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1. Un pueblo sin pastor

Un retiro espiritual debe llevar, normalmente, a la contemplación de Cristo. Él es la luz del mundo, con la que, por medio de la oración, debemos iluminar nuestra vida y el mundo en el que vivimos.

La propuesta de oración para el presente retiro es la contemplación de Jesucristo como el buen Pastor, una realidad de profunda riqueza teológica y espiritual cuya contemplación debe llevarnos a conocer y amar más al Señor y a iluminar evangélicamente algunos aspectos tan importantes para nuestra vida de fe como son la confianza el abandono y el discernimiento.

Se trata de una contemplación que suele proponerse a los pastores -obispos y sacerdotes-, para que les ayude a tomar ejemplo de Jesús en la realización de su ministerio pastoral. Sin embargo, contemplar al buen Pastor es necesario para todos, porque es una forma muy significativa de contemplar el amor concreto, personal y lleno de delicadeza de Dios por nosotros; y eso es algo que necesitamos todos, tanto los pastores como los laicos.

Ante la grave crisis de valores en la que están sumergidos el mundo y la Iglesia, se hace imprescindible una respuesta de santidad, necesariamente heroica, que no puede venir respaldada por los criterios que nos imponen con fuerza las ideologías mundanas de todo tipo. Precisamente por la fuerza de esta presión necesitamos rescatar lo genuino de la identidad cristiana; y ello solo es posible dirigiendo una mirada, amorosamente contemplativa, a Jesucristo, que nos descubra la verdad de su ser y su misión, y nos permita seguir sus pasos en la más absoluta fidelidad, convirtiéndolo realmente en nuestro verdadero Pastor, y defendiendo su liderazgo frente a tantos intentos, procedentes del mundo y de la misma Iglesia, de empujarnos a caminar por sendas que nada tienen que ver con el Evangelio, que ni siquiera son verdaderamente humanas, porque, en el fondo, se nos está empujando por todas partes a caminar al margen de la transcendencia; lo que lleva a construir una humanidad, incluso una Iglesia, sin Dios.

Frente a la pretensión generalizada de edificar un cristianismo meramente humano, en el que sólo nos miramos a nosotros mismos -guiados por nuestros sentimientos y nuestro bienestar-, hemos de defender que la única vida de fe es la que mira fundamentalmente a Dios y, desde esa mirada, mira al mundo y lo construye según la voluntad de Dios. Para ello, hemos de ser muy conscientes de los criterios del mundo y, a la vez, de los valores verdaderamente evangélicos, aceptando en cruz la dramática oposición del mundo al Evangelio y eligiendo valientemente a éste frente a aquél con todas las consecuencias, dejando de lamentarnos por ese conflicto y aceptando que nos desgarre. Ahí encontramos, precisamente, un elemento esencial del discernimiento.

Uno de los aspectos que está cada vez más alejado de la trascendencia, que le da sentido, es la misión pastoral en la Iglesia. Cada vez son más numerosos los pastores -obispos y sacerdotes- que actúan como gestores de empresa, porque es lo que se les exige, y se va arrinconando lo que es esencialmente pastoral. Por eso, si queremos dar una respuesta de santidad a la necesidad de salvación que tiene el mundo actual hemos de anclar nuestra mirada en Cristo, para dejarnos guiar por él, convirtiéndolo en el «gran pastor» de nuestras almas (cf. Heb 13,20). No podemos pretender nada verdaderamente cristiano si seguimos tratando de adaptar todo a nosotros, a nuestras necesidades y gustos, en vez de adaptarlo todo a la voluntad y el gusto de Dios. Esto vale tanto para los laicos como para los pastores; de modo que sólo es verdadero, fructuoso y auténticamente eficaz lo que hacemos para agradar a Dios.

No olvidemos nunca que ser contemplativo -que es sinónimo de cristiano- no consiste en valorar la vida espiritual y cultivar la oración, sino, fundamentalmente, en ser testigo visible, ante el mundo, de la trascendencia de Dios. Ver a un cristiano o a un sacerdote tiene que decirnos elocuentemente que Dios existe y que Dios es Dios. Y eso es algo que va mucho más allá de nuestra propia vida de oración o de nuestra virtud personal. Porque uno puede rezar mucho o ser muy virtuoso y no traslucir la trascendencia de Dios ni reflejar su gloria. Se trata, pues, de que toda la vida esté configurada realmente con Cristo. Hacen falta santos reales, tangibles -laicos y consagrados-, que muestren al mundo la luminosidad de la santidad, que sean antorchas ardientes que contagien a su alrededor el fuego del amor de Dios. Nuestra propia virtud, por sí misma, podrá convertirnos en testigos de nuestra santidad, pero no en testigos de la santidad de Dios. De hecho, nuestra virtud, como tal, sirve para decir: «¡Mirad qué bueno soy, qué santo soy!», pero no nos convierte en testigos de la santidad de Dios. Por el contrario, la oración y la virtud verdaderas no buscan testificar nuestra propia santidad, sino transformarnos en Cristo de tal manera que podamos proclamar, sin necesidad de abrir la boca: «¡Mirad qué grande es Dios!».

Con el fin de ayudarnos a dar esta respuesta, el presente retiro pretende alcanzar tres objetivos complementarios:

  • 1. Introducirnos a todos -laicos y sacerdotes- en una contemplación profunda del amor de Dios, manifestado en Jesús-pastor.
  • 2. Ayudar a los laicos en el necesario discernimiento de los buenos pastores, para saber a quienes tienen que escuchar y seguir.
  • 3. Enriquecer la visión que tienen los sacerdotes de su propio ministerio pastoral.

Para conseguir estos objetivos veremos multitud de pasajes bíblicos que nos demuestran la importancia que tiene la misión «pastoral» de Dios en el Antiguo Testamento y de Jesús en el Nuevo. Cada uno de esos textos nos puede servir de instrumento para la contemplación de alguno de los muchos aspectos que encierra esta entrañable expresión del amor de Dios.

Para comprender bien lo que significa la condición de Cristo-pastor debemos partir de la realidad humana a la que responde, y, para ello hemos de tener en cuenta la situación del mundo y de la Iglesia en la actualidad, para ver cómo responde el Señor y el modo en el que ejerce su pastoreo.

A nadie, con un poco de perspicacia, se le puede ocultar la tremenda crisis de valores que aqueja al mundo actual. Y en la medida en que la Iglesia se intenta acomodar al mundo, esa misma crisis hace presa en ella de manera devastadora. Quizá el mundo pueda seguir adelante -muy cojo- sin la transcendencia, sin Dios; pero la Iglesia no. Si la Iglesia se convierte en una ONG, deja de ser la Iglesia de Cristo y pierde su sentido y su auténtica función. Sólo hace falta echar una ojeada a nuestro alrededor para ver esta realidad en la creciente falta de vocaciones sacerdotales y consagradas, en la agonía de la mayoría de las congregaciones religiosas y monásticas, en el constante cierre de conventos y parroquias, convertidos muchas veces en restaurantes, hoteles o discotecas. A lo cual hay que añadir la mundanización del clero, sus abusos sexuales y de poder o el encubrimiento de esos abusos, así como el deterioro de la fe en los fieles, la mayoría de los cuales no creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, en su divinidad o en la virginidad de María, así como en multitud de dogmas y gran parte de la moral católica.

El 21 de diciembre de 2018 el papa Francisco se manifestó con firmeza y severidad a este respecto: «También hoy hay muchos “ungidos del Señor”, hombres consagrados, que abusan de los débiles, valiéndose de su poder moral y de la persuasión. Cometen abominaciones y siguen ejerciendo su ministerio como si nada hubiera sucedido; no temen a Dios ni a su juicio, solo temen ser descubiertos y desenmascarados. Ministros que desgarran el cuerpo de la Iglesia, causando escándalo y desacreditando la misión salvífica de la Iglesia y los sacrificios de muchos de sus hermanos».

