Descargar este documento en formato Pdf
Introducción
Una de las preguntas esenciales de la vida, que todos deberíamos plantearnos, es la razón y el sentido de nuestra existencia. Ciertamente existen multitud de respuestas, opiniones o simples impresiones sobre este asunto, incluso posturas de desinterés e indiferencia. Pero todo esto queda relativizado cuando no somos nosotros los que respondemos, sino que es Dios mismo quien responde a la cuestión planteada. Y lo hace a través de su Palabra, que nos la dirige principalmente para eso. Luego, aceptaremos o rechazaremos su respuesta, pero siempre tendremos a nuestra disposición la respuesta objetiva que nos puede sacar de un subjetivismo indigno de una cuestión tan importante.
Y lo que Dios nos dice sobre el sentido de nuestra vida lo va desgranando progresivamente a lo largo de su manifestación escrita, que es la Biblia, y nos lo mostrará con claridad en su Palabra encarnada, su última y definitiva Palabra, que es Cristo. Y si tuviéramos que resumir la respuesta divina a la cuestión del sentido de nuestra vida, una de las mejores síntesis es la que nos ofrece san Pablo en su carta a los Efesios: «Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado» (Ef 1,4-6). Dios nos eligió para que fuésemos santos, es decir, nos pensó desde toda la eternidad y nos creó en el tiempo para ser «alabanza de su gloria» por medio de Cristo. Esto es lo esencial. Luego, y como consecuencia de ello, vendrán los dones de Dios y su gracia; y también vendrá nuestra respuesta, aceptándolos o rechazándolos, a través de las virtudes, nuestro comportamiento, nuestro estilo peculiar de vida, nuestros compromisos concretos, etc. Pero lo esencial está ahí: hemos sido creados para ser alabanza de la gloria de Dios. Y nosotros, ahora, decidimos creerlo o rechazarlo. Y eso es tan importante, que una persona que descubrió con especial luminosidad la trascendencia de este asunto ‑santa Isabel de la Trinidad‑, se entendió a sí misma como «Alabanza de su gloria», reconociendo en esta expresión su verdadero nombre sobrenatural, el nombre que Dios le imponía como la definición más precisa de su ser y del sentido de su vida, la identidad con la que Dios la crea, y el fin para el que la crea. Con esa clave pudo orientar toda su vida1.
Y ése es -debe ser- también el sentido de nuestra vida. Y para hacer luz en este asunto e iluminarlo adecuadamente vamos a hacer este retiro espiritual: para descubrir esta realidad y encontrar el camino que concentra toda nuestra vida -a nosotros mismos-, convirtiéndonos en «alabanza de la gloria de Dios».
Para poder entender adecuadamente la materia de oración propia de este retiro espiritual es imprescindible comenzar por una reflexión inicial, que puede resultar un poco árida, pero no tiene como finalidad que la llevemos a la oración, sino que la tengamos en cuenta como base para aprovechar bien la materia propia del retiro.
Debemos empezar afirmando que una de las consecuencias del relativismo que empapa nuestro mundo, y se ha filtrado en la Iglesia, es la confusión en los valores y en el orden y primacía que debe existir entre ellos. Como todo es relativo, todo es discutible y elegible a capricho. Esto hace que el discernimiento evangélico, en vez de buscar la voluntad concreta de Dios sobre qué hacer en un asunto determinado y cómo hacerlo, se limite a elegir arbitrariamente qué hacer entre las diversas posibilidades legítimas y buenas que se nos ofrecen, descartando las opciones malas o inmorales que, lógicamente, no se pueden elegir. Se supone que esto es suficiente para garantizar que una acción es evangélica y responde a la voluntad de Dios; incluso la bondad objetiva de una acción puede ser sustituida por la buena intención del individuo o que éste crea que lo que hace está bien, aunque se equivoque. Así es como se elimina la necesidad de discernimiento evangélico, lo que implica que cada cual puede escoger los valores que prefiera y estructurarlos a su gusto.
El relativismo en general y la falta de discernimiento en particular hace que todo sea discutible, y eso fragmenta la sociedad y rompe la unidad de la comunidad cristiana, llevándolas necesariamente a un permanente conflicto entre la inacabable multitud de opciones y posturas existentes y a la casi imposibilidad de ponerse de acuerdo sobre ellas.
Al final, la única salida práctica a este caos consiste en buscar algunas afinidades que permitan construir corrientes o grupos fuertemente cohesionados sobre esas afinidades, muy combativos para defenderlas, a la vez que, de paso, encuentran en esa combatividad la identidad personal que los define y les da seguridad. Pero eso ya no tiene que ver con la fe ni es vida cristiana, sino mera ideología, aunque sea una ideología religiosa.
El resultado de todo esto es una absoluta confusión en los valores, la imposibilidad de un dialogo o discusión constructivos y la necesidad de aceptar ser empujados por una fuerza aparentemente incontrolable que obliga a adaptarse sospechosamente a los intereses de quienes fomentan el enfrentamiento.
En el ámbito de la Iglesia todo esto se manifiesta en la multitud de tensiones y conflictos que dividen y enfrentan a los cristianos en la teología, la moral, la liturgia, la pastoral, la espiritualidad, el apostolado o la caridad; es decir, sobre todo lo que constituye la vida cristiana. Y como los mismos pastores participan del problema, difícilmente pueden ofrecer soluciones al mismo. Como consecuencia, se diluye o se pierde el sentido profundo de la vida cristiana y su finalidad, que es la salvación.
Si queremos aportar algo de luz a este gravísimo problema no queda más remedio que ir a la raíz, rescatar lo esencial ‑distinguiéndolo de lo accesorio‑, y reconstruir ‑frente al caos‑ los valores fundamentales, manteniendo la armonía primigenia que existe entre ellos.
En contra de esta mentalidad generalizada, hemos de defender con fuerza que la verdad y la realidad no la decidimos nosotros arbitrariamente, sino que es algo objetivo, que está fuera de nosotros y que, por tanto, no las debemos fabricar sino descubrir y aplicar. Esto, que vale para la vida humana en sus aspectos más básicos, tiene especial importancia para la vida cristiana porque Dios no es fruto de nuestra voluntad, nuestros deseos o nuestros sentimientos; no vive en ese microcosmos personal creado a nuestro gusto. Dios es la Verdad y el Bien absolutos, y habita en la realidad. Más aún, sólo es auténticamente «real» él y lo que tiene que ver con él: su existencia, su voluntad o su acción. Lo cual nos obliga a buscarlo en lo más real y tratar de acoger, lo más fielmente posible, lo que él representa y en el mismo orden y armonía en que él vive.
Hace poco, un sacerdote preguntaba en la homilía de la fiesta del Bautismo del Señor: «¿Qué sentido tiene el bautismo para nosotros?, ¿para qué lo recibimos?». Y respondía con gran aplomo: «Para que hagamos un mundo más humano». No podemos negar que trabajar por un mundo mejor es un valor humano y cristiano indiscutible; pero si lo colocamos en el centro de la identidad cristiana, hemos eliminado lo esencial de ser cristiano. Hay una distorsión y un olvido de lo esencial.
Si queremos hacer algo eficaz en el orden de los valores y el discernimiento, es imprescindible que rescatemos lo esencial, lo hagamos vida y lo defendamos con toda el alma, no por medio de discusiones estériles, sino con la fuerza y el fruto sobrenatural que tiene la santidad. Ésta, en definitiva, no es otra cosa que la coherencia de vida, sustentada en la primacía, el orden y la armonía de los valores fundamentales, que son los de Dios, tal como él nos los muestra en Cristo a través del Evangelio.
Entonces, ¿cómo responder a esta distorsión sobre lo esencial? Pues no cabe otra vía que contemplar a Cristo. Hay que acudir al que es Dios encarnado y contemplarlo, porque él es el único que sabe qué es lo esencial y cómo debe realizarse. Y esa contemplación nos lleva, sorprendentemente, a descubrir que, desde el momento de la Encarnación, el Hijo de Dios asume la tarea de redimir al mundo para devolver a la humanidad la comunión con Dios que había perdido a causa del pecado y darle así la salvación. Y esto lo lleva a cabo con la entrega de toda su vida hasta la consumación de esta entrega con su muerte sacrificial en la Cruz. Esta obra de entrega sacrificial de su vida a Dios es esencialmente un acto sacerdotal de culto a Dios, tal como vemos en multitud de expresiones del Nuevo Testamento, que son muy apropiadas para la contemplación:
El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos (Mc 10,45).
Bebed todos porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados (Mt 26,27-28; cf. Col 1,14).
El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo (Jn 6,51).
Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo (1Co 5,7).
Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados (1Jn 4,10).
Ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo (1Pe 1,18-19).
Se utiliza aquí un lenguaje sacrificial que tiene como trasfondo el culto celebrado en el Templo de Jerusalén; con la diferencia de que ahora es Cristo el verdadero Cordero que se ofrece de una vez para siempre y quita el pecado del mundo. La redención es, pues, un acto de culto.
Cristo, después de haber ofrecido por los pecados un único sacrificio, está sentado para siempre jamás a la derecha de Dios (Heb 10,12).
Tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo (Heb 7,26-27).
Queda así claro que el culto es algo esencial para el cristiano; lo que contrasta con la poca importancia que tiene, en la práctica, el culto para nuestra vida.
Liturgia y salvación

Es innegable que existe un significativo deterioro de los valores en nuestro mundo. No es algo nuevo, aunque se haya agudizado últimamente. Y tampoco es algo casual, sino «programado»: el pecado es la causa última del deterioro de la percepción de la verdad y de los valores desde el comienzo de la humanidad hasta nuestros días. Pero para considerar con lucidez lo que supone el pecado, tanto en general como en particular, debemos ponerlo en relación con la salvación que Dios realiza en Cristo. Esa salvación no sólo nos redime del pecado, sino que es lo único que nos descubre su verdadera importancia y sus auténticas dimensiones.
Normalmente se entiende la obra de la salvación de Cristo como un «trabajo» que él realiza a partir de su encarnación y que concluye con su ascensión al cielo. Sin embargo, no se trata de simple trabajo, por divino que sea, sino de todo un quehacer que tiene un marcado sentido de «culto». Podemos decir que la vida, muerte y resurrección de Cristo es el culto -la liturgia- que nos obtiene la salvación.
