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A partir de la experiencia del encuentro profundo con Dios en Jesucristo descubrimos que no podemos dominar u «objetivar» nuestro conocimiento de Dios, porque Dios no es un «objeto», como un árbol, una casa, una piedra…; más aún, Dios ni siquiera es una idea. Es un ser personal y, por lo tanto, sólo podemos conocerlo como conocemos a otra persona, a través de la entrega de uno mismo, por medio del amor; porque el verdadero conocimiento de una persona no es fruto de la reflexión, sino de la comunión de amor.

Efectivamente, cuando dos personas se aman, surge entre ellas un conocimiento y una intimidad que les lleva a experimentar algo parecido a vivir una «dentro» de la otra, sin perder sus propias y únicas identidades. De igual manera, Dios llega a vivir en nuestro interior y, en cierto sentido, nosotros llegamos a habitar «dentro de Dios», sin que las diferencias radicales entre Creador y criatura se hayan perdido. Es a esto a lo que se refiere san Pablo cuando exclama: «estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,19s)1; que no es sino la consecuencia de lo que prometió Jesús:

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14,23).

Como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros (…); yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno (Jn 17,21-23).

En este sentido, y en consonancia con la doctrina de varios Padres de la Iglesia y algunos teólogos y místicos, podemos afirmar que el objetivo de la vida cristiana es convertirnos en Dios por participación2. Esta expresión, con toda su crudeza, debería reflejar lo que todos los bautizados viven; pero, por desgracia, suele ser algo excepcional. Lo que en el plan de Dios es lo normal, en la realidad de la humanidad y de la misma Iglesia es, lamentablemente, muy poco frecuente. Incluso hay que reconocer que ni siquiera es el tipo de vida generalizado entre los llamados a la vida monástica.

Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4), y para lograrlo ofrece a la humanidad entera esta experiencia de encuentro transformante con él, para que todos puedan poseer el conocimiento pleno de su amor. Pero esto resulta muy difícil, debido al pecado personal y a las estructuras de pecado que existen en el mundo y dentro de la Iglesia. Evidentemente esto no se corresponde con la voluntad de Dios, pero él lo «tiene» que aceptar como consecuencia del libre albedrío del ser humano. Pero, para que su plan no se vea frustrado y no aparezca como imposible, Dios muestra un especial deseo de que, al menos, algunos vivan plenamente la vida contemplativa; y, para ello, elige de modo especial a algunas personas, que participan de diferentes vocaciones, como consagrados, seglares, monjes, sacerdotes, etc., y que viven en situaciones o tareas muy distintas. Con frecuencia se trata de personas significativamente marcadas por alguna de las variadas formas de pobreza que existen: material, cultural, psicológica, etc., y a las que Dios impulsa a una vida contemplativa humanamente incompatible con esa pobreza. Pero esas mismas limitaciones son las que hacen particularmente visible el milagro de la gracia y convierten a esas personas en testigos incuestionable del llamamiento universal a la santidad, puesto que si ellas pueden ser santas todos podemos serlo también.

Así pues, Dios parece poner un especial empeño en que algunas personas entren y permanezcan en esa plenitud de vida cristiana que quiere para todos. Y su interés y deseo lo muestra suscitando en ellas un encuentro personal con él y dándoles la gracia que potencia el ser bautismal, para impulsarlos con fuerza hacia la unión con él y a la transformación en Cristo. Y a eso es a lo que llamamos «vocación contemplativa».

Es algo semejante a lo que sucedió con el llamamiento del pueblo de Israel. Dios quería establecer un pacto con la humanidad entera, de forma que todos llegaran a ser sus hijos; y con ese fin escogió un pueblo, ciertamente pequeño e insignificante, como prototipo de la relación de amor que quería establecer con todos los pueblos, y como instrumento para hacer posible que el resto de la humanidad llegara a ser el pueblo de Dios. Quizá, de igual modo, él elige a unas pocas personas como signos visibles e instrumentos de la transformación sobrenatural que desea realizar en toda la humanidad.

Sucede, pues, con la vocación contemplativa lo mismo que en otros ámbitos del plan de salvación. Dios quiere que el mensaje del Evangelio llegue a todos los hombres, y no lo puede conseguir por las circunstancias de pecado de los pueblos, de las personas y de la misma Iglesia. Y, por medios ordinarios y extraordinarios, se empeña en que algunas personas lo conozcan; no sólo por ellas mismas, sino también para que sean instrumentos eficaces de la propagación del Evangelio. Este evidente empeño que tiene Dios por entregar su gracia a determinadas personas no significa que no quiera que ese proceso se realice en todos. Es más, bien mirado, el trabajo que Dios se toma para conquistar a algunos es precisamente la prueba de lo que él desea para todos.

