padre le lleva a delimitar constantemente su misión y a reservar sus energías para su única pasión, que es Dios. Por ello, no permitió que nada le desviase de su cometido: se negó a involucrarse en una disputa entre hermanos, renunciando a buscar la pacificación entre ellos porque no era esa su misión: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?» (Lc 12,14); circunscribió su ministerio al ámbito que le había mostrado el Padre: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (Mt 15,24); y defendió los límites de su misión con toda fuerza: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (Mt 15,26). Todo ello no lo hizo por indiferencia a los problemas humanos o sociales, sino porque él se debía a su misión, que consiste en «hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra» (Jn 4,34); «pues no he venido por mi cuenta, sino que él me envió» (Jn 8,42).

Al entrar en el mundo, el Verbo dice: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad»; y a partir de ese momento toda su vida prolonga y concreta esa disposición inicial. Jesús tiene un quehacer, para eso ha venido y ha sido revestido de Poder divino; y por eso se presenta a sí mismo como aquél «a quien el Padre consagró y envió al mundo» (Jn 10,36). Esa misión consume su ser y le llena de ansias de llevar a cabo su cometido: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!» (Lc 12,49-50). Estas palabras de Jesús nos dan una clave muy importante, porque no sólo expresan sus «prisas» ansiosas por cumplir su misión, sino que nos orientan sobre el modo como va a llevarla a cabo. Ha venido a «prender fuego a la tierra», pero el modo es recibir un bautismo. Por tanto, lo que tiene que hacer empieza por algo que le afecta esencialmente a él mismo, de modo que su hacer es un «hacerse». Su acción, que tendrá una repercusión universal, se realiza en sí mismo, en recibir ese bautismo, que es una forma solapada de referirse a su propia Cruz35. Aquí podemos constatar el paralelismo que existe entre su respuesta y la de María, ella tiene que dejar que se haga en ella, él tiene que hacer en sí. La acción salvadora de Dios, cuyo fruto es cósmico, comienza a realizarse en las dos personas que protagonizarán dicha acción. Y, de nuevo, el mismo mensaje para nosotros: no puedo hacer sin dejar que primero se haga en mí.

c) El «hágase» de Getsemaní

Pero donde se manifiesta de manera más clara la determinación de Jesús de cumplir la voluntad de Dios en su propia persona es precisamente en el momento de la prueba, cuando en medio de su agonía mantuvo su voluntad de cumplir perfectamente la voluntad del Padre. Y resulta significativo que sea precisamente en este momento, asediado por la contemplación terrible del poder del pecado del mundo y en la suma desnudez de espíritu, cuando su respuesta al Padre sufra una pequeña variación, y se transforme, pasando de la forma más activa pronunciada en la encarnación «vengo para hacer» (Heb 10,7) a la forma más pasiva, más cercana a la fórmula que utilizó su madre en la encarnación diciendo «hágase»: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad» (Mt 26,42). Este «hágase» es la conquista del Señor en Getsemaní en medio de la lucha de una oración terrible, y posee las mismas características que el que María proclama en la Anunciación. El del Huerto de los olivos es un «hágase» que expresa la docilidad completa a la voluntad del Padre, el deseo apasionado de que se cumpla su voluntad y la más eficaz colaboración para llevar a cabo su obra. La coincidencia de estas tres características en la Madre y el Hijo nos está diciendo que no se trata de algo casual, puntual u opcional, sino que toda respuesta al Padre -también la nuestra- debe contener los mismos elementos.

-La obediencia total a la voluntad del Padre

Refiriéndose a la oración de Jesús en Getsemaní, la carta a los Hebreos nos dice que «Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer» (Heb 5,7-8). El «hágase» de Jesús en Getsemaní es, en primer lugar y de una forma evidente, un acto de obediencia. En ese momento se manifiesta ahora con toda su fuerza la obediencia que anhelaba apasionadamente Jesús a lo largo de toda su vida y que, como hemos visto, compara con un fuego y un bautismo que desea se consumen (cf. Lc 12,49-50). El combate interior del Señor en el huerto de los olivos consiste en acomodar su voluntad humana a la del Padre, en medio de la tentación, la angustia y la percepción del fracaso. No podemos pensar que su ansia por hacer la voluntad del que lo envió «y llevar a término su obra» (Jn 4,34) y su amor filial al Padre le permitiera dar una respuesta fácil o cómoda al designio de Dios. La obediencia y docilidad que definen toda su vida se ven sometidas a una extraordinaria prueba cuando se vio sometido, a las puertas de la Pasión, al máximo sufrimiento al sentir aniquilarse su esperanza, y es precisamente ahí cuando, entre gritos y lágrimas, purificó perfectamente su obediencia. Por eso el autor de la carta puede decir -¡del Verbo encarnado!- que «aprendió sufriendo a obedecer». De modo que su «hágase» comporta, como en el caso de María, una verdadera aniquilación, un deseo de que prevalezca por encima de todo la voluntad divina, ante la que consume la propia vida en adoración, aceptando la propia inmolación: «No se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39). En este momento crucial, Jesús pone la voluntad de Dios por encima de la suya, de sus miedos y necesidades para expresar conscientemente su «hágase» definitivo.

