Seleccionar página

Descargar este documento en formato Pdf

Introducción

Nuestro mundo occidental está sumido en una profunda crisis de identidad, que hace que no tengamos una base firme para vivir conforme a nuestra dignidad y para tomar las decisiones acordes con lo que somos. No hay una identidad que nos sustente, por lo que, por ejemplo, podemos añadir o quitar a voluntad derechos humanos ya que no tenemos una idea clara de qué es el hombre. Los valores que fundamentan el verdadero sentido de la vida humana se distorsionan o pervierten, y son incapaces de sostener al hombre y sus opciones. Esta tendencia está afectando gravemente a los cristianos, cada vez más imbuidos del espíritu del mundo y más incapacitados para ser su luz.

Se trata de un proceso de deterioro que, como acaba con la base firme sobre la que se sustenta la existencia, deriva en un relativismo que se conforma con los mínimos y justifica todo lo que lleve a una existencia cómoda y sin problemas, especialmente en lo que se refiere a las realidades esenciales de las que depende todo. Así, basta con que algo sea bueno aparentemente, lógico, cómodo, fácil, aceptado por la mayoría, etc. para que se convierta en norma de vida para todos, incluso que se imponga por ley o se proponga como lo más «evangélico».

Sin embargo, esta deriva elimina del ser humano la conciencia de su propia esencia, que explica por qué y para existe. Sin esa base firme no podemos vivir a fondo como personas y necesitamos descubrir cuál es nuestra identidad sobrenatural para saber quiénes somos, cómo debemos de vivir, y para qué tenemos que vivir -en nuestro caso, en relación con Dios-. Para los cristianos, esto supone que convertimos en normal una existencia sin conocimiento preciso de nuestra identidad sobrenatural, nuestra vocación y nuestra misión; en definitiva, del sentido trascendente de la vida humana. Esto hace que sea imposible realizar el proyecto que Dios tiene sobre nosotros, pues lo desconocemos, aunque hagamos cosas buenas.

Por eso, resulta imperativo que haya cristianos que se tomen en serio el descubrimiento de las realidades que configuran lo esencial de su vida, y que den testimonio de esas realidades. Y para ello, necesitamos acudir a modelos concretos que nos muestran la manera de descubrir lo esencial de la identidad sobrenatural y configurar la propia vida según la verdad de Dios, en vez de guiarse por criterios que nada tienen que ver con la trascendencia, de la que realmente depende todo. Y, precisamente, tenemos en la Virgen María el modelo más acabado de la búsqueda, el descubrimiento, la aceptación y la fidelidad a la voluntad de Dios que define realmente lo que somos. Ella es la referencia de lo que es la vocación, la identidad y la misión de un cristiano.

El presente retiro va orientado a la contemplación de la Virgen María, con el objetivo de descubrir su fisonomía espiritual, no sólo para conocerla mejor y amarla más, sino para que nos sirva de modelo de vida real, porque ella es la referencia ineludible de aquello a lo que la Iglesia llamada a ser, y de aquello a lo que cada uno de nosotros está destinado según el plan de Dios. Por eso, al contemplar a María, vemos el modelo de nuestra propia identidad, vocación y misión como cristianos y, sobre todo, como contemplativos, y vemos la forma concreta en la que ella fue capaz de responder a la invitación que Dios le dirigía, para imitarla en la medida en que nos sea posible. Su fisonomía espiritual, como la de cada ser humano, es exclusiva; pero al ser modelo de la Iglesia, su identidad, vocación y misión son, entonces, un modelo de lo que la Iglesia está llamada a ser.

Así, pues, el objeto del presente retiro es descubrir el proyecto de Dios sobre María, su identidad, su vocación y su misión. Es decir, quién es, cómo vive y para qué ha sido creada. Por tanto, intentamos conocer el misterio vital de María, lo que sustenta su ser y su vivir, -lo que alguna vez hemos llamado «perchero», por ser el lugar donde se colocan todas sus decisiones-. Desde ahí podemos percibir cómo sus opciones respetan y prolongan su ser profundo, cómo todo su hacer es la expresión coherente con su ser.

Para ello, nos puede ayudar especialmente el relato de la anunciación del ángel, pues ahí se revela en gran medida el misterio de María y nuestro propio misterio, y podemos encontrar las claves de su vida y de la nuestra.

Al contemplar el proyecto de Dios sobre ella entramos en un misterio, que no pretendemos desvelar intelectualmente, sino en el que pretendemos sumergirnos respetuosa y contemplativamente para encontrar la luz de Dios que ilumine nuestro caminar evangélico.

La identidad de María

Para dar solidez a nuestras opciones vamos a contemplar el ser de María, comenzando por su identidad sobrenatural: el modo como ha sido concebida por Dios. Para comprender la identidad de María es preciso comprender que ella no es sólo un instrumento que Dios usa para llevar a cabo su plan redentor, no es un medio para un fin: no está sólo concebida en el corazón de Dios como un medio para hacer que su Hijo se encarne y resuelva el drama del pecado. María es un fin en sí misma, la persona fuera de la Trinidad más amada por Dios, la primera concebida en su corazón -después de la naturaleza humana de su Hijo- y la más enriquecida con sus dones: «De pie a tu derecha está la novia enjoyada con oro de Ofir… vestida de perlas y brocado» (Sal 45,10.14). No es sólo una madre que nos dé al Hijo que nos salve, sino la criatura que refleja con más perfección el ser de Dios.

Esto es importante porque a menudo ligamos la existencia humana a cierta «finalidad» práctica -así se entiende en ocasiones la vocación y la «misión»-, y así nos lo planteamos: «¿Qué quiere Dios de mí?» Si eso lo aplicamos a María, la respuesta para ella y para nosotros sería: «Nada. Dios no quiere nada de ella. Dios la quiere, simplemente». Y ese mismo amor es el que la transforma y le da sentido y finalidad a su vida.

La Hija de Sión

El saludo del ángel Gabriel revela la identidad profunda del ser de María, el misterio de su persona. La primera palabra que le dirige el ángel no es simplemente una fórmula de cortesía, a modo de saludo, sino una palabra preñada de sentido. Ese «alégrate» no es un simple deseo de alegría humana, sino el anuncio de la salvación e invita a dejar atrás toda tristeza e incertidumbre. Dios empieza a actuar y se invita a la muchacha de Nazaret a que se goce anticipadamente de su acción salvadora que va a comenzar.

Lo vemos con frecuencia en la Escritura: cuando Dios actúa, el hombre se llena de alegría: «Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo» (Lc 2,10), les dice el ángel a los pastores. La alegría es el gran signo de la actuación de Dios, como vemos también en los anuncios de Pascua: «Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,20). El ángel le dice a María que se alegre porque Dios empieza a actuar. Esto es tan significativo para el discernimiento que podemos deducir siempre que, cuando estamos tristes, hemos desconectado de la salvación de Dios.

Pero ese «alégrate» en labios del ángel lleva, además, importantes resonancias de la Escritura. Es la misma invitación que hacían los profetas para anunciar al pueblo la proximidad de la salvación de Dios, y para prepararlo a su acción. Especialmente esa palabra encabeza numerosos oráculos del Antiguo Testamento en los que Dios anuncia a su pueblo el consuelo, la liberación, el perdón, la victoria o su cercanía. Y siempre van precedidos de la invitación a la alegría.

Entre ellos, algunos están significativamente dirigidos a la «Hija de Sión», un misterioso personaje que se ha de interpretar como una encarnación del pueblo de Israel, como una personificación de este pueblo, como el personaje más decantado del mismo, que lo encarna y representa. A la luz de la palabra de Gabriel, estos oráculos pueden ser misteriosamente aplicados a la destinataria de su anuncio, a María, a la que le cuadran perfectamente.

Veamos estos oráculos retrospectivamente, como promesas ya realizadas, que tienen que ver con María y nos afectan también a nosotros porque son un patrón de la acción salvadora de Dios en nosotros. Los oráculos a los que nos referimos comienzan su anuncio con el término «chaire» -«alégrate»-, seguidos del vocativo «Hija de Sión». Sión es un monte situado en el territorio de la tribu de Judá. Sobre él había sido construida una pequeña fortificación jebusea, que fue el germen inicial de la ciudad de Jerusalén. Esta ciudad, fue conquistada por David y convertida en la capital de su reino: «David tomó la fortaleza de Sión, que es la ciudad de David» (2Sm 5,7).

Sión aparece en muchos textos bíblicos como un apelativo para designar a toda la ciudad de Jerusalén e, incluso, a todo el pueblo judío. «Hija de Sión» alude, en su sentido primigenio, a los habitantes de la ciudad de Jerusalén, es como el gentilicio. Pero, pronto se enriqueció su significado con un contenido más «espiritual», refiriéndose a la personificación del pueblo elegido. De hecho, en la Escritura, ese pueblo es identificado como una mujer; en unas ocasiones como esposa de Dios y en otras como madre de sus hijos.

Encontramos oráculos de condena, que se envían a Sión como esposa infiel que ha abandonado a su marido y se ha ido tras sus amantes. Pero también hay otros oráculos de bendición destinados a Sión, o a la Hija de Sión. Estos últimos se dirigen al pueblo para suscitarle alegría y esperanza por lo que Dios va a realizar. Son oráculos que profetizan la compasión que Dios tiene por su pueblo y su determinación de volver a él como esposo y padre; a la par que anuncian una nueva fecundidad para Jerusalén, que va a volver a acoger a sus hijos y a engendrar a otros nuevos.

El comienzo de muchos de estos textos -los que están emparentados con el saludo del ángel Gabriel- es una invitación a la alegría, como fruto de la acción salvadora de Dios. Una alegría que es el eco de la alegría de Dios, que viene a rescatar a su pueblo. No se trata de algo excepcional, sino del modo de operar de Dios; un modo que hemos de recordar porque es como actúa con Israel, con Jerusalén, con María y con cada uno de nosotros. Un modo de actuar que hemos de descubrir y gozar en la oración, al mirar a Dios y al mirarnos a nosotros con sus ojos.

Entre dichos oráculos, quizá el más sugerente sea el de Sofonías, en el que la Hija de Sión es una representación del pueblo y que nosotros podemos aplicar a María, porque en el plan de Dios ella es la Hija de Sión:

Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén. El Señor ha revocado tu sentencia, ha expulsado a tu enemigo. El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temas mal alguno. Aquel día se dirá a Jerusalén: «¡No temas! ¡Sión, no desfallezcas!». El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo (So 3,14-17).

El oráculo es una invitación insistente a la alegría, y a una alegría desbordada: «Alégrate», «grita de gozo», «regocíjate», «disfruta con todo tu ser». La palabra «chaire» expresa ese saludo entusiasta del enviado de Dios que anuncia la acción salvadora del Señor: Dios va a actuar.

Es interesante ver a quien está dirigido este oráculo. Utiliza una serie de vocativos para referirse al mismo interlocutor: «hija de Sión», «Israel», «hija de Jerusalén». El pueblo de Dios es el último destinatario, aunque se le presenta concentrado, como representado, en la ciudad santa de Jerusalén, personificada, llamada poéticamente «hija de Sión».

El motivo que aparece en el texto para esa alegría es múltiple:

  • 1. «Dios ha revocado tu sentencia». Se trata del perdón de Dios a su pueblo. Se refiere a los sufrimientos infringidos por Dios al pueblo a través de las naciones extranjeras como consecuencia de sus pecados. Dios les anuncia, que se ha cumplido ya el castigo. Dios cambia su sentencia condenatoria en anuncio de misericordia.
  • 2. «[Dios] ha expulsado a tu enemigo». La tierra de Judá va a ser liberada de los asirios que la tenían parcialmente ocupada. Dios va a expulsar a los que la ocupaban y tiranizaban al pueblo. Es el anuncio de una nueva libertad. Hay que entenderlo también de modo espiritual: María es liberada -de modo excepcional- de las ataduras del enemigo.
  • 3. «El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti». No sólo ha conmutado la pena del pueblo y ha expulsado a sus enemigos de su tierra, sino que Dios se hace presente ahora en medio de Israel, como valiente salvador del pueblo. Y está allí para habitar de un modo nuevo y misterioso con los suyos. «El motivo esencial por el que la hija de Sión puede exultar se encuentra en la afirmación: “El Señor está en medio de ti” (So 3,15.17); literalmente traducido: “está en tu seno”. Con esto, Sofonías retoma las palabras del libro del Éxodo que describen la morada de Dios en el Arca de la Alianza como un estar “en el seno de Israel” (cf. Ex 33,3; 34,9)»1. También podemos aplicarlo a la Virgen María: del mismo modo que la Morada de Dios en el Antiguo Testamento estaba en medio del pueblo, ahora Dios se va a hacer presente entre los suyos de un modo nuevo.
  • 4. «[Dios] se alegra y goza contigo». La alegría del pueblo no sólo ha de fundamentarse en lo que Dios hace, sino también en lo que Dios siente. Dios siente alegría al poder rescatar a su pueblo de la mano de los enemigos, al traerlos a su tierra y al habitar en medio de ellos. La alegría y la seguridad del pueblo está motivada en última instancia por la alegría de Dios, que viene exultante2.
  • 5. «[Dios] te renueva con su amor». Dios se compromete a renovar al pueblo pecador con un amor incesante e invencible. Para Dios el objetivo no es sólo perdonar sino transformar y «rejuvenecer» a los israelitas para que vuelvan a ser el pueblo que él sedujo en el desierto. Esa pretensión está en sintonía con la intención que el Señor muestra en el profeta Oseas: «Yo la persuado, la llevo al desierto, le hablo al corazón, […] Allí responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto» (Os 2,16-17).

Estos temas no son sólo exclusivos del oráculo de Sofonías, sino que se repiten una y otra vez en otros oráculos dirigidos a la Hija de Sión. En concreto, se multiplican las referencias exultantes por la venida del Dios Salvador: «Decid a la hija de Sión: Mira a tu salvador, que llega» (Is 62,11); se subraya la presencia de Dios en medio de Sión: «Alégrate y goza, Sión, pues voy a habitar en medio de ti» (Zac 2,14); se saluda al Dios que se acerca como Rey: «¡Alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador» (Zac 9,9); se reconoce la santidad del Señor: «Gritad jubilosos, habitantes de Sión, porque es grande en medio de ti el Santo de Israel» (Is 12,6). Cualquiera de estas citas nos pueden servir para contemplar a la Virgen María como Hija de Sión.

Esa presencia de Dios en el seno de la Hija de Sión inunda de bendiciones a Israel, que alcanza la estabilidad y la prosperidad. Una paz que se fundamenta en la victoria completa sobre sus enemigos: «Su dominio irá de mar a mar, desde el Río hasta los extremos del país» (Zac 9,10). Su victoria es una bendición para su pueblo, realmente es la victoria del pueblo mismo: «El premio de su victoria lo acompaña, la recompensa lo precede» (Is 62,11). En definitiva, lo que estos oráculos anuncian es que han llegado los tiempos mesiánicos.

María, la «hija de Sión»

Al profundizar en el análisis del texto de Sofonías, encontramos una coincidencia muy acusada entre los temas que aparecen en este oráculo -y que se repiten en los demás- y los que aparecen en el texto de la Anunciación. Entre ambos hay un llamativo paralelismo:

Sofonías 3,14-17Lucas 1,28-31
AlégrateAlégrate
Hija de SiónLlena-de-gracia
El Rey de Israel está en medio de tiEl Señor está contigo
No temas, SiónNo temas María
Se alegra y goza contigo
Te renueva con su amor
Exulta y se alegra contigo
Has encontrado gracia ante Dios
Habitaré en medio de tiConcebirás y darás a luz un hijo

En el texto de la Anunciación están también presentes otras muchas referencias que aparecen en los oráculos de la Hija de Sión: El nombre del niño que ha de nacer significa «Yahweh salva», y sintoniza con el repetido anuncio del Salvador que viene; la referencia a la concepción en el vientre de María cumple el anuncio de que habitará en medio de ella; las referencias de que el niño «heredará el trono de David, su padre» y que «su reino no tendrá fin» encajan perfectamente con la afirmación de que «vendrá con él su victoria»; la designación de Jesús como el «Santo que va a nacer» realiza la profecía que proclamaba que «es grande en medio de ti el Santo de Israel» (Is 12,6).

Todo ello, nos lleva a concluir que «María aparece como la Hija de Sión en persona. Las promesas referentes a Sión se cumplen en ella de forma inesperada. María se convierte en el Arca de la Alianza, el lugar de una auténtica inhabitación del Señor»3. Siempre que en aparece en la Escritura la Hija de Sión en sentido positivo lo podemos aplicar a María. En realidad, el Antiguo Testamento habla constantemente de María con tal de tener la visión necesaria.

