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Introducción

Afrontamos unos temas nuevos, con los que culmina el capítulo 2 del Catecismo de la Iglesia Católica dedicado a la Revelación de Dios. Vamos a dedicarnos a profundizar en lo que es la Palabra de Dios y su valor para la Iglesia y, en concreto, para el contemplativo. Lo primero que tenemos que descubrir es la relación que tiene toda la Escritura con Cristo, recordando lo que analizamos en el tema 6 cuando contemplábamos a Cristo como plenitud de la Revelación. Después, en este mismo tema, intentaremos comprender qué significa que el Espíritu Santo ha inspirado los libros de la Biblia y las consecuencias de esta inspiración divina. En el tema siguiente nos detendremos a considerar la relación de la Escritura con la Iglesia: cómo debe interpretarse la Palabra de Dios en la Iglesia, cómo se ha formado en ella el canon de la Biblia y la importancia de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia. Acabados estos temas, podremos dedicarnos a entender cuál es la respuesta adecuada a la Revelación de Dios. Antes de empezar conviene, pues, que situemos claramente nuestro tema:

Primera sección: Creo-Creemos

Cap. 1: El hombre es capaz de Dios

Cap. 2: Dios al encuentro del hombre

   Artículo 1: La Revelación de Dios

   Artículo 2: La transmisión de la Revelación divina

   Artículo 3: La Sagrada Escritura

      I. Cristo, palabra única de la Sagrada Escritura

      II. Inspiración y verdad de la Sagrada Escritura

      III. El Espíritu Santo, intérprete de la Sagrada Escritura

      IV. El canon de las Escrituras

      V. La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia

Cap. 3: La respuesta del hombre a Dios

El Catecismo sigue apoyando su enseñanza en la Constitución dogmática del Vaticano II sobre la Revelación, Dei Verbum,en este caso en los números 13, 21 y 24 para describir la relación de la Escritura con Cristo y 11 para explicar la inspiración de la Biblia.

Cristo, la única Palabra de la Escritura

Dios se abaja en su Palabra para entrar en comunión con nosotros

[101] En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: «La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (DV 13).

Al intentar comprender el inmenso regalo que supone la Biblia, tenemos que recordar algunas de las afirmaciones principales del Catecismo al mostrarnos la realidad de la Revelación, y que ahora es necesario tenerlas en cuenta:

  • -Es posible hablar de Dios en el lenguaje humano gracias a la analogía (n. 40-41.43).
  • -Dios quiere revelarse a sí mismo y lo hace mediante Jesucristo: el Verbo encarnado (n. 51). La encarnación hace posible que el Verbo mismo de Dios se exprese en palabras humanas. Dios se abaja para poder hablar con nosotros y lo hace en nuestro lenguaje:

El Verbo de Dios […] ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre (San Ireneo, citado en el n. 53).

  • -Dios ha querido hacer a los hombres capaces de conocerle, responderle y amarle (n. 52), por lo tanto, forma parte de esta voluntad expresarse en el lenguaje humano que ellos pueden comprender.
  • -Esta comunicación de amor que Dios quiere establecer con los hombres encaja en el plan de Dios, que ya hemos podido conocer en temas anteriores: Dios crea al hombre para la comunión con él (n. 1) y lo crea a su imagen y semejanza (Gn 1,26-27), con inteligencia, voluntad, libertad y capacidad de comunicarse, para poder entrar en diálogo con él (n. 27 y GS 19).
  • -Dios se revela, no sólo con hechos, sino con palabras (n. 53). Y estas palabras son, lógicamente, palabras humanas.

Cuando vemos cómo Dios amorosamente se abaja y se acomoda al ser humano para que lo pueda entender (como hace un padre o una madre con su hijo, o un buen maestro con sus alumnos), descubrimos y contemplamos, con palabras del Catecismo, la «condescendencia de su bondad». Dios, movido por su bondad, se acomoda a nuestro lenguaje para que podamos escucharle y responderle. Es una muestra más de lo que podríamos llamar el amor humilde de Dios, que no duda en aceptar nuestros conceptos y palabras para entrar en contacto con nosotros.

Por eso, el Catecismo (siguiendo a la Dei Verbum) no duda en poner en relación el abajamiento que Dios realiza en su Palabra expresada en nuestras palabras y el abajamiento (cf. Flp 2,7) de su Verbo que toma nuestra carne para establecer la comunicación y la plena comunión con nosotros. Podemos decir, de forma análoga, que hay una «encarnación» de la Palabra de Dios en las palabras humanas.

El carácter auténticamente humano de la Sagrada Escritura, ya por sí solo, revela el profundo secreto de Dios que no es otro que la «filantropía» (Tt 3,4). Dios ama a los hombres. Hablando su lenguaje, Dios se comunica con ellos, se hace comprender de ellos, y, al mismo tiempo, restituye al lenguaje humano su verdad […] Habiendo decidido revelarse, Dios ha hablado a los hombres y ha tomado el lenguaje humano de la amistad con una finalidad muy precisa, la de la comunión de vida1.

No podemos dejar de subrayar en estas palabras, que el objetivo final de toda la acción de Dios es siempre que podamos alcanzar la comunión de vida con él (no simplemente comunicarnos verdades o darnos mandamientos para esta vida), y que, al adoptar nuestro lenguaje, Dios no sólo condesciende y se comunica, sino que eleva el lenguaje humano, lo libera de toda la confusión en la que lo ha envuelto el pecado y lo devuelve a su función verdadera de comunicación para crear una comunión entre Dios y los hombres y de los hombres entre sí.

La misma Escritura nos ayuda a comprender este diálogo amistoso que Dios establece con nosotros con su Palabra2:

El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo (Ex 33,11).

