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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Introducción

Antes de entrar en los detalles de lo que supone la alianza, hay que tener en cuenta que el credo de Israel abarca tres aspectos fundamentales: la elección, la liberación y la alianza. El pueblo de Israel es un pueblo elegido, como aparece con claridad en la historia de los patriarcas: «Abrahán se convertirá en un pueblo grande y numeroso, y en él se bendecirán todos los pueblos de la tierra» (Gn 18,18); podemos verlo también en los episodios de la salida de Egipto: «Así dice el Señor: Israel es mi hijo primogénito. Yo te digo: Deja salir a mi hijo para que me dé culto» (Ex 4,22-23). La liberación se manifiesta con fuerza tanto en las plagas (Ex 7-12) como en el paso del mar Rojo (Ex 14), que ya hemos ido contemplando. Dios los elige para salvarlos y darles la libertad. Y el tercer aspecto, en el que vamos a detenernos ahora, es la alianza, que es el pilar de la concepción teológica y religiosa del pueblo judío.

La alianza supone un compromiso por parte de Dios, que surge de una iniciativa libre y completamente gratuita de Dios, y que condiciona definitivamente al pueblo si acepta su parte del compromiso. Esta alianza tiene diversas partes:

  • -La proposición de la alianza. Dios hace una propuesta increíble, que el pueblo acepta.
  • -La teofanía o manifestación de Dios ante su pueblo y el acto mismo de la alianza.
  • -Las condiciones de esa alianza: las disposiciones recogidas en el decálogo y en el libro de la alianza.

La alianza es un pacto entre dos partes que establece derechos y obligaciones recíprocas para ambas partes. Resulta muy sorprendente que Dios trate de tú a tú a un pueblo, y haga un pacto que le liga a él, de tal manera que Moisés podrá apelar a las obligaciones a las que Dios se había comprometido en la alianza. Dios se implica de forma libre y gratuita en este pacto.

Algunos estudiosos subrayan que este tipo de alianza no es un pacto que se da entre partes iguales, sino que se parece más a los pactos que estaban vigentes entre reyes y pueblos vasallos en el oriente próximo en el segundo milenio antes de Cristo. Conocemos los tratados de vasallaje de los hititas que tenían una estructura que, aunque en orden distinto, contienen los mismos elementos que la alianza del Sinaí:

  • -El gran rey que exige el vasallaje presenta sus credenciales.
  • -Se hace un recorrido histórico que enumera los beneficios que ha obtenido el vasallo por parte del rey.
  • -Se proclaman las clausulas del pacto, que contienen normalmente la prohibición de pactar con otras naciones.
  • -Se lee públicamente el texto de la alianza ante testigos. En esa época era más importante que hubiera testigos de la alianza que poner los términos por escrito. Normalmente se pone por testigos a los dioses. Si se hacía un documento escrito, se depositaba en el templo y se proclamaban públicamente cada año.
  • -Se terminaba con la relación de bendiciones y maldiciones por el cumplimiento o incumplimiento del pacto.

Estos elementos se reflejan en el relato del Éxodo que vamos a considerar:

  • -En Ex 20,1-2 aparece la presentación de Dios que realiza la alianza: «El Señor pronunció estas palabras: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud”».
  • -En el primer texto que vamos a comentar aparece con claridad lo que Dios ha hecho por su pueblo: «Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí» (Ex 19,4).
  • -La prohibición de tratar con otras naciones se convierte en la alianza del Sinaí en la prohibición para el pueblo de Israel de no tener otros dioses: «No tendrás otros dioses frente a mí» (Ex 20,3).
  • -Los testigos y los sacrificios que se realizan ante el pueblo para ratificar la alianza aparecen en Ex 24, después del decálogo (Ex 20,3-17) y del código de alianza (Ex 20,22-23,33).
  • -Las tablas de piedra en la que están escritas las cláusulas de la alianza, los diez mandamientos, se van a guardar en el arca de la alianza, que se coloca primero en la tienda del encuentro y más tarde en el templo de Jerusalén. El pacto se renovará anualmente en la fiesta de las semanas a los cincuenta días de la pascua.

Debe quedarnos claro que la alianza es una iniciativa de Dios totalmente gratuita en favor de su pueblo, al que pone a su misma altura para pactar con ellos; pero este pacto no se realiza entre iguales, es de rey a vasallo, Dios (el rey) es el que ha salvado al pueblo (al vasallo) y el que impone las condiciones de la alianza. El pueblo podrá rechazar o aceptar las condiciones del pacto, pero no puede imponerlas ni negociarlas.

El contexto de la Alianza (Ex 19,1-9)

Texto bíblico

1A los tres meses de salir de la tierra de Egipto, aquel día, los hijos de Israel llegaron al desierto del Sinaí. 2Salieron de Refidín, llegaron al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña.

3Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo: «Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: 4“Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. 5Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. 6Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel».

7Fue, pues, Moisés, convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todo lo que el Señor le había mandado. 8Todo el pueblo, a una, respondió: «Haremos todo cuanto ha dicho el Señor». Moisés comunicó la respuesta del pueblo al Señor.

9El Señor le dijo: «Voy a acercarme a ti en una nube espesa, para que el pueblo pueda escuchar cuando yo hable contigo, y te crean siempre». Y Moisés comunicó al Señor lo que el pueblo había dicho (Ex 19,1-9).

Lectio

[vv. 1-2] Este acontecimiento sucede a los tres meses de la salida de Egipto. San Agustín calcula los días que corresponden a los tres meses después de la salida de Egipto en la noche de pascua: si salen el 14 del mes de Nisán, del 14 al 31 cuenta diecisiete días del primer mes; el mes siguiente suma otros treinta días; y a los tres días del tercer mes se aparece el Señor y se realiza la Alianza, con lo que suman un total de cincuenta días. Él ve en este dato que cincuenta días después de la pascua, en Pentecostés, viene el Espíritu, el encuentro con Dios, la Ley, que es imagen de la Nueva Ley que se imprimirá en los corazones por medio del Espíritu Santo.

Los hechos suceden en el monte Sinaí, al sur de la península del mismo nombre.

En el siglo pasado se puso en duda esta ubicación porque los signos de la teofanía se relacionan más bien con un volcán, pero el monte Sinaí no lo es; por lo que preferían situar la teofanía en la zona norte de la península del Sinaí o al este en la zona de Arabia. A pesar de estas opiniones, la teofanía y la alianza se sitúan tradicionalmente al sur de la península del Sinaí, más concretamente en el Jabal Musa (Monte de Moisés, en árabe) que tiene 2.249 metros de altura, a cuyos pies se encuentra una explanada en la que podía acampar el pueblo.

Este pasaje del libro del Éxodo encaja bien en la proposición de la alianza dentro del esquema que hemos expuesto en la introducción.

[v. 3] Moisés sube a la montaña. La montaña es el lugar de la revelación (como el Tabor o el monte de las Bienaventuranzas en el Nuevo Testamento) porque es lugar más elevado e inaccesible: lo que está más cerca del cielo. Es necesario subir a ese lugar y no todos pueden hacerlo: se necesita una cierta pureza y sintonía con Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?
El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,
el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino.
El que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,
el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente (Sal 15,1-5).

Lo profano no puede tener que ver con lo santo. Hay que santificarse para irse acercando progresivamente a Dios. Lo que vemos en Moisés podemos comprobarlo en la vida de los santos. Ése es el sentido que tiene todo el proceso espiritual hasta alcanzar la vida mística. San Gregorio de Nisa ha reflejado el proceso espiritual en la vida de Moisés: el hombre violento va madurando, es fortalecido para enfrentarse al enemigo malvado, puede ahogar en el mar a los enemigos, se va haciendo paso a paso seguidor de Dios y va transformándose en ese proceso hasta poder entrar en la presencia de Dios y hablar cara a cara con él. Esto significa que, si nosotros queremos servir al pueblo de Dios, también tenemos que ascender a la montaña: purificarnos y acceder al lugar terrible del encuentro con Dios, que es fascinante y tremendo. Hay que prepararse para el encuentro con Dios y luego poder transmitir lo recibido en lo alto del monte. En el caso de los cristianos, ya hemos sido introducidos en la nube, hemos recibido el Espíritu Santo, hemos sido santificados…, y, si hay una contradicción entre lo que somos y lo que vivimos, por ejemplo, en el caso del sacerdote o del contemplativo, el don que se ha recibido queda inoperante y no da el fruto deseado por Dios. Si no vivo de acuerdo con lo que soy, no realizaré esa mediación con la fecundidad prevista y necesaria.

Moisés sube a la montaña porque es el mediador.

Hay que subir a la montaña e introducirse en la densa oscuridad para poder bajar después, como veremos, con la piel luminosa para que los hombres puedan descubrir a Dios.

Dios no habla directamente con el pueblo, ni el pueblo directamente con Dios. ¿Por qué? Encontramos una referencia humana en lo que hace Abrahán con su siervo cuando le envía a buscar esposa para su hijo Isaac (Gn 24,1-9): no va Abrahán en persona porque tiene la delicadeza de no plantear directamente la petición y no forzar con su presencia la decisión. Lo mismo hace Dios al enviar al ángel Gabriel a la Virgen María. Dios envía mediadores para suscitar una respuesta, pero sin forzarla con su presencia, sino respetando la libertad.

[v. 4] Comienza el mensaje de Dios a su pueblo por medio de Moisés recordando la salvación que ha realizado al librarlos de la esclavitud de Egipto. Lo hace con una hermosa comparación: «Os he llevado sobre alas de águila». Es verdad que han padecido dificultades por el camino (hambre, sed, peligros…), pero siempre han estado protegidos por Dios, aunque no se dieran cuenta. Se trata de una imagen que aparece en otras ocasiones en la Escritura:

Como el águila incita a su nidada,
revoloteando sobre los polluelos,
así extendió sus alas, los tomó
y los llevó sobre sus plumas (Dt 32,11).

Queda claro que no han llegado al monte por casualidad, Dios los ha ido incitando, recogiendo y llevando con todo cariño y cuidado hasta ese momento. Es lo mismo que Jesús ha querido hacer con la ciudad santa, aunque no se lo han permitido: «¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a quienes te han sido enviados, cuántas veces intenté reunir a tus hijos, como la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas, y no habéis querido» (Mt 23,37).

Los que esperan en el Señor
renuevan sus fuerzas,
echan alas como las águilas,
corren y no se fatigan,
caminan y no se cansan (Is 40,31).

Ciertamente Israel ha realizado un camino que hubiera sido imposible sin Dios: ha endulzado las aguas amargas, les ha dado a comer maná y codornices, ha saciado su sed con las aguas de la roca…

Lo que realmente ha realizado el Señor no es simplemente guiarlos por un camino, sino llevarlos hasta él. Es verdad que el Señor les ha prometido llevarlos a la Tierra Prometida, pero lo único que importa es que el pueblo ha llegado al lugar donde está el Señor. Ésa es la señal que le había dado a Moisés desde el principio y que revelaba el plan de Dios: «Esta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña» (Ex 3,12). En el corazón de Dios estaba este plan: el encuentro con su pueblo. Dios les ha destinado una tierra que mana leche y miel, un lugar para que crezcan seguros, pero lo primero que hace es llevarlos hasta él, porque Dios busca el encuentro con su pueblo y quiere caminar con ellos.

Si nosotros fuéramos sensatos, nos daríamos cuenta de que es mucho más importante llegar a Dios que llegar a la Tierra Prometida, porque la Tierra Prometida es Dios. Es necesario estar unidos ya al Señor en esta vida y no conformarnos con buscar y esperar el cielo, porque el cielo es la plenitud de lo que ya podemos y debemos vivir desde este mundo. Si no somos capaces de descubrir y disfrutar con la presencia de Dios en medio de esta vida con sus dificultades y sufrimientos, ¿cómo vamos a disfrutar del cielo? Es la experiencia que tuvieron los discípulos de Emaús mientras iban de camino: ya ardía su corazón con la compañía de Jesús antes de que se desvelara su presencia (Lc 24,32), y pueden ir con gozo a Jerusalén porque han experimentado la inmensa alegría de caminar junto al Señor.

Por eso, el gran drama después de la adoración del becerro de oro es que Dios les dice que no los puede acompañar: Dios es santo y ellos no van a poder resistir la santidad de Dios. Pero Moisés, intercederá por el pueblo, con toda la confianza y la valentía: no sólo le recuerda a Dios sus promesas y su gloria, sino que él mismo se arriesga: «O perdonas su pecado o me borras del libro que has escrito» (Ex 32,32). Moisés no se conforma con llegar a la Tierra Prometida, quiere que Dios los acompañe hasta llegar allí. No es la Tierra Prometida si Dios no está en ella. No es suficiente con que Dios envíe a su ángel para acompañarlos, quiere que sea Dios el que vaya con ellos.

[vv. 5-6] Dios plantea al pueblo su oferta, lo que les dará si guardan la alianza que les ofrece. Todo le pertenece a Dios, por lo que no necesita nada, pero él quiere tener entre todos los pueblos un pueblo elegido. Israel no es consciente todavía de que Dios está pensando en todos los pueblos, que ellos son el instrumento para ampliar su alianza a todos los pueblos: «Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» (Is 49,6). Ya es mucho que Dios les esté tratando de tú a tú al establecer la alianza con ellos, pero, además, si ellos aceptan la alianza y le obedecen, serán un pueblo único para él entre todas las naciones. Y hay que recordar, como dice san Pablo, que «los dones y la llamada de Dios son irrevocables» (Rm 11,29): Israel siempre será el pueblo elegido de Dios.

Dios, con su entrañable pedagogía y delicadeza, antes de presentarles las condiciones que les va a poner -que serán los diez mandamientos- les muestra su compromiso en esta alianza. Es cierto que, según el esquema de los tratados de vasallaje se presentan en este momento las clausulas del pacto, pero en esta alianza Dios es el que da primero, el que se compromete de antemano.

«Un reino de sacerdotes» implica acceso directo a Dios. Habrá sacerdotes dentro del pueblo, pero la nación como tal tiene acceso directo a Dios, son el hijo primogénito y preferido que tiene acceso directo a un padre que es rey. «Un reino de sacerdotes» significa también que van a recibir una capacidad de mediación y de intercesión. Y, aunque ellos no se dan cuenta en este momento, se trata de la intercesión entre Dios y los demás pueblos de la tierra.La elección de Dios como pueblo sacerdotal implica que la relación de Dios no se limita a su pueblo, sino que va más allá y quiere llegar a todos los pueblos: Israel será el instrumento para realizar este plan de salvación universal de Dios. «Un reino de sacerdotes» también conlleva la posibilidad de agradar a Dios y alegrar su corazón y de ofrecerle ofrendas gratas a él; aunque Dios no necesita nada humano, pero serán gratas porque las ofrecen ellos.

Nosotros también somos los beneficiarios de esa mediación sacerdotal: cuando el Señor estaba eligiéndose un pueblo de sacerdotes en el Éxodo, nosotros ya estábamos en el corazón de Dios como los destinatarios de su mediación.

