Descargar este documento en formato Pdf
1. Apostolado propio del contemplativo en general
Nos encontramos en este retiro no como principiantes en la fe, sino como discípulos que ya han recorrido un buen tramo del camino. Conocemos al Señor, lo hemos experimentado, lo hemos seguido, y estamos aquí porque deseamos ir más lejos y más a fondo, porque no nos conformamos con una fe superficial, sino que queremos vivir con autenticidad el llamamiento que hemos recibido a identificarnos con Cristo y a comprometer nuestra vida en su seguimiento.
Este retiro tiene que servirnos para contemplar al Señor y revisar, a su luz, nuestro compromiso personal, concreto y real con Cristo y con su Iglesia. Porque hemos de vigilar para no caer en un compromiso genérico o simbólico, sino dar una respuesta libre, total y fiel al don de la gracia y del amor que hemos recibido. Para lo cual debemos dejar a un lado nuestros proyectos, deseos, intuiciones, manías.
Y esa respuesta no puede limitarse a un compromiso «espiritual» de oración y de actividades espirituales (como Ejercicios, retiros, etc.), cuyo objetivo es nuestro propio beneficio, por mucho que sea un beneficio «espiritual». Como tampoco puede quedarse en la actividad por la actividad, que es el extremo contrario. La clave está en que renunciemos a nuestro propio beneficio, porque ésa es la tentación, aunque se trate de un beneficio espiritual, apostólico o caritativo.
La fe que hemos abrazado no es solo una adhesión intelectual o meramente espiritual, ni un conjunto de prácticas piadosas. Es una alianza de amor con el Señor que nos amó primero. Como dice san Pablo:
Nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos (2Co 5,14-15).
No vivimos ya para nosotros. Vivimos para Cristo. Nuestra vida le pertenece, al igual que nuestro tiempo, nuestros dones, nuestras decisiones, nuestros afectos, nuestros proyectos… Todo es suyo. Y eso, que lo entendemos con la cabeza y lo deseamos, lo tenemos que convertir en una realidad constatable.
El compromiso personal con Cristo no es algo abstracto, ni algo bonito que se dice de palabra, sino la entrega real de todo lo que somos y tenemos a él, que se plasma en un comportamiento concreto, firme y perseverante, que transforma nuestra vida y la vida de los que nos rodean de manera real y constatable. Y si no transforma nuestra vida y nos convierte en cauces de transformación para los demás, nuestro compromiso no es verdadero.
La contemplación del Señor nos descubre que la razón de nuestro compromiso no puede ser fruto de una decisión arbitraria que tomamos, sino la consecuencia natural del don inmenso que hemos recibido, que es la gracia de la fe, como llamamiento personal de Dios a la santidad, en forma de experiencia viva del amor infinito de Dios. De forma que todo lo que decidamos y hagamos debe partir de esa realidad, proyectando así el don de Dios en nuestra vida, y, a través de nuestra vida, en los demás. Para lo cual hemos de evitar proyectar en nuestra vida nuestros propios deseos, afanes, ilusiones, proyectos, pensamientos, etc. Si Dios nos ha dado una gracia singular debemos preguntarnos con sinceridad y humildad qué hacemos con esa gracia: ¿pretendemos quedarnos con ella para nosotros, sin consumirnos por compartirlo con los demás? Porque sólo hay dos opciones: o utilizamos esa gracia para nuestro beneficio -aunque sea un beneficio espiritual- o nos consumimos por compartir la gracia con los demás. La clave está en si estamos dispuestos a consumirnos por Dios o nos vamos a consumir por algo o por alguien que no es Dios.
Todo esto es lo que san Pablo nos recuerda con fuerza en su carta a los Gálatas:
Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó [a la muerte] por mí (Gal 2,20).
¡Cristo se entregó a la muerte por mí! Y lo hizo por amor, por un amor extraordinario, personal, único, infinito, lleno de ternura, incondicional; un amor del que me ha hecho participar de manera real y constatable.
Y en su entrega de amor, me ha regalado participar de manera muy viva y real en su propia vida, muerte y resurrección, uniéndome inseparablemente a él y uniendo mi vida a la suya de tal manera que mi vida ya es la suya; y eso lo puedo experimentar tan vivamente que lo lleve a la vida de manera consciente y permanente. Tengo que vivir a Cristo en mí. No hay otra cosa. Y eso no se puede sustituir por nada.
Ese amor me llama a responder con una entrega libre, gozosa y confiada, no por obligación, sino por amor pues, como dice el refrán: «amor con amor se paga». Se trata, pues, de una respuesta de amor al Amor; de manera que, si yo puedo reconocer en mi vida esa gracia y puedo decir que Dios me ha dado su amor de forma real y constatable, tengo que poder decir que yo le he dado mi amor también de manera real y constatable y en la misma medida. Es verdad que no podemos responder con tanto amor como el que recibimos de Dios; pero «en la misma medida» no significa que devolvamos la misma cantidad de amor que recibimos de Dios, que es un amor infinito, sino que le demos todo nuestro amor al que nos da todo su amor. Aquel que se entregó por mí a la muerte merece que yo le dé todo y me entregue a él completamente.
Por lo tanto, si el Señor nos ha llamado, si hemos sido tocados por su amor, entonces tenemos una responsabilidad ineludible: corresponder a su amor y a su entrega con nuestro amor absoluto a él y la entrega de nuestra vida. Y una parte esencial de esa correspondencia consiste en dar testimonio de él, anunciarlo con la vida, compartir con los demás el don que nos ha dado. No se trata de airear la gracia de la conversión por todos los medios de comunicación posibles. Dios no nos da la gracia de su amor para que hagamos propaganda, ni de esa gracia -que es para nosotros solos- ni de nosotros, que la hemos recibido, porque eso no tiene ningún mérito por nuestra parte. Dios nos da esa gracia para transformar e iluminar nuestra vida y para que demos testimonio de él con esa vida renovada.
La gracia que hemos recibido no es para guardarla, sino para multiplicarla; y no como a cada uno se le ocurra o le animen o fuercen los demás, sino en estricta fidelidad a lo que esa gracia se orienta. Porque en la misma experiencia que tenemos de Dios él nos ofrece la orientación de lo que tiene que ser en concreto nuestra vida y nuestro testimonio. Y no podemos inventar, ni improvisar, ni dejar que nos impongan el ser, la vocación y la misión que hemos recibido de Dios. Así es como nuestro compromiso con Cristo se convierte en misión. Una misión encarnada, cotidiana y concreta.
En ocasiones anteriores hemos tratado el asunto del apostolado propio del contemplativo, intentando dejar claros los aspectos específicos que tiene frente al apostolado al que estamos llamados todos los cristianos en general. Conviene que lo recordemos brevemente:
El punto esencial del que depende realmente la eficacia apostólica del contemplativo se basa fundamentalmente en su propia santidad; porque no aportamos una tarea, por buena y santa que sea, sino nuestro ser; pero no el ser «humano» con sus capacidades, sino nuestro ser sobrenatural, nuestro «ser-en-Cristo». Por eso podía decir acertadamente el padre Arrupe, que fue superior general de la Compañía de Jesús, que «un santo será siempre más útil a la Iglesia que un ejército de jesuitas». En un mundo como el nuestro, alguien tiene que coger el testigo de esa eficacia; porque hay infinidad de urgencias, pero nada sustituye a la santidad. Un santo puede estar postrado en una cama y es eficaz, no porque haga más o menos, sino por su ser, que es lo que él aporta. La gracia que hemos recibido nos da ese ser; y, si nosotros, en vez de rescatar y vivir fielmente ese ser y aportarlo a la Iglesia y al mundo, nos dedicamos a hacer otra cosa, por buena que sea, estamos impidiendo que se realice lo que Dios quiere hacer a través de nosotros. La santidad es lo esencial, lo más importante, y no se puede sustituir por ninguna otra realidad; por el contrario, de la santidad surge todo lo demás: proyectos, compromisos, acciones, obras apostólicas o de caridad, todo, absolutamente todo lo demás.
En este sentido, hemos de tener en cuenta que el llamamiento que Dios nos hace a ser totalmente suyos por amor -santos, en definitiva- pone en marcha la vida contemplativa, y no sólo provoca un fuerte anhelo de Dios, sino también el anhelo de colaborar con él en la tarea de la salvación del mundo, de modo que el apostolado se convierte en una parte esencial de la necesidad de entrega al Señor y a los demás con él.
Además, esta gracia inicial confiere una nueva visión que permite descubrir también en los demás la acción de la gracia de Dios, la presencia de la tentación y del pecado y el plan de Dios sobre cada persona. Esa visión de la acción de Dios y del mal en las almas nos hace comulgar con el dolor de Cristo y aviva el anhelo de aportar a los demás la luz que hemos recibido de Dios.
Conscientes de todo esto debemos rechazar la tentación de limitarnos a disfrutar de la gracia y evitar el compromiso de unirnos a la entrega de Cristo por la salvación del mundo. Resulta muy atrayente la posibilidad de disfrutar de los frutos sensibles de la presencia de Dios sin lanzarme a entregarme a Cristo y a dar mi vida en la cruz por la salvación del mundo. Pero la eficacia del apostolado del contemplativo está en dar a otros la vida nueva que he recibido. La realidad es que, si soy un mediocre o un pecador, la gracia de Dios me da la capacidad para ser santo, con mucha lucha y esfuerzo; pero puedo emplear esa misma capacidad para destacar entre los mediocres sin mucho esfuerzo. Y esa tentación es muy difícil de resistir.
Hay tal conexión entre el apostolado y la llamada de Dios a la santidad y a la unión con él, que la calidad de este apostolado contemplativo se convierte en una clara señal de la autenticidad de la respuesta a la llamada de Dios1.
