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1. ¿Hace falta un carisma especial para hacer discernimiento espiritual?

El discernimiento espiritual es un carisma, un don del Espíritu Santo, por lo tanto, no es algo que esté en nuestra mano, no lo podemos construir nosotros, aunque sí podemos pedírselo a Dios y esperar que nos lo dé. La capacidad para descubrir la voluntad divina en medio de la vida no es algo que se pueda dar naturalmente, ni siquiera como fruto de unas capacidades intelectuales notables o del estudio, sino de un sentido interior de las cosas que crea en nosotros el Espíritu. Es una gracia que Dios tiene que darnos. Pero esto no quiere decir que él la escatime y se la reserve; todo lo contrario, Dios tiene un gran interés en darnos esa gracia puesto que desea que vivamos cumpliendo siempre su voluntad.

Por este motivo, para realizar el discernimiento hemos de saber en qué medida poseemos el carisma del discernimiento. Evidentemente, para dar una opinión evangélica sobre asuntos básicos de la vida no hace falta este carisma, basta con el sentido común y conocer la moral elemental y los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Pero si se trata de orientar sobre mociones espirituales y opinar sobre la vida interior de quien camina en serio hacia la santidad, es imprescindible saberse depositario del carisma del discernimiento.

Ahora bien, ¿cómo puedo conocer que poseo ese carisma? Fundamentalmente por la claridad interior, la luz de Dios que ilumina la realidad de forma natural y espontánea; acompañada por la seguridad de saber lo que concuerda con la voluntad de Dios. Junto con esta visión «subjetiva» de la verdad tiene que existir una vertiente objetiva, que consiste en la capacidad para encajar la voluntad de Dios y la realidad concreta, para ensamblar lo que se «ve» interiormente con los criterios de la fe y de la prudencia cristiana. Por muy «espiritual» que sea una visión determinada de los acontecimientos, no vale por sí misma para realizar el discernimiento si carece de realismo evangélico, porque sin él correríamos un grave riesgo de iluminismo y manipulación, lo que suele generar auténticas catástrofes en la vida cristiana propia y ajena. Esto sirve para el discernimiento sobre acontecimientos «propios» pero, sobre todo, es imprescindible si tiene como objeto algo que implica a otra persona.

El don del discernimiento en el campo espiritual es uno de los más necesarios para que no naufrague la fe del cristiano, en un mundo en que el espíritu de la mentira multiplica sus seducciones y sus falsos maestros. El discernimiento sobrenatural es la coronación de la virtud de la prudencia y del don del consejo. Éste se nos da con la unción del Espíritu Santo en el sacramento del bautismo y de la confirmación. Sin embargo, necesita ser desarrollado hasta llegar a ser luz y sabiduría de vida. Quien posee este don y lo cultiva, cooperando con la gracia, es como una nave segura, entre los obstáculos insidiosos del error y del engaño. Poseerá los ojos que le permitirán descubrir las insidias del enemigo y las falsas luces del mundo. Con mano segura se guiará a sí mismo y a los demás, hasta la meta final de la vida, al puerto seguro de la eternidad. Quien tiene discernimiento participa de la sabiduría de Dios. Posee aquella sabiduría que es más valiosa que cualquier bien temporal, ésa que los creyentes, de forma especial hoy, no pueden despreciar. Vivimos en efecto tiempos en que el eclipse de la fe y la apostasía de la verdad amenazan, como nunca había sucedido antes, la existencia misma del cristianismo1.

El hecho de que se trate de una gracia no excluye la conveniencia de las capacidades humanas, que nunca sobran en el discernimiento, pero que sólo completan la acción de Dios en el alma. Así, Eusebio Hernández afirma que los medios propios para el discernimiento son: el don sobrenatural de discreción de espíritus, las luces que Dios da a los fieles que están muy unidos a él, el fruto de las experiencias espirituales en las almas avanzadas, la capacidad de éstas para percibir fácilmente la huella de Dios en los demás, el arte o capacitación que se puede adquirir con el estudio de la teología y la psicología, unido a la experiencia de la propia alma y otras que se mueven bajo el impulso de la gracia2.