«Una nación santa» significa que el pueblo va a ser incorporado a la santidad de Yahweh. La «santidad» de Dios en la lengua y en la mentalidad hebrea significa separación: Dios es absolutamente distinto de lo que somos nosotros. Se trata de la absoluta transcendencia de Dios respecto de nuestra realidad. Está separado de nosotros de tal modo que nadie puede acceder a su intimidad. La asombrosa maravilla que les propone Dios en la alianza es que van a ser incorporados a esa santidad de Dios. Van a ser, en consecuencia, un pueblo separado, que pueden acceder a la nube en la que habita Dios por medio de los representantes del pueblo. Van a penetrar en la santidad de Dios y por eso se convertirán en un pueblo santo, es decir, apartado de los demás, diferente de los demás pueblos. Esa separación va a explicar que la forma de actuar de Israel sea completamente distinta a la de los demás pueblos. Hasta el punto de que en la guerra no tomarán botín alguno y lo destruirán todo (cf. 1Sm 15,3), porque no deben contagiarse de las costumbres de los pueblos paganos. Son distintos y están separados porque pertenecen a Dios. Israel es un pueblo santo, es terreno de Dios; está entre los demás pueblos, pero separado de ellos. Son como la embajada del cielo: son territorio del cielo en medio de la tierra de los hombres. Esta separación va a ser su gloria y el peso terrible que han de llevar. La elección de Dios es gratuita, y la realiza por motivos que sólo él conoce. Israel no ha hecho nada para merecer esa elección. Todo lo contrario: va mostrando su incredulidad, su terquedad…, pero es el pueblo de Dios.

La Iglesia va a heredar esa elección, pero Israel sigue siendo el pueblo de Dios, aunque no en la plenitud que tiene la Iglesia. No ha sido desechado completamente como lo afirma san Pablo, que aspira y confía en que Israel encuentre la plenitud de su llamada (cf. Rm 11).

Todo esto se realiza en figura para nosotros y se cumple en la Iglesia, que es el pueblo sacerdotal y la nación santa, el pueblo de sacerdotes elegido por Dios para actualizar la mediación que ofrece la salvación al mundo entero. Del mismo modo que Israel fue elegido para realizar la plena manifestación mesiánica, así también la Iglesia es elegida para expandir esa manifestación del Mesías, Hijo de Dios, y sacar todas las consecuencias salvadoras. Lo mismo que se le dice a Israel, se le aplica a la Iglesia en 1Pe 2,9: «Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa». La Iglesia es la realización plena de lo que anunciaba la primera alianza y que convertía al pueblo de Dios en reino de sacerdotes y nación santa. Ahora nosotros sabemos en lo que consiste ese sacerdocio y esa santidad, que depende plenamente de Cristo. Así como en la primera alianza la contrapartida por parte del pueblo serán los mandamientos que expresan el comportamiento que corresponde a una vida santa según Dios, ahora la tarea, según san Pedro, consiste en anunciar las proezas del que nos ha llamado de las tinieblas a la luz. Lo que hace la Virgen en el Magníficat (Lc 1,46-49). Nuestra primera misión es proclamar ante los hombres lo que se nos ha regalado. La santidad también supone para nosotros un tenor de vida superior, una vida de pureza, para entrar en la órbita de Dios… Eso es lo que realiza el bautismo: Dios nos da la vida divina que supone una relación única con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que hace posible una vida nueva.

Se trata de un compromiso colectivo del que dimana un compromiso personal: Dios primero llama a Israel como pueblo, y cada israelita como miembro del pueblo recibe esa llamada. Tampoco nosotros somos llamados individualmente a la unión con Dios y a la salvación, sino como miembros de la Iglesia. La pertenencia a la Iglesia es algo esencial y no opcional para nuestra relación con Dios: sin la Iglesia y fuera de la Iglesia no puedo recibir ni la llamada de Dios ni la gracia que me capacita para responder.

A lo largo de la historia de la salvación comprobamos que Israel es un pueblo especial, marcado por ese drama: es el pueblo elegido por Dios, pero que no es capaz de soportar el peso de esa elección. La tentación de Israel es ser como los demás pueblos: por ejemplo, ante la cultura helénica predominante algunos piensan: «Vayamos y pactemos con las naciones vecinas, pues desde que nos hemos aislado de ellas nos han venido muchas desgracias» (1Mac 1,11).

El don de la elección también supone un peso para la Iglesia y para cada uno de nosotros. Como nación santa y como incorporados a la santidad de Dios, debemos vivir separados de los demás, es decir, «en el mundo, pero sin ser del mundo» (cf. Jn 17,14-18). Y eso se nos olvida. Lo que buscan algunos sectores de la Iglesia es que estemos en el mundo y seamos del mundo, que no nos distingamos del mundo y nos asimilemos a él. Hemos sido hechos un pueblo santo, separado, y no podemos vivir como los paganos. Nuestra forma de vivir, las exigencias morales, los compromisos espirituales son distintos a los del mundo. Según se avanza en la relación con Dios nos llenamos de la alegría del amor que recibimos de él y, a la vez, sentimos el peso de esa relación en nuestra vida, que debe ser distinta. Es lo mismo que vemos en Moisés: cuanto más cerca está de Yahweh más solo se encuentra; alejado y enfrentado a su pueblo a la vez que lo guía e intercede por él. Lo mismo que Israel, la Iglesia está marcada por esas promesas. Por eso, es una verdadera traición que una parte de la Iglesia pretenda identificarse con el mundo desdibujando las diferencias. El mismo sacerdote debe estar al lado de su pueblo, pero no debe ser como los demás, eliminando las diferencias y anulando la propia identidad. Ha sido llamado para estar en el mundo, pero no para ser del mundo: ha sido elegido por Dios para una misión que lo hace diferente.

[vv. 7-9] La respuesta del pueblo, por lo menos en la intención primera y espontánea es generosa: cumplirán todo lo que el Señor manda.

Moisés que había subido hacia Dios (v. 3) y había bajado a comunicar al pueblo lo que Dios le había dicho (v. 7), ahora debe subir de nuevo para comunicar a Dios la respuesta del pueblo (v. 8). Es cierto que Dios lo conoce todo, pero la alianza es un verdadero acto jurídico que requiere la formalidad de la comunicación de la oferta de Dios y del compromiso del pueblo. Moisés es el mediador entre ambas partes que igual que ha comunicado oficialmente al pueblo la propuesta de Dios comunica a Dios la respuesta del pueblo. Es como el amigo del esposo que, en los trámites matrimoniales, comunica al esposo (Dios) que su esposa (el pueblo) está preparada.

Después de la respuesta del pueblo, Dios decide acercarse personalmente para encontrarse con él. Dios, absolutamente transcendente, quiere hacerse accesible; sin perder su transcendencia quiere acercarse al hombre. Toda la revelación tiene la misma dinámica: no parte de un ansia del hombre por buscar a Dios, sino del ansia de Dios por buscar al hombre; no se realiza por medio del esfuerzo humano para acercarse a la divinidad, sino que Dios, gratuitamente, se acerca al hombre y suscita el hambre de Dios en el corazón humano.

Dios se va a acercar mediante «una nube espesa». La nube vela y desvela; hace visible al que es inaccesible. De modo que Dios encuentra una forma de acercarse a los hombres sin que se rompa el misterio. Se trata de una manifestación patente, pero que también requiere una actitud de fe. Hacerse presente y al mismo tiempo ser transcendente es la clave con la que hay que interpretar toda la actuación de Dios, incluyendo la plenitud de la cercanía de Dios que es la Encarnación. Dios se desvela y al mismo tiempo se vela; a la vez que nos muestra su intimidad, percibimos su misterio. La revelación no elimina el misterio de Dios, sino que lo incrementa; nos ilustra sobre Dios y, sin embargo, nos hace comprobar lo lejos que estamos de entenderlo. Es como cuando, desde lejos, nos vamos encaminando a una montaña alta: según nos acercamos se hace cada vez más patente lo alta e inaccesible que resulta. De este mismo modo Dios se hace cercano, pero mostrando su infinita transcendencia.

Esta nube espesa nos enseña que el acceso a Dios siempre se realiza en la oscuridad de los sentidos humanos. No avanzamos en el conocimiento de Dios por medio de lo que nos proporcionan nuestros sentidos y capacidades humanas. Ciertamente todo lo creado tiene la huella de Dios y podemos conocer la existencia de Dios por la razón a través de la creación; pero, si yo quiero zambullirme en Dios, no lo haré por medio de ver más, sentir más o conocer más. Es la enseñanza que, una y otra vez, ofrece san Juan de la Cruz:

Para que entienda el buen espiritual el misterio de la puerta y del camino de Cristo para unirse con Dios, y sepa que cuanto más se aniquilare por Dios, según estas dos partes, sensitiva y espiritual, tanto más se une a Dios y tanto mayor obra hace. Y cuando viniere a quedar resuelto en nada, que será la suma humildad, quedará hecha la unión espiritual entre el alma y Dios, que es el mayor y más alto estado a que en esta vida se puede llegar. No consiste, pues, en recreaciones y gustos, y sentimientos espirituales, sino en una viva muerte de cruz sensitiva y espiritual, esto es, interior y exterior1.

No conocemos más a Dios porque se multipliquen las experiencias afectivas en el trato con él, sino por medio de la fidelidad humilde y abrazando la cruz. Por lo tanto, esta «nube espesa» nos está invitando a penetrar en el misterio de Dios que nos resulta desconocido. Por eso el santo carmelita puede decir:

Entréme donde no supe,
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo2.

Y a la vez:

Qué bien sé yo la fonte
que mana y corre,
aunque es de noche3.

Por lo tanto, los acontecimientos milagrosos, los fenómenos extraordinarios, la oración discursiva, los sentimientos en la oración… todo eso es bueno, pero está muy lejos de ser el cauce para introducirme en la presencia del Dios vivo: un acto de amor crucificado y la fe oscura valen infinitamente más que un milagro externo.

Dios se acerca a Moisés de esa forma para hablar con él y para que el pueblo pueda escuchar lo que Dios quiere decirle. Dios quiere manifestar su cercanía y su voluntad; y, además, quiere acreditar la misión de Moisés. Dios se hace presente de una forma extraordinaria para poderse acercar al pueblo por el camino ordinario. Dios se hace presente por medio de esa nube espesa para que los israelitas escuchen lo que les va a decir por medio de Moisés. A Dios no le gusta manifestarse con toda su potencia, sino humildemente y al corazón.

Pero no sólo sucede así en el Antiguo Testamento, también la revelación de Jesús se realiza de modo humilde y sencillo, huyendo de las manifestaciones espectaculares que puedan dar lugar a confusión de qué tipo de Mesías es. Los milagros son meramente signos que sirven de referencia para que lo acepten como el enviado de Dios y así crean en su mensaje y lo sigan, pero por el camino de la cruz, no de lo extraordinario.

Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros» (Jn 12,28-30).

Aquí aparece una manifestación especial del Padre, pero no para que Cristo conozca la presencia de Dios o su plan -que lo conoce de sobra-, sino para acreditar la misión del Hijo ante sus oyentes, para que crean en sus palabras. Es lo mismo que sucede en el bautismo, al comienzo de su misión, ante el pueblo de Dios (Mt 3,13-17), y en la transfiguración ante los discípulos más cercanos (Mt 17,1-9): el Padre señala de forma extraordinaria a Jesús, como el Unigénito, para que escuchemos su enseñanza, que se realiza con cercanía y con palabras sencillas, como diciendo: «Tenéis la Palabra encarnada, accesible, cercana, y no necesitáis que yo me exprese de forma espectacular y extraordinaria».

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado» (Jn 11,41-42).

Al que hay que escuchar es al Hijo, que habla nuestro lenguaje de forma cercana y natural. El Padre lo acredita de forma extraordinaria (estamos en el preámbulo de la resurrección de Lázaro) para que acepten su enseñanza.

En este momento de la historia de la salvación pasa lo mismo: Dios se va a hacer presente de forma extraordinaria y espectacular en el monte Sinaí por medio de esta nube espesa, para que el pueblo acoja las palabras que él transmite de forma cercana y ordinaria a través de Moisés.

La teofanía (Ex 19,10-25)

Texto bíblico

10El Señor dijo a Moisés: «Vuelve a tu pueblo y purifícalos hoy y mañana; que se laven la ropa 11y estén preparados para el tercer día; pues el tercer día descenderá el Señor sobre la montaña del Sinaí a la vista del pueblo. 12Traza al pueblo un límite alrededor y dile: Guardaos de subir a la montaña o de tocar su borde; el que toque la montaña, morirá. 13Nadie pondrá la mano sobre el culpable; será apedreado o asaeteado, sea hombre o animal; no quedará con vida. Solo cuando suene el cuerno, podrán subir a la montaña». 14Moisés bajó de la montaña hasta donde estaba el pueblo, lo purificó y ellos lavaron sus vestidos. 15Después les dijo: «Estad preparados para el tercer día y no toquéis a ninguna mujer».

16Al tercer día, al amanecer, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre la montaña; se oía un fuerte sonido de trompeta y toda la gente que estaba en el campamento se echó a temblar. 17Moisés sacó al pueblo del campamento, al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie de la montaña. 18La montaña del Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre ella en medio de fuego. Su humo se elevaba como el de un horno y toda la montaña temblaba con violencia. 19El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. 20El Señor descendió al monte Sinaí, a la cumbre del monte. El Señor llamó a Moisés a la cima de la montaña y Moisés subió. 21Y dijo el Señor a Moisés: «Baja, intima al pueblo para que no traspase los límites para ver al Señor, pues perecerían muchos. 22Los sacerdotes que se han de acercar al Señor, que se purifiquen también, para que el Señor no arremeta contra ellos». 23Moisés contestó al Señor: «El pueblo no podrá subir al monte Sinaí, porque tú mismo nos has advertido diciendo: “Traza un límite en la montaña y conságrala”». 24El Señor insistió: «Anda, baja, y luego sube con Aarón; que los sacerdotes y el pueblo no traspasen los límites tratando de subir hacia el Señor, para que él no arremeta contra ellos». 25Entonces Moisés bajó al pueblo y se lo dijo (Ex 19,10-25).

Lectio

Las repeticiones que encontramos en el texto son señal de que se han unido tradiciones distintas del mismo hecho, pero este acontecimiento está claro: se trata de la teofanía de Dios en el monte Sinaí, es decir, su manifestación extraordinaria.

[vv. 10-15] Aparece con claridad que, cuando Dios se manifiesta de esta forma, se necesita una preparación especial.

Al comienzo de la alianza de Dios con su pueblo, y como parte de ella, Dios se manifiesta a Israel de un modo extraordinario. Y nadie puede afrontar un encuentro con el Señor sin prepararse previamente. Es lo que aparece en las primeras palabras del Señor en el evangelio de san Marcos que anuncian la llegada del reino de Dios y que inmediatamente proponen la preparación necesaria: «Convertíos y creed» (Mc 1,15).

Para nosotros, el motivo del cambio es la proximidad de Dios, la alegría que provoca su cercanía; y esa alegría implica un comportamiento nuevo.

La preparación necesaria para el pueblo de Dios ante la teofanía del Sinaí consiste, en primer lugar, en la purificación: para encontrarse con el Dios puro -tres veces santo- deben estar puros. Una de las tareas de la purificación es lavarse la ropa: hay que presentarse ante Dios con dignidad, hay que eliminar el polvo del camino para recibir el don de lo alto.

