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1. Un discernimiento fundamental

Lo importante de todo acontecimiento no es el hecho en sí, sino la presencia del Señor en medio de dicho acontecimiento. Hemos de buscar el contenido sobrenatural de cada realidad porque sabemos que no hay ningún acontecimiento que esté desligado del Señor. Eso me obliga a acoger a Cristo en esa situación, reconocida como el lugar y el momento propicio para hacer el acto de adoración y amor que el Señor espera de mí. No se trata tanto de renunciar a hacer lo que normalmente debería hacer, sino de afirmar otro tipo de acción, que se superpone a lo que exteriormente hago. He de servirme del acontecimiento que vivo en ese momento para llevar a cabo una acción que concentra los siguientes elementos:

  • -Por una parte, el reconocimiento de la presencia y la acción del Señor en ese mismo acontecimiento.
  • -Junto a eso, el agradecimiento por todo lo que sucede y sucederá, aceptado como recipiente de esa presencia y acción1.
  • -Además, la adoración del Señor en ese momento y circunstancia.
  • -Y, finalmente, el abandono, gozoso y confiado, en sus manos.

En definitiva, el discernimiento fundamental no es otra cosa que reconocer lo que me sucede como expresión del amor del Señor y convertirlo en respuesta de amor en forma de entrega absoluta de todo a él.

No es acertado pensar que los diferentes discernimientos que hemos de llevar a cabo en la vida ordinaria estén desligados entre sí y se puedan plantear desde cero, como si no hubiera un clima previo que hay que garantizar en todo discernimiento. Teniendo en cuenta que todo el discernimiento evangélico es un camino, cualquier decisión que debamos tomar debe ser considerada a la luz de unos elementos básicos que hacen posible dicho camino. Si se tiene esta base, el trabajo propio del discernimiento ordinario puede limitarse a los aspectos más específicos del caso concreto; de lo contrario, el análisis evangélico de una situación aislada sólo podrá proporcionar cierta luz sobre su bondad moral, pero no la garantía de saber cuál es la voluntad de Dios. El que busca la voluntad de Dios de forma intermitente tiene que planteárselo todo desde el principio ; desde luego, no puede hacer discernimiento. Veamos ahora cuáles son los elementos fundamentales que constituyen el ambiente necesario para el discernimiento.

A. Anhelo evangélico

Ya hemos dicho que no es posible un discernimiento habitual y seguro sin una especial gracia de Dios que nos impulse y capacite para buscar y descubrir su voluntad en todo. Aunque no se trate de una gracia particularmente sensible, no deja de ser la gracia la que crea en nosotros la connaturalidad con la voluntad de Dios. Pero para recibir esa gracia se requiere una actitud permanente de verdadero anhelo por conocer la voluntad de Dios en todo.

Tiene que ser anhelo, ansia; no basta una cierta preocupación o curiosidad. Y anhelo, no por saber, sino por amar cumpliendo la voluntad de Dios conocida. El objetivo no puede ser otro que la sola voluntad de Dios, no el alcanzar determinadas componendas entre ésta y nuestros intereses. Y, sobre todo, tiene que ser una búsqueda permanente: no sirve una actitud de búsqueda de la voluntad de Dios sólo cuando nos interesa o nos preocupa algo.

Este anhelo forma parte de la vida del cristiano, es una realidad de fe y es el eco del ansia que tiene el Verbo de cumplir la voluntad del Padre desde el mismo momento de su encarnación, cuando dice:

Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo -pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí- para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Hb 10,6-7. Cf. Jn 4,34; 5,30; 6,38).

No es posible realizar ningún tipo de discernimiento si no existe un verdadero interés por descubrir la voluntad de Dios, porque sólo ese interés nos moverá a cumplir dicha voluntad. Ese deseo interior es, como ya hemos dicho, una gracia de Dios; pero eso no quiere decir que haya que esperarla pasivamente. Dios no tiene ningún interés en ocultarnos su voluntad, sino, al contrario, nos la quiere mostrar para que podamos cumplirla. Por esa razón, hemos de desear, pedir, recibir y custodiar cuidadosamente esa gracia que nos mueve apasionadamente a buscar lo que Dios quiere de nosotros.

Para obtener el sumo bien de la sabiduría, precisamos ante todo desearla. Pero para desearla es necesario darse cuenta de que no se posee… El primer paso en el camino de la sabiduría es la toma de conciencia del hombre que cree ver, mientras en realidad está envuelto en una niebla infinita… Cuántos hombres viven inmersos en los prejuicios y en la esfera común, especialmente en estos tiempos de cultura de masas, donde el lavado de cerebro es uno de los aspectos más destacados y preocupantes. Están condicionados sin darse cuenta y piensan que saben sólo porque son capaces de repetir todo lo que les han inculcado2.

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La petición más radical del hombre religioso, que resume en sí la gloria de Dios, el orden del mundo y el fin de la vida, es «hágase tu voluntad». Cambiando el impersonal pasivo a voz activa, concreta y personal, «quiero hacer tu voluntad». Y para poder cumplir la voluntad de Dios, tengo que comenzar por conocerla. Esa es mi obligación, mi privilegio y mi deseo. Buscar para saber, y saber para actuar. Aprender a tomar las mil decisiones diarias, pequeñas y grandes, fáciles y difíciles, de sorpresa o de rutina, que integran mi vida, con atención y fe, con conocimiento de causa y alegría de ejecución. Si son las decisiones las que hacen la vida, quiero que mis decisiones sean lo mejor que puedan ser. Quiero dominar el arte de elegir. Quiero saber escoger3.

B. La elección previa necesaria

Toda elección evangélica, para que sea verdadera, tiene que estar sustentada en una elección previa y fundamental, que debe ser clara, consciente y decidida. El primer paso en el discernimiento consiste en discernir el lugar de Dios en mi vida. Esto está ligado esencialmente a la fe y muestra el nivel de la misma. Sólo si Dios es el centro de mi existencia puedo aspirar a descubrir su voluntad concreta sobre mí, y esto supone que lo reconozco y elijo como mi absoluto. Por eso, la primera elección a la que debe llevarnos el primer discernimiento es a la elección de Dios. Algo que, por otra parte, es normal, puesto que constituye la respuesta natural a la elección amorosa que Dios ha hecho de mí. Esta elección de Dios previa a todo discernimiento debe ser clara y permanente, y es tan importante que tenemos que comprobar que se mantiene. Ésa es una de las funciones del examen particular, que debe aplicarse a la elección de Dios. Otra forma, negativa, de comprobar si se mantiene la elección de Dios es detectar agobios e inquietudes, que indican claramente que Dios ya no es lo único y lo primero.

El discernimiento presupone una fe en el Señor fuerte y comprometida. […] Ya hemos dicho que por «creyente comprometido» entendemos a la persona que sinceramente desea hacer la voluntad de Dios, realizar su obra en este mundo concreto. A no ser que de verdad me importe lo que Él desea de mí ‑a no ser que de verdad yo quiera, o por lo menos desee querer, lo que Dios quiere‑ el discernimiento es totalmente imposible. Este es el primer presupuesto o requisito para todo auténtico discernimiento. Y es ciertamente exigente. No creo que podamos hablar de discernimiento en el caso de una persona en la que Dios no ocupa un lugar importante de su vida4.

Como proceso armónico que es, el discernimiento no se puede llevar a cabo a saltos, por impulsos o aleatoriamente, según nos interese o no aplicarlo a un asunto o a otro. O vivimos en «estado» permanente de discernimiento o no podemos realizar con garantías un auténtico discernimiento. Y si queremos entrar en ese estado o clima espiritual debemos comenzar por activar esta primera elección de Dios. Hemos de empezar por elegir a Dios, y hacerlo por él mismo, no por ningún interés del tipo que sea. Y esa elección debe mantenerse clara y firme, para que se convierta en el cimiento sobre el que construir sólidamente todo el edificio del discernimiento y la elección evangélicos5. Eso significa que no podemos permitirnos ningún titubeo sobre el sentido y la finalidad de nuestra vida, que no es otro que la santidad, como realización concreta del proyecto personal que Dios tiene sobre cada uno de nosotros, para dar gloria a Dios y colaborar en la salvación del mundo. Esta determinación debe prevalecer decididamente sobre nuestros intereses personales, miedos, complejos, proyectos, necesidades, etc., así como sobre las presiones que podamos recibir del mundo, de nuestra psicología, etc.

A partir de esta decisión fundamental, y formando parte de ella, el siguiente paso es elegirme a mí mismo6. Si quiero llevar a cabo el discernimiento de un asunto concreto, he de disponerme a ello abrazando previamente mi propia existencia, con todo lo que contiene, como don de Dios, y como instrumento y camino de santificación. Podríamos decir que éste es el discernimiento fundamental sobre el que se construye cualquier otro ejercicio de discernimiento, y que consiste en aceptar -elegir- libremente mi vida y todo lo que la conforma7. Y he de hacerlo de forma concreta y real, para no perderme en ideas o teorías, para lo cual, y como parte del mismo discernimiento, debo dedicar tiempo prolongado a elegir libremente todo lo que hay de negativo o «inaceptable» en mi vida, pasada y presente, empezando por la aceptación de la vida misma, viéndola como un don de Dios y, sobre todo, como una vocación. Este conocimiento, aceptación y elección de mi realidad debe estar hecho para poder elegir. Si ante cualquier situación me sorprenden mis limitaciones, mis circunstancias o mi historia, es que no he abrazado mi realidad, no he hallado en ella la presencia y el amor de Dios y no estoy preparado para elegir, mucho menos para vivir en estado de elección.

Un elemento complementario de esta elección de mí mismo consiste en conocer y aceptar lo que yo quiero realmente. En numerosas ocasiones el problema no está en conocer la voluntad de Dios, que está suficientemente clara, sino en saber lo que yo quiero, en tomar conscientemente una decisión y un rumbo, en hacer realmente lo que en teoría he decidido.

Si Dios me ha creado, eso significa que me ha llamado («vocatus») a la vida como mi vocación fundamental. He de aceptar mi existencia como vocación: me ha llamado a la vida, tal como soy, para recibir su amor y amarle. Y eso basta para que la existencia humana tenga un gran valor, natural y sobrenatural, por encima de lo positivo o negativo de los elementos que la conforman. Y puesto que es una vocación, la vida se orienta a una misión; una misión sagrada que viene de Dios y que yo debo «elegir» libremente como respuesta a lo que él ha elegido para mí con su infinito amor.

Y si Dios me ha creado por amor, eso quiere decir que me ha llamado a la vida por amor; y, por tanto, debo corresponder a ese amor «eligiendo», por amor, la vida que he recibido de Dios. He sido creado por Dios por amor y para amar; y todo debe servirme para saberme infinitamente amado por Dios y convertirlo en ocasión privilegiada para amarle. Éste es el más importante ejercicio de libertad que puedo hacer: disponer de la vida que Dios me ha dado para convertirla en un acto libre de amor y adoración a Dios. Y esto tiene que ser un acto simple, puesto que todo lo que es de Dios es simple -y posible-, por lo que no necesita de muchos o grandes medios, puesto que lo realizo en la vida concreta que tengo y en el momento presente. En realidad, esto es lo único que poseo y, por tanto, lo único que realmente puedo dar.