Creo que el papa no se refería solo a los criminales pedófilos. Sus palabras van dirigidas a todos aquellos que corrompen la unción sacerdotal para ponerla al servicio de un poder que no procede de Dios. Servirse de su autoridad para predicar una doctrina humana en lugar de la fe católica; renunciar a la lucha por permanecer fiel a su compromiso con la castidad; o simplemente renunciar a dejar que Dios sea lo primero, son otros tantos comportamientos que niegan la verdad más honda del sacerdocio y ponen en peligro la salvación de los fieles. La luz del sacerdocio se ha apagado. Y lo digo con más pena aún porque sé que son muchos los sacerdotes fieles que se dedican infatigablemente a su misión1.

Es verdad que son diversas las causas de esta situación, y se podría pensar que una de las principales es la falta de una buena enseñanza. Y es cierto. Sin embargo, pocas épocas como la nuestra han tenido mayor superabundancia de enseñanza, ciertamente de muy irregular calidad, pero en extraordinaria cantidad. Nadamos en interminables homilías, directorios, documentos pastorales de todo tipo, publicaciones o intervenciones en medios digitales y redes sociales. Desde el Papa hasta el último agnóstico «concienciado», todos pretenden y pueden bombardear con sus opiniones a un mundo saturado del ruido de palabras cada vez más vacías de contenido.

En medio de esta algarabía, lo que la Iglesia necesita para recuperar su condición de luz del mundo y sal de la tierra no son principalmente predicadores, ni más medios digitales, homilías más largas, nuevas metodologías catequéticas, sino pastores, auténticos líderes de la comunidad cristiana que con la santidad y el ejemplo de su vida representen eficazmente a Cristo-pastor, que es el verdadero líder y guía de la salvación. No es algo nuevo; de hecho, ya el Antiguo Testamento había descrito los efectos devastadores que para el pueblo de Dios tenía la ausencia de pastores o la traición de los mismos, con expresiones perfectamente aplicables a nuestra situación actual:

Me fue dirigida esta palabra del Señor: «Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza y diles: “¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar las ovejas? Os coméis las partes mejores, os vestís con su lana; matáis las más gordas, pero no apacentáis el rebaño. No habéis robustecido a las débiles, ni curado a la enferma, ni vendado a la herida; no habéis recogido a la descarriada, ni buscado a la que se había perdido, sino que con fuerza y violencia las habéis dominado. Sin pastor, se dispersaron para ser devoradas por las fieras del campo. Se dispersó mi rebaño y anda errante por montes y altos cerros; por todos los rincones del país se dispersó mi rebaño y no hay quien lo siga ni lo busque. Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ¡por mi vida! ‑oráculo del Señor Dios‑; porque mi rebaño ha sido expuesto al pillaje, y a ser devorado por las fieras del campo por falta de pastor; porque mis pastores no cuidaron mi rebaño, y se apacentaron a sí mismos pero no apacentaron mi rebaño, por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: Esto dice el Señor Dios: Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mi rebaño, dejarán de apacentar el rebaño, y ya no podrán apacentarse a sí mismos. Libraré mi rebaño de sus fauces, para que no les sirva de alimento”» (Ez 34,1-10).

Los profetas denuncian que los malos pastores se sirven del rebaño, sacan provecho de él y no hacen su tarea: ni curan a las enfermas, ni fortalecen a las débiles, ni buscan a las perdidas, y se aprovechan de las sanas. Así es como el rebaño se dispersa y es devorado por las fieras. En la misma línea, el mismo Jesús señalará la presencia y la acción de los malos pastores que se convierten en ladrones, lobos y, en el mejor de los casos en asalariados. ¿Cómo no encontrar paralelismos con la situación actual?

Los mayores pecados de los malos pastores radican en que no escuchan la palabra de Dios, no guían a su pueblo según la voluntad de Dios, y callan ante los pecados del pueblo:

Los guardianes están ciegos, no se dan cuenta de nada: perros mudos, incapaces de ladrar, vigías perezosos con ganas de dormir, perros voraces que no se sacian. ¡Y ellos son los pastores, que no comprenden nada! Cada cual va por su camino, cada uno a su ganancia (Is 56,10-11).

Los sacerdotes no preguntaban: «¿Dónde está el Señor?». Los expertos en leyes no me reconocían; los pastores se rebelaban contra mí, los profetas profetizaban por Baal, fueron tras ídolos que no sirven de nada (Jr 2,8).

Los pastores carecían de juicio, ya no consultaban al Señor; por ello no acertaron y se ha dispersado el rebaño (Jr 10,21).

Esta denuncia de los antiguos profetas de Israel sigue teniendo una gran actualidad para tantos pastores que buscan su propio interés, que se acomodan, que no se interesan por los muchos cristianos que se apartan de Dios y de la Iglesia, ni por la santidad de los que siguen dentro de la Iglesia, que no se preocupan por señalar los pecados de la Iglesia en general y de sus miembros en particular por miedo a quedar mal, que no buscan con sinceridad la voluntad de Dios en su Palabra, en la Tradición, ni en la oración, para saber dónde está el Señor en cada situación y en cada persona; y, en cambio, se intentan acomodar a lo que el mundo quiere aceptar fácilmente.

Los efectos de su traición o de su inacción son devastadores:

Entre tantos pastores destrozaron mi viña, pisotearon mi parcela; convirtieron mi parcela escogida en una estepa desolada. La dejaron desolada, yerma, y se duele desolada ante mí. ¡Todo el país desolado, y nadie se detuvo a pensarlo! (Jr 12,10-11).

¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño! ‑oráculo del Señor‑. Por tanto, esto dice el Señor, Dios de Israel a los pastores que pastorean a mi pueblo: «Vosotros dispersasteis mis ovejas y las dejasteis ir sin preocuparos de ellas. Así que voy a pediros cuentas por la maldad de vuestras acciones ‑oráculo del Señor‑» (Jr 23,1-2).

Mi pueblo era un rebaño descarriado, sus pastores lo perdían por los montes; recorría montañas y colinas, olvidado del lugar de su majada. La gente los encontraba y se los comía, todos sus enemigos decían: «Nosotros no somos culpables, pues han pecado contra el Señor, que era su Dehesa segura, que era la esperanza de sus padres» (Jr 50,6-7).

No menos devastadoras son las consecuencias de la infidelidad, la mediocridad o la pereza de los pastores en la actualidad: ¡Cuántos personas andan por la vida como ovejas sin pastor! ¡Cuántos cristianos andan perdidos en la confusión, esclavizados por el pecado! ¡Cuánta división y desafección por la falta de coherencia y cuidado de los pastores! ¡Cuántas sectas -incluso satánicas- atrapan a los fieles que los pastores dejan escapar sin preocuparse de sus almas, como si fueran un simple número en las estadísticas de apostasía!

Vemos que estas antiguas profecías siguen teniendo plena actualidad para discernir las causas y los efectos de la situación de los pastores en el tiempo que nos toca vivir, como demuestra san Agustín en su famoso sermón sobre los pastores, en el que desarrolla el mensaje de Ez 34. Siguen siendo luces necesarias para el discernimiento de los fieles y para el examen de conciencia de los pastores.

No podemos negar que uno de los mayores problemas que tiene la Iglesia es la falta de pastores «según el corazón de Dios» (cf. Jer 3,15). Y, en gran medida, esto se debe a la fuerte orientación que tiene el ministerio pastoral como una forma de poder, aunque se hable constantemente de él como «servicio». Precisamente, el hecho de identificar los ministerios ordenados como autoridad, y ésta como poder, es la principal razón en la que se apoyan los feministas para reclamar para la mujer las mismas cuotas de poder que poseen los hombres.

