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Introducción

Con este tema terminamos el comentario al capítulo del Catecismo de la Iglesia Católica dedicado a la Revelación y al artículo dedicado a la Sagrada Escritura. Después de haber ido profundizando en la relación de la Sagrada Escritura con Cristo y el Espíritu Santo, que nos llevó a comprender mejor la inspiración de la Biblia y lo que significa que sea Palabra de Dios (tema «La Sagrada Escritura, Cristo y el Espíritu»); tras intentar descubrir la relación de la Escritura con la Iglesia, que es quien interpreta correctamente la Biblia (tema «La Sagrada Escritura interpretada en la Iglesia») y la que reconoce y ofrece los libros que pertenecen a la Sagrada Escritura (tema «La Iglesia ofrece la Palabra de Dios. El Antiguo y el Nuevo Testamento»), intentaremos ahora ofrecer una visión de conjunto de lo que supone la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, teniendo en cuenta que toda la vida de la Iglesia está empapada de la Sagrada Escritura, y que algunos de los aspectos de este tema son muy importantes en la práctica para el cristiano y de forma especial para el contemplativo. Si bien no vamos a tratar temas tan importantes -y delicados- como la inspiración, la canonicidad o la inerrancia, necesitamos descubrir el papel de la Palabra de Dios en la liturgia, en la oración y en la orientación de la vida cristiana, porque es un elemento imprescindible para el cristiano y, de forma especial, para el contemplativo. Supuesto que conocemos y valoramos qué es la Palabra de Dios, se trata ahora de aprovechar toda la riqueza que nos ofrece en nuestro camino hacia la unión con Dios.

Terminados estos temas sobre la Revelación, nos disponemos a profundizar en la respuesta al Dios que se revela, que es la fe, en toda su riqueza, no sólo para comprender en qué consiste la fe, sino para alimentarla y avivarla.

Éste es el lugar de nuestro tema en el conjunto del Catecismo:

Primera sección: Creo-Creemos

Cap. 1: El hombre es capaz de Dios

Cap. 2: Dios al encuentro del hombre

   Artículo 1: La Revelación de Dios

   Artículo 2: La transmisión de la Revelación divina

   Artículo 3: La Sagrada Escritura

      I. Cristo, palabra única de la Sagrada Escritura

      II. Inspiración y verdad de la Sagrada Escritura

      III. El Espíritu Santo, intérprete de la Sagrada Escritura

      IV. El canon de las Escrituras

      V. La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia

Cap. 3: La respuesta del hombre a Dios

Los tres números del Catecismo que vamos a comentar son una selección de algunas frases del capítulo VI de la Dei Verbum, titulado La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia (nn. 21-25), que tendremos en cuenta para nuestro comentario.

La Palabra de Dios, alimento y fuente

[131] «Es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios, que constituye sustento y vigor para la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (DV 21). «Los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22).

El Catecismo en los nn. 102-104 (que ya citaban Dei Verbum, 21) nos ofreció la razón profunda de que la Escritura sea «sustento», «vigor», «firmeza», «alimento» y «fuente»: por medio de ella, Dios nos da su Verbo único. Por eso veneramos la Sagrada Escritura como al Cuerpo del Señor en la Eucaristía (cf. Catecismo, n. 103). Y al ser realmente Palabra de Dios se convierte en alimento, guía y fuerza para la Iglesia. «En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1Ts 2,13)» (Catecismo, n. 104).

Por esta razón, todo lo que pueda debilitar la fe de la Iglesia en la Biblia como verdadera Palabra de Dios, viva y eficaz, inspirada por el Espíritu Santo, dificulta e incluso impide que los fieles la reconozcan y reciban como fuerza y alimento. Ahora podemos comprender mejor la importancia de los temas anteriores, que podían parecer áridos o teóricos, pero que nos han permitido reconocer la inspiración o la canonicidad de la Escritura, interpretarla con el mismo Espíritu que la inspiró y en comunión con la Iglesia en la que nació, de modo que pueda ser alimento y sustento para nuestra vida cristiana. Malinterpretar la Escritura o entenderla como mera palabra humana es privar a los fieles del alimento y de la fuerza que necesitan, tanto como si se les priva de la Eucaristía. En consecuencia, la Iglesia no termina su tarea con la Palabra de Dios señalando en el canon los libros que reconoce como inspirados, sino que «no cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (Catecismo, n. 103; Dei Verbum, 21). Se trata de una tarea imprescindible y permanente de la Iglesia que se desarrolla, como veremos, en toda la vida de la Iglesia: liturgia, predicación, teología, catequesis, oración, santidad…

El poder y la fuerza de la Palabra. La Palabra y la liturgia

Al comentar el n. 104 del Catecismo, en el apartado La Biblia es Palabra de Dios del tema «La Sagrada Escritura, Cristo y el Espíritu» , nos detuvimos a contemplar que la Palabra de Dios es viva y eficaz (cf. Is 55,10-11; Heb 4,12; St 1,21) aportando algunos testimonios de los Santos Padres. El «poder» y la «fuerza» de la Sagrada Escritura de los que habla este número del Catecismo le vienen por ser Palabra de Dios y no meramente humana. Y viceversa, el poder y la fuerza de esta Palabra para iluminar, mover, exhortar y transformar es signo de que estamos ante la Palabra de Dios1.

Al hablar de esta fuerza poderosa de la Palabra, tenemos que recordar, como hacíamos al hablar de la Revelación (cf. Catecismo, n. 51-53), que esta fuerza no se manifiesta sólo en su capacidad de transmitir el mensaje de Dios, sino de transformar la realidad; una fuerza que no sólo anuncia -no sólo es «kerigmática»-, sino que transforma -es «consagradora»-:

Mientras los protestantes asignaban a la palabra una función puramente kerigmática, negando su valor consagrador, muchos católicos insistían en el valor consagrador, descuidando su sentido kerigmático. Hay que admitir en la palabra sacramental una fuerza consagradora que se refiere a los elementos, y una fuerza kerigmática que se refiere a la persona; normalmente ambas funcionan unidas. Hay que recordar 1Cor 11,26: «Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva»2.

Esta fuerza transformadora y consagradora de la Palabra de Dios nos lleva a plantear un aspecto de la importancia de la Palabra en la vida de la Iglesia que aparece expresado con más claridad en la constitución Dei Verbum que en el Catecismo: el lugar imprescindible de la Palabra de Dios en la liturgia y en los sacramentos.

La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia (Dei Verbum, 21. La cursiva es nuestra).

En la estrecha relación que existe entre Palabra y liturgia, cabe comenzar diciendo que muchos de los textos que encontramos en la Biblia han nacido y han sido proclamados previamente en la liturgia del pueblo de Israel y de la Iglesia de Cristo.

Muchos de los textos que actualmente ocupan un lugar en la Escritura han sido antes pasajes recitados en una liturgia, durante una fiesta. Son textos para ser proclamados. La proclamación supone un recitado en voz alta (a veces con cántico, como sucede con los salmos) en el contexto de una asamblea, la mayor parte de las veces litúrgica. Así han llegado hasta nosotros los textos sobre las grandes tradiciones de Israel, como el éxodo, la alianza, los patriarcas. Con ellos se rememoraban, se hacían presentes en las asambleas litúrgicas de Israel los grandes acontecimientos del pasado, implicando en ellos la vida de los oyentes. Algo parecido sucede con no pocos pasajes del NT, en los que aún es posible escuchar el eco de la liturgia (p. ej., los relatos de la última cena) o de la proclamación kerigmática del evangelio (p. ej., los discursos misioneros de Hch, algunas fórmulas de las cartas paulinas). Incluso aquellos textos que no han nacido de la liturgia o de la predicación oral (como los escritos sapienciales o las cartas paulinas), han llegado hasta nosotros en gran parte porque fueron asumidos por la liturgia sinagogal o cristiana3.

A la vez, hay que tener en cuenta que durante muchos siglos ha sido la liturgia de la Iglesia el ámbito privilegiado en el que el pueblo de Dios ha recibido la Sagrada Escritura.

Pero, además, debemos recordar un hecho importante que afecta a la misma naturaleza de la difusión bíblica. Hasta la invención de la imprenta, e incluso muchos siglos después, el judío o el cristiano conocían la Biblia sobre todo mediante su recitado oral, pues era prácticamente imposible para la gran mayoría poseer todo el inmenso conjunto de manuscritos, rollos o códices, que materialmente constituían el libro santo. Incluso hoy, muchos cristianos conocen la Escritura sólo por su proclamación en la liturgia4.

Y, aunque ahora, tenemos muchos más medios para acceder a la Palabra de Dios, la liturgia sigue siendo el ámbito privilegiado en el que la acogemos como miembros de la Esposa que escucha la palabra del Esposo. La Escritura, que nace en la Iglesia, que la Iglesia interpreta adecuadamente, ha de ser oída, acogida y recibida siempre en el seno de la Iglesia -aunque se lea en la intimidad de la oración personal-, y encuentra en la celebración litúrgica el ámbito privilegiado de su proclamación, meditación y respuesta.

Se trata de saber si la Palabra de Dios se ha escrito para que cada uno individualmente la lea y se esfuerce por entenderla y hacérsela presente o si más bien esta Palabra debe ser ante todo proclamada para que cada uno, dentro de la comunidad, la escuche con sus propios oídos y la acoja como palabra viva y creadora, Palabra de un Viviente que la proclama hic et nunc [aquí y ahora]. En el primer caso tendremos una religión del Libro, en el segundo tenemos una religión de la Palabra viva de Dios: y el Cristianismo quiere ser cabalmente eso […] La Iglesia, edificada por la Palabra proclamada en las asambleas litúrgicas, es también el lugar privilegiado en el que los cristianos se ponen en contacto con la Palabra de Dios viva y eficaz5.

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Al considerar la Iglesia como «casa de la Palabra», se ha de prestar atención ante todo a la sagrada liturgia. En efecto, este es el ámbito privilegiado en el que Dios nos habla en nuestra vida, habla hoy a su pueblo, que escucha y responde. Todo acto litúrgico está por su naturaleza empapado de la Sagrada Escritura. Como afirma la Constitución Sacrosanctum Concilium, 24, «la importancia de la Sagrada Escritura en la liturgia es máxima. En efecto, de ella se toman las lecturas que se explican en la homilía, y los salmos que se cantan; las preces, oraciones y cantos litúrgicos están impregnados de su aliento y su inspiración; de ella reciben su significado las acciones y los signos» (Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini (2010), 52).

Dejando para más adelante el papel de la Palabra de Dios en la predicación dentro de la liturgia, es necesario subrayar ahora la necesidad de la Palabra en la celebración de los sacramentos6.

Para que aparezca con claridad la íntima conexión entre la palabra y el rito en la Liturgia: 1) En las celebraciones sagradas debe haber lectura de la Sagrada Escritura más abundante, más variada y más apropiada… (Vaticano II, Constitución sobre la sagrada Liturgia Sacrosantum Concilium, 35).

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La liturgia de la Palabra es un elemento decisivo en la celebración de cada sacramento de la Iglesia. No consiste en una simple sucesión de lecturas, sino que debe incluir igualmente tiempos de silencio y de oración (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993), IV, C, 1. Uso de la Biblia. En la Liturgia).

Por tanto, no puede sorprendernos que tanto en la celebración de la Eucaristía, «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (Vaticano II, Lumen Gentium, 11), como en la liturgia de las Horas, se subraye el lugar insustituible de la Palabra de Dios.