Conviene recordar aquí la enseñanza de san Pablo en 1Co 12,10:

Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu… A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus (1Co 12,4.10).

El discernimiento de espíritus aparece dentro de la lista de los carismas que Dios concede a algunos y es considerado, por lo tanto, como un don gratuito para el servicio de la comunidad3. Esto no significa que se manifieste de un modo extraordinario.

El discernimiento carismático es, en cambio, una gracia especial gratis dada, que distingue los espíritus de modo infalible, pues actúa por moción inmediata del Espíritu Santo. Por este carisma de discreción de espíritus el director espiritual puede prestar así a las personas una guía inapreciable, dándoles a conocer con toda certeza, en ciertos momentos cruciales, la voluntad de Dios. Es, sin embargo, un carisma muy infrecuente, pues únicamente suele darse en los santos, en quienes se da una gran plenitud de los dones del Espíritu Santo; y no en todos ellos, por supuesto; o si lo tienen, lo tienen para sí, y no para otros, o para otros, y no para sí. Conviene ser conscientes de esto, para que el director espiritual no crea demasiado fácilmente en su propio discernimiento carismático, y tampoco el dirigido, en este sentido, confíe excesivamente en tal carisma4.

Esta dificultad para conocer la voluntad de Dios en la dirección espiritual se resuelve con la sensibilidad espiritual -el sentido que detecta la presencia de Dios- que debe tener tanto el director como el dirigido. Cuando se tiene esa sensibilidad se nota en uno mismo y en los demás. Si se tiene, hay que desarrollarla; y, si no se tiene, hay que pedirla. El que pide consejo también debe adquirir esa capacidad para percibir lo que es de Dios y lo que no. De este modo, cuando recibe el consejo del director debe percibir con ese sentido las resonancias de la voz de Dios que aparecen en ese consejo, y eso es lo que debe aceptar e intentar cumplir, puesto que es el Espíritu Santo el que a través de esta sensibilidad crea esa resonancia.

Esta capacidad, cuando se hace espontánea, permite realizar el discernimiento de manera habitual y simple. Es lo que llamamos «connaturalidad» y de lo que trataremos más adelante5.

2. Las gracias extraordinarias en el discernimiento espiritual

A. Discernimiento espiritual con gracias sensibles

El discernimiento evangélico que se ha planteado sistemáticamente a lo largo de la historia de la Iglesia ha versado habitualmente sobre las gracias extraordinarias que Dios concede al alma. Ciertamente se trata de algo muy importante y que requiere de una metodología adecuada, como la que nos ofrece san Ignacio en las reglas para el discernimiento de espíritus de los Ejercicios Espirituales6. Pero, por tratarse de algo «extraordinario» cae necesariamente fuera del estudio del discernimiento habitual u «ordinario».

A través del discernimiento de espíritus podemos descubrir, a partir de las mociones que Dios crea en el alma, la voluntad de Dios respecto de cuestiones importantes de nuestra vida. Pero hay que saber que estas gracias sólo se pueden aplicar al discernimiento que uno hace sobre sí mismo en su relación con Dios y con los demás, y no se pueden utilizar para lo que otras personas deben hacer. El director espiritual sí puede ayudar a otras personas a que descubran el significado que tienen para ellas las gracias extraordinarias que han recibido7. Es necesario subrayar que, para evitar el iluminismo, estas gracias deben contrastarse con la realidad por los cauces adecuados, como la reflexión, la maduración, la dirección espiritual, etc.

Hemos de tener en cuenta que la vida cristiana no se rige normalmente por gracias extraordinarias. De ser así no existiría la fe. Ciertamente estas gracias existen, pero Dios las emplea con medida, de manera «extraordinaria», por lo que no pueden ser la base habitual para tomar decisiones8.