La Sabiduría se ha derramado sobre la Tierra y ha conversado con los hombres (Bar 3,38, según la Vulgata)3.

A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer (Jn 15,15).

Este diálogo de amistad es el que establece la Revelación y el que, en concreto, permite la Palabra de Dios hecha palabra humana, y hecha palabra escrita en la Sagrada Escritura. A este diálogo estamos llamados cada uno de nosotros, y eso es lo que nos ofrece Dios con la Biblia.

Esta palabra de amistad ofrecida por Dios en la Palabra, con la que Dios abre su corazón y nos llama a la comunión con él, hace que nos acerquemos a la Biblia no con afán de obtener información, sino para escuchar a este Dios condescendiente que se dirige a nosotros por medio de ella4.

Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,4-5).

Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis el corazón (Sal 95,7-8).

No podemos olvidar el rostro de este Dios que condesciende a emplear nuestras palabras para abrir el diálogo que nos llama a la comunión: un Dios que es diálogo y comunión en sí mismo.

En la religión cristiana el tratamiento de la Palabra de Dios exige como marco propio el misterio de la vida intratrinitaria que se autocomunica en la revelación y la encarnación5.

[102] A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se da a conocer en plenitud (cf. Hb 1,1-3): «Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo» (San Agustín, Enarratio in Psalmos, 103,4,1).

Es necesario tener presente ahora lo que afirmaba el n. 65 sobre Jesús, plenitud de la Revelación y el comentario de san Juan de la Cruz a Heb 1,1: «Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra».

El creyente (y más si cabe el contemplativo) tiene que descubrir detrás de la infinidad de palabras de la Escritura y de la diversidad de estilos y autores, la única Palabra que Dios nos dice, que no es un sonido o un concepto, sino una Persona, la persona del Hijo amado (cf. n. 108). El Padre no tiene más que decirnos. En él nos lo dice todo. Detrás de todo lo que nos dice está él.

La predicación cristiana es auténtica Palabra de Dios por la referencia a su contenido, que es Cristo, y a su origen, que es el mandato de predicar recibido de Cristo y la presencia misma de Cristo resucitado en el acto del anuncio6.

Aquí encontramos la razón última de la unidad de toda la Escritura: en toda ella es el mismo Dios quien nos habla y nos dice su única Palabra que es Cristo. Toda la Escritura habla de Cristo y Cristo habla en toda la Escritura. Esto nos será de gran utilidad para entender el valor del Antiguo Testamento para la Iglesia (cf. n. 121-123 y 128-130).

Veneramos la Escritura como a la Eucaristía

[103] Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. DV 21).

No es infrecuente que esta afirmación resulte chocante para muchos cristianos, incluso practicantes: «La Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor», haciendo referencia a la Eucaristía. Desde luego, no se trata de minimizar la presencia real de Cristo en el sacramento del altar, ni de descuidar todos los signos de adoración que merece la Eucaristía. Tampoco olvidamos la cualidad única de la presencia de Cristo que supone la «transustanciación»: lo que era pan y vino, por las palabras de la consagración, se convierte en el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Cristo. Evidentemente esto no sucede con la materialidad de cada Biblia impresa. Pero toda esta veneración a la Eucaristía, no nos puede hacer olvidar la veneración que merece la Palabra de Dios, que, aunque distinta en su forma, no es menos importante y necesaria para el cristiano. De alguna manera, esta adecuada veneración acaba con el prejuicio de que los católicos adoran la Eucaristía, pero menosprecian la Palabra de Dios. Como vamos a ver, eso no es lo que la Iglesia ha vivido siempre y lo que el Concilio vuelve a proclamar en continuidad con la Tradición.

Esta veneración de la Palabra y de la Eucaristía en pie de igualdad, se basa en que, como dice el Catecismo, ambas nos ofrecen a Cristo, Pan de vida. Es lo que expresa la Iglesia cuando habla de una «doble mesa» en la celebración eucarística:

Entre todas las ayudas espirituales sobresalen los actos con que los cristianos se nutren de la palabra de Dios en la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la Eucaristía (Concilio Vaticano II, Decreto sobre los presbíteros, Presbyterorum Ordinis, 18).

En las lecturas, que luego explica la homilía, Dios habla a su pueblo, le descubre el misterio de la redención y salvación, y le ofrece alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su palabra, se hace presente en medio de los fieles (Ordenación General del Misal Romano, 55).

En este punto cabe recordar que el Concilio Vaticano II enriqueció de forma especial la mesa de la Palabra:

A fin de que la mesa de la palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fieles ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura (Concilio Vaticano II, Constitución sobre la liturgia, Sacrosantum Concilium, 7).

Para conseguir esta abundancia de la Palabra de Dios en la Misa, el Concilio Vaticano II instauró:

  • -Dos lecturas, salmo responsorial y evangelio para los domingos y solemnidades.
  • -Tres ciclos distintos para los domingos: A, B y C.
  • -Una lectura, el salmo y el evangelio para los demás días (fiestas, memorias y ferias).
  • -Dos ciclos para la primera lectura y el salmo de las ferias del tiempo ordinario: par e impar.

Hasta tal punto Cristo está presente en la Escritura que la Iglesia no ha dudado en establecer un paralelismo radical entre la Palabra de Dios y la Eucaristía:

Debemos acercarnos al Evangelio como a la carne de Jesucristo (San Ignacio de Antioquía, Filad., 5,1).

Yo creo que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo… Y aunque las palabras «quien no come mi carne y bebe mi sangre no tiene vida en él» (Jn 6,53) pueden entenderse del misterio [de la Eucaristía], con todo, las Escrituras, la doctrina divina, son verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo (San Jerónimo, Tract. de ps., 131).