Esto es lo que vemos en Jesús, que «elige» libremente la vida que el Padre le da. La encarnación se realiza precisamente porque el Verbo acoge vivir no sólo la vida humana, sino una forma particularmente pobre y prosaica de esa vida. E, igualmente, la entrega que hace de su vida, la hace con plena libertad: «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente» (Jn 10,18).

Por esta razón no existen personas privilegiadas con una vida más importante o valiosa. El dinero, el éxito, el poder, la fama, la salud o cualquiera de los bienes que tanto valora el mundo, no hacen que una vida valga más que otra. Si fuera así, no seríamos iguales ante Dios porque no todos podríamos aspirar a una vida plena de fruto. Pero si el fruto y la grandeza de la vida están en la aceptación y ofrecimiento de nuestra realidad en el momento presente, todos podemos alcanzar el fruto colmado de nuestra existencia. Así es como hay que entender las palabras del Señor: «El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante» (Jn 15,5) y «el grano de trigo… si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). El amor y el ofrecimiento de la vida son los instrumentos que tenemos para que nuestra vida tenga sentido y dé mucho fruto.

C. Coherencia de vida

El discernimiento se sitúa en el ámbito de la razón, aplicando la fe a la razón. Es, de algún modo, la manera de dar forma conceptual a la vida de fe, ordenando y armonizando con la razón lo que sabemos por la Palabra de Dios, las gracias recibidas, el ejemplo los santos y el sentir de la Iglesia para aplicarlo a una situación concreta de la vida y tomar una decisión evangélica respecto de la misma. Y es aquí donde termina necesariamente el discernimiento: en la decisión. A partir del momento en el que hemos clarificado nuestras ideas y hemos tomado una resolución, sólo queda ejecutarla. Y eso ya no depende del entendimiento, como sucede con el discernimiento, sino de la voluntad.

No obstante, aunque pertenezcan a ámbitos diferentes, el discernimiento, con la decisión que comporta, y su ejecución están naturalmente ligados8. Es muy importante que el criterio y la decisión que tomamos en relación a cualquier situación o problema de la vida contenga el impulso necesario para facilitar la ejecución de lo decidido. De hecho, uno puede tener muy claro un objetivo y decidirse con fuerza a alcanzarlo y, sin embargo, ser incapaz de llevar a la práctica realmente su propósito. Aquí entran todos los mecanismos psicológicos o intelectuales que ponemos en marcha para mantener la verdad de un criterio y justificar un comportamiento distinto del mismo, entrando en lo que podríamos denominar «mediocridad evangélica». Es lo que ya vemos en las actitudes de personajes evangélicos como el joven rico (cf. Mt 19,16-22) o los que se disponen a seguir a Jesús, pero con condiciones (cf. Lc 9,57-62).

Esto nos debe llevar a plantearnos la cuestión, una vez hecho el discernimiento, de hasta en qué medida estamos verdaderamente dispuestos a ponerlo en práctica, superando las resistencias y condiciones que surgen en nosotros. Para ayudarnos en esta labor pueden servirnos de gran ayuda las orientaciones que nos ofrece san Ignacio en las meditaciones de los Ejercicios Espirituales sobre las «Dos Banderas»9 y los «Tres Binarios»10.

Su finalidad es hacernos ver la distancia que existe entre la decisión, que se sitúa en el ámbito intelectual, y la ejecución, que es fruto de la voluntad. Y lo primero que nos pide san Ignacio es la libertad sobre cualquier apego o condicionante humano. Por tanto, el primer paso tiene que consistir en romper cualquier atadura que tengamos en este sentido. Y eso sólo lo podemos hacer aplicando a la voluntad una motivación suficientemente fuerte como para que adquiera la fuerza necesaria para superar la presión en contra que experimenta por parte de nuestras pasiones o del mundo. Sólo una meta del máximo valor puede justificar la renuncia a otras metas posibles de menos valor, pero que nos son muy queridas; y sólo una fuerte adhesión íntima a la primera nos permitirá sobreponernos a los afectos que nos comprometen con las otras.

Debemos tener en cuenta que todo proceso de elección y decisión se fundamenta en el campo del corazón, algo mucho más profundo que la razón o la voluntad. No depende sólo de las ideas, que pueden ser claras pero muy diferentes de las decisiones que tomamos. Tampoco depende de la voluntad, que puede ser decidida y no pasar del primer intento de ejecución. Se trata de algo más profundo: Antes de tener algo en el conocimiento hay un movimiento de atracción o repulsión que mueve a toda la persona. Se trata de algo inconsciente y previo a toda decisión, pero que domina nuestro comportamiento. Por eso, para que tenga efecto cualquier decisión de la inteligencia o de la voluntad debe apoyarse en la esfera más profunda de nuestro ser.

Los tres «binarios», o tipos de hombres, nos presentan los tres tipos de actitudes fundamentales ante la superación de las dificultades que encontramos para llevar a la práctica una decisión que vemos clara. El primer tipo es la persona que desea seguir a Cristo, pero no pone ningún medio eficaz para ello, posponiendo la ejecución de lo decidido para más tarde; lo que demuestra que no tiene libertad para elegir y decidir. Un segundo tipo es aquel que decide seguir a Cristo y empieza a poner los medios para cumplir su proyecto y vencer los obstáculos, pero no pone medios realmente eficaces y trata de compaginar el fin que pretende y las ataduras que posee, aunque sabe que son incompatibles. Aunque tiene una decisión firme de seguir al Señor, no está dispuesto a hacerlo incondicionalmente. Y el tercer tipo es el que se libera de cualquier atadura mediante una adhesión absoluta e incondicional a Cristo, disponiéndose a sacrificarlo todo, si fuera necesario, para cumplir la voluntad de Dios. Esta actitud no puede ser algo que uno tiene que realizar con sus fuerzas, como un reto, un compromiso o una responsabilidad, sino como fruto de un llamamiento, una oferta y un regalo amoroso de Dios que le ilusiona y le llena de consuelo y esperanza.

En el fondo, se trata de entrar en un estado de libertad frente a cualquier atadura. Sin esa libertad previa no puede haber elección ni discernimiento. Toda la ascética cristiana se orienta a ser conscientes de esos lazos y realizar de forma ordenada el trabajo por liberarnos de todo lo que nos ata a las cosas materiales, a los demás o a nosotros mismos y nos impide que nos abramos decididamente a la voluntad de Dios. Es la libertad que toma forma de «indiferencia» ante todo lo que no sea Dios. Y esto no lo podemos hacer por medio de la razón o con la mera fuerza de voluntad, sino a través de una profunda adhesión a la persona de Cristo, que nos lleva a dejar en sus manos toda nuestra vida, abandonándonos confiadamente a lo que él disponga para nuestra vida en cada momento.

La indiferencia […] no consiste en la extinción de todo deseo, en la insensibilidad y en la frialdad, sino -sobre la base de la conversión de la inteligencia y la afectividad- en una actitud de espera que le expone a uno, sin condición previa alguna, a lo que venga, disponiéndole a recibir del propio Dios aquello que, en lo más profundo de su ser, se le manifieste como el mejor servicio. Cuando esta espera se transforma en consentimiento, abre el camino a un compromiso de todo el hombre, capaz de invertir todas sus fuerzas en esa nueva elección evangélica. Para ser capaz de escoger lo mejor, hay que estar en condiciones de discernir; ahora bien, cuando dejamos de poner condiciones y vivimos la espera de la que estamos hablando, es cuando estamos en condiciones de discernir lo que el Señor espera concretamente de nosotros.

Semejante actitud es algo que «se recibe», porque no puede ser efecto de cualquier esfuerzo voluntarista. Lejos de ser una calculadora frialdad, es el fruto de un gran amor, el amor preferencial que se experimenta hacia un Cristo al que se ha contemplado largamente en su misterio evangélico, y que es además el amor de Dios sin condiciones. La indiferencia, efectivamente, tiene su origen en el asentimiento al misterio de Cristo, que es, todo él, misterio de despojo y desasimiento, de obediencia y servicio11.

No existe otro modo de seguir a Jesucristo que renunciar a hacerlo por nosotros mismos, con nuestras capacidades, y dejar que él llene toda la esfera de nuestro ser, lo que constituye una gracia que sólo podemos alcanzar si nos dejamos liberar por él de cualquier atadura que no sea su voluntad.

2. Actitudes básicas para discernir evangélicamente

Vamos a ver en este apartado las actitudes fundamentales que exige el discernimiento, como el marco necesario en el que se pueda desarrollar. Según hemos visto hasta aquí, el primer discernimiento que hay que realizar es el de la libertad. Aunque este discernimiento no tiene como objeto la materia propia de un problema determinado sobre el que decidir, sin libertad no podemos discernir nada porque seremos incapaces de llevar a cabo nuestra decisión ya que será más fuerte aquello que nos ata. Por lo tanto, antes de cualquier discernimiento hemos de discernir sobre nuestra libertad, así como sobre la sinceridad que tenemos en la búsqueda de la verdad y nuestra capacidad para realizar este proceso hasta el final.

A veces nos quejamos de que no vemos con claridad la voluntad de Dios, sin fijarnos en nuestra actitud. Normalmente, las gracias y luces que recibimos o que nos faltan tienen mucho que ver con la actitud que tenemos, porque los dones que Dios puede darnos y el fruto de nuestra vida están en función de la respuesta generosa que demos a la acción de Dios.

Por este motivo hemos de ser muy conscientes de la calidad de nuestras actitudes previas al discernimiento; y para ello debemos considerar que la autenticidad de nuestra disposición antes de hacer el discernimiento y de nuestro compromiso por llevarlo a la práctica se pone de manifiesto en la aceptación de las pruebas que comporta esa misma autenticidad: el precio que supone la libertad necesaria para elegir evangélicamente y la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Igualmente, influye también el clima negativo, en lo psicológico y espiritual, que originamos o permitimos en nuestro interior. Hay que hacer un análisis realista del clima que me domina, descubriendo miedos, culpas, angustias, apegos, deseos, necesidades, etc. para superar esos condicionantes antes de ponernos a discernir. Aunque normalmente nos preocupamos por resolver las cuestiones concretas, es más importante la adquisición previa de este clima que es lo que realmente nos permite buscar eficazmente la voluntad de Dios. El discernimiento se desvirtúa y se hace imposible cuando uno entra en lamentos interiores, añoranzas, quejas ante los demás o afán de «resolver» rápidamente y por sí mismo los asuntos. Todo esto impide que dejemos que sea sólo Dios quien lo resuelva desde nuestro fracaso e inutilidad. Si esperamos todo de Dios, no podemos poner la confianza en el apoyo que nos puedan prestar los demás, por solo y perdido que uno se encuentre. Hay que recurrir siempre y en todo a Dios, que es el único que nos quiere de verdad y nos puede ayudar eficazmente12. Para lo cual es imprescindible intensificar, en tiempo y en profundidad, la oración que nos acerque a una luz que Dios nos quiere dar en el silencio y que por otros cauces nunca obtendremos.