Ya vimos que la intercesión constituye un elemento esencial del apostolado del contemplativo; y no consiste en el habitual: «rezaré por ti», para conformarme con recitar unas oraciones por esa persona o situación. En realidad, eso es una trampa, porque me permite pensar que estoy haciendo algo, cuando, en realidad, no respondo a lo que realmente se necesita, que pasa por pagar el precio de la gracia. Esto es tan cierto que, si no abrazamos de forma consciente y generosa la intercesión como nuestro trabajo apostólico concreto y de manera real, pagando el «precio» de la gracia, seremos como el sacerdote que no celebra misa, el monje que no reza, o la religiosa que se dedica a negocios mundanos en lugar de a obras apostólicas o de caridad. Por eso, hemos de exigirnos la misma responsabilidad que esperamos que tengan en su misión el sacerdote, el monje, el misionero o el médico. Según esto, no sería comprensible que el contemplativo -secular o monástico- se dedique a multitud de obras buenas catequéticas, litúrgicas o caritativas y abandone su tarea específica que es la intercesión. Esa responsabilidad nos obliga a saber en qué consiste la intercesión y cómo debemos realizarla, cargando con la salvación de una persona y pagando el «precio» correspondiente, lo que nos lleva necesariamente a contemplar a Cristo a fondo, para unirnos a su intercesión permanente en favor de la Iglesia y del mundo2. A ello nos puede ayudar mucho la contemplación de Jesús en la oración del Huerto, que constituye una escuela de lo que es la misión del Señor y la nuestra, y una llamada a compartir su mismo ministerio salvador con las mismas motivaciones y actitudes con las que él lo lleva a cabo. Todos se fijan en la cruz y adoran a Cristo crucificado, pero ¿cuántos descubren y se unen a la pasión del Señor que ya se está realizando en el Huerto de los olivos?
Recordemos que la verdadera intercesión no tiene nada que ver con dedicarnos a informar a Dios de lo que ya conoce o convencerle de que haga un bien que no quiere hacer. Mientras hacemos eso, que es ofensivo para Dios, se queda sin hacer la parte que nos corresponde. Se trata de sintonizar con el deseo del corazón de Cristo y poner por nuestra parte lo necesario para ser instrumentos de su gracia, tal como podemos ver que hace la Virgen María en las bodas de Caná3.
Necesitamos, por tanto, conocer y practicar el verdadero proceso de la intercesión, que nace de una tensión permanente de fe que ve la presencia, el amor y la voluntad de Dios en todas las realidades, sin excepción. La intercesión no se despacha con ofrecer un misterio del rosario por una persona a la que le hemos dicho que rezaremos por ella. Para «interceder» de verdad tengo que ver en esa persona a Cristo doliente, descubrir lo que quiere Dios para esa persona y lo que quiere de mí en esa situación, reconociendo la presencia y el amor de Cristo en esa circunstancia, para hacerme cargo del problema, poniendo lo que falta para que el Señor actúe. Y si no sé lo que falta, no lo podré poner y no podré interceder. Con esa actitud, cuando me encuentro con una necesidad concreta y soy un «profesional» de la intercesión, puedo percibir, más allá de las apariencias, el verdadero problema y la auténtica necesidad que están frente a mí, que probablemente no es lo que esa persona me manifiesta o lo que los demás pueden percibir, sino la que el Señor está viendo. Y entonces puedo descubrir con realismo y humildad lo que tengo que hacer, consciente de que la auténtica solución de todo ello no está en mi mano. Experimento, entonces, que Dios me llama a colaborar con él, haciendo mía la situación, pero siendo consciente de mi impotencia para hacer nada sobrenaturalmente eficaz a partir de mi iniciativa y mis capacidades. Así, manteniendo la fe en que es Dios el que hace lo que es imposible para mí, le dejo actuar y realizo el acto concreto que manifiesta mi fe, mi confianza, mi compromiso y mi incapacidad, pagando el precio en ese acto que puede parecer ineficaz o absurdo, pero que manifiesta que creo que Dios actúa a través de mi pobreza y mi amor. Pero la eficacia sobrenatural del proceso de la intercesión sólo se da cuando uno está anclado permanentemente en la fe y vive de la oración4.
2. Apostolado específico del contemplativo secular

Todo esto de lo que venimos tratando se refiere principalmente al marco apostólico general del contemplativo; porque todo el que está marcado por la gracia de este llamamiento personal a la santidad está llamado a esta misión peculiar. Esto es común tanto al contemplativo monástico como al secular, y se centra principalmente en dar una respuesta eficaz ante personas y situaciones con los que se encuentra y en los que descubre una necesidad concreta de gracia o de conversión. Un ejemplo muy claro es la tarea de intercesión que se impuso santa Teresa del Niño Jesús para lograr la conversión del asesino Pranzini, que se convirtió en su primer «hijo»5.
Se trata, pues, de responder a realidades que le salen al encuentro al contemplativo, ya viva en un monasterio o en el mundo, imponiéndosele a él como un encargo que Dios le hace por medio de la visión que le ha dado sobre esas realidades. La gracia propia de la vida contemplativa y del llamamiento a la santidad comporta una visión que permite percibir unas determinadas necesidades, según la mirada del Señor, y poder responder a ellas. Quien no tiene esa visión no puede responder adecuadamente; pero quien las ve -y están por todas partes- puede reconocerlas como diferentes «encargos» apostólicos o responsabilidades que le ofrece el Señor, como invitación a ayudarle en la obra de la santificación de determinadas personas. Pero el monje no va por la calle, no trabaja en una fábrica, ni vive en familia o participa de la vida parroquial. En todos esos ámbitos hay multitud de gracias de conversión con las que Dios responde a tantas necesidades humanas con las que nos encontramos y para las que cuenta con la colaboración de aquel a quien previamente ha transformado para colocarlo en ese lugar, capacitarlo para ver y hacerlo instrumento de esa salvación.
Como le sucedió a santa Teresa del Niño Jesús, el anhelo apostólico del contemplativo -monje o secular- le tiene que empujar ansiosamente a convertirse en instrumento eficaz para la salvación de aquellas almas de las que le llega noticia que necesitan de una gracia especial o que Dios se las encomienda de alguna manera; pero lo propio del contemplativo secular es que ese apostolado depende de su propia fe y actitud, es decir, que asume su responsabilidad apostólica como inquietud y pasión permanente de rescatar las gracias de conversión y de santidad que Dios derrama a su alrededor y que se perderían sin una especial intervención por su parte.
La joven Teresa se enteró de la situación del asesino impenitente porque su caso salió en todos los periódicos, y todos en Francia, seglares, religiosos o monjes, pudieron conocer los pormenores del asunto. Y así ella conoció los datos que le permitirían saberse responsable de la conversión del conocido criminal. Pero si, en vez de ser alguien famoso, se hubiera tratado de una persona común y corriente, alejada de Dios y llamada especialmente por él a la salvación, ¿quién estaría ahí para reconocer esa gracia y mediar en su conversión? Ahí no puede llegar el monje, tampoco llega de ordinario un cristiano corriente porque no lo ve. Ése es, precisamente, el ámbito apostólico específico del contemplativo secular. Y nadie lo asume. Dios está dando gracias a nuestro alrededor y parece que no nos importa o sólo nos dedicamos a potenciar las gracias que recibimos como un lujo personal.
Deberíamos tener muy presente que las gracias de conversión las da Dios para la conversión y nada más; para que construyamos una vida según su voluntad. Al comienzo de la Iglesia, Dios da unas gracias extraordinarias que vemos en los Hechos de los Apóstoles para lograr la conversión de la primera comunidad de creyentes y así poner en marcha la Iglesia; pero una vez que se ha puesto en marcha ya no se necesitan esas gracias extraordinarias. Es verdad que hay movimientos que buscan recuperar esa efusión de gracias sensibles, pero eso es algo innecesario y un retroceso, porque son gracias para otro momento y otras necesidades; y no podemos pretender vivir la vida cristiana apoyados permanentemente en experiencias sensibles de la gracia, lo cual es un signo de inmadurez espiritual. Aquella comunidad primera necesitó tantas gracias extraordinarias porque era una Iglesia inmadura. También nosotros cuando recibimos la gracia sensible que nos empuja y sostiene de forma extraordinaria somos absolutamente inmaduros. Sólo cuando asentamos la gracia en la aceptación real y concreta de una vida conforme a esa gracia, sin el apoyo sensible, gustoso y cómodo de la gracia, empezamos a ser realmente cristianos, demostrando que nos importa la vida cristiana, no la gracia como una especie de lujo espiritual. Y en este punto es donde realmente nos importa nuestra santidad y la santidad del hermano, porque le importa al Señor.
Lamentablemente, hemos de reconocer que nada de esto se está haciendo en la vida secular, tan ocupados como estamos en hacer multitud de cosas. Prueba de ello es que ni siquiera asumimos esta tarea quienes nos reconocemos contemplativos en el mundo o pertenecemos a una asociación que en teoría se dedica a eso. Por eso, por ejemplo, cuando un hermano lo pasa mal nos conformamos con darle buenos consejos y rezar orar por él, pero no vemos su situación con los ojos de Dios, ni somos conscientes de que estamos ahí para pagar el precio de lo que se está jugando, que es su santidad. Y si no pagamos el precio, aunque aconsejemos y recemos, nos convertimos en un obstáculo para la obra de santificación que pretende el Señor, porque realmente no aspiramos a la santidad del prójimo como fruto del milagro que él quiere hacer, y nos limitamos a «hacer» algo para ayudar a que las cosas vayan mejor. Y cuando vemos a alguien claramente «tocado» por la gracia, que tiene una necesidad apremiante de ayuda, de discernimiento o de impulso, lo más que se nos ocurre es darle algún consejo superficial o sugerir a esa persona que hable con un director espiritual capaz. No nos damos cuenta de que estamos ahí para algo más, que debemos mirar a esa persona con los ojos de Dios y conocer con exactitud qué quiere de ella, saber qué nos pide a nosotros en esa ocasión y dar la respuesta que nos convierta en instrumentos de la acción extraordinaria del que realmente realiza la conversión de los corazones. Al no buscar esa visión sobrenatural que Dios quiere darnos, no sabemos qué hacer con esa gracia, ni siquiera cuando la tenemos delante.