Vosotros que tenéis la costumbre de asistir a los divinos misterios, sabéis bien que es necesario conservar con sumo cuidado y respeto el cuerpo de nuestro Señor que recibís, para no perder de él ninguna partícula, a fin de que nada de lo que ha sido consagrado caiga en tierra. ¿Pensáis vosotros acaso que sea un delito menor tratar con negligencia la Palabra de Dios que es su cuerpo? (San Gregorio Magno, Hom. in Ez., 13,3).

Esta misma doctrina aparece, siglos más tarde, en La Imitación de Cristo:

Siento que me son necesarias dos cosas principalmente sin las cuales sería imposible para mí sobrellevar esta miserable vida. En esta cárcel en que estoy detenido confieso carecer de dos cosas: alimento y luz. Y así, me diste a mí que soy tan débil tu Sagrado Cuerpo como alimento del alma y del cuerpo y pusiste tu Palabra para iluminar mis pasos (Sal 119,105). Sin estas dos cosas no se puede vivir bien porque tu Palabra es la luz de mi alma y tu sacramento, el Pan de la Vida. Puede decirse que son dos mesas colocadas a uno y a otro lado del tesoro de la Santa Iglesia. Una mesa es el sagrado altar, que tiene el Pan santo, esto es, el Precioso Cuerpo de Cristo; la otra es la Ley Divina que contiene la Santa Doctrina enseña la recta fe y conduce con seguridad hasta lo más interior del velo donde está el Santo de los Santos. Gracias a Ti, Señor Jesús, Brillo de la Luz Eterna por la mesa de la Sagrada Enseñanza que hiciese que prepararan para nosotros tus servidores los Profetas, Apóstoles y doctores. Gracias a Ti, Creador y Redentor nuestro que para demostrarle tu amor a todo el mundo preparaste la gran Cena en la que diste a comer tu santísimo Cuerpo y Sangre y no un cordero simbólico alegrando a todos los fieles con tu Sagrado convite, con tu Cáliz desbordante de salud en el que se encuentran todas las delicias del Paraíso del que participan con nosotros los ángeles aunque ellos con más suave felicidad7.

Si en la Escritura recibimos a Cristo como lo recibimos en la Eucaristía, el que busca el encuentro personal con el Señor, no puede dejar de alimentarse diaria y diligentemente del pan de su Palabra como lo hace del pan de la Eucaristía. La lectio divina es la forma adecuada para comulgar la Palabra de Dios que contiene al mismo Cristo.

La veneración de la palabra no consiste simplemente en algunos ritos, como la procesión del Evangelio, la incensación, el escuchar de pie, el colocarlo sobre el altar; ni en colocar la Biblia en una vitrina en la capilla del Santísimo (como comienzan a hacer en algunas partes). La constitución piensa sobre todo en una veneración que se realiza en la distribución «sacramental» de la Escritura como pan de vida8.

Para terminar el comentario a este número del Catecismo conviene recordar dos pasajes del Evangelio que nos introducen en esta misma realidad:

  • -Lo que dice el Señor en el episodio de las tentaciones, que nos confirma que sin la comunión con su Palabra no tenemos vida.

No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4).

  • -Y de forma especial, el discurso del pan de vida en Jn 6,22-59, en el que Jesucristo se presenta como el pan de vida, que se recibe gracias a la eucaristía, pero también a la escucha y a la fe:

Hay que citar ante todo el gran discurso del c. 6 del evangelio de Juan. Cristo se llama a sí mismo pan de vida (6,35.48), pan vivo (41), pan de Dios (33), pan del cielo (32), que baja (33.41.50.51.58), el Padre lo da (32), y Cristo lo da para la vida del mundo (51). Primariamente el pan de vida es el mismo Cristo, él es el «auténtico pan del cielo»; a lo cual responde un movimiento personal del hombre: «el que viene a mí no pasará hambre» (6,35), que es radicalmente el movimiento de la fe: «el que cree en mí nunca tendrá sed»; «lo que el Padre me da vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera»; «ésta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna» (6,40). El movimiento del hombre hacia Cristo se realiza concretamente escuchando su palabra y comiendo su cuerpo: «el que oye al Padre viene a mí (6,46); «las palabras que os he dicho son espíritu y vida» (6,63); «el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna» (6,54)9.

La Biblia es Palabra de Dios

[104] En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1Ts 2,13). «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (DV 21).

Más adelante tendremos ocasión de profundizar en la importancia de la Escritura en la vida de la Iglesia (n. 131-133) y desarrollaremos la verdad de que la Iglesia encuentra en la Biblia «su alimento y su fuerza». Pero en este momento tenemos que centrarnos en una afirmación fundamental que encontramos en este número del Catecismo: «La Biblia es Palabra de Dios». Comprenderemos mejor el alcance de esta afirmación cuando hablemos, en este mismo tema, de la inspiración de la Sagrada Escritura.

La Sagrada Escritura es palabra humana porque Dios nos habla en nuestro lenguaje, pero si es valiosa para nosotros es porque realmente es Palabra de Dios. Es el dato fundamental que no debemos olvidar nunca al acercarnos a la Escritura.

La Palabra de Dios es una realidad de fe. Por esto, el único método teológicamente aceptable, es el que, partiendo de la fe en dicha palabra, examina en los textos bíblicos el alcance exacto de las afirmaciones sobre la locución divina10.

Una primera pista para afirmar que la Escritura es Palabra de Dios es descubrir que Jesús emplea el Antiguo Testamento como Palabra de Dios:

Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: Sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? (Jn 10,34-36, cita Sal 82,6).

El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”» (Mt 4,3-4, cita Dt 8,3).