A. Sinceridad y simplicidad

Conservamos frecuentemente la tendencia, que teníamos de niños, de invalidar el resultado de un juego cuando nos es desfavorable y pretender empezar de nuevo con el fin de ver si cambia el resultado y sale a nuestro gusto. Algunos problemas de la vida cristiana no son tales, sino consecuencia de que no nos gusta lo que el Señor nos pide. Una forma de resolver esa discrepancia es magnificar los problemas y convencernos de que debemos resolverlos haciendo un profundo discernimiento espiritual, con la intención inconsciente de que el resultado nos sea más beneficioso. En general, todo discernimiento debería iniciarse por plantear si el asunto a tratar es un verdadero problema y no está resuelto; para lo cual conviene quitar la hojarasca con la que solemos envolver lo esencial.

En esta parábola [el fariseo y el publicano] Jesús indica el camino a recorrer por todo aquel que quiera conocerse a sí mismo. No es raro que los hombres quieran evidenciar sus valores, sus méritos, sus dones y sus incomparables virtudes. Buscan un tipo de conocimiento de sí mismos que les haga grandes a sus ojos y ante los demás. Frecuentan las personas que elogian sus cualidades, mientras huyen de y se irritan contra aquellos que les critican y que les echan en cara sus defectos y sus lados oscuros […] El conocimiento de uno mismo en el Espíritu Santo, lleva siempre a reconocer la presencia del mal y del pecado13.

Hemos de tomar siempre en consideración que todo lo que sea alambicar las cosas no es evangélico ni sirve para la elección, que debe discurrir siempre por el camino de la simplicidad. Con facilidad nos complicamos y complicamos a los demás: tensamos, justificamos, reprochamos, culpabilizamos, enredamos… No se puede elegir correctamente desde la complicación. Hemos de ser simples antes de ponernos a discernir. La razón por la que ésta es condición necesaria para el discernimiento es que Dios es simple y, por tanto, las cosas de Dios son simples y los planes de Dios también son simples.

Si todos los «Ejercicios Espirituales» son un tratado para poner orden en la vida, hay en ellos un «tratado dentro de otro tratado» en la guía concisa sobre cómo hacer una «elección», que Ignacio inserta en medio de su texto. Su primer principio es que «el ojo de nuestra intención debe ser simple», que es traducción directa del dicho de Jesús en el Sermón de la Montaña: «Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras». Necesitamos una vista clara y un ojo sano para ver, para distinguir, para disfrutar del color y la forma y la vida, para discernir los caminos del espíritu y descubrir la senda que lleva a las alturas. La mirada, la claridad, la intención; el saber lo que quiero, desearlo y hacerlo. La brújula del alma, y el camino de las estrellas en los cielos. Y luego no dudar y no doblar. La ruta firme y el caminar constante. Una vez que la meta está clara, resulta sencillo el caminar. El «ojo simple» hace que todo se vea claro. Por lo menos hay camino14.

La simplicidad como elemento básico para discernir es especialmente importante cuando el discernimiento se realiza en momentos de especial confusión o ante realidades que nos parecen particularmente complicadas. Hemos de considerar, con fuerza, que la obra de la propia salvación tiene a Dios como principal protagonista y a nosotros como mínimos colaboradores. Y resulta muy consolador en momentos de oscuridad o desconcierto saber que el gran artífice de mi salvación no vive en el desconcierto, la oscuridad o las complicaciones; para él todo es claro y simple. Por eso, resulta enormemente peligroso que proyecte sobre él mis dudas, incertidumbres o angustias, en lugar de tratar de proyectar sobre mí su paz y su visión simple y serena. Debemos ser conscientes de todo aquello que nos presiona para evitar tratar de resolver las cosas como si Dios nos exigiese hacerlo con urgencia, cuando eso no tiene nada que ver con Dios, que nunca tiene prisa. Él es siempre paz y simplicidad, pero especialmente en medio de las realidades más duras, oscuras o desconcertantes, en las cuales está presente y actúa con infinito amor y delicada providencia para impulsarnos hacia su amor. Nuestra colaboración a su obra, la parte pequeña pero importante, debe consistir en descubrir esa presencia y ese amor, evitando que el objetivo fundamental de nuestra acción sea liberarnos de los problemas y evitar a toda costa cualquier sufrimiento.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños (Mt 11,25).

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Os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas (Mt 10,16).

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En consecuencia, lo verdaderamente importante es entrar en la simplicidad de lo que somos y tenemos -en el aquí y ahora- para descubrir que la acción de Dios está muy por encima de nuestra realidad limitada y que sólo abandonándonos en sus manos podemos alcanzar la eficacia de la acción divina15.

La sinceridad es tan importante que nos garantiza el fruto del discernimiento, incluso si nos equivocamos. Eso no significa que se trate de un instrumento mágico, sino de un medio del que se sirve Dios. Él es quien nos descubre su voluntad; y lo hace a través de nuestro trabajo de búsqueda en la fe. Pero como él es el que nos da el resultado, lo hace no en función de que concluyamos materialmente bien el proceso de discernimiento, sino de la actitud interior de búsqueda sincera y en fe de la voluntad de Dios. De tal modo que si, a pesar de esa actitud, nos equivocásemos en el trabajo material de discreción, podemos confiar en que Dios no dejará que nuestro error se plasme en nuestra vida apartándonos de su voluntad.

Objetivamente, puede que me confunda. Pero el Señor no nos pide, ¡gracias a Dios!, que acertemos siempre. Lo que nos pide es que seamos siempre sinceros, siempre fieles a lo que entendemos ser su voluntad, dentro de nuestras posibilidades16.

B. Actitud inicial de amor y fe

Ante cualquier situación de la vida ordinaria que requiera discernimiento es esencial partir de una disposición inicial que mantenga y defienda claramente que nada importa salvo Dios, sin excepciones. Ni lo que yo siento o veo, ni lo que quiero o vivo…; nada mío tiene importancia. Ni siquiera el sufrimiento que, al fin y al cabo, no es más que eso, sufrimiento; algo limitado y pasajero. Lo único que importa es el amor.

¿Y los problemas? Realmente el único problema que puede existir consiste en que Dios no sea lo más importante en nuestra vida. Claro está que amar en medio de la oscuridad y la incertidumbre no es fácil; pero no tanto porque entrañe una dificultad esencial, sino como consecuencia de que se entiende por amor el sentimiento, la experiencia sensible del amor o la constatación de determinados resultados. Eso es lo difícil. Sin embargo, resulta simple y natural -aunque pueda doler- dar el humilde paso en el amor sencillo de cada instante. Esto siempre es posible y no tiene nada de problemático. Es el amor del pobre; amor que no se nota, que pasa desapercibido, pero que consuela el Corazón del Señor e inunda lo profundo del mundo de la luz de Dios. Amor que consiste simplemente en dejar que las cosas sean lo que son, en dejar actuar a Dios a través de mi silencio, mi humilde sonrisa, mi sencilla receptividad. Nos atascamos fácilmente porque queremos cambiar las cosas, a los demás y a nosotros mismos. Hay que aceptar la realidad, sin engañarnos, ni buscar compensaciones o manipular, porque Dios actúa en la realidad. Se trata de algo tan simple como no ofrecer resistencia al mal, renunciando a cambiar el mundo con mi fuerza, para que el mal pierda toda su fuerza y se transforme en paz y redención. Es, en definitiva, el misterio de la Cruz. Es lo mismo que sucede con las olas del mar: que tienen delante un acantilado que se yergue poderoso y retador, se estrellan contra él y acaban rompiéndolo; pero la playa, sin oponer resistencia, doblega a las olas y las amansa. Debemos buscar siempre la mansedumbre de la humilde playa, para que se rompa en nosotros la tensión del mundo y del mal y se cambie por la serenidad que permite que nos abramos a la verdad luminosa de Dios.

No basta con que la persona discerniente sea piadosa y devota. Puede que Dios juegue un papel significativo en la vida de una persona pero que no se dé en ella un verdadero interés por cumplir su voluntad. De hecho, uno puede ser un fanático obsesionado con Dios y con la gloria de Dios y estar simplemente aferrado a su propia idea de Dios y su voluntad. Esto, por supuesto, no es desear la voluntad del Señor. Pero es un peligroso engaño que ha causado mucho sufrimiento en la historia de la religión y en la vida de los individuos. Para de verdad desear hacer la voluntad de Dios uno debe estar realmente abierto a Dios, a un Dios que es siempre misterioso y muchas veces sorprendente y perturbador, como tanto repetía Kierkegaard.

Todos nosotros hasta los mejores nos encontramos con que nuestras ideas sobre Dios con frecuencia nos impiden el experimentarlo como Él se revela a sí mismo. Esto, creo yo, era el problema con los fariseos, que no podían discernir acertadamente la persona y misión de Jesús, y la invitación que les ofrecía, porque estaban cegados por sus ideas preconcebidas y sus propios apegos. Eran religiosos celosos pero, quizás sin darse cuenta, buscaban a «Dios y a sus ideas» en lugar de a «Dios solamente». Incluso los apóstoles, el día de la Ascensión todavía preguntaban: «Señor… ¿vas a restaurar el reino de Israel?» (Hech 1,6). Habían estado con Jesús todos esos años, escuchando su doctrina y admirando sus milagros, y aún no le conocían, no lo entendían. Sus propias nociones judías acerca del mesianismo y el reino todavía llenaban sus mentes y bloqueaban su razón. La verdadera apertura es un don de Pentecostés, tanto en sus vidas como en las nuestras. Debemos pedirlo y el Espíritu nos lo dará. Hasta que no estemos de verdad abiertos al Señor no podremos discernir. No es de extrañar que la persona realmente orante encuentre que la oración del padre del muchacho endemoniado es lo que más le viene a los labios: «Creo Señor pero aumenta mi poca fe» (Mc 9,25)17.

Al estar basado en la fe, el discernimiento verdadero no es un método automático para dar seguridad a nuestras decisiones. Ciertamente la fe posee una cierta seguridad, pero muy distinta de la que nos concede el mundo o cualquier mecanismo humano psicológico o de cualquier otro tipo. La fe nos da la seguridad que proviene de Dios, que es fruto del encuentro personal con Cristo y la experiencia de su amor, que es una poderosa luz que recibimos en medio de la oscuridad humana. Por eso podemos hablar del «claroscuro de la fe» porque cuando uno entra en esa relación personal con Cristo se ve sumergido en el deslumbramiento que produce la irrupción de lo divino en los moldes humanos, un deslumbramiento que semeja oscuridad, pero es todo luz, paz y gozo; eso sí, no es la luz que produce el control de las cosas o la evidencia de los razonamientos humanos, sino la luz de Dios, que nos saca de todo control y seguridad humanos para cegarnos con su luz e iluminar nuestra vida con la fe y el amor.