La misma vida de los santos canonizados tiene, precisamente, esta misma finalidad. El convencimiento de que la santidad es la llamada de Dios para todos, y no para unos pocos privilegiados, forma parte del patrimonio de la Iglesia desde sus primeros momentos. Por este motivo, aunque la santidad no sea el modo de vida común a la mayoría de los cristianos, la vida de los santos nos muestra el afán de Dios para lograr que ellos alcancen la meta que él desea para todos; de modo que nadie pueda justificarse pensando que los santos son una clase especial de cristianos con una meta diferente a la del resto, que poseería una vocación distinta a la santidad. De hecho, los santos son, simplemente, cristianos que se han tomado en serio la gracia bautismal y han realizado en su vida el proyecto de transformación en Cristo, que Dios desea para todo ser humano. Y de este modo, se han convertido en modelos universales de santidad y testigos de un mensaje vivo de Dios, que nos dice: «Mirad lo que sucede en ellos; pues eso es lo que deseo para todos».

Esta misión de ejemplaridad de la santidad, que va unida a la vida contemplativa, no requiere necesariamente la separación del mundo, sino que se viva la vida con una hondura e intensidad especiales, que dimanan del encuentro vital con Jesucristo. Para lo cual es imprescindible introducirse en lo más profundo de la realidad humana a través del viaje al centro del corazón, donde habita Dios. Esto constituye la base común que define al contemplativo, tanto monástico como secular.

Por eso podemos afirmar que el mundo, como tal, no puede ser obstáculo para la vida contemplativa. Y, paralelamente, que el monje, aunque se separe materialmente del mundo, ha de llevar en su interior esa presencia del mundo y de la humanidad, de la que no se debe despojar. Ciertamente, el monasterio no es fundamentalmente un lugar en el que poder mantenerse aislado del mundo, sino un lugar en el que Dios pueda habitar. La liturgia, el silencio, un determinado ritmo de vida y todo el estilo propio de la vida monástica tienen como meta crear espacio para Dios. Y el contemplativo secular ha de lograr ese mismo objetivo, aunque desde un ámbito de vida diferente. Y el simple hecho de carecer del aislamiento monástico le obliga a convertirse él mismo en morada de Dios; para lo cual necesita vivir un tipo de vida contemplativa propio, que nada tiene que ver con el intento de vivir el mismo estilo de vida característico del monasterio, pero adaptándolo al mundo.

Ambas vocaciones contemplativas ‑la monástica y la secular‑ se complementan y armonizan perfectamente. La vida contemplativa monástica es necesaria como signo elocuente de la trascendencia de Dios y de la absoluta primacía que debe tener en nuestra vida, hasta el punto de que se puede vivir por él y para él de manera exclusiva, en una vida plena y feliz. Y, paralelamente, la vida contemplativa secular ofrece al mundo el necesario testimonio de que ese Dios trascendente, que ha de ser el centro indiscutible de toda vida humana, no está lejos de nosotros, sino en nuestro propio mundo y en nuestra misma vida. De este modo, a través de estas dos formas de vida, Dios ofrece al mundo una imagen completa de su designio de salvación para todos.

Esto explica la necesidad que unos experimentan y que les hace apartarse físicamente del mundo para buscar sólo a Dios y convertirse en anticipo y signo de la vida futura. Y, del mismo modo, explica la necesidad que sienten otros de permanecer en el mundo para demostrar que se puede vivir en él la vida cristiana plena, y que los bautizados que viven en el mundo no tienen que resignarse a una vivencia espiritual de menor altura o intensidad que la de los monjes.

Después de todo lo expuesto hasta aquí, podríamos decir que la vida contemplativa consiste en vivir de forma consciente la permanente presencia de Dios-amor, hacia el que hacemos confluir todo lo que somos y tenemos, buscando apasionadamente su gloria por medio de la comunión de amor esponsal con él y el ansia apremiante de la salvación de todos los hombres. Ya iremos desgranando, poco a poco, los elementos de esta definición3.

Una vez formulada esta definición, como un primer acercamiento sobre lo que iremos profundizando más adelante, hay que hacer una advertencia inicial sobre la conciencia permanente de Dios. En contra de lo que se suele pensar, esta conciencia no supone necesariamente que se tenga una experiencia sensible de la presencia de Dios, y, menos aún, que este tipo de presencia sea permanente. En verdad, a veces se puede tener una fuerte experiencia de oscuridad o de «ausencia» de Dios. Lo importante no es poseer un sentimiento afectivo, sino una voluntad efectiva de poner toda la vida en referencia a Dios y mantener una conciencia permanente de él, ya sea a través de la luz de su presencia o de la oscuridad de su ausencia. Lo contrario, entonces, de un contemplativo es el cristiano que permanece indiferente ante Dios o que ignora su presencia real en el mundo y en su vida.

  1. Volveremos varias veces sobre este texto, dada la importancia que tiene para definir la vida del contemplativo.
  2. Véase 2Pe 1,4: «Para que, por medio de las promesas, seáis partícipes de la naturaleza divina»; san Atanasio: «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (Inc., 54,3); santo Tomás: «El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres» (Opusc 57 in festo Corp. Chr., 1).
  3. Sobre buscar su gloria véase, en el capítulo V, el apartado B) Ser «alabanza de la gloria» de Dios, p. 81. Sobre el carácter esponsal puede leerse, en el capítulo VII, el apartado 4. Un proceso con una meta: el desposorio, p. 192.