Éste es, ni más ni menos, el drama de la gracia que se pierde porque nosotros estamos en otra cosa, porque nos falta la verdadera fe. Quizá hemos recibido formación, ayudas y medios de todo tipo, pero cuando nos encontramos con alguien que recibe la gracia de la conversión nos conformamos con decirle que debe tomarse en serio el asunto y que rezaremos por su conversión, pero no nos planteamos que somos nosotros los que nos lo tenemos que tomar en serio y ver qué hacemos con la gracia de esa persona y con la gracia que nosotros hemos recibido. ¿Dónde estaríamos nosotros si cuando estábamos en esa misma situación nos hubieran dado nuestra respuesta superficial y no hubiéramos recibido tantas ayudas y tantos medios como se nos han dado? ¿Cómo vamos a hacer discernimiento de los demás si nosotros no hacemos habitualmente discernimiento en nuestra vida? ¿Cómo vamos a valorar que no se pierda la gracia en los demás si estamos malgastando la nuestra porque nos dedicamos a mil cosas que nada tienen que ver con aquello a lo que el Señor nos llama?
Estas funciones peculiares de intercesión y apostolado eficaces sólo las pueden realizar los que tienen esa capacidad, que son propiamente los contemplativos. Y si éstos no las realizan, se quedan sin hacer. Es probable que hagamos otras muchas cosas, que las hagamos muy bien y hagamos mucho bien con ellas; pero Dios nos pedirá cuenta de la falta de santidad o de la condenación de esas personas que él puso a nuestro alcance para que reconociéramos su gracia y les ayudáramos a hacerla fructificar.
Por eso, es necesario que reconozcamos que la gracia que hemos recibido no es para nuestro disfrute personal y egoísta y que nos planteemos en qué medida nuestra vocación contemplativa secular comporta un apostolado específico y permanente que se pueda reconocer de manera realista y concreta, así como la responsabilidad que tenemos para con Dios en este sentido. Debemos tener claro por qué y para qué nos ha elegido el Señor, dándonos una gracia tan especial.
Para ayudarnos a comprender este apostolado podemos empezar por compararlo con situaciones comprensibles de la vida cotidiana, como es el caso de Adhara Pérez, una niña mejicana que con ocho años cursó brillantemente dos carreras universitarias; o el de Kouichi Cruz, un niño argentino que con trece años cursaba tres carreras universitarias y aprendía cuatro idiomas. Hay muchos casos como éstos. Pero también son muy frecuentes los casos de niños superdotados que fracasan en los estudios porque se aburren en clase y nadie reconoce su potencial o les ayuda a desarrollarlo. Un niño superdotado esforzándose puede hacer tres carreras universitarias; pero tendrá la tentación de estudiar tranquilamente en el instituto y ser el primero de su clase sin ningún esfuerzo. Eso puede resultarle muy atractivo, pero será un triste desperdicio de posibilidades.
Los que estamos ahora aquí quizá podemos reconocer precisamente que lo más significativo de nuestra vida es haber tenido una experiencia de Dios que es muy poco común entre los cristianos. No se trata de algo que hayamos elegido o se nos deba por nuestros méritos, como tampoco lo hemos logrado por nosotros mismos; todo lo contrario, normalmente se trata de un don que Dios concede a los menos capacitados y, por eso, más necesitados de ayuda. Lo cual debería plantearnos unas cuestiones de enorme importancia: ¿Qué hago con la gracia que recibo de Dios? ¿Me preocupa lo que sucede con esa gracia que han recibido otros y que se puede perder por desconocimiento, por no saber reaccionar a ella, o que se diluye en una vida cristiana rutinaria o mediocre?, ¿o me conformo con que esa gracia no se pierda en mí, que he recibido no sólo la gracia sino la ayuda necesaria para reconocerla y responder a ella? Si Dios me ha dado la capacidad de ser santo, contando con un esfuerzo por mi parte, ¿me voy a conformar con ser buen cristiano o el más comprometido de la parroquia?, ¿acaso la respuesta normal que tengo que dar a la gracia, además de mi propia santidad, no incluye rescatar esa gracia en los otros y ayudar a otros a que respondan a ella y sean santos?
El Señor tiene un gran interés en que tomemos conciencia de la responsabilidad que supone la gracia recibida, y nos demos cuenta de que la respuesta a ella forma parte de nuestra vocación y de nuestra misión, y que nos planteemos la respuesta completa que precisa la vocación que nos ha dado como llamada a la santidad y a la unión con él. Este interés nos lo demuestra al decirnos que «al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá» (Lc 12,48). El Señor valora la gracia, no le da igual que se pierda: si me ha dado mucho es porque espera mucho de mí, como vemos en la parábola de la vid y los sarmientos, en la que es obvio que el que está unido a la vid da fruto abundante; el viñador poda a los sarmientos para que den más fruto, y al que no da fruto, porque está separado de la vid y se seca, lo arranca (cf. Jn 15,1-8). Hemos de reconocer que las mismas dificultades que experimentamos forman parte de esa poda para que demos más fruto. La responsabilidad de dar fruto por los dones recibidos la explica el Señor en la parábola de los talentos (Mt 25,14-30) y en la de las minas (Lc 19,12-27).
En alguna ocasión hemos meditado sobre el tremendo drama que supone la gracia de Dios desperdiciada por aquellos privilegiados que la reciben, y también sobre el modo en que se pierden tantas gracias como Dios derrama en el mundo. Deberíamos volver sobre ello serenamente6.
Es necesario que tengamos muy claro el esquema del apostolado en la Iglesia, en el que podemos distinguir tres ámbitos:
a) El ámbito general que es el apostolado, el testimonio y la pastoral común, que va desde la evangelización del misionero a la catequesis parroquial, pasando por el testimonio en el mundo del trabajo y la educación religiosa de un padre con sus hijos. En estos casos hay una necesidad concreta y visible, y tenemos la capacidad, la inclinación y la llamada para responder evangélicamente a esas necesidades.
b) El segundo ámbito es el apostolado que implica la santidad y la intercesión eficaz. Es la aportación a la obra de la salvación del ser peculiar que Dios me ha dado. Este ámbito no es incompatible con el primero: uno puede ser catequista o misionero y, si tiene la vocación contemplativa, tiene un ser que puede «poner» real y eficazmente en cualquier lugar en el que esté.
c) Además de este apostolado propio del contemplativo, está el apostolado específico del contemplativo secular, que incluye los otros dos: dar testimonio en la familia y en el trabajo, aportar el propio ser, la santidad y la intercesión en los ambientes en los que se desarrolla su vida. Y, además, tiene que aportar lo que sólo él puede hacer: vivir apasionadamente la realidad de esa gracia peculiar para reconocerla a su alrededor y rescatarla, para que no se pierda ninguna de esas semillas que Dios siembra a su alrededor.
El orden en el que se colocan estos ámbitos es muy importante y las prioridades tienen que estar muy claras, de modo que uno tiene que hacer el trabajo de rescatar la gracia y ayudar en el discernimiento para que no se pierdan las semillas de conversión, sin que eso le impida el testimonio familiar o dar catequesis en la parroquia. Pero hay que tener mucho cuidado para evitar que la dedicación plena a la catequesis me absorba, me entretenga y me haga sentirme dispensado de mi misión específica en la que soy insustituible, además de aportar mi intercesión y la santidad de mi vida.
El Señor sabe cuándo se desperdician o no se cuidan esas gracias de conversión; y le duele que se pierdan porque le han costado el precio de su propia vida. Por eso tiene mucho interés en que se reconozcan y se cultiven adecuadamente, para lo cual hace partícipes a algunas personas del extraordinario regalo de la vocación contemplativa secular y la misión específica que comporta.
Esto es tan serio que podemos afirmar que el mayor drama que existe en nuestro mundo, aunque parezca que es la guerra, el hambre o las injusticias, es la gracia desperdiciada. Por eso, con humildad y sinceridad debemos reconocer nuestra responsabilidad directa en este drama; pero sin agobios, con la ilusión de que el Señor nos hace capaces de colaborar en una realidad tan importante, aunque sea desconocida y poco valorada por la mayoría. Resulta significativo que entre tantos movimientos, congregaciones y asociaciones que hay en la Iglesia, con tan diversos carismas que abarcan infinidad de necesidades, no exista una asociación concreta de «rescatadores de la gracia de la conversión».
3. Recibir y transmitir la gracia

El reconocimiento de la gracia que hemos recibido nos ilumina y transforma, pero también nos hace responsables del fruto apostólico de nuestra vida. No todo el mundo ni todos los cristianos tienen una experiencia tan personal y viva de Dios como tiene el contemplativo. Esa experiencia, como gracia de Dios que es, nos ilumina, nos mueve y nos cambia, pero también nos hace responsables en adelante del sentido que le damos a nuestra vida y del fruto que esa vida tiene para los demás.
La gran tentación que tenemos los llamados personalmente por Dios a la santidad consiste en recibir la gracia como un regalo del que podemos disfrutar para que nos facilite la vida y nos haga felices. Si caemos en esa tentación, todo lo que supone corresponder a la gracia, esfuerzo o sufrimiento, nos resultará inaceptable y lo rechazaremos de alguna de las muchas maneras posibles, con lo que crearemos un obstáculo que haga imposible el desarrollo de esa gracia y nos empujará al iluminismo o a la mediocridad.
Y no sólo hemos de corresponder a la gracia de Dios con nuestra vida de oración o el simple apostolado cristiano. Hace falta que respondamos con una especial entrega a los demás en un apostolado peculiar. Deberíamos tomarnos muy en serio y como dichas personalmente a nosotros las palabras del Señor: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8).