Cuando queda un escape, una alternativa, una retirada cubierta, la fuerza de voluntad flaquea y tiende a escapar. No es probable que yo me entregue con toda el alma cuando sé que tengo otra opción, que tengo la retirada asegurada; pienso espontáneamente que si el primer enfoque no resulta, siempre puedo acogerme al segundo, y esa seguridad no me deja entregarme de corazón al primero. La entrega total moviliza todos mis recursos; en el juego a medias no llego a hacerme justicia a mí mismo […] La entrega total saca a la luz todos mis recursos, despierta mis facultades y enciende mi fe. Cubrirse la retirada es, a fin de cuentas, falta de fe. Falta de fe en Dios que dirige mi vida, y en mí que la vivo. Y la fe a medias no es fe. La fe, si es verdadera, se entrega del todo, sin dudas y sin reservas. La fe no se corta en porciones. O creo o no creo. Y si creo, quiero ser lógico y comprometerme, con todo lo que soy y tengo, a la empresa total de Dios en mi vida. Conozco la paciencia de Dios, y de ella vivo. Y conozco también la impaciencia de querer aprovechar lo mejor posible el cupo de existencia que me toca y no desperdiciarlo en las idas y venidas de la indecisión. El camino recto sigue siendo la distancia más corta entre dos puntos18.

Por otra parte, el discernimiento evangélico no se orienta hacia el futuro, que no existe, sino al presente, al hoy en el que se nos da la presencia de Dios. Por eso la fe lleva al auténtico sentido de la providencia divina, que no nos garantiza el futuro, sino que nos proporciona la gozosa confianza en que Dios está siempre con nosotros amándonos con su infinita ternura de Padre. Esto no tiene nada que ver con la idea que tienen muchos cristianos, que piensan que cuando uno tiene un problema pueden acudir a Dios y él se lo resolverá automáticamente y a su gusto. La providencia no consiste en eso, sino en la seguridad de que Dios no me abandona en las dificultades, sino que se hace particularmente presente y actúa a mi favor. No soluciona a mi gusto los problemas, sino que me ama con un amor único que me une a Cristo crucificado e ilumina sobrenaturalmente toda mi vida. Así pues, hemos de elegir si queremos resolver o evitar los problemas o, por el contrario, encontrarnos con Dios.

C. Dios en todo

Íntimamente ligada a la fe está la conciencia de la presencia de Dios en todos y en todo, lo que constituye una certeza de enorme importancia para poder buscar y descubrir la voluntad de Dios en toda ocasión y aplicarla de manera segura a nuestra vida.

Bonhöffer, que escogió para su obra maestra el serio título «Lo que cuesta ser discípulo», dijo en ella: «¿Hay alguna parte de tu vida que aún rehúsas entregar a Dios, una pasión baja, una enemistad quizá, algún deseo o ambición, o tu propia razón? Si es así, no ha de extrañarte que no hayas recibido el Espíritu Santo, que la oración se te haga difícil o que tu petición de fe quede sin respuesta. Antes ve y reconcíliate con tu hermano, rechaza el pecado que te atenaza… y entonces recobrarás la fe. Si no atiendes a la palabra del precepto de Dios, tampoco recibirás la palabra de su gracia. ¿Cómo puedes pretender entrar en comunión con él si en algún aspecto de tu vida te estás escapando de él? Quien no obedece no puede creer, pues sólo la obediencia engendra la fe. Nadie ha de sorprenderse de que la fe se le haga difícil mientras quede alguna parte en su vida en la que conscientemente siga resistiendo o desobedeciendo el mandamiento de Jesús»19.

La vida, con sus vicisitudes, tiende a arrastrarnos a una visión meramente humana de la realidad. La mirada sobrenatural que reclama el discernimiento debe vencer la permanente tentación que acompaña al sufrimiento y que trata de empujarnos a prestar una gran atención a los acontecimientos dolorosos o desconcertantes con los que nos encontramos. Quienes buscamos habitualmente al Señor y pretendemos hacer de él el centro de nuestra existencia tratamos de vivir la presencia de Dios en la vida ordinaria; pero cuando aparecen este tipo de acontecimientos, desviamos la mirada del Señor, atraídos por la fuerza de las realidades adversas; y lo hacemos como algo natural, como lo único que se puede hacer en esas circunstancias. Cuando suceden este tipo de situaciones difíciles, más o menos importantes, nos parece normal que, tanto nosotros mismos como los que nos rodean, nos permitamos centrarnos en ellas y creer que nos justifican para entrar en la angustia, el temor, la inseguridad, el miedo o las añoranzas. De ese modo, nos permitimos angustiarnos por el pasado o agobiarnos por el futuro.

No nos damos cuenta de que el mismo hecho de que podamos cambiar de mirada y de centro de atención demuestra que no existe un Absoluto incuestionable en nosotros. No vemos que, realmente, esos acontecimientos tienen una importancia muy relativa. De este modo, olvidamos que cualquier hecho, del tipo que sea, no es otra cosa que la trasparencia del amor de Dios en nuestra vida concreta. Los acontecimientos con los que nos encontramos, pequeños y grandes, gozosos o dolorosos, tienen que servirnos para expresar de una forma clara que Dios es nuestro centro único y absoluto; de modo que no existe nada que tenga importancia frente a esa realidad fundamental. Entonces, la preocupación por el futuro, el dolor, todo lo que supone una enfermedad, un conflicto personal, etc., todo eso se convierte en ocasión privilegiada para seguir adelante exactamente igual que antes, demostrándole al Señor que «no pasa nada», por grave que parezca lo que sucede. Ningún acontecimiento, por importante, desconcertante, doloroso o trágico que sea o que parezca, puede limitar de ninguna manera esa centralidad del Señor en nosotros, de modo que nada ni nadie pueda hacerle sombra a él como nuestro absoluto indiscutible.

Es preciso salvar, en la práctica, la conciencia de la presencia del Señor en toda circunstancia, sin dejar que ningún sufrimiento nos saque de esa conciencia, porque estaríamos afirmando, contra el acto de fe inicial, que ese sufrimiento es más importante que Dios. No podemos permitirnos el lujo de dejar que los sufrimientos nos saquen de esa visión, para lo cual hemos de mantener permanentemente el esfuerzo de volver a ella constantemente. Es necesario un ejercicio ascético que en toda ocasión diga «gracias» antes de saber qué va a pasar, porque suceda lo que suceda sabemos que ahí está el Señor amándonos.

Así pues, lo importante en cualquier asunto en el que me veo involucrado en la vida no es el acontecimiento material de que se trate, sino la presencia del Señor en medio de ese acontecimiento. Y esa presencia debo acogerla como el lugar y el momento propicio para hacer el acto de adoración y amor que el Señor espera de mí. No se trata tanto de renunciar a hacer lo que normalmente debería hacer, sino de afirmar otro tipo de acción. He de servirme del acontecimiento que vivo en ese momento para llevar a cabo una acción que podemos resumir en los siguientes elementos:

  • -Por una parte, el reconocimiento de la presencia y la acción del Señor en ese mismo acontecimiento.
  • -Junto a eso, el agradecimiento por todo lo que sucede y sucederá, aceptado como recipiente de esa presencia y acción.
  • -Además, la adoración del Señor en ese momento y circunstancia.
  • -Y, finalmente, el abandono, gozoso y confiado, en sus manos.

En definitiva, el discernimiento no es otra cosa que reconocer un hecho como expresión del amor del Señor y convertirlo en medio para darle una respuesta de amor en forma de entrega absoluta de todo lo que soy y tengo.

Como resultado de todo debe aparecer la paz, que garantiza el «discernimiento» de esa presencia divina en lo humano. Una paz, que no es la mera tranquilidad, sino una serenidad sobrenatural que me inunda y lo llena todo; de modo que ya no me importa lo que haya pasado ni lo que me pase después. Ésa es la fuente de la libertad sobrenatural propia del discípulo del Resucitado.

D. Pobreza humana y acción de Dios

La fe nos descubre que existe un proyecto ambicioso de Dios para cada uno de nosotros. Él nos da la gracia para que vislumbremos un horizonte por el que luchar y al que dirigirnos y, además, nos guía, nos acompaña y nos da fuerzas para intentar alcanzarlo. Ciertamente es fundamental que empeñemos en este asunto todas nuestras energías; pero eso no puede empañar lo más mínimo el hecho de que casi todo es obra de Dios. Realmente toda la obra es suya, y lo único que nosotros podemos aportar, como fruto de nuestra libertad, es el asentimiento para que él la realice. Un asentimiento que exige la humildad de reconocer que sólo él es el artífice de la salvación y la pobreza de aceptar nuestra incapacidad radical para hacer algo que sólo Dios puede hacer. Si queremos conocer y aceptar la voluntad de Dios, tenemos que ser conscientes de nuestra pobreza, manifestada principalmente en las limitaciones que nos resultan inaceptables, porque la pobreza es lo único que tenemos y lo que Dios espera que le demos. Fuera de esa aceptación no es posible que se realice en nosotros el proyecto de Dios.

Ante el sufrimiento normalmente reaccionamos oponiendo resistencia y atacando. El Espíritu Santo nos empuja a hacernos «blandos», permeables al sufrimiento, a renunciar a toda resistencia. Ése es el espíritu de las bienaventuranzas. Entonces, los golpes podrán herir nuestro cuerpo o nuestra sensibilidad, pero no tocarán nuestra alma: la atravesarán sin dañarla, como un cuchillo atraviesa el aire sin dañarlo. A través de la oración el Espíritu Santo nos sumerge en la dulzura de la vulnerabilidad hasta que caigan todas las resistencias y nos hagamos tan blandos que el mal no pueda herirnos. Paradójicamente, aceptar la debilidad y la pobreza nos hace invulnerables; pero, precisamente por eso, el pobre lo puede todo en el Señor, es libre y puede hacer elección. En el fondo no se trata simplemente de no resistir al mal, sino abandonarnos al Espíritu Santo, dedicando las energías que perdemos en resistir al mal para usarlas en abandonarnos al Espíritu. Él nos llama a arrojarnos al vacío de la confianza; y no nos pide otra cosa que cedamos al vértigo de ese vacío y nos arrojemos a él.

Pero esta disposición al abandono en manos del Espíritu Santo exige que nos mantengamos en una actitud permanente de atención a su presencia y su acción, lo cual nos obliga a la ascesis que supone renunciar a «contemplar» las realidades humanas. Nuestros enemigos -el mundo, el demonio y la carne- nos empujan a fijar nuestra atención en las realidades humanas, sobre todo en las negativas y dolorosas, para que las contemplemos obsesivamente y así poder controlarnos a nosotros a través de ellas. De este modo, se hace imposible la contemplación de Dios y, consecuentemente, también se hace imposible su acción en nosotros. Debemos aprender a vivir con los pies en la tierra, viendo lo que sucede a nuestro alrededor, pero con el corazón en Dios, contemplándole sólo a él. Esto reclama una opción decidida por renunciar a toda atención o curiosidad por cualquier cosa que no sea responsabilidad directa mía o algo orientado a Dios y a la salvación, porque no tengo tiempo ni fuerzas para ello.