No debes pretender que Dios revele abiertamente y directamente los designios que tiene sobre nosotros. Esto sucede solamente en circunstancias excepcionales, como muestra la vida de algunos santos […] No es fácil percibir los designios de Dios respecto a nosotros, mientras por el contrario es fácil equivocarse, confundiendo la voluntad de Dios con lo que en realidad son nuestros deseos. Por eso es necesaria la pureza del corazón a fin de que, acallando las voces de las pasiones, se pueda percibir la suave voz del Espíritu. Al mismo tiempo es importante ser conocedor de que Dios tiene muchos modos a través de los cuales manifiesta su voluntad. Necesitas cultivar la atención y una capacidad interior de escucha, a fin de que la Divina Voluntad encuentre un alma vigilante y dispuesta a acogerla. Si algunos se lamentan de no conocer cuál es la voluntad de Dios con respecto a ellos, esto no quiere decir que hayan sido abandonados, o que Dios no se preocupe de ellos. Cuando estamos distraídos por las cosas del mundo y encerrados en nuestra existencia egoísta, ¿cómo será posible escuchar la voz de Dios? Cuando pedimos a Dios que haga nuestra voluntad, ¿cómo podremos reconocer el momento en que se manifieste la suya?9.

Cuando nos encontramos en una encrucijada y sobreviene la perplejidad porque no sabemos cuál de los distintos caminos es el que se acomoda mejor a la voluntad de Dios, el Señor puede ayudarnos dándonos una luz especial que nos haga inclinarnos por uno de esos caminos como el que él quiere para nosotros. Se trata de una inclinación por algo que tiene sentido por sí mismo, pero cuyo valor viene subrayado por la acción de Dios. Este tipo de gracias extraordinarias tienen siempre como finalidad algo importante en la vida cristiana que hace referencia a la propia vocación y misión en la Iglesia.

Cuando Dios mueve al alma a una significativa transformación, como es la segunda conversión, le da unas gracias muy significativas, que transforman y configuran toda la vida de la persona, desde lo más importante hasta los mínimos detalles. Pero este tipo de gracias no suelen durar mucho, puesto que tienen como finalidad ayudar a que se asuma y asiente el nuevo modo de vida al que el Señor llama. En estos casos no hay que hacer ningún tipo de discernimiento, puesto que el sujeto experimenta una luz interior y un empuje que le mueve con fuerza a llevar a cabo lo que ve con claridad que Dios le pide.

Aunque estas gracias extraordinarias suelen aparecer en momentos especialmente significativos, pueden darse también en situaciones ordinarias de la vida corriente. A veces Dios puede conceder una especial gracia que se refiere aparentemente a algo intranscendente, pero la intención divina va mucho más lejos y tiene un objetivo más importante que el simple hecho en que se apoya. En lo concreto del asunto, el impulso que da Dios para esa cuestión simple no necesita discernimiento, porque se hace inmediata y fácilmente. Pero sí es necesario discernir el sentido más profundo y permanente de esa gracia.

Para entenderlo mejor, podemos poner el caso de una persona que se despierta espontáneamente a las tres de la madrugada en presencia de Dios y con un fuerte impulso de Dios a orar. Lo espontáneo sería aplicar esta gracia al sencillo hecho de hacer un rato de oración en medio de la noche y zanjar el asunto, pensando que cuando Dios quiera que rece por la noche le volverá a dar esa gracia. Para hacer esto no hace falta otra cosa que dejarse llevar en ese momento. Sin embargo, no podemos pensar que Dios mueva fuertemente al alma para realizar nada más que un acto concreto ordinario. Hay que descubrir, por medio del discernimiento de espíritus que se trata de una gracia que apunta a una especial vocación o misión a dedicarse a la oración o adoración en la noche. Y, por esta razón, hay que aplicar el discernimiento de espíritus para descubrir, con todas las notas y matices, la voluntad de Dios sobre esa vocación y misión.