En este punto, el Verbo encarnado no sólo acepta el plan del Padre, sino que se consagra en la obediencia para que se lleve a cabo su obra, y para dar testimonio de que «no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado […]. Porque yo hago siempre lo que le agrada» (Jn 8,28-29). Getsemaní, como inicio que es de la Pasión, es el testimonio definitivo de la obediencia de Jesús, y de su voluntad de mostrar el valor último que mueve su vida más allá de toda medida: «Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo» (Jn 14,31). Toda esta contemplación de la respuesta de Jesús al Padre en Getsemaní como obediencia suprema nos plantea si nuestra respuesta a Dios está en sintonía con la de Jesús y la de la Virgen, y debería llevarnos a consagrarnos a Dios por medio de la obediencia plena a sus planes; lo cual sólo será verdad si realmente la voluntad del Padre pasa por encima de la mía y dejo que me consuma el ansia de obediencia a Dios, para dar testimonio al mundo de que también nosotros amamos al Padre. No podemos dar testimonio de nuestro amor al Padre si antes no aceptamos en obediencia su voluntad.

-El deseo apasionado de que se realice su voluntad

Jesús, como su Madre, no sólo expresa con su «hágase» un ansia de consagración y de entrega a la voluntad del Padre, sino también el deseo apasionado que le consumía de que se cumpliera dicha voluntad. Este aspecto es más difícil de reconocer en una situación tan dolorosa como es la angustia de la oración en el huerto. El «hágase» de Getsemaní es, como el de María en la Anunciación, el eco del ansia de los pobres de Yahvéh, que en medio de la angustia y el peligro ponen toda su esperanza en el poder de Dios y anhelan su actuación salvadora, y que suplican «noche y día» (Lc 2,37) que se realice su plan salvador.

San Juan no narra directamente la agonía del Señor en Getsemaní, pero relata ese sufrimiento en un texto misterioso y lleno de significado. En un determinado momento, dice el Señor: «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12,27-28). Jesús, sometido a la presión de la angustia, tiene la tentación de eludir el cáliz de la Pasión -«Si es posible, que pase de mi este cáliz» (Mt 26,39)-, que es «la copa de la salvación» (Sal 116,13); pero, en medio de su agonía, recupera la motivación profunda que dirige toda su vida: glorificar el nombre de su Padre, precisamente allí donde nadie puede glorificarlo, en medio de la tristeza, del abandono y del miedo atenazante. Ahí es donde el Señor manifiesta de manera especial su ansia de glorificar el nombre de Dios, es decir de invertir el poder del mundo, que funciona según los criterios de Satanás, y de poner amor allí donde sólo hay egoísmo. El Maestro desea que este momento llegue: «por esto he venido». Es la Hora ansiada y temida, la hora amada, la hora de mostrar que ama al Padre y que siempre cumple su voluntad (cf. Jn 8,28-29). Jesús vivió en un constante anhelo de que llegara esta hora: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!» (Lc 12,49-50).

Tendemos a interpretar esta angustia de Cristo como terror ante el sufrimiento que prevé; y, sin embargo, tendríamos más razón para pensar que se trata de la impaciencia angustiosa de quien anhela la culminación plena del plan de Dios que da sentido a su vida. El paralelismo que existe entre este «¡qué angustia sufro!» con el versículo anterior -«he venido a prender fuego»- nos invita a ir más allá y descubrir que Cristo siente un vehemente deseo ‑que llama angustia‑ porque arda la tierra y por recibir ese misterioso bautismo, que comporta su propia glorificación.

Por tanto, el «hágase» de Getsemaní es semejante al «hágase» de María: un grito del pobre confiado, que pone en el Padre toda su esperanza y le suplica que venga su Reino; que anhela que realice su obra, también en el momento de la agonía.

-La cooperación eficaz para gestar un nuevo mundo

El tercer aspecto en el que el «hágase» del Hijo sintoniza con el «hágase» de la Madre, se refiere a la colaboración eficaz en la redención. María tiene que poner en marcha el proyecto de la salvación mediante el mandato imperativo por el que ordena que se realice cuanto el ángel le ha dicho. También en el caso de Jesús es preciso que él no sólo acepte y anhele, sino que ejecute el proyecto de Dios con su aceptación libre y consciente de la voluntad divina.