Nosotros olvidamos la necesidad de cuidar esos detalles cuando acudimos a la iglesia. Claro que es la «casa de mi padre» como dicen algunos para justificar formas inadecuadas de acudir al templo; la cuestión es saber quién es mi Padre. Pero no se trata sólo de lo exterior, del vestido, sino también de nuestra forma de relacionarnos con él: en las últimas décadas hemos desacralizado el espacio sagrado, la misma liturgia, las fiestas, el domingo, de modo que lo que era un encuentro con Dios que suscitaba respeto y adoración y que se expresaba en el vestido, en el descanso, en la forma de estar en el templo…, se va desdibujando y perdiendo.

Otros textos del Antiguo Testamento nos hablan de esta forma de purificación:

Jacob dijo a toda su familia y a toda su gente: «Retirad los dioses extranjeros que tengáis, purificaos y cambiaos de ropa. Subamos a Betel, donde construiré un altar al Dios que me escuchó en el peligro y me acompañó en mi viaje» (Gn 35,2-3).

El que coma carne de ese cadáver deberá lavar sus vestidos y quedará impuro hasta la tarde. Y el que transporte ese cadáver habrá de lavar sus ropas y quedará impuro hasta la tarde (Lv 11,40).

Experimentan así la necesidad de renovarse para presentarse ante Dios, ciertamente muy primitiva, simplemente exterior; pero a nosotros nos enseña que no podemos acercarnos al Dios santo sin renovarnos interiormente, no lavando las vestiduras, sino purificando la persona en lo más profundo de su ser. Ahí encaja la necesidad de la preparación a través del sacramento de la penitencia para acceder a la comunión con el tres veces santo por medio de la Eucaristía, la necesidad de los tiempos penitenciales en los que se busca la conversión del corazón y la transformación del ser humano para acercarnos al misterio pascual.

Venid entonces, y discutiremos ‑dice el Señor‑. Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana (Is 1,18).

La santidad de Dios se manifiesta también en la necesidad de una distancia. La atmósfera de Dios es demasiado pura para el hombre profano y pecador, de modo que no puede soportarla y se convierte en algo letal. Por eso es necesaria una distancia ante la presencia de Dios, no porque Dios quiera hacer daño o defenderse, sino porque su presencia resulta insoportable y destructiva para el hombre impuro. De ahí surge la necesidad de purificarse y de guardar una cierta distancia. Ésta es la lógica del Antiguo Testamento, pero cuando se rasgue el velo del templo, que ocultaba la presencia de Dios en el santo de los santos, la presencia de Dios será accesible porque por la muerte de Cristo se nos regala la purificación necesaria para acercarnos a Dios. Es el bautismo, que nos hace participar de la muerte y resurrección de Cristo, el que nos da la vestidura nueva que nos permite entrar en el banquete (cf. Mt 22,11-12). Pero, a pesar de la purificación recibida, se mantiene en la liturgia la conciencia de que necesitamos ser purificados. Es significativo que, antes de comulgar, el sacerdote dice en voz baja: «Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre, no sea para mí un motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable»4. La introducción más común al Padrenuestro expresa ese respeto y reverencia con el que nos dirigimos al que es nuestro Padre: «Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir». Nos atrevemos a llamar a Dios Padre con confianza porque el Señor nos lo ha enseñado y nos lo ha recomendado, pero conscientes de lo que supone ese acercamiento, no como algo ordinario o merecido.

En ese contexto aparece la necesidad de acotar la montaña para crear una distancia de seguridad, de manera que ese terreno se consagra, se dedica sólo para Dios. El que traspase ese límite tiene que morir y, además, de un modo especial: no se le puede tocar, hay que matarlo a distancia porque esa santidad se contagia.

Una tercera norma de la preparación necesaria es abstenerse de relaciones sexuales: «No toquéis a ninguna mujer». En la mentalidad del Antiguo Testamento la relación sexual provoca la impureza que impide el trato con Dios. Debe haber una purificación o un período de tiempo para reanudar la relación con Dios después de las relaciones sexuales: «Cuando una mujer se acueste con un hombre, y se haya producido derrame, se bañarán ambos y quedarán impuros hasta la tarde» (Lv 15,18); «Ningún descendiente de Aarón que sea leproso, o padezca flujo, comerá de las cosas santas hasta que se haya purificado. El que toque lo que está contaminado de impureza por contacto de cadáver, o el que haya tenido un derrame seminal, o el que haya tocado un bicho o a un hombre y haya contraído así alguna impureza; quien haya tocado esas cosas, quedará impuro hasta la tarde. No comerá de las cosas santas, sino que se bañará» (Lv 22,4-6). Cuando David está huyendo de Saúl y pide comida al sacerdote Ajimélec para él y los suyos, les ofrece del pan ofrecido a Dios en el templo de Nob, pero con la condición de que los acompañantes de David «se hayan guardado al menos de mujer» (1Sm 21,5); la respuesta de David es significativa: «Ciertamente. Siempre que salgo a luchar, nos abstenemos de mujeres y los criados se mantienen puros. Aunque es un viaje profano, hoy están puros sus cuerpos» (v. 6). Esto es muy significativo porque en Israel la generación de los hijos es sumamente importante, hasta el punto que es el primer mandato de Dios que aparece en toda la Escritura, inmediatamente después de la creación del hombre y la mujer: «Sed fecundos y multiplicaos» (Gn 1,28). Mientras que se tiene en enorme estima la generación de los hijos, la actividad sexual se entiende como algo que provoca impureza. Eso explica que la virginidad no sea valorada en Israel: como se valora tanto la fecundidad en función de la generación de los hijos, la virginidad no es algo valioso, incluso como un castigo (cf. 2Sm 6,20-23). Si se pudiera ser virgen y madre se unirían y valorarían las dos realidades: la fecundidad del que tiene descendencia y la pureza de la virginidad: Dios lo hará posible porque para él nada hay imposible.

[vv. 16-18] Tras la preparación necesaria por medio de la purificación, de la distancia y de la abstinencia sexual, aparece la manifestación propiamente dicha.

La teofanía se va a realizar con los signos de una naturaleza desbocada: una nube espesa y una tempestad, junto con una montaña en erupción como si fuera un volcán. Son manifestaciones poderosas de la naturaleza para expresar que el Dios de la historia se manifiesta a través de la naturaleza: es el Dios que rige nuestros destinos, pero es a la vez el Dios poderoso que tiene en su mano toda la naturaleza a su servicio.

Hubo truenos y relámpagos. También el trueno aparece en los evangelios como una forma de hablar de Dios (cf. Jn 12,29). Aparece una nube densa sobre la montaña. Aparecerá también la nube en la vida del Señor, que representa el Espíritu Santo, como en la Transfiguración (Mt 17,5). Se presenta un viento huracanado, que también tiene su correspondencia en la vida de los apóstoles (Hch 2,2). El monte Sinaí humea poque Dios desciende acompañado por el fuego. La montaña entera tiembla.

Todo esto nos lleva a pensar en la purificación a la que son sometidos los santos: también se estremecen, tiemblan y se rompen porque Dios no puede descender sobre una persona sin que eso provoque que su naturaleza se quiebre. Le sucede a María al pie de la cruz de Cristo. Por el contrario, nosotros queremos llegar al encuentro con el Señor sin temblar y sin rompernos. Es imposible. Si nos negamos a la cruz, nos cerramos al encuentro con el Señor. Como vemos en el Sinaí, el encuentro con Dios provoca en el hombre una ebullición, una ruptura, una cierta muerte. Se trata de una violencia tremenda porque la naturaleza humana, por mucho que haya sido creada a imagen y semejanza de Dios, recibe la fuerza tremenda de su presencia. Lo vemos en la vida de los santos. Hemos de ser conscientes: nadie nos obliga a subir hasta la presencia de Dios; pero, si alguien quiere adentrarse en la nube como Moisés, debe estar dispuesto a esta ruptura y a esta muerte. Nuestro problema es que queremos llegar hasta la cima del monte de la unión con Dios, pero sin temblar, rompernos y morir. La realidad es que no estamos dispuestos a afrontar esa purificación terrible. Ya san Juan de la Cruz avisa que son muchos los que dicen querer y pocos los que de verdad dan el paso5.

A parte de que cuando Dios se acerca a la tierra es normal que ésta se estremezca (Sal 114), el Señor quiere mostrarse ante su pueblo y manifestar su grandeza, majestad y transcendencia. Estos hombres rudos y primarios sólo van a seguir al que es grande y poderoso.

Podemos encontrar una clara relación de esta teofanía del Éxodo con la que contempla el profeta Elías en el mismo monte Horeb:

Le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor». Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva. Le llegó una voz que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?» (1Re 19,11-13).

A diferencia de estos israelitas del éxodo, Elías conoce mucho más al Señor y sabe que su presencia quiebra las montañas, que provoca un incendio y un terremoto, porque es imposible que se acerque el sol y que no abrase con su presencia. Es cierto que lo que provoca la presencia de Dios es como el huracán, el terremoto y el fuego, pero Dios no es eso: Dios es un susurro, una suave brisa que llena el corazón de paz y de alegría. Se compagina la grandeza de Dios que hace temblar la creación entera con su dulzura que provoca paz y sosiego; es a la vez el Dios que aterra y el Dios que seduce, el que derrota a los fariseos y a los escribas y el que perdona a la mujer sorprendida en flagrante adulterio. Nuestro Dios es a la vez grande y tierno. Y no se puede eliminar ninguno de los dos elementos: si queremos alcanzar la ternura de Dios, tenemos que acoger el fuego que consume, porque así también se manifiesta Dios. Aunque lo que él quiere es hacernos participar de su ser que es la dulzura de su amor. Hemos de aprender a diferenciar el poder de Dios de Dios mismo.

También en la oración se experimenta la fuerza de la presencia de Dios que hace temblar y temer, y otras veces la presencia suave de Dios que provoca alegría, paz, armonía…, de la que no quisiéramos apartarnos, aunque no hay ninguna experiencia extraordinaria.

Encontramos otra descripción de la manifestación de Dios, que actúa con su poder, pero en favor del débil y del pequeño:

En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.
Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su nariz se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz,
y lanzaba carbones ardiendo.
Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies.
Volaba a caballo de un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad;
como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas.
Y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.
El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste un bramido,
con tu nariz resoplando de cólera.
Desde el cielo alargó la mano y me agarró,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo (Sal 18,7-18).

El israelita, miembro del pueblo de Dios, invoca a Dios, al que puede llamar «mi Dios». Y de nuevo encontramos tremendos signos de la presencia de Dios semejantes a los que aparecen en la teofanía del Sinaí: el temblor de tierra que sacude los cimientos del orbe, el fuego voraz que sale de su boca, la nube espesa, su voz como el trueno…, pero en favor del pobre y desvalido hacia el que se abaja para salvarlo. Nuestro Dios es el Dios poderoso y tremendo que se inclina hacia el humilde que le invoca y tiene la fe y la valentía de esperarlo todo de Dios. A veces hay que llegar hasta esa indefensión absoluta para experimentar la maravilla del poder salvador de Dios.

Sin embargo, a Dios no le gusta manifestarse de este modo. Lo hace por nosotros, para que lo conozcamos, le respetemos y comprendamos cuál es nuestro camino. A nosotros, cristianos, se nos ha manifestado de un modo distinto.

No os habéis acercado a un fuego tangible y encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni al estruendo de las palabras, oído el cual, ellos rogaron queno continuase hablando, pues no podían soportar lo que mandaba: Quien toque el monte, aunque sea un animal, será apedreado. Y tan terrible era el espectáculo, que Moisés exclamó: Estoy temblando de miedo. Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel (Heb 12,18-24).

Todos los elementos terribles y tremendos que Dios empleó con el pueblo de Dios en el Sinaí eran la figura, lo que ellos necesitaban para comprender que estaban ante la presencia de Dios. Pero a nosotros, los que vivimos en la plenitud de los tiempos, los que hemos sido llamados al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia y, purificados por su sangre, se nos ha comunicado la vida divina, y no nos acercamos al monte Sinaí, como Moisés, sino al monte Sión, a la Jerusalén del cielo, la que describe el Apocalipsis con toda clase de detalles hermosísimos (Ap 21,9-26). Nosotros hemos recibido otra expresión de la santidad de Dios bien distinta, porque, aunque Dios posee ese poder y esa fuerza, es ante todo paz, sencillez y humildad. Mientras la teofanía del Sinaí provoca miedo en los israelitas, esta teofanía que se nos propone ahora a nosotros provoca gozo y ansia del Espíritu Santo.

El problema es que nosotros tenemos todavía la mentalidad del Israel del Antiguo Testamento y buscamos lo grande, lo extraordinario, lo espectacular; y, mientras tanto, Dios nos está hablando en lo humilde del cada día de la Iglesia: la Eucaristía, la predicación sencilla de un sacerdote anciano, la persona que me he encontrado casualmente, la cruz que me acompaña toda mi vida… Y nosotros buscamos una manifestación poderosa con todo el acompañamiento posible de signos espectaculares.

Podemos encontrar un paralelismo entre esta teofanía del Sinaí con fuego y viento y la que realiza en Pentecostés el Espíritu Santo. También en Pentecostés, a los cincuenta días de la Pascua, Dios se manifiesta con fuego y viento recio para culminar la nueva alianza por la efusión del Espíritu Santo en la Iglesia. Y, entre estas teofanías, la que realiza el mismo Espíritu sobre María, la hija de Sión, para realizar su nueva alianza -la de la gracia- por medio de Jesucristo. La Navidad es la expresión cercana, silenciosa, humilde y amorosa en la que Dios se hace presente como a él le gusta: en la pobreza, la pequeñez y el silencio, sin ruidos ni violencias, sin terremotos ni relámpagos, sin provocar temor y tensión en aquellos que le reciben -pero sí en los que le rechazan como Herodes‑.

Nosotros preferimos que Dios se manifieste con los atributos del poder y la fuerza, mientras que lo que quiere es hablarnos desde la cercanía, en la intimidad y la paz, de corazón a corazón: como el poderoso jefe de un gran estado que tiene un tremendo poder y al que todos temen, pero que luego se acerca con ternura de padre a su hijo recién nacido. La pena es que nosotros preferimos al Dios tremendo al Padre cercano y cariñoso, porque es la imagen que nos surge espontáneamente de Dios, y porque nos resulta muy difícil comprender a ese Dios humilde y, una vez descubierto, ya no podremos huir y apartarnos de él.

[vv. 19-25] Dios habla con Moisés a través del trueno y Moisés le responde; mientras tanto, el pueblo está aterrado por toda esta forma tremenda que tiene Dios de presentarse. No se nos dice en el texto cuál es el contenido de este diálogo, pero debemos suponer que son las normas que aparecen en el capítulo siguiente: el decálogo. Dios habla con su pueblo de una forma particular:

Cara a cara habló el Señor con vosotros en la montaña, desde el fuego. Yo estaba en aquel momento entre el Señor y vosotros para comunicaros la palabra del Señor, porque tuvisteis miedo del fuego y no subisteis a la montaña. Él dijo: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud» (Dt 5,4-5).