En este sentido, contemplar los misterios de Cristo como culto y liturgia es lo que nos permite iluminar el sentido profundo de la existencia del hombre y especialmente del cristiano. Se trata, por tanto, de una contemplación muy importante que debe hacerse desde una perspectiva adecuada y considerándola en el contexto preciso de la historia de la salvación.
A partir del pecado original, Dios proyecta un plan para salvar a la humanidad, contando con la libertad humana. Elige un pueblo para que lo conozca a él y mostrarle ese plan, y a través del cual pueda llevar a cabo su proyecto salvador. Y ese pueblo, como expresión de fe, adoración y entrega (obediencia) acepta -no sin dificultades- los mandamientos y el culto que Dios le propone en la alianza del Sinaí: son el pueblo de Dios, al que salva para convertirlo en el instrumento de salvación de la humanidad, y que se compromete a tenerle como único Dios, dedicándose a servirle y darle gloria. Poco a poco, el pueblo va conociendo a Dios; pero se manifiesta incapaz de vivir a fondo los mandamientos, y el culto que realiza no responde a lo que Dios esperaba. Por eso, en la plenitud de los tiempos, Dios envía a su Hijo al mundo, encarnado en un cuerpo humano, para realizar plenamente su plan salvador y poder ser el puente sólido y definitivo que una para siempre las dos orillas -la humana y la divina- del abismo que el pecado había creado.
Cristo es el puente -«pontífice»- de la salvación, que hace posible que el hombre acceda al mundo de Dios y así Dios vuelva a comunicarse fluidamente con la humanidad, para que conozcamos a Dios, le demos gloria, recibamos su gracia y nos salvemos. No hay otro posible acceso a Dios y a la salvación que no sea Cristo. Sin ese puente sólo podríamos, como las demás religiones, imaginar cómo es Dios y tratar de agradar a ese Dios desconocido, pero no podríamos conocerlo ni amarlo. Este puente es la humanidad del Hijo de Dios, y se abre del todo en el momento del sacrificio que él hace de su vida en la Cruz en favor de la salvación de los hombres.
Este sacrificio no es cualquier muerte o el resultado casual de una serie de circunstancias sociales o políticas, sino la plenitud de la «salvación», que Cristo realiza ofreciendo su vida como sacrificio al Padre, convirtiendo toda la liturgia que se realizaba en el Templo de Jerusalén en un esbozo del verdadero culto. El Templo y el culto del Antiguo Testamento eran anuncio y profecía del templo y el culto verdaderos, que serán el Cuerpo de Cristo y su inmolación en la Cruz.
La carta a los Hebreos analiza cuidadosamente el paralelismo entre el culto del Antiguo Testamento y el que realiza Jesús en la cruz, con el que inaugura el nuevo, verdadero y definitivo culto del Nuevo Testamento, que da gloria a Dios y permite el acceso seguro a la salvación.
Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre (Heb 7,26-28).
Todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios; de ahí la necesidad de que también Jesús tenga algo que ofrecer. Ahora bien, si estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo otros que ofrecen los dones según la ley. Estos sacerdotes están al servicio de una figura y sombra de lo celeste, según el oráculo que recibió Moisés cuando iba a construir la Tienda: Mira, le dijo Dios, te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña. Mas ahora a Cristo le ha correspondido un ministerio tanto más excelente cuanto mejor es la alianza de la que es mediador: una alianza basada en promesas mejores (Heb 8,3-6).
Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo! (Heb 9,13-14).
Todo sacerdote ejerce su ministerio diariamente ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, porque de ningún modo pueden borrar los pecados. Pero Cristo, después de haber ofrecido por los pecados un único sacrificio, está sentado para siempre jamás a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado definitivamentea los que van siendo santificados (Heb 10,11-14).
Nuestra contemplación de Cristo no puede ser la de una imagen o fotografía suya que admiramos en un museo; ni la comunión nos ofrece su presencia estática, como si se nos regalara esa imagen o fotografía. La contemplación y la comunión eucarística nos descubre y nos entrega a una persona viva, con todo un dinamismo de vida y de acción que involucra a las tres personas de la Trinidad.
Todo el dinamismo trinitario que se despliega para nuestra salvación tiene un sentido claro de acción de culto por el que el Hijo, movido por el Espíritu Santo, ofrece al Padre el sacrificio de su vida para la salvación del mundo. Este misterio, con toda su actividad y su fruto, debe ser objeto de nuestra contemplación para poder llevarlo a la práctica reviviéndolo en nuestra vida por medio de la oración, la contemplación, la liturgia, los sacramentos, la adoración, la propia vida, la limosna, etc., con todo el potencial que tienen para hacernos participar de la ofrenda sacrificial de Cristo y convertir nuestra vida en instrumento de glorificación de Dios.
Toda esta gracia de la salvación de Dios se derrama en el mundo a través del «puente» abierto por Dios en la encarnación de su Hijo, cuyo cuerpo se convierte en el nuevo Templo en el que habita Dios y en el que el sumo Sacerdote de la nueva Alianza, que es Cristo, realiza el único y definitivo sacrificio verdaderamente salvador y da gloria a Dios, con el sacrificio de su propia vida. El cuerpo de Cristo en la cruz es también el verdadero Altar del verdadero Templo de la nueva alianza, en el cual el Hijo de Dios hace ofrenda e inmolación de la Víctima definitiva, que es él mismo. Así da al Padre la gloria que sólo él puede dar, alcanza para la humanidad la reconciliación plena con Dios y se convierte para ella en fuente incesante de gracia, perdón y salvación. El velo del templo de Jerusalén, desgarrado en el momento de la muerte de Cristo (Mt 27,51), es el signo del fin del culto antiguo incompleto, que es reemplazado por el verdadero culto, definitivo y perfecto. Así, con el sacrificio de Cristo pierden ya su validez el templo, el altar, los sacrificios y los sacerdotes de la antigua alianza, porque han sido superados por el culto definitivo de Cristo en la cruz2.
La sangrante y dolorosa muerte del Salvador se convierte así en el acontecimiento más dramático de la historia, la máxima expresión del poder del pecado y de la muerte; pero, a la vez, Cristo, que nos ha mostrado la puerta del cielo con su vida, la abre con su sacrificio en la Cruz, para que descienda sobre el hombre la luz y la gracia divinas que dan sentido a su vida y pueda atravesarla para participar de la gloria por toda la eternidad. De este modo, el sacrificio de Cristo en el Calvario se convierte en manifestación de la gloria de Dios y anticipo de la gloria del cielo de la que podemos participar ya en la tierra. El culto nuevo, preparado por el antiguo, tiene ahora también un Templo, un Sacerdote, un Altar, una Víctima, un Sacrificio y, como fruto, la salvación y la gloria.
A partir de aquí, el hombre no tiene otro modo de salvarse que pasar por el único puente, que es Cristo; y para ello tiene que participar del «acontecimiento» salvador del Calvario. Sólo podemos dar gloria a Dios y sólo podemos salvarnos si nos unimos a Cristo y participamos de su cruz, haciendo nuestro su sacrificio, porque él es el único puente que conduce a Dios. No basta con que asistamos a dicho acontecimiento como simples espectadores de una representación, sino que tenemos que revivir ese mismo acontecimiento en nosotros mismos, porque Cristo no es un espectáculo: la Encarnación no es que el Hijo hace «como si» fuera hombre, sino que asume plenamente la condición humana, porque es la única forma de que quede unida a él y consagrada a él. Así es como, al encarnarse, Cristo abre el puente y yo tengo acceso a la salvación. Al hacerse hombre, el Verbo de Dios hace suya nuestra vida humana, con todas las consecuencias, para que nosotros podamos participar -hacerla nuestra- de la vida divina que le es propia y de los misterios de Cristo en los que realiza nuestra salvación. De este modo, el cristiano une su amor y su entrega a los de Cristo y participa también de su muerte y resurrección. Y ahí es donde adquiere su valor y su sentido el amor, la entrega y el sacrificio del cristiano.
Esta participación en la pasión y la gloria de Cristo glorifica al Padre -es lo único que lo glorifica-, inunda nuestra vida del amor y la vida divina, nos introduce ya en la gloria de Dios y nos dispone a participar plenamente de esa gloria en la eternidad del cielo. Hace que nuestra vida sea gloriosa, lo que nos obliga a plantearnos si nuestra vida es realmente «gloriosa», porque la mayoría de los cristianos tienen una existencia mediocre con un añadido más o menos sobrenatural, una vida caracterizada por aguantar por Dios la existencia rastrera que vivimos y esperando que al final nos dará la gloria. Pero, realmente, la gloria o es nuestra ahora o no es nada. Cristo en la cruz no sólo glorifica al Padre, sino que hace presente la gloria de Dios. Por eso puede decir que se consume porque llegue la hora, que no es simplemente la hora de la muerte, sino la hora de la gloria, de la presencia del amor, la salvación y la luz (cf. Jn 12,27-28; 13,31-32; 17,1.4-5). Nada hay más doloroso y sangrante que la cruz de Cristo, y nada hay más luminoso, gozoso y glorioso que la cruz de Cristo.
Pero la gloria es fuego. Dar gloria a Dios es vivir su gloria en nosotros, revivir la glorificación que realiza Cristo en su vida y en su muerte. Y ¿qué es eso sino consumirse en el amor? Quizá podríamos aplicar a nuestra glorificación de Dios lo que dice Isaías a propósito de Jerusalén: «Temen en Sión los pecadores, y un temblor agarra a los perversos; “¿Quién de nosotros habitará un fuego devorador, quién de nosotros habitará una hoguera perpetua?”» (Is 33,14). El profeta se refiere al Templo de Dios y su culto como el «fuego» y la «hoguera» propios de la santidad de Dios, a los que están invitados los justos y que causan terror en los pecadores. El Templo de Jerusalén era la sede de la gloria de Dios, y la Tienda del Encuentro en el desierto era el lugar donde se hacía presente y visible la gloria de Dios en forma de nube y de resplandor que la llenaba. Isaías suspira por vivir en el fuego devorador, habitar una hoguera perpetua.
