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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Introducción

El pecado de Israel, al construirse y adorar el becerro de oro, es un acontecimiento que debemos contemplar con gran interés porque podemos aprender mucho de él, y además, nos mostrará con claridad lo que es esencial para Dios.

Hemos visto como aparecía el pecado de Israel en numerosas situaciones: la falta de confianza en Dios, las quejas y la rebeldía ante las dificultades…; pero todos esos pecados eran compren­sibles: la debilidad y la inmadurez del pueblo -como la de un niño- hace que se le pueda disculpar. Es cierto que Dios les había dado muestras más que sobradas para que se fiaran de él, pero cada pecado respondía a una necesidad que el pueblo quería satisfacer. No es tan fácil descubrir qué necesidad existe detrás de este pecado de la idolatría. ¿Por qué y para qué Israel se fabrica y adora un becerro de oro?

El becerro de oro (Ex 32,1-14)

Texto bíblico

1Viendo el pueblo que Moisés tardaba en bajar de la montaña, se reunió en torno a Aarón y le dijo: «Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros, pues a ese Moisés que nos sacó de Egipto no sabemos qué le ha pasado». 2Aarón les contestó: «Quitadles los pendientes de oro a vuestras mujeres, hijos e hijas, y traédmelos». 3Todo el pueblo se quitó los pendientes de oro y se los trajeron a Aarón. 4Él los recibió, trabajó el oro a cincel y fabricó un becerro de fundición. Entonces ellos exclamaron: «Este es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto». 5Cuando Aarón lo vio, edificó un altar en su presencia y proclamó: «Mañana es fiesta del Señor». 6Al día siguiente se levantaron, ofrecieron holocaustos y presentaron sacrificios de comunión. El pueblo se sentó a comer y beber, y después se levantaron a danzar.

7El Señor dijo a Moisés: «Anda, baja de la montaña, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. 8Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”». 9Y el Señor añadió a Moisés: «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. 10Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

11Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? 12¿Por qué han de decir los egipcios: “Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra”? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. 13Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre”». 14Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo (Ex 32,1-14).

Lectio


Nicolas Poussin, La adoración del becerro de oro (1633)

Dios quiere morar con su pueblo, sin eliminar el misterio que impone su santidad y su trascendencia; por eso le está indicando a Moisés en el monte las instrucciones precisas de cómo debe ser la Morada y el culto que se realiza en ella (Ex 25-31). Mientras tanto, el pueblo es incapaz de esperar lo que Dios les va a ofrecer, porque tienen otros planes acerca de su relación con Dios, puesto que no quieren renunciar a nada: quieren tener las ventajas de tener un Dios como Yahweh, sin perder las ventajas que ofrecen los ídolos de los demás pueblos, dioses que tienen un nombre, una imagen, que se pueden tocar, mover, manipular. Los israelitas han visto en Egipto las estatuas de sus dioses, que sacaban en procesión y de los que solicitaban su favor con ofrendas y sacrificios. El Dios que les ha sacado de Egipto no puede ser representado, ni controlado, ni manipulado. No quieren renunciar a un Dios poderoso como Yahweh, pero desean que, a la vez, se le pueda controlar; desean tener un Dios trascendente e inmenso, pero que pueda ser usado según su conveniencia. Quieren un dios que no sea tan celoso, que les deje más libertad.

Eso mismo nos sucede a nosotros cuando queremos obedecer a Dios, pero añoramos la libertad que tienen los demás para seguir sus caprichos.

Todos los demás pueblos que rodean a Israel son politeístas, y todos tienen unos dioses con nombres, rostros e imágenes. Dios ha accedido a darles un nombre, pero que es misterioso, que, en el fondo, oculta a la vez que manifiesta: «Soy el que soy» (Ex 3,14). Pero no les ha mostrado su rostro, ni les ha dejado fabricarse una imagen de él. Incluso cuando se acercan a Dios, como en Ex 24,9 no vieron ninguna figura (Dt 4,12.15-18). Los israelitas quieren ser como los demás pueblos y tener acceso a Dios como esos pueblos a sus dioses.

En el fondo, el deseo y la necesidad que subyace detrás de la fabricación del becerro de oro es poder controlar a Dios. Ése es el gran pecado del pueblo. No que tengan hambre o sed y se rebelen contra Dios movidos por la necesidad. Es el mismo pecado que cometieron por primera vez Adán y Eva en el paraíso y que marcó a toda la humanidad, el pecado que atenta contra el corazón del plan de Dios: «Seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal» (Gn 3,5). El gran pecado es controlar el bien y el mal a capricho, tener el poder de Dios sobre lo que es bueno y lo que es malo. Ahora, al pie del Sinaí, nos encontramos con un pecado similar. Desde luego que es un pecado de desobediencia, contra los dos mandamientos primeros de la alianza: «No tendrás otros dioses frente a mí. No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra» (Ex 20,3-4). Pero, ante todo, es un pecado de soberbia: son ellos los que fabrican a Dios y pueden manipularlo; no es ya el Dios creador y el dueño de sus vidas. Son ellos los que deciden cómo tiene que ser la apariencia de su dios, no es el Dios el que se muestra o se oculta según su voluntad; son ellos los que lo van a desvelar a su gusto. Quieren tener una imagen de Dios a su modo y conveniencia, pretenden así dominar a Dios. Y este pecado va a marcar profundamente a Israel, ya que la renovación de la alianza va a estar afectada por este pecado; y esta tentación volverá a aparecer a lo largo de la historia de Israel: ser como los demás pueblos, hacerse un dios a imagen de los otros dioses.

Para nosotros este intento de manipular a Dios tiene más profundidad porque sabemos que, desde el principio, Dios quiere darnos su imagen en su Hijo hecho hombre (Col 1,15). Desgraciadamente los israelitas no tuvieron paciencia para dejar que Dios les revelara su rostro.

En el fondo se trata de la necesidad de colocarse en el centro y en el primer lugar: no aceptan que ellos son creados a imagen de Dios y son ellos los que quieren crear un dios a su imagen.

[v. 1] La misma forma de pedir a Aarón ese nuevo dios manifiesta la malicia de este pecado, cargado de soberbia e ingratitud: hablan con desprecio de Moisés, como «ese Moisés que nos sacó de Egipto», del que no saben qué ha sido de él…, ni les importa.

Le piden a Aarón «un dios que vaya delante de nosotros». Realmente Dios había previsto esa necesidad, caminaba delante de ellos como columna de nubes o de fuego (Ex 13,21-22), y para eso les proporcionará el Arca de la Alianza que encabeza el camino hacia la Tierra Prometida y que, de hecho, va a ser la que abra las aguas del Jordán para que puedan entrar en ella a pie enjuto, tal como cruzaron el mar Rojo. Pero ahora los israelitas prefieren hacerlo a su manera, aunque Dios estaba dispuesto a darles lo que necesitaban.

[vv. 2-4] Eligen una imagen concreta para fabricarse su dios: un becerro, porque este animal reúne las dos características que los pueblos de su entorno aplicaban a Dios: la fecundidad y la fuerza. La adoración a novillos se daba ya en Mesopotamia, en Egipto (Apis) y en Canaán (Baal). Eligen una imagen típica y recurrente para representar a su dios en el mundo en que viven. Lo que están haciendo al fabricarse esta imagen es sencillamente volver al politeísmo. De hecho, en el texto hebreo aparece el término «dios» en plural: «Haznos unos dioses que vayan delante de nosotros». Pero, aunque no hubiera una intención expresamente politeísta, esta forma de manipular la divinidad manifiesta que ellos son los dueños de poner a Dios la imagen que ellos quieran; vuelven a una visión de Dios muy cercana a la de los pueblos paganos y politeístas.