Lo peculiar de este diálogo es el «cara a cara» de Dios y su pueblo: Dios se pone al nivel de su pueblo y se muestra. Como más tarde esa relación directa con Dios les parece escandalosa, va a ser un ángel del Señor el que hable con el pueblo con la intención de respetar la transcendencia divina. Van a hacer lo mismo con el nombre de Dios: van a omitir el nombre de Yahweh porque conocer el nombre de Dios les parece excesivo ya que conlleva tener poder sobre Dios y la posibilidad de manipularlo mágicamente. La tradición bíblica posterior va a poner mucho cuidado en salvaguardar la transcendencia de Dios, por eso van a afirmar que era el ángel el que hablaba con Moisés:

Este es Moisés, que dijo a los hijos de Israel: «El Señor hará surgir de entre vuestros hermanos un profeta como yo». Este es el que en la asamblea del desierto estuvo con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí y con nuestros padres; el que recibió palabras de vida para transmitirlas a nosotros; este es Moisés, a quien nuestros padres no quisieron obedecer, sino que lo rechazaron y en sus corazones volvieron a Egipto (Hch 7,37-39).

Entonces, ¿qué decir de la ley? Fue añadida en razón de las transgresiones, hasta que llegara el descendiente a quien se había hecho la promesa, y fue promulgada por ángeles a través de un mediador (Gal 3,19).

Se necesitan dos cualidades para la relación con Dios: su transcendencia y su cercanía. El pueblo de Israel lo entiende: Dios puede hablar cara a cara, se pone a nuestro nivel, pero no puede ser directamente Dios el que habla, hace falta un mediador. La respuesta a esta necesidad que ofrece la plenitud de la revelación en el Nuevo Testamento es que el Verbo se hizo carne (Jn 1,14), él es el nuevo mediador en el que se da la plena divinidad y la plena cercanía (cf. Jn 1,18).

El Señor desciende a la cumbre del monte y Moisés sube hasta ella para que se produzca este encuentro. Sólo Moisés subió, sólo él penetra en la nube: el mediador se introduce en el ámbito de Dios. Este mediador que se adentra en la nube nos recuerda la ascensión del Señor: «Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista» (Hch 1,9). Cristo es también el que desde el cielo sigue siendo nuestro mediador (cf. Heb 7,25).

Si vemos en la montaña la figura de María y en la nube la del Espíritu Santo, Moisés, que se introduce en la nube, es figura de nuestro mediador Jesucristo.

Nos puede sorprender que los sacerdotes deban purificarse «para que el Señor no arremeta contra ellos» (v. 22). No se trata de que Dios tenga la intención de arremeter contra ellos porque no son puros, sino que los hombres impuros no pueden penetrar en el ámbito de Dios que es demasiado puro para ellos; la luz en la que Dios habita es tan brillante que nos ciega, pero no porque Dios quiera cegarnos. Dios va a dar la oportunidad a los sacerdotes para que se acerquen a él, pero deben purificarse. El texto es claramente anacrónico, en previsión de lo que sucede en tiempos de un redactor posterior, porque aún no se ha elegido y consagrado a la tribu de Leví para que ejerza el sacerdocio. La prueba es que los sacrificios que ratifican la alianza los ofrece el mismo Moisés o recurrirá a jóvenes israelitas para que realicen este oficio:

Moisés escribió todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes de los hijos de Israel ofrecer al Señor holocaustos e inmolar novillos como sacrificios de comunión. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó el documento de la alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió: «Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos». Entonces Moisés tomó la sangre y roció al pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras» (Ex 24,4-8).

Para ratificar la alianza también subirán a la presencia de Dios los setenta ancianos que habían sido escogidos para ayudar a Moisés (Ex 24,1-2.9-11). Lo que queda claro es que el mediador es sólo Moisés, pero Dios quiere establecer ese pacto a través de otras personas del pueblo de Israel, que también tendrán acceso a subir la montaña y penetrar en la nube. Por eso deben purificarse.

El resto del pueblo debe permanecer a distancia. En el Nuevo Testamento termina esa distancia en el momento en que se rompe el velo del templo de Jerusalén, que oculta el santo de los santos donde habita Dios: ya no hay separación entre el tres veces santo y el pueblo de Dios (cf. Mt 27,51). A partir de la muerte del Hijo todos tenemos acceso libre a la presencia de Dios.

Sólo unos pocos podían entrar en la presencia de Dios en el monte y en la nube. El resto no tenía esa posibilidad. Nosotros sí podemos elegir mantenernos a distancia de Dios o entrar en la intimidad de Dios, representada por la nube. Tenemos acceso al corazón de Dios traspasado por la lanza del soldado, del que mana el agua y la sangre, el Espíritu y la Eucaristía, y que queda abierto para que podamos penetrar en él. Podemos admirar el poder de Dios, pero a distancia, o entrar en la intimidad con Dios. Lo triste es que la mayoría de los cristianos prefiere mantener una distancia prudente con Dios: les falta el valor para entrar en la presencia de Dios, en el recinto sacro en el que sólo puede penetrar el hombre inocente de puro corazón (cf. Sal 24,3-4). Nos resulta más cómodo contemplar a Dios de lejos, sin que nos arrastre su presencia y sin necesidad de purificarnos para acercarnos a él. Nos mantenemos lejos para que no nos arrastre hacia él, para poder seguir con nuestra vida. Muchos renuncian a esa relación cercana, amorosa, íntima con Dios, que lleva a la entrega mutua, a perderse en él. Nosotros tenemos ese acceso, pero debemos atrevernos a purificarnos y entrar en su intimidad; y, al no hacerlo, nos perdemos entrar en el corazón de Dios. Mantenernos lejos de Dios como el pueblo de Israel, pero ante el Dios cercano, humilde y misericordioso es un grave desprecio de la oferta amorosa de Dios. Es necesario tomar una opción consciente entre cumplir los mandamientos y seguir a Cristo, como le sucede al joven rico (Mt 19,16-22). El que quiera dar ese paso puede aprovechar la enseñanza de san Juan de la Cruz: «¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura de sabiduría y riquezas de Dios, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría, desea primero de veras entrar más adentro en la espesura de la cruz, que es el camino de la vida, por que pocos entran! (Mt. 7, 14). Porque desear entrar en espesura de sabiduría y riquezas y regalos de Dios es de todos; mas desear entrar en la espesura de trabajos y dolores por el Hijo de Dios, es de pocos, así como muchos se querrían ver en el término, sin pasar por el camino y medio a él» (Cántico A, canción 35, 9).

El decálogo (Ex 20,1-17)

Texto bíblico

1El Señor pronunció estas palabras:

2«Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud.

3No tendrás otros dioses frente a mí.

4No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra.

5No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo el pecado de los padres en los hijos, hasta la tercera y la cuarta generación de los que me odian. 6Pero tengo misericordia por mil generaciones de los que me aman y guardan mis preceptos.

7No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso.

8Recuerda el día del sábado para santificarlo. 9Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas, 10pero el día séptimo es día de descanso, consagrado al Señor, tu Dios. No harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el emigrante que reside en tus ciudades. 11Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y lo que hay en ellos; y el séptimo día descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó.

12Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar.

13No matarás.

14No cometerás adulterio.

15No robarás.

16No darás falso testimonio contra tu prójimo.

17No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo» (Ex 20,1-17).

Lectio

[v. 1] El diálogo al que se refiere Ex 19,19 es seguramente el decálogo que aparece a continuación de la teofanía. Tras el decálogo se nos dice que «todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y la montaña humeante. El pueblo estaba aterrorizado, y se mantenía a distancia» (Ex 20,18), lo cual encaja perfectamente con el contexto del diálogo de Dios con Moisés en el monte Sinaí.

Tenemos dos listas del decálogo, ésta de Ex 20 y la de Dt 5,6-21, con muy pocas variaciones entre ellas.

Dios habla a su pueblo en singular, como una comunidad. Esto es importante porque el sujeto con el que Dios se relaciona es Israel, hasta tal punto que no sólo habla con los que están presentes en el Sinaí en ese momento, sino con todas las generaciones de israelitas que han de venir. Lo expresa con belleza Dt 5,2-3: «El Señor nuestro Dios concertó con nosotros una alianza en el Horeb. No concertó el Señor esta alianza con nuestros padres, sino con nosotros, con todos los que estamos vivos hoy, aquí». Eso es lo que repite Israel generación tras generación a lo largo de los siglos. Dios estableció una alianza con Israel, con todos los hijos de Israel. Lo mismo sucede con nosotros en cuanto miembros de la Iglesia. Esto es importante porque Dios establece un vínculo entre los israelitas que va a marcar todo su destino: van a ser solidarios en la misma suerte, en el mismo pecado: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo» (Is 6,5). El mismo Jesús, que no cometió pecado, se hará solidario con nuestros pecados para cargar con ellos (cf. 1Pe 2,24; 2Co 5,21).

Esta conciencia de la solidaridad ante Dios se ha perdido en nuestra Iglesia: ya no somos conscientes de que hacemos penitencia unidos a la Iglesia con la abstinencia de comer carne los viernes, que no es la penitencia que yo puedo hacer o me gusta hacer, sino la que hago como miembro del pueblo de Dios. Pensamos que podemos ser cristianos sin pertenecer a una comunidad, que puedo seguir a Cristo al margen de la Iglesia, que puedo ser hijo de Dios sin ser hermano de los demás cristianos. Formamos parte de un pueblo, hemos sido llamados a pertenecer a un pueblo, y para bien o para mal llevamos el peso de un pueblo. El pecado y el mérito de cada uno pertenece a toda la Iglesia. Y, como no somos conscientes de esa pertenencia, nos permitimos hablar de la Iglesia como si fuera una realidad diferente, ajena o lejana a nosotros. No puedo desentenderme de lo que hace la Iglesia, como no puedo desentenderme de lo que hace mi familia. Hemos perdido esa referencia de manera que nos sentimos responsables individualmente de nuestra vida de fe, y no de lo que sucede en la Iglesia. Mi respuesta personal, que es necesaria, enriquece o deteriora la vida de la Iglesia y su camino hacia Dios. Este individualismo se manifiesta en que se prescinde de mediadores en la relación con Dios, sin buscar el respaldo de la Iglesia. La misma liturgia, que debería ser expresión de esa unidad, manifiesta de muchas maneras la falta de conciencia de que participamos en ella como un pueblo.

Dios comunica a Moisés el decálogo, que es la parte de la alianza que le corresponde cumplir al pueblo de Dios, y lo consigna por escrito; pero además de lo escrito está la tradición oral que Moisés transmite:

Entonces el Señor os habló de en medio del fuego. Vosotros oíais sonido de palabras, pero no veíais figura alguna, sino tan solo una voz. Él os anunció su alianza, que os mandó cumplir, las «diez palabras», y las escribió en dos tablas de piedra. Y a mí me mandó el Señor entonces que os enseñase los mandatos y decretos para que los cumplierais en la tierra a la que vais a pasar para tomarla en posesión (Dt 4,12-14).

Dios habla, escribe con su dedo el decálogo en las tablas de piedra, y además le da a Moisés la misión de enseñar los mandatos y decretos que le va revelando. Por eso Moisés es el que puede juzgar a su pueblo. Ése es el fundamento de la tradición oral que se transmite en el judaísmo, especialmente a través de los rabinos y que pretende apoyarse en la enseñanza recibida por Moisés en el Sinaí, trasmitida desde entonces a través de los siglos. Es lo que se pondrá por escrito especialmente en la Misnah. Es a lo que Jesús se refiere cuando denuncia: «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (Mc 7,8).

Los estudiosos piensan que esta lista de preceptos depende de una formulación más primitiva que sería más breve, al estilo de los mandamientos de los vv. 13-16, mientras que la formulación de los primeros probablemente ha sido ampliada. Lo que nosotros llamamos los diez mandamientos y decálogo siguiendo a san Clemente de Alejandría, el pueblo del Antiguo Testamento lo llama «las tablas del testimonio» (cf. Ex 31,18) o «tablas de la alianza» (cf. Dt 9,9).

Hay un gran salto en la narración desde el final de este episodio en Ex 20,21, hasta la ratificación de la alianza en el Ex 24, porque se intercalan varios capítulos de normas diversas (Ex 20,22-23,30), lo que se denomina el «código de la alianza»6. Después de la ratificación de la alianza se encuentran varios capítulos de normas sobre la construcción del santuario y el culto (Ex 25,1-31,17) y se engancha de nuevo con el relato de la teofanía en el Sinaí y la entrega de las tablas de la ley con la sorprendente afirmación de que esas tablas han sido escritas en la piedra por el mismo dedo de Dios, tal como se dice en Ex 31,18: «Cuando acabó de hablar con Moisés en la montaña del Sinaí, le dio las dos tablas del Testimonio, tablas de piedra escritas por el dedo de Dios». No es necesario negar el prodigio de que Dios grabara con su poder los mandamientos en la piedra, pero lo que se quiere expresar, y es lo importante, es que estos preceptos proceden directamente de Dios, él es su autor. Ya vimos esa expresión en boca de los magos de Egipto tras la plaga de los mosquitos: «Es el dedo de Dios» (Ex 8,15), que no significa que el dedo de Dios sea el que materialmente enviara los mosquitos, sino que los magos egipcios ven en la plaga la acción de Dios.

Hay que recordar en este momento algo que decíamos sobre los tratados de vasallaje en los que se enmarca esta alianza del Sinaí: el vasallo -en este caso el pueblo de Israel- no tiene capacidad de imponer las cláusulas del contrato, el compromiso que adquiere -aquí los mandamientos-; sólo puede asumir o rechazar lo que el rey -en este caso Dios- le impone. La alianza con Dios no es fruto de una negociación o de un acuerdo entre Yahweh e Israel, entre Dios y los hombres, pero el pueblo puede aceptar o no el compromiso que Dios le propone, tiene que asumir libremente este pacto con el compromiso que conlleva.

Los preceptos vienen de Dios por la sencilla razón de que sólo él conoce las normas que van a conducir a su pueblo a la felicidad: aceptar los preceptos de Dios es entrar por el camino de la felicidad:

Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla (Dt 30,15-16).

Pero el pueblo tiene que aceptar con libertad el compromiso de la alianza, como podemos ver cuando el pueblo tiene que ratificar de nuevo esta alianza al entrar en la tierra prometida de la mano de Josué:

Temed al Señor; servidle con toda sinceridad; quitad de en medio los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río y en Egipto; y servid al Señor. Pero si os resulta duro servir al Señor, elegid hoy a quién queréis servir: si a los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis; que yo y mi casa serviremos al Señor (Jos 24,14-15).

Esta necesidad de elegir es importante para nosotros que hemos inventado una «tercera vía» que nos permite no elegir de forma responsable entre aceptar y rechazar los mandamientos, entre seguir a Dios y al mundo. Decimos que queremos una alianza con Dios, pero queremos ser nosotros los que ponemos los mandatos, los que manipulamos el compromiso que Dios nos propone. Yo quiero que Dios cumpla su parte de la alianza, pero también soy yo el que decido lo que quiero poner de mi parte en esa relación. Hemos de ser conscientes de que Dios nunca va a aceptar ese trato, esa forma de relacionarnos con él. Él es quien tiene la iniciativa, el que ofrece la salvación y el que propone los mandamientos: a nosotros nos toca aceptar o rechazar con plena libertad y responsabilidad, pero no tenemos la capacidad de negociar o de manipular el contenido de ese pacto de amistad. Y Dios no lo va a aceptar porque él es Dios y es el que conoce el camino verdadero que lleva a la vida. Cuando Israel era infiel a la alianza, los profetas se encargaban de denunciar la infidelidad del pueblo, señalar las consecuencias de haber roto la alianza y llamar al pueblo a que volviera a ser fiel al pacto que habían establecido con Dios. Nuestro problema es que nosotros, cuando somos infieles a la alianza, nos justificamos, buscamos falsos profetas que tergiversan el contenido de nuestro pacto con Dios y rechazamos como rígidos a los pastores que se atrevan a denunciar el pecado y la infidelidad. Es una grave falsificación de la relación con Dios pensar que tenemos capacidad para imponerle a Dios los mandamientos que queremos cumplir.