La Iglesia ha tributado con una misma veneración, aunque no con el mismo culto, a la palabra de Dios y al misterio eucarístico, y ha querido y sancionado que siempre y en todas partes se imite este proceder, ya que, movida por el ejemplo de su Fundador, nunca ha dejado de celebrar el misterio pascual de Cristo, reuniéndose para leer «lo que se refiere a él en toda la Escritura» (Lc 24,27) y para realizar la obra de salvación por medio del memorial del Señor y de los sacramentos. En efecto, «se requiere la predicación de la palabra para el ministerio de los sacramentos, puesto que son sacramentos de la fe, la cual procede de la palabra y de ella se nutre».

Alimentada espiritualmente en esta doble mesa, la Iglesia progresa en su conocimiento gracias a la una, y en su santificación gracias a la otra. En efecto, en la palabra de Dios se proclama la alianza divina, mientras que en la eucaristía se renueva la misma alianza nueva y eterna. En aquella se evoca la historia de la salvación mediante el sonido de las palabras, en esta la misma historia se manifiesta a través de los signos sacramentales de la liturgia.

Conviene, por tanto, tener siempre en cuenta que la palabra de Dios leída y anunciada por la Iglesia en la liturgia conduce, por así decirlo, al sacrificio de la alianza y al banquete de la gracia, es decir, a la eucaristía, como a su fin propio. Por consiguiente, la celebración de la Misa, en la cual se escucha la palabra y se ofrece y recibe la eucaristía, constituye un solo acto de culto, en la cual se ofrece a Dios el sacrificio de alabanza y se otorga al hombre la plenitud de la redención (Ordenación de las lecturas de la misa, 10).

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Entre las formas de oración que exaltan la Sagrada Escritura se encuentra sin duda la Liturgia de las Horas. Los Padres sinodales han afirmado que constituye una «forma privilegiada de escucha de la Palabra de Dios, porque pone en contacto a los fieles con la Sagrada Escritura y con la Tradición viva de la Iglesia» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 62).

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Los que participan en la Liturgia de las Horas pueden hallar una fuente abundantísima de santificación en la palabra de Dios, que tiene aquí principal importancia. En efecto, tanto las lecturas como los salmos, que se cantan en presencia del Señor, están tomados de la sagrada Escritura, y las demás preces, oraciones e himnos están penetrados de su espíritu (Ordenación general de la liturgia de las Horas, 14)7.

En la estrecha relación entre Palabra y liturgia se hace especialmente patente la eficacia de la Palabra de Dios con la que comenzábamos este apartado.

En la relación entre Palabra y gesto sacramental se muestra en forma litúrgica el actuar propio de Dios en la historia a través del carácter performativo de la Palabra misma. En efecto, en la historia de la salvación no hay separación entre lo que Dios dice y lo que hace; su Palabra misma se manifiesta como viva y eficaz (cf. Hb 4,12), como indica, por lo demás, el sentido mismo de la expresión hebrea dabar. Igualmente, en la acción litúrgica estamos ante su Palabra que realiza lo que dice. Cuando se educa al Pueblo de Dios a descubrir el carácter performativo de la Palabra de Dios en la liturgia, se le ayuda también a percibir el actuar de Dios en la historia de la salvación y en la vida personal de cada miembro (Benedicto XVI, Verbum Domini, 53).

Y esta eficacia de la Palabra de Dios, que se da especialmente en la liturgia, tiene su razón de ser por la presencia real de Cristo y del Espíritu en la acción litúrgica y en la Palabra.

Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, «ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz», sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla (Sacrosantum Concilium, 7)8.

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Así, la palabra de Dios, expuesta continuamente en la liturgia, es siempre viva y eficaz por el poder del Espíritu Santo, y manifiesta el amor operante del Padre, amor indeficiente en su eficacia para con los hombres (Ordenación de las lecturas de la misa, 4)9.

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La relación entre Cristo, Palabra del Padre, y la Iglesia no puede ser comprendida como si fuera solamente un acontecimiento pasado, sino que es una relación vital, en la cual cada fiel está llamado a entrar personalmente. En efecto, hablamos de la presencia de la Palabra de Dios entre nosotros hoy: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta al fin del mundo» (Mt 28,20). Como afirma el Papa Juan Pablo II: «La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia. Por esto Dios prometió a sus discípulos el Espíritu Santo, que les “recordaría” y les haría comprender sus mandamientos (cf. Jn 14,26) y, al mismo tiempo, sería el principio fontal de una vida nueva para el mundo (cf. Jn 3,5-8; Rm 8,1-13)». La Constitución dogmática Dei Verbum, 8, expresa este misterio en los términos bíblicos de un diálogo nupcial: «Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la esposa de su Hijo amado; y el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo (cf. Col 3,16)» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 51)10.

Un elemento importante en la liturgia, el canto, también debe contener y expresar la Palabra de Dios o, al menos, estar empapado de su espíritu.

Para ensalzar la Palabra de Dios durante la celebración litúrgica, se tenga también en cuenta el canto en los momentos previstos por el rito mismo, favoreciendo aquel que tenga una clara inspiración bíblica y que sepa expresar, mediante una concordancia armónica entre las palabras y la música, la belleza de la palabra divina (Benedicto XVI, Verbum Domini, 70).

Dios, que se hace realmente presente por su Palabra en la celebración litúrgica, espera una respuesta, para la que también nos hace falta la presencia y la acción del Espíritu Santo. Una respuesta de la misma categoría de la entrega que Dios realiza en su Palabra.

En la Palabra de Dios proclamada y escuchada, y en los sacramentos, Jesús dice hoy, aquí y ahora, a cada uno: «Yo soy tuyo, me entrego a ti», para que el hombre pueda recibir y responder, y decir a su vez: «Yo soy tuyo». La Iglesia aparece así en ese ámbito en que, por gracia, podemos experimentar lo que dice el Prólogo de Juan: «Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12) (Benedicto XVI, Verbum Domini, 51).

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Cuando Dios comunica su palabra, espera siempre una respuesta, respuesta que es audición y adoración «en Espíritu y verdad» (Jn 4,23). El Espíritu Santo, en efecto, es quien da eficacia a esta respuesta, para que se traduzca en la vida lo que se escucha en la acción litúrgica, según aquella frase de la Escritura: «Llevad a la práctica la palabra y no os limitéis a escucharla» (Sant 1, 22) (Ordenación de las lecturas de la misa, 6).

Conviene recordar que la primera respuesta a la Palabra de Dios en la liturgia -y en la lectura personal- es el silencio, que permite luego dar la respuesta adecuada con la vida:

Bastantes intervenciones de los Padres sinodales han insistido en el valor del silencio en relación con la Palabra de Dios y con su recepción en la vida de los fieles. En efecto, la palabra sólo puede ser pronunciada y oída en el silencio, exterior e interior. Nuestro tiempo no favorece el recogimiento, y se tiene a veces la impresión de que hay casi temor de alejarse de los instrumentos de comunicación de masa, aunque solo sea por un momento. Por eso se ha de educar al Pueblo de Dios en el valor del silencio. Redescubrir el puesto central de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia quiere decir también redescubrir el sentido del recogimiento y del sosiego interior. La gran tradición patrística nos enseña que los misterios de Cristo están unidos al silencio, y sólo en él la Palabra puede encontrar morada en nosotros, como ocurrió en María, mujer de la Palabra y del silencio inseparablemente. Nuestras liturgias han de facilitar esta escucha auténtica: Verbo crescente, verba deficiunt. Este valor ha de resplandecer particularmente en la Liturgia de la Palabra, que «se debe celebrar de tal manera que favorezca la meditación». Cuando el silencio está previsto, debe considerarse «como parte de la celebración». Por tanto, exhorto a los pastores a fomentar los momentos de recogimiento, por medio de los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, la Palabra de Dios se acoge en el corazón (Benedicto XVI, Verbum Domini, 66).

La Palabra, firmeza para la fe y alimento para el alma

Este n. 131 del Catecismo insiste en que la Palabra de Dios es «sustento» para la Iglesia y «alimento» para el alma. Cuando comentamos el n. 103, nos detuvimos a explicar que Veneramos la Escritura como la Eucaristía y recordamos que la Iglesia ofrece a Cristo, Pan de vida, tanto en la mesa de la Sagrada Escritura como en la de la Eucaristía. En esa ocasión señalábamos el discurso del pan de vida en el evangelio según san Juan (Jn 6,22-59) como el lugar privilegiado de la Escritura que nos ayuda a entender que, a Cristo, pan vivo bajado del cielo, se le recibe escuchando su palabra y comiendo su cuerpo.

Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás […] Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día (Jn 6, 35.40).

Así lo comenta san Jerónimo, que dedico su vida a estudiar y transmitir la Palabra de Dios:

La carne del Señor es verdadera comida y su sangre verdadera bebida; éste es el verdadero bien que se nos da en la vida presente, alimentarse de su carne y beber su sangre, no sólo en la Eucaristía, sino también en la lectura de la Sagrada Escritura. En efecto, lo que se obtiene del conocimiento de las Escrituras es verdadera comida y verdadera bebida11.

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Nosotros leemos las Sagradas Escrituras. Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo; yo pienso que las Sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando él dice: «Quién no come mi carne y bebe mi sangre» (Jn 6,53), aunque estas palabras puedan entenderse como referidas también al Misterio [eucarístico], sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es realmente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio [eucarístico], si cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando estamos escuchando la Palabra de Dios, y se nos vierte en el oído la Palabra de Dios y la carne y la sangre de Cristo, mientras que nosotros estamos pensando en otra cosa, ¿cuántos graves peligros corremos?12.

El pueblo de Dios necesita recibir el alimento de la Palabra de Dios si quiere tener vida, necesita comulgar la Palabra tanto como la Eucaristía:

Escuchar para vivir, comer para vivir. Esta es la Eucaristía bíblica y cristiana: «Escuchadme y comeréis lo bueno, y os deleitaréis con manjares suculentos. Alargad la oreja y venid a mí, escuchadme y viviréis» (Is 55,2-3). «Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá más hambre y el que cree en mí no tendrá más sed… Si uno come de este pan vivirá eternamente…» (Jn 6,35-51). El pan de vida, Jesucristo, es ofrecido a la vez al convite de la fe y al del Sacramento: «en la mesa… tanto de la Palabra de Dios como el Cuerpo de Cristo» (DV 21; ver DV 26)13.

El alimento de la Palabra se ofrece de forma abundante en la Iglesia y a través de ella, como vamos desgranando en este tema. Lo importante por nuestra parte, para que la Palabra de Dios sea nuestro alimento, es que aprendamos a recibirla: a comerla y asimilarla. La liturgia en la que se ofrece el alimento de la Sagrada Escritura, también nos ofrece ayudas para recibir realmente el pan de la Palabra. Así aparece, por ejemplo, en la celebración de la Eucaristía:

Las lecturas tomadas de la Sagrada Escritura, con los cantos que se intercalan, constituyen la parte principal de la liturgia de la palabra; la homilía, la profesión de fe y la oración universal u oración de los fieles, la desarrollan y concluyen. Pues en las lecturas, que luego explica la homilía, Dios habla a su pueblo, le descubre el misterio de la redención y salvación, y le ofrece alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su palabra, se hace presente en medio de los fieles. Esta palabra divina la hace suya el pueblo con el silencio y los cantos, y muestra su adhesión a ella con la profesión de fe; y una vez nutrido con ella, en la oración universal hace súplicas por las necesidades de la Iglesia entera y por la salvación de todo el mundo (Instrucción general del misal romano, 55. La cursiva es nuestra).