Ninguno de los que estamos aquí habría llegado a dónde está sin la ayuda concreta de algún contemplativo que le ha buscado, le ha entendido y le ha ayudado a descubrir su verdadera vocación y a responder a ella; para descubrirle el valor del amor peculiar de Dios, de la oración, de la intimidad con el Señor, para hacerle desear la unión con Cristo, descubrir el valor de la cruz…, todas esas realidades que humanamente son incomprensibles y que nosotros no sólo entendemos, sino que son nuestra vida. Sin esa ayuda específica, que va más allá del apostolado en el sentido normal en el que se entiende, estaríamos perdidos. Si no nos hubieran ayudado a descubrir los signos de la presencia y el llamamiento peculiar de Dios, nos habríamos quedado, como mucho, en el apostolado común, en una vida cristiana «normal», lo cual, siendo bueno o excelente, nos habría impedido ser conscientes de nuestra identidad, vocación y misión, con lo que nuestra vida carecería del sentido y del fruto que puede tener.
Esa ayuda concreta puede habernos llegado directamente por la acción concreta de algún contemplativo, aunque también la podemos haber recibido por diferentes cauces, pero cuya eficacia sobrenatural se apoya en algún contemplativo que forma parte de alguno de esos mismos cauces. Sin esa ayuda nos habría resultado casi imposible discernir y desarrollar la vocación que define y da sentido a nuestra vida.
Hace falta un interés por rescatar el don peculiar de Dios. Él está sembrando a borbotones la gracia en todos los ámbitos, suscitando vocaciones sacerdotales, consagradas y laicales que se pierden porque nadie las rescata. Falta interés en lo fundamental, porque nos centramos en la tarea en la que podemos destacar, ser protagonistas o innovadores; y se nos olvida trabajar para que no se pierda la gracia de Dios, especialmente la gracia de la conversión. La falta generalizada de un verdadero interés por el apostolado específicamente contemplativo se manifiesta en la importancia que le damos a los medios con los que nosotros hemos contado para vivir nuestra vocación. Atesoramos libros, videos, conferencias, apuntes, homilías, como si la acumulación de medios nos hiciera santos. En realidad, nos hace santos la pobreza, pero acumular medios y ayudas nos da la falsa impresión que tenemos interés en ser santos. Es muy significativo que la enorme preocupación que tenemos por disponer de todos los medios, incluidos las personas o grupos que nos ayuden, contrasta con la absoluta despreocupación que demostramos por ser medios para los demás en este sentido. Además, para ello contamos con el cómodo recurso a la oración, a sustituir la preocupación y la ayuda verdadera por unas pocas oraciones por los demás que nos dejan tranquilos. Lo cual demuestra que nos parece normal contar con instrumentos que nos ayuden, pero no nos preocupamos de ayudar eficazmente a otros que están en situaciones semejantes a aquella en la que nos encontrábamos nosotros. Como si nosotros no fuéramos los medios providenciales que Dios pone en el camino de otras personas como en su momento puso a alguien en nuestro camino. ¿Es que la necesidad de medios que busco para mí con tiempo, esfuerzo y dinero no demuestra que los demás tienen también necesidad de medios?
Quizá merezca la pena hacer aquí un inciso para poner como ejemplo la experiencia que tenemos en una sencilla asociación de fieles como es la comunidad de «Contemplativos Seculares», formada por laicos y sacerdotes que nos reconocemos llamados por Dios directamente a ser santos como contemplativos en el mundo, y unidos entre nosotros con unos compromisos significativamente fáciles y simples. Puede resultar ilustrativo del verdadero interés que tiene para nosotros la vocación y misión contemplativas considerar el tiempo que nos ha costado a cada uno dar el simple paso para incorporarnos a esta asociación de hermanos que comparten unos ideales y unos compromisos que apenas añaden nada a una vida cristiana mínimamente comprometida. Cualquier joven que se plantea su vocación consagrada tarda menos en entrar en un monasterio o en un seminario, con lo que eso supone de cambio radical de vida, de lo que tardamos nosotros en dar un paso tan simple como el nuestro. Además, el hecho de asumir como una carga las ayudas que nos brinda la asociación y los simples compromisos que comporta nos sirve de justificación para no ir más allá de esos simples compromisos de vida cristiana.
Deberíamos analizar, por tanto, si no hemos convertido el don de Dios en una carga, y su gracia en un lastre. Y para hacer este análisis no es suficiente con revisar nuestros convencimientos teóricos sobre la importancia de nuestra vocación, sino el tono real de nuestra vida. Si nuestra existencia concreta no está marcada por un profundo y apasionado amor por Dios, que nos impulsa a buscarlo siempre y en todo y a amarlo con locura; si, en vez de eso, vemos siempre lo que cuesta ese amor, lo difícil que resulta corresponder a la gracia, las muchas dificultades que nos presentan nuestra psicología y nuestras circunstancias…, entonces es que hemos convertido el don en carga, el amor en mero compromiso y la contemplación de Dios en la contemplación de nosotros mismos.
Cualquier cristiano que se entregue al Señor como nosotros, pero careciendo de la gracia que nosotros tenemos, tiene mucho más mérito y su vida tendrá un sentido más pleno que la nuestra. Pero con la misma entrega, nosotros no tendremos ese mérito, ni nuestra vida tendrá verdadero fruto. De modo que, si no nos consume la pasión de Dios y esa pasión no nos colma de la alegría radiante que brota de esa pasión, es porque no hemos salido de nosotros mismos y no somos verdaderos contemplativos.
El salir de nosotros es esencial para vivir apasionadamente la presencia y el amor de Dios. Recordemos una vez más que el Señor nos dice: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8). Si hemos recibido un don tan singular lo tenemos que dar, porque si no lo damos se pudre en nuestras manos. Nada más peligroso en este sentido que ser avariciosos de los dones de Dios, buscando acumularlos con la excusa de que necesitamos «muchas ayudas» para ser santos porque nos resulta muy difícil responder a lo que Dios nos pide. Esto puede parecer razonable, pero no lo es, porque convierte el don (lo que Dios me da) en carga (lo que Dios me pide), perdiendo de vista que Dios no me pide nada, sino que me da todo. Y lo que yo tengo que «hacer» no es otra cosa que amar, y si el amor es una carga ya no es amor. Y en ese amor entra la tarea de compartirlo con los demás. La pasión de Dios no se puede vivir sin compartirla con Dios y con los demás, porque es esencialmente expansiva. Y si la trato de convertir en mi patrimonio personal, puede que encuentre cierta seguridad en ello, pero dejará de ser la pasión de Dios para convertirse en un simple hábito.
4. La falta de fe como problema apostólico

Ya sabemos -o deberíamos saber-, que la vocación contemplativa, como llamamiento particularmente fuerte de Dios a la santidad, comporta una serie de gracias que hacen posible el camino del seguimiento heroico de Cristo a pesar de las limitaciones personales y ambientales que tenga la persona con esa vocación. De hecho, las limitaciones humanas hacen muy difícil la santidad, incluso imposible; por eso Dios da una gracia especial a aquellos a los que llama con fuerza a la santidad. Pero esa misma gracia es de lo que se sirve el demonio para que la utilicemos simplemente para que nos sea más cómodo el camino a la santidad, llevándonos a buscar así un cristianismo mediocre en vez de alcanzar con esfuerzo el heroísmo cristiano.
Lo cómodo para alguien que tiene facilidad para algo es hacer ese algo con el mínimo esfuerzo y conformarse con ser el mejor de los normales sin tener que esforzarse como los demás para lograrlo. Vivir de las rentas en vez de trabajar y arriesgarse siempre será la tentación del que recibe cualquier tipo de don, como dinero, inteligencia o la gracia de Dios.
Esto ya lo vimos cuando tratamos, en su momento, de la tentación que supone para el contemplativo considerar que para él la fe consiste en creer en Dios, que es algo que no le cuesta ni puede poner en duda, en lugar de creer en el llamamiento personal de Dios a la santidad y lo que eso comporta7.
Esta misma tentación la aplica el enemigo al resto de virtudes y aspectos de la vida cristiana, ofreciendo el atractivo que supone poder destacar fácilmente por encima del común de los cristianos aprovechando para ello la gracia extraordinaria que ha recibido para algo diferente, como es la santidad y renunciando, de hecho, a formar parte de los cristianos excepcionales.
Un ámbito particularmente importante en el que podemos reconocer esta tentación y lo fácilmente que caemos en ella es el del apostolado. La fuerza de la gracia propia de la vocación contemplativa secular confiere a quien la recibe una capacidad extraordinaria para entregarse apasionadamente a la misión apostólica. De hecho, el resultado de ese impulso se suele traducir en una significativa y generosa participación en tareas apostólicas diversas, como catequesis, acción caritativa y social, colaboración en la liturgia o en multitud de actividades diocesanas, parroquiales o de movimientos seglares. Lo cual, siendo muy bueno en sí mismo, no lo es tanto para el contemplativo si le sirve de excusa para dispensarse del apostolado específico al que Dios le llama y para el que solo él está realmente capacitado. Y eso es de enorme importancia porque el contemplativo debe responder ante Dios de la misión concreta que le está encomendada, algo que no puede hacer depender de gustos personales o de simples encargos o urgencias parroquiales, por muy providenciales que puedan parecer; sin que ello suponga que tenga que renunciar a participar en tareas apostólicas, caritativas o litúrgicas de la Iglesia.
El presente retiro nos tiene que llevar a tomar conciencia de esa responsabilidad como expresión de la fe y a la luz de las gracias que configuran nuestra vocación particular. Tiene como finalidad ayudarnos a revisar nuestra vida apostólica, como expresión de nuestra fe y a la luz de las gracias que configuran nuestra vocación particular. Para ello hemos de conocer bien la gracia que configura nuestra identidad y misión características, lo que supone comprender a fondo la misión apostólica del contemplativo y el tipo de tentación con el que el enemigo intentará que fracase esa misión.