Debió ser muy sorprendente para sus contemporáneos, y es enormemente significativo para nosotros, que Jesús puso su palabra al mismo nivel, incluso por encima, que la Escritura del Antiguo Testamento11.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado (Mt 5,21-22, que cita el 5º mandamiento: Ex 20,12; Dt 5,17).

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca (Mt 7,24; cf. Dt 30,16: «Si escuchas los mandamientos de Yahvé tu Dios que yo te mando hoy, amando a Yahvé tu Dios, siguiendo sus caminos y guardando sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y te multiplicarás»).

También la Iglesia primera acoge la palabra de Jesús, y la misma predicación apostólica, como Palabra de Dios:

Pues dice la Escritura: No pondrás bozal al buey que trilla, y El obrero es digno de su salario (1Tm 5,18, que cita como Palabra de Dios Dt 25,4 y Lc 10,7).

Por tanto, también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, porque, al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes (1Tes 2,13).

Por eso, queridos míos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, intachables e irreprochables, y considerad que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación, según os escribió también nuestro querido hermano Pablo conforme a la sabiduría que le fue concedida; tal como dice en todas las cartas en las que trata estas cosas. En ellas hay ciertamente algunas cuestiones difíciles de entender, que los ignorantes e inestables tergiversan como hacen con las demás Escrituras para su propia perdición (2P 3,14-16).

Al no ser una simple palabra humana, sino Palabra de Dios, la Escritura es viva y eficaz.

Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será la palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo (Is 55,10-11).

Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón (Heb 4,12).

Los Santos Padres eran muy conscientes de esta eficacia:

Imposible que no sean sagradas esas letras, que no sólo hacen santos, sino aún divinos (San Clemente Alejandrino, Cohortatio, 9)12.

Pues aunque la frase es breve, su sentido es grande… y a veces basta una palabra tomada de allí como alimento para todo el camino de la vida (San Juan Crisóstomo, De statuis, homilía 1).

Por eso podemos decir:

La palabra que lleva la marca de esta eficacia absoluta es la que puede llamarse verdaderamente Palabra de Dios. La eficacia no es la razón de la Palabra de Dios. Es su propiedad manifestativa. Cuando se hace presente tal fuerza en una palabra se puede ulteriormente formular la pregunta sobre la misteriosa vinculación divina que hace de ella Palabra de Dios13.

Cuando la Escritura se presenta a sí misma como palabra de Dios, afirma su propia fuerza. Quien en nombre de la verdad niega a la Escritura esta fuerza, está acusando a la Escritura de error. Quien niega a la palabra la capacidad de salvar, reniega de Santiago, que afirma: «aceptad dócilmente la palabra, que ha sido plantada y es capaz de salvaros» (1,21)14.

No es simplemente que la palabra inspirada hable de Cristo, sino que en ella habla Cristo «con autoridad» «palabras de vida»; no es solamente que hable de la gracia, sino que es un acto de gracia. La palabra de Dios no sólo es fuente de verdades, sino que también es fuente de gracias15.

Esta Palabra eficaz, es también Palabra viva, y no debemos olvidarlo al acercarnos a ella:

A propósito de la Palabra que lleva al silencio: nunca comprendemos suficientemente que la Palabra de Dios es una frase pronunciada por alguien, que sale viva de su boca en un momento preciso: dicho, de otro modo, un acontecimiento. Por ejemplo, Él nos dice: «¡Ven!»…, o «¿Quieres?»… Dos palabras así de sencillas. No lo dice dentro de diez años, no lo ha dicho en otro tiempo, lo dice hoy; no es algo frío, escrito en un texto, es pronunciado por un rostro que nos mira, es el deseo de un corazón a otro corazón.

Los protestantes de nuestro siglo han insistido en este punto antes que los católicos. Pero si lo percibimos sin desembocar en la vida mística, nos quedamos a medio camino. Los únicos que oyen verdaderamente la Palabra de Dios son los testigos -esa nube de testigos- que desde hace dos mil años buscan el rostro de Cristo con la ansiedad del esposo del Cantar de los Cantares […]

A causa de ello, no hay que hacerse un «programa» demasiado preciso, fundado, digamos, sobre la Palabra de Dios: si esta Palabra es viva, no sabemos nunca lo que nos va a decir. Si pretendemos saberlo de antemano, so pretexto de que «está en el texto», matamos la palabra en nuestro corazón, y la obligamos prácticamente a callarse […]

Tales palabras, a las que nunca habíamos prestado atención, pueden atravesarnos. Por ejemplo, hacia el fin de una de las crisis purificadoras de las que he hablado, se puede descubrir bruscamente el poder de paz contenido en las palabras «si conocieras el don de Dios», o «vosotros no habéis pedido todavía nada en mi Nombre…». Bruscamente, eso nos hiere y nos desgarra: la Palabra viva circula a través de estas palabras como la corriente eléctrica a través de un conductor…, y estas palabras se convierten verdaderamente en el canal entre Dios y nosotros, en el instrumento de su diálogo.

No es el momento, entonces, para frenar el poder de esta Palabra yendo a buscar otra en la Biblia: hay que escuchar solamente lo que tiene un sentido para nosotros en ese momento. La palabra ha venido a ser la Palabra, es decir, la Realidad. Cuando una persona nos abre su corazón, cuanto nos dice no son palabras e ideas, sino el peso de realidad de la persona misma. Entonces, si es Dios, hay que dejarse guiar como un niño por su madre, paso a paso: «La palabra de Dios es viva y eficaz como una espada que penetra en la división del alma y del espíritu» (Molinié, El Coraje de tener miedo, 13ª variación)16.