[v. 2] Estas palabras de Dios previas a los mandamientos se corresponden con lo que en estos pactos de vasallaje enuncian lo que el rey ha hecho en favor de sus vasallos: antes de poner las condiciones que el pueblo tiene que aceptar recuerda lo que ha hecho por ellos.

[v. 3] Primer mandamiento.

Nota: Hay que tener en cuenta que numeraremos los diez mandamientos tal como aparecen en el Éxodo. Nuestra forma de numerarlos en la enseñanza del Catecismo es diferente.

Hemos de ser conscientes de que se trata de un mandato totalmente nuevo y excepcional en las religiones de los pueblos que rodean a Israel. En esta época, en el medio oriente, ninguna religión pide la adoración y la obediencia a un solo Dios, excluyendo a todos los demás. Todos los demás pueblos de la zona eran politeístas: no tenían problema alguno en hacer compatible la creencia y el culto a varios dioses; es más proliferan los dioses familiares y los genios intermediarios con los dioses. Por ejemplo, cuando Jacob se escapa de casa de su suegro, Raquel se lleva los amuletos de los dioses de Labán su padre (Gn 31,19). La gran tentación de Israel será siempre hacer compatible la fe en Yahweh con el culto a otros dioses. Un caso especialmente sorprendente es el de Salomón: ¿cómo se puede tener tanta sabiduría para acabar en el politeísmo de sus esposas y concubinas? (cf. 1Re 11,1-10). Siempre resultará muy tentador hacer compatible a Yahweh y a los demás dioses. En los tratados entre las naciones se ponían como testigos a los dioses, por eso Israel tenía tantos problemas para hacer pactos con otros pueblos. En el ambiente politeísta en el que vive Israel las fuerzas de la naturaleza eran divinizadas: por eso el relato de la creación va señalando como criaturas lo que otros pueblos consideraban dioses, como el sol o la luna.

Esta exigencia del primer mandamiento es tan inaudita en el mundo en que vivían que no se la pudo inventar Moisés, no viene del ambiente, del razonamiento o de los intereses humanos, viene de Dios, que se revela e impone esta condición fundamental a su pueblo. El pecado del hombre deformó desde el principio la imagen divina y toda la historia de la salvación es el trabajo paciente de Dios para que los hombres recuperen esa imagen, que en definitiva es Cristo. Y lo primero que necesitan saber es que Dios es uno solo.

En los acontecimientos del éxodo Yahweh les había demostrado ser más poderoso que los dioses de Egipto, que tiene poder sobre la naturaleza y sobre la historia, que los había elegido, salvado, guiado y protegido. Él solo lo hizo, sin la necesidad de otros dioses.

Nosotros, que en la teoría somos monoteístas, no creemos sólo en Dios, creemos en Dios y en nuestras fuerzas, buscamos a Dios y a nuestras seguridades. Lo mismo que le sucedía al pueblo de Israel por el desierto: se fía de Dios… hasta que le falta la comida, hasta que le falta el agua, hasta que se cansan. Se fían de Dios, pero cogen más maná del que les había dicho Dios por si acaso. Es reflejo de lo que hacemos nosotros. Y eso indigna a Dios porque atenta contra el primer mandamiento: no tener otros dioses. Nosotros tenemos otros dioses, y además lo justificamos: necesitamos seguridad, nos hacen falta medios. Eso es lo que intenta el diablo con las tentaciones a Jesús en el desierto: en el desierto Jesús sólo busca a Dios, sólo se apoya en él…, y frente a los medios y facilidades que le plantea el demonio, el Señor contrapone que sólo necesita a Dios: no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios, sólo adorarás al Señor tu Dios… (cf. Mt 4,1-11). Jesús va a cumplir su misión amparado únicamente en la voluntad del Padre. Es lo que les va a mandar a sus apóstoles cuando los envíe a predicar: «No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno» (Lc 9,13). El que cree en un solo Dios debe fiarse sólo de él. Ése es nuestro gran pecado que buscamos a Dios… y nuestros intereses; que nos apoyamos en Dios… y en nuestras fuerzas.

Toda la historia de la salvación y la Biblia entera está marcada por esta visión monoteísta. Ya desde los relatos de la creación se está subrayando que el Dios que creó todo es uno sólo, no hay otros dioses ni con él ni contra él. Abrahán por el encuentro con este Dios deja su tierra y su familia para seguir los planes de Dios, sin saber a dónde le llevaba. Los patriarcas siguen y defienden al Dios único, y es Moisés quien lo revela con toda la fuerza de la misión que Dios le da.

El contenido de lo que Dios quiere con este mandamiento lo expresa con toda fuerza Dt 6,4-9. Está en labios de Moisés y nos ayuda a entender quién es Israel y, en consecuencia, quiénes somos nosotros:

Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales (Dt 6,4-9).

La consecuencia de que Dios es solamente uno es que nuestro corazón no puede estar dividido con otros dioses ni con otras cosas. Al Dios único le corresponde un amor de una sola pieza, un corazón indiviso. No se puede amar otra cosa al nivel de Dios: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Hay un solo Dios y no hay otro señor en tu vida: ni siquiera tu familia. A eso tiene que dedicar Israel todas sus fuerzas, eso es lo que diferencia a Israel de los demás pueblos. Cuando a Jesús le preguntan por el mandamiento más importante recurre a estas mismas palabras (Mc 12,28-30). Un Dios único exige una respuesta total y en esa respuesta no caben trampas ni recortes. Si hubiera más dioses, podríamos estar divididos; pero la unidad de Dios exige que nuestro corazón y nuestra vida estén totalmente polarizados hacia él.

Nosotros no podemos oponernos a este mandamiento con nuestras conveniencias y razonamientos: anteponemos a Dios muchas cosas (familia, trabajo, salud, diversión), de tal modo que no sólo ocupan un lugar más importante, sino que apenas dejan espacio a Dios en nuestra vida, en nuestro corazón. Ciertamente que Dios no se opone a ningún amor verdadero, al contrario, los quiere y los perfecciona; pero tiene que quedar claro quién es Dios y cuál es su lugar. Dejamos a un lado a Dios por no quedar mal con los amigos, por un apoyo exagerado o falso a la familia… ¿Amo yo al Señor con todo mi corazón? ¿Es realmente mi único Dios?

Y este amor indiviso es la realidad que debe abarcar toda la vida del israelita, de modo que las palabras de este mandato estarán constantemente en su corazón.

Con dificultad estarán en nuestro corazón las palabras de Dios si no las conocemos, las memorizamos y las saboreamos. La pedagogía de la Iglesia nos presenta una y otra vez los mismos textos para que podamos repasar la Palabra en nuestro corazón y nos empapemos de ella, de modo que nos vaya transformando y tomando vida en nosotros. Tenemos que dejar que estas palabras se queden en nuestro corazón y allí las repitamos de modo que nos vayan empapando. Y una vez que esta Palabra nos haya empapado y penetrado, rebosará de nuestro corazón y la repetirán nuestros labios, la repetiremos a los hijos, a los que nos encontremos en el camino de la vida, a todas horas, «a tiempo y a destiempo» (2Tm 4,2). Nosotros no hacemos lo que estos israelitas hacían. Pero cuando nos atrevemos a proclamar la Biblia, a leerla, a enseñarla, eso produce inmediatamente frutos en el pueblo de Dios. A todos ayuda, a los principiantes y a los más avanzados. Está a la medida de todas las edades y de todas las capacidades. Nunca vamos a agotar su riqueza, siempre nos va a ofrecer lo que necesitamos, porque es Palabra de Dios y no palabra humana. Es la Palabra de Dios lo que debemos compartir, de lo que debemos hablar, lo que debe guiar nuestra vida. Yendo de camino, los discípulos de Emaús escuchan las palabras de Jesús y arde su corazón (cf. Lc 24,32). En la noche del sufrimiento o de la enfermedad, la Palabra de Dios se convierte en consuelo, fortaleza y esperanza. Nos puede parecer ridículo que atasen estas palabras a la frente y a la muñeca, que las pongan a la puerta de casa, pero es un signo de que la Palabra de Dios que se tiene en el corazón hay que expresarla hacia fuera, hay que manifestarla a los demás. Amar la Palabra de Dios es una forma imprescindible de dar gloria a Dios.

Este amor a Dios con todo el corazón se refleja con fuerza en el Nuevo Testamento:

Dios es amor (1Jn 4,8).

Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero (1Jn 4,19).

Hay que amarle porque él es el amor, porque nos ha amado primero.

Este mandamiento, sin necesidad de más, debería ser permanentemente el centro de nuestra vida. No es suficiente amarle «sobre todas las cosas» como decimos, él está a otro nivel de todas las cosas, es el único, el creador; sin él no existiría nada, ni siquiera nosotros mismos.

[vv. 4-6] Segundo mandamiento.

Nosotros ya no tenemos en cuenta esta prohibición, que hay que poner en su contexto: Israel está rodeado de pueblos que adoran todo tipo de dioses representados en imágenes, que consideran verdaderos dioses. Este mandato es también único y sorprendente en el medio oriente antiguo, porque se basa en una concepción inmaterial de Dios, que no puede ser representado. Todos los otros pueblos tenían representaciones de la divinidad y la entendían de una forma material. Este mandato nos hace superar esa concepción material de Dios y que lo miremos como una realidad totalmente transcendente y meramente espiritual. Dios es espíritu, como completará Jesucristo: «Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad» (Jn 4,24).


Nicolas Poussin, La adoración del becerro de oro (1634)

Vemos este mismo mandamiento, más desarrollado, en el Deuteronomio:

Tened mucho cuidado ‑ya que no visteis figura alguna el día en que os habló el Señor en el Horeb, de en medio del fuego‑ no sea que os pervirtáis, fabricándoos ídolos, cualquier clase de figura: figura masculina o femenina, figura de animales terrestres o de pájaros que vuelan por el cielo, figura de reptiles que se arrastran por el suelo o de peces que hay en el agua debajo de la tierra. No sea que, levantando tus ojos al cielo y viendo el sol, la luna, las estrellas y todos los astros del firmamento, te dejes seducir y te postres ante ellos para darles culto, porque el Señor, tu Dios, se los asignó a todos los pueblos que hay bajo el cielo (Dt 4,15-19).

No se pueden fabricar imágenes para darles culto porque todas esas realidades son criaturas. Ninguna criatura puede representar a Dios, porque está más allá de toda criatura y vive en una nube inaccesible (cf. Ex 19,16). San Pablo acusa a los gentiles de que adoraran a las criaturas y no fueran capaces de alcanzar al creador por medio de ellas: «Alardeando de sabios, resultaron ser necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles» (Rm 1,22-23).

La predicación de los profetas frente a la tentación de Israel de hacerse imágenes de los dioses como los demás pueblos es furibunda. La crítica de los profetas a los ídolos es extraordinaria y con un razonamiento que es válido para nuestro tiempo.

Cuantos modelan ídolos no son nada, sus imágenes predilectas no sirven a nadie. Sus testigos no ven ni comprenden, por eso quedarán en ridículo […].

El herrero cincela el hierro y lo trabaja en las brasas, lo forja a golpes de martillo, lo modela con su brazo vigoroso, aunque esté hambriento y sin fuerzas, no pueda beber agua y desfallezca.

El tallista lo mide con la cuerda, lo diseña con un marcador, lo trabaja con la hachuela, lo delinea con el compás: le da figura de hombre, belleza humana, para que habite en una casa.

Para ello corta cedros, o escoge un ciprés o una encina que se ha vuelto fuerte entre los árboles del bosque; o planta un cedro que la lluvia hace crecer.

La gente lo quema y con ello se calienta, o hace fuego para cocer el pan, o se fabrica un dios y lo adora, lo convierte en una imagen y se postra ante ella.

Una mitad la quema para brasas, sobre las brasas asa la carne, se la come y se sacia, se calienta y dice: «¡Ah, qué bien! Siento el calor, veo el rescoldo».

Con lo que queda se hace un dios, una imagen, se postra ante él, lo adora y reza: «Sálvame, porque tú eres mi dios».

No entienden ni disciernen, porque sus ojos están pegados, incapaces de ver, sus mentes, incapaces de comprender.

No reconsidera ni tiene inteligencia ni buen sentido como para decir: «Una mitad la he quemado para brasas, he cocido el pan sobre las ascuas, he asado la carne y la he comido. ¿Y voy a convertir el resto en una abominación, me postraré ante un trozo de leño?» (Is 44,9.12-19).

Los dioses que adoran son productos de la mano del hombre, no tienen vida, no pueden hacer nada, no pueden salvar. Lo explican también los salmos.

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:
tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;
tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.
Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo (Sal 115,3-9).

Ciertamente, nosotros hemos superado ya el politeísmo y sabemos el valor que tienen las imágenes. Pero algunas actitudes ante determinadas imágenes de Cristo o de la Virgen se parecen mucho a esta adoración de los ídolos en el Antiguo Testamento, y confunden la imagen material con la realidad que representa. Si la imagen material nos hace transcender a la realidad sobrenatural es algo bueno, pero si la imagen sustituye a la realidad sobrenatural y se la confunde con ella, se convierte en una perversión que distorsiona la fe. Es lo que nos pasa en general: toda realidad material o humana es buena en cuanto nos remite a Dios y es mala si nos quedamos atados y encerrados en ella.

Los libros sapienciales también contienen esta critica feroz a los ídolos fabricados por mano humana:

Son, pues, unos infelices, con la esperanza puesta en cosas sin vida, los que llamaron dioses a obras hechas por manos humanas: oro y plata labrados con arte, representaciones de animales o una piedra inútil, esculpida hace mucho tiempo.

Pongamos por ejemplo a un leñador: tala un árbol de fácil manejo, lo descorteza hábilmente y, trabajando con destreza, fabrica un objeto útil para usos comunes.

Con los desechos de su trabajo se prepara una comida que le deja satisfecho; y con el último desecho que para nada sirve, un palo torcido y lleno de nudos, lo coge y lo talla en sus ratos de ocio; y con destreza reposada lo modela hasta sacar una imagen humana o la figura de cualquier vil animal. Lo embadurna de minio, pinta su cuerpo de rojo y recubre todos sus defectos.

Luego le prepara una hornacina digna y lo coloca en la pared asegurándolo con clavos. Para que no se le caiga, toma sus precauciones, sabiendo que no puede valerse por sí mismo, pues es una imagen y necesita ayuda.

Sin embargo, le reza por su hacienda, bodas e hijos, sin avergonzarse de hablar con un ser inanimado; pide la salud a quien está enfermo, ruega por la vida a un muerto, solicita ayuda al más torpe y un viaje feliz al que ni siquiera puede andar; y para las ganancias, las empresas y el éxito de sus tareas, pide ayuda al que menos puede dársela (Sab 13,10-19).

