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Contemplar a Jesucristo resucitado nos descubre el verdadero sentido de su misión salvadora y de nuestra propia vida. Porque no se trata de una simple vuelta de Jesús a su vida anterior. No es un paso atrás, sino un paso adelante. Ni siquiera es un milagro más. Es una transformación tan grande y profunda que afecta a toda la humanidad y al universo entero, que podríamos considerar como una nueva creación.

A partir de su resurrección, Cristo está vivo, presente y actuante entre nosotros, tal como el mismo nos dijo: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20); de modo que en todo momento podemos encontrarnos realmente con él, escuchar su Palabra, hablar con él, experimentar su presencia y su amor. De hecho, sólo empezamos a ser verdaderamente cristianos cuando nos hemos encontrado realmente con Cristo.

Si Jesús no hubiera resucitado, nuestra vida no tendría sentido: no podríamos creer a los Apóstoles y su testimonio, no podríamos relacionarnos con él ni podríamos rezar porque estaríamos rezando a un muerto, tampoco tendría sentido dar la vida como él, como carecería de sentido la entrega de la vida de los mártires, los ascetas o los que entregan su vida por amor, viviríamos sujetos al temor a la muerte, tratando de huir inútilmente de ella.

Pero no es así; y con su resurrección, el Señor ha cambiado todo: nos ha librado del miedo a la muerte, nos ha dado la verdadera alegría, que es fruto de la posesión de la vida divina en nosotros, nos ha hecho auténticamente libres de toda atadura interior y exterior y capaces de amar de verdad, ha injertado en nuestro corazón el mismo amor de Dios, impulsándonos a una vida sin pecado y a una entrega a los demás capaz de recrear la fraternidad universal de los hijos de Dios.

Por todo esto, el tiempo de Pascua es una oportunidad de gracia  para pedir y acoger los dones que nos ofrece el Señor resucitado: la profundización en la fe, la identificación con Cristo vivo, la intimidad con él, el ardor de la caridad, el anhelo del Espíritu Santo, la renovación existencial de la gracia bautismal, la alegría invencible, el testimonio ilusionado… A esto puede ayudarnos la contemplación litánica que nos permite mirar este asombroso misterio desde todos los ángulos para descubrir, como si de un brillante se tratara, su asombrosa luminosidad. Asó podemos contemplar que la resurrección de Cristo es:

-la nueva creación,
-el universo nuevo,
-el mundo nuevo, renovado en Cristo,
-la tierra y los cielos nuevos abiertos a todos,
-el hombre nuevo, creado a imagen de Cristo,
-el corazón nuevo,
-la mirada nueva,
-el espíritu nuevo,
-la vida nueva de la gracia,
-la gracia nueva y definitiva de Dios,
-la luz nueva del Espíritu,
-el fuego nuevo del amor de Dios,
-el agua nueva de la renovación plena,
-el aire nuevo de la libertad verdadera,
-el cántico nuevo de los redimidos,
-la luz que ilumina la cruz de Cristo y la propia cruz,
-la cruz gloriosa,
-el mal y el pecado derrotados,
-la muerte vencida,
-la prueba del valor redentor de la cruz de Cristo,
-el Nuevo Testamento sellado con la sangre del Cordero,
-el cumplimiento de todas las expectativas de la humanidad,
-la plenitud de las promesas del Antiguo Testamento,
-el colofón glorioso de la encarnación,
-la culminación de la salvación,
-la cumbre de toda la historia de la humanidad,
-la garantía de autenticidad de las palabras y obras de Jesús,
-la prueba del amor del Señor por nosotros,
-la seguridad de la salvación de Cristo,
-la manifestación de Jesús como el Señor, el Hijo de Dios y único Salvador,
-el encuentro personal con Cristo vivo, resucitado y presente entre nosotros,
-el amanecer de una humanidad nueva,
-el comienzo de la verdadera renovación de vida,
-el comienzo de nuestra propia resurrección,
-el Espíritu de Dios derramado en el mundo,
-la explosión de la gracia,
-el don de la vida abundante,
-el gozo sobrenatural del Espíritu,
-la fuente de alegría desbordante e invencible,
-la auténtica libertad para amar,
-el impulso sobrenatural de nuestro amor,
-la fuerza ilimitada para ser testigos de Cristo,
-el impulso gozoso para entregar la vida por los demás,
-la valentía para luchar eficazmente contra el mal en el mundo,
-la posibilidad de orar en espíritu y en verdad,
-el cimiento de nuestra fe,
-la esperanza ilimitada,
-el motor de nuestra esperanza,
-el descubrimiento de que sólo en Cristo serán colmados todos nuestros anhelos,
-la victoria sobre cualquier temor,
-la confianza segura en el combate de la vida,
-el consuelo de todos los sufrimientos,
-la fortaleza invencible frente a toda adversidad,
-el cimiento de la verdadera comunidad,
-el inicio de la misión de la Iglesia,
-la fuerza para evangelizar.