Si la Iglesia recibe de la Palabra de Dios alimento y fuerza, con más motivo el contemplativo debe buscar en ella la fuerza y el alimento que necesita (cf. de nuevo Mt 4,4). Y no sólo el contemplativo monástico:

Ésta es la calamidad: pensáis que la lectura de la Escritura es sólo para los monjes, siendo así que a vosotros os hace más falta (San Juan Crisóstomo, In Mt, homilía 2).

Por medio de la Palabra de Dios se establece un diálogo, que tiene como origen y finalidad el amor de Dios que habla como un padre con sus hijos. Un acercamiento meramente intelectual ‑no digamos crítico‑ no respeta la realidad y la intención de la Escritura, que, movida por el amor de Dios a los hombres, busca establecer un verdadero diálogo. Sólo si entramos en ese dialogo amoroso a través de la Escritura, habremos descubierto lo que es y habremos aprovechado el regalo que supone. La lectio divina nos ayuda a entrar en ese diálogo porque permite los dos elementos fundamentales de escucha y respuesta: escucha con la lectura y la meditación; respuesta con la oración y la contemplación.

La Inspiración de la Escritura y sus consecuencias

El autor de la Biblia es Dios

[105] Dios es el autor de la Sagrada Escritura. «Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo». «La santa madre Iglesia, según la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia» (DV 11).

Dios es el autor de la Sagrada Escritura porque la ha inspirado por medio del Espíritu Santo. Ésta es la afirmación principal que le da valor a la Biblia como fundamento y alimento de la vida cristiana, como cauce seguro de la Revelación y elemento fundamental para la vida de la Iglesia, tanto en la celebración de los sacramentos, como en la oración personal. Esta inspiración es lo que crea la distancia infinita entre la Biblia y cualquier otro escrito por muy espiritual que sea su autor y por muy difundido que esté. Sin la inspiración del Espíritu Santo, la Biblia sería un libro más entre muchos otros, que podría ser discutido, relativizado o superado. La autoría divina de la Biblia no elimina el papel del autor humano como veremos más adelante, pero coloca la colaboración humana en la elaboración de la Escritura en un papel secundario y subordinado al del Espíritu Santo.

Es necesario hacer referencia a dos lugares del Nuevo Testamento en los que se afirma con toda claridad la inspiración de la Escritura, 2P 1,19-21 y 2Tm 3,14-17:

Así tenemos más confirmada la palabra profética y hacéis muy bien en prestarle atención como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y el lucero amanezca en vuestros corazones, pero sabiendo, sobre todo, lo siguiente, que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia, pues nunca fue proferida profecía alguna por voluntad humana, sino que, movidos por el Espíritu Santo, hablaron los hombres de parte de Dios (2P 1,19-21).

·Las profecías y la Escritura no provienen de la iniciativa humana, sino de Dios. Los hombres que escribieron la Escritura fueron movidos por el Espíritu Santo.

·En su aspecto externo son palabras humanas («hablaron los hombres»), pero son Palabra de Dios: Dios los mueve y hablan de parte de Dios. Aparece con claridad que la inspiración no elimina el factor humano en la redacción de los diferentes libros de la Escritura, pero la iniciativa y el contenido proviene de Dios.

·Por lo tanto, queda claro que la Escritura no se puede interpretar a capricho (recuérdese lo dicho a propósito del Magisterio al comentar los n. 85-86).

Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios es también útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena (2Tm 3,14-17).

·La Escritura da la firmeza necesaria ante los falsos doctores.

·La Sagrada Escritura da la sabiduría que lleva a la salvación, porque, como verdadera Revelación de Dios, no es mera información y tiene un carácter salvador. Hay una clara relación entre la Escritura y la fe en Cristo para obtener la salvación.

·La Escritura es base firme para la enseñanza, la educación y la defensa de la fe, lo que hace necesario para Timoteo, y para nosotros, conocerla y utilizarla.

·La causa de todas estas cualidades de la Escritura es que es «inspirada» por Dios. «De 2Tm 3,17 se desprende que la Escritura se concibe como una realidad viviente y eficaz para la salvación precisamente porque ha nacido del Espíritu de Dios»17. Es muy sugerente y significativa la relación entre el Espíritu y la Palabra, en paralelo con la que hay entre el Espíritu Santo y el Verbo encarnado (cf. Lc 1,35).

La segunda carta a Timoteo nos ha dado la definición clave para nuestro tema: «Toda Escritura es inspirada». Pero es necesario que delimitemos bien lo que significa esta afirmación, para entender correctamente el papel del autor principal que es Dios y el del autor humano que es secundario:

  • -La inspiración no es un dictado palabra a palabra que hace Dios, por eso se pueden percibir las diferencias del autor humano, que no es el autor principal, pero es verdadero autor. Esto distingue la inspiración bíblica de lo que piensan los musulmanes del Corán, que tiene un arquetipo celeste escrito que un ángel fue dictando a Mahoma palabra a palabra: «Él es el que te ha mandado de lo alto el Libro» (Sura III,6-7).
  • -La inspiración tampoco es el resultado de una especie de estado de trance en el que el autor humano escribe de forma automática e inconsciente lo que quiere el Espíritu Santo. El autor humano inspirado sigue siendo libre y consciente.
  • -Por el lado contrario no es suficiente pensar que los libros de la Biblia han sido escritos por iniciativa humana y que Dios simplemente garantiza su contenido: «La Iglesia los tiene por sagrados y canónicos, no porque, compuestos por sola industria humana, hayan sido aprobados por ella; ni solamente porque contengan la revelación sin error; sino porque, escritos por la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales han sido transmitidos a la misma Iglesia» (Vaticano I)18.
  • -Menos aún, la inspiración consiste en la aprobación que la Iglesia otorga a un texto, como si ella tuviera el poder de transformar la palabra humana en palabra divina, o la inspiración fuera un simple sello eclesiástico de idoneidad. La Iglesia, como veremos más adelante cuando afrontemos lo que significa la canonicidad, sólo tiene la capacidad de «reconocer» la Palabra de Dios.
  • -Tampoco se puede reducir la inspiración a que Dios ponga las ideas y el autor humano las palabras (Franzelin). Por el contrario, hay que afirmar que la inspiración del Espíritu abarca todo el proceso de composición de la obra literaria que es Palabra de Dios (Benoit); y que la intuición y la ejecución de la obra inspirada está bajo la inspiración del Espíritu Santo (Schökel).
  • -Los Santos Padres expresan lo que es la inspiración afirmando que el autor humano es «instrumento» de Dios, como un instrumento musical. Esta metáfora expresa bien el origen divino de la Palabra de Dios, pero puede parecer que el autor humano es un instrumento inerte en manos de Dios. Hay que tener en cuenta que los mismos Padres proclaman que los profetas no ven anuladas, sino sublimadas sus capacidades. También la importantísima encíclica de Pío XII Divino Afflante Spiritu (1943) usa el término «instrumento» para definir el papel del autor humano, pero lo matiza diciendo: «El escritor sagrado al componer el libro es órgano o instrumento del Espíritu Santo, con la circunstancia de ser vivo y dotado de razón» (n. 21).
  • -Santo Tomás distingue autor principal y autor instrumental, afirmando que hay una cooperación entre los dos, cada uno según su condición, cada uno en su nivel. Es el autor principal el que elige y capacita al autor instrumental.
  • -Por lo tanto, para entender correctamente la inspiración hay que sostener que «el influjo de la inspiración divina afectaba a todas las facultades del autor sagrado implicadas en la concepción y composición del libro»19, lo que incluye la búsqueda de fuentes, la voluntad, la imaginación, la selección de palabras e imágenes, etc.

Dios, conferida la gracia, da como anticipo una luz a la mente del escritor para proponer a los hombres la verdad como de parte de la persona de Dios; y por otra parte mueve su voluntad y la impulsa a escribir; finalmente lo asiste de un modo especial y continuo hasta que haya compuesto el libro (Benedicto XV, Spiritus Paraclitus (1920), que a su vez sigue a León XIII, Providentissmus Deus (1893)).

  • -En consecuencia, la inspiración es lo que hace que la Escritura sea Palabra de Dios, con todas sus consecuencias.

La Biblia, en cuanto efecto producido, es primaria y directamente un reflejo de la mente del autor principal: Dios; sólo de manera secundaria refleja la mente del instrumento: el autor humano. Dios, por consiguiente, al ser causa principal de la Escritura, se apropia del efecto producido. Por muy real e importante que sea el factor humano en la producción de la Escritura, ésta es primaria y directamente palabra de Dios20.

Más adelante (n. 120), el Catecismo profundizará en la canonicidad de los libros sagrados. De momento, baste con avanzar que la Biblia es canónica porque forma un «canon» (norma) cerrado y completo de los libros que contiene. La Iglesia reconoce la inspiración de los libros que la componen y elabora la lista o canon de los libros inspirados. Es canónica también porque es norma de fe y de vida.

El papel de los autores humanos

[106] Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados. «En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería» (DV 11).

De nuevo, el Catecismo se apoya en la constitución dogmática sobre la divina revelación del concilio Vaticano II, Dei Verbum, para definir el papel del autor humano en la elaboración de la Escritura, que es imprescindible conocer para acercarnos adecuadamente a la lectura e interpretación de los libros sagrados.

Ya hemos intentado conjugar, al comentar el número anterior, la acción del autor divino (principal) y del autor humano (instrumental, pero libre, consciente e inteligente). Ahora hay que extraer las consecuencias de esa realidad.

Partiendo del principio de que el escritor sagrado al componer el libro es órgano o instrumento del Espíritu Santo, con la circunstancia de ser vivo y dotado de razón, rectamente observan que él, bajo el influjo de la divida moción, de tal manera usa de sus facultades y fuerza, que fácilmente puedan todos colegir del libro nacido de su acción «la índole propia de cada uno y, por decirlo así, sus singulares caracteres y trazos» (Pío XII, Divino Afflante Spiritu, 21, que cita a Benedicto XV, Spiritus Paraclitus).

Esta forma de actuar el Espíritu Santo en el autor humano permite que sus características personales no quedan eliminadas. Por eso podemos distinguir la forma de hablar de Jeremías y de Ezequiel, o los estilos de Marcos y de Juan. Si fueran meros «autómatas» el estilo de toda la Escritura sería uniforme. Al permanecer las características personales de cada autor sagrado podemos percibir también en la palabra de Dios la forma personal en la que Jeremías experimenta la persecución por ser fiel a su misión, la pasión con la que san Pablo expresa su amor por los fieles de Filipos o la impronta que san Juan da a su Evangelio. Estas peculiaridades abren ilimitadas posibilidades al estudio de la Biblia. Pensemos por ejemplo en la posibilidad de distinguir en el evangelio según san Lucas lo que este autor redacta por sí mismo, lo que recoge fielmente del evangelio de san Marcos o lo que proviene de otras fuentes cercanas a Jesús (cf. Lc 1,1-4).

Y, sin olvidar la huella personal de cada autor, hay que sostener firmemente que lo que contienen sus escritos es «todo y sólo» lo que Dios quería. Por lo tanto, no sobra ni falta nada a la Palabra de Dios y no podemos eliminar ni añadirle nada (recuérdense la dura advertencia de Ap 22,18-19). Esto tiene una consecuencia de vital importancia para la espiritualidad cristiana: no hace falta recurrir a otra revelación complementaria fuera de la Escritura y de la Tradición, lo cual puede ser una tentación fuerte para el contemplativo al que le gustaría conocer más sobre Jesús y puede intentar «completar» con revelaciones privadas, a veces muy discutibles, unos evangelios inspirados que contienen «todo y sólo» lo que Dios quiso revelarnos.