Dios quiere que nosotros comprendamos que «María es el prototipo, en el que se realiza, en plenitud, la realidad de la “Hija de Sión”. El ángel la invita a la alegría, porque el Mesías viene, va a venir dentro de unos instantes precisamente a su seno. “Chaire” no es así un saludo banal, sino que plantea el anuncio del ángel, ya desde su primera palabra, en un contexto mesiánico»4.

María es como el resumen de la historia de Israel y también la referencia para comprender la Iglesia. El ángel invita a María a la alegría porque viene el Mesías, y en ella invita a todo Israel y a todos nosotros a participar de esa misma alegría por la venida del Señor. Estos oráculos proféticos, que se cumplen plenamente en la muchacha de Nazaret, están también destinados a cumplirse en cada uno de nosotros, aunque de forma distinta. En el corazón de Dios también nosotros somos en cierto sentido «hija de Sión». María nos representa como depositaría de la gracia que va también destinada a cada uno de nosotros. También a nosotros se nos invita a la alegría, a hacernos conscientes de que el Rey de Israel viene a nosotros, porque se goza con cada hijo de María, exulta con nosotros, y viene a habitar dentro de nosotros.

En cuanto a Gabriel, hemos de convenir que ha acertado plenamente con su saludo al conducir a la joven de Nazaret a comprenderse a sí misma a la luz de la Palabra de Dios, como aquélla que es la auténtica receptora de los antiguos oráculos proféticos. Ella es la verdadera Hija de Sión, receptora de los anuncios, representante de Israel y la quinta esencia del pueblo.

Es interesante poner en paralelo la figura de Abrahán y de María. El santo patriarca fue el adre del Pueblo de Israel, de cuyas entrañas sacó Dios a su pueblo. María es la Hija predilecta de ese pueblo, como el brote más perfecto salido de las entrañas del Patriarca. Ella es el último eslabón sublime que emparenta a Abrahán con el Mesías esperado, su fruto más preciado.

María intuyó lo que sugería aquel anuncio angélico. Seguramente, rememoraría en su interior los textos sobre la Hija de Sión que había escuchado en la sinagoga, y comprendería que ella es la Hija de Sión, la representante de Israel. Este saludo la desconcertaría inicialmente, al verse tratada de una manera sorprendente, especialmente para alguien que nunca se ha mirado a sí misma. Sin embargo, más adelante María asumirá ante Isabel la función de la Hija de Sión al cantar, agradecida a Dios, por lo que ha hecho con su pueblo, del que ella es la portavoz: «Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,54-55).

Frente a cualquier duda, podemos estar seguros de la plena identificación de María con la Hija de Sión, porque así lo cree la Iglesia. Se aplica aquí el principio de lex orandi, lex credendi: lo que se proclama en la oración de la Iglesia es objeto de nuestra fe. Ella nos enseña a orar en la liturgia aplicando con toda naturalidad este título a María5:

Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos por el misterio de la Virgen Madre. Porque, si del antiguo adversario nos vino la ruina, en el seno virginal de la hija de Sión ha germinado aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz6.

La Esposa se reconoce como el nuevo pueblo de Israel, y se enorgullece de verse representada por la «Hija de Sión»7 a la cual se ha dignado venir su «rey, justo y triunfador, pobre» (Zac 9,9) y victorioso8.

María, es la imagen personificada de lo mejor del pueblo de Israel. Del Israel que espera, que es visitado por la presencia de Dios, del Israel amado, elegido y consagrado para ser la morada de Dios entre los hombres. Ella es la verdadera Hija de Sión, que condensa la predilección de Dios por su pueblo. Ella es el miembro más eminente de la Iglesia y, al mismo tiempo, la figura más nítida de lo que todo el pueblo está llamado a ser, y de lo que cada uno de nosotros debemos llevar a cabo en nuestra vida.

La «Llena-de-gracia»

Inmediatamente después de la invitación a la alegría de la salvación, con el «¡alégrate!», el anuncio de Gabriel incluye un importante vocativo: «Llena-de-gracia». Su «alégrate», como acabamos de ver, tiene ecos profundos y suscita el recuerdo de la misteriosa figura cantada por los profetas del Antiguo Testamento. Sin embargo, en su desbordado regocijo, Gabriel no culmina la expresión aparecida en las Escrituras, no dice «alégrate, Hija de Sión». El ángel quiere llamar a la doncella por su nombre propio, por el nombre con el que la conoce Dios, por el nombre con el que a él le fue presentada, por el nombre que mejor la define, por el nombre con la que se la conoce en el cielo. Por eso, Gabriel, exultante, deslizó, detrás de su invitación a la alegría, un nombre jamás portado por nadie, un apelativo misterioso e inédito, que sólo le cuadra perfectamente a la criatura que tiene delante. Y ésa fue su segunda revelación.

Gabriel acuña un término nuevo, que no aparece en ningún otro lugar de la Escritura, para nombrar a la criatura nueva, que ha de inaugurar los nuevos tiempos. El vocablo que utiliza es extraordinariamente singular. Condensa, en una palabra certera, el misterio profundo que el ángel contempla en la muchacha que tiene delante. María es el nombre terreno de la elegida de Dios. Pero no es su nombre verdadero, no es así como la llama Dios. No es el nombre oculto por el que se la conoce en el cielo, el nombre ante el que Dios se estremece de ternura y los ángeles se postran. El nombre misterioso que nadie puede acabar de comprender es «Llena-de-gracia». Profundizar en el misterio insondable de ese nombre nos ayuda a contemplar la identidad profunda de María. En la oración podemos paladear contemplativamente el nombre de María, que es «Llena-de-gracia».

El cambio de nombre

«Es sabida la importancia que el nombre tenía para los judíos. Debía expresar lo que la persona es en realidad. Y ello es especialmente exacto cuando es Dios mismo quien impone un nombre»9. El nombre nuevo que Dios ofrece expresa un ser nuevo que él ha generado y que ya reconoce en el destinatario; por medio del nombre Dios le dice a esa persona quién es en realidad. Cuando se le pone el nombre al Niño, éste sirve para expresar su identidad, Jesús (Yahweh salva). Antes de cambiarle el nombre a Pedro, «Jesús se le quedó mirando» (Jn 1,42) con intensidad y le da su nombre: «Pedro»; descubre así el misterio de su persona, lo que Dios sueña para él, lo que le define. Dios, antes de imponerle el nombre a su criatura predilecta, también la ha mirado. María vivirá siempre sintiendo sobre sí esa mirada eterna de Dios que la crea y la define. Ella lo expresará con júbilo: «Dios ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48).

El nombre nuevo, impuesto por parte de Dios, expresa una transformación del sujeto que lo recibe. Abrán es un hombre anciano con una esposa estéril, al que, con el nuevo nombre alargado -Abrahán-, se le promete una descendencia abundante (Gn 17,5); con el cambio de nombre se le da una fecundidad en la que tiene que creer. Gedeón recibe un nombre nuevo, «Valiente Guerrero» (Jue 6,12), que contrasta frontalmente con su realidad pues, precisamente en ese momento, está desgranando el trigo a escondidas por miedo a los madianitas. Tampoco Pedro es un hombre sólido, sobre el cuál puede edificarse nada que pretenda perdurar. El nombre nuevo expresa lo que esa persona es para Dios y la transformación que Dios quiere operar en ella. En estos casos, y en la mayoría de los demás cambios de nombre que Dios impone, no se describe lo que el sujeto es sino lo que ha de llegar a ser con el auxilio divino10.

Por el contrario, en el caso de María, parece romperse esa dinámica. El ángel le otorga el nuevo nombre, no como signo de lo que ha de llegar a ser, sino como expresión de lo que Dios ya ha hecho en ella, lo que ella ha sido desde el principio. Los gramáticos afirman que «kecharitomene» indica un estado previo. El apelativo «Llena-de-gracia» designa el resultado de la acción de Dios en María, no su proyecto. Dios, por medio del ángel levanta acta de lo que ya es María. Los demás nombres indican lo que esas personas tienen que llegar a ser, pero María es desde el principio -desde su concepción inmaculada- y sigue siendo la «Llena-de gracia».

No obstante, hemos de tener en cuenta que el nombre nuevo que recibe María no se refiere sólo a su misión, sino que designa su ser más profundo. En el caso de Abrahán, «Valiente Soldado» y Pedro (Piedra), esos nombres expresan la misión de Abrán, Simón y Gedeón. Pero «Llena-de-gracia» no se refiere a su misión, sino que define el ser íntimo de la joven Virgen, que es la «Llena-de-gracia». María no está llena de gracia, sino que es la «Llena de gracia». En ese sentido, al rezar el Ave María, e introducir la fórmula verbal «eres», quitamos fuerza al nombre celeste que ella recibe; porque también nosotros estamos llamados a ser llenos de gracia algún día, pero nosotros lo tenemos que construir con la gracia de Dios, pero sólo la Nazarena es la «Llena-de-gracia» desde el principio. Sólo ella merece llevar ese apelativo como nombre propio. Sólo ella es exclusivamente eso. María es la «Llena-de-gracia» antes de concebir al Verbo, por eso va a dar a la luz a la Gracia en persona, que es Cristo. Sólo ella se caracteriza por ser simplemente el receptáculo humano de Dios, incluso antes de concebir al Verbo.

La contemplación de esta realidad en María tiene que llevarnos necesariamente a tratar de conocer nuestra identidad personal más profunda, para lo que necesitamos que también el Señor nos revele nuestro nombre específico, el nombre que designa nuestra realidad más auténtica según el proyecto de Dios. Tenemos que pedirle al Señor que nos diga nuestro nombre, porque conocer lo que somos ante Dios expresado en ese nombre es fruto de una revelación, no de que nosotros lo descubramos o lo construyamos. Ese nombre nos permite conocer verdaderamente nuestra identidad espiritual. Dios nos lo quiere dar, no es algo reservado para unos pocos místicos. Pero no se lo revela a cualquiera, sino a quien tiene una profunda actitud de fe, de amor y adoración y una auténtica pasión por conocer su identidad sobrenatural y, por tanto, su nombre. Podemos gozarnos al saber que tenemos un nombre -nuestro verdadero nombre-, fruto de la mirada de Dios sobre nosotros11, que revela nuestra identidad íntima: «Al vencedor le daré el maná escondido, y una piedrecita blanca, y escrito en ella un nombre nuevo, que nadie conoce sino aquel que lo recibe» (Ap 2,17). La mirada de Dios sobre nosotros revela nuestra identidad íntima. Por eso, debemos dejarnos mirar por Dios y permitir que diga nuestro nombre.

El significado profundo del nombre

El nombre de María, «Llena-de-gracia», expresa su ser antes de su misión. Pero ¿qué significa el nombre de «Llena-de-gracia»? La lectura de Jn 1,14 nos da la clave para entender el nombre celeste de María. San Juan, refiriéndose al Unigénito de Padre, al Verbo Encarnado, del cual hemos contemplado su gloria, nos afirma que está «lleno de gracia y de verdad». Del Verbo, antes de la encarnación, se nos dice que «en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,4). Esa Vida y esa Luz, al encarnarse, reciben dos nombres: la Vida recibe el nombre de «gracia» y la Luz increada recibe el nombre de «verdad». La Vida de Dios, que Cristo posee en plenitud, es la gracia; él esta lleno de gracia y de verdad, lleno de vida y de luz. La Vida del Verbo es la que él recibe del Padre. Esa Vida, que se hace accesible a los hombres en Cristo, es la gracia12. De modo, que Cristo está «lleno de gracia», porque él es la Gracia en persona13. La Gracia que el Padre nos comunica es el Hijo. Y no sólo es la Gracia, sino que es la fuente de toda gracia que podamos recibir los hombres, pues «de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia» (Jn 1,16). Por eso puede afirmar san Juan que «la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo» (Jn 1,17). Nosotros recibimos la vida de Dios por Cristo, cada uno según el misterioso plan de Dios, «según la medida de la fe que Dios otorgó a cada cual» (Rm 12,3).

Si se puede afirmar que «a cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo» (Ef 4,7), podríamos preguntarnos ¿cuál es la medida de gracia, del don de Cristo, que se le ha dado a María? A ella se le pueden aplicar las palabras que Dios dirigió a Abrahán: «Te haré crecer sin medida» (Gn 17,2). La medida del don de Cristo que se le ha concedido a la Nazarena es la desmesura, se le ha dado todo, porque Dios, que «no da el Espíritu con medida» (Jn 3,34), se ha derramado en ella «a la medida de Cristo en su plenitud» (Ef 4,13). Nosotros tenemos una proporción de gracia según el misterio de Cristo del que se nos concede participar; a María se le ha concedido sin medida. Ella está llena de la gracia porque Dios se ha derramado en ella. La vida de Dios colma su ser, de tal forma que podríamos decir que es la vida divina encarnada en una mujer; hasta el punto de que puede ser llamada «Llena-de-gracia» porque ese nombre la define perfectamente. María es la «Llena-de-gracia» porque está llena de gracia: es el receptáculo de la Vida divina. De hecho, la Vida divina se alojó en ella, porque el Espíritu vino sobre ella y la llenó (cf. Lc 1,35).

Esto tiene una enorme importancia en nuestra vida, porque nos muestra de manera gráfica lo que es la santidad, a la que estamos llamados. La santidad no consiste en ser muy buenos. En el fondo, la santidad no es otra cosa que el pleno desarrollo de la gracia -que es la vida divina en el hombre- en nuestro corazón, en la medida que se nos ha sido concedida. Por eso, podemos decir que Cristo es el santo por excelencia, el «Santo de Dios» ya «que no conocía pecado» (2Co 5,21) desde el principio de su existencia humana y colmó la medida de gracia, porque él es personalmente esa Vida; por tanto, es, como hombre, el Santo de Dios. De manera análoga, como María fue concebida sin pecado, se le dio sin medida el Espíritu de Dios y, fue perfectamente dócil al don que recibió, es la «Toda Santa»14, como la llaman los cristianos orientales.

De la plenitud de gracia de Cristo recibe María la plenitud de su gracia. Y, a su vez, ella se constituye en fuente de gracia para nosotros. «La bienaventurada Virgen hizo rebosar gracia sobre nosotros, aunque no fuese de ninguna manera autora de gracia, pero a partir de su alma la gracia rebosó en la carne; pues por medio de la gracia del Espíritu Santo, no solo la mente de la Virgen se unió perfectamente a Dios por el amor, sino que su útero fue impregnado sobreabundantemente por el Espíritu Santo. Y, por eso, ni bien hubo dicho Gabriel “Te saludo, llena de gracia”, añadió acerca de la plenitud del vientre, diciendo “el Señor está contigo”»15. Ella es la que nos otorga la gracia, que es Cristo. Su fecundidad maternal es la fuente de la que brota la Vida de Dios que procede del Padre y que inunda los corazones de los hombres que se abren a la Palabra. Sin embargo, sólo «la plenitud de gracia que hay en Cristo es causa de todas las gracias que están en todas las creaturas intelectuales»16.

La gracia en María

Al contemplar el misterio a que alude el nombre «Llena-de-gracia», hemos de hacerlo en su sentido más estricto. Cuando decimos «llena» expresamos que no cabe otra cosa, sino que ella es pura «gracia», no cabe más en su corazón. Cuando hablamos de «gracia» no lo hacemos según el criterio o el juicio, a menudo precipitado, de los hombres, ni en comparación con los seres terrenos que conocemos, sino que lo hacemos desde la mirada penetrante de Dios, y en relación con los seres espirituales que pueblan el cielo.

Sin embargo, hemos de caer en la cuenta de un aspecto particular de la acción de Dios en María. Cuando él llena su alma de gracia, y María queda inundada de su vida, no lo hace a la manera como nosotros llenamos un recipiente, que, por limitado, impone un tope al don que recibe; sino que Dios con sus gracias va dilatando el recipiente sin medida. Ella, al no poner obstáculo al don de Dios, va recibiendo «gracia tras gracia» (Jn 1,16), en un incesante dilatarse. Su santidad no es estática, no encuentra límite, porque la llena el que es infinito, sino que está siempre «a merced de nuevas gracias, llovidas en cataratas sobre la primera plenitud»17. Lo mismo quiere hacer con nosotros, aunque no tiene parangón con lo que puede realizar en la Virgen. San Juan de la Cruz explica la actividad de embellecimiento que realiza el Espíritu Santo en toda alma espiritual, y nos da pistas de lo que Dios hace en María: «Los bienes que esta callada comunicación y contemplación deja impresos en el alma, sin ella sentirlo entonces, como digo, son inestimables; porque son unciones secretísimas, y por tanto delicadísimas, del Espíritu Santo, que secretamente llenan al alma de riquezas y dones y gracias espirituales, porque siendo Dios el que lo hace, hácelo no menos que como Dios»18.