El peligro de las imágenes está en llamarlas dioses y rendirles adoración, en buscar protección en un objeto inanimado, producto de las manos humanas, que no tiene poder alguno, que debe ser protegido.

A la luz de este mandamiento podemos comprender la gravedad del primer gran pecado del pueblo de Israel que será la fabricación del becerro de oro en sustitución de Yahweh.

En tiempos de Cristo esta ley era escrupulosamente respetada, tanto que los romanos consideraban a los judíos ateos por su rechazo a realizar imágenes de los dioses.

La razón que nos da el v. 5 es importante: Yahweh es un Dios celoso. No en el sentido destructivo de los celos humanos que desconfían y quieren controlar a su marido o a su mujer. Dios es celoso en el sentido de que le duele y sufre por la infidelidad de su pueblo, porque lo abandonen a él por seguir a otros dioses. Esos celos de Dios son expresión de su amor apasionado por nosotros y del sufrimiento cuando lo colocamos al mismo nivel o por debajo de otras realidades, aunque sean buenas y santas. Dios nos quiere por entero, no se conforma con un poco de nuestro amor, no quiere compartir nuestro corazón con nadie. Como dice el primer mandamiento, él es uno y quiere que le amemos con todo el corazón, con todo nuestro ser.

Todos nuestros cálculos y razonamientos que intentan liberarnos de este amor pleno al Dios celoso demuestran que no hemos hecho una opción radical sólo por Dios, que no nos hemos entregado solamente a él.

Al final de este mandamiento aparece el castigo por su incumplimiento que alcanza a las siguientes generaciones. A nosotros nos escandaliza ese castigo que se extiende hasta la cuarta generación. Para Dios, Israel es una única realidad que permanece a través de los siglos; hay una solidaridad entre los miembros del pueblo de Dios que provoca que el pecado o la justicia de uno revierta sobre los demás; que el pecado de una generación tenga consecuencias en las siguientes. Los actos, buenos y malos, tienen una repercusión social que para nosotros es desconcertante, pero que para ellos era evidente. Para nosotros son escandalosos episodios como éste en que toda la familia de Coré, Datán y Abirón son castigados por su rebeldía contra Moisés.

Ellos se apartaron de los alrededores de la morada de Coré, Datán y Abirón. Datán y Abirón, con sus mujeres, hijos y pequeñuelos, habían salido y estaban a la entrada de sus tiendas. Moisés dijo: «En esto conoceréis que es el Señor quien me ha enviado para hacer todas estas obras y que no es ocurrencia mía: si estos hombres mueren como muere cualquier mortal, según el destino común a todo hombre, es que el Señor no me ha enviado; pero si el Señor obra algo portentoso, si la tierra abre su boca y los traga con todo lo que les pertenece, y bajan vivos al Abismo, sabréis que esos hombres han despreciado al Señor». Y sucedió que, nada más terminar de decir estas palabras, se abrió el suelo debajo de ellos; la tierra abrió su boca y se los tragó, con todas sus familias, así como a toda la gente de Coré, con todas sus posesiones. Bajaron vivos al Abismo con todo lo que tenían. La tierra los cubrió y desaparecieron de la asamblea (Nm 16,27-33).

Se entendía que había una solidaridad familiar y, si el padre de familia cometía un pecado, toda la familia recibía el castigo. Sólo después del destierro, cuando vaya haciéndose más consciente de la importancia de la respuesta personal se podrá ir modulando esa visión de la solidaridad en el pecado. Por eso, Isaías dice: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo» (Is 6,5).

Esta solidaridad aparece en la figura del «redentor», el go`el, que tenía que responder por sus familiares. Si, por ejemplo, un familiar arruinado se había vendido como esclavo, el familiar más cercano con recursos (el go`el) tenía que rescatarlo de la esclavitud; si había vendido la tierra que poseía -teniendo en cuenta que es la parte que le correspondía de la tierra prometida que Dios le había dado a él como miembro de una familia- el go`el tenía que rescatar esos bienes comprándolos para que volvieran a la familia. En el libro de Rut, Booz, que es el familiar más cercano a la viuda Noemí, es el que tiene que rescatar la tierra y desposar a Rut para recuperar la heredad de la familia y dar descendencia al marido de Noemí y a sus hijos que han muerto.

Hay una solidaridad en el pueblo de Israel que hace que unos sean responsables de los otros y, por tanto, apartarse de Dios tiene consecuencias para él y para sus descendientes.

Esta misma realidad es lo que expresa en nuestro credo la «comunión de los santos» que manifiesta una unión entre los miembros de la Iglesia (peregrina, purgante y triunfante) que conlleva una verdadera comunión de bienes: el mal o el bien de un miembro de la Iglesia repercute en todo el Cuerpo de Cristo. Y, en consecuencia, los méritos de Cristo, de la Virgen y de los santos constituyen un tesoro que la Iglesia conserva y ofrece a cada uno de sus hijos. La comunión de los santos es la consecuencia de que por medio del bautismo somos injertados en un cuerpo, en una comunidad, y participamos de los bienes y de los males de la Iglesia. San Pablo lo expresa con claridad con la imagen del cuerpo:

Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Pues el cuerpo no lo forma un solo miembro, sino muchos. Si dijera el pie: «Puesto que no soy mano, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Y si el oído dijera: «Puesto que no soy ojo, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿dónde estaría el oído?; si fuera todo oído, ¿dónde estaría el olfato? Pues bien, Dios distribuyó cada uno de los miembros en el cuerpo como quiso. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?

Sin embargo, aunque es cierto que los miembros son muchos, el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito». Sino todo lo contrario, los miembros que parecen más débiles son necesarios. Y los miembros del cuerpo que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan. Pues bien, Dios organizó el cuerpo dando mayor honor a lo que carece de él, para que así no haya división en el cuerpo, sino que más bien todos los miembros se preocupen por igual unos de otros. Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él (1Co 12,12-26).

De modo que un santo compensa muchos pecados e infidelidades. Es la misma solidaridad que tenemos cada uno de nosotros con el pecado de Adán, pero que es desbordada por la solidaridad de la gracia que trae Jesucristo:

Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo. En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos. Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos. Ahora bien, la ley ha intervenido para que abundara el delito; pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5,17-20).

Pero no sucede sólo con Jesucristo, el bien que realiza un santo, aunque pueda parecer lo contrario, compensa el mal que hacemos muchos mediocres. Así comprendemos lo que afirma san Juan de la Cruz y que puede parecernos exagerado:

Donde es de notar que, en tanto que el alma no llega a este estado de unión de amor, le conviene ejercitar el amor así en la vida activa como en la contemplativa. Pero, cuando ya llegase a él, no le es conveniente ocuparse en otras obras y ejercicios exteriores que le puedan impedir un punto de aquella asistencia de amor en Dios, aunque sean de gran servicio de Dios, porque es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia. aunque parece que no hace nada, que todas esas otras obras juntas (San Juan de la Cruz, Cántico B, 29, 2).

La plenitud de esta comunión de los santos, que con su santidad impulsa y enriquece el Cuerpo de la Iglesia, es la Virgen María: a Dios le compensa toda la obra de la creación y de la redención sólo por una criatura -aunque sólo ella hubiera sido fiel‑, que correspondió plenamente a la acción y a los planes de Dios. En la santidad de María el Padre ve reflejada su santidad en una mera criatura. Todos los que son hijos de María e imitan a María glorifican a Dios. Y, en consecuencia, la creación da a Dios infinitamente más alegrías que tristezas, aunque seamos tantos los hijos infieles. Nosotros disfrutamos de esa solidaridad con Cristo, María y los santos y formamos parte de esa unión del Cuerpo de Cristo. Tenemos que pensar qué aportamos (cf. 1Co 3,10-13), pero tenemos la esperanza de que nuestra mediocridad se ve compensada con la aportación de los santos. En el cielo veremos como la oración, la fidelidad y la entrega de unos ha sostenido a otros, aunque en este mundo no lo valoremos. Dios, en su humildad y generosidad, ha querido que los méritos de unos hombres sirvan para la salvación de otros hombres, de modo que participen con él en la salvación del mundo.

Es lo que tenemos que vivir con mirada de fe en concreto en las comunidades y en las parroquias: formamos una familia, un cuerpo, en el que hay una unión y una colaboración que va más allá de la ayuda exterior y de la aportación material que podemos ver. La fidelidad sencilla de un niño o de una anciana puede estar sosteniendo la actividad o la conversión de otros más mediocres y pecadores.

Sin despersonalizarnos, Dios nos trata como un cuerpo o una familia, de modo que la respuesta individual afecta al proyecto y a la vida común.

Esta unión y corresponsabilidad se puede entender de forma excesiva o exagerada, de modo que esta solidaridad del pueblo en sus méritos y en sus pecados debe ser corregida o limitada con la responsabilidad individual. Es lo que hace ya el Antiguo Testamento:

No serán ejecutados los padres por culpas de los hijos, ni los hijos por culpas de los padres; cada uno será ejecutado por su propio pecado (Dt 24,16).

Esta responsabilidad personal no significa que no repercutan los pecados y las virtudes de los padres en los hijos y viceversa; lo que significa es que se le pedirán cuentas del pecado sólo al que lo haya cometido. Esto se plica también al orden social:

Cuando el reino estuvo afianzado en sus manos, mató Amasías a los servidores que habían asesinado al rey, su padre, pero no ejecutó a los hijos de los traidores, en conformidad con lo escrito en el libro de la ley de Moisés, donde el Señor ordenó: «No serán ajusticiados los padres por causa de sus hijos; no serán ajusticiados los hijos por causa de los padres, sino que será ajusticiado cada uno por su propio pecado» (2Re 14,5-6).

El texto clásico de esta responsabilidad personal lo encontramos en el profeta Ezequiel:

Me fue dirigida esta palabra del Señor: «¿Por qué andáis repitiendo este refrán en la tierra de Israel?: “Los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera”. Por mi vida ‑oráculo del Señor Dios‑ que nadie volverá a repetir ese refrán en Israel, porque todas las vidas son mías: la vida del padre como la del hijo. El que peque, ese morirá.

Si un hombre es inocente y se comporta recta y justamente; si no come en los montes ni levanta sus ojos a los ídolos de la casa de Israel; si no deshonra a la mujer de su prójimo ni se une a su mujer durante la menstruación; si no oprime a nadie, si devuelve la prenda empeñada; si no despoja a nadie de lo suyo, si da de su pan al hambriento y viste al desnudo; si no presta con usura ni acepta intereses; si se mantienelejos de la injusticia y aplica con equidad el derecho entre las personas; si se comporta según mis preceptos y observa mis leyes, cumpliéndolas fielmente: ese hombre es justo, y ciertamente vivirá ‑oráculo del Señor Dios‑.

Si ese hombre engendra un hijo violento y sanguinario, que comete contra su prójimo alguna de estas malas acciones (que su padre no había cometido), que participa en los montes en las comidas y deshonra a la mujer de su prójimo, oprime al indigente y al pobre, roba, no devuelve la prenda empeñada, honra a los ídolos y comete acciones detestables, presta con usura y acepta intereses, ciertamente no vivirá. Por haber cometido todas esas acciones detestables, morirá irremediablemente y será responsable de su propia muerte.

Pero si a su vez este hombre engendra un hijo que, habiendo visto todos los pecados cometidos por su padre, no los comete, no come en los montes ni levanta sus ojos a los ídolos de la casa de Israel; si no deshonra a la mujer de su prójimo, ni oprime a nadie, ni toma una prenda empeñada; si no despoja a nadie, da de su pan al hambriento y viste al desnudo; si no participa en la opresión, ni acepta usura ni intereses, cumple con las leyes y se comporta según mis preceptos, él no morirá por la culpa de su padre. Ciertamente vivirá. Pero su padre, que había oprimido y despojado al prójimo, y no hizo el bien en su pueblo, él sí morirá por su propia culpa.

Vosotros diréis: “¿Por qué no carga el hijo con la culpa de su padre?”. Por lo siguiente: porque el hijo ha cumplido con el derecho y la justicia, ha observado todos mis preceptos y los ha puesto en práctica; por ello, ciertamente vivirá. El que peca es el que morirá; el hijo no cargará con la culpa del padre, ni el padre cargará con la culpa del hijo. El inocente será tratado conforme a su inocencia, el malvado conforme a su maldad. Si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado ‑oráculo del Señor Dios‑, y no que se convierta de su conducta y viva?

Si el inocente se aparta de su inocencia y comete maldades, como las acciones detestables del malvado, ¿acaso podrá vivir? No se tendrán en cuenta sus obras justas. Por el mal que hizo y por el pecado cometido, morirá.

Insistís: “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto? Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.

La casa de Israel anda diciendo: “No es justo el proceder del Señor”. ¿Es injusto mi proceder, casa de Israel? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto? Pues bien, os juzgaré, a cada uno según su proceder, casa de Israel ‑oráculo del Señor Dios‑. Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos, y no tropezaréis en vuestra culpa. Apartad de vosotros los delitos que habéis cometido, renovad vuestro corazón y vuestro espíritu. ¿Por qué habríais de morir, casa de Israel? Yo no me complazco en la muerte de nadie ‑oráculo del Señor Dios‑. Convertíos y viviréis» (Ez 18,1-32).

En esta prohibición de las imágenes es necesario tener en cuenta la diferencia entre el contenido y la finalidad del precepto. La Iglesia no sigue ahora el contenido de este precepto, pero sí la finalidad que consiste en que los hombres no vuelquen sus corazones a otro objetivo que no sea Dios. En aquel momento, por el entorno en que vivía el pueblo de Israel, era necesario rechazar los ídolos que empleaban los demás pueblos y que adoraban como verdaderos dioses. En ese momento se prohíben las imágenes para evitar la idolatría. La Iglesia puede defender y vivir con claridad el monoteísmo sin necesidad de prohibir las imágenes, porque es claro que Dios no es algo material sino espiritual; y ahora -especialmente después de la encarnación del Hijo, que es «icono» del Padre (Col 1,15)- las imágenes ayudan a hacerse una idea de un Dios espiritual que lo transciende todo. La Iglesia respeta la finalidad del mandamiento, pero no sigue la materialidad que ya no es necesaria, ni encaja con la manifestación visible de Dios en Jesucristo, que puede y debe ser representado en contra de las herejías iconoclastas que han surgido a lo largo de la historia de la Iglesia y que han querido eliminar las imágenes del culto y de la devoción cristiana. La Iglesia, con el poder de Jesús y siguiendo su enseñanza, tiene autoridad para interpretar y aplicar el mandamiento. Sucederá lo mismo con el mandamiento de santificar el sábado (v. 8-11).

Todo se resume en lo que dice Jesús a la samaritana: «Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad» (Jn 4,24).

[v. 7] Tercer mandamiento.

Para entender bien este mandamiento de no pronunciar el nombre de Dios en falso hemos de entender lo que supone el «nombre» de Dios para la Escritura: en el mundo bíblico el nombre es expresión de la realidad personal, que participa de su ser y lo hace presente. Por eso el nombre de Dios participa de la santidad de Dios y merece el respeto propio de Dios. Lo que pretende este mandamiento es preservar la santidad de Dios, del mismo modo que el primero salvaguarda la unicidad de Dios y el segundo su espiritualidad: Dios es uno y es espíritu. Este mandamiento quiere preservar la santidad de Dios de modo que quede claro que es trascendente, del todo diferente a nosotros, por lo que no podemos emplear su nombre para los asuntos e intereses de este mundo. Es un regalo inconmensurable de Dios el que haya querido darnos su nombre para que lo podamos conocer e invocar como muestra de su relación con nosotros (recuérdese lo dicho a propósito de Ex 3), pero no para que lo usemos a nuestro capricho y sin respeto.

