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Santa Isabel de la Trinidad

Carta 120 a la señora Angles (29 de septiembre de 1902).

Queridísima señora

He compartido sus emociones y su pena. Diga a nuestra querida María Luisa que ruego mucho por ella para que el Señor mitigue el dolor que destroza su corazón tan tierno y cariñoso. También pido mucho por usted, querida señora.

Observo que el señor quiere consumar sobre la cruz su unión con usted. No existe un leño como el de la cruz para encender en el alma el fuego del amor. Jesús necesita ser amado y encontrar en el mundo, dónde tanto se le ofende, almas consagradas, es decir, almas entregadas totalmente a Él y a su voluntad divina. Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió (Jn 4,34). Nuestro Señor fue el primero que expresó este deseo. El alma en comunión con Él participa de los sentimientos de su espíritu divino y su ideal consiste entonces en cumplir la voluntad de su Padre que nos amó con un amor eterno (Jr 31,3).

Ya que usted me permite hablarle con intimidad y leer un poco en su corazón, déjeme decirle, querida señora, cómo descubro en sus sufrimientos la voluntad divina. Es Él quien le quita la posibilidad de trabajar, de distraerse, de ocuparse de cosas humanas para vivir únicamente amándole y pensando en Él. Se lo comunico de su parte. Él está sediento de su alma. Usted se ha consagrado especialmente a Él. Esto me llena de satisfacción. Usted quisiera ser totalmente suya aún viviendo en el mundo. Esto es muy sencillo. Él está siempre con usted. Esté usted siempre con Él. En sus acciones, en sus sufrimientos, cuando su cuerpo se encuentre roto por el dolor, permanezca bajo su mirada, véale presente, viviendo en su alma. Si yo no estuviera en mi querido Carmelo, envidiaría su soledad.