La cuestión no puede resolverse dándole a las mujeres una mayor participación en el «poder» eclesiástico por parte de los que detentan ese poder, lo cual nunca dejará de verse como la humillante concesión de unas migajas realizada por quienes se han apropiado de la totalidad del pastel.

Se trata de un asunto complejo, pero que, en esencia, nos remite a lo fundamental: ¿en qué consiste la autoridad en la Iglesia? Y aquí la cuestión es bastante simple: la autoridad en la Iglesia es la representación visible de la autoridad de Cristo en la comunidad cristiana. Aquí está la clave: el Papa, los obispos y los sacerdotes representan la autoridad de Cristo, es decir, «hacen presente» (re-presentan) al único que tiene la autoridad, que es Jesús. No podemos inventarnos esa misión: el pastor tiene que ser como Cristo-pastor y actuar como él. Y el laico tiene que buscar al pastor que represente fielmente a Cristo-pastor y tiene que exigirle al pastor que sea pastor, con todas las consecuencias. Y esa representatividad obliga a quienes la poseen a ejercerla tal y como la ejerce el Señor; de modo que todo el que se salga de la materia sobre la que Jesús ejerce esa autoridad o del modo que tiene de ejercerla se hace indigno de su condición de representante de la verdadera Autoridad y se convierte en escándalo para la comunidad y razón para que ésta no lo escuche ni lo siga.

Si miramos el Evangelio desapasionadamente encontraremos multitud de datos que nos ofrecen una imagen muy precisa de la forma con la que Jesús entiende y ejerce su autoridad; teniendo presente que él parte de su condición divina, en virtud de la cual puede perdonar pecados (Mc 2,1-12), corregir a Moisés (Mt 5,21-48; 19,3-9) o declarase «más que el templo» y «señor del sábado» (Mt 12,1-8). Jesús tiene la misma autoridad de Dios porque es el Hijo de Dios. La misma expresión «yo soy» que aparece en los evangelios, sobre todo en el de san Juan, es una reminiscencia del nombre de Dios (Yahvé) en el Antiguo Testamento (Jn 6,35; 10,7.11; 11,25; 14,6; 15,1, especialmente en 8,24.28). Merece la pena contemplar los pasajes a los que nos estamos refiriendo para descubrir internamente, con toda su luz y su fuerza, la fisonomía concreta de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y el modo que tiene de actuar con la autoridad de la que hace gala. Sólo desde esta perspectiva podrá la Iglesia discernir cómo tienen que ser sus pastores y los mismos fieles podrán exigir que sean así y deberán seguir a los que lo sean.

En el Evangelio vemos que la autoridad de Jesús se manifiesta en una enseñanza clara, directa, sencilla, que tiene el sello de la autenticidad, de la experiencia, porque él es Dios, viene de Dios, y puede manifestar sin teorías ni dudas la verdad de Dios. Además, se muestra también en que su palabra es eficaz: expulsa demonios, cura enfermos, resucita muertos…

Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!». El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen» (Mc 1,21-27; cf. Lc 4,32-36).

Jesús demuestra que tiene autoridad para perdonar pecados, algo que sólo puede hacer Dios, sanando al paralítico:

Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados ‑dice al paralítico‑: «Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2,10-11).

Ésa es la autoridad, y no otra, que trasmite el Señor a sus discípulos, para predicar, expulsar demonios, curar, perdonar:

Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios (Mc 3,13-15; cf. 6,7).

Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia (Mt 10,1).

Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado (Mt 28,18-20).

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).

El Señor hace realidad la promesa de Dios, que dijo: «Os daré pastores, según mi corazón, que os apacienten con ciencia y experiencia» (Jr 3,15), lo cual no sólo se refiere a Jesús, que lo cumple a la perfección, sino también a aquellos llamados a continuar su misma misión de Pastor del pueblo de Dios: «Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las apacienten, y ya no temerán ni se espantarán. Ninguna se perderá ‑oráculo del Señor‑» (Jr 23,3-4). Eso es lo que tenemos que contemplar y buscar, porque no estamos condenados a andar perdidos por el mundo, como ovejas sin pastor, ya que Dios nos garantiza pastores «según su corazón». Eso no significa que los vayamos a encontrar fácilmente. Hay que buscarlos, y a veces con lupa; pero con la confianza de saber que Dios se ha comprometido a darnos verdaderos pastores, auténticos guías que nos ayuden a avanzar con seguridad por el camino de la salvación en medio de las dificultades de la vida.

Por esta razón resulta un grave daño para la Iglesia y para el mundo que los sacerdotes no ejerzan esa autoridad con plena conciencia y dedicación y busquen otro tipo de autoridad o autoritarismo. Esto obliga a los fieles a saber qué autoridad deben buscar en los pastores y qué autoritarismo deben rechazar.

Resulta triste comprobar que mientras se inventan nuevas técnicas y métodos «pastorales», a veces muy discutibles, se abandonan como desfasados e ineficaces los instrumentos que el Señor ha dejado a los pastores y que gozan de la eficacia que proviene de su autoridad y su poder, como son la predicación de la Palabra, la administración de los sacramentos o la misma oración, todo ello extraordinariamente eficaz para iluminar, liberar del poder del demonio, purificar los pecados y otorgar la gracia imprescindible para la salvación del pueblo de Dios. Eso es lo que el pastor tiene que dar y lo único que tenemos que pedirle y esperar de él.

Se hace, por tanto, imprescindible el discernimiento, dado que la vida nos presenta multitud de dificultades que nos desaniman, tentaciones que nos desorientan y un ambiente no nos ayuda. Lo cual nos plantea: ¿cómo caminar con alegría y esperanza, a paso firme, por el camino de la vida cuando estamos tan zarandeados por todas partes? Para eso debemos acudir a la protección del buen Pastor: «Me extravié como oveja perdida: busca a tu siervo, que no olvida tus preceptos» (Sal 119,176). Siempre, pase lo que pase, podemos recurrir a la consoladora seguridad de la mirada del buen Pastor, que nos conoce, que siente lástima por los que están perdidos e indefensos como ovejas sin pastor y nos manda pedir trabajadores para la mies, pastores para los que están descarriados (cf. Mt 9,36-37). Debemos, además, sintonizar con esa mirada compasiva para asumir la preciosa tarea de la intercesión en favor de tantas personas como nos rodean, agobiadas por multitud de necesidades y sufrimientos. No podemos añadirle al agobio de esas personas desconcertadas el peso de nuestro propio desconcierto. No vamos a ayudarles acudiendo al recurso simplón de la palmadita en la espalda con la vana promesa de que «todo se arreglará», ni con el primer consejo «espiritual» que se nos ocurra. Sólo prestaremos al prójimo una ayuda eficaz tenemos la mirada de Cristo y somos reflejo de la misericordia que encierra su mirada. para buscar, desde ella, el bien verdadero de los demás, que no se lo vamos a dar nosotros, y que ni siquiera podemos vislumbrar ni pedir si no estamos en sintonía con el corazón del Señor.

2. Dios es el pastor de su pueblo

La contemplación de Jesús como el buen Pastor no se puede llevar a cabo en toda su profundidad sin contemplar a Dios, que ya en el Antiguo Testamento se presenta como el Pastor de su pueblo. De esa realidad bebe Jesús y colocará su misión en perfecta continuidad con el pastoreo de Yahvé, expresando así su mesianismo y su divinidad. Por eso, cuando dice: «Yo soy el buen Pastor» (Jn 10,11) se identifica con el Dios-pastor de Israel y nos muestra aspectos nuevos y desconocidos de ese Dios que se nos manifiesta en su Hijo como Pastor, con gran luz y profundidad. Este «yo soy» de Jesús es reflejo de la revelación de Dios a Moisés: «“Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros» (Ex 3,14). Dios es el pastor de su pueblo, y, del mismo, Jesús es también el Pastor, porque es igual a Dios y continúa su pastoreo. Podemos gozarnos con la consoladora seguridad de tener a Dios como pastor, que ahora, en Jesucristo, se ha convertido en pastor cercano porque se he hecho hombre. ¡Qué maravilla cuando podemos encontrar en ese sacerdote, ciertamente limitado, al pastor que hace presente al buen Pastor que es Jesús continuando el pastoreo del Dios de Israel!