La verdad de la Escritura, consecuencia de la inspiración

[107] Los libros inspirados enseñan la verdad. «Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue que los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra» (DV 11).

De nuevo bajo la guía de la Dei Verbum, el Catecismo nos señala una consecuencia fundamental de la inspiración, que consiste en la verdad de la Sagrada Escritura. Esta afirmación de la verdad de la Biblia ha encontrado numerosas dificultades y ataques en los últimos siglos al señalar: a) contradicciones dentro de la Biblia; b) errores desde el punto de vista científico; c) errores históricos; d) errores morales.

Antes de delimitar el alcance de la afirmación de la verdad de la Biblia y de esas dificultades, hay que comenzar diciendo que la verdad de la Escritura forma parte de la misma enseñanza de la Biblia y del mismo Jesús:

Se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre (Is 40,8).

Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura… (Jn 10,35).

En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley (Mt 5,18).

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mt 24,35).

Y les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí» (Lc 24,44).

Se trata de una afirmación mantenida por la tradición judía y por toda la tradición cristiana: «Las Escrituras son perfectas» (San Ireneo, Contra los herejes, II,28,2).

Algunas consideraciones nos ayudarán a afirmar sin complejos la verdad de la Escritura:

  • -La verdad de la Biblia como Palabra de Dios, inspirada por el Espíritu Santo, afecta al texto original, por lo tanto, no se puede aplicar a los errores que puedan cometer los copistas o los traductores.
  • -La verdad se aplica a la Sagrada Escritura como un todo. Es muy importante no olvidar en este sentido el carácter progresivo de la revelación (n. 53), que se ve reflejado en los libros de la Biblia. Especialmente (como subrayará el Catecismo, n. 122) este carácter progresivo de la Revelación afecta al Antiguo Testamento, que contiene elementos imperfectos y pasajeros. Piénsese, por ejemplo, en la importancia de la revelación de la vida ultraterrena, que, sin embargo, no aparece en muchos libros del Antiguo Testamento (por ejemplo, en algunos salmos como Sal 88); o, en el terreno moral, la manifestación de la unidad e indisolubilidad del matrimonio que se nos concede con la plenitud de la revelación que nos trae Jesucristo en el Evangelio (cf. Mc 10,2-12), y que no se puede aplicar como error moral a los patriarcas, a los que todavía no había llegado esa manifestación de la verdad de Dios. Eso nos lleva a evitar oponer dos textos aislados de la Escritura como si todos estuviesen en el mismo momento de la revelación progresiva o como si todos fuesen expresión definitiva de la revelación plena en Cristo.
  • -Por otra parte, para valorar la verdad de lo que se dice en un lugar concreto de la Escritura es necesario ponerlo en relación con lo que el autor humano quiere decir y con los modos de hablar cada momento, y no con lo que «nos suena» ahora a nosotros lo que leemos. Por ejemplo, la predicación de Jonás en Nínive afirmando que la ciudad será destruida (cf. Jon 3,4), no es falsa por el hecho de que la ciudad se salvará según el relato bíblico. Todo lo contrario, la predicación fue realmente eficaz, porque los ninivitas captaron el sentido condicional implícito en el anuncio: «Si no os convertís, la ciudad será destruida». Sería un problema falso dudar de la verdad de la Escritura por interpretar al pie de la letra una expresión poética o enfática (por ejemplo, la posibilidad de que un camello que pasa por el ojo de una aguja), o interpretar como relatos históricos libros que son meramente didácticos, como el mencionado libro de Jonás21.
  • -Además, hay afirmaciones instrumentales que son medios para comunicar un mensaje, cuya verdad no está garantizada. La Escritura emplea concepciones de la realidad o de la historia para transmitir un mensaje salvador (no científico o histórico), por ejemplo, los relatos de la creación en Gn 1-2, que se basan en la interpretación del universo de su tiempo para manifestar una serie de verdades de fe (cf. n. 289). Lo cual no elimina la existencia en la Biblia de verdades históricas que sí están implicadas en la veracidad de la Escritura y de la fe cristiana, por ejemplo, que Jesús padeció bajo el poder de Poncio Pilato. Sin olvidar que hay multitud de datos bíblicos confirmados por la arqueología y la historia.
  • -Incluso, en las afirmaciones que hacen relación directa con la salvación puede haber grados de afirmación, como hace san Pablo en 1Co 7, cuando habla sobre el matrimonio y la virginidad, dando su opinión; a diferencia cuando habla de la muerte y resurrección del Señor en 1Co 15,1-8.

Si no podemos hallar una solución a todas las dificultades que encontramos en las Escrituras, aún sería mayor impiedad buscar un Dios distinto de aquel que es. Debemos confiar estas cosas al Dios que nos hizo, sabiendo que las Escrituras son perfectas, puesto que han sido pronunciadas por el Verbo de Dios y su Espíritu (San Ireneo, Contra los herejes, II,28,2).

En todo caso, para no perder la perspectiva, hay que subrayar que se trata de una verdad salvadora, que no se conforma con informar, sino que quiere transformar y llevarnos a la comunión con Dios. Limitar la cuestión de la verdad de la Escritura a la polémica de los conflictos de la Biblia y los saberes humanos nos puede hacer olvidar la auténtica importancia de la verdad de la Revelación y de la Escritura. Necesitamos que la Palabra de Dios sea verdadera para que realmente nos conduzca a la salvación y a la unión con Dios. San Agustín afirma que mediante la enseñanza bíblica el Señor quiere hacer, «no científicos, sino cristianos»22. A la vez que es erróneo mantener que sólo son verdad las afirmaciones bíblicas que hablan de fe y moral (Rohling), hay que subrayar con León XIII que los escritores sagrados no quisieron enseñar a los hombres la naturaleza íntima de lo que ven, sino enseñar doctrinas conducentes a la salvación.