Ese fuego perpetuo nos evoca la zarza ardiente que arde sin consumirse (Ex 3,2): se trata de un Dios que arde sin consumirse porque Dios es amor; pero no un amor flojo y limitado como el nuestro, sino un amor que consume y se consume sin consumirse. Igualmente nos recuerda lo que dice el Cantar de los Cantares: «Es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas» (Cant 8,6), y la carta a los Hebreos: «Nosotros, que recibimos un reino inconmovible, hemos de mantener esta gracia; y, mediante ella, ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con respeto y reverencia, porque nuestro Dios es fuego devorador» (Heb 12,28-29).
Por tanto, el verdadero culto a Dios nos introduce en su gloria, que nos consume como fuego que es, convirtiéndose en nuestro verdadero y definitivo hogar. Ahora bien, ¿quién está dispuesto a dejarse consumir por este fuego, hasta desaparecer en él? Dios me invita a su templo, a su gloria, a su santidad: ése es el verdadero culto cristiano. La liturgia en todos sus aspectos y elementos (Eucaristía, liturgia de las Horas…), la oración, la adoración eucarística, etc. reviven esa adoración y nos permiten consumirnos en la gloria de Dios. En medio de este mundo que nos va arrastrando a lo vulgar e insustancial, aparece un fuego, que es la santidad de Dios, que se hace presente y en el cual podemos habitar. Pero, ¿quién está dispuesto a habitar en ese fuego devorador? Estamos ante el verdadero culto de Dios, que nos consume como fuego y se nos ofrece como nuestro verdadero hogar. Lo que nos obliga a preguntarnos qué tiene que ver este sentido de lo sagrado con la liturgia, tantas veces vulgar y ramplona, que celebramos ordinariamente. Nuestras celebraciones, nuestra oración, la adoración al Santísimo, ¿nos introducen en ese fuego devorador?, ¿manifiestan la gloria de Dios que consume?
Esta participación en la pasión y la gloria de Cristo glorifica al Padre, inunda nuestra vida del amor y la vida divina, nos introduce ya en la gloria de Dios y nos dispone a participar plenamente de esa gloria en la eternidad del cielo.
Todo esto no es una realidad teórica, intencional o meramente espiritual, sino algo muy real y verdadero. Y, si es verdad, hay que hacerlo verdad en la práctica: para eso necesitamos orar, contemplar y ajustar nuestra mentalidad, nuestra vida y nuestra liturgia a la glorificación del Padre por medio de Jesucristo. Y para eso necesitamos principalmente tiempo de oración. Se trata de algo tan real como la misma Encarnación y la misma cruz, y que nosotros debemos vivir en lo concreto de nuestra vida.
Este «realismo» del culto verdadero se nos da por medio de los sacramentos, sobre todo por la actualización del sacrificio de Cristo, que es la Misa o Sacrificio Eucarístico. En ella se re-presenta (se hace presente) el culto de la nueva alianza realizado en el Calvario, con toda su eficacia, para que nosotros, a pesar de vivir tan lejos de ese acontecimiento en el espacio y en el tiempo, nos podamos incorporar vivamente a él porque está sucediendo ‑el mismo, no otro repetido‑ en nuestro aquí y ahora. Y esto es posible porque el que realizó ese sacrificio hace dos mil años era el Hijo de Dios, y aquel acontecimiento histórico es ya un acontecimiento eterno y, gracias a que no acaba, se hace presente en la celebración del sacrificio eucarístico en la que participamos.
Así pues, sólo existe un camino -un «puente»- seguro que nos lleva a Dios: Cristo (cf. Jn 14,6). Y sólo podemos encontrarnos con él y participar de su obra salvadora a través de su Cuerpo actual, que es la Iglesia, y de su culto actual, que son los sacramentos de la Iglesia.
A través de la liturgia, Cristo, que vive en su Iglesia, revive en ella su vida, su predicación y su pasión salvadoras. Así, la liturgia de la Iglesia revive la liturgia que realizó el Hijo de Dios en su vida terrena y refleja en el mundo la liturgia celestial que da eternamente gloria a Dios en el cielo. Toda esta liturgia tiene como fin principal a Dios, a él adoramos como Señor absoluto de nuestra vida, a él damos gloria con nuestro amor, a él bendecimos porque nos da todo lo que tenemos, a él le entregamos nuestra vida como ofrenda viva de amor, a él le pedimos sus bienes y participamos de su gloria aquí y ahora, y todo eso nos predispone a gozar plenamente de esa gloria en el cielo.
Esta realidad debería llevarnos a un examen del sentido que tiene para nosotros la liturgia, y especialmente la Eucaristía. Tendríamos que revisar en qué medida nuestro principal interés en la liturgia es nuestro propio beneficio, aunque sea bueno, buscando principalmente que nos ayude a ser mejores, que nos regale los bienes de Dios, que nos dé paz en medio de nuestras tribulaciones, que recibamos al mismo Jesús, etc.
Si es así, como suele suceder con frecuencia, el hecho de que la liturgia de las Horas, la misa, la adoración eucarística o la oración estén centradas en nosotros, en nuestro beneficio es un signo claro de que, en cierta medida, utilizamos a Dios, no le servimos, buscamos nuestra gloria, no la suya. Esa actitud impide que nuestra vida tenga sentido como ejercicio de fe y de glorificación de Dios y produzca verdadero fruto sobrenatural. Y no es extraño que todo esto nos lleve al fracaso y la frustración. Lo contrario, y a lo que deberíamos tender, es lo que nos recomienda San Pablo:
Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual (Rm 12,1).
Nuestro culto consiste en ofrecer nuestro cuerpo, nuestra vida. Y eso encaja con lo que ya hemos visto: el verdadero sentido de nuestra vida, y el fin para el que hemos sido creados por Dios, es ser «alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,6). A esa alabanza tiene que ordenarse todo3, y para lograrlo, Cristo mismo nos incorpora a su sacrificio cultual -su liturgia- para que lo revivamos y lo actualicemos con nuestro propio sacrificio, convirtiendo en liturgia toda nuestra vida. Nada, pues, se excluye de este ofrecimiento y este culto; de modo que la principal tarea que tenemos como discípulos del Señor es buscar el modo concreto de convertir todo lo que somos, tenemos y realizamos en el mismo sacrificio redentor de Cristo, uniéndonos profundamente a su misma liturgia.
La vida humana como culto a Dios

La actual inclinación a reducir la vida cristiana a la mera bondad humana no sólo limita el sentido moral de la vida, al privarla de sentido sobrenatural, sino que, sobre todo, le priva de su sentido de culto y del fruto que éste tiene. Si admitimos que lo único que se pide a un cristiano es que sea bueno con los demás o útil a la sociedad, la bondad o malicia de los actos será algo meramente humano y sin trascendencia sobrenatural. Eso nos plantea el sentido de la encarnación, vida, predicación, muerte y resurrección de Cristo: ¿Todo este inmenso proyecto y trabajo se lo habría impuesto Dios a sí mismo para ofrecernos una visión de la realidad que podríamos alcanzar con nuestra inteligencia y un poco de conciencia?
Está muy bien que seamos buenos, pero Dios no nos creó ni nos redimió simplemente para que hagamos el bien y ayudemos humanamente a los demás. Para muchos, la meta de su vida cristiana es no hacer mal a nadie, aunque no siempre se consiga, reduciendo a ello la razón por la que Cristo habría muerto en la cruz. Pero, ¿cómo hemos llegado a esa terrible distorsión de la verdad? Merece la pena que contemplemos el sentido profundo de nuestra vida a través del himno de la carta de san Pablo a los Efesios, al que ya hemos aludido:
Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de la gracia que en su sabiduría y prudencia ha derrochado sobre nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad: el plan que había proyectado realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.
En él hemos heredado también los que ya estábamos destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías.
En él también vosotros, después de haber escuchado la palabra de la verdad ‑el evangelio de vuestra salvación‑, creyendo en él habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido.
Él es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria (Ef 1,3-14).
Este texto tiene que llevarnos a una profunda contemplación de Dios, que nos descubra su corazón rebosante de misericordia; una misericordia activa, que proyecta y derrama una catarata de bienes para cada uno de nosotros, según un inimaginable plan de salvación que Dios nos regala y que da sentido pleno a nuestra vida. ¡Cuánto hay aquí para contemplar, reconocer y agradecer, para que nos impulse a responder adecuadamente a tanto amor como recibimos!
Para ello, oigamos constantemente a san Pablo, que se goza en el hecho maravilloso de que Dios nos pensó desde toda la eternidad para que fuéramos «alabanza de la gloria de su gracia». Y con ese fin nos colmó de toda clase de bendiciones y nos llamó a una vida santa, propia de los hijos de Dios en que nos hemos convertido por la muerte redentora de Cristo.
Dios nos ha mostrado su plan de salvación a través de su Palabra para que conozcamos su voluntad y la cumplamos, de modo que podamos unirnos a Cristo, y así logremos participar de su obra redentora para que demos gloria al Padre y llevemos a su consumación en Cristo a la creación entera.
Por lo tanto, la realización del plan de Dios por parte de Cristo consiste en una vida consagrada a glorificar al Padre y salvar al mundo. Y esa salvación la realiza Cristo por la obediencia al Padre en la entrega de su vida. Podemos decir que, desde el momento de su encarnación, el Hijo de Dios se dedica exclusivamente a hacer de su vida una ofrenda de amor al Padre a través del abandono incondicional en sus manos en forma de permanente obediencia a su voluntad. Esto configura totalmente la vida de Jesús, de modo que todo lo que es, lo que hace y lo que dice lo orienta conscientemente a esa entrega de amor al Padre. Y esa entrega de amor es lo que da gloria al Padre y lo que salva al mundo.
Todo esto no es una construcción teológica artificial que hacemos nosotros, sino algo que para Jesús es esencial, que lo define y de lo que es plenamente consciente.
Yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre (Jn 10,17-18).
Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre (Jn 12,27-28).
Por eso, al entrar él en el mundo dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo ‑pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí‑ para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Sal 40). Primero dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la ley. Después añade: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad». Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre (Heb 10,5-10).
El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos (Mc 10,45).
Al contrario, [Cristo Jesús] se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (Flp 2,7-8).
Por eso tenemos que llevar a la oración esta entrega y esta obediencia salvadoras para contemplar, agradecer, aprender y hacerlas realidad también en nuestra propia vida, siguiendo el modelo que tenemos en el Señor.