La imagen de Dios que dará la Escritura en su revelación plena será muy distinta de la del toro: Cristo será el Cordero degollado (Ap 5,6), no el símbolo de la fuerza y del poder, sino de la obediencia, la docilidad, la paciencia, el sacrificio, el silencio… También se hablará de Jesús como el león de la tribu de Judá (Ap 5,5) para señalar el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, cuando Jacob bendice a Judá (Gn 49,9), y conforme a las profecías de Balaán (Nm 23,24; 24,9). Este león es fuerte, pero para salvar y proteger.

Es significativo lo que hace Aarón: fabrica el becerro con el oro de los pendientes del pueblo; el ídolo se construye con la materia que ellos ponen.

En la Encarnación, Dios tomará nuestra humanidad, lo nuestro, para hacerse cercano y mostrar su rostro. Es él quien va a hacer una figura de sí mismo tomando lo que es nuestro. La diferencia radica en que lo hace Dios por su iniciativa, con su poder y a su modo. En este momento son los israelitas los que se arrogan el poder de hacer una imagen de Dios a su gusto.

Para Dios era muy importante que, después del pecado original que había deformado su imagen a los ojos de los hombres, el pueblo que había elegido manifestara su verdadera imagen, en la que aparece su poder sobre la creación y la historia, pero que, a la vez, trasluce misericordia, cercanía y compasión. Israel, a la primera oportunidad, renuncia a esa imagen y a ese proyecto de Dios, volviendo a la imagen de Dios que le gusta, lo que está acostumbrado, lo que hacen los demás pueblos, lo que puede manipular.

A todo esto, se añade una mentira y una blasfemia: al ídolo, obra de sus manos, le pone el nombre de Dios: Yahweh.

Este engaño es muy actual. Mucha gente dice que cree en Dios o en Jesucristo, pero lo que hacen es inventarse su propio dios y ponerle el mismo nombre que al Dios cristiano. Eliminan del Evangelio lo que no les interesa y subrayan lo que les gusta. Se trata de una idolatría semejante a la de los israelitas porque se inventan su propio dios, y constituye una grave ofensa al Señor. Porque, cuando Dios ha manifestado su rostro en Jesucristo, nosotros preferimos hacernos un dios a nuestro gusto. Los gustos y los intereses de un grupo o de una persona se convierten en realidad: Dios y el Evangelio se tienen que adaptar a los valores, gustos o pecados de nuestro tiempo y de nuestra sociedad. Dios tiene que respaldar, por ejemplo, lo que ahora piensa una parte de la sociedad sobre las relaciones homosexuales o sobre la reproducción asistida. Es Dios el que debe acomodarse a nuestra visión de la realidad. Intentamos manipular a Dios. Creamos una imagen de Dios acorde a nuestros intereses, abandonando al verdadero Dios. Lo mismo que hizo Israel con el becerro de oro. Pero es también una tentación para cada creyente buscar una religiosidad más acorde con lo que le gusta y le resulta menos exigente.

Los israelitas prefirieron unos dioses más tiránicos, como son los ídolos paganos, pero que no afectaban a determinados ámbitos de su vida que quedaban a salvo de la voluntad de Dios. Yahweh, sin embargo, es el Dios de todos los ámbitos de la vida humana, sin excepción, porque él es santo y su pueblo tiene que ser santo (Lv 11,44-45; 19,2).

En nuestro mundo le damos la vuelta a ese mandato del Señor: nosotros somos débiles y Dios no nos puede exigir tanto. Es Dios el que tiene que adaptarse a nuestra mediocridad, no nosotros a su santidad.

[vv. 5-6] Inmediatamente después de fabricar el becerro se hace una fiesta: comida, bebida, música y danza…

Es lo mismo que a veces se hace con la liturgia: quitamos los elementos más profundos que nos sumergen en el misterio de Dios y su santidad para subrayar los elementos más afectivos, tangibles y prácticos. Todo lo que subraya la grandeza del misterio de Dios molesta al hombre de hoy y subrayamos los elementos meramente humanos que nos son más cercanos. El pecado de nuestro mundo tiene que ver con el de los antiguos israelitas que se hicieron una imagen cómoda de Dios y exigían a Dios que se acomodara a ella. Nos creamos un dios manipulable, con el que podamos convivir sin que nos moleste, que nos permita buscar nuestros intereses, pero sin renunciar a que nos proteja.

El Dios que les ha sacado de Egipto es incómodo, no se le puede controlar, es poderoso e inasequible, un Dios que pide demasiado porque lo pide todo.

· · ·

Merece la pena analizar la actitud de Aarón ante la petición del pueblo. Moisés, el jefe del pueblo y el interlocutor de Dios, le ha dejado al cargo del pueblo (Ex 24,14), y, en ausencia de Moisés, Aarón encuentra la oportunidad de un protagonismo que no suele tener. La gente le plantea la lejanía de Moisés y la posibilidad de desprenderse de su autoridad: no sabemos qué le ha pasado a «ese Moisés» que nos sacó de Egipto. Aarón se agarra a esa posibilidad de que Moisés ha desaparecido en el monte Sinaí y se siente con la posibilidad de hacerse con toda la autoridad de su hermano. No realiza el menor esfuerzo por mantener a los israelitas fieles a la palabra recibida, a la alianza que acaban de ratificar y que ha sido puesta por escrito y proclamada por Moisés (Ex 24). Aarón sucumbe ante la tentación de congraciarse con el pueblo y darle lo que le pide, aunque vaya contra la voluntad de Dios.

Es la tentación moderna de los pastores de agradar, de caer bien, de ser un «sacerdote del pueblo» y no un sacerdote de Dios. El pastor debe tener libertad para decir «no» a las exigencias y presiones del pueblo cuando se oponen a la voluntad de Dios: es necesario que sea consciente de que se tiene un envío y unas instrucciones que no se pueden manipular a capricho propio ni ajeno. Para que posea una verdadera libertad y pueda oponerse al pueblo cuando sea necesario debe tener una riqueza mayor que el afecto o la popularidad. A una gran mayoría, como al pueblo de Israel, le interesan curas que sean «cercanos», «agradables», «misericordiosos». En Aarón vemos el gran daño que puede hacer el pastor cuando se pliega a lo que se le pide y se opone a la voluntad de Dios. Hay que tener en cuenta que la tendencia normal de la mayoría es buscar lo cómodo y huir de la exigencia.

Cuando Moisés le pida cuentas a Aarón, éste se va a escudar en lo que el pueblo le ha pedido, y no va a reconocer que él ha elegido lo que le resultaba más cómodo y le hacía quedar bien ante el pueblo. Moisés le reprende preguntándole qué es lo que le ha hecho este pueblo para que le acarree tan grave pecado (Ex 32,21). Lejos de hacerle un favor al pueblo, Aarón le ha puesto en la situación de infidelidad que puede conllevar su destrucción. Y la respuesta de Aarón es eludir su responsabilidad y echar las culpas al pueblo (vv. 22-23). Aarón les pide el oro de sus pendientes y fabrica un ídolo. Recuerda con exactitud la petición del pueblo, pero no acepta la responsabilidad de haber fabricado el ídolo diciendo al decir «yo lo eché al fuego y salió este becerro» (v.24), como si hubiera sido algo fortuito que él no hubiera buscado.

Aquí se ve la irresponsabilidad del pastor que tiene que custodiar a su pueblo según la misión que ha recibido. Es mucho más fácil acomodarse a lo que los demás esperan y a lo que al mismo pastor le resulta fácil…, y luego eludir la responsabilidad echando la culpa a la gente o a la fatalidad inevitable del «no se puede hacer nada».

Podemos ver en la Escritura la actitud de fidelidad, contraria a la de Aarón, que había sido precisa en ese momento -y que sigue siendo necesaria hoy en los pastores-.

Todo el mundo prefiere pastores «agradables» como los adolescentes prefieren padres «comprensivos», pero lo que se necesita realmente es la fidelidad a unos valores en los que hay que educar a los hijos y a la verdad de Dios con la que hay que guiar a los fieles. No hay que olvidar que la consagración de los sacerdotes es a Dios, que es el que elige y llama, y no a los hombres, como si fueran los que deciden quiénes y cómo han de ser sus pastores, y tuvieran que estar dedicados a seguir su voluntad. El sacerdote debe ser fiel a Dios y no a los hombres.

