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Metodología
La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.
Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.
El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:
Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:
Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.
Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.
1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.
2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.
3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.
4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.
5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.
6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.
Introducción
Al Génesis, que es el primer libro de la Biblia, los judíos lo llaman «Berešit», que es la primera palabra del Génesis en el texto hebreo, que significa «en el principio». Se puede comprobar que tenemos dos relatos de la creación distintos. El capítulo 1 lo titula la Biblia «Creación del Cielo y de la Tierra», y a partir de Gn 2,4 aparece «Nuevo relato de la creación». Son muy distintos y en algunos aspectos parecen contradecirse. Por ejemplo, en el primer relato de la creación Dios crea todo, crea un marco, crea a los animales y, por último, crea al hombre. En el segundo relato de la creación, Dios prepara el Edén y lo primero que hace es crear al hombre, y luego crea a los animales. En el primero, el hombre aparece al final como el actor cuando el escenario está preparado. En el segundo, aparece primero el actor y el escenario va variando según la acción de ese actor.
Podríamos plantearnos cómo fue en realidad, cual de los dos relatos tiene la razón. En el fondo da igual. Así le pareció al compilador de estos dos relatos de autores y épocas distintas; él no tuvo problemas en unir el primer relato del siglo V a.C. y el segundo de cerca del siglo X a.C. Eso quiere decir que, para el compilador final, el autor final del libro del Génesis como lo tenemos nosotros, estos dos relatos no son contradictorios; son dos formas complementarias de explicar la realidad. Al autor no le importa si la creación del hombre es antes o después de la de los animales, sino explicar quién es el hombre y su diferencia con los animales. El primer relato presenta al hombre como la suma complejidad y la obra más alta creada por Dios; y el segundo lo presenta desde el principio como la criatura más excelente en virtud de la cual van a ser creadas todas.
Es importante tener esto en cuenta porque no podemos tomarnos estos textos como si fueran una obra científica. El autor sagrado ve cosas distintas en los dos textos y no le molestan, porque los elementos externos sólo sirven para apoyar visiones teológicas, que son las que le interesan en este caso al autor sagrado. Lógicamente esto no vale para toda la Escritura. Hay muchos textos que pretenden ser históricos y que lo son en una medida o en otra. Pero en este caso al autor sagrado no le interesa tanto el relato, como la visión teológica que se contiene en él. El resto lo rellena con las convicciones precientíficas de su época. No podemos pretender que estos relatos acierten en una visión del mundo, del universo, del planeta tierra, como la que tenemos nosotros hoy, como si los escribiera un miembro de la NASA. Estos relatos de la creación pretenden llevarnos a verdades espirituales, no a verdades científicas. Y eso es muy importante para no marearnos ni perdernos según avancemos. Por tanto, lo primero que debemos tener claro es que estamos ante textos sapienciales, que pretenden mostrarnos verdades profundas con el ropaje que tenían a mano. De modo, que lo que es vinculante para nuestra fe no es que el mundo se hiciera en seis días, de 24 horas, sino saber que Dios hizo todo, cómo lo hizo y por qué lo hizo. Lo que nos interesa es saber por qué el autor sagrado repartió eso en seis jornadas, la motivación por la que Dios creó el mundo, con qué finalidad lo creó, el modo concreto espiritual de crearlo, para llevarnos a la admiración, al agradecimiento, a la adoración y, en último extremo, a la adhesión a Dios. El carácter sapiencial de estos relatos es tan claro que están escritos en forma poética, en un lenguaje claro y sencillo. Es cierto que estos relatos, por ejemplo el primer texto que vamos a ver, están compuestos a base de elementos mitológicos de Babilonia, de Egipto, etc., pero de tal forma urdidos que se han adaptado a la visión teológica monoteísta de Israel. Tienen además una belleza indescriptible y son fáciles de entender y accesibles para todos.
Es importante subrayar que no estamos ante un lenguaje esotérico que requiera una iniciación. Nosotros necesitamos explicarlo para hacerlo más claro porque tenemos que salvar esos tres mil o dos mil quinientos años de distancia. Pero ¿es que acaso no hemos rezado nunca con estos textos? Leemos «en el principio creó Dios», y nos quedamos alelados. No se necesitan clases para disfrutar de eso. Por tanto, son verdades sencillas y accesibles para todos. En este sentido, es muy interesante comprobar que el estilo de estos textos se asimila con la predicación de Jesús en parábolas, porque él predica para la gente sencilla, de modo que le pueda entender todo el mundo. Eso sí, todo el mundo que tiene un corazón con una actitud determinada: si tienes un corazón limpio, lo entiendes. Otra cosa es que, como el joven Rico, digas «mira, no me interesa seguirle»; pero se le entiende perfectamente.
Los dos relatos, el primero y el segundo, coinciden misteriosamente en afirmaciones que hoy nos parecen evidentes, pero que no habían sido afirmadas por ningún pueblo hasta entonces, ni lo fueron hasta mucho después, cuando el judaísmo y el cristianismo se extendieron: hay un solo Dios, que es omnipotente y creador de todo. Pueblos mucho más cultos que el de Israel, infinitamente más cultos, los asirios, los babilonios, los egipcios, los griegos, los romanos, no llegaron a la finura de la concepción de Dios que alcanzaron los judíos. Basta con recordar el panteón griego y el panteón romano en el que los dioses luchan y se enfrentan con las mismas pasiones que los humanos, porque estos pueblos simplemente proyectaban en el Olimpo las miserias de los hombres. Israel, sin embargo, un pueblo muy poco culto, muy apegado a lo terreno, con una vivencia muy apegada al pastoreo y a la agricultura en la medida en que han podido, porque viven en una tierra enormemente dura, un pueblo sin formación…, tiene claves que no tienen en absoluto los pueblos de alrededor, y que no van a tener durante muchos siglos. Israel cree firmemente que es Dios quien se ha revelado, quien le ha mostrado esas verdades, y francamente es difícil contradecirles. ¿Por qué un solo pueblo, rodeado de pueblos politeístas, se eleva al decir «en el principio Dios creó»? Porque Dios se ha revelado. Lo que anuncian estos relatos no es fruto de la elucubración de estos hombres, sino una revelación.
Aquí aparece un tema interesante que ya hemos visto en otras ocasiones: la revelación es de arriba abajo, no de abajo arriba. Hay muchos pueblos que han indagado la verdad, algunos con una finura muy superior a los hebreos, por ejemplo, los pueblos de la India; pero ellos buscan de abajo arriba. Israel tiene conciencia de que la revelación no es una búsqueda, es una recepción. Reciben y por eso buscan. Indagan lo que ya se les ha dado, intentan profundizar en lo que han recibido. Y eso va a afectar a toda la revelación judía y cristiana. Es decir, nosotros no forzamos el conocimiento de Dios, lo recibimos. Y, si somos humildes y obedientes, vamos profundizando en él. Por lo tanto, nosotros no acudimos a estos temas a fabricar un conocimiento de Dios, sino a recibir con más claridad, a agradecer y a profundizar lo que ya se nos ha regalado. Esto no es como le sucedió a Prometeo, que para ayudar a los hombres tuvo que robar el fuego a los dioses. No, a nosotros se nos regala. Y esto nos ayuda a entender que Dios no está en confrontación con nosotros, sino está a favor nuestro. Dios quiere que lo conozcamos, que profundicemos en sus misterios, que descubramos su verdadero rostro, el que podemos contemplar antes del pecado con mucha claridad y después del pecado con más claridad si cabe. La razón de esta revelación es que Dios tiene interés en llamarnos, nos ha creado para algo, como veremos, para una relación privilegiada y excepcional con él, diferente a la de las demás criaturas. Es decir, no es el hombre para la casa común, sino la casa común para el hombre. Nosotros somos el sentido de la creación. Dios creó todo para nosotros.
El texto sacerdotal de la creación (Gn 1,1-2,4)
Texto bíblico
1,1Al principio creó Dios el cielo y la tierra. 2La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.
3Dijo Dios: «Exista la luz». Y la luz existió. 4Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla. 5Llamó Dios a la luz «día» y a la tiniebla llamó «noche». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero.
6Y dijo Dios: «Exista un firmamento entre las aguas, que separe aguas de aguas». 7E hizo Dios el firmamento y separó las aguas de debajo del firmamento de las aguas de encima del firmamento. Y así fue. 8Llamó Dios al firmamento «cielo». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día segundo.
9Dijo Dios: «Júntense las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y que aparezca lo seco». Y así fue. 10Llamó Dios a lo seco «tierra», y a la masa de las aguas llamó «mar». Y vio Dios que era bueno.
11Dijo Dios: «Cúbrase la tierra de verdor, de hierba verde que engendre semilla, y de árboles frutales que den fruto según su especie y que lleven semilla sobre la tierra». Y así fue. 12La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie. Y vio Dios que era bueno. 13Pasó una tarde, pasó una mañana: el día tercero.
14Dijo Dios: «Existan lumbreras en el firmamento del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años, 15y sirvan de lumbreras en el firmamento del cielo, para iluminar sobre la tierra». Y así fue. 16E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas. 17Dios las puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, 18para regir el día y la noche y para separar la luz de la tiniebla. Y vio Dios que era bueno. 19Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto.
20Dijo Dios: «Bullan las aguas de seres vivientes, y vuelen los pájaros sobre la tierra frente al firmamento del cielo». 21Y creó Dios los grandes cetáceos y los seres vivientes que se deslizan y que las aguas fueron produciendo según sus especies, y las aves aladas según sus especies. Y vio Dios que era bueno. 22Luego los bendijo Dios, diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad las aguas del mar; y que las aves se multipliquen en la tierra». 23Pasó una tarde, pasó una mañana: el día quinto.
24Dijo Dios: «Produzca la tierra seres vivientes según sus especies: ganados, reptiles y fieras según sus especies». Y así fue. 25E hizo Dios las fieras según sus especies, los ganados según sus especies y los reptiles según sus especies. Y vio Dios que era bueno.
26Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra». 27Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó.
28Dios los bendijo; y les dijo Dios: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra».
29Y dijo Dios: «Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: os servirán de alimento. 30Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira». Y así fue. 31Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto.
2,1Así quedaron concluidos el cielo, la tierra y todo el universo. 2Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. 3Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él descansó de toda la obra que Dios había hecho cuando creó.
4Esta es la historia del cielo y de la tierra cuando fueron creados.
Lectio

El primer texto que vamos a estudiar, Gn 1,1-2,4a, fue compuesto alrededor del siglo V a.C. a la vuelta del destierro de Babilonia y seguramente por un sacerdote; por lo tanto pertenece a la tradición sacerdotal.
Hay que tener en cuenta que, aunque a veces podamos datar los textos de la Biblia en un momento determinado, siempre hay una tradición muy anterior, una tradición oral, que va pasando de unos a otros hasta que un autor la pone por escrito. Por tanto, los materiales que componen este relato seguramente sean anteriores al momento en que se pusieron por escrito.
Sabemos que se trata de un sacerdote porque, como vamos a ver, subraya mucho las fiestas litúrgicas. El sol y la luna sirven para indicar las fiestas litúrgicas. El esquema en siete días, seis de creación y el séptimo de descanso, refleja este mismo espíritu litúrgico. Hay algunas expresiones que son como estribillos de una letanía: «Dijo Dios, vio Dios que era bueno, día primero, día segundo…». Es decir, lo presenta como si fuera parte de una liturgia.
Naturalmente, todo el Pentateuco se le asigna a Moisés para darle una unidad a todos los textos y para colgar de su autoría y de su autoridad todos los textos. Pero naturalmente el Pentateuco no está escrito por una sola persona. Se habla más de tradiciones que de autores, como explicaremos en otra ocasión: Eloísta, Yahvista, Deuteronomista y Sacerdotal. Este relato de la creación es el texto más importante de la tradición sacerdotal.
Lo que pretende hacer el autor de este relato es una «cosmogonía», presentar el inicio del universo. Y para eso utiliza el material de los mitos de los babilonios, pero adaptándolos a una visión absolutamente distinta y novedosa. Se pueden encontrar muchas similitudes entre los mitos babilonios y el relato bíblico, pero este relato bíblico es algo totalmente distinto. Nuestro relato de la creación también emplea las ideas científicas que tenían en su época. El fruto que busca el autor sagrado es la contemplación, el agradecimiento y la admiración. Es decir, no solo pretende narrar, sino transmitir unas ideas teológicas para suscitar en último término una respuesta de gratitud, admiración y adoración. El relato contiene una confesión de fe que tiene que desembocar en admiración.
Hay que tener en cuenta que el autor del relato parte, no de una teoría, sino de una realidad. La realidad de que Yahweh es el único Dios, que ha salvado a Israel, que lo protege, que lo ha condenado al destierro y lo hace volver a su tierra. Y, entonces, contemplando la historia de Israel, retrotrae esa visión y construye este maravilloso relato.
Los distintos pasos de la creación están distribuidos según la semana judía: seis días de creación y un día de descanso. Naturalmente, el autor está utilizando artificialmente ese armazón para meter ahí todo lo que Dios hace, porque si nos fijamos, son ocho -no seis- las acciones creadoras. Podemos comprobar que el día tercero hay dos creaciones y el día sexto otras dos. En las cuatro primeras creaciones -los tres primeros días- Dios crea el escenario donde se va a desarrollar la vida; en las siguientes cuatro -en los tres últimos días-, va creando los seres vivientes para que pueblen ese escenario que él ha creado. El relato va de lo más sencillo a lo más complejo. Y, por último, crea el hombre. El autor tiene un plan perfectamente trabado en su cabeza.
[v. 1]
«Al principio creó Dios el cielo y la tierra». Realmente se trata de un título; es la afirmación teológica que va a desarrollar en todo el relato y que está en relación con el v. que cierra el relato: «Esta es la historia del cielo y de la tierra cuando fueron creados» (2,4a).
Al principio en hebreo se dice «Berešit», y así se denomina el libro del Génesis entre los hebreos. Se trata de un «principio» cronológico, es decir, que hay un momento en que empieza la historia, y la historia empieza en el momento en que Dios va a actuar. Este v. nos sitúa, pues, en el primer acto salvador de Dios.
La traducción más habitual de Berešit es «al principio», pero hay algunas Biblias, sobre todo las más antiguas, que traducen «en el principio», que es también perfectamente legítima según el texto hebreo. Ambas son válidas, pero es muy interesante señalar que los Santos Padres prefieren esta segunda traducción, porque hacen una interpretación del término «principio» más ontológica y espiritual que cronológica. Para ellos no se trata sólo de que Dios realice el acto creador dando origen al tiempo y a la historia; sino, sobre todo, que esto sucedió «en el principio», es decir, en el Verbo. Se fijan en lo que afirma san Pablo: «Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo» (Col 1,18), y cuando leen en Gn 1,1, «en el principio» concluyen que se quiere decir «en Cristo, que es el principio». Ratifican esta interpretación con lo que aparece en el mismo himno paulino: «Todo fue creado por él y para él» (v. 16). El prólogo del evangelio de san Juan enlaza con el relato del Gn 1, pero desde la perspectiva del Nuevo Testamento, y por eso se retrotrae más allá del momento de la creación:
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho (Jn 1,1-3).
Así lo explica Orígenes:
[La Escritura] no habla aquí de un principio temporal, sino que dice que el cielo y la tierra y todo cuanto se hizo fue hecho «en el principio», esto es en el Salvador (Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 1,1).