Esta contemplación nos introduce en el sentido cristiano del «culto», como la acción del hombre por la que da gloria a Dios y manifiesta su dependencia de él y la obediencia a su voluntad. Esto es válido para todas las religiones, incluido el judaísmo, y también para el Nuevo Testamento. La diferencia que existe entre el culto en cualquier religión y el culto cristiano es que en este último la liturgia y los elementos con la que se realiza el culto a Dios no son realidades materiales, palabras o acciones que se ofrecen a Dios, como animales, objetos, oraciones, sacrificios o ritos. Nada de esto puede darle a Dios la alabanza y la gloria que se merece y desea recibir.
Sólo Dios tiene lo que puede ser digno para darle gloria. Por eso, el Hijo de Dios, al entregar su vida al Padre no sólo le ofrece un bien digno de él, sino que está realizando un acto de culto: el único y más verdadero culto que el hombre puede tributarle a Dios. De modo que todo lo que Jesús hace y dice, en la medida en que expresa ese culto, se convierte en la verdadera liturgia, propia del único culto que glorifica realmente a Dios y nos alcanza de él la misericordia y la salvación.
Y para que nosotros podamos beneficiarnos de ese culto y de sus frutos de salvación, Cristo no nos relega al plano de espectadores de su acción cultual, sino que nos convierte en artífices de ese mismo culto por medio del bautismo. Este sacramento nos identifica tan íntimamente con Cristo que nos incorpora de manera vital a la liturgia permanente que es la vida del Señor aquí en la tierra y por toda la eternidad en el cielo.
Cada uno de nosotros, en la oración, puede contemplar todo esto como el precioso tesoro que Dios le regala y puede descubrir, a través de la contemplación amorosa del Señor, el modo concreto de hacer presente en su vida la misma liturgia con la que él da eternamente gloria al Padre en el cielo y quiere seguir haciéndolo también en la tierra a través de nosotros.
Esto no puede quedarse en simples ideas -por hermosas que sean-, porque se trata de algo tan real que tiene que configurar toda la vida del cristiano, desde los asuntos más importantes hasta los pequeños detalles de su vida cotidiana. Teniendo en cuenta nuestra propia vocación y misión personal, cada uno de nosotros tiene que responder claramente a la cuestión de cómo convertir su vida en una auténtica liturgia propia del verdadero culto que da gloria a Dios y trae la salvación al mundo.
Todo esto tiene que llevarnos a dar un giro a una liturgia y una espiritualidad centradas en nosotros y en nuestro beneficio. Ciertamente, la Eucaristía nos beneficia porque nos permite recibir sacramentalmente a Cristo, al igual que las devociones con las que aspiramos a ganarnos el favor de Dios y sus dones; pero esta visión limitada y egoísta nos aparta de la actitud esencial propia del Hijo de Dios, tanto en su vida terrena como en la celestial.
En este sentido, el culto cristiano, como vemos, tiene como fin principal dar gloria a Dios, lo que no excluye, sino incluye, el mayor beneficio que podemos recibir los hombres, que es participar de la misma gloria de Dios, ahora aquí en la tierra como más adelante, en el cielo.
Aunque la sagrada Liturgia sea principalmente culto de la divina Majestad, contiene también una gran instrucción para el pueblo fiel. En efecto, en la liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración.
Más aún: las oraciones que dirige a Dios el sacerdote -que preside la asamblea representando a Cristo-, se dicen en nombre de todo el pueblo santo y de todos los circunstantes. Los mismos signos visibles que usa la sagrada Liturgia han sido escogidos por Cristo o por la Iglesia para significar realidades divinas invisibles. Por tanto, no sólo cuando se lee «lo que se ha escrito para nuestra enseñanza» (Rom. 15,4), sino también cuando la Iglesia ora, canta o actúa, la fe de los participantes se alimenta y sus almas se elevan a Dios a fin de tributarle un culto racional y recibir su gracia con mayor abundancia (Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosantum Concilium, sobre la Sagrada Liturgia, 33).
Tenemos mucho que contemplar y revisar en nuestra vida a la luz de estas realidades. Hemos de tomar conciencia, en la oración de este retiro, de que Dios no nos llama principalmente a que le demos cosas, por buenas que sean -ni dinero, ni tiempo, ni energías, ni esfuerzos-, sino a que recibamos lo que él quiere darnos. Dios tiene más interés en darnos que en recibir de nosotros, pues lo único que espera que hagamos es que le demos gloria, porque al darle gloria nos hacemos partícipes de su gloria. Al glorificar al Padre recibimos su gloria, como le sucede a Cristo, que puede decir: «Ahora es glorificado el Hijo» y «ahora es glorificado el Padre», al hablar de la cruz, porque en la entrega de su vida, el Padre es glorificado, pero también está ahí la gloria del Hijo (cf. Jn 12,27-28; 13,31-32; 17,1.4-5). No tenemos otro camino que convertirnos en una ofrenda viva de alabanza a Dios, ofreciéndole nuestra vida, todo lo que somos y todo lo que hacemos. Y no porque Dios necesite que le añadamos algo a su gloria, sino porque él quiere hacernos partícipes de esa gloria, que es suya, pero también nuestra.
Por eso, al hacer de nuestra vida una liturgia, le damos a Dios la gloria que se merece, pero recibimos de él el regalo de participar en la obra de la salvación porque nos hace capaces de participar de la misma gloria de Dios. Así, lo que parece que le entregamos no es otra cosa que el acto por el que nos disponemos a recibir lo que él nos regala.
Esto tiene que orientar todo en nuestra vida: la oración, la liturgia, las actividades cotidianas…Esta orientación de nuestra existencia no se da automáticamente, sino como fruto de la contemplación profunda del Señor, de una decisión consciente y de una permanente identificación con él. Sólo si tenemos esta visión sobrenatural, que orienta nuestra existencia en esta dirección, podremos glorificar a Dios con toda nuestra vida, para lo cual tendríamos que realizar un serio examen de conciencia que nos lleve a descubrir los comportamientos y actitudes que, en la práctica, desdicen del estilo propio de Jesús, que se manifiesta en sus comportamientos, que hacen de su vida un acto de culto y glorificación del Padre, y, desde ahí, se convierten en instrumento de salvación para el mundo.
Partícipes del sacerdocio de Cristo

En la mayoría de las religiones, incluido el judaísmo, el culto a Dios se realiza principalmente ofreciéndole algo valioso que exprese la adoración, la dependencia y el deseo de recibir de él los beneficios que se necesitan. Para hacer esto hace falta un sitio en el que congregarse para realizar la ofrenda -el templo-, un lugar concreto de ese sitio donde colocar la ofrenda -el altar-, un rito de ofrecimiento -la liturgia-, la persona que realice dicho rito -el sacerdote- y lo que se ofrece -la ofrenda-.
A diferencia de cualquier religión, Jesús elimina la dependencia de la materialidad de todos estos elementos para asumirlos en sí mismo y darles un sentido completamente distinto. De hecho, le habla a la samaritana de una auténtica revolución, puesto que el verdadero culto ya no se ofrecerá en el templo de Jerusalén ni en ningún lugar concreto.
Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos» (Jn 4,21-22).
En ella [la nueva Jerusalén] no vi santuario, pues el Señor, Dios todopoderoso, es su santuario, y también el Cordero (Ap 21,22).
En cambio, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado […]. Cristo entró no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros (Heb 9,11.24).
Teniendo libertad para entrar en el santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne, y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura (Heb 10,19-22).
Así pues, a partir de la encarnación del Verbo, ya se puede realizar el auténtico y definitivo culto a Dios, con todos sus elementos nuevos. De manera que el culto verdadero ya no se llevará a cabo ni en el templo de Jerusalén ni en cualquier edificio físico, sino en el verdadero templo, que es el cuerpo de Cristo (cf. Jn 2,21), primero en su cuerpo físico terreno y luego en su cuerpo místico, que es la Iglesia; se realizará en el altar nuevo, que es su cuerpo crucificado; se seguirá la liturgia que supone la entrega de la vida de Cristo al Padre; la realizará él mismo, como el verdadero sacerdote capaz de darle a Dios el único culto digno de él, ofreciéndose a sí mismo como ofrenda, convertido en la víctima perfecta del acto de culto verdadero, único y definitivo, en el que Dios recibe la gloria que se merece y nos da la salvación que necesitamos.
Esto, que es la clave de la salvación, es lo que Cristo prolongará en el tiempo actualizándolo en la historia por medio de la Iglesia. De modo que la esencia de la vida cristiana consistirá, a partir de aquí, en acoger la gracia que todo eso contiene, y revivir en la propia vida el culto que Cristo ofrece al Padre, a través de una entrega semejante -y unida a la suya- de la propia vida a Dios.
Todo esto es algo real, no simbólico, por lo que tenemos que hacerlo real, evitando que se quede en una simple consideración teórica. Para lograrlo, debemos entrar en la contemplación de estas realidades en Cristo, a partir de la cual tendríamos que encontrar aplicaciones concretas para nuestra vida, de manera que podamos revivir en nosotros el misterio que contemplamos.
Merece la pena que profundicemos, por medio de la oración, en el hecho de que el culto necesita del sacerdote para que lo realice; y el verdadero, único, sumo y definitivo sacerdote de la nueva alianza es Cristo. Como Hijo de Dios, todo lo que es y hace como hombre participa de su divinidad y tiene permanencia eterna en el tiempo. Por eso su sacerdocio es eterno, así como el ejercicio de ese sacerdocio en los diferentes momentos y actos de su vida. A partir de su resurrección, el Señor glorificado continúa el ejercicio de ese sacerdocio -que es eterno en él- en la tierra a través de su pueblo, que por el bautismo participa de su sacerdocio para poder dar gloria a Dios y salvar al mundo. Esto es lo que nos muestra el concilio Vaticano II en su constitución sobre la liturgia:
Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, «ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz», sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos» (Mt. 18,20). Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre Eterno.
Con razón, entonces, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia (Sacrosantum Concilium, 7).