Resulta significativo que celebremos con tanta facilidad el hecho de que la patrona de las misiones sea una jovencísima monja de clausura, que prácticamente no salió de su pueblo y de su monasterio, y no nos preocupemos de descubrir cuál fue su aportación específica a la misión apostólica y misionera de la Iglesia. Nos basta con afirmar que aportó su oración y que, consecuentemente, con nuestras «oraciones» podemos ser auténticos apóstoles y quedarnos tranquilos y satisfechos. ¿Se puede reducir el misterio de la vida de santa Teresa del Niño Jesús, una doctora de la Iglesia que ha hecho y escrito muy poco en comparación con otros doctores, a la simple oración? La colaboración eficaz con la obra de la redención para llegar a donde nadie llega y hacer lo máximo que se puede hacer, al nivel de la tarea misionera de un san Francisco Javier, ¿lo podemos reducir a la oración de una simple monja de clausura? La clave no está, por tanto, en el hacer sino en ser, en «ser-en-Cristo»; y eso no se puede sustituir por nada.
En el fondo, el fracaso de la gracia no suele ser consecuencia de un simple error de cálculo de quienes la reciben, sino, principalmente, es fruto de la falta de fe, tal como veíamos al reflexionar sobre el sentido que tiene la fe para el contemplativo8. Al igual que para Abrahán, para la Virgen María o para los santos, la fe no consiste simplemente en creer en la existencia de Dios, sino en la misión que les encomienda. Abrahán es nuestro padre en la fe porque cree en la obra de Dios en él, porque deja que Dios entre en su vida para manifestarle el plan que tiene para él y se lanza a realizarlo. Nosotros nos conformamos con disfrutar de la experiencia del encuentro con Dios sin plantearnos lo que él quiere de nosotros. Recibimos la gracia y nos lanzamos a hacer lo primero que se nos ocurre porque necesitamos hacer algo para que parezca que cumplimos la voluntad de Dios.
La fe para el que se ha encontrado con Dios y ha recibido la gracia de la conversión no consiste tampoco en creer en Dios ni siquiera en creer mucho en Dios, sino en creer en la singularidad de la gracia, de la elección y en el sentido de esa gracia que recibe, como llamamiento personal a la santidad que Dios le dirige según un proyecto peculiar que Dios tiene para él y en virtud del cual le ha creado. El que cree así puede decir: «Creo que el Señor tiene para mí un proyecto concreto y peculiar de santidad, que es único e importantísimo, y para el que Dios me ha creado». Así, nosotros demostramos la fe en la importancia real que le damos a ese proyecto al que Dios nos llama; y, si no lo conocemos ni lo discernimos y orientamos nuestra vida a lo que nos parece más bueno o más eficaz, estamos haciendo fracasar la gracia de Dios. Y ese objetivo recortado e inventado por nosotros no tiene ninguna eficacia sobrenatural.
Lo que el mundo y la Iglesia necesitan hoy no es la eficacia de nuestras acciones, por grandes que sean, sino la eficacia sobrenatural de la acción de Dios en Cristo a través de nosotros. Y esto es algo concreto, específico y real. Nuestra responsabilidad es enorme en este sentido, porque el caudal de la gracia de Dios tiene que pasar por instrumentos humanos, ya que Dios ha querido que su acción llegue a través de nosotros, como quiso multiplicar el pan y los peces que tenían las manos de los apóstoles, como quiso salvar las bodas de Caná porque una mujer tomó sobre sí esa preocupación y se puso en medio del problema y de Jesús, sabiendo que él quería responder a la situación que compartía con su madre. En estos casos, la aportación humana al milagro de la gracia es ínfima, pero es lo que el ser humano puede ofrecer en su pobreza como cauce para que Dios actúe. Las realidades más graves e importantes, los problemas más dolorosos y dramáticos del mundo no los va a resolver ninguna organización humana, sólo Cristo; y él necesita instrumentos que aporten la fe, compartiendo con él su mismo corazón y mirada. Eso es lo que hizo Abrahán: creyó en el proyecto que Dios le presentó, sin tener ninguna seguridad humana, sin saber a dónde iba, sin poder esperar hijos en su ancianidad…, y por eso madrugó para emprender el camino que Dios le proponía, porque tenía fe. También a nosotros nos propone Dios un proyecto importante y nos manda ponernos en camino, pero preferimos quedarnos con la intimidad con el Señor y realizar otras cosas que nos resultan más cómodas o atractivas y no comportan riesgo alguno.
El contemplativo no duda que Dios exista, pero ese convencimiento no le basta para entregarse a él en un proyecto de vida y una misión de las que no tiene más garantías que las imprecisas indicaciones que Dios le da. Y en la aceptación de ese proyecto es donde se demuestra la fe del contemplativo; de forma que dudar de él es su forma de dudar de Dios, una duda más peligrosa que la que mucha gente puede tener sobre la mera existencia de Dios. Por otra parte, se trata de una duda culpable e injustificable, porque Dios le ha dado mucho más que el convencimiento de su existencia: le ha mostrado su amor y su presencia de una forma excepcional. Y, además, su duda resulta enormemente dolorosa para Dios, que tanto amor le ha mostrado al salir a su encuentro y llamarlo personalmente a la unión con él.
¿Qué habría pasado si Abrahán no hubiera hipotecado su vida para secundar la llamada de Dios, apoyándose en cualquiera de las muchas razones, compatibles con la fe, que podría esgrimir en pura lógica?, ¿o si la hubiera sustituido por el simple culto externo al Dios único que había descubierto, pero sin salir de su casa? Ciertamente no se podría decir que Abrahán «creyó», y mucho menos afirmar que es nuestro padre en la fe, si se hubiera negado a prestar la obediencia de la fe a Dios. Sin embargo, con esa actitud sí habría podido mantener un fuerte convencimiento de la existencia de Dios y, más aún, el reconocimiento de la manifestación personal recibida de Dios mismo.
Este aparentemente sutil cambio de planes por parte de Abrahán le habría llevado a cerrarse a la acción de Dios y a negarse a sí mismo, aunque quizá no se diera cuenta de ello al engañarse pensando que ignorar el proyecto concreto de Dios o dudar de él no es importante, puesto que no afecta a lo supuestamente esencial de la fe, que es la adhesión a Dios y el cumplimiento de su voluntad en general. Pero no es así: en el modo en que respondemos al plan personal de Dios estamos manifestando la autenticidad de nuestra fe y la forma en que queremos relacionarnos con Dios. Y, aunque para la mayoría de los creyentes la fe no vaya más allá de los compromisos básicos y comunes a todos, para el contemplativo, la fe en Dios no puede separarse de su respuesta al personalísimo plan de vida para el que ha sido creado y que implica la obediencia de la fe y la entrega de toda la vida a dicho plan (Del retiro «La fe del contemplativo», apartado El justo vive de la fe).
Por eso, para nosotros, la fe se demuestra en la importancia real que le damos a ese llamamiento, algo que podemos comprobar porque lo conocemos, lo reconocemos, lo aceptamos como marco y norma de vida, y lo compartimos con los demás. En realidad, no compartimos la gracia recibida, sino la luz con la que esa gracia ilumina nuestra vida, así como esa vida iluminada por la misma gracia.
5. Responsables ante la Iglesia y el mundo

La gracia de la vocación contemplativa nos compromete a dar una respuesta, no sólo en nuestra vida personal, sino también reconociendo esa gracia en los demás y ayudando a que otros puedan responder a esa misma gracia. Ya hemos aludido con anterioridad a la necesidad de a contemplar a Cristo y meditar su Palabra para escuchar la llamada que nos dirige a colaborar en la misión concreta que nos es propia, para evitar que se pierda la gracia especial que el Señor derrama sobre tantas personas y les permite llegar a la unión plena con él.
Nuestra responsabilidad no es solo espiritual, ni se puede limitar a uno mismo, porque el amor verdadero es expansivo. Y nosotros, desgraciadamente, no tenemos la necesidad de contagiar a Cristo, porque nuestra mirada sólo ve nuestros problemas y no los problemas de Cristo; por eso en la oración proyectamos en el Señor nuestros problemas y no le damos la oportunidad de que proyecte sobre nosotros sus problemas. Realmente tendríamos que decirle: «Señor no tengo nada que contarte porque no me preocupa nada de lo mío, porque quiero vivir para ti. ¿Qué te preocupa?, ¿qué te duele?, ¿qué quieres? ¿qué necesitas de mí?».
Nuestro compromiso no puede quedarse, por tanto, en lo personal, porque estamos llamados a ser testigos, a salir fuera de nosotros, a anunciar, a invitar, a acompañar a los que buscan, a compartir el don que hemos recibido. San Pablo lo entendió muy bien: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1Co 9,16). Y el Evangelio se anuncia por contagio, no por discursos. Guardini decía que «como un cirio se enciende con la llama de otro, así la fe se enciende al contacto de la fe»9; tal como hacemos en la Vigilia Pascual, llevamos una luz para contagiarla a los demás. Esto nos lo tenemos que aplicar a nosotros, sintiéndonos especialmente responsables de la gracia que Dios derrama a nuestro alrededor, especialmente de la gracia de la conversión que nosotros podemos y debemos reconocer en los demás.
Y debemos hacerlo por amor al Señor, porque se lo debemos a él. No es un favor que le hacemos a él o a los demás. En el fondo, se trata de una correspondencia de amor al Señor que debe traducirse en una respuesta de amor a la Iglesia y al prójimo. También se lo debemos al prójimo, porque no se puede amar a Cristo sin amar a su Iglesia y al hermano, ya que, como dice san Pablo:
Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo […]. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro de él (1Co 12,12.27).
