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Los pecadores de la última hora

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Introducción

Jesús realiza su misión de buscar a los pecadores para perdonarlos y sanarlos hasta el último momento de su vida. Después de rescatar a Pedro con su mirada, empezará la parte más dura del sufrimiento físico de la pasión del Señor: las burlas de los soldados, la flagelación, el vía crucis, la crucifixión y la agonía en la cruz.

Ciertamente, Jesús entrega su vida en la cruz por todos y cada uno de los seres humanos. La pasión es la gran obra del que ha venido a traer la misericordia de Dios para los pecadores: «Cristo murió por nuestros pecados» (1Co 15,3). En la cruz, Jesús está rescatando a la humanidad caída y reconciliando el mundo con Dios.

Pero eso no impide que desde la cruz siga buscando con su mirada a pecadores allí presentes a quienes perdonar. No deja de mirar con ojos de misericordia a los que le están clavando en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Pero vamos a contemplar a dos personajes en los que se fijó de forma especial la mirada misericordiosa de Jesús estando en la cruz. Mejor dicho, uno al que pudo salvar con la fuerza de su misericordia; y otro, al que no pudo salvar, seguramente porque no pudo fijar en él su poderosa mirada de perdón, como hizo con Pedro.

El buen ladrón

El encuentro con este último pecador al que Jesús pudo salvar antes de su muerte es sorprendente precisamente porque lo salva en los últimos momentos de la vida de Jesús y en los últimos momentos del pecador rescatado; sorprendente también porque el momento de este encuentro no es el más fácil y el más cómodo para ninguno de los dos. Jesús está en la terrible agonía de la pasión que apenas le permite respirar entre grandes sufrimientos; el pecador está al lado de Jesús sufriendo el mismo tormento.

No nos cabe duda de que el hombre crucificado junto a Jesús es un pecador. Él mismo lo reconoce, hablando con su otro compañero de suplicio: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos» (Lc 23,40-41). Estos dos hombres crucificados junto a Jesús eran ciertamente «malhechores», como los llama el evangelista (Lc 23,33). No simples ladrones, sino, con mucha probabilidad, revolucionarios celotas, que combatían el reino pagano invasor con las armas. Estos judíos intentaban imponer el reino de Dios a sangre y fuego, eliminando de la tierra de Israel a los romanos, paganos e idólatras. Seguramente eran dos compañeros de Barrabás, el que «estaba en la cárcel con los rebeldes que habían cometido un homicidio en la revuelta» (Mc 15,7), el cabecilla de alguna de las muchas revueltas contra la dominación romana, que había sido indultado en vez de Jesús. El hombre que está crucificado con Jesús no es un ladrón bueno, que hacía hurtos grandes o pequeños, con más o menos violencia, sino un hombre violento que según desde donde se le mire, se le puede denominar «terrorista» o «combatiente de la resistencia»1.

Poca simpatía podían tener en principio estos guerrilleros celotas ante el profeta de Nazaret, que había declarado bienaventurados a los mansos (Mt 5,4), que había mandado a los suyos poner la otra mejilla (Mt 5,39) y amar y orar por los enemigos (Mt 5,44), que tenía entre los suyos a un recaudador de impuestos, y que había dicho con un denario en la mano que había que dar al César lo que es del César (Mt 22,21).

Contra todo pronóstico, uno de los violentos malhechores se revuelve contra su compañero de armas que insulta a Jesús y se burla de él diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (Lc 23,39). Este malhechor que se rebela contra Jesús dice con los labios grandes verdades: Jesús es el Mesías, es capaz de salvarlos. Pero realmente se burla de él, porque el Mesías en que él creía era el jefe guerrero que iba a aniquilar a los impíos con la fuerza de las armas; y la salvación que pide a Jesús coincide con la tentación de los jefes del pueblo y los soldados -y del mismo demonio-: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido […]. Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo» (Lc 23,35.37). Las burlas de este malhechor eran lo normal, lo que cabía esperar.

Lo sorprendente es que el otro malhechor, al que solemos llamar el buen ladrón, reaccione contra las burlas de su compañero y se vuelva a Jesús a hacerle una petición totalmente inesperada: «“¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena?” […]. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”» (Lc 23,40.42).