Consciente de que Yahveh es su pastor, Israel acudía a él con plena confianza en sus apuros y necesidades, con la seguridad que él guiaría a su pueblo como corresponde a la principal función de un buen pastor. Por eso, los creyentes pueden esperar que él los restaure con la luz de su rostro y les dé la salvación, siempre a condición de que se dejen guiar con humildad y confianza:

Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño tú que te sientas sobre querubines, resplandece ante Efraín, Benjamín y Manasés; despierta tu poder y ven a salvarnos. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve (Sal 80,2-4).

Vemos que el salmista, cuando suplica la salvación de Dios para su pueblo, le pide que sea su pastor, que ejerza esa función y los guíe siempre, pidiéndole: «Salva a tu pueblo y bendice tu heredad, sé su pastor y llévalos siempre» (Sal 28,9). Porque lo fundamental de la tarea de Dios-pastor en el Antiguo Testamento es guiar a su pueblo, ya que «él reprende, adoctrina, enseña y guía como un pastor a su rebaño» (Eclo 18,13).

También el nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia, y cada cristiano, tiene que pedirle a Dios que sea pastor. Cuando nos vemos sumergidos en tribulaciones, conflictos y sufrimientos, en vez de seguir dándole vueltas inútilmente a los problemas y buscar solucionarlos o evitarlos, hemos de volvernos al Pastor y pedirle que nos guíe, que sea nuestro pastor. Debemos recordarle a él -que no lo ha olvidado- que es nuestro pastor, como una forma de recordarnos a nosotros que somos sus ovejas, con la seguridad de que nunca quedará frustrada esa esperanza. ¡Qué pocas garantías de éxito tienen, por el contrario, nuestros intentos de responder por nosotros mismos a los problemas y sufrimientos de la vida! La palabra de los profetas nos tiene que mover a que, como pueblo de Dios que somos, recuperemos esa visión de fe y, en medio de las dificultades, busquemos al Pastor y, si hemos pecado y nos hemos alejado de él, le recordemos que es nuestro pastor, diciéndole: «Somos ovejas necias y débiles, que nos hemos perdido, pero tú eres el Pastor». Acudamos así a Cristo, no vaya a ser que, al fracaso de tantos sacerdotes y obispos como pastores, se una la falta de necesidad de los fieles de tener pastor, para liberarse de toda guía, incluso de la de Dios.

El patriarca Jacob, al final de su vida, reconocía que, en su largo camino de ida y vuelta a la tierra prometida, Dios había sido su pastor: «El Dios en cuya presencia caminaron mis padres Abrahán e Isaac, el Dios que me ha pastoreado desde mi nacimiento hasta hoy…» (Gn 48,15)2.

Esta visión de fe contrasta claramente con la actitud de la mayoría del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento y que caracteriza también a muchos cristianos en la actualidad que, inconscientes del pastoreo que ejerce Dios en nuestra vida, piensa sólo en casualidades, suerte, desgracias, esfuerzos… Sin embargo, aunque no lo sepamos, Dios es el que nos ha pastoreado siempre. Y, aunque lo ignoremos, no va a dejar de ser nuestro pastor. Ojalá el presente retiro espiritual nos ayude a descubrir cómo Dios nos ha ido «pastoreando» a lo largo de nuestra vida, a pesar de que, como Jacob, hayamos desaprovechado lo gracia o sido infieles a Dios.

En el largo camino hacia la tierra prometida es donde el pueblo de Dios descubre de forma más significativa que Dios es su pastor: el que lo guía por el desierto hacia la meta, dándole comida y bebida, defendiéndolo de los enemigos. Eso mismo será Jesús para el nuevo pueblo de Dios, pero de una manera nueva: porque el pastor se ha hecho hombre, carga con nosotros y con nuestras faltas, nos alimenta con su cuerpo, nos libera de la esclavitud del pecado y nos lleva a la verdadera tierra prometida, que es la comunión con Dios ahora y para siempre.

Entonces el pueblo se acordó de los días de antaño, de Moisés: «¿Dónde está el que los hizo pasar por el mar, el pastor de su rebaño, el que infundió en su interior su santo espíritu, el que hizo caminar a la derecha de Moisés su brazo glorioso, el que dividió las aguas ante ellos, ganándose un renombre perpetuo, el que los hizo pasar por el fondo del mar, como caballos por la estepa, sin tropezar?». Como a ganado que baja al valle el espíritu del Señor los condujo a su reposo. Así condujiste a tu pueblo, ganándote un nombre glorioso (Is 63,11-14).

Por eso, cuando Jerusalén invoca la salvación de Dios, se remonta a la experiencia del Dios pastor en el éxodo y en la entrada en la tierra prometida y puede decirle: «Pastorea a tu pueblo con tu cayado, al rebaño de tu heredad, que anda solo en la espesura, en medio del bosque; que se apaciente como antes en Basán y Galaad. Como cuando saliste de Egipto, les haré ver prodigios» (Mi 7,14-15). Y, del mismo modo, debemos acudir a lo que ha hecho nuestro buen Pastor, Jesucristo, para que siga realizando en cada momento de nuestra vida lo que ha hecho tantas veces por nosotros.

Dios, a la vez que es poderoso, es también un pastor entrañable. Y eso constituye la esperanza de su pueblo en el exilio al que le ha llevado su pecado:

Mirad, el Señor Dios llega con poder y con su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían (Is 40,10-11).

Dios mismo cuida con ternura a las ovejas. ¿Existe mayor consuelo que dejarnos abrazar por el Señor cuando estamos perdidos, cansados, desorientados o desconcertados; incluso aunque lo estemos por culpa de los mismos pastores? Ciertamente, Dios pedirá cuenta a los malos pastores, porque los fieles tienen derecho a tener verdaderos pastores…, pero también los fieles tienen la obligación de ayudar a los pastores a ser verdaderos pastores y pedirles que los guíen y corrijan con la autoridad de Dios. Si los fieles no buscan y piden pastores buenos, muchos pastores se dejan llevar por lo que se les pide, creando así un círculo vicioso: los fieles no quieren pastores porque les complican la vida, y los pastores no quieren defraudar a lo que les piden los fieles. Así, cada vez se necesitarán menos pastores, y los pastores tienen cada vez menos idea y deseo de ser auténticos pastores…; hasta que, finalmente, nos olvidamos del Pastor, que es Dios.

Por esta razón, la esperanza de Israel se basa en que Dios pastoreará a su pueblo, como promete ante la traición de los pastores de Israel, diciendo: «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré» (Ez 34,11). A esa garantía se acogerán los profetas para proclamar: «Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciadla en las islas remotas: “El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño”» (Jr 31,10).

Ésta es la esperanza que anima a Israel, disperso a causa de sus pecados que le han llevado al exilio, a confiar en que Dios actuará como pastor con su pueblo, con unos rasgos que anticipan los del buen pastor con el que se identifica Jesús:

Voy a congregar a todo Jacob, a reunir al resto de Israel. Los juntaré como ovejas en el aprisco, como rebaño en medio del prado se agitan por causa de los hombres. Marcha delante de ellos el que abre camino; también ellos abren camino, atraviesan la puerta, salen por ella. Ha pasado su rey ante ellos: ¡el Señor a su cabeza! (Mi 2,12-13).

También esta esperanza se cumple de forma excepcional en el Hijo de Dios hecho hombre, que va a ser el buen Pastor que marche a la cabeza del pueblo por el camino de la Pascua.