Dicen los científicos que el universo sigue creciendo y dilatándose. La imaginación no puede figurarlo, pero las mediciones así lo atestiguan. Si esto, resulta difícil de imaginar, mucho menos podemos comprender el aumento de la gracia en María, pero también el corazón de la Virgen también se dilata continuamente. Si el Verbo encarnado crecía en gracia en su humanidad, también en su Madre crece la gracia, y dilata un corazón puro, que no impone limitaciones a la obra santificadora de Dios. El Espíritu Santo va acrecentándola en dones: «En el primer juego la dejó pura. En el segundo, doblemente graciosa. En el tercero y cuarto…. multiplica hermosuras según la baña. Y retrocede sin cansancio para repetir el mismo juego, El Espíritu, haciendo de oleaje. La niña, de arena y playa»19. Nosotros podemos contemplar un paisaje nevado y ver que la blancura cubre todo completamente, pero no podemos calcular de un vistazo el grosor de la nevada. Y ¿qué pasaría si siguiera nevando eternamente? Siempre veríamos la misma blancura, pero el grosor del manto blanco iría creciendo progresiva y calladamente de forma ilimitada. Es lo que sucede con el corazón de María: nosotros la vemos santa, pero su santidad va creciendo porque Dios la sigue hermoseando permanentemente.

Así es María: nació toda santa y fue, como su Hijo, «creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52). También María crece en santidad. El infinito no para de derramarse en ella, y ella, siendo plena siempre, no deja de crecer en belleza y plenitud. San Juan de la Cruz formula la norma general y nosotros la aplicamos, gozosos, a la Nazarena: «¿Quién podrá decir hasta dónde llega lo que Dios engrandece un alma (y un cuerpo) cuando da en agradarse de ellos? No hay poderlo ni aun imaginar, porque, en fin, lo hace como Dios, para mostrar quién Él es. Sólo se puede dar algo a entender por la condición que Dios tiene de ir dando más a quien más tiene; y lo que le va dando es multiplicadamente según la proporción de lo que antes el alma tiene […]. Y por eso, no ya una vez sola, sino muchas merece que la mires después que la miraste»20. Dios está permanentemente haciendo crecer a María en santidad.

Hemos de evitar que la contemplación de misterios tan extraordinarios nos impida percibir que se refieren también a nosotros. No debemos caer en la tentación de ensalzar tanto a María que no la podamos tener como modelo. Ella no es un ideal inalcanzable, sino un modelo de lo que, salvadas las diferencias, estamos llamados a ser, porque también estamos llamados a ser algún día llenos de gracia, «santos e inmaculados ante Dios por el amor» (Ef 1,4). Y esa plenitud de gracia también irá creciendo en nosotros. Por eso, todo lo que contemplamos y admiramos en María hemos de ver el modo de aplicárnoslo a nosotros, porque Dios quiere hacerlo en nosotros; pues, aunque Dios actúa en cada alma de manera diferente, el estilo de su actuación y la finalidad que pretende es la misma: hacernos participar de su vida para llevarnos a la plenitud de esa vida con él en la eternidad. Pero en nuestro caso, el Espíritu Santo tiene que ir realizando en nosotros lo que en María realizó desde el principio. Quiere que seamos santos «ante él», ante la mirada penetrante de Dios.

La palabra «gracia» expresa dos ideas: el don gratuito de Dios que se derrama y constituye la Vida nueva del Espíritu en el hombre; y, por otro lado, el atractivo seductor de una persona. María está llena de gracia en ambos sentidos, ha recibido el don gratuito de Dios y también es preciosa y atractiva para Dios. Pero no sólo para Dios, ella es también atractiva para toda criatura. Por la misericordia de lo alto se ha convertido en una maravillosa perfección celeste y humana ante Dios y ante los hombres, sin que quepa imperfección o sombra alguna. En ella se ha remansado la gracia, es la favorecida por Dios, la saturada de sus dones. En ella se ha derramado «gracia tras gracia» a la medida de Dios.

María es la única criatura que no ha limitado la acción del Espíritu Santo; y por eso él ha podido deleitarse en ella creando maravillas. Dios ha encontrado un campo virgen donde satisfacer su genio de artista, embelleciéndolo a su gusto, sin impedimentos ni límites. El fruto de su silencioso y genial trabajo es esta criatura que ahora está delante de Gabriel, y que, en su simplicidad y pequeñez, reverbera la belleza del Sol que nace de lo alto. Nunca el ángel pudo contemplar la belleza de Dios con tanta penetración y claridad a pesar de estar siempre en su presencia. Al contemplar a María, no sólo contemplaba la plenitud humana llevada a su máxima expresión, sino que podía contemplar, reflejada, la plenitud divina, sin enloquecer. Ahora entendía plenamente que la gloria de Dios es el hombre viviente. El padre Orbe lo expresa con gran belleza:

Habituado a mirar de hito en hito el rostro del Padre y descubrir en él la fuente de toda hermosura, vivía Gabriel sin posible distracción de ella. Enviado a la Virgen, pasó los ojos de un semblante a otro: del de Dios al de la Nazarena; distraído de la hermosura de Dios, a la de Dios en ella. Creyó ver el rostro del Padre en el rostro de Nuestra Señora. Se le iban los ojos, y con los ojos el aliento que antes le unía, igual que a sus «alados compañeros», a Dios. ¿Es posible, fuera del cielo, tanto cielo?21.

Es esa belleza indescriptible, fruto de la benevolencia divina, la que ha conquistado los corazones de todos los hombres de todas las épocas. Aun sin conocerla, todas las culturas y religiones han intuido su existencia y se han rendido ante su belleza. Ella, llena de humildad, consciente de las obras grandes que Dios ha hecho en ella, se sabe objeto de las miradas de todos los hombres, porque ella refleja, como su Hijo, la gloria de Dios en su rostro (cf. 2Co 4,6). Por eso, puede proclamar con verdad: «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1,48). Ella es la obra más grande jamás realizada por Dios, y todos los hombres, tarde o temprano, se postrarán ante su grandeza: «Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria» (Is 62,2).

«Exceptuando sólo a Dios, ella es superior a todos; más bella por naturaleza que los mismos querubines, los serafines y toda la milicia angélica. Por lo cual, ninguna lengua es suficiente, ni en la tierra ni en el cielo, para cantar sus alabanzas»22. Por eso, con razón, cantamos sus alabanzas no sólo por nuestra piedad filial, sino por justicia, pues ensalzamos a aquella que ha recibido el don de Dios de forma eminente. Por eso, san Sofronio se dirige directamente a María para ensalzarla:

Ciertamente otros, muchos otros antes que tú resplandecieron por su eminente santidad. Pero a nadie le fue dada como a ti la plenitud de la gracia; nadie como tú ha sido prevenido con la gracia que purifica; nadie como tú resplandece con luz celestial; nadie como tú ha sido elevado sobre toda grandeza. Y ciertamente convenía que fuese así, ya que nadie se ha acercado tanto a Dios como tú; nadie como tú ha sido enriquecido con los dones divinos; nadie como tú ha participado de la gracia de Dios23.

El Espíritu Santo autor de la plenitud de María

Esa plenitud de Vida divina que posee la «Llena-de-gracia» es fruto de una eficaz acción del Espíritu Santo en ella. Es el Espíritu Santo el que la hace «Llena-de-gracia». Y, por eso, el ángel, extasiado ante su belleza, concluye su saludo con una exclamación admirada: «El Señor está contigo».

Dios está con María de un modo ininteligible para nosotros, de una forma inédita en la historia de la humanidad. Su presencia apunta a una misteriosa intimidad entre esta criatura y Dios. María es una criatura única, porque el Señor está con ella de una forma inefable. De ahí deriva su grandeza, su misión sobrenatural, la consciencia de su pequeñez, y su soledad entre las criaturas. María no sólo posee la presencia de Dios, sino que esa presencia la constituye, y es el ambiente en el que se desenvuelve su existencia entera. El Espíritu Santo mora en ella, la inhabita. Podríamos decir que María, especialmente en cuanto imagen de la Iglesia, es lo más cercano que podemos encontrar a una encarnación del Espíritu Santo.

La Nueva Alianza se inaugura con un giro inesperado en la manifestación del amor de Dios. En el Antiguo Testamento, Dios mostraba su predilección sobre los hombres invitándoles a incorporarse a su proyecto salvador, y les prometía su presencia consoladora: «Yo estaré contigo»24. Esa cercanía de Dios para una misión derivaba en una intimidad personal particular. Por ejemplo, a Moisés se le promete la presencia de Dios para realizar su misión y esa presencia le lleva a ser «amigo de Dios». A partir de María hay un giro copernicano: a ella no se le dice «estará contigo para una misión», sino «está contigo», de modo que la intimidad precede a la misión. Desde entonces, Dios mostrará su amor llamando a hombres elegidos para que estén con él, y, desde esa mutua intimidad, incorporarlos a su proyecto salvador. En el Antiguo Testamento, el hombre parecía elegido, en primer lugar, como instrumento; en el Nuevo Testamento es llamado para la amistad, y la misión es la consecuencia de esa relación. Según Mc 3,14, los apóstoles son elegidos para estar con Jesús y, desde esa experiencia, ser enviados a predicar; eso sí, con la fuerza del Señor para expulsar demonios. La intimidad funda la misión, mientras que en el Antiguo Testamento parece ser la misión la que funda la relación. María inaugura y culmina, de un modo inesperado, este nuevo proceder divino. También nosotros estamos llamados antes a una intimidad con Dios que a una misión. Esto es especialmente importante para el contemplativo, que no está simplemente llamado a una misión, sino que su identidad es una relación de intimidad con Dios.

«El Señor está contigo», prodigio de intimidad que constituye a María. Giro copernicano que hace de los hombres sagrarios de la Presencia y no sólo siervos de la Casa de Dios. El Padre ha mostrado la hondura de su proyecto: no nos llama para conseguir nada, sino para compartirlo todo. Dios quiere prolongar en los otros hijos de María su presencia en el Hijo. Y suscita en Jesús ese anhelo: «Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros» (Jn 17,11).

Estar juntos es la razón de todo el proyecto redentor de Dios. María es elegida para «estar con Dios», para eso «Dios está con ella». De la fuente de esa intimidad nacerá el «Dios-con-nosotros», que ofrecerá su amistad a los que el Padre le ha dado, y enviará a los suyos, para que sean muchos los que alcancen esa intimidad con Dios.

Realmente, esta muchacha no tiene otra presencia en su vida. Los demás tenemos a Dios y otros apoyos, personas y quereres. Esos amores nos constituyen y alegran, pero también nos debilitan y dividen. Dios va creciendo en nosotros rodeándonos y liberándonos de la esclavitud de esos otros amores que, si nos atan, nos vacían. María no tuvo ese proceso, desde el principio vivió henchida de la presencia divina, que impedía que pudiera reposar complacida en cualquier consuelo humano. Zambullida en la presencia consoladora de Dios, estuvo siempre sola. Misteriosamente preservada. Ninguna criatura podía responder al ansia que Dios había depositado en su corazón. Todas las criaturas eran amadas por ella como dones salidos de las manos de Dios; y, aun así, portadoras de una infinita nostalgia. Sin duda, que ella podría suscribir las palabras del místico poeta: «No quieras enviarme de hoy más ya mensajero que no saben decirme lo que quiero»25. Sola, pero jamás solitaria. Con un corazón dilatado por su Huésped Misterioso, insaciable en el amor a las criaturas y plenamente libre para el amor a Dios. Libre para Dios por imperativo de su corazón virgen y por amorosa opción de su voluntad libre. María fue creada para vivir en esa oculta presencia, en una cercanía constante con lo divino. Fue hecha para un único amor, fue elegida virgen y para la virginidad. Ella es, como la llamamos, «La Virgen». Destinada a zambullirse tan profundamente en Dios, que quedó por siempre marcada para los hombres. Por eso, ha «encontrado gracia ante Dios» (Lc 1,30).

Ante esta realidad de María debemos plantearnos nuestra situación, que seguro que tiene amores -algunos incluso ilícitos- a muchas cosas, para plantearnos en serio que estamos llamados a llenarnos del amor de Dios y de su gracia.

La misión de María

Hemos contemplado la identidad de María, y eso debería habernos dejado embelesados como al ángel de la Anunciación. Ella es la Hija de Sión, la verdadera israelita, culmen de la obra de Dios. Ella es la «Llena-de-gracia», la plenitud de la acción del Espíritu Santo, la criatura perfecta, la persona humana que mejor refleja la santidad de Dios. Pero no la contemplamos sólo para admirarla, sino porque ella refleja perfectamente lo que nosotros estamos llamados a ser: «Santos e intachables ante él por el amor» (Ef 1,4). Ella es como el piso piloto, que nos permite comprender las posibilidades que tiene nuestra humanidad cuando coopera con la gracia.

El ángel manifiesta la identidad de María y, en seguida, cuando ella es capaz de asimilar las revelaciones anteriores, le va a comunicar cuál es su misión. Una misión que no es menos desconcertante que el ser que se le acaba de mostrar. De hecho, la grandeza de esa identidad es lo que la capacita para la misión que Dios le va a encomendar a través de Gabriel:

Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin […]. El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios (Lc 1,31-33.35).

Madre del Mesías

Estamos ante un misterio de extraordinaria profundidad, en cuya contemplación descubrimos que la misión maternal que el ángel comunica a María no pudo ser más desconcertante para ella, sobre todo teniendo en cuenta que el ángel le presenta esa misión con gran detalle, utilizando tres verbos que no dejan lugar a la duda: «Concebirás», «darás a luz» y «le pondrás el nombre». El ángel utiliza la fórmula típica del Antiguo Testamento para referirse al nacimiento de un niño que ha de jugar un importante papel en la historia de la salvación. Esta fórmula consta de una estructura de tres miembros que expresa los distintos aspectos de la maternidad: la maternidad biológica, la maternidad física, la maternidad «jurídica»: engendrar, dar a luz, personalizar dando el nombre. Por tanto, no hay duda de que la misión de María es ser Madre, y serlo plenamente.

Por otro lado, no es menos explícita la identidad del niño que ha de engendrar, que es evidente para un judío: es el Mesías, el Hijo de David, el Rey de Israel, que «reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». María es perfectamente consciente de que se le está anunciando que ella ha de ser la madre del Ungido de Dios, del Mesías prometido.

Pero el desconcierto de María no brota de la identidad del Niño, sino de que parece que contradice la voluntad de Dios que ya creía conocida. Ciertamente la misión que le comunica el ángel encaja perfectamente con su situación de joven desposada virgen con un hombre de la casa de David; no parece que haya contradicción, porque el hijo que tenga con José será descendiente de David. Pero encuentra una incompatibilidad irresoluble: ella había discernido y decidido, de acuerdo con José, permanecer siempre virgen. Así al menos parece indicarlo su pregunta desconcertada: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». Sí conocía varón, y era de la casa de David, y estaba desposado con él. Por tanto, su desconcierto y la pregunta eran pertinentes: cómo aunar la voluntad ya manifestada por Dios de que permaneciera virgen y la llamada ahora recibida a la maternidad. Pero la pregunta no esconde desconfianza alguna, sino completo abandono al plan de Dios. María acepta con plena consciencia abrazar lo que el ángel le anuncia, pero necesita saber cómo ha de actuar para que se realice.

Es entonces cuando el ángel le hace la revelación más inconcebible: ese engendramiento se realizará de una forma misteriosa, adecuada y proporcionada a la identidad profunda del niño que ha de nacer. María comprende que su hijo no ha de nacer de hombre, sino de una acción divina, pues el Espíritu ha de descender sobre ella.

Sin embargo, el ángel va más allá de la duda de María. La maternidad sin concurso de varón que se le anuncia no es una demostración gratuita del poder absoluto de Dios, sino que responde a una necesidad. El niño Jesús, que María ha de concebir y dar a luz, tiene como misión salvar a su pueblo, realizar la obra del Mesías de Dios esperado, pero su concepción responde no a su misión sino a su identidad: «el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios», no puede ser engendrado por un hombre.

María entiende de un golpe lo que la Iglesia, a través de los siglos, va desgranando mediante una meditación incesante. María comprende, sin saberlo expresar ni verter en conceptos teológicos, que su hijo será el Hijo de Dios, pues sólo a él se le pueden aplicar en sentido absoluto el título «Santo» que el ángel está utilizando. Y sólo él puede ser llamado, en el sentido fuerte que el ángel está empleando, «Hijo de Dios». Su Hijo no será sólo «Hijo del Altísimo» en sentido genérico, título que se podía aplicar a un Mesías humano; sino que será fruto de una acción del Espíritu Santo, no de varón, y cuyo fruto es el «Hijo de Dios». María va a ser la madre del Mesías, la madre virginal y la madre del Hijo de Dios.