Jesús quiere y ejecuta el plan que el Padre le ha comunicado: «Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas» (Sal 40,8-9; cf. Heb 10,7). Ese «lo quiero» -pronunciado al entrar en el mundo, adquiere toda su profundidad en Getsemaní-, renovado en la más profunda oscuridad en la que ninguna alma se ha sumergido, y sostenido hasta la muerte en el leño de la Cruz, y culmina su obra salvadora. De este modo, en Getsemaní, Jesús dice: «Quiero tu voluntad, la llevo en las entrañas, por encima de mi voluntad… ¡hágase». Jesús Pues, aunque es el Padre el que lo entrega, no debemos olvidar que, al comienzo de su pasión, Jesús sabía «que el Padre había puesto todo en sus manos» (Jn 13,3), y con esa plena consciencia dice «hágase», «lo quiero». Por eso, Jesús puede decir: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre» (Jn 10,17-18); con lo que viene a decir: «La vida no me la quita el Padre, ni los hombres; yo la entrego libremente porque el Padre me la pide. Y la entrego con ansia en medio de la angustia».

Esa entrega voluntaria en un «hágase» incondicional, mantenido hasta la muerte, genera una nueva realidad; es verdaderamente creador, como el hágase de María. El Verbo «estaba en el principio junto a Dios» (Jn 1,2) y «por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho» (Jn 1,3), y fue él quien ejecutó el deseo del Padre a través de su mandato imperativo: «exista, hágase» (en griego: genezéto: Gn 1,3.6.14); y, del mismo modo, también ahora es la misma palabra poderosa del Verbo, pronunciada por la frágil voz humana de Jesús, la que crea un nuevo mundo con su «hágase» (genezéto). Aunque la Biblia de la Conferencia Episcopal Española traduce de forma diferente el término que aparece en el Génesis y el término que san Mateo pone en Getsemaní, la realidad es que el vocablo griego que hay detrás, según la versión de los LXX utilizada por los evangelistas, es exactamente el mismo. Es el mismo el que, por su Poder, realiza la voluntad del Padre al comienzo de los tiempos y el que, por su Espíritu, realiza el plan del Padre en Getsemaní; y ambas acciones, que inauguran una creación, las lleva a cabo con la misma palabra: genezéto, «¡hágase!». Verdaderamente, por las palabras de Jesús, aprendidas de María y dichas en comunión con su Madre en Getsemaní, se une la creación, la encarnación y la redención. Esa palabra, pronunciada por el hombre con esa misma actitud, le vincula a la dinámica creadora y redentora de Dios. Porque Jesús, cuando enseña a sus discípulos a orar, les dirá que oren con la misma palabra de María y del Verbo en la creación y en la redención: «Hágase (genezéto) tu voluntad» (Mt 6,10), vinculando así a la Iglesia a su obra salvadora, como veremos en otra ocasión con más detalle.

En Getsemaní, Jesús, partiendo de una actitud obediente a imagen de Abrahán, se une a la súplica esperanzada de los pobres, para culminar en la determinación amorosa del enviado. De modo que también el Hijo encarnado aglutina en su respuesta las mismas disposiciones de su Madre; o, por mejor decir, ella dará la nota exacta que sintoniza con el tono de su Hijo y con sus palabras.

d) El «hágase» en la pasión y la cruz

El «hágase» de Jesús conquistado en Getsemaní es mantenido durante toda la pasión en silencio y docilidad. Esta actitud, voluntariamente sumisa y entregada al plan del Padre, es la concreción final y más importante de su «aquí estoy» pronunciado al entrar en el mundo. Durante su pasión, Jesús apenas pronuncia unas pocas palabras, pero con sus obras prolonga el eco de ese «hágase» pronunciado en la Encarnación y en la agonía del Huerto. Puede contemplarse cada momento de la Pasión (flagelación, coronación de espinas, viacrucis, crucifixión) como repetición silenciosa, pero firme, del hágase pronunciado entre los olivos del huerto.

Es, ante todo, un «hágase en mí», como quedará especialmente claro en la Última Cena, cuando Cristo anticipe sacramentalmente su pasión, ofreciendo el pan y el vino como «cuerpo, que se entrega por vosotros» (Lc 22,19), y como «sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,28). Por tanto, cuando Jesús manifiesta su ansia por llevar a cabo la voluntad del Padre y recrear el universo con su potencia divina, está pensando en «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). En ese sentido Jesús se presenta como la víctima que ha de ser ofrecida, como «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Su «hágase en mí» es lo que nos salva y lo que transforma todo. Por otro lado, él es personalmente el altar edificado por Dios que santifica esa ofrenda, pues en la persona del Verbo es donde el Espíritu consagra la carne de Cristo, entregada como víctima. Es «en él», como altar, y «por él», como víctima, por lo que su ofrenda sacerdotal es eficaz para salvar al mundo entero.