A partir de la encarnación del Verbo vemos cómo Dios cumple esta promesa de una forma sorprendente, porque ya no nos pastorea desde el cielo, sino desde la cercanía del Dios-con-nosotros, puesto que en Jesucristo Dios va a mostrar lo que entiende que es ser «pastor», superando todas las limitaciones de los pastores humanos. Él es la puerta por la que pasan los que quieren llegar a Dios y saben que el Mesías esperado será su pastor: El descendiente de David que va a nacer en Belén será el que pastoreará al pueblo de Dios con la fuerza del Señor.

Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales. Por eso, los entregará hasta que dé a luz la que debe dar a luz, el resto de sus hermanos volverá junto con los hijos de Israel. Se mantendrá firme, pastoreará con la fuerza del Señor (Mi 5,1-3).

Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos. Caminarán según mis preceptos, cumplirán mis prescripciones y las pondrán en práctica (Ez 37,24).

La acción amorosa de Dios-pastor contrasta frecuentemente con la de los malos pastores, que desorientan y dañan al rebaño que les ha sido encomendado. Pero eso no impide que Yahvé recupere a sus ovejas y vuelva a conducirlas con renovado cuidado y amor, como anticipo y profecía de lo que Jesús realizará de un modo pleno e inesperado:

Porque esto dice el Señor Dios: «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré. Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones. Sacaré a mis ovejas de en medio de los pueblos, las reuniré de entre las naciones, las llevaré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel, en los valles y en todos los poblados del país. Las apacentaré en pastos escogidos, tendrán sus majadas en los montes más altos de Israel; se recostarán en pródigas dehesas y pacerán pingües pastos en los montes de Israel. Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar ‑oráculo del Señor Dios‑. Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia» (Ez 34,11-16).

Pero para que todo esto se haga realidad es necesario que el pueblo de Dios se acoja al pastoreo divino, que comprenda que es propiedad de Dios, y que pida con insistencia al Pastor que venga en su ayuda. Además de las peticiones de Sal 80,2-4 y Sal 28,9, el pueblo se acoge a la protección de Dios, reconociendo que son su rebaño y que él es su pastor-salvador:

Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño (Sal 100,3).

Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía (Sal 95,7).

Nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño, te daremos gracias siempre (Sal 79,13).

Vosotros sois mi rebaño, las ovejas que yo apaciento, y yo soy vuestro Dios ‑oráculo del Señor Dios‑ (Ez 34,31).

Resulta profundamente consolador saber que somos propiedad de Dios, su rebaño, ovejas compradas con la sangre de Cristo, rescatadas por su muerte en la cruz… Y la recitación de estos salmos debería convertirnos en germen del pueblo que sabe que es propiedad del Señor, que se deja guiar y apacentar por él y que le da gracias por ser su pastor. La Iglesia tiene necesidad de un «resto» del rebaño, como aparece en el Antiguo Testamento (Is 10,21-22; Jr 23,3; Ez 6,8-10), que sea consciente de estas realidades y permanezca fiel a ellas, para que sobre él pueda Dios reagrupar a todo su rebaño.

Todo esto se hará realidad tangible y plena porque tenemos al buen Pastor que es Jesucristo, y por eso será necesario reconocer su voz y seguirle, para poder recibir la vida en plenitud que él quiere darnos.

3. El Señor es mi pastor

Una de las maneras más consoladoras de contemplar a Jesús como el buen Pastor consiste en aplicarle el salmo 23, que se refiere a Yahvé como Pastor, un título que en Israel se reservaba al futuro Mesías y cuya realidad sólo se podrá ver en toda su profundidad a partir de la encarnación del Verbo.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

Lo que Israel vislumbraba es una gozosa realidad para nosotros, que disfrutamos ya del cuidado del buen Pastor, que guía a su Iglesia y a cada uno de los suyos con un amor inimaginable. Y lo que contemplamos en Cristo lo podemos aplicar a los pastores que él nos ha dado, llamados a ser un reflejo -lo más perfecto posible- del Pastor por antonomasia que es Jesús. Y si es cierto que muchos de ellos no se parecen al pastor que representan, eso no nos dispensa de agradecer el don que suponen para la Iglesia y nos obliga al discernimiento que distingue a unos pastores de otros, a aplicar ahí la oración de intercesión que les alcance la santidad, y a darles testimonio, para animarlos a la mayor fidelidad en su ministerio. Veamos, pues, todo esto contemplativamente mirando amorosamente al buen Pastor y su amor por nosotros:

«El Señor es mi pastor, nada me falta»

¿Lo creemos o no? ¿Pensamos que nos falta algo? Sólo Jesús conoce lo que necesito realmente y sólo él me lo puede dar. Puedo experimentar la seguridad de tener cuanto necesito de verdad, sabiendo que eso no es lo que creo necesitar o lo que se me impone desde fuera como necesidad. Mirando al Señor tenemos que avivar la consciencia de que si lo tenemos a él lo tenemos todo; y, si carecemos de él, carecemos de todo. Esa consciencia nos debe llevar a eliminar muchas de nuestras quejas por aquello de lo que carecemos: «Es que no tengo…, es que me falta…». Todas esas quejas están manifestando que Cristo no me basta y que, por tanto, he perdido el sentido de la trascendencia, convirtiendo a Dios es un elemento más entre tantos que tenemos. Debemos dejar de buscar fuera de él lo que pensamos equivocadamente que puede satisfacernos.

También los pastores deben saber que, si realmente son capaces de llevar a Cristo a los fieles, no les va a faltar de nada. Realmente no tienen que ofrecerles nada más. Los pastores no están para darnos lo que nos gusta, lo que nos apetece o lo que está de moda. Por muchas cosas que nos den, si no nos dan a Cristo, no nos dan nada. Necesitamos ayuda, comprensión y cercanía, pero eso lo pueden dar otras personas e instituciones. Los pastores deberían revisar el tiempo que dedican a los elementos verdaderamente pastorales, como son la Palabra de Dios, la oración, la predicación o los sacramentos. Desgraciadamente la organización y la burocracia les quita el tiempo que necesitan para ejercer de pastores.

«En veces praderas me hace recostar»

En un país semidesértico como Israel no era fácil encontrar buenos pastos, pero el Pastor divino es capaz de descubrirlos y llevar hasta ellos a los suyos. Y lo mismo puede decirse de encontrar «fuentes tranquilas» en el sequedal: Él siempre puede encontrar esa fuente de agua fresca para abrevar a las sedientas ovejas. El Señor me ofrece abundantemente las praderas donde alimentarme, la fuente donde saciar la sed y el lugar donde descansar: y todo eso es él mismo. No sólo es el pastor que me lleva al alimento y al descanso, sino que él mismo se convierte en alimento, y en su pecho puedo encontrar el mejor descanso.

Y ese descanso que él brinda a todos es también el descanso de los pastores. Agobiados por tantos trabajos -a veces tan poco «pastorales»-, los pastores también deben encontrar su reposo y su alimento en Cristo, para poder ofrecerles a los fieles el mismo descanso y alimento que encuentran en él. ¿Cómo descansaran los fieles en los pastores si están, como ellos, agobiados, preocupados o acelerados? ¿Cómo van a ofrecer a los demás un descanso que no tienen o a darles un alimento que no los alimenta a ellos?

