Seleccionar página

Descargar este documento en formato Pdf

Introducción

Para ser fiel a su vocación y misión el contemplativo en el mundo necesita redescubrir y rumiar los elementos fundamentales de la llamada que ha recibido y del nuevo ser que Dios le ha concedido. El terreno más adecuado para esta tarea es la oración en el contexto de un retiro espiritual, que le permita -en actitud de silencio y escucha- dejar a Dios que le hable al corazón y responderle con sinceridad y generosidad.

Para satisfacer esta necesidad ofrecemos algunas pistas que orienten la oración de un retiro tomadas de los Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, en este caso de su Introducción. Es necesario recordar que no se trata de llevar a la oración todos los textos que aquí se proponen, sino saber escoger de la materia propuesta aquello que más nos inspire interiormente y mueva nuestro corazón para orar.

Oír la llamada a la santidad

La vida contemplativa está estrechamente unida a la llamada a la santidad que Dios hace a todo cristiano; pero el contemplativo experimenta esta llamada con especial intensidad y con la urgencia de responder personalmente a ella. Esta santidad no es un mero plan de vida cristiana por elevado que sea, ni una colección de virtudes que se proponen los cristianos más comprometidos o espirituales, sino la unión personal con Cristo y la identificación de la propia vida con la vida de Cristo, que encuentra características específicas y únicas en cada persona. Necesitamos escuchar de nuevo la llamada a la santidad que Dios hace a cada uno y descubrir el fundamento imperecedero de la santidad, que es el bautismo que hemos recibido.

No debemos pensar que la vocación a la santidad, que implica la llamada a la identificación y unión plena con Cristo, sea una invención nuestra o un propósito inalcanzable. Por eso, en el silencio de la oración debemos escuchar la voz del Señor que nos dice personalmente:

Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48).

Al escuchar estas palabras como lo que son -lo que el Señor me dice a mí ahora-, deberíamos experimentar la necesidad de responderle, porque lo que nos pide no es un imposible: junto con el mandato ofrece siempre la posibilidad de realizarlo.

Tampoco la unión con Cristo -y, a través de él, con el Padre- es una meta autoimpuesta e inalcanzable, sino lo que él nos propone y hace posible con su muerte y resurrección y con el envío del Espíritu Santo:

No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros (Jn 14,18-20).

Esta comunión con Cristo y con el Padre constituye el núcleo, la medida y la meta de la vida cristiana verdadera, es decir, de la santidad. En silencio debo escuchar con estupor este plan del Señor que me dirige a mí, y darme cuenta de que él espera con ilusión que crea en este proyecto y responda a él.

La identidad de vida incluye no sólo tener los sentimientos de Cristo (cf. Flp 2,5), sino actuar realmente como él, lo que no es una utopía inalcanzable fruto del orgullo espiritual, sino parte de la promesa del Señor para el que tiene fe en él:

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores (Jn 14,12).

Esto nos lleva necesariamente a la radicalidad de la fe, porque la fe verdadera nada tiene que ver con la mediocridad. Estamos llamados a continuar las mismas obras de Cristo (¡y aún mayores!) porque estamos unidos a él y tenemos su Espíritu.

Por eso necesitamos escuchar la oración de Cristo en la noche misma de su pasión para descubrir que cuando se dirige al Padre no pide que seamos buenos, ni simplemente que nos salvemos, sino que estemos unidos a él y compartamos su gloria. Y ese deseo lo va a respaldar enseguida con su misma entrega. Por nuestra parte, conformarnos con menos es ir en contra del deseo de Cristo:

Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria (Jn 17,24).

Toda esta llamada del Señor está respaldada con un don que hemos recibido y que tiene carácter permanente, imborrable, para que no podamos dudar de él: el bautismo que se nos ha dado, que hace posible en nosotros la vida cristiana en plenitud. Este don hace que la santidad sea posible para todos los bautizados.

Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva (Rm 6,4).

El contemplativo en el mundo no puede ser un bicho raro, sino alguien «normal», en el sentido de plenamente humano. Y esta plenitud humana sólo es posible desde la plenitud cristiana, siendo consciente del don que ha recibido, escuchando la llamada que le hace el mismo Señor con su palabra viva y respondiendo a ella con radicalidad.

Sugerencias para orar

Dejo serenamente que «aflore» desde dentro la gracia y la luz de Dios, tratando de encontrar en mi alma el eco de una gracia que él está intentando hacer que salga.

Dejo que resuene en mi interior la Palabra de Dios: «Yo soy el Señor, vuestro Dios; santificaos y sed santos, pues yo soy santo» (Lv 11,44) y «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Dejo que calen en mi interior esas palabras, como orvallo que empapa la tierra suavemente: «Sed santos». Lo escucho dirigido a mí: «Sé santo». Escucho repetida suavemente esa palabra: «santo» hasta que se convierte en un eco en el silencio.

Dejo que el «eco» silencioso de la Palabra de Dios vaya adquiriendo, sin palabras, los tonos de amor personal, vocación desde la eternidad, providencia amorosa sobre mí, frutos necesarios para los demás: «Santo», «eres mío», «para mí», «te amo», «te espero», «te he creado», «te cuido», «soy tuyo»…

La santidad es posible

Una de las excusas más frecuentes que empleamos para desechar la llamada a la santidad es que las circunstancias exteriores o las limitaciones personales la hacen imposible. Pensamos que con otras circunstancias y sin determinadas limitaciones podríamos ser santos, pero no con nuestra realidad concreta. Desviamos así la atención del plan de Dios -y de su gracia- para cada uno de nosotros, y la volcamos en lo que supuestamente nos impide una vida cristiana en plenitud.