Existen otras consecuencias del hecho de que la Escritura haya sido inspirada por el Espíritu Santo, como son la revelación (Dios habla al que lo lee), la unidad (no es una biblioteca, sino un libro que tiene como autor a Dios), la integridad (no le falta nada, cf. n. 106) y la sacramentalidad (produce un verdadero encuentro con Dios en Cristo y ha de estar presente en los sacramentos)23.

La Escritura y el Verbo vivo de Dios

[108] Sin embargo, la fe cristiana no es una «religión del Libro». El cristianismo es la religión de la «Palabra» de Dios, «no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo de Claraval, Homilia super missus est, 4,11: PL 183,86B). Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (cf. Lc 24,45).

Ya el n. 53 del Catecismo subrayaba el hecho de que la Revelación se realiza por medio de palabras y hechos. Sólo eso impediría que redujésemos la Revelación a un libro que contiene verdades y convirtiéramos la acogida y la respuesta a la Revelación en una religión que se limita a conocer y cumplir lo que contiene un libro, aunque sea Palabra de Dios. Nuestra relación no es con un libro sagrado, sino con Dios que habla y actúa, y que transmite esa automanifestación de Dios (n. 50-53) a través de la palabra escrita inspirada por medio del Espíritu Santo.

Además, la plenitud de esa revelación se realiza por medio de Cristo, el Verbo de Dios hecho hombre, que está siempre entre nosotros (Mt 28,20), que nos da el Espíritu Santo que lo recuerda todo y nos lleva a la verdad plena (Jn 16,13). Porque Cristo está vivo y nos da el Espíritu Santo la Biblia es Palabra viva, no palabra muerta. La fe y la vida cristiana no es la religión de un libro, sino de la Palabra viva de Dios, su Hijo encarnado, al que creemos, amamos, seguimos y nos entregamos. Por esta razón, el cristiano, y especialmente el contemplativo, busca y reconoce en la Palabra de Dios al mismo Cristo y percibe en ella la fuerza del Espíritu Santo que la inspiró. Esa presencia y acción de Dios en su Palabra es lo que la convierte en Palabra viva que guía, alimenta y transforma.

Aunque lo trataremos más adelante (n. 111), el Catecismo nos anticipa que sólo podemos entender y aprovechar el don de la Sagrada Escritura si el Señor nos concede su Espíritu Santo. Interpretada al margen o en contra de este Espíritu, es cuando la Biblia se convierte en palabra muerta, que se escruta con mentalidad de arqueólogos que buscan restos de un pasado que ya no existe.

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras (Lc 24,45).

El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho (Jn 14,26).


NOTAS

  1. V. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios. Introducción general a la Sagrada Escritura, Bilbao 1995 (Desclée de Brower, 4ª ed.), 18.25.
  2. Textos sugeridos, entre otros, en DV 2: «En esta revelación, Dios invisible (cf. Col 1,15; 1Tim 1,17), y movido por amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cf. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía».
  3. «Post hæc in terris visus est, et cum hominibus conversatus est». La BCE dice: «Después apareció en el mundo y vivió en medio de los hombres».
  4. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 19-21, subraya que el lenguaje humano tiene tres funciones: información, expresión y llamada. La Palabra de Dios también adquiere estas tres funciones.
  5. A. M. Artola – J. M. Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, Estella 1995 (Verbo Divino, 4ª ed), 29.
  6. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 47.
  7. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, IV,11,5 (Traducción del original latino por Luis Otero Linares).
  8. L. A. Schökel, Pan de vida, en L. A. Schökel (dir.), Comentarios a la constitución Dei Verbum sobre la divina revelación, Madrid, 2012 (BAC), 678.
  9. L. A. Schökel, Pan de vida, 676-677. Cf. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 324.
  10. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 31.
  11. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 48, subraya que Jesús nunca recibe la Palabra de Dios como los profetas, ni se presenta a sí mismo anunciando la Palabra de Dios.
  12. Más textos en L. A. Schökel, La Palabra inspirada. La Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje, Barcelona 1969 (Herder, 2ª ed.), 341. Schökel dedica todo un capítulo de esta obra a hablar de la fuerza de la Palabra como consecuencia de la inspiración (p. 323-359), que comienza diciendo: «La Sagrada Escritura, por ser palabra inspirada, contiene la doctrina de salvación, y posee fuerza de salvación».
  13. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 32.
  14. L. A. Schökel, Pan de vida, 684-685.
  15. Schökel, La Palabra inspirada, 347.
  16. M.-D. Molinié, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad, Madrid 1979 (Paulinas, 2ª ed.), 214-216.
  17. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 126.
  18. Concilio Vaticano I (1869-1870), E. Denzinger, El Magisterio de la Iglesia, Barcelona 1963 (Herder), n. 1788.
  19. Richard F. Smith en Brown-Fitzmyer-Murphy, Comentario Bíblico «San Jerónimo», V, Estudios sistemáticos, Madrid 1972 (Cristiandad), 35 (la cursiva es del autor).
  20. Smith, Comentario Bíblico «San Jerónimo», V, 28.
  21. La Biblia de la Conferencia Episcopal Española, afirma en la introducción al libro de Jonás: «La obra es en realidad una parábola con finalidad didáctica».
  22. San Agustín, De Actis cum Felice Manichaeo, 1,10, citado por Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 223.
  23. Smith, Comentario Bíblico «San Jerónimo», V, 41-42.