Para quien tiene fe, este planteamiento es claro, pero sólo en teoría. En la práctica solemos actuar, con frecuencia, como si fuéramos los protagonistas del proyecto de salvación y de su consecución. Como si pudiéramos conocer la voluntad de Dios con nuestro «método», olvidándonos de que la voluntad de Dios es una revelación. Y sólo por el camino de la pobreza llegamos a descubrir la verdad del plan de Dios, el sentido de la gracia que lo hace posible y la verdad de nuestra condición de criaturas, incapaces radicalmente de alcanzar por nosotros mismos la meta a la que somos llamados.

Sólo podremos abrirnos eficazmente a la acción de Dios en nosotros para poder descubrir su voluntad si aspiramos en serio a la pobreza evangélica, renunciando a las seguridades, los protagonismos, los resultados, etc., y también a las compensaciones, culpabilizaciones y justificaciones que empleamos para huir de nuestra pobreza. Sólo esta renuncia nos coloca en la actitud necesaria para poder acoger la verdad y permitirle que dé fruto. Cuando no tenemos nada lo tenemos todo porque lo tenemos sólo a él. Esa pobreza nos da la libertad necesaria para vivir en estado de discernimiento.

Hemos de ser conscientes de que el Señor no espera que lo resolvamos todo, ni siquiera que resolvamos algo, simplemente desea que pongamos en sus manos nuestro pobre granito de arena para que, con él, produzca el fruto que quiera; sólo hemos de buscar que nos haga pobres para que pueda servirse de nuestra pobreza como instrumento de su poder eficaz. Esto le da al creyente una actitud vital de humildad que empapa toda su vida y demuestra fehacientemente que es un verdadero buscador de Dios. Por el contrario, el tono de vida autosuficiente demuestra que la persona que lo posee no pretende otra cosa que cumplir su propia voluntad y, probablemente, que los demás y Dios mismo también la cumplan.

[La persona que quiera discernir en verdad] tiene que ser humilde porque las situaciones de fe son oscuras, y porque nuestro discernimiento siempre se ve entorpecido por nuestro propio pecado. San Juan de la Cruz dice que una de las señales más seguras del progreso interior es la creciente consciencia de nuestra propia maldad. Si trasladamos esto al campo de las decisiones, el alma realmente discerniente deberá estar siempre marcada por una sana duda de sí misma y por una disponibilidad para ser guiada por el Señor a través de otros. Por eso, la obediencia jugaba una parte tan importante en los planteamientos medievales sobre el discernimiento. Y aún hoy, cuando ponemos más énfasis en la madurez y responsabilidad personal del dirigido, esa docilidad que es fruto de la humildad, sigue siendo una señal crucial del genuino discernimiento20.

E. Silencio y adoración

Íntimamente unido a la fe y a nuestra pobreza está el silencio. De hecho, la pobreza es, en el fondo, una forma de silencio. Por eso, hay que hacer silencio para que pueda resonar la voluntad de Dios. Es a lo que, con la brevedad que posee, nos invita la Pequeña Regla: «Aprende, por medio del silencio, a discernir la voz de Dios de entre todas las voces y sonidos que te llegan»21.

El silencio caracteriza la búsqueda de la voluntad de Dios y configura nuestra vida como un acto de adoración por el que le reconocemos como el Señor absoluto de nuestra vida y le entregamos cuanto somos y tenemos como expresión de amor abnegado y adorante. Por lo tanto, para que el discernimiento sea verdaderamente evangélico tiene que realizarse claramente desde la actitud del que es pobre y justo, conoce la verdad y, fiel a su conciencia, se acoge a Dios como su único apoyo. Entonces su fuerza no está en el reconocimiento exterior, sino en el convencimiento interior y, por tanto, se apoya no tanto en el respaldo de los demás como en el de la propia conciencia y de lo que es verdad ante Dios. Se coloca, por tanto, en otro nivel: un nivel diferente del de las razones, los argumentos o la justicia terrena. Ese salto es el silencio: todo se acalla porque, desde la aceptación de mi pobreza, todo lo que no es Dios pierde importancia, se silencia y se simplifica; y de este modo se eliminan las interferencias que impiden el discernimiento.

El trabajo espiritual de elección tiene mucho de silencioso, tanto en su realización como en su conclusión. El discernimiento lleva a descubrir la voluntad de Dios, y su consecuencia es cumplirla lo más fielmente posible. No se pueden dilapidar las energías que hay que poner en ese cumplimiento en notificar a los demás las decisiones tomadas, hacer propaganda de ellas o justificarlas ante terceros.

F. Apertura a Dios en oración

La oración es el ámbito en el que resuena la voluntad de Dios y el clima en el que «se cuece» el discernimiento. A la vez, la oración es la garantía de la elección evangélica, porque es ahí donde el Señor emplea su pedagogía para mostrarnos su voluntad y atraernos a él. Es cierto que la inclinación o facilidad hacia algo puede ser indicativa de la voluntad de Dios, pero lo más importante para garantizarnos que eso que vemos es de Dios es nuestro nivel de oración. Cuando Dios quiere algo de nosotros hace que la oración sea especialmente profunda o consoladora en la medida en la que nos acercamos o cumplimos su voluntad. La «connaturalidad» en el discernimiento depende en gran medida del modo y el tiempo de oración. Si no descubrimos y mantenemos una oración profunda y prolongada, resultará muy difícil descubrir la voluntad de Dios sobre realidades concretas que nos preocupen.

El Altísimo nos hace conocer su voluntad a través de múltiples formas. No sólo la voluntad general que afecta a nuestra santificación y a los medios para conseguirla, sino también, aquella particular que nos indica, paso a paso, la dirección a seguir en el inmenso y peligroso océano de la vida. El lugar concreto donde esta voluntad se manifiesta es nuestro corazón. La postura interior para percibirla es la de la oración. En efecto, ¿cómo podremos conocer lo que Dios nos pide día tras día, si no es en un íntimo diálogo con Él? Es necesario disponer el alma a la oración para poder comprender la voluntad del Padre celeste y obtener la fuerza para realizarla, con una decisión firme y perseverante. Respecto a esto, Jesús nos ofrece un ejemplo extraordinario, en la dramática oración del monte de los Olivos22.

Pero no sirve cualquier modo de oración; sólo la verdadera oración es el clima propicio para el discernimiento. Es imposible encontrar luz en nuestra vida por medio de una oración que sólo mantenga la materialidad del tiempo y del lugar, pero que se niegue a aceptar la verdad y la pobreza de la vida. Y viceversa, si no queremos ver la voluntad de Dios, ni siquiera estaremos dispuestos a reconocer que no queremos mirar, la oración será imposible y sólo podremos distraernos y dormirnos en el tiempo que dedicamos a orar.

Uno de los efectos de la oración es que transforma nuestra forma de mirar la realidad. Por dura o difícil que sea nuestra situación en un determinado momento, la oración nos sitúa en la mirada de fe que nos descubre que en esa situación lo único que importa es que cumplamos la voluntad de Dios y le demos gloria. Ciertamente vamos a la oración desde nuestra realidad concreta, quizá cargada de dolor o desconcierto, atrapados por nuestro amor propio y nuestras pasiones, pero en contacto con el Señor vamos descubriendo, de manera serena y consoladora, el «sólo tú» que da verdadero sentido a nuestra vida. Y ahí aplicamos esa luz a nuestra voluntad y la orientamos a hacer realidad el señorío absoluto de Dios en nosotros y todo lo nuestro.

A partir de ese señorío de Dios se ordenan y relativizan todas las realidades, y orientamos nuestra atención a lo verdaderamente importante. Esto no es algo que surja espontáneamente en nuestro interior, tan amenazado y determinado por influencias externas e internas, sino que es consecuencia de la oración. Quizá, en última instancia, orar consista en eso: en darle espacio a Dios en nosotros hasta que ocupe todo el espacio, de modo que todas las demás realidades deban colocarse en él para que tengan sitio en nuestra vida. Solamente la contemplación apasionada y la adoración de Cristo como el Señor, nuestro absoluto, puede darnos la libertad frente a todo, a todos y a nosotros mismos, que nos permita descubrir y cumplir en cada momento su voluntad.

Esta actitud de adoración es lo que distingue al verdadero cristiano, puesto que manifiesta que de verdad Cristo es el Señor indiscutible de su vida, lo cual es prueba de que vive de la fe y busca sinceramente cumplir la voluntad de Dios. En definitiva, el cristiano sólo podrá ser libre en la medida en que se someta absolutamente a Jesucristo, entronizándolo como Señor absoluto de su vida, lo que le exige vivir en permanente «estado» de adoración, colocando todo en segundo plano y rescatando la soberanía del Señor, de modo que se pueda expresar, con toda verdad: «Señor, sólo tú, siempre tú y en todo tú». Y aquí es donde encontramos la verdadera libertad evangélica.

Evidentemente esta libertad tiene un precio. No podemos encajar la voluntad de Dios en nuestros esquemas, sino al revés: hemos de encajar todo lo nuestro en su voluntad; más aún, nosotros mismos hemos de encajar en esa voluntad. Y ese cambio resulta doloroso porque exige la renuncia a realidades que nos son muy queridas o, incluso, que consideramos esenciales para vivir. La verdadera adoración nos hace renunciar a intentar controlar a Dios e incluso a renunciar a controlar nuestra propia vida. Por eso exige que paguemos el precio que supone arrancar de nuestro corazón todas esas realidades -buenas o no tan buenas- que tanto nos importan, pero que no son Dios. Ahí es donde la verdadera oración produce el cambio interior que nos va liberando de esas ataduras y nos hace libres para aceptar el dolor de nuestro corazón, amenazado por la invasión de la gracia, y abrirnos a la voluntad de Aquél que sabemos que más nos ama y en cuyas manos estamos y está nuestra propia gloria.

Discernir no consiste únicamente en saber lo que debe hacerse, sino en hacerlo poniéndose a la escucha y al servicio de Cristo. A la pregunta «¿Qué debo hacer?» Jesús no dio una respuesta directa. Primero hay que abandonar lo que se posee y ponerse a seguir al Señor. Entonces se sabrá23.

Esto debe ser el tono habitual de nuestra oración, pero debe hacerse especialmente intenso en los momentos o situaciones de mayor dificultad, porque aumenta la presión y nuestra libertad se ve más amenazada. Lo cual nos obliga a superar la desgana espiritual o el dolor que nos puedan producir ese tipo de situaciones, e intensificar la oración en tiempo y profundidad. Sólo así podremos atravesar los conflictos en paz y libertad o dejar que los conflictos nos atraviesen sin dañarnos, colocándonos en el lugar dónde no nos afecta su golpe.