¿Cuál es el principio de todo sino Jesucristo, nuestro Señor y «Salvador de todos», «el primogénito de toda la creación»? En este principio, pues, es decir, en su Verbo, «hizo Dios el cielo y la tierra», como dice también el evangelista Juan al comienzo de su evangelio (Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 1,1).
Debemos recordar que el autor sagrado puede querer decir una cosa, y el Espíritu suscitar en la Iglesia, en el oyente que la representa, algo que va más allá, y que no contradice lo que dice el autor sagrado. En este caso, el texto hebreo de Gn 1,1 claramente no está pensando en el Verbo porque no puede pensar en él, pero la revelación que se hace en la carta a los Colosenses y que aparece en el evangelio de san Juan, justifican el que un cristiano diga: «Él es el principio, el primogénito de entre los muertos».
Con la afirmación «en el principio creó Dios» ya se está introduciendo una explicación del origen del mundo que a nosotros nos parece normal y, sin embargo, es una absoluta novedad en toda la antigüedad, y desde luego para los pueblos que rodeaban a Israel. El autor sagrado lo expresa con un verbo que se utiliza casi exclusivamente con Dios como sujeto: «bará». Este verbo describe una actividad realizada sin esfuerzo ni fatiga por parte de Dios, que tiene normalmente como fruto algo nuevo y extraordinario. Sólo Dios crea. Es cierto que en la creación descrita en Gn 1, como vamos a ver, todavía no aparece claramente que Dios crea de la nada, porque hay un elemento previo confuso; pero sin embargo bará es el término que mejor expresa eso que luego los cristianos -y también los judíos en el primer libro de Macabeos- definen como «creación de la nada».
Según las cosmogonías míticas de los pueblos de alrededor a Israel, la materia confusa -esa materia que describe Gn 1,2 al decir «la tierra estaba informe y vacía»- genera a los dioses y a los hombres por medio de la oposición entre un principio bueno y otro malo. El autor sagrado se salta todo eso y dice algo que es revolucionario en su ambiente: solo hay un creador, que trasciende la creación; es decir, que no tiene origen en la creación, que no forma parte de ella, que está más allá de ella. Todo procede de él como principio. Hay que caer en la cuenta de lo atrevida que es esta afirmación, porque ahora el autor bíblico va a tener que explicar el pecado y la imperfección. ¿Cómo puede decir «y todo era bueno» cuando estamos contemplando todo el mal del mundo? La fe de Israel es, por tanto, un misterio, una revelación y realmente constituye un reto para la inteligencia.
«Al principio Dios creó el cielo y la tierra». Con esos términos, «el cielo y la tierra», designa nuestro texto el cosmos griego. Por lo tanto, todo lo que existe, el mundo visible, es fruto de la acción creadora de Dios. ¡Todo! Y luego va a afirmar «todo es bueno». Hay que percibir el optimismo que hay detrás de esta descripción judía que los cristianos asumimos. El mundo es bueno, su esencia más profunda es buena, aunque ahora esté deformado, y todo él es creado por Dios.
Nosotros, los cristianos, vamos mucho más allá de lo que dice el texto hebreo y profesamos que Dios es «creador de todo lo visible e invisible»; afirmamos que hay mucho más mundo que el que nosotros conocemos, y que Dios es creador de lo que nosotros tenemos experiencia y de aquello que no logramos ver. Esto le animará a decir a un científico que átomos y partículas subatómicas, que no podemos ver, también han sido creadas por Dios. Hay todo un universo inconmensurable que nosotros desconocemos, que también es fruto de la acción de Dios, y ante el cual nosotros somos muy pequeños. Dios se coloca por encima, muy por encima de todo lo creado. Y también ha creado los ángeles del cielo, hasta Satanás. Todo ha sido creado por Dios, y todo salió bueno de las manos de Dios.
[v. 2]
«La tierra estaba informe y vacía, la tiniebla cubría la superficie del abismo». Lo que había al principio era un caos primigenio. Hay que tener en cuenta que los judíos no saben concebir la nada; se trata de un concepto para el que no tienen capacidad. Hasta la época de los Macabeos, ya en el período helenístico, no van a poder formular la creación de la nada. Este concepto aparece en labios de la madre de los siete hermanos macabeos que están siendo martirizados al irlos exhortando para que se mantengan firmes en la confesión de su fe. Al más pequeño le dice:
¡Hijo mío, ten piedad de mí, que te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y te crié durante tres años, y te he alimentado hasta que te has hecho mozo! Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contienen, y ten presente que Dios lo creó todo de la nada, y el mismo origen tiene el género humano. No temas a ese verdugo; mantente a la altura de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos (2Mac 7,27-29).
Esta valiente mujer anima a su hijo para que acepte el martirio recordándole que el Dios que ha hecho todo de la nada también es capaz de resucitarlo después de la muerte.
Es un ejemplo claro de como unos textos bíblicos aclaran a otros; de este modo el Espíritu Santo nos ayuda a interpretar lo que afirma un texto anterior y más incompleto por medio, no de una interpretación humana, sino que la misma palabra de Dios. La Escritura contiene la pedagogía de Dios que nos va llevando paso a paso a la verdad plena.
Como no tenían el concepto de la nada y toman las ideas y los términos de los elementos de los pueblos que les rodean, especialmente de los babilonios, expresan la nada y el vacío como la confusión, el caos, la oscuridad. Estas «aguas» sobre las que se cernía el espíritu de Dios no son las aguas que luego van a ser creadas, sino las aguas primigenias.
Tierra informe y vacía, se dice en hebreo «tohu wabohu», una expresión que a veces empleamos también nosotros para expresar desorden y confusión. No se trata sólo de la ausencia de vida vegetal o animal, sino un desorden, una confusión, un completo vacío, un caos. Por tanto, la acción creadora de Dios va a consistir no sólo en llenar ese vacío y poblarlo de vida, sino también, y esto es muy interesante, introducir el orden. La creación tiene mucho de ordenar, de crear e introducir, de separar y distinguir.
Nos viene muy bien reflexionar en esto para tener en cuenta que la confusión y la falta de orden no tienen nada que ver con el Señor. Dios no puede reinar donde hay caos y confusión.
«La tiniebla cubría la superficie del abismo». Esa oscuridad, como el vacío, es un término negativo que subraya la oposición a la vida. Por eso, como todo es oscuridad, lo primero que Dios tiene que hacer es crear la luz; si se quiere, se trata de la imagen inocente, primaria, pero expresiva de encender la luz para ponerse a trabajar. Por eso, la primera creatura será la luz (cf. v. 3). La creación, que es también ordenar, consiste del mismo modo en iluminar.
Y en este caos, oscuro y vacío, sobre estas aguas primigenias, «se cernía el espíritu de Dios». En hebreo se dice «ruah» y significa también «aliento divino». Aparece también en las cosmogonías babilónicas, pero el autor sagrado lo ha espiritualizado; no se trata de un viento impetuoso, es el viento de Dios, que está cerniéndose, como planeando sobre las aguas. Dios está ya contemplando toda esa realidad oscura y caótica para actuar en ella, como en un mar oscuro y sin vida, sobre el cual Dios va haciendo planear a su espíritu. Se trata del mundo del no ser, pero Dios va a actuar en él.
En los mitos paganos aparece muchas veces el vacío informe, el abismo, una diosa madre nocturna, el caos primordial, el fuerte viento de la tempestad. El autor sagrado ha utilizado esos términos, pero despojándolos de todo lo que tenían de mitología politeísta y les ha dado un contenido espiritual.
La cosmogonía babilónica está representada en un poema que se llama «Enuma elis»:
Cuando el mundo todavía no existía, sólo inmensos remolinos de agua y fangos se extendían, informes en el espacio infinito, había una gran oscuridad en la que borbotaban las olas inquietas, en tanto que ciegas sacudidas y formidables huracanes habitaban acá y allá a la materia. Nada más. Con todo, dos seres vivían tranquilamente en aquella noche cenagosa, Absu, el espíritu del abismo, del espacio sin límites, y Tiamat, el espíritu de las aguas. Sería muy difícil imaginárselos. Los mismos babilonios no tenían ideas muy precisas a este propósito, y en el fondo se limitaban a decir que eran dos seres de forma monstruosas. Cuando trataban de representárselos, dibujaban extrañas figuras […]. En determinado momento, la masa de las aguas se mezcló con el abismo, y de esta unión comenzaron a nacer dioses semejantes a enormes serpientes, a dragones alados, a aves de rapiña, y durante mucho tiempo esos toscos seres divinos se agitaron en la confusa noche junto con las arremolinadas aguas. De estas nacieron por fin tres divinidades muy poderosas, Anu, el dios del cielo, Bel, el dios de la tierra, y Ea, el dios de los océanos. Pero los dos seres primitivos Absu y Tiamat no se mostraron de modo alguno conformes con el nuevo estado de la cosa1.
El autor sagrado ha utilizado estos elementos -agua y espíritu- para su propio poema de la creación, pero despojándolos de toda resonancia pagana. Pero, a pesar de estos elementos, al principio del relato del Génesis no hay vida, ni seres, porque es Dios quien lo va a crear todo.
Debemos aclarar que las aguas sobre las que se cierne el espíritu no son las aguas creadas todavía, sino un vacío insondable. Recordemos que, para un israelita, el mar siempre es fuente de temor, el lugar de criaturas pavorosas que no conocen, porque ellos no estaban acostumbrados a navegar.
En medio de esta oscuridad y de esta ausencia de ser, Dios va a realizar la creación de dos formas, con dos medios: el espíritu y la palabra. La acción del espíritu, «se cernía», tiene dos acepciones: una es aletear, ir planeando en la oscuridad; la otra es incubar, como hacen las aves con sus polluelos. La palabra soberana es la que va a dar la orden de existir. El espíritu que aletea e incuba, transforma el caos en cosmos; la palabra soberana pronuncia la orden poderosa que da la existencia a los seres.
Lógicamente los Santos Padres ven aquí la huella de la Trinidad. San Ireneo dirá que Dios tiene dos manos, el Hijo y el Espíritu Santo, y que con esas dos manos crea y hace todo.
Es especialmente sugerente esta concepción de la acción del Espíritu Santo como «incubación», porque expresa de una forma muy hermosa la creación como dar calor y generar vida. Y se puede aplicar a lo que le sucede a la Virgen María, cuando el ángel le dice: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). El ángel le está diciendo: «A ti que eres un vacío, que como criatura no puedes dar la verdadera vida, a ti que eres oscuridad, va a venir sobre ti el Espíritu Santo y Dios va a enviar su palabra para que tu seno sea fuente de vida, para realizar una nueva creación». La palabra griega «pneuma» tiene las mismas acepciones que hemos visto en el término hebreo «ruah»: viento y aliento. En este caso, Dios envía su aliento de vida que incuba en el vientre de María la vida verdadera en un océano de pequeñez.
Estas explicaciones y aplicaciones son hermosas y pueden ayudar más o menos. Se proponen porque satisface al que lo descubre por medio del estudio y la oración y lo ofrece a los demás con alegría; pero la verdadera alegría es ir descubriéndolo uno mismo estas resonancias por medio de la lectura, el estudio y la oración con la Palabra.
[v. 3]
Ya tenemos el punto de partida, la tierra «informe y vacía»; ahora Dios va a empezar a actuar y a cambiarlo todo. Dios comienza creando la luz y lo único que tiene que utilizar es su palabra: dice que exista la luz, y eso es suficiente para que la luz comience a existir. Mientras que los poemas paganos describen la creación como el resultado de una lucha entre los dioses o las fuerzas del caos, el relato bíblico subraya la tranquila actividad creadora del Dios único, una actividad serena, de pleno dominio y posesión de sus fuerzas. Dios expresa su pensamiento y su acto creador a través de la palabra. Recordemos lo que dice el Salmo 33:
La palabra del Señor hizo el cielo;
el aliento de su boca, sus ejércitos (Sal 33,6).
Es interesante reflexionar sobre la creación por medio de la palabra que expresa este «dijo Dios». ¿Qué necesidad tiene Dios de decir una palabra fuera de sí mismo, si tiene al Verbo en su seno? Una persona que habla sola no nos parece normal. ¿Cómo llamamos a una persona que habla sola? Una persona habla porque quiere provocar una respuesta. Con este «dijo Dios», Dios está empezando una comunicación, pero no hay nadie más. Lo que sucede es que, con esa palabra, Dios empieza a generar a su interlocutor. Dios crea con su palabra, porque espera una respuesta. Dios va a decir nuestro nombre para que nosotros respondamos. Dios va nombrando las diversas criaturas: dice «haya luz», y la luz le responde existiendo. Va a decir «haya hombre», y el hombre le responde existiendo y respondiéndole.
Es muy interesante descubrir que Dios inicia un diálogo, un diálogo eterno, con cada una de sus criaturas, y con nosotros; y necesitamos caer en la cuenta de que Dios espera una respuesta. Esa respuesta no consiste sólo en la eficacia de su creación, no es sólo que las criaturas respondan a su llamada y sean; sino que, además, Dios espera algo de sus criaturas, especialmente de su gran criatura, como aparece al final de este relato de la creación.
En ese diálogo que comienza Dios la primera palabra es «exista», es decir, que venga a la existencia lo que no hay. Es significativo que algunas traducciones de la Biblia (Biblia de Jerusalén, Nácar Colunga y otras) dicen «haya», «haya luz»; se trata de un mandato imperativo de Dios a través de su palabra. Es hermosa y significativa la inmediatez del resultado -aparece claramente en hebreo-. Tras la palabra de Dios, inmediatamente existe la luz. Sin intermediarios ni dilaciones, porque la realidad caótica no puede oponerse a la palabra de Dios. En esa inmediatez descubrimos que la palabra de Dios es eficaz. Cuando no encuentra la oposición consciente de los hombres, la palabra de Dios siempre realiza lo que anhela y pronuncia.
De nuevo podemos aplicarlo a la Encarnación. En la Encarnación Dios dice «hágase»: «Hágase mi hijo, hágase». Dios quiere hacer a su Hijo Dios y hombre. Pero Dios no quiere la nueva creación sin una respuesta, por eso necesita una criatura humana que, unida a él, dé esa orden. La orden de la existencia del hombre se dio al principio; ahora se va a dar otra orden mucho más relevante y mucho más difícil: «que Dios se haga hombre». Entonces Dios dice «hágase». Y le pregunta a María «¿quieres?»; y María responde «hágase» (Lc 1,38). Esa respuesta de María es un eco de la creación; por lo tanto, la nueva creación tiene como co-creadora a la Virgen María. Al decir «hágase en mí», María no sólo responde aceptando, sino también deseando que se haga; y, no sólo aceptando y deseando, sino mandando, con humildad, pero mandando: «Hágase en mí». Como diciendo: «Yo soy ese vacío, sobre el cual tú me has dicho que va a venir a incubar el Espíritu Santo y yo te respondo, porque esta vez el vacío tiene la dignidad de poder aceptar o rechazar, y yo como vacío, como pobreza, te respondo: «Hágase en mí»». Es hermoso e interesante contemplar la Encarnación desde el punto de vista de la creación, porque nos dice que si la creación resulta increíble, la Encarnación es un misterio muy superior, porque es increíble que el Dios creador se haga criatura. Y es más sorprendente aún que, para este paso, Dios quiera contar con el ser humano que ya está creado, con toda la creación representada por una mujer, que es materia y espíritu, y que se constituye en la representante de toda la creación que en este caso dice «sí». Esto nos ayuda a valorar la fe de María, que es capaz de aceptar que del «sí» de una criatura como ella pueda brotar de sus entrañas el Hijo de Dios. Y descubrimos no sólo la fe, sino también la audacia de María que no se echa atrás, que no pone excusas como hacen otros ante los planes de Dios: «Yo repuse: “¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño”. El Señor me contestó: “No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene”» (Jr 1,6-7). María, siendo muy joven, tiene la audacia de decir «hágase en mí», es decir, «si tú lo quieres, yo creo que puedes; y yo lo quiero». Y se ofrece sin reservas.