No sabemos como podía entender este malhechor qué iba a ser el reino de Jesús, del que él quería participar. Ciertamente cree que Jesús es justo y ha sido injustamente condenado, cree realmente que es el Mesías, que se trata en verdad del Rey de los judíos. Pero ¿cómo podía imaginar ese malhechor, el luchador violento por un reino terreno, que aquel hombre condenado por las autoridades judías, crucificado, a punto de morir, iba a llegar a su reino y le iba a hacer partícipe de él? ¿Cómo pudo descubrir en Jesús al Mesías? ¿Cómo pudo pensar que el crucificado iba a entrar en su reino, cómo se le ocurrió pedir que se acordara de él? Quizá habría que decirle como a los hijos de Zebedeo: «¡No sabes lo que pides!» (cf. Mc 10,38). Pero no sucedió así.

Nos lo explica con claridad y fuerza el padre Molinié, que encontró en san Agustín la respuesta a esas preguntas:

Cuando el ladrón vio a Dios Salvador, faltaba mucho para que Jesús estuviera sentado en un trono real, o adorado en su templo. No hablaba desde lo alto del cielo, no hacía ejecutar ninguna orden por los ángeles. No es en absoluto por medio de semejantes prodigios que se hayan ofrecido a la mirada del ladrón y que le han ayudado a creer en la realidad del cielo. El ladrón ha visto a Cristo compartir el suplicio de los salteadores, eso es todo. Lo ha visto en los tormentos, y lo ha adorado como si él hubiera estado en el seno de la Gloria.

Lo ha visto sujeto a la cruz y le ha rezado como si hubiera estado sentado en el cielo. Lo ha visto condenado y levantado en la Cruz y lo ha invocado como su rey, lo ha visto, ha creído en él en el momento mismo en el que la fe de los apóstoles se tambaleaba. También mereció que le fuera prometido el paraíso. Sin embargo, cuando él creyó, ¿qué vio? «Señor, acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino» (Lc 23,42).

Le pregunta san Agustín:

-«Oh ladrón, ¿a quién dices “tu reino”? Ves a un crucificado y ¡le proclamas rey! Tienes ante los ojos el espectáculo de un hombre sujeto a una cruz y ¡tus pensamientos se dirigen hacia el Reino de los cielos!

¿Acaso, sin dar tregua a tu oficio de salteador, has sacado tiempo para leer las Escrituras? ¿Es que, mientras cometías los homicidios, has tenido tiempo de escuchar a los profetas? Todos los días estabas ocupado en derramar la sangre de tus semejantes. ¿Has tenido tiempo libre para prestar tu oído a la palabra de Dios? ¿Quién te ha enseñado a volverte filósofo de este modo? ¡Es la cruz, instrumento de tu suplicio, la que te ha hecho reconocer y proclamar el triunfo de Cristo!

Los judíos lo crucifican, aunque ellos saben la ley y los profetas, y tú que no conoces nada, ni la ley, ni los profetas, ves a Cristo condenado contigo y le proclamas Dios, ¡lo ves crucificado y lo adoras! ¿Pero quién te ha enseñado eso? ¿Quién te ha enseñado los oráculos relativos a su persona para que anuncies abiertamente la entrada próxima en su Reino al que comparte tus dolores ante tus ojos?».

Respuesta del buen ladrón:

-«La ley no me la ha enseñado nadie, los profetas no me han anunciado nada, pero el Señor que estaba delante de mí me ha mirado, y su mirada me ha traspasado hasta el fondo de mi corazón» […].

Entonces san Agustín dice que ha tenido suerte, pero también ha tenido mérito, y mucho más de lo que imaginamos. No por el hecho de ser crucificado, el mal ladrón también lo fue. El mérito del buen ladrón es decir a Jesús: «Acuérdate de mí en tu Reino» […].

Creer cuando Jesús hacía milagros y hablaba con poder suponía ya una gracia que Cristo admira en Pedro: «No es ni la carne ni la sangre la que te ha revelado eso…» (Mt 16,17). Pero ante la Cruz, Pedro ya no se atrevía a creer. En aquel momento nadie, a parte de Juan y de la Virgen, ofreció una fe sin desfallecimiento. No hablemos de los sumos sacerdotes, que estaban seguros de haber ganado la partida: «¡Que descienda de su cruz y creeremos!» (cf. Mt 27,42). Sin embargo, habían debido saber que el Siervo de Dios sería un Siervo sufriente; de algún modo les pagaban para eso. ¡O estaban jugando concienzudamente su papel, cumplir el programa previsto en los salmos y por los profetas, sin enterarse siquiera!