Ya el Antiguo Testamento reconocía esta realidad en el mandato de Dios: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,6), a partir de lo cual, el Nuevo Testamento tiene muy claro el carácter sacerdotal del pueblo de Dios y de cada uno de los discípulos de Cristo:
Acercándoos a él [Cristo], piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo. Por eso se dice en la Escritura: Mira, pongo en Sión una piedra angular, elegida y preciosa; quien cree en ella no queda defraudado. Para vosotros, pues, los creyentes, ella es el honor, pero para los incrédulos la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular, y también piedra de choque y roca de estrellarse; y ellos chocan al despreciar la palabra. A eso precisamente estaban expuestos. Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa (1Pe 2,4-9; cf. Ap 5,10; Is 61,6).
Esta condición sacerdotal del cristiano es fruto de la unión sacramental que tiene con Jesucristo-sacerdote, con el que se funde gracias a los sacramentos del bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal. Estos sacramentos producen en el discípulo de Cristo una especial y diferente participación en su sacerdocio: todos los cristianos ejercen unidos a Cristo su sacerdocio, tanto en su vida como en el culto litúrgico, aunque en éste no todos participen del sacerdocio de Jesucristo del mismo modo. Este sacerdocio es tan importante que es imborrable; lo que viene significado por el hecho de que estos sacramentos «imprimen carácter» en quienes los reciben.
Así pues, Jesucristo glorificado ejerce siempre su sacerdocio en la liturgia del cielo, y une a esa acción sacerdotal a todo su pueblo sacerdotal para que haga presente la liturgia celeste en la tierra. De modo que Cristo y la Iglesia -juntos- realizan un único culto, que es el verdadero y eficaz.
Ésta es la razón por la que la Iglesia considera su oración oficial -la liturgia de las Horas- y la misa como actos que tienen valor con independencia del número de personas que participen o la solemnidad externa que se les dé, de modo que «toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrificio que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz»4.
Esta realidad tiene unas extraordinarias consecuencias prácticas, que tenemos que conocer bien para aplicarlas de manera concreta a nuestra vida, porque el culto cristiano no se limita a la liturgia, sino que abarca toda la vida, de manera que la vida entera no es otra cosa que una permanente liturgia, pues, como pide san Pablo: «Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,17), teniendo en cuenta que «dar gracias» es lo que significa eucaristía; de modo que podemos decir que de la Eucaristía sacramental que celebramos litúrgicamente hemos de pasar a una vida «eucarística», a nuestra vida hecha eucaristía, vivida toda ella en permanente y consciente acción de gracias al Padre, en unión con el Hijo y por medio del Espíritu Santo. De modo que o hacemos que toda nuestra vida sea un acto de glorificación y culto a Dios o no hay culto posible. Esto es lo que tenemos que comprender para vivirlo; y, para ello, hemos de saborearlo en la oración, con un silencio que es escucha amorosa, esperando recibir la luz que sabemos que Dios nos quiere dar. Así, anhelamos, pedimos, esperamos y acogemos esa luz, sabiendo que ese desear, pedir y acoger no se hace con la cabeza, sino zambulléndonos en la zarza ardiente, entrando a habitar en el fuego de amor de Dios. Hemos de suscitar el deseo de que ese fuego sea nuestro hogar permanente, del que nada ni nadie nos saque hasta que nos consuma.
Liturgia celestial y liturgia terrena

Como hemos visto, el culto cristiano no es una simple acción humana, individual o comunitaria, ni tiene como fin el beneficio terreno del hombre, sino que es parte de una realidad infinitamente mayor, que implica a Dios, a la creación entera y al mismo cielo.
En la Liturgia terrena preguntamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero, cantamos al Señor el himno de gloria con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste él, nuestra vida, y nosotros nos manifestamos también gloriosos con él (Sacrosantum Concilium, 8).
El sentido «celeste» de nuestra liturgia aparece en la Escritura en las múltiples referencias al «banquete», del que tantas veces nos habla Jesús (p. ej. Mt 22,2-14; 25,10; cf. Is 25,6-9), que es la liturgia que se celebra en el cielo. Pero no cabe duda de que es en el Apocalipsis donde mejor se describe la liturgia del cielo, que es nuestra meta, y de la que toma forma nuestra liturgia en la tierra. En sus visiones, el apóstol san Juan contempla a Dios en su majestad, revestido de luz y gloria, entronizado por encima de todo lo creado y dominando el universo con su poder y rodeado de una inmensa corte de ángeles y de santos. Todos los que le pertenecen participan de su gloria y le adoran continuamente.
El culto glorioso del cielo es, lógicamente, diferente al de la tierra, aunque están estrechamente relacionados: el terrestre es reflejo del celeste, que es nuestra meta, y una preparación para el mismo. De modo que nosotros nos unimos a la Iglesia celeste aquí en la tierra con nuestro culto terrestre, sobre todo ofreciendo al Padre el sacrificio de Cristo en la celebración de la Eucaristía5.
El Nuevo Testamento alude en muchas ocasiones al cielo como un banquete extraordinario al que Dios invita a los suyos. Y el Apocalipsis completa estas referencias describiendo la liturgia celeste con tintes particularmente gloriosos (Ap 4,1-11). Aparece Dios, en su majestad, entronizado sobre todo lo que existe, y cuyo nombre no se puede pronunciar por sagrado respeto. Desde su trono eterno, Dios domina el universo y dirige la historia humana según sus designios.
En esta visión del Apocalipsis el Todopoderoso aparece deslumbrante de esplendor y acompañado por la multitud de los que participan de su gloria, coronados con las diademas de la victoria alcanzada sobre el mundo y sobre las fuerzas del mal. Más adelante, en los capítulos 5 y 7 continuará la descripción de esta liturgia en la que se tributa el culto a Dios y a Cristo, el Cordero inmolado y glorificado.
Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente: «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!». Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo: «Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén» (Ap 7,9-12).
Todo esto significa que nuestra vida humana, a través de la santidad de nuestras obras, tiene que ser parte de esa liturgia, un acto permanente de adoración a Dios, que constituye nuestra liturgia terrenal y que es un anticipo y preparación para la liturgia celeste, que es la meta última de nuestra vida. No podremos celebrar la liturgia del cielo, para la que hemos sido creados, si estamos en una onda distinta a la propia de dicha liturgia; porque hay una continuidad: vivimos para esa liturgia y nos preparamos para eso, puesto que la muerte no cambia nuestra esencia: nosotros somos los mismos, y Dios es el mismo; y pasamos de esta vida a la otra realizando el mismo culto, allí de forma gloriosa y aquí con las lógicas limitaciones humanas.
Teniendo en cuenta todo esto podemos entender el culto cristiano como la actualización del culto de Cristo por medio de la acción humana por la que se construye el «puente» por el cual llega a Dios la glorificación de su pueblo y llega al pueblo la salvación de Dios; de ahí que el que realiza dicha acción sea el «pontífice», el que hace el puente. El primer y definitivo puente es el que construye Cristo en la cruz, un puente que, una vez abierto por el Salvador, ya no debe ser cerrado nunca, para que no cesen de pasar por él las ofrendas del pueblo a Dios y los bienes de Dios a su pueblo.
Sin embargo, la realidad es que, en gran medida, el culto cristiano está centrado en el hombre y empapado de sentido pragmático y egoísta, buscando en él que nos ayude, nos guste o nos resulte útil para nuestros intereses. Así, por ejemplo, nos parece normal que la oración se valore en función del beneficio que nos reporta: nos da paz, nos aclara las ideas, nos anima a vivir más cristianamente, nos proporciona las gracias y los bienes que necesitamos, ayuda a que los demás también reciban esos bienes, nos hace sentirnos cerca de Dios, etc. Y lo mismo puede decir de la Eucaristía y de los demás medios propios de la vida cristiana. Esto no está mal, siempre que no se convierta en el fin principal o único de la oración o de dichos medios. En ese caso hacemos imposible el verdadero culto.
Este enfoque tan deformado de la vida espiritual exige de nosotros que trabajemos con empeño para olvidarnos de nosotros mismos, descentrar la finalidad de nuestra vida de nuestros intereses y colocar a Dios como Dios. Tenemos que decidir si vivimos para él o para nosotros, para lo cual hemos de elegir y hemos de renunciar; pero nosotros queremos hacerlo compatible, con lo que lo hacemos imposible. Sólo elegimos de verdad cuando realizamos las renuncias que comportan nuestras elecciones; y dar gloria a Dios supone renunciar a nuestra gloria; buscar la voluntad de Dios implica renunciar a nuestra voluntad; buscar a Dios conlleva dejar de buscarnos a nosotros mismos. Eso tiene que marcar nuestra vida y, con mucha más razón, la liturgia en sus múltiples manifestaciones. En consecuencia, necesitamos descentrar el culto de nosotros y descubrir su orientación a Dios como su verdadero sentido; algo que no podemos dar por supuesto y que tenemos que concretar y llevar, en la práctica, a la oración personal, a la liturgia de las Horas, a la adoración eucarística, a la misa, a los sacramentos y a toda nuestra vida.
Dadas las dificultades de todo tipo que presenta la vida humana, y para no sentirnos solos y desorientados, hemos de tener siempre presente que estamos participando de algo tan importante y extraordinario como es la gran obra de glorificación de Dios que se celebra en la liturgia celeste. No podemos pensar ingenuamente que la vida humana por sí misma va a dar sentido a nuestra vida. Yo le debo dar sentido a las cosas y no puedo esperar que las circunstancias y actividades den sentido a mi vida. El que da sentido a mi vida es Dios, porque es el único que da sentido a todas las cosas, y el que nos puede comunicar cual es el sentido de nuestra vida, diciéndonos quién es él, quiénes somos nosotros y para qué nos ha creado. Sólo él nos puede mostrar que la vida, con sus dificultades, como glorificación de Dios y cooperación al culto que el Hijo encarnado le da al Padre, tiene un valor inconmensurable.
La participación en el culto del Hijo da sentido a todo e ilumina todas las realidades. Eso es tan grande, que hace que no estemos nunca perdidos y solos en un mundo lleno de problemas, sino que nos hace partícipes de ese inmenso culto que es el que realiza el Cristo celeste y el Cristo terreno, el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia -la de la tierra y la del cielo-. Y por eso nunca estamos solos, puesto que vivimos permanentemente acompañados por la multitud de hermanos que en la tierra y en el cielo comparten la misma vida y se dirigen a una misma y luminosa meta. Cada vez que rezo, celebro la Eucaristía o adoro, no soy yo, con mis problemas -muchas veces pequeños-, el que intenta convencer al Señor de que se tome interés y me ayude en lo que le pido. No, soy yo con toda la Iglesia -la que peregrina en la tierra y la triunfante en el cielo-, los que estamos dando gloria a Dios. Así, aunque rece solo o el sacerdote celebre la misa con un solo feligrés o sin ninguno, ahí está presente toda la Iglesia: los santos del cielo y todos los que en la tierra forman parte del Cuerpo de Cristo.