Su «hágase» es especialmente visible y meritorio en la cruz, donde podemos también encontrar las tres dimensiones del «hágase» de Jesús y de su Madre. Y la nueva aparición de estas tres dimensiones, lejos de ser una repetición innecesaria, es el claro indicio de que forman parte de la respuesta que Dios espera de nosotros, para que profiramos nuestro «hágase» a cada paso, y especialmente en algunos momentos clave de nuestra vida como el sufrimiento, la injusticia, el fracaso, la pérdida de un ser querido o nuestras propias limitaciones…, así como, también, ante las gracias extraordinarias de Dios que nos llaman a una entrega absoluta y ante las que debemos decir «hágase en mí». Y si no decimos nuestro «hágase» con ese triple contenido no podemos unirnos a Cristo y a María para generar vida nueva.

  • -En la cruz, cuando la muerte se acerca, Jesús lanza su último grito, que expresa, en medio de la terrible agonía, su voluntad de una entrega absoluta en una obediencia completa, que culmina con la entrega de su vida: «“Está cumplido”. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19,30). El que entra en el mundo anunciando que viene a cumplir la voluntad del que le ha enviado, sale del mundo proclamando que ha cumplido el encargo recibido. Y como ratificación de sus palabras, «entregó» su espíritu. Su muerte es la expresión última del dócil abandono que expresa su «hágase».
  • -Pero, el Señor no sólo manifiesta en la cruz una obediencia sumisa a la voluntad de Dios, sino también un abandono consciente y esperanzado en las manos del Padre. Jesús crucificado es la imagen acabada del Pobre que confía en Dios. Como dirá san Pablo, también Jesús podría repetir en la cruz: «Sé de quién me he fiado» (2Tm 1,12). Esa esperanza indestructible, que preside toda la Pasión como un bajo continuo, brotó con toda intensidad en el momento de su muerte, cuando clamó con voz potente: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46), como diciendo: «He esperado en ti, sigo esperando en ti y nadie me quita la esperanza y el ansia de cumplir tu voluntad». De esa forma, certificó que la actitud que presidía su pasión no era la resignación abatida, sino la actitud del pobre que, con inquebrantable confianza filial, espera en Dios y provoca la acción salvadora del Padre por la entrega sin medida de su amor de Hijo.
  • -Y, finalmente, la Cruz es la culminación del vehemente amor filial de Jesús que quiere llegar hasta el final, haciendo verdad las palabras que dirigió a Pedro «El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?» (Jn 18,11). El «hágase» del Calvario sostenido hasta la muerte, resistiendo las provocaciones del enemigo para que baje de la cruz (cf. Mt 27,40.42), es la manifestación más sublime del amor de Cristo por su Padre y por los hombres. El «tengo sed» (Jn 19,28), que explicita su ansia de saciarse de la voluntad del Padre y de la salvación de los hombres, expresa el amor que le mantuvo hasta el final colgando de la cruz y que culminó en la apertura de su corazón traspasado, brotando agua viva para saciar la sed del mundo. El holocausto de amor de Cristo en la cruz lleva a su máxima expresión la caridad a Dios y a los hombres, que, en expresión de san Pablo, «todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1Co 13,7). Así, en la cruz, el «hágase» de Jesucristo se convierte en un acto de amor perfecto.

El «hágase» de Jesús en la cruz, en su triple resonancia de fe, esperanza y caridad, culmina la obra del Padre, del Hijo y del espíritu Santo, y tiene una eficacia insospechada, sólo puesta de manifiesto a partir de la mañana de la resurrección. En la Cruz surge una nueva realidad. Por ella, el Padre puede decir a la creación: «Mira, hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5), y proclamar con el Hijo: «Hecho está» (Ap 21,6), porque «ha vencido el león de la tribu de Judá, el retoño de David» (Ap 5,5), el Cordero inmolado hijo de la bella Cordera. Por eso, las criaturas celestes proclaman con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza». Y a ellas se unen todas las criaturas terrenas con una misma adoración: «Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Ap 5,13).

e) Conclusión

El «hágase» de María es el eco en la tierra del «vengo para hacer tu voluntad» (Heb 10,9) del Verbo al entrar en el mundo; y, al mismo tiempo, lo hace posible. Pero María también anticipa la respuesta del Verbo encarnado cuando éste debe afrontar su Pasión. Jesucristo tiene que encarar el combate definitivo que le introducirá en su Pascua. Es un combate que le lleva hasta el extremo de sus fuerzas y que exige de él una respuesta libre de aceptación de la voluntad del Padre. Esta voluntad supone una verdadera muerte interior, necesaria para gestar el nuevo mundo; como un parto doloroso que dará, como fruto radiante, la humanidad redimida. En ese momento culminante, en el que se concentra la tentación y el sufrimiento, Jesús mantendrá la misma respuesta que dio al encarnarse, pero con una forma pasiva, muy próxima a la que utilizó su Madre ante la solicitud del ángel: «hágase tu voluntad» (Mt 26,42). De este modo, los misterios de la creación, la encarnación y la redención están vinculados por las mismas palabras36, que reflejan la misma actitud: el ansia del Hijo porque el Espíritu Santo realice el plan del Padre. María se incorpora a esa pasión por llevar a cabo la voluntad del Padre, entregando su cuerpo al Espíritu para el nacimiento de la Humanidad Nueva que inaugura su Hijo.

