Seleccionar página

Descargar este documento en formato Pdf

1. El discernimiento fundamental del contemplativo

El que se sabe llamado a la vida contemplativa y reconoce ésta como su vocación no puede prescindir de esta realidad que lo define a la hora de realizar cualquier discernimiento1. Tenemos aquí un fundamento del que no podemos prescindir, un «perchero» en el que colgar todos los demás discernimientos y elecciones a los que nos debamos enfrentar2. Por eso es necesario que hagamos claramente la elección de esa vocación y tengamos clara nuestra identidad, de modo que podamos decir con pleno conocimiento y aceptación: «Soy contemplativo». Y, a la vez, que la vocación contemplativa nos da el perchero fundamental de nuestra vida, el que quiera vivir contemplativamente necesita el ejercicio permanente de discernimiento.

Si acepto esta vocación como verdadera para mí, he de mantener viva la conciencia de una verdad fundamental que constituye el marco sobrenatural que ilumina y orienta cualquier elección que realice en mi vida, y que se podría sintetizar así: Dios me creó y me redimió para que fuese suyo y para que él pueda ser mío, salió a mi encuentro para conquistarme, y se me entrega para que me entregue totalmente a él. Esto es lo esencial que define mi vida y lo que Dios mismo quiso dejar claro al llamarme a la vida contemplativa; una vida cuya esencia es la atención absoluta y permanente a Dios, como respuesta a la fascinación que él crea en mí. Se trata de una polarización absoluta hacia Dios que debemos hacer compatible con las ocupaciones propias de nuestra vida secular, evitando siempre que éstas se conviertan en «preocupaciones» que desplacen a Dios como única preocupación. Y aquí no existen excepciones a la regla universal: «Ocupados en todo lo necesario y preocupados sólo de Dios»; de modo que ni siquiera las ocupaciones más buenas o santas pueden ocupar el lugar de Dios en nuestra vida. Esta relativización de las ocupaciones y polarización a Dios hacen que nos orientemos mejor en las realidades humanas, lo que no nos hace menos humanos ni nos lleva a amar menos, porque Dios lo ilumina todo y todo se convierte en instrumento de glorificación de Dios. Éste es nuestro «perchero».

El problema aparece cuando la vida en el mundo hace que surjan las preocupaciones, que son la alarma que indica que nos hemos salido de nuestro ser de contemplativos. Evidentemente, no estamos ante la tentación que me inclina a realidades perversas para alejarme de Dios, sino ante la inclinación a una excesiva atención a realidades buenas que impide la soberanía absoluta de Dios en mi vida. Y como mi vida sólo tiene sentido en orden a vivir esa soberanía como el modo de adorar y dar gloria a Dios, si algo hace sombra a Dios me saca del único ámbito en el que puede desarrollarse mi vida; y entonces me ahogo.

Puede que yo no sea consciente del proceso que me aparta de mi ser, pero el fruto sí resulta patente; puesto que, privado del aire que me da la vida, me ahogo en preocupaciones estériles que acaban robándome la paz y la alegría y me llevan a un claro desorden de vida y de valores, así como a pecados evidentes, que ponen de manifiesto la existencia de una raíz escondida de la que dependen.

Las preocupaciones se convierten entonces en un elemento de discernimiento. Si vivo en medio de las preocupaciones y no me ahogo porque las vivo en Dios, tendré que plantearme crecer en mi vocación contemplativa. Pero si vivo ahogado por las preocupaciones necesitaré realizar el trabajo espiritual necesario para rescatar lo esencial, que me permita relativizarlo todo y descubrir cómo convertir en meras ocupaciones todo lo que me agobia, por muy urgente e importante que parezca.

La razón por la que se llega a esta situación estriba en la fuerza que tiene la tentación, porque se apoya en nuestra forma de ser y en nuestras capacidades. Precisamente nuestra propia realidad humana es la motivación ordinaria de nuestros actos; una motivación que puede ser buena, o incluso excelente, y que busca el bien de los demás u ofrecerles un sincero servicio de caridad. Pero esto constituye una verdadera tentación porque, bajo capa de un bien real que se pretende conseguir, todo acaba viciado puesto que no tiene como base la voluntad de Dios, sino lo que nosotros somos y necesitamos. La situación se agrava cuando justificamos racionalmente habernos inclinado por nuestros condicionamientos, en lugar de hacerlo por la voluntad de Dios.