La grandeza de María radica en que cree, abraza y acepta una misión imposible y aberrante para un judío monoteísta. Es tan increíble el hecho de que el Dios se pudiera hacer hombre y de que ella fuera a ser, por tanto, la madre de Dios, que el ángel tiene que apelar al poder omnímodo de Dios: «Para Dios nada hay imposible» (Lc 1,37). Y María creyó en la Palabra del ángel y en la misión que se le ofrece. Y apostó su vida para que se cumpliera un imposible. Para comprender la magnitud de esta respuesta de María, recordemos que Abrahán, nuestro padre en la fe, dudó de poder tener descendencia en su ancianidad (Gn 17,17), y Sara se rio de esa posibilidad (Gn 18,12). Tampoco Zacarías, el padre del Bautista fue capaz de creer que podía engendrar en su ancianidad de una mujer estéril. Todos dudan, pero esta jovencita nazarena creyó misterios mucho más profundos y aparentemente imposibles.

A la luz de esto, deberíamos preguntarnos si nosotros, como hijos de María y también llamados como ella a lo imposible, creemos en el plan que Dios que tiene para cada uno de nosotros, si creemos en nuestra identidad, vocación y misión. Nuestra misión es imposible porque está a la altura del plan de Dios, no de nuestras capacidades. También nosotros estamos llamados a lo imposible y deberíamos creer como María en lo que Dios nos propone. O en otras palabras, ¿cuál es nuestra actitud en la vida ordinaria: la vivimos como expresión del plan personal que Dios tiene sobre nosotros o construimos nuestra existencia según nuestros criterios e intereses que luego «ofrecemos» a Dios? Debemos plantearnos qué es a lo que Dios nos ha llamado a cada uno de manera única y específica y no conformarnos con ser simplemente «buenos» según nuestras ideas. Tenemos que mirarnos en María, que acepta una misión imposible sin ponerle ninguna pega a Dios, respondiéndole a él con plena determinación y generosidad.

En resumen, cuando María proclama «Hágase en mí según tu Palabra», está aceptando con absoluta clarividencia -aunque sin tener los conceptos teológicos precisos- tres realidades extraordinarias: la maternidad mesiánica, la maternidad virginal y la maternidad divina.

Madre de la humanidad redimida

Pero las revelaciones del ángel en la Anunciación no agotan la misión de María. Ser madre del Hijo de Dios incluye en germen otra misteriosa maternidad, que sólo cuando se vayan desarrollando los misterios divinos de la vida de su Hijo podrán ser comprendida y abrazada. Ella, la Madre del Verbo encarnado, irá comprendiendo poco a poco que también tiene una misión con respecto a la obra de su Hijo. Y ya que «Cristo es cabeza de la Iglesia» (Ef 5,23), la aceptación de su misión respecto de Jesús supone que acepta la maternidad espiritual sobre la Iglesia y todos los que la forman.

Esto se pone de manifiesto, desde el principio, cuando vemos que se van reuniendo en torno a ella a los hijos de Dios dispersos que van reconociendo a su Hijo: a Isabel, Zacarías, José, Simeón, Ana y «a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén» (Lc 2,38). También en la vida pública adivinamos su atención maternal a los discípulos de su Hijo.

Pero fue al pie de la cruz donde, aquélla que concibió sin dolor al Verbo, engendró entre sufrimientos terribles a la Iglesia, asumiendo así plenamente su misión hacia los hombres, su nueva maternidad. María, unida al Padre, entregó a su Hijo en la cruz, y recibió como fruto a todos los redimidos por su Hijo. La encomienda de Jesús: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26) no se circunscribe a Juan, sino que es la entrega de una nueva misión, que, en el fondo, no es sino una profundización de la que le comunicó Gabriel. Si es verdad que ella es madre de Jesús, habiéndolo gestado antes en su corazón que en su vientre, según dicen los padres de la Iglesia, esa maternidad real y mística se realiza también sobre los discípulos de su Hijo.

María empezará esa misión la misma tarde de viernes santo, preparando después a los apóstoles para la recepción del Espíritu Santo. Después de Pentecostés ejercerá su labor maternal en esta tierra, y tras la Asunción ejerce su maternidad desde el cielo, como verdadera Madre de la Iglesia. Más aún, lo hace como Madre de todos los hombres y Reina de la Creación, porque Dios, en su infinita sabiduría, determinó desde el principio dar una Madre al Universo, que fuera una figura visible de su amorosa paternidad.

La vocación de María

María tiene una base sólida y firme sobre la que construir su vida, y eso es lo que nosotros necesitamos encontrar. No se puede fundamentar la vida espiritual en elecciones dispersas, medios aleatorios, sentimientos o circunstancias. Necesitamos saber quiénes somos, cómo tenemos que vivir y qué quiere Dios de nosotros. Para eso acudimos a la contemplación de la Virgen María en el misterio de la Anunciación como modelo de fe y, por tanto, de identidad sobrenatural y vocación.

En el ámbito de la acción de Dios y la gracia, la «misión» deriva, como es lógico, de la vocación; pero hemos preferido seguir el orden que aparece en el relato de la Anunciación. Por eso hemos anticipado la misión de María a su vocación, o sea a su puesto en relación con Dios. La vocación es el puesto que ocupo en el corazón de Dios. En el caso de María, esa vocación no es fruto de una revelación de Gabriel, sino que brota espontánea de los labios de María, como una conciencia clara de cuál es su puesto en relación con el misterio de Dios. María conoce su vocación antes de la Anunciación, pero en este momento solemne ella se manifiesta según quién es en relación con Dios: María es «la Esclava».

La esclava

En la respuesta que María da al ángel, en el momento más solemne de su vida, cuando tiene que posicionarse ante Dios con su «hágase» definitivo, María sustituye el pronombre personal «yo» por lo que ella considera su identidad profunda: «La esclava del Señor». Esa denominación, con la que ella refuerza su absoluta disponibilidad a Dios, contrasta con el nombre que le pone Dios ‑«Llena-de-gracia»‑, y es el modo con el que proclama que pertenece a Dios, y que no puede hacer otra cosa sino obedecerle de buen grado y absolutamente. No dice que sea «una» esclava, sino «la» Esclava, aquélla que por título único pertenece y sirve a Dios, mucho más allá que las demás criaturas y que todos los demás seres humanos. Todas las criaturas dependen de Dios, todos los seres humanos somos, consciente o inconscientemente, los siervos de Dios, pero ella es consciente de ser la esclava no sólo por su condición de creatura, sino por su llamada vocacional y por su elección personal. María se ha consagrado conscientemente para ser la esclava de Dios. Al autodenominarse así, ella se despoja totalmente de sí misma para convertirse en pertenencia de Dios -su pertenencia más querida- y, desde ahí, será un don precioso de Dios para la humanidad. De este modo, María nos abre las puertas de su corazón para que, contemplándola en la oración, podamos intuir el abismo de rendición de la propia vida y la voluntad que inspira toda su existencia, y que es el modelo perfecto de toda consagración en obediencia, castidad y pobreza. Así se convierte en el espejo perfecto en el que podemos mirarnos permanentemente para descubrirnos en nuestra realidad más auténtica, que es la que Dios ve y podemos ver reflejada en María: ser sólo de Dios, para que él pueda regalarnos todo lo demás.

En nuestra contemplación podemos ver que María tiene perfecta conciencia de su plena consagración, puesto que espontánea­mente volverá a aludir a su condición de sierva cuando, llena del Espíritu Santo, proclame, en el éxtasis de su alegría, que «Dios ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48). Ella ha nacido para ser «la esclava del Señor», y desde ahí pronuncia su «hágase», como una forma concreta de realizar también, ante la sublime invitación del ángel, su ser y su misión.

Nadie puede competir con María ni en su pequeñez, ni en su absoluta dependencia, ni en su alegre disponibilidad, ni en su maduro sufrimiento. En ella, la dependencia total de Dios no expresa sólo una actitud, sino todo su ser, que se define como «nacida para servirle». Como los girasoles se dirigen constantemente hacia el sol, María ha nacido para mirar a Dios y recibir de él toda su luz. Ese ser, dependiente y volcado hacia Dios, que comparte con el resto de las criaturas, sólo en ella se ha desarrollado en perfecta consciencia y libertad, sin imperfección alguna. Ella ama sólo a Dios y lo elige como centro de su vida; y de ahí nace su virginidad, y por eso su desconcierto ante el anuncio de ser madre. María se convierte así en el modelo perfecto de nuestra propia identidad de hijos de Dios y hermanos de Cristo. Ella es la «Esclava del Señor», y expresa perfectamente ya todo lo que la Iglesia puede ver realizado completamente en el más sublime de sus miembros como modelo de lo que ella anhela y desea ser. María es, pues, la que realiza plenamente la vocación de la Iglesia entera -la luna iluminada por el Sol que es Jesucristo- y que ha de escrutar la Palabra de Dios para poderla engendrar y servir.

La esclavitud de María es peculiar y, también en este aspecto, modelo de la del cristiano y singularmente, del contemplativo. Su servicio no consiste tanto en hacer cuanto en dejarse hacer. El ángel no la ha instado a realizar nada, sino a acoger la acción de Dios, por eso su respuesta no es realizar nada, sino dejar y ansiar que se realice en ella la voluntad de Dios. Nosotros, cuando pensamos en ser esclavos del Señor, pensamos en lo que Dios nos quiere mandar o imponer; pero Dios sólo quiere que aceptemos lo que nos da antes de hacer nada. La vocación de sierva de María se define más por lo que consiente que por lo que realiza. Este aspecto, insistimos, es muy importante para un contemplativo, llamado a permitir que Dios realice en él sus obras y no a una proliferación indiscreta de actividades piadosas que, a veces, en lugar de cooperar con la obra divina, la suplen interesadamente por intereses más humanos. Nuestra realidad de esclavos del Señor nos lleva más a dejarnos hacer que a hacer. Eso no significa que no haya que hacer algo, porque para dejarse hacer hay que hacer; pero lo fundamental es dejarle a Dios las manos libres para que actúe. Hay que evitar los quehaceres que elegimos nosotros para no tener que acoger la acción de Dios en nosotros.

«Según tu Palabra»

La Palabra de Dios y la palabra del ángel

Al manifestar su vocación de esclava del Señor en la Anunciación, María añade la respuesta de la esclava -tan importante para nosotros-, que es dejarse hacer «según la Palabra» del Señor: «Hágase en mí según tu Palabra».

María reconoce en las palabras de Gabriel la Palabra de Dios. Así, el ángel se convierte en la «voz» que le entrega a la Nazarena la Palabra divina. El ángel dice a María lo que Dios quiere de ella. Por eso, María, una vez acreditada la procedencia del alado mensajero, ejercita su dócil escucha para acoger «toda palabra que sale de la boca de Dios» (cf. Mt 4,4).

Como la otra María -la de Betania- a los pies de Jesús (cf. Lc 10,39), también ella escuchaba la palabra sin que ninguna migaja de la divina mesa cayera al suelo por falta de atención. Mientras Marta improvisa la respuesta que quiere darle al Señor, y se pone a prepararle la cena, María, la hermana de Lázaro, está atenta a lo que Jesús quiere y se pone a escuchar la palabra del Señor. María, la Esclava del Señor, también sabe lo que Dios quiere de ella. Por eso, su respuesta no es precipitada, sino ponderada y reflexiva, que expresa la determinación de María de cumplir fielmente lo transmitido por el ángel; por eso pregunta y se informa para no añadir ni quitar nada a la voluntad de Dios. Por eso, añade al «hágase en mí» el «según tu palabra»; es decir, «hágase exactamente lo que me has dicho», no según mis criterios, no acomodado a mis capacidades, ni deformado según mis planes. Así María, la Hija de Sión, la representante del «pueblo de la Palabra», recibe el mandato divino según Dios quiere que sea acogido: «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño… No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada; observaréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy» (Dt 4,1-2).

Esto nos ofrece una importante luz para identificar la gran tentación que sufrimos permanentemente y nos empuja a acomodar la voluntad de Dios a nuestra percepción y nuestros criterios, aunque estos sean buenos y bienintencionados. De hecho, Israel deformó las enseñanzas recibidas, exacerbando algunos preceptos y omitiendo otros, de modo que el delicado equilibrio de una ley «perfecta» (cf. Sal 19,8), se transformó en una acumulación de mandamientos que, deshilvanados, se convirtieron en meros preceptos humanos, «fardos pesados» (Mt 23,4) imposibles de cumplir. Jesús tuvo que corregir esta deformación en sus discusiones con los escribas y los fariseos: «Invalidáis el mandato de Dios en nombre de vuestra tradición» (Mt 15,6). Y señaló el gran pecado en el que habían caído: «La doctrina que enseñan son preceptos humanos» (Mt 15,9). No basta con que llevemos a cabo, torpe y materialmente, los mandamientos del Señor, sino que hemos de renunciar a acomodarlos para eludir las exigencias de Dios.

María no cae en el error de acomodar lo recibido para eludir la radicalidad de las exigencias divinas. Por eso, en su respuesta, está íntimamente unido el «Hágase en mí» con el «según tu palabra», ni más ni menos. Ella no da un permiso a ciegas para que se realice un plan genérico de Dios, sino que asume en concreto el plan perfectamente establecido que le ha transmitido el ángel. Y su respuesta no es «hágase cualquier cosa», sino «hágase lo dicho en concreto por Dios». No hace falta el anuncio del ángel para que María acepte de forma general cumplir la voluntad de Dios, porque ella siempre la ha hecho. El ángel tiene que manifestar a María el plan concreto de Dios que ella debe conocer y aceptar. La Virgen no firma un cheque en blanco a Dios, porque eso ella ya lo había ofrecido desde el principio. Dios envía a su mensajero para que detalle a la elegida el plan concreto que quiere realizar en ella y pedirle permiso. Ahora, lo que hace María es rubricar un contrato específico del que a ella le acaban de comunicar las cláusulas precisas. Por eso, ella centra su entrega en lo dicho por el ángel: no es una respuesta ambigua a una propuesta etérea, sino un compromiso total a una propuesta divinamente determinada.

Naturalmente, esta respuesta de María, que no quiere añadir ni quitar nada al plan de Dios, no significa que acote su disponibilidad, como si su compromiso fuera medido, como si no estuviera dispuesta a que Dios le pida más. No es el compromiso cicatero del que dice: «eso sí, pero no otra cosa», sino que es una reafirmación específica de que quiere colaborar con lo que le ha dicho el ángel, frente a un «hágase» genérico. El centro de su determinación no es su propia elección selectiva, sino la elección de lo manifestado por Dios. Ella no recorta, ni escoge, ni omite, ni tergiversa: quiere exactamente lo que ha entendido que quiere Dios de ella a través del ángel, porque ella tiene un conocimiento preciso de la voluntad de Dios.

Puede hacernos mucho bien deleitarnos en la contemplación de este tipo de fidelidad en lo concreto de la voluntad de Dios para mirar, en la oración, nuestra facilidad a conformarnos con seguir los criterios básicos de lo estrictamente mandado, lo más conveniente, lo urgente, etc. en vez de buscar comprometer realmente nuestra vida en la fidelidad total a lo específico de la voluntad concreta que Dios tiene sobre cada uno de nosotros. Es necesario contemplar e imitar a María, porque aceptamos en general muchos compromisos y actividades para no tener que asumir el plan de Dios sobre nosotros que no conocemos. Este retiro, a la luz de la respuesta de María en la Anunciación, debe hacernos conscientes de que es imprescindible conocer el plan detallado de Dios sobre nosotros: quién soy para él y qué quiere de mí en concreto. Si no sabemos lo que Dios quiere en concreto de nosotros hay que pedirle que nos muestre su voluntad, lo que quiere de nosotros. No puedo seguir haciendo lo que a mí me parece que me pide Dios, sino lo que realmente quiere y, para eso, necesito que me revele mi identidad, mi vocación y mi misión. No basta con plantearme ser un buen cristiano, un buen sacerdote o una buena religiosa, sino que cada uno necesita conocer su fisonomía espiritual, que es única, y el modo específico de la santidad que Dios ha pensado para mí.