En el momento en el que aquellos que habrían debido saber no sabían nada, el buen ladrón reconoció al Rey de los cielos y la realización de sus profecías. Entonces san Agustín le presta esta frase que me autoriza a ver aquí la primera contemplación del crucificado: «No, yo no estaba instruido en estas cosas, no estaba preparado, no había estudiado las Escrituras, pero Jesús me miró… ¡y en su mirada lo he comprendido todo!»

¿Qué comprendió? Lo que Dios tanto quería hacernos comprender a todos, la locura de su Amor por nosotros. Aquí esta el paroxismo y el punto culminante de la revelación. El grito de Jesús expirando es el de Dios mismo gritándonos su amor, el Verbum Crucis. Dios ya no podrá decir nada más y la Iglesia lo escuchará hasta el fin de los siglos2.

Después de reconocerse pecador y de su petición -quizá un poco confusa, pero sincera-, el buen ladrón se encuentra con mucho más de lo que pide: Jesús le promete de forma solemne la salvación eterna, el paraíso, que no es otra cosa que estar para siempre con él (1Tes 4,17). En un momento encuentra el perdón de los pecados y alcanza el objetivo último de la misericordia, que es la plena comunión con Jesucristo en el cielo.

Jesús crucificado, que muere para el perdón y la salvación de los pecadores, consigue rescatar con su forma de morir y con su mirada al pecador que tiene a su lado.

Encontrarse con Jesús es, pues, al final, encontrar el Cielo en el contacto de un rostro humano, de una mirada humana: y este encuentro es un choque, un traumatismo diríamos hoy, que trastorna la vida para lo mejor o para lo peor. Comprendemos entonces que no bastaba con invitar a Jesús a comer o a discutir con él para que el encuentro se realizara: hacía falta la chispa, aquella que salta entre los ojos de Cristo y los del buen ladrón en el momento preciso en el que los apóstoles no estaban lejos de perder la fe. En este estado en el que Cristo ya no tenía aparentemente ni poder, ni hermosura, ni rostro: «soy un gusano, no un hombre» (Sal 22,7; Is 53,2-3), ningún malentendido podía subsistir y nada podía atraer hacia Jesús si no era precisamente el Padre, es decir, el Cielo: «Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino»3.

La misericordia consigue abrirse paso con fuerza asombrosa en el momento más inesperado. Jesús busca hasta el último momento a quien perdonar y llevar al cielo. Y el buen ladrón supo aprovechar su oportunidad.

Como los otros pecadores públicos, el buen ladrón ya no tiene nada que disimular ni que perder; la diferencia con ellos es que él acude a Jesús por propia iniciativa y reclama, sin saberlo del todo, la misericordia de Jesús. Al dirigirse al Señor desde la conciencia de su pecado y de su situación, se abre a la misericordia de Dios y ésta se desborda de forma súbita y generosa: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». El buen ladrón tiene lo necesario para recibir la misericordia y la salvación: el reconocimiento de su pecado, la fe en Jesús y la audacia necesaria para lanzarse con confianza en los brazos de Jesús, como diría santa Teresa del Niño Jesús4.

¿Es que Jesús no quería derramar la misericordia en el otro malhechor? No podemos dudar de ello. Pero aprendemos así la importancia de la actitud de pobreza, sinceridad y humildad para dirigirnos al Señor, con la que abrimos la entrada de nuestra vida al perdón salvador de Jesucristo; y la inutilidad de dirigirnos al Señor con quejas o reproches, que no hacen más que impedir la acción de la misericordia.

Para reproducir este encuentro in extremis del buen ladrón necesitamos tres actitudes:

1. La primera es reconocer nuestro pecado como el buen ladrón; aceptar la necesidad de la misericordia extraordinaria del Señor, para que nos saque de nuestros muchos pecados o de los pecados más difíciles que son la mediocridad y el fariseísmo.

Quizá el pecador que se salva en la última hora puede producir en nosotros rechazo como a los que habían trabajado toda la jornada en la parábola de los contratados en la viña (Mt 20,1-16). Esta forma en que se salva el buen ladrón nos recuerda la posibilidad de conversión hasta el último momento de nuestra vida como sucede con el hijo de la parábola, que al principio dice que no quiere ir a trabajar a la viña de su padre, pero al final dice «sí» (Mt 21,28-31). Y es en ese momento cuando el Señor nos recuerda que los publicanos y las prostitutas nos preceden en el reino de los cielos, precisamente porque se reconocen pecadores como el buen ladrón.