El profeta Ezequiel define perfectamente a los malos pastores, que actúan como Aarón:

Me fue dirigida esta palabra del Señor: «Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza y diles: “¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar las ovejas? Os coméis las partes mejores, os vestís con su lana; matáis las más gordas, pero no apacentáis el rebaño. No habéis robustecido a las débiles, ni curado a la enferma, ni vendado a la herida; no habéis recogido a la descarriada, ni buscado a la que se había perdido, sino que con fuerza y violencia las habéis dominado. Sin pastor, se dispersaron para ser devoradas por las fieras del campo. Se dispersó mi rebaño y anda errante por montes y altos cerros; por todos los rincones del país se dispersó mi rebaño y no hay quien lo siga ni lo busque. Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ¡por mi vida! ‑oráculo del Señor Dios‑; porque mi rebaño ha sido expuesto al pillaje, y a ser devorado por las fieras del campo por falta de pastor; porque mis pastores no cuidaron mi rebaño, y se apacentaron a sí mismos pero no apacentaron mi rebaño, por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: Esto dice el Señor Dios: Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mi rebaño, dejarán de apacentar el rebaño, y ya no podrán apacentarse a sí mismos. Libraré mi rebaño de sus fauces, para que no les sirva de alimento”». Porque esto dice el Señor Dios: «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré. Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones» (Ez 34,1-12).

Dios deja a Aarón al frente del pueblo para que lo cuide como buen pastor, y él actúa según su interés, no ha protegido a los israelitas ni los ha fortalecido, sino que ha permitido que caigan en su debilidad.

Eso que sucedió en el Sinaí sigue pasando en la Iglesia con pastores que prefieren que la fama, el éxito, el aplauso y se acomodan a los tiempos y a las modas, a costa de que los fieles se pierdan. Un buen pastor, como un buen padre, quedará mal comparado con los que dejan hacer y no exigen nada…, pero mantiene la fidelidad a una misión, no al cariño de los fieles o de los hijos.

Jesucristo, modelo de pastor bueno, nos transmite lo que el buen pastor debe hacer:

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas (Jn 10,11-13).

Aarón no se comporta como buen pastor, sino como asalariado al que realmente no le importa el pueblo. Moisés se comportará de otra manera. La solicitud idolátrica del pueblo le viene muy bien a Dios para probar y conocer a sus dos líderes: Moisés y Aarón.

[vv. 7-10] Ahora contemplamos la reacción de Dios. Dios lo ve todo: está con Moisés y se entera de lo que está haciendo su pueblo en el campamento. Y su reacción inmediata es dolor y enfado.

Dios le dice a Moisés: «Se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto». Va a probar a Moisés haciéndole ver que los idólatras son suyos: «tu pueblo». Dios le manifiesta a Moisés lo que está haciendo «su» pueblo, y que en consecuencia sólo le queda destruirlo (v. 10). Pero parece que el Dios omnipotente le pide permiso a Moisés: «Déjame». Esto significa que Dios no quiere hacerlo sin el permiso de Moisés. Le está diciendo que, si Moisés se lo permite, les destruye. Y añade el dato final de la prueba: «De ti haré un gran pueblo». Mientras que Aarón no ha superado la prueba que supuso la petición del pueblo, Dios pone a Moisés todas las facilidades para que caiga en la tentación de dejar de ser el pastor del pueblo de Israel: de su descendencia, sólo de ella, va a construir un gran pueblo. Su descendencia no sólo va a pervivir, sino que será «el pueblo de Dios». Dios está probando a Moisés, pero esto significa que Moisés tiene un poder real sobre Dios -porque él se lo ha concedido-, que sus decisiones tienen consecuencias directas en el plan de Dios.

Dios le propone un nuevo comienzo con un nuevo pueblo, salido de sus entrañas. Es curioso que la descendencia de Moisés aparezca muy poco en el resto de la Escritura y de forma muy poco afortunada: tuvo dos hijos Guersón y Eliézer (1Cro 23,15-17), su descendencia está vinculada a la idolatría por una imagen que había fabricado Micá y que estaba en el santuario de Siló (cf. Jue 18,30-31). Dios podría haberle dado una descendencia numerosa e importante. Pero Moisés eligió otra cosa.

[vv. 11-14] Moisés responde a Yahweh suplicando en favor de su pueblo. Si Dios le había pedido permiso para destruir al pueblo («déjame»), Moisés no le da ese permiso; pero lo hace suplicando, intercediendo. Frente al valor insensato de Aarón para oponerse a la voluntad de Dios y hacer el becerro de oro para perdición de su pueblo, aparece aquí la valentía de Moisés para enfrentarse a Dios intercediendo ante él para que perdone al pueblo, negándose a unos planes que le podrían beneficiar a él.

Moisés (al estilo del padre de la parábola de Lc 15,11-32) le devuelve a Yahweh la paternidad y la responsabilidad sobre Israel: es «tu pueblo», «el que tú sacaste de Egipto», y añade «con gran poder y mano robusta» (v. 11). Moisés le presenta a Dios con fuerza e inteligencia una serie de razones poderosas para que no elimine a su pueblo:

  • -Los egipcios van a pensar que Dios no tenía intención de salvarlos, sino de destruirlos: no va a parecer ante ellos como Dios salvador, sino destructor. Los egipcios no van a tener la verdadera imagen de Dios y van a pensar que ni es salvador, ni es tan poderoso, ni cumple sus planes y sus promesas. Moisés encuentra en la defensa del nombre de Dios un argumento que tiene fuerza ante Dios (v. 12).
  • -Le recuerda la promesa hecha a Abrahán: prometió que le iba a dar una gran descendencia que iba a poseer la Tierra Prometida (v. 13).
  • -En el v. 32 aparece un tercer argumento, fuerte, arriesgado, en el que profundizaremos enseguda: «O perdonas su pecado o me borras del libro que has escrito». En el libro de la vida están escritos los nombres de todos los hombres, y los va borrando según sus acciones, de forma que quedan los que le pertenecen (cf. Ap 3,5). Moisés es capaz de renunciar a su amistad con Dios para intentar obtener el perdón para el pueblo. Lo mismo que sale del corazón de san Pablo: «Desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne». (Rm 9,3). Moisés, el fiel, se vincula al pueblo pecador y acepta su misma suerte: ser apartado de Dios, ser destruido con ellos. La respuesta de Dios a esta fuerte interpelación es medida y justa: «Al que haya pecado contra mí lo borraré del libro. Ahora ve y guía a tu pueblo» (vv. 33-34).

Este diálogo nos recuerda el de Dios con Abrahán ante la destrucción de Sodoma, en el que el patriarca intercede para intentar evitar la destrucción de la ciudad pecadora:

El Señor pensó: «¿Puedo ocultarle a Abrahán lo que voy a hacer? Abrahán se convertirá en un pueblo grande y numeroso, y en él se bendecirán todos los pueblos de la tierra. Lo he escogido para que mande a sus hijos, a su casa y a sus sucesores que guarden el camino del Señor, practicando la justicia y el derecho; y así cumplirá el Señor a Abrahán lo que le ha prometido». El Señor dijo: «El clamor contra Sodoma y Gomorra es fuerte y su pecado es grave: voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la queja llegada a mí; y si no, lo sabré».

Los hombres se volvieron de allí y se dirigieron a Sodoma, mientras Abrahán seguía en pie ante el Señor. Abrahán se acercó y le dijo: «¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?». El Señor contestó: «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos».

Abrahán respondió: «¡Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza! Y si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?». Respondió el Señor: «No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco».

Abrahán insistió: «Quizá no se encuentren más que cuarenta». Él dijo: «En atención a los cuarenta, no lo haré».

Abrahán siguió hablando: «Que no se enfade mi Señor si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?». Él contestó: «No lo haré, si encuentro allí treinta».