El Hijo no habría podido entregar su Cuerpo en Getsemaní si la Madre no hubiera entregado antes el suyo en Nazaret. El humano sagrado Corazón del Verbo no hubiera podido realizar su sacrificio, si María no hubiera ofrecido previamente su Corazón inmaculado como ofrenda. Cristo no hubiera podido redimir a la humanidad si no hubiera recibido de su Madre el Cuerpo que tenía que entregar. Y, puesto que «todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10,10), la santidad del hombre no habría sido posible sin la santidad de María.

Pero como, por otra parte, María es llena de gracia, inmaculada en su concepción, por prerrogativa divina en virtud de los méritos de Cristo, hemos de concluir que la santidad de María depende enteramente de los méritos del Verbo encarnado. Entramos así en un círculo asombroso: él puede hacer lo que hace porque ella es lo que es, y ella es lo que es porque él hace lo que hace. Delicioso misterio de mutua dependencia.

2. El «hágase» de Jesús dirigido a los hombres

El «hágase» de Jesús dirigido al Padre manifiesta su total entrega a la voluntad de Dios, nos alcanza la salvación y transforma el universo. Pero existe también un «hágase» dirigido al hombre que es también un acto salvador en cuanto que distribuye los frutos de la redención e introduce ya ahora la vida nueva de Dios en el mundo. Este «hágase» de María al mundo es el que pronuncia en las bodas Caná (Jn 2,5: «Haced lo que él os diga»), y cambia la situación, dando paso al primero de los «signos» de Jesús. La Iglesia es heredera también de este «hágase», por eso es preciso que lo conozcamos, para que también cada uno de nosotros lo reproduzcamos en nuestra vida. En otra ocasión podremos profundizar en este «hágase» de la Iglesia y de cada cristiano.

Mediante el misterio pascual de Cristo el universo es redimido. Él introduce la renovación de la realidad e instaura el reino de Dios en la tierra. Ya antes de su pasión, Cristo había manifestado esa presencia del Reino de Dios mediante sus palabras y obras. Unas y otras -concedidas al mundo como anticipos «prepascuales»- reciben todo su valor del acto salvífico de Cristo en la cruz. Pues bien, en cuanto a las acciones del Señor durante su vida terrena, dos categorías son especialmente relevantes para manifestar esa presencia del reino de Dios entre los hombres: los exorcismos y los milagros. Los primeros testifican que el poder de Satanás ha sido vencido, porque «¿cómo podrá uno entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse su ajuar, si no ata primero al fuerte?» (Mt 12,29); los segundos, manifiestan la presencia del poder de Dios y de su misericordia, que hacen desaparecer el mal, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Por este carácter «testimonial» de los milagros, san Juan los llama «signos», pues no sólo tienen valor en sí mismos, sino también como manifestación de que «ha llegado el reino de los cielos» (Mt 10,7). Jesús aludirá a ese poder cuando reclame la fe de los hombres: «Aunque no me creáis a mí, creed a las obras» (Jn 10,38), las «que el Padre me ha concedido llevar a cabo» (Jn 5,36). Esas obras dan fe de que él es el Hijo de Dios».

Todos los milagros manifiestan el poder presente de Dios que se derrama entre los hombres como signo de su misericordia y compasión. Pero, para que un milagro se realice no sólo basta con la misericordia de Dios, sino que además son precisas la fe del hombre y la intervención de Jesús. Los milagros del Señor requieren normalmente un acto de fe y esperanza en su poder salvador, y que el propio Jesús acoja esa esperanza y la transforme, con una eficaz acción salvadora, en un acto de caridad. En cuanto al acto de fe en el Señor, puede ser suplido o completado por otra persona o por Jesús mismo. Aquí aparece una base sólida para comprender lo que es la verdadera intercesión37. Pero lo que nos interesa ahora subrayar es que, además de la misericordia divina y de la fe humana, normalmente38 es necesario que Jesús intervenga para realizar el acto decisivo de amor, que puede ser un gesto, una palabra o, en la mayoría de las ocasiones, ambas cosas39.