Tiene su lógica que la primera criatura sea la luz, porque, si Dios quiere crear y trabajar es necesario que tenga luz para poder ver. Hay que recordar también que, para el autor, que es un autor sacerdotal, es importante distinguir, en este caso la luz de las tinieblas. Y esta distinción se va a expresar con el nombre que Dios pone a las dos realidades, lo veremos en el v. 5: «día» y «noche». El autor necesita esta distinción porque va a distribuir la creación en varios días que se marcan con el paso de la tarde y de la mañana.
No hay que olvidar que Dios crea la luz, pero no se nos dice que Dios cree las tinieblas, porque Dios es el Dios de la luz. Y sin embargo, utiliza las tinieblas que no ha creado, de manera que va a distinguir la luz de la tiniebla y a cada una le va a dar su nombre, día y noche; de este modo va a hacer que lo que no existe o no está ordenado adquiera orden y coopere a su plan. Podemos comprobar una vez más que Dios es un magnífico artista, que utiliza materiales también de desecho para hacer sus grandes obras.

Entonces, esta luz a la que Dios llama a la existencia es una criatura y, por lo tanto, no se refiere a la luz increada. Lo que sucede en que esta luz creada está hecha a imagen de la luz increada. ¿Qué es la luz increada? Lo aclara la misma Escritura:
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió (Jn 1,4-5).
La luz increada es el Verbo que estaba junto al Padre, a cuya imagen Dios hace esta luz creada, que es reflejo de esa luz increada, eterna, que es Jesucristo, nuestro Señor. Esta luz creada es provisional, una luz que tiene que desaparecer. ¿Y por qué tiene que desaparecer? Porque va a ser asumida por la luz verdadera:
Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8,12).
Es necesario constatar que el autor sagrado no hace depender esa luz de un foco, porque la luz no puede provenir de una realidad no creada distinta de Dios. Como veremos, los astros no se crean hasta el día cuarto. Por lo tanto, esta luz creada en el primer día proviene de un lugar misterioso, que sólo se nos va a revelar en el Nuevo Testamento.
Es muy interesante descubrir que también el autor del Apocalipsis, san Juan, utiliza esta misma imagen al afirmar que en los tiempos definitivos la luz no vendrá del sol, en la nueva creación la luz tiene otro origen:
La ciudad no necesita del sol ni de la luna que la alumbre, pues la gloria del Señor la ilumina, y su lámpara es el Cordero (Ap 21,23).
En la eternidad veremos pues con la luz del Hijo de Dios, con la lámpara que es el Cordero.
[v. 4]
La afirmación es impresionante: «Vio Dios que la luz era buena». Empieza aquí este estribillo, porque después de cada cosa que Dios crea, Dios mira lo que ha creado y afirma su bondad. Dios mira lo que ha creado a través de su Palabra, con la fuerza de su Espíritu, y ve que todo es extraordinario.
Tenemos que descubrir que no hay criatura mala. La creación es fruto de una acción consciente de Dios que le satisface. Dios no se arrepienta de haber creado; al contrario, todo lo que hace le parece maravilloso. Hasta que cuando termine la creación del hombre vea todo lo que ha hecho y diga que era «muy bueno».
Dios vio que la luz era buena, pero mantuvo la noche. La luz, unida a la noche, es algo bueno. La noche en sí misma, como caos y confusión, no es buena. Pero la luz acota la noche, da sentido a la noche. Dios hace unas obras que son buenas y que hacen bueno incluso lo que en sí mismo considerado no sería tan bueno.
«Vio Dios que era bueno» nos manifiesta dos realidades importantes:
1. Todo lo que Dios hace es bueno, es bueno para Dios y está bien hecho. Es decir, que el mundo está a nuestro favor, es bueno, es una bendición de Dios. Y, con toda nuestra maldad, no podemos estropear la bondad de Dios. La modularemos, haremos que sea difícil vivir la alegría de la belleza, pero la belleza está ahí. Es más, todos nosotros tenemos en nuestro corazón un poso de belleza y de bondad que Dios ha creado.
Dios no sólo ve que todo es bueno, sino que lo ve con delectación, disfruta con las cosas que ha hecho, está orgulloso de ellas. Todas las criaturas tienen un valor para el Infinito. Lo proclama de forma muy hermosa el libro de la Sabiduría:
Amas a todos los seres
y no aborreces nada de lo que hiciste;
pues, si odiaras algo, no lo habrías creado.
¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras?,
o ¿cómo se conservaría, si tú no lo hubieras llamado?
Pero tú eres indulgente con todas las cosas,
porque son tuyas, Señor, amigo de la vida (Sab 11,24-26).
El Dios creador que revela el Génesis no es como el Dios de Aristóteles, que crea prácticamente sin ser consciente. No conoce el mundo que crea, ni le importa; porque él está ensimismado en su grandeza y en su soberanía. Nuestro Dios, el Dios verdadero, es un Dios que crea, que está orgulloso de su creación, que ve que todo es bueno y disfruta.
Viene muy bien recordar todo esto cuando estás deprimido y piensas que no vales para nada y que eres un desastre. Entonces hay que pensar: «Si Dios te odiara, no te habría creado; ¿Cómo subsistirías tú si él no viera que tú eres bueno, que tú mereces la pena? Tú estás aquí porque él te sostiene». No podemos aceptar que se diga que para los cristianos todo es negativo y sacrificio, porque el fundamento de nuestra fe es que Dios hizo todo y lo hizo bien, que Dios es amigo de la vida y no quiere la muerte.
Como veremos más adelante, el hombre tiene una misión en la creación que es cooperar con Dios de una forma activa. Dios ha hecho todo perfecto, pero es perfectible si el hombre aporta su parte. Por tanto, todo lo que sea creatividad -creatividad buena, claro- que ayude a acrecentar el bien, la belleza, la bondad, Dios lo bendice. La Virgen María será la que colabore de forma excepcional y única para que toda la creación mejore.
2. Dios aborrece lo malo, lo feo y lo que ensucia su creación; nada de eso sería creado por él. Y entonces el autor sagrado se enfrenta al grave problema de justificar cómo existe el mal, la fealdad, la corrupción, si todas las criaturas son buenas y no ha creado nada que no haya amado, si Dios es el amigo de la vida. Ya veremos como resuelve este gravísimo problema. Pero de partida debemos saber que Dios es positivo, alegre, bello y hermoso; él es el fundador de toda la vida y de la hermosura, por tanto, lo que no es hermoso no proviene de él.
Hay que señalar que la sensibilidad ecológica que hoy se nos pide a los cristianos suele estar apoyada en una actitud egoísta: hay que cuidar la creación porque es la que nos sustenta. Ya es algo, pero no deja de ser una razón egoísta: cuidemos la creación porque nos viene bien a nosotros. No. El motivo fundamental para cuidar la creación es porque es obra de Dios, una maravilla de la cual Dios se siente orgulloso y la mantiene con orgullo; porque es un don de Dios, un regalo de Dios. O sea, que está muy bien mantener la creación porque nos viene bien; pero la creación, lo vamos a ver más adelante, tiene un destinatario que es el hombre, para que el hombre alcance el objetivo para el que ha sido creado.
Es interesante señalar que en ese «vio Dios que era bueno» se opone a la una lucha mítica de los poemas babilonios de la creación.
Una vez que ha creado la luz, Dios la separa de las tinieblas. Las tinieblas no son obra de Dios y, sin embargo, las utiliza al igual que hará con las aguas primigenias, como veremos después. Él crea armonía y diversidad con la luz y las tinieblas. Dios empieza a organizar, porque, como decíamos, Dios no es sólo creador, su forma de crear es también organizar.
Dios crea todo desde el orden y la armonía. Lo que no es limpio ni ordenado no tiene el sello de Dios. Es necesario que lo tengamos en cuenta.
[v. 5]
Después de que ha creado las cosas -en este caso la luz- y de sentirse satisfecho con su bondad, Dios reafirma su dominio sobre ellas poniéndoles un nombre. Poner un nombre es manifestar el dominio sobre esa criatura (aparecerá de otro modo cuando en el segundo relato de la creación Dios ordene al hombre poner nombre a los animales). Con ese nombre Dios da a las criaturas una entidad, las hace reconocibles y les otorga una función. En este caso, la de separar el día de la noche y comenzar así el tiempo. Hay que tener en cuenta que los judíos comienzan su día al atardecer, por eso menciona primero la tarde y luego la mañana.
Queda claro que Dios, al poner el nombre a sus creaturas, es consciente de lo que crea. Y esto es importante porque significa que las criaturas no son desconocidas para Dios. De nuevo estamos muy lejos del Dios de Aristóteles, un Dios tan trascendente, que no tiene ningún vínculo con el mundo, que ignora incluso la existencia del mundo. El mundo se beneficia de él, pero ni uno ni otros se encuentran. El Dios revelado por el libro del Génesis, el verdadero Dios, conoce a las criaturas, las llama por su nombre, se fija en ellas, les pone el nombre que van a llevar en el futuro. Por lo tanto, Dios es plenamente consciente de todo lo que ha llamado a la existencia.
Ha pasado el primer día y nadie fue testigo de que sólo Dios es quien lo crea y así va a comenzar la historia.
[vv. 6-8]
Según la visión que tenían los judíos, había como una cúpula, una especie de bóveda en forma de quesera, que separaba las aguas que quedaban por encima y las que quedaban por debajo de esa cúpula. Esa separación es el firmamento que Dios va a crear en el segundo día, de modo que las aguas primigenias quedan parte por debajo y parte por encima de esa bóveda. Las que están situadas por encima son las que caen con la lluvia cuando Dios abre firmamento. Ellos conocían las nubes, sabían que se formaban por evaporación del agua y se acaban derramando en forma de lluvia; pero, aún así, pensaban que más allá del firmamento se situaban estas aguas. Son las que aparecerán en el relato del diluvio.
Aquí, en el día segundo, Dios aparece como un laborioso arquitecto, un ingeniero. La tierra se halla sumergida en una inmensa masa acuosa y Dios va a liberarla. Y lo primero que hace para liberarla es separar las aguas por medio de ese firmamento, que es como una masa sólida con forma de cuenco invertido. De ahí penderán los astros y las estrellas que Dios va a crear más adelante.
El profeta Isaías describe esta acción creadora diciendo: «Es él, que tiene su trono sobre el círculo de la tierra, cuyos habitantes son como saltamontes. Es él, que extiende el cielo como un toldo, como tienda habitable lo despliega» (Is 40,22).
El firmamento, como la tierra, está asentado sobre unas columnas que se mantienen firmes sobre las aguas del abismo.
Dios utiliza a voluntad las aguas primigenias para el fin a la que las destina: las divide, les pone un límite…; no lucha contra ellas, porque él no tiene nada en su contra, no hay un principio malo que luche contra un principio bueno. Basta que Dios lo diga para que exista el firmamento y las aguas se dividan, porque la palabra de Dios es poderosa y eficaz: «La palabra del Señor hizo el cielo» (Sal 33,6). Por eso enseguida se afirma «así fue». Y de nuevo, como en la creación de la luz, pone nombre al firmamento como signo de dominio en él.
Aquí no aparece todavía la aprobación divina que dice «vio Dios que era bueno» porque Dios todavía no ha terminado la tarea de la separación de las aguas para preparar la tierra para el hombre.
[vv. 9-13]
Una vez que Dios ha separado las aguas de encima de la bóveda del firmamento de las aguas de debajo, va a juntar las aguas de debajo en los océanos y los mares para generar la tierra firme. Aquí la creación es un proceso de separación: Dios va separando y ordenando para que sea posible la vida. De nuevo aparece que las aguas son gobernadas por Dios, que les pone un término. Lo expresa la Escritura con metáforas hermosas:
Encierra en un odre las aguas marinas,
mete en un depósito el océano» (Sal 33,7).
Yo puse la arena como límite al mar,
una frontera que jamás traspasará;
se agitan las aguas, pero son impotentes,
mugen sus olas, pero no lo traspasan (Jr 5,22).
Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.
Él afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia (Sal 136,5-6).
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra. (Sal 104,5-9).
De forma poética, no científica, los salmos van expresando una verdad con los datos que ellos tenían: Dios ha creado todo y ha puesto cada cosa en su sitio.
Otra vez, Dios pone nombre a las cosas: lo secó se llamará «tierra», las aguas reunidas bajo la bóveda se llamarán «mar». Las aguas primigenias que parecían caóticas ahora tienen su nombre, están acotadas, tienen su sitio y van a ser, como veremos, el origen de la vida.
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos (Sal 24,1-2).
Antes de seguir con la acción creadora de Dios en el día tercero, debemos iluminar el relato de la creación con el resto de la Escritura porque, si nada es casual ni fruto de un desarrollo ciego, es porque la sabiduría de Dios acompaña la obra creadora de Dios.
El Señor me creó al principio de sus tareas,
al comienzo de sus obras antiquísimas.
En un tiempo remoto fui formada,
antes de que la tierra existiera.
Antes de los abismos fui engendrada,
antes de los manantiales de las aguas.
Aún no estaban aplomados los montes,
antes de las montañas fui engendrada.
No había hecho aún la tierra y la hierba,
ni los primeros terrones del orbe.
Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo;
cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo;
cuando sujetaba las nubes en la altura,
y fijaba las fuentes abismales;
cuando ponía un límite al mar,
cuyas aguas no traspasan su mandato;
cuando asentaba los cimientos de la tierra,
yo estaba junto a él, como arquitecto,
y día tras día lo alegraba,
todo el tiempo jugaba en su presencia:
jugaba con la bola de la tierra,
y mis delicias están con los hijos de los hombres (Pro 8,22-31).
La Sabiduría que acompaña a Dios, que como un arquitecto va organizando todo el marco de la creación, ya no es sólo una cualidad de Dios, sino que se presenta en este momento de la revelación progresiva como una persona; todavía se trata de una persona creada, pero esta personificación abre paso a la manifestación plena de una persona divina -no creada- que colabora con Dios en la creación. Nosotros, que vivimos en la plenitud de la revelación conocemos esa persona divina:
En el principio existía el Verbo,
y el Verbo estaba junto a Dios,
y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo,
y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho (Jn 1,1-3).
Él es imagen del Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque en él fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres,
visibles e invisibles.
Tronos y Dominaciones,
Principados y Potestades;
todo fue creado por él y para él.
Él es anterior a todo,
y todo se mantiene en él (Col 1,15-17).
Es hermoso que el libro de los Proverbios diga que la sabiduría alegraba el corazón de Dios jugando en su presencia. A la vez sorprende que aquí la tierra no se conciba plana como un plato, sino como una bola. La sabiduría, que es eterna, se establece en Sión, donde ejerce su poder y encuentra su descanso (cf. Eclo 24,9-11).