Insistió Abrahán: «Ya que me he atrevido a hablar a mi Señor, ¿y si se encuentran allí veinte?». Respondió el Señor: «En atención a los veinte, no la destruiré».

Abrahán continuó: «Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más: ¿Y si se encuentran diez?». Contestó el Señor: «En atención a los diez, no la destruiré».

Cuando terminó de hablar con Abrahán, el Señor se fue; y Abrahán volvió a su lugar (Gn 18,17-33).

Hay personas que por su actitud y por gracia de Dios tienen acceso al corazón de Dios y tienen la llave para poder frenar el castigo de Dios, que está más que justificado por los pecados del pueblo.

Esto nos hace pensar que nosotros, si queremos interceder, debemos encontrar argumentos para salvar al mundo y proteger a los hombres, de modo que Dios pueda ejercer su misericordia y no la estricta justicia.

Es lo que hace Jesús en la Cruz. Moisés es el tipo y el anticipo de lo que hace Jesús en plenitud. Jesús carga con nuestros pecados (1Pe 2,24), se hace pecado (2Co 5,21), muere en la cruz y encuentra el argumento para pedir el perdón del Padre: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). La parábola de la higuera que no da fruto nos presenta esa misma forma de interceder, poniéndose de parte del pecador o del infiel, aparentemente en contra de Dios, para salvarlo:

Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?”. Pero el viñador respondió: “Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”» (Lc 13,6-9).

Eso es lo que hace el verdadero pastor. Aarón está dispuesto a darle al pueblo lo que le pide, aunque sea contra la voluntad de Dios y para perjuicio del pueblo; pero no se enfrenta y queda bien. Moisés se tiene que enfrentar con el pueblo para intentar que sea fiel a Dios y después se enfrenta a Dios para interceder por su pueblo.

Es sorprendente que Moisés le pida a Dios que se arrepienta (v. 12). Y, más aún, que Dios le haga caso y se arrepienta de la amenaza que había planeado (v. 14). Ciertamente es una forma antropomórfica de hablar de Dios, aplicándole sentimientos y actitudes humanos; pero eso no nos impide descubrir lo que hay detrás de la intercesión: Dios está dispuesto a modificar su plan en función de la actitud de los hombres. Del mismo modo que modifica su plan cuando los hombres hacen el mal -en este caso eliminar al pueblo-, también modifica su plan en función de aquellos que saben interceder.

Es lo mismo que hace la Virgen María en las bodas de Caná que, aunque el Señor manifiesta que no ha llegado su hora dice a los sirvientes «haced lo que él os diga», y se produce el milagro que da inicio a los signos del Salvador (Jn 2,1-11). También la petición humilde e insistente de la cananea mueve el corazón de Cristo, aunque «no hay que dar el pan de los hijos a los perros» (Mc 7,24-30).

Tenemos un poder sorprendente sobre Dios, que él nos ha dado y en el que nos cuesta creer: podemos consolarlo y podemos ofenderlo; podemos retorcer sus planes y podemos conseguir de él cosas que parece que no quiere dar, pero necesita que alguien se las pida. «Pedid y se os dará», dice con claridad (Mt 7,7). Pero no va a encontrar esa fe en la tierra si ignoramos el poder de la intercesión (cf. Lc 18,8). Si se tiene esa amistad con Dios, como la de Moisés, y se le pide, Dios está dispuesto a modificar sus planes, especialmente en función de la misericordia. Se nos invita a pedir por los pecadores porque Dios quiere salvarlos, pero quiere que haya quien pida por ellos, que cargue con el peso de la intercesión, y, como Moisés, acepte el pecado del pueblo y se enfrente a Dios para que, por el honor de su nombre, por sus promesas y se ponga del lado de los que van a ser rechazado, mueva el corazón de Dios. Dios acepta la oración del que sabe interceder con fe y confianza por los pecadores.

El problema es que no pedimos porque no creemos en ello y ese perdón se pierde: «No obtenéis porque no pedís» (St 4,2). Pensamos que cada uno tiene que cargar con su pecado a solas, cuando el Señor ha venido a cargar con nuestros pecados (Is 53,6; 1Pe 2,24); pero el Señor nos invita a compartir con él esa misión: «Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6,2); de ese modo nos une a su oración en Getsemaní, a su intercesión en la cruz y en el cielo (Lc 23, 34; Heb 7,25), y a la intercesión de la Virgen al pie de la Cruz -y permanentemente-, a la misma intercesión de Moisés por su pueblo, de Jeremías (Jr 18,20: «Recuerda que estuve ante ti, pidiendo clemencia por ellos, para apartar tu cólera »), de  Abrahán por los habitantes de Sodoma (Gn 18,17-33). Los amigos de Dios han aprovechado esa intimidad y confianza con Dios para pedir por los que estaban alejados o enfrentados a él. No creemos que hagamos daño a Dios cuando pecamos, ni que podamos consolar el corazón de Dios, ni que podamos obtener la misericordia de Dios para otros. Hemos dejado atrás la espiritualidad, vinculada al Sagrado Corazón de Jesús, de la reparación y de la oración por los pecadores. Y esa falta de fe va dejando al mundo y a los pecadores cada vez más desvalidos ante el pecado. «¿Qué va a ser de los pecadores?», clamaba santo Domingo ante Dios noches enteras. Lo que le reprocha Dios a Jonás es que no ha querido preocuparse de la ciudad pecadora y se ha resistido a predicarles la conversión que él quería darle (Jon 4).

Toda esta intercesión de Moisés no puede ocultarnos la realidad del pecado: se ha cometido una injusticia irreparable, se ha roto un pacto, además en seguida y de forma solemne. ¿Qué se puede hacer ahora? Moisés conquista la misericordia de Dios, pero cómo se arregla lo que se ha roto, quién lo hace, quién paga el precio, quién repara esa injusticia.

Dios necesita intercesores, pero han de pagar un precio; alguien que vaya acogiendo sobre sí todo lo que hay que purificar. A la hora de la verdad huimos de esa tarea por el precio que hay que pagar, porque no queremos cargar con los pecados de los demás, con la tarea de su conversión, con el precio de su purificación.

El sacerdote no sólo debe ser fiel a la verdad, denunciar el pecado del pueblo, interceder ante Dios poniéndose al lado de los pecadores, sino estar dispuesto a pagar el precio ante los demás y ante Dios.

Moisés se ha colocado del lado del pueblo para defenderlo ante Dios, pero a continuación se va a colocar del lado de Dios: va a mostrar a los israelitas la realidad de lo que han hecho de forma muy significativa: va a romper las tablas de la ley, porque el pecado que han cometido ha destruido la alianza.

Consecuencias de la idolatría (Ex 32,15-29)


Gustavo Doré, Moisés rompe las tablas de la Ley (grabado)

Texto bíblico

15Moisés se volvió y bajó del monte con las dos tablas del Testimonio en la mano. Las tablas estaban escritas por ambos lados; 16eran hechura de Dios y la escritura era escritura de Dios grabada en las tablas.

17Al oír Josué el griterío del pueblo dijo a Moisés: «Se oyen gritos de guerra en el campamento». 18Contestó él: «No es grito de victoria, no es grito de derrota, que son cantos lo que oigo».

19Al acercarse al campamento y ver el becerro y las danzas, Moisés, encendido en ira, tiró las tablas y las rompió al pie de la montaña. 20Después agarró el becerro que habían hecho, lo quemó y lo trituró hasta hacerlo polvo, que echó en agua y se lo hizo beber a los hijos de Israel. 21Moisés dijo a Aarón: «¿Qué te ha hecho este pueblo para que nos acarreases tan enorme pecado?». 22Contestó Aarón: «No se irrite mi señor. Sabes que este pueblo es perverso. 23Me dijeron: “Haznos un dios que vaya delante de nosotros, pues a ese Moisés que nos sacó de Egipto no sabemos qué le ha pasado”. 24Yo les dije: “Quien tenga oro que se desprenda de él y me lo dé; yo lo eché al fuego y salió este becerro”».