Cuando sentimos esa envidia malsana por la misericordia que Jesús tiene con el buen ladrón, se nos olvida que todos necesitamos la misericordia del Señor y que todos vamos a estar en nuestra última hora, en la que tendremos que suplicar con confianza y humildad que el Señor nos lleve a su reino.

También descubrimos en este episodio las dos actitudes que podemos tener cuando nos encontramos en nuestra propia cruz, sea el sufrimiento físico o moral, las dificultades del ambiente o las propias limitaciones: la actitud de la queja y el reproche, que nos cierra a la misericordia; o la de la súplica esperanzada al que comparte nuestra cruz y nuestro sufrimiento. De este modo, el buen ladrón nos enseña a aprovechar la ocasión de acogernos a la misericordia cuando nos encontramos en la cruz a causa de nuestros pecados.

2. La segunda actitud consiste en aprender a mirar la cruz del Señor con los ojos del buen ladrón, para descubrir en su forma de morir al justo que sufre a mi lado y por mi salvación, al rey que está a punto de conquistar para mí un reino y que quiere llevarme con él al paraíso. Ante ese Jesús sufriente, varón de dolores, manso como cordero llevado al matadero, que muere perdonando y para perdonarnos, que no se rebela ante la injusticia y ante su sufrimiento, sino que se entrega y ora al Padre…, puedo reconocer mi pecado sin miedo alguno, a él le puedo pedir el perdón de todos mis pecados con toda confianza, y puedo esperar de él que me lleve al paraíso, sin necesidad de ningún mérito, sino porque sabe perdonar con todas las consecuencias al que se acerca a él con plena humildad y confianza.

Del buen ladrón debemos aprender también a mirar nuestro propio pecado, porque con frecuencia vivimos el pecado y la reconciliación de forma egocéntrica, mirándonos a nosotros mismos de forma imperfecta e ineficaz: nos duele haber fallado a los demás y a nosotros mismos, no haber estado a la altura; confundimos el dolor del pecado por haber traicionado y ofendido al amor del Señor, con nuestro orgullo herido; nos acercamos a la confesión con temor porque nos olvidamos de que estamos ante el Jesús misericordioso de la cruz. Vamos a confesarnos como a hacer el trámite de una declaración que nos pone en orden con Dios o con nosotros mismos, pero nos olvidamos de que nos acercamos al Crucificado que nos reconcilia con Dios, cargando con las consecuencias del pecado y el sufrimiento de la reconciliación; que estamos como el buen ladrón pidiendo y recibiendo un paraíso que no merecemos, una misericordia inmerecida e inesperada que nos da el Crucificado. Jesús nos lo pone fácil, nos lo da gratis, como al buen ladrón, pero a él no le sale gratis, no le es fácil.

Tengamos el valor de mirar a Jesús crucificado por nuestros pecados, para que esa visión -que no está reservada a ningún místico- nos cambie. Pidámosle ayuda al buen ladrón, canonizado directamente por Jesús, que está ya con Cristo en el paraíso, para que nos ayude a ver en Jesús crucificado lo mismo que vio él: no sólo el justo que padece una muerte injusta y cruel, sino el que sufre la cruz con tal mansedumbre y paz, con tal entrega y dominio de sí, con tal confianza y entrega al Padre, que podamos descubrir al rey victorioso que, precisamente muriendo de este modo, está abriendo las puertas del paraíso para todos los ladrones buenos y malos que somos los seres humanos. Ver con los ojos de la fe la muerte de Cristo nos tiene que ayudar a reconocernos pecadores con toda sinceridad y humildad, y a atrevernos a pedir con toda confianza al que está crucificado por nuestros pecados que nos perdone, nos convierta y así podamos estar con él en el paraíso.

3. Y para reproducir la experiencia del buen ladrón necesitamos, sobre todo, levantar la mirada y dejar que nos afecte la mirada del Crucificado en la que también nosotros podemos comprenderlo todo: comprender nuestra situación de pecadores y comprender la profundidad de la misericordia del Señor; comprender el dolor de Jesús por nuestros pecados y por las consecuencias que tienen en esta vida y en la condenación eterna, y descubrir que ese dolor multiplica infinitamente su mirada de compasión, su ansia de salvación y su esperanza de rescatarnos cuando ni siquiera nosotros lo esperábamos.