La misma Escritura nos ayuda a gustar la realidad de la Palabra como alimento:

Así aprenderán tus hijos queridos, Señor, que la variedad de frutos no alimenta al hombre, sino tu palabra, que mantiene a los que creen en ti (Sab 16,26).

Por eso, la Palabra sana y da vida:

No los curó hierba ni cataplasma, sino tu palabra, Señor, que todo lo sana (Sab 16,12).

Dame vida con tu palabra (Sal 119,37).

La Palabra que nos alimenta es también la que nos guía para encontrar el camino verdadero que nos lleva a la vida en plenitud. Por eso, la Iglesia en su conjunto y cada cristiano en particular necesitan la luz de la Palabra, especialmente del Evangelio, para seguirlo fielmente.

La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio, y en el Evangelio encuentra siempre de nuevo orientación para su camino. Es una consideración que todo cristiano debe hacer y aplicarse a sí mismo: sólo quien se pone primero a la escucha de la Palabra, puede convertirse después en su heraldo (Benedicto XVI, Verbum Domini, 51).

En la misma Escritura encontramos esta cualidad de la Palabra que es luz y fuente de sabiduría:

Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero (Sal 119,105).

La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas y sus canales son mandamientos eternos (Eclo 1,5).

Por lo tanto, es la Palabra el instrumento adecuado para guiar a los demás, incluso para santificarlos:

Toda Escritura es inspirada por Dios es también útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena (2Tm 3,16-17).

Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad (Jn 17,17).

Pero, para que la Palabra sea realmente nuestra guía, es necesario buscar la auténtica Palabra de Dios, entenderla y ponerla en práctica. Por eso, el profeta Miqueas le explica al rey Ajab la terrible confusión en la que cae el que busca, no la Palabra de Dios transmitida por los profetas, sino el mensaje que le interesa y que le transmiten los falsos profetas:

Escuchad la palabra del Señor: vi al Señor sentado en su trono. Todo el ejército celeste estaba de pie a su derecha e izquierda, y el Señor preguntó: «¿Quién engañará a Ajab, rey de Israel, para que vaya y muera en Ramot de Galaad?». Unos proponían una cosa y otros, otra. Entonces se adelantó un espíritu, se plantó delante del Señor y dijo: «Yo lo engañaré». El Señor le preguntó: «¿Cómo?». Respondió: «Iré y seré un espíritu mentiroso en la boca de todos los profetas». El Señor dijo: «Conseguirás engañarlo. Vete y hazlo» (2Cro 8,18-21; cf. Is 28,13).

La Palabra es alimento y guía, pero no de una forma mágica o automática. Hay que entenderla, si no, no sirve para nada.

Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino (Mt 13,19).

Pero no basta con entenderla, hay que ponerla en práctica, para que realmente se convierta en alimento que da vida y guía segura para llegar a la meta de la vida.

Los sabios quedarán avergonzados, asustados, serán atrapados. Si desechan la palabra del Señor, ¿de qué les servirá su sabiduría? (Jr 8,9; cf. Mc 7,13).

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena (Mt 7,26).

No es casualidad que la liturgia de la Iglesia, cuando celebra a san Jerónimo, que dedicó toda su vida a escrutar la Palabra y a difundirla a todo el pueblo de Dios, recalque estos dos aspectos de la Palabra de Dios para la Iglesia, que nosotros debemos pedir e intentar realizar:

Oh, Dios, que concediste al presbítero san Jerónimo un amor suave y vivo a la Sagrada Escritura, haz que tu pueblo se alimente de tu palabra con mayor abundancia y encuentre en ella la fuente de la verdadera vida (Misal Romano, oración colecta de la memoria de san Jerónimo. La cursiva es nuestra).

Señor, que los sacramentos que hemos recibido muevan el corazón de tus fieles, gozosos por la celebración de san Jerónimo, para que, atentos a las enseñanzas divinas, comprendan lo que deben seguir y, siguiéndolo, alcancen la vida eterna (Misal Romano, oración después de la comunión de la memoria de san Jerónimo).

La Palabra, fuente de vida espiritual

Aunque es algo evidente, es necesario afirmar con rotundidad ‑y luego sacar todas las consecuencias‑ que «la Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad auténticamente cristiana» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 86)14. La espiritualidad cristiana no surge de la iniciativa humana que se propone buscar a Dios, sino de la auto manifestación y auto donación de Dios que se realiza por medio de la Revelación, que alcanza su plenitud en Jesucristo y que se nos ofrece de forma privilegiada por medio de la Palabra de Dios escrita15. Gracias a la Palabra podemos escuchar a Dios y también responderle, porque en la Escritura Dios nos ha dejado no sólo la carta de amor por la que podemos conocer su corazón16, sino también las palabras con las que podemos dirigirnos a Dios como conviene, especialmente el Padrenuestro y los salmos17. Además, la Palabra de Dios, es viva y eficaz y tiene fuerza para juzgarnos (cf. Heb 4,12) y produce un fruto superabundante en el que la recibe (cf. Mc 4,20), hasta el punto de que nos convierte en madre y hermanos del Señor, si la cumplimos (cf. Lc 8,21). Todo lo dicho hasta aquí sobre la Palabra de Dios que guía y alimenta, su papel en la liturgia, y lo que veremos a continuación al descubrir la centralidad de la Escritura en la predicación, en la catequesis y en la teología, reafirma que la vida espiritual, si es auténticamente cristiana, está empapada por todas partes de Palabra de Dios. El mismo discernimiento espiritual, imprescindible en una vida espiritual consciente, tiene como fundamento, más allá de normas y ayudas, la Palabra de Dios con la que tenemos que contrastar permanentemente nuestras decisiones.

Todo esto sirve de nuevo para denunciar la limitación y la pobreza de espiritualidades de nuevo cuño, basadas en tradiciones espirituales ajenas a la Revelación y a la Palabra, que ignoran o rechazan la Palabra de Dios como alimento, fuente y guía de la vida espiritual. Incluso dentro de la misma Iglesia, hay que poner sobre aviso de formas de oración o de espiritualidad que no se alimentan de forma suficiente de la Palabra de Dios, buscando más la introspección, la experiencia afectiva o la repetición de determinadas oraciones. Por el contrario, la auténtica tradición cristiana, expresada por ejemplo en el rezo del Rosario, va meditando los misterios de Cristo que nos presenta el Evangelio, repitiendo contemplativamente la oración dominical -la oración fundamental transmitida en la Escritura- y el avemaría, que repite las palabras del ángel y de Isabel, en el evangelio de san Lucas. Cuando san Juan Pablo II quiso promover y renovar el rezo del Rosario en la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, insistió especialmente en que se enriquezca el rezo del Rosario, «compendio del Evangelio», con nuevos misterios de la vida pública de Cristo sacados del Evangelio, y afirma que «para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico correspondiente, que puede ser más o menos largo según las circunstancias. En efecto, otras palabras nunca tienen la eficacia de la palabra inspirada. Ésta debe ser escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios, pronunciada para hoy y “para mí”». Del mismo modo, la meditación cristiana debe tener como base imprescindible la Palabra de Dios, explicada y vivida en la Iglesia, especialmente por los santos. Las jaculatorias que empapan la vida cristiana de oración y presencia de Dios tienen especial fuerza cuando están tomadas de la Palabra de Dios, tal como hace la Iglesia oriental, que tiene uno de sus pilares en la «oración del corazón» que repite las palabras evangélicas del grito del ciego de Jericó en Mc 10,47: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí», y la humilde petición del publicano en Lc 18,13: «Oh Dios, ten piedad de mí, pecador».

Es interesante conocer las características que debe tener la lectura espiritual de la Biblia para poder comprobar si es ésa nuestra actitud al acercarnos a la Palabra de Dios:

La lectura espiritual de la Biblia se define, pues, mediante una serie de notas características: es ante todo escucha de una Palabra que siempre se orienta a Cristo; nos trae la referencia memorial a un acontecimiento salvífico que se actualiza en la vida del lector por la acción del Espíritu; le empuja eficazmente a una acción transformadora de su persona y de su entorno.

Las actitudes por parte del lector, para que se haga posible el encuentro con Dios mediante la Palabra bíblica que se lee, son prácticamente las mismas que hacen posible la actitud de la fe: acogida y escucha de la Palabra, silencio interior, recepción en el seno de la Iglesia, reflexión humilde, disposición a dejarse interpretar e interpelar por la Palabra, apertura a la misericordia de Dios y aceptación de su perdón, necesario para nuestra vida.

En estas condiciones, la lectura bíblica nos hace descubrir cada vez con mayor profundidad el proyecto de Dios sobre los hombres y nos da fuerza para llevarlo adelante mediante acciones concretas18.

No queremos afirmar que sólo se pueda orar repitiendo la Palabra de Dios, pero la Sagrada Escritura tiene que ser la fuente y la expresión principal de la oración cristiana y, en todo caso, hay que tener muy en cuenta respecto al lugar de la Escritura en la oración la advertencia que hace san Agustín respecto de la oración cristiana y el Padrenuestro:

Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente. Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar con una oración espiritual19.

Pero no debemos olvidar el otro sentido que tiene la relación entre la Palabra y la oración. Si es necesario que la oración esté empapada de la Escritura, también es preciso que la lectura de la Palabra esté siempre acompañada por la oración: «Todos los fieles… acudan de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras instituciones u otros medios, que para dicho fin se organizan hoy por todas partes con aprobación o por iniciativa de los Pastores de la Iglesia. Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 86). No tendría sentido escuchar a Dios que nos habla en su Palabra y no responderle.

No olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque porque «a Él hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas» (Dei Verbum, 25)20.

Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios (San Agustín)21.

Tampoco es adecuado acercarnos a la Palabra de Dios sin la actitud de escucha y la humilde petición de que Dios nos ayude a acoger su Palabra. Tanto en la lectura individual como en la comunitaria es necesario leer la Escritura con una actitud orante: la actitud de fe, que escucha y responde a Dios que nos habla por medio de la Escritura proclamada.

También en las etapas más avanzadas de la oración y de la vida espiritual sigue siendo necesaria la Palabra de Dios. Las experiencias místicas no pueden sustituir, mucho menos contradecir, lo que dice la Palabra de Dios. Baste recordar el empeño de santa Teresa de Jesús en que la oración parta siempre de la humanidad de Cristo, la abundancia de las referencias a la Escritura en las obras de san Juan de la Cruz y el anhelo de santa Teresa de Jesús de encontrar su caminito en la Biblia.

Todo fiel cristiano, mucho más el contemplativo, encuentra en la lectio divina el modo orante de acercarse a la Palabra. Este modo de orar con la Palabra parte siempre de la lectura atenta de la Sagrada Escritura, la asimila con la humilde repetición, responde a ella con la Palabra convertida en oración y desemboca, cuando Dios lo concede, en el gustar en silencio la Palabra recibida. Son las cuatro partes de la lectio: lectura, meditación (rumia), oración, contemplación. Es un método arraigado en la más antigua y sólida tradición cristiana, que, aunque fue conservado especialmente en los monasterios, es recomendable para todos los fieles que quieran asimilar la Palabra y hacerla vida. Se trata de una forma de alimentarse de la Palabra y asimilarla especialmente adecuada para el contemplativo porque supone una actitud de fe, que le lleva al diálogo personal con Dios y lejos de llenar la cabeza de palabras e ideas, facilita la contemplación.