Cada uno de nosotros tiene que plantearse en qué medida su oración, su participación en la liturgia y los sacramentos y su misma vida dan verdadera gloria a Dios o son una excusa para buscar sus propios intereses, por buenos o espirituales que sean. No basta con que haga muchas cosas, cosas buenas o muy buenas o, incluso, muy necesarias. Tengo que decidir si quiero dar o no gloria a Dios con toda mi vida. Y nadie nos lo va a recordar o a pedir, sino que normalmente todos nos presionarán con sus intereses y urgencias. La pregunta que deberíamos hacernos, por tanto, no es cómo resuelvo tal problema que se me plantea o cómo ayudo a la persona que tengo delante, sino cómo doy gloria a Dios en medio de cualquier situación; evidentemente, hemos de resolver problemas y ayudar a los demás, pero buscando ante todo la gloria de Dios en todo lo que hagamos.
En la contemplación del Señor descubrimos que en las diferentes circunstancias podemos encontrar la manera concreta de dar gloria a Dios: hablando o callando, oponiéndonos o aceptando… En todo descubrimos que no se trata de hacer cosas, sino de agradar al Padre, darle gloria y ser alabanza de la gloria de Dios. Y esta orientación a la gloria de Dios, que es aplicable a todo cristiano, es lo que define al contemplativo, porque su vida no tiene otro sentido que la consciente y continua glorificación del Padre, en el Hijo, por medio del Espíritu Santo. Por eso, tenemos que ver la forma concreta de darle este sentido específico a toda nuestra existencia, para que sea realmente una vida contemplativa y dé el fruto que le es propio. No somos contemplativos porque tengamos una experiencia especial del amor de Dios en la oración, sino porque nos tomamos en serio a Dios y queremos que la consciencia de Dios como Dios sea permanente en nuestra vida. De tal manera que, aunque mucha gente se olvide de Dios, en mí Dios sea Dios de verdad, reconocido y vivido de forma consciente y permanente.
Esto no me lo va a regalar nadie, y por eso mi trabajo consiste en conseguir y mantener esta actitud hacia Dios; un trabajo de descubrimiento de estos valores y de aplicarlos a la vida de manera real, para que transformen mi existencia en lo más cotidiano y Dios sea todo para mí en todo momento de mi vida. En lo concreto es donde se demuestra si busco la gloria de Dios o busco mi gloria. Esta tarea comporta necesariamente la permanente renuncia a la presión que nuestras pasiones y el mundo nos hacen para que nos centremos egoístamente en nosotros y busquemos nuestra gloria, en vez de buscar la gloria de Dios.
Culto y adoración

Podríamos decir, aun a riesgo de simplificar excesivamente las cosas, que ser contemplativo consiste, fundamentalmente, en vivir conscientemente en presencia de Dios y hacer todo para su gloria; impidiendo que nada ni nadie robe nada de esa consciencia y de esa voluntad de glorificación de Dios. Y esto no puede basarse en los esfuerzos o sentimientos que podamos suscitar, ni en cualquier referencia a Dios que se nos ocurra, sino en una decisión firme y demostrada de vivir conscientemente la presencia de Dios como Dios y tratar de agradarle en todo. Lo cual sólo podemos conseguirlo si contemplamos a Dios como Dios. Únicamente es verdadera contemplación de Dios la que contempla al Dios verdadero; y eso sólo lo podemos hacer porque Dios se nos manifiesta y se deja contemplar, haciéndose visible en Cristo, que es la imagen viva de Dios. Eso es lo que buscan los contemplativos. No podemos conformarnos con contemplar al Dios verdadero, sino aceptar consumirnos en el fuego devorador de Dios, viviendo en su presencia y glorificándolo. La clave es que Dios sea para mí esa zarza ardiente que me invita a sumergirme en ella y dejarme devorar por sus llamas, en vez de darle vueltas a mis problemas y sentimientos. Y hay que elegir.
Los magos de Oriente son un ejemplo de esto: ellos intuyen vagamente que Dios se hace presente, se ponen en marcha a la aventura -siguiendo la estrella y arriesgando su vida-, y tras un largo viaje, llegan a Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2,2; cf. v.11). Ése es el fuego devorador, que lleva a arriesgarlo todo, porque la vida no tiene otro sentido que encontrar a Dios y adorarle. El que se encuentra de verdad con él, y le deja ser Dios, ése lo adora de verdad; para lo cual tiene que vaciarse de todo si quiere que Dios entre en su vida. Lo contrario no funciona, pues uno no puede quererlo todo: seguir con sus planes, sus intereses y sus miedos, y llenarse a la vez de Dios.
A partir de ese encuentro con el Verbo encarnado, todo cambia para los magos, como para cualquier contemplativo y también para nosotros. La adoración se convierte en un estilo de vida, caracterizado porque todo tiene un sentido consciente de glorificación de Dios:
Ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios (1Co 10,31).
Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él (Col 3,17).
Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos (1Pe 4,11).
Esto no consiste en el simple «ofrecimiento» intencional de nuestras obras, ni menos aún en recitar una fórmula de ofrecimiento, porque nada sustituye al amor. Ninguna fórmula, oración o sentimiento sustituye el buscarle a él, sólo a él, siempre a él y en todo a él; y eso sólo se puede hacer por amor. Pero hemos de partir de que, en principio, el interés que tenemos es nuestro propio yo: seguridad, afecto, ayuda, compañía, soluciones, excusas, justificaciones. Y todo eso hay que cambiarlo por el «sólo Dios». Toda nuestra vida tiene que convertirse en instrumento vivo de glorificación de Dios:
Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual (Rm 12,1).
La carta a los Hebreos nos dirá, precisamente, que Cristo ofreció su sangre como sacrificio sin mancha para purificarnos «de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo» (Heb 9,14).
Como vemos, la adoración como glorificación a Dios, como acto por el cual yo coloco a Dios como Señor indiscutible de mi vida, no es una más de las devociones particulares que podemos tener, sino que pertenece a la esencia de la fe. Constituye una expresión viva de la alianza de Dios con su pueblo: «El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5), una alianza -y un culto- que Jesús ratificará con su palabra y con su vida: con su palabra, diciéndonos que tenemos que buscar «sobre todo el reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33), y con la vida, entregándola al Padre como acto de amor y glorificación. Y eso mismo es lo que tenemos que hacer con nuestra vida: convertirla en auténtica «adoración en acto», ofreciendo nuestro cuerpo ‑nuestra vida‑ en sacrificio, como nos ha dicho san Pablo -y a imitación de Cristo (cf. Heb 10,5-10)-.
Nuestra vida tiene que ser expresión de la primacía de Dios, que debe notarse en cada situación en la que ponemos a Dios por encima de nuestros intereses, problemas y sentimientos. Si los acontecimientos de la vida me entristecen, me preocupan o me enfadan, es que Dios no es todo para mí. Él no puede ser un elemento más en mi vida, ni siquiera uno importante; él tiene que serlo todo y lo único. Y eso se tiene que notar, de modo que en cualquier circunstancia yo hago lo que tengo que hacer y no tengo que agradar ni convencer a nadie, ni ser el protagonista, ni solucionar nada; sólo tengo que hacer lo que le agrada a Dios. Mi vida tiene sentido para agradarle y darle gloria cumpliendo su voluntad. Así es como nuestra vida se convierte en una auténtica adoración en acto.
Tengamos en cuenta que la palabra «cuerpo» en san Pablo no se refiere a la materialidad del cuerpo físico, sino a nuestra vida completa; y el «sacrificio» no se refiere al realizado en el culto del templo, sino al que se realiza en todo momento y lugar; por lo tanto, no salimos de la liturgia de adoración y del culto a Dios, de los que nuestra vida, hasta en sus menores detalles, tiene que ser su expresión viva. Ahí es donde entra ese «ya comáis o bebáis, hacedlo todo para gloria de Dios» de san Pablo a los corintios, al que nos acabamos de referir.
Y, si debemos dar gloria a Dios haciendo de nuestra vida, hasta en sus pormenores mínimos, un acto de culto a Dios, ¡con cuánta más razón tendremos que glorificar a Dios viviendo en toda su profundidad las acciones específicas de esa glorificación, como son la misa, la oración, la liturgia de las Horas o la adoración! De hecho, el sentido principal del culto cristiano no es otro que expresar nuestra permanente adoración a Dios de manera explícita. La misa es, ciertamente, un banquete que nos da como alimento a Cristo en la Palabra y en el Pan y Vino; pero la esencia de ese banquete es que actualiza la muerte sacrificial de Cristo en la Cruz, como acto supremo de glorificación de Dios, tal como él mismo manifiesta: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él» (Jn 13,31).
Vamos a misa, principalmente, para ofrecer a Dios nuestra vida hecha adoración a él, para unirla al sacrificio de Cristo en la Cruz y darle -con él- gloria al Padre. Y, como consecuencia, recibimos del misterio eucarístico la gracia para poder hacer de nuestra vida un verdadero acto de glorificación de Dios. Voy a misa para vivirla del modo que mejor exprese y ayude a convertir mi vida en adoración, a ofrecerle a Dios mi vida inmolada, sacrificada, para participar del sacrificio de Cristo y aportarle a ese sacrificio mi propio sacrificio en unión con toda la Iglesia, la celeste y la terrestre. Y, si yo uno mi sacrificio al de Cristo, ese sacrificio ya es mío, su gloria es mía, y eso transforma mi vida. Y, con las correspondientes matizaciones, lo mismo podemos decir de la liturgia de las Horas, la adoración eucarística, la misma oración, en sus diversas formas, y para toda nuestra vida.