Esta dificultad y las tentaciones que conlleva reclaman del contemplativo un serio esfuerzo ascético que le permita encontrar la libertad necesaria para fundamentar cualquier discernimiento. Lo cual exige distinguir entre la ascética voluntariamente impuesta en general, que busca fortalecer la voluntad, y la ascética específica, que pretende eliminar los obstáculos concretos que en nuestro interior nos llevan a una excesiva atención a las realidades que no son Dios, la ascética concreta que nos permite vivir la vocación contemplativa en nuestra situación personal3.

Y en este sentido ascético hemos de afirmar que, precisamente, las mismas necesidades y capacidades reales que yo poseo constituyen la materia que puedo inmolar como forma de expresar mi adoración a Dios. De este modo puedo convertir mi vida en una ofrenda agradable a Dios, según vemos que hace el mismo Verbo de Dios en el momento de su encarnación: «No quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has dado un cuerpo (una vida). Entonces yo digo: “Aquí estoy para hacer tú voluntad”» (Heb 10,6-7).

Así pues, en todas las cosas debo hacer el oportuno y constante discernimiento para no caer en la acomodación a los estilos y modas que nos impone el ambiente, sino estar muy atento siempre a la voluntad de Dios, que es imprevisible, y poder cumplirla en todo momento.

El objetivo de este trabajo espiritual y ascético tiene que ser adquirir el temple necesario para relativizarlo todo y que Dios sea el centro de nuestra vida para darle gloria a Dios, cumpliendo sencillamente su voluntad y dejándole a él el resultado de todos los asuntos. Esto es la consecuencia primera y natural del hecho de que el Señor me llamara a ser suyo y a vivir para él, poniéndome a vivir en medio del mundo. Por tanto, éste debe ser el objetivo fundamental de mi vida, en función del cual todo lo demás ha de relativizarse. De esta forma, debo poder decir, con el profeta: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jr 20,7). Esto es tan importante que, sólo en la medida en que se lleve a cabo plenamente este abandono, se podrá alcanzar el amor y la libertad verdaderos, sin los cuales resulta imposible cualquier forma de auténtico discernimiento.

Una buena guía práctica para este trabajo ascético consiste en tomar como referencia Nazaret, tratando de aplicar los valores específicos de la vida oculta del Señor a mi propia vida. Eso deja claro la importancia que tiene la pobreza y los diversos modos de vivirla, así como la oración, no como actividad espiritual, sino como clima fundamental de la vida; sin olvidar el cuidado del orden en los valores, en el tiempo y en las actividades, algo que la actual vida secular hace bastante difícil4.

2. Criterios específicos de discernimiento para el contemplativo

Partiendo de una vocación contemplativa reconocida y aceptada, veamos los elementos específicos que hay que tener en cuenta para realizar cualquier discernimiento en el marco de dicha vocación contemplativa:

  • –Dios se sirve en mi vida de todo aquello que más y mejor me identifica con Cristo crucificado. Todos los elementos que conforman mi vida están providentemente adecuados para favorecer que yo realice plenamente este plan de Dios, que me hace contemplativo. No debo esperar ni buscar otra cosa que aquello que más me acerque a la cruz. He de saber reconocerlo, agradecerlo y vivirlo, sabiendo que Dios me da la gracia necesaria para ser fiel en esta forma específica de unión con Cristo.
  • –He de contar con la soledad y el fracaso como algo normal en mi vida, y he de aceptarlos de buen grado, sabiendo que la soledad por ser fiel a Dios no es pecado, pero la tristeza y la desesperanza sí lo son. Y no basta con que reconozca el valor de la cruz; he de desearla, pedirla, abrazarla y agradecerla de verdad. Debería tener una verdadera pasión por la cruz, un amor «esponsal» con el vínculo que me une al Esposo, ofreciéndome todo yo en la cruz al Padre con Cristo. La aceptación de la vocación contemplativa se define por la pasión por la cruz.
  • –Debo permanecer en silencio en todo lo que suponga cruz, dejando a Dios el juicio, la acción y las soluciones, para que pueda actuar cómo y cuándo lo crea conveniente. Este silencio es la señal de que he elegido la cruz y permite la acción santificadora de la cruz de Cristo en mi vida. Seguir siempre el ejemplo de la Virgen, que permanecía en silencio junto a la cruz de su Hijo (Jn 19,25).
  • –Es muy importante que abandone toda forma de huida o de refugio frente a la cruz, tratando de ser más sencillo en la visión de la realidad. No puedo perderme en susceptibilidades, en preguntas sobre los porqués de las cosas o en lamentos estériles. He de tener especial cuidado en evitar justificar mi huida de la cruz aferrándome a mis condicionantes o echándole la culpa a Dios porque no me ayuda lo suficiente. En el fondo, esta huida demuestra que no espero que sea sólo Dios quien resuelva las cosas desde mi fracaso e inutilidad, sino que necesito tener el control de las cosas. Debe bastarme reconocer «es la cruz», y ya está. Esa simplicidad elimina la complejidad de mis justificaciones y dramatismos.
  • –He de desarrollar mi misión con un sentido de humilde servicio, sin proyectar o desear determinados resultados, aunque sean legítimos, sino contando con que el resultado normal sea la cruz en una u otra forma. «Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”» (Lc 17,10).
  • –Debo vivir a fondo el silencio interior y exterior, no como un ejercicio ascético sino como forma de vida, eliminando las compensaciones, racionalizaciones, justificaciones, culpabilizaciones, proyecciones que dejamos surgir ante las dificultades. Quizá el mayor daño a la gracia de Dios lo hacemos por buscar compensaciones, tal vez legítimas, pero que nos apartan del silencio del que dice «sólo Dios» y permite que esa verdad lo llene todo y expulse todos los ruidos. Por supuesto, hay que hacer esto con naturalidad y normalidad, sin aparecer serios o distantes de los demás.
  • –Tengo que ordenar seriamente mi vida en función de la escala de valores evangélicos, evitando ataduras que me impiden la fidelidad a mi ser.
  • –También he de cuidar la mortificación, dándole un sentido claro de preparación para la cruz y como modo de acostumbrarme a ella.
  • –Todo esto tengo que vivirlo con alegría, sabiendo que el Señor me regala siempre, con la cruz, el don de su paz y su gozo. El agobio y la tristeza son señales claras de que estoy fuera de la vida contemplativa.
  • -Finalmente hay que anotar que aquí no caben las medias tintas. Todo esto toca la esencia del propio ser como contemplativo y del plan de Dios sobre mí; y exige la máxima seriedad y fidelidad: «O soy contemplativo o no lo soy».

Como podemos comprobar, todos estos criterios tienen que ver con la experiencia sobrenatural de la cruz y su importancia en la vida del contemplativo. Para éste, la cruz ilumina y da sentido a su vida y sirve como elemento esencial de discernimiento en cuanto que es lo que convierte su existencia en redentora. Con todo lo que hace y dice, el contemplativo debe cooperar conscientemente a la obra de la redención. De este modo, el discernimiento ordinario del contemplativo se simplifica notablemente porque se realiza teniendo la cruz como criterio y se reduce en gran medida a descubrir lo que le ayuda a unirse a la cruz de Cristo en su vida y lo que le lleva a huir de ella.

Aceptar ser contemplativo en medio del mundo es un modo extraordinario de abrazar la «locura de la cruz» (cf. 1Co 1,18-25), que consiste en vivir conscientemente y en carne viva la presencia de Dios en medio de un mundo que ignora y rechaza a Dios; en querer vivir apasionadamente el amor y el bien en medio del egoísmo y la violencia, sufriendo misericordiosamente las consecuencias de la fuerte oposición que provoca el enfrentamiento entre unos valores y otros; en apostar la vida por unos valores que no tienen ninguna rentabilidad humana y carecen muchas veces de resultados visibles […]

En la medida en que buscamos únicamente vivir a Cristo en nuestra vida, sin esperar ningún tipo de gratificaciones o de resultados humanos, este camino ‑que no es otro que el camino de la cruz‑ se convierte en el único modo de vivir. De otro modo, no podemos entender los valores evangélicos y acabamos enfrentados escandalosamente con el misterio incomprensible de la cruz […]