El buen ladrón se ha convertido en la imagen de la esperanza, en la certeza consoladora de que la misericordia de Dios puede llegarnos también en el último instante; la certeza de que, incluso después de una vida equivocada, la plegaria que implora su bondad no es vana. «Tú que escuchaste al ladrón, también a mí me diste esperanza», reza, por ejemplo, el Dies irae5.

En la Cruz se hace especialmente profunda y poderosa la mirada que transformó a Mateo de publicano en apóstol, que cambió el corazón de Zaqueo, que sorprendió a la adúltera dándole una vida nueva…, que hizo que aquel malhechor comprendiera en un momento lo que ni los escribas ni los sumos sacerdotes pudieron sospechar: que realmente Dios es compasivo y misericordioso, que es un Dios loco de amor que está dispuesto a todo para librarnos de las garras del pecado que nos lleva al infierno, hasta sufrirlo en sus propias carnes para sacarnos de él.

Encontrarse con Cristo es, entonces, permitir que su mirada atraviese nuestro corazón hasta la «división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula» (cf. Hb 4,12); lo que no se concedió a todos sus contemporáneos y que, al contrario, se concede después de dos mil años a una multitud de elegidos. Los santos tienen, en efecto, el privilegio de prolongar en ellos la vida de Cristo y, en consecuencia, la mirada de Cristo, exactamente la misma mirada con el mismo poder […]. Así, la mirada de Cristo está con nosotros hasta la consumación de los siglos y cualquiera que permite que esta mirada lo atraviese, lo comprende todo en un instante, como el buen ladrón: es ese sabio incrédulo, fulminado por el rostro del Cura de Ars cuando sale de la sacristía para ir al altar… Es Alfonso de Ratisbona abatido por una aparición de la Virgen y exclamando también: «¡En su mirada lo he comprendido todo!»6.

Por medio de la contemplación tengo que atreverme a mirar a los ojos a Jesús agonizante y descubrir que me está mirando a mí personalmente con esa misericordia sufriente y esperanzada que sólo teme que yo vuelva la cabeza y no me atreva a mirarle. Debo dejarme mirar por Cristo desde la Cruz para que nazca en mí la esperanza del perdón y el deseo de la conversión. Para que luego haga mías y ponga yo en palabras lo que el ladrón descubrió sólo con su mirada y no pudo decir porque desconocía las Escrituras:

Me amó y se entregó por mí (Gal 2,20).

En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios me demostró su amor en que, siendo yo todavía pecador, Cristo murió por (cf. Rm 5,6-8).

Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó mis pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muerto a los pecados, yo viva para la justicia. Con sus heridas yo fui curado (cf. 1Pe 2,22-24).

Contemplando a Jesús, que mira y salva al buen ladrón, que me mira a mí de la misma manera, tengo que aprender a mirar al pecador, a cualquier pecador y a mí mismo que soy pecador, con los ojos con los que el Crucificado mira al buen ladrón.

Judas, el pecador buscado y no encontrado

Cómo contrapunto del buen ladrón, que descubrió en el Crucificado el amor hasta el extremo que se entrega por los pecadores para abrir las puertas del cielo, y que aprovechó la oportunidad que le ofrecía la misericordia al final de una vida de pecado, tenemos que considerar el caso de Judas, el traidor, quizá el que podríamos considerar el pecador por excelencia.

No resulta fácil entrar en el corazón y en la psicología de Judas. Nos cuesta mucho comprender las razones por las que alguien que ha sido elegido por Jesús, que lo ha conocido de cerca, que ha experimentado su amor y ha visto sus milagros y su compasión con los pecadores, con los enfermos y con los niños…, pueda traicionar a Jesús, entregándole a los sumos sacerdotes para que puedan eliminarlo.