Por eso, la entrega apostólica del contemplativo, nuestra entrega a Cristo, debe tener necesariamente un rostro eclesial. Porque Cristo y la Iglesia son inseparables. Él es la Cabeza, la Iglesia su Cuerpo. Y si amamos al Señor, amamos su Iglesia, con sus luces y sombras, como se ama a una madre, como se cuida una casa que es de la familia, tal como san Pablo expresó con fuerza: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a si mismo [a la muerte] por ella» (Ef 5,25). Cristo da la vida por su Iglesia, y nosotros, que debemos participar de los mismos sentimientos del corazón de Cristo, estamos llamados igualmente a amar a la Iglesia y dar la vida por ella. Ese mismo amor debe mover nuestro compromiso, y debe impulsarnos a la entrega de la vida.
No podemos permitirnos, en este sentido, considerar a la Iglesia como una institución lejana o una estructura humana con la que colaboramos, según una mentalidad demasiado frecuente entre los pastores y los fieles: los pastores buscan personas que colaboren con ellos y los fieles aceptan colaborar o se niegan a hacerlo en las tareas concretas para las que se les pide ayuda. Pero la realidad es que la Iglesia no es una asociación distinta de nosotros a la que nos adherimos o con la que colaboramos; es el Cuerpo de Cristo, del que somos miembros; es nuestro propio cuerpo, del que recibimos la vida, el alimento, la gracia y la fuerza para ser verdaderos cristianos y auténticos apóstoles. Ésta es la razón por la que no podemos tratar de responder a la gracia recibida y despreocuparnos de la respuesta que pueden y deben dar otros miembros del cuerpo de Cristo, el mismo cuerpo al que nosotros pertenecemos. Una respuesta que no pueden dar si nosotros no les ayudamos. Y son parte del mismo Cuerpo y de la misma familia que nosotros. Ni la parroquia, ni una comunidad, ni un movimiento me hacen un favor, como tampoco yo les hago un favor, porque eso nos saca de la condición de hermanos de una familia y del amor que nos debemos entre nosotros.
Si no aceptamos la responsabilidad que tenemos como miembros del Cuerpo que es la Iglesia, caeremos necesariamente en la mediocridad, iremos a los mínimos y viviremos condicionados por nuestros miedos. Por eso, hoy más que nunca, se necesitan cristianos comprometidos realmente con Cristo y con la Iglesia. De lo contrario, si nos conformamos con los mínimos, o con mantenernos nosotros en la virtud, caeremos en la mediocridad y seremos merecedores del duro juicio del Señor:
Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca (Ap 3,15-16).
Dios quiere discípulos con fuego en el corazón, que vivan su fe con pasión, que den testimonio con la vida. Y lo mismo que nos quejamos, con razón, de un sacerdote que dice la misa de forma mecánica y aburrida, sin ninguna pasión, se puede quejar el Señor de nuestra falta de pasión en nuestra vocación y apostolado; porque la pasión de Dios es propia de Cristo y la hemos recibido de él, no tenemos que inventarla. Entonces, ¿qué hemos hecho con la pasión de Dios? ¿Qué hemos hecho con su fuego?
Tengamos en cuenta que, si nos conformamos con la mediocridad, no tendremos más remedio que justificarla en los demás como el modo más fácil de justificarnos a nosotros mismos. Y bajo capa de comprensión, excusaremos la falta de entrega propia de la santidad, y en vez de ayudar a crear una comunidad de santos colaboraremos a crear un club de mediocres.
¿Como es posible que no nos consumamos cuando vemos a nuestro alrededor que el mundo se debate, impotente, en medio de las tinieblas y el pecado? ¿Cómo podemos conformarnos con mantenernos ilesos y sin despeinarnos mientras caen a nuestro alrededor infinidad de víctimas de una guerra que es más nuestra que suya? Porque es nuestra guerra, y nosotros somos los combatientes de esa guerra. Cómo se puede explicar que ante tantas víctimas, estemos tan tranquilos, sin que eso nos afecte. Quizá no nos afecta porque hemos huido del campo de batalla. Nosotros tendríamos que ser la savia, la sangre que da vida a los demás, no miembros anquilosados que viven a expensas del trabajo de otros. Cada cual debería analizar cuánto hay en él de savia vitalizante o de parásito: ¿vivo para dar vida o vivo porque me dan vida?, ¿en qué medida lo que hago -por bueno que sea- da vida a los demás o simplemente enmascara mi mediocridad?
Hoy más que nunca, el mundo necesita testigos de ese amor, pero testigos creíbles de su presencia real, de la inhabitación del Espíritu Santo en nosotros, de la misericordia entrañable. No podemos encerrarnos en una fe individualista o conformista, como tampoco refugiarnos en una oración individualista. Pero eso exige algo que no estamos dispuestos a afrontar: dejarnos consumir por el fuego devorador que es el Espíritu Santo. En el fondo, sabemos que si, por medio de la oración entramos en contacto directo con Cristo, que es un volcán y está en llamas, ya no hay marcha atrás, y me va a consumir. Y aquí aparece nuevamente el problema de la fe, que es la resistencia y la negativa a consumirme. Sin embargo, hemos sido llamados a ser sal y luz, fermento en la masa, signo del Reino, según las palabras de Jesús:
Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,13-16).
El Señor también nos dice igualmente: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino» (Mt 13,37-38). Él mismo es el que ha sembrado en nosotros la gracia, como semilla destinada a dar fruto. Y esa misma siembra nos convierte a nosotros en semilla del reino en el mundo en que vivimos. Así es como el compromiso con Cristo nos lleva necesariamente al compromiso con los demás, según nuestra propia vocación y misión.
Cada uno de nosotros ha sido alcanzado por la gracia, no para esconderla, sino para compartirla. El mundo necesita con urgencia testigos, no sólo profesores de religión, teólogos, predicadores o catequistas. Necesita cristianos que vivan su fe con valentía, con coherencia, con alegría; cristianos que se comprometan en serio con el reino de Dios, con la justicia, con el amor, con la verdad. Necesita testigos creíbles de Cristo, necesita santos. Es significativo que con frecuencia se oye en las parroquias la llamada a ser catequistas, a colaborar en Cáritas o visitar a los enfermos, y qué poco se escucha la necesidad que tenemos de santos. El problema es que, si llamamos a los demás a ser santos quedamos en evidencia si no lo somos, con lo cual tenemos que implicarnos seriamente en responder de manera real a la llamada a la santidad.
Aquí deberíamos recordar y grabar en nuestro corazón la exhortación que nos dirige la Palabra: «Procurad que nadie se quede sin la gracia de Dios» (Heb 12,15). Ciertamente, somos responsables, en mayor o menor medida, de que la gracia de Dios dé fruto o se pierda. Y la vocación contemplativa secular tiene, a diferencia de la monástica, la especial responsabilidad que le confiere la vida en el mundo para rescatar las gracias de contemplación que Dios derrama en muchas personas con las que nos encontramos en los distintos ámbitos en los que nos movemos y evitar que se pierdan dichas gracias y el fruto para el que se conceden.
6. Apostolado o propaganda

En este sentido, como venimos diciendo10, nuestra responsabilidad ante Dios y ante los demás tiene tres ámbitos. Y el contemplativo secular está llamado a abarcar todos los ámbitos de la acción apostólica, según un orden y unas prioridades muy concretos. El primer ámbito, común a todo cristiano, es el apostolado en sus diferentes formas: desde la labor del misionero que lleva el Evangelio a quienes lo desconocen hasta el testimonio del trabajador cristiano en una fábrica, pasando por la tarea del catequista en la parroquia y la misión propia de los padres cristianos en su familia.
Como hemos visto, el segundo ámbito es el apostolado propio del contemplativo tanto monástico como secular, que consiste fundamentalmente en la propia santidad y en la intercesión.
Y, además de estos ámbitos anteriores, el contemplativo secular está llamado a realizar una obra apostólica específica que, de ordinario, sólo él puede reconocer y llevar a cabo, que consiste en rescatar la gracia que Dios siembra a nuestro alrededor.
Evidentemente, el empleo y la distribución de las energías y el tiempo de que cada uno dispone tendrá que hacerse en virtud de los diferentes ámbitos en los que se desarrolla la vida cristiana y apostólica de cada uno. Así, lo normal es que el trapense no empleará su tiempo a dar catequesis en la parroquia, ni el catequista se dedicará principalmente a la oración y la mortificación por sus alumnos. Sin embargo, el contemplativo secular tiene una familia, quizá sea catequista y, además, es contemplativo; de forma que su apostolado se desarrolla en todos los ámbitos posibles. Esto nos obliga a plantearnos la cuestión de cómo ordenar esos ámbitos y qué debe ser prioritario.
El contemplativo secular tendrá que dar testimonio en el trabajo, en la familia, con los amigos, asumir una misión de catequista en su parroquia, etc. También tendrá que ofrecer su santidad y su intercesión en aquello que más necesita la Iglesia y el mundo. Pero su aportación específica consiste en rescatar las semillas de la gracia que Dios ha sembrado a su alrededor. Y no podemos invertir el orden, pensando que ya cumplimos nuestra misión porque tratamos de vivir una vida familiar evangélica y damos catequesis en la parroquia, como si eso demostrase que en verdad queremos ser santos y llevar a cabo la misión propia que comporta la santidad.