María sella un pacto

Los términos de la respuesta de María al decir «hágase en mí según tu Palabra» denotan un gran interés por lo concreto de lo revelado y tienen las características de un verdadero pacto. Ella, que ha permanecido absolutamente atenta a las palabras del ángel, acepta, con plena consciencia, su implicación, según lo revelado por el emisario divino. De modo que cuando se entrega al plan específico de Dios para ella, lo hace conociendo perfectamente el compromiso que contrae. Esto, que puede parecernos inalcanzable, no es sino el fruto de la fe que, cuando es verdadera, nos ofrece un conocimiento preciso del proyecto que Dios tiene sobre nosotros. Ésta es, precisamente, una de las razones que explican la importancia de la oración, como la expresión más afinada de la fe y el modo de entrar en la intimidad de Dios en la que encontramos la verdadera luz sobre lo que somos realmente y lo que Dios quiere que seamos en concreto.

Para que comprendamos mejor el interés de la Nazarena por aceptar concretamente la oferta de Gabriel, y podamos discernir el carácter de pacto que conlleva su respuesta, puede ayudarnos recurrir a tres precedentes que encontramos en el Antiguo Testamento y que se enmarcan en un contexto de alianza, donde, a la oferta de un acuerdo por parte de un sujeto, la otra parte acepta las cláusulas propuestas, mediante las mismas palabras que aquí utiliza María: «Según tu palabra». Los tres antecedentes son los siguientes: el pasaje en que Labán pacta con Jacob las condiciones que éste le propone para adquirir un ganado propio, quedándose sólo con las ovejas manchadas o moteadas (Gn 30,32-34); el episodio del trato entre la prostituta Rajab y los espías exploradores enviados por Josué, donde ellos se comprometen a respetar la vida de Rajab y la de los suyos, si ella no los descubre a las autoridades (Jos 2,18-21); y el texto en que se narra la aceptación por parte de los ancianos de Galaad de elegir como jefe a Jefté si vence a los amonitas (Jue 11,8-10). En esos tres lugares las palabras griegas, según la traducción de los Setenta, son siempre las mismas que las que utiliza María ante el ángel, aunque variando el posesivo, en singular o en plural según el caso26: «Según tu palabra».

Resulta especialmente significativo que en los tres casos estas palabras son la respuesta de aceptación de las condiciones propuestas para concertar un pacto, una alianza contraída entre las dos partes. De igual modo, María con sus palabras está estableciendo también un pacto con Dios según las cláusulas expresadas por Gabriel, ella al decir «según tu palabra», acepta las condiciones que Dios le ofrece; como esclava del Señor está dispuesta a realizar los planes de Dios.

Es también significativo que sólo en el caso de María, a diferencia de los otros tres, el pacto se cierra «por poderes». En los otros tres episodios las partes están presentes y son las que se comprometen personalmente y se ligan con juramento (explícito en el caso de los espías, pero implícito en los otros dos casos); en el caso de María el pacto se hace ante un representante de Dios, al modo como se concertaban las bodas en el ámbito bíblico. En este sentido, cabe recordar la embajada del siervo de Abrahán enviado para buscar esposa a Isaac (cf. Gn 24). Este dato es reforzado con el sentido esponsal que tenía el acto de echar el manto sobre alguien (cf. Rut 3,9 y la nota de la Biblia de la Conferencia Episcopal), y que tiene su eco en las palabras del ángel: «La fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra». En este sentido esponsal, no deja de ser significativa la semejanza de las palabras de la Virgen con las de Abigail ante los mensajeros de David que le ofrecen esponsales con su señor: «“David nos envía a decirte que quiere tomarte como su esposa”. Se levantó, se postró rostro a tierra y dijo: “He aquí a tu sierva, esclava para lavar los pies de los servidores de mi señor”» (1Sm 25,40-41). Con estos tres elementos (el emisario de Abrahán, el manto que cubre, las palabras de Abigail), podemos comprender que este pacto tiene un carácter esponsal y es, por tanto, un vínculo esponsal que surge entre el Padre y María al tener en común -aunque en sentidos distintos- la filiación del Verbo. De modo que María no está sólo diciendo «sí» a un plan de Dios, sino que está entrando en una relación particular con él, que tiene carácter esponsal. Nosotros, como hijos de María, que seguimos su modelo, estamos llamados a establecer un vínculo esponsal, pero no con el Padre, sino con el Hijo, a imagen de la Iglesia que es la esposa de Cristo. Y esa invitación esponsal espera una respuesta por nuestra parte como la de María: «Aquí está tu esclava, hágase en mí según tu palabra». El problema aparece cuando no le dejamos a Dios que nos diga su voluntad concreta para evitar que nos comprometa.

Todo esto nos ofrece unas pistas relevantes para contemplar y comprender la respuesta de María. El autor sagrado presenta esa respuesta como la ratificación de un acuerdo con Dios que cierra la revelación angélica. María está de acuerdo con los términos expresados por el ángel y se somete a ellos con plena consciencia y libertad, sabiendo que, como en los tres casos aludidos, esas clausulas van a condicionar radicalmente su futuro, su vida ya no será igual. La prueba es que toda su vida se adapta a la nueva realidad que Dios le presenta. Y lo hace sin quejas ni condiciones, sino con la prontitud y la generosidad que le son propias. Abandona lo anterior y se adhiere al nuevo camino que el ángel le anuncia.

Por tanto, podemos concluir que la respuesta de María, que es un acto de sumisión como respuesta vocacional, no consiste en cerrar los ojos y lanzarse al vacío, sino que, todo lo contrario, es una respuesta plenamente consciente en la que acepta los tres misterios propuestos por el ángel y ella ha entendido: la maternidad mesiánica, la maternidad virginal y la maternidad divina. Y para que conste que ha entendido el mensaje angélico y que rubrica plenamente su oferta, añade como palabras inequívocas el «según tu palabra». Así, María manda que se cumpla lo que Dios ha determinado que se haga en ella, lo que el ángel le ha manifestado.

Hay que insistir en que la Virgen no concede a Dios un permiso genérico para que actúe como quiera. Por supuesto que ésta es su disposición básica; pero sobre esa disposición, María construye la verdadera actitud de fe, que supone el conocimiento y la aceptación de la voluntad concreta de Dios sobre ella. Precisamente, Dios ha enviado a un arcángel para que comunique a la Niña su increíble plan salvador de modo suficientemente claro para que ella lo entienda. De hecho, la embajada de Gabriel habría sido un fracaso si María no hubiera entendido suficientemente lo que Dios quería hacer en su persona, o si Gabriel sólo se hubiera vuelto con una aceptación ciega y genérica de lo que Dios quería realizar en la Nazarena. Tengamos en cuenta que, desde pequeña, María había dado una respuesta de dócil entrega a los requerimientos de Dios. Pero ahora tiene que responder libremente al plan concreto esbozado por el ángel. Y María, la «Llena-de-gracia», se compromete lúcida y formalmente a que se realice en ella lo dicho por el ángel; es decir, a ser madre del Mesías sin dejar de ser virgen, y concebir y dar a luz al Hijo de Dios, al Santo bendito por todos los siglos. María no se lanza al abismo a ciegas, como quien salta al precipicio en un momento casi de enajenación, sino que se deja «engullir» en el misterio de Dios con plena consciencia, informada suficientemente para poder calibrar lúcidamente el vértigo del camino que emprende, y con absoluta determinación de creer lo increíble. Es mucho más meritorio comprometerse con lo increíble de forma detallada, que asumir lo que parece imposible de forma abstracta.

La contemplación de este aspecto del misterio de la fe de María nos tiene que llevar a valorar la oración como el ámbito en el que descubrimos que la voluntad «genérica» de Dios se hace concreta para nosotros. Y nos tiene que animar a vivir la fe como un salto en el vacío, pero no hacia una meta indeterminada, sino hacia el objetivo imposible y concreto al que Dios nos invita. También el Verbo, al encarnarse, acepta un plan muy concreto: «Al entrar él en el mundo dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo […] Aquí estoy para hacer tu voluntad» (cf. Heb 10,5-7). Dios no quiere que nos metamos a ciegas en un camino incierto, sino que sepamos lo que él quiere de nosotros pormenorizadamente -cuál es nuestra identidad, vocación y misión‑; y, conociéndolo, lo aceptemos y nos comprometamos. Lógicamente, en el desarrollo de nuestra vida cristiana podemos ir teniendo más y más luz sobre la voluntad de Dios, a condición de que nos dejemos. El «vértigo» de la fe no está, por tanto, en lo desconocido, sino en la imposibilidad de lo que se nos da a conocer. La fe no consiste en creer lo que no conozco, sino en creer de verdad lo que me ha sido revelado. Es decir, en aceptar que yo, con mis características y circunstancias, no puedo llegar a lo que Dios me pide en concreto, pero doy el paso apoyado en la fe en él. Es lo que le sucede a Abrahán, anciano y estéril, cuando Dios le promete que le hará padre de muchedumbre; y Abrahán creyó y actuó en consecuencia.

El abandono propio de la confianza que manifiesta la fe no consiste tanto en lanzarse al vacío sin más, sino en aceptar como real lo que humanamente parece imposible y entonces lanzarnos a eso. Dios quiere que conozcamos su proyecto para que podamos comprometernos con el mismo libremente. En conclusión, María tuvo que saber y pudo comprometerse; y eso es así para todos, porque Dios no quiere seguimientos a oscuras; especialmente para nosotros, que hemos recibido el conocimiento del plan de Dios para que demos ese paso conscientemente. Dios quiere mostrarnos detalladamente el pan de nuestra vida, quiere darnos nuestro nombre, revelarnos nuestra identidad sobrenatural, ayudarnos a encontrar nuestra vocación y darnos a conocer cuál es nuestra misión.

A nosotros la lucidez de María nos parece inverosímil. ¿Cómo una joven iletrada de una pequeña aldea perdida va a poder penetrar en un misterio que supera los parámetros en los que se mueve su fe absolutamente monoteísta? ¿Cómo puede una niña aprehender, en un momento, el misterio que se despliega ante ella, cuando miles de teólogos sólo lo han barruntado después de una profundización multisecular? ¿Es comprensible que conceptos que aparecieron después de siglos de especulación teológica, tales como «persona» o «naturaleza», pudieran ser entendidos por una aldeana, sin preparación, siglos antes? Esas preguntas no tienen sentido así planteadas, porque María no conoce el misterio que se ofrece ante sí por desarrollo filosófico o teológico. La luz que se le concede para comprender interiormente lo que desde fuera le anuncia el ángel no es fruto de profundización intelectual, sino de ilustración divina. Tampoco ella necesita comprender teológicamente el misterio para abrazarlo, ni mucho menos tener conceptos adecuados para definirlo; ella sólo necesita ser iluminada sobrenaturalmente para respetarlo y acogerlo. No necesita terminología teológica para entender, ni desarrollo del dogma para penetrar en un misterio que capta intuitivamente en el amor27.

La clave está en su actitud contemplativa, que le hace vivir abierta permanentemente a Dios en actitud de escucha, acogida y receptividad; esa actitud a la que se refiere el evangelio cuando nos dice que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Así, con esa disposición, puede acoger, comprender, aceptar y llevar a cabo la voluntad de Dios en total fidelidad. Lo cual ilumina claramente las quejas de tantos cristianos -incluso «contemplativos»- que afirman no ver claramente la voluntad de Dios, como si su percepción no dependiera de una actitud verdaderamente contemplativa. Podríamos quejarnos, con razón, si Dios quisiera ocultarnos su amor y su designio personal; pero si lo que él quiere es mostrárnoslo, deberíamos vivir para descubrir ese designio que él nos quiere manifestar.

La Virgen es introducida en estos misterios por las sucesivas revelaciones de Gabriel, mientras interiormente recibió la luz necesaria para penetrar y acoger lo que oía externamente. El fruto final de la palabra angélica exterior y de la gracia interior es que María tiene conocimiento claro -aunque seguramente no conceptualmente distinto- de cuanto debe saber para dar una respuesta suficientemente informada. Por eso, el concilio Vaticano II subrayó que era condición querida por Dios que, antes de poner en marcha su plan redentor, fuera informada María y se recibiera de ella su beneplácito: «El Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de parte de la Madre predestinada»28.

La vida de María y el discernimiento

La consciencia de María

El proyecto de Dios sobre María necesita ser refrendado conscientemente por ella para poder ser culminado. Dios quiere que María asuma conscientemente lo que es y su misión, porque anhela compartir sus confidencias y el trabajo común con una compañera, con una esposa. Dios no sólo quiere llevar a cabo su plan, sino realizarlo con nosotros de una forma consciente. No basta con lo que el Espíritu Santo ha hecho en ella: es necesario que ella sea consciente de su condición de amada excepcionalmente y acepte su identidad, su vocación y su misión. Dios quiere que la jovencita de Nazaret conozca y asuma libremente su identidad y el proyecto que Dios tiene para ella, porque sólo de esa forma puede aceptar el plan de Dios y colaborar eficazmente en él29.

Por eso, el relato de la conversación entre Gabriel y María no encierra sólo el anuncio de la encarnación, sino la revelación de la verdad de María y de la identidad de su Hijo. En ese encuentro, se le comunica a ella su realidad, a la par que se le descubre el misterio de su Hijo. Esa revelación es necesaria para que su cooperación sea plenamente consciente e informada. María no puede cumplir plenamente su misión materna si no acoge y cree en su identidad, en la de su Hijo, y en la relación que entre ambos se ha de establecer. Lo mismo que no podría ser la madre de todos los discípulos de Cristo si no hubiera aceptado al pie de la cruz y con plena consciencia la encomienda de Jesús moribundo.

Podríamos tener la tentación de relativizar esa plena consciencia de María con la excusa de que es una adolescente con poca formación y pocos medios. Casi nos parece más fácil que Dios hubiera realizado su plan sin tener que pasar por el conocimiento detallado de María. Sin embargo, Dios no quiere «arrastrarla» a una aventura donde ella fuera un «sujeto pasivo», sino que quiere desde el principio una colaboración libre por su parte. Por eso, el anuncio de Gabriel es tan detallado.

Por otro lado, hemos de afirmar que María entendió perfectamente lo dicho por el ángel. Eso no significa que agotara con su cabeza los misterios que se les desvelaban en ese momento, porque ella fue profundizando paulatinamente en las claves de su existencia que Gabriel le ofreció. Hay que tener en cuenta que María es la criatura con más fina sensibilidad que ha existido, tuvo desde niña una sintonía perfecta con lo sobrenatural y, al no tener pecado original, conservaba todas sus capacidades ordenadas y perfectas. Por eso, ella entendió todo lo que se le reveló con una profundidad mayor que la que pueda alcanzar la Iglesia contemplando esas palabras. Su respuesta fue con plena consciencia y libertad, con conocimiento concreto de lo que se le pedía.

El Magníficat nos ofrece un ejemplo de hasta qué punto ella es plenamente consciente de lo que Dios ha hecho en ella: «El poderoso ha hecho obras grandes en mí» (Lc 1,49). Ella, por todos los dones con los que ha sido enriquecida, sabe que es digna de ser felicitada por todos los hombres -las «generaciones»-. Y reconoce la relación que existe entre esas obras grandes de Dios y su propia pequeñez: ella es grande por ser pequeña. Así, lejos de caer en la falsa modestia o en el orgullo, lo remite todo a Dios.

En el Magníficat, la «Llena-de-gracia» habla como la Hija de Sión, consciente de que lo que ha recibido está en relación y continuidad con las obras grandes que Dios ha hecho en su pueblo, y sus dones tienen como destinatario último al pueblo de Dios. Ella es la verdadera Hija de Sión, la representante más aquilatada de Israel, la heredera definitiva de las promesas hechas a su pueblo, en quien se han realizado definitivamente las promesas hechas a los patriarcas y a Israel. En ese sentido, es muy interesante establecer una relación entre Abrahán, el padre que recibió la promesa, y María, la hija en quien se han cumplido esas promesas.

El amor que se pregunta

Podríamos pensar que, si María es plenamente consciente de su identidad, vocación y misión, ya tiene resuelto el drama de su vida espiritual. En absoluto es así, porque ella se ve confrontada con un plan de Dios que es demasiado elevado y choca con la lógica humana. Hay que tener en cuenta también que las revelaciones angélicas van acompañadas, como todos los dones de Dios, de consuelo y alegría; pero María no se queda en el disfrute del gozo interno en que van envuelta esas gracias, sino que está muy ocupada en discernir la voluntad de Dios que esos dones reclaman. Su preocupación es dar la respuesta ajustada. En la respuesta a Dios es muy importante afinar, dar la nota exacta: Una nota musical desafinada, aunque casi sea correcta, ofende los oídos, rompe la armonía y arruina toda la melodía. María está muy atenta para dar la nota nítida que Dios espera. Ella necesita comprender exactamente lo que Dios quiere para llevarlo a cabo. Es «la esclava», pero necesita conocer lo necesario para cooperar en el plan de Dios.