25Moisés vio que el pueblo estaba desenfrenado, pues Aarón le había quitado el freno, exponiéndole a la burla de sus enemigos. 26Entonces Moisés se plantó a la puerta del campamento y exclamó: «¡A mí los del Señor!», y se le unieron todos los levitas. 27Y les dijo: «Así dice el Señor, el Dios de Israel: “Ceñíos cada uno la espada al costado, revisad el campamento de puerta a puerta y volved a revisarlo. Mate cada uno a su hermano, a su amigo y a su vecino”». 28Los levitas cumplieron la orden de Moisés y cayeron aquel día unos tres mil hombres del pueblo. 29Luego Moisés dijo: «Consagraos hoy al Señor, cada uno a costa de su hijo o de su hermano. Que él os dé hoy la bendición» (Ex 32,15-29).

Lectio

[vv. 15-19] Moisés defiende al pueblo cuando está ante Dios, y cuando está ante el pueblo defiende el honor del Señor. No es lo mismo para él saber que el pueblo ha traicionado a Dios que verlo con los propios ojos: después de cuarenta días, en los que ha recibido las tablas que son hechura de las manos de Dios, unos mandamientos que contienen una sabiduría que no tienen los demás pueblos, adecuados para ellos…, se encuentra la insensatez del pueblo que ha faltado a los primeros mandamientos -«No tendrás otros dioses frente a mí. No te fabricarás ídolos» (Ex 20,3-4)-, y se ha hecho un ídolo porque es más cómodo, más manejable.

Moisés, que ha intercedido por el pueblo, ahora denuncia el pecado que han cometido contra Dios, defendiendo los derechos de Dios, que habían aceptado en la alianza. Y lo hace con cólera. Es significativo que Dios no tiene que intervenir: es Moisés el que toma la iniciativa y castiga el pecado del pueblo que ha trasgredido las clausulas de la alianza.

Moisés se indigna y, sin temor alguno a los que rodean a Aarón y han construido el ídolo, se enfrenta a ellos y reacciona con fuerza.

Lo primero que hace es romper las tablas de la ley. Yahweh no se lo reprocha. ¿Para qué quieren la ley si ya la han trasgredido? De nada les vale el don de los mandamientos, si han renunciado a seguirlos. Moisés, como si fueran suyas, toma la decisión de romper las tablas en la falda del monte.

[v. 20] Después se introduce en la multitud, interrumpe la música y la danza y quema el becerro. Muy probablemente el becerro está construido, como hemos visto con muchos elementos de la Morada y los dioses de esa época, con una estructura de madera recubierta de oro, no de oro macizo; por eso se puede quemar. El oro que queda se lo hace beber mezclado en agua: no es tóxico, pero el cuerpo no lo puede asimilar y se expulsa con las heces.

Ese beber el oro es la anti-eucaristía. Nosotros entramos en comunión con Dios alimentándonos de su Cuerpo. Estos hombres que han traicionado a Dios entran en comunión con su ídolo alimentándose de él. A nosotros la Eucaristía nos da el ser como Dios, a ellos beber el oro del ídolo les hace ser un pueblo muerto, como su dios, porque han traicionado a la alianza con Dios. San Pablo nos ayuda a entender lo que pasa con la idolatría y con la unión con los ídolos cuando habla de la unión con las prostitutas: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y voy a tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? De ningún modo. ¿O no sabéis que unirse a una prostituta es hacerse un cuerpo con ella? Porque dice: “Serán los dos una sola carne”. En cambio, el que se une al Señor es un espíritu con él» (1Co 6,15-17). También la idolatría supone hacerse uno con el falso dios que se ha creado, con una figura muerta que no salva y que ofende a Dios: «Sus ídolos, en cambio, son plata y oro, hechura de manos humanas: tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen; tienen nariz, y no huelen; tienen manos, y no tocan; tienen pies, y no andan; no tiene voz su garganta: que sean igual los que los hacen, cuantos confían en ellos» (Sal 115,4-8).

[vv. 21-24] A continuación, Moisés se vuelve a Aarón y le reprocha su traición; y es muy significativo cómo lo hace: «¿Qué te ha hecho este pueblo para que nos acarreases tan enorme pecado?». Moisés se incluye entre los que han sido perjudicados por el pecado de su hermano: aunque se ponga de parte de Dios para defender la alianza, forma parte de un pueblo pecador; no se siente con el privilegio de no haber pecado y poder esquivar el castigo que merece el pueblo al que pertenece. Aarón ha llevado al pueblo a la ruina, incluyéndole a él. Moisés defiende a su pueblo y busca las razones para salvarlo.

De nuevo vemos el pecado del mal pastor que busca sus propios intereses, aunque eso suponga que el pueblo se pierda y reciba el castigo de Dios.

Ya se ha mencionado más arriba como Aarón intenta eludir su responsabilidad echando las culpas al pueblo e intentando que ese ídolo a salido así del fuego por casualidad.

[vv. 25-29] Moisés capta que, aunque ha destruido el ídolo, el pueblo está desenfrenado, no va a aceptar la corrección y se va a rebelar. Está desenfrenado porque Aarón le había quitado el freno al fabricar el ídolo y permitirle dale culto. No han entendido la gravedad de su pecado, están dispuestos a seguir por el mismo camino y en cualquier momento puede haber un levantamiento. Y toma una medida drástica que sólo se puede entender comparándola con lo que hace un cirujano que amputa un miembro para salvar al resto del cuerpo. Convoca a los que son del Señor, a la tribu que es del Señor, los levitas, y se dedican a Dios, también a defenderle. Moisés los va a consagrar (v. 29): normalmente la consagración de los sacerdotes suponía el sacrificio de un cordero y la sangre de ese cordero (Ex 29); en esta terrible ocasión será la sangre de los de su pueblo, hermanos, amigos y vecinos. La tribu que se va a dedicar a los sacrificios a Dios queda consagrada rompiéndose, matando a los suyos. En el fondo, Moisés les exige que renuncien a su propia sangre: Dios es más importante que la familia, y hay que defender a Dios que ha sido ofendido, a costa de lo más querido.

Vemos aquí un indicador del amor a Dios sobre todas las cosas que incluye a los seres queridos, que son lo que más puede entrar en conflicto con el amor a Dios. No se trata de dejar de quererlos o abandonarlos, sino que Dios tiene que ser significativamente lo primero. Y en demasiadas ocasiones abandonamos a Dios por no desairar o molestar a los nuestros: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37).

En otras ocasiones aparece también que, para defender el honor de Dios, hay que realizar actuaciones drásticas, que a nosotros nos cuesta no sólo realizar, sino comprender.

Para nosotros es más importante defender al hombre que a Dios, es más importante responder a las necesidades del hombre que a la voluntad de Dios. Nos vienen muy bien tener en cuenta esto pasajes del Antiguo Testamento, no para justificar la violencia por motivos religiosos o la guerra santa, sino para caer en la cuenta de que Dios y su honor merecen todo, están por encima de todo: más el entregarle nuestra vida que quitar la vida a los demás.