No vamos a detenernos a explicar aquí toda la riqueza de la lectio y la forma de realizarla con provecho, porque lo hemos hecho con detenimiento en otro lugar de nuestra web (tema «¿Qué es la lectio divina?») y hemos ofrecido algunos ejemplos de lectio con los salmos (Lectio divina). Simplemente podemos añadir algunas recomendaciones de la Iglesia sobre la lectio posteriores a la elaboración de ese tema:

La lectio divina es una lectura, individual o comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la Escritura, acogido como Palabra de Dios, y que se desarrolla bajo la moción del Espíritu en meditación, oración y contemplación.

La preocupación de una lectura regular, más aún, cotidiana, de la Escritura, corresponde a una antigua práctica en la Iglesia. Como práctica colectiva, está testimoniada en el siglo III, en la época de Orígenes. Este hacía la homilía a partir de un texto de la Escritura leído cursivamente durante la semana. Había entonces asambleas cotidianas consagradas a la lectura y a la explicación de la Escritura. Esta práctica, que fue posteriormente abandonada, no tenía siempre un gran éxito entre los cristianos (Orígenes, Hom. Gen. X,1).

La lectio divina como práctica sobre todo individual está testimoniada en el ambiente monástico muy temprano. En el período contemporáneo, una Instrucción de la Comisión Bíblica, aprobada por el Papa Pío XII, la ha recomendado a todos los clérigos, tanto seculares como regulares (De Scriptura Sacra, 1950; EB 592). La insistencia sobre la lectio divina bajo este doble aspecto, individual y comunitario, ha vuelto a ser actual. La finalidad pretendida es suscitar y alimentar un «amor efectivo y constante» a la Sagrada Escritura, fuente de vida interior y de fecundidad apostólica (EB 591 y 567), favorecer también una mejor comprensión de la liturgia y asegurar a la Biblia un lugar más importante en los estudios teológicos y en la oración.

La Constitución conciliar Dei Verbum (n. 25) insiste igualmente sobre una lectura asidua de las Escrituras, para los sacerdotes y los religiosos. Además, -y es una novedad- invita también «a todos los fieles de Cristo» a adquirir «por una lectura frecuente de las Escrituras divinas, “la eminente ciencia de Jesucristo” (Flp 3, 8)». Diversos medios son propuestos. Junto a una lectura individual, se sugiere una lectura en grupo. El texto conciliar subraya que la oración debe acompañar la lectura de la Escritura, ya que ella es la respuesta a la Palabra de Dios encontrada en la Escritura bajo la inspiración del Espíritu. En el pueblo cristiano han surgido numerosas iniciativas para una lectura comunitaria. No se puede sino animar este deseo de un mejor conocimiento de Dios y de su designio de salvación en Jesucristo, a través de las Escrituras (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, IV, C, 2. La Lectio divina).

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El Sínodo ha vuelto a insistir más de una vez en la exigencia de un acercamiento orante al texto sagrado como factor fundamental de la vida espiritual de todo creyente, en los diferentes ministerios y estados de vida, con particular referencia a la lectio divina […] En los documentos que han preparado y acompañado el Sínodo, se ha hablado de muchos métodos para acercarse a las Sagradas Escrituras con fruto y en la fe. Sin embargo, se ha prestado una mayor atención a la lectio divina, que es verdaderamente «capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente». Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos. Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia. Por último, la lectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? San Pablo, en la Carta a los Romanos, dice: «No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (12,2). En efecto, la contemplación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros «la mente de Cristo» (1Co 2,16). La Palabra de Dios se presenta aquí como criterio de discernimiento, «es viva y eficaz, más tajante que la espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12). Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad (Benedicto XVI, Verbum Domini, 11)22.

Por último, un elemento de la vida cristiana que podemos olvidar y que también está relacionado con la Palabra de Dios son las indulgencias que se pueden obtener para los difuntos y para uno mismo con la lectura de la Palabra de Dios, y la lectura de la Biblia como camino de penitencia y conversión:

Quisiera mencionar también lo recomendado durante el Sínodo sobre la importancia de la lectura personal de la Escritura como práctica que contempla la posibilidad, según las disposiciones habituales de la Iglesia, de obtener indulgencias, tanto para sí como para los difuntos. La práctica de la indulgencia implica la doctrina de los méritos infinitos de Cristo, que la Iglesia como ministra de la redención dispensa y aplica, pero implica también la doctrina de la comunión de los santos, y nos dice «lo íntimamente unidos que estamos en Cristo unos con otros y lo mucho que la vida sobrenatural de uno puede ayudar a los demás». En esta perspectiva, la lectura de la Palabra de Dios nos ayuda en el camino de penitencia y conversión, nos permite profundizar en el sentido de la pertenencia eclesial y nos sustenta en una familiaridad más grande con Dios. Como dice San Ambrosio, cuando tomamos con fe las Sagradas Escrituras en nuestras manos, y las leemos con la Iglesia, el hombre vuelve a pasear con Dios en el paraíso (Benedicto XVI, Verbum Domini, 86).

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Se concede indulgencia plenaria al fiel cristiano que lea la Sagrada Escritura con la veneración debida a la palabra divina y a manera de lectura espiritual por espacio de media hora, por lo menos.

Si por una causa razonable el fiel cristiano no puede leer, se concede la indulgencia, plenaria o parcial, como se ha indicado, si el texto de la Sagrada Escritura es leído por otra persona o se escucha a través de un aparato de audio o de vídeo (Manual de Indulgencias (Enchiridion indulgentiarum, 30)23.

El fácil acceso a la Sagrada Escritura

Este número 131 del Catecismo, recogiendo palabras de Dei Verbum, 22, recuerda la necesidad de hacer accesible la Sagrada Escritura a los fieles. Ya hemos hecho mención, al comentar el n. 103, de que la reforma litúrgica del Vaticano II enriqueció la liturgia de la Palabra en la Eucaristía y, en este mismo tema, hemos recordado que la Palabra de Dios debe estar presente en todos los sacramentos.

Ciertamente los fieles tienen un acceso más fácil a la Palabra de Dios que en siglos pasados24, pero eso no quiere decir que no haya que seguir haciendo un esfuerzo para que los fieles cristianos tengan un fácil acceso a la Palabra de Dios. En primer lugar, apoyando las iniciativas para que el texto de la Biblia pueda llegar físicamente a aquellos países en los que la persecución al cristianismo no permite publicar ni difundir la Palabra de Dios. En los países en los que es fácil adquirir una Biblia también hay que realizar una importante tarea para que de hecho los fieles accedan a la Palabra: cuidando las traducciones y ediciones de la Biblia de manera que sean realmente fieles a lo que dice la Palabra y tengan las introducciones y notas adecuadas, fomentando en la catequesis el acceso a la Palabra de Dios como fuente de verdad y vida, enseñando a orar con la Palabra, ofreciendo en la escuela y en las parroquias la formación necesaria para que la Palabra sea entendida en comunión con la Iglesia. Sin ese trabajo pastoral será fácil comprar un ejemplar de la Biblia, incluso bien traducido y editado, pero será un libro más en la estantería que permanecerá cerrado o incomprensible para la mayoría de los fieles.

Por eso este número del Catecismo tiene que ser completado con lo que dice el n. 133:

[133] La Iglesia «recomienda de modo especial e insistentemente a todos los fieles […] la lectura asidua de las divinas Escrituras para que adquieran «la ciencia suprema de Jesucristo» (Flp 3,8), «pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo» (DV 25; cf. San Jerónimo, Commentarii in Isaiam, Prólogo: CCL 73, 1 [PL 24, 17]).

La Escritura alma de la teología y sustento de la predicación y de la catequesis

[132] «La sagrada Escritura debe ser como el alma de la sagrada teología. El ministerio de la palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y, en puesto privilegiado, la homilía, recibe de la palabra de la Escritura alimento saludable y por ella da frutos de santidad» (DV 24).

Biblia y teología

La Palabra de Dios debe tener un lugar central en la tarea de la reflexión teológica, tan importante para la vida de la Iglesia. Tan necesaria es la Palabra para la teología que el Catecismo, citando a Dei Verbum, dice que debe ser «el alma» de la teología. Por lo que no será exagerado decir que, cuando la teología prescinde de la Escritura o se opone a ella, se convierte en una teología sin alma, una teología muerta.

El texto del concilio Vaticano II emplea también la imagen del «cimiento», recordando que la Tradición junto con la Palabra constituyen el cimiento perpetuo de la teología:

La Sagrada Teología se apoya, como en cimientos perpetuos en la palabra escrita de Dios, al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se robustece firmemente y se rejuvenece de continuo, investigando a la luz de la fe toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. Las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la palabra de Dios; por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la Sagrada Teología (Dei Verbum, 24).

Es necesario recordar que la teología, por lo menos la teología católica, no es cualquier discurso o reflexión sobre Dios:

La teología sobrenatural, o teología propiamente dicha, es la ciencia de Dios, pero partiendo de la revelación. Habla de Dios, pero de Dios tal como se nos ha dado a conocer por la revelación y en la medida en que esta revelación puede introducirnos en un conocimiento más profundo de su misterio íntimo. El punto de partida de la teología es, por consiguiente, el Dios vivo, en su libre testimonio sobre sí mismo. Por otra parte, al ser fe y revelación dos nociones correlativas, se puede decir también que la teología es la ciencia del objeto de fe, o sea, la ciencia de lo que es revelado por Dios y creído por el hombre. Mientras que las ciencias naturales se apoyan en los datos de la experiencia, la teología se basa en los datos de la revelación acogidos por la fe25.

Por lo tanto, la teología debe partir y tener siempre en cuenta la Palabra de Dios como fuente fundamental de la Revelación. Olvidar en la tarea teológica la Palabra de Dios inspirada por Dios y recibida, transmitida y correctamente interpretada por la Iglesia, es caer en todo tipo de relativismo y manipulación ideológica, impidiendo la finalidad de la auténtica teología:

El objetivo fundamental al que tiende la teología consiste en presentar la inteligencia de la Revelación y el contenido de la fe (San Juan Pablo II, Encíclica Fides et Ratio (1998), 93).

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La Escritura será el principio vital de la teología, pues es la palabra de Dios. Realidad perenne, siempre válida e inagotable, no sólo en cuanto todo escrito humano lo es. Se trata de la fijación de la revelación de la Palabra hecha carne. Esta revelación es el objeto de toda la teología. En el momento en que se pierde en mera especulación humana -la exégesis también corre ese riesgo y, de hecho, cae en él a veces-, la teología se convierte en letra muerta, en bronce que suena en el vacío, por cuanto se trata de la salvación. Es una ciencia humana más sin el valor salvador de la revelación, el cual es el sentido de toda teología26.

Esta relación de la teología con la Palabra de Dios y su interpretación necesita algunas precisiones, aunque sean señaladas con brevedad:

  • -La teología no se limita a repetir la Palabra de Dios: para comprender la fe revelada necesita de la razón y de una sana filosofía que le permita comprender el mensaje de Dios:

Si un contenido importante de la teología es la interpretación de las fuentes, un paso ulterior e incluso más delicado y exigente es la comprensión de la verdad revelada, o sea, la elaboración del intelectus fidei. Como ya se ha dicho, el intelectus fidei necesita la aportación de una filosofía del ser (San Juan Pablo II, Fides et Ratio, 97)27.