Las revelaciones angélicas provocan en María profundas preguntas. Estas cuestiones son el testimonio más claro de que la Nazarena vive en un permanente ejercicio de discernimiento para captar plenamente la voluntad de Dios y poder responder afinadamente a sus solicitudes. Necesita entender, de modo que podríamos decir que la profundidad de su compromiso se manifiesta tan claramente en sus preguntas como en su respuesta. En el relato de la Anunciación aparecen sus dudas en dos momentos muy significativos, y en ambas ocasiones son resueltas por la palabra del ángel y por su propia docilidad, que la hace particularmente permeable al mensaje divino. Así se manifiesta lo que María es y vive permanentemente: la búsqueda constante de la verdad y la luz desde el desconcierto y la fe. El primer interrogante surge ante el saludo de Gabriel, cuando María «se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel» (Lc 1,29); el segundo cuando, desconcertada ante la voluntad divina que le parecía contradictoria, pide al ángel una aclaración: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1,34).

No se trata, como iremos viendo, de dudas sobre Dios o sobre la posibilidad de que se haga realidad lo que se le propone, sino dudas sobre lo que tiene que hacer en concreto para cumplir la voluntad de Dios. Por eso al Padre le satisfizo la actitud de discernimiento de María, porque expresa claramente su búsqueda de la voluntad divina y su disposición de llegar hasta las últimas consecuencias para cumplirla.

Con respecto al saludo recibido

El primer interrogante no se reduce simplemente al contenido que le ha transmitido el ángel, sino a la misma persona del alado mensajero. María no se siente desconcertada por la presencia del ángel, porque ella esta acostumbrada a lo sobrenatural. A lo que no está acostumbrada es a mirarse a sí misma; por eso necesita saber de dónde viene un saludo tan laudatorio, quién ha mandado a ese ángel, qué tipo de ángel es. Ella sabe de otra mujer que se dejó engañar al principio por otro ángel y lo que eso desencadenó. María tiene la firme determinación de no dejarse contaminar con nada que no provenga de Dios, ella es una virgen casta. La castidad de la Virgen no es fruto de la ignorancia del peligro de quien nunca se ha visto asediada por el mal, sino el resultado de una elección libre que se manifiesta en una vigilancia diligente. Es la actitud que puede y debe inspirar a todo cristiano, y que aconseja la Escritura: «No os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios» (1Jn 4,1). María valora tanto su fe que la protege de toda posible amenaza con un discernimiento cuidadoso30. Por nuestra parte, el signo de la falta de valoración de lo divino es el desprecio generalizado al discernimiento que se conforma con elegir cosas simplemente porque son buenas. San Antonio Abad insistía en que «debemos orar continuamente para recibir el don del discernimiento de espíritus, para que, como está escrito, no nos fiemos de cualquier espíritu»31. Hay que tener cuidado porque Satanás suele revestirse de ángel de luz y puede predicar el Evangelio.

San Andrés de Creta pondera la sabiduría de María, que muestra su grandeza y madurez:

Era, en efecto, normal y conveniente que ella se quedara, de momento ansiosa y examinara lo que se le había dicho, no prestando oídos a su interlocutor de un modo irreflexivo […]. Al punto dirigiría su pensamiento hacia la caída de la primera madre, reflexionando sobre el engaño que sufrió […]. No sin razón, pues, el evangelista la presenta reflexionando, a fin de hacernos ver cuánta era su inteligencia y que sabiduría más notable, firme y segura poseía, sin que hubiera en su conducta ligereza alguna. No era conveniente en efecto, dar asentimiento a una tal salutación, sin someterla antes al examen de un recto juicio32.

María tiene un instinto certero al adoptar esa actitud de juicio sobrenatural ante el anuncio ángel. Con ello muestra que la desconfianza de uno mismo y la humildad son las mejores defensas para no ser engañados.

El ansia de búsqueda que tiene María manifiesta el verdadero sentido de su virginidad. Ésta no es espera prudente de un amor humano lícito, sino elección consciente e irrevocable del amor divino soñado. La castidad de la Virgen protege no sólo un corazón virginal, sino una decisión madura y deliberada por la virginidad total.

En este marco, podemos entender que María se pregunta si puede abrir su alma a las palabras del ángel. Y empieza a indagar interiormente. Esa labor de búsqueda la realiza en el silencio de su corazón. No está dispuesta a intercambiar palabra alguna con el mensajero celeste hasta que se haya acreditado su identidad. Su silencio contrasta con la indiscreta charlatanería de Eva, anticipo de su caída. San Ambrosio destaca esa actitud de María, como expresión de su celo y de su castidad: «El que es propenso a hablar mucho vacía su interior, no lo protege, ni sabe guardar la palabra que ha recibido. En cambio, santa María conservaba todas las palabras en su corazón para que ninguna se deslizara de él»33.

María calla y discierne ante el ángel hasta que éste se acredite. La misma que sabe acoger y conservar la Palabra divina en su corazón (cf. Lc 2,51), sabe retener su propia palabra en su interior. No toma la iniciativa, ni busca protagonismo. Sabe custodiar el silencio, permanecer en silencio, y buscar en silencio. El silencio es el océano en el que vive zambullida su alma.

En definitiva, María acierta al guardar silencio, al preguntarse sobre el origen de las palabras recibidas y al esperar que Dios mismo acredite las palabras del ángel. La casta Virgen nos enseña la lección del humilde discernimiento que protege prudentemente la intimidad del alma y sabe esperar. San Bernardo, entusiasmado, la felicita: «Haberse turbado fue pudor virginal; no haberse perturbado, fortaleza; haber callado y pensado, prudencia»34.

El texto dice que «se preguntaba». No es una novedad, puesto que María siempre se preguntaba. Y, con sus pocos años, ya era especialista en búsquedas imposibles: «La historia de las pruebas interiores de la Virgen se perdió, con otros tesoros, en el inexorable silencio de Nazaret»35. En el trabajo de la castidad, la Señora va madurando en el arte de alcanzar certezas espirituales, guiada por la fe en medio de la oscuridad, acogiendo las pocas semillas de luz que Dios le haga llegar. La Virgen María tuvo que hacer un camino nuevo sin las ayudas que suponen para nosotros los santos y la tradición de la Iglesia. Tuvo que recorrer la oscuridad de la fe sin referencias.

El misterio y la sorpresa ante la gracia no sacan a la Virgen de su actividad espiritual, sino que la zambullen más en ella. Su labor permanente es pasar del desconcierto a la sabiduría, mediante un trabajo espiritual de discernimiento y profundización. Nadie jamás ha sido más respetuoso que ella con la Palabra de Dios recibida. Por eso, María nunca permitió que se perdiera la más mínima sugerencia divina. Desde niña había tratado con mimo la Palabra revelada, y así, sin saberlo, se había capacitado para cuidar con mimo la Palabra encarnada36. A través de la obediencia de la fe, la Virgen se dispuso para la acogida maternal de la Palabra. Por ello, María se convierte para nosotros en un modelo de acogida de la Palabra en todas sus manifestaciones: Palabra revelada, Palabra encarnada, Palabra escrita y Palabra sacramentada.

Esta actitud de la Virgen está íntimamente emparentada con la que narran los evangelios, como hemos visto, para describir la actividad posterior de su alma: «María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Aunque María tiene las claves de su ser, quiere conocer en cada instante lo que Dios le pide. Guardaba memoria de las obras de Dios para poder discernir su sentido. Ansiaba comprender esas obras para adaptarse a su voluntad. Quería, ante todo, conocer a Dios y caminar por sus caminos. Se trata de poner atención para ser dócil, investigar para amar, y amar para para cooperar. El objetivo de sus pesquisas nunca fue alcanzar la seguridad confortable de la estabilidad, sino secundar atinadamente los irrastreables designios del inagotable corazón de Dios. Por ello, María vivió permanentemente zambullida en la fe, en «una especie de “noche de la fe” -usando una expresión de san Juan de la Cruz-, como un “velo” a través del cual hay que acercarse al Invisible y vivir en la intimidad con el misterio. Pues, de este modo, María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo; y avanzaba en su itinerario de fe, a medida que Jesús “progresaba en sabiduría… en gracia ante Dios y ante los hombres”»·(Lc 2,52)37.

María, en su desconcierto, «se preguntaba». Siempre se preguntaba. La fe para ella no es aceptación cómoda de proposiciones teológicas, es aceptación del plan de Dios, pero también búsqueda incansable de signos que le reclaman una nueva y singular respuesta, quiere encontrar los matices del plan de Dios para realizarlos. Vivió una verdadera peregrinación, costosa y fatigante, sin parar establemente en ninguna seguridad permanente; aceptando, como su Hijo, no tener «donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). Tampoco María, en su búsqueda, tuvo donde reclinar la cabeza. Nosotros queremos ahorrarnos el trabajo de esa búsqueda: preferimos elegir la voluntad genérica de Dios que nos deja tranquilos sin plantearnos en cada momento lo que Dios quiere en concreto de nosotros, aunque nos desconcierte y nos canse.

La búsqueda de María es la búsqueda del amor. Su peregrinación en fe es una adoración permanente. Así es como vive una oblación constante, un holocausto incesante, consumiendo en el fuego del amor de Dios sus seguridades y consuelos. La imagen de los veinticuatro ancianos del Apocalipsis es, en este sentido, una imagen gráfica de la actividad interior de la Señora:

Cada vez que los vivientes dan gloria y honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran ante el que está sentado en el trono, adoran al que vive por los siglos de los siglos y arrojan sus coronas ante el trono diciendo: «Eres digno, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder» (Ap 4,9-11).

Arrojan sus coronas ante el que está sentado en el trono, pues sólo a él le corresponde la gloria, el honor y el poder. Lo hacen con alegría, desprendiéndose de su propia grandeza, porque ésta no es nada ante el único que merece detentar la gloria. Sin embargo, cuando vuelven a sentarse en sus tronos reciben otros nuevos signos de realeza para que, cuando se postren de nuevo, puedan arrojar sus recién estrenadas coronas a los pies del Señor del universo. Siempre coronados y siempre postrados. No pierden su majestad, ni cesan en su humilde servicio. Así es la vida terrena de María, quema en holocausto sus seguridades para postrarse ante quien reclama toda su adoración y, de nuevo, le vuelve a dar nuevos dones para que pueda, una vez más, lanzar lo que posee a los pies de su Señor. Siempre está haciendo oblación de su ser y de su persona y recibiendo constantemente de Dios; al contrario que nosotros que nos apropiamos de los dones de Dios. La verdadera actitud que necesitamos es estar constantemente haciendo ofrenda de nuestra «corona» al Señor porque se nos va a dar una nueva. Ante Gabriel, María se preguntaba para saber qué tenía que ofrecer en el altar de su alma: el silencio de su castidad o la apertura de su docilidad.

Por eso, María pudo estar siempre donde tenía que estar, y por eso la encontramos al pie de la cruz. Porque preguntó, porque, herida por el amor de Dios, buscó con denuedo al amor de su alma. En medio de la noche, arrostró los peligros de una búsqueda solitaria, preguntando a desconocidos y dejándose orientar por las huellas del Amado hasta que encontró a quien buscaba:

En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma; lo buscaba, y no lo encontraba. «Me levantaré y rondaré por la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré al amor de mi alma». Lo busqué y no lo encontré. Me encontraron los centinelas que hacen la ronda por la ciudad. ‑«¿Habéis visto al amor de mi alma?». En cuanto los hube pasado, encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté (Cant 3,1-3).

La esposa del Cantar, agotada por el esfuerzo, duerme en los brazos de su amado, hasta que despierta, sola y herida de amor. Y comienza de nuevo su apasionada búsqueda. Así, una y otra vez. ¿Quién de nosotros ama tanto que no cesa de buscar, aunque sólo sea para gozar un leve momento del abrazo del amado? ¿Quién de nosotros está dispuesto a darlo todo para recibirlo todo? ¿Quién está dispuesto a dilatar su corazón en una búsqueda incesante que rasga las entrañas y agota las energías? Desgraciadamente nosotros, que somos pobres, nos apegamos a lo que tenemos para que nadie nos quite lo que consideramos nuestra riqueza. Lo que nos enseña el sacrificio de Abrahán es que no podemos recibir al hijo de la promesa sin haber sacrificado al hijo prometido.

Sólo María amó así. Ella, en cuanto modelo y realización perfecta de la Iglesia, es la Esposa del Cantar de los Cantares. A ella le encajan perfectamente muchas de las estrofas del Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz:

¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.
Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.

Con respecto a la misión encomendada

Por otro lado, está la duda y la pregunta de María en relación con la misión encomendad. Nos resulta difícil comprender hasta qué punto la intervención del ángel produjo un verdadero desconcierto en el alma de María.

María era «una virgen desposada», como la define san Lucas (cf. 1,27); y no una desposada virgen, como eran todas las desposadas que aún no se habían unido sexualmente a sus esposos. En María, la virginidad no es un estadio previo al matrimonio, sino un estado que tiene sentido por sí mismo y que expresa una consagración interior total a Dios. María había madurado en su corazón esa necesidad que su alma sentía de sólo Dios y, coherentemente, había excluido el matrimonio como cauce de servicio a Dios. Dios brillaba en su alma y era demasiado potente para mirar sombras humanas. Pero la virginidad no era considerada entre los judíos como objeto de libre elección. No se podía entender en su ambiente judío que hubiera elegido la virginidad.

Así, con todos los caminos cerraros, oró y buscó la voluntad de Dios, esperando que él mostrara la pequeña vereda que la conduciría a realizar el anhelo de virginidad puesto por Dios en ella. Cegado parecía el horizonte, y la esperanza de María se mantenía incólume. Ella sintonizaba perfectamente con las palabras de san Agustín: «¡Dad lo que mandáis, y mandad lo que queráis!»38. Se le urgía la virginidad y ella esperaba el camino para la virginidad. Y, entonces, apareció José, surgió una intuición de que él sí entendería su necesidad. Brotó la completa sintonía. Ambos necesitaban ser sólo de Dios. Y pensaron hacer de su anhelo compartido algo socialmente aceptado. Oración y discernimiento. Comprensión y respeto mutuos. Un camino nuevo inaugurado. Compromiso social sancionado por familiares y amigos. Extraño, pero en paz. Después mucho discernimiento, dos vírgenes refugiados en el silencio, en cauce asumible para el ruido externo. Un amor completamente divino que no impide el crecimiento de un amor deliciosamente humano. Alegría y armonía. La Virgen por fin está en calma.

Y, de repente, el alado emisario incendia todo lo que había costado tanto construir y le anuncia que va a ser la madre del Mesías. Lo contrario de lo que había discernido con tanto esfuerzo. El ángel habla de maternidad a quien se ha consagrado en virginidad. Habla de fruto a quien quería permanecer eternamente como flor. María, de nuevo, enfrentada a un equilibrio imposible, pero dispuesta a todo por aquél que se goza en desconcertarla permanentemente. Su determinación no admite titubeos. Se ha asegurado de que el mensajero viene del cielo. No pondrá obstáculos al designio de quien ama inmensamente más que a sí misma. Pero necesita conocer para abrazar, necesita saber qué y, sobre todo, cómo tiene que acoger. Lo que constituye un punzante dolor para María no es que Dios le pida el sacrificio del don de la virginidad, que le dio como un nuevo Isaac que debe ser sacrificado en el ara del amor, sino el desconcierto supremo de saber que era Dios mismo el que le había dado el cauce del matrimonio con José para llevar a cabo su ofrenda. Pensaba que venía de Dios lo que había discernido, y ahora sabe que viene de Dios lo que le es comunicado. Sin embargo y, aunque está dispuesta a cambiarlo todo, intuye que la clara contradicción no anula lo ya fijado: «No se pertenece. Un ángel es poco para cambiar lo pactado con Dios».

¿Cómo será madre si se le ha confirmado en su virginidad? ¿Cómo será virgen si se le ha anunciado su maternidad? Es evidente, que el segundo decreto anula el anterior; pero, entonces, ¿por qué ella percibe que no puede obedecer lo segundo renunciando a lo primer?

A pesar de la incertidumbre y del tormento de la oscuridad en torno a lo que para ella era más importante, María ni se precipita, ni se angustia. Ni deja que sus necesidades se impongan, ni se acomoda perezosamente en la incertidumbre. Sabe indagar en fe, sabe discernir, sabe callar y sabe inquirir. Y ninguna de estas acciones está presidida por la curiosidad o la necesidad de buscar las propias seguridades, sino movida por la imperiosa urgencia de encontrar la voluntad de Dios y llevarla a cabo.