Elías cuando sólo queda él como sacerdote del Señor, después del reto a los profetas de Baal en el monte Carmelo, toma una decisión drástica en defensa del Dios verdadero:

Ajab dio una orden entre todos los hijos de Israel y reunió a los profetas en el monte Carmelo. Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando sobre dos muletas? Si el Señor es Dios, seguidlo; si lo es Baal, seguid a Baal». El pueblo no respondió palabra. Elías continuó: «Quedo yo solo como profeta del Señor, mientras que son cuatrocientos cincuenta los profetas de Baal. Que nos den dos novillos; que ellos elijan uno, lo descuarticen y lo coloquen sobre la leña, pero sin encender el fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, también sin encender el fuego. Vosotros clamaréis invocando el nombre de vuestro dios y yo clamaré invocando el nombre del Señor. Y el dios que responda por el fuego, ese es Dios». Todo el pueblo acató: «¡Está bien lo que propones!». Elías se dirigió a los profetas de Baal: «Elegid un novillo y preparadlo vosotros primero, pues sois más numerosos. Clamad invocando el nombre de vuestro dios, pero no pongáis fuego». Tomaron el novillo que les dieron, lo prepararon y estuvieron invocando el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: «¡Baal, respóndenos!». Mas no hubo voz ni respuesta. Brincaban en torno al altar que habían hecho. A mediodía, Elías se puso a burlarse de ellos: «¡Gritad con voz más fuerte, porque él es dios, pero tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará de camino; tal vez esté dormido y despertará!». Entonces gritaron con voz más fuerte, haciéndose incisiones con cuchillos y lancetas hasta chorrear sangre por sus cuerpos según su costumbre. Pasado el mediodía, entraron en trance hasta la hora de presentar las ofrendas, pero no hubo voz, no hubo quien escuchara ni quien respondiese.

Elías dijo a todo el pueblo: «Acercaos a mí», y todo el pueblo se acercó a él. Entonces se puso a restaurar el altar del Señor, que había sido demolido. Tomó Elías doce piedras según el número de tribus de los hijos de Jacob, al que se había dirigido esta palabra del Señor: «Tu nombre será Israel». Erigió con las piedras un altar al nombre del Señor e hizo alrededor una zanja de una capacidad de un par de arrobas de semilla. Luego dispuso leña, descuartizó el novillo y lo colocó encima. «Llenad de agua cuatro tinajas y derramadla sobre el holocausto y sobre la leña», ordenó y así lo hicieron. Pidió: «Hacedlo por segunda vez»; y por segunda vez lo hicieron. «Hacedlo por tercera vez» y una tercera vez lo hicieron. Corrió el agua alrededor del altar, e incluso la zanja se llenó a rebosar. A la hora de la ofrenda, el profeta Elías se acercó y comenzó a decir: «Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios y que has convertido sus corazones». Cayó el fuego del Señor que devoró el holocausto y la leña, lamiendo el agua de las zanjas. Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra, exclamando: «¡El Señor es Dios. El Señor es Dios!». Entonces Elías sentenció: «Echad mano a los profetas de Baal, que no escape ni uno». Les echaron mano y Elías les hizo bajar al torrente de Quisón, y allí los degolló (1Re 18,20-40).

Elías, como los demás profetas, defiende al Dios verdadero y sabe que el pueblo no puede perder su gran tesoro, su fortaleza y su sabiduría, que es la alianza con el Señor, yendo tras dioses falsos. Lo que desde nuestra mentalidad es un exceso intolerable, expresa una verdad: no podemos jugar con Dios; si él es el todo, hay que darle todo, y no podemos intentar adorar a Dios y seguir en la práctica otros muchos dioses.

Este pecado dejó huella en Israel, de modo que, unos cuatrocientos años después, cuando tras la muerte de Salomón se desgajó el reino del Norte del reino de Judá, Jeroboam se planteó la dificultad de que sus súbditos fueran a adorar a Yahweh en el templo de Jerusalén, porque de ese modo seguirían estrechando lazos con el reino de Judá y dependiendo de él. Toma entonces la resolución de establecer templos alternativos en su reino para que sus súbditos no acudan a Jerusalén. Y en ese momento vuelve a aparecer la figura del becerro de oro, que adoraron sus antepasados en la falda del monte Sinaí.

Jeroboán pensó para sus adentros: «El reino podría volver todavía a la casa de David. Si el pueblo continúa subiendo para ofrecer sacrificios en el templo del Señor en Jerusalén, el corazón del pueblo se volverá a su señor, a Roboán, rey de Judá, y me matarán». Y tras pedir consejo, el rey fundió dos becerros de oro y dijo al pueblo: «Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu dios, Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto», e instaló uno en Betel y otro en Dan. Este hecho fue ocasión de pecado. El pueblo marchó delante de uno a Betel y delante del otro hasta Dan (1Re 12,26-29).

De nuevo se fabrican un ídolo para beneficio propio: uno que se pueda manipular a gusto o que sea provechoso para los intereses políticos de los gobernantes. Judá tenía el Arca de la Alianza, Jeroboam va a tener estos becerros de oro, que les ofrecen lo que los dioses de los pueblos vecinos: fecundidad y fortaleza. Desde este pecado radical de idolatría en el Éxodo, la tentación permanente de Israel será la idolatría, asimilándose a los demás pueblos, para establecer una forma de adoración que les dé la tranquilidad de pensar que sirven a Dios, pero que les deje la tranquilidad de hacer lo que quieran, porque estos dioses no son tan exigentes como Yahweh: «Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4). Los profetas intentarán una y otra vez sacar al pueblo de la idolatría, recordando al Dios verdadero, haciéndoles volver a la alianza y llevándoles a la verdadera adoración, que es lo contrario de la manipulación de Dios.

Ésta es siempre la gran tentación de los creyentes: manipular a Dios. Es lo que les sucede a los fariseos y lo que nos sucede a nosotros: utilizar a Dios para nuestros fines, en lugar de servir a Dios para sus fines; en vez de modelarnos a su imagen, hacernos un dios a nuestra imagen.

Intercesión de Moisés (Ex 32,30-35 y 33,12-17)

Texto bíblico

30Al día siguiente Moisés dijo al pueblo: «Habéis cometido un pecado gravísimo; pero ahora subiré al Señor a expiar vuestro pecado». 31Volvió, pues, Moisés al Señor y le dijo: «Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo haciéndose dioses de oro. 32Pero ahora, o perdonas su pecado o me borras del libro que has escrito». 33El Señor respondió: «Al que haya pecado contra mí lo borraré del libro. 34Ahora ve y guía a tu pueblo al sitio que te dije: mi ángel irá delante de ti; y cuando llegue el día de la cuenta, les pediré cuentas de su pecado». 35El Señor castigó al pueblo por el becerro que había hecho Aarón (Ex 32,30-35).

Lectio

[vv. 30-32] Antes era Dios el que llamaba a Moisés, ahora es Moisés el que toma la iniciativa para subir a la presencia del Señor. Una vez que Moisés como mediador, como el que está en medio, se ha puesto del lado del pueblo (Ex 30,11-14) y luego se ha puesto del lado de Dios (Ex 32,15-29), empieza a tomar la iniciativa. Ya no es el Moisés dubitativo o débil del principio (Ex 3,11-4,17), sino el que ha alcanzado su madurez y empieza a tomar la iniciativa: sube a Dios y le plantea algo muy concreto, que deberíamos tener en cuenta, porque la oración de Moisés -y no sólo ésta- es un modelo de oración para nosotros. Moisés es el hombre que sabe que tiene acceso a Dios, que ha conquistado el corazón de Dios, y se sirve de ello como mediador para interceder por su pueblo. Dios nunca le reprocha que le pida cosas, ni le censura por ejercer su influencia; todo lo contrario. La impresión que da, si no conociéramos a Dios, es que Moisés va arrinconando a Dios. Lo que realmente sucede es que, de alguna forma, el Amor permite al amado que le arrincone.

Moisés no niega ni la gravedad del pecado del pueblo ni el castigo que merece. Lo que hace es ponerse él mismo entre Dios y el pueblo, arriesgarse para intentar obtener el perdón para el pueblo pecador. El ser borrado del libro al que se refiere Moisés es para algunos la muerte, porque el libro sería el libro de los vivos: cuando uno muere su nombre es borrado de ese libro. En el Sal 69,29, cuando el orante pide el castigo de los enemigos perseguidores, dice. «Sean borrados del libro de los vivos, y no sean inscritos con los justos». Pero no es sólo a eso a lo que se refiere Moisés cuando intercede por su pueblo arriesgándose a sí mismo, porque el libro de Dios es más que el libro de los que están vivos, como nos dice el libro de Daniel:

Por aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que se ocupa de los hijos de tu pueblo; serán tiempos difíciles como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los que se encuentran inscritos en el libro (Dn 12,1).