«Aunque camine por cañadas oscuras nada temo»

¿Quién no ha experimentado en su vida esas cañadas oscuras de las que habla el salmo? En Palestina, para llegar a buenos pastos el pastor debía guiar a las ovejas por zonas peligrosas de barrancos por las que las ovejas no se habrían atrevido a pasar solas. Sin embargo, precedidas por el pastor, lo siguen con seguridad y confianza. Del mismo modo, nosotros no podríamos afrontar las grandes dificultades de la vida con seguridad y paz si no fuera porque el Señor ha pasado por ellas y nos precede y acompaña en nuestro camino. ¿Comprendemos la maravilla que supone poder transitar por las sendas oscuras y duras de la vida sabiendo que no pasa nada porque el Pastor va por delante? Él ha pasado por la difícil cañada de la tentación para enseñarnos a salir victoriosos, y ha asumido el miedo y la angustia que conlleva la obediencia heroica a Dios, de modo que no temamos cuando haya que dar el salto de la fe y de la entrega. Él es valiente, fuerte, poderoso; nos podemos fiar. Incluso podemos afrontar el camino más incierto y oscuro, que es el de la muerte, porque él ha pasado por ella, lo conoce y nos guía hacia la gloria. ¡Qué triste resulta que tantos cristianos mueran sin haberse fiado nunca de verdad del Señor!

«Tu vara y tu cayado me sosiegan»

El pastor defiende a las ovejas con vara de hierro y las guía con su cayado, que a veces marca el camino con su sonido y otras tiene que reconducir a la oveja rebelde con un golpe que no es castigo sino ayuda. En Cristo la vara y el cayado son la Cruz, con la que nos defiende y nos marca el camino. ¿Cuántas veces nos resistimos a la corrección del Señor y le ponemos condiciones a su ayuda? ¿Y cuántas le pedimos también al pastor humano que nos comprenda y nos justifique, en vez de que nos plantee el esfuerzo necesario o el cambio de vida imprescindible? La tentación de los pastores en estas circunstancias consiste en evitar molestar a las ovejas con la necesaria corrección, condenándolas así a la perdición.

En este sentido, Jesús señala claramente el pecado del pueblo y la necesidad de conversión que tienen, para evitar que se pierdan definitivamente. Mirando a Cristo, los pastores deben perder el miedo a usar la vara de la verdad para defender a los fieles de los errores del enemigo y a emplear la corrección y el castigo saludable cuando los fieles se pueden despeñar a causa del error o el pecado.

«Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa»

Ahora el pastor se convierte en anfitrión de la oveja. Su tienda se transforma en refugio -como el templo- donde los enemigos no pueden entrar, y allí la oveja se sabe segura. Ha pasado de guiarla a buenos pastos a recibirla en su casa, agasajándola con gran prodigalidad, más allá de la proverbial hospitalidad que se practicaba en Oriente. Así, frente a los enemigos del salmista, Dios le presenta un extraordinario banquete como signo de amistad y comunión personal, ungiéndolo con óleo perfumado como gesto de honor hacia un invitado especial.

En la mesa del buen Pastor, que es Jesucristo, él es el manjar y la bebida; su costado abierto se ha convertido en el refugio donde puedo refugiarme. Debemos sentirnos invitados a la casa del Pastor, donde él nos sirve el banquete y él mismo es el banquete.

Además, el anfitrión divino le ofrece personalmente al invitado una copa rebosante de buen vino, como nuevo signo de una amistad e intimidad tal que lo llevan a quedarse a vivir para siempre en la casa del Pastor, convertida ahora en su hogar.

De igual modo, los pastores no sólo deben ofrecer, con fidelidad y abundancia, este banquete, sino también ayudar a los fieles a valorarlo y vivirlo cada vez más profundamente, con plena consciencia y fruto. Y los fieles deben ayudar a los pastores a vivir esta tarea pastoral con autenticidad, pidiéndoles este alimento y este refugio, que es Cristo, y no otra cosa.

«Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término»

La presencia permanente del Resucitado me acompaña siempre y puedo contar con su bondad y su misericordia en todo momento. Pase lo que pase, sin ninguna excepción, puedo descubrir detrás de cualquier realidad al buen Pastor que me mira, me llama, me acompaña y me acoge en sus brazos. Eso me permite descubrir la presencia de la misericordia y la bondad del Señor en tantos días en que he pensado neciamente que él me había olvidado, para acordarme en el momento de la prueba y del dolor que el buen Pastor me ofrece siempre su amor y su perdón.

Jesús hace realidad la promesa del salmo: él no es sólo pastor para esta vida, sino que me llevará donde está él, al banquete del cielo, en la casa del Padre, donde estaremos libres de cualquier enemigo.

Los pastores deben ser signo e instrumento de la bondad y la misericordia del Señor en toda circunstancia y tendrían que recordar siempre a los fieles que están llamados a habitar permanentemente con el Señor.

4. Jesús, Puerta del redil

En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante (Jn 10,1-10).

Antes de aplicarse a sí mismo el título de «buen pastor» Jesús nos dice que él es la «puerta» del redil. Para entender bien lo que quiere decirnos, veamos cómo era la vida de los pastores en Israel en tiempos de Jesús. No podemos descartar que mientras él hablaba estuviera viendo a lo lejos a un pastor con su rebaño, algo muy frecuente en un país de pequeños agricultores y ganaderos. Podemos, pues, mirar alrededor de Jesús con sus mismos ojos. Si lo hacemos así, veremos los pequeños rebaños que había en cada uno de los pueblos o aldeas, que pastaban por los alrededores y regresaban, al atardecer, al redil comunitario donde pasaban la noche las ovejas. Éste consistía en una amplia y sólida construcción, cubierta por un tejado y defendida por una puerta que impedía que las ovejas salieran y que entraran las alimañas. Entre todos los propietarios de los rebaños pagaban a un empleado para que cuidara la entrada y salida de las ovejas, vigilara la puerta durante la noche y la abriera en la mañana cuando los pastores las llevaran a pastar.

Al rayar el alba los pastores se dirigían al aprisco para reunir a sus rebaños. Solían ser jóvenes los que se dedicaban a este humilde trabajo, normalmente era el menor de los hijos de la familia, como vimos que sucedía con David (cf. 1Sm 16,11). Cuando llegaban, el vigilante les abría la puerta, y cada muchacho llamaba a sus ovejas, que conocían perfectamente su voz y le seguían inmediatamente. Así se entiende que Jesús diga que el buen Pastor «camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz» (Jn 10,4; cf. v. 14: «conozco a las mías y las mías me conocen»; y v. 27: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen»).

Una vez reunidos los rebaños, cada pastor se ponía al frente del suyo y lo guiaba por las inmediaciones del pueblo durante el día para que los animales pastaran hasta el atardecer, cuando, nuevamente, los conducía al redil para que pasasen la noche.

Tengamos en cuenta que, en general, Israel posee un clima bastante seco y no abundan los pastos, lo cual hace que éstos se agoten fácilmente en los alrededores de los pueblos; de modo que los pastores tenían necesariamente que alejarse bastante del lugar para encontrar nuevos pastos para sus rebaños, lo que les obligaba a pasar varias noches lejos de casa. En esos casos, para poner a salvo a las ovejas contaban con unos rudimentarios apriscos levantados con piedras y sin techar, lo suficientemente altos como para impedir que las ovejas se escapasen y que pudieran saltarlos los depredadores. Para permitir la entrada y salida del rebaño, la construcción no se cerraba del todo, dejando una abertura para este fin, que, dada la natural falta de medios en lugares aislados, carecía de cualquier tipo de puerta.

El problema de estas construcciones radicaba precisamente en la falta de puerta, que debía suplirse del único modo posible en un lugar sin recursos: colocándose el mismo pastor en la abertura para hacer de puerta con su propio cuerpo, impidiendo con él que las ovejas salieran y se perdieran o que entrase ninguna persona o animal a hacerles daño.

Contemplando esta imagen del joven haciendo de puerta del redil podemos entender toda la carga humana y teológica que contienen las palabras de Jesús cuando nos dice: «Yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10,6). Evidentemente debe entenderse como referida a la puerta del redil comunitario por la que sólo pasan los verdaderos pastores, porque sólo a ellos les permite el acceso él. Es una imagen que se refiere a los pastores de Israel, los guías espirituales del pueblo de Dios, que tienen que seguir a Jesús si quieren ser verdaderos pastores. Y también se refiere a los pastores de la nueva comunidad, el nuevo pueblo de Dios, cuyo ministerio sólo será válido si ellos pasan por la única puerta de la salvación que es Cristo.