A María le parece incompatible la llamada a la virginidad y la oferta de la maternidad. Sin embargo, por ambos medios intuye que le alcanza la voluntad de Dios. Necesita hacer luz y por eso pregunta. Incertidumbre y búsqueda silenciosa. Su pregunta, sobria y sopesada, nos permite vislumbrar su mundo interior, sus dudas y su determinación a mantener su decisión previa, salvo que Dios indique claramente lo contrario: «¿Cómo será esto si no conozco varón?».

Hay otro elemento más que debió turbar a la joven. Realmente ella sí conocía -en su significado más básico e inmediato- varón, aunque no en el sentido sexual que contiene su pregunta. Ella tiene ya un compromiso con ese hombre bueno, que comparte su más profundo anhelo. Además, ese compromiso es público y, vinculante39, sobre todo para la mujer. El paso del desposorio entre ella y José, con las condiciones secretas que ambos han asumido, ha sido dilucidado ante Dios. No es fruto ni de la fuerza de los sentimientos, ni de la precipitación por anhelo de estabilidad social. Si el discernimiento estaba bien hecho, y así lo parecía ratificar la paz resultante, ¿cómo ahora el ángel ni siquiera menciona a José? ¿Tendría ella que contar con él, o debía prescindir de la única persona que había comprendido y compartido algo de su peso y de su misterio? Él era «hijo de David», lo mismo que su futuro hijo; entonces, ¿debía ser José el padre, renunciando a su ideal discernido y ratificado ante Dios? María sabe que en la respuesta a la pregunta que le dirige al ángel se encuentra el misterio no sólo de su vocación, sino también de la de José. Leal y generosa, no sólo sentía el desconcierto por su propio futuro, sino la inquietud por la situación de su desposado. María dice «sí» a Dios, pero tiene un compromiso con José. El ángel no le dice nada de José, y María tampoco dice nada de José; todo eso lo deja al cuidado de Dios. Ella, queriendo sinceramente a José, deja que Dios haga lo que tenga que hacer con él. No se ocupa de eso, simplemente dice «hágase en mí según tu palabra».

La búsqueda cotidiana de María

Podría parecer que, terminadas las revelaciones de Gabriel, el conocimiento de su identidad y de su misión resuelve todo el drama personal de la vida espiritual de María. Sin embargo, lo cierto es que la consciencia de su lugar espiritual, lejos de evitarle el esfuerzo de la búsqueda, le obliga a un discernimiento constante y afinado, le complica mucho la vida. La consciencia de su identidad y de su misión no aclaran inmediatamente los pasos concretos que debe dar para saber cómo vivir su vocación en cada momento cotidiano. Sin embargo, sí le ofrecen el «perchero» sobre el que puede colgar todas sus decisiones. De este modo, la vida de María es perfectamente coherente con su identidad de «Llena-de-gracia» con su vocación de esclava del Señor y con su misión de madre. Empiezan a aparecer dificultades y ella sabe que lo que tiene que hacer es meditar en su corazón.

Y el ángel se va. Y ahora ella tiene que decidir qué hacer con la confidencia que le ha hecho el ángel sobre Isabel, cómo afrontar la situación en la que queda su desposorio con José, decidir si debe o no compartir su misterio con alguien, cómo afrontar y presentar un embarazo que difícilmente va a ser entendido. María da prioridad a lo que el ángel le ha señalado: Isabel está embarazada y ahí hay un misterio que tiene que ver con ella, puesto que el ángel vincula uno y otro. Por eso, «María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá» (Lc 1,39).

El modo concreto como María vive en su vida cotidiana su vocación, su condición de esclava, es la atención apasionada a Dios y a su voluntad. Podríamos decir que la traducción existencial de su vocación como esclava del Señor se condensa en las palabras del Evangelio a las que tenemos que volver una y otra vez, que nos revelan por dos veces, como expresión de la importancia que concede a esa disposición de María, que ella, «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19.51).

Cuando María no entiende algo le da vueltas ante el Señor, lo «rumia». Ésa es la actitud propia del siervo que busca complacer a su señor antes que éste se lo pida. Esa pasión de búsqueda, ese discernimiento continuo, ese estar -como la esclava- con los ojos fijos en las manos de su señora (cf. Sal 123,2) para satisfacerla en todo, hace que María sea el modelo sublime de respuesta humana a Dios. Por eso, su Hijo pudo reconocer, con alegría, la grandeza de la Madre cuando la proclamó bienaventurada por representar y presidir a «los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28).

La búsqueda incansable de la voluntad divina da como fruto una especial sensibilidad y una conciencia habitual de lo que Dios le pide en cada momento y de lo que Dios siente en cada instante. María fue consciente de que la comunión de amor con Dios en la transparencia de lo cotidiano es el camino para desarrollar un vínculo íntimo con el Señor que, en el claroscuro de la fe, requiere atención pronta y ejecución generosa. De manera que, a base de contemplar y de observar, la Esclava aprendió a adelantarse a los deseos de su Dueño. Ya no esperó a recibir la solicitud, sino que se apresuró a predecir el deseo. Lo vemos en las bodas de Caná (Jn 2,1-12), cuando ella ve una necesidad que Jesús quiere satisfacer, pero que entra en contradicción con las palabras del Hijo. Ella sabe, a base de meditar en su corazón, lo que tiene que hacer. Para nosotros, la gran pregunta es siempre la misma: «¿Estamos dispuestas a conservar en nuestro corazón y a darle vueltas a los acontecimientos hasta descubrir la voluntad de Dios?». Enseguida aparecen las excusas, «no puedo», «no sé», que en realidad son la manifestación de que no amo, porque cuando realmente quiero una cosa le doy las vueltas necesarias hasta conseguirla.

Así vemos como, frente a todas las incertidumbres e incógnitas, María ofrece siempre la misma actitud, descrita por san Lucas. Ante el nacimiento oculto, la aparición de los ángeles y el testimonio de unos pobres pastores, mientras todos se admiraban, «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (2,19). Los demás se quedan en lo admirable de esas situaciones externas, ella además trabaja internamente para entenderlas y que le sirvan de referencia. Lo mismo ocurre ante la desconcertante respuesta de su hijo al encontrarlo en Jerusalén después de una angustiosa búsqueda y su posterior descenso de nuevo al ocultamiento de Nazaret. También ahí «Su madre conservaba todo esto en su corazón» (2,51). Toda su vida, ante el desconcierto de la acción de Dios, su respuesta es la meditación y la búsqueda para hacer luz y descubrir la presencia misteriosa de Dios en todo.

Esa misma es la actitud que María adoptará las repetidas veces que se verá sometida a aparentes contradicciones por parte de Dios. Tanto en las palabras de Simeón, como en las bodas de Caná o, de forma muy singular, al pie de la cruz.

En todas estas situaciones, la preocupación de la Virgen no es hacer cualquier bien, quedándose en el cumplimiento externo de los preceptos de Moisés, sino que su esfuerzo consiste en encontrar la voluntad específica de Dios para ella. María no se queda en una respuesta genérica como piadosa hebrea, sino que se compromete en una búsqueda de las huellas de Dios en los acontecimientos cotidianos. Esta actitud de búsqueda de la voluntad divina en medio de situaciones desconcertantes para dar la única respuesta adecuada caracterizará toda su vida.

Cada uno de los acontecimientos en los que se vio envuelta, exigieron de María una respuesta perfecta a lo que Dios esperaba de ella. Pero la acción concreta que tuvo que realizar es fruto de un discernimiento permanente, que manifiesta una profunda coherencia entre su identidad su vocación y su misión, por un lado, y la voluntad de Dios en medio de circunstancias aparentemente contradictorias, por otro. No hay en esas respuestas nada que desafine de la voluntad de Dios, ni ninguna incoherencia con lo que ella es y está llamada a ser. Y esto en unas circunstancias y ante unas decisiones que parecen contradictorias y que son decisivas para ella y para la obra de la redención. Tenemos que aprender de María a dar la respuesta afinada a Dios, a no conformarnos con acercarnos a la nota que Dios quiere que demos, creando una disonancia que daña los oídos de Dios. Y para eso necesitamos tener muy claro el «perchero» donde colgar todas nuestras decisiones: quién soy, cómo tengo que vivir, para qué he nacido, cuál es mi misión. Dios necesita una respuesta afinada por nuestra parte para que podamos colaborar con él a la salvación del mundo. No podemos conformarnos con dar cualquier respuesta o una respuesta estereotipada o conveniente ante las situaciones que se nos presentan como cristianos o como Iglesia, sin pararnos a descubrir con todos los matices la voluntad de Dios.

Al observar sus decisiones, se puede percibir que María no tiene como referencia lo que los hombres esperan que se haga en una situación similar, ni lo que las autoridades religiosas considerarían adecuado para una judía piadosa, sino que su única inquietud es acertar con el querer de Dios. Para ella, como para su Hijo, el único alimento es hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34). Toda la acción de María está guiada por este amor al Padre, por su necesidad de ser la esclava de su voluntad y por su deseo de cumplir la misión que él le encomienda. También nuestro único propósito debe ser hacer sólo y en todo la voluntad del Padre.

Enseñanzas de la contemplación de María

La vocación de María, aunque exclusiva y misteriosa, es modelo de toda vocación. Y su forma de acogerla es el ideal de cómo hemos de recibir nosotros nuestra identidad, vocación y misión. Por eso, la contemplación que hemos realizado en este retiro del ser de María y de su llamada concreta, así como del ejercicio continuo de su discernimiento para mantenerse permanentemente en el ámbito de su misión, nos puede ayudar a sacar algunas consecuencias para nosotros que pueden ayudarnos para ejercitar nuestra propia vocación:

1. Yo tengo una identidad, una fisonomía espiritual concreta, que he recibido y que es necesario que conozca lo más detalladamente posible. Esa fisonomía refleja cómo Dios me ha pensado desde toda la eternidad. Por tanto, no es algo que yo pueda descubrir, sino que tiene que ser una revelación de Dios, que es el único que tiene las claves de mi verdadero ser. Dios quiere darme a conocer esa identidad y no puedo ser santo sin conocerla. Por lo tanto que preguntarle a Dios insistentemente quién soy para él, que él me muestre mi rostro.

Gabriel identifica a María con su «Llena-de-gracia». Dios alarga el nombre de Abrán en Abrahán «porque te hago padre de muchedumbre de pueblos» (Gn 17,5). El ángel del Señor denomina a Gedeón con el apelativo «Valiente guerrero» (Jue 6,12), para definir lo que es en el corazón de Dios, y lo que está llamado a convertirse. Del mismo modo, yo tengo una identidad en el corazón de Dios, soy un alguien que tiene su propio nombre que sólo Dios conoce y que sólo él me lo puede dar a conocer40. Yo también tengo un nombre en el corazón de Dios que refleja lo que estoy llamado a ser, para identificarme con mi ser más profundo. Un rostro y un nombre que es irrepetible en toda la historia de la humanidad.

La diferencia entre María y cada uno de nosotros es que la identidad que define refleja, en nuestro caso, la meta a la que debemos aspirar, mientras que en María expresa toda su vida, lo que es desde siempre, porque, por el misterio de su inmaculada concepción, ella fue desde el inicio de su existencia la realidad que Dios había soñado. Dios le manifiesta lo que ya es, a nosotros nos muestra lo que somos en su corazón y lo que podemos llegar a ser si dejamos que el Espíritu lo realice en nosotros.

2. El primer paso para que pueda ir haciéndose realidad esa fisonomía en mí es que crea en ella. Abrahán -estéril- es invitado a creer lo imposible: que sería padre de una muchedumbre de pueblos. Gedeón, «desgranando el trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas» (Jue 6,11) por miedo a sus enemigos, tiene que creer que, cuando el ángel del Señor le llama «Valiente guerrero» no lo hace irónicamente. También nosotros tenemos que creer que tenemos una identidad, un nombre, que es una realidad posible para Dios, aunque sea inimaginable para nosotros. La gran tentación que nos acecha consiste en querer cambiar nuestra identidad, adaptándola a nuestras medidas y capacidades humanas, rechazando el don de Dios por una realidad más posible desde el cálculo humano.

La fe verdadera, por tanto, no consiste sólo en adherirme con la cabeza a unos postulados teóricos sobre Dios o la realidad, sino que comporta adherirme vitalmente al plan concreto de Dios para mí. Así, entre los primeros actos serios de fe está el creer en el plan concreto que Dios tiene para mí: creer en mí, según lo que soy en el proyecto de Dios. Eso, en la práctica, conlleva rechazar ser cualquier otra cosa que no sea lo que Dios ha soñado para mí.

3. No puedo recibir la revelación de mi identidad profunda si no estoy dispuesto a acogerla. Dios no puede darme esa revelación para que yo me piense si me convence o no. Si no tengo las disposiciones necesarias, si no amo la verdad y no estoy dispuesto a recibirla, no puedo encontrarla. Si pongo por delante de mi identidad sobrenatural mis necesidades, limitaciones, condiciones, miedos o ilusiones, no podré recibir esa revelación de lo que soy ante él, algo que sin duda quiere darme.

4. El motivo profundo para no acoger esa identidad es que me compromete y cambia radicalmente mi vida, porque me obliga a ponerme en camino para realizar existencialmente lo que soy en el corazón de Dios. Abrahán, cuando recibe su identidad de padre de muchedumbre tiene que dejar de poner toda su confianza en Ismael (cf. Gn 17,17) y esperar el cumplimiento de la promesa de Dios con el nacimiento de Isaac (cf. Gn 21,2). Gedeón tiene que salir de su escondite, derribar el altar de Baal (Jue 6,25) y lanzarse a la guerra. Si yo acojo lo que Dios me dice, eso me va a transformar y por esa razón prefiero no acogerlo. Muchos empiezan a acercarse generosamente a Dios hasta que reciben la revelación de lo que son ante él, y en ese momento prefieren echarse para atrás.

Como para María, también para nosotros recibir nuestra identidad sobrenatural nos compromete y nos lanza a traducirla en la vida diaria en una vocación y en una misión concretas, que son la expresión concreta de nuestra identidad.

5. Nuestra identidad, recibida por revelación, reclama que nos posicionemos de una forma concreta ante el misterio de Dios, como forma concreta de responderle. En el caso de la «Llena-de-gracia» -vacía, por tanto, de sí misma-, su respuesta es vivir en una referencia absoluta a Aquél que la ha llenado, de manera que su empequeñecimiento tiene como expresión práctica la actitud de una esclava.

En el caso de Abrahán, el padre de muchedumbres, su vocación es creer en el imposible de ser padre siendo estéril y vivir en filial obediencia al Padre, «de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra» (Ef 3,15). Para los cristianos, nuestra vocación ya no se define en relación con la divinidad en general, sino, como estamos llamados a ser hijos en el Hijo, nuestra vocación queda definida por la identificación con algún aspecto de la vida de Cristo que estamos destinados a prolongar en la historia: así, Pedro queda vinculado con la autoridad de Cristo, como piedra; y Juan, como discípulo amado, queda referido a la intimidad de Cristo.

También yo he sido llamado para identificarme con algún aspecto del ser y la vida de Cristo, de manera que mi identidad espiritual quede expresada por esa relación específica con él. De manera que, mientras no encuentre mi vocación concreta no puedo establecer mi relación con Jesucristo como él desea. Por eso, el Espíritu Santo intenta ir creando en mí las disposiciones que corresponden a mi vocación.

6. Nuestra identidad y vocación concreta sustentan nuestra misión específica. De modo que, así como la identidad nos manifiesta el proyecto del Padre sobre nosotros y la vocación nos vincula con un aspecto del ser de Cristo, la misión nos incorpora a una acción del Espíritu Santo para edificar el Reino de Dios. En el caso de María, su identidad profunda es ser la «Llena-de-gracia», su vocación es ser la Esclava, unida al Siervo de Yahweh quien tomó «la condición de esclavo» (Flp 2,7); y su misión es ser la Madre, unida estrechamente al Padre.

De igual manera, de todo lo anterior se deduce que cada uno de nosotros tiene una misión específica, que expresa, en referencia a la construcción del Reino de Dios, un quehacer y un estilo. Y esa misión nadie la puede suplir, ese sitio quedará vació.

7. Sólo alcanzaremos la santidad verdadera cuando recibamos estas tres claves de nuestra personalidad espiritual y las hagamos realidad en nuestra existencia. Por sí misma, la acumulación de actividades apostólicas, de virtudes o de conocimientos espirituales no produce la santidad. Para ser santo necesito que mi identidad, vocación y misión estén estructuradas personalmente, según el proyecto completo de Dios para mí. Si yo desconozco mi fisonomía espiritual es imposible que produzca los frutos que Dios quiere. Por el contrario, si yo desarrollo mi fisonomía sobrenatural en una existencia acorde con ella, a pesar de mis debilidades, la fecundidad apostólica, el crecimiento en las virtudes y los frutos espirituales surgirán espontáneamente.