Y, finalmente, hemos de apuntar la importancia que tiene el examen de la oración para realizar el discernimiento. De hecho, podríamos decir que el discernimiento de espíritus depende en gran medida de este examen; y lo mismo puede decirse, aunque de manera algo diferente, del discernimiento espiritual. El examen de la oración, tan recomendado por san Ignacio24, permite al creyente tomar conciencia de los frutos de la oración; razón por la cual hemos de evitar terminar la oración y marcharnos a los asuntos ordinarios como quien cierra un paréntesis para empezar otra cosa. Se puede hacer dedicando un tiempo a ese examen o habituándonos a crear un modo de transición entre la oración y la vida, por medio de ese examen, como ejercicio de oración y de vida. Así la oración no será un paréntesis en nuestra vida real que nos saca de la misma.

El examen de la oración es útil porque de cuando en cuando permite ver por medio de qué sentimientos el Espíritu Santo habla al corazón y por medio de qué sentimientos Dios suscita sus pensamientos. Asimismo, uno se puede dar cuenta mejor de dónde opone resistencias, a qué se está aferrado, dónde se dan testarudeces o complacencias sensuales… Se llega así a un notable conocimiento de sí bajo el aspecto espiritual25.

G. Amor a la verdad

Puesto que buscamos la voluntad de Dios, la clave imprescindible desde la que hay que realizar cualquier discernimiento debe ser la verdad. No puedo construir la obra de Dios si no es desde la verdad de quién es Dios, lo que desea de mí y lo que soy yo en realidad. Aquí hemos de aplicar las palabras del Señor: «Si permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,31-32), consciente de que para mantenernos en el discernimiento permanente necesitamos también la actitud constante de dejarnos poseer por la verdad.

Sólo a partir del descubrimiento de la verdad de nuestra situación podremos iniciar la búsqueda de la verdad del camino por el que hemos de caminar. Se trata de dejar que aflore nuestra verdad, porque es la verdad que llama a la verdad de Dios, y viceversa. Esa verdad tiene dos elementos que hay que aceptar constantemente: el consuelo que proporciona la luz de la verdad y el dolor que produce ser iluminados por dicha luz.

Al buscar el camino que indica la verdad hemos de ser conscientes de que lo único que el Señor nos pide consiste simplemente en la fidelidad al camino que él quiere que recorramos. Por lo tanto, nuestra preocupación no debe ser otra que descubrir qué tenemos que hacer y tratar de hacerlo con toda el alma. El tiempo que se necesite, el trabajo que debamos invertir, así como el resultado que se obtenga es asunto que compete sólo a Dios.

La conciencia permanente de la verdad que exige la discreción evangélica reclama que tengamos siempre ante nuestros ojos, como una especie de plantilla de nuestra realidad, formada por nuestras condiciones personales, limitaciones psicológicas, defectos dominantes, carácter, hábitos que hemos adquirido, circunstancias en las que se desarrolla nuestra vida, etc., como elementos que, en mayor o menor medida, consciente e inconscientemente, están influyendo sobre nuestra visión de las cosas, sobre nuestra percepción de la gracia y sobre nuestras decisiones. Por esta razón hay que conocer muy bien estos condicionantes y tenerlos en cuenta para compensar adecuadamente su influencia y mantener la libertad imprescindible que requiere el discernimiento. Esa plantilla hay que tenerla en cuenta en todas las decisiones y sobre ella hay que colocar todos los acontecimientos. Y eso hemos de hacerlo sin inquietud o agobios, reavivando el acto de fe que nos hace ver que Dios es más fuerte que todo eso. La apuesta firme por esta visión de fe es la clave fundamental que nos permite encajar la mirada humana sobre la realidad con la luminosidad de la visión sobrenatural.

H. Vivir el momento presente

Entramos ahora en uno de los aspectos neurálgicos del discernimiento evangélico en la vida ordinaria. Cuando hablamos de «discernimiento» no podemos evitar pensar en decisiones de asuntos futuros, lejanos o inmediatos; sin embargo, en este punto hemos de tener muy presente que lo único que existe realmente, lo único que está a mi alcance, es el momento presente. Por esa razón, podemos afirmar que el «lugar» de nuestra vida y nuestra historia en el que actúa Dios es el aquí y ahora de mi vida concreta, con lo que soy y tengo. Y es ahí donde debemos concentrar todas las energías para discernir la voluntad de Dios; de otro modo, cualquier preocupación por el futuro supone una huida del presente, con lo que se hace imposible un verdadero discernimiento.

Esto afecta muy especialmente al discernimiento espiritual u ordinario, pero también al discernimiento de espíritus o sobre mociones interiores. En este último resulta legítimo poner la mirada en un objetivo futuro, como es una determinada vocación o misión a la que Dios nos llama. Sin embargo, el discernimiento ordinario se dirige al descubrimiento de la voluntad de Dios en el momento presente; para lo cual hace falta que se implique toda nuestra persona y se concentre en el aquí y ahora como el «lugar» sagrado donde Dios nos manifiesta su voluntad. Sólo manteniendo una profunda actitud de apasionada búsqueda y adoración podremos entrar en la manifestación que Dios quiere hacernos de su designio concreto para cada momento de nuestra vida. Vivir la fe supone concentrarnos en el momento presente. Por eso, el discernimiento espiritual se hace en el presente y para el presente. Por lo tanto, la pregunta que condensa cualquier discernimiento ordinario es: «¿Qué quiere Dios de mí aquí y ahora?».

Solamente aceptando la voluntad de Dios en el instante presente podemos tener una garantía evangélica de que nuestro futuro se va a desarrollar según el plan de Dios, puesto que el futuro no existe aún, y se va haciendo presente en la suma continua de cada momento. Sin esta visión es natural que nos agobiemos por lo que nos puede deparar el futuro e intentemos controlarlo; para lo cual tomaremos las decisiones actuales que nos parecen más convenientes. De este modo, convertimos el momento presente en un simple instrumento del control del futuro, que es el fin que pretendemos; y esto es incompatible con la vida de fe, el sentido de la providencia cristiana y la búsqueda de la voluntad de Dios dentro de ella.

Hemos de tomar conciencia de la necesidad que tenemos de controlar nuestra vida, tanto en el presente como en el futuro. Esto es algo natural y universal. Pero este deseo de controlar el futuro impide absolutamente que podamos hacer discernimiento evangélico porque nos impide la atención prioritaria a Dios, que se muestra, actúa y nos habla en el presente. Sólo en el aquí y ahora podemos escuchar su voz y tomar decisiones evangélicas. Y si salimos del instante presente caeremos necesariamente en la búsqueda de nuestros planes e intereses, por mucho que revistamos esa búsqueda de un aparente discernimiento, que se demuestra falso porque lo que buscamos es garantizar que nuestro futuro responda a nuestras expectativas. Al final acabamos intentando controlar a Dios por medio del discernimiento.

Esta actitud, bastante generalizada entre los cristianos, se podría resumir del siguiente modo: «¿Qué tengo que hacer ahora para conseguir que, en el futuro, se haya resuelto tal problema o logre determinada meta social o apostólica?». Sin embargo, la verdadera pregunta debería ser la siguiente: «¿Qué espera Dios de mí en este momento y lugar, más allá de mis planes y mi preocupación por un futuro que no puedo controlar porque está en las manos de Dios?».

Todo esto tiene especial importancia cuando tiene que ver con realidades dolorosas o desconcertantes sobre las que debemos hacer discernimiento. No podemos negar que la verdad que nos descubre la fe pasa ineludiblemente por el escándalo que supone el mal en sus diferentes formas y manifestaciones. Existe una verdad -la nuestra, con minúsculas- que se nos impone, con la fuerza de sentimientos o presiones, en medio de los acontecimientos más desconcertantes o dolorosos. Y existe la Verdad -la de Dios, con mayúsculas- que nos muestra la asombrosa maravilla de la misericordia de Dios hecha gracia concreta para cada momento y circunstancia de la vida. Es algo que debe inundarnos de gozo y gratitud.

Todo lo que rodea a una desgracia, una enfermedad o un conflicto nos aporta un significativo ramillete de diferentes formas de sufrimiento: incertidumbre, miedo, dolor físico, humillación, soledad, etc. Al margen de la gracia, todo eso puede resultar una experiencia difícil de aguantar, y, si somos capaces de hacerlo, es al precio de mucho dolor interior y angustia. En esas situaciones difíciles nos planteamos el futuro de forma confusa, complicada e imposible, cuando lo que deberíamos hacer es buscar lo que es claro, sencillo y posible en ese momento. Se trata de abrazar la pobreza de lo poco que puedo hacer ante esas dificultades.

Sin embargo, cuando uno se lanza confiadamente al lago ardiente de la Misericordia descubre que todo ese conjunto de penalidades no existe realmente. En rigor sólo existe la circunstancia que se da en el aquí y ahora; lo demás pertenece al pasado o al futuro, de modo que no tienen una verdadera existencia real y no nos afectan existencialmente. Y si nos colocamos en esta perspectiva, que es la verdadera, descubrimos que lo único que importa es mantenernos abandonados a la gracia en cada instante, viviendo el momento presente como la única y verdadera ocasión que tenemos para dejarnos llevar por el Espíritu a la unión con Cristo crucificado y darle así gloria al Padre.

Si nuestra atención y nuestro interés se centran en reconocer la presencia del Señor en el momento presente, con el fin de amarlo y adorarlo allí, uno experimenta que esa adoración es la puerta de la gracia actual para vivir a Dios en nuestra vida. A veces hablamos de esto, pero, con frecuencia, lo aplicamos a la vida en general, a períodos de la misma o a determinados acontecimientos significativos. Pero Dios, cuyo tiempo no coincide con el nuestro, no se nos comunica normalmente en los períodos y fases que nosotros consideramos importantes, sino en el humilde y despreciado «momento presente», un instante sin apenas valor, perdido en la inmensidad de nuestras horas, días y años. Es ahí donde él regala la gracia de la unión divina a quienes buscan reconocerlo y adorarlo precisamente ahí, que es donde se encuentra.

Vivida así, la vida es asombrosamente gozosa. Y esto se experimenta con más fuerza cuando ese «momento» es particularmente duro o doloroso, porque el gozo de la gracia crea un paradójico contraste con el sufrimiento en el que se recibe.

Además, esta gracia no es una realidad informe o genérica, sino un don construido con asombrosa precisión para responder exactamente a lo que necesitamos en ese instante. Y es muy importante que sepamos que esta gracia no la recibimos para entender, para disponernos o para sufrir ningún acontecimiento futuro que pueda preocuparnos, sino sólo para el momento en que se necesita y para lo que se necesita en ese instante; eso sí, de manera desbordante y extraordinaria. Es una experiencia de cruz de la que uno no quisiera salir y que le hace desear más dolor si ello supone tanta misericordia.

Esto nos plantea una serie de cuestiones que no podemos eludir: ¿Cómo descubrir la voluntad de Dios en medio de tanto mal como vemos en nosotros y a nuestro alrededor? ¿Cómo ser libre ante tantas presiones y ataduras como nos amenazan? La clave del asunto está en el realismo propio de la fe, que podemos descubrir mirando a los modelos que tenemos en este campo: el primero es, evidentemente, Jesús, pero también lo vemos en María y en los santos.