Los evangelios dicen que era un ladrón que se quedaba con el dinero de la bolsa común que él llevaba (Jn 12,4-6). Parece que lo que le mueve a entregar a Jesús en manos de sus enemigos es el dinero (Mt 26,14-16). Pero no es fácil creer que sea el dinero la única y principal razón para traicionar a Jesús. Los evangelistas también señalan la acción del demonio en ese terrible acto que convierte al amigo y apóstol en enemigo y traidor (Lc 22,3; Jn 13,2.26). No se puede dudar de la acción del tentador en la traición de Judas, pero tampoco se puede negar su libertad: nadie está destinado al pecado y a la condenación, no somos marionetas en manos del demonio. A Judas se le puede decir lo mismo que Dios le dijo a Caín: «Si no obras bien, el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo» (Gn 4,7).

No basta el dinero ni la acción del demonio para intentar explicar la traición de Judas, si es que se puede explicar o entender que alguien traicione a Jesús. Aunque desgraciadamente esa traición se prolonga en sus elegidos a lo largo de los siglos.

Quizá, Judas, como tantos israelitas, esperaba un mesías distinto: el Salvador que liberara a Israel de la dominación de los paganos romanos y devolviera al pueblo de Dios la independencia y la fortaleza del Reino de Dios en tiempos de David; el Mesías que trajera la prosperidad y la abundancia, signo de la bendición de Dios. Quizá lo traiciona porque Jesús, el manso, el que dice que hay que dar al César lo que es del César, que hay que orar por los enemigos, le ha defraudado, no encaja con sus esperanzas. Judas puede traicionar a Jesús porque ya no le sirve para sus objetivos y esperanzas.

No podemos estar seguros de que ésta sea la razón de la traición en el caso de Judas, pero sí podemos estar seguros de que es la causa de muchos abandonos y desfondamientos en los que esperan de Jesús triunfo, comodidad y facilidades. El que siga a Jesús para evitar sufrimientos y problemas, para encontrar bienestar y beneficios, lo acabará abandonando y lo traicionará de una manera o de otra. Será entonces, cuando intentará sacar provecho económico de su pertenencia a la Iglesia y cuando el demonio entrará en él. Pero antes de eso habrá rechazado en su corazón al Jesús de las bienaventuranzas y al Jesús de la Cruz, y estará preparado para traicionarlo.

El Señor sabe quién lo va a traicionar, no se le escapa lo que hay en el corazón del que ha llamado a ser discípulo y apóstol. Lo anuncia, lo avisa y le duele: «El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!» (Mt 26,24). Sale del corazón de Jesús ese «¡ay!» de dolor por el que lo va a entregar. Un «¡ay!» que, como en el caso de los fariseos, no es una condena ni una maldición, sino expresión de un dolor, anuncio de las consecuencias de su pecado y oportunidad de conversión. Jesús sabe que Judas lo va a traicionar, no le pilla de improviso, y quiere que sea consciente de su traición: le avisa, pero no se lo impide; acepta la traición, pero no ataca al traidor ni pone a los demás contra él.

Lo que sí sabemos es que Judas se arrepintió de su pecado (cf. Mt 27,3-5): se dio cuenta de que había entregado a un inocente. Judas reconoce su error después de que los sumos sacerdotes condenen a Jesús y van a llevarlo ante Pilato para que lo sentencie a muerte. Reconoce su traición al mismo tiempo que Pedro niega a Jesús y llora amargamente su traición anunciada por el gallo.

Pero Judas, consciente ya de su traición y de sus consecuencias, viendo al inocente que afronta con mansedumbre y fidelidad la injusta condena, se equivoca en su reacción ante su pecado. No busca a Jesús, intenta arreglar lo mal hecho. Reconoce su pecado, pero no ante Jesús, sino ante los que le han utilizado para atrapar a Jesús. Intenta arreglar lo que ha hecho devolviendo las monedas a los sumos sacerdotes. Lógicamente no encuentra en ellos la solución, ni la comprensión, ni el perdón. Y, desesperado, se quita la vida. Se le olvidó lo fundamental que debe saber el pecador y el traidor que somos cada uno de nosotros: reconocer el pecado ante el Señor, aceptar que no se puede arreglar el mal que se ha hecho, que sólo se puede esperar la salvación de la misericordia de Jesús, pero ciertamente se puede esperar todo de ella. Hubiera necesitado poner en práctica la confianza en Jesús de la que nos ha hablado santa Teresa del Niño Jesús: «Aunque hubiera cometido todos los pecados del mundo (incluido el de Judas) me arrojaría con confianza a los brazos de Jesús».