Aunque este tipo de gracias, por darse de manera extraordinaria, no sustentan el discernimiento habitual necesario para la vida cristiana ordinaria, no cabe duda de que le dan al alma la sensibilidad y capacidad para percibir la presencia y la voluntad de Dios que le mueven a buscarla en todo momento y ocasión. De este modo las gracias extraordinarias se convierten en una ayuda para el discernimiento espiritual porque imprimen en el creyente un fuerte anhelo por cumplir la voluntad de Dios, con detalle y en toda la vida. Podríamos decir que las gracias extraordinarias y el análisis de las mismas o «discernimiento de espíritus» crean en el alma el clima de amoroso deseo de fidelidad permanente a Dios que obliga a realizar el discernimiento de su voluntad en todo momento y circunstancia, por medio de lo que llamamos «discernimiento espiritual». Aunque no dispensan del discernimiento permanente en la vida ordinaria, las gracias extraordinarias proporcionan un marco de referencia del estilo evangélico de vida que Dios quiere para una persona y el ambiente espiritual que facilita la connaturalidad con la voluntad de Dios necesaria para el discernimiento cotidiano.

B. Discernimiento espiritual sin gracias sensibles

Lo normal en la vida cotidiana es no disponer de gracias y mociones sensibles que ayuden al discernimiento10. Por esa razón se hace necesario aprender a discernir sin más apoyaturas que la fe.

Y eso requiere, lo primero, que estemos dispuestos a realizar dicho aprendizaje, lo que supone el costoso ejercicio constante de cotejar todos los acontecimientos de la vida con los elementos propios de la fe, como son: los datos objetivos que nos ofrece la Palabra de Dios, especialmente el Evangelio; la percepción que nos da la fe, a través de la oración, de los sentimientos, motivaciones, valores y actitudes de Jesús; el comportamiento concreto del Señor en acontecimientos reales en los que puedo encontrar semejanza con los de mi vida; el ejemplo de los santos que han vivido situaciones parecidas a las que uno atraviesa. Y, además, las referencias que suponen determinadas gracias recibidas en otros momentos, pero cuyo objetivo era hacernos sensibles a una mirada y a unos valores y actitudes determinados. Dichas gracias, aunque pertenezcan al pasado, son indicadores claros del estilo de vida que Dios espera de nosotros; y, en ese sentido, tienen permanente actualidad mientras no haya mociones claras en contra.

Todos estos elementos deben tenerse en cuenta, no para calcar sobre nuestra vida actual unas decisiones que tomamos como modelo, sino como referencia global de lo que Dios quiere de nosotros en general y en ese momento en particular; una referencia que debe actualizarse y adaptarse a lo concreto del acontecimiento presente en el que nos encontramos.

Es evidente que se trata de una tarea ardua; pero sólo al principio. El objetivo de esta tarea es acostumbrarnos a la visión y actitudes que deben definir nuestra vida espiritual; de manera que, una vez tenemos un poco de rodaje, el discernimiento se hace sencillo y natural, entrando en lo que denominamos «connaturalidad». Y el hecho de que esta tarea esté motivada por un deseo amoroso de identificarnos con nuestro modelo, que es Cristo, hace que resulte gozosa y esperanzadora, a pesar de su dureza. Incluso los errores que podemos cometer en el proceso de aprendizaje nos ayudan a corregir desviaciones y, por tanto, a aprender más y mejor.

La falta de impulsos sobrenaturales sensibles, lejos de ser un inconveniente, constituye la gran ventaja que nos permite aprender y hacer nuestro el discernimiento. Si para discernir pudiéramos contar siempre con las gracias sensibles nunca aprenderíamos a hacerlo, del mismo modo que, si nunca soltáramos de la mano al niño al que enseñamos a andar, le dificultaríamos el aprendizaje. Al igual que al niño le cuesta dar sus primeros pasos sin que le sostengan y lleven, pero luego disfruta por el hecho de vivir y caminar erguido y sin apoyaturas, así también el cristiano vive una plenitud única de vida cuando ha aprendido a encontrar la voluntad de Dios en todo, aunque haya tenido que superar un costoso aprendizaje.

Todo esto es importante si tenemos en cuenta que la mayor parte de los acontecimientos que nos presenta la vida no nos piden permiso para influir en nosotros ni nos dan el tiempo que desearíamos para pensar o decidir. Sin embargo, cuando se trata de situaciones previsibles o que se presentan con un ritmo que nos permite reflexionar con algo de tranquilidad, podemos tener en cuenta las orientaciones que nos ofrece el discernimiento ignaciano para realizar la elección sin mociones.