Por tanto, para que suceda el milagro han de realizarse dos actos. Por parte del hombre, un acto de fe y esperanza: la fe en Jesús, que tiene que mantenerse por la esperanza de alcanzar del Señor lo que es imposible para el ser humano. De parte de Jesús ha de ponerse un acto de caridad, en forma de acción imperativa que transforma la realidad y hace aparecer la vida nueva del reino de Dios. El hombre cree en el poder de Jesús y suplica con esperanza que actúe. El Señor pone un acto de amor que transforma la realidad. Cuando se realiza a través de palabras, esta transformación de la realidad por parte de Jesús puede expresarse con variadas fórmulas; pero es muy significativo que en tres milagros esa palabra usada sea la misma que emplea Jesús en Getsemaní y que aparecía en la creación: genezéto. Así, cuando el centurión pide la curación de su criado, admirando al Maestro con su actitud de fe perseverante, Jesús sólo tiene que dejar que se manifieste lo que esa actitud ha conquistado: «Vete; que te suceda (genezéto) según has creído» (Mt 8,13). La palabra griega «genezéto», como ya vimos, es la misma que utiliza el Génesis para describir el mandato por el que Dios realiza la creación y el Señor en Getsemaní; por eso, deberíamos traducirla en su auténtico sentido como: «Vete, hágase a ti según has creído». Lo mismo le sucede a la mujer cananea que le pide con insistencia a Jesús la exorcización de su hija; y él, que sólo ha sido «enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (Mt 15,24), tiene que adelantar la misión entre los gentiles impelido por la extraordinaria fe de esta mujer; por lo que sólo tiene que desear que se cumpla lo que la fe, la esperanza y la determinación de la mujer ya han conseguido: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla (genezéto) lo que deseas», que podría traducirse: «Mujer, qué grande es tu fe: hágase a ti lo que deseas (Mt 15,28). Lo mismo sucede cuando los dos ciegos siguen a Jesús y le manifiestan su fe y su esperanza en que él puede curarlos: «“¿Creéis que puedo hacerlo?”. Contestaron: “Sí, Señor”» (Mt 9,28). Jesús sólo tiene que aportar su «hágase» transformador y todo cambia: «Que os suceda (genezéto) conforme a vuestra fe» (Mt 9,29). De nuevo, podríamos traducir como «hágase en vosotros según vuestra fe»40.

Como vemos, cuando hay una fe suficiente -la fe mantenida por la esperanza-, la fe sobrenatural de la que un pequeño grano alcanza grandes transformaciones (cf. Mt 17,20), y se añade el «hágase» de Jesús, la realidad se transforma según el plan de Dios, y se genera nueva vida. Los milagros manifiestan la eficacia del hágase de Jesús, aprendido de María, para transformar la realidad de los hombres según la voluntad de Dios. Naturalmente, estos «hágase» toman toda su fuerza del gran «hágase» que es el que Cristo da al Padre y que le afecta en primer lugar a él.

La fe y la esperanza son imprescindibles, pero no bastan para que se produzca el milagro, porque no pueden alcanzar por sí mismas esa transformación de la realidad. Es necesario que se añada la caridad sobrenatural que genera nueva vida en forma de mandato operativo. Esa caridad sobrenatural sólo la puede aportar Jesús, y lo hace en algunas ocasiones con la fórmula que utilizó en Getsemaní; y en otras ocasiones con expresiones con un contenido similar.

Por tanto, el «hágase» de Cristo no es sólo una respuesta a la voluntad de Dios que le ha sido comunicada, sino que tiene también una vertiente de cara al mundo y a la instauración del reino de Dios en él. Su «hágase» cumple perfectamente la voluntad del Padre e instaura en el mundo la novedad de su reino, de manera que transforma la realidad y la abre al mundo de Dios. Los exorcismos y los milagros expresan esa renovación que conlleva su «hágase».

Como veremos a continuación, la Iglesia y cada uno de los cristianos van a heredar el «hágase» de Jesús, al recibirlo en el «padrenuestro»: «Hágase (genezéto) tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6,10). Este «hágase» es la respuesta perfecta dirigida a Dios, que conlleva el cumplimiento heroico de las virtudes teologales, que es lo que Dios merece y espera; y, por otro lado, dirigido al mundo, es lo que éste necesita para que se actualice en él la salvación. Es el «hágase» que debe dar todo cristiano como forma concreta de hacer presente el reino de Dios en nuestro mundo, para que la Iglesia sea ahora la fuente de la transformación de la realidad. He que tener muy presente que la voluntad del Padre en el mundo pasa por realizarse primero en mí: yo no puedo dirigir el «hágase» que transforma el mundo si antes no he dicho: «hágase en mí»; y no debo mentir diciendo: «hágase en mí» cuando realmente no lo quiero. A la hora de reproducir la respuesta de María y del Verbo es absolutamente necesario que yo tenga verdadera ansia de que la voluntad de Dios se realice, y en primer lugar que se realice en mí. De manera que ese acto de fe, esperanza y caridad que hay detrás del «hágase» -porque supone un verdadero salto en el vacío de la fe movido por la esperanza y que lleva a la caridad- es la respuesta que Dios está esperando de cada uno de nosotros. Y es un auténtico drama que no queramos la voluntad de Dios con todas sus consecuencias, que no tengamos la pasión de Dios necesaria para pronunciar el «hágase» que entrega nuestra vida con obediencia, deseo y eficaz ejecución.