  • -La teología necesita siempre partir de la correcta interpretación de la Escritura, para lo que debe apoyarse en la exégesis bíblica:

Sin ser el único locus theologicus, la Sagrada Escritura constituye la base privilegiada de los estudios teológicos. Para interpretar la Escritura con exactitud científica y precisión, los teólogos tienen necesidad del trabajo de los exegetas (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, III, D, 2. Exégesis y teología dogmática).

  • -La exégesis no debe olvidar su relación con la teología

Cuando abordan los textos bíblicos, los exégetas necesariamente tienen una precomprensión. En el caso de la exégesis católica, se trata de una precomprensión basada sobre certezas de fe: la Biblia es un texto inspirado por Dios y confiado a la Iglesia para suscitar la fe y guiar la vida cristiana. Estas certezas de fe no llegan a los exégetas en estado bruto, sino después de haber sido elaboradas en la comunidad eclesial por la reflexión teológica. Los exégetas están, pues, orientados en su investigación por la reflexión dogmática sobre la inspiración de la Escritura y sobre la función de ésta en la vida eclesial (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, III, D, 1. Teología y precomprensión de los textos bíblicos).

  • -Si todo fiel cristiano debe acompañar la lectura de la Biblia con la oración, especialmente el teólogo y el exegeta deben ser conscientes de la necesidad de acercarse a la Escritura con una actitud orante, asimilando la Palabra de Dios con fe, humildad y oración:

Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración. En efecto, está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que no se da una auténtica scientia Christi sin enamorarse de Él. En la Carta a Gregorio, el gran teólogo alejandrino recomienda: «Dedícate a la lectio de las divinas Escrituras; aplícate a esto con perseverancia. Esfuérzate en la lectio con la intención de creer y de agradar a Dios. Si durante la lectio te encuentras ante una puerta cerrada, llama y te abrirá el guardián, del que Jesús ha dicho: “El guardián se la abrirá”. Aplicándote así a la lectio divina, busca con lealtad y confianza inquebrantable en Dios el sentido de las divinas Escrituras, que se encierra en ellas con abundancia. Pero no has de contentarte con llamar y buscar. Para comprender las cosas de Dios te es absolutamente necesaria la oratio. Precisamente para exhortarnos a ella, el Salvador no solamente nos ha dicho: “Buscad y hallaréis”, “llamad y se os abrirá”, sino que ha añadido: “Pedid y recibiréis”» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 86)28.

Podemos concluir entonces:

En definitiva, cuando la exegesis no es teología, la Escritura no puede ser el alma de la teología y, viceversa, cuando la teología no es esencialmente interpretación de la Escritura en la Iglesia, esta teología ya no tiene fundamento (Benedicto XVI, Verbum Domini, 35).

Biblia y predicación

Cuando el Catecismo afirma que la Palabra de Dios debe ser el «alimento saludable» de la predicación y que, gracias a ella, la predicación da frutos de santidad, no se refiere sólo a la predicación dentro de la liturgia de la misa, aunque ésta tenga una especial importancia, sino a toda forma de predicación de la Iglesia, tanto para los fieles, como para llamar a la fe a los no creyentes.

Toda predicación, no sólo la homilía, ha de fundamentarse en la Escritura y remitirse en último término a ella. El ministerio de predicar la Palabra de Dios es la forma más habitual de interpretar la Escritura, descubriendo su dimensión actual, haciendo presente su fuerza transformadora y enfrentando, en último término, a los oyentes con el misterio de Cristo, que los interpela en lo más hondo de su vida29.

La Palabra de Dios tiene por sí misma la necesidad y la cualidad de ser difundida. No habría que olvidar que buena parte de la Biblia nace de la misma predicación, piénsese como ejemplo en los profetas, en los evangelios o en las cartas de san Pablo.

La predicación recibe de la Palabra de Dios sus dos cualidades fundamentales: su verdad y su fuerza. Establecida la Escritura en la primera generación de la Iglesia, la palabra escrita ejerce un dinamismo que le viene del Espíritu: necesita difundirse, expansionarse, actualizarse; así ella misma, desde dentro, engendra la predicación y se hace presente en ella, con su verdad y con su fuerza. Por eso la predicación es instrumento eficaz, y no sólo ocasional, de santificación y edificación del Cuerpo de Cristo. Es decir, el ministerio de la palabra queda ligado horizontalmente a la palabra bíblica, y por ella está ligado verticalmente a la acción del Espíritu; y no puede suplantar la palabra inspirada ni prescindir de ella30.

La proclamación de la Palabra tiene una especial importancia en el anuncio misionero:

La novedad del anuncio cristiano es la posibilidad de decir a todos los pueblos: «Él se ha revelado. Él personalmente. Y ahora está abierto el camino hacia Él. La novedad del anuncio cristiano no consiste en un pensamiento sino en un hecho: Él se ha revelado» […]

Por lo tanto, la misión de la Iglesia no puede ser considerada como algo facultativo o adicional de la vida eclesial. Se trata de dejar que el Espíritu Santo nos asimile a Cristo mismo, participando así en su misma misión: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21), para comunicar la Palabra con toda la vida. Es la Palabra misma la que nos lleva hacia los hermanos; es la Palabra que ilumina, purifica, convierte. Nosotros no somos más que servidores […]

La Palabra de Dios es la verdad salvadora que todo hombre necesita en cualquier época. Por eso, el anuncio debe ser explícito. La Iglesia ha de ir hacia todos con la fuerza del Espíritu (cf. 1Co 2,5), y seguir defendiendo proféticamente el derecho y la libertad de las personas de escuchar la Palabra de Dios, buscando los medios más eficaces para proclamarla, incluso con riesgo de sufrir persecución. La Iglesia se siente obligada con todos a anunciar la Palabra que salva (cf. Rm 1,14) (Benedicto XVI, Verbum Domini, 92.93.95).

De modo que es importante no caer en la tentación de suplir el mensaje de la Palabra de Dios por otros mensajes con el pretexto de facilitar el anuncio misionero y la incorporación a la Iglesia de los no creyentes.

Nuestra responsabilidad no se limita a sugerir al mundo valores compartidos; hace falta que se llegue al anuncio explícito de la Palabra de Dios. Sólo así seremos fieles al mandato de Cristo: «La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 98; la cita es de san Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (1965), 20).

Es necesario también recordar la importancia del testimonio de vida cristiana para el anuncio de la Palabra en todos los ámbitos de la proclamación (misión, catequesis, homilía…). La Palabra predicada con fidelidad debe ir acompañada de la Palabra vivida con autenticidad.

El inmenso horizonte de la misión eclesial, la complejidad de la situación actual, requieren hoy nuevas formas para poder comunicar eficazmente la Palabra de Dios. El Espíritu Santo, protagonista de toda evangelización, nunca dejará de guiar a la Iglesia de Cristo en este cometido. Sin embargo, es importante que toda modalidad de anuncio tenga presente, ante todo, la intrínseca relación entre comunicación de la Palabra de Dios y testimonio cristiano. De esto depende la credibilidad misma del anuncio. Por una parte, se necesita la Palabra que comunique todo lo que el Señor mismo nos ha dicho. Por otra, es indispensable que, con el testimonio, se dé credibilidad a esta Palabra, para que no aparezca como una bella filosofía o utopía, sino más bien como algo que se puede vivir y que hace vivir. Esta reciprocidad entre Palabra y testimonio vuelve a reflejar el modo con el que Dios mismo se ha comunicado a través de la encarnación de su Verbo. La Palabra de Dios llega a los hombres «por el encuentro con testigos que la hacen presente y viva». De modo particular, las nuevas generaciones necesitan ser introducidas a la Palabra de Dios «a través del encuentro y el testimonio auténtico del adulto, la influencia positiva de los amigos y la gran familia de la comunidad eclesial». Hay una estrecha relación entre el testimonio de la Escritura, como afirmación de la Palabra que Dios pronuncia por sí mismo, y el testimonio de vida de los creyentes. Uno implica y lleva al otro. El testimonio cristiano comunica la Palabra confirmada por la Escritura. La Escritura, a su vez, explica el testimonio que los cristianos están llamados a dar con la propia vida. De este modo, quienes encuentran testigos creíbles del Evangelio se ven movidos así a constatar la eficacia de la Palabra de Dios en quienes la acogen (Benedicto XVI, Verbum Domini, 97)31.

Del mismo modo, la Palabra de Dios debe tener un lugar privilegiado en la catequesis de la Iglesia, y no sólo en la catequesis infantil, sino de todas las edades y de todos los ámbitos (piénsese también en la enseñanza religiosa escolar). No olvidemos que la catequesis es la iniciación a la vida cristiana, de forma completa, sistematizada y fundamentada, que no sólo transmite la fe de la Iglesia, sino que incorpora a la liturgia de la Iglesia e introduce a la práctica de la oración y la moral cristiana. En todos estos aspectos, la catequesis no sólo debe alimentarse de la Escritura y ofrecer los textos de la Biblia en los que se apoya su contenido, sino que debe ayudar a los catecúmenos a entender el lenguaje de la Palabra de Dios y a poder acercarse a ella, tanto en la liturgia como en la lectura personal y orante.

La catequesis extraerá siempre su contenido de la fuente viva de la Palabra de Dios, transmitida mediante la Tradición y la Escritura, dado que «la Tradición y la Escritura constituyen el depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia», como ha recordado el Concilio Vaticano II al desear que «el ministerio de la palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana… reciba de la palabra de la Escritura alimento saludable y por ella dé frutos de santidad». Hablar de la Tradición y de la Escritura como fuentes de la catequesis es subrayar que ésta ha de estar totalmente impregnada por el pensamiento, el espíritu y actitudes bíblicas y evangélicas a través de un contacto asiduo con los textos mismos; es también recordar que la catequesis será tanto más rica y eficaz cuanto más lea los textos con la inteligencia y el corazón de la Iglesia y cuanto más se inspire en la reflexión y en la vida dos veces milenaria de la Iglesia (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi Tradendae (1979), 27).

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La explicación de la Palabra de Dios en la catequesis, –Sacrosanctum Concilium, 35; Dirct. catec. gen., 1971, 16-, tiene como primera fuente la Sagrada Escritura, que, explicada en el contexto de la Tradición, proporciona el punto de partida, el fundamento y la norma de la enseñanza catequética. La catequesis debería introducir a una justa comprensión de la Biblia y a su lectura fructuosa, que permite descubrir la verdad divina que contiene, y que suscita una respuesta, la más generosa posible, al mensaje que Dios dirige por su palabra a la humanidad (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, IV, C, 3. Uso de la Biblia. En el ministerio pastoral).

También en la catequesis, como en la interpretación de la Escritura (cf. Catecismo, n. 111-112), es imprescindible leer y enseñar a leer la Palabra de Dios con el mismo Espíritu con el que ha sido escrita, en comunión con la Iglesia.

La catequesis se constituye así en lectura de los textos bíblicos mediante una clave eclesial concreta: el símbolo de la fe, el padrenuestro y las normas de vida del evangelio, que se concretan en el mandato del amor y las bienaventuranzas. Esta clave, que constituye la fe, la liturgia y el compromiso básico de la Iglesia, no sólo no es ajena a la Escritura, sino que constituye su núcleo esencial. Y el conjunto nos ayuda a descubrir cómo el corazón mismo de la catequesis está constituido por la interpretación de la Escritura «en el mismo Espíritu» con que fue escrita y que continúa vivo en la Iglesia32.