Ante las dificultades, exteriores e interiores, para realizar plenamente la vida cristiana, tenemos que recordar que el Señor nos ha sacado ya del poder de las tinieblas para llevarnos a su reino con la fuerza de su cruz. Esa realidad es más fuerte que cualquier debilidad por nuestra parte. Por eso, necesitamos recuperar la mirada de fe, apoyada en su Palabra, para deshacer nuestras excusas.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su Amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados (Col 1,13-14).

No debemos empeñarnos en recordar y darle vueltas a lo viejo que hay en nosotros, sino a lo nuevo que quiere realizar Dios: el proyecto de una vida santa concreta y única, que es el plan de Dios para cada uno. ¿No somos capaces de reconocer ya la obra de Dios que nos transforma y empieza a construir en nosotros una vida nueva?

No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? (Is 43,18).

No tenemos que detenernos en lo que éramos o en lo que queda en nosotros del hombre viejo, sino en lo que Dios ha hecho y hace de nosotros: un pueblo santo.

Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Los que antes erais no-pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes erais no compadecidos, ahora sois objeto de compasión (1Pe 2,9-10).

Ciertamente tenemos dificultades, somos débiles, limitados y pecadores, pero tenemos un Salvador justo y fiel. No renunciemos a la santidad por nuestras debilidades y condicionantes, ¡acudamos al Salvador!

Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia (1Jn 1,9).

Tampoco podemos considerar la santidad como si fuera el resultado de nuestro esfuerzo o de nuestra capacidad. Si podemos escuchar la llamada de Dios a la santidad, es porque contamos, no sólo con el deseo de su corazón, sino con su decisión y su trabajo para unirnos e identificarnos con Jesucristo: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo» (Jn 5,17). El trabajo que Dios se ha tomado para salvarnos y transformarnos -desde la creación hasta la cruz del Hijo- es lo que me permite aceptar su llamada a la santidad y abrazar mi propio trabajo que consiste especialmente en dejarme hacer.

Hemos de descubrir, dejándonos empapar por la Palabra de Dios, que la tarea de nuestra santificación no es sólo el «deseo» de Dios, sino que es su decisión y su trabajo…, y un trabajo muy concreto: la redención por medio de la cruz.

Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1Tes 4,3).

Debemos dedicar tiempo a contemplar con emoción y agradecimiento que el plan de Dios, desde el principio, es claro y concreto: que seamos santos por medio del amor. Ese plan es en el que tenemos que creer y en el que hemos de embarcarnos. Para realizar ese plan Dios nos ha dado todo lo necesario por medio de Cristo.

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor (Ef 1,3-4).

Y no es sólo su encarnación y su predicación lo que realiza para que seamos santos, sino que para ello el Hijo de Dios hecho hombre se santifica, se consagra, se entrega. Esa entrega espera nuestra respuesta: dejarnos santificar por él.

Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad (Jn 17,19).

Sugerencias para orar

Pongo delante del Señor las dificultades interiores que existen en mí y me impiden recibir su gracia: mis apegos, mi debilidad, el ambiente que me rodea, etc. Dejo que el Señor ilumine esas dificultades y me las muestre con la profundidad y el sentido que él les da, y lo pongo todo en sus manos, tratando de acoger su mirada misericordiosa y hacerla mía. Acepto especialmente las dificultades que son más fuertes y las que más me cuesta vencer. Procuro no agobiarme, haciendo un acto de fe en Dios y de confianza en su gracia, a la vez que me dispongo a dejarme hacer por él y a hacer sencillamente todo lo que está en mi mano. Pongo mi deseo y mis dificultades en la presencia del Señor, y las dejo ahí, serenamente, el tiempo que haga falta.

Me detengo largamente en mirar a Dios, que me ama infinitamente, contemplando en él todo el amor que me tiene. Asombrado de que, por ese amor, me llame a la plenitud de vida para la que me ha creado, y quiera que mi existencia dé el mayor fruto posible en favor del mundo.

Contemplo al Señor mirándome, amándome, deseándome, esperándome… Dejo que cale en mí todo ese torrente inagotable de amor… Me miro a mí. Vuelvo a ver mis reservas, mis dificultades, mis condicionantes… Trato de salir de esa mirada para volver a mirar al Señor, con todo su amor, y volver a mirarme de nuevo… con su mirada, que no oculta los obstáculos, pero que me descubre que soy amado, protegido, llamado… desde toda la eternidad.

Me quedo aquí, inmóvil, en silencio…, amando…, recibiendo todo el amor de Dios…, dejando que trabaje en mí…

Sin prisas, me quedo aceptando ese amor que Dios me ofrece como lo más real; dejo que mi corazón se decante por ese amor que él quiere darme, me pongo en sus manos para que disuelva las dificultades que existen o que puedan existir…

Dejo que fluya en mi interior el amor de Dios en el que se contiene mi vocación y mi misión. Lo acojo y me abrazo a este amor y al proyecto que recibo con él.

Acepto agradecido, en fe, la transformación que la efusión del amor de Dios ya está realizando en mí y acojo el nuevo ser en el que esa transformación me convierte.