Si queremos cambiar esto, como muestra de nuestra sinceridad deberíamos empezar por realizar esa transformación en nosotros, para que Dios la complete plenamente; siendo conscientes de que detrás de esta respuesta, a imitación de María y del Verbo, hay una verdadera consagración, en la que decimos eficazmente: «Mi vida es tuya y sólo anhelo lo que tú quieres; renuncio a mis planes y a mis trampas para intentar hacer mi voluntad pareciendo que busco la tuya». Hemos de morir a nuestra voluntad en un acto de adoración que se realiza con una palabra: «Hágase».

Esa transformación la realiza ahora la Iglesia vicariamente prolongando los exorcismos y los milagros, y, sobre todo, a través de los sacramentos, que son la culminación de la obra salvadora de Cristo; pero también se realiza en la entrega, en la consagración y en la adoración de los que se atreven a pronunciar de verdad el «hágase» de María y del Verbo.


NOTAS

  1. «¡Oh fuego abrasador!, Espíritu de amor, “desciende sobre mí”, para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo: que yo sea para él una humanidad suplementaria, en la que renueve todo su Misterio» (Santa Isabel de la Trinidad, Elevación a la Trinidad).
  2. El retiro «“Aquí estoy”. Firmeza y disponibilidad», que está en nuestra página web.
  3. Orbe, Anunciación, Madrid 1976 (BAC), 266.
  4. Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 13.
  5. La palabra griega que se traduce por «hágase» es «genoito», un «aoristo optativo que expresa un deseo» (M. Zerwick, Análisis gramatical del griego del Nuevo Testamento, Estella 2008 (Verbo Divino), 206).
  6. San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual A, 1,11.
  7. Tendemos a interpretar esta angustia de Cristo como terror ante el sufrimiento que prevé; y, sin embargo, tendríamos más razón para pensar que se trata de la impaciencia angustiosa de quien anhela la culminación plena del plan de Dios. El paralelismo con «prender fuego a la tierra» parece que refuerza esta otra interpretación: Cristo siente un vehemente deseo ‑que llama angustia‑ porque arda la tierra y por recibir ese misterioso bautismo, que comporta su propia glorificación (cf. Jn 12,27-28).
  8. Lo mismo pasa al pie de la cruz: no basta con que María acepte en fe la muerte de su Hijo, sino que ella misma «ha de entregarlo» -junto con el Padre- a la muerte.
  9. Esa ley no sólo vale para Jesús y para María. Abrahán, al sacrificar a su hijo, amó a Dios de tal forma que generó vida para su descendencia: «Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa» (Gn 22,16-17).
  10. La misma dinámica podemos comprobar en las plagas: «El Señor dijo a Moisés: “Extiende tu mano sobre la tierra de Egipto y que venga la langosta e invada la tierra de Egipto y devore toda la hierba de la tierra y cuanto quedó del granizo”. Moisés extendió su bastón sobre la tierra de Egipto y el Señor hizo soplar el viento del Este sobre la tierra todo el día y toda la noche. Al amanecer, el viento del Este había traído la langosta» (Ex 10,12-13).
  11. Manuel Garrido Bonaño, La Virgen María y la Santísima Trinidad en la liturgia romana, en Mariología Fundamental, Salamanca 1995 (Secretariado Trinitario), 232.
  12. San Anselmo, Sermón 52: PL 158, 955-956.
  13. «Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: Así será tu descendencia» (Rm 4,18-22).
  14. Siempre es así: la colaboración con el Reino de Dios siempre supone disponer la propia persona para ser la primer transformada, porque el mundo nuevo que Dios quiere gestar siempre empieza «en mí».
  15. La grandeza de María es su pequeñez, es su «oquedad»; como no es nada, no condiciona la labor creadora de Dios, y él puede emplearse a fondo en ella.
    Lección importante que debemos tomar.
  16. San Máximo de Turín, Sermones, 50A, 2: PL 57, 571.
  17. Esa es la certera intuición que está detrás de esconderse bajo el manto de la Virgen.
  18. Alberto Carreres Esparza, Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, Madrid 2024 (Nazaret), 255.
  19. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre a Iglesia, Lumen Gentium, 56.
  20. En ese aspecto, María es también modelo de todo contemplativo, llamado para ser sólo de Dios y para ser un lugar de encuentro entre los hombres y el Redentor.
  21. Oraciones del Misal Romano.
  22. San Juan de la Cruz, Noche Oscura, II,9,2.
  23. Dejada aparte la naturaleza humana del Verbo, en ninguna otra persona encontró el Espíritu mejor hospitalidad que en el alma de María, hasta el punto de establecerse establemente para siempre en ella. El templo de Jerusalén, el Arca… son prefiguraciones de María.
  24. «Por lo cual tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios» (Pío IX, Constitución apostólica Ineffabilis Deus, para la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, 1).