En el mundo en que vivía Israel, el valor del nombre de Dios es tal que en la resolución de los conflictos se empleaba el juramento por el nombre de Dios, de modo que ese juramento se consideraba como prueba suficiente de la sinceridad del testimonio. Lo que quiere impedir este mandamiento es que utilicemos la realidad divina, representada por el nombre, para nuestras conveniencias e intereses. Lógicamente también prohíbe el perjurio y el uso del nombre de Dios para la adivinación y la magia, lo que era frecuente en los pueblos vecinos. Lo mismo ratificará Jesús:

También habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus juramentos al Señor». Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno (Mt 5,33-37).

Por un lado hay que recordar constantemente las palabras del Shemá (Dt 6,4-9) que recoge el nombre de Dios, para que Dios esté presente en todas las realidades humanas (de camino, acostado y levantado), pero no se puede emplear para los intereses humanos. De tal modo quieren respetar el nombre de Dios que se prohíbe pronunciar el nombre de Yahweh y lo sustituyen por otros nombres que aluden a la divinidad: el Altísimo, el Todopoderoso, el Señor…, más tarde el Bendito, el Eterno…, y hasta Jesús lo emplea en el juicio ante el Sanhedrín: «Veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo» (Mc 14,62). Las cuatro letras que constituyen el nombre de Yahweh (sin contar las vocales) se consideran sagradas y no se pronuncian.

[vv. 8-11] Cuarto mandamiento.

Se trata de las normas sobre el sábado, como el día sagrado dedicado a Yahweh. No se trata de un precepto propio y exclusivo del pueblo de Dios: en Mesopotamia también había un día descaso cada siete días. Lo que es específico de Israel es el modo de interpretarlo y justificarlo.

Para el pueblo de Dios la importancia del sábado está en función del primer mandamiento: el Dios único al que hay que amar con todo el corazón se merece que un día dejemos las tareas y las preocupaciones mundanas y nos dediquemos sólo a él. Es tan importante este día dedicado a Dios que no sólo deben cumplirlo los humanos, sino que también afectaba a los emigrantes que estaban en su tierra y a los animales.

Podemos ver como se presenta este precepto en tres momentos de la historia del pueblo de Dios, aunque aparece con mucha más frecuencia:

En el mismo Éxodo se explicita más este mandato:

El Señor habló a Moisés: «Di a los hijos de Israel: Guardaréis mis sábados, pues el sábado es una señal entre yo y vosotros, de generación en generación, para que sepáis que yo soy el Señor que os santifica. Guardaréis, pues, el sábado, porque es un día santo para vosotros. El que lo profane es reo de muerte. El que trabaje será excluido de su pueblo. Durante seis días se trabajará, pero el día séptimo es sábado, día de descanso consagrado al Señor. El que trabaje en sábado es reo de muerte. Los hijos de Israel guardarán el sábado de generación en generación como alianza perpetua. Será señal perpetua entre yo y los hijos de Israel, pues en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, y el séptimo descansó y tomó respiro» (Ex 31,12-17).

El sábado es un signo de la relación entre Dios y su pueblo: es un día santo que le pertenece al Señor.

Lo encontramos también en los profetas:

Esto dice el Señor: Guardaos muy bien de transportar cargas en sábado y de meterlas por las puertas de Jerusalén. Tampoco saquéis carga alguna de vuestras casas en sábado, ni hagáis ningún tipo de trabajo. Antes bien, reconoced la santidad del sábado, tal como ordené a vuestros padres (Jr 17,21-22).

No es día de trabajo, de transportar ni de mercadear.

Así se expresa este mandamiento cuando vuelven del destierro de Babilonia, y hay que exhortarles a que respeten el sábado:

Por aquellos días me di cuenta de que en Judá había algunos que en sábado pisaban en los lagares, acarreaban los haces cargándolos sobre asnos, e incluso transportaban vino, uva, higos y toda clase de mercancías, para traerlos a Jerusalén en día de sábado, y los amonesté por ponerse a vender ese día sus productos. También algunos tirios que vivían en la ciudad traían pescado y toda clase de mercancías, y las vendían a los judíos en Jerusalén en sábado. Yo reprendí a los jefes de Judá, diciéndoles: «¿Por qué hacéis esto tan detestable profanando el día del sábado? ¿Acaso no fue esto lo que hicieron vuestros padres y por lo que Dios hizo caer sobre nosotros y sobre esta ciudad toda esta calamidad? ¡Y vosotros aumentáis el ardor de la ira divina contra Israel profanando el sábado!». Así pues, en cuanto la noche cubrió las puertas de Jerusalén, la víspera del sábado, ordené que se cerrasen las puertas, y que no se abrieran hasta después del sábado. Situé junto a las puertas a algunos de mis hombres para que no entrase carga alguna en día de sábado. Así pues, los mercaderes y los vendedores de todo tipo de productos pasaron la noche fuera de Jerusalén una o dos veces. Y los reprendí diciéndoles: «¿Por qué pasáis la noche delante de la muralla? Si lo volvéis a hacer, ordenaré que os detengan». Desde aquel momento no volvieron más en día de sábado. También ordené a los levitas que se purificasen y vinieran a guardar las puertas, para que se santificara el día de sábado. ¡También por esto, acuérdate de mí, oh Dios mío, y ten piedad de mí por tu gran misericordia! (Ne 13,15-22).

Hay un motivo teológico para guardar el sábado: Dios descansó el día séptimo (Gn 2,2-3). El descanso de Dios nos dice que hay un tiempo para descansar y un tiempo para trabajar, y Dios no ve en el trabajo el fin del hombre, sino un medio. El fin del hombre es el descanso: la familia, la conversación, la convivencia… y la dedicación a Dios.

Además, hay una razón práctica y humanitaria, que aparece en la lista de mandamientos del Deuteronomio: «No harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu buey, ni tu asno, ni tu ganado, ni el emigrante que reside en tus ciudades, para que descansen, como tú, tu esclavo y tu esclava» (Dt 5,14). Jesucristo le da un giro a la enseñanza del sábado: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27), de forma que el sábado es sagrado, pero el hombre es más sagrado aún.

Este mandamiento del sábado es importante porque está diciendo que Israel es un pueblo consagrado, distinto de todos los demás, que necesita un día para alabar a Dios, contemplar la belleza de su creación y cantar las alabanzas del que por su misericordia les sacó de la esclavitud.

Y esto vale perfectamente para nosotros que, por influencia de la importancia que el protestantismo le da al trabajo y a la productividad como signo de predestinación, hemos llegado a pensar que el trabajo es un fin en sí mismo, que el descanso o las vacaciones son un signo de pereza o de pecado. Se trata de un grave error, porque nosotros hemos nacido para gozar de Dios y de sus obras; y qué menos que tengamos un día para descansar y elevar nuestros ojos a lo alto. Ciertamente, la Iglesia comenzó enseguida a celebrar el domingo como el día sagrado y de descanso porque es el día de la resurrección del Señor, pero el sentido es el mismo: el hombre no puede enajenarse volcado exclusivamente en los trabajos cotidianos; no podemos vivir atados totalmente a esta tierra, sino que los bienes de esta tierra nos tienen que servir de trampolín para anhelar los del cielo. Necesitamos el domingo, no como un mero precepto que hay que cumplir, sino como una gracia que debemos disfrutar. Dios nos concede compartir con él su día, que es para nosotros el día de la Resurrección. Si para los israelitas el sábado era expresión de la alianza, para nosotros es expresión de la comunión con Dios. Estamos perdiendo, junto con el domingo, el ritmo espiritual de la semana: el jueves era el día de la Eucaristía, el viernes el día penitencial y del recuerdo de la pasión, el sábado el dedicado a María, el domingo el día de la resurrección, el miércoles se dedicaba al Espíritu Santo. Lo mismo que la liturgia de las horas nos permite estructurar de forma cristiana el día y romper el ritmo de las preocupaciones y trabajos e intercalar el tiempo de Dios, podríamos vivir semanalmente el ritmo de Dios estructurando los días de cara a él. Pero, especialmente, hay un día para dedicarnos a las cosas de Dios, y sin embargo lo dedicamos a multitud de tareas.

Jesús respeta el sábado: «Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura» (Lc 4,16); pero no lo absolutiza ni lo convierte en un ídolo. Cuando Jesús cura a la mujer encorvada, el jefe de la sinagoga regaña a los que se acercan al Señor para que cure en sábado: «Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata en sábado su buey o su burro del pesebre, y los lleva a abrevar? Y a esta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no era necesario soltarla de tal ligadura en día de sábado?» (Lc 13,15-16). En vez de ser un día consagrado a Dios y darle gloria, lo centran en los hombres para no hacer nada; pero el sábado es el día consagrado a Dios, para hacer el bien, para dar gloria, no de mera inactividad. La Iglesia ve la trascendencia del domingo cuando contempla «el domingo sin ocaso en el que la humanidad entrará en tu descanso»7. Tampoco el domingo sin ocaso será de inactividad, sino de plenitud y de gozo sin límite, permaneciendo en el Señor, ése será nuestro descanso.

· · ·

Estos cuatro primeros mandamientos, que están centrados en Dios, son más largos que los demás porque expresan lo específico de la revelación de Dios en el Antiguo Testamento, que resulta más novedoso y sorprendente en el entorno en que viven los israelitas -salvo el descanso sabático, aunque interpretado de forma nueva-, pero que también forman parte de la revelación natural. Los demás mandamientos serán más breves porque son fácilmente conocibles y comprensibles porque forman parte de la revelación natural comúnmente adquirida por otros pueblos: lo que cualquier hombre puede conocer desde la realidad de las cosas tal como han salido de las manos de Dios. El hecho de que todos estos mandamientos procedan de Dios por medio de la revelación natural y puedan ser comprendidos y aceptados por cualquier hombre es lo que permite que sean el fundamento de un orden social común, no sólo para los creyentes judíos o cristianos.

Lo más significativo de estos dos tipos de mandamientos es que Dios une estas dos realidades, las dos tablas de la ley: las obligaciones respecto de Dios y las obligaciones con los demás. Es algo que debemos conocer y recuperar: no hay verdadero respeto a la dignidad de la persona y amor al prójimo sin la referencia a Dios y el respeto a su ley; el fundamento último de la dignidad humana es la creación del hombre por Dios a su imagen y semejanza. Si olvidamos que estamos hechos para Dios, perdemos el fundamento de la dignidad de la persona y el horizonte de las obligaciones respecto a los demás. Por otro lado, no habría un auténtico amor, obediencia y culto a Dios si viviéramos en contra del respeto y del amor al prójimo que propone la segunda tabla de la ley: una religiosidad afectiva pero sin moral -que está de moda en la new age- no es auténtica. Los mandamientos que siguen sí aparecen en otros códigos de los pueblos que rodean a Israel. Son expresión clara de la ley natural. De este modo, el amor y el servicio a Dios se realiza de forma directa con los primeros mandamientos, pero también de forma indirecta con los últimos. Por lo tanto, los mandamientos que siguen no son meras normas para garantizar el orden de la sociedad, sino que son preceptos que, unidos a los primeros, expresan lo que un israelita debe hacer para mantener su alianza con Dios. Los deberes para con Dios se prolongan en los deberes para con el prójimo. Estos mandatos no se justifican con razonamientos morales, sino que simplemente expresan la voluntad de Dios de forma directa y concisa, porque tiene autoridad para imponerlos.


[v. 12] Quinto mandamiento.

Hay cuatro mandamientos para Dios, un mandamiento para los padres y cinco mandamientos para el prójimo. Este mandamiento, que está a caballo entre los que se refieren a Dios y los que se refieren al prójimo, es muy importante. En Israel, después de Dios, el honor se concedía a los padres, junto con la obligación de socorrerlos en caso de necesidad. Los padres se consideraban los representantes de Dios en la vida familiar. Se trata del único mandamiento que conlleva una bendición.

Naturalmente es un precepto de gran importancia social, radicado en la moral natural, que implicaba en Israel la obediencia a los padres, pero también a las tradiciones de la familia y de la tribu. Los padres eran el vínculo que unía al individuo con la colectividad. Por medio de los padres se creaba el vínculo con los hermanos.

Jesús mantiene este precepto del decálogo, y además reprocha con dureza a los escribas y fariseos que han deformado la voluntad de Dios sobre los padres por medio de tradiciones humanas, que bajo pretextos religiosos, anulan este mandamiento.

Moisés dijo: «Honra a tu padre y a tu madre» y «el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte». Pero vosotros decís: «Si uno le dice al padre o a la madre: Los bienes con que podría ayudarte son corbán, es decir, ofrenda sagrada», ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre; invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes (Mc 7,10-13).

Si para el Señor tiene tanta importancia el cuidado de los padres como un imperativo unido a la obediencia a Dios, podemos entender la fuerza que tiene lo que dice en otro lugar: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). El máximo exponente del amor humano, el amor a los padres, queda por debajo del amor y el seguimiento de Cristo. Y, aún así, el Señor respeta este mandamiento: es sobrecogedor descubrir que el Verbo promulga en el Sinaí las normas que luego va a cumplir encarnado en Nazaret. «Porque el Señor honra más al padre que a los hijos y afirma el derecho de la madre sobre ellos […]. Quien teme al Señor honrará a su padre y servirá a sus padres como si fueran sus amos» (Eclo 3,2.7); y Jesús «estaba sujeto a ellos» (Lc 2,51).

[v. 13] Sexto mandamiento. El fundamento no es sólo el mantenimiento del orden social, sino que el ser humano es imagen de Dios y su vida es sagrada. El ejemplo primero de esta dignidad de la vida humana defendida por Dios es el de Caín que mata a su hermano Abel, en el que Dios siente el deber de defender al que ha sido asesinado: «La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo» (Gn 4,10).

En el código de la alianza se incluyen preceptos complementarios a este mandamiento, que castigan los daños infligidos al prójimo por medio de la llamada «ley del talión»: «Si hay lesiones, pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal» (Ex 21,23-25). Lógicamente la condena del asesinato no incluye las muertes provocadas en combate. A pesar de la dureza que estas normas presentan a nuestra sensibilidad actual son enormemente humanitarias en su contexto porque impiden ir más allá en la venganza del daño recibido. Es una ley de justicia, insuficiente para la mentalidad del Nuevo Testamento (cf. Mt 5,38-39), pero humanamente comprensible. La revelación se va manifestando progresivamente hasta alcanzar su plenitud en Cristo, en normas incomprensibles para esta mentalidad primera: el hombre será juzgado por todo odio o insulto hacia su hermano, aunque quede oculto: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego» (Mt 5,21-22). Jesús abre este mandamiento, incluso a los enemigos (p. ej. en la parábola del buen samaritano (Lc 10,29-37)). Incluso cualquier ofensa es una transgresión de este mandato. Jesucristo ya no regula las relaciones entre israelitas, sino entre hijos de Dios.

[v. 14] Séptimo mandamiento.

Este mandamiento busca la paz y el orden en la familia, asegurar los derechos del hombre sobre la mujer y la legitimidad de los hijos.