En este uso de la Biblia en la Catequesis se debe tener en cuenta la necesidad de conocer los momentos y personajes claves de la historia de la salvación y de poder comprender la propia existencia cristiana a la luz de esos momentos y personajes; sin este segundo aspecto, la Palabra de Dios se quedaría en la cabeza de los catecúmenos y no se haría palabra viva y vivida.

Se ha de fomentar, pues, el conocimiento de las figuras, de los hechos y las expresiones fundamentales del texto sagrado; para ello, puede ayudar también una inteligente memorización de algunos pasajes bíblicos particularmente elocuentes de los misterios cristianos. La actividad catequética comporta un acercamiento a las Escrituras en la fe y en la Tradición de la Iglesia, de modo que se perciban esas palabras como vivas, al igual que Cristo está vivo hoy donde dos o tres se reúnen en su nombre (cf. Mt 18,20). Además, debe comunicar de manera vital la historia de la salvación y los contenidos de la fe de la Iglesia, para que todo fiel reconozca que también su existencia personal pertenece a esta misma historia (Benedicto XVI, Verbum Domini, 74).

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La catequesis debe partir del contexto histórico de la revelación divina, para presentar personajes y acontecimientos del Antiguo y del Nuevo Testamento a la luz del designio de Dios […] La catequesis no puede explotar, evidentemente, sino una pequeña parte de los textos bíblicos. En general, utiliza los relatos, tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento e insiste sobre el Decálogo. Pero debería emplear igualmente los oráculos de los profetas, la enseñanza sapiencial, y los grandes discursos evangélicos, como el Sermón de la montaña. La presentación de los evangelios se debe hacer de modo que provoque un encuentro con Cristo, que da la clave de toda la revelación bíblica y transmite la llamada de Dios, a la cual cada uno debe responder. Las palabras de los profetas y de los «servidores de la Palabra» (Lc 1,2) deben aparecer como dirigidas ahora a los cristianos (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, IV, C, 3. Uso de la Biblia. En el ministerio pastoral).

Hemos dejado para el último lugar, pero no porque sea la menos importante, la homilía como elemento fundamental de la predicación de la Palabra, que, por su lugar en la liturgia de la Palabra, debe tener una especial relación con la Sagrada Escritura. La homilía es para la mayoría de los cristianos el principal y más frecuente -si no, el único- medio para comprender la Palabra de Dios y poder aplicarla a su vida. Por eso es preciso que el predicador -y también el pueblo fiel- sea consciente de lo que es la homilía.

Quizá lo primero que hay que dejar claro es que la homilía forma parte de la liturgia, no es un paréntesis dentro de la misa o de la celebración de los sacramentos, aunque tampoco es lo más importante o lo único. La homilía es un elemento importante de la liturgia de la Palabra, para que ella llegue realmente a los fieles a los que se dirige en el momento -o sacramento concreto- en el que la escuchan.

Cuando se leen en la Iglesia las sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio. Por eso las lecturas de la palabra de Dios, que proporcionan a la Liturgia un elemento de la mayor importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración. Y aunque la palabra divina, en las lecturas de la Sagrada Escritura, va dirigida a todos los hombres de todos los tiempos y está al alcance de su entendimiento, sin embargo, una mejor inteligencia y eficacia se ven favorecidas con una explicación viva, es decir, con la homilía, como parte que es de la acción litúrgica (Instrucción general del misal romano, 29. La cursiva es nuestra).

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La homilía es parte de la Liturgia y muy recomendada, pues es necesaria para alimentar la vida cristiana. Conviene que sea una explicación o de algún aspecto particular de las lecturas de la sagrada Escritura, o de otro texto del Ordinario o del Propio de la Misa del día, teniendo siempre presente el misterio que se celebra y las particulares necesidades de los oyentes (Instrucción general del misal romano, 65).

Por eso, la homilía no debe faltar en los domingos y días de precepto y se recomienda también en todas las celebraciones de la misa.

Cuídese con especial atención la homilía dominical y en la de las solemnidades; pero no se deje de ofrecer también, cuando sea posible, breves reflexiones apropiadas a la situación durante la semana en las misas cum populo, para ayudar a los fieles a acoger y hacer fructífera la Palabra escuchada (Benedicto XVI, Verbum Domini, 59)33.

No debe olvidarse nunca el objetivo específico de la homilía dentro de la predicación de la Iglesia y de la liturgia:

[La homilía] tiene el cometido de favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. La homilía constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia vida. Debe apuntar a la comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión, disponiendo la asamblea a la profesión de fe, a la oración universal y a la liturgia eucarística (Benedicto XVI, Verbum Domini, 59).

En consecuencia, no es suficiente -ni necesario- que el predicador explique el sentido de las lecturas bíblicas que se acaban de escuchar, como haría un profesor de Sagrada Escritura. Por supuesto que debe conocer ese sentido, pero su misión es facilitar que la Palabra proclamada llegue de forma real y concreta a cada oyente de la Palabra. No se trata de explicar ni de repetir la Biblia, pero empapado del pensamiento y del lenguaje de la Palabra de Dios, el predicador permite que Dios hable a su pueblo en ese momento y en esas circunstancias.

La homilía -y esto puede decirse de toda la predicación eclesial- debe, ante todo, estar impregnada de lenguaje bíblico, al estilo de los Padres que vivían con la Biblia, pensaban y hablaban con la Biblia. No se trata de un frío biblicismo que se vale memorísticamente de fraseología y de fórmulas bíblicas. Se trata más bien de penetrar en la sustancia bíblica y de sintonizar profundamente con el alma y el lenguaje de la Biblia, lo que se obtiene con la meditación y contemplación frecuentes del libro sagrado. Sólo entonces, como por instinto, la predicación saca de la Palabra de Dios escrita las características del hablar de Dios: un hablar interpersonal y dialógico, actualizado y concreto, creativo34.

Por lo tanto, para la preparación de la homilía hace falta algo más que conocer el sentido del texto:

Por eso se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado; que se preparen para la homilía con la meditación y la oración, para que prediquen con convicción y pasión. La Asamblea sinodal ha exhortado a que se tengan presentes las siguientes preguntas: «¿Qué dicen las lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta?» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 59).

Podemos ofrecer esta luminosa síntesis de lo que debe ser una buena homilía para que cumpla su función de alimentar al pueblo de Dios con la Palabra:

Si quisiéramos sintetizar las condiciones de la homilía como interpretación de la Escritura, podríamos decir:

-La homilía supone el conocimiento y asimilación vital de la Palabra proclamada por parte del predicador (conocimiento del texto).

-Se dirige a oyentes personalizados, cuyos problemas, circunstancias y anhelos se han de conocer bien (éste es el pre-texto).

-Se realiza en el ámbito de la celebración litúrgica, en comunión con toda la Iglesia (el con-texto)

-Ofrece no tanto una interpretación histórico-crítica del texto, que nos remite a su historia pasada, cuanto una confrontación del mundo del texto con el mundo de los oyentes, de modo que surja la iluminación e interpelación de la Palabra de Dios a la realidad y futuro de los participantes. Es pues una interpretación actualizadora de la Palabra de Dios, que pone a los creyentes ante el misterio de Dios que se celebra y les ayuda a percibir su historia personal y colectiva como historia de salvación (interpretación actualizadora).

-Utiliza el lenguaje de la cercanía, de la conversación, de la apelación (estilo propio).

En resumen, la homilía es un modo específico de interpretar la Escritura actualizándola y haciéndola llegar a los oídos y a los corazones de los fieles, en el ámbito celebrativo de la Iglesia y, por tanto, bajo la acción privilegiada del Espíritu, que manifiesta de modo especial la eficacia de la Palabra de Dios, conduciendo a los creyentes, tanto en su persona, como en su actuación colectiva, a la conversión y salvación integrales35.

Evidentemente, el fruto de la homilía depende en gran medida de la fe y de la oración del predicador, tanto o más que de su preparación bíblica y teológica, que no puede faltar. El predicador debe ser consciente de la eficacia transformadora de la predicación cuando realmente está imbuida de la Palabra de Dios:

La Palabra de Dios es «viva y eficaz…» (Hebr 4,12), es «potencia de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rm 1,16), es «palabra de vida» (Flp 2,16), es «palabra de reconciliación» (2Co 5,19). Del mismo modo que la Palabra de Dios hace que suceda lo que proclama, así también la predicación cristiana es acontecimiento eficaz y creativo, con tal de que «quien habla, lo haga con palabras de Dios» (1P 4,11). Aquella experiencia de Pablo de «cuál es la extraordinaria grandeza de la potencia de Dios (en su Palabra) para con nosotros los creyentes según la eficacia de su fuerza» (Ef 1,19), está abierta a los predicadores de la Palabra cuando su hablar, como el de la Biblia, es eminentemente vivo y dominador de la historia, compenetrado virtualmente con los acontecimientos del día, con los problemas actuales. S. Kierkegaard pensaba que un verdadero Pastor no puede predicar de veras más que una vez en su vida: ¡ante la potencia de su palabra la Iglesia parroquial se vendría abajo! Una fe semejante, pletórica de entusiasmo, no debería abandonar jamás al heraldo de la Palabra de Dios36.

El predicador, tanto o más que el teólogo o el catequista, debe acudir a la Palabra de forma asidua y orante para poder ejercer fielmente su ministerio.

El predicador tiene que «ser el primero en dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia», porque, como dice san Agustín: «Pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 59).

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La homilía es una expansión del texto inspirado. Una expansión que se realiza a través de un cristiano que habla a otros cristianos. La palabra inspirada penetra primero en el alma del predicador por la lectura, y el estudio y, sobre todo, por la contemplación. Este es el «interno escuchar» de que habla la constitución citando a San Agustín. Porque la palabra del Espíritu no crece ni madura en un cultivo neutro, sino en el alma cristiana abierta a la contemplación. Santiago habla de la «palabra plantada», y, según el Evangelio, la palabra es simiente que crece y da fruto en el terreno del espíritu cristiano37.

La tarea de hacer vida la Palabra de Dios

Antes de terminar este tema y el comentario a este artículo del Catecismo dedicado a la Sagrada Escritura, queremos insistir en una forma en que la Palabra de Dios debe hacerse presente en la vida de la Iglesia, que es la santidad; o, dicho de otro modo, la Palabra de Dios que se hace vida en los miembros de Cristo y que lleva a la plenitud de la vida cristiana.

Del mismo modo que en el tema «La Sagrada Escritura interpretada en la Iglesia» afirmábamos que «la interpretación de la Sagrada Escritura quedaría incompleta si no se estuviera también a la escucha de quienes han vivido realmente la Palabra de Dios, es decir, los santos»38, es necesario decir, especialmente a los contemplativos que abrazan conscientemente la llamada a la santidad, que si la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios no se hace vida en la vida de los creyentes; si no se convierte en historia de salvación personal que reproduce en cada cristiano la historia de la salvación, y si no llega a ser Palabra encarnada en cada miembro de la Iglesia de modo que reproduce los misterios de Cristo según su vocación y misión, entonces no hemos recibido realmente la Palabra de Dios y la hemos hecho estéril en nosotros.