En orden al discernimiento en todo esto deberíamos considerar tres cuestiones fundamentales:
1. La vocación contemplativa, que es la vocación a Dios propia de todos los cristianos, pero especialmente significativa para algunos, llamados significativamente por Dios a la santidad. Esto es lo que Dios nos regala para que nosotros la demos a la Iglesia y al mundo. La única ayuda verdaderamente eficaz que podemos aportar a la Iglesia y al mundo, en la situación de gran necesidad en la que se encuentran, es nuestra santidad; y no se puede sustituir por nada. Para lo cual no es suficiente, ni mucho menos, que seamos buenos, cristianos, piadosos, cumplidores, comprometidos, generosos, entregados, etc. Porque ser santo no consiste en que acumulemos todo tipo de virtudes, se trata de otra cosa. Y, si estamos llamados a la santidad y hemos recibido las gracias que necesitamos para ello, hemos de considerar que con menos no cumplimos, por mucho y muy bueno que sea ese «menos» que nos permite destacar entre algunos que no tienen tantas capacidades como Dios nos ha concedido.
Si somos sinceros, tendremos que reconocer que casi ninguno de los especialmente capacitados para ser santos tiene verdadero interés por serlo: nos gustaría, lo deseamos, soñamos con ello, sabemos que tenemos que ser santos, pero algo falla. Pero el no cumplir nuestra primera misión, que es esa misma santidad, explica el fracaso de la gracia de la santidad en nosotros y la falta de fruto real de nuestra vida.
2. Entonces, ¿qué podemos hacer?, ¿tiene solución el asunto? Bueno, no somos santos, pero en el aspecto del «fruto» podemos rescatar, al menos, uno de sus principales motores, que es la intercesión. Ciertamente, los santos son los más eficaces intercesores; pero si reconocemos que no somos santos y queremos serlo, con un fuerte deseo de cumplir una misión que vaya más allá de los compromisos elementales de todo buen cristiano, podemos sumergirnos en la eficaz cooperación a la redención que supone la intercesión. Empeñémonos en cooperar con la redención de Cristo, impliquémonos. Eso lo podemos hacer. Los santos realizan esta misión de intercesión de manera espontánea; nosotros lo podemos hacer para ser santos, como un camino de santidad. En vez de participar en más grupos o actividades, podemos implicarnos más a fondo en compartir «contemplativamente» la misión redentora del Señor. Pero ésta exige que nos involucremos profundamente en la obra redentora, lo que nos lleva nuevamente al acto de fe y de amor para el que hemos sido capacitados, y que exige una respuesta incompatible con la mediocridad.
3. Pero si no somos capaces de asumir a fondo la intercesión como la misión propia de la pasión de Dios, ¿nos queda algo que podamos hacer por los demás? Por supuesto: podemos buscar las huellas de la gracia de Dios a nuestro alrededor y tratar de evitar que esa gracia se pierda. El Señor nos da una sensibilidad para percibir su presencia, su amor y su gracia, y debemos aprovecharla; no para hacer grandes cosas, sino para hacer por los demás lo que otros han hecho por mí. Al igual que las gracias que cada uno de nosotros ha recibido de Dios se habrían perdido si no hubiéramos encontrado en nuestro camino alguna persona que nos brindase la ayuda específica que necesitábamos, ¿cuántas gracias se pierden y cuántas vocaciones contemplativas se malogran porque no nos sentimos responsables de ese apostolado?
La mayoría de nosotros tenemos responsabilidades apostólicas como catequistas o sacerdotes, pero un mayor compromiso en cualquiera de las misiones ordinarias del cristiano no suple el cumplimiento de la misión extraordinaria que es propia del contemplativo secular y que sólo él puede llevar a cabo. Evidentemente, no se trata de que ya seamos santos de altar, sino que lo intentemos con todas nuestras fuerzas; no se trata de que consigamos multitud de milagros de intercesión, sino que nos involucremos en intentarlo en serio. Como tampoco se nos pide que seamos expertos rastreadores de las gracias de conversión, sino que nos preocupemos en serio por conocer esas gracias y aprendamos a discernirlas en nosotros y en los demás. Y, por supuesto, que evitemos la tentación de entregarnos a las actividades que más nos gustan o menos nos comprometen para que parezca que cumplimos plenamente nuestra verdadera misión.
Hay que insistir mucho en esto porque el que ha recibido la gracia de la intimidad con el Señor, el que tiene la experiencia del amor de Dios, al que el Señor quiere prender con su fuego…, a la vez que tiene una necesidad de comunicar ese fuego, también tiene un lógico miedo a no ser fiel, a malvender el fuego de Dios. Porque la realidad es que tenemos que transmitir algo de gran valor, que además quema y consume; y eso no se puede dar de cualquier manera. Para entender mejor esto quizá nos ayude un ejemplo sencillo, de algo que sucedió hace no mucho tiempo. Comentábamos entre varios miembros de los Contemplativos Seculares el hecho de que nuestra vocación nunca será mayoritaria ni de masas; sin embargo, el poco crecimiento de nuestra comunidad está demostrando la falta de inquietud apostólica que tenemos en general. De hecho, resulta extraño que no consigamos encontrar esta vocación en los demás o suscitemos en ellos una vocación y misión que decimos ser el mejor regalo que Dios nos ha concedido y lo reconocemos como algo de extraordinario valor e importancia para la Iglesia y para el mundo. Si es verdad que poseemos el secreto del sentido de la vida y de la felicidad, las claves para una eficacia sobrenatural, entonces ¿por qué nos cuesta tanto compartirlo o contagiar a los demás de nuestra «locura»? Como todos teníamos tareas especiales y apostólicas suficientes no teníamos especial interés en buscarnos más trabajo. Quizá por eso, alguien dijo algo muy razonable, que cualquiera puede compartir: «Me da mucho miedo dedicarme a hacer propaganda». Es verdad, la propaganda es lo contrario del apostolado; y por eso la sensibilidad por la gracia nos hace abominar de la propaganda. Pero entonces, ¿el apostolado es propaganda?, incluso ¿es propaganda también el apostolado contemplativo?
Esto es algo que debemos considerar seriamente delante del Señor: Él nos llama a dar testimonio (Lc 24,47; cf. Hch 1,8: «Vosotros sois testigos de esto»), nos invita a hacer discípulos (Mt 28,19: «Id, y haced discípulos a todos los pueblos»). Eso no puede reducirse al proselitismo manipulador del que se alimentan tantas sectas y algunos movimientos apostólicos, y que tiene mucho que ver con la propaganda. Debe quedar claro que por «propaganda» entendemos el intento de convencer a otros de que hagan algo que, aunque los beneficia a ellos, nos beneficia especialmente a nosotros. En la propaganda, uno busca principalmente el propio beneficio, del tipo que sea; pero el apostolado busca beneficiar al prójimo pagando un precio por ello. Es justo lo contrario. Pongamos un ejemplo: si a mi padre le diagnostican una grave enfermedad rara, me esforzaré cuanto pueda por encontrarle cura, empleando para ello el tiempo, las energías o el dinero que tengo. Si encuentro algún remedio con garantías de eficacia, me dispondré a correr con los elevados gastos del tratamiento y a emplear el tiempo y el esfuerzo que haga falta. Si le propongo a mi padre ese tratamiento, ¿estoy haciendo propaganda de ese remedio?
Quizá debamos aprender a distinguir el apostolado al que estamos obligados -del que daremos cuentas a Dios- de la propaganda, que nada tiene que ver con el apostolado, y lo suele poner en riesgo. En un caso nos consume la pasión de Dios, como dice la Escritura: «El celo de tu casa me devora» (Jn 2,17; cf. Sal 69,10); mientras que en el otro nos afanamos por conseguir un beneficio -del tipo que sea- para nosotros o nuestro grupo. No todos los beneficios tienen que ser económicos: no olvidemos que uno de los motivos -o beneficios- para hacer propaganda «apostólica» es que el hecho de que nuestro grupo o comunidad crezca y se expanda nos da la seguridad del valor del producto que «vendemos». Por eso intentamos conseguir que crezca como sea para tener esa garantía que necesitamos. En este punto, encontramos un claro contraste con la actitud que tiene el Señor ante el abandono de la mayoría de sus discípulos cuando les habla de algo tan importante para él como es el pan de vida: Jesús no mueve un dedo para que se queden, no «reformula» su enseñanza y su ofrecimiento; en vez de acomodar su mensaje para «venderlo» mejor, se vuelve a los apóstoles y los invita a marcharse si no están convencidos, diciéndoles: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6,67). Jesús ofrece gratuitamente un regalo precioso, que tiene un altísimo precio para él: en el mismo ofrecimiento paga el precio de la incomprensión y la soledad.
Existen importantes diferencias entre el verdadero apostolado y la propaganda. Para entenderlo bien, veamos en detalle las condiciones que tiene el apostolado:
1. Pagar el precio de la conversión del prójimo, en forma de preocupación, trabajo de discernimiento, compartir los sufrimientos del Señor, etc. Esto vale especialmente para el apostolado contemplativo.
2. Amor, para no buscar beneficio personal o institucional de ningún tipo, sabiendo que hay muchos tipos de beneficios. No necesito ni busco el que me den la razón, que mi grupo crezca…, pero sí necesito que la ayuda, el mensaje y la gracia que el otro necesita llegue a su destinatario; y para eso estoy dispuesto a trabajar.
3. Mantener permanentemente la visión de Dios sobre la realidad y no nuestra propia visión de la realidad. No fomentamos algo porque sea nuestro grupo o nuestra espiritualidad, ni porque sea muy bueno o me ayude a mí. Tengo que saber con seguridad -en fe- lo que Dios quiere para una determinada persona, o al menos lo que necesita realmente, más allá de lo que dice necesitar o de lo que me parece que necesita según la simple visión humana que tengo de ella.
4. Libertad, porque sólo el que es libre puede hacer libres a los demás. Cuando nos cuesta tanto implicarnos, decidirnos, comprometernos, y tardamos años en dar una respuesta a la llamada del Señor, se demuestra nuestra falta de libertad, porque estamos atados, centrados en nuestras cosas.
5. Todo esto requiere mucho amor, en forma de oración profunda, discernimiento, respeto, y atención sobrenatural al otro. Todos los problemas que tenemos en el orden del ser, del hacer, del apostolado o del testimonio tienen la base de que estamos encerrados en nuestro mundo y nos falta el fuego del amor de Dios. Para nosotros el amor tiene una forma muy concreta que es la oración, pero no de cualquier manera. Cuando alguien se acerca a nosotros, debemos mirar al otro pero sin dejar de mirar al Señor para decirle: «Tú estás aquí, Señor, para que yo aquí te haga presente». En vez de eso nos centramos en nosotros mismos, buscando qué podemos decir o hacer para ayudarle según nos parece mejor.
Y ahora, para entenderlo mejor, apliquemos el ejemplo anterior a una situación en la que el enfermo es un extraño y no es alguien por quien espontáneamente estaría dispuesto a todo. Imaginemos que llamo a la puerta de una casa y les digo: «Me he enterado casualmente de que tenéis en la familia a una persona con esta grave dolencia que puede provocar su muerte; sé que estáis preocupados, que no le habéis encontrado solución al problema y no sabéis qué hacer. Tengo mucho interés en compartir con vosotros el remedio que he encontrado para esa dolencia que yo también he padecido. Aquí os dejo un bote con las pastillas necesarias para el tratamiento completo. Podéis informaros del modo que veáis conveniente para ver que son eficaces y no tienen contraindicaciones ni efectos secundarios. Os puedo presentar, si lo deseáis, a varias personas que las han utilizado y se han curado. Además de entregaros gratis las pastillas, me pongo a vuestra disposición para ayudaros en lo que necesitéis. De todos modos, no os sintáis obligados a realizar el tratamiento. Lo pensáis, lo consultáis y lo decidís libremente». ¿Se le podría llamar a eso «propaganda»? Si yo tuviera ese remedio, ¿podría quedarme tranquilo habiéndomelo aplicado y desentendiéndome de quienes corren el riesgo de morir por desconocer la cura que yo conozco y he experimentado? Claro está que también podría aprovechar la situación para hacer negocio, y eso sí sería propaganda. Todo depende de elegir si buscamos el bien ajeno o el propio. Y aquí hay que tener en cuenta que el no arriesgarme o evitar problemas es una forma de beneficio propio, por mucho que lo vistamos de prudencia o caridad.
La vida está llena de encuentros y de posibilidades, tanto para buscar nuestros intereses como para buscar los intereses de Dios y del prójimo. Y somos nosotros los que elegimos qué buscamos; y eso vale para todo. En cualquier momento puedo encontrarme con un niño de mi grupo de catequesis que, a pesar de las apariencias, demuestra una especial sensibilidad por Jesucristo; con un vecino que dice no tener fe pero manifiesta un significativo -y quizá molesto- interés por mi fe; con una persona que estaba alejada de la Iglesia y empiezo a verla con frecuencia rezando en la parroquia; con un hijo que entregué conscientemente al Señor cuando nació para que lo hiciera santo y, aunque es muy bueno, vive al margen de la fe; con un conocido que se desahoga conmigo protestando de lo mal que está el mundo y todo, y a través de su enfado puedo percibir una soledad que Dios está deseando llenar como un día llenó la mía… Y así podríamos seguir indefinidamente. ¿No estuve yo también en una situación semejante y el Señor me rescató por medio de los instrumentos que él puso a mi alcance?
Hemos de aprender a mirar. El que está atento y sabe mirar, es capaz de descubrir las huellas de la gracia que Dios derrama a su alrededor; pero el que vive distraído, buscando sus intereses, no verá nunca nada aunque lo tenga delante de sus ojos avisándole con un cartel luminoso. Y el que tiene verdadero interés en que no se pierda ninguna de las gracias de santidad que Dios regala a tantas personas sabrá descubrir a esas personas y encontrará la manera eficaz de ayudarles a aprovechar los dones recibidos de Dios; mientras que aquel que está preocupado de sí mismo y de sus cosas no reconocerá la gracia en los demás y dejará de reconocer y valorar la que ha recibido.
Más aún, si alguien tiene verdadero interés y trabaja en serio el discernir para aprender a mirar todo con los ojos de Dios y más allá de las apariencias, descubrirá, con esos ojos, los intereses y objetivos que Dios tiene en multitud de circunstancias; y podrá tomar ese descubrimiento como un encargo apostólico personal que Cristo le hace para compartir con él el anhelo de salvación que tiene, tanto para el mundo entero como para algunas personas concretas.
Tenemos, por tanto, una gran responsabilidad, de la que daremos cuenta a Dios. Recordemos que Jesús envió a sus discípulos a «proclamar el reino de Dios» (Lc 9,2), diciéndoles: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). Esto lo puede entender todo cristiano como un llamamiento a la santidad y al testimonio, pero en nosotros se convierte en una exigencia mucho más fuerte y grave, fruto de la responsabilidad mayor que supone haber recibido una gracia más grande.
No podemos conformarnos con dar un simple testimonio de fe en la familia o en el trabajo, ni con participar en el apostolado de la parroquia. Hemos de aprender a reconocer la gracia de la vocación contemplativa y ayudar a que quienes la reciben la reconozcan y respondan a ella adecuadamente. Eso supone hacernos responsables directamente de la santidad de los demás y cargar con el peso de esa responsabilidad, con todas las consecuencias, dispuestos a pagar el precio que tiene la eficacia de esa gracia.
El Señor nos invita a dejar la comodidad espiritual y lanzarnos al seguimiento radical de Cristo. A no tener miedo a decirle: «Señor, aquí estoy. Cuenta conmigo. Haz de mí un testigo de tu amor». Recordemos lo que dijo Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga» (Lc 9,23). Y también: «El que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25).
¡Vale la pena! Porque cuando uno se entrega a Dios, descubre que su plan es mucho más grande, más hermoso y más pleno que cualquier otro que pudiéramos tener.
Para sostener este compromiso debemos necesariamente aceptar consumirnos por la pasión de Dios. No existe otro camino. Y para ello tenemos que vivir anclados en la oración, en la Palabra, en la Eucaristía y en la comunidad. La fidelidad no nace de nuestras fuerzas, sino de una relación viva y constante con el Señor, tal como él nos dice: «Permaneced en mí, y yo en vosotros […] porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,4-5).
Este retiro es una gracia en este sentido. Tiene que despertar en nosotros la necesidad de colaborar con el Señor y rescatar la gracia que hay a nuestro alrededor. Es un momento oportuno para revisar nuestra fidelidad real a la gracia de Dios, para renovar de manera efectiva, amorosa y apasionada nuestro «sí», el que una vez le dimos al Señor o que queremos darle ahora; ese «sí» peculiar que él está esperando que le demos. Es una ocasión privilegiada para pedir la fuerza del Espíritu y disponernos a una entrega aún más plena a su voluntad. Ya no podemos vivir a medias. El mundo no necesita cristianos tibios, sino verdaderos santos. Y la santidad no es perfección, sino pertenencia total a Cristo y disponibilidad absoluta para su obra.
Por eso, no deberíamos salir de este retiro indiferentes, para volver a nuestra vida ordinaria tal como estábamos antes, sino plenamente convencidos gracias a la luz recibida, encendidos en el amor apasionado que el Espíritu Santo nos ha regalado, decididos a entregarle al Señor nuestra vida de verdad, y firmemente comprometidos a rescatar tantas semillas de vida contemplativa como Dios siembra a nuestro alrededor.
Y para lograrlo no estamos solos. Tenemos la fuerza del Espíritu Santo, el aliento de la Palabra, la comunión de los santos, la Eucaristía y la comunidad de vida y apostolado.
María, la mujer del «sí» radical a Dios, nos acompaña. Ella se entregó por completo a él, sin saber todo lo que vendría, confiando plenamente en la promesa. Ella es el ejemplo de como decirle «sí» al Señor y mantener ese «sí» por encima de todo, como expresión del amor absoluto al Señor y de la primacía absoluta del Señor en nuestra vida. Como ella, también nosotros deberíamos poder decir con todo el corazón: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).
NOTAS
- Véase el capítulo VI del Itinerario para la misión, titulado «El anhelo apostólico del contemplativo», que se corresponde con Alberto Carreres Esparza, Fascinados por la misión, Madrid 2023 (Caparrós), 175-196, especialmente el apartado 2: La vocación contemplativa y la tensión que genera; también puede ser muy útil repasar las diversas tentaciones que obstaculizan el apostolado contemplativo tal como aparecen en el apartado 4: La tentación que desvirtúa la gracia.
- Véase Alberto Carreres Esparza, Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, Madrid 2024 (Nazaret), capítulo V, apartado 3,C: Unidos a Cristo mediador (p. 128-161) (también en nuestra página web, pinchando aquí), capítulo VI, «La misión del contemplativo secular», apartado 2,B: Intercesión (p. 183-198) (también pinchando aquí).
- Todo esto está desarrollado en el capítulo VII del Itinerario para la misión titulado «La intercesión como misión del contemplativo» (A. Carreres, Fascinados por la misión, 197-238).
- El capítulo VIII del Itinerario para la misión, titulado «Un singular apostolado contemplativo» (A. Carreres, Fascinados por la misión, 239-270), ofrece varios ejemplos de este apostolado y desarrolla, especialmente en el apartado 5, el proceso de la intercesión y el papel de la fe y de la oración en este proceso.
- Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito A, 45vº-46vº.
- Se trata del capítulo I del Itinerario para la misión: «La gracia desperdiciada», que puede leerse también en A. Carreres, Fascinados por la misión, 15-58.
- Véase el retiro «La fe del contemplativo», especialmente el apartado El justo vive de la fe.
- Se trata del retiro publicado en nuestra web «La fe del contemplativo», en especial el apartado titulado El justo vive de la fe.
- R. Guardini, Sobre la vida de fe, Madrid 1955, capitulo IX. «La fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama» (Lumen Fidei, 37).
- Véase el final del apartado 2.
