En un mundo en el que era consentida la poligamia y en el que el marido estaba jurídicamente por encima de la esposa, había que garantizar que no se produjera la injusticia que supone el adulterio. La visión del mandamiento es materialista: sólo interesan los actos externos, no las intenciones o los pensamientos. El interés es más jurídico que moral: se busca más la justicia que la pureza. Se ve a la mujer como posesión del hombre: el adulterio se ve como apropiarse de algo que es propiedad de otra persona. En caso de adulterio el castigo era la condena a muerte para la mujer adúltera y para el cómplice.

Jesucristo profundiza toda esa visión y va más allá de lo meramente externo y jurídico: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). Jesucristo tiene otro concepto del matrimonio, no como toma de posesión de la mujer, y lo va a aplicar en las normas morales. Lo curioso es que esa concepción del matrimonio la busca antes de la ley de Moisés, en el significado inicial que tenía en el plan de Dios antes del pecado original: rechaza la poligamia y el divorcio, mostrando el matrimonio como unión plena entre el hombre y la mujer.

Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?». Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?». Él les contestó: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Pero yo os digo que, si uno repudia a su mujer ‑no hablo de unión ilegítima‑ y se casa con otra, comete adulterio» (Mt 19,3-9).

Nuestra mentalidad, aparentemente moderna, está volviendo a la idea del matrimonio antigua en que la mujer y el hombre son meros instrumentos, posesiones, partes de un contrato; no, como dice Jesús, un igual al que me uno de tal forma plena y permanente, con el que comparto y hago presente la bendición de Dios.

San Pablo va a sacar las últimas consecuencias de lo que supone esta concepción del matrimonio que excluye de forma más profunda el adulterio: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros» (1Co 3,16-17). No se trata de salvaguardar sólo la fidelidad en la vida conyugal, sino la pureza personal.

Ésta es la verdadera progresión en la concepción del matrimonio por medio de este precepto: pasar de defender la justicia de la mujer considerada como posesión, a valorar la unidad creada y bendecida por Dios hasta llegar el respeto de la santidad del matrimonio y del propio cuerpo. A partir de este texto de san Pablo comprendemos la ceguera moral de los que no ven mal alguno en este terreno porque «no hacen mal a nadie», porque todo se reduce, según ellos, al amor.

[v. 15] Octavo mandamiento.

Este mandamiento parte del derecho de propiedad, que es muy claro en la mentalidad del pueblo de Dios. Pero ese derecho no es absoluto porque los bienes de la tierra son dones de Dios para todos los hombres: Dios ha concedido los bienes naturales a toda la familia humana. Hay que salvaguardar los bienes del individuo como elementos indispensables para su sustento y el de su familia; pero si alguien ve en peligro su supervivencia puede apropiarse de los bienes de otro hombre, siempre que no sean imprescindibles para la supervivencia de este otro.

Jesús va más allá de ese mandamiento, que es de ley natural, condenando la avaricia: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes» (Lc 12,15). El Señor enseña que los bienes no aseguran la vida. La vida está por encima de los bienes; necesita bienes, pero no sólo de bienes materiales, sino también sobrenaturales. Los bienes materiales son un trampolín para adquirir los bienes espirituales, que son los importantes. El pan y el agua que los israelitas reciben en el desierto son símbolo del agua espiritual y del pan espiritual que es Cristo. El Señor lo va a hacer explícito en la respuesta al demonio las tentaciones: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4).

No nos creemos que nuestra vida no depende de nuestros bienes hasta tal punto que justificamos el aborto si no se puede ofrecer al niño concebido los bienes a los que tendría derecho y le privamos del bien más importante que es la vida; nos olvidamos de la providencia de Dios y no pensamos en los bienes sobrenaturales que le podemos ofrecer. Con mucha frecuencia los padres se preocupan de dar a sus hijos los bienes materiales, pensando que con eso se les garantiza la vida, y les privan de los bienes sobrenaturales y de la vida verdadera que necesitan.

En definitiva, el Señor nos invita a mirar a la meta de la vida que es la plena unión con Dios en el cielo: «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura» (Mt 6,31-33). Nos cuesta creer en esta promesa de Dios. El «no robarás» nos lleva a eliminar el ansia por poseer como si en ello nos fuera la vida, y a buscar poseer los verdaderos bienes que dan la vida eterna. Tiene mucho que ver con el mandamiento del sábado, que nos lleva a ir más allá de los trabajos y preocupaciones ordinarias para buscar el encuentro con Dios y anhelar el domingo sin ocaso.

[v. 16] Noveno mandamiento.

En principio, este mandamiento se refiere al testimonio que se da en el ámbito judicial: el testimonio solemne del que depende la sentencia justa o injusta a un hombre acusado de un delito. También los pueblos cercanos tienen clara las consecuencias de este mandato. Así el código de Hammurabi, escrito en Babilonia el siglo XVIII aC, dice: «Si un hombre ha recriminado a otro y arrojado sobre él el maleficio, pero no le ha convencido de culpa, el que lo recriminó será reo de muerte». También son repugnantes para la Escritura los falsos testimonios y la obligación del juez de evitar no sólo de beneficiar al rico, sino de ayudar al pobre (cf. Lv 19,12.14-15).

Seis cosas detesta el Señor,
y una séptima aborrece del todo:
ojos altaneros, lengua mentirosa,
manos que derraman sangre inocente,
corazón que maquina planes perversos,
pies que se apresuran tras la maldad,
testigo falso que proclama mentiras
y hombre que siembra discordias entre hermanos (Pro 6,16-19).

San Pablo ofrece la razón última de este mandamiento que no es sólo la injusticia que supone, sino que somos miembros unos de otros y no podemos atentar contra la dignidad de un miembro del mismo cuerpo:

Renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas. Por lo tanto, dejaos de mentiras, hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros (Ef 4,23-25).

Jesucristo, como siempre, va a la raíz del problema: la mentira proviene del padre de la mentira: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo porque es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44).

[v. 17] Décimo mandamiento.

Este último mandamiento no prohíbe actos externos como los anteriores, sino que condena los deseos del corazón. Aquí ya vemos que no son sólo las acciones externas lo que ofende a Dios y lo que ofende a los demás, sino también los deseos. Ciertamente no es fácil determinar desde fuera los pecados contra este mandamiento porque el juez de los deseos es la propia conciencia del individuo y Dios como juez soberano que conoce el corazón de cada hombre. Este mandamiento está conectado con el octavo, porque el hurto surge de la codicia.

Los bienes del prójimo son su casa con todo lo que contiene, con todo lo que implica en el lenguaje bíblico: en primer lugar, la esposa, luego los siervos, los animales… todo. En la lista de los mandamientos del Deuteronomio coloca a la mujer en primer lugar y antes de la casa: «No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, su campo, su esclavo o su esclava, su buey o su asno, ni nada que sea de tu prójimo» (Dt 5,21).

Hay que tener en cuenta que en la mentalidad del Antiguo Testamento el prójimo no es cualquier persona que se acerca a él, no abraca a todos los seres humanos, sino a alguien que pertenece como él al pueblo de Israel. De modo que este mandamiento, como otros, no rige para los que no pertenecen al pueblo de Dios.

· · ·

Hay que tener en cuenta que la lectura de los mandamientos que hace la Iglesia depende de la progresión de la revelación que llega a plenitud en Cristo, y que completa y corrige la interpretación de los mandamientos de Moisés.

Nuestro decálogo suprime el segundo de los mandamientos, el que aparece en los vv. 4-6 sobre las imágenes de los ídolos. Para nosotros queda claro con el primer mandamiento que hay un solo Dios verdadero, y no nos está vedado hacer representaciones de Jesús, de los santos, de escenas bíblicas, etc., que nos ayuden a la adoración de Dios por medio de imágenes (no para adorar imágenes como si fueran dioses).

Nuestro decálogo corrige el mandamiento del descanso sabático y sustituye el día de descanso por el domingo, y no bajo pena de muerte.

Del último mandamiento, del de la codicia de los bienes del prójimo saca dos: la codicia sexual que se expresa en pensamientos y deseos impuros y la codicia material que abarca los bienes ajenos. De tal manera que tras eliminar el segundo mandamiento y desdoblar el décimo, tal como aparecen en el Éxodo, nuestros diez mandamientos tienen esta numeración y esta formulación:

1º Amarás a Dios sobre todas las cosas.

2º No tomarás el nombre de Dios en vano.

3º Santificarás las fiestas.

4º Honrarás a tu padre y a tu madre.

5º No matarás.

6º No cometerás actos impuros.

7º No robarás.

8º No dirás falso testimonio ni mentirás.

9º No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

10º No codiciarás los bienes ajenos.

Los mandamientos son expresión de la ley natural, la que el hombre puede conocer con la razón a partir de la creación; pero el pecado oscureció la capacidad de reconocer fácilmente y sin error esta ley natural, por eso fue necesaria que la ley natural fuera revelada solemnemente en la alianza del Sinaí, para que todos pudieran conocerla sin dificultad. Es necesario tener en cuenta que también la adoración a Dios forma parte de la ley natural porque forma parte de la naturaleza humana ya que hemos sido creados para la relación con Dios. No podemos eliminar nuestros tres primeros mandamientos de la ley natural, como si fueran un añadido sólo para los creyentes; aunque resulten una novedad dentro de las religiones de los pueblos que rodean a Israel. Los mandamientos referidos a la convivencia humana sí aparecen formulados en las legislaciones de los pueblos vecinos, incluso con matices valiosos; pero ninguna de esas otras formulaciones es tan clara y sintética, liberada de muchos otros preceptos, de modo que estos diez mandamientos suponen un verdadero culmen de la moral en la historia de la humanidad.

Sorprende que aquellos hebreos, que no tenían una cultura tan desarrollada como los pueblos de su entorno, sin embargo, fueron capaces de expresar con claridad estos valores. Fueron capaces porque estos mandamientos no proceden de su sabiduría y de su capacidad, sino que les fueron revelados a pesar de ser un pueblo con una cultura tan tosca, como podemos comprobar al ver a los profetas luchar contra la dureza de cabeza y de corazón de este pueblo. La proclamación tan clara y rotunda de la unicidad, de la trascendencia y de la santidad de Dios sólo se explica adecuadamente por la vía de la revelación, no por el temperamento o las capacidades de Israel, en muchas cosas inferior a otros pueblos contemporáneos. Dios los escogió para la misión de transmitir estos mandamientos no por sus capacidades, sino por puro amor (Dt 7,7-8).

Esta moral tan alta les hizo distintos de los demás pueblos y les granjeó no pocas incomprensiones y rechazos (cf. 1Mac 1,11). La visión tan clara de lo que estaba prohibido era desconcertante para los otros pueblos, como los invasores griegos o romanos.

El Decálogo es de un valor moral sin igual en la antigüedad, y ningún conjunto de leyes anterior al cristianismo puede comparársele […]. Por ello ha constituido siempre la carta magna del orden social en todas las sociedades humanas8.

Jesucristo, en el sermón del monte, manifiesta que él está por encima de la ley de Moisés, de modo que tiene poder para interpretarla y corregirla, aunque no pretende anularla. Varios mandamientos de la alianza del Sinaí son interpretados con plena autoridad por Jesús llevándolos a su pleno significado para nosotros. Nuestra fe cristiana supera la expresión máxima de la ley natural en los diez mandamientos revelados en el Sinaí:

No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano «imbécil», tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama «necio», merece la condena de la gehenna del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna.

Se dijo: «El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio». Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer ‑no hablo de unión ilegítima‑ la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus juramentos al Señor». Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.

Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo, diente por diente». Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.

Habéis oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo» y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,17-48).

La ley de la antigua alianza no queda eliminada por la ley nueva, más bien es su sustento; pero la ley evangélica va mucho más allá de la antigua, de manera que el Señor no viene simplemente a ratificar lo que se le reveló a Moisés en el Sinaí, sino a darle plenitud e incluso a corregir algunas cosas porque hay cosas que las dijo Moisés a causa de la tozudez del pueblo de Israel (cf. Mt 19,8-9).

Para entrar en el reino de los cielos hay que ir más allá del cumplimiento raquítico de la letra de la ley revelada a Moisés, tal como hacían los escribas y fariseos: hay que buscar la justicia mayor de los mandamientos llevados a todas sus consecuencias tal como enseña Jesucristo. A veces en la vida cristiana sólo aspiramos a la letra y al mínimo de los mandamientos («no robo, no mato»), sin darle la hondura que alcanzan con la revelación de Jesucristo: amar al enemigo, evitar cualquier insulto, todo juramento y cualquier mal deseo. Lo que nos propone el Señor en el Nuevo Testamento no es ser buenos, cumplir con una moral meramente natural -tan pisoteada en nuestro tiempo, por otra parte-, sino a la perfección. Lo que, contagiados por el espíritu del mundo, nos parece el sumun de la exigencia moral (los diez mandamientos) es sólo el inicio de la vida cristiana que tiene que llegar a la plenitud del amor que se manifiesta en la misma vida de Cristo: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (J 13,34. Es triste que los cristianos en muchas ocasiones aspiremos sólo a lo que puede alcanzar cualquier persona de buena voluntad con sentido común.

La clave del sermón del monte, que distingue la moral del Nuevo Testamento de lo revelado en el Sinaí, es la caridad sobrenatural. Por eso, la nueva ley son las Bienaventuranzas, que no se conforman con prohibir el pecado, sino que invitan a un horizonte moral tan elevado que sólo es posible con la gracia de Dios. Mientras que en los mandamientos del Sinaí se ofrecen una serie de normas para que el pueblo de Israel no conculque su opción por Dios, en la moral neotestamentaria prima el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (cf. Rm 5,5).

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.


NOTAS

  1. San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo, libro segundo, 7, 11.
  2. San Juan de la Cruz, Poesías, 1.
  3. San Juan de la Cruz, Poesías, 5.
  4. Misal Romano, rito de comunión, n. 131.
  5. «Hay muchos que desean pasar adelante y con gran continuación piden a Dios los traiga y pase a este estado de perfección, y, cuando Dios los quiere comenzar a llevar por los primeros trabajos y mortificaciones, según es necesario, no quieren pasar por ellas, y hurtan el cuerpo, huyendo el camino angosto de la vida (Mt 7, 14), buscando el ancho de su consuelo, que es el de la perdición (ib. 7, 13), y así, no dan lugar a Dios para recibir lo que le piden cuando se lo comienza a dar» (San Juan de la Cruz, Llama B, canción 2ª, 2).
  6. Éstos son los temas, de muy diversa índole, sobre los que legisla este código de la alianza: 1) Ley sobre el altar (Ex 20,22-26); 2) Sobre los esclavos (21,1-11); 3) Delitos de muerte (21,12-17); 4) Lesiones corporales (21,18-32); 5) Responsabilidades en el trabajo (21,33-22,14); 6) Seducción de una muchacha soltera (Ex 22,15-16); 7) Delitos de muerte (22,17-19); 8) Leyes sociales y religiosas (22,20-30); 9) Legislación judicial (23,1-9); 10) Año sabático y día del sábado (23,10-13); 11) Festividades y otros cultos (23,14-19); 12) Exhortación y promesas (23,20-33).
  7. Misal romano, prefacio dominical X.
  8. A. Clamer, Exode (La Sainte Bible), Paris 1956, 183.