Su segunda tragedia, después de la traición, es que ya no logra creer en el perdón. Su arrepentimiento se convierte en desesperación. Ya no ve más que a sí mismo y sus tinieblas, ya no ve la luz de Jesús, esa luz que puede iluminar y superar incluso las tinieblas. De este modo, nos hace ver el modo equivocado del arrepentimiento: un arrepentimiento que ya no es capaz de esperar, sino que ve únicamente la propia oscuridad, es destructivo y no es un verdadero arrepentimiento7.

¿Y Jesús? ¿Qué siente Jesús? ¿Qué hace Jesús ante Judas el traidor? Ciertamente le señala la malicia de su traición, pero sin condenas ni maldiciones. A estas alturas de nuestra contemplación ya sabemos lo que hace Jesús con los pecadores: buscarlos para perdonarles. Conocemos el poder transformador de su mirada: la que transformó a Mateo de publicano en apóstol, la que rescató a Pedro, cuando -como Judas- había traicionado cobardemente a Cristo. Esa misma mirada, sin duda alguna, era capaz de rescatar a Judas el traidor, de convertir su arrepentimiento amargo y estéril en esperanza de perdón y vida nueva.

Durante el resto de la pasión, Jesús no dejó de pensar en Judas, anidaba en su corazón el deseo de salvarlo y el anhelo de poder cruzar con él la mirada salvadora, que hubiera sido tan eficaz con Judas como con Mateo o con Pedro. El sufrimiento de Cristo en la pasión incluye el dolor por no poder perdonar a Judas, y a todos los que le traicionan -especialmente los más cercanos- y no vuelven a él porque les falta esperanza y humildad. La gran pena del Señor no es por los que traicionan y se convierten, por los «pedros» que niegan y lloran, por los que huyen de la cruz y acaban crucificados, sino por los «judas» que, habiendo conocido al Señor, no se acuerdan de su misericordia cuando se dan cuenta de que le han traicionado, y no acuden a él con su pecado y su dolor, y se desesperan como si el Jesús misericordioso que han conocido no pudiera perdonarles su pecado. Sufre hondamente por los que se dejan engañar por el demonio pensando que su pecado es tan grave que no tiene perdón8.

Ciertamente, ni podemos ni debemos reproducir la experiencia de Judas, pero sí tenemos que aprender de ella que no hay pecado ni traición que el Señor no pueda perdonar; que no podemos arreglar ni cambiar el pecado, pero tenemos un Salvador que nos espera; que el peor efecto del pecado es que nos quita la esperanza del perdón y nos aparta así definitivamente de Dios.

Lo que sí podemos y debemos hacer ante cualquier pecado, pequeño o grande, es buscar al Jesús que hemos traicionado y, al encontrarle crucificado por nuestra culpa, hacer lo que pudo y tuvo que hacer Judas: atrevernos a mirarlo, escuchar sus palabras de perdón a los que lo crucifican: «Perdónales porque no saben lo que hacen», descubrir con sorpresa cómo perdona al ladrón crucificado a su lado y esperar con una esperanza contra toda desesperanza que desde la cruz nos mire y nos descubra que no está solo ahí por nuestra traición, sino para salvarnos de ella, para rescatarnos y hacernos de nuevo amigos y discípulos.

En la oración debo tener la valentía de mirar a Cristo en la cruz y ver en ella no sólo mi pecado, sino lo que está dispuesto a hacer el que vino a buscar y salvar a los pecadores.

Oración

Señor Jesucristo, Buen Pastor,
que no das a ninguna oveja por perdida
y la buscas hasta el último momento.

Al contemplar como salvas al buen ladrón,
me lleno de alegría y de confianza
porque sé que me buscas a mí del mismo modo,
que me ofreces tu perdón y tu salvación
con la misma generosidad y eficacia
con la que llevaste a aquel malhechor al Paraíso.

Te pido, Jesús, con la intercesión del buen ladrón,
que me ayudes a mirar tu agonía en la cruz
de modo que comprenda la inmensidad de tu misericordia y la locura de tu amor salvador,
para que ese amor de cruz me atraiga a ti de forma irresistible
y me lleve a pedirte con confianza lo que no merezco,
que perdones mis pecados y me lleves contigo al Paraíso,
porque el cielo, ahora y para siempre, es estar contigo.

Mírame, Señor, como miraste al buen ladrón,
y que en esa mirada yo también lo entienda todo,
entienda tu pasión por salvarme,
tu sufrimiento ofrecido por mi pecado,
tu anhelo de que esté contigo para siempre,
tu amor que siempre me busca y me espera.