Con esta tercera obra de división (luz- tinieblas, lo superior de la bóveda-lo inferior de la bóveda, mar-tierra), Dios acaba la organización previa que era necesaria, como preparando el escenario donde va a empezar a ejercer su labor creadora.
Es ahora cuando puede decir que «vio Dios que era bueno», porque ha terminado la tarea de separar los elementos necesarios (día, noche, cielo, mar y tierra) para poder seguir con la obra de la creación que va a consistir en dar vida.
· · ·
Podemos decir que hasta ahora lo que ha hecho Dios es el escenario; y, a partir de ahora, va a empezar a poner dentro de él los elementos para rellenarlo; pero todavía queda algo para terminar este marco. Por eso, en este tercer día va a crear dos cosas. Para entender la estructura del relato hay que tener en cuenta que la creación va a durar siete días y el último va a ser para el descanso de Dios, por lo que todas las obras que Dios va a realizar tienen que enmarcarse en seis días, tres para fabricar la estructura y tres para rellenarla. Como en total Dios va a realizar ocho obras en seis días, el autor tiene que colocar dos obras en el tercer día y otras dos en el sexto. La cuarta obra creadora que aparece en el tercer día tiene que ver con la estructura: la creación de la hierba y de los árboles. Es cierto que, según nuestra perspectiva, se trata de seres vivos, pero para el mundo judío los vegetales no tienen vida en el mismo sentido que los animales o los hombres Para ellos hay tres categorías de vegetales: la hierba que nace espontáneamente cuando llueve, las hierbas que producen las semillas y los árboles frutales.
Es interesante comparar nuestro relato de la creación con las creencias de los pueblos vecinos que divinizaban la fertilidad de la tierra con nombres como Tammuz, Astarté, Ceres. La Escritura revela que es Dios, el único Dios, el que hace que brote de la tierra la vegetación que alimenta a los animales y a los hombres. La tierra no es divinizada, sino que obedece a la palabra de Dios.
Hay que avisar de la vuelta al paganismo que sufre nuestro mundo que adora a la Pachamama, que procede de la mitología inca y es la madre-tierra, una diosa de la fertilidad, que preside la siembra y la cosecha. Nosotros, apoyados en la Palabra de Dios, no podemos recaer en ese neopaganismo, porque sabemos que no hay fecundidad que no venga de Dios, porque todo viene de él y es él quien con su Palabra fecunda la tierra. No podemos considerar la tierra como la Gaia de la Nueva Era que se venga de los hombres por lo mal que la tratamos. San Francisco de Asís está muy lejos de esa concepción pagana cuando habla de la hermana madre tierra en su cántico a las criaturas y debemos arrancar todo paganismo de la llamada a cuidar de la casa común. Para una sana ecología cristiana debemos recordar que todo proviene de Dios; que las cosas tienen valor, no por sí mismas, sino precisamente porque provienen de él, y hay que cuidarlas porque provienen de Dios y son un don de Dios. No hay fecundidad que no sea fruto de la acción de Dios. Hay que recordar lo que dice san Pablo: «Para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede todo y para el cual somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe todo y nosotros por medio de él» (1Co 8,6). Nada más.
De nuevo con la frase «y así fue» se manifiesta la eficacia de la palabra divina que cumple punto por punto lo que Dios anuncia (v. 12). Orígenes hace una interpretación espiritual de este texto, que, aunque sorprendente, hay que tener en cuenta:
Trabajemos, pues, por recoger «el agua que está bajo el cielo» y por arrojarla lejos de nosotros, para que, hecho esto, aparezca «lo seco», que son nuestras obras hechas en la carne, «a fin de que los hombres, viendo nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro padre que está en los cielos». Porque si no separamos de nosotros las aguas que están bajo el cielo, esto es, los pecados y vicios de nuestro cuerpo, no podrá aparecer nuestra aridez, ni podremos tener la seguridad de avanzar hacia la luz… Y esta seguridad no nos será dada si, como las aguas, no rechazamos y apartamos de nosotros los vicios del cuerpo, que son la materia de los pecados… y llamó a lo seco tierra, porque le dio la facultad de fructificar… Si ya nos hemos convertido en tierra, si ya no somos aridez, demos a Dios frutos abundante y variados (Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 1,2.3).
Orígenes hace referencia a un texto de la carta a los Hebreos que también relaciona la fecundidad de la tierra con las acciones de los hombres:
Pues a quienes fueron iluminados de una vez para siempre, gustaron el don celeste, participaron del Espíritu Santo, saborearon la palabra buena de Dios y los prodigios del mundo futuro, y, a pesar de todo, apostataron, es imposible renovarlos otra vez llevándolos al arrepentimiento, crucificando de nuevo al Hijo de Dios y exponiéndolo al escarnio. La tierra que recoge la lluvia frecuente y produce plantas útiles para los que la cultivan, recibe una bendición de Dios, pero si da cardos y espinas, es inútil, está cerca de la maldición, y acabará abrasada (Heb 6,4-8).
[vv. 14-19]
Dios va a ir rellenando el escenario que ha creado comenzando por ornamentar el firmamento, colocando los astros como nosotros ponemos los adornos del árbol de Navidad.

Para nuestra mentalidad es extraño que sea ahora cuando se cree el sol y se coloque el firmamento porque ya existe la luz desde el primer día y la hierba verde desde el tercero; tampoco tiene sentido que aparezca ahora la luna cuando desde la separación de la luz y la tiniebla en el primer día ya existe el día y la noche. Lo que sucede es que el autor bíblico sabe que tanto el sol como la luna eran divinizados por los pueblos circundantes. En su estancia en Egipto habían conocido la adoración al dios sol y en el destierro a Babilonia la divinización del sol y la luna. Israel no debe caer en esa idolatría, que ciertamente era una tentación para el pueblo de Dios:
Las casas de Jerusalén y los palacios reales de Judá serán inmundos como el lugar de Tófet, esas casas en cuyas azoteas quemaban ofrendascon incienso a los astros del cielo y derramaban libaciones a dioses extranjeros (Jr 19,13).
Extenderé mi mano contra Judá,
contra todos los vecinos de Jerusalén
y arrancaré de ese lugar lo que queda de Baal,
hasta el nombre de los servidores y sacerdotes,
a los que adoran en las terrazas al ejército celeste,
a los que adoran y juran por el Señor y por Milcón (So 1,4-5).
No miré al sol en su esplendor,
ni a la luna en su curso glorioso,
para dejarme seducir en secreto
y enviarles un beso con la mano.
También sería una ofensa criminal,
pues habría traicionado al Altísimo (Job 31,26-28).
Hay que tener siempre en cuenta la fuerte tentación que supone la idolatría para el pueblo judío, rodeado de pueblos politeístas que, del mismo modo que adoraban la fecundidad de la tierra, también adoraban al sol y a la luna. Desde el principio ellos tuvieron que intentar evitar estas tentaciones, pero, a veces, cayeron en ellas. Por eso se les avisa desde el principio:
Tened mucho cuidado ‑ya que no visteis figura alguna el día en que os habló el Señor en el Horeb, de en medio del fuego‑ no sea que os pervirtáis, fabricándoos ídolos, cualquier clase de figura: figura masculina o femenina, figura de animales terrestres o de pájaros que vuelan por el cielo, figura de reptiles que se arrastran por el suelo o de peces que hay en el agua debajo de la tierra. No sea que, levantando tus ojos al cielo y viendo el sol, la luna, las estrellas y todos los astros del firmamento, te dejes seducir y te postres ante ellos para darles culto, porque el Señor, tu Dios, se los asignó a todos los pueblos que hay bajo el cielo (Dt 4,15-19).
El pueblo de Dios ha recibido mucho más que los demás pueblos, por eso no puede atenerse a lo que hacen sus vecinos paganos.
El salmista, por el contrario, señala los astros como obra de Dios, que tienen que alabar al Señor.
Alabadlo, sol y luna;
alabadlo, estrellas lucientes (Sal 148,3).
El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos […].
A toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.
Allí le ha puesto su tienda al sol:
él sale como el esposo de su alcoba,
contento como un héroe, a recorrer su camino.
Asoma por un extremo del cielo,
y su órbita llega al otro extremo:
nada se libra de su calor (Sal 19,2.5-7).
El sol es hermoso porque Dios lo ha hecho y, junto con el cielo, proclama la gloria de Dios.
El autor de este relato de la creación tiene mucho interés en dejar claro que el sol y la luna son criaturas de Dios, no dioses. Crear a los astros después de los vegetales es una forma de empequeñecer al sol, en polémica con los pueblos cercanos. Algunos santos padres se hicieron eco de esto:
La orden de que la tierra produzca es más antigua que el sol: de modo que los que han sido engañados dejen de adorar al sol, como si éste fuera la causa de la vida (San Basilio, Homilías sobre el Hexamerón, 5,1).
Te muestra todo acabado antes de la creación de éste [del sol], a fin de que no le atribuyas a él la producción de las cosechas, sino al Creador de todas las cosas (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, 6,12)
El sol es más joven que las hierbas, es más joven que el heno (San Ambrosio, Los seis días de la creación, 3,6).
Dios coloca estos astros en el firmamento como luceros, como lámparas; pertenecen al ámbito de lo utilitario y así lo va a describir el autor sagrado. Lo mismo que Dios creó en el día primero la luz para poder trabajar, ahora crea, debajo del firmamento, una luz para que puedan trabajar los hombres. Se trata de algo utilitario y tiene una triple finalidad.
Primera finalidad: separar el día de la noche; realmente no tanto separarlos, porque eso lo ha hecho Dios con la luz y las tinieblas, sino presidir el día y la noche. La alternancia día-noche es previa, pero cada uno de estos momentos está regido por su lumbrera correspondiente que son el sol y la luna.
Segunda finalidad: señalar las fiestas, los días y los años. Se refiere a las fiestas del calendario agrícola y a las del calendario religioso, que son las que le interesan especialmente a la tradición sacerdotal. Entonces, la luna y el sol tienen la función de ayudarnos a dar gloria a Dios.
Tercera finalidad: iluminar la tierra.
Dios no pone nombre a las lumbreras, no los llama «sol» y «luna», sino simplemente «lumbrera mayor» y «lumbrera menor», porque son simplemente lámparas; Dios no quiere que los israelitas se confundan y se refieran a estas lumbreras con los nombres con los que otros pueblos los han adorado.
El sol y la luna se consideran mayores que las estrellas puesto que, a simple vista, parecen más grandes, y por eso les dan más importancia.
Los Santos Padres han leído este texto de una forma simbólica que debemos recordar.
El sol ha sido comparado con Dios, y su luz con la gracia.
El gran sol, siempre luciente y espléndido, es imagen donde se manifiesta la bondad divina, eco distante del bien. Ilumina todo lo que puede recibir su luz sin perder nada de su plenitud. Difunde sus rayos fulgurantes a lo alto y a lo bajo de todo el mundo visible. Si alguno no participa de su luz, no es porque ésta sea deficiente en modo alguno; sería debido a la incapacidad o impedimento proveniente del objeto (Pseudodionisio, Los nombres divinos, 4,1).
El sol no se deteriora por iluminar, lo llena todo con su luz; y, si alguien no es iluminado por él, es porque el objeto es deficiente, no porque la luz sea insuficiente. Pues así es Dios. Dios no se agota dando, Dios da sus dones a todos; y, si alguien no recibe sus dones, no es porque Dios se no los dé, sino porque él se cierra a esa luz.
El sol es Cristo y la luna es la Iglesia:
Cristo es, pues, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo», y la Iglesia, iluminada por su luz, se convierte ella misma en «luz del mundo» que ilumina «a todos los que están en las tinieblas», como atestigua el mismo Cristo cuando dice a sus discípulos: «vosotros sois la luz del mundo» (Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 1,6).
Las estrellas son los amigos de Dios que aparecen en las Escrituras:
Como del sol y de la luna se dice que son grandes lumbreras en el firmamento del cielo, así también de Cristo y de la Iglesia en nosotros. Pero, puesto que Dios puso también estrellas en el firmamento, veamos cuáles son las estrellas en nosotros, es decir, en el cielo de nuestro corazón. Moisés es en nosotros una estrella que brilla y nos ilumina con sus actos. Asimismo, Abrahán, Isaac, Jacob, Isaías, Jeremías, Ezequiel, David, Daniel y todos aquellos de quienes la Sagrada Escritura ha dado testimonio de que agradaron a Dios. Pues como «una estrella difiere de otra estrella por su resplandor», así también cada uno de los santos difunde su luz en cada uno de nosotros en proporción a su grandeza (Orígenes, Homilías sobre el Génesis, 1,7).
Cristo proclama «yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12); también que nosotros somos luz (Mt 5,14), pero no porque tengamos luz propia, sino porque somos miembros de su Cuerpo. Somos la luna que Cristo ilumina para que reflejemos su luz en las tinieblas del mundo.
También podría considerarse a la Virgen como la luna y a la Iglesia ‑los santos- como las estrellas. De ese modo podemos decir que la Escritura es el cielo donde están los astros que nos iluminan para que nosotros contemplemos al gran astro que es Cristo y al astro que refleja a Cristo que es la Iglesia, especialmente la Virgen.
[vv. 20-23]
Por primera vez aparece el verbo crear (bará) dentro del relato de la creación (vv. 1,2-2,3), porque va a empezar, no a «separar», sino a hacer lo que sólo Dios puede hacer, crear a los seres vivientes. Hemos visto como hasta ahora Dios va realizando su obra a partir de una masa compacta separando, la luz de las tinieblas, aguas de arriba y aguas de abajo, el mar y la tierra; pero ahora, cuando se trata de los seres vivientes, los crea directamente.
Los seres vivientes -lo que puede coincidir con la ciencia actual- surgen del agua; pero es Dios quien los creó. No se trata de que la vida surja de forma espontánea de lo inorgánico, sino que hay un salto, que la Escritura atribuye a la acción directa de Dios.
En este momento aparecen tres categorías de seres. Primero los monstruos marinos, que para los demás pueblos eran seres mitológicos, casi divinos, pero que nuestro relato presenta como meras criaturas. Luego los peces -los que se deslizan en el agua‑. Y, por último, las aves. Dios los crea todos, ninguno es divino. Los egipcios, por ejemplo, tenían multitud de animales a los que adoraban; aquí queda claro que todos los seres que están en el agua y en el aire son fruto de la acción de Dios.
Aparece en la creación de los seres vivientes algo que no habíamos visto hasta ahora: Dios bendice a sus criaturas. Las criaturas vivas se diferencian de las demás porque Dios las bendice. Todo lo anterior, incluido los astros y los vegetales, pese a ser bueno, no es bendecido por Dios. Dios bendice la vida, y lo hace con dos mandatos: sed fecundos y extendeos. Dios quiere que la vida se multiplique y cubra toda la tierra. Es muy importante tener en cuenta que para la mentalidad bíblica la reproducción se debe a una bendición de Dios y no es simplemente el fruto de una capacidad natural. Los seres vivos participan, por medio de esta bendición, del poder de Dios de engendrar nueva vida, pues todos los seres vivos reciben la capacidad de reproducirse por esa bendición de Dios.