Para responder a las preguntas que nos hacíamos debemos plantearnos, de nuevo, más cuestiones: ¿Cómo resuelve Jesús el problema de ser fiel al Padre y mantenerse alegre en medio del mal? ¿Qué hacen él, la Virgen y los santos para mantener una mirada realista ante la fuerza del mal y vivir iluminados por el gozo y la esperanza de una fe naturalmente optimista? Y tenemos que responder que, sencillamente, hacen lo que tienen que hacer, sin preocuparse de más. Cuando uno hace lo que puede, tratando de cumplir la voluntad de Dios, no deja de ver el mal que le rodea, pero lo ve sin tensión y con alegría, porque no se centra en el juicio de personas o de cosas, sino en el cumplimiento de la voluntad de Dios, que es lo que le hace libre frente a todo, incluso frente al mal que habita en él o que le rodea. El mecanismo interior que sustenta la libertad y el gozo evangélicos es, simplemente, hacer en el momento presente lo que debo hacer de cara a Dios. Eso evita la mirada al futuro para eludir el presente y el juicio del mal para eludir la acción.

Cuando uno se orienta, absoluta y efectivamente, a agradar a Dios en todo, entra en la experiencia de la auténtica eficacia sobrenatural que le descubre que su vida tiene pleno sentido, que está aportando al mundo el mayor bien posible y que está venciendo eficazmente al mal. Ésta es la fuente de la alegría, la esperanza del cristiano y la expresión concreta de su fe en Dios en el aquí y ahora. El que tiene esta actitud concentra en ella todas sus energías y no tiene ningún deseo de malgastarlas en juicios estériles, ya sean positivos o negativos, porque sabe que lo positivo es vivir y actuar evangélicamente, que es la única forma de garantizar el verdadero y definitivo triunfo del bien sobre el mal.

Ciertamente existe el problema de hacer compatible esta visión, evangélicamente optimista, con responsabilidades de autoridad o formación respecto de los demás, que exigen el juicio adecuado de unas realidades a menudo negativas. Pero en estos casos, el juicio que debe hacerse, aunque sea duro o negativo, nunca se queda ahí, sino que está abierto a la acción evangélica; de modo que quien descubre el mal a su alrededor, utiliza esa misma visión para reconocer la necesidad de actuar con tanta mayor fidelidad a la gracia cuanto mayor es ese mal que ve. Y, además, una vez hecho el juicio, pasa a la acción evangélica, evitando quedarse en una visión negativa de la realidad.

Resumiendo lo dicho hasta aquí, podríamos afirmar que la clave de la vida evangélica y el clima del discernimiento consisten en vivir el momento presente, aceptando todo y ofreciéndoselo todo a Dios, haciendo lo que buenamente podamos y abandonándonos a la gracia que vamos a recibir.

I. Arraigados en la Iglesia

Según vamos avanzando en nuestra materia quizá podamos hacernos una idea del discernimiento como un ejercicio personal que llevamos a cabo en solitario. Nada más lejos de la realidad. La búsqueda de la voluntad de Dios que realiza cada uno responde al llamamiento que Dios nos hace para que descubramos lo que él mismo nos manifiesta. De modo que no se trata de embarcarnos en solitario en una tarea en la que hemos de alcanzar un misterio escondido para el que no tenemos referencia alguna. Ya hemos dicho que estamos ante un ejercicio de fe, lo que vincula esencialmente nuestro trabajo al Dios que nos habla en una Palabra viva que resuena auténticamente en la Iglesia.

Además, sólo la Iglesia nos ofrece al verdadero Cristo, a cuya identificación aspira cualquier discernimiento, y sólo ella nos da con garantía la gracia de Dios para unirnos a él. Por eso, el conocimiento del Hijo de Dios se concreta en la verdadera fe vivida en la Iglesia, en la oración comunitaria y en una sólida formación cristiana. Fuera de la Iglesia el discernimiento nos aboca al subjetivismo o al iluminismo.

Uno puede que quiera hacer la voluntad de Dios, pero no tiene ni idea de cómo descubrirla. Puede que tenga muy buenos deseos pero que no posea un serio conocimiento de Dios y de sus caminos. En este caso, tampoco sería posible el discernimiento. Una fe comprometida debe ser también una fe iluminada, una fe fundamentada en un conocimiento sólido y experiencial de la persona a la que me comprometo y entrego. Si no la conozco, raramente puedo saber lo que le agrada26.

Podríamos decir que ningún cristiano puede buscar la voluntad de Dios en solitario, porque sólo lo puede hacer como miembro de un Cuerpo vivo que camina a través de la historia buscando a Dios y tratando de cumplir su plan de salvación universal. Esto quiere decir que el Evangelio, tal como lo ha interpretado la Iglesia a través de los tiempos, arropa, ilumina y consuela cualquier discernimiento personal. Y lo mismo cabe decir de los santos, que muestran claramente cómo ha vivido la Iglesia el Evangelio en cada momento histórico; ellos son hermanos de nuestra búsqueda y nos estimulan con su ejemplo a seguir adelante.

No sería cristiano pensar que podemos tomar decisiones evangélicas al margen de la Iglesia, porque como piedras vivas que somos de ella, la búsqueda de la voluntad de Dios para nuestra vida y la fidelidad en el cumplimiento de dicha voluntad, no sólo clarifica e impulsa nuestra vida personal, sino que impulsa y santifica a la Iglesia toda. Debemos dejarnos empapar por el clima de discernimiento que la Iglesia necesita para ser fiel a Cristo y no dejarse arrastrar por el mundo, y, a la vez, ayudamos a mantener ese clima aportando un discernimiento auténtico de la voluntad de Dios.

3. La connaturalidad en el discernimiento

Al igual que andar nos resulta natural, pero hemos de aprender a hacerlo, la clave fundamental del discernimiento habitual en la vida ordinaria consiste en alcanzar esa connaturalidad con los valores evangélicos que es propia de la mirada de Jesús. Esta connaturalidad permite el discernimiento de una forma natural, simple, espontánea y al ritmo de la vida. Para entrar en esa visión sobrenatural hay que saber que existe, desear, pedir y disponerse a recibir la misma mirada que tiene el Señor, que es un don suyo que él quiere dar a todo el que desea descubrir su voluntad de verdad. Cuanto mayor sea el deseo de cumplir su voluntad, más claro será el don de esa mirada. En este sentido, el discernimiento espiritual se diferencia del discernimiento «de espíritus» porque no necesita de reglas para llevarse a cabo, y es un don del Espíritu Santo que hace que podamos conocer de forma clara y sencilla la voluntad de Dios sobre algo concreto de nuestra vida, y es fruto, no tanto de la experiencia o de la razón iluminada por la fe, sino de la familiaridad con Dios y la experiencia del modo en el que actúa27.

El discernimiento es, tradicionalmente, de los espíritus; y se realiza aplicando las Reglas de discernir. La discreción, en cambio, es un término más general, que abarca también el «discernimiento» que no se hace por aplicación de las Reglas de discernir, sino ‑por ejemplo‑ «por connaturalidad». Pero ¿qué queremos indicar con este último término (connaturalidad)? Vale de la discreción lo que Santo Tomás dice de la sabiduría: «El tener juicio acerca de las cosas divinas por investigación de la razón pertenece a la sabiduría que es virtud intelectual; pero el tener juicio recto de ella según cierta connaturalidad con las mismas, pertenece a la sabiduría en cuanto es don del Espíritu» [Cfr. Suma Teológica, II-II, q. 45, art. 2, in c, y lugares paralelos]. Por tanto, también hay dos maneras de discreción: una, que es «virtud intelectual» y que se realiza por la aplicación de las reglas de discernir; y otra, que es «don» (o carisma) del Espíritu, y que procede «según cierta connaturalidad»28.

Este discernimiento permanente que hay que realizar en la vida cotidiana precisa de una unión, también permanente, con Cristo, que tiene como fundamento una intensa vida de oración y un fuerte anhelo de cumplir su voluntad. Cuando a cada paso voy decidiendo según mis gustos, criterios y conveniencias, no puedo pretender conocer con claridad la voluntad de Dios en una decisión que a mí me interesa en un momento determinado. Este discernimiento por connaturalidad no se improvisa, ni se puede conseguir con un esfuerzo de última hora. De hecho, aunque se haya tomado la decisión correcta por medio del discernimiento de espíritus, no se garantiza el cumplimiento de la voluntad de Dios si no se adquiere la connaturalidad que permite llevar a cabo en la vida ordinaria aquello que se ha visto.

El que humildemente purifica cada día su mirada para descubrir con ojos de fe la voluntad de Dios en cada acontecimiento de su vida, podrá discernir en la vida cotidiana sin complicaciones, de forma casi espontánea. Se cumple en él la bienaventuranza de los limpios de corazón que ven a Dios (cf. Mt 5,8)29. La verdadera oración, la unión con el Señor, la obediencia a su voluntad nos hace capaces de percibir de forma «natural» la voluntad de Dios. Esta connaturalidad es fruto de la oración, aunque no se trata de una revelación extraordinaria que se dé en la misma, sino que el trato y la presencia del Señor crea un vínculo con el Señor más allá de las palabras, y esa connaturalidad afectiva es la que ilumina lo que debemos hacer. Para adquirir este discernimiento por connaturalidad sirve de muy poco el ejercicio teórico de descubrir lo que Dios quiere sin sentirnos obligados a realizarlo. Es mucho más eficaz el verdadero anhelo del que busca una y otra vez la voluntad de Dios para ponerla en práctica.

Según vamos «conociendo» al Señor en el sentido bíblico, no solamente vamos desarrollando esa finura intuitiva para saber qué es lo que le agrada en situaciones concretas sino que vamos adquiriendo también un aire de serenidad ante las cosas, un tono de paz y sosiego para aceptar los acontecimientos y vaivenes de la vida. La luz y la oscuridad llegan a ser aspectos integrantes de una misma realidad. Nuestra vida no es un montón de elementos desconectados y dispersos sino un conjunto unificado e integrado30.

Para llegar a esto es necesario que nos acostumbremos a distinguir habitualmente las cosas que son de Dios por su «sabor», desarrollando un cierto «gusto», que nos ayuda a diferenciar el sabor de las cosas del mundo y el que es propio de las cosas de Dios.

Todos los ejercicios de discernimiento tienen, en efecto, la finalidad de adquirir una actitud constante de discernimiento. Hay una gran diferencia entre el discernimiento como ejercicio espiritual dentro de un momento de oración y la actitud de discernimiento adquirida ya como habitus, como actitud constante y orante a la cual llevan todos los ejercicios de oración. La actitud de discernimiento es un estado de atención constante a Dios y al Espíritu, una certeza experiencial de que Dios habla, se comunica y de que ya mi atención a Él es mi conversión más radical. Es un estilo de vida que invade todo lo que soy y lo que hago. La actitud de discernimiento consiste en vivir constantemente una relación abierta, es la certeza de que lo que cuenta es fijar la mirada en el Señor y de que no puedo cerrar el proceso de mi razonamiento sin la posibilidad objetiva de que el Señor se pueda hacer oír (precisamente porque es libre) y así me haga cambiar de idea. La actitud de discernimiento es lo que me impide ser testarudo: no me puedo encerrar en mi razón, porque yo no soy mi propio epicentro, sino el Señor, a quien reconozco como la fuente de la cual proviene todo y hacia la que todo confluye. La actitud de discernimiento es, por tanto, una expresión orante de la fe, en cuanto la persona permanece en esa actitud de fondo de reconocimiento radical de la objetividad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, personas libres, es decir, lo que constituye la fe31.