San Ignacio de Loyola, en sus normas para la elección, se detiene especialmente en el modo de hacer elección cuando no hay especiales luces o repugnancias («el alma no está agitada de varios espíritus»), y tiene que usar fundamentalmente de la razón iluminada por la fe («usa sus potencias naturales libre y tranquilamente»)11. Desde luego no se trata simplemente de valorar «pros» y «contras», como se podría hacer al margen del seguimiento de Cristo, sino que hay que tener en cuenta los principios generales de cualquier elección (libertad, que lo que se elige sea bueno, etc.), y, antes de sopesar las distintas opciones, recordar el fin para el que he sido creado y orar para pedir al Señor que ilumine y mueva la voluntad. La valoración de las distintas opciones se hace ciertamente con la razón, pero buscando la gloria de Dios y la salvación del alma, no a través de simples consideraciones de gusto, oportunidad o eficacia. Una vez hecha la elección hay que volver de nuevo a la oración para presentarla al Señor12.

Aunque no debemos olvidar que este tipo de discernimiento está pensado para plantearnos decisiones importantes de nuestra vida. En el día a día no resultaría práctico hacer un análisis tan desarrollado para acontecimientos ordinarios. Pero si empleamos esta técnica para lo importante, con un poco de interés sabremos quedarnos con una actitud y mirada que nos permita realizar un análisis semejante, aunque simplificado. De nuevo nos encontramos con la «connaturalidad» como forma normal de discernimiento espiritual. Una connaturalidad que, desde luego, es con Jesús, con sus valores y su estilo de vida, no con el discernimiento como teoría o técnica.


NOTAS

  1. L. Fanzaga, El discernimiento espiritual, Madrid 2004 (Caparrós editores), 9.
  2. Cf. Hernández, Guiones para un cursillo práctico de dirección espiritual, 270-271.
  3. Véase lo dicho en el tema de espiritualidad de nuestra web: «El discernimiento de espíritus», capítulo 13: «El discernimiento de espíritus en el Nuevo Testamento», apartado 3: «El discernimiento en las cartas de san Pablo», en el epígrafe dedicado a «El carisma del discernimiento de espíritus». También en ese tema se habla del del discernimiento por intuición, del discernimiento por connaturalidad y del carisma de discernimiento («El discernimiento de espíritus» 1,3: «Discernimiento espiritual y discernimiento de espíritus»).
  4. J. M. Iraburu, Caminos laicales de perfección, Pamplona 2000 (Fundación Gratis Date, 2ª edición), 28. Puede leerse todo el capítulo dedicado a «Discernimiento adquirido y carismático» (p. 27-28).
  5. Véase en el capítulo III: «La actitud necesaria para el discernimiento», apartado 3: «La connaturalidad en el discernimiento».
  6. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 313-336.
  7. Pero sin proyectar en los demás las gracias que él ha recibido, ni tampoco las limitaciones que él pone a las gracias.
  8. El que recibe estas gracias corre el peligro de pensar que van a ser habituales, se acostumbra a obrar apoyado en ellas y no se mueve sin ellas. Sin embargo, Dios no va a dar como gracia extraordinaria lo que podemos saber o hacer con la luz que tenemos. El que se acostumbra a las gracias extraordinarias fácilmente se queda parado esperando a que Dios le mueva en vez de aprovechar el impulso que ya le ha dado.
  9. Fanzaga, El discernimiento espiritual, 146-147.
  10. No hay que pensar que este discernimiento ordinario sin gracias extraordinarias sea peor o más difícil. Realmente lo difícil es el discernimiento de las gracias sensibles especiales porque fácilmente se abusa de ellas o se las manipula. El que aprende a discernir apoyado en la fe de manera permanente adquiere una adhesión más sólida a la voluntad de Dios que el que se acostumbra a moverse sólo por gracias sensibles.
  11. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 177-188.
  12. Cf. C. Viard, Pros y contras, en J. Gouvernaire (y colaboradores), Guiados por el Espíritu (a la hora de discernir), Santander 1984 (Sal Terrae), 83-91.