Aparte de que no podemos suponer que la adoración eucarística tiene como centro nuestro beneficio, y no debe organizarse de forma que nos entretenga, nos guste o evite el silencio, tampoco podemos admitir, como muchos pretenden, que la Eucaristía es para comerla, no para adorarla. Son dos realidades inseparables, porque no se trata de un pan normal, sino del mismo Cristo; de modo que comerlo afecta a toda la persona y supone que me uno a él de forma sacramental y verdadera, y esa unión tiene que llevar al amor y a un amor pleno, de modo que vivo para adorarle. Por eso, no puede haber verdadera comunión eucarística sin adoración. Y aquí entra -aunque no nos detendremos en ello- el sentido de arrodillarnos en la consagración, para comulgar, para orar, etc. La alergia a arrodillarse ante Dios no es signo de una fe más adulta, como algunos pretenden, sino de una auténtica falta de fe y de una visión egocéntrica y orgullosa que no quiere situarse por debajo de nadie, ni siquiera de Dios6. Por eso vemos en el Evangelio que muchos de los que se encuentran con Jesús se postran ante él y lo adoran.
No podemos olvidar, como venimos diciendo, que en una civilización tan individualista como la nuestra resulta muy difícil salir de una visión egocéntrica de la realidad. Así, valoramos los medios sólo en la medida en que nos benefician personal y sensiblemente a nosotros, convirtiendo ese beneficio personal en el fin de todo lo que hacemos, desligándolo de la glorificación de Dios, que debe ser el fin esencial de nuestra vida y nuestras obras. Por esa razón, debemos valorar y cuidar los medios de santificación porque sirven para convertirnos en «alabanza de la gloria» de Dios, y no son simples ayudas divinas que nos facilitan la vida, suavizan nuestras dificultades y nos permiten conseguir fácilmente lo que necesitamos.
Este error de planteamiento explica que, para la mayoría de los cristianos, la oración sea sinónimo de petición y se abandone cuando parece que Dios no cumple nuestras expectativas y deseos. Entonces, la oración -e incluso Dios mismo- pierde su razón de ser. Todo está en función del beneficio material y sensible que nosotros decidimos obtener. Pensemos en este sentido, por ejemplo, en la misa, la oración, la liturgia o la misma Iglesia: vamos a misa o no, a esta misa o aquella, rezamos más o menos, etc., en la medida en que egoístamente lo necesitamos o nos ayuda.
Este planteamiento tampoco es válido cuando se pretende el beneficio de un grupo o comunidad. Con frecuencia se justifica la renuncia a la glorificación de Dios en función del beneficio meramente humano o sensible de un grupo, acomodando la misa, los sacramentos o la oración comunitaria a lo que al grupo más le «ayuda», es decir, le hace sentir mejor o le gusta más. La verdadera liturgia tiene como beneficiaria a toda la humanidad, y no para ofrecer ningún provecho material o sensible, sino para darle la salvación, porque todo acto de culto que realiza la Iglesia es obra de Cristo, que en su encarnación ha asumido a toda la humanidad y la ha incorporado a su persona y a su obra. Y el fin de esa obra no es facilitarnos la vida material sino salvarnos y llevarnos a la plenitud de la gloria en el cielo. Además, si yo estoy unido a Cristo de modo que ya no soy yo, sino Cristo el que vive en mí (cf. Gal 2,20), automáticamente me uno a todos los que están unidos a él y en los que también vive Cristo. Ésa es la verdadera comunión cristiana, que es fruto natural de la comunión eucarística. Así es como el verdadero culto y la auténtica adoración son los que realmente hacen comunidad.
Sin embargo, el primer fin -y más importante- de la misa o la oración no es el beneficio humano ‑ni el general, ni el mío propio particular‑, sino dar gloria Dios. Celebramos la Eucaristía, rezamos laudes o hacemos oración como un acto de glorificación de Dios: lo hacemos por él y para él. Y después, también lo hacemos como forma de santificar el mundo y a nosotros mismos.
Esto es esencial para alguien que se dice «contemplativo», para quien quiere ser santo: la razón de nuestra oración, el motivo por el que la hacemos y el modo de realizarla tiene que ser -clara y conscientemente- «para Dios», con independencia del propio gusto o estado de ánimo. Dios nos llama (vocación) a él; y, por tanto, debemos dedicarnos a él: a darle gloria, a darle gusto en todo, y así empapar el mundo de esa presencia de Dios que nosotros poseemos (misión).
Si colocamos por delante nuestro beneficio, nuestro gusto o nuestras necesidades, pervertimos los medios que Dios nos ha dado para el fin para el que nos creó, dándoles otra finalidad y, de este modo, hacemos imposible y estéril nuestra misión. Con lo cual, estamos afirmándonos a nosotros mismos por encima de él, en vez de negarnos a nosotros mismos para ser el «grano de trigo que cae en tierra y muere» para dar mucho fruto (Jn 12,24). De ese modo, no sólo impedimos la verdadera fe, sino también el sentido pleno y el fruto sobrenatural que tiene nuestra vida. Vivimos para ofrecer nuestra vida a Dios, uniéndola al ofrecimiento de Cristo en la Eucaristía; lo contrario de utilizar la Eucaristía para sentirnos a gusto, atraer a la gente, fortalecer nuestra amistad, etc.
Elementos del culto cristiano

De todo lo dicho hasta aquí podemos deducir la importancia del culto cristiano en la vida de la Iglesia y de cada uno de sus miembros. No es algo circunstancial, de lo que podemos servirnos a nuestra conveniencia o para nuestro servicio, sino es algo a lo que servimos nosotros, como expresión del servicio que ofrecemos a Dios y al prójimo.
La Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor. Por su parte, la Liturgia misma impulsa a los fieles a que, saciados «con los sacramentos pascuales», sean «concordes en la piedad»; ruega a Dios que «conserven en su vida lo que recibieron en la fe», y la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo. Por tanto, de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin (Sacrosantum Concilium,10).
Debemos insistir en que sólo seremos verdaderos cristianos en la medida en que nos identifiquemos con Cristo y revivamos en nuestra vida su propia vida, con el sentido de culto que tiene, que en nosotros consiste en ofrecer nuestra propia vida «como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual» (Rm 12,1).
Todo lo que hemos visto hasta aquí podemos aplicarlo a los diferentes elementos que constituyen el culto cristiano y que van jalonando nuestra vida. Eso nos permitirá reflexionar sobre cómo vivimos esos elementos y cuál debe ser la conversión personal que cambie nuestra mentalidad y nos permita vivirlos adecuadamente para darle a nuestra vida el verdadero sentido de culto, que consiste en entregarle al Señor esa vida como auténtica ofrenda de amor unida al sacrificio redentor de Cristo.
La oración personal
Como hemos visto, la verdadera oración personal -especialmente la adoración- es un acto de glorificación de Dios pues, como respiración del alma que es, manifiesta e impulsa el sentido sacrificial de nuestra vida. La oración en el secreto de mi habitación, en el templo o ante el Santísimo tiene que expresar que mi vida está polarizada de forma consciente y obsesiva hacia el Señor.
Por medio de él, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que confiesan su nombre (Heb 13,15).
La oración comunitaria
La oración que hacemos juntos no se opone a la oración personal, pues ambas son las dos caras de la misma moneda, dos formas de orar que se complementan. Cuando oramos juntos se hace presente el Señor de un modo singular, convirtiendo la oración en una especie de sacramento de su presencia viva y activa entre nosotros.
Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20).
La liturgia de las Horas
Dentro de la oración comunitaria, la liturgia de las Horas constituye la oración propia de la Iglesia, no sólo porque es común a todos los cristianos, sino porque hace especialmente presente a Cristo glorioso que encarna su oración celestial perenne en su Cuerpo, que es la Iglesia. De este modo le permite unirse a él, que es el único verdadero «orante», para poder realizar una oración auténtica y eficaz. En este sentido el Concilio Vaticano II, nos dirá que la liturgia de las Horas es «la voz misma de la Esposa que habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (Sacrosantum Concilium, 84). La Iglesia, Cuerpo y Esposa de Cristo, habla a su Esposo de amor. Cuando se sustituye la liturgia de las Horas por otras oraciones «imaginativas», en las que se reemplazan los salmos o las lecturas bíblicas por cosas más adaptadas al hombre de hoy, ya no es la Iglesia-Esposa la que se dirige al Esposo y se une a su oración celeste; es otra cosa que no tiene nada que ver con ello.
La «obra de la redención de los hombres y de la perfecta glorificación de Dios» es realizada por Cristo en el Espíritu Santo por medio de su Iglesia, no sólo en la celebración de la Eucaristía y en la administración de los sacramentos, sino también, con preferencia a los modos restantes, cuando se celebra la Liturgia de las Horas. En ella Cristo está presente en la asamblea congregada, en la Palabra de Dios que se proclama y «cuando la Iglesia suplica y canta salmos»7.
La misa
Ya hemos visto que la misa no es nuestro acto de culto, sino el de Cristo, y podemos definirla con toda propiedad como el «sacrificio eucarístico» o «sacrificio del altar», pues ante todo es el mismo acto de la entrega de la vida que hace Cristo en la Cruz y del que nos permite participar por medio del Sacramento. Y, en consecuencia, tengo que vivirla uniéndome a lo que hace Cristo, haciendo lo mismo que él hace: ofrecer mi vida como sacrificio unida al sacrificio de Cristo. De forma especial, el sacerdote ministerial en la Eucaristía representa a Cristo, «es» Cristo, y no sólo debe celebrar la misa fielmente unido a la Iglesia, como Cristo, sino ofreciendo su propia vida junto a la de Cristo. Pero todo cristiano, partícipe del sacerdocio común de los fieles, debe aportar su propio sacrificio al sacrificio de Cristo que se hace presente en la misa.
La comunión de vida divina y la unidad del Pueblo de Dios, sobre los que la propia Iglesia subsiste, se significan adecuadamente y se realizan de manera admirable en la Eucaristía. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por él al Padre (Catecismo de la Iglesia Católica, 1325; cf. Instr. Eucharisticum mysterium, 6).
Por lo tanto, celebrando la Eucaristía y comulgando el Cuerpo y la Sangre del Señor participamos de su vida inmolada e incorporamos nuestra propia vida -con todo lo que conlleva- a su mismo sacrificio, del que nuestra existencia cotidiana será ya una prolongación llena de luz y de frutos sobrenaturales.