De poco serviría conocer todas las formas en las que se hace presente la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia y su fuerza transformadora para el cristiano, si, al final, nadie o muy pocos se aprovecharan de esa presencia multiforme y eficaz de Dios a través de su Palabra.

Hemos de sentirnos llamados a hacer de la Palabra de Dios nuestro alimento y nuestra guía cotidiana, aprovechando el acceso a la Sagrada Escritura que nos ofrece la Iglesia. Todo cristiano, pero especialmente el contemplativo, debe aprovechar el cauce abundante que le ofrece la Iglesia para beber abundantemente el agua viva de la Palabra de Dios, de modo especial en la Eucaristía y en la liturgia de las Horas. Y la escucha orante de la Palabra que realiza el contemplativo, especialmente a través de la lectio divina, debe traducirse no sólo en testimonio, catequesis, homilías…, sino principalmente en frutos de santidad, haciendo verdad en nuestra vida que la semilla que cae en tierra buena da fruto abundante. No sólo debemos tener frecuentemente la Biblia en nuestras manos, sino en nuestra mente y en nuestro corazón, para que de esa abundancia hablen nuestros labios y nuestros actos. En definitiva, hemos de sentir especialmente la responsabilidad de que efectivamente la Palabra de Dios y la predicación cristiana de la Sagrada Escritura, al menos en nosotros, dé frutos de santidad.

En este sentido, cabe recordar el n. 37 de la Pequeña regla para contemplativos en el mundo: «Lee y medita la Palabra de Dios. Sea ella el alimento de tu vida interior y la luz que guíe tu caminar por la vida»39. El libro de los Fundamentos subraya la presencia y la importancia de la Palabra de Dios en algunos momentos de la vida del contemplativo.

  • -El contemplativo debe acoger la Palabra de Dios cada día como acoge la palabra de la llamada de Dios en el momento de su vocación: «La palabra que Dios dirige a una persona no es una simple voz, sino una palabra divina, eficaz y transformadora, que realiza aquello que significa. Dios no sólo llama, sino que, con su llamada, transforma a la persona en aquello a lo que es llamada»
  • -Contemplar y abrazar la vida oculta de Cristo se convierte en un modelo de como se hace vida la Palabra de Dios y nos lleva a testimoniar el Evangelio con la vida: «Viviendo todo esto, el contemplativo se convierte en un poderoso predicador del Evangelio; un predicador ciertamente “mudo”, porque no se sirve principalmente de la palabra, pero enormemente eficaz, porque él mismo es “otro Cristo”, que hace posible que quien le mire vea al Señor»
  • -El rezo de los salmos, especialmente en la liturgia de las Horas y en la lectio, son una referencia para convertir la Palabra de Dios en palabra viva del contemplativo: «Nosotros podemos ahora ‑con el mismo Espíritu y como Jesús‑ apropiarnos el salmo y entonarlo de nuevo; de tal manera que también para nosotros las palabras de los salmos se hacen palabras vivas y se cumplen, porque los rezamos en el mismo Espíritu que inspiró la Sagrada Escritura. Y él mismo es quien nos ayuda a rezar los salmos con sentido cristiano y unidos a Cristo, que los rezó en la tierra y los une ahora a su plegaria permanente en el cielo»
  • -De modo que la Palabra de Dios recogida en la Escritura tiene un papel esencial en la vida consagrada del contemplativo secular: «La Palabra de Dios, que tiene que ser el sustento de toda oración, se convierte aquí en la maestra que le enseña el camino de la oración interior y lo acompaña a través de él. No se trata de “meditar” la Palabra, sino de permanecer bajo su luz, de empaparse de ella, tal como se hace por medio de la lectio divina»

Terminemos toda esta reflexión acogiendo esta exhortación a acoger la Palabra de Dios como palabra viva de modo que nos lleve a la vida mística y al verdadero testimonio:

A propósito de la Palabra que lleva al silencio: nunca comprendemos suficientemente que la Palabra de Dios es una frase pronunciada por alguien, que sale viva de su boca en un momento preciso: dicho, de otro modo, un acontecimiento. Por ejemplo, Él nos dice: «¡Ven!»…, o «¿Quieres?»… Dos palabras así de sencillas. No lo dice dentro de diez años, no lo ha dicho en otro tiempo, lo dice hoy; no es algo frío, escrito en un texto, es pronunciado por un rostro que nos mira, es el deseo de un corazón a otro corazón.

Los protestantes de nuestro siglo han insistido en este punto antes que los católicos. Pero si lo percibimos sin desembocar en la vida mística, nos quedamos a medio camino. Los únicos que oyen verdaderamente la Palabra de Dios son los testigos -esa nube de testigos- que desde hace dos mil años buscan el rostro de Cristo con la ansiedad de la esposa del Cantar de los Cantares.

No es que, porque la Revelación está cerrada, Dios ha dejado de hablar. Una ciega anciana evocó un día delante de mí el grito de Jesús sobre la cruz. Y me decía: «Este grito de Jesús es su última palabra; tengo la impresión de que no ha cesado de resonar en la Iglesia y de que estoy oyéndolo siempre.» La Voz del Señor, dicen los Salmos, no cesa, no se la hace callar. A cada instante nos alcanza, se dirige a nosotros. No es nunca colectiva, no se dirige a los hombres en general, llama a cada uno por su nombre.

A causa de ello, no hay que hacerse un «programa» demasiado preciso, fundado, digamos, sobre la Palabra de Dios: si esta Palabra es viva, no sabemos nunca lo que nos va a decir. Si pretendemos saberlo de antemano, so pretexto de que «está en el texto», matamos la palabra en nuestro corazón, y la obligamos prácticamente a callarse.

No se sabe definitivamente lo que hay en la Revelación, es un secreto. Dios no puede decir nada más que no se halle ya inscrito en el depósito revelado, pues la Revelación está cerrada desde la muerte del último apóstol. Pero eso no quiere decir que se haya comprendido. La profundidad de esta Palabra es infinita, no se mueve, pero está más viva que lo que se mueve, puede reservarnos sorpresas. Dios ha dicho todo, pero como ha dicho cosas eternas cuya profundidad es insondable, es siempre nuevo. Tales palabras, a las que nunca habíamos prestado atención, pueden atravesarnos. Por ejemplo, hacia el fin de una de las crisis purificadoras de las que he hablado, se puede descubrir bruscamente el poder de paz contenido en las palabras «si conocieras el don de Dios», o «vosotros no habéis pedido todavía nada en mi Nombre…». Bruscamente, eso nos hiere y nos desgarra: la Palabra viva circula a través de estas palabras como la corriente eléctrica a través de un conductor…, y estas palabras se convierten verdaderamente en el canal entre Dios y nosotros, en el instrumento de su diálogo.

No es el momento, entonces, para frenar el poder de esta Palabra yendo a buscar otra en la Biblia: hay que escuchar solamente lo que tiene un sentido para nosotros en ese momento. La palabra ha venido a ser la Palabra, es decir, la Realidad. Cuando una persona nos abre su corazón, cuanto nos dice no son palabras e ideas, sino el peso de realidad de la persona misma. Entonces, si es Dios, hay que dejarse guiar como un niño por su madre, paso a paso: «La palabra de Dios es viva y eficaz como una espada que penetra en la división del alma y del espíritu» (Molinié)40.