Que mi dolor y sufrimiento,
también el que me provoco con mis pecados,
no me haga cerrarme en mí mismo,
volverme contra ti,
y pedirte insensatamente que bajes de tu cruz
y que me libres de la mía,
porque es tu Cruz desde donde me esperas, me amas y me salvas,
porque es mi cruz desde donde acudo a ti,
y es en mi cruz donde me amas y me salvas.

Graba en mi corazón para siempre tu mirada de misericordia,
para que, por grande que sea mi traición,
por terrible que sea mi pecado,
acuda a ti con toda confianza,
y no caiga en el error de quedarme solo y desesperado con mi pecado.

Que, pase lo que pase,
haga lo que haga,
aunque te crucifique con mis pecados,
acuda a la cruz de la que soy culpable,
y me ponga bajo tu mirada,
para que al dolor que te produce mi pecado
no añada el terrible dolor de no poder perdonarme y perderme para siempre.

Tú, que sigues buscando a los pecadores para perdonarlos,
en todos los momentos de la historia y en cada rincón del mundo,
sal ahora a mi encuentro,
perdona mi pecado,
sana mis pasiones,
elimina mi mediocridad,
y conviérteme de verdad,
haciéndome semejante a ti,
por la sangre de tu Cruz.
Amén.

Conclusión

Aquí termina nuestro recorrido contemplando a Jesús que se acerca a los pecadores con su misericordia para salvarlos, pero no termina la tarea de Jesús de rescatar pecadores9. Para eso murió en la cruz. Y, de hecho, inmediatamente después de la resurrección tuvo que salir al rescate de los discípulos de Emaús, que vencidos por el escándalo de la cruz, abandonaron el seguimiento de Cristo y la pertenencia a la Iglesia (Lc 24,13-35); tuvo que aceptar la obstinación y la incredulidad de Tomás que se negaba a aceptar el testimonio de los apóstoles y puso condiciones al mismo Jesús (Jn 20,24-29); tuvo que derribar al celoso perseguidor de los cristianos y convertirlo en amigo y generoso apóstol (Hch 9,1-6).

Y así podríamos seguir a lo largo de los siglos, recordando y meditando los millones de personas a las que Jesús ha convertido con su mirada, ha perdonado generosamente, ha esperado con infinita paciencia, ha rescatado en el último momento: Agustín de Hipona, Ignacio de Loyola, Carlos de Foucauld…

Pero quizá, para cada uno de nosotros, la historia de perdón más importante que queda por conocer -o, a lo mejor, por realizar- sea la nuestra. Jesús quiere perdonarnos y transformarnos y nosotros deberíamos dejar que lo hiciera, por la cuenta que nos tiene y para que haya, de nuevo, una inmensa alegría en el cielo, porque Jesús ha podido perdonarnos y unirnos a él.

Si, como dice Pascal, «Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo», también hasta el último momento de la historia estará buscando pecadores a quien salvar.


NOTAS

  1. Cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Madrid 2012 (Encuentro), 187.
  2. M-D. Molinié, Quién comprenderá el corazón de Dios, 9,1, apartado El buen ladrón: M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, 144-147.
  3. M.-D. Molinié, Que mi alegría permanezca, III, 3, apartado Los hijos del reino. Conclusión: M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, X, Que ma joie demeure, Paris 2001 (Téqui), 131-132.
  4. «Sí, estoy segura de que, aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto de arrepentimiento, a echarme en brazos de Jesús, pues sé cómo ama al hijo pródigo que vuelve a él» (Manuscrito C, 36vº).
  5. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 201.
  6. M.-D. Molinié, Que mi alegría permanezca, III, 3, apartado Los hijos del reino. Conclusión: M.-D. Que ma joie demeure, 132-133.
  7. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 73-74.
  8. Puede leerse en este sentido José Luis Martín Descalzo, Siempre es Viernes Santo, Salamanca 1963 (Sígueme), 156-164: «El grito».
  9. El que hemos realizado con los retiros de nuestra web: «Necesito la salvación más de lo que creo», «Descubrir el poder de la misericordia», «Después del pecado: agradecimiento y vida nueva», «Aceptar la pobreza para recibir la misericordia» y este último: «Buscar la mirada que salva ».