La adoración eucarística
La adoración eucarística es un modo excelente de prolongar la vivencia y el fruto de la celebración y comunión eucarísticas. La presencia real de Cristo en las especies de pan y vino no es la simple presencia del Señor en ellas. Como decía san Juan Pablo II, en la reserva eucarística hay una auténtica presencia trinitaria, pues, por medio del Espíritu Santo, la Eucaristía hace presente al Hijo en su ofrenda sacrificial de su vida al Padre, y a éste, que recibe en el mismo acto dicha ofrenda (cf. Dominicae Coenae, n. 3). No se separan las tres personas de la Trinidad. En la Eucaristía, lo que celebramos, recibimos y adoramos no es el Cuerpo «estático» de Jesús, sino a Cristo vivo amando, entregándose, orando, hablando…
En la Eucaristía resuenan y reviven permanentemente las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía» (Lc 22,19); por eso, al contemplarle en su presencia sacramental, adoramos a Cristo que se entrega y nos unimos a él para hacer de nuestra vida un vivo acto de adoración al Padre que prolongue el del Señor.
La confesión y los demás sacramentos
No solamente nos incorporamos a la acción salvífica de Cristo a través de nuestra participación en la Eucaristía, sino también por medio de los demás sacramentos.
En los sacramentos de Cristo, la Iglesia recibe ya las arras de su herencia, participa ya en la vida eterna, aunque «aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del Gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tt 2,13) […]. Santo Tomás resume así las diferentes dimensiones del signo sacramental: «Por eso el sacramento es un signo que rememora lo que sucedió, es decir, la pasión de Cristo; es un signo que demuestra lo que se realiza en nosotros en virtud de la pasión de Cristo, es decir, la gracia; y es un signo que anticipa, es decir, que preanuncia la gloria venidera» (Summa theologiae 3,q. 60,a. 3, c.) (Catecismo de la Iglesia Católica, 1130).
Los sacramentos son signos que rememoran lo que sucedió en la pasión de Cristo y actualizan el misterio de la redención y sus frutos.
La música y el canto en la liturgia
En la misma línea, la música sagrada tiene como función dar gloria a Dios y, desde ahí, ayudarnos a una participación más profunda en la liturgia, pero no busca entretenernos o emocionarnos.
Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados (Col 3,16).
En ese sentido podemos decir que la música es oración y que «el que canta, ora dos veces» (san Agustín). Los Salmos están llenos de referencias en este sentido, además ellos mismos son cánticos de oración, que nos recuerdan que la necesidad de alabanza es esencial en la vida de fe:
Alabad al Señor, que la música es buena,
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa (Sal 147,1).
Alabad al Señor tocando trompetas,
alabadlo con arpas y cítaras;
alabadlo con tambores y danzas,
alabadlo con trompas y flautas;
alabadlo con platillos sonoros,
alabadlo con platillos vibrantes (Sal 150,3-5).
Voy a cantar la bondad y la justicia,
para ti es mi música, Señor (Sal 101,1).
Cantad al Señor al son de instrumentos (Sal 105,2).
¿Para qué cantamos? ¿Para quién cantamos? Un canto gregoriano se dirige claramente a Dios y nos eleva a Dios. Muchos de los cantos actuales que usamos en la liturgia se dirigen a nosotros: cantamos para nosotros, porque nos gusta, porque nos facilita la oración… No estamos alabando a Dios o dándole gloria, estamos dándonos gusto. Elegimos los cantos que nos gustan, para lucirnos; incluso adaptamos cantos profanos o escandalosos para usar esas melodías en la liturgia. Y eso manifiesta a quién estamos mirando, qué queremos y quiénes somos.
Realmente no deberíamos cantar para darnos gusto, sino para alabar a Dios, porque no celebramos nuestra grandeza o nuestro triunfo, sino los de Dios. No olvidemos que la salvación no es una acción humana, y que la Iglesia no salvará al mundo por medio del compromiso social, sino que ese compromiso social es la consecuencia natural de la oración permanente y de la gracia que ha movido a multitud de personas a llevar a los demás la plenitud espiritual que experimentaban. Y en esa plenitud, la música sagrada jugaba un importante papel como elemento esencial de la liturgia y vehículo de la misma gracia. No es de extrañar, en este sentido, que el deterioro de la música religiosa coincida con el deterioro del sentido de fe.
La limosna
Resulta muy interesante ver cómo san Pablo vincula la limosna en favor de la iglesia necesitada de Jerusalén no sólo a la caridad fraterna, sino al culto, diciendo que constituye una verdadera «acción de gracias» o eucaristía por medio de la cual se da gloria a Dios:
Siempre seréis ricos para toda largueza, la cual, por medio de nosotros, suscitará acción de gracias a Dios; porque la realización de este servicio no solo remedia las necesidades de los santos, sino que además redunda en abundante acción de gracias a Dios. Al comprobar el valor de esta prestación, glorificarán a Dios por vuestra profesión de fe en el Evangelio de Cristo y por vuestra generosa comunión con ellos y con todos (2Co 9,11-13; cf. Rm 15,27; St 1,27; Flp 4,18).
La evangelización
La proclamación del Evangelio constituye la misión propia de todo cristiano porque es la expresión natural y coherente de su fe y de su vida en la gracia de Dios. Si Dios es el tesoro de mi vida, para el que vivo, lo tengo que comunicar, y no sólo de palabra, sino con mi vida, de modo que el apostolado no puede limitarse a un simple testimonio de palabra separado de la propia vida. Y, en la medida en que mi vida transparenta a Dios, el testimonio de Cristo, con la palabra y con mi comportamiento, es una actualización del sacrificio cultual por el que Cristo glorifica al Padre y salva el mundo.
Manteniendo firme la palabra de la vida. Así, en el Día de Cristo, esa será mi gloria, porque mis trabajos no fueron inútiles ni mis fatigas tampoco. Y si mi sangre se ha de derramar, rociando el sacrificio litúrgico que es vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría (Flp 2,16-17).
Dios me ha otorgado ser ministro de Cristo Jesús para con los gentiles, ejerciendo el oficio sagrado del Evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, sea agradable (Rm 15,15-16).
Cualquier actividad
Ya hemos visto que una vida cristiana debe ser toda ella un acto de culto a Dios y, por tanto, tiene que empapar cualquier actividad de ese sentido y convertirla en una verdadera liturgia de alabanza a Dios, tal como nos recuerda san Pablo: «Ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Co 10,31).
Conclusiones prácticas

Aparte de las referencias bíblicas que hemos indicado, resultaría de gran utilidad acudir a la constitución del Concilio Vaticano II sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium (n. 5-13), así como al libro de Joseph Ratzinger, El Espíritu de la Liturgia, al que hemos aludido, y a los números 1136-1199 del Catecismo de la Iglesia Católica. Sería muy provechosa la lectura del libro de Scott Hahn, recomendado en nuestra web, titulado La cena del Cordero, que ayuda a comprender la misa como sacrificio y participación de la liturgia del cielo.
Finalmente, si todo lo dicho hasta aquí es verdad, no puede quedarse en la teoría, sino formar parte de nuestro ser y nuestra vida de cristianos, para lo cual es menester que cuidemos los actos de culto que hemos ido viendo y el modo de encarnarlos en nosotros y en toda nuestra existencia. Como resumen y en forma de pautas sencillas y concretas, deberíamos:
- -Preparar la oración personal y realizarla como la oración de Cristo en mí. Orar para Dios, no para mi gusto o por mi interés.
- -Disponernos a la liturgia de las Horas y vivirla como participación consciente de la oración de la Iglesia-esposa en nombre de Cristo-esposo. Darme cuenta de que le doy a la Iglesia mi cuerpo, mi corazón y mi voz para que e hable al Esposo y lo adore.
- -Vivir la celebración eucarística como verdadera actualización en mí del sacrificio de Cristo en la Cruz y participar del mismo con un sentido «ministerial»: soy el sacerdote que ofrece el sacrificio de mi propia vida y lo une al sacrificio de Cristo que la Iglesia ofrece al Padre por medio del ministerio del sacerdote ordenado.
- -Hacer de la adoración eucarística una ocasión privilegiada para adorar de verdad a Cristo, reconociendo mi insignificancia ante el inabarcable misterio de Dios y entregándome incondicionalmente en sus manos. Que se note que Dios es todo y lo único, el gran tesoro de la Iglesia, de modo que mire la forma en la custodia y vea a Cristo, al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. No puedo hacer otra cosa que caer de rodillas, despojarme de todo y decir: «Sólo tú, Señor».
- -Darles a todas las actividades de mi vida un sentido consciente de glorificación a Dios en Cristo, de modo que trabajos, alegrías, sufrimientos, dificultades, descanso, caridad, oración, diversiones, enfermedades, etc., deben ser una verdadera liturgia de alabanza. Esto supone buscar en todo momento la voluntad de Dios y cumplirla con sentido consciente de amor en forma de adoración y entrega. Descubrir en las grandes y pequeñas dificultades de la vida la ocasión privilegiada para adorar al Señor y no la necesidad de solucionar problemas, quedar bien, eludir responsabilidades… La pregunta que debo hacerme es: «¿cómo te adoro a ti Señor aquí y ahora?», porque en todo me relaciono con él.
NOTAS
- Puede leerse en la sección de textos escogidos de nuestra web la descripción que hace santa Isabel de la Trinidad de lo que es una Alabanza de gloria.
- Esta relación del culto del Antiguo Testamento revelado a Moisés en el monte Sinaí con la plenitud del culto en Cristo la podemos ver en el tema de nuestra web para la Lectio con el Éxodo titulado La Morada.
- A esto se refiere san Ignacio en el magistral pórtico de los Ejercicios espirituales, n. 23, cuando describe en el «Principio y Fundamento» el sentido de la vida humana diciendo: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el que es creado».
- Pablo VI, Carta encíclica Mysterium fidei [1965], 4; cf. Sacrosantum Concilium 26: «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es «sacramento de unidad», es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada uno de los miembros de este cuerpo recibe un influjo diverso, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual».
- «Al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor nos unirnos al culto de la Iglesia celestial» (Lumen Gentium, 50).
- Todo esto ha sido desarrollado magistralmente por Joseph Ratzinger, El Espíritu de la Liturgia. Una introducción, Madrid 2007 (Cristiandad, 5ª ed.), 256 p.
- Ordenación general de la liturgia de las Horas, 13 (cf. Sacrosanctum Concilium, 5, 7, 83 y 98).
