Por ello, su misión fundamental no consiste en pronunciar discursos, cambiar estructuras o convencer a alguien. Si tiene que hacerlo, ha de ser como expresión y consecuencia de su unión con Cristo crucificado y en cumplimiento de la voluntad del Padre. Su vocación estriba en revivir en su cuerpo el misterio del cuerpo crucificado del Hijo de Dios, manteniendo una lúcida mirada, a la vez, al amor infinito de Dios y al insondable mar de pecado del mundo; haciendo suyos los sentimientos del mismo Cristo, su mirada, su actitud…, hasta consumirse, como él, en ansias de salvación del mundo y de glorificación del Padre […]

Allí donde existe un reflejo humano de la cruz, tiene que llevar la Iglesia la presencia del Crucificado, que da sentido y luminosidad al misterio de la cruz humana. Es más, si hay un lugar irrenunciable para la presencia del Salvador, es precisamente el lugar en el que hay que revivir el misterio de su pasión salvadora. […]

En cualquier lugar donde se levanta la cruz en la que el hombre sufre está presente el Crucificado, que quiso unir todas las cruces a la suya. Y donde está el Crucificado no puede dejar de estar el enamorado que lo busca con una pasión que no descansa hasta llegar a la más perfecta unión, hasta poder decir: «Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,19-20) (Fundamentos, V,3,C,a)5.

· · ·

Finalmente, señalemos que el hecho de que el discernimiento ordinario del contemplativo se centre en la cruz no significa que tenga un carácter oscuro o triste, todo lo contrario; porque la cruz es fuente de alegría y no se puede vivir la cruz sin gozo. Se trata de un discernimiento luminoso que tiene como fruto el gozo y la libertad.

El que está llamado a la santidad y reconoce esta llamada en forma de vocación contemplativa, recibe, de un modo u otro, una significativa gracia de libertad frente a los afectos y las presiones del mundo. La gracia de la vocación contemplativa produce ese efecto liberador, a partir del cual podemos tomar conciencia lúcida de cómo Dios guía nuestra vida, de manera suave, pero con seguridad y firmeza. En la medida en que nos dejamos trabajar por el Espíritu y quitamos resistencias, la gracia actúa de manera más clara y contundente y nos va guiando con seguridad a la meta.

Este abandono hace fáciles todas las cosas, de un modo simple y maravilloso. El discernimiento debe llevarnos al punto en el que sólo nos preocupemos de Dios, con el convencimiento claro de que él se ocupa de todo lo nuestro. En este sentido, la oración no es otra cosa que dejarnos arrastrar voluntariamente por la corriente del río de la Misericordia hacia el absoluto abandono en Dios.


NOTAS

  1. Esto supone el discernimiento fundamental de la vocación contemplativa, al que quiere ayudar Fundamentos, II,1: «Diez claves para el discernimiento». Necesitamos hacer memoria de la gracia de la vocación para tenerla siempre presente en el discernimiento.
  2. Para profundizar y renovar este «perchero» es necesario releer y orar con Fundamentos, IV,3: «Una experiencia fundamental», y V,1: «El fundamento del ser del contemplativo secular» (quizá todo el capítulo V: «El ser del contemplativo secular»).
  3. Podría ayudar a entender esta ascesis las indicaciones de Fundamentos, III,5: «Las tentaciones del comienzo», especialmente algunas de ellas: incongruencia, traducción de la gracia, desánimos, falsa caridad, exceso de preocupación, activismo, necesidad de no desentonar, etc.
  4. Podría ayudar a esta tarea la contemplación litánica «Nazaret es…», que ofrece la sección de espiritualidad de nuestra web en el apartado «Contemplaciones litánicas». También puede leerse en Fundamentos, Apéndices, 3: «Misterios “contemplativos” de Jesucristo», p. 297-299 de la segunda edición.
  5. Sería conveniente leer el apartado completo de Fundamentos, V,3,C,a: «Crucificados con Cristo», especialmente las p. 130-136 de la segunda edición.