  25. La imagen que puede iluminar algo la profundidad de la purificación que María tiene que afrontar al acercarse tanto a Dios es la del Sinaí temblando por la cercanía de Dios: «La montaña del Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre ella en medio de fuego. Su humo se elevaba como el de un horno y toda la montaña temblaba con violencia» (Ex 19,18).
  26. San Juan de la Cruz, Noche Oscura, II,9,5.
  27. «El grado de gracia y de gloria al que fue eternamente predestinada la Santísima Virgen María es tan grande y sublime, que rebasa con mucho el de todos los ángeles y bienaventurados juntos» (A. Royo Marín, La Virgen María, Madrid 1968 (BAC), 63).
  28. A alguno podrá escandalizar, quizá, que apliquemos esta cita a la Inmaculada, cuando la Escritura la dirige a la Jerusalén infiel prostituida, pero creemos legítima nuestra acomodación puesto que María es la Hija de Sión, la personificación de la verdadera Jerusalén; y, sobre todo, porque la forma de obrar de Dios es siempre la misma, aunque la respuesta a sus dones sea tan radicalmente distinta.
  29. Recuérdese que los mismos apóstoles estaban asustados ante la perspectiva de ir de nuevo a Judea para curar a Lázaro: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?» (Jn 11,8). Y cuando el Señor insiste en ir, ellos son plenamente conscientes de lo que les espera: «Vamos también nosotros y muramos con él» (Jn 11,16).
  30. Por ello, quienes se sienten llamados vocacionalmente a estar en Getsemaní acompañando y consolando al Maestro, tienen que hacerlo vinculados espiritualmente a la única que estuvo conscientemente allí, que es María; no unidos a los apóstoles, que sólo físicamente estuvieron presentes, y que fueron, más que un alivio en la prueba de Jesús, un sufrimiento añadido. Getsemaní antes que una localización física es un lugar espiritual. Allí están convocados algunos cristianos en torno a María; ellos son como la sombra del Cristo agonizante que se dirige al Padre, y como la prolongación del ángel consolador, que alivia a Cristo.
  31. No nos atrevemos a darle a María el título de «gallina de Dios» por lo que este título puede conllevar de peyorativo -aunque el Señor se lo aplica a sí mismo-, pero lo cierto es que la imagen es muy bella: todos los polluelos bajo las alas de la gallina, que sigue incubando nuevos huevos. Quizá la imagen de la Virgen cubriendo con su manto a sus hijos sea más comprensible para nosotros, aunque pueda perder parte de su poética belleza.
  32. Recuérdese que, como señalábamos al principio de este retiro, podemos encontrar en nuestra web el retiro «“Aquí estoy”. Firmeza y disponibilidad», que es como la primera parte
    de éste.
  33. De ese modo caemos en la misma fascinación que llevó a los constructores de la Torre de Babel (Gn 11,1-9) a querer alcanzar el éxito de conquistar el cielo sin Dios, reproduciendo el pecado de Eva, y cosechando el mismo decepcionante fracaso.
  34. Adrienne Von Speyr, Ancilla Domini, Santa fe 1979, 20.
  35. La imagen del bautismo para referirse a la Pasión aparece en algún otro texto del Evangelio. Recordemos que Jesús, en Getsemaní, se refiere a su Pasión como un cáliz que ha de beber (cf. Mt 26,39), y en Mc 10,38 pone en paralelismo esta imagen con la del bautismo, dejando claro que se refiere a la cruz: «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
  36. Esto es especialmente claro en latín, según la tradición de la Vulgata, donde la palabra «fiat» se haya presente en los tres momentos. El «fiat» de la creación tiene su prolongación en el «fiat» de María ante el ángel, y su culminación en el «fiat» del Verbo encarnado en Getsemaní.
  37. Es lo que hace María en Caná. Al pedir el signo salvador de su Hijo, ella carga sobre sí el problema de los recién desposados, y suple el con su fe y esperanza la actitud que se requeriría de los novios para que se realice el milagro.
  38. El caso de la mujer hemofílica (Mc 5,25-34) es un caso excepcional, donde su propia fe y esperanza, expresadas en el acto de «tocar» a Jesús, parecen «robar» el milagro sin que tenga que mediar el acto propiamente milagroso del amor de Jesús. Éste sólo levanta acta de que se ha realizado, y «sella» la concesión del don.
  39. Como ejemplo de milagro realizado solamente con un gesto podemos aducir la curación de la suegra de Pedro, a la que «le tocó su mano y se le pasó la fiebre» (Mt 8,15). Como muestra de una curación sólo por la palabra podemos recordar el modo de curar a su amigo Lázaro: «Gritó con voz potente: “Lázaro, afuera”» (Jn 11,43). Los más abundantes son los milagros realizados con hechos y palabras, tales como la curación del leproso: «Extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero, queda limpio”» (Mt 8,3).
  40. Ésta es la traducción que ofrece la Biblia Nacar-Colunga (BAC, Madrid 1959). En los otros dos casos traduce: «Hágase contigo según has creído» (Mt 8,13); «Hágase contigo como tú quieres» (Mt 15,28).