Sólo desde la vivencia profunda de mi identidad, de mi vocación y de mi misión puedo contribuir realmente a la instauración del Reino de Dios. Eso explica la esterilidad de nuestra vida y de muchas iniciativas de la Iglesia. De donde se deriva que el enemigo, una vez superadas las primeras tentaciones, centrará todos sus esfuerzos en que yo no identifique y viva mi específica identidad sobrenatural.

8. Nuestra personalidad espiritual la conforma nuestra identidad sobrenatural, nuestra vocación profunda y nuestra misión espiritual. Lo mismo que María vivió toda su vida en relación con esta triple referencia espiritual, también nosotros tenemos que tomar todas nuestras decisiones en dependencia de esas referencias.

Simbólicamente, podríamos tomar como figura de esa personalidad espiritual completa la imagen de un «perchero», pues lo mismo que en el perchero se cuelgan todas las prendas de vestir de una forma ordenada, así todas nuestras decisiones deben colocarse en ese perchero espiritual que forman nuestra identidad-vocación-misión. De modo que, si tenemos nuestro «perchero espiritual» claramente identificado, como María, tendremos la referencia segura adonde podemos recurrir en cualquier momento, ante cualquier dificultad y para orientar cualquier discernimiento. Y así, nuestra vida tendrá coherencia y nuestras elecciones serán sólidas, «para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados a la deriva por todo viento de doctrina» (Ef 4,14). Pero, si desconozco el perchero, no puedo hacer un discernimiento verdadero. Estoy permanentemente en el aire, porque no tengo una base sólida, y carezco de esa base sólida porque no quiero, ni busco ni dejo que el Señor me revele lo que espera de mí.

9. Si acepto cualquier bien como meta, ya sea por pereza, por miedo, por desinterés, por tentación o por desconocimiento; si me conformo con una vida cristiana «genérica», renunciando a mi llamada específica; si reduzco la vida de santidad a una vida de virtudes, estoy incapacitándome para que mi existencia tenga plenitud y para dar el fruto para el que he sido creado, y no seré para Satanás una verdadera amenaza. Me salvaré, pero no le venceré.

Esta opción conduce inmediatamente a la mediocridad, a ofrecer una respuesta buena, acorde con una visión genérica de la vida moral o espiritual, pero que deja sin satisfacer el deseo concreto de Dios sobre mí. Eludo el plan de Dios sobre mí, ofreciéndole una respuesta formalmente acertada pero que no es la que él desea. Esta mediocridad es una infidelidad que no afecta al pecado objetivo, sino que sacrifica la respuesta personal y específica y la suple por una respuesta genérica que no implica plenamente a la persona. En sentido estricto, es ofrecerle a Dios «gato por liebre», viviendo el amor sin amar: haciendo obras buenas, pero no las que Dios espera con ansia de mí41.

Cuando apelamos a reducciones fáciles y espontáneas, como que, lo que Dios me pide es que sea buen sacerdote, buen marido, o buen profesional, dado que Dios no puede ser tan complicado como para pedirme algo que desconocido o incomprensible, estamos reduciendo el misterio de nuestra personalidad sobrenatural a un burdo cliché, que nos dispensa de profundizar en la voluntad de Dios sobre nosotros y que no puede dar la plenitud sobrenatural que Dios espera de nosotros.

Esta tentación tiene mucho que ver con la falta de amor, que prefiere el simplismo de planteamientos a embarcarse en la aventura de satisfacer plenamente el corazón de la Trinidad, encontrando y viviendo su específica voluntad sobre nosotros.

Por eso, la misión fundamental de todo cristiano, y máxime del cristiano plenamente consciente de su vocación, le exige buscar apasionadamente su fisonomía espiritual y disponerse a recibirla, porque lógicamente Dios es el que tiene más interés en que la conozcamos, pues sin ella no podemos alcanzar esa plenitud de vida y esa fecundidad a la que nos llama.

10. La contemplación de María nos muestra que Dios quiere algo determinado en cada instante en relación con nuestra vocación y misión concreta, y espera que yo le «regale» una respuesta acorde con ese deseo. Eso exige un discernimiento continuo y afinado, que es posible sólo si yo conozco y vivo de cara a lo que hemos llamado «perchero espiritual». Sin esa referencia y ese discernimiento no puedo progresar profundamente en una relación de intimidad con Cristo y de conocimiento de las profundidades de Dios.

Eso exige que viva en una constante tensión espiritual, que, poco a poco me permite intuir espontáneamente la respuesta que Dios espera de mí, como hemos visto en la vida de María.

Sólo el amor puede suscitar esta consagración permanente a la búsqueda apasionada de la voluntad concreta de Dios sobre mí.

Es luminoso para este discernimiento volver sobre el episodio de Marta y María (Lc 10,38-42). Marta responde de una forma genérica a lo que se debe hacer con un invitado importante al que se ama: hospedarle y ofrecerle una buena cena. María, la hermana de Marta, sabe dar una respuesta afinada, y descubre que su sitio está a los pies de la Palabra escuchando su palabra. María acierta y Marta se equivoca, porque María conoce cuál es su sitio y Marta no, por eso aplica lo normal y no lo que el Señor quiere: que le escuche para entrar en comunión con él. Del mismo modo, nosotros buscamos en cada situación lo que creemos que es bueno o conveniente.

La personalidad espiritual del contemplativo

Quizá pueda parecer contradictorio con cuanto acabamos de decir, pretender identificar una fisonomía, una vocación y una misión común para todo contemplativo. Y ciertamente, lo es. Pero, aunque la personalidad espiritual de cada contemplativo es propia e irrepetible, como la de todo cristiano, sí hay algunos elementos comunes que pueden ser identificados.

En el ámbito de la identidad espiritual es imposible reducir a una fisonomía común a todos los contemplativos, porque precisamente por definición esta identidad es singular e irrepetible en cada uno de ellos. Pero eso no impide que se pueda hallar un mínimo común que define al contemplativo, que, en el corazón de Dios, es todo bautizado. Todo contemplativo es una imagen de Cristo. Es también un regalo del Padre al Hijo, por eso el Señor llamaba a los suyos «los que tú me diste, porque son tuyos» (Jn 17,9). Son también «piedras vivas» para la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo» (1Pe 2,5). Y es un hijo de María, y por tanto, llamado a vivir con su estilo.

En el terreno de la vocación, el contemplativo no se identifica tanto con los aspectos de la vida de Cristo más directamente apostólicos, cuanto con los elementos más vinculados a su relación con el Padre, especialmente con aquellos que están orientados a darle gloria con la entrega de la propia vida en el silencio de la inmolación cotidiana. No queremos decir que no haya grandes contemplativos entre aquéllos cuya misión No sea la enseñanza, la curación, las misiones o tantos otros ámbitos más «activos»; pero lo son no tanto por su quehacer específico cuanto por lo que alimenta esa labor que es la gloria del Padre y la conversión profunda de los hombres.

Las misiones de los contemplativos son tantas como contemplativos hay, pero la vivencia peculiar de esa misión en un vínculo constante con Cristo y en una referencia permanente con el Padre caracteriza su condición peculiar. La vocación de todo contemplativo está marcada significativamente por la pasión por la gloria de Dios y el ansia por la salvación de los hombres, que lleva a la propia consagración al Espíritu Santo para que él se sirva de su persona para satisfacer ambas realidades. Y, en ese marco, la adoración y la intercesión tienen un lugar importante en la misión del contemplativo, cualquiera que sea su concreción.

Estas notas pueden servir para rastrear la identidad del contemplativo, tanto monástico como secular, para orientar su búsqueda y para compartir una vocación común. Pero es preciso insistir en que su vocación es irrepetible y está llena de mil especificidades, que configuran una identidad única, tal como hemos visto que sucede con la Virgen María, modelo más acabado de vida contemplativa. María tiene esa clave que ha recibido y ha desarrollado; no todos nosotros tenemos esa clave y, sin ella, podemos salvarnos, podemos ser buenas personas, pero no podemos ser santos.


NOTAS

  1. Joseph Ratzinger, La infancia de Jesús, Barcelona 2012 (Planeta), 35.
  2. Esta misma lógica es la que inspira la hermosa fórmula de despedida que el sacerdote puede utilizar al final de la eucaristía: «La alegría del Señor sea nuestra fuerza. Podéis ir en paz».
  3. Ratzinger, La infancia de Jesús, 35.
  4. Cándido Pozo, María en la obra de la salvación, Madrid 1974 (BAC), 214.
  5. Recuérdese un principio básico de la vida de la Iglesia: «Lex orandi, lex credendi», que viene a significar: «La ley de la oración es la ley de lo que se cree». Lo que se reza en la liturgia es siempre expresión de la fe de la Iglesia. El importantísimo valor que poseen los textos litúrgicos pronunciados en la divina liturgia se deriva de que ellos son una fuente de referencia primera de la fe de la Iglesia. En muchos casos, antes de la formulación del dogma, la fe ortodoxa ya era celebrada y cantada por oraciones, himnos y plegarias de la Iglesia. Y, a la inversa, cada nueva profundización en los misterios divinos se traduce en celebraciones litúrgicas que celebran lo que el pueblo de Dios reconoce como revelado.
  6. Prefacio IV del tiempo de Adviento del Misal Romano.
  7. La identificación de María como «Hija de Sión» aparece también en otros lugares de la liturgia, sobre todo en el «Misal de la Virgen María». Encontramos dicha identificación, por ejemplo, en la segunda oración colecta de la misa «La Virgen María, estirpe escogida de Israel»: «Oh Dios, que has cumplido las promesas hechas a nuestros Padres, al elegir a la bienaventurada Virgen María, excelsa Hija de Sión, concédenos…»; en el prefacio de la misa «Santa María en la presentación del Señor»: «Ésta es la Virgen Hija de Sión que, cumpliendo la ley, te presentó al Hijo en el templo»; o en la segunda antífona de entrada de la misa «La Virgen María, madre del amor hermoso»: «Todo es hermoso y agradable en ti, Hija de Sión, hermosa como la luna y límpida como el sol, bendita entre las mujeres».
  8. Son muchos los lugares en los que la Iglesia identifica a la Hija de Sión con María. Entre los múltiples testimonios de la tradición, querríamos destacar el de Lumen Gentium, la constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, que afirma que con la «Hija excelsa de Sión, tras la prolongada espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se instaura la nueva Economía» (LG 55). También el Catecismo de la Iglesia Católica afirma que «con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la “Hija de Sión”: “alégrate”» (n. 722). E incide en que este «título» de la nazarena está vinculado al hecho de estar colmada de la presencia de Dios en ella: «”Alégrate […] Hija de Jerusalén […] el Señor está en medio de ti” (So 3,14.17a). María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor» (n. 2676).
  9. Pozo, María en la obra de la salvación, 216.
  10. Un caso que rompe esta tendencia es el de Jacob, que recibe su cambio de nombre no en vistas a una misión futura sino como fruto de su combate con el ángel: «El hombre le dijo: “Suéltame, que llega la aurora”. Jacob respondió: “No te soltaré hasta que me bendigas”. Él le preguntó: “¿Cómo te llamas?”. Contestó: “Jacob”. Le replicó: “Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido”» (Gn 32,27-29).
  11. La mirada de Dios crea su objeto: «No quieras despreciarme, / que, si color moreno en mi hallaste, / ya bien puedes mirarme / después que me miraste, / que gracia y hermosura en mi dejaste» (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 25).
  12. «La gracia es vida comunicada por el Padre, fuente de toda vida, al Hijo para que él la transmita a los hombres» (A. de Sutter, Gracia, en Diccionario de Espiritualidad, II, Barcelona 1987 (Herder), 178).
  13. «La “gracia” es por lo tanto Jesucristo con lo que significa para el hombre de salvación y liberación» (Luis F. Ladaria, Antropología teológica, Madrid 1987 (UPCM), 274).
  14. «Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios “la Toda Santa” (‘Panaghia’), la celebran «como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo » (LG 53). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 493).
  15. Santo Tomás de Aquino, Comentario al Evangelio según San Juan, 201.
  16. Santo Tomás de Aquino, Comentario al Evangelio según San Juan, 202.
  17. Antonio Orbe, Anunciación, Madrid 1976 (BAC), 81.
  18. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva B, 3,40.
  19. Orbe, Anunciación, 82-83.
  20. San Juan de la Cruz, Cántico, 33,8-9.
  21. Orbe, Anunciación, BAC 1976, 80.
  22. San Epifanio, Homilía V sobre las alabanzas de la Madre de Dios, PG 43, 491.
  23. San Sofronio, Homilía en la Anunciación de la Madre de Dios, 2, PG 87, 3241.
  24. Moisés (Ex 3,12), Josué (Jos 1,5) y Jeremías (Jr 1,8), por ejemplo, recibieron con la misión esa promesa.
  25. San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 6.
  26. Por desgracia, la versión de la Biblia de la Conferencia Episcopal Española no refleja la misma traducción en los tres casos, aunque las palabras que hay detrás son idénticas. Así la citada Biblia traduce: «como tú dices» en los casos de Labán (Gn 30,34) y los ancianos de Galaad (Jue 11,10), y «de acuerdo» en el caso de Rajab (Jos 2,21).
  27. Deberíamos añadir que este proceso no funciona así sólo para María, sino también para toda la Iglesia, que intuyó y vivió las verdades de la fe desde el principio y que, sólo después de muchos esfuerzos, fue precisándolos intelectualmente mediante conceptos. San Justino tenía la misma fe que hoy tenemos nosotros -a decir verdad, una fe más profunda que la mayoría de nosotros- y, sin embargo, no tenía las mismas precisiones intelectuales que con los siglos ha ido desarrollando la Iglesia. Por otro lado, los sencillos cristianos, quizá poco ilustrados teológicamente, tienen a menudo una captación de los misterios de Dios, profundizados y fijados por los dogmas, mucho más profunda que muchos teólogos incapaces de traducir a su vida sus conocimientos teóricos.
  28. Lumen Gentium, 56.
  29. Eso vale para todo ser humano. Si bien es verdad que muchos hombres contribuyen al plan de Dios sin conocerlo, Dios ansía cooperadores conscientes y libres que trabajen con él. Hasta el punto de que se juega, al hacer explícito su plan, que la persona en cuestión se pueda cerrar a su oferta.
  30. El signo de la falta de valoración de lo divino por parte de los cristianos, y de su falta de pureza, es el desprecio generalizado del discernimiento: basta que una cosa sea buena para ser aceptada como venida de Dios. Por el contrario, san Pablo alerta de que Satanás puede revestirse de ángel de luz, y predicar también el evangelio deformándolo lo suficiente como para hacerlo inocuo, o incluso dañino: «Aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os predicara un evangelio distinto del que os hemos predicado, ¡sea anatema!» (Gal 1,8).
  31. San Atanasio, Vida de Antonio, 38,5.
  32. San Andrés de Creta, Homilías marianas, V.
  33. San Ambrosio, Comentario al Salmo 118, 2.
  34. San Bernardo, Homilía sobre la Virgen Madre, n. 3.
  35. Orbe, Anunciación, 108-109.
  36. «Vosotros que tenéis la costumbre de asistir a los divinos misterios, sabéis bien que es necesario conservar con sumo cuidado y respeto el cuerpo de nuestro Señor que recibís, para no perder de él ninguna partícula, a fin de que nada de lo que ha sido consagrado caiga en tierra. ¿Pensáis vosotros acaso que sea un delito menor tratar con negligencia la palabra de Dios que es su cuerpo?» (San Gregorio Magno, Homilía in Ezequiel, 13,3; tomado de García M. Colombás, La lectura de Dios, Ediciones Monte Casino 1999, 37). María jamás trató con desidia la Palabra, sino que siempre vivió «de toda Palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4; Cf. Dt 8,3).
  37. San Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 17.
  38. San Agustín, Confesiones, X, 29.
  39. «Los esponsales eran una costumbre reconocida y que tenían efectos jurídicos» (R. de Vaux, Instituciones del Antiguo Testamento, Barcelona 1992 (Herder), 66).
  40. En ese sentido, Simón es transformado en «Pedro» y Juan en el «discípulo amado».
  41. Ésa es la enseñanza que nos deja el pasaje de Marta y María (Lc 10,38-42). Marta da lo que se le ocurre: la que debe dar toda mujer que hospeda en su casa a alguien a quien quiere. María da la respuesta que Jesús espera: la atención despreocupada de quien se centra toda entera en lo que Jesús tiene que decirle.