Moisés no le está diciendo sólo a Dios que, si no va a perdonar a su pueblo, que le quite la vida, que les destruya junto con el pueblo pecador; sino que le borre de la salvación, aunque en ese momento no la entendieran con la claridad y la plenitud que la entendemos ahora nosotros. Moisés arriesga su relación con Dios para interceder por su pueblo, está dispuesto a separarse de Dios si no perdona a un pueblo pecador, que sin duda se merece el castigo. Está dispuesto a compartir el castigo del pueblo pecador si no obtiene el perdón de Dios.

En el Nuevo Testamento, especialmente en el Apocalipsis, aparece el libro de la vida, que ilumina lo que Moisés le dice a Dios.

A ti en particular, leal compañero, te pido que las ayudes, pues ellas lucharon a mi lado por el Evangelio, con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (Flp 4,3).

El vencedor será vestido de blancas vestiduras, no borraré su nombre del libro de la vida y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles (Ap 3,5).

Y se le dio [a la bestia] combatir contra los santos y vencerlos, y se le dio autoridad sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. Lo adorarán todos los habitantes de la tierra, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero degollado, desde la creación del mundo (Ap 13,7-8).

La bestia que has visto era pero no es, va a subir del abismo para ir a su ruina. Los habitantes de la tierra cuyos nombres no están escritos desde la creación del mundo en el libro de la vida se sorprenderán al ver que la bestia que era y no es se presenta de nuevo (Ap 17,8).

En el libro de la vida, Dios va escribiendo el nombre de los que se van salvando. Es el libro del Cordero degollado, de Cristo, el que tiene poder para borrar o no el nombre de entre el número de los salvados. Los nombres de los que se salvan Dios los conoce desde siempre y los tiene escritos desde la creación del mundo. Moisés está dispuesto a borrarse él mismo del libro de la vida, a no tener parte en la salvación si Dios no perdona al pueblo pecador. Esto, que es tremendo, expresa la conciencia madura que tiene Moisés de su misión: ya no se trata del pueblo que Dios le ha cargado sobre sus hombros para que lo lleve como una nodriza (cf. Nm 11,11-15), sino que asume su misión de mediador hasta el punto de identificar voluntariamente su suerte con la del pueblo pecador.

¿Hay alguien que sea capaz de asumir esa responsabilidad y que esté dispuesto a interceder de este modo, poniendo en riesgo su salvación para pedir la salvación de los pecadores? No se trata de aceptar la condenación, sino de identificarse con la suerte de los pecadores de tal modo que se presenta ante Dios compartiendo esa suerte.

Lo mismo hace san Pablo a favor del pueblo de Israel que ha rechazado al Mesías, el pueblo que lo ha perseguido, calumniado, amenazado, golpeado… El mismo que lo considera todo basura comparado con el conocimiento de Cristo (Flp 3,8), llega a decir:

Digo la verdad en Cristo, no miento ‑mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo‑: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne (Rm 9,1-3).

San Pablo es capaz de llegar al límite. Es lo que Jesús hace: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1); él se hizo pecado para salvarnos (cf. 2Co 5,21), se entregó por nuestros pecados (Gal 1,4; Rm 4,25), cargó con nuestro pecado (1Pe 2,24), asumiendo el destino de los pecadores porque no quiere que se pierdan.

[vv. 33-35] ¿Qué responde Dios ante este órdago de Moisés? Dios no va a destruir al pueblo por la intercesión de Moisés, pero castigará a quien haya pecado. Le manda a Moisés que guíe al pueblo, que es en verdad «su» pueblo, el pueblo de Moisés, porque lo ha hecho suyo por medio de esta forma de mediación.

El Señor anuncia a Moisés que no irá ya con ellos por el desierto, sino que será un ángel el que les guíe hasta la tierra prometida (v. 34). Más adelante les explica la razón:

El Señor dijo a Moisés: «Anda, sal de aquí, con el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto, a la tierra que prometí a Abrahán, Isaac y Jacob con este juramento: “Se la daré a tu descendencia”. Enviaré delante de ti un ángel y expulsaré a cananeos, amorreos, hititas, perizitas, heveos y jebuseos. Sube a la tierra que mana leche y miel. Yo no subiré contigo, porque eres un pueblo de dura cerviz y te destruiría en el camino». Cuando el pueblo oyó estas palabras tan duras, guardó luto y nadie se vistió de gala. El Señor dijo entonces a Moisés: «Di a los hijos de Israel: Sois un pueblo de dura cerviz; un solo momento que subiera contigo, y te destruiría. Ahora, pues, quítate tus joyas, y veré lo que hago contigo». Los hijos de Israel se desprendieron de sus joyas desde la montaña del Horeb (Ex 33,1-6).

Dios va a cumplir su palabra llevándolos a la Tierra Prometida, pero no puede convivir con ellos. El Señor había estado planificando el modo de estar en medio de ellos por medio de la Morada (Ex 25-27.30), el modo en que el tres veces santo pueda poner su tienda en medio su pueblo. Todo eso queda impedido por el pecado de idolatría que han cometido. Por su propio bien no puede estar en medio de ellos, porque su santidad les destruiría. El pueblo se lamenta y, de momento, Moisés calla. Pero no va a aceptar fácilmente esta situación y va a emplear de nuevo el arma poderosa de la intercesión, como nos expresa el libro del Éxodo, que recoge otra versión de esta intercesión de Moisés:

12Moisés dijo al Señor: «Tú me has dicho: “Guía a este pueblo”; pero no me has comunicado a quién enviarás conmigo. No obstante, tú me has dicho: “Yo te conozco personalmente y te he concedido mi favor”. 13Ahora bien, si realmente he obtenido tu favor, muéstrame tus designios, para que yo te conozca y obtenga tu favor; mira que esta gente es tu pueblo». 14Respondió el Señor: «Iré yo en persona y te daré el descanso». 15Replicó Moisés: «Si no vienes en persona, no nos hagas salir de aquí; 16pues ¿en qué se conocerá que yo y tu pueblo hemos obtenido tu favor, sino en el hecho de que tú vas con nosotros? Así tu pueblo y yo nos distinguiremos de todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra». 17El Señor respondió a Moisés: «También esto que me pides te lo concedo, porque has obtenido mi favor y te conozco personalmente» (Ex 33,12-17).

Moisés necesita saber quién va a ir con él; quiere que sea el Señor el que les guíe y los acompañe. Moisés, con el que el Señor hablaba «cara a cara, como habla un hombre con un amigo» (Ex 33,11), para pedirle lo que quiere, le recuerda al Señor su especial relación con él que le permite tener acceso directo a su corazón: «Tú me has dicho: “Yo te conozco personalmente y te he concedido mi favor”» (v. 12). Moisés le recuerda al Señor que no es uno más, sino un elegido predilecto y que Dios se ha comprometido a apoyarle en todo. Por eso Moisés no acepta seguir el camino sin Dios, no está dispuesto y plantea con firmeza: «Si no vienes en persona, no nos hagas salir de aquí» (v. 15). El Señor cede inmediatamente: irá él en persona (v. 14). El Señor va a ir con el pueblo porque ha elegido a Moisés y le ha concedido su favor, por un misterio de predilección, que confiere al elegido una relación personal y un peso ante Dios. Y añade «y te daré el descanso»: el Señor irá con el pueblo para que Moisés, su elegido, pueda descansar; para que no cargue él sólo con el peso del pueblo. Moisés sólo puede descansar en Dios, Dios es el descanso de Moisés.

Moisés añade, como apoyo a su petición, la pregunta sobre los designios de Dios para su pueblo, y le recuerda que en lo que se conoce que son el pueblo predilecto de Dios -su hijo (Ex 4,22)- es que les acompaña por el camino (v. 16). ¿De qué serviría ser un elegido predilecto si, al final, no se tiene la compañía y la presencia de Dios? De nuevo, Dios lo concede, en atención a su relación con Moisés (v. 17).