La vida de oración resulta de enorme importancia para adquirir la connaturalidad32, puesto que ésta es consecuencia de la unión de la oración y la vida; algo que podríamos resumir así: Vivo en permanente diálogo con el Señor, consciente de que está presente en mí y es providente en toda circunstancia; y esta oración continua me permite reconocer a Dios, que me sale al encuentro en todo y me lleva a responderle amándole y adorándole en todo. Aquí tenemos, en el primer momento, el discernimiento permanente, que da lugar, como consecuencia, al nuevo estilo de vida propio de la santidad.

Además, a través de la oración, vamos desarrollando la «memoria» de la salvación y la presencia del Señor en la propia historia. Forma parte del trabajo de la oración recuperar nuestra verdadera historia, la que crea la acción y de la gracia de Dios en nosotros, y eliminar la historia falsa, manipulada y culpabilizadora, que nos destruye. Desgraciadamente se trata de algo a lo que no se le presta la suficiente atención en la vida espiritual. No cabe duda de que Dios actúa constantemente en nosotros, de muchas maneras, para ayudarnos a llevar a cabo su plan personal de salvación para el que nos ha creado. Esta verdad nos exige una atención y sensibilidad para que no se nos pierdan en el inconsciente estas gracias, lo que supone que debemos buscar, descubrir y analizar los diferentes modos de presencia y acción de Dios en toda nuestra vida, comenzando por el pasado, para sensibilizarnos con el modo de hacerse presente y actuar que tiene Dios y poder descubrirlo en cada momento33.

El hombre avanza en la medida en que, guiado por el Espíritu, lo vive todo como una referencia habitual a su relación amistosa con Dios y a partir de ahí va creciendo y juzga todas las cosas desde el consuelo de la devoción. Esta es la impresión afectiva predominante en la que nadie se podrá entibiar34.

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Una vez cuando estaba visitando a mi familia en U.S.A., salí de compras con mi madre. Ella quería comprar a mi padre una corbata para el día del padre. Después de ojear toda una sección llena de corbatas en seguida seleccionó cuatro o cinco que le pareció le gustarían a él. Las examinó más detenidamente y eligió la que sabía que más le iba a gustar. ¡Y acertó! A mi padre le encantó aquella corbata. Estaba claro que ella sabía lo que a él realmente le gustaba. ¿Por qué? Sencillamente porque habían compartido la vida durante cuarenta años y ella poseía ese «conocimiento de connaturalidad» producto del amor […] Por mucho que yo quisiera a mi padre, jamás habría podido elegir tan certeramente lo que a él le agradaba. Yo hacía muchos años que no vivía en casa, y el conocimiento experiencial de mi padre era evidentemente menor que el que tenía mi madre. De ahí que el discernimiento de la voluntad de Dios dependa de nuestra vivencia, de nuestro conocimiento experiencial de Él […] En este sentido, discernir por amor y elegir corbatas son algo parecido. Discernimiento es el fruto de un largo «vivir con» el Señor, lo mismo que el acierto de mi madre sobre qué corbata gustaría más a mi padre dependía de su vida compartida durante 42 años. En ambos casos, el continuo y amoroso contacto con el amado es lo que puede proporcionarnos esa delicadeza. Personas que se han querido y han vivido muchos años juntas saben leer entre líneas, saben responder a las más mínimas indicaciones de lo que agrada o desagrada a la persona que aman. Saben leer en los ojos lo que no se han dicho con los labios35.

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Este es, pues, el crecimiento en el Espíritu: un crecimiento de la personalidad que va integrando cada vez más todas sus relaciones y cuya identidad se estructura siempre más en el interior de todas las esferas concéntricas del conocimiento de sí en la expansión. De modo gradual, la conciencia de la presencia y el poder del Espíritu Santo y de la sensibilidad total a todas sus llamadas, se va haciendo cada vez más clara y constante, incluso aunque no se le aplique la atención de modo inmediato. Eso quiere decir Ignacio cuando habla de «encontrar a Dios en todas las cosas». Dios se convierte en un clima en el que se está viviendo de continuo, un ambiente penetrante en el que se está siempre actuando, el horizonte constante en el que se ven siempre todas las cosas. Al final de su vida, Ignacio afirmaba que podía volver su atención a Dios a voluntad, encontrar a Dios siempre que lo deseaba. Por el crecimiento en el Espíritu, que no se realiza de golpe, sino mediante una fidelidad, una oración y un auténtico discernimiento continuo, somos progresivamente conducidos a la plena conciencia de la presencia y la fuerza del Espíritu Santo dentro de nosotros36.

Todo esto no sirve sólo para el discernimiento espiritual, sino que es también la prueba de que la vida cristiana es verdadera y se realiza un auténtico avance espiritual. La connaturalidad con la voluntad de Dios, la percepción de su presencia y su amor en la propia vida de manera consciente y simple es una de las garantías más fiables de la verdadera vida evangélica. A ello debemos aspirar siempre y de manera absoluta, al margen de su importancia para ver y cumplir el designio de Dios sobre nosotros.

Dios no sólo está cerca, sino dentro de nosotros, más cerca que nuestro mismo corazón. Está en mí «dándome ser, animando, sensando, y haciéndome entender…, haciendo templo de mí». Idea otra vez ésta fundamental en San Pablo. Dios vive en mí, obra en mí y, por consiguiente, Dios ve en mí y habla en mí y ama en mí… y, en el contexto presente de vivir y escoger y la ecuación entre los dos, Dios escoge en mí. Esta es la cumbre de la «elección». Dios presente en mí, actuando en mí y tomando decisiones conmigo y en mí. Yo siento su presencia, conozco sus gustos, siento sus inclinaciones y cedo en el centro de mi alma al soplo de su Espíritu. «Hágase en mí». Que él haga, que él mueva, que él escoja. Ese es el resumen de todo el proceso, el fin de los treinta días [de Ejercicios Espirituales], la plenitud de la vida del hombre. Dios obra en mí. Cristo vive en mí. El conoce la voluntad del Padre, y con cariño y cuidado la lleva a cabo delicadamente en mis entrañas. Ese es, en su expresión última y sublime, el arte de escoger37.


NOTAS

  1. La predisposición a la gratitud se basa en la fe firme de que Dios está en todo; por eso, si no soy capaz de decir de antemano y espontáneamente «gracias» ante cualquier situación, es que no tengo la actitud que permite el discernimiento permanente.
  2. Fanzaga, El discernimiento espiritual, 46.
  3. Vallés, Saber escoger, 30.
  4. Green, La cizaña entre el trigo, 72-73.
  5. Se trata de mantener en la vida el acto de adoración por el que decimos a Dios: «¡Sólo tú!», sin dejar que nuestras reacciones desmientan nuestra adoración. Esta elección de Dios como absoluto es lo que sustenta la oración y lo que alimentamos en ella: orar es actualizar el acto de fe por el que elegimos a Dios como absoluto; de manera que, si nuestra oración no es expresión del «sólo tú», no es realmente oración.
  6. No estamos, en realidad, ante algo distinto de la elección de Dios, porque Dios me ha elegido a mí con mis características y circunstancias.
  7. De nuevo esta elección de mí mismo -necesaria para el discernimiento- tiene mucho que ver con la autenticidad de la oración: si no aceptamos nuestra realidad y no vemos a Dios en ella, la oración se convierte en el diálogo de un falso yo con un falso dios. No es oración.
  8. Recuérdese cómo san Pablo une la conducta digna del Señor, conocida por el discernimiento, y el crecimiento en el conocimiento de la voluntad de Dios: «Por eso también nosotros, desde que nos enteramos, no dejamos de orar por vosotros y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esa manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificando en toda obra buena, y creciendo en el conocimiento de Dios» (Col 1,9-10).
  9. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 136-147.
  10. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 149-157.
  11. C. Viard, Un «sí» incondicional, en J. Gouvernaire (y colaboradores), Guiados por el Espíritu (a la hora de discernir), Santander 1984 (Sal Terrae), 116-117.
  12. Cf. Rupnik, El discernimiento, 117-121, que al hablar de «La memoria de la salvación en Cristo, principio del discernimiento», contrapone la persona que no ha experimentado el encuentro fundante con Dios y el que sí lo ha tenido.
  13. Fanzaga, El discernimiento espiritual, 157.
  14. Vallés, Saber escoger, 64-65.
  15. Tomado del retiro de nuestra web: «El discernimiento evangélico en los momentos críticos», apartado: «Discernimiento y simplicidad».
  16. Green, La cizaña entre el trigo, 84-85.
  17. Green, La cizaña entre el trigo, 74-75, que cita aquí a San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 1.169.
  18. Vallés, Saber escoger, 92-93.96-97. En las p. 93-96 ofrece un interesante ejemplo.
  19. Vallés, Saber escoger, 76-77.
  20. Green, La cizaña entre el trigo, 83.
  21. Pequeña Regla, 20.
  22. Fanzaga, El discernimiento espiritual, 148-149.
  23. Gouvernaire, Guiados por el Espíritu, 81.
  24. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 77.
  25. Rupnik, El discernimiento, 85-86.
  26. Green, La cizaña entre el trigo, 76-77.
  27. Cf. H. Martin, Discernement des esprits, en Dictionnaire de Spiritualité, Tome 3, V. Discernement des esprits et direction spirituelle, 1285.
  28. M. A. Fiorito, Discernimiento y lucha espiritual, Bilbao 2010 (Mensajero), 16.
  29. Cf. también Mt 6,22-23: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».
  30. Green, La cizaña entre el trigo, 204-205.
  31. Rupnik, El discernimiento, 55-56.
  32. «Los criterios evangélicos son asimilados por el cristiano a través de la meditación y contacto oracional con Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo. Ellos van creando esa connaturalidad, la familiaridad que facilita el discernimiento espiritual» (M. Ruiz Jurado, El discernimiento espiritual. Teología, historia, práctica, Madrid 2002 (BAC), 32).
  33. Véase la interesante reflexión de Rupnik, El discernimiento, 117-121, titulada «La memoria de la salvación en Cristo, principio del discernimiento».
  34. S. Arzubialde, Ejercicios Espirituales de S. Ignacio. Historia y Análisis, Bilbao-Santander 1991 (Mensajero-Sal Terrae), 751.
  35. Green, La cizaña entre el trigo, 77.80-81.
  36. J. C. Futrell, El discernimiento espiritual, Santander 1984 (Sal Terrae), 94-95.
  37. Vallés, Saber escoger, 180.