NOTAS

  1. «Cuando la Escritura se presenta a sí misma como palabra de Dios, afirma su propia fuerza. Quien en nombre de la verdad niega a la Escritura esta fuerza, está acusando a la Escritura de error» L. Alonso Schökel, Pan de vida, en L. Alonso Schökel (dir.), Comentarios a la constitución Dei Verbum sobre la divina revelación, Madrid, 2012 (BAC), 684.
  2. Schökel, Pan de vida, 678.
  3. A. M. Artola – J. M. Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, Estella 1995 (Verbo Divino, 4ª ed.), 412-413.
  4. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 413.
  5. V. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios. Introducción general a la Sagrada Escritura, Bilbao 1995 (Desclée de Brower, 4ª ed.), 324.
  6. Lo que parece evidente para algunos sacramentos (Eucaristía, Bautismo, Matrimonio…), no lo es tanto para otros, en los que no siempre aparece con claridad la Palabra de Dios: «Si bien la Eucaristía está sin duda en el centro de la relación entre Palabra de Dios y sacramentos, conviene subrayar, sin embargo, la importancia de la Sagrada Escritura también en los demás sacramentos, especialmente en los de curación, esto es, el sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia, y el sacramento de la Unción de los enfermos. Con frecuencia, se descuida la referencia a la Sagrada Escritura en estos sacramentos. Por el contrario, es necesario que se le dé el espacio que le corresponde» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 61). «En las distintas celebraciones y en las diversas asambleas de fieles que participan en dichas celebraciones, se expresan de modo admirable los múltiples tesoros de la única palabra de Dios, ya sea en el transcurso del año litúrgico, en el que se recuerda el misterio de Cristo en su desarrollo, ya en la celebración de los sacramentos y sacramentales de la Iglesia, o en la respuesta de cada fiel a la acción interna del Espíritu Santo, ya que entonces la misma celebración litúrgica, que se sostiene y se apoya principalmente en la palabra de Dios, se convierte en un acontecimiento nuevo y enriquece esta palabra con una nueva interpretación y una nueva eficacia» (Congregación para el Culto divino y disciplina de los sacramentos, Ordenación de las lecturas de la misa (1981), 10. La cursiva es nuestra).
  7. Dentro de la liturgia de las Horas cabe resaltar el Oficio de lectura como el que tiene una especial capacidad de ayudarnos a orar con la Palabra en comunión con la Iglesia: «El Oficio de lectura se orienta a ofrecer al pueblo de Dios, y principalmente a quienes se han entregado al Señor con una consagración especial, una más abundante meditación de la palabra de Dios y de las mejores páginas de los autores espirituales. Pues si bien es verdad que en la misa diaria se lee ahora una serie más rica de lecturas bíblicas, no puede negarse que el tesoro de la revelación y de la tradición contenido en el Oficio de lectura es de gran provecho espiritual. Traten de buscar estas riquezas, ante todo, los sacerdotes, para que puedan transmitir a otros la palabra de Dios que ellos han recibido y convertir su doctrina en “alimento para el pueblo de Dios”. La oración debe acompañar “a la lectura de la sagrada Escritura, a fin de que se establezca un coloquio entre Dios y el hombre, puesto que con él hablamos cuando oramos, y lo escuchamos a él cuando leemos los divinos oráculos”; por ello, el Oficio de lectura consta también de salmos, de un himno, de una oración y de otras fórmulas, para que tenga carácter de verdadera oración» (Ordenación general de la liturgia de las Horas, 55-56).
  8. «En principio, la liturgia, y especialmente la liturgia sacramental, de la cual la celebración eucarística es su cumbre, realiza la actualización más perfecta de los textos bíblicos, ya que ella sitúa su proclamación en medio de la comunidad de los creyentes reunidos alrededor de Cristo para aproximarse a Dios. Cristo está entonces “presente en su palabra, porque es él mismo quien habla cuando las Sagradas Escrituras son leídas a la Iglesia” (Sacrosanctum Concilium, 7). El texto escrito se vuelve así, una vez más, palabra viva» (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, IV, C, 1. Uso de la Biblia. En la Liturgia).
  9. «La Iglesia siempre ha sido consciente de que, en el acto litúrgico, la Palabra de Dios va acompañada por la íntima acción del Espíritu Santo, que la hace operante en el corazón de los fieles» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 52).
  10. «La proclamación de la Palabra de Dios en la celebración comporta reconocer que es Cristo mismo quien está presente y se dirige a nosotros para ser recibido […] Cristo, realmente presente en las especies del pan y del vino, está presente de modo análogo también en la Palabra proclamada en la liturgia» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 56).
  11. San Jerónimo, Commentarius in Ecclesiasten, 3: PL 23, 1092 A, citado en Benedicto XVI, Verbum Domini, 54.
  12. San Jerónimo, In Psalmum 147: CCL 78, 337-338, citado en Benedicto XVI, Verbum Domini, 56.
  13. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 324.
  14. Sobre la historia de la lectura de la Escritura en la Iglesia, con especial atención a los documentos de la Iglesia, puede leerse R. Boada, La lectura de la Biblia, en L. Alonso Schökel (dir.), Comentarios a la constitución Dei Verbum sobre la divina revelación, Madrid, 2012 (BAC), 765-780.
  15. «Con el término “espiritual” suele entenderse una doble dimensión del creyente: la radicación en el acontecimiento de la revelación de Dios, que se llevó a cabo en Cristo y se hace presente en la Iglesia por la Palabra de Dios y los sacramentos, y la apropiación personal del mensaje salvador de Cristo por cada cristiano, que le conduce a una actitud cristiana continuamente renovada en el marco general de la respuesta que la Iglesia da a la Palabra de Dios. La primera dimensión refleja el marco general en que se desarrolla la vida cristiana, centrada en el encuentro con Dios por Jesucristo en el ámbito eclesial animado por el Espíritu mediante la escritura proclamada y los sacramentos vividos […] En este marco es en el que hay que situar la lectura espiritual de la Escritura. La iniciativa parte siempre de Dios. Es el quien quiso “revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad a los hombres” (DV 2); él es quien “en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo (Heb 1,1-2), el cual, “Palabra hecha carne, hombre enviado a los hombres ‘habla las palabras de Dios’ (Jn 3,34) y con el envío del Espíritu de la verdad lleva a plenitud toda la revelación” (DV 4). La acogida de esta Palabra se lleva a cabo en la “respuesta de la fe”, que necesita de la gracia de Dios y, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, “mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar la verdad que nos salva” (DV 5). Esta estructura básica de la vida y espiritualidad se realiza también en la lectura espiritual de al Escritura: “en los libros sagrados el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios que constituye sustento y vigor en la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual” (DV 21)» (Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 434-435).
  16. San Gregorio Magno dice que la Biblia es «una carta de Dios omnipotente a su criatura; en ella se aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios» (Registr. Epist. IV, 31: PL 77, 706).
  17. «A fin de que Dios pudiese recibir de los hombres una alabanza digna de su eterna majestad, él se alabó a sí mismo; y en estas alabanzas que él se dignó dictar, nosotros los hombres encontramos el medio de presentar al Altísimo el homenaje que le corresponde […] Enfervoriza nuestros corazones para que se enciendan en alabanza; llena de su espíritu a sus siervos para que le alaben con cánticos inspirados, y como quiera que es su Espíritu quien en sus siervos le alaba, resulta que es Él quien se alaba a sí mismo, a fin de que nosotros podemos alabarle dignamente» (San Agustín, Enarrationes in Psalmos, Salmo 144,1). «La Palabra divina nos introduce a cada uno en el coloquio con el Señor: el Dios que habla nos enseña cómo podemos hablar con Él. Pensamos espontáneamente en el Libro de los Salmos, donde se nos ofrecen las palabras con que podemos dirigirnos a él, presentarle nuestra vida en coloquio ante él y transformar así la vida misma en un movimiento hacia él» (Benedicto XVI, Verbum Domini, 11).
  18. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 435.
  19. San Agustín, Carta 130, a Proba, 12 (22).
  20. «La oración es como la respuesta a la Palabra de Dios, el último testimonio de su es-cucha y de su comprensión. En la oración se cumple aquello de san Agustín (y de san Ambrosio, citado por la DV 25) “cuando escuchas, Dios te habla; cuando oras, hablas a Dios”: el movimiento se cierra, es completo. Más aún, es la misma sagrada Biblia, la que nos sugiere la oración correspondiente: “Si el texto es oración, orad; si es gemido, gemid; si es acción de gracias, estad contentos; si expresa el temor, temed; porque las cosas que escucháis en el texto son el espejo de vosotros mismos». Una oración que surge de la lectura de la Biblia hace resonar la Palabra misma de Dios, como el Benedictus de Zacarías, el Magnificat de María y el Nunc dimittis de Simeón. La oración no es más que un eco humilde de la Palabra que ha resonado dentro del lector-orante» (Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 328).
  21. San Agustín, Enarrationes in Psalmos, 85,7 (PL 37,1086), citado en Benedicto XVI, Verbum Domini, 86.
  22. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 436, reduce a dos los elementos esenciales de la lectio: «Esta lectura está constituida por dos momentos fundamentales: la lectura atenta y religiosa de la Biblia, delante de la cual el creyente escucha la voz del Padre que se dirige a él con amor, y la respuesta del lector mediante la oración. En realidad, la lectio divina consiste en una conversación o coloquio que se lleva a cabo mediante la lectura bíblica (Dios habla) y la oración (el lector creyente responde)».
  23. La edición latina y la cita de Verbum Domini, 86, añaden que se concede indulgencia parcial si la lectura de la Biblia es por un tiempo inferior a la media hora: «Si per minus tempus id egerit indulgentia erit partialis».
  24. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 425-428, señala las dificultades que ha tenido el pueblo de Dios a lo largo de la historia para acceder fácilmente a la Escritura, especialmente en la lectura privada, debido, en un principio a la dificultad de hacerse con copias de la Biblia y al analfabetismo, más tarde, como reacción a la libre interpretación de la reforma protestante. A partir del siglo XVIII se va abriendo paso la lectura de la Biblia en lengua vulgar y la recomendación a todos los fieles de la lectura de la Biblia.
  25. R. Latourelle, La Teología, Ciencia de la Salvación, Salamanca 1968 (Sígueme), 25. Más adelante dice: «Si la teología puede hablar de Dios en su vida íntima y en su plan de salvación, es porque Dios ha sido el primero que, en su superabundancia de amor, ha salido de su misterio para entablar con el hombre un diálogo de amistad. Al comienzo de toda empresa teológica está la iniciativa divina, la automanifestación de Dios. La teología habla de Dios, pero su reflexión se apoya en lo que Dios ha dicho de sí mismo. Se esfuerza en comprender mejor a Dios, pero partiendo del propio testimonio. De ahí se sigue que la teología no puede nunca convertirse en una ciencia autónoma. Como la Iglesia, de la que es una función, está “al servicio de la Palabra de Dios”. La teología es y debe seguir siendo la humilde sierva de la Palabra de Dios» (p. 35).
  26. F. Pastor, Escritura y teología, en L. Alonso Schökel (dir.), Comentarios a la constitución Dei Verbum sobre la divina revelación, Madrid, 2012 (BAC), 747. Puede tenerse en cuenta cómo se dio ese error en el pasado: «“La sagrada teología se apoya, como en cimiento perpetuo, en la Palabra escrita de Dios”: la afirmación suena tan obvia que parece superflua. No lo es tanto si se piensa que, después de la ejemplar experiencia patrística que elaboraba la teología en el mismo seno de los comentarios a los libros de la Biblia y después de la gran escolástica (piénsese en S. Tomás), que mantuvo un contacto vivo con los libros sagrados, la teología especialmente post-tridentina se encontró cada vez más apartada del dato bíblico, bien sea por la polémica contra el principio de la “Sola Scriptura” de los Reformadores o por la creciente aversión hacia toda filosofía que no fuese la “philosophia perennis”, como instrumento de reflexión sobre el dato revelado» (Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 326).
  27. En este sentido puede añadirse Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, III, D, 4. Puntos de vista diferentes e interacción necesaria: «El teólogo dogmático realiza una tarea más especulativa y sistemática. Por esta razón, no se interesa sino por algunos textos y aspectos de la Biblia, y por lo demás, toma en consideración muchos otros datos que no son bíblicos -escritos patrísticos, definiciones conciliares, otros documentos del magisterio, liturgia-, así como sistemas filosóficos y la situación cultural, social y política contemporánea. Su tarea no es simplemente interpretar la Biblia, sino intentar una comprensión plenamente reflexionada de la fe cristiana en todas sus dimensiones, y especialmente en su relación decisiva con la existencia humana» (Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 326).
  28. Se refiere a Orígenes, Epistola ad Gregorium, 3: PG 11,92.
  29. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 421. En este sentido, Benedicto XVI, Verbum Domini, 75, señala la complementariedad entre la Sagrada Escritura y el Catecismo de la Iglesia Católica, a lo que cabe añadir la riqueza de la Biblia en este catecismo publicado en 1992, que sigue el criterio de que la presentación de la doctrina debe ser «bíblica y litúrgica» y se propone «presentar fiel y orgánicamente la enseñanza de al Sagrada Escritura, de la Tradición viva en la Iglesia y del Magisterio auténtico, así como la herencia espiritual de los Padres, de los santos y santas de la Iglesia» (San Juan Pablo II, constitución apostólica Fidei Depositum, para la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica (1992).
  30. L. Alonso Schökel, El ministerio de la palabra, en L. Alonso Schökel (dir.), Comentarios a la constitución Dei Verbum sobre la divina revelación, Madrid, 2012 (BAC), 754. En las p. 754-758, va poniendo ejemplos bíblicos de predicación, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
  31. Véase también san Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 21.
  32. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 423.
  33. Puede ser conveniente lo que dice al respecto el Código de Derecho Canónico, 767: «§ 1. Entre las formas de predicación destaca la homilía, que es parte de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono; a lo largo del año litúrgico, expónganse en ella, partiendo del texto sagrado, los misterios de la fe y las normas de vida cristiana. § 2. En todas las Misas de los domingos y fiestas de precepto que se celebran con concurso del pueblo, debe haber homilía, y no se puede omitir sin causa grave. § 3. Es muy aconsejable que, si hay suficiente concurso de pueblo, haya homilía también en las Misas que se celebren entre semana, sobre todo en el tiempo de adviento y de cuaresma, o con ocasión de una fiesta o de un acontecimiento luctuoso. § 4. Corresponde al párroco o rector de la iglesia cuidar de que estas prescripciones se cumplan fielmente».
  34. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 325.
  35. Artola – Sánchez Caro, Biblia y Palabra de Dios, 415-416.
  36. Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios, 326.
  37. L. Alonso Schökel, El ministerio de la Palabra, 760.
  38. Benedicto XVI, Verbum Domini, 48.
  39. La nota a pie de página recoge estos textos de la Escritura que iluminan esta necesidad del contemplativo: «Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo» (Is 55,10-11). «Cuando encontraba tus palabras, las devoraba: tus palabras me servían de gozo, eran la alegría de mi corazón» (Jr 15,16). «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). «Empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios» (Ef 6,17). «La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza» (Col 3,16). «Las Sagradas Letras pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena» (2Tm 3,15-16). «La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón» (Heb 4,12).
  40. M.-D. Molinié, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad, Madrid 1979 (Paulinas, 2ª ed.), 214-216. Hemos corregido el «esposo» de la traducción por «esposa» que corresponde al texto original «épouse».