Además de estas dos interpretaciones de la imagen de la puerta, con la que se identifica Jesús, existe la tercera, a la que hemos aludido y en la que nos podemos detener contemplativamente: la «puerta» del aislado redil construido toscamente con piedras. No podemos descartar que alguna de las veces que Jesús tocara el tema del «pastor», de hondas raíces bíblicas, no estuviera recordando mentalmente la imagen, que seguramente habría visto en alguna ocasión, del joven pastor recostado sobre el murete de piedras y cubriendo con su cuerpo, como si de una puerta se tratase, la abertura del mismo.

Esta realidad del pastoreo en Palestina nos permite descubrir cómo Jesús es, a la vez, la puerta, el pastor y el guardián (v. 2; cf. 1Pe 2,25: pastor y guardián): él es quien permite a los pastores que entren en el rebaño, el que entrega el rebaño a los pastores para que lo lleven a buscar alimentos, el que recoge a las ovejas cuando las traen los pastores. Este guardián es, a la vez, puerta y pastor. Sin el permiso y el encargo del guardián no se puede ser pastor, se es ladrón.

Y esto nos permite colocarnos contemplativamente en la mirada de Jesús, que se ve representado por el pastor-puerta, para plantearnos: ¿En qué momento y de qué manera se ve el Señor a sí mismo haciendo de puerta de las ovejas? ¿Cuándo convierte su cuerpo en defensa de las ovejas? No existe otra respuesta que la Cruz. En ella, con la entrega de su vida, Cristo se convierte en la barrera que impide que abandonemos el redil y nos perdamos; y, a la vez, es la defensa que impide al demonio entrar en el redil y arrebatarle las ovejas. Cristo crucificado es el Pastor por antonomasia, y su cuerpo está puesto como puerta y defensa en la Cruz.

Entonces, si ésta es la función «pastoral» de Cristo, también lo es de aquellos que la continúan y la hacen presente a lo largo de la historia. Absolutamente al margen de cualquier referencia de poder humano, el Papa, los obispos y sacerdotes son los que se juegan la vida haciendo de puerta para que los fieles no pierdan la seguridad de la Iglesia y ésta no sea asaltada por el gran Enemigo. Es lo que ya pedía san Pedro a los presbíteros de la primera comunidad cristiana: «Pastoread el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, mirad por él, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y, cuando aparezca el Pastor supremo, recibiréis la corona inmarcesible de la gloria» (1Pe 5,2-4).

La entrega de la vida es, precisamente, la característica principal de Jesús-pastor, tal como él mismo nos dice: «Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). Por lo tanto, la disposición a dar la vida por las ovejas constituye uno de los elementos esenciales de la misión del sacerdote y una referencia fundamental del discernimiento vocacional y del discernimiento para saber a qué pastor debemos seguir. Es mucho más fácil gestionar una parroquia o una diócesis como una empresa que dar la vida por ellas. Dios llama a ser pastores a dar la vida y da la gracia para eso, no para ser gestores de empresa.

El problema que existe en este sentido radica en que los buenos sacerdotes están dispuestos a dar la vida, pero de un modo genérico y utópico, sin descubrir el modo de hacerlo en lo concreto de la realidad actual en la que vivimos. Eso explica por qué muchos sacerdotes, entregados y piadosos, no cesan de quejarse de lo difícil que resulta ejercer su misión pastoral en un mundo tan hostil a la fe y en una Iglesia tan secularizada. Ciertamente es una misión imposible y agotadora, pero eso no es razón para renunciar a su misión o recortarla, sino para aprovecharla como el modo providencial de revivir la pasión de Cristo y abrazar la Cruz que lleva a una muerte sacrificial por la que comunica la vida a las ovejas. Ése es el único modo de ser el buen pastor que da la vida por las ovejas de una manera real y fructuosa, tal como hizo Jesús en el Calvario. No podemos acostumbrarnos a que unos pastores actúen como funcionarios y otros, que creen en su misión sobrenatural, la abandonen porque resulta difícil o doloroso ser fieles a ella; y en vez de dar la vida se dediquen a quejarse de lo difícil que es dar la vida. Debemos evitar compadecernos mutuamente y justificarnos unos a otros por lo difícil que resulta ser laico o sacerdote, y de dedicarnos a dar la vida en las circunstancias en la que Dios nos ha puesto, muy conscientes de que, si las circunstancias de los pastores o de los laicos fueran perfectas, sería imposible dar la vida.

Cada obispo o sacerdote tiene en el mundo actual, en la Iglesia y en su propia realidad y limitaciones las condiciones óptimas para dar la vida en auténtico holocausto de amor en favor de la salvación de aquellos que le han sido encomendados por Dios. Y eso tiene una eficacia salvadora infinitamente mayor que la que poseen los muchos y grandes esfuerzos que se pueden hacer para llevar a cabo cualquiera de esos objetivos pastorales que tanto valoramos y a cuyo protagonismo tanto les cuesta renunciar a los pastores. Aquí podemos aplicar las palabras del salmista: «Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella» (Sal 118,20). Esa puerta es la Cruz.

El verdadero pastor mira a Jesucristo, buen Pastor, que «cuando todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, cargó sobre sí [en la Cruz] todos nuestros crímenes» (cf. Is 53,6), por eso tiene que estar dispuesto a aceptar las cargas de los fieles, a cargar sobre sus hombros lo que ellos no pueden hacer para convertirse o para entregarse plenamente a Cristo. De lo contrario, se les podrá reprochar, como a los escribas y fariseos, que «lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar» (Mt 23,4).

No conviene olvidar que esta tarea pastoral, a imitación de Jesús, buen Pastor, no se puede realizar sin estar unido a él. Por eso el Señor, antes de encomendar a los pastores ninguna tarea, los llama a estar con él (cf. Mc 3,14), y les exige de manera imprescindible el amor al él para poder apacentar su rebaño (Jn 21,16).

5. Jesús, el buen Pastor

Veamos ahora los textos evangélicos que nos permiten contemplar los principales aspectos que caracterizan a Jesús-pastor, tal como él mismo nos los muestra:

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas (Jn 10,11-15).

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, lo que me ha dado, es mayor que todo, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre (Jn 10,27-29).

1. El buen pastor da su vida por las ovejas

Encontramos aquí la figura del lobo, el enemigo natural de las ovejas, que «las roba y las dispersa», poniendo en riesgo al mismo pastor. También se habla de los asalariados, que alimentan las ovejas en los prados fértiles que les ha mostrado el pastor, pero huyen ante el peligro. En contraste con ellos, aparece la primera característica que define al buen pastor, que consiste en dar la vida por sus ovejas, al contrario del mal pastor que las abandona a su suerte.

Esta entrega de la vida es algo que no se le puede exigir a un pastor y manifiesta un amor desmesurado, una verdadera «locura» de amor que va mucho más allá de lo que se puede comprender humanamente. Ya sería heroico arriesgarse para cobrarse la vida de la fiera que atenta contra el rebaño, como hacía el joven David:

David replicó a Saúl: «Cuando tu siervo pastoreaba el rebaño de su padre, si venía el león o el oso y se llevaba una oveja del hato, yo corría tras él, lo golpeaba y la rescataba de sus fauces. Y si me atacaba, lo agarraba por la melena y lo mataba a golpes. Tu siervo ha matado osos y leones» (1Sm 17,34-36).

David hace así realidad la promesa que hizo Dios de darle a su pueblo un pastor que no tema enfrentarse a la fiera, para arrancarle de sus fauces la débil oveja: «Suscitaré un único pastor que las apaciente: mi siervo David; él las apacentará, él será su pastor» (Ez 34,23).