Moisés ha descubierto la fuerza poderosa de la intercesión (lo mismo que Abrahán) y por eso sigue asediando al Señor con sus peticiones. Y el Señor deja que lo asedie; le gusta que Moisés le vaya ganando terreno de este modo. En ningún momento se enfada Dios con los que se atreven a dirigirse a él de este modo. Hasta a Abrahán le parecía extraño y se queda impresionado de la fuerza de su intercesión ante Dios: «Que no se enfade mi Señor…» (Gn 18,30).

No sabemos el poder que tenemos y por eso san Juan de la Cruz afirma que si uno llega a esa intimidad con Dios puede hacer un bien inconmensurable: «Es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia. aunque parece que no hace nada, que todas esas otras obras juntas» (Cántico Espiritual B, 29, 2). El que entra en esa relación de amor con Dios es más eficaz para la Iglesia que todos los que realizan tantas actividades -buenas y necesarias-, pero que no alcanzan la eficacia del que tiene acceso al corazón de Dios, como Moisés, Abrahán o la Virgen María. Ése es el poder y la grandeza de los santos, especialmente de la Virgen: todos somos deudores de la intercesión de la Virgen María ante Dios. Nos falta fe en el poder intercesor del que está unido a Dios. Si lo creyéramos, la evangelización comenzaría por buscar ese amor puro, trabajar para estar unido a Dios, alcanzar la santidad que permite llamar con confianza al corazón de Dios y pedirle la conversión de los pecadores. No nos damos cuenta de que la verdadera fecundidad no proviene de los medios humanos, de nuestras capacidades y esfuerzos -que son necesarios-, sino de la intercesión del que está unido a Dios. Los grandes misioneros han sido grandes contemplativos, grandes amigos del Señor. Los dos patrones de las misiones lo han sido: uno en la vida activa, san Francisco Javier; y otra en la vida contemplativa, santa Teresa del Niño Jesús. Conquistaban almas por su fuerte amistad con el Señor y por su intensa oración de intercesión.

Moisés alcanza una madurez en su relación con Dios que le permite distinguir entre los dones de Dios y Dios mismo, entre la Tierra Prometida y la compañía de Dios, y prefiere a Dios a la Tierra Prometida, se da cuenta de que Dios es realmente la Tierra Prometida, que la Tierra Prometida sin Dios no vale la pena y prefiere el desierto con Dios que la Tierra Prometida sin Dios, aunque un ángel les acompañe por el camino: ese don extraordinario no es suficiente para Moisés. Moisés lo dice en su propio nombre, pero también por todo el pueblo.

Para nosotros debería ser importante descubrir que Dios es el cielo, que no es nuestra salvación lo que buscamos, sino estar con Dios. Si hubiera un cielo sin Dios no merecería la pena, porque el cielo es Dios…, ¡y eso lo tenemos ya en este mundo! Tenemos la presencia de Dios, la Eucaristía… El problema es que nosotros buscamos y nos conformamos con los beneficios de tener a Dios como amigo, pero no buscamos a Dios por sí mismo. Lo único que debería importarnos es vivir con Dios, aunque no tuviéramos otro beneficio. El problema es que el hombre moderno -y a veces la Iglesia- prefiere un mundo perfecto, aunque en él no esté Dios (sin pobreza, guerras, enfermedades, muerte…), a vivir en un mundo lleno de debilidad, luchas y sufrimientos, pero con la compañía y el amor de Dios. Nuestro pecado es que buscamos ser santos para ser grandes por nosotros mismos, y no aceptamos ser pecadores a los que Dios busca, perdona y transforma. Dios puede estar al lado del débil, del pobre, del miserable y del pecador…, y el orgullo nos lleva a intentar ser inmaculados e irreprochables al margen de Dios, para poder presentar nuestra santidad a Dios como un mérito, como pretendían los fariseos. Necesitamos aprender de la grandeza de Moisés y preferir a Dios a la Tierra Prometida.

Nosotros, los bautizados, somos hijos predilectos de Dios; hemos sido elegidos para ser sus amigos (Jn 15,15), para estar con él (Mc 3,14). Es terrible que prefiramos buscar méritos por nosotros mismos y alcanzar grados de perfección a aceptar que somos pequeños y tenemos el don inmenso e inmerecido de que Dios está a nuestro lado porque nos ama. Puedo sentir como dirigido personalmente a mí lo que le había dicho Dios a Moisés: «Te conozco personalmente y te he concedido mi favor». El problema es que yo no le digo a él: «Si no vienes en persona, no me hagas salir de aquí».

Dios se lo concede enseguida. Aunque es verdad que su santidad es incompatible con este pueblo pecador e infiel, que el pueblo puede quedar destruido por la santidad de Dios, lo concede porque su amigo se lo está pidiendo. Dios va a tener que inventar una nueva forma de acompañar al pueblo sin destruirlo, estableciendo una nueva alianza, que Israel volverá a romper. Dios irá renovando y proponiendo nuevas formas de unión con su pueblo hasta dar con la alianza nueva y definitiva que se va a realizar por medio del Hijo: por la Encarnación, Dios va a estar entre los hombres sin destruirlos, asumiendo su limitación y su pecado, sin abandonarlos ya nunca jamás.

La gran razón por la que Dios concede a Moisés lo que le pide, y va a seguir acompañando a su pueblo, no es que le ha convencido, porque le parece lo mejor, sino «porque has obtenido mi favor y te conozco personalmente». Dios se lo concede a Moisés porque es su amigo. El pueblo no se lo merece, es imposible…, pero Dios lo hace porque no puede negárselo a su amigo, al que conoce personalmente.

Nuestro pecado consiste en que no nos creamos elegidos, amados, conocidos por Dios de forma personal, y no creemos que nuestra oración tenga esa fuerza, ni nos esforzamos en tener esa intimidad con Dios. La consecuencia es que dejamos inerme al mundo: si no hay intercesores, si no hay amigos de Dios, el mundo está perdido; y Dios sufre porque no hay nadie que le acorrale con la oración y el amor para ir más allá de la justicia y aplicar la misericordia. Dios quiere que le acorralemos con nuestra oración, como un ejército de amigos e intercesores que se ponen frente a él para que él ceda y conceda lo que está deseando conceder. La terrible pregunta del Señor está ahí: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18,8). ¿Qué creemos que es más eficaz: los brazos levantados de Moisés en oración o las armas de Josué (Ex 17,10-13)? ¿Creemos de verdad que es más eficaz la oración del amigo que ama con amor puro al Señor que todas las demás obras juntas? ¿Apuesta hoy la Iglesia por el grupo de amigos elegidos por el Señor, que le aman con amor puro e interceden por la Iglesia y por el mundo -los santos-, que conquistan el corazón de Dios para que tenga misericordia de un mundo que se aleja y se autodestruye? ¿O apostamos por dar al mundo una serie de ayudas humanas, aunque siga precipitándose al abismo porque está lejos de Dios? En el fondo se trata de si le Iglesia es fiel a su misión o cambia esta misión por una serie de actividades más útiles según la valoración del mundo -actividades que eran signos y consecuencias de esa misión- para disimular que ha abandonado su auténtica tarea. El mundo necesita que la Iglesia acepte su misión de ser mediadora entre Dios y los hombres, luz del mundo, presencia de Cristo, formada por esos amigos de Dios que pueden interceder eficazmente por la salvación del mundo. En vez de eso, buscamos soluciones humanas a los problemas de los hombres. Hoy, sin duda, es infinitamente más necesario, y más difícil de encontrar, una tropa pequeña de grandes amigos de Dios que una multitud de cristianos mediocres que aumenten el número de los asistentes a las reuniones y a las celebraciones, que inunden las redes sociales, o que sean voluntarios en actividades que pueden realizar -y a veces mejor- los que no tienen fe.

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.