Por eso san Pablo dice: «Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra» (Ef 3,14-15), porque sólo Dios es Padre, solo Dios puede engendrar. Toda otra fecundidad viene de él, porque hace partícipe de esa capacidad a los seres vivos.
Y de nuevo, vio Dios que era bueno.
[vv. 24-25]
Después de que Dios ha creado los peces y las aves y los ha bendecido, entonces empieza a crear algo que ya está más cerca de nosotros. Lo mismo que los cetáceos y los peces bullen en el agua, ahora es la tierra la que produce los seres vivos. En esta ocasión no aparece la bendición; según unos la razón es que la bendición de los peces y de las aves es extensiva a estos que surgen de la tierra; y, según otros, como Dios va a crear en este sexto día también a los hombres, la bendición a los hombres se hace extensiva a los seres vivientes.
Los animales surgen de la tierra. Dios no los crea directamente. Dios da potestad a la tierra para que genere a los animales.
[vv. 26-30]
Llegamos a un momento clave del relato, la creación del hombre. El v. 26 seguramente es el versículo más comentado del Antiguo Testamento por los Padres de la Iglesia y, sin duda, es el pilar de la antropología cristiana.
La creación del hombre se divide en tres partes: el plan divino, en el v. 26; la ejecución del plan divino, en el v. 27; y, al final, las bendiciones y las prerrogativas que Dios concede a esta última criatura, en los vv. 28-30.
Antes del descanso del último día, Dios hace su obra más excelsa, y esta criatura es, además, el destinatario de todo lo que ha creado hasta ese momento.
En esta ocasión, Dios va a «crear». Dios ha hecho bullir del agua los peces, y ha hecho que la tierra produzca los animales, pero estos nuevos seres vivientes los hace él directamente, lo que ya empieza a manifestar su dignidad.
Pero en este momento surge algo totalmente nuevo y sorprendente: antes de crear aparece un diálogo: «Hagamos». Dios empieza a reflexionar consigo mismo. Hay un coloquio divino íntimo, como si Dios, antes de emprender esta gran obra, se planteara lo que va a hacer. Este plural de «hagamos» es muy sorprendente. Es claro que no se trata de una expresión politeísta porque el autor es monoteísta estricto. Parece que hubiera más personas con él. Pero lo más sorprendente es que este «hagamos» está precedido por un sujeto y un verbo en singular «Dijo Dios»; y, a continuación, lo que Dios hace vuelve a estar en singular: «y creó Dios». Entonces, ¿qué sentido tiene este plural?
Algunos han defendido que como Elohim es el nombre común de Dios y es un nombre plural en hebreo, le corresponde entonces el plural en el verbo. Pero no es una justificación válida porque repetidamente aparece «y dijo Elohim» y no sigue ningún verbo en plural.
Otros dicen que es una consideración que Dios hace consigo mismo, como cuando uno se dice a sí mismo: «¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos con esto? ¿Qué vamos a hacer?» o «venga, vamos». Tampoco es una explicación convincente.
Hay quienes plantean que el autor consideraba que Dios ya había creado a los ángeles y le está planteando este último paso de la creación a su corte celestial; pero la realidad es que los ángeles no van a participar en la creación del hombre.
Los Santos Padres, por su parte, lo tienen muy claro y ven en este «hagamos» el primer indicio de la Trinidad. En este momento, Dios Padre se dirige al Hijo y al Espíritu Santo para proponerles su gran obra. Para este sentido es importante recordar que la Revelación no se agota en lo que quiere decir un autor sagrado y que un texto de la Escritura se ilumina con otros textos de la Escritura, especialmente con la plenitud de la Revelación en Cristo. Lo que el autor sagrado quiere decir, desde luego, porque es monoteísta, es que Dios hizo. No sabemos por qué utiliza el plural. Pero sí sabemos que la Revelación siempre va más allá del autor sagrado humano concreto. La plenitud de la revelación de la Trinidad se nos da en Cristo, pero ha sido preparada en el Antiguo Testamento por insinuaciones. Y los Padres reconocen aquí esa referencia trinitaria. Cuando Dios va a crear su criatura más excelsa, se manifiesta como plural, como un Dios que es varias personas.
Hay algunas citas de la Escritura en las que Dios vuelve a hablar en plural:
Y el Señor Dios dijo: «He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros en el conocimiento del bien y el mal; no vaya ahora a alargar su mano y tome también del árbol de la vida, coma de él y viva para siempre» (Gn 3,22).
Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?». Contesté: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8).
En estas dos ocasiones, Dios, que es uno, habla en plural; y habla en plural de cosas que solo le competen a él. Los Santos Padres inmediatamente relacionan estos textos con el «hagamos» de Gn 1,26 y ven en ellos a la Trinidad.
Es significativo que esta reflexión, que es como una pausa en el relato, aparezca precisamente antes de crear a la criatura sobre la que va a delegar el gobierno de todo lo creado. De este modo se expresa que esa delegación se fundamenta en una intimidad, como lo veremos después.
Esta forma de proceder eleva al hombre:
No te dio origen con un mandato, sino que hubo una deliberación en el seno de Dios sobre cómo llevar a la vida a un ser de tal dignidad (San Gregorio de Nisa, Sermón sobre la creación del hombre, 1,3-4).
Aquí solamente se da el «hagamos», que implica consejo, deliberación y consulta con otro de igual dignidad. ¿Quién es, pues, el que va a ser creado, pues disfruta de semejante categoría? ¡Es el hombre, ese grande y admirable ser viviente al que Dios más honra entre toda la creación!… Este es el motivo del consejo, de la deliberación y de la consulta: no porque Dios necesite consejo -¡nada más lejos!- sino porque así, en la misma forma de hablar, se nos muestra ya el honor otorgado a su criatura» (San Juan Crisóstomo, Sermones sobre el Génesis, 2,1).
Este es el motivo del consejo, de la deliberación y de la consulta -no que Dios necesite consejos, nada más lejos de la realidad-, sino porque así, en la misma forma de hablar, se nos muestra ya el honor otorgado a su criatura.
Sigue diciendo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Este «nuestra» deja las cosas más claras, porque no tiene sentido que hable con los ángeles, ya que Dios y los ángeles no tienen la misma realidad, y nosotros no estamos hechos a imagen de los ángeles, sino a imagen de Dios.
Surgen varios problemas con la expresión «a imagen y semejanza». El primero es que, si Dios es absolutamente trascendente, radicalmente distinto de todas sus criaturas, ¿cómo va a crear una que se parezca a él? Si Dios es espíritu, ¿en qué sentido una criatura va a tener su imagen? En segundo lugar, cabe preguntarse: ¿Por qué Dios quiere crear una criatura a su imagen? Y en tercer lugar, muy parecido a la pregunta anterior: si Dios ha creado la vida y no necesita nada ni nadie, ¿para qué crea una criatura a su imagen?
Los Santos Padres nos ayudan a entender que Dios, que es espíritu, para crear al hombre a su imagen, utilizó un patrón, un modelo. Por lo tanto, no estamos hechos a imagen de un Dios espiritual, es decir, sólo espíritu. Realmente estamos hechos a imagen de la imagen de Dios, que es el Verbo encarnado. Como para Dios no hay tiempo, a nosotros nos creó mirando a su Hijo Jesús glorificado en el cielo. Por lo tanto, estamos hechos a imagen de Jesús y no es Jesús el que está hecho a imagen del hombre.
San Ireneo defiende con fuerza que estamos hechos a imagen de Dios también en nuestra carne:
En los tiempos antiguos se decía que el hombre había sido hecho según la imagen de Dios; pero no se mostraba, pues aún era invisible el Verbo, a cuya imagen el hombre había sido hecho. Por tal motivo éste fácilmente perdió la semejanza. Mas cuando el Verbo de Dios se hizo carne, confirmó ambas cosas: mostró la imagen verdadera, haciéndose Él mismo lo que era su imagen, y nos devolvió la semejanza y le dio firmeza, para hacer al hombre semejante al Padre invisible por medio del Verbo visible (San Ireneo de Lion, Contra las herejías, 5,16,2).
Cristo es el modelo a partir del cual Dios hizo al hombre, de manera que el hombre es más hombre en la medida en que más se parece a Cristo, porque la imagen a partir de la cual fuimos tallados es el Hijo encarnado.
Los Santos Padres toman una imagen que para ellos era habitual o cotidiana. Los emperadores, para llegar a los últimos lugares del imperio, hacían bustos y estatuas, y exigían a esas imágenes honores y reconocimiento, como si fueran ellos mismos. Era una forma de hacer presente al emperador en los diversos lugares del imperio. Y san Gregorio de Nisa toma esa imagen para ayudarnos a entender esta realidad:
Según el uso común de los hombres, quienes hacen los retratos de los príncipes, además de grabar sus rasgos, expresan su dignidad real con vestidos de púrpura y según la costumbre se llama a la imagen: «el rey». De igual forma, la naturaleza humana, creada para dominar el resto de las criaturas, a causa de su semejanza con el Rey del universo, ha sido hecha como una imagen viviente, que participa del arquetipo en la dignidad y en el nombre… de forma que, en ella, se manifiesta la dignidad real por su exacta conformidad con la belleza arquetípica (San Gregorio de Nisa, Sobre la creación del hombre, 4).
En el caso de la creación del hombre, Dios, que quiere que el hombre se ocupe de la creación, le va a pedir que la domine en su nombre, que la gobierne en su nombre…, y lo hace a su imagen, para que las criaturas, al contemplar al hombre, tengan una referencia de Dios. De manera que el hombre tiene la dignidad, no de ser la criatura más grande, sino de ser, ante las criaturas, la representación de Dios.
San Agustín va más allá y se fija en que se dice «a nuestra imagen», en plural. Luego nosotros no estamos hechos sólo a imagen del Verbo encarnado, estamos hechos a imagen de la Trinidad:
Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza»; y poco después se dice: «E hizo Dios al hombre a su imagen». «Nuestra», en número plural; expresión inexacta de haber sido el hombre plasmado a imagen de una sola persona, o sea el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo. Mas como fue hecho a imagen de la Trinidad, por eso se dice «a nuestra imagen». En cambio, para que no se crea que hay tres dioses en la Trinidad, siendo la Trinidad un solo Dios, se añade: «E hizo Dios al hombre a imagen de Dios»; como si se dijera: «a su imagen» (San Agustín, De la Santísima Trinidad, 12,6,6).
Es interesante considerar que estamos hechos a imagen del Verbo encarnado, que es la Sabiduría, el Logos, la Razón. Pero san Agustín añade que estamos hechos a imagen de toda la Trinidad, por lo que nuestra capacidad de relación no es algo añadido, estamos hechos para la relación. Estamos hechos a imagen de la Trinidad y nunca seremos felices si nos aislamos de esa relación.
Puede haber perfectamente una vocación contemplativa para vivir en la soledad de un monasterio o de una ermita, pero tendrá una fecundidad espiritual y estará siempre en función de otros seres.
De manera que el hombre es y está llamado por naturaleza a ser comunión. De hecho, adquirimos nuestra identidad por la sonrisa de nuestra madre, por el nombre que nos pone nuestra madre, porque juega con nosotros. Ahí empezamos a tener una identidad humana. Los niños salvajes que han aparecido, porque desde muy pequeños han convivido con animales, no tienen esa humanización.
La imagen supone también que nos parecemos a Dios porque, al margen de lo exterior, tenemos -en cierta medida- sus mismas capacidades:
- -Consciencia. Dios es consciente de sí mismo. Ningún animal es consciente de sí mismo. Y nosotros, por ser imagen de Dios, somos conscientes de nosotros mismos, sabemos que estamos existiendo, en todo momento somos conocedores de nuestro yo, o -por lo menos- podemos serlo.
- -Libertad. Tenemos la capacidad de elegir.
- -Inteligencia. No podríamos tener libertad si no fuéramos seres inteligentes.
- -Somos, ante todo, a imagen de Dios Trinidad, seres personales, relacionales. Es decir, soy un «yo» que me manifiesto en mi relación con los demás.
Todo esto es lo que constituye la imagen; pero además se afirma que Dios nos quiere hacer a su semejanza. La semejanza se refiere, más que a nuestras capacidades, a la forma de utilizar esas capacidades pareciéndonos a Dios. ¿Cómo utiliza Dios sus capacidades? Ama libremente, desea siempre el bien, es la belleza suma y ama la belleza, es la bondad… Por tanto, la semejanza supone vivir al estilo de Dios. Podríamos decir que nuestra identidad es ser la imagen de Dios y que nuestra vocación es ser su semejanza. Dios nos crea a su imagen, pero la semejanza es algo que hay que conquistar. Nos lo explicarán los Santos Padres.
Nuestra vocación es, pues, ser la semejanza de Dios. Pero ¿por qué y para qué quiere Dios hacer a un ser viviente, similar a él, una criatura que pueda parecerse a él, asemejarse a él?
Encontramos una clave en el relato del pecado del hombre: «Cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, Adán y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín» (Gn 3,8). Dios ha creado al hombre para pasear a la brisa de la tarde y conversar con él; para que sea un «tú» para él. Sin necesitarnos, porque él ya en su interior tiene varios «tus», Dios ha querido crear a otro ser vivo que pueda relacionarse y dialogar con él. Para que ese diálogo intratrinitario que expresa el «hagamos al hombre» pueda salir hacia afuera y Dios pueda comunicarse, relacionarse, escuchar y ser respondido por otra criatura.
Para eso es necesario que esa criatura se parezca a él, tenga sus capacidades y pueda relacionarse con él; y, por tanto, hace falta que sea libre, que ame la belleza, que sea un ser relacional e inteligente. El objetivo es esa relación, como iremos profundizando.
En consecuencia, ser a «imagen y semejanza» de Dios eleva al hombre por encima de todas las demás criaturas y explica su vocación y su destino. Dios le da al hombre y pretende del hombre algo que no ha intentado con ningún otro ser creado.
Por ser imagen y semejanza de Dios el hombre es un ser personal y puede entrar en relación personal con otros; eso que se realiza en las relaciones humanas tiene su sentido último y pleno en la capacidad de establecer una relación personal con Dios, en concreto, con cada una de las personas de la Trinidad. Esto constituye la identidad y la dignidad del ser humano, y no la inteligencia que le permite dominar la creación.
Podemos iluminar lo que quiere decir el relato de la creación con la misma expresión que aparece aplicada a la paternidad humana en otro lugar de la Escritura:
Adán tenía ciento treinta años cuando engendró un hijo a imagen suya, a su semejanza, y lo llamó Set (Gn 5,3).
Con esta expresión «a imagen y semejanza» de Adán se expresa que el padre da a su hijo lo que él tiene, su propia identidad personal. El hijo es a su imagen y a su semejanza. Comprendemos entonces que, cuando Dios está diciendo «hagamos al hombre a su imagen y semejanza», está haciendo lo que hace un padre humano según la mentalidad bíblica. Es importante que comprendamos que Dios no sólo nos eleva sobre la creación, sino que nos da algo suyo. Tenemos las capacidades de Dios a nuestra medida; y tenemos la capacidad para utilizar esas cualidades para asemejarnos a Dios. Y eso, la misma Escritura lo define como lo que el padre le da a un hijo. Por tanto, esa «imagen y semejanza» nos sitúa a la altura de Dios y nos permite entablar un diálogo con él.

Encontramos otra referencia para lo que significa el ser creados «a imagen y semejanza» de Dios en el segundo relato de la creación, cuando Dios busca a alguien similar al hombre que le ayude, que pueda estar a su altura. Después de que Dios modela a los animales, se los presenta ante el hombre y les va poniendo nombre, pero no encuentra ninguno «como él» que pudiera ayudarlo (cf. Gn 2,20). Entonces, Dios le hace dormir y le da a una compañera, formada a partir de una costilla de Adán, que es «hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2,23). Esta referencia matrimonial también encaja con el hombre creado a «imagen y semejanza» de Dios: él nos está poniendo a su altura, como si fuéramos la esposa de Gn 2,18: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle a alguien como él que le ayude».
De manera que ya podemos encontrar en la creación del hombre «a imagen y semejanza» dos imágenes, la paternal y la esponsal, que van a ser en toda la historia de la salvación las dos referencias para explicar la relación de Israel con Yahweh.
Debemos sacar de aquí una consecuencia muy importante, especialmente necesaria para nuestro tiempo: si ser imagen de Dios es lo que hace sagrado al hombre, lo que le da su dignidad, lo que hace que Dios le atienda siempre y en toda ocasión, entonces no puede ser tratado como otra criatura; eso es una verdadera aberración. Decir que el hombre es un animal racional estará muy bien para Aristóteles, pero hay que acogerlo con mucha cautela desde la visión cristiana de la realidad del ser humano, porque la grandeza del hombre no reside en la razón. La grandeza del hombre consiste en que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Porque, ¿qué pasa si un niño tiene una deficiencia intelectual, por ejemplo, una parálisis cerebral? ¿Entonces ya no tiene dignidad? ¿Qué pasa si una persona está en coma, entonces ya no tiene dignidad? Pero si es imagen de Dios, entonces tiene esa dignidad. Tenemos que saber que, si somos imagen de Dios, siempre que miremos a un ser humano, podemos encontrar ahí a Dios, porque somos imagen suya.
Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» […].Y el rey les dirá: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis (Mt 25,35-36.40).
No es que proyectemos la imagen de Dios en los demás, sino que realmente él está en cada ser humano: La acusación de los autores ateos es que los hombres hemos creado a Dios a nuestra imagen; como si al ver el hombre hubiéramos dicho «si el hombre es bueno, inteligente y libre, Dios es el más bueno, el más inteligente y el más libre». Según ellos, hemos agrandado las cualidades del hombre y hemos dicho «eso es Dios». Pero la Palabra de Dios nos dice que sucede exactamente lo contrario, que el hombre es una expresión diminutiva de Dios. No es el hombre el que ha creado a Dios, sino Dios el que ha creado al hombre.
Naturalmente, de esta realidad surge una dificultad que puede desembocar en un escándalo: si somos imagen de Dios, ¿cómo se puede entender tanto mal como provoca el hombre? Es lo que el autor va a explicar en el relato del primer pecado, en el capítulo 3 del Génesis, después de los dos relatos de la creación.
Por tanto, la grandeza del hombre no viene de abajo a arriba, sino de arriba a abajo. No viene porque el hombre sea una evolución sofisticada de un animal. La evolución no puede explicar el salto de animal a hombre. Porque la dignidad del ser humano no viene de que sea el animal más perfecto, sino que tiene una identidad que le viene de arriba. Es la criatura hecha perfecta por Dios. Y, por tanto, hay como una doble creación: la creación del cuerpo que admite perfectamente la evolución y la creación del espíritu del hombre, podríamos llamarlo alma, que Dios crea directamente a imagen suya. Y lo que le da la dignidad al ser humano no son sus capacidades, ni su habilidad, ni su inteligencia, sino que está hecho a imagen y semejanza de Dios. Y esa imagen y semejanza nadie nos la puede quitar. Nos pueden arrebatar la inteligencia e incluso la libertad; pero lo que es más auténtico del hombre, que es parecerse a Dios, eso es inalienable.
Y eso supone que los derechos humanos no estén en función de una decisión democrática, no llegamos a ellos por medio de un consenso. Los derechos humanos provienen de la naturaleza del hombre; los podemos reconocer, pero no los podemos crear ni inventar. Los recibimos por ser un espejo pequeño, pero un espejo de Dios.
El texto bíblico añade «que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra». Este relato de la creación nos ha dicho cuál es nuestra identidad, ser imágenes de Dios; cuál es nuestra vocación, ser semejanza suya; y ahora nos va a revelar la misión del hombre: ser el lugarteniente de Dios en la creación. Somos aquellos que, en nombre de Dios, tenemos que dominar lo creado.
Dios quiere que difundamos su belleza y su armonía entre las criaturas. Por ejemplo, es hermosa la naturaleza en estado bruto, pero es más hermoso un jardín que ha sido hecho a partir de las criaturas a las que el hombre, con sus capacidades, les ha dado forma y ha hecho que muestren la armonía y la belleza de Dios. El ser humano, al ser capaz de contemplar la armonía y la belleza de Dios, puede luego plasmarla en la tierra.
Hay otro elemento importante que no aparece en este relato de la creación. El hombre que dialoga con Dios no es sólo el representante de Dios ante las criaturas, sino también el representante de las criaturas ante Dios. De manera que el «sí» del hombre es un «sí» de toda la creación, y el «no» del hombre es un «no» de toda la creación. Por eso, después del pecado «la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Podemos comprender que cuando Jesús dice «a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46), lo dice como el Verbo, lo dice como hombre, lo dice como representante de toda la creación. Y cuando María dice «he aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), es toda la creación la que habla por su boca, ella es como la solista del gran coro de la creación.
Hay que tener en cuenta que todavía no hay pecado y ese dominio de la creación no se realiza un dominio tiránico. Cuando entre el pecado en el mundo empezará el dominio tiránico y destructor de la creación por parte del hombre.
Pero en este momento Dios pide al hombre que sea su visir, el que cuide la creación en su nombre.
Le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies (Sal 8,7).
Son grandes las lumbreras del cielo, es impresionante el firmamento, pero todo está puesto a los pies del hombre. El ser humano está llamado a dominar los peces, las aves y los animales terrestres. No es el hombre para la creación, todo está en función del hombre. Y cuando ahora se intenta decir, como hace la política antinatalista, en la cual estamos sumergidos sin darnos cuenta, que el hombre perturba la creación, hay que decir que ciertamente la perturba, pero porque tiene el pecado en el corazón. Pero él es quien tiene que dominar la creación. La solución al efecto del pecado no es negar al hombre, reducir al hombre, que no se extienda mucho, porque al mandato de que domine la tierra se añadirá el de «sed fecundos y multiplicaos».
El hombre es el centro y el rey de la creación, no porque sea grande, sino porque es a imagen y semejanza de Dios y todas las demás criaturas no.
Por eso no podemos inventarnos «derechos» de los animales como si tuvieran personalidad. Nosotros sí somos personas a imagen de la Trinidad, pero los animales no. Eso no significa tratar a patadas a los animales. Por esa diferencia la eutanasia es una aberración, mientras que sacrificar un animal que está sufriendo no es una aberración, sino un acto de piedad.
Los ángeles también son criaturas y seres personales, pero meramente espirituales; y, también ellos son «imagen y semejanza» de Dios. Dice santo Tomás de Aquino: «La imagen de Dios se da más en el ángel que en el hombre. Porque en el primero es más perfecta la naturaleza intelectual».
Este mandato del Creador supone que Dios no quiere que estemos sólo rezando y en una comunicación con él, sino que quiere que seamos sus manos para construir un mundo mejor.
En el v. 27 comienza la ejecución del plan de Dios. Aquí aparece tres veces el término «creó» (bará). En total encontramos siete veces este verbo en este relato de la creación. Apareció en la presentación inicial: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1,1) y lo veremos por dos veces en las frases que resumen y cierran todo el relato en Gn 2,3-4a: «Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él descansó de toda la obra que Dios había hecho cuando creó. Esta es la historia del cielo y de la tierra cuando fueron creados». Si el término aparece siete veces, lo encontramos al comienzo y al final del relato, y estas tres del v. 27, concentradas en el mismo versículo, son las últimas que aparecen en el cuerpo del relato, toto esto nos está indicando que esta obra de Dios es algo exclusivo que sólo él puede realizar. Por lo tanto, es mucho más importante que la creación de los vivientes en la que aparece este verbo cuando Dios crea los peces y las aves: «Y creó Dios los grandes cetáceos y los seres vivientes que se deslizan y que las aguas fueron produciendo según sus especies, y las aves aladas según sus especies» (Gn 1,21). El uso de este verbo tres veces en un mismo versículo es algo excepcional y subraya la importancia del hombre en la obra de la creación. Así se nos muestra que todo el relato se encamina a proclamar que el ser humano es el centro y el fin de la creación. Dios crea todo y la criatura humana no es una criatura más, sino que es la destinataria de todo, de forma que toda esa labor de organización de los elementos, toda esa separación de los mares, de las aguas de abajo y de arriba, el que aparezca la tierra, el que verdee, los animales… todo tiene un objetivo, que es el hombre.
Es significativo que ese verbo «bará», vuelve a aparecer tres veces en un texto paralelo a este, cuando ya está el pecado en el mundo.
El día en que Dios creó al hombre, a imagen de Dios lo hizo. Los creó varón y mujer, los bendijo y les puso el nombre de «Adán» el día en que los creó (Gn 5,1-2).
Con esta síntesis, que repite la conclusión del primer relato de la creación, el autor parece indicar que Dios no se desdice de haber creado al hombre después del pecado. Ni siquiera la caída de Adán y Eva, el pecado de Caín y de Lamec, el descendiente de Caín, provoca que Dios se arrepienta de la obra extraordinaria de la creación del ser humano.
Hay que recordar que el verbo «bará» es un término técnico, reservado a Dios, pero que en la creación del hombre se emplea de forma profusa para señalar lo extraordinario de esta acción creadora de Dios.
En el v. 27, cuando dice «creó Dios al hombre a su imagen», la palabra hebrea que utiliza para «hombre» es «Adam». Y luego dice que lo creó «hombre y mujer». Podemos ver que nombre de Adán (al menos en este relato) no es el nombre del varón, sino de «ser humano» o de «hombre», en el mismo sentido que nosotros utilizamos «hombre» para referirnos a la vez a la mujer y al hombre, a la humanidad.
Otro detalle importante es que cuando el relato anuncia en el v. 26 lo que se propone hacer Dios, dice «a imagen y semejanza»; y, ahora, cuando se recoge la realización sólo dice que creó al hombre «a su imagen», sin mencionar la semejanza. A partir de este detalle, los Santos Padres dirán, de forma admirable, que la imagen se refiere naturalmente al Verbo glorificado, y que es don de Dios, para que luego el hombre con su trabajo y con la gracia de Dios adquiera la semejanza. El don gratuito es la imagen; la semejanza también, pero exige de nosotros que lo queramos recibir. No se nos va a dar la semejanza si no es por nuestra libre voluntad y aceptación.
«A imagen de Dios lo creó», y omitió lo de la semejanza. Esto indica que el hombre recibió sólo la imagen en su primera creación, mas la perfección de la semejanza le ha sido reservada para la consumación. Es decir, que el hombre debía conseguir la semejanza con Dios mediante el esfuerzo de su trabajo: la posibilidad de esta perfección que le fue regalada desde el principio por la dignidad de la imagen, el hombre debía finalmente convertirla, mediante las obras, en la semejanza perfecta (Orígenes, Sobre los principios, 3,6,1).
«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Lo primero lo tenemos por creación, lo segundo lo alcanzamos por la libre elección. En la primera creación se nos dio el ser hechos a imagen de Dios; por la libertad se forma en nosotros el ser a semejanza de Dios … Hagamos al hombre a imagen: tenga por creación el ser a imagen. Hágase él mismo a semejanza: le dio poder para esto. Si también te hubiese hecho a semejanza, ¿dónde estaría tu privilegio? ¿En razón de qué serías coronado? En efecto, si el Hacedor te lo hubiese dado todo, ¿cómo se te abriría el reino de los cielos? Por esta razón te ha dado algo y dejó algo sin acabar, para que tú, llevándote a ti mismo a la perfección, te hicieses digno de recibir el premio de Dios (San Gregorio de Nisa, Sermón sobre la creación del hombre, 1,16-17).
Los Santos Padres ven todo el proceso espiritual y el combate que conlleva, como irnos haciendo semejantes a Dios. Partimos de la capacidad, de nuestra identidad, somos imagen; y vamos hacia nuestra vocación, que es llegar a ser semejanza de Dios. Hemos sido creados para asemejarnos a Dios. Él nos hace acabados, a su imagen; pero con una perfección que no nos va a imponer, sino que depende de que nosotros queramos desarrollarla. San Pablo dice: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2,5); por lo tanto, tenemos que cristificarnos, hacernos semejantes a nuestro modelo divino.
Pero hay que tener en cuenta que, al hacernos a imagen y al señalarnos la semejanza como meta, Dios nos da libertad y responsabilidad; y, por lo tanto, podemos renunciar a esa semejanza. Podemos pecar porque Dios nos ha hecho a imagen, con libertad; podemos pecar porque somos llamados a la semejanza, pero en nuestra mano está alcanzarla o frustrarla. Por lo contrario, el animal no puede pecar porque no está hecho a imagen de Dios; no tiene libertad, ni voluntad. En consecuencia, lo que es nuestra mayor dignidad es también, si la usamos mal, nuestro mayor deterioro. Precisamente por ser imagen de Dios y estar llamado a ser una copia de él, el ser humano puede desobedecer, volverse contra Dios la dignidad que le ha sido dada e impedir el tránsito para llegar a ser semejanza de Dios.
Hay que señalar otro aspecto en el que somos imagen de Dios, que es en nuestra capacidad de crear y de organizar. El hombre, a imagen de Dios, es capaz de distinguir, de ordenar, de crear, de utilizar su imaginación para hacer cosas extraordinarias, prácticas. Por eso la ciencia y la técnica son un don inmenso de Dios. Cuando el hombre se dedica a investigar y cuando es capaz de innovar y hacer nuevos inventos, está reflejando la grandeza de Dios. Del mismo modo, ser capaz de plasmar la belleza en la materia por medio del arte, o sea inscribir una belleza intangible en un objeto o en un sonido, es algo propio de Dios, que él nos ha concedido.
En definitiva, la grandeza y la dignidad del hombre se ser imagen de Dios, es lo que constituye nuestro privilegio y nuestra responsabilidad. Por eso hay una distinción absoluta entre el hombre y las demás criaturas. Como señalábamos más arriba, la definición aristotélica del hombre como animal racional es desafortunada e inadecuada. Porque se parte de que el ser humano es un animal, aunque con una serie de cualidades que le hacen diferente, en especial la razón. La realidad que señala la Escritura es muy distinta. El hombre es el «tú» de Dios, es la imagen de Dios que tiene cuerpo. Claro que el cuerpo va a influir sobre el ser humano; pero es muy importante saber que lo que tenemos en común con los animales no nos define en absoluto.
En lo más íntimo de nuestro ser, en lo que nos define, los seres humanos no somos fruto de la evolución. Podemos ser fruto de la evolución en cuanto a nuestra corporeidad, a nuestra estructura craneal o a la capacidad de caminar… Es comprensible que, si Dios quiere proyectar a una criatura que sea como él, inteligente y racional, tenga que dirigir la evolución a que se produzca un ser vivo, un animal, que tenga esa capacidad craneal y esas características físicas, para poner en él su imagen. La evolución no se opone a este plan de Dios. Él puede haber creado todo y haber dirigido esa evolución para que llegue a producir el cuerpo en el que él quiere insertar su imagen. Pero, al contrario, la evolución por sí sola no puede explicar el surgimiento del hombre, porque, por mucho que se sofistique una inteligencia, nunca se convertirá en una inteligencia humana, si no conlleva ser imagen de Dios.
Y eso hace que sean un despropósito pensar que, si existiera una inteligencia evolucionada, tendría no solo sentimientos, sino capacidad, exigencias morales, capacidad para generar una religión o para relacionarse con el absoluto. Es imposible. La inteligencia artificial, aunque tuviera una capacidad racional muy superior a la del hombre, nunca podría dar ese salto, porque ese salto viene de arriba abajo, no de abajo arriba. No es el fruto de la evolución, sino un don de Dios. Podemos imaginar a una criatura enormemente racional, pero sin embargo no tendría conciencia moral y religiosa, ni capacidad estética de creación, de plasmación, ni libertad.
Otro despropósito en el que estamos cayendo es pensar que los animales más evolucionados o cercanos a nosotros -gorilas, chimpancés…- tienen derechos humanos. Lógicamente tienen el «derecho» que le corresponde a toda criatura que es vestigio de Dios y que no vamos a matar o maltratar inútilmente. Pero nunca pueden parangonarse sus derechos de «criatura» irracional, que no puede ser un «tú» de Dios, con los derechos del hombre.
La dignidad de cualquier ser vivo y la del hombre son infinitamente distintas. Lo que sucede es que hay una doble creación, como vamos a ver más claramente en el segundo relato de la creación. En este relato se ve que Dios hace al hombre a su imagen, pero parece una única actuación creadora. En el segundo relato de la creación -más antropocéntrico, menos afinado, pero mucho más hermoso estéticamente-, Dios se pone a modelar una figura, hace el barro, hace el cuerpo y después le insufla su espíritu. Dos creaciones; primero le da forma al cuerpo como hace con los animales, pero a los animales no les insufla el espíritu. En este relato el hombre llega a ser el «tú» de Dios porque le insufla en la nariz su espíritu, y se convierte en «ser vivo», un humano que es un «tú» de Dios.
Hay que insistir en esto porque en el siglo XIX y XX han surgido teorías de la evolución que defienden que la vida aparece al mezclarse adecuadamente ‑aunque de forma fortuita‑ una serie de sustancias inorgánicas que producen por sí mismas la vida. Se ha intentado reproducir este proceso en el laboratorio, algunos dicen que se ha conseguido, pero en cualquier caso ese proceso está regido por una inteligencia. Y la otra teoría, la biogénesis, niega esa posibilidad y defiende que la vida solo sale de la vida, no puede producirse la vida a partir de lo inorgánico.
También nosotros hemos caído en la tentación de pensar que todo es fruto de una evolución y que por tanto todo el salto de lo inorgánico a la vida es un continuum y que el salto de los animales al hombre también es un continuum. Es lo que niega el autor sagrado al decir «creó» una sola vez para los seres vivos, y tres veces para el hombre. Hay un salto cualitativo que es fruto de la acción de Dios.
El libro del Eclesiástico nos ayuda a profundizar en la grandeza del hombre que nos descubre el relato de la creación:
El Señor creó al ser humano de la tierra,
y a ella lo hará volver de nuevo.
Concedió a los humanos días contados y un tiempo fijo,
y les dio autoridad sobre cuanto hay en la tierra.
Los revistió de una fuerza como la suya
y los hizo a su propia imagen.
Hizo que todo ser viviente los temiese,
para que dominaran sobre fieras y aves.
Recibieron el uso de las cinco operaciones del Señor,
como sexta, les concedió participar de la inteligencia;
y como séptima, la palabra intérprete de sus operaciones.
Discernimiento, lengua y ojos,
oídos y corazón les dio para pensar.
Los llenó de ciencia y entendimiento,
y les enseñó el bien y el mal.
Puso su mirada en sus corazones,
para mostrarles la grandeza de sus obras,
y les concedió gloriarse por siempre de sus maravillas.
Por eso alabarán su santo nombre,
para contar la grandeza de sus obras (Eclo 17,1-10).
Algunas Biblias omiten el v. 5 porque lo consideran una interpolación de un autor estoico. El autor del Eclesiástico comienza describiendo al hombre en lo que tiene de común con los animales, como un ser mortal; pero inmediatamente empieza a separar lo que le diferencia de ellos, comenzando por la autoridad que hace que los animales teman al hombre; marca más la diferencia señalando la inteligencia y la palabra como participación de las operaciones propias de Dios. Según este hermoso texto, el hombre no sólo tiene discernimiento, ciencia y entendimiento, sino la capacidad de distinguir el bien y el mal y de contemplar las maravillas de Dios para poder alabarlo. Dios dice «y todo era muy bueno» y aquí añade «y tú lo vas a ver». Dios no sólo quiere que tengamos una relación con él, quiere que disfrutemos de la naturaleza con sus propios ojos. Así aparece con claridad la vocación del hombre.
Es lo que san Ignacio proclama al principio de los Ejercicios en el «Principio y fundamento»: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el que es creado» (n. 23). Es lo que pueden realizar los santos. Por ejemplo, san Francisco de Asís está viendo la belleza de Dios en las criaturas y, al trasluz de esa belleza, a Dios mismo, y puede cantar las maravillas de Dios; lo que hará de forma suprema María en el Magníficat. La Virgen María debía de ver a Dios al trasluz de todas las cosas y al trasluz de Dios todas las cosas, y por eso cantaba sus maravillas permanentemente. Porque para eso hemos nacido, para alabar, para cantar, no para trabajar, como veremos después. El trabajo es importante, forma parte de nuestra dignidad, pero nosotros hemos nacido para alabar a Dios, para gozarnos con Dios, para descansar en su seno. Los seis días tienen un sentido que se descubrirá en el séptimo.
En el v. 27 introduce el autor sagrado algo que es tremendamente desconcertante, importante y, en cierta medida, polémico: «A imagen de Dios lo creó, varón y mujer lo creó». De este modo está poniendo al mismo nivel, con la misma dignidad, al hombre y a la mujer. Para nosotros es obvio; pero en el siglo V, a.C., pero en una sociedad eminentemente machista, el autor sagrado va más allá de su experiencia y afirma que el hombre y la mujer, cada uno a su manera, es imagen de Dios, al mismo nivel. No se trata sólo de que tengan la misma dignidad, sino que cada uno refleja el ser de Dios de una manera distinta.
Hay que tener en cuenta que nosotros tenemos más capacidad para entender, gracias a la psicología, que la diferencia entre hombre y mujer no es sólo biológica, sino psicológica y espiritual. Y, a partir de ahí, podemos comprender que varón y mujer son una réplica de Dios; es decir, que cada uno con sus peculiaridades refleja perfectamente a Dios de una forma distinta. Entonces podemos preguntarnos: ¿Qué serán juntos? ¿Qué será el matrimonio? ¿Qué será la unión del hombre y la mujer? Quizá la expresión más perfecta de la imagen de Dios. Porque se cumple lo que luego va a revelar Jesucristo, el misterio de la Trinidad: personas distintas en una unidad reflejando perfectamente el ser de Dios cuando se llega a la semejanza.
Por tanto, el libro del Génesis ofrece no sólo el fundamento de la dignidad del ser humano, sino también el fundamento de la dignidad del hombre y de la mujer.
La teología, que ahora pretende ser feminista, debería partir de aquí. No del machismo ni del feminismo, sino del hecho de que la mujer refleja perfectamente la imagen de Dios de una forma distinta a la del hombre, pero como la de él, y además de una forma complementaria.
Esto lo manifestará el segundo relato de la creación cuando en una sociedad donde la familia lo es todo y el respeto debido a los padres está por encima de todo, dice: «Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gn 2,24). Es decir, que cada uno es perfecta imagen de Dios a su manera, y juntos generan esa comunión que justifica el dejar al padre y a la madre y posponerlo todo. Ahí se fundamenta la grandeza de la familia.
El ámbito que mejor refleja la pluralidad de personas en la unidad de la comunión es la Iglesia, porque en la pluralidad de personas, sexos, nacionalidades, sensibilidades, forman -o están llamados a formar- una unidad por medio del amor.
A algunos Santos Padres, muchos siglos después, esta afirmación les crea dificultad, y piensan que ambos sexos son imagen de Dios, que ambos participan de la inteligencia y de la libertad, pero la diferencia de sexos no proviene de Dios, sino del barro del que es creado el ser humano, conforme afirma el segundo relato de la creación. Pero se puede afirmar, en contra de esa opinión, que ambos, hombres y mujeres, son imagen de Dios en Cristo resucitado y a través de María; ambos reflejan a Dios de una forma misteriosa, y en eso superamos a los ángeles que son imágenes más perfectas de Dios en cuanto criaturas espirituales, pero no pueden ser imagen del Verbo encarnado, como el ser humano. Los ángeles se parecen más a Dios porque son puramente espirituales, pero el hombre encarnado también refleja al Señor con su cuerpo.
El texto del Génesis no deja lugar para ningún otro sexo distinto al varón y a la mujer, afirma que la sexualidad es claramente «binaria». No vale argumentar que un texto tan antiguo no podía tener en cuenta otras posibilidades no binarias de la sexualidad, cuando en un texto tan antiguo se afirma que los dos sexos, de igual modo, son reflejo de Dios.
Podemos comparar la bendición de Dios al hombre posterior a su creación a la que dio a los animales:
A los animales les bendice diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad las aguas del mar; y que las aves se multipliquen en la tierra» (v. 22).
A los humanos: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra» (v. 28).

Ambos comparten la bendición de la fecundidad que conlleva la procreación y se les da la tarea de llenar de vida, de seres vivos, todo lo que Dios ha hecho. Dios quiere que la tierra se llene de vida, de seres vivientes y de hombres, que son imágenes suyas. Pero, en el caso de los hombres, a la fecundidad se le añade la capacidad y el deber de someter y dominar la creación en nombre de Dios.
Aquí debemos tener cuidado con nuestra experiencia y nuestro lenguaje que no coinciden con el de la Escritura. Para nosotros «someter» y «dominar» tiene que ver con la violencia, la agresividad y el pecado. Por eso, cuando san Pablo dice que la mujer tiene que ser sumisa, sometida, lo rechazamos (cf. Col 3,18; Ef 5,21-33), pero porque hemos perdido esta referencia, que aquí está explícita. Dios quiere que el hombre sea, por decirlo de alguna forma, el jardinero de su jardín, el que en nombre suyo cuide, trabaje, mime, desarrolle, no el que lo destroce en un alarde de poder arbitrario contra la voluntad de Dios.
Debemos señalar una diferencia en la capacidad y tarea de procreación de los animales y de los seres humanos, porque mientras los seres vivos expresan el poder de Dios de generar vida, los seres humanos expresan el poder de Dios de generar imágenes de Dios, otros «tús» de Dios. Esto supone expresar el poder de Dios de generar una persona que tiene una relación nueva y distinta con los otros hombres y con el mismo Dios.
Tenemos que darnos cuenta de que hemos olvidado y rechazado la bendición y el mandato de Dios de llenar la tierra. Estamos insertos en una mentalidad antinatalista, de la cual nosotros somos partícipes. Por eso el relato del Génesis es eminentemente práctico y actual. Nosotros vemos en un hijo la responsabilidad, el agobio, los gastos…; vemos en la calle a una familia con seis niños y pensamos que es una barbaridad y que tendrán mucho dinero o que tienen que trabajar a destajo; vemos a una pareja sin hijos y nos parece que es lo normal. Hemos dado la vuelta al mandato de Dios y no nos damos cuenta de la influencia de Satanás que odia la vida y la fecundidad, porque no quiere que haya más imágenes de Dios, y encuentra colaboradores muy eficaces de su intención antinatalista. Pero también nosotros participamos de esa ideología antinatalista y nos parece normal entender que la calidad de vida de un niño está por encima de darle la vida. Claro, hombre, naturalmente no lo vas a tener para que muera de hambre, pero ¿alguna sociedad ha sido más opulenta que la nuestra?; ¿nuestros padres vivían con más desahogo que nosotros? Y hemos llegado al término perverso de burlarnos de los grupos de la Iglesia que fomentan la natalidad. Los judíos, que respetan mucho más este mandato bíblico, consideran que el hombre ha nacido para colaborar con Dios en dar vida, en generar otras imágenes de Dios. Por otra parte, no queremos darnos cuenta del suicidio demográfico que esto supone; de tal manera que ya no se puede renovar la población y sólo nos mantendremos con la inmigración. Pero tenemos que darnos cuenta de que lo que hay detrás no es sólo una cuestión ideológica, moral o de comodidad, es una cuestión de fe, porque hemos olvidado que gran parte de la grandeza del ser humano es poder transmitir la vida. Debemos recordar lo que cómo Sab 11,24-26, llama a Dios «amigo de la vida»; Satanás no es amigo de la vida, odia a los niños, odia el nacimiento de imágenes de Dios, odia que los hombres puedan ser fecundos. Necesitamos recordar que la fecundidad es una bendición de Dios y debemos darnos cuenta de que estamos renunciando a ella voluntariamente. Satanás está empeñado en presentar a Dios como enemigo del ser humano, pero realmente es él quien lo lleva a la aniquilación, a la degradación, al nivel de los animales; pretende que no haya más humanos y que cada vez esos humanos sean más pobres, más embrutecidos. Intentarán engañarnos con la visión catastrofista de que no hay alimentos para todos. Recordemos Sab 1,13-14: «Porque Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera y las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra».
Al considerar el mandato del dominio sobre la creación debemos tener en cuenta que Dios lo promulga antes del pecado. Desgraciadamente, después del pecado, para nosotros, es inconcebible un dominio de jardinero, de guardés, de interés por perfeccionar la creación.
Al leer los vv. 29 y 30 nos damos cuenta de que el plan inicial de Dios era que el hombre y los animales fueran vegetarianos, que no hubiera el régimen de lucha y de combate por la vida que existe a causa de la búsqueda del alimento en la situación actual. A pesar de lo que ellos estaban viviendo, el autor afirma que «al principio no fue así». La lucha por la existencia proviene del pecado, por eso el plan inicial de Dios era que los animales se alimentaran con la hierba, y los hombres con las semillas y los frutos de los árboles. Todo se inicia con armonía y no con muerte ni lucha. Recordemos que, esta mentalidad, los vegetales no eran seres vivos de la misma categoría que los animales.
El profeta Isaías recupera este plan de Dios cuando nos habla, no del principio, sino del final, de la armonía que habrá cuando llegue la salvación de Dios por medio del Mesías:
Habitará el lobo con el cordero,
el leopardo se tumbará con el cabrito,
el ternero y el león pacerán juntos:
un muchacho será su pastor.
La vaca pastará con el oso,
sus crías se tumbarán juntas;
el león como el buey, comerá paja (Is 11,6-7).
Después del pecado y del diluvio, la bendición de Dios es muy distinta a la del primer capítulo del Génesis:
Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciéndoles: «Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra. Todos los animales de la tierra y todas las aves del cielo os temerán y os respetarán; todos los reptiles del suelo y todos los peces del mar están a vuestra disposición. Todo lo que vive y se mueve os servirá de alimento: os lo entrego todo, lo mismo que los vegetales. Pero no comáis carne con sangre, que es su vida» (Gn 9,1-4).
Dios conoce que el hombre está afectado por el mal y le da nuevas disposiciones: continúa la fecundidad, pero el dominio sobre la creación se hace con temor por parte de ésta, y todo animal sirve de alimento, no sólo los vegetales. En este momento de la historia de la salvación todos los animales son susceptibles de servir de alimento; en adelante el hombre puede alimentarse de todo porque el pecado ha cambiado la situación, introduciendo la competencia entre los seres vivos, y Dios sabe que no hay marcha atrás. El hombre ha introducido en el mundo la violencia y la agresividad, y entonces Dios le propone un nuevo camino, que discurre no por el ideal que Dios había previsto, sino por la realidad de lo que el hombre puede hacer.
Sucede con los planes de Dios con los GPS de los coches: si te saltas una salida de la autopista, el GPS sabe que no puedes retroceder por la misma carretera, y te va indicando hasta que encuentra una forma distinta de llegar a donde ibas.
El hecho de que en el plan primero de Dios todos los animales y el mismo hombre fueran vegetarianos no quiere decir que podamos volver al estado paradisiaco haciéndonos vegetarianos -o nudistas- como Adán y Eva en el paraíso. No nos salvamos a nosotros mismos por medio de esa vuelta a la vida del paraíso, que tiene el peligro de olvidar la influencia del pecado que ahora es real. No está mal ser vegetariano, pero no podemos invocar el estilo de vida vegetariano como más cercano a la inocencia, porque lo que está manchado es el corazón del hombre.
No hay que pasar por alto que en esta bendición a Noé no hay restricción de alimentos que se consideran impuros. Eso no va a aparecer hasta el Éxodo. Todos los alimentos en la alianza de Dios con Noé son puros. El Señor, como en otras realidades, volverá a los planes iniciales de Dios.
Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina. (Con esto declaraba puros todos los alimentos) (Mc 7,18-19).
Los apóstoles a la hora de predicar el Evangelio tienen que aprender que todos los alimentos son puros y que no le pueden exigir a los cristianos procedentes del paganismo las normas de pureza de los alimentos que proclamó Moisés:
Al día siguiente, mientras estos caminaban y se acercaban a la ciudad, subió Pedro a la terraza hacia la hora de sexta para orar. Sintió hambre y quería tomar algo. Mientras se lo preparaban, le sobrevino un éxtasis: contemplando el cielo abierto y una especie de recipiente que bajaba, semejante a un gran lienzo, que era descolgado a la tierra sostenido por los cuatro extremos. Estaba lleno de toda especie de cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo. Y una voz le dijo: «Levántate, Pedro, mata y come». Pedro replicó: «De ningún modo, Señor, pues nunca comí cosa profana e impura». Y de nuevo por segunda vez le dice una voz: «Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano». Esto sucedió hasta tres veces y luego el receptáculo fue subido al cielo (Hch 10,9-16).
Por lo tanto, alimentarnos de los animales forma parte del fruto de nuestro pecado, pero forma parte también del plan de Dios para reconducirnos a la vida. De hecho, nuestro Señor no costa que fuera vegetariano y comía el cordero de la fiesta de pascua.
[v. 31] A lo largo de la creación Dios ha repetido que lo que iba creando era bueno: la tierra (v. 9), la hierba y los árboles (v. 12), las lumbreras (v. 18), los seres vivientes: peces, aves y animales (v. 25); pero después de crear al hombre a su imagen y semejanza, cuando ve toda la creación, proclama que todo era «muy bueno». Es otra forma que proclamar que el hombre es la culminación de la obra de Dios, que Dios ha ido creando de menos a más. Por encima de la armonización de todo, de la separación de la luz y las tinieblas, de la separación de la tierra y el mar, incluso de la aparición de los seres vivos, su obra cumbre, a donde apuntaba toda la obra creadora, su obra magna, es el hombre, por eso era «muy bueno» todo lo creado.
No podemos evitar que, al escuchar estas palabras y mirar la historia y la situación del mundo, nos preguntemos: si Dios es bueno, si es todo poderoso, si ha hecho todo bien, entonces ¿de dónde sale el mal que experimentamos día a día? No va a responder a esta pregunta el autor de este poema, que constituye el primer relato de la creación; pero sí tiene muy claro que el mal no viene de Dios, que el mal no tiene el poder de Dios, que no hay dos principios de creación, solo uno, Dios.
[2,1-4a]
Parece que el autor sagrado se contradice al decir que Dios tiene que descansar cuando ha realizado la obra de la creación sin esfuerzo alguno, por medio de su palabra, sin la oposición de ningún otro ser divino y sin la oposición de las criaturas. Debemos entender que se trata de una forma antropomórfica de decir que la creación tiene una cúspide, que es el descanso. De este modo, el relato nos ayuda a entender la importancia del descanso de Dios; porque el trabajo es importante, pero todo se orienta al descanso y a un descanso muy particular. Se trata del descanso que nosotros podemos entender desde el misterio de la Trinidad, de la comunión las tres divinas personas. Los judíos del Antiguo Testamento no podían comprenderlo; pero nosotros, a los que se nos ha revelado el misterio de la Trinidad de personas en Dios, podemos saber que Dios descansa, pero no se aburre; que Dios descansa, pero no deja de relacionarse. Al contrario, en el sétimo día no se relaciona con las criaturas que va creando, sino que descansa en el diálogo de las personas que constituyen la realidad de Dios.
Estamos influidos por el protestantismo en el que el hombre se salva sólo por la gracia, sin mérito alguno, y lo que tiene que hacer es dedicarse a las cosas materiales. De ahí procede la cultura del trabajo y la vergüenza del descanso. El trabajo, que se convierte en activismo, es lo que nos proporciona un sentimiento de valía; el descanso nos hace sentir inútiles, perezosos e improductivos. Se nos olvida que somos más importantes por lo que somos que por lo que hacemos; que somos el «tú» de Dios llamado a la comunión con él. Este día de descanso me está diciendo que, del mismo modo que Dios se dedicó a tareas profanas y externas y tuvo un día para el descanso, para la comunión intratrinitaria; asimismo el ser humano está llamado a mejorar la creación durante seis días, pero tiene un día para estar con su creador.
Los judíos vinculan este descanso de Dios con el precepto del descanso sabático:
Recuerda el día del sábado para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas, pero el día séptimo es día de descanso, consagrado al Señor, tu Dios. No harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el emigrante que reside en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y lo que hay en ellos; y el séptimo día descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó (Ex 20,8-11).
Aquí se considera que el hombre trabaja seis días, pero el séptimo es para Yahweh. Se trata del descanso de la amistad, de la adoración. Dios merece que el hombre se pare, que deje sus actividades profanas, que deje de buscar su subsistencia porque está llamado a otra cosa. Nosotros estamos llamados a la alabanza, no simplemente a ganarnos el pan de cada día, que dicho sea de paso nos lo regala el Señor: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura» (Mt 6,33). De lo que vamos a vivir en el cielo es de la alabanza, de la comunión, de la sintonía, de la amistad…, y tenemos que ir acostumbrándonos, más allá del trabajo, a lo que va a ser nuestro alimento toda la vida, estar con el Señor.
La genialidad de los Santos Padres vincula el descanso de Dios en la creación con el descanso de Jesús en el sepulcro después de la redención, después de haber realizado todo el trabajo de nuestra salvación: Jesús descansa en el sepulcro.
También es interesante descubrir que, lo mismo que Dios en su obra creadora va separando y dando armonía, hace lo mismo con los días de la creación: separa uno, se reserva uno. Y separar significa consagrar, sacralizar, dedicarlo para sí. De manera que este séptimo día es un recordatorio de que el hombre ha nacido para lo sagrado, no solo para lo profano, y que le debe un día de su semana a Dios.
En esta línea, el domingo debe ser el día de la paz, de la alabanza, de la oración, por eso vamos a la Eucaristía; es el día para la comunión, para la vida de familia, para los amigos, para descansar. Pero descansar no es simplemente no hacer nada, sino estar en sintonía y en comunión con Dios y con los hermanos. Hay que escapar de la tiranía de lo cotidiano y posponer la necesidad de la supervivencia a la necesidad más profunda de la alabanza, porque el hombre, antes que un ser racional, es un ser litúrgico, ha nacido para cantar; no para subsistir como los animales, sino para alabar a Dios.
Y ahí encaja perfectamente la Eucaristía. La sabiduría de nuestra madre la Iglesia propone el domingo como el día de la Eucaristía, la oración, la familia y la amistad. Y es muy significativo que, según nos vamos paganizando, va cayendo la celebración del domingo. Es un signo inequívoco de la pérdida de la dimensión religiosa que el domingo se va quedando en un día más, en el que, si podemos, adelantamos trabajo, en el que se abren los comercios… Hemos perdido la importancia de tener un día sólo para Dios como expresión de nuestro reconocimiento y de nuestra alabanza. La manera de vivir el domingo dice mucho del estado de nuestra relación con Dios.
Algunos autores ven en el Gn 2,4a el comienzo del segundo relato de la creación. Es cierto que de forma parecida comienzan otros relatos del Génesis:
Este es el libro de los descendientes de Adán (Gn 5,1)
Esta es la historia de Noé (Gn 6,9).
Pero realmente estamos en el cierre del primer relato que conecta con el primer versículo que era como el título y el resumen de todo este texto:
Al principio creó Dios el cielo y la tierra (Gn 1,1).
Esta es la historia del cielo y de la tierra cuando fueron creados (Gn 2,4a).
· · ·
Al final de este largo recorrido por Gn 1,1-2,4a podemos ofrecer algunas conclusiones:
- -No aparece en el relato ningún rastro de panteísmo o inmanentismo. No hay tampoco ningún atisbo de que la realidad sea divina o del carácter divino de las diferentes realidades (el sol, el mar…).
- -Queda afirmada la absoluta transcendencia de Dios, que está más allá de todas las criaturas y, a la vez, se hace cercano a ellas. Dios es totalmente otro.
- -Dios no tiene ningún oponente en la obra de la creación, no se oponen a su mandato las realidades. Dios es el creador único de todas las cosas.
- -El poder creador de Dios es omnipotente; no es una fuerza caótica, ciega, sin orden ni sentido. La creación se realiza por su Palabra y su Sabiduría. El Dios creador es sabio, inteligente, sabe a dónde va y pone orden y distinción en todo. Dios se expresa a través del Logos, no es simple poder incontrolable. Es cierto que nos supera por todos lados y está más allá de toda realidad, pero es inteligente, racional, armónico, y le gusta la razón y la armonía.
- -Toda criatura es buena por ser obra de Dios. Todo es bueno porque todo está hecho conforme a la sabiduría de Dios. Por eso, a pesar de mi limitación y mi pecado, lo más profundo de mi ser es que soy imagen de Dios y que Dios ha dejado su huella en todo lo creado. Dios ama, sostiene y gobierna todo lo creado.
- -Dios quiere gobernar la creación por medio del hombre. Es como si dijera: «Ahora a mí me toca descansar y a vosotros os toca trabajar»; pero no olvidemos que Dios no permanece ocioso: «Mi Padre trabaja y yo también trabajo» (cf. Jn 5,17).
- -Los animales y los humanos deben su fecundidad a una especial bendición de Dios; no es algo que nosotros tengamos en posesión. Esa capacidad de engendrar se refiere en principio a la fecundidad biológica, pero hay que aplicarlo también al arte y a los productos de la inteligencia humana. Somos fecundos porque Dios nos hace fecundos, porque Dios quiere que seamos como él, y los seres vivos ya participan de esa bendición y de esa fecundidad.
Si la fecundidad no es un bien del que pueda apropiarse el hombre porque proviene de Dios, hemos de tener cuidado con todos los medios con los que estamos produciendo ahora nuestra vida y comprobar si son acordes con lo que Dios quiere.
- -El hombre es la criatura cumbre de la creación, tiene algo especial que le eleva sobre la materia; y eso especial es que está hecho a imagen de Dios y está llamado a ser semejanza de Dios. Por lo tanto, hay una distancia infinita entre el hombre y las demás criaturas.
- -Dios habla al hombre y el hombre puede responder a Dios porque ha sido creado a imagen y semejanza de él. El ser humano es un «tú» de Dios que puede dirigirse a él (cf. el diálogo de Dios con Job que pretende pleitear con Dios: Job 38,1ss).
- -Dios da al hombre el derecho para dominar la creación y así servir a Dios.
- -La diferenciación de sexos, con todo lo que conlleva, es querida por Dios. Ambos son reflejo de la gloria de Dios. La mujer tiene la misma dignidad del hombre. Juntos, hombre y mujer, reflejan mucho mejor la imagen de Dios. Aparece ya la importancia de la familia, que va a afirmar de forma muy clara el segundo relato de la creación.
- -El hombre en agradecimiento a su noble destino, como lugarteniente que es de Dios, debe de darle culto y por eso debe reservar un día a la semana para Dios y los demás hermanos.
- -El hombre gobierna la creación en nombre de Dios, todos los bienes de la tierra han de ordenarse en función del hombre. Toda ideología que no ponga al hombre en el centro, como fin, no como medio, no es querida por Dios ni acorde con lo que Dios quiere.
- -La ciencia y la técnica responden a la voluntad de Dios, para que el hombre gobierne mejor la tierra, crezca y sea más fuerte.
- -Cuando Dios dice «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza», está pensando en un hombre concreto, en Jesús de Nazaret, su Hijo encarnado y glorificado, a cuya imagen se harán todos los demás hombres.
Podemos culminar esta lectura contemplativa del relato de la creación con otros lugares de la Escritura que nos ayudan a profundizar lo que hemos ido analizando.
Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado.
¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano, para mirar por él?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad;
le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies.
Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar
que trazan sendas por el mar.
¡Señor, Dios nuestro,
que admirable es tu nombre en toda la tierra! (Sal 8,4-10).
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
aceite que da brillo a su rostro,
y el pan que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros del león rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol, se retiran
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
¡Aleluya! (Sal 104).
Pueden leerse también los capítulos 38 y 39 del libro de Job. Ante el reclamo de Job, Dios va desgranando su poder en todo lo que ha hecho. Ante ese despliegue del poder de Dios, que se baja a discutir cara a con el hombre, Job apabullado se rinde y dice:
Job respondió al Señor:
«Reconozco que lo puedes todo,
que ningún proyecto te resulta imposible.
Dijiste:
“¿Quién es ese que enturbia mis designios
sin saber siquiera de qué habla?”.
Es cierto, hablé de cosas que ignoraba,
de maravillas que superan mi comprensión.
Dijiste:
“Escucha y déjame hablar;
voy a interrogarte y tú me instruirás”.
Te conocía solo de oídas,
pero ahora te han visto mis ojos;
por eso, me retracto y me arrepiento,
echado en el polvo y la ceniza» (Job 42,1-6).
De esa experiencia, que tiene relación con la purificación de la noche oscura, del no saber, sale al santo, el místico, el que se ha encontrado con Dios. También nosotros, si aceptamos esa purificación, conoceremos un poco más al Señor.
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El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.
NOTAS