Jesús es el nuevo David cuya función pastoral va mucho más allá de la valentía de quien fue su figura en el Antiguo Testamento, porque no buscará acabar con la vida de las fieras sino dar la propia vida para que las ovejas tengan «vida abundante». Es en la cruz donde Cristo realiza el acto supremo del buen Pastor que da la vida por sus ovejas: es el amor hasta el extremo que le lleva a aceptar el castigo que merecíamos nosotros para salvarnos de la muerte eterna. La Cruz es la puerta que protege y defiende al rebaño de Dios y en ella es donde el buen Pastor realiza, de forma inesperada pero real, la entrega de su vida. De la cruz brota abundante la salvación y la vida, y del costado del Crucificado brota la fuente de agua viva que nos da la vida en plenitud.

La expresión «vida abundante» habrá que entenderla referida a ese «surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14) y que es el Espíritu Santo, en oposición a la «debilidad» que proporcionan los alimentos humanos que proporcionan los malos pastores.

A imitación del buen Pastor, también los pastores tienen que trabajar para que los fieles «tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10), alcanzando la plenitud de vida en comunión con Dios, y no simplemente para aliviarlos de sus penas y pecados para que vayan tirando, resignados a la mediocridad. El buen Pastor dio su vida para hacernos santos, y los pastores, a imagen sus, no se pueden conformar con menos.

El contraste entre el buen y el mal pastor es muy importante para el discernimiento sobre los pastores. Frente a dar la vida para que «tengan vida y que la tengan abundante» aparece «robar, matar y destruir». Esto no hay que referirlo, en la actualidad, sólo a las expresiones más aberrantes de maldad pastoral, como son los abusos de poder y sexuales, sino también a otras formas más solapadas de aprovecharse de las ovejas, como la búsqueda en ellas de refugios afectivos o ventajas humanas, o el dañarlas, proporcionándoles alimentos perjudiciales o justificando su mediocridad; todo ello en vez de guiarlas a la vida en plenitud y fortalecerlas con el verdadero alimento de Cristo, que es su Palabra y la Eucaristía.

El mismo Jesús pone en guardia a sus seguidores para que distingan la calidad de los pastores y sepan defenderse de los malos, diciendo que «la doctrina que enseñan son preceptos humanos» (Mt 15,9), con la que intentarán darles «gato por liebre», aunque el gato parezca hermoso.

2. El buen pastor conoce a sus ovejas

Estamos ante un conocimiento mutuo y extraordinariamente profundo: el buen pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen, igual que el Padre y el Hijo se conocen. No se trata, por tanto, de un conocimiento superficial, sino del más profundo que existe: el conocimiento propio de las personas trinitarias, que parte del amor más verdadero y lleva a la entrega y a la comunión. A eso estamos llamados y no podemos conformarnos con menos.

Fruto de ese conocimiento, el buen pastor llama a sus ovejas por su nombre. Como en tiempos de Jesús, los actuales pastores de Palestina siguen poniéndole un nombre a cada oveja, al que ella responde cuando lo oye de labios del pastor; de modo que ovejas y pastor se conocen y se relacionan claramente con cercanía y confianza. Si otro pastor hace el mismo grito que le sirve de seña a las ovejas, éstas levantan la cabeza, y, al ver que no es su pastor, huyen… No sólo las ovejas conocen al pastor, sino que éste las conoce a ellas; y eso supone que, al igual que Cristo, no se puede ejercer el pastoreo en su nombre sin conocer a cada oveja, sin distinguir a una de las otras, sin saber de qué pie cojea cada una. Un conocimiento que es fruto del amor y conduce a que conozcan a Dios como él se conoce a sí mismo.

3. Sus ovejas escuchan (conocen) su voz y le siguen

Hasta aquí se ha referido Jesús a sí mismo como el buen pastor y nos ha mostrado quién es él como Pastor y que hace para llevar s cabo su función pastoral. Ahora nos habla de lo que hacen los que realmente son sus ovejas. Y del mismo modo que existe una gran diferencia entre el buen Pastor y los malos pastores, también difieren mucho los que realmente son sus ovejas y los que no lo son, aunque crean serlo. Lo que las caracteriza, principalmente, a las ovejas propias de Jesús es que escuchan su voz y le siguen, lo que supone que previamente conocen su voz.

En este sentido, las palabras evangélicas nos afectan a todos, porque, aunque Jesús sea el buen Pastor, eso no significa que todos seamos sus ovejas automáticamente y tengamos derecho a disfrutar de todo el cuidado y el privilegio que tienen las ovejas de su rebaño. No basta con contemplar la maravilla que supone contar con el buen Pastor como guía, defensa, alimento, refugio, vida en plenitud…, sino que cada uno debe plantearse seriamente hasta qué punto pertenece realmente a sus ovejas.

Aquí es donde hay que encajar todo el mundo de la oración, especialmente la contemplativa, por la que los discípulos del Señor aprendemos a reconocer su voz entre tantos ruidos y voces que nos asedian constantemente. Del mismo modo que las ovejas distinguen perfectamente la forma en que las llama su pastor, y no siguen la llamada de otros pastores, también nosotros debemos aprender a distinguir cómo nos habla y nos guía nuestro Pastor. Sólo desde este conocimiento de su voz podemos escuchar sus palabras y seguirlo fielmente. ¿No tendremos que reconocer que el agobio que nos crean la mayor parte de los problemas que tenemos demuestra que no somos capaces de reconocer la voz del Señor? Pues precisamente para eso está la oración. Si la oración no nos sirve para entrar en sintonía interior con el Señor, no sirve para nada. Las homilías, los cursos, los libros, los retiros sólo sirven si encontramos en ellos el tono propio de la voz del Pastor y podemos sintonizar con él. Si no, sólo añadiremos más palabras a las muchas que nos aturden.

Conviene señalar en este sentido que una de las principales claves del discernimiento está en la capacidad de reconocer la voz del Señor para poder seguirlo. La confusión doctrinal y moral sólo es posible porque se ha perdido el conocimiento de la voz del Pastor y lo hemos perdido a él. Por eso, las ovejas se pierden, se dedican a buscar otros caminos, otros pastos, otras puertas.

Nos va la vida -ésta y la eterna- en saber distinguir la voz del Pastor, hasta poder decir, con Pedro: «¿A quién vamos a acudir?, tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Por eso, las ovejas que pertenecen a Jesús no escuchan la voz de quienes predican cosas humanas. Aquí se realiza una verdadera criba entre los fieles: algunos buscan los ecos más fieles de la voz del Pastor, mientras muchos se van tras voces y alimentos atractivos que no dan vida, huyendo de una predicación que les resulta incómoda.

En perfecta continuidad con las palabras de Yahvé en el Antiguo Testamento, Jesús denuncia con claridad la traición de los malos pastores, llamándolos «guías ciegos» (Mt 15,14; 23,16-24) y ofreciendo a los suyos orientaciones para reconocerlos y defenderse de ellos:

Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis (Mt 7,15-20).

Entonces Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar (Mt 23,1-4).

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A partir del conocimiento de Jesús-pastor no sólo estamos en condiciones de conocer con detalle cómo tienen que ser los pastores de la Iglesia, sino que podemos contemplar y vivir gozosamente lo que significa ser pastoreados por Cristo. Y esto vale para todos los cristianos, sacerdotes y laicos, porque todos juntos formamos el rebaño del Señor. Por eso san Agustín decía: «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano» (Sermón 340A), o lo que es lo mismo: para vosotros soy pastor, con vosotros soy oveja del Señor.


NOTAS

  1. Cardenal Robert Sarah (con Nicolas Diat), Se hace tarde y anochece, Madrid 2019 (Palabra), 61-62.
  2. Por eso lo llama «el